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jueves, 5 de febrero de 2015

Hace doce años, en el Sanborns de Los Azulejos, conocí al Rey Sol.
Doce años de historia que sólo yo me he dedicado a escribir.

(Histérica histórica, en tu honor.)

domingo, 1 de febrero de 2015

Carta abierta al tiempo.



Buenos días,
Gracias por escribirme.

Me sorprende mucho lo que dices, y al mismo tiempo me sorprende tener el sentimiento de extrañarte.
También tengo lindos recuerdos de ti, pocos, me desespero porque no me puedo acordar más y eso no me gusta... Pero ahora te leo y me gusta saber que me encontraste y que como dices, estamos a una llamada de distancia. 
El año empezó y me han pasado muchas cosas, he estado ocupada pensando y resolviendo y reflexionando... De pronto me pongo triste. Pienso en esto que dices de que el tiempo pone todo en perspectiva, y me doy cuenta de que soy una mujer que va dejando a la gente atrás, y aunque entiendo que es normal, a veces quisiera que las circunstancias no cambiaran tanto o tan rápido. He sido muy feliz en distintos lugares y con distintas personas y de pronto me encuentro con que de eso ya no queda nada. No quedan mis amores, no quedan mis amistades, no quedan mis lugares, lo he dejado todo atrás.
Esas cualidades de las que hablas, parecen ser lo que más le molesta a la gente ver en mi: soy muy inteligente y nunca falsa, siempre auténtica. Nunca me propuse ser así, nunca quise esto, y sin embargo en esto me convertí.
He llorado mucho, a veces escribo, pero sobre todo trato de adaptarme al cambio de mi piel, acepto como mi piel se transforma, me amo así, transformándome, pero necesito tiempo para asimilar las cosas. 
Entonces el otro día me acordé de ti. Y anoche leí nuestras cartas y por eso te escribí. Te extraño. 
Quisiera saber como es eso de platicar horas y horas contigo, pero casi trece años después de conocerte... Que loco ¿no? Quizá pasen otros trece para volverte a ver. Pero sé que eres cercano, sé que escuchas, no sé sí me entiendes, pero sé que me lees y con eso basta.


Un abrazo y un beso fuerte,

viernes, 21 de noviembre de 2014

Doce de madera mojada, a la que le ha nacido musgo color gris.

Will you still love me when I'm no longer young and beautiful? I think you will.

¿Te molesta si me maquillo en la mesa? Le pregunté. No, acuérdate que tú puedes hacer lo que quieras, me respondió. Entonces saqué una bolsita preciosa de mi bolso, blanca, chiquita, de flores color púrpura; de ahí saqué un espejo de mano que parece polvera y un pincel largo de cerdas rasas, tomé el pincel con firmeza, levanté la cara y con la otra mano enfoqué mi rostro en el reflejo de mi palma, dibujé un largo y brillante mechón de canas en mi melena, sobre mi frente, de lado derecho de mi cabeza. Le di un largo sorbo a mi taza de café, él bebía plácidamente un jugo de naranja, tal y como al amanecer bebió de mi cintura. No me miró, no tenía que hacerlo, estaba enfrascado en una discusión que no tengo por qué entender, pero nuestros pies no dejaban de hablar entre ellos.

Hace un año cambiamos de automóviles para ir a desayunar, pero esta vez no fue así. De hecho no estaba segura de estar escribiendo el año doce, pero para mi sorpresa ahora me doy cuenta de que la estructura la puso él, no he escrito sola en estos meses. Llovía, y una vez más mi auto nos hizo una jugada, no se perdieron los planes, no nos tardamos más que un ratito en lo que todo se normalizaba. Condujimos, uno para el poniente, el otro para el sur. La lluvia se puso de nuestra parte y cesó, pero no cesaron las palabras, las risas y la cena en el lugar donde todo sucede.

Volvimos a vernos un par de horas después, y fue entonces cuando llegó el amanecer. Después una taza de café americano, mi computadora y mi desesperación. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si nos hubiéramos visto ayer. Vinieron con nosotros mis remedios en botellitas de vidrio, los calcetines blancos y el camisón color azul. No hubo cepillo de dientes, y la tinta en él fue el color de mi piel morena. Reconocí el olor de madera mojada a la cual le nació pasto fresco o un tanto de musgo gris, recordé la primera vez que lo tuve así de cerca mientras mis manos fueron una especie de bálsamo para su cuello y para sus hombros.

Después todo sucedió: la lluvia, las flores, la noche... la humedad de nuestras carcajadas, el olor de nuestras palabras. Pasó la medianoche y yo no supe si era miércoles o jueves, si era hábil o asueto, si era él o era yo, no supe si era yo como otra o mi misma como la que hacía mucho no era. Traté de escribir. Seguimos riendo. Contó muchas de sus historias y platicamos de nuestras ideologías, me prometió y yo le cumplí. Por eso la conversación de política es antes de la lluvia, le dije, él rió y seguimos así hasta que nos atrapó el sueño.

Me conoce antes del mechón de canas, después de la luna de mi espalda y antes de las flores de mi muñeca. Hemos estado juntos desde antes de los patines, antes del coche azul y cuando perdí el clásico 75. Hemos hablado muchas veces de noticias, de las pandemias, de sus historias y de la Historia que todavía no me sé. Ahora el coche es rojo, la bicicleta se triplicó y suelo equivocarme de número de departamento.

¿Por qué tú y yo ya no peleamos? Le pregunté. Soltó una carcajada, dijo que porque ahora sabemos que hay cosas más importantes que eso, ahora sé que las cosas importantes son algo así como saber que nos seguiremos queriendo cuando ya no seamos jóvenes ni hermosos, estoy segura que serán más de doce años en la lista, estoy segura de que así será.

Un par de días después deshice la maleta. Volví a mi estudio y traté de poner mis cosas en orden, separar el brandy de las flores y los perfumes mágicos de mis botellitas de vidrio con remedios. Puse en su lugar los cepillos de dientes y los pares de calcetines, la camiseta, y entonces salió del bolso el camisón azul. Huele a madera mojada con musgo fresco, huele a risas antes de dormir cuando ya se ha apagado la luz, huele a su cuello untado con el bálsamo de mis manos.

martes, 18 de noviembre de 2014

Calcetines, cepillos y humedad.

Anoche caí en la cuenta de que me volví una coleccionista de calcetines y de cepillos de dientes. Si pudiéramos trazar un mapa de objetos olvidados o perdidos, habría un punto iluminado en cada uno de los lugares donde dejé un cepillo de dientes, un par de calcetines, una botella de loción o un frasco de crema para el cuerpo.

He recogido muchas cosas que guardé en mi corazón, entre mi espina dorsal y mi pecho, pero también perdí muchas cosas y me olvidé de otras.

Un cepillo de dientes en tu maleta, otro cepillo de dientes -que acompañaba al tuyo- en la casa de Reforma, y que finalmente se fue buscándolo para pedirle que volviera y que no se fuera a ir, no los volví a ver, los perdí a ambos; el primero se fue sin avisar, el segundo no avisó que no volvería más. Un cepillo de dientes que ya había llegado a Mártires de Tacubaya abrasó mis encías y me hizo llorar, pero ahí me esperó más de un otoño y nunca se quiso ir. Un cepillo de dientes en Ermita y La Viga me estaba esperando junto con un montón de cervezas, dos libreros, el sillón de los primeros besos y dos botellas de mi Reservado favorito; ahí se quedó, según entiendo ahí sigue, junto al tubo de crema humectante de rosa mosqueta, y junto a la botella de alcohol del 96.

En la contra esquina de Bajío y Monterrey, compramos un cepillo de dientes rosa que hacía juego con uno verde que se fue a vivir a mi mochila; ese cepillo rosa se cambió de casa junto con sillas de ruedas y cápsulas de café, se fue a vivir cruzando el Río Becerra y trató de esperarme metido en una caja de plástico color azul, se perdió y por temor a terminar en otra boca, prefirió irse.

Un cepillo de dientes con tapa verde no me quiso ver más, aun cuando sé dónde está y de vez en cuando lo veo, dejó de ser mi cepillo de dientes de visita, para convertirse en el cepillo que no volví a usar jamás.

De Bajío y Monterrey me traje un par de calcetines que todavía uso para correr, de hecho no sé qué pasará cuando tengan un agujero en los talones o en la punta de los dedos, amo esos calcetines y estoy segura de que todavía te acuerdas de que me los traje en medio de una tormenta dentro de las alpargatas doradas. De Mártires de Tacubaya me traje más que unos calcetines, y dejé más que una botella de loción; vinieron a vivir conmigo una pijama color café y unos pantalones cortos para el calor, ellos quisieron venir pero yo me harté de ellos y se despidieron desde el camión de la basura de San Borja y Bonampak.

Junto al sillón de los primeros besos dejé más que algunos rizos de mi cabello, dejé medio par de botines y media capa de encaje rojizo. Olvidé también media pared de ladrillos rojos y la lluvia de un amanecer.

No sólo tiene significado el objeto ni la apariencia, pues cada uno de los lugares tenían un olor característico. A pesar de lo que pude haber imaginado, a pesar de la botella de alcohol del 96, el estudio de Ermita y La Viga no olía nada mal. Ahí se quedó el olor de la lluvia que cayó sobre la pared de ladrillos rojos, ahí huele a tierra mojada.

Bajío y Monterrey huele a lluvia que cae, huele a musgo fresco sobre un trozo de madera, sobre terciopelo rojo, humedad sobre humedad que todavía siento en las plantas de los pies. De todas tus casas, esa ha sido la más vacía, la más dividida, en la que más he escuchado ruido. Ahí se quedó lo húmedo de tu cabello y lo que sientes cuando mi melena se queda sobre tu piel. Huele a humedad sobre humedad, diferente a Xola, diferente a todas las demás.

Las ocho paredes de Tacubaya tienen vacío, aunque están llenas de cosas que no saben de quién son, cosas sin dueño, sentimientos olvidados, nombres sacrificados. Esas paredes huelen seco, huelen a nada, huelen a algo que nunca va a ser. No me gusta, me pica la nariz, y por eso la ropa dijo adiós desde un camión de esquina. Ahí permanece lo no querido, lo olvidado, lo vacío. Esas paredes son de imposibilidad, de frío.

Los cepillos de dientes, los calcetines, los objetos y los recuerdos a veces se asoman en las maletas y tratan de hacer entradas triunfales en circunstancias desconocidas. A veces quieren que los recuerde, aun cuando la verdad es que muchas veces no caben ni en los respiros de mi ansiedad.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Hace un otoño.

Esta vez no nos encontramos entre pantalones vaqueros y camisetas a cuadros, esta vez fue nada más bajo el cielo lleno de nubes que nos hicieron sentir un penetrante frío por todo el cuerpo. Casi idéntico, con la barba un poco cana y el semblante relajado, con la sonrisa torcida y los dientes de lado, así llegó después de preguntar qué le tenía que decir al taxi para que lo trajera hasta acá. ¿Taxi?, le pregunté, ¿te has vuelto loco? Bueno, pues es que hace mucho frío, me respondió. Los dos hemos enloquecido un poco.

Después las sonrisas y la alegría, un poco de ponche y medio pan de muerto para compartir. Como si nada, como hace un otoño. Y entonces vino la verdad y otro gato que se agregó a la familia. Parece que todo está igual. La ropa en el mismo cajón, el cepillo de dientes en el baño. El mismo jabón, la crema de cuerpo en los envases que elegí hace doce meses. La cocina idéntica, la misma mancha sobre la estufa, la misma servilleta sobre el horno de microondas.

Hay personas que también significan temporadas, épocas de vida, estaciones del año, estaciones del corazón. Como el clima, como el tiempo, como los meses, esas personas no volverán, aun cuando volvamos a estar con ellas. Aquellas miradas entre Levi's y los besos frente a la botella de Rioja no volverán, ni las conversaciones en la mesa de lámina, ni los abrazos en la silla en medio del salón. Él dice que es la misma persona, que es el mismo hombre, yo estoy absolutamente segura de que  cambié, soy otra, jamás seré la mujer de hace un otoño.

...Y él tampoco, la diferencia es que no atina a darse cuenta.


miércoles, 4 de septiembre de 2013

Con el sentimiento de no saber tu nombre.

Apenas hace cinco días, después de despedirnos, prometí no volver a escribirte ni a responderte siquiera el teléfono.

Me tomé una siesta maravillosa, antes de que cayera una tormenta. Desperté con la sensación de no estar en mi hogar, me sentí extraña, y lo más triste fue que tuve la sensación de no saber tu nombre. Me incorporé, y fue después de eso que tomé la decisión de borrar tu voz de mi memoria.

Te escribí la última carta. La envié pasada la media noche. Disfruté, y me quedé dormida. Hice un esfuerzo para hacer como si nada pasara, pero no lo logré. Irremediablemente recordé tu rostro cuando me viste por la mañana: al salir del elevador, no pude más que ver tus ojos, a través del salón, que buscaban los míos.

La chica nos dejó solos. Nos saludamos como si no nos hubiéramos visto en años. Conversamos sólo medias palabras, reímos sólo medias risas. Me explicaste el papeleo. Lo leí, lo entendí y firmé. Sin darnos cuenta caimos en la conversación que temíamos caer, más personal no pudo ser. Te expliqué por qué venía en autobús y dónde se había quedado mi coche; el caos que vive nuestra Ciudad en estos días nos hizo pensar otras cosas. Las palabras te salieron del alma. "¿Cómo te regresarías, si quedaras de este lado debido a una manifestación?", preguntaste. Sonreí. "Terminarías en mi estudio, de este lado de la Ciudad, tu y yo, sin poder volver", me dijiste. Otra vez sonreí, y fingí no haber entendido el significado de tu frase.

La chica volvió y yo me despedí. Antes me presentaste, conversé algunos minutos, y salí literalmente corriendo hacia la Biblioteca. Me dijiste que no me fuera. Pregunté a qué hora saldrías. Quedamos de vernos en poco más de una hora en tu oficina, yo necesitaba usar tu computadora. Me fui, por fin, y terminé los trámites pendientes.

La hora y cuarto se pasó en cinco minutos. El papeleo fue exitoso, me puse a trabajar. Al ver la hora recordé que debía verte antes de tu siguiente junta. Subí. Moría de frío, tenía sed, y tú morías de silencio. Me presentaste con esos colegas tuyos que parece que nunca se irán, cerraste la puerta para que no me diera frío, comencé a escribir. Me apuré tanto, que sentí que sudaba. Estaba tapada con mi pashmina y me solté el cabello. Moría de frío, y comencé a sentir una prisa terrible que me mordía las yemas de los dedos para escribir más rápido, más rápido, más... Terminé justo cuando tu colega dijo que también se iba, me despedí, pero salieron detrás de mi. Caminé aprisa -¿qué me pasó?- pero me detuviste en la escalera. "Te busco en una hora, no te vayas sin despedirte", me sentenciaste.

Volví a mi mesa de la Biblioteca. Seguí leyendo y haciendo mis notas. Bebí agua. Hice un par de llamadas por teléfono. Me comí una manzana. Tal y como se provoca una pasión, esa manzana me dio un hambre terrible. Decidí irme. Otra vez correr. Hice un par de llamadas más. Voy para allá, avisé. Guardé mis cosas, me despedí de mis colegas y cogí mi bolso.

Tenía que avisarte que me iba como me lo pediste, pero me esperé hasta el último momento. De la puerta del Instituto te llamé. No hubo respuesta. Guardé el móvil, comencé a caminar. Una esquina más adelante volví a llamarte. Nada. Volví a guardar el móvil y a buen paso di la vuelta en la esquina de Rodin y Holbein. Seguí caminando, mientras me metía los dedos entre el cabello. Seguí caminando con el sentimiento de no saber tu nombre. Hacía frío, tenía hambre.

De frente, sobre la misma banqueta, tu. Te llamé, te dije, porque ya me tengo que ir. "Acabo de notarlo", respondiste. Sin querer despedirnos, comenzaste a caminar conmigo hasta Patriotismo, donde debía tomar el autobús. Justo en la esquina, comenzaste a hacerme la plática. No querías despedirte, pero tampoco me podía quedar. Me diste las gracias, siempre agradeces. Me até el cabello, te pedí monedas para el autobús. Otra vez esa conversación que debemos evitar... nuestros corazones sobre la banqueta y todas las palabras que no alcanzo a decir y que tú no te permites sujetar.

Tus halagos, tus buenas maneras, tus lindas palabras. Mi cabello suelto, luego atado, mis bolsos sobre el hombro. Los libros, la biblioteca, los trámites, los pretextos... tus manos sobre las mías. Media vuelta y te fuiste. Me subí al autobús. Fue todo tan rápido que no entendí bien qué era lo que había sucedido. Fue hasta que desperté de la siesta esa misma tarde, cuando sentí como si no supiera tu nombre, como si te estuviera olvidando poco a poco.

Hay muchas cosas a las que no me puedo aferrar, y muchas otras que no puedo elegir. Pero esta vez elegí aferrarme a tu recuerdo, por eso es que no te quiero olvidar.

Decidí no responderte más porque me duele ver como te despides con lágrimas en los ojos, me duele quedarme con el corazón encogido y las palabras hechas nudo en la garganta. Me ha comenzado a doler no poder estar contigo.

"No somos de piedra", me dijiste un par de veces. Mi última carta decía lo mismo. Tienes razón, no soy de piedra y me duele extrañarte.

No sé qué pasará. Sólo sé que sigue mi sed y sigue tu silencio, sigue este sentimiento, sigue que te extraño. Descubrí mi corazón y ahora me da miedo olvidar tu nombre. 

jueves, 26 de abril de 2012

Esta vez es primavera.

Me quedé dormida pensando en ti, y afortunadamente soñé contigo. Entonces de pronto es como si en el corazón se prendieran unas cuantas velas, como si encendieran el calefón. Como si le dieran algo de esperanza a un condenado a muerte. Y te acordaste de mi, fue maravilloso entrar al local, formarme como cualquier persona, y de pronto ver tu cara de sorpresa cuando me viste allí, ¿pensaste que no iba a volver? Pues volví, y mejor que nunca.

Fue hoy, al mediodía, cuando comencé a sentir el calor de los papeles de hace 75 años, que me acordé que este viaje es idéntico al anterior, lo único que es diferente es mi corazón.

Estoy en la misma ciudad, en el mismo departamento, voy al mismo café, he frecuentado los mismos lugares para comer. Llegué a conversar con la misma gente. También llegué a trabajar con la misma gente, al mismo lugar, con los mismos papeles viejos que me marchitan las manos y me resecan el cabello. De pronto es como si el tiempo no hubiera pasado, como si todo fuera exactamente igual; como si el autobús hubiera viajado de regreso conmigo adentro, con todo y maleta, con todo y soledad.

Y entonces la gente intuye y comienza a esbozar preguntas, intenta articular argumentos y más y más preguntas... y entonces es una  maravilla no tener historia, no tener memoria y hacerse como si no hubiera pasado. Como si lo pasado, en efecto estuviera pasado. Y sonrío, me alboroto el cabello plateado y me cubro con mis raybans. Ni siquiera ha sido necesario decir mentiras o negar algo, simplemente hago uso de mi derecho a reservar mi opinión y a comunicarme. ¡Zip! Me quedo callada.

No hay motivo entonces para recordar la angustia que me invadió cuando supe que venía por mi. ¿Te acuerdas que llegué con él al café, en la penúltima noche que me quedaba acá? ¿Recuerdas su aspecto? ¿Recuerdas mis palabras entrecortadas? Que bueno que no. Yo me acordaba de ti, pero no de tu pelo largo, ni de tu complexión, y tampoco me acordaba de tu nombre. Hasta hoy por el mediodía me acordé que me hizo llorar frente a mi plato de enchiladas mineras, que nada le satisfizo, que la experiencia no le fue suficiente para despertar su capacidad de asombro.

Es incoherente e inaceptable que mi madre se ponga de su parte.

Y si no era el dinero, era que yo externaba las cosas que me hacían feliz, que me causaban placer o que simplemente me gustaba elegir. No puedo creer que llegué al punto tal de olvidarme de mi misma. Me alegra que la vez pasada no me hubieras pedido mi número de teléfono para salir, porque hubiera sido doble la pena.

Al parecer todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Nada más pasaron nueve meses, viví trece días de juzgados, hice cinco mudanzas, perdi los muebles completos para poner una casa, olvidé un par de botas azules, me deshice de un vestido de novia, pasó un día biciesto, falleció mi mejor amiga; fui a la playa a revolcarme en las olas del mar, perdí ocho kilos, dejé de fumar, comencé a dormir de noche, tomé condición física, tuve un accidente, aprendí a vivir con el alma rota, me hice cargo de mi misma, le menté la madre al miedo, tuve el valor de seguir adelante. Tuvo que pasar todo esto, para que pudieras verme entrar  a la tienda con mi portafolios en el hombro y mi pelo alborotado, para que pudiéramos conversar una semana más, y pudiera yo ubicar mi domicilio conocido en el Jardín Unión.

Por eso me alegro muchísimo de haberme quedado dormida pensando en ti.

Todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Lo único que cambió es que esta vez es primavera.

martes, 31 de enero de 2012

Café 24 horas.

Estoy en un café, sobre avenida Juárez, que abre las 24 horas. De hecho vengo del Starbucks que está sobre Ignacio Ramírez, entre Reforma y Antonio Caso, del que me acaban de correr porque ya pasan de las 23 horas.

Este lugar, que encontré abierto, con café fresco, cena saludable, y que abre las 24 horas, parece sacado de una película de ciencia ficción. Es muy común que en la Ciudad de México, la realidad supere a la ficción.

Está frente a mi, en la mesa a mi mano derecha, un travesti sin peluca, con uñas largas y pechos crecidos debajo de una sudadera color gris, leyéndole las cartas del tarot a un señor que al contrario del travesti, parece que no se ha lavado el cabello como en cuatro días. Es un tipo como cualquier otro, en un lugar peculiar.

Al fondo del salón, en una mesa entre los gabinetes y la ventana hacia la calle,  está un señor vestido de color azul, que se quedó profundamente dormido sobre un periódico doblado, frente a una taza de café y un vaso con agua.

El santaclós de pelo blanco, laaargo, descuidado, de piel tan rosada que me hace recordar a un lechón recién nacido, y cuyo aliento huele a alcohol de caña, se pasea por todo el lugar, entre las mesas.

Y yo, que tengo mi computadora abierta y pedí un café americano con crema, estoy intentando poner en marcha un plan de trabajo que me quitará de estos gustos de sentarme en los cafés por los próximos seis meses. Se supone que no debo decir que viene un "camino difícil" por recorrer, porque no hay caminos difíciles sino circunstancias distintas. Tengo mucho trabajo, y muchas cosas que olvidar.

viernes, 25 de marzo de 2011

Entre los castings y la academia

Hace algunos meses, entre los castings y la academia, entre mi nuevo amor y mi cumpleaños número veintisiete, me dediqué a estudiar la biografía de Johnny Cash, uno de los personajes de la música estadounidense que más me apasiona, y que es también reflejo de la historia norteamericana en los años cincuenta y sesenta.

Y al mismo tiempo de que me dedico a leer mis intereses, también debería dedicarme a olvidarte por completo. Hoy L.A. parece que nos acerca cada vez más, y con ella, las bolsas del mandado impresas con sirenas de la lotería, o perfumes para mi, que venían guardados en tus bolsos color verde. Fotografías, muchas fotografías. L.A., la historia del Darién, Zapopan, Manzanillo, Anenecuilco, Villa de Ayala, mi memoria y mi mudanza, me están tendiendo una enorme trampa.

Y así como me prometí no empacar ningún recuerdo de ningún soltero tóxico -difícil cumplirlo-, también me prometí dejar de hablar mal de ti. Sólo te recordaré como lo mucho que fuiste, una persona que me hizo inmensamente feliz.

Me acosté frente a la televisión, y miré y miré todo el material que tengo de Johnny Cash. Luego también, me puse a esucharlo, y terminé enamorándome de él.

Los Ojos Verdes tenían trabajo a reventar, como casi siempre los miércoles sucede. Pero aún y cuando los autos nadaban sobre las avenidas encharcadas de esta Ciudad, manejé más de 40 minutos para ir a contarle que me había vuelto a enamorar. En el fondo traje tu recuerdo, tus olores, todos los regalos y los recuerdos que traías de Los Ángeles. Tus maletas, los reencuentros all night long.

Pero la maravilla de tener a alguien que te ame tal y como eres, es que no importa toda esa basurita del pasado y de los recuerdos que tengamos dentro. Somos y estamos, y por eso Ojos Verdes y yo hemos llegado hasta aquí.

Luego, un "i'm Johnny Cash" con rostro desencajado, algunas canas, y una mujer de voz chillona que lo adoraba, me hicieron llorar. El amor triunfa, y ella lo salvó muchas veces de muchas cosas. Yo, en cambio, no pude hacer que tú te quedaras conmigo, y apuesto que Cash fue tan tóxico -o un poco más- como tu, pero tenía diferentes talentos. El amor va tendiendo el camino.

Tarareando el Cash que traía en el corazón, recordando melodías, recorrí los mercadillos de pulgas buscando algo que me acercara a él o alguna cinta perdida, o ya de perdida, un radio antiguo para llevármelo a casa. No lo encontré. En cambio, algunos accesorios setenteros se me pegaron al bolso y tuve que pagarlos, y un par de gafas me dejaron sin aliento.

Después de una labor de regateo que duró más de media hora, el vendedor accedió a venderme los RayBan Wayfarer II vintage originales de 1962, en una módica cantidad que ascendió a poco más de trescientos pesos. La Ciudad me estaba regalando otro tesorito, y yo le dejaba a un tilichero buena parte de mi beca de investigación.

El sábado siguiente, en una mañana dedicada al amor, le enseñé a los Ojos Verdes mi pesquiza vintage y quedó encantado. ¿Los quieres?, le pregunté, y me dijo "corazón, los lentes obscuros no van conmigo". Y a punto del enojo le dije, "¿cómo no van a ir contigo unas gafas idénticas a las que usaba Johnny Cash, James Dean, Bob Dylan y John F. Kennedy?"

Se quedó las gafas. Se le ven divinas. Muchos recuerdos y Johnny Cash, vienen conmigo.

Entre los excesos, el mucho o poco estilo, la fama y la frivolidad, el amor tiró de él para sacarlo adelante. Yo he comenzado a dejar de creer en el amor, a veces flaqueo, a veces me siento atea de sentimientos, y de pronto me azota a la cara la idea de que esto se mueve con amor. Johnny y June lo lograron. Soltero tóxico y yo, no. En este momento tengo un gran reto por delante.

Entre castings y academia, noche de lluvia y recuerdos de tóxicas vacaciones; entre Folsom prison y Jackson, entre I walk the line, me volví a enamorar de Johnny Cash.


lunes, 21 de febrero de 2011

Desperté dos años atrás.

He comprobado que hay cosas que verdaderamente se eliminan de nuestros recuerdos, si es que así lo deseamos. Me propuse olvidar, dejar de recordar o dejar de alimentar, o como queramos llamarle, los detalles de las noches que pasé contigo, de los desayunos que compartimos, y de los días de campo que organizabas para hacerme sonreír. El subconsciente, como los demonios, también hace trampa; y es entonces cuando parece que la Ciudad se pone de tu parte, como se puso hace muchos años para que estuviéramos juntos por primera vez.

Anoche nos disponíamos a dormir viendo una película en lo que agarrábamos sueño, y sirvió no para ponerle atención, sino para que la voz y la melodía de Enya me llevara a un lugar inimaginable. No estoy segura si fue por el agobiante calor que comenzó a hacer, o por el maravilloso orgasmo en el que todavía me encontraba, pero me quedé dormida sin darme cuenta.

Soñé, como todas las noches sueño. Autos, ciudad, avenidas ultrarrápidas. Comida, cigarrillos, pasteles de chocolate, helados de yogurt. Zapatos de tacón, minifaldas negras. Tu madre. El sillón del departamento del Periférico Sur. Los gatos, montones de gatos. Tú. Lléndote. Como siempre, te ibas. Sobresalto. Cinco de la mañana. Me desperté.

Es una pesadilla recurrente, es una rutina diaria, película, música, buen café; un cigarrillo que se apaga, los dientes que se lavan con pastita de menta, las manos que se lavan con vainilla líquida. Un orgasmo, quizá dos. Un par de pies calientes. Una cobija que alcanza para tapar al mundo entero. Mis sueños. ¡Demonios! Apareces tú.

Y entonces, como sucedió por muchas madrugadas durante cuatro años, justo a las cinco horas o a las cuatro 45, me despierto cuando siento que te vas, te veo salir por la puerta, con tu espalda ancha de libertador del sur y tus hombros de piel de jaguar. Me angustio. Despierto. Hace mucho frío. Ya no estás aquí, no has estado, y no quiero que estés.

Me siento de un brinco, estiro la pierna derecha, comienzo a sentir un halo de calor. Unas piernas delgadas y amorosas me reconocen. Lo siento junto a mi, y entonces vuelvo a acurrucarme, abrazando su cintura, tranquilizándome porque sólo fue un sueño, del que desperté dos años atrás.

Me molesta que vengas a invadirme como lo hizo la señora de pelo de maíz antes de navidad. Déjenme dormir. Ya no más cruzarás esa puerta, debo curarme de tus partidas en la madrugada como me curé de amor. Cómo me duele que ahora busques hacerte presente.

Debo encontrar la llave para guardarte de regreso en tu jaula.

martes, 1 de febrero de 2011

Las personas se apoderan de las aceras.

Me llegó, juro que sin querer -y ahora también quisiera tener párpados en las llemas de mis dedos-, uno de sus últimos trabajos. Sin saber que yo soy su ex mujer, me pidieron una opinión sobre la última edición de este ensayo, en fin, ya decía yo que el mundo es una gran rueda de la fortuna, y ahora con mucha alegría afirmo que arriba me toca estar a mi. También su chica se ha puesto en contacto conmigo, y bueno, él dice que es su chica, ella dice que es su mujer, ella no sabe que yo sé, que él no quiere saber nada, y que de hace ocho años que tengo de conocerlo, ya no queda nada.

Pero el gremio de los historiadores es cerrado, es pequeño, y todo se sabe de todos, en todas partes, de todos lados.

El trabajo, desde el primer párrafo, presenta errores garrafales, terribles, que nunca me imaginé que él, tan escrupuloso como era para criticar, los esté cometiendo. Y bueno... de hecho, ahora recuerdo que nunca tuve en mis manos un trabajo suyo terminado, siempre estaban en construcción, bajo corrección o en comentarios, pero digamos que el señor creía que podría escribir la mejor disertación con el mínimo esfuerzo, en el mínimo tiempo previsto, y con un cronograma inmutable. El señor no tomaba en cuenta que debía tener todo el empeño posible, y que debía dejar de aislarse a sí mismo en los jardines solitarios de la Ciudad, y en los rincones más remotos de su existencia.

Tal y como las contradicciones en las que caía, el trabajo que tuve en mis manos también está lleno de ellas. Los signos de puntuación no correspondían a la narrativa que se proponía desde el título, y él se creía ser el mejor investigador de todos los tiempos, o por lo menos, de la Ciudad de México.

Ahora que puedo leerlo, que puedo hacer un "resumen de actividades post-proyecto", me da gusto haber renunciado a tiempo. A la cima uno no llega solo -él debería saberlo-. Y llegar a la cima cuesta mucho trabajo, se necesita mucho esfuerzo; eso, estoy aprendiéndolo en carne propia.

Y en medio de toda la protesta, de toda la lectura, y de todo lo que conlleva un dictamen o digamos, un fallo a nuestro favor, tal parece que las personas ajenas se apoderan de las aceras.

La Ciudad ya no es la misma, y yo también he cambiado como ella.

Toda la semana pasada soñé con él y con su madre. Estaban apoderados de la Ciudad, y yo no podía dar un paso sin encontrármelos, sin estar envuelta en los juegos que siempre querían jugar. El tipo volvía de lejos, de algún viaje o de siempre (¿me explico?), y venía a decirme como siempre lo hacía, que yo era la mujer de su vida y que no podía vivir sin mi. Llegaba, como la última vez, a decirme que esto era para siempre, que me amaba, que no podía seguir si no lo intentábamos una vez más.

Sentí una angustia que hace mucho no sentía estando dormida, la misma angustia que curiosamente sentí cuando se fue, y que he sentido todas las veces que sueño con él, o que siento que está cerca. También sentí miedo. Tenía miedo de decirle cómo eran las cosas de verdad, y hacia dentro de mi pensaba que era una tranquilidad saber que mis Ojos Verdes estaban junto a mi. Tenía que encontrar el momento justo para decirle que esta es mi banqueta, es mi cuadra, mi manzana entera, toda mi Ciudad, que mis Ojos Verdes la compartían conmigo, y que él debía regresar al lugar de donde venía. Nada era igual.

La señora de pelo de maíz era, como siempre, exigente, falsa, actriz. Tan actriz, que ella no sabía que no era ella. También me daba miedo. Su rostro parecía una máscara rígida, con una dentadura protuberante color amarillo, de dientes animalescos, como de caballo. Esa imagen fue una rara mezcla de la realidad, caricaturizada. Exigente, repito. Había que hacer las cosas como ella decía, no queríamos que se mostrara su toxicidad.

Desperté, gracias, como siempre despierto. Tuve un mal sueño otra vez. Y al arreglarme para salir, y ponerme mis mejores zapatos de tacón, me di cuenta, ya pisando mi Ciudad, que las aceras siguen siendo arrebatadas por muchas personas que no tienen identidad, que sólo quieren pisotear y encima con unos zapatos nefastos -como los de la señora de pelo de maíz-, amorfos, insensibles e irreales.

Debo encontrar la forma de que todos los fantasmas de mi pasado se queden en un lugar. Pensé en un principio que sería en la zona Sur de la Ciudad, hasta que supe que también tengo que regresar a trabajar por allá. Pensé que podrían quedarse en su departamentito sin muebles, lleno de altares sin sentido, que rezan por que los análisis de laboratorio salgan limpios, para poder tener un lugar en la cama de alguien. Nunca imaginé que se llegara a tal nivel de desconfianza. Pedirme una constancia para tener una oportunidad para el amor, hubiera sido más que una de sus enormes ofensas.

Me da miedo pensar en ese espacio sin muebles, con altares y gatos cojos o sin cola rondando los coches de alrededor.

Me da miedo que mis demonios se hayan acostumbrado a pelearse unas cuantas aceras. Me da miedo que mis demonios ya no quieran regresar a su jaula. Sólo esta semana les queda, para seguir paséandose por toda la Ciudad.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Día a día

Todos los días libro una batalla conmigo misma. Todos los días intento ser mejor persona. Al paso del tiempo me volví una guerrera; aprendí a ganar y a veces a perder esas batallas con mi pasado, con lo vivido, con los recuerdos.

Todos los días libro una batalla con la ansiedad. A veces acepto y comprendo que vino para quedarse, que vive en mi. Ella es amable la mayor parte del tiempo, me deja pensar, me deja escribir, me deja tener una vida. A veces no me deja dormir, y entonces odio estar muerta de frío en la noche, o me gusta quedarme despierta mientras los ojos verdes me miran escribir.

Pero como todas las batallas, a veces se pierde.

Hace dos días que no le pude ganar. Luego de tantas cosas que hay que solucionar, que hay que decidir, dilucidar, reflexionar, dar para sí, para mi, y para todos... me di por vencida. No fue como las últimas veces había sido, ahora estuve batallando mucho tiempo, la estuve reprimiendo, la semana pasada quiso hacerme explotar y me negué, preferí reportarme enferma y ganar un poco de horas de sueño, comer mejor, comenzar con una dieta más decente. Pero hay veces en que me canso de luchar.

Y aquí voy otra vez, al remedio dentro de un mini frasquito de vidrio, que nadie puede ver, que nadie puede oler, pero que yo sé que viene dentro de mi, y dentro de mi bolso de charol color negro. Y aquí voy otra vez, a llorar y llorar y llorar parada en una banqueta, a perder la ubicación de donde estoy, a no saber qué es lo que tengo que escribir para mañana. A llorar mientras manejo mi coche sin saber a donde voy, sobre una vía rápida, o esperando semáforos en verde.

Aquí voy. A quedar al descubierto frente a las personas que más amo, frente a las personas que no me conocen, frente al médico que no puede creer que haya ganado seis kilos en nueve meses.

Todos los días lucho por ser una mejor persona, no importa no saber qué es lo que tengo que escribir mañana, porque una vez más lo intentaré.

martes, 23 de noviembre de 2010

No todavía.

Literal, tengo la página en blanco.

Supongo que eso no representa un gran problema, pero me causa mucho estrés.

Me quedé pensando en la forma en la que la chica hablaba de su antigua pareja, es forma que tenemos las mujeres de expresar que "nada está pasando" cuando en realidad ha pasado de todo... ¿También yo fui así cuando hablaba del soltero tóxico? ¿También me hacía que no pasaba nada? La verdad ya no me quiero acordar, pero ahora sé que puedo hacer que no pasaba nada mientras recorro cada una de las calles que recorría con él.

Cada vez que tengo que atravesar la Calzada México-Xochimilco, o que tengo que dar vuelta en Arenal para tomar Insurgentes sur cuando vamos a punto de tomar carretera hacia Cuernavaca. El fantasma de su auto blanco, o de la señora de pelo de maíz, siempre ronda por esos lares.

Me encontré de frente al embajador, cuando ambos salíamos de la conferencia de Carlos Fuentes. Creo que el chico tóxico no volvió a verlo, lo que creo que representa una enorme falta de atención y lo hace ser un malagradecido aunque no lo haya sido. Las relaciones nunca se pierden, eso hasta yo lo sé. No estoy segura de si me reconoció, en realidad se veía muy diferente a la última vez que estuve cenando en su casa, pero se me erizó la piel, y me acordé también de los sillones de su casa que se iluminaban siempre a través de la cortina de la ventana.

Cuando paso cerca de esa casa, el soltero tóxico se sube a mi auto, y a veces me acaricia la pierna mientras conduzco. Y ahí vamos otra vez. A desayunar en la mesita de jardín, bajo la sombrilla con el gato sobre las rodillas. A recoger el periódico mojado por la lluvia, a que la bolsa de plástico que lo recubre nos moje los dedos, y comentemos en el garage las noticias mientras nos metemos a la casa. Ahí vamos a arrebatarnos la Proceso todos los domingos en la mañana, domingos que adoraba, pero que luego de él aborrecí, que no me daban lugar, no tenía un espacio, y me hacían sentir asfixia pura.

Luego, como siempre los domingos, caminábamos Santa Margarita hasta Tlacoquemécatl, él con la ropa del día antes, yo con la ropa de él. Los dos con el aroma de la noche que acababa de pasar, los guantes de piel y los lentes obscuros, sandalias de plástico, al más estilo layer cake. De regreso, siempre, bebíamos porque parecía que no podíamos hacer nada mejor. A veces no ibamos a mi casa, y pasaba mucho tiempo hasta que yo regresara para allá.

Uno se puede hacer que nada está pasando, en eso nos hacemos expertos. El problema es cuando nos acostumbramos a vivir así. Como salía por un café por las noches, o pasaba a la San Borja a comprar cualquier cosa que no me hacía falta, pero que en ese momento me hacía falta.

No sé si lo extraño. Es una cosa rara. A veces siento que anda por ahí, cuando camino Cuicuilco viendo escaparates. Viendo, otra vez, todas las cosas que no me hacen falta, y que ya no compro, porque en verdad, de lo que me hacía falta ahora estoy llena.

Las placas, los números, la combinación de las letras, se han de seguir paseando alrededor de los campos de béisbol; junto con utópicos días de campo, comidas al aire libre, siestas debajo de la puesta de sol. ¿Hace cuánto que no veo una puesta de sol? ¿Cuántas puestas de sol vimos juntos? ¿Te acuerdas las que tenían de telón de fondo tus lentes YSL y mi bikini de crochet tejido color negro?

Fui muy feliz. Y espero no estar contándolo como si no pasara nada... pasó mucho, de todo, más de lo que mi historia podría contar. Pero no lo extraño, no [todavía].

martes, 9 de noviembre de 2010

Viniste a mi vida a hacerme feliz

Eran las diecisiete con quince cuando tomé Periférico Norte a la altura de San Antonio. Sorprendentemente estaba muy fluido, me metí a carriles centrales en la primera oportunidad, y seguí manejando mientras escuchaba a Alizée a través del audífono izquierdo.

No sé qué es lo que tienen estos días, estos fríos, este calor que no se me quita de adentro. Todo me parece tan nostálgico, a veces todo me conmeve tanto... La música fue la gota que derramó el vaso, y haber visto el inicio de la puesta de sol sobre Periférico, terminó por darle el toque final.

Lloré sin darme cuenta, hasta que las lágrimas me empañaron los lentes de sol. Pensé que de todas formas, como sea, era un día muy bonito como para llegar a guardarme a la casa cuando todavía quedaba tiempo para disfrutarse. El congestionamiento de la lateral de Periférico a la altura de Echegaray me pudo volver loca. Luego, al estar llegando a la Facultad supe que debía entrar a llenarme otra vez de lo que me llenó la Universidad.

Le llamé a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel. Le dije que estaba buscándole un lugar a Hans en el estacionamiento, y que iba para su Colegio, a platicar. Se puso muy contento, me dio muchísimo gusto escucharlo y saber que lo iba a ver.

Entonces recordé que en estos momentos, justo hace un año, jamás me hubiera imaginado que mi vida fuera a cambiar como lo hizo. Yo era una chica triste, lo acepto. Sí, siempre he sido optimista ante el amor y ante la familia que he elegido, pero me sentía muy sola; date cuenta pues, que ahora podemos platicar, que de verdad estaba muy sola.

Pero el 9 de noviembre conocí a personas maravillosas. El último regalo que recibí de esas manos largas, fue un empleo que otra vez me mandó a las nubes, que me hizo dejarme llevar, que hizo que dejara de pensar en todo lo que me afligía, y que en el fondo me hizo olvidarme de tanta soledad.

El cenit de mis malas decisiones y de mi ansiedad por buscar una compañía que por lo menos me hiciera reír dos veces por semana, tuvo lugar a finales del 2009. Eso, como puedes ver, ya lo olvidé y ni siquiera me di cuenta. No recuerdo fechas exactas, ni historias encontradas en las calles de esta ciudad. Sólo me acuerdo de mi, de las pésimas fiestas decembrinas, y de que para mí el año nuevo sí trajo una vida nueva.

Personas maravillosas llegaron a mi vida el 9 de noviembre. Llegaron a mi vida amigos maravillosos, una nueva familia que se ha gestado desde esos días. Noches locas en la ciudad, días de cine, de escritos interminables que se logran sobre una mesa de cryztal. Sabios consejos, cafeteras rebosantes que no siempre saben bien, mamuts a las cinco de la tarde para el monchi vespertino, una copa de whisky con soda los jueves por la tarde, estrés inmesurable completamente controlable, noches de grúa porque Hans ya no quería andar.

Historias de noches estrelladas que se cuentan desde el piso de parquet. Frío, mucho frío. Calor que proviene de los calefones de gas. Un sillón azul, que pronto estará en nuestra casa.

Obtuve mi grado profesional. Concursé para una plaza de posgrado, la obtuve justo cuando pensé que no podría más.

Luego, dejé de recordar, y vi de lejos a mi amigo el Presidente. Caminé hacia él y nos dimos un abrazo fuerte y lleno de risas. Comenzamos a caminar. Fuimos por café, a platicar para ponernos al corriente.

La ansiedad de venir manejando con todo este cansancio encima, de pronto comenzó a disiparse. El Presidente me llenó de regalos, muchos que me hicieron sonreír. Y entonces me di cuenta, tanto que deseé, tanto que busqué, tanto que soñé con que nada más haría falta, y todo sucede, todo vuelve a empezar. Me siento muy bien. Es real.

Y tu, ojitos verdes, viniste a mi vida a hacerme feliz.

lunes, 11 de octubre de 2010

¿Dónde estaban mis ojos verdes?

Hacía mucho tiempo que no tenía un sueño de terror, y esta noche lo tuve. Fue una pesadilla rara, quizá un sin sentido, pero me dio muchísimo miedo.

Soñé que me casaba con el soltero tóxico. Que pasaba todo lo que pasó, igualito, con todo y el hermano que a la mera hora sí quería ser hermano, y con la señora de cabello de maíz.

Yo venía sentada en el asiento de atrás de un coche negro, con un vestido blanco de fiesta, de muchos listones color lavanda, me acuerdo que me preocupaba que no trajera crinolina porque el vestido se me aplastaba.

Volteaba a la ventanilla, y veía venir al soltero tóxico vestido de traje, con la corbata desamarrada, y bebiendo, ¡qué raro! Venía con el dichoso hermano y otro hombre que no me acuerdo quién era. Caminaba junto al coche en el que yo venía y pasaba de largo, no me veía o no se quería detener; yo tenía la sensación de que no había querido detenerse.

Me daba mucho miedo que me fuera a dejar plantada en el altar, ah porque además, he de decirles que me iba a casar por la iglesia en una boda comunitaria. Algo me causaba ver a las otras novias alrededor mío, ellas acompañadas, muy felices e ilusionadas, y yo, sumamente angustiada, por mi lado, y el sotero tóxico por el suyo. Cuando yo lo veía pasar a un lado de mi auto, sentía cierto alivio porque ya había llegado, y entonces yo me bajaba del coche, me levantaba la falda de mi vestido, y me iba caminando a la entrada de la iglesia.

Me casaba, así, sin más. Me acuerdo de mi hermana y de mi papá, estaban también mis amigos y muchas personas de mi familia. Yo estaba triste, me sentía muy angustiada, y no había ninguna persona que lo fuera a acompañar a él.

Salíamos de la iglesia y él se iba, me dejaba ahí parada. Yo me levantaba otra vez la falda de mi vestido y comenzaba a caminar, y los listones color lavanda se comenzaban a arrastrar en el pavimento. Me veía mi anillo de casada y pensaba que todo había sido un error gravísimo, que me había equivocado otra vez, que cómo demonios había aceptado casarme con él si me había tratado tan mal y había faltado a sus promesas y se había burlado de mis planes. Comenzaba a llorar y me iba caminando por la calle.

Vestida de novia, llegaba a unos escaparates de unas tiendas de zapatos. Veía muchos zapatos, botas, sandalias, tacones de colores, y entonces me ponía feliz.

Llegaba a un departamento de alfombra color hueso, muy bonito, con elevador. Ahí tomaba yo mi móvil, que me acuerdo perfectamente que era una blackberry color negro, y le llamaba, marcaba su teléfono de memoria, y lo que más miedo me dio ¡es que me acordé del puto número! O sea, llevo meses perdiendo datos en mi cabeza, y en una noche todo regresó. Total que me respondía el afamado hermano, me decía que ese no era el número del chico tóxico, que él se había ido de la Ciudad, y que ni modo, pero no podía estar conmigo en esos momentos.

De pronto, el tóxico descolgaba la otra bocina del teléfono, me decía ¿hola, Mariposa? Y yo comenzaba a llorar, y en lugar de reclamarle nada, le decía que iba a estar en mi departamento, por si quería venir a verme. No me decía nada más. Yo pensaba que había sido todo un gran error porque el chico de pronto había vuelto para pedirme que me casara con él, pero yo ya no lo amaba, entonces ¿por qué le había dicho que sí, si yo tenía una pareja maravillosa y amorosa? ¡Y era cierto! ¿Dónde estaba mi novio?

Comenzaba una búsqueda desenfrenada para dar con mis ojos verdes, y no los podía encontrar, maldita sea, yo me acordaba de ellos, de que eramos muy felices, y de pronto no aparecían más y yo estaba haciendo puras estupideces. Hablaba con mis amigos, con mi hermana, con mi papá, y nadie me sabía dar razón de los ojos verdes, eran un hermoso recuerdo en mi cabeza, pero resultaba que ¡yo no los había conocido todavía!

Comencé a llorar y me desperté.

Fui a tomar un Starbucks donde la bebida caliente de otra persona me cayó encima, en lugar de hacer corajes, mi padre y yo nos reímos mucho. Regresé a casa. De pronto me acordé del sueño, y me dio mucha tristeza. Los ojos verdes están trabajando, muy ocupados como siempre, quiero hablar con ellos.

Pienso que el sueño sí sucedió, en el sentido de que cuando todo pasó, los ojos verdes todavía no llegaban a mi vida. Lo dramático de todo esto, es que yo me acordaba que estaban conmigo, pero nadie me sabía dar razón de ellos.

La vida nos tiene preparadas cosas maravillosas, personas maravillosas que vienen a hacernos el camino feliz, ameno, completamente pleno. La vida me tenía guardado a un hombre maravilloso, que vino a que el amor se hiciera.

No importa todo lo que sueñe o no sueñe, o si sigo viviendo en la misma Ciudad. Hay personas que se borran de la memoria para siempre, que sólo cuando está abierto mi subconsciente pueden aparecer; pero las reales, las que abrazo todas las noches para dormir, las que me llenan de besos por las manañas, las que me dicen que me aman tanto como las amo yo, no se irán a vivir al país de los sueños nunca.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Prefiere las calles rotas

Te amo, sabes que te amo. Te lo he dicho y me has visto convencida de ello.

La Ciudad, como las personas, cambia como las estaciones el año. A veces es gris, otras es totalmente obscura, y así yo suelo estar radiante o lluviosa cuando se trata de ti.

Las personas, como la Ciudad, cambian como lo hacen las estaciones del año. Parecen caprichosas, parecen sentir... a veces no quieren nada, y prefieren quedarse con sus calles rotas.

Caminamos de la mano la Avenida Cinco de Febrero, comíamos helado blanco, hacía mucho frío. De pronto lo supe: había entrado el otoño y yo no tuve tiempo de pararme a respirar y a observar el pasado veintidós de septiembre. Tengo miedo.

Estoy tan ocupada, que tengo miedo de olvidarme del saco gris. Tengo miedo de olvidar lo que iba a hacer mañana, lo que tenia que entregar escrito el pasado 29 de agosto. No tengo tiempo de nada. Tengo miedo de manejar de noche, de despertar de día, de estar sin mí, contigo, sin mí cuando estoy contigo.

Creo, ahora, que debo seguir a como dé lugar. Mis planes, mis metas, tu y yo como líneas paralelas.

Extraño el frío del otoño caminando sola por la calle. Es sensacional venir de tu mano, sentir cómo me tomas por la cintura, pero también era maravilloso hacerlo en solitario. Mi bolso al hombro, mi abrigo largo, las botas altas y mis guantes de piel.

Esta nostalgia en la garganta, guardada para los meses de invierno; esperando que llegue algún diciembre que me haga verdaderamente feliz.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Estoy hecha para estar en silencio.

Un científico mira puntitos a través de un microscopio, disecciona ranas o bichos, despanzurra moscas. Un historiador descubre documentos y compara elementos. Todos los hechos históricos son iguales o parecidos, se necesita saber cuáles interesan según la relevancia que tuvieron. Creo que así es, o podría ser...

A veces pienso que quizá sería muy agradable dedicarme a lo mismo que los ojos verdes, o que ellos se dedicaran a lo mismo que yo. A veces pienso que sería más fácil escribir todo lo que tengo que escribir si estuviéramos juntos, o que sería más ameno leer juntos; o que compartiríamos de distinta forma el tiempo si yo estuviera junto a él mientras se pone a editar el vídeo o se queda trabajando en la oficina.

A veces me pregunto si estoy consciente de lo solitario que puede llegar a ser el trabajo de un historiador. Debo cuestionarme si estoy lista para llevarlo a cabo, si manejo los elementos, si comprendo las generalidades.

Luego me acuerdo de los celos profesionales de los de mi mismo ámbito. Luego recuerdo los debates sin sentido que teníamos el soltero tóxico y yo. Me acuerdo de cómo intentaba ayudarme, que verdaderamente no me acuerdo que lo haya hecho de verdad, porque se enojaba, se desesperaba, o cuando tenía que trabajar en casa o tirada en la cama porque tenía que guardar reposo, prefería no visitarme después de algunos días.

Entonces caigo en la cuenta de que me gusta mi profesión, de que no me importa que los ojos verdes no analicen contextos como lo hago, no me importa no saber la edición de QT como lo sabe él, la negociación, la asignación de presupuestos, el manejo de la gente, la mesura del carácter.

Él está hecho para eso, yo estoy hecha para estar en silencio.

Discúlpame por favor, si a veces no me río de los chistes que dices o que dicen tus amigos; debes estar seguro de que siempre me río luego.

domingo, 11 de julio de 2010

Cuando se deja atrás el trópico candente

Dudé si había sido un sueño... hasta que me desperté y vi el ramo de rosas sobre mi buró a un lado mío.

Hace mucho tiempo que no me regalaban flores, pero eso no importa. Hace tiempo que no me regalaban flores de felicitación, y creo que las circunstancias hacen que este ramo increíble de rosas de colores, sea muy especial.

Oficialmente he andado como zombie los últimos diez días, he caminado como si estuviera en una duermevela que no termina, que ni me hace quedarme dormida, pero que tampoco me puedo despertar del todo.

Un poco planeado, un poco por el azar, me dediqué a hacer las cosas que no pude hacer los últimos meses. Para eso también fue necesario estar un tanto desconectada de lo que pasaba en el Distrito Federal y de lo que pasaba en los periódicos, de las noticias, de la radio que siempre me acompaña. Me olvidé de todo unos días, unos muchos, unos pocos, como sea me dediqué el tiempo que me hacía falta, y que me permitió ver las cosas desde una óptica diferente.

Los triunfos no llegan solos, y uno tampoco llega solo a la cima. Aún cuando hubiera querido estar cerca de muchas personas, no fue posible y no era tampoco el momento para hablar, para hacer llamadas por teléfono o para mantener el contacto postal. Simplemente hay días en que uno sólo debe estar en silencio.

Luego, de regreso, cuando me di cuenta que se me olvidaron muchos detalles, que no hay fotos ni imágenes que den cuenta de lo que sucedió, me sentí bien y me gustó no tener registro de las cosas que pasaron.

Es oficial, otra etapa viene en camino, otra puerta que se abrió, otro mundo que hay que explorar y que me permitirá seguir con las conquistas que me hacen falta, con las exploraciones que inundarán mi panorama, y con el conocimiento que enriquecerá mi alma.

No llegué sola, la puerta no se abrió sólo porque giré la perilla, ya lo he dicho, y me hace sentir completamente feliz el hecho de que las cosas se pueden compartir.

Me parece que todavía no tengo muy claras las ideas. Me siento todavía como si estuviera viviendo dormida. Sé que esto es real, que la maravilla no sólo ocurre detrás de la ventana, con las cortinas cerradas, y cuando en el cielo sólo se miran las estrellas.

No me acuerdo muy bien cuál es el nombre de la tesis que propuse, cuándo es el día que todo empezará, cómo fue que me enamoré de él, y quién me enseñó a nadar. La memoria también necesita vacaciones, y como si fuera el auto que guardo en el garage, necesita del tiempo suficiente para calentarse y poder arrancar.

Estoy feliz, es oficial.

sábado, 19 de junio de 2010

Bye bye, Andrés Calamaro.

¿Sabes Andrés? Ahora sí no hubo poder humano que me facilitara ir a verte al Teatro Metropólitan. Sólo un milagro hubiera hecho posible que yo asistiera a estos conciertos que diste ayer y antier en mi Ciudad.

Me puse triste, pero luego encontré el disco tuyo que creí perdido.

Me puse triste, pero luego me acordé de la ocasión en que te escuché en vivo y a todo volúmen, de por qué mi coche anterior se llamaba como tu, de por qué se me salen las lágrimas cada que escucho la canción Los Chicos, y entonces me puse feliz porque me acordé de Cristina y me acordé de las noches que hemos pasado escuchándote hasta el amanecer.

Y entonces pensé que quizá esta sea una trampa del destino, y yo no deba verte hasta que Cristina esté conmigo otra vez, ¿lo crees posible? Hace un año no pude ir al Foro Sol porque mis responsabilidades de "nuevo adulto nuevo joven" me lo impidieron. Este año, juro que lo intenté pero no me fue posible ir a verte.

Hablé con Cristina, le conté que perdí pero luego encontré el disco, nos reímos de acordarnos de la historia que hay alrededor de este disco, una tarjeta perdida, unas compras relámpago, Plaza Satélite y el nuevo centro comercial que siempre está inundado. Reímos a carcajadas. Me dijo que ella también hubiera querido verte, y que espera que tú puedas esperarnos a las dos, Victoria y Soledad, como nosotras te esperamos a ti.

Bye bye Andrés, te deseo el mejor de los éxitos.

Recibe muchos cariños,
Mariposa Tecknicolor.

miércoles, 16 de junio de 2010

Las horas después.

Pensé que esta ocasión sería diferente. Cuando una crisis de ansiedad me sorprende, es mayúsculo mi malestar y por obvias razones se incrementa mi desgano. Generalmente se me quita el apetito, mas en contadas ocasiones, me ha venido un hambre voraz, no puedo dormir la noche siguiente a la crisis, y para acabarla de amolar, me duele el cuerpo y la cabeza.

Hoy, que dormí como pude, que al despertar me dolía todo comenzando por el cuello y la cintura, que me he sentido como barco en altamar todo el día, y que no he tenido el hambre que suelo tener, estoy cayendo en la cuenta de que soñé con él y con el cumpleaños de su madre.

Siempre jugaban a que era bruja, porque su nacimiento tuvo lugar el 31 de octubre. Tiempo después me habría de enterar yo que no era un juego, y que la mujer tenía de dama lo que yo de modelo AAA. En mi sueño había mesas redondas y un hermoso baño completo alfombrado con mobiliario color gris.

La zona de la casa (porque estábamos en su casa) no era linda como donde vivían cuando los conocí, pero era la misma casa. El señor de barba, las puertas para entrar a la cocina, la alacena grande donde el gato se quedaba dormido, el calentador de agua saliendo para el jardín, la mesa del comedor enorme, color natural, las esculturas y las obras de arte, el sillón frente a la ventana en el que me quedaba dormida debajo del sol por las tardes, el cuadro redondo que estaba hecho en su mayoría por laminilla de oro que brillaba mucho por las mañanas. La chimenea en el centro del salón, las escaleras de madera que hacían ruido cuando subíamos, el sillón de piel que nos abrazaba cuando nos quedábamos dormidos, y que lo albergaba a él cuando yo elegía dormir sola.

Todo estaba en su lugar, todo era bonito por dentro, pero por fuera estaba horrible. No había pavimento en las calles, llovía a mares, no había escaleras y en su lugar sólo eran rampas de cemento a medio terminar. Personas que me miraban extrañamente, envoltijadas en harapos que se veían casi podridos. En fin. No era un lugar agradable, no era como yo recuerdo que era.

Había una fiesta, yo estaba compartiendo con unas chicas, estaban las amistades que compartimos, y él estaba allí, sentado frente a mi, con su piel de terciopelo de jaguar en celo, y sus rostros de libertadores que más parecían ajenos que mis favoritos. Tenía el pelo justo como cuando lo conocí, se veía bastante bien y su madre también, eran radiantes, la casa era bonita y me gustaba estar hasta en la cocina.

Todo era como siempre quise que fuera. No existían toxicidades, ni hermanos olvidados que después resultaban más tóxicos que el benjamín. No había malos tratos ni tampoco gatos, mucho menos perros, y estaban allí todos esos posters color gris.

Desperté, sintiéndome muy mal físicamente, pero en el fondo pensé que todo estaba en orden.

Hace ya muchos meses que se murieron en mis sueños, en mi memoria, en mi cuerpo, y que sólo falta que me confirmen que se murieron de verdad o que se mudaron de Ciudad.

Soy malísima para la interpretación de los sueños. No sé qué querrá decir haber soñado con ellos justo la noche del día en el que tuve una de las crisis más fuertes del año; ni tampoco sé qué querrá decir haberlos soñado tan perfectos.

Tengo que aceptar que en el fondo deseo que el chico tóxico no tenga más malestares y que sea feliz; que la vida no se le complique más de lo que él se la estaba complicando. Debo confesar que deseo que todo esté perfecto tal y como lo soñé.

No todo lo que brilla es oro, y esta ansiedad no se quiere ir lejos, se quiere quedar dándome vueltas como lo hace ahorita el gato alrededor de mi mesa de trabajo. Ni modo. Cada quien lo que le toca, y supongo que tendré que aprender otra vez -o acostumbrarme- a vivir con ella poco más de tres días cada seis meses.