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sábado, 1 de enero de 2011

Veintidós de septiembre.

22/IX

En torno a un anillo de compromiso puede haber muchas cosas.

Hans estacionado en la esquina de uno de los ejes viales de esta Ciudad, que más han tenido que ver en mi vida.

El maravilloso significado que tiene para mi, el que dicho anillo haya tenido una dueña antes que yo.

Estar con mis Ojos Verdes frente a la mítica construcción de una de las Secretarías de Estado más importantes de la historia política de México del siglo XX. Mirar por el retrovisor de Hans sus paredes, un poco de la fachada, los colores de los muros exteriores. Terminar de crear en mi mente el mural que mis ojos no alcanzan a ver.

Lágrimas de felicidad.

Fiestas interminables con los amigos que son nuestra familia. Cerveza. Fotos. Calles de la colonia Condesa. Alcoholímetros que se burlan sólo una vez en la vida. Vueltas prohibidas que no pasan por la cabeza.

La libertad de responderle tus verdaderos anhelos, y tus sueños más profundos. La libertad de decirle que no importa que no hayas sido la primera, sino que importa que seas la última mujer en su vida.

El día en que entró el primer otoño que nos pertenece, que no me di cuenta, que estaba más preocupada resolviendo los cambios y las decisiones que vienen en nuestras vidas.

Maravillosas reconciliaciones.

Decir te amo a cualquier hora del día.

Pero lo más bonito, y lo que me llena de felicidad, es mirar todas las noches estas manos que escriben frenéticamente sobre el teclado del ordenador, y volver a mirar que ese anillo de compromiso se ha quedado desde ahora, eternamente sobre la piel de uno de mis dedos izquierdos. No importa cuánto trabajo tenga, cuántas palabras me falten por escribir, cuántos guantes de látex pasen por encima de mi piel; hay un hombre que me ama (y como rezaba todos los días y las noches un post-it sobre el espejo de mi habitación), tanto que quiere pasar el resto de su vida a mi lado.

Mi dedo, su tamaño, la cantidad de veces que se mueve sobre estas teclas a lo largo del día. Eso también está en torno a un anillo de compromiso. Dos días se tuvo que quedar en el taller para que lo ajustaran a la cintura exacta de mi dedo anular; dos días que sentí que algo me hacía falta.

En torno a mi anillo de compromiso, hay puro y simple amor. El símbolo de que no voy a dejar de luchar cada día para ser excelente, en todos los aspectos de mi vida.

Luego de mucho tiempo, esta es la primera vez que desde mi corazón siento que de verdad estoy tomando la decisión correcta. Soy muy feliz, tan feliz, como nunca me lo imaginé.

martes, 12 de octubre de 2010

Saldo: una espalda contracturada.

Ya no tengo a quién platicarle ciertos secretos que a veces urgen salir de mi garganta, de la jaula de mis demonios, de mi corazón.

Antes, sin pensarlo mucho, otros chicos o el mismo Rey Sol, me decían que bebiera lo que fuera suficiente, lo que yo necesitara, que tomara lo que quisiera tomar, que probara todo lo que se me antojara... ahora mis ojos verdes insisten en que debo dejar de tomar cualquier tipo de medicamentos que a veces ni siquiera sé para qué son.

De esta contractura muscular que tengo ahorita, que tuve ayer muy fuerte, no tengo a quien contarle la verdadera razón de mi mejoría, el remedio que tengo siempre bajo la manga, o guardado dentro de un frasco de cristal.

A veces mi vida cambia tan rápido, que me cuesta trabajo darme cuenta de hacia dónde va este camino, estas vías de tren y nuestros caminos paralelos.

Compromiso. Commitment.
Nunca me imaginé que conocer a mi familia política me hiciera tan feliz. En algún momento pensé -debo confesarlo-, que la experiencia iba a ser como las anteriores, que mi familia política no tenía por qué venir a donde vivo, a conocer a mi gato, o a compartir conmigo. Pero la vida, con todas estas sorpresas fabulosas que nos tiene preparadas, me ha hecho cambiar de opinión.

Luego de las pésimas experiencias que tuve al convivir con las familias de los chicos con los que salí, ¿qué podía esperar? ¿De plano fue tan malo tirarme al drama y pensar que otra vez sería una película de terror? Pero a ver, intentemos ser objetivos y pensemos, cómo demonios no me iba a sentir tan insegura, si alguna vez me sucedió que el padre más tóxico de un soltero tóxico habló mal de mi en mi entorno profesional, y me negó rotundamente llenándome de malas referencias, a lo que mi jefa sólo respondió: "la vida nos pone a cada uno en nuestro lugar, y nos da lo que nos merecemos".

Y además, cómo shit no me iba a estresar, si otra vez, la toxicgranma de otro soltero tóxico, se atrevió a decirme en el living de su casa: "niña, tienes que saber que siempre será mejor opción un aborto a tiempo, que un error del que te arrepientas toda tu vida".

Wow. Shit. Pero yo no sé cómo pude seguir respirando luego de tanta presión.

Ay pero aquí les va la mejor, tan soez y tan falta de clase, que risa me da acordarme de cómo fue. La señora de pelo de maiz se atrevió a decirme que seguramente yo quería formalizar con su hijo no por amor, sino porque no tenía donde vivir, no tenía dinero o estaba esperando un bebé que no le constaba que fuera de su pichoncito. Re shiiiiit. Y ya no voy a seguir redactando, porque verdaderamente que he tenido experiencias mierdas en esto de las familias políticas.

Pero el amor es la verdad. El amor es real. El amor da muchas oportunidades. El amor vino a inundarme, me hizo feliz, me hizo querer vivir otra vez, y me rebasó con sus demostraciones maravillosas. Esta vez, el amor es oficial.

Los ojos verdes me han llenado de primeras veces, me han enseñado a mirar la vida diferente. Me han enseñado a mitigar dolores con otras fórmulas, a conciliar el sueño llena de besos, sólo con la luz de su computadora encendida.

Mi familia política es hermosa, y poco a poco se ha comenzado a convertir en mi verdadera familia. Estoy muy contenta, pero debo confesar que la entrega de avance de trabajo final, el ensayo semanal, las lecturas diarias, y la búsqueda de la perfección en una comida sabatina, me dejaron el saldo de: una espalda contracturada, dos noches maravillosas que implicaron dormir con los pies calientitos, un primer rastreo de vestidos lindos, desayuno, comida y merienda en la misma casa (¡yupi!), y haber caído en cuenta de golpe -y mientras nos comíamos un helado de yogurt-, que el otoño ya llegó a nuestro año 2010.

El remedio que utilicé para combatir mi enfermedad es inconfesable. Muchos tés, muchas horas de sueño, algunos robaxifenes, las llamadas de los ojos verdes...

Ya no tengo a quién contarle los secretos de las pastillas que tomaba sin necesitarlas, porque estoy haciendo el intento por dejarlas, porque ahora tengo una razón de peso para hacerlo, porque no importa qué tan severa sea la contractura muscular o la crisis de ansiedad, el chico está conmigo y yo quiero saber qué se siente vivir sin tantos analgésicos.

viernes, 8 de octubre de 2010

Juntos por la mañana

Suena el despertador, nunca puedo abrir los ojos. Estás a un lado mío, cama pequeña, cama grande, como sea, estás a un lado mío.

Encender la radio, volver a escuchar el despertador, apagarlo para siempre, o por lo menos hasta la mañana siguiente. Encender la estufa, calentar el agua para tu primer café del día. Despertar contigo, salir juntos por la mañana.

Si el tiempo lo permite, un baño con agua caliente. Si la chicharra se hace larga y lenta, lejada y ajena... entonces un regaderazo de prisa, como todo lo que hago antes del penúltimo seminario de la semana. Primero yo, luego tu, así te gusta, así estoy organizada. Si el azar se pone de tu lado, la ducha puede ser nuestra aún cuando durmamos como separados.

Mi pelo que se enreda, el tuyo que no cede. Lo primero que saco del clóset, es tu rastrillo que me espera en el primero de los cajones. Todo parece mío cuando completamente es tuyo. No sé a qué se deba, que de pronto la gente ya no opine nada, y eso me gusta y entonces no te importa nada.

El otoño entonces hace su primera aparción, y el cielo se comporta como si todo el tiempo fuera media tarde. Los coches se arremolinan, yo no tengo hacia donde hacerme. Siempre me desespera pasar tanto tiempo sentada en mi coche, moviendo los pies acorde con mis manos, con las mirada de frente, girando la cabeza hacia todos lados.

De un tiempo a esta parte, me he dado cuenta de que no me da miedo acostumbrarme a volcar mi rutina hacia donde tu, volcarla sobre lo que tú haces. No me importa tener que despertarme más temprano, quizá porque estoy segura de que no te causa problema dormir menos horas, o despertarme a las cinco, o que yo te llame a las cuatro treinta.

Primera parada: Benjamín Franklin. Y aún cuando el Circuito Interior nunca cede, el semáforo donde te bajas para que yo siga hacia mi trabajo, siempre nos espera en rojo, se pone de nuestra parte, nos damos un beso en la mañana, y entonces ahí te ves hasta dos noches siguientes.

La Ciudad necesita más otoño, menos rojo, más verde, y muchos de estos besos en cada crucero que tiene.

Curiosamente, las imágenes de vestidos blancos que revisé la noche del sábado ya no aparecen más. Fue muy emocionante hacer esa búsqueda, averiguar cómo se siente escoger vestidos para una ocasión especial. No discernimos mucho en nuestros gustos, en realidad casi siempre queremos las mismas cosas, y casualmente ahora, que es en serio esto de elegir un vestido y de ponernos de acuerdo, mi memoria visual se esfumó. puf!

miércoles, 12 de mayo de 2010

Tres meses, tus años, nuestra historia.

Ahora que...

Ahora que nos besamos tan despacio,
ahora que aprendo bailes de salón,
ahora... que una pensión es un palacio,
donde nunca falta espacio
para más de un corazón.

Ahora que las floristas me saludan,
ahora que me doctoro en lencería,
ahora... que te desnudo y me desnudas,
y en la estación de las dudas,
muere un tren de cercanías.

Ahora que nos quedamos en la cama,
lunes, martes y fiestas de guardar,
Ahora que no me acuerdo del pijama,
ni recorto el crucigrama,
ni me mato si te vas.

Ahora que tengo un alma
que no tenía.
Ahora que suenan palmas
por alegrías.
Ahora que nada es sagrado,
ni sobre mojado llueve todavía.

Ahora que hacemos olas
por incordiar.
Ahora que está tan sola
la soledad.
Ahora que todos los cuentos,
parecen el cuento
de nunca empezar.

Ahora que ponnos otra y qué se debe,
ahora que el mundo está recien pintado,
ahora... que las tormentas son tan breves
y los duelos no se atreven
a dolernos demasiado.

Ahora que está tan lejos el olvido,
ahora que me perfumo cada día.
ahora... que sin saber hemos sabido,
querernos, como es debido,
sin querernos todavía.

Ahora que se atropellan las semanas,
fugaces, como estrellas de Bagdad.
Ahora que, casi siempre, tengo ganas
de trepar a tu ventana
y quitarme el antifaz.

Ahora que los sentidos
sienten sin miedo.
Ahora que me despido
pero me quedo.
Ahora que tocan los ojos,
que miran las bocas,
que gritan los dedos.

Ahora que no hay vacunas
ni letanías.
Ahora que está en la luna
la policía.
Ahora que explotan los coches,
que sueño de noche,
que duermo de día.

Ahora que no te escribo
cuando me voy.
Ahora que estoy más vivo
de lo que estoy.
Ahora que nada es urgente,
que todo es presente,
que hay pan para hoy.

Ahora que no te pido
lo que me das.
Ahora que no me mido
con los demás.
Ahora que todos los cuentos
parecen el cuento de nunca empezar.

Joaquín Sabina.

***

Aquí está tu jardinera, que no deja de regar las plantas de tus pies, que no para de escribir de ti. Tu, que has venido a hacerle de Clío, cuando más le ha hecho falta.

Muchos días como estos.

jueves, 6 de mayo de 2010

(casi) Todo lo que traigo dentro.

Aquí vienen otra vez. Estas ganas interminables, de ponerme a escribir pero sin poder hacerlo. Mi cabeza no es la misma de ayer, eso ya debería saberlo.

Aquí viene otra vez, este hormigueo que me recorre los brazos desde los hombros hasta la punta de los dedos. Que me incita a seguir escribiendo, pero ahora ya no puedo.

Quiero dormir. No tengo sueño.

Tengo sed. Ya perdí la cuenta de los litros de agua que llevo hoy, de los analgésicos que me tomé en los últimos dos días, de los besos que me ha dado, de las veces que me ha sorprendido. Me gusta. Me gustan los encuentros. Me gusta estar con él.

Me gusta su barba, cuando le crece al día después. Me gusta cuando comienza a raspar como una fina lija, que no lastima, que tampoco acaricia, que sólo se hace presente.

Me gusta que los besos hayan dejado de estar vetados.

Me gusta todo eso. Me gusta que esté aquí.

Me molesta no poder escribir todo lo que traigo dentro.

jueves, 22 de abril de 2010

Monsieur Madrid, Joaquín Sabina.

Él quería escribir la canción más hermosa del mundo,
y yo siempre he querido estar ahí para escucharla.


Luego de la catarsis de la noche de ayer, me quedé muda por un rato grande, traía la cabeza tan revuelta por tantas emociones, que preferí guardar silencio.

Llegué al Auditorio Nacional cuando se anunciaba la segunda llamada para el chou. Esta vez también me iba a encontrar con un chico, pero no frente a la pantalla electrónica de todas las veces, la que me ha visto los últimos ocho o nueve años encontrarme con distintas personas, con diferentes semblantes, de diferentes humores; la que me ha visto cuando me dejaron plantada, cuando se despidieron de mi, cuando le dije al soltero tóxico que no necesitaba más cargar con sus paquetes ni con sus recuerdos.

Esta vez, el chico me esperaba a un lado de la escultura, junto a las taquillas. Había mucha gente, de hecho yo no lo vi, no lo pude encontrar; y como nos ha pasado desde que nos conocimos, fue él quien me encontró a mi.

El primer sacudidón de emoción que tuve, fue cuando vi los lugares a los que correspondían nuestros boletos. Me emocioné mucho, estábamos verdaderamente cerca del escenario, y comencé a sentir que esta iba a ser una gran experiencia, y que la Ciudad nos estaba regalando otra maravillosa noche, en la que nos quería abrazar hasta que hoy amaneciera.

Unos quince minutos antes de las nueve de la noche, las luces se apagaron, se iluminó el escenario, y Joaquín Sabina se hizo presente, vistiendo unos pantalones color gris, una camiseta negra, una chaqueta de camuflaje verde, y su tan emblemático bombín color negro.

Grité, me levanté del asiento, aplaudí, casi pierdo los estribos; me quité el sombrero, y si hubiera traído un bombín como lo traía él, se lo hubiera lanzado al escenario. Me dio muchísima emoción mirarlo allí, con todos sus años, con las arrugas de su voz, con todo esto que todavía tiene para la gente, para quienes queremos escucharlo horas y horas, por años y años.

Abrió, como me lo esperaba, con la fabulosa Tiramisú de Limón; siguió con Viudita de Clicquot y luego se arrancó con muchísimas canciones, no todas las del último disco, pero sí muchas viejas, casi olvidadas, de esas que no te imaginas escuchar nunca en vivo, como Ganas de... y Medias negras. Cuando escuché esta última, entre todo el frenesí que estaba sintiendo por dentro, comencé a llorar conmovida por completo. Me acuerdo muy bien que siempre me pasa en los conciertos de Sabina, en el anterior, sin recordar ahora por qué fue, lloré muchísimo con la canción Mentiras piadosas. Anoche, no pude evitar acordarme de mi hermana Cristina, de cuando escuchábamos la canción mientras andábamos a toda velocidad en José María, recorriendo las calles de esta contaminada Ciudad.

Ayer, quizá no tan conmovida por el recuerdo de mi hermana, lloré de emoción y de felicidad, porque estaba escuchando una canción que nunca me esperé, y que ahora también está llena de lindos significados. Quizá deba darme cuenta de una vez, que "de estufa corazón, te tengo a ti" es una realidad, y que estoy más acompañada que nunca.

Joaquín Sabina ha declarado en muchas ocasiones, en diversos medios de comunicación, que él nunca se propuso llegar a donde está ahorita, que "sólo quería escribir la canción más hermosa del mundo". Y lo logró. A mi parecer, lo logró.

Creo que la maravilla radica en poder comunicarse con el mundo de afuera, con el que no sabemos a veces que nos está escuchando o nos está leyendo. Uno puede tener mucho qué dar, pero quizá no sepa cómo darlo.

Estoy muy contenta de haberlo escuchado anoche, de haberlo visto tan de cerca, de haber reído y llorado con él, de haber bailado con sus canciones, de haber gritado hasta donde pude. Es uno de los mejores regalos que he recibido en los últimos años, y eso me hace verdaderamente feliz.

Luego, el resto de la noche y un par de horas de la madrugada, nos esperaban. Un coche estacionado frente al Marriott, una cena improvisada, un café pasada la media noche, muchas palabras que no se habían dicho, algunas llamadas por teléfono; y estos ojos, que aún cuando se miran casi todos los días, a veces no encuentran el momento justo para hablar mientras se miran.

Si todos los instantes fueran como ayer en la noche, el amor se haría universal.

Ya pasó un día completo, y sigo muda. Todavía no tengo mucho qué decir.

La mañana fría, el sol que no salió por completo, un taxi, estos camiones que me gustan mucho, otro transbordo, mi casa más fría que cuando la dejé ayer, fuera ropa porque todo me lastimaba. Una llamada larga por teléfono. Una siesta que parecieron dos. Muchos libros, más hojas en blanco, las Reformas Borbónicas que ya no recordaba. Otra llamada a las 16:36 para decirme "Hola", y "te quiero mucho". "Yo también", le respondí con toda la seriedad que me llena cuando me pongo a estudiar. Tacos dorados para la cena. Coca-cola light muy fría. No más cigarros por hoy. Un gato que se duerme sobre mis piernas. Estos ojos que quieren verlo otra vez. Mi corazón, que late más fuerte que nunca. Los recuerdos de la música entrando por mis dedos, de su mano tomando la mía sobre mi rodilla, de sus besos sobre mis hombros, sobre mi pelo, luego del desayuno.

No me quiero olvidar, pero tampoco puedo obligarme a no hacerlo. Creo que lo dijo así: "Los sombreros sirven para camuflarse en los escenarios, y para quitárselos cuando la ocasión lo amerita".

Supongo que podré escribir mejor, cuando ya no esté tan muda.

Me siento tan contenta, que tengo ganas de ponerme a escribir en todas las páginas en blanco, en todas las paredes blancas, en toda la ropa apilada, y en la piel que cubre sus costillas.

viernes, 9 de abril de 2010

Es un Alfa Romeo

El lunes por la mañana, me salí de bañar justo cuando comenzaba en la radio el comentario de deportes con mi periodista favorito: Alfredo Domínguez Muro. Debo confesar que de deportes sé muy poco, sé lo que mi papá me cuenta, lo que me comparte y lo que hace que ríamos por horas y horas. A mi padre también le gusta escuchar a Domínguez Muro, pero en otra frecuencia y como veinte minutos más tarde.

Total que entre que le ponía atención, y escogía los zapatos que me debía poner con el vestidito de flores que ahora me queda fabuloso, escuché que comentó la noticia de que Fernando Alonso ganó la Fórmula 1 con Ferrari. Decía que era un sueño hecho realidad para este chico, que siendo tan joven, haya participado por primera vez con esta scuderia y que era de mucha alegría que ganara el primer lugar, la primera vez, de las primeras veces.

Una vez más, una historia de primeras veces.

Cuando estudiaba en la Universidad, y las chicas y yo hablábamos de los chicos tóxicos, de los no tan tóxicos y de los que eran nuestras parejas, deduje que había una clase de chico que se definía tal como Alfa Romeo. "¿Por qué?" -me preguntaba una muy insistentemente, a lo que yo siempre le respondía: "porque es un chico que no existe". Un Alfa Romeo es un coche tan exquisito, que no existe; es un coche que se creó para el que disfruta, para quien quiere correr pero quiere lujo, para quienes saben lo que significa lo que un Alfa Romeo es.

Los solteros tóxicos son una rara especie, difícil de poner en peligro de extinción. Ilusa yo, que creí que con una buena actitud, todos ellos desaparecerían de mi vida. Pero no fue así. Y a cambio, como la vida es dulce y te pone siempre enfrente un caramelo para devorar, han llegado varios tipos de Alfa Romeos para que yo escriba sobre ellos.

Un Alfa Romeo puede ser completamente guapo, perfecto, casi hecho a mano. Ahh, pero a cambio quizá no tenga conversación, ni siquiera hace falta que hable, porque es tan perfecto, que no importa que de su boca salgan sandeces o sinsentidos.

Por el contrario, un Alfa Romeo puede ser completamente culto, exquisito en sus modales, en su trato, puede ser todo un caballero. (Ejem, ejem) pero a cambio quizá no sea tan guapo, quizá sea más bajito que yo, o mucho mayor, o a pesar de tener muchas cosas en común, no tengamos química.

Así pues, el Alfa Romeo que todas queremos conducir, el que verdaderamente es el que no existe -o que pensamos que no existe hasta que aparece-, es el que te quita el aliento, el que no importa de qué hable o a qué se dedique; que no importa si te saca más de 30 centímetros de estatura o es calvo, o es divorciado, o viene simplemente a hacerte reír.

Así como Fernando Alonso soñaba con correr un Ferrari, y ganar la Fórmula 1, así todas soñamos con tener un Alfa Romeo en nuestras vidas. Y cuando aparece, hay que estar atentas a que no siempre es como imaginábamos que podía ser. Simplemente es tu Alfa Romeo, y simplemente con él ganarás la Fórmula 1, la que no existe, con el chico que no existe, que por fin es tuyo, y tendrás un eterno festejo, bañada en cerveza o en espumoso; de día o de noche, entre semana o un domingo por la mañana.

Todos sueñan con manejar un Alfa Romeo. Yo también, pero sobre todo, sueño con que me enamoro de él.

martes, 6 de abril de 2010

Urge.

En Comala comprendí, que al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver.
Peces de Ciudad, Joaquín Sabina.

Urge decirle que todas las veces, siguen siendo primeras aún cuando han sido ya segundas, terceras y hasta quintas. Urge decirle que aún cuando no quiero olvidar, sus recuerdos comienzan a perderse en mi memoria. Me urge que sepa, que no importa cuántas malas experiencias o memorias amargas haya en mi haber, ahora va bien cuando se lo platico a media noche, con una taza de café y una concha de vainilla que comemos juntos.

Urge que sea viernes, que deje de ser sábado, que (¡por fin!) quiero que sea domingo.

Urge que me escuchen, que me crean, que me consuele. Urge que se sepa, que ahora sé, que me saben, que lo sé. Urge que se crean que es real, que nos miren, que nos tomen vídeo, que nos dejen fríos en una foto gris. Urge que me abrace, cuando ríe, cuando se enoja, cuando sabe que los papelitos perdidos en su portafolios van firmados por mi.

Urge que me mire, que lo sepan, que no hagan preguntas, que sólo acepten que es así.

Urge que me lea, que me entienda, que me escuche todas las noches, todos los días, todos los amaneceres, cuando caigo rendida sobre la mancha que hace su cabello en las almohadas de mi cama.

Urge que nos hablen, que comenten, que se corra la voz de que las gentes saben, de que quieren saber más, de que no tienen el valor de preguntar.

Urge que no pase el tiempo, o qué demonios, que pase completo. Que no sean sólo tres meses, ni cuatro ni seis. Urge que me mire cuando sea cuarto de siglo, cuando sea cuarto de siglo más dos, más un lustro, más otro siglo.

Urge que venga tras de mi, en esta tarde sin luz, con este aroma de pavimento mojado por la lluvia que acaba de acalorar a mi Ciudad. Que no me mire, sólo que llegue, que me tome por la cintura como lo hizo el día anterior, que me sorprenda, que me bese el pelo por detrás, mientras le tomo la mano por delante.

Urge que me ponga a leer.

Urge que me ponga a escribir.

Urge hacer esa inversión que he estado evadiendo, que me da miedo, que me hace tambalear.

Urge que llegue el 27 de abril.

Urge que por fin sepa, que ya sé qué es lo que siento cuando le digo que no sabía.

Urge leer Pedro Páramo de Juan Rulfo.

lunes, 22 de marzo de 2010

Domingo y primavera

Era muy temprano. El frío me despertó. A pesar de haberme quedado dormida vestida -otra vez-, ahora el frío se me metió por las plantas de los pies. Desconocí el lugar, desconocí la cama, a pesar de que había sido la cama de siempre, las sábanas blancas con flores azules, las cobijas amarilla y roja, la lámpara encendida en el buró del fondo.

Muerta de frío, me desperté y fui a buscarte. Y allí estabas, en el sillón que a veces olvido que ahí está. Estabas dormido, aún más de lo que estaba yo. Estabas respirando muy fuerte, con tu menudo cuerpo enroscado como si fueras un gato pequeño. Te miré, empujé tus piernas, me senté en el huequito que se hizo detrás de tus rodillas. Te miré, otra vez.

Intenté despertarte, pero no supe como. Seguí mirándote, comencé a olerte como si la que fuera un gato, ahora sea yo. Voltée hacia la ventana, miré el sol a través de la persiana, caí en la cuenta de que era domingo, y de que por fin había llegado la primavera.

Y te empujé, salió un quejido de tu garganta aún enronquecida, te hiciste a un lado, giraste, hiciste espacio, y me acosté junto a ti.

No importaba nada. Es primavera, era domingo, eras tu y era yo.

Era el sol a través de la persiana. Era de mañana, que por fin un domingo me puso feliz. Comencé a besarte, como debiera hacerlo cada que estoy contigo, como debiera ser todo el momento que pasa sin saberlo. Me sorprendí. Seguías dormido, pero querías estar despierto. Tenías los ojitos todavía cerrados, las pestañas pegadas, las manos giradas hacia el centro de tu pecho.

Desistí. Me fui. Me senté en la mesita de trabajo y prendí esta computadora. Comencé a leer, a escuchar la música que me arrulla, a escribir lo que en ese momento pasaba por mi cabeza. Y el gato que es de a de veras ocupó mi lugar en el sillón, volviste a girarte, volviste a respirar fuerte a través de esa garganta que a veces quiere albergarme.

Y lo volví a intentar. Me levanté y fui a donde la ventana, quité la persiana, me bañé de árboles atravesados por rayos de sol; de luz que a veces no quiero que llegue, de primavera que creo que ahora sí añoraba que viniera. Luego fui a donde tu. Volví a mirarte, y comencé a desabrochar los botones de tu camisa de rayitas negras.

No sé si despertaste. No sé si volví a dormir yo. Todo pasó, como pasa lentamente cuando estoy contigo. Olvidé la noche anterior, lo que habíamos hablado, lo que tu voz susurró junto a mi cuello. Olvidé mis letras, las canciones y mi pasado. Olvidé que estabas allí. Olvidé que quería seguir dormida.

Y algunas horas después, entonces sí desperté por completo. Sólo fue otra mañana de domingo. El invierno -y espero que el infierno también- por fin terminó, la primavera llegó con ese friecito a través de las palmas de mis manos, y otra estación comenzó en mi cuerpo.

Domingo de café por la mañana en un vaso de plástico. Domingo de manejar con el sol en todo su esplendor, con este calor que hace que Hans sea no sólo un auto de valores, sino de agradable sudor que también es insoportable. Domingo de chicas, como todos los del año que acaba de transcurrir. Domingo de mercadillo de Marruecos, de sonrisas con lentes de sol.

Domingo que me hizo feliz, quizá porque soñé contigo.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Llegó el correo

Hoy fue día de correo. Salí a toda prisa de casa, y pisé un sobre que llevaba mi nombre escrito, lo recogí, lo eché al bolso y corrí. Corrí a sacar el coche, a encenderlo y a arrancarlo sin calentarlo, mi padre me esperaba, se me hacía tarde, no recordaba si me había puesto la ropa interior o los zapatos en lugar de las sandalias. Iba de prisa, iba a intentar tener un desayuno decente, aunque eso no siempre puede ser posible.

En el café hablamos sobre las radiografías, sobre los diagnósticos adelantados que pueden tener resultados fatales; sobre la presión arterial, sobre las recetas de los médicos que se dan sin escrúpulos, sobre las citas con los especialistas que tendré esta semana, sobre los análisis clínicos. Hablamos también sobre los análisis clínicos que debieron hacerle al chico si es que a cirugía lo querían meter, sobre la falta de ética en los médicos jóvenes, sobre que sin saber, él sabe más que todos los que conozco.

Manejé, otra vez, cerca de 30 minutos. Y llegué, a hacer lo que tenía muchas ganas de hacer, a encontrarme con él a través del teléfono, a través de los correos electrónicos que me hacen enloquecer, con estas tremendas ganas que tengo de pasarle la lengua por detrás del cuello y de morderle la piel que no sé por qué me gusta tanto cómo huele. Llegué a escuchar preguntas que no pensé que me haría tan pronto, ¿qué va a pasar cuando tu gato esté con nosotros? ¿O qué va a pasar cuando yo esté allá contigo, tu gato me va a querer? No lo sé, le dije, supongo que te olerá y que también le caerás bien. Si me gusta como hueles, supongo que a él también. Intentará meterse a tu mochila, luego se echará en nuestros pies. Quizá duerma sobre tu chamarra, y yo intentaré cubrirme con la piel que no es precisamente de mi chamarra.

El día comenzó a transcurrir. La gente comenzó a llegar, a desfilar, a intentar permanecer aún cuando saben que son efímeros.

Abrí el bolso, pasaba ya del mediodía. Había hecho muchas llamadas, tenía la boca seca, me dolía la pierna derecha, seguía un poco mareada, y dilucidé entre tomarme un analgésico o beberme una coca cola light. Saqué del bolso los pendientes, los míos, no los que intento resolver. Saqué el sobre que pisé en la mañana, en la puerta de la casa.

El sobre venía de la Florida, era de Cristina. Abrí el sobre con todo cuidado, como quien desenvuelve un regalo de navidad. Y ahí estaba, mi hermana vuelta papel, vuelta recortes de revistas de moda, con consejos, con atrevimientos sobre mi nuevo look, con una carta de amor hermosa, de las mejores que me han escrito en toda mi vida, y la mejor de los últimos cinco años.

Me acordé de los recados que nos dejábamos sobre el tocador, sobre los alhajeros que compartíamos, que eran de cristal. Me acordé de los recaditos que nos escribíamos en las manteletas de papel, de los restaurantes vegetarianos que tanto nos gustaba frecuentar. Ahí estaba, mi hermana envuelta en un sobre de papel.

Lloré, ¿qué te puedo decir si lloré, si ahora resulta que soy más sensible que antes? Me hormigueó el brazo izquierdo, volví a leer, intenté leer los post-its pegados en los recortes, ver a las chicas estilosas que me envió, pero no pude más. Lloré de felicidad porque hay alguien en este mundo que me ama, que se acuerda de mi, y que intenta hacerme sonreír a larga distancia.

Me puse completamente feliz de recibir una carta suya. Es fantástico cuando tienes con quien escribirte, de timbre pegado con saliva en la esquina superior derecha, con remitentes desconocidos en el reverso de los sobres. Es magnífico saber que hay quien te va a leer, kilómetros más adelante o más atrás, tiempo adelante o tiempo atrasado.

Mi hermana me ama, me manda material para que me distraiga, para que siga haciendo collages de moda que tanto nos gustaba hacer.

La sangre es cabrona. La sangre llama. Hilo de sangre que se enreda, que sigue la madeja hasta hacerse interminable.

Y a pesar de que el chico se volvió a hacer presente a través de mi móvil, mientras fue la hora de la comida, y un poco más tarde, cuando intentaba lavarme los dientes, este incansable deseo de tomarlo a besos no se termina más. Si fuera posible, lo besaría todo el día, estaría con él hasta que por fin el tiempo se detuviera.

Tal parece que Cristina lo sabe, que mi sister morfina siente lo que siento ahora.

¡Cómo la extraño! Demonios.

Ojalá pudiéramos volver a hacer recortes juntas, a leer lo que nos gustaba leer, a ir al cine juntas. Ojalá pudiera conocer al chico que me llama a las dos de la mañana, a las once de la noche, a las nueve al despertar. Ojalá pudiera platicar con él, para que supiera ella decirme por qué me gusta cómo huele, cómo habla, cómo mueve las manos cuando intenta explicarme algo que a veces no entiendo, que no sé cómo es.

Mi hermana me daría un mapa, me haría escribir un guión de lo que sigue, de lo que desea mi corazón. Debería intentarlo yo, en lo que vuelvo a reunirme con ella. Y mientras, a insistir con esta lengua detrás de sus orejas, bajando por el cuello, lamiéndole la espalda y mordiéndole la cintura.

¡Caray! La Ciudad es tan grande, el amor tan pequeño, y el tiempo nunca alcanza.

Las ganas son ganas, y con todo y eso, ya me voy a dormir. Tengo mucho que escribir, pero debo aprovechar que el insomnio comienza a olvidarse de que puede venir a hacerme suya, porque mi mente ahora piensa en quien de verdad desea que esté con él.

Llegó el correo. Fui feliz. Ya no puedo con tantos besos a través del móvil, mañana se lo diré al chico, cuando me llame mientras manejo camino a la oficina.

sábado, 13 de marzo de 2010

Ciudad de papel

Subí a la habitación más alta, esa que está junto a la cocina. Estaba esperando que estuviera listo el té de hierbabuena. Comencé a mirar las paredes como si fueran piezas de una galería. La ventana estaba abierta, hace calor y por eso no me di cuenta, (¡hace tanto calor!). Me recargué en el marco de la ventana, intenté sacar la cabeza como acostumbraba hace muchísimos años, luego de la gran depresión.

Sólo saqué las manos y me llené de ella, de mi Ciudad, de la noche que vivo en ella. Sentí bonito, fue casi como alcanzarla con la punta de mis dedos. Me acordé de cómo eran los ruidos de la Ciudad de noche, cómo era dejar de escuchar a los grillos que se cuelan en mi habitación, y el asombro que me causaba cambiarlos por sonidos de ejes viales, de sirenas, de coches a toda velocidad.

Me acordé de cómo era vivir en Santa Margarita, en medio de Ángel Urraza y Eugenia, a una cuadra de Insurgentes. Me acordé de cómo era vivir con él. Me acordé de los cafés del Sanborn's que salía a comprar antes de dormir, de la farmacia San Borja; de salir a caminar hacia la barbacoa de Tlacoquemécatl, que comíamos para el desayuno, intercambiando nuestras prendas de ropa, usando sólo sus jeans, sus chanclas que me quedaban enormes, y una camiseta rinbros. Eso sucedía comúnmente, cuando se acababa la ropa limpia que yo tenía en donde él.

Me acordé de cuando él usaba mis camisetas camioneras, e intentaba ponerse mis calcetines. Volví a ver las alas en mi piel, su piel de leopardo, el libertador que carga en la espalda. Lo vi, y me sentí bien.

Me acordé de la mudanza hacia el Periférico Sur, a Tlalpan rozando Xochimilco. Me acordé de los gatos del departamento. Me acordé, y me puse feliz.

Recordé también que cuando se iba la luz, era suficiente correr el trozo de tela que usábamos como cortina, para iluminar la habitación completa. Era agradable saberse acompañado, con todo ese ruido y esas luces brillantes que venían del Periférico, aún cuando yo sabía que estando él conmigo, en esa situación estaba más sola que nunca.

Por mucho tiempo el departamento no tuvo cortinas, sólo las paredes blancas, un tapete peludo y dos sillones. No hacía falta nada más, aún cuando siempre me quejé de no tener base en la cama, ni mesa para sentarnos a cenar.

Era su casa, no la mía. Meses después esa realidad me abofeteó la cara.

Pero fue linda la Ciudad conmigo, y lo es ahora.

Extraño escuchar pasar los tráilers sobre Eje 6, los que hacían que los vidrios de la casa sonaran. Extraño que la luz del espectacular de frente al departamento no me dejara dormir, con sus luces brillantes prendidas toda la noche.

A veces extraño todo eso que tuvimos, que es también todo esto que tengo ahora, cuando saco la cabeza y las manos por la ventana de la casa.

Creo que no lo extraño a él, quizá extraño lo que la Ciudad nos regaló cuando estuvimos juntos.

Necesito manejar un poco más. A veces hasta extraño el Pedregal y sus alrededores, y comienzo a entender a mi hermana Cristina, cuando decía que extrañaba manejar de CU a Barranca del Muerto. Extraño Ciudad Universitaria de noche, atravesada por Insurgentes que se engalana por el edificio mural encendido y el estadio en forma de sombrero de charro, que parece que tiene lumbre por dentro.

Ciudad de locos, de los que se quieren hacer cuerdos pero no les sale. Ciudad de locos, de los que deberían poblar todo el mundo. Ciudad de dementes, como yo, de los que piensan con el corazón haciendo a un lado la razón. Ciudad de histeria colectiva, que ahora yo le llamo histeria histórica, cuando tuvieron a bien cambiarme el nombre a histérica histórica.

Ciudad de fantasmas, de esqueletos que vienen de noche a tentarme para regresar al mercado de Tizapán de San Ángel a comer tacos de cecina y tomar jugo de toronja recién exprimido; que me tientan para provocar un encuentro que no deberá suceder. Malditos fantasmas de muertos recuerdos.

Ciudad que debería tener más manicomios que cárceles. Por lo menos tendríamos más áreas de recreo, y quizá nos entenderíamos mejor.

Ciudad de especialistas, de investigadores, de científicos que saben todo pero que a veces no quieren a nadie.

Ciudad de realidad, de surrealismo, de ciencia ficción.

Ciudad de ti y de mi, cuando te miro sin que te des cuenta, mientras le das vuelta a esas páginas del libro que no puedes terminar, y te pasas los dedos por el pelo.

Ciudad tuya, que a veces me das permiso de que sea mía, de que seas mío, que quieres que yo sea tuya.

Ciudad que hizo encontrarnos, y que aún cuando me lo pediste "porque quieres que esté bien", me hará no mandarte nunca a la fregada.

Ciudad de besos. Ciudad de enfermedad. Ciudad de celos, con vestidos cortos y medias largas. Ciudad de noche, cuando tengo que llamarle a un taxi porque me siento mal. Ciudad de pantalones que no se planean, que no se deslizan, que no se encuentran más; que se usan con botas de agujetas.

Ciudad de papel. Mi Ciudad, que me permite escribir en ella.

domingo, 14 de febrero de 2010

Historia de una habitación.

Así como en el sueño anterior la habitación se hacía más pequeña conforme el tiempo pasaba, esta vez la habitación se hizo tan grande como mi asombro, tan grande como la noche, tan grande como la obscuridad que nos abrazó cuando sólo se quedó encendida la luz de la escalera.

No recuerdo bien cómo llegamos allí, no me acuerdo bien cómo empezó todo. Sólo estoy segura de mi vestidito negro, de su estatura, de mis botas hasta la rodilla, de los calcetines que no vi más. Me acuerdo que me hizo muy feliz ver todo desde el suelo, saber que las habitaciones giraban como giraban nuestros cuerpos. Desde abajo, todo parecía expandirse como se expandían mis emociones, sus latidos, mi sudor, el olor de su cabello y mi propio cabello.

Mi sueño de que los besos no estén vetados se hizo realidad. Nos besábamos tanto, que me hacía creer que esa era la última noche en este planeta, teníamos que aprovecharla por completo, sin importar mi edad, sin importar mi estado civil, sin importar la habitación que nos envolvía. Nos besábamos tanto, que me hacía creer que el amor podía existir, que el amor podía superar, que el amor podía estar en cualquier lugar, con cualquier persona, sin siquiera imaginar que pudiera suceder.

Me acuerdo que estaba sorprendida por el calor que pueden irradiar un par de cuerpos. Hacía mucho frío, lo sentía sobre todo en las plantas de los pies, pero nosotros manteníamos ese calor, lo hacíamos crecer, hacíamos que envolviera la casa misma, a través de las ventanas, de las escaleras, de los candados de las puertas que no querían seguir cerradas.

Como siempre, odiaba las despedidas, y odiaba saber que la luz del amanecer que nos recibía era de un maldito domingo; odiaba tener que decir adiós. Pero esta vez no me angustiaba tanto, no sentía que la Ciudad nos fuera a separar. El chico me llevaba a casa, en este sueño Hans no figuró más, y yo me bajaba de su auto color grafito mientras él no se movía del volante. Nos besamos, nos despedimos, nos dijimos hasta mañana aunque casi estaba por despertar.

No me angustió la despedida, pero me invadió una terrible ansiedad cuando pensaba que era posible que nos pudiéramos enamorar. No, no, me decía en voz alta mientras bajaba del coche y entraba a mi casa. No te puedes enamorar Mariposa, no puedes seguir adelante. ¿Por qué carajos no? ¿Quién dice que no? ¿Por qué mi mente me jugaba esta terrible trampa?

Me acostaba en mi cama todavía vestida, me envolvía en la gabardina color azul y apenas reparaba en quitarme las botas color café. Lloré, las lágrimas me salían de los ojos mientras mis oídos escuchaban a Norah Jones.

Y me desperté, luego de otro fabuloso sueño, limpiándome las lágrimas que de verdad salieron de mis ojos, y escuchando la vocecita chillona de la locutora que suplió a Jesús Martín Mendoza en las noticias de la mañana. No estaba vestida, por supuesto, las botas estaban en su lugar, la gabardina llena de polvo bajo ese guarda trajes color gris. El vestido me sigue esperando en el tubo del clóset y el chico, no sé si vuelva a verlo alguna vez.

jueves, 4 de febrero de 2010

De besos y ansiedades

E insisto: ¿por qué los besos siguen vetados? ¿Por qué no nos podemos besar cada que se nos antoje?

Hace mucho que no escribía sobre esto, pero ahorita al releerme, me doy cuenta de que esta situación con los labios, mis labios y los tuyos, o los suyos y los míos, ha seguido igual.

Los besos no deberían estar vetados.

Si besáramos más, estaríamos más tiempo de buenas, sonreiríamos más, y el corazón haría chispas en mis caderas.

Wow. Qué maravilla. Verdaderamente que esa situación en mis caderas, me haría completamente feliz.

El beso del elevador

Nos encontramos, como casi siempre sucede, en medio de la Ciudad, en medio de los coches, saltándonos avenidas, y mojados por la lluvia. La lluvia... más bien el frío, como casi siempre a esa hora, como casi siempre que hace frío. Este invierno, además de ensañarse, nos ha regalado maravillosas horas antes del amanecer. Aún cuando son días que no laboro, tengo que despertarme temprano, pero no importa, él tiene que hacer algunas cosas, despertarse igual temprano, librarse de otras, y llegar a la avenida en donde nuestros coches comienzan la misma marcha.

Y a la misma marcha, uno tras el otro, vamos siempre al mismo lugar, de regreso a mi casa, de regreso a la suya. A la misma ducha, a preparar el mismo desayuno, a jugar con las mismas cosas, a hablar de lo que hubo los pasados días, los pasados lindos, los tristes pasados futuros.

Y ahí vamos otra vez, a mirarnos de frente sin saber que lo hacemos, a que me abrace de lado sin saber que lo hace, a tomarme por la espalda, sin haber pensado siquiera hacérmelo una vez más. A hablar de las cosas que moría por contarle, a escucharme como sabe hacerlo, como me gusta que me escuchen, como me gusta escuchar las opiniones importantes. A tener esta magnífica imagen frente a los dos, de ambos cuerpos abrazados y enlazados, de lado, de frente, de perfil, de espaldas, de como sea. La imagen ahí está, y se congela.

Ahí vamos, a desayunar en una mesita ratona que movemos como la gana nos da, a hablar de los coches como si de verdad nos importara, a hacer que no ha pasado nada, aún cuando sabemos que han pasado muchas cosas.

Y miro como toma esa ducha, esa que debería tomar con él allí dentro, como me gustaba cuando lo hacíamos después. Y me mira mientras tomo la mía, y platicamos, y se enfoca, y pierde el hilo, y le gusta mirarme mientras lavo mi pelo, con la misma marca de champú que copié de la regadera de su mujer, y lo desenredo con ese peine enorme, que imagina que juego con él.

Y mi pelo, sobre su cintura, parece que hace maravillas. Y el tiempo, que transcurre sobre nosotros, sobre esa habitación que se hace más pequeña, parece que se detiene para siempre.

Luego, se pone la indumentaria. Y yo, sin saber lo que estoy haciendo, me enfundo en el par de medias negras, en la falda a la rodilla que le gusta imaginar que arranca de mis caderas, en los tacones que parece que están pegados a las plantas de mis pies. Cojo el bolso, toma su cartera. Todo pasa como un día cualquiera. Los dos volvemos, y los coches nos esperan.

Nos esperan, como lo hace mi casa o la suya, hasta la próxima semana, hasta la siguiente luna del lunes que entra, del sábado que pasó, del domingo que no quiero que llegue.

Las trampas del destino son como carreteras; el destino, este ambiente que nos envuelve. ¿El final del camino? Que yo ría como lo hago, mientras me mira desde abajo, sin parpadear. Que el tiempo se vuelva a detener, para que platiquemos como nos gusta hacerlo.

Vuelvo a donde partí, vuelvo a pensar que todo está bien, vuelvo a mi rutina con el sabor de sus labios todavía en mi.

Salimos, yo camino más aprisa que él, me da escalofríos pensar en mis vecinos, o en los suyos. Sigue tras de mí, llamo el elevador, lo tomamos. Se recarga en el fondo del cubo de acero, se cierran las puertas, doy un paso hacia él y comienzo a besarlo como si fuera la última vez, como si esa luna de ese lunes o domingo siguiente no fuera a llegar; como efectivamente es, que yo estoy volviendo a la guerra.

Nos besamos como no lo hicimos en todas las horas anteriores, en todos los meses que pasaron, en todos los años que no supimos que estuvimos allí. Es un maravilloso beso, que dura lo que tarda en bajar tres pisos el elevador, que hace que nos fundamos en ese instante, por unos segundos, entre el fluído y mi respiro. Y sentimos que es el último que nos vamos a dar.

Se abren las puertas, nos separamos, salgo yo primero, él me sigue -y puedo jurar que me mira el trasero, o intenta hacerlo cuando se dibujan en mi falda los sujetadores en mis muslos por detrás-, y volvemos a despedirnos. Como siempre, como nunca, como nada, como todo.

Me subí pues al coche, y cuando escuché el sonido del portazo de mi lado, me desperté. Aquí, en mi cama, sin ningún otro cuerpo en mi colchón. Y el corazón, no ha dejado de latirme. ¿Cuándo va a llegar? Ni me quejo, porque todavía sigo de buen humor.

miércoles, 26 de agosto de 2009

¿Por qué el corazón no avanza?

Esta necesidad hace que no pueda dormir, hace que sienta el frío más frío, que me duelan los pies y se me reseque la garganta. Nada de esto pasaría si mi cama no estuviera tan grande, si el gato no fuera gato, si en mi casa hubiera más gente, si tú ya te hubieras dado una vuelta por acá. Esta necesidad es ansiedad. Nada de esto pasaría si el chico no tuviera novia, si el que comparte su nombre quisiera estar conmigo, si la chica no me hubiera dado una puñalada por la espalda, si la doctora no me hubiera exigido tanto.

La reunión fue muy peculiar, fuimos la diseñadora de modas, San Román, mi tocayo y yo. Magníficamente la conversación nos llevó hasta la una de la mañana. Todos teníamos que trabajar al día siguiente. Todos queríamos estar así, como siempre. Hay cartas que me fastidian, correspondencia que no debería recibir más, pero las cosas siguen como siempre, todo avanza, todo se mueve sobre mi.

De lejos vi el coche deportivo color rojo del soltero tóxico, luego lo vi subir a él. En otro tiempo, hubiera cogido el móvil frenéticamente, y le hubiera dicho que me esperara allí, que me salvara unos minutos de todo esto. ¿Salvarme? Es obvio que un año ya pasó, que las cosas han seguido avanzado, y que ya no es necesario que vengan a salvarme, ni él ni ningún otro soltero tóxico.

¿Cómo decirle a alguien que no se vaya, si no está acá? El papeleo va mejor que nunca, yo he dormido mejor, como casi como debo de comer, el pelo me está creciendo, tenemos planes para salir a bailar mañana, reuniones programadas, gente que viene para pasarlo conmigo. Con María todo es como antes, el switch se le ha puesto en su lugar. Los nenes me dicen que me quieren, el gato no deja de ronronear. Los días siguen su curso, como todo, como siempre.

¿Por qué el corazón no avanza? ¿Por qué por más que me esfuerzo todo se queda así? ¿Por qué me preocupan las cosas que no deben preocuparme? La incertidumbre se enamoró de la ansiedad (felicidades para ellas), y tomadas de la mano están planeando hospedarse en mi cabeza, en las plantas de mis pies, y en el hueco que están construyendo en el centro de mi pecho.

Todo esto va a terminar, no hay plazo que no se cumpla, pero mientras tengo que dejar de pensar tantas veces las cosas que vienen en camino. Desde hace mucho tiempo que no me daban ganas de llorar, en el café que tomé con Mafka ya no pude contener las lágrimas, y después me arrepiento porque siento que le aguo la fiesta; intento mantenerme en pie, como siempre, pero me hace falta que llueva aún cuando las gotas que caen de madrugada me hacen dejar de dormir.

Necesito que deje de ser verano. Necesito darte un beso. Necesito que mi cumpleaños traiga nuevos momentos, frescas sonrisas, buenas noticias. Necesito que me abraces por la cintura y me beses a escondidas, de todos, de nadie, de las llamadas de tu móvil. ¿Y si quedamos para comer? ¿Y si te llamo y no me contestas más? ¿Y si en la oficina se dieron cuenta de que quería bailar contigo? ¿Y si tienes tantas dudas, como yo?

martes, 13 de enero de 2009

El día después

Sólo después de haber superado mi trauma del día siguiente a la primera cita me atrevo a confesar que no todo es tan malo, que quizá me traumé por unas horas (digamos 72) y que todo sigue como antes.

Yo soy yo. La investigación sigue, sigo escribiendo, ya tuve dos reuniones de investigación esta semana, Andrés sigue en el taller, mi madre volvió de vacaciones y lo llevamos re bien, mi hermana Cristina está en West Palm Beach, mi hermana Maricarmen está súper al pendiente de mi, mis sobrinos me adoran, tomo café todas las mañanas en el Starbucks más cercano con mi padre y con mi hermano, y mi nombre sigue siendo Mariposa Tecknicolor.
No todo es miel sobre hojuelas: también las bronquillas siguen, pero ni empeoran ni mejoran. El nivel se mantiene.

No me quedé coja ni manca. Que me puse triste porque no tuve noticias suyas, es un hecho. De verdad que el chico me gustó mucho y me quería enamorar de él, quería que se enamorara de mi. ¿Sabes qué me volvió loca? Que le encantara besar porque ya casi nadie besa, me gusta que no haya tenido los besos vetados.

Extraño mucho que mi móvil suene. Ha estado muy callado, ya no me llegan mensajes de buenos días ni de buenas noches o con piropos. Lo extraño mucho.

En fin, supongo que así es esto.
Todo sigue igual que antes. El drama y la ansiedad a veces imperan en mi cotidianeidad y supongo que mi corazón se repondrá. De veras que el chico de la cámara me flechó.

sábado, 10 de enero de 2009

¿Qué es el amor?

Tengo 25 años y todavía no lo sé.

Estoy segura de haber estado completamente enamorada unas tres veces en toda mi vida, y es increíble como ahora no sé lo que me pasa: más bien estoy confundida.

En contra de todos mis pronósticos, ayer salí con el chico de la cámara. Moría de nervios. Me arreglé casi en automático y salí hecha una loca, tanto, que olvidé ponerme aretes. Sabía que había sido un error, debí regresarme a la casa por ellos. Total que la Ciudad se puso a mi favor y despejó todas sus vialidades: llegué treinta minutos antes de la cita. Después del round que me aventé con el taxista, entré al café a esperar que pasara por mi; me llamó y me dijo que había llegado muy temprano (cosa que ya sabía) así que no había de otra más que lo esperara en ese lugar. "Afuera hay chicas malas" me dijo, yo me reí y le dije que ya las había visto, quedamos en que me llamaría cuando estuviera en la esquina del lugar. Él venía del aeropuerto, tenía que pasar a dejar sus maletas a su casa y a coger el coche, luego me avisaría que ya estaba allí.

Mientras, sentí que el tiempo se detuvo y que cada una de las personas que entraba al café sabían lo que yo hacía allí. Todos eran raros, hacía mucho tiempo que no andaba por esa zona, más o menos unos cuatro años, desde la última vez que el Rey Sol me llevó a comer sopes y memelas por ahí. Todo lo ví diferente y encima, lo vi de noche.

El móvil sonó y me dijo "ya estoy a dos calles, no me cuelgues, yo te digo cuando esté en la esquina del lugar para que salgas". Lo recuerdo y se me eriza la piel. Es increíble lo que hacen las primeras veces en mi vida. Me gusta mucho vivir la primera vez, pero también me causa una ansiedad enorme. "Camina a la parada del camión, ya te vi, traigo una camioneta azul con las intermitentes prendidas, no me cuelgues..."
Abrí la puerta y lo vi por primera vez. Ahí estaba, tan moreno y lacio como en las fotografías; con las pestañas más enroscadas que he visto en toda mi vida y unas manos perfectamente definidas y suaves. Me subí a la camioneta, puse mi café atrás de la palanca de velocidades y me acomodé. Me quedé muda, no supe qué hacer. Comenzó a hacerme la plática, y nos reímos y llegamos a su casa en muy poquito tiempo. Ni siquiera me dio tiempo de ponerme el cinturón de seguridad. Mi móvil sonó con la cancioncita cursi que avisa que mi hermana Maricarmen me está buscando, me envió un mensaje en el que me decía que me deseaba lo mejor porque hacía "meses que no tienes una cita de a deveras", comencé a contestarle y me perdí la vista de la fachada de su edificio, sólo recuerdo que las puertas son eléctricas y que el estacionamiento está un nivel debajo del suelo. Escribí el mensaje lo más rápido que pude, mi compañero estacionó el auto, lo apagó y se bajó para abrirme la puerta, bajé dándole la mano, con la otra cogí mi bolso y mi vaso de café, luego caminamos a las escaleras para tomar el elevador.

Qué linda es la primera vez.

Casi no lo podía creer. Yo tenía la idea de que era más corto, y menos atractivo. Subimos al tercer piso y caminamos a su departamento, le dije que dudé sobre la dirección, según yo vivía en el departamento 305, me dijo que no, que estaba confundida. Entramos al lugar, y me invitó a sentarme en la sala. Su departamento es lindo, de paredes blancas y de cocina mediana, todavía tenía puesto el árbol de navidad, color azul por cierto y adornado con esferas azules y plateadas. Me gustó mucho que hubiera fotos de su hija por todos lados, me gustan los chicos como él (debería aceptar que me gusta él y no sólo los chicos como él). Me ofreció café o algo para tomar, le dije que quería agua, lo acompañé a la cocina y comenzamos a platicar. De mil cosas y de nada, me dijo que soy linda y que le gusto mucho. Me dijo... pf, tal cual no lo puedo escribir porque no lo puedo recordar porque... debo confesar que se me inunda la panza de mariposas amarillas.

Me besó. Híjole, gran beso, largo largo y continuo, suave como me gusta y tierno tierno como hacía mucho no me besaban. Lo abracé, muchísimo, metí mis manos a todos los bolsillos de su pantalón, nos reímos mucho y lo abracé más, luego fui yo quien lo besó... hasta que regresamos a los sillones de la sala. Ahí vino lo mejor. Hablamos mucho, de su trabajo, de su familia y de la mía, de nuestros proyectos de vida, de lo que nos gusta y de lo que no y de lo que nos da miedo. Me cayó bien, me reí mucho y poco a poco mi ansiedad comenzó a abandonarme. Comenzaron a dejarme de sudar las manos, me quité los tacones y me recosté en su regazo. Me dijo que le dolía la espalda y me abrazó mucho tiempo. Estuvimos así hasta que me dio frío y me preguntó si quería ver la televisión o escuchar música. Opté por la televisión, vimos noticias y estuvimos. Así nada más, sin hacer nada, casi sin hablar.

Fe, confianza.
Me sentí muy bien, tranquila y contenta. Él me dijo que no quería que me fuera nunca, ni en ese momento ni que me fuera de su vida. Obvio que tenía que regresar a mi casa, entre otras cosas, porque no acostumbro quedarme con mis primeras citas, si ese fuera el caso, para estos años habría conocido muchos lugares y muchísimas habitaciones. De pronto -con un poquito de ayuda- me hizo la declaración y me dijo que quería hacerme el amor. Hubo un silencio y todo, absolutamente todo pasó por mi cabeza. Recordé y casi volví a escribir, vi personas, vi lugares y me vi en el lugar en el que hice el amor por última vez. Le dije que no, "lo siento pero no me siento lista. Tengo miedo, me da miedo, hace mucho tiempo que no lo hago y no sé cómo será, no sé cómo eres tu y algunas veces no sé cómo soy yo".

Me negué y quizá en este momento me esté arrepintiendo. Me negué y no lo hice porque no hubiera querido hacerlo o porque no lo hubiera deseado, creo que fue porque no pude.

No hay otras vidas -amar es liberar-.
Y quizá deba poner más de mi parte para que me libere. Dió la una de la mañana y fue momento de que me trajera a casa. Todo el camino traje mi corazón en la mano. Tenía ganas de gritarle que me gusta, que me estoy enamorando de él y que, si por mi fuera, no me hubiera regresado a mi casa a pesar de mi ansiedad, a pesar de mis miedos y de que fuera nuestra primera cita.

Casi no hablamos, regresamos en silencio. Le expliqué cómo regresar, le di las gracias y apagó el coche, se bajó a abrirme la puerta y nos despedimos. Me quedé los calcetines y un botecito de ice brakers en el bolso. Odio las despedidas. Quedamos en vernos hoy, de hablar a las diez de la mañana. Nada sucedió. Tal vez el día de ayer tampoco esté registrado en el calendario.

Contigo.
El tiempo pasa (y yo cada día soy más techno y un poquito más vieja), las horas pasaron y nada, que fue un sábado común y corriente. De entrada no supe qué hacer cuando desperté en la mañana. Me conecté al ipod mientras hacía el desayuno y escuché Corazón en venta, no pude evitar que las lágrimas se me salieran. Hablé con Janis, con Maricarmen y luego me metí a bañar.

Todavía no sé muchas cosas y algunas otras no las quiero saber todavía. Hace un rato comencé a hacer lo que debí hace seis meses: investigar. No vi fotos pero leí mucho sobre él. No sé si quiero seguir leyendo o "sabiendo". Quiero verlo y quiero hablar con él. Quiero estar con él.

Sólo sé que quiero contigo y quiero que sepas que yo sé cómo es estar con un chico que es padre soltero. Quisiera saber que tu sabes que yo lo sé, pero quizá nunca lo sepa... La familia que me ha tocado me ha hecho así, como soy, medio dura y medio abierta; un tanto histérica y desconfiada, pero sincera, auténtica y leal; fiel hasta la muerte y positiva, aunque a mi me cueste admitirlo, soy optimista y positiva.
También quiero que sepas que no siempre tengo miedo. Me causan mucha ansiedad las nuevas experiencias y los nuevos encuentros, pero en general soy muy segura de mi misma; las personas que me rodean lo saben, tanto que a veces opinan que mi principal cualidad es la fortaleza.

Estoy conciente de que quizá esto nunca lo leerás, no recuerdo que sepas que tengo un blog y si lo sabes, creo estar segura de que no me has leído y no me leerías. No importa, me quedo mejor al saber que pude escribirlo y procesar estas emociones. Te prometo que, si te vuelvo a ver, mi actitud ya no será de temor o de desconfianza. Quisiera que por unos momentos entraras a mi cabeza y a mi corazón para que sepas qué me ha hecho ser así.

Tengo 25 años y todavía no sé qué es el amor.
Podría comenzar por hacer una lista de lo que NO es el amor para así acercarme a la realidad. Ok, amor no es temor, así que notablemente no estoy enamorada todavía. Mi conflicto es que quiero enamorarme y no sé cómo, no sé todavía cómo comenzar a confiar una vez más.

Mañana será domingo. Gran drama. Comenzaré por dejar desnudos mis pies y guardar el botecito en el cajón. También, para evitar paranoias, vaciaré el buzón y la lista de remitentes. Trataré de ponerle trabas a mi memoria y a mi subconsciente, quizá así pueda jugar un poquito más con el destino.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Tenía que ser en domingo (the very last cup of tea)

Y de madrugada. Son las cinco de la mañana del domingo 7 de diciembre del 2008. Vengo llegando de una fabulosa noche de música, plática, compañía y cervezas en "La Nueva Excelencia" del Centro Histórico. Lo pasé, como casi siempre sucede, incréible.

Tengo la sensación de que las cosas deben cambiar. Debería comenzar con mi peinado, y tal vez seguir con la manera de ver las situaciones más complejas de mi vida. No todo lo que brilla es oro y, finalmente, he salido airosa de la ansiedad de los últimos años. I've been clean for the last hole year and i'm happy for it. Y la última taza de té debo tomarla mañana al despertar; sé que no haré caso del masaje con hielo ni de los analgésicos, tampoco he podido dejar de fumar. Pero, si sigo haciendo un esfuerzo y si en lugar de tomar el tamaño venti tomo el alto de latte por las mañanas, significará un gran avance para mi tratamiento. Odio no poder tomar té de hierbabuena ni fumarme un Marlboro light mientras termino de escribir algún párrafo o una idea inconclusa. Eso es, quizá debería escribirlo todo de un jalón -y a dos manos- para darme por vencida.

También el título del blog ha cambiado porque esta noche fue especial. Tengo una fan de planta. Bailé en la pista como mucho hace no lo hacia. La Ciudad necesita belleza y estoy segura de que yo se la puedo dar.

No me sentí sola porque esta vez mi hermano -quien por algunos años estuvo ausente- se volvió a hacer presente tomándome fotos, cantando y diciendo "salud". Me puso bien. Ojalá pudiéramos retomar esas noches de fiesta que solíamos tener antes de que se fuera a vivir Playa del Carmen; lo pasábamos muy bien y siempre hacíamos mancuerna. A pesar de tener pareja estable, me sigue tomando en cuenta cuando se trata de bailar en la pista. Ahora me doy cuenta de que lo extrañé. También extrañé a Madame Copo. Me encantó verla bien, guapa, sana y feliz. Con un chorro de proyectos inconclusos que pronto llevará a cabo; con sus ganas de bailar siempre y cuando la música toque.

La Ciudad me deslumbró una vez más.
Necesita belleza, como ya lo he dicho, y sin embargo se ve más linda que nunca. Y eso que no llegué a la inmensa pista de hielo de la plaza central. Me encanta vivir aquí. No me importa lo grande que sea y lo que eso implique. Yo soy una histérica también: tengo obras, y baches y camiones que pasan sobre mí entre las cero y las cinco horas... Una que otra vez he sido atropellada y me he caído de una azotea de primer piso; también he sido protagonista del drama de los servicios de emergencia. Por otro lado, sigo siendo mortal porque no he sido víctima de extorsión ni de secuestro. De este enorme Big Brother, sigo siendo anónima y soy feliz.

Ahorita tengo frío, ya me iré a dormir y comprendo, que a pesar de que algunas personas insisten en hacerse presentes, se necesita mucho más que un mensaje a celular para figurar en la farándula de mi megalópolis. Querétaro no me llega ni a los talones. Sus mensajes no tuvieron nada que decir, a pesar de que decían muchas cosas.

En ocho días recogeré los resultados de la biopsia, fijaremos fecha y me despediré de mi escote de vértigo. Tengo miedo pero así debe de ser. Espero que no sea pronto y también, espero poder tomar muchas fotos más. Ojalá pudiera beberme todo el té de hierbabuena del mundo y todas las coca-colas light y los té verde helados también. Me duele, el pecho y el alma.

Gracias Ciudad y gracias domingo. Ahora comenzarás a figurar positivamente.
No le sacaré la lengua al día de hoy.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Lo que se va

No fue sólo octubre o noviembre. Los últimos meses de este año han pasado sin respiro, y aunque cada uno ha sido diferente, de cierto modo todos me han dado mucho frío.

La Ciudad no se detiene, y ese movimiento que tiene en sus ejes viales se lo ha transmitido poco a poco a mi corazón. Las personas que conocí desde que comenzó este "invierno de mentiritas", se han comenzado a ir; y para mi propia sopresa, unas cuantas han estado de vuelta.

De unas semanas para acá, no sé qué ha pasado en el universo que hace que viejos conocidos se acuerden de mi a altas horas de la noche. Un día el móvil no paró de sonar. Me llegaron mensajes de gente de la que no tuve razón por varios meses, y también debo decirles que hubo números que no reconocí. Dice el par de ojos verdes que los números nunca se deben borrar. Por el contrario, yo estoy segura de que hay números que estorban; prefiero no saber quien me llama y sorprenderme al reconocer una vieja voz, que repasar un número en mi lista sin estar obligada a hacerlo. No sé... mi madre a veces piensa que soy un poco radical pero bueno, en fin ¿quién logra saber la ciencia de las libretas telefónicas?

Y qué más da si se van, si regresan o si nunca llegan; supongo que llegó el momento en el que yo ya no puedo hacer nada para que las cosas cambien. Mi soledad ha comenzado a caerme bien y me pongo bien cuando no me abandona. Listo y diferente.

El tiempo también se me va. Ya no diré nada de la vida (menos del amor). Mi compañera por excelencia se irá a vivir a los states. Y nada. ¿Qué puedo hacer? Todos se van, yo soy la que me quedo. Quizá en un futuro las cosas cambien, y sea yo también la que cambie de lugar. Como lo he dicho antes, mientras algo no me ate acá y sigan dejándome plantada los sábados por la tarde, supongo que puedo cambiar de residencia. Sí, eso es, debo estar lista por si sale de repente.

También me canso de hacer planes todo el tiempo. Creo que me volé la barda pensando si me convenía o no enamorarme... caray, a qué extremo he llegado. Si yo hubiera sabido que noviembre lo iba a terminar en citas con el especialista y exámenes de laboratorio, digamos que no me hubiera detenido para echar una ilusión. Hay veces que ni soñar es bueno. (By the way, los besos siguieron vetados y el amante intentó regresar pero conmigo no tuvo suerte).

Bienvenido "último tramo del camino".
Buenas noches "peli de terror".

Arriba los preparativos para la navidad, abajo los domingos.
Arriba los besos en los labios, abajo las despedidas.
Arriba yo, abajo tu.
(Si me animo podremos compartirlo).

domingo, 23 de noviembre de 2008

Nadie que quiera estar acompañado debería estar solo

Empezando por ti y por mi.

Somos un par de necios, y yo debería saber que no eres muy bueno para mi. Esta vez dejaré mis oídos abiertos. Necesito un poquito de drama. Necesito verte por primera vez.

¿Por qué es tan difícil?
Y encima, todavía el hombre tiene que dar el primer paso. Bienvenida a ésta, mi hipócrita Ciudad.
Esta semana se cumple un mes más y no te he vuelto a ver. Nuestro amor es bipolar. Muero de frío y tu también. Mi maxiabrigo ocupa tu lugar... odio esta película de terror. Pero bueno, en algo coincidimos, te gustan las cosas sin planear, te gusta ser impulsivo y a mi eso es justo lo que me hace falta. A veces mi vida es lo que sucede mientras hago planes. Me caigo gorda. Necesito que vengas para ponerme bien, de buenas.

El corazón no se engaña, por eso me da miedo volverme una chica roñosa. Últimamente de todo me enojo, eso no está bien, yo no solía ser así. Todavía sonrío, es verdad; pero ya no lloro de emoción como años atrás.

No entiendo este afán de irse por el camino difícil. Yo no pido mucho -quien me conoce sabe que así es-, sólo quiero estar tranqui y feliz. Tengo muchas ganas de besar por horas y horas y horas, que me besen el cuello, la cara y los pies. Quiero dar besos en el pelo. Tu lo sabes, yo lo sé. Pero tu no sabes que yo sé, ja ja ja. Y yo no sé si tu sabes que quiero lo mismo que tu. Risas.

Quiero saber.
Tu estás solo, yo estoy sola. Nosotros queremos estar acompañados. No sabemos si debemos saber que ambos queremos estar con el otro. Yo no sé si tu sabes, y quiero saber. Y quiero que sepas.

Nuestras vidas son similares pero con diferente contexto. Si fuéramos libro de historia, cada uno seríamos una línea del tiempo que va describiendo los mismos hechos con diferencia temporal. Me gustas. Casi hacemos lo mismo, y todo gira en torno de nuestro trabajo y nuestra familia. ¿Porqué no hacer que eso cambie si tenemos la manera de hacerlo? No lo entiendo. Quizá falte voluntad. Es más, me aventuro a afirmar que yo no sé que tu no me quieres.

Me encantan tus llamadas por teléfono, sobre todo cuando hablas mientras vas en el coche y me cuentas por dónde vas pasando, me describes la Ciudad que tu ves desde allá. Me dices también -entre líneas- si tienes o no frío, si tienes hambre, si tienes ganas. La semana pasada te dije que te regresaras, que yo iba hacia allá si tu dabas vuelta. No sucedió. Todavía la Ciudad no alberga nuestro encuentro.

Quisiera que supieras lo sencillo que es estar bien conmigo y lo fácil que es que seamos felices.
(Te haría reír, te abrazaría mucho, te haría de comer, te...)