Tenía los pies diminutos, y unos ojos color verde mariguana.
Barbie Superestar, Joaquín Sabina.
No sólo hay estaciones de autobús, de tren, de Metro, de transporte público. No sólo hay estaciones del año, estaciones del tiempo, estaciones espaciales. También hay estaciones en mi cuerpo.
El lunes por la noche, luego de muchos meses si no es que años, tuve una crisis de ansiedad. No es nada grato, pero tampoco es grave. Lo mejor -si es que existe algo bueno en esto-, es que ahora sé manejarlas, sé identificarlas, y sé recuperarme en las seis u ocho horas siguientes. Y una cosa muy importante, es que ahora puedo hablar de ello abiertamente, sin sentirme mal por tener un tanto de TA. Somos muchas personas las que lo padecemos, pero pocas lo podemos asimilar, identificar, y hablar sobre ello.
Y aquí vengo, como siempre, buscándole el lado optimista a las circunstancias que me rodean.
Llevo ya casi ocho días sintiéndome mal, sigo mareada, sigo con náuseas, con cara de
fuchi sin de veras sentirme
fuchi, con unas ojeras terribles aún cuando he procurado dormir bien. O quizá sea que, una vez más, comienzo a acostumbrarme a este insomnio que de pronto regresa como regresan las estaciones del año.
Y es justo en primavera, cuando me pica la nariz, cuando no paro de estornudar, cuando me lloran los ojos por tanta flor, tanto verde y tanto polen; tanto "love is in the air" que se levanta cuando lo hace el sol. Justo con el calor, es cuando comienzo a quejarme del dolor de piernas, cuando los padecimientos de hace un par de años hacen su aparición. Y es como todo lo que me pasa, que me recupero pero no me curo al cien por ciento, todo es tratamiento, control, manejo de síntomas -como dice Mauricio-, para que no regrese la enfermedad.
Hoy, manejando sobre Thiers, me di cuenta que la primavera está sacando a patadas a este invierno de la Ciudad. Los árboles comienzan a verse todos verdes, luego de que
en otoño las hojitas amarillas, rodaban por el pavimento. Los rayos del sol atravesaban las copas de los árboles, obligándome a entrecerrar los ojos, aún con las gafas puestas. Qué linda escena, pero qué puto calor.
Y lo que nunca me hubiera imaginado, ahora pasa que tengo la presión alta. ¿Por qué? No lo sé. Se supone que por estrés, por angustia, por este TA que hace su aparición de repente, aún cuando yo había ya echado las campanas al vuelo. Qué más dá. Así soy, ni modo. Y aún cuando intento no darle importancia, debo hacerlo. Pareciera que no me interesa, que ni siquiera me preocupo por mi propio cuerpo, por dormir o comer bien, por procurarme una buena compañía, un entorno que me sea viable. Pero no es así, sí me preocupo, sí me interesa, y entonces me angustio. Qué de la shit está la cosa.
El chico tendría que saber que no sé pedir ayuda, que soy medio bruta para esas cosas. Hace ya tanto tiempo que me concibo así, que a veces no comprendo que puedo pedir que me tiren un lazo. "¿Por qué no me llamaste a mi?", me preguntó el día después de la crisis. "Por que no se me ocurrió, porque pensé que estarías dormido, porque pensé que te molestaría al llamarte", le respondí, o le quise responder, o me imaginé que le respondí. A veces (lo reconozco), no digo todo lo que pienso, porque me da miedo hablar de más. Todavía este absurdo miedo de no decir lo que esperan escuchar.
Pero el chico tiene razón, y debería ponerle más atención. No es que no lo haga, pero tiene razón cuando dice que puedo llamarle a la hora que necesite, que puedo pedirle un consejo o compañía, que puedo mandarle un recado o escribirle una carta pidiéndole que venga a hacerme
casito un rato. Todo se vale, el chiste es que yo me de cuenta que se vale. Y me cuesta, porque casi no recuerdo cómo es cuando uno comienza a salir con alguien.
Pero qué estupidez estoy pensando, si todo vuelve a comenzar siempre. Todo es una gran primera vez. Y este chico está viniendo a llenarme de primeras veces.
Mi memoria, como si fuera un gran monstruo, de pronto comienza a despertar, y a veces no sabe qué hacer. Y eso no importa, porque entonces comienza a llenar las paredes de su guarida, con nuevos colores, nuevos recuerdos, nuevas sonrisas, nuevos ojos que miran a los míos, aún cuando sostengo más de un instante la mirada.
Qué maravilla.
Por otro lado, el corazón, con su enorme coraza, comienza a hacerse blando. Y es entonces cuando me doy cuenta que los latidos de este corazón, que hacen que la presión arterial se altere, quizá no sean causados sólo por una ansiedad mala, sino por una emoción exorbitante. El cariño y los sentimientos también alteran, también matan, de buena y de mala manera. ¿Qué pasa cuando uno, sin reconocer las sensaciones del cuerpo, de pronto cae en la cuenta de que todo está bien? ¿Por qué la convivencia siempre es sorpresiva?
¿Por qué la mente me juega esta trampa, queriendo siempre planearlo todo, palomear todas las listas y tener el control de todo? ¿Por qué cuando me dejo llevar, casualmente se me sube la presión arterial?
De una cosa sí estoy segura: las cosas que mejor saben, o que mejor resultan, son las que no se planean; aún con este mareo, con el dolor de cabeza, y con las náuseas que me quitan el hambre, comienzo a disfrutar de cada una de las sensaciones de este monstruo que se despierta, de esta coraza que se cae, de este cariño que me toma por sorpresa.
La última vez que se me subió la presión, mi hermana Cristina me cuidó, y me llevó con ella a través de las avenidas de esta Ciudad; a comer a un restaurante de la colonia Condesa, a visitas de obra en las que ni siquiera me pude bajar del auto por la pesadez de mi cuerpo, por el dolor de mis piernas.
Ahora Cristina no me puede cuidar, y si no comienzo a cuidarme yo, nada valdrá la pena.
Y termino en donde partí, pidiéndole a Clío que regrese para que me haga escribir, para que pueda terminar lo que me hará arrancar una nueva Historia. San Antonio sigue de cabeza, el pobre ya no ve su hora, le falta poquito porque la mayoría de los milagros -que se confunden con primeras veces-, a comenzado a concedérmelos.
Es normal, que el vaso gota a gota de pronto se derrame. Es normal que la convivencia cree lazos maravillosos de afecto y compañía. Es normal que alguien venga a preocuparse por mi, e intente hacerme entender que debo hacerle caso a los síntomas de mi cuerpo.
Es normal querer seguir escribiendo. Es normal, que de pronto me lleguen unas ganas bárbaras por llenar las paredes de letras, de frases, de su nombre escrito en muchos idiomas, con muchas claves, con mi letra retorcida que a veces no pueden leer. Es normal que el sol y el polen me hagan estornudar, porque entonces es cuando sigo sintiendo, cuando ya no soy indiferente a las estaciones de mi cuerpo.