martes, 31 de enero de 2012

Café 24 horas.

Estoy en un café, sobre avenida Juárez, que abre las 24 horas. De hecho vengo del Starbucks que está sobre Ignacio Ramírez, entre Reforma y Antonio Caso, del que me acaban de correr porque ya pasan de las 23 horas.

Este lugar, que encontré abierto, con café fresco, cena saludable, y que abre las 24 horas, parece sacado de una película de ciencia ficción. Es muy común que en la Ciudad de México, la realidad supere a la ficción.

Está frente a mi, en la mesa a mi mano derecha, un travesti sin peluca, con uñas largas y pechos crecidos debajo de una sudadera color gris, leyéndole las cartas del tarot a un señor que al contrario del travesti, parece que no se ha lavado el cabello como en cuatro días. Es un tipo como cualquier otro, en un lugar peculiar.

Al fondo del salón, en una mesa entre los gabinetes y la ventana hacia la calle,  está un señor vestido de color azul, que se quedó profundamente dormido sobre un periódico doblado, frente a una taza de café y un vaso con agua.

El santaclós de pelo blanco, laaargo, descuidado, de piel tan rosada que me hace recordar a un lechón recién nacido, y cuyo aliento huele a alcohol de caña, se pasea por todo el lugar, entre las mesas.

Y yo, que tengo mi computadora abierta y pedí un café americano con crema, estoy intentando poner en marcha un plan de trabajo que me quitará de estos gustos de sentarme en los cafés por los próximos seis meses. Se supone que no debo decir que viene un "camino difícil" por recorrer, porque no hay caminos difíciles sino circunstancias distintas. Tengo mucho trabajo, y muchas cosas que olvidar.

1 comentario:

Lilith dijo...

Como un personaje de Murakami en After Dark. Siempre la realidad sera mas extraña que la ficción.
Bizzz