miércoles, 31 de marzo de 2010

31 de marzo de 1914.
* * *

Hermandad
Homenaje a Claudio Ptolomeo

Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.

Octavio Paz
Premio Nobel de Literatura 1990

martes, 30 de marzo de 2010

41

Cuarenta y uno hasta donde nos quedamos, cuando sólo hay veintiún lugares. Así es. A competir se ha dicho, como todo, como siempre.

Y como si fuera un gran piano, la Historia también se escribe a cuatro manos. Madame Copo de Nieve no sólo es mi amiga, colega, compañera, también es mi asistente redactora, mi correctora de estilo, mi otro par de manos que a kilómetros de distancia, me ayuda a terminar un escrito casi perdido.

Pasé algún tiempo preparando el trabajo, no mucho, no poco, las noches necesarias, algunos red bulls, algunos cafés por las mañanas. Tenía mucho sueño, a veces me daba cierta desesperación porque no es lo mismo escribir cuando no se sabe quién será el lector.

Entonces, a través del mensajero, Madame Copo de Nieve me ayudó como si estuviera sentada a lado mío. Enviamos, recibimos, transcribimos, todo en archivos. Buscando el mejor sentido de las frases, los nombres de los funcionarios de la Administración Pública Federal que ya no quieren saber más de investigación histórica, traduciendo cartas que hace unos años ella escribió. En mi escritorio, en el suyo, en uno rentado de un cibercafé, unos minutos antes de entregar el escrito.

A cuatro manos, me dijo, como se toca el piano a cuatro manos, así terminamos el proyecto.

Y el folio resultó ser el número 41. A competir, repito, así será. No es un número exorbitante de aspirantes, pero tampoco es de risa. No es un concurso de selección para entrar a estudiar a la Universidad Nacional, pero tampoco es conseguir un trabajo de recepcionista.

Tres tomos de Historia de México. Tres libros sobre Teoría de la Historia. Recordar -volver a vivir-, cómo es el oficio del historiador, qué criterios se utilizan cuando se hace Historia, qué de todo el pasado, de todo el tiempo, de este mundo, es lo que vale la pena.

Delimitaciones temporales, contextuales, temáticas. Me gusta. Voy a hacerlo, aunque no sea suficiente recordarlo y tenga que volverlo a aprender.

Es maravilloso cuando se tiene compañía que, además, apoya. Copo y yo no estamos juntas por el momento, pero estas maravillas tecnológicas nos acercan; hacen que nos alegremos de las alegrías de la otra persona.

No me consta, no lo sé porque lo olvidé, y ahora he decidido no hacer memoria, más bien crear nuevos recuerdos y saber cómo la Historia es.

domingo, 28 de marzo de 2010

Se rompió la rutina.

Cada noche hacíamos el amor en partes, poco a poco.

Cada noche que intentábamos compartir, comenzaban a fluir estas palabras, nuestras confesiones, nuestros deseos. Nuestros pasados se hacían protagonistas, a veces él, a veces yo. Nunca imaginé que él comenzara a platicarme cómo era, cómo fue, cómo quería seguir siendo.

Y estas horas... benditas horas que ya no son minutos, que dejan de ser instantes. Estas horas que me provocan, porque comenzaron a hacerse días. Que de pronto, cuando menos lo imaginamos, él o yo, ya era el otro día, ya brillaba el sol por la mañana, ya comenzaba a ser domingo sin que nos pesara.

Cada noche, yo seguía escribiendo, él seguía leyendo, los dos comenzamos a acompañarnos sin saber que eso podía suceder. Y comenzamos a conocernos, sin estas mierdas de "no te enamores de mi", ni de "todo puede ser eterno". Comencé, como me dijo Copo de Nieve, a tener confianza en él y en mi misma cuando estaba con él. La historia comenzó a contarse sin saber que podía tener lugar, sin siquiera imaginarnos que podía tener punto final.

Eran noches de intimidad, de silencios absolutos mientras intentaba revivir mi línea muerta. De frases que no se terminaban, mientras él decidía acostarse en el sillón que está a espaldas mías para intentar dormir un poco. No sé si yo trabajaba, no sé si sólo quería terminar los puntos suspensivos, no sé si él tenía que trabajar más, recibir llamadas por el móvil, responder los mensajes del contestador. Estaba cansado, yo parecía más muerta, pero estábamos juntos, y eso hacía especiales estas noches obscuras en la Ciudad.

El amor, como nunca se imagina y ahora intento comprender, puede hacernos sentir lo que nada más podrá. Puede convertirse en el detonante no sólo de amistad o de cariño; puede convertirse en el motor que hace que todo funcione, que uno vuelva de pronto a la realidad, cuando esa misma realidad es la que se está evadiendo.

Y se rompió mi rutina. Una noche, fue sólo una vez, que su visita hizo que me dieran un batazo en la cabeza. De pronto me vi del otro lado del espejo. Me vi sentada a aquí, vestida casi con nada, con el cabello hecho un desastre y mis libros apilados por todos lados, saltando obstáculos de periódicos apilados sobre la alfombra, de zapatos que no se sabe cuándo se estrenarán, apilados sobre los respaldos de los sillones. Me vi respirando una nube de pelos de gato, de polvo pasado, de papeles que ya no se pueden leer.

Y regresé. Intenté hacer lo que tenía que hacer desde hacía mucho tiempo. Tirar los polvos, levantar el papel, sacudir los libros, darle un lugar a cada par de zapatos, meter las cobijas en bolsas de plástico, y el chico no estuvo precisamente aquí para mirar todo esto. En cambio, sí estaba para verme sonreír, para mirarme mientras yo hacía gestos y observaba el techo. Sí estuvo aquí, para decirme que nuestras conversaciones le hacían bien, lo hacían sonreír.

Quizá debí decirle que fue el detonante que rompió mi rutina, quizá debí decirle que sus ojos fueron el motor de mis sonrisas, de algunas decisiones, de mis ganas de intentarlo otra vez. Quizá debí saber la respuesta que tenía para mi, esa contraparte que siempre me gustaba escuchar, que siempre esperé con muchas ganas.

Se rompió la rutina, pero se ordenó una enorme habitación de mi vida.

Se rompió la rutina, y entonces comenzaron a dejarme de caer mal los domingos.

Se rompió la rutina, y me dejó de importar que las personas hagan ruido cuando se quedan dormidas, cuando no pueden más, cuando caen rendidas en la lona de esta ennegrecida Ciudad.

Tuve que saber que quería hacerme suya, tenerme allí, sentir cómo sonreía. Tuve que saber cómo era que me hablara de usted, cómo era verlo mientras tomaba el café de las mañanas, tuve que saber que podía reflejarse el cielo en cada una de sus cosas, que nunca me interesó que dijera que lo suyo siempre iba a ser sólo suyo, pero que también quería que yo fuera suya mientras se hacía sólo mío, exclusivamente de usted, me dijo.

Tuve que saber, que el amor se puede hacer poco a poco, noche a noche, instante a minuto, minuto a hora, hora a día.

Tuve que saber, que el amor no se consuma de golpe, que puede hacerse poco a poco, lentamente, noche a noche.

sábado, 27 de marzo de 2010

Las consecuencias del amor.

Desempolvé mis zapatitos de cielo, porque desde este momento voy a caminar sobre las nubes.
Para mi amiga Madame Copo de Nieve.
Gracias.

Yo no lo sé, pero me han contado, que cuando el amor llega de repente, se tiene la misma sensación que cuando la música te entra a través de los dedos de las manos. Todo es diferente, se pueden ver atisbos de luz de colores, estrellas fugaces, colores inimaginables; se huelen aromas impensables, extraños, irreales.

Yo no lo sé, pero me han contado, que el amor parece una trampa del destino, de encontrarte con la persona que esperabas en el lugar menos preciso, en el tiempo menos imaginado, en la Ciudad que no existe, a través de la pantalla que no se enciende, junto al auto que no sirve. Todo se conjuga, y somos resultado de las decisiones que hemos tomado, de la vida que hemos vivido, de las experiencias que hemos guardado.

Y tampoco lo sé, pero un día esa conjugación de pasado y presente, de cielo y suelo, de tierra y mar, entonces llega y lo hace todo posible. Y esta maravilla de la química del amor, entonces se hace presente. Y dicen -no lo sé-, que se siente como si se flotara, como si se andara en arenas movedizas, como si siempre se tuviera un nudo en la garganta, como si de pronto la sangre se detuviera a mitad del tránsito por el cuerpo, y se dejaran unos momentos de respirar.

No me consta, no lo sé porque lo olvidé, y ahora he decidido no hacer memoria, más bien crear nuevos recuerdos y saber cómo el amor es.

Yo no lo sé, pero ahora quiero saber.

viernes, 26 de marzo de 2010

Love means loving the unlovable, forgiving means pardoning the unpardonable, and hope means hoping when things are hopeless.
G. K. Chesterton

jueves, 25 de marzo de 2010

Y si resulta que se fue el tren, las corridas de los camiones salen durante toda la noche.

No tuve hijos, me lo perdí.
Soledad, tendré una vida sin ti.
Sofi fue una nena de papá, Fito Páez.

Estoy tan cansada, que ya no sé dónde tengo la cabeza o los pies. Tengo mucho que escribir. Todo se resume en tres oportunidades. Tres, tres, tres. Tres fechas, tres escritos, tres horas que por lo menos debería dormir de corridito.

"¿Cuándo planeas tener un hijo?" La pregunta de mi doctora lleva taladrándome los oídos los últimos tres años. De plano, ayer cuando insistió con esta cuestión de ser madre, le dije que mi respuesta no había cambiado y que no cambiaría por lo menos, en los próximos diez años, y que agradecía que ahora no hubiera sido tan directa, así como agradecería que dejara de preguntarme lo mismo cada que nos vemos en su consultorio para la cita de rigor.

Al mismo tiempo, me he encontrado rodeada de bebés, niñitos que recién caminan, o niñitos de unos cuatro o seis años. "No estaría mal", de pronto mi subconsciente me traiciona pensando que no estaría nada mal tener un hijo antes de los 30; pero la realidad siempre dice una cosa diferente.

Me acordé de San Román, y de cómo se ríe -si no es que hasta se indigna- cuando digo que una de las cosas buenas de no tener bebés es que uno no huele a pañal. A mi me causa mucha risa, y él sabe que no lo digo en serio, pero de todas formas a veces me hace esa carita suya de desaprobación, cuando quiere decirme que no debo juzgar a todos los bebés o a todas las jóvenes madres de igual manera.

No, no debo. Y sí, tiene razón. Y no, no lo digo en mala onda. Con o sin querer, supongo que toda madre termina oliendo un poco a pañal. Y también estoy consciente, de que quizá en unos años, yo también huela igual.

El tiempo siempre apremia. Tic-tac, tic-tac. No importa si es por un escrito que se tiene que entregar, si es por una cita a la que se tiene que acudir, si es para tomar un café por la mañana, si es para tomar una ducha en la noche, si es para decidir tener un hijo, si es para decidir enamorarte de algún chico, si es para regresar a la escuela a estudiar. No importa. Siempre nos alcanza. Siempre apremia. No hay plazo que no se cumpla.

Hablábamos la otra noche, de esta decisión de continuar con la evolución profesional, de actualizarse, de hacerse especialista en un área. Decíamos que está bien planear el futuro en el sentido profesional, pero que generalmente cuando eso sucede, la cuestión personal no avanza. ¿Qué va a a pasar -le decía-, si me dedico sólo a investigar sin importarme nada más, y luego me doy cuenta de que no formé una familia? Él me miró, me dijo que dejara de pensar, y que de cualquier forma, ya eramos todos una familia, sin importar que nuevos miembros vinieran o no a agregarse.

"Lo que sigue, Mariposa -el chico me decía mientras trataba de tranquilizarme-, es que no te presiones por lo que ni siquiera sabes si puede suceder. Y debes dejar de hacerle caso a las recomendaciones de tu doctora, de a ver cuándo viene el primer hijo". Y tiene razón. En el fondo el chico me conoce bien.

Creo que es normal sentir un poco de cosquilleo en las manos, al pensar que quizá el tren se puede ir, el tiempo puede seguir pasando, y uno sólo puede elegir una opción.

Pero como dice mi carnala Diseñadora de Modas, si el tren se fue, se puede tomar un avión o un autobús. Total, las corridas salen cada dos horas y durante toda la noche.

La freaky age llegará -ahora lo estoy comprendiendo-, cuando yo permita que llegue.

lunes, 22 de marzo de 2010

Domingo y primavera

Era muy temprano. El frío me despertó. A pesar de haberme quedado dormida vestida -otra vez-, ahora el frío se me metió por las plantas de los pies. Desconocí el lugar, desconocí la cama, a pesar de que había sido la cama de siempre, las sábanas blancas con flores azules, las cobijas amarilla y roja, la lámpara encendida en el buró del fondo.

Muerta de frío, me desperté y fui a buscarte. Y allí estabas, en el sillón que a veces olvido que ahí está. Estabas dormido, aún más de lo que estaba yo. Estabas respirando muy fuerte, con tu menudo cuerpo enroscado como si fueras un gato pequeño. Te miré, empujé tus piernas, me senté en el huequito que se hizo detrás de tus rodillas. Te miré, otra vez.

Intenté despertarte, pero no supe como. Seguí mirándote, comencé a olerte como si la que fuera un gato, ahora sea yo. Voltée hacia la ventana, miré el sol a través de la persiana, caí en la cuenta de que era domingo, y de que por fin había llegado la primavera.

Y te empujé, salió un quejido de tu garganta aún enronquecida, te hiciste a un lado, giraste, hiciste espacio, y me acosté junto a ti.

No importaba nada. Es primavera, era domingo, eras tu y era yo.

Era el sol a través de la persiana. Era de mañana, que por fin un domingo me puso feliz. Comencé a besarte, como debiera hacerlo cada que estoy contigo, como debiera ser todo el momento que pasa sin saberlo. Me sorprendí. Seguías dormido, pero querías estar despierto. Tenías los ojitos todavía cerrados, las pestañas pegadas, las manos giradas hacia el centro de tu pecho.

Desistí. Me fui. Me senté en la mesita de trabajo y prendí esta computadora. Comencé a leer, a escuchar la música que me arrulla, a escribir lo que en ese momento pasaba por mi cabeza. Y el gato que es de a de veras ocupó mi lugar en el sillón, volviste a girarte, volviste a respirar fuerte a través de esa garganta que a veces quiere albergarme.

Y lo volví a intentar. Me levanté y fui a donde la ventana, quité la persiana, me bañé de árboles atravesados por rayos de sol; de luz que a veces no quiero que llegue, de primavera que creo que ahora sí añoraba que viniera. Luego fui a donde tu. Volví a mirarte, y comencé a desabrochar los botones de tu camisa de rayitas negras.

No sé si despertaste. No sé si volví a dormir yo. Todo pasó, como pasa lentamente cuando estoy contigo. Olvidé la noche anterior, lo que habíamos hablado, lo que tu voz susurró junto a mi cuello. Olvidé mis letras, las canciones y mi pasado. Olvidé que estabas allí. Olvidé que quería seguir dormida.

Y algunas horas después, entonces sí desperté por completo. Sólo fue otra mañana de domingo. El invierno -y espero que el infierno también- por fin terminó, la primavera llegó con ese friecito a través de las palmas de mis manos, y otra estación comenzó en mi cuerpo.

Domingo de café por la mañana en un vaso de plástico. Domingo de manejar con el sol en todo su esplendor, con este calor que hace que Hans sea no sólo un auto de valores, sino de agradable sudor que también es insoportable. Domingo de chicas, como todos los del año que acaba de transcurrir. Domingo de mercadillo de Marruecos, de sonrisas con lentes de sol.

Domingo que me hizo feliz, quizá porque soñé contigo.

Sin ti, mientras me sostengo las muñecas.

No sé qué voy a hacer cuando te mueras. Y no quiero ser fatalista, ni pesimista, pero no sé qué voy a hacer cuando no estés conmigo. Y no digo cerca, o lejos, digo de acá, de este mundo, porque de otra manera, siempre un avión, un tren o un camión nos podrá acercar.

Hace algunos años, llegué a ver a Mauricio para pedirle que por favor me ayudara a sobrellevar que mis padres se hacían viejos. La mera verdad es que no sé qué fue lo que me respondió, pero seguramente me ayudó, porque ya pasó mucho tiempo de eso, y hasta ahorita me está volviendo a brincar esa idea en la cabeza.

El sábado, momentos antes de la crisis, lo único que pensé fue en llamarte. De pronto, en mi lista de contactos para llamar, sólo figura tu teléfono. Sé, en el fondo, que no debo hacerlo, que tu mujer se enoja, que dice que tus hijos "grandes" dan sólo problemas, que te va a dar un infarto cardíaco. Y tu, haciendo tus bromas ácidas que me hacen torcer la boca en forma de sonrisa, respondes que todo indica que tienes coronarias de acero, porque de otra forma, ya te hubiera dado un infarto hace mucho tiempo.

Y te llamé, justo cuando la crisis comenzaba a transitar por mis muñecas. Así es. Mientras, intenté sostener el móvil, sostener mis tobillos, acariciar mi rodilla pelada por la noche anterior, sobar mis piernas que a veces se cansan de tanto tacón. Y me respondiste, y no supe qué hacer.

Porque así me pasa. No sé qué es lo que voy a decir, justo cuando la persona a la que quiero localizar me responde del otro lado de la línea. Te dije que quería que me escucharas, quería sentir que alguien me ponía atención. Y lo hiciste. Lo lograste. Me sentí bien. No detuviste la crisis -eso ni yo lo puedo hacer-, pero me hiciste sentir bien.

Y yo, con mis remordimientos por llamarte en ese estado, terminé de desvestirme, no supe si lloré o no porque todo se confunde con esta conjuntivitis del demonio que traigo en los ojos desde hace unas tres semanas; y me quedé dormida.

Recibí muchas llamadas, más de las que puedo recordar. Me llamaste más de un par de veces, el chico también lo hizo, luego pasaron las horas. Finalmente San Román me despertó casi a las veinte horas. Ya tenía que despertarme. Tenía que salir a hacer unas compras, a seguir haciendo anotaciones, a seguir haciendo cuentas mientras intento sostenerme las muñecas.

Sabía que debía ir a algún otro lugar, cargué todo, la máquina, la otra máquina, mis libros, mi tratamiento completo. Y me fui, a donde sabes que voy cuando me siento mal. Cuando quiero sentirme acompañada, a pesar de mi soledad.

Y no sé qué va a pasar con mis muñecas cuando no puedas responderme más el teléfono, cuando no podamos vernos para que me hagas tener sonrisas torcidas. No sé qué voy a hacer con el revés de mis manos cuando ella vuelva a estar conmigo, cuando tu ya no estés con nosotras, cuando yo me vaya para siempre, cuando ella no quiera volver más.

Dices que debo poner la mente en blanco, dejar de hacer planes, dejar de pensar "qué es lo que sucederá cuando..." porque eso me agobia, me esfuerzo en tener el control de las cosas, aún cuando no sé cuál será el cauce que tome mi barco.

Sé que en algún momento no estarás más acá, ni yo, ni ella, ni el chico que ahora me hace sonreír con ganas. Sé que somos efímeros, que somos eternos, que no nos sabemos más. Pero hoy de pronto me invadió esta sensación, esta que llega cuando creemos que no podemos más, que nos vamos a morir, que todo terminará en un instante. Por eso ya no me voy sin decirte que te quiero. Por eso ya no me despido de ella sin decirle que la amo, que me hace falta. Por eso me agobia no encontrar la manera de decirle al chico que me hace feliz, que lo quiero mucho, que los instantes que paso con él parecieran horas cuando son simples minutos.

Antes de salir de casa, con la cabeza en los pies porque me dolía mucho, regresé, para ponerme los santos en las muñecas. De algo servirán. De algo sirve traerlo de cabeza junto a mi cartera.

Hoy escribo que no sé qué voy a hacer cuando no estés más conmigo. Mañana quizá debería escribir qué es lo que voy a hacer si es que yo decido no estar más acá, ni contigo ni con nadie.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Llegó el correo

Hoy fue día de correo. Salí a toda prisa de casa, y pisé un sobre que llevaba mi nombre escrito, lo recogí, lo eché al bolso y corrí. Corrí a sacar el coche, a encenderlo y a arrancarlo sin calentarlo, mi padre me esperaba, se me hacía tarde, no recordaba si me había puesto la ropa interior o los zapatos en lugar de las sandalias. Iba de prisa, iba a intentar tener un desayuno decente, aunque eso no siempre puede ser posible.

En el café hablamos sobre las radiografías, sobre los diagnósticos adelantados que pueden tener resultados fatales; sobre la presión arterial, sobre las recetas de los médicos que se dan sin escrúpulos, sobre las citas con los especialistas que tendré esta semana, sobre los análisis clínicos. Hablamos también sobre los análisis clínicos que debieron hacerle al chico si es que a cirugía lo querían meter, sobre la falta de ética en los médicos jóvenes, sobre que sin saber, él sabe más que todos los que conozco.

Manejé, otra vez, cerca de 30 minutos. Y llegué, a hacer lo que tenía muchas ganas de hacer, a encontrarme con él a través del teléfono, a través de los correos electrónicos que me hacen enloquecer, con estas tremendas ganas que tengo de pasarle la lengua por detrás del cuello y de morderle la piel que no sé por qué me gusta tanto cómo huele. Llegué a escuchar preguntas que no pensé que me haría tan pronto, ¿qué va a pasar cuando tu gato esté con nosotros? ¿O qué va a pasar cuando yo esté allá contigo, tu gato me va a querer? No lo sé, le dije, supongo que te olerá y que también le caerás bien. Si me gusta como hueles, supongo que a él también. Intentará meterse a tu mochila, luego se echará en nuestros pies. Quizá duerma sobre tu chamarra, y yo intentaré cubrirme con la piel que no es precisamente de mi chamarra.

El día comenzó a transcurrir. La gente comenzó a llegar, a desfilar, a intentar permanecer aún cuando saben que son efímeros.

Abrí el bolso, pasaba ya del mediodía. Había hecho muchas llamadas, tenía la boca seca, me dolía la pierna derecha, seguía un poco mareada, y dilucidé entre tomarme un analgésico o beberme una coca cola light. Saqué del bolso los pendientes, los míos, no los que intento resolver. Saqué el sobre que pisé en la mañana, en la puerta de la casa.

El sobre venía de la Florida, era de Cristina. Abrí el sobre con todo cuidado, como quien desenvuelve un regalo de navidad. Y ahí estaba, mi hermana vuelta papel, vuelta recortes de revistas de moda, con consejos, con atrevimientos sobre mi nuevo look, con una carta de amor hermosa, de las mejores que me han escrito en toda mi vida, y la mejor de los últimos cinco años.

Me acordé de los recados que nos dejábamos sobre el tocador, sobre los alhajeros que compartíamos, que eran de cristal. Me acordé de los recaditos que nos escribíamos en las manteletas de papel, de los restaurantes vegetarianos que tanto nos gustaba frecuentar. Ahí estaba, mi hermana envuelta en un sobre de papel.

Lloré, ¿qué te puedo decir si lloré, si ahora resulta que soy más sensible que antes? Me hormigueó el brazo izquierdo, volví a leer, intenté leer los post-its pegados en los recortes, ver a las chicas estilosas que me envió, pero no pude más. Lloré de felicidad porque hay alguien en este mundo que me ama, que se acuerda de mi, y que intenta hacerme sonreír a larga distancia.

Me puse completamente feliz de recibir una carta suya. Es fantástico cuando tienes con quien escribirte, de timbre pegado con saliva en la esquina superior derecha, con remitentes desconocidos en el reverso de los sobres. Es magnífico saber que hay quien te va a leer, kilómetros más adelante o más atrás, tiempo adelante o tiempo atrasado.

Mi hermana me ama, me manda material para que me distraiga, para que siga haciendo collages de moda que tanto nos gustaba hacer.

La sangre es cabrona. La sangre llama. Hilo de sangre que se enreda, que sigue la madeja hasta hacerse interminable.

Y a pesar de que el chico se volvió a hacer presente a través de mi móvil, mientras fue la hora de la comida, y un poco más tarde, cuando intentaba lavarme los dientes, este incansable deseo de tomarlo a besos no se termina más. Si fuera posible, lo besaría todo el día, estaría con él hasta que por fin el tiempo se detuviera.

Tal parece que Cristina lo sabe, que mi sister morfina siente lo que siento ahora.

¡Cómo la extraño! Demonios.

Ojalá pudiéramos volver a hacer recortes juntas, a leer lo que nos gustaba leer, a ir al cine juntas. Ojalá pudiera conocer al chico que me llama a las dos de la mañana, a las once de la noche, a las nueve al despertar. Ojalá pudiera platicar con él, para que supiera ella decirme por qué me gusta cómo huele, cómo habla, cómo mueve las manos cuando intenta explicarme algo que a veces no entiendo, que no sé cómo es.

Mi hermana me daría un mapa, me haría escribir un guión de lo que sigue, de lo que desea mi corazón. Debería intentarlo yo, en lo que vuelvo a reunirme con ella. Y mientras, a insistir con esta lengua detrás de sus orejas, bajando por el cuello, lamiéndole la espalda y mordiéndole la cintura.

¡Caray! La Ciudad es tan grande, el amor tan pequeño, y el tiempo nunca alcanza.

Las ganas son ganas, y con todo y eso, ya me voy a dormir. Tengo mucho que escribir, pero debo aprovechar que el insomnio comienza a olvidarse de que puede venir a hacerme suya, porque mi mente ahora piensa en quien de verdad desea que esté con él.

Llegó el correo. Fui feliz. Ya no puedo con tantos besos a través del móvil, mañana se lo diré al chico, cuando me llame mientras manejo camino a la oficina.

sábado, 13 de marzo de 2010

Las personas necesitan un poco de locura. De otro modo, nunca se atreven a cortar la soga y liberarse.
Nikos Kazantzakis.

Tranquilidad absoluta.

Me siento bien, y la cabeza dejó de dolerme.

Estoy leyendo sobre Teoría de la Historia, de que no todos los datos acerca del pasado son hechos históricos. Según el criterio del historiador, se define la importancia del hecho. Al estudiar la Historia, es como recoger datos del pasado, "como los pescados sobre el mostrador de una pescadería" -dice Carr. Yo me imagino que voy de compras a una zapatería, luego escribiré sobre esos datos y me calzaré esos tacones, porque como dicen quienes me conocen, me he empeñado no sólo a escribir Historia, sino a vivirla.

Muchas personas no entienden de este oficio. Hoy he reflexionado que en las bibliotecas me siento bien. Desde que llegué hoy por la mañana a este Instituto, he sentido una tranquilidad absoluta.

Coger los libros con mis manos me hace sentir bien, segura, apoyada. Es como saber que ese libro me dará todas las respuestas del mundo, siempre.

Recordar lo que aprendí en la Universidad sobre Filosofía y Teoría de la Historia, me hace bien. Es saber ahora, que sé.

Los datos, el conocimiento y la historiografía, están allí esperándome.

Se me quitó la opresión del pecho casi desde que llegué, cuando me puse a leer. ¿Qué es Historia? ¿Qué es lo que convierte en Historia a un libro de historia? ¿Qué es la lógica de la Historia? ¿Qué es un hecho histórico?

Uno de todos, que leo con esta pasión que me caracteriza, me emociona desde el título: La Historia como hazaña de la libertad. ¿Cómo pude olvidar, que también la historia me haría libre?

El ciruelo por fin floreció.

Hace apenas un par de horas que regresé a casa. Manejé, como tantas ganas tenía, por las avenidas de la Ciudad que más feliz me hacen. Son nobles, enseñan muchas cosas. Aclaran las mentes, hacen sonreír. Hacen sentir que los semáforos en verde, son ojos que me atraen, que me incitan a seguir adelante, son el par de ojos que me provocan, son las luces en verde que me excitan.

Me encontré, con que el ciruelo rojo que compró el soltero tóxico, y que aún conservo plantado en un macetón de barro, comenzó a florecer. La maldita primavera ya no se detiene, y tal parece que durará más que un segundo, que cada semana seguirá muriéndose un verano, hasta que estos tres meses se terminen.

Si el delgado árbol de ramas largas ha logrado florecer, supongo que la que sigue soy yo, son las otras mecetas, es mi pensamiento que cada vez vuela más alto.

Siento que las alas se van a desenrollar.

Es el mar. Necesito ver el mar. Necesito ver azul; tanto verde mirándolo fijamente, me provoca vértigos, me enchina la piel.

El mar. Necesito ver el mar.

Es oficial, el invierno se está acabando. El ciruelo por fin floreció. La primavera no tarda en llegar.

Ciudad de papel

Subí a la habitación más alta, esa que está junto a la cocina. Estaba esperando que estuviera listo el té de hierbabuena. Comencé a mirar las paredes como si fueran piezas de una galería. La ventana estaba abierta, hace calor y por eso no me di cuenta, (¡hace tanto calor!). Me recargué en el marco de la ventana, intenté sacar la cabeza como acostumbraba hace muchísimos años, luego de la gran depresión.

Sólo saqué las manos y me llené de ella, de mi Ciudad, de la noche que vivo en ella. Sentí bonito, fue casi como alcanzarla con la punta de mis dedos. Me acordé de cómo eran los ruidos de la Ciudad de noche, cómo era dejar de escuchar a los grillos que se cuelan en mi habitación, y el asombro que me causaba cambiarlos por sonidos de ejes viales, de sirenas, de coches a toda velocidad.

Me acordé de cómo era vivir en Santa Margarita, en medio de Ángel Urraza y Eugenia, a una cuadra de Insurgentes. Me acordé de cómo era vivir con él. Me acordé de los cafés del Sanborn's que salía a comprar antes de dormir, de la farmacia San Borja; de salir a caminar hacia la barbacoa de Tlacoquemécatl, que comíamos para el desayuno, intercambiando nuestras prendas de ropa, usando sólo sus jeans, sus chanclas que me quedaban enormes, y una camiseta rinbros. Eso sucedía comúnmente, cuando se acababa la ropa limpia que yo tenía en donde él.

Me acordé de cuando él usaba mis camisetas camioneras, e intentaba ponerse mis calcetines. Volví a ver las alas en mi piel, su piel de leopardo, el libertador que carga en la espalda. Lo vi, y me sentí bien.

Me acordé de la mudanza hacia el Periférico Sur, a Tlalpan rozando Xochimilco. Me acordé de los gatos del departamento. Me acordé, y me puse feliz.

Recordé también que cuando se iba la luz, era suficiente correr el trozo de tela que usábamos como cortina, para iluminar la habitación completa. Era agradable saberse acompañado, con todo ese ruido y esas luces brillantes que venían del Periférico, aún cuando yo sabía que estando él conmigo, en esa situación estaba más sola que nunca.

Por mucho tiempo el departamento no tuvo cortinas, sólo las paredes blancas, un tapete peludo y dos sillones. No hacía falta nada más, aún cuando siempre me quejé de no tener base en la cama, ni mesa para sentarnos a cenar.

Era su casa, no la mía. Meses después esa realidad me abofeteó la cara.

Pero fue linda la Ciudad conmigo, y lo es ahora.

Extraño escuchar pasar los tráilers sobre Eje 6, los que hacían que los vidrios de la casa sonaran. Extraño que la luz del espectacular de frente al departamento no me dejara dormir, con sus luces brillantes prendidas toda la noche.

A veces extraño todo eso que tuvimos, que es también todo esto que tengo ahora, cuando saco la cabeza y las manos por la ventana de la casa.

Creo que no lo extraño a él, quizá extraño lo que la Ciudad nos regaló cuando estuvimos juntos.

Necesito manejar un poco más. A veces hasta extraño el Pedregal y sus alrededores, y comienzo a entender a mi hermana Cristina, cuando decía que extrañaba manejar de CU a Barranca del Muerto. Extraño Ciudad Universitaria de noche, atravesada por Insurgentes que se engalana por el edificio mural encendido y el estadio en forma de sombrero de charro, que parece que tiene lumbre por dentro.

Ciudad de locos, de los que se quieren hacer cuerdos pero no les sale. Ciudad de locos, de los que deberían poblar todo el mundo. Ciudad de dementes, como yo, de los que piensan con el corazón haciendo a un lado la razón. Ciudad de histeria colectiva, que ahora yo le llamo histeria histórica, cuando tuvieron a bien cambiarme el nombre a histérica histórica.

Ciudad de fantasmas, de esqueletos que vienen de noche a tentarme para regresar al mercado de Tizapán de San Ángel a comer tacos de cecina y tomar jugo de toronja recién exprimido; que me tientan para provocar un encuentro que no deberá suceder. Malditos fantasmas de muertos recuerdos.

Ciudad que debería tener más manicomios que cárceles. Por lo menos tendríamos más áreas de recreo, y quizá nos entenderíamos mejor.

Ciudad de especialistas, de investigadores, de científicos que saben todo pero que a veces no quieren a nadie.

Ciudad de realidad, de surrealismo, de ciencia ficción.

Ciudad de ti y de mi, cuando te miro sin que te des cuenta, mientras le das vuelta a esas páginas del libro que no puedes terminar, y te pasas los dedos por el pelo.

Ciudad tuya, que a veces me das permiso de que sea mía, de que seas mío, que quieres que yo sea tuya.

Ciudad que hizo encontrarnos, y que aún cuando me lo pediste "porque quieres que esté bien", me hará no mandarte nunca a la fregada.

Ciudad de besos. Ciudad de enfermedad. Ciudad de celos, con vestidos cortos y medias largas. Ciudad de noche, cuando tengo que llamarle a un taxi porque me siento mal. Ciudad de pantalones que no se planean, que no se deslizan, que no se encuentran más; que se usan con botas de agujetas.

Ciudad de papel. Mi Ciudad, que me permite escribir en ella.

jueves, 11 de marzo de 2010

Estaciones en mi cuerpo

Tenía los pies diminutos, y unos ojos color verde mariguana.
Barbie Superestar, Joaquín Sabina.


No sólo hay estaciones de autobús, de tren, de Metro, de transporte público. No sólo hay estaciones del año, estaciones del tiempo, estaciones espaciales. También hay estaciones en mi cuerpo.

El lunes por la noche, luego de muchos meses si no es que años, tuve una crisis de ansiedad. No es nada grato, pero tampoco es grave. Lo mejor -si es que existe algo bueno en esto-, es que ahora sé manejarlas, sé identificarlas, y sé recuperarme en las seis u ocho horas siguientes. Y una cosa muy importante, es que ahora puedo hablar de ello abiertamente, sin sentirme mal por tener un tanto de TA. Somos muchas personas las que lo padecemos, pero pocas lo podemos asimilar, identificar, y hablar sobre ello.

Y aquí vengo, como siempre, buscándole el lado optimista a las circunstancias que me rodean.

Llevo ya casi ocho días sintiéndome mal, sigo mareada, sigo con náuseas, con cara de fuchi sin de veras sentirme fuchi, con unas ojeras terribles aún cuando he procurado dormir bien. O quizá sea que, una vez más, comienzo a acostumbrarme a este insomnio que de pronto regresa como regresan las estaciones del año.

Y es justo en primavera, cuando me pica la nariz, cuando no paro de estornudar, cuando me lloran los ojos por tanta flor, tanto verde y tanto polen; tanto "love is in the air" que se levanta cuando lo hace el sol. Justo con el calor, es cuando comienzo a quejarme del dolor de piernas, cuando los padecimientos de hace un par de años hacen su aparición. Y es como todo lo que me pasa, que me recupero pero no me curo al cien por ciento, todo es tratamiento, control, manejo de síntomas -como dice Mauricio-, para que no regrese la enfermedad.

Hoy, manejando sobre Thiers, me di cuenta que la primavera está sacando a patadas a este invierno de la Ciudad. Los árboles comienzan a verse todos verdes, luego de que en otoño las hojitas amarillas, rodaban por el pavimento. Los rayos del sol atravesaban las copas de los árboles, obligándome a entrecerrar los ojos, aún con las gafas puestas. Qué linda escena, pero qué puto calor.

Y lo que nunca me hubiera imaginado, ahora pasa que tengo la presión alta. ¿Por qué? No lo sé. Se supone que por estrés, por angustia, por este TA que hace su aparición de repente, aún cuando yo había ya echado las campanas al vuelo. Qué más dá. Así soy, ni modo. Y aún cuando intento no darle importancia, debo hacerlo. Pareciera que no me interesa, que ni siquiera me preocupo por mi propio cuerpo, por dormir o comer bien, por procurarme una buena compañía, un entorno que me sea viable. Pero no es así, sí me preocupo, sí me interesa, y entonces me angustio. Qué de la shit está la cosa.

El chico tendría que saber que no sé pedir ayuda, que soy medio bruta para esas cosas. Hace ya tanto tiempo que me concibo así, que a veces no comprendo que puedo pedir que me tiren un lazo. "¿Por qué no me llamaste a mi?", me preguntó el día después de la crisis. "Por que no se me ocurrió, porque pensé que estarías dormido, porque pensé que te molestaría al llamarte", le respondí, o le quise responder, o me imaginé que le respondí. A veces (lo reconozco), no digo todo lo que pienso, porque me da miedo hablar de más. Todavía este absurdo miedo de no decir lo que esperan escuchar.

Pero el chico tiene razón, y debería ponerle más atención. No es que no lo haga, pero tiene razón cuando dice que puedo llamarle a la hora que necesite, que puedo pedirle un consejo o compañía, que puedo mandarle un recado o escribirle una carta pidiéndole que venga a hacerme casito un rato. Todo se vale, el chiste es que yo me de cuenta que se vale. Y me cuesta, porque casi no recuerdo cómo es cuando uno comienza a salir con alguien.

Pero qué estupidez estoy pensando, si todo vuelve a comenzar siempre. Todo es una gran primera vez. Y este chico está viniendo a llenarme de primeras veces.

Mi memoria, como si fuera un gran monstruo, de pronto comienza a despertar, y a veces no sabe qué hacer. Y eso no importa, porque entonces comienza a llenar las paredes de su guarida, con nuevos colores, nuevos recuerdos, nuevas sonrisas, nuevos ojos que miran a los míos, aún cuando sostengo más de un instante la mirada.

Qué maravilla.

Por otro lado, el corazón, con su enorme coraza, comienza a hacerse blando. Y es entonces cuando me doy cuenta que los latidos de este corazón, que hacen que la presión arterial se altere, quizá no sean causados sólo por una ansiedad mala, sino por una emoción exorbitante. El cariño y los sentimientos también alteran, también matan, de buena y de mala manera. ¿Qué pasa cuando uno, sin reconocer las sensaciones del cuerpo, de pronto cae en la cuenta de que todo está bien? ¿Por qué la convivencia siempre es sorpresiva?

¿Por qué la mente me juega esta trampa, queriendo siempre planearlo todo, palomear todas las listas y tener el control de todo? ¿Por qué cuando me dejo llevar, casualmente se me sube la presión arterial?

De una cosa sí estoy segura: las cosas que mejor saben, o que mejor resultan, son las que no se planean; aún con este mareo, con el dolor de cabeza, y con las náuseas que me quitan el hambre, comienzo a disfrutar de cada una de las sensaciones de este monstruo que se despierta, de esta coraza que se cae, de este cariño que me toma por sorpresa.

La última vez que se me subió la presión, mi hermana Cristina me cuidó, y me llevó con ella a través de las avenidas de esta Ciudad; a comer a un restaurante de la colonia Condesa, a visitas de obra en las que ni siquiera me pude bajar del auto por la pesadez de mi cuerpo, por el dolor de mis piernas.

Ahora Cristina no me puede cuidar, y si no comienzo a cuidarme yo, nada valdrá la pena.

Y termino en donde partí, pidiéndole a Clío que regrese para que me haga escribir, para que pueda terminar lo que me hará arrancar una nueva Historia. San Antonio sigue de cabeza, el pobre ya no ve su hora, le falta poquito porque la mayoría de los milagros -que se confunden con primeras veces-, a comenzado a concedérmelos.

Es normal, que el vaso gota a gota de pronto se derrame. Es normal que la convivencia cree lazos maravillosos de afecto y compañía. Es normal que alguien venga a preocuparse por mi, e intente hacerme entender que debo hacerle caso a los síntomas de mi cuerpo.

Es normal querer seguir escribiendo. Es normal, que de pronto me lleguen unas ganas bárbaras por llenar las paredes de letras, de frases, de su nombre escrito en muchos idiomas, con muchas claves, con mi letra retorcida que a veces no pueden leer. Es normal que el sol y el polen me hagan estornudar, porque entonces es cuando sigo sintiendo, cuando ya no soy indiferente a las estaciones de mi cuerpo.

lunes, 8 de marzo de 2010

El día de la mujer mundial.

Que me doy mi lugar porque yo soy mujer,
que todo lo que me pasa no me lo puedo creer.
Tanto tu y la mentira y los cholos me ven,
si lo quiero o no quiero, es mi gusto querer.

De tu carne a mi carne, dame taco de res,
los prefiero y los quiero, al que me dé de comer.

Ya probé al que es ajeno, a ese pa' que lo quiero
que la voluntad del cielo me mande al primero
que me quiera como soy, a ese sí que lo quiero.
Dignificada (La balada de Digna Ochoa), Lila Downs.

Hoy es el Día Internacional de la Mujer. No sé si haya o no qué celebrar. No sé siquiera si tenga mucho sentido tener un día al año, que se dedique a la mujer. ¿Como para qué, si no se le respeta los 364 días restantes? No lo sé. Cosas que suceden, cosas que hacen las naciones, los Estados, los gobiernos, las ONG's. No lo sé.

Hace unas semanas, esperé a San Román en un Liverpool mientras él fue a hacer unas cosas. Como estábamos en Cuernavaca, y eso de cambiar de altura de la Ciudad hace estragos en mi organismo, me dispuse a tomar un café en el bistrot cuando vi al lado la librería. Preferí pajarear hojeando libros y revistas, y me encontré uno que se llamaba algo así como "la vida después de ese imbécil", o "cuando le dije adiós a ese imbécil", algo por el estilo, refiriéndose al maltrato físico y psicológico que viven muchas mujeres al lado de una pareja.

Lo tomé del estante, luego de hojear varios sobre superación personal, cómo conseguir marido, cómo ser una exitosa empresaria y otro sobre cómo hacerse millonario de la noche a la mañana. Debo admitir que lo tomé por un poco de morbo gracias al título que se carga, y comencé a hojearlo y a darme cuenta de que se trata de un libro nutrido de las experiencias de rehabilitación emocional -y físico- de algunas mujeres, luego de separarse de su violentas parejas.

Me quedé de a seis. No porque no sepa cómo es vivir con violencia, o porque no sepa que eso existe, que es real que las mujeres viven así; y digo las mujeres, las familias, los niños, y en general las personas en diversas situaciones sociales o con distintas ideologías. El libro tiene relatos explícitos sobre las vivencias de estas mujeres, uno en especial me hizo un nudo en la garganta. El marido alcohólico abusaba de ella constantemente, hasta que ella comenzó a bloquear todo lo que viniera de parte suya; un día volvió completamente alcoholizado, comenzó a agredirla como era costumbre y ella lo ignoró, lo que causó que él perdiera los cabales -si es que todavía le quedaban algunos-, la arrastrara hasta la habitación, le rasgara la ropa y comenzara a golpearla hasta dejarla inconsciente.

Ella despertó algunas horas después, cuando sus hijos llamaron a una ambulancia y se la llevaron, con las costillas rotas, el maxilar roto, y severos daños debido a que el tipo abusó de ella con una violencia superior a las veces anteriores.

Me quedé con el ojo cuadrado. Me dio mucha tristeza. Todas somos vulnerables a vivir una experiencia así, con un delincuente, con cualquier hombre conocido o desconocido, pero el hecho de que la propia pareja sea el maltratador, me parte el corazón. ¿Qué tienen las mujeres que viven con ellos y no los pueden dejar? ¿Por qué se crea un lazo de codependencia absoluta, que te impide comenzar una nueva vida por tu cuenta?

Por eso hoy, que se supone que es un día que se celebra a la mujer como tal, yo quisiera expresar mi indignación por esta situación, por la pésima vida que tiene una mujer en el trabajo cuando se le paga menos que a un varón, cuando se le acosa porque tiene mayor preparación que el jefe o el superior inmediato, cuando se le critica por tener una ideología de vanguardia, cuando se le critica por vestir la ropa que viste, usar el coche que usa, pensar como piensa, elegir a la pareja que ella deseó.

Expreso también mi indignación, por las mujeres que han sido asesinadas en el trabajo de la defensa de los Derechos Humanos, en el ejercicio del periodismo; que han perdido la vida por una causa política, por la defensa de algún testigo o intermediario entre la mafia y el gobierno, por las mujeres que han sido silenciadas a fuerza, por conveniencia de alguna facción política o ideológica.

Expreso mi tristeza e indignación, por las chicas que han muerto en manos de sus parejas sentimentales, de sus padres o de sus hermanos. Por las mujeres que han sido mutiladas por creencias religiosas o que han sido vendidas o intercambiadas para beneficio de las familias o de una comunidad.

Les externo mis condolencias y mi solidaridad, a las familias y amistades de las mujeres que han muerto de forma violenta, que han sido raptadas, amenazadas de muerte o agredidas.

De muy chica, viví de cerca la experiencia del homicidio de la mamá una de mis compañeras de la secundaria, el esposo la amenazó de muerte porque ella ya no quería estar con él, ella hizo caso omiso de esa amenaza, hasta que un par de semanas después el señor fue y la mató. Él fue juzgado, procesado, y hasta donde me quedé seguía en la cárcel. A mi compañera no la vi más, alguna vez me la encontré en el centro comercial o algo por el estilo. Ella había perdonado a su padre, y quería comenzar una nueva vida cuando él saliera de la cárcel. Con todo, yo no lo veía mal. Como fuere, era su padre, y de ella dependía ese rencor o ese perdón. A ella también, donde quiera que esté, le envío mis más profundas condolencias y toda mi solidaridad.

Deseo que este día sea el motor para recordar todos los días del año, lo maravillosa que es la vida de una mujer, lo maravilloso que es ser mujer; lo lindo, mágico y fabuloso que es ser mujer por el simple hecho de haber nacido.

Alcen la voz, mujeres. No se queden calladas. Cualquier burla, mala palabra, mal apodo o crítica para tu persona o tu forma de pensar, no la debes dejar pasar por alto. El amor no es sufrir. El amor no es dolor. El amor es vivir, es sentir, es empujar para el mismo lado con la persona que amas y que te ama. Es formar un hogar, formar un equipo para competir por las mismas cosas.

Amar es tenerte a ti misma, sobre todas las cosas. Amar es que te quieran tal como eres, gordita, alta, chaparrita, flaca, histérica, querendona, cursi, apapachadora, trabajadora, idealista, creadora de sueños, intérprete de pasiones, conquistadora de tu propia vida.

No te abandones. Di no al machismo. Di no al chico que no te quiera tal y como eres. Di sí a tus propios proyectos, y siempre apuéstale a lo que dicte tu corazón.

Mis mejores deseos, a ti, compañera mía, guerrera de la vida.


Las ballerinas de JULIO

Hoy fue un día difícil, raro, peculiar, diferente a los demás. Con mis padres en el mismo coche, al mismo tiempo. Con una hermana mayor, que ya no sé si sí o si no. Con juicios absurdos -y extremos- que no tengo por qué escuchar.

Me sentí mal todo el día. De hecho, desde la cena de anoche me sentí muy mal. Tengo el estómago revuelto, tengo náuseas, me hormiguean las manos y estoy hinchada, los anillos no me entran más en los dedos de las manos. Todo me aprieta. Todo me sienta mal. Tengo esta sensación de que en cualquier momento me voy a vomitar. Donde me siento me quedo dormida, no sé qué me pasa. Hoy me he sentido muy mal.

Me encontré para tomar un café con la Diseñadora de Modas. Traía un bolso enorme, lleno de cosas, y unas sandalias de plataformas de tiras color negro, increíbles. Celebré, por supuesto, su buen gusto y le platiqué que me sentía muy mal físicamente, y que probablemente no fuera sólo eso, sino que me sintiera mal por dentro.

Intenté platicarle como había sido la mañana, cómo había sido el mal humor de mi padre por el móvil, la histeria colectiva que tanto me hace mal. Intenté explicarle que me sentía mal, fuera de lugar en ciertos aspectos, desesperada en otros, y triste sobre todo lo anterior. ¿Qué te digo?, comencé, que de entrada me desgastan los problemas de otros. Sí. Eso es. Me desgastan los problemas que no son míos, y que se empeñan en hacerlos ver así.

De pronto, mientras mirábamos la carta de los postres, escogíamos un café, hablábamos de mis malestares, de sus plataformas nuevas, y pedíamos un par de vasos con agua a la mesera, sacó de su enorme bolso un regalo para mi: un par de ballerinas color café. Las escogió justo de mi estilo, de mi talla, y me dijo que era un regalo pensado en que quizá deba dejar de usar tacones un tiempo, pensando siempre en que el estilo justifica todos los medios. Tiene razón, no tenía ningún par de zapatos sin tacón, y estos me cayeron de perlas.

Con mi cara de niña frente a un arbolito de navidad, las tomé, les saqué el empaque y comencé a llorar. Encima, además de sentirme mal, hoy fui la mujer más sensible del mundo. Mi amiga me abrazó, me dijo que me quería hacer sentir bien, y que por eso me regalaba justo lo que sabía que me iba a hacer feliz. Y lo logró.

Su regalo tiene muchos más significados en este momento, en este contexto, y en estas historias que recién comienzan que no se quiere que tengan punto final. El regalo es para mi, y también para el que está conmigo, que toma mi mano.

Luego, el resto llegó para cenar, otros para tomar café, pero todos para ponernos al corriente de la semana. Me sentí bien. Compartimos taxi de regreso a casa. Logré olvidarme un poco del malestar. Intento conciliar el sueño, espero poder dormir bien, y tener uno de esos sueños al aire libre para después verme en una habitación de paredes blancas.

Logré sentirme mejor, aún cuando ahorita todavía me duelen la cintura y el cuello. Supongo que todo pasará, como siempre digo, todo también pasará. Ellos pasarán, el chico pasará, y yo también pasaré. Si sigo pensando me voy a volver loca, así que ya me voy a dormir. Nada más por hoy, antes de que se me acaben las palabras. Ya mañana sabré qué es lo que sigue, y qué frases debo terminar de escribir.

domingo, 7 de marzo de 2010

57 kilos

De regreso a la Facultad de Filosofía y Letras, a empujones en el Metrobús, al calor insoportable. De regreso con el sol en la cara, tomando un taxi que me llevó increíblemente rápido a la puerta de la Biblioteca Central, con otro de regreso que me llevó toreando semáforos en rojo, a la puerta de la oficina.

De regreso a perderme por las escaleras y por los pasillos que ya no me acordaba como eran. Con ese olor característico a libros, a gente caminando por todos lados, a perfumes e inciensos, a aromas lejanos, ajenos, de la Ciudad, de tierra adentro. De regreso a leer en el pizarrón del salón 304, que me esperaban en la sala de maestros o en el cubículo de frente. A seguir corriendo. A seguirle con esta guerra en contra del tiempo.

De regreso a no querer encontrármelo de frente. A este miedo que creí que ya se había ido, pero que regresa cuando es real la posibilidad de volver a ver al soltero tóxico cuando no quiero hacerlo. De pronto, entre mis prisas y toda esta corretiza, me acuerdo que estoy vestida con un traje que él no conoce. Que hace mucho que no me mira. Que por más que pueda acordarse de mi, o yo de él, quizá no podamos reconocernos más. Este, mi traje de 57 kilos, incluye también una sonrisa diferente y un desenfado de estreno, que se mira luego luego al andar.

Todo salió bien. Logré reunirme en el siguiente salón, luego de que no se pudo en el cubículo de siempre. Platicamos. Nos reímos. Nos pusimos al corriente en la documentación y en la vida de la Academia que poco a poco me coquetea para regresar a ella.

A correr, otra vez. Recordando que no siempre reciben de mis decisiones lo que esperan. Recordando la tristeza o el desencanto que me llevo al ver la cara de las personas que no me comprenden. La histeria de mi padre, las incongruencias en las opiniones de mi madre, las presiones de ambos. Que consiga otro empleo, que sea otra persona, la que ellos quieren que sea. Que viva la vida que ellos hubieran querido. Que no vaya o no haga lo que ellos no hubieran hecho.

Que si el pelo está bien largo, que si debería ser mejor completamente negro. Que si se maneja de un modo, que si se bebe de otro. Que si duermo mucho, que si tengo ojeras por no dormir nada. Que si me estoy desperdiciando, que si mi carrera no ha servido para otra cosa. Que por qué sigo soltera, que por qué no logro salir con el chico que ellos quieren, que por qué no salgo digamos que con cualquiera, que por qué no regreso con el ex novio de la preparatoria. Que por qué intenté formar un hogar hace unos veinte meses, que por qué no pudo fructificar.

Que porque no entienden cómo es cuando me enamoro, que porque no saben cómo es cuando tomo una decisión.

Y es bien simple, o para mi parece que lo es. Las respuestas están visibles en mi persona, en la manera en la que hago las cosas. Basta un poco de atención. Mi vida no es una extensión de la suya, mis decisiones no son suyas, mi carrera no es la que ellos hicieron, mi familia no es la que ellos me dieron, y me parece que deberían preocuparse en vivir sus vidas, en lugar de las vidas de los demás.

Así soy, les guste o no. Con todo y mis 57 kilos, y lo que eso conlleva, voy a seguir adelante con mis decisiones, con mis planes, con mis proyectos.

No me gusta tener estas reacciones, a veces me desconozco, me siento mal por decir algo que pienso que no debo decir. Pero las cosas son como son, y lo que parece es, como decía mi maestra de Historia del Arte. No se puede tapar el sol con un dedo, eso hasta yo lo sé.

Brillante, casi amarillo.

Luego, en la habitación, todo parecía ser tan brillante como siempre. Tu, yo, nuestros pies desnudos sobre el piso de madera. Tu respiración que marca los latidos de mi corazón. Mi corazón, que recoge a tu cabeza, y te lleva poco a poco a que te quedes dormido.

Todo es como siempre, como debería ser, brillante, casi amarillo. Tu piel se ve del color de mi piel, bajo el agua la mía siempre es más obscura. Tus dedos se entrelazan con los míos; cuando están mojados prefieren hacer sonrisas de otra manera.

El tiempo, esta maravilla que a veces me vuelve loca, por fin se detiene. Y se detuvo, puedo asegurar que así fue. Se detuvo, una vez más, sobre ti y sobre mi, sobre esta mancuerna perfecta que se crea bajo el cielo estrellado, bajo el cielo que se pierde cuando comienza el mar.

Intento dormir, y lo voy a lograr. La luz de pronto me va a despertar, y (por favor) espero que todo siga siendo tan brillante como siempre. Que si no viene de pronto el color amarillo a mi mente, a que tiemblen mis piernas, espero que sea color azul, de este magnífico azul que a veces me contagian tus labios y tu sonrisa.

viernes, 5 de marzo de 2010

Todo sabrá bien.

Saber que se convirtió en una realidad que mis cientos de listas pendientes se están acabando, me hace la mujer más feliz del mundo.

Todavía quedan algunas listas por pagar, cuentas que saldar, líneas que escribir y párrafos que firmar. Sin embargo, lo más importante y lo que era más urgente, ha quedado saldado.

Me falta perfilar algunas rutas en la Ciudad, mirar algunas obras de arte, besarle los labios por horas y horas al chico que vive en la calle que lleva mi profesión por nombre, terminar un proyecto posfechado, para terminar los pendientes de los estudios que van a continuar; extender mi CV según mis últimas actualizaciones y las últimas páginas escritas.

Me falta buscar la revista Proceso del 27 de abril de 1997. De hecho, ya casi no puedo recordar para qué. No sabía que la primavera puede durar sólo un segundo, y que esta que viene pinta para durar un poquito más.

Me falta leer los libros que recién me regalaron, el libro del que pidieron mi opinión, buscar en mis archivos los textos de cuando escribí poesía, y quisiera seguir leyendo a Andrés Neuman. Me falta arreglarle unas cuantas cosas a Hans. Me falta creerme un rato, que en muy poco tiempo, por fin todo sabrá bien.

martes, 2 de marzo de 2010

La mirada desde la República de Babel

Más que agradecida, estoy encida de orgullo y de alegría, por las letras de un gran amigo, que se hace llamar Presidente de esta Nueva República de la que formo parte del Consejo de Gobierno.

Mucho he querido escribir sobre él, pero siempre se me olvida, y termino vomitándoselo todo en un corriente correo electrónico, en el que siempre termino con la misma frase: "tus palabras son como un oasis en el desierto de mis angustias y preocupaciones".

En diversas ocasiones se ha inspirado en mi para algunos de sus escritos. La mayor parte de las ocasiones, me dedica en manuscrita, casi todos sus poemas publicados.

¿Qué más le puedo pedir a la vida? Que me siga dando muchos buenos momentos de su compañía, de sus consejos, de la magnífica convivencia que tuvimos en el Programa de Investigación de la Facultad. A veces lo extraño tanto... que siento que va a venir a hacerme reír con sus pseudónimos de los lugares, de las oficinas, de las personas que nos rodean que no saben que están allí.

Lean pues, la magnífica relatoría que hizo del día que recién compartimos. Hace un par de semanas un chico me dijo que la noche en la que fuimos cómplices -que nos esforzamos para que siguiera siendo "ayer noche" al día siguiente por la mañana- era por mucho la mejor del año, y tuvo razón, y concordé con él. Sin embargo, son contextos diferentes, como los que me gusta manejar, y los que disfruto sobremanera vivir. El domingo anterior fue por mucho, el mejor de los últimos años. Las noches, se cuentan aparte. Gracias a ambos, por los elogios que hicieron de mi compañía.

Minería era una fiesta, dice el Presidente. Para mí fue una verbena, una bellísima romería. Hacía mucho que no se referían a mi, como "mi bellísima acompañante". Es un honor, y un gran piropo. Muchísimas gracias.

En Cuernavaca.

Los planes que mejor salen, son los que no se planean. San Román y yo habíamos planeado un viaje por más de tres años, y no se había dado la oportunidad; pero la semana pasada, sin pensarlo más, me dijo "¿cuando me vas a cocinar? ¿Cuando voy a probar esas cosas tan ricas que preparas?" Y yo, pidiéndole que no exagerara, le respondí que sin ningún pretexto, ni celebración en puerta, podíamos organizar una comida en donde el menú lo escogiera él solito. De inmediato dijo que enchiladas verdes, y que me invitaba en ese momento, a su casa de Cuernavaca.

"Ok, pero son casi la una de la mañana, ya estaba dormida, no fui al bar con los chicos de mi trabajo porque moría de sueño", le respondí, así que luego de una corta negociación, quedó de pasar por mi al día siguiente, en punto de las ocho de la mañana.

Todo fue una calamidad, como suele suceder cuando se sale conmigo, o cuando se sale con un par de distraídos como San Román y Yo. Que si el tanque de la gasolina, que si las casetas, que si nos faltó la factura, que si me iba a quedar dormida y lo iba a dejar hablando solo mientras manejaba, que si la calcomanía de la tarjeta IAVE no estaba bien pegada; que si estábamos seguros siquiera, de tener la maldita tarjeta contratada.

En fin, ¿qué te digo? Que fue una salida fabulosa, una carretera despejada luego de las arterias atascadas de esta contaminada Ciudad. Que Temixco nos recibió soleado, con un airecillo frío que me hizo usar un suéter, con un mercado de antojitos que nos hizo comer de más. Con una tiendita en la esquina de la casa, que nos permitió abastecernos para beber casi toda la noche.

Y hablamos mucho, de muchas cosas. Una de las cosas que más me gusta de la compañía de San Román, es que no se nos termina el tema de conversación. Podemos hablar de actitudes subversivas, de política, de las profesiones, de los tiempos pasados, de nuestras amistades, de las experiencias horribles, de los buenos momentos.

Me complació haciendo sonar los tres discos que llevé para ambientarnos, ¿qué mas podía ser si no El amor después del amor, La lengua popular y Vinagre y rosas? Y aún cuando las opciones eran infinitas, opté por los tres álbumes que mejor me han puesto los últimos meses, de mis autores predilectos.

Cociné, el arroz blanco que durante tantos meses se saboreó, las enchiladas verdes que no podía creer. Me ayudó con lo que pudo. Comimos helado de nuez y de café. Bebimos, reímos. Lo pasamos muy bien. Hablábamos sobre el ritmo de vida de intelectuales, de que si es posible que una pareja lo soporte. Y de pronto me vi allí, sola, pero muy bien acompañada. ¿Qué pasaría cuando el viaje terminara? A sacarle la lengua al domingo, como es ya costumbre, porque la maldita resaca que nos dio, también nos regaló material para no querer que fuera más domingo, ni bajo el sol, ni a un lado de la alberca, ni de noche de regreso.

Y nunca, a pesar de llevar mucho tiempo dedicándome a transmitir a través de palabras y frases, me había puesto a pensar tan concienzudamente cómo un par de pastillas pueden mejorar cualquiera de los estados. Que si es depresión, que si es una pérdida de las cuentas, que si es un dolor de cabeza, que si es una resaca marca diablo, que si es un dolor de rodillas, que si es que se quiere dormir más de dos días. No sólo me refería a las pastillas para ser feliz o para no llorar, también hablamos sobre las Pastillas para no soñar. Unas pastillas que te sacasen de una preocupación, que evitasen que llegaras al Hospital del amor.

Algunas pastillas sin orden farmacológica, que te regale una amiga cercana, o una chica que no sabe en qué contexto de la Historia las usarás.

Gran pregunta la que me hizo la Diseñadora de Modas, de que qué tanto tengo de música o de escritora. Pregunta que no supe responder. Quizá con conocernos baste, para saber el camino que se pudo escoger.

Y tampoco, a pesar de mis costumbres de años, había bebido escuchando a Los Beatles. Y bajo ese maravilloso contexto, también hablamos sobre los animales, sobre las plantas, sobre qué va a pasar cuando ya no estemos más. Si mi gato fuera planta, les decía, sería un bonsai, y cuando la luna cambia de fase, como todo lo que tiene vida, mi gato también se pone a maullar sin parar. Poco me falta, les decía una vez más, para que yo me suba también a los tejados, a buscar a ese par de ojos que ahora me está haciendo escribir de más.

Y de todas las familias que uno puede tener, o que se pueden crear, ésta familia me gusta tal como es. Aún cuando me falta leer el libro que se llama Mi familia y otros animales, ésta es la familia que no cambiaría por nada.

Y así terminaba la noche, y así nos llegó a cubrir la luz del sol. Pudiera ser que algunas palabras hubiesen estado de sobra, que algunas hubiesen faltado, pero ese par de días nos dieron suficiente combustible para volver a la realidad de la trincadez de la vida de la Ciudad.

San Román se cabeceó un par de veces manejando en la carretera. Yo venía completamente rendida en el asiento de adelante. El congestionamiento que provoca que los autos vayan a menos de 60 kilómetros por hora, definitivamente nos hace hacer cosas que no imaginamos.

Y se quedó con eso, con la respuesta que no le pude dar, cuando él me preguntó si alguna vez algún chico había tolerado que me sentara a escribir por horas y horas, concentrada en mi trabajo, en mi lectura, en mis periódicos de años, sin hacer más caso a lo que pasara a mi alrededor. Repito, no supe responder. En el fondo quisiera saber que sí, que han sabido comprenderlo. Pero vuelvo a lo mismo: cuando una investigación se termina, debería seguir los pasos que sigue un preso al salir de la cárcel para reinsertarse a la sociedad.

Quizá así no tendría estas reacciones un tanto sorpresivas, cuando alguien intenta curiosear frente al borrador eterno que siempre traigo en el bolso. Todo se puede leer, le argumentaba, el chiste es que no me acostumbro a que de pronto alguien sienta interés por lo que mi mente traza a través de mis dedos, y se queda fijado con tinta azul.

Días de cocinar, de volver a lo que aprendí desde niña. Domingo de resaca, que en el fondo no quise odiar, que intenté disfrutar mientras me asoleaba. Noches de juerga, de barajas hasta el amanecer, de canciones que me recuerdan a mi hermana, de confesiones que no nos atrevíamos a hacer. Mañanas de comer guisados que no son nuestros, de trabajo de San Román mientras lo espero en el centro comercial. Ciudad que me presta ciudades más pequeñas, que al regresar nos deja atravesarla por las vías libres, y de paso, darnos una escapada para cenar. Días de festejos, de que no se nos terminan los éxitos para celebrar.

lunes, 1 de marzo de 2010

Me subo a este tren.

En algún momento de mi existencia tengo que barrer la alfombra, tengo que terminar lo que empecé a escribir, tengo que enviar la correspondencia que hace falta, tengo que terminar de lavar la ropa, tengo que ir a hacerme las uñas, tengo que dormir bien.

Las dos entradas que me gané para la premiere de la película Precious, se perdieron. No tuve tiempo de ir a recogerlas a la estación de radio. Ni modo.

Y me da un poco de pendiente, que así como esas entradas, se me vayan algunas otras cosas por no tener tiempo de hacerlas o de terminarlas. Digo, como sea, el gato seguirá viviendo si se me olvida limpiarle la caja de arena una vez, ¿no? No está en peligro de muerte. Pero una buena oportunidad, un buen latido de mi corazón, un levantón de autoestima y de optimismo, me preocupa que se me vayan si no estoy atenta a que puedo tomarlos.

La vida en esta Ciudad sucede muy aprisa. Todo es para ayer, todo tiene que salir pronto, todo tiene que estar escrito, se deben tener conclusiones, no deben existir los puntos suspensivos. Cuando menos me doy cuenta, son las 21 horas, ya no me alcanza el tiempo, estoy cansada aún cuando quiero salir, me siento feliz aún cuando sigo sola, quiero escribir aún cuando a veces se me olvida el tema del que debo hablar.

Y entonces ya es viernes, luego el fin de semana no sirve para nada. El lunes me recuerda que hay que caminar, que la semana se tiene que aprovechar, que los siete días me tienen que dar abasto para las cosas que se tienen que hacer.

Al mismo tiempo, todo lo que se tiene que decidir. Quedarse en la oficina o irse a otro lugar. Quedarse en ese café, o terminar de beberlo en el coche. Manejar o andar en Metro. Dejarme llevar, o reprimir este sentimiento. Subirme a este tren, o hacer como que nunca llegará a mi estación.

Todo sigue siendo maravilloso. A veces siento que voy a explotar, que mi cabeza no puede pensar más, que mis piernas no dejarán de temblar, que el tiempo por fin me va a alcanzar, que las cosas no se me van a olvidar, que el chico ya no se va a ir, que la mudanza pronto llegará, que el siguiente ciclo está por arrancar. La maravilla radica en decidirlo o no. En tomar la decisión de llevar las cosas a cabo, en tener la confianza de que por fin sucederán.

Y en esta ocasión, como el año pasado, también he decidido tener fe.

Me voy a subir a este tren.

JURAMENTO DE AUTOESTIMA

Venga, reconócelo Mariposa Tecknicolor, sin contar con tu hombre ideal, eres lo mejor que hay en la tierra. Es verdad que a veces te deprimes y no quieres hacer nada porque nada vale la pena, pero también hay que reconocer que el resto de las veces eres muy optimista, perfeccionista y dedicada. Nadie sabe investigar Historia como tu. Si ya lo dicen tus amigos, eres ejemplo de constancia y de buenos sentimientos. Y también lo dicen tus lectores: la Historia que escribes vale toda la pena. Por eso, a partir de hoy vas a dejar de torturarte por no tener pareja ni el trabajo de tus sueños, y comenzarás a quererte por ser responsable, persistente, inteligente y por tener la capacidad de amar. Y si alguien llega y te dice que eres una persona equivocada, dile que puede coger y largarse a la fregada.