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martes, 7 de diciembre de 2010

De regreso al punto de partida

Cuando el soltero tóxico se fue para nunca más volver, escribí en un post-it que pegué en mi espejo del tocador, la frase: "El hombre que se quiera casar conmigo sí existe".

Y heme aquí, justo en el lugar donde empecé, en mi habitación frente al sillón blanco, con el gato que se lame las patas y ronronea rozando suavemente mis pantorrillas. Mi pelo hecho un desastre, cada vez más blanco, cuando plata quisiera que se pusiera. Fumando otra vez mentolados lights, con un cenicero menos, unos kilos de más, mucho trabajo por delante, la ansiedad que regresó para pasar las fiestas de fin de año con nosotros, y esa gran diferencia: "nosotros".

Ahora ya no estoy sola, pero de veras que uno como está acostumbrado a vivir de cierta manera, y qué dificil es acostumbrarse a una vida en común, sin importar el domicilio que exista, los domicilios pendientes, los que compartimos todavía, después de muchos meses.

De regreso a pegar post-its por todos lados, porque todo se me olvida, porque los ojos verdes se desesperan -pero creen que yo no me doy cuenta- de que todo se me olvide, de que confunda las palabras; porque afortunadamente para mi, él ha sabido tenerme toda la paciencia del mundo. Y entonces sí, debería ponerme a escribir un libro sobre el estrés y su manejo en la vida moderna, contemporánea y real de mi generación; porque para escribir sobre eso, no necesito ningún posgrado que me avale.

Y regreso entonces. A correr como loca en esta podrida y sucia ciudad, que huele a alcantarilla, que llena de pelusa los cabellos y todo el cuerpo, que ensucia los autos más de lo que los autos la ensucian a ella. Regreso a correr con mis tacones de nueve centímetros, aunque Ro se ría de mi cuando le digo que no puedo seguir de pie, sólo caminando. Sólo caminando en las banquetas de la Ciudad.

Regreso a contar y anotar las comidas que hago al día, a intentar llevar la cuenta de las calorías por cada 24 horas, a no comer trigo, embutidos, hormonas, y a hacer mi mayor esfuerzo para volverme vegetariana. No sé cómo le voy a hacer, pero en ese vestidito corto de flores yo vuelvo a entrar a como dé lugar.

Regreso a manejar horas y horas en el congestionamiento, buscando un Starbucks para tomarme un puto Cherry Mocha antes de que se acabe la odiosa temporada navideña. Regreso a sentirme más sola que nunca, en medio de las filas de esta Ciudad, en el banco, en el supermercado, todo producto de las navidades que me hacen mal, que me ahuecan el corazón, que me hacen sentir que todo está mal cuando sorprendentemente todo marcha sobre ruedas.

Porque encima, la pinche temporada decembrina trajo consigo una carga inmensurable de trabajos, investigaciones cortas y disertaciones. Ahora sí, no sé ni por donde empezar.

¿Por qué nunca nadie confiesa que comenzar una relación o terminarla es difícil tanto cuanto sucede?

El hombre que se quiere casar conmigo sí existe. Duerme más de cuatro noches a la semana conmigo, quiere al gato tanto como lo quiero yo, el gato lo adoptó como parte de la manada, y se quiere quedar con nosotros para siempre.

Y Hans... bueno, se porta bien cuando alguien intercede, porque a veces se cansa de que yo -como siempre- le exija tanto como suelo exigirles a los demás.

lunes, 2 de agosto de 2010

Se invade mi cuerpo.

Salí de casa a las 8:45 horas. Me subí a su coche azul eléctrico y fuimos por el Starbucks de siempre. Nos reímos mucho. Mis ojos verdes tuvieron razón, él estaba más nervioso que yo. Antes, mi madre y yo comentamos las noticia de la mañana, hablamos sobre las dietas de sopa de col, me dio la bendición y nos despedimos.

Hoy, sin ponerse de acuerdo, mis padres me escribieron una carta en la que me dicen lo orgullosos que están de mi.

Hoy, sin haber amanecido juntos, ni cerca, ni haber sido lo primero que nuestros ojos vieron, mis ojos verdes me dijeron que me aman, que están enamorados de mi; y entonces todo sucede: el pelo se me acomoda maravillosamente, las crisis de estilo no tienen parte, las botas de pronto están boleadas, y la Ciudad se pone siempre de mi parte.

Decidí no hablar mucho, sólo lo suficiente. Era obvio que la mañana me pertenecía completa, con la ruta que yo eligiera, con los vendedores ambulantes sobre la Ribera de San Cosme, pero con una maravillosa vista de Paseo de la Reforma mientras la cruzo sobre Insurgentes, y con una sonrisa enorme de David Alfaro Siqueiros, cuando me guiña el ojo al pasar frente al Poliforum.

Hace ya un mes que me regalaron flores. Hace un mes ya que las puse en un florero de vidrio, en mi mesa de trabajo, y puedo asegurar que no han querido marchitarse.

Me marée un poco, de pronto fue asumir muchas responsabilidades de golpe, saberme oficialmente historiadora que busca un conocimiento para ser mejores. Me marée un poco, abrí una coca-cola light, y aún cuando mis amigos me invitaron a visitarlos para comer con ellos, decidí regresar a casa. Tengo un poco de sueño, todavía tengo mucho qué hacer.

Estoy feliz. Y en esta ocasión me faltan palabras para describir la sensación de tranquilidad y emoción que invade mi cuerpo.


jueves, 22 de abril de 2010

Monsieur Madrid, Joaquín Sabina.

Él quería escribir la canción más hermosa del mundo,
y yo siempre he querido estar ahí para escucharla.


Luego de la catarsis de la noche de ayer, me quedé muda por un rato grande, traía la cabeza tan revuelta por tantas emociones, que preferí guardar silencio.

Llegué al Auditorio Nacional cuando se anunciaba la segunda llamada para el chou. Esta vez también me iba a encontrar con un chico, pero no frente a la pantalla electrónica de todas las veces, la que me ha visto los últimos ocho o nueve años encontrarme con distintas personas, con diferentes semblantes, de diferentes humores; la que me ha visto cuando me dejaron plantada, cuando se despidieron de mi, cuando le dije al soltero tóxico que no necesitaba más cargar con sus paquetes ni con sus recuerdos.

Esta vez, el chico me esperaba a un lado de la escultura, junto a las taquillas. Había mucha gente, de hecho yo no lo vi, no lo pude encontrar; y como nos ha pasado desde que nos conocimos, fue él quien me encontró a mi.

El primer sacudidón de emoción que tuve, fue cuando vi los lugares a los que correspondían nuestros boletos. Me emocioné mucho, estábamos verdaderamente cerca del escenario, y comencé a sentir que esta iba a ser una gran experiencia, y que la Ciudad nos estaba regalando otra maravillosa noche, en la que nos quería abrazar hasta que hoy amaneciera.

Unos quince minutos antes de las nueve de la noche, las luces se apagaron, se iluminó el escenario, y Joaquín Sabina se hizo presente, vistiendo unos pantalones color gris, una camiseta negra, una chaqueta de camuflaje verde, y su tan emblemático bombín color negro.

Grité, me levanté del asiento, aplaudí, casi pierdo los estribos; me quité el sombrero, y si hubiera traído un bombín como lo traía él, se lo hubiera lanzado al escenario. Me dio muchísima emoción mirarlo allí, con todos sus años, con las arrugas de su voz, con todo esto que todavía tiene para la gente, para quienes queremos escucharlo horas y horas, por años y años.

Abrió, como me lo esperaba, con la fabulosa Tiramisú de Limón; siguió con Viudita de Clicquot y luego se arrancó con muchísimas canciones, no todas las del último disco, pero sí muchas viejas, casi olvidadas, de esas que no te imaginas escuchar nunca en vivo, como Ganas de... y Medias negras. Cuando escuché esta última, entre todo el frenesí que estaba sintiendo por dentro, comencé a llorar conmovida por completo. Me acuerdo muy bien que siempre me pasa en los conciertos de Sabina, en el anterior, sin recordar ahora por qué fue, lloré muchísimo con la canción Mentiras piadosas. Anoche, no pude evitar acordarme de mi hermana Cristina, de cuando escuchábamos la canción mientras andábamos a toda velocidad en José María, recorriendo las calles de esta contaminada Ciudad.

Ayer, quizá no tan conmovida por el recuerdo de mi hermana, lloré de emoción y de felicidad, porque estaba escuchando una canción que nunca me esperé, y que ahora también está llena de lindos significados. Quizá deba darme cuenta de una vez, que "de estufa corazón, te tengo a ti" es una realidad, y que estoy más acompañada que nunca.

Joaquín Sabina ha declarado en muchas ocasiones, en diversos medios de comunicación, que él nunca se propuso llegar a donde está ahorita, que "sólo quería escribir la canción más hermosa del mundo". Y lo logró. A mi parecer, lo logró.

Creo que la maravilla radica en poder comunicarse con el mundo de afuera, con el que no sabemos a veces que nos está escuchando o nos está leyendo. Uno puede tener mucho qué dar, pero quizá no sepa cómo darlo.

Estoy muy contenta de haberlo escuchado anoche, de haberlo visto tan de cerca, de haber reído y llorado con él, de haber bailado con sus canciones, de haber gritado hasta donde pude. Es uno de los mejores regalos que he recibido en los últimos años, y eso me hace verdaderamente feliz.

Luego, el resto de la noche y un par de horas de la madrugada, nos esperaban. Un coche estacionado frente al Marriott, una cena improvisada, un café pasada la media noche, muchas palabras que no se habían dicho, algunas llamadas por teléfono; y estos ojos, que aún cuando se miran casi todos los días, a veces no encuentran el momento justo para hablar mientras se miran.

Si todos los instantes fueran como ayer en la noche, el amor se haría universal.

Ya pasó un día completo, y sigo muda. Todavía no tengo mucho qué decir.

La mañana fría, el sol que no salió por completo, un taxi, estos camiones que me gustan mucho, otro transbordo, mi casa más fría que cuando la dejé ayer, fuera ropa porque todo me lastimaba. Una llamada larga por teléfono. Una siesta que parecieron dos. Muchos libros, más hojas en blanco, las Reformas Borbónicas que ya no recordaba. Otra llamada a las 16:36 para decirme "Hola", y "te quiero mucho". "Yo también", le respondí con toda la seriedad que me llena cuando me pongo a estudiar. Tacos dorados para la cena. Coca-cola light muy fría. No más cigarros por hoy. Un gato que se duerme sobre mis piernas. Estos ojos que quieren verlo otra vez. Mi corazón, que late más fuerte que nunca. Los recuerdos de la música entrando por mis dedos, de su mano tomando la mía sobre mi rodilla, de sus besos sobre mis hombros, sobre mi pelo, luego del desayuno.

No me quiero olvidar, pero tampoco puedo obligarme a no hacerlo. Creo que lo dijo así: "Los sombreros sirven para camuflarse en los escenarios, y para quitárselos cuando la ocasión lo amerita".

Supongo que podré escribir mejor, cuando ya no esté tan muda.

Me siento tan contenta, que tengo ganas de ponerme a escribir en todas las páginas en blanco, en todas las paredes blancas, en toda la ropa apilada, y en la piel que cubre sus costillas.

domingo, 18 de abril de 2010

Historia como libertad.

Cada mañana salto de la cama
pisando arenas movedizas.
Cuesta vivir cuando lo que se ama,
se llena de cenizas.

Y por las calles vaga solo el corazón,
sin un mal beso que llevarse a la boca.
Y sopla el viento frío de la humillación
envileciendo cada cuerpo que toca.
Ganas de..., Joaquín Sabina.

Anoche mientras cenábamos, salió al tema la violencia de pareja, de ella hacia él y de él hacia ella; como sea, violencia, pues. Tuve un flashback inmediato, serio, que me recorrió la piel y hasta la última punta de mi cabello. Quizá lo notó, porque me dijo que no habláramos más de eso, que yo era su "mechuda favorita", y me hizo reír.

Lo olvidé. Son cosas que no se guardan en mi cofre de deseos, en mi arcón de recuerdos, ni en mi selección de hechos relevantes. Son cosas que de pronto se recuerdan, para preservar el instinto de supervivencia.

Pero de pronto, el subconsciente entreabre esa habitación de mi pasado. Nunca me maltrató físicamente, o no que yo ahora lo recuerde como tal, pero su maltarto podía traspasar muchas barreras y algunos de mis límites.

A mi también alguna vez me bajó del coche, en medio de uno de sus síndromes de abstinencia o en un estado de absoluta alcoholemia. Los golpes iban hacia mis efectos personales, mis maletas, mi bolso, mis libros. Sus palabras parecían cuchilladas. Él es un drogadicto, y yo fui adicta a él.

No sé de dónde saqué fuerzas para sobrellevar todo esto, para recuperarme y para darle vuelta a la hoja. Escribir me ha aterrizado y me ha hecho libre; y el corazón lo vuelve a intentar.

Pasa el tiempo. Los recuerdos se hacen viejos. Desde hace algunos años, en mi lista de propósitos de año nuevo siempre figura la frase "no hagas nada que no quieras hacer, no te sientas obligada a hacer lo que la otra persona desea". Pronto lo comencé a creer.

El amor se vive, sólo así tiene parte. La Historia, según algunos estudiosos, también debe llevarse a la vida práctica para que exista, si no, no sirve de nada. Los fantasmas y las sombras del pasado de los hechos históricos, de los acontecimientos, deben estar perfectamente identificados para que la Historia tenga lugar. Y los demonios deben estar dormidos, dentro de mi cabeza, felices en su jaula, para que mi corazón pueda volver a creer.

Nunca imaginé, que volver a estudiar Teoría de la Historia le hiciera tanto bien a mi corazón. Es como cuando uno lee -o leyó- filosofía, y de pronto el mundo se mira como si se desfragmentara el monitor de la computadora: nítido y brillante.

Así, de pronto la reinterpretación le da nuevas oportunidades a los hechos históricos. Y exorcizar mis recuerdos, sanar mi pasado, no sacar del subconsciente lo que allí debe quedarse, le da nuevas oportunidades a mi corazón.

Qué diferentes son las cosas cuando uno decide hacerlas, cuando uno decide su curso, cuando uno toma decisiones maduras, de líneas paralelas, sin estar encima del otro, sin estar pendiente a las decisiones del otro; respetando siempre las prioridades, caminando de la mano, sin dejarse arrastrar ni estarse empujando.

Qué maravilla esto: de haber decidido tomar el tratamiento de desintoxicación.

Y si. Supongo que la Historia y seguir escribiendo, me harán libre.

miércoles, 31 de marzo de 2010

31 de marzo de 1914.
* * *

Hermandad
Homenaje a Claudio Ptolomeo

Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.

Octavio Paz
Premio Nobel de Literatura 1990

lunes, 22 de febrero de 2010

Quiero regarte las plantas de los pies

Quiero llenar las paredes con tu nombre, quiero que sepan que voy a escribir de ti y que voy a escribirte a ti. Voy a llenarte la piel de mis frases, voy a iluminarte como una vez llegaron a iluminarme a mi.

Voy a escribirte que a veces no me dejas dormir, voy a llamarte cuando logre despertarme. Voy a intentar tirarme en el sillón para soñar de ti, voy a creer que estás a un lado para poder besarte.

Y con cada una de las lenguas, escribiré tu nombre. Y usaré la mía, para que lo sepas de una vez. Voy a llenar las paredes con tu nombre, y quiero por fin regarte las plantas de los pies.

Cuando eso suceda, espero poder llegar para cosecharte, para abrazarte cuando no puedas dormir. Voy a llenar las paredes con tu nombre, y vas a saber por fin, por qué te llamo así.

Siento unas ganas bárbaras de regarte las plantas de los pies, y de paso pasaré mi lengua por tu cuello y por detrás de tus orejas. Y con ese finísimo oído que tienes -que se parece a mis felinas miradas-, por fin entonces sabrás, que los sonidos de mi garganta ahora son para ti.

Con todo y mi inocencia.

Contaminan la decencia, secuestran la fantasía.
Cuando clama la inocencia, llaman a la policía.
Violetas para Violeta, Joaquín Sabina.


¿Pensaste alguna vez hacer, decir o escribir algo que causara polémica? ¿Pensaste alguna vez que la columna tuviera suficientes lectores? ¿Pensaste alguna vez que una persona dejara mensajes para anunciarse, muy singulares a mi parecer, porque se autodenominaba "soltero tóxico"? ¿Pensaste alguna vez que tus frases llegarían a personas inimaginables, ausentes o no sabientes?

¿Pensaste alguna vez que tendría audiencia la película que hiciste? ¿Pensaste alguna vez, que a alguien le valiera la pena tu Historia? ¿Alguna vez te imaginaste, que la gente pudiera vestir la ropa que inventaste?

¿Pensaste alguna vez que una persona no analfabeta, se diera cuenta a través de tus palabras que no sabe leer?

¿Pensaste alguna vez, que a través de tus frases, una persona fuera capaz de comprender que aunque lo intente nunca sabrá escuchar?

Estoy segura de que nunca has planteado la posibilidad de dejar de hacer lo que haces, con todo y que los debates que provocabas en el instituto eran maravillosos y algunas veces nos hacían enojar. No creo que el hecho de que la gente pensara diferente a ti, o se imaginara historias que no existían, te hiciera cambiar de opinión.

¿Pensaste alguna vez, que bailarían la música que ponías en los altavoces? ¿Pensaste alguna vez, que podrías salvarle la vida a una persona? ¿Pensaste alguna vez, que tu diagnóstico trascendería las generaciones, que cambiaría hábitos, que haría que las personas fueran diferentes?

¿Pensaste alguna vez, que tu palabra sería escuchada?

domingo, 21 de febrero de 2010

Abre los brazos al mundo.

Domingo de dormir hasta las once de la mañana. Domingo de almuerzo con la Diseñadora de Modas, de frapuccinos con San Román. Domingo de hacer las compras, de hacer cuentas, de tirarme del pelo porque no me alcanza el dinero.

Domingo de reinventar planes, de inventar proyectos, de deshacer recuerdos. Domingos de darme cuenta que estoy bien acompañada. Domingo que me enseña a dejar de sacarle la lengua a los domingos.

Día de intentar dormir sin tener éxito. De cumplir promesas, de seguir costumbres, de alimentar a mi corazón a través de mi otra familia, de mis amistades, de buena comida, de reírme manejando el coche que ahora ya quiso andar.

Estoy contenta de que el domingo me haya recordado a la cara que una vez soñé con comerme el mundo a mordidas. Que cuando decidí la línea que quería vivir, para luego poder sobrevivir, tuve un sueño, o muchos, que pensaba en inundar las almas con optimismo, con amor, con buenas costumbres. Pensaba que sí era posible cambiar el curso de la Historia, dejar de permitir que los ciclos se repitieran, que los mismos errores se cometieran, que un acuerdo entre algunas partes era suficiente para darle felicidad a una población.

Soñaba con comerme el mundo a mordidas. Eso, con el tiempo y junto con otras experiencias, se me fue quitando. Me olvidé por un tiempo de Clío, me olvidé de hacerme reír, me olvidé de procurarme un corazón, de procurar al que latía bombeándome de sangre todo el cuerpo; me olvidé de comer bien, me olvidé de dejar de beber, me olvidé de las cosas buenas que me merecía.

Un día me olvidé que era posible que alguien pudiera llegar a quererme, pudiera llegar a amarme tal como soy, me olvidé de quererme a mi misma. Pero las cosas pasan, el tiempo se termina, los plazos se cumplen, la evolución sigue, los caminos se vuelven a abrir. Y entonces comencé a urgar entre mis recuerdos, comencé a lamerme la memoria, y comencé a recordar todo aquello que había bloqueado.

Sólo así me olvidé las pastillas en el buró, me olvidé de las malas compañías, me olvidé de los corazones rotos, me olvidé de los solteros tóxicos, me olvidé de las malas decisiones, me olvidé de engancharme como imbécil a lo primero que me pasara por enfrente, fuera lo que fuera. Me olvidé de comer mal, me olvidé de lo que opinan y hablan los demás.

Comencé a formarme una familia, comencé a tomar buenas decisiones, y hoy, que es como sucedió con el Homo Sapiens Sapiens -el que sabe que sabe-, me hice un pensadero y estoy intentando sacar con mis letras todas esas frases que son y que siempre han sido sordas, esas experiencias que no sirven más, esas personas que nunca fueron, y esas decisiones que alguna vez me resintió tener que tomar.

Hoy me dispuse a volver a creer que me puedo comer el mundo a mordidas. Hoy le tomé sentido a la frase que Cristina me dijo por teléfono, esa de que abra los brazos al mundo, de que está ahí, esperando a que lo tome; esperando como esperé yo misma, para poder conquistarme.

Love, i can believe in. Change, i can believe in. Yo creo y con eso basta. Y es oficial, vuelvo a tener confianza, y lo voy a volver a decir a menudo: quiero comerme el mundo a mordidas.

martes, 9 de febrero de 2010

Okey es oficial, soy licenciada.

Empecé a investigar un extenuante tema dentro del mar que significa la historia de la Radiodifusión Mexicana en enero del 2006. Terminé la carrera de licenciatura en Historia en junio de 2006. Mi proyecto de titulación, tesis y examen profesional, quedó registrado en octubre de 2006. Y sólo entonces, oficialmente se pudo decir que yo trabajaba como asistente de investigación, pasante tesista, en un proyecto muy importante de la Universidad Nacional. Pasó el tiempo y mi investigación avanzó conforme el proyecto lo hizo. En enero del 2008 me invitaron a participar en otra investigación sobre la Radio en México. En junio del 2008 el proyecto de la Universidad terminó, y con él terminaron también muchas otras cosas. Oficialmente mi chico me partió el corazón, y tuve una fuerte recaída de depresión con un poco de trastorno de ansiedad. Pero siempre hay un "pero", y entonces la última partida de corazón -y de madre- oficial, que me dio mi ex pareja, fue en febrero de 2009. Siguió la depresión. Me alejé del camino, Clío se hartó de mí y yo me harté de ella. Y sinceramente no estoy segura de que haya querido regresar. Estuve aproximadamente ocho meses en el purgatorio, hasta que dar noticias me echó un cable a tierra. Luego la inspiración siguió fluyendo, y haber escrito por encargo me dio mucha experiencia para trabajos futuros y para mi propio trabajo. El 17 de julio de 2009 el premio Edmundo O'Gorman aprobó mi trabajo de tesis, completito y sin errores. Luego de casi seis tortuosos meses de trámites burocráticos, hoy hice mi examen profesional, oficialmente me gradué y oficialmente soy licenciada.

La metamorfosis duró más de tres años -cuatro si contamos de enero 2006 a enero 2010-, y puedo asegurar que valió la pena. Soy catorce kilos más flaca, duermo cuatro horas más cada noche, compré dos coches en el espacio de un año, uno se perdió para siempre y el segundo duerme todas las noches encadenado al poste de la esquina de esta, que quizá ya no sea más mi casa. Los chicos siguen yéndose y siguen volviendo. Algunos decidieron no irse jamás. Otros decidieron, afortunadamente, no volver nunca. Cristina sigue lejos de mi. María no quiere saber más de estos triunfos y de mis propias conquistas. Mis padres, mis padres...

Los empleos no dejaron de llegar, las buenas oportunidades tampoco. Luego del período de película de terror que viví en los inicios del 2009, la vida se puso a mano conmigo. Soy feliz. Hay cosas que no cambiarán, y otras que no quiero que sigan cambiando. Me falta mucho por aprender, me dan un poco de ansiedad los estudios de posgrado, pero para reír no me hace falta mirar atrás.

Ya nada me podrá detener.

miércoles, 13 de enero de 2010

Sin ganas.

Me estoy comiendo una manzana, casi sin ganas de comérmela. Tengo los cigarros a un lado, y me voy a fumar uno sin ganas. Hay muchas cosas que hago sin ganas, pero pues así es. Sé que así no debe ser, pero ahora no tengo ganas de nada. Es oficial: de nada.

Las cosas que quiero hacer, aún no son factibles, pero me sigo esforzando, aún cuando no tengo ganas de hacer lo que debo para llegar a ellas. Tengo ganas de que todo este listo de una vez, pero si ya esperé tanto tiempo, tantas lecturas, tantas aprobaciones, tantas noches, tanta incertidumbre, me parece que no tiene nada de malo esperar un poco más. Una semana más no va a hacer las cosas peores.

Y me esfuerzo, espero que te des cuenta. Pero ya no te voy a escribir, ya no te voy a llamar, ya no te voy a mirar, aunque te intentaré ver. Y sabes que cuando me lo propongo lo cumplo, sabes que cuando prometo algo hago un esfuerzo para lograrlo. Y me he estado esforzando mucho los últimos meses, y no me voy a dar por vencida. Hoy me propuse no escribirte más, aún cuando aquí me estoy poniendo a escribir de ti; no es lo mismo, porque no me leerás, o si llegas a dar con esta columna, no me leerás como tu, y yo no estoy escribiendo para que me leas.

Hay tanta contradicción en lo que me escribiste, que ya no sé qué pensar. Me acuerdo perfectamente de lo que hablamos la vez anterior, de lo que me decías que querías seguir, de lo que querías que hiciéramos. Pero serás hombre, eres hombre, y siempre cambian. Y quizá no es que cambien, sino que no se dan cuenta del significado literal que pueden tener sus palabras. No se dan cuenta que para mi, lo que se dice es, y lo que es, es. No hay medias tintas. No te preocupes, que no quiero ponerte en riesgo, no quiero causarte un malentendido, antes de que esto empezara te lo dije, pero ahora parece que ya no sabes lo que pienso. Ni modo. No vale la pena que me desgaste, si ya se como eres, si ya sabes como soy yo, si no eres de muchas palabras, y haces más de lo que dices.

Y eso es bueno. Es bueno ser moderado, es bueno actuar y no decir. Pero finalmente hay alguien que siempre paga un precio más alto, y esta vez no quiero ser yo.

Mi panorama a veces es tan gris, que cada que te veo es como si fuera un día festivo. Y eso también va a cambiar, debe cambiar, y hoy en la mañana me propuse que cambiará. Ya te darás cuenta de que no me importará si nos miramos o sólo nos vemos, si nos hablamos sin escucharnos, si nos escribimos sin leernos. Nuestras circunstancias son muy distintas, pero finalmente sabemos entendernos. Y te seguiré entendiendo, y lograrás entenderme a mi.

Las palabras son tan palabras, son tan mágicas, son tan como son, que a veces dicen más de lo que significan. Muchas veces pasa eso con lo que escribo, con lo que digo, por eso me he vuelto mesurada, por eso sé que puedo herir, por eso sé que puedo amar, por eso sé que puedo estar con alguien a través de mi texto aún sin conocerlo, por eso sabes que nunca dejarás de ser lo duro que eres, o que eres conmigo.

Por eso el otro día, cuando te escribí por última vez, releí más de tres veces la carta que te enviaría. Pensé más de dos veces las letras que ordenaría, que formaría en palabras, que alinearía en frases para que lograras entenderme. Y no es que no puedas hacerlo, no es que yo sea imposible, pero no quería que mis palabras dijeran una cosa que no significaban.

Intenté escribir una carta de conciliación, y creo que lo logré. Pero no logré que entendieras que también me esfuerzo por estar bien, que no quiero problemas, y que te quiero tal como eres. ¿Te has dado cuenta que no tengo el valor de decirte que te quiero? ¿Te has dado cuenta de que me da miedo que sepas que todavía mi corazón te ve tan como eras, tan como has seguido siendo conmigo? ¿Te das cuenta que la coraza de mi corazón no sirve contigo?

Ya si lo sabes o no, no me corresponde. Ya si te das cuenta o no, no me interesa.

No tengo ganas de levantarme de la cama, pero tengo que hacerlo. No tengo ganas de comer, pero ya me terminé esta manzana roja, casi como mis labios. No tengo ganas de fumar, y ya me terminé dos marlboritos que me supieron re bien. No tengo ganas de noticias, y me he enterado sin querer. No tengo ganas de manejar, pero tenía que volver a casa en Hans. No tengo ganas de caminar, y por eso manejé. No tengo ganas de usar abrigo, pero muero de frío. No tengo ganas de quitarme los guantes de piel, pero se me calentaron muchísimo las manos.

Y así es, y así sabes que soy. Y todo se voltea, porque sabes -y a mi nunca se me olvida- que una de los mayores tesoros que tengo, es mi fuerza de voluntad.

No tengo ganas de quererte, pero te quiero.

martes, 5 de enero de 2010

De mil amores

No debería, pero te escribo en las noches cuando no puedo dormir.

No deberías, pero me lees, y te gusta. Y aunque no me respondes inmediatamente ni al día después, me respondes de otra manera. Y no deberías.

No debería, pero te escribo como hace mucho no lo hacía. Escribo diferente a como lo he hecho los últimos años, escribo cosas que siento desde la flama interna que se me enciende algunas veces más de la cuenta. Te escribo lo que quisiera que nadie más pudiera leer.

Pero son palabras, son letras ordenadas de manera que se hacen especiales. Son palabras escritas de manera tan estratégica, que nos siguen haciendo ser lo que somos.

No debería, pero el destino nos sigue manteniendo cerca, nos une, no permite que a pesar de los años y las despedidas nos separemos.

Y no deberías decirme que de mil amores estarías aquí. No deberías, pero lo haces. ¿Y sabes qué? Te creo. No deberías decirme que de mil amores me quitarías ese vestido blanco que tanto te gusta, para dejarme sólo con mis botas color piel puestas hasta la rodilla.

No deberías mencionar la palabra "amores". No deberías, pero lo haces.

No debería ponerte atención. Y estos párpados que he puesto en mis oídos, deberían hacer pareja con la coraza que está puesta en mi corazón. Y no debería saber que así debe ser. No debería seguir manteniéndome como roca.

Y de mil amores, yo dejaría las cosas tal y como están, no intentaría más nada, sólo seguiría escribiéndote como te escribo, a veces una carta, a veces al móvil, a veces por el mensajero. No debería aceptar mirarte, en cambio sólo debería seguir viéndote.

No deberíamos confesarnos como lo hacemos. No deberíamos aceptar este deseo. No deberíamos darnos parte, ni tu a mi, ni yo a ti. Ya no, no más de una vez.

Quizá no debimos continuar la historia. No debimos haberle dado segunda parte, ni tercera, ni cuarta. Pero insisto, el destino -y esta Ciudad- se ha encargado del resto.

martes, 6 de octubre de 2009

¿Y si el amor es el gran viaje?

¿El amor es un viaje? ¿El amor es regresar? Y si entonces no hay otro lugar al que llegar o al que volver, si se pierde el lugar de donde partimos, ¿es el amor efectivamente eso, que no haya isla donde encallar?

No importaría entonces no tener a donde llegar, donde aterrizar, y ni siquiera importaría si se debe naufragar. Hoy yo puedo decir que todo ha valido la pena. Sin importar a dónde irá a parar esto, me siento feliz y eso es para mi lo que más valor tiene.

De todas maneras nada es para siempre, lo que no es malo y tampoco limita las oportunidades. Y hablando de oportunidades, si la segunda de alguien es la primera para otra persona, ¿valdría la pena que hiciera el intento?

Cuando a un escritor se le pierden las palabras porque está confundido o saturado de ideas, lo mejor es que se vaya a dormir para aclararlas y al día siguiente lo intente, de otra manera se volvería loco tratando de descifrar lo que piensa su cabeza.

En este momento tengo muchísimo que escribir pero no sé como hacerlo. Sólo sé que estoy contenta y feliz, que pasé una tarde de maravilla, que no conté las horas pero que él contó los días; que no hablé de mi pasado, pero él me contó el suyo; que no escribí futuros, pero él dibujó uno solo. Hoy sé que ya existe un significado para la cara que pone cuando tengo que despedirme. Hoy confesó que lo tengo todo, y que él también lo tiene cuando está conmigo. Hoy entendí que los entornos cambian, los contextos se mezclan y los años no importan. Entendió que va bien que yo tenga 26.

He querido tanto, y esta tarde el calor me humedeció la espalda explicándome que quizá pueda hacer un intentito para querer otra vez. La luna subió al zenit, lo vimos juntos a través de la ventana, y entendí que está bien que me fastidien las puertas del clóset abiertas, los cajones a medio cerrar y las llaves del agua goteando, si estoy con una persona a quien le fastidian también.

El tren está echado a andar y no te echaré a andar a ti, me respondió; encendió ayer hace un mes cuando te conocí, y quise seguir desde el siguiente día 7, cuando te vi de cerca por primera vez.

¿Quién dijo que uno no se debía enamorar?

jueves, 10 de septiembre de 2009

Simples bagatelas

Me ha dado por andar más en los rumbos de ciudad Satélite. No está tan mal, a veces no me acuerdo por qué dejé de andar de sateluca, y entonces me acuerdo que María vive allí y que tanto blof al que le da importancia, me hace estornudar. Y María así es, y así la quiero, no la podré cambiar. Pero no puedo comprender todavía que una chica de su edad, siga viviendo en una pompa de jabón. ¿Qué va a pasar cuando la burbuja se reviente? ¿Por qué no aceptar que la gente que es diferente también es feliz?

¿Por qué no ser feliz con lo que se tiene en la vida? ¿Por qué escupir palabras estúpidamente, sin soportar la repercusión que puedan tener? ¿Por qué hacer que no pasa nada?

Conocí un chico con mesura, y él agradeció que yo fuera igual. Las palabras salen como toboganes de las bocas de la gente que no piensa, por eso yo no desperdicio las palabras más.

Y resulta que el chico es sateluco, como fui yo hace algunos años. Y que vamos los lugares que estaban de moda y que ahora caen de novedad. Y resulta que no me importa, sólo me enoja que quienes no tienen que hacer se fijen en la vida de los demás. ¿Y qué si no me parece, o si a mi me funciona diferente? ¿Y qué si el chico vale la pena, y por tu prejuicio no te detuviste a averiguar?

¿Y por qué te enojas de que el chico me haya llamado al día siguiente, si para ti esas son simples bagatelas?

No se puede ir por la vida rompiendo corazones, burlándose de los demás, haciendo que no pasa nada. No señor. Por eso me abstengo, y me dan flojera las bagatelas de las que te crees alimentar.

martes, 8 de septiembre de 2009

Don't forget

Expect the best, be prepared for the worst, fuck what others think and do your own thing.

domingo, 19 de julio de 2009

Reata no te revientes, que es el último jalón.

Aquí viene otra vez, el temor de ver las palabras rosas dentro de mi texto. Esta revisión de capítulo me va a hacer un poquitín más loca, y a la larga más cuerda.

Es oficial: hace un año que no tengo pareja. Y no es nada malo, pero tampoco hay que celebrar. En cualquier caso, la celebración deberá ser que el soltero tóxico se fue para siempre -aunque otros solteros tóxicos han llegado para agregarse a la lista-. La música muchas veces sigue siendo la misma, el clima, la lluvia, la playa, el cielo sobre ese mar. Mi piel bronceada, mi regreso a la Ciudad. La nostalgia, de verano, de invierno, de maldita primavera, siempre nostalgia.

Los capítulos que se terminan de escribir, las conclusiones, los ciclos que se van. La cerveza que no llega. Las palabras rosas que todavía me dan un poco de miedo. Por lo menos, la ansiedad tampoco volvió; y aquel hueco de mi pecho se llenó poquito a poquito.

¿Qué harías si no tuvieras miedo? ¿Qué haría yo si tú no tuvieras miedo? ¿Y si tampoco tuviera miedo el chico aquel?

Y lo que sigue es mero trámite, mi madre tiene razón.

miércoles, 24 de junio de 2009

Cada semana muere un verano

Corre a escuchar "Números rojos".

Junio está por terminar, y yo casi no me di cuenta cómo fue que los días pasaron tan rápido. Es como cuando por las mañanas, me visto tan rápido que no recuerdo en qué momento que puse la ropa interior o los tacones, antes de salir corriendo de casa.

Todos tenemos prisa, a veces me olvido de vivir o de escribir, y eso es lo que más triste me pone. No he tenido tiempo de ver a algunas personas que extraño, que me han buscado y que me ponen bien. Extraño a mi hermana Cristina, la extraño mucho, y a veces los instantes van tan rápido que ni recuerdo cuándo fue la última vez que hablé con ella.

Las noticias llenan mis ocho horas al día, cada día escribo más rapido y es oficial: ahora sí escribo por encargo. Mi anterior jefa me llamó ayer, y digo mi anterior jefa, pero sigue siendo mi jefa. Me hizo reír, me hizo feliz que se acordara de mi. Se supone que las palabras rosas son las que ya deberían estar perfectamente ordenadas en 30 cuartillas... se supone, se supone.

Y mientras, mi programa de los domingos me gritó en los oídos -olvidó cómo susurrar-, que en mi agenda no figura el último orgasmo que tuve. Ya no me acuerdo. Las cosas se han acomodado de manera tal, que aún cuando me desespero por no tener compañía masculina, no me hace falta del todo. Me siento bien, pero entonces escucho el bolero de Ravel y recuerdo que -aún cuando pretenda olvidarlo- muero de ganas de hacer el amor escuchando el bolero de Ravel.

Qué maravilla... y todavía no lo he vivido. Todavía no me puedo morir, así que borraré ese punto de mi lista. Prioridad cero: hacer el amor con el bolero de Ravel, y mientras lo escucho también.

Ya llegó el verano. Me baño de lluvia de recuerdos, en mi Ciudad, de enormes edificios mirándome desde arriba. Este año no tengo por qué huir a refugiarme al Caribe, ni tengo por qué emborracharme, ni por qué llorar o celebrar. Creo que me estoy haciendo lenta o aburrida. La cosa es que, por lo menos, no tengo motivo para volver a caerme, como hace un año.

El día de San Juan Bautista no me hará llorar, quiero fumar, y quiero que ya se muera el verano de esta semana.

Mientras, esperaré el orgasmo, al chico, a mis Marlboro lights, mi ensalada verde, el beso de amor, la llamada de mi hermanita, el calor de mi gato. En ese orden, o en el que sea. Esperaré al empleo que me permita dejar de dar noticias, dejar de escribir por encargo, y dormir todas las noches en la misma cama que la Historia. ¿Qué pasaría si dejara en algún momento de desear, creer, esperar o de aspirar a?

Quizá sería un poquito más feliz, o menos, o dormiría menos mal. Quiero fumar, no es posible que no pueda estar quieta sin un cigarro. Tengo sed. No tengo sueño. Me quiero dormir.

Ya no me da miedo que me salga un cuerno bajo el corazón, pero desde ayer estoy pensando que no me di cuenta en qué momento se apagó mi fuego interno. Mi fuego interno, mi llamita, mis ganas de comer. Por lo menos todavía quiero ese orgasmo.

Quiero al bolero de Ravel.

miércoles, 10 de junio de 2009

La guerra entre mis palabras

El cuaderno está (literal) debajo de una pila de fotocopias que mide unos viente centímetros. ¿Cómo carajos voy a terminar de escribir una historia, cuyos borradores principales fueron sepultados por mi misma, y que mi memoria ni siquiera registra cuándo sucedió esto?

Fuuuuck.

"Las palabras me hacen falta, me hacen falta cien millones de palabas". Escucha Las Palabras de Fito Páez.

No es filosofía, literalmente sé que me falta mucho saber; estoy "así" de no saber nada.

lunes, 4 de mayo de 2009

A veinte cuartillas

La felicidad me espera a veinte cuartillas. Hoy elegí unas plataformas ácidas, color naranja fosforescente que me levantó desde los pies hasta las chapitas de la cara.

Todo va caminando bien, poco a poco con tranquilidad. Los cambios siguen llegando. La lista de pendientes y de deudas se empieza a hacer pequeñita.

Como hace tanto calor, San Román se ha hecho mi cómplice -más aún- de frapuccinos. Ayer fue por mi hasta el sur de la Ciudad. ¡Qué tipo más mono! Verdaderamente que hace mucho tiempo no iban por mi y me traían de vuelta nomás por el gusto de hacerlo. Me puso bien. Platicamos mucho como lo hemos venido haciendo las últimas semanas.

Cada día que pasa lo quiero más y se vuelve más imprescindible su compañía y su presencia. Afortunadamente el móvil siempre nos acerca. Rezo por él, y él no ha dejado de recordarme que debo terminar las cuartillas que tengo pendientes.

Le he dado mi palabra. La palabra vale, vale muchísimo, tanto como un papel firmado o un apretón de manos. Y sé que muchas cosas las puedo hacer a un lado, pero las que compartimos San Román y yo, se han quedado tatuadas en nuestros corazones.

Como todo ser humano, mis promesas no se pueden cumplir como con una varita mágica. He quedado con que escribiré una cuartilla diaria hasta terminar. Utilizaré mi histeria histórica para organizar las ideas de mi Historia inconclusa. Parece que estará bien.

Me duele un poco el pecho derecho, he fumado un poco más; es oficial que los huesitos del escote se me comienzan a notar y me han dicho que he logrado una estampa de vértigo. Me sube el ánimo. Es oficial que estoy más flaca. Con todo eso, no he dejado de comer, no he dejado de dormir y por fin estoy usando todos los pares de zapatos que ya no recordaba que guardaba en el clóset, entre ellos mis plataformas ácidas. Aún cuando la ropa me queda un poco floja y que los tacones me lastiman un poquitín los deditos de los pies luego de caminar largas cuadras, he podido hacer mis recorridos citadinos con todo y cubre bocas puesto.

Extraño el cine y los cafés abiertos. Extraño poder escuchar las conversaciones de la mesa de al lado. Espero que aún con todo esto, todavía pueda recibir miraditas de extraños comensales.
Tengo ganas de platicar mucho mucho y de seguir escribiendo.

Escuchar la radio me pone bien. He comenzado a hacer un filtro con las noticias que debo y no monitorear y procesar. Los motivos para seguir escribiendo se hacen presentes. Los motivos para escribir con mi voz me hacen afortunada. Me hace feliz darme cuenta que mi vocalización se puede convertir en palabras bien escritas. Bendita tecnología, feliz hallazgo, increíble Ciudad.

Si todo sale como lo he planeado, estaré terminando el capítulo a finales de mayo. Ya no fue para abril -no me da pena admitirlo-, será para mayo.

viernes, 1 de mayo de 2009

Okey, es oficial.

Los párpados los tengo que poner en mis oídos, y el tapa bocas que no sabía que podía tener, ya se quedó sobre mis labios.

Cuando mi hermana Cristina se llenaba de sentimiento, siempre le decía que hablara, que gritara, que le dijera a esa persona que le causaba esas sensaciones lo que estaba sintiendo. Cristina siempre lo dejaba así, nunca le decía a la otra parte cómo le hacía sentir. A veces yo me enojaba y le decía que lo hiciera, que no era justo que las palabras se le quedaran hechas un nudo en la garganta.

Cristina, poco a poco, logró explicarme que no tenía sentido hacerlo. Le comprendí, tarde pero lo hice. Ahora yo, la que siempre habla hasta con los pies, soy la que me quedo callada.

Me bebí un frapuchino de té verde que me volvió a la vida. Me lo invitó el chico más ocupado -o que dice serlo- de la Ciudad. Pasó por mi sin saberlo, de sorpresa. Fuimos por un starbucks, mi favorito. Luego de regreso a mi casa. No hablamos mucho. Estuve callada. Mejor, porque no tenía mucho qué decir. Se dio cuenta. Hizo preguntas. No quise responder.

Volví a casa y él se quedó sin gasolina. Así es la vida. Compré cigarros. Revisé e-mails y ahí estaba: uno en el que decía que me extrañaba, que piensa en mi como no me imagino... y yo sin saberlo. Y él, petrificado una vez más al verme.

Sigo sin tener mucho qué decir. Y también creo que no, que más bien es como decía mi hermana Cristina, que a veces vale más la pena quedarse callado cuando de antemano sabemos que nuestro juicio no cambiará nada. Mejor ahorrarse la pena. Mejor quedarse callada.

No tengo ánimos para explicarle al chico más ocupado de la ciudad que esto que hace me provoca un nudo en la garganta, que de pronto las lágrimas me ruedan por la cara y que es cuando me siento como decía Tita: "Abandonada como el último chile relleno en la charola que nadie se quiere comer por temor a quedar como glotón; que aún cuando se lo querían comer, no lo hacían por miedo a demostrar que no habían quedado satisfechos".

Okey, es oficial...
Que el chico del lunar no me es indiferente. Que creo que le gusto al chico del lunar. Que soy la ex novia del chico pelirrojo; aún cuando no me lo pidió nunca, sí fui su novia. Que tengo fantasías con políticos. Que me afecta trabajar con noticias. Que no es lo mismo trabajar con las noticias de los años treinta, que con las noticias de diario. Que me gusta andar por ahí en ropa interior. Que la situación con el chico más ocupado de la ciudad me hace llorar. Que esta vez sí fui indiferente. Que me gusta estar con mi madre. Que no pinto ni pa'tener prospecto de pretendiente. Que todavía se me va el sueño. Que todavía tengo mucho que confesar.

jueves, 15 de enero de 2009

Llueve

Son casi las tres de la madrugada y acaba de empezar a llover. A mi me urge terminar mi escrito, por eso sigo levantada. No tengo nadita de sueño, supongo que es por la preocupación o porque mi mente sabe que, si termina, tendrá un enorme regalo que será dormir más de seis horas seguidas.

Hace mucho frío. Traigo puesto todo lo vestible, hasta una chamarra que me hace ver como michelín. Risas. Todavía tengo ganas de reírme.

De repente me llegan algunas ideas sin pies ni cabeza; de pronto pienso que quisiera que el próximo domingo sea el día en el que nos podamos ver, también pienso que no me vería tan mal si me corto el pelo. Tengo que bañar al gato, pero siento feo porque tiene frío ¿los gatos pueden usar suéter? El perro trae puesto el suyo desde la semana pasada. Tengo un poquitín de hambre, pero me da frío bajar a la cocina, que bueno que no tengo galletas aquí arriba.

Que bueno que puedo escribir y que, aunque sea por mensajero, podemos platicar un ratito. Me caes bien, muy bien. (Bendito encuentro en Bellas Artes; qué obscura estaba la Ciudad). Ojalá podamos ir al cine juntos muy pronto.

Tengo frío. La lluvia ya se hizo más fuerte. La humedad me esponja el pelo, me da risa pensar que traigo peinado de leona.
Me faltan unas veinte cuartillas nada más. Nada más. ¿Y si las llenara de palabras rosas?