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martes, 2 de abril de 2013

Entre la sed y el silencio.

Regresé a casa sintiéndome tan feliz, que olvidé de dónde venía.


Conduje mi auto a través de los Ejes y del Circuito Interior, que me jode que se llame Bicentenario. Yo, chica del Norte, sé cómo moverme por las arterias de esta Ciudad, como si de la palma de mi mano se tratara. No duró mucho tiempo mi trayecto de regreso, no tanto como duró la charla que me mantuvo al borde del asiento la tarde entera.

Muchas cosas se amontonaron en mi cabeza. El último café, las cartas de la semana pasada, los temas pendientes, la labor de investigación... No nos dimos cuenta, pasó el día, pasaron las palabras, y pasamos nosotros por ahí. Atiné a pensar con certeza, que estuvimos por espacio de seis horas, creando un lazo mágico... y no nos dimos cuenta.

Tampoco tiene televisión.
Comenzamos saludándonos como si no nos hubiéramos visto en años, yo moría de sed, y quizá él de silencio. Tomamos una mesa, elijo yo, elige él, eso no causa problema. Con pocos hombres se pueden hacer tratos de esa forma: rápidos, fáciles, plausibles. Hasta esta mañana comprendí que con él se pueden hacer acuerdos justos.

Me preguntó sobre mi último viaje, hicimos bromas sobre la carta del café. Vienes muy contenta, me dijo. Vengo en la relajación total, le respondí; aunque honestamente lo que sucedió fue que reflejé sentirme contenta de verlo. Con el pretexto que siempre me pongo a mi misma, de disfrutar de una buena charla, siempre consigo que todo sea posible. Anécdotas, comenzamos a sumar anécdotas. La del mapa mal dibujado en un papel, la del teléfono en el panteón... "te sugiero" y comenzamos a reír. Reímos como nunca.

Después de la risa y de que llegara el primer café, empezamos a hablar sobre las personas que fuman y cómo lograr dejar de fumar, y tomó esa linda pose que toma cuando me pone atención: recarga su barbilla sobre las manos que se apoyan en los codos sobre la mesa, guarda silencio, me mira y escucha. Hablé y hablé, como hacía mucho no lo hacía. Me reí. Reí a carcajadas, al extremo de que tuvimos que pedir disculpas a los comensales de la mesa de al lado.

Después lo escuché. Tomé esa pose que me encanta que nadie se dé cuenta cuando lo hago: subí la pierna izquierda a la silla de enfrente, y mi codo izquierdo se recargó sobre el respaldo de mi silla. No hice más que poner mis ojos fijos sobre los de él, le escuché como cuando era mi profesor.

Luego los libros abrieron los corazones, abrieron las anécdotas y abrieron las puertas de los departamentos. Hablamos entonces de las historias de mudanzas que traemos cada uno con nosotros, de nuestras cajas de libros, de nuestras repisas vacías. Le hablé del baúl de muertos que siempre traigo conmigo. Luego hablamos de nuestro trabajo, de los muebles con los que escribimos, de las personas con las que conversamos. Le pregunté muchas cosas, me respondió todo lo que quise.

De sus hijos a sus padres, de mi silla de escritor a que no tiene televisión. Sonreí. No dije nada. Pensé que yo tampoco tengo, luego de la última mudanza. De mi departamento a mi última casa, de mi postura sobre el feminismo y la politización de lo términos "empoderamiento" y "tolerancia"; hablamos casi seis horas seguidas. De mi padre a mi trastorno de ansiedad, de los gatos que son suyos y que no quiere, a la historia del perico que se suicidó... La tarde pasó.

Yo llegué teniendo sed, él llegó teniendo silencio.
Cuando habló de su frustración por tener empacados los libros que necesita para trabajar, me vi reflejada en él. No lo sabe, y posiblemente no se lo diré nunca, pero me vi en él. Hablé sobre mis autores favoritos, poco a poco comenzó a entender por qué me gusta escribir lo que me gusta escribir, y me dijo que entendió por qué es que escribo como escribo. Con mucho gusto y mucha sorpresa, pude hablar de Javier Marías porque él también lo lee. Poco a poco comencé a registrar los datos que necesito para trabajar, que se supone que eran el objeto de toda la charla, pero que no sucedió así.

La maravilla de la charla, permeó hasta nuestra labor de investigación histórica. No hizo falta que yo hiciera preguntas concretas; la mayor parte de las cosas las fui deduciendo. Lo que necesito, como es mi costumbre, lo pedí. Concluimos sin querer hacerlo, afuera del café, caminando por la acera, riendo a carcajadas recargados en mi auto. "Anotaré los pendientes que tengo contigo", me dijo y sacó su agenda para anotar todo lo que no quiso olvidar.

Me reí más de lo que escuché. Escuché mucho más de lo que hablé. Yo iba muerta de sed, pero él venía muerto de silencio.


Poco a poco, la maravilla de la labor histórica, permeó hacia nuestra charla y hacia mi auto, hasta la música que elegí como soundtrack.

Conduje Av. Camarones pasadas las once de la noche, y entonces se convirtió en Eje 3 Norte. Llegué a los suburbios de la Ciudad. Le hice de acomodadora de autos, no me importó, porque seguía riéndome de nuestros chistes. Entré a casa. Me acomodé. Seguí bebiendo agua. Soy una chica, y como tal, mi deber es avisar cuando llego sana y salva a descansar. Lo hice, le escribí, ya no quise llamar, iba a ser la media noche. Me respondío una frase, seis palabras, un punto y seguido...

Fue el domingo, que ya comienza a hacerse fecha pendiente. Fue la zona, y fue él. Fue estar casi seis horas entre la sed y el silencio. Se ata entonces, el primer nudo de un lazo mágico que no sabíamos que iba a existir.

Fue la estación y fue que vivimos la pascua. Fue la forma maravillosa de cerrar una semana y de iniciar un mes. Fue el piropo que no me esperaba.

jueves, 16 de agosto de 2012

Con todo y miedo, vas.

A pesar de lo difícil que fue sobreponerme de mi última relación, ahora me alegro de haber contado con la ayuda que me brindaron para salir adelante. Gracias a eso, ahora puedo ver todo en un plano horizontal, un mapa completo, rompecabezas para armar, o digamos, las cartas sobre la mesa.

A pesar de lo difícil que es darse otra oportunidad para conocer, confiar y querer a otra persona, en esta ocasión me propuse intentarlo desde la génesis de un noviazgo. La primera cita, conocerse a través de una conversación. Cine, cena, abrazo de despedida. Llamada por teléfono antes de empezar el día. Mensaje a la hora de la comida. Llamada antes de ir a dormir. Fotografías. Nuevos recuerdos. Nuevos planes. Un nuevo proyecto.

Estoy ilusionada.

Es la primera vez en mi vida, a punto de cumplir 29 años, en la que pude explicarle claramente a un pretendiente qué es lo que espero de mi misma, de una relación, y de mis planes a futuro. Me entendió. Hablé alto y claro, sin pena, sin titubeos. Una noche antes de esa cita, estaba acostada en la cama dando vueltas, aterrada porque no sabía qué iba a pasar en la cita del día siguiente. Y con todo y miedo, me levanté por la mañana, me arreglé y estuve lista para que el chico pasara por mi. Con todo y miedo, fui. Me siento orgullosa de haberlo hecho.

No se sabe nada, pues, como en toda relación que inicia. No se sabe siquiera, si vamos a llegar a fin de año... pero eso no importa. Me siento viva, caray, bien viva. Con todo y miedo, lo estoy intentando y me estoy permitiendo vivir la experiencia de conocer a un chico como si fuera la primera vez.

Y en realidad es la primera vez. Primera vez que puedo expresarme así, frente a una persona que me propongo conocer, y confiar en él. Primera vez que pongo límites, que proyecto seguridad, y que logro mostrarme tal cual soy. Estoy contenta.

Es la primera vez que sin miedo, salgo a la calle tomada de la mano de un chico, sabiendo que mi corazón está tranquilo. Es la primera vez que no siento aquella ansiedad recorriéndome las manos, hacia los codos, los hombros y parte del cuello. Es la primera vez que me tomé el tiempo suficiente para pensar las cosas, para tomar decisiones y para elegir, sin esperar que eligieran por mi. Es la primera vez que le digo a alguien que me gusta, sin arrebatos ni impulsos.

Es la primera vez que me siento feliz, después de haber aprendido a vivir con el alma rota.

martes, 31 de enero de 2012

¿Quién te crees?

Yo voy a desafinar, es mi bien desafinar.
Pero es que me ofende tanta, tanta vulgaridad.
Fito Páez, Música para camaleones.

No tengo ni la menor idea de qué es lo que mueve a una persona para comenzar a escribir un blog; para leerlos, seguirlos y comentar, o simplemente para ser lectores anónimos. Conocí el mundo del blogger leyendo a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel y a mi amiga Copo, que se decía ser una víctima casi perfecta. De ahí conocí a personas maravillosas. A un lobo que era hermano de un monstruo. A una chica con un nombre pequeñito. A Lilith, cuyo relato de los preparativos de su boda me arrancaban de puritita emoción algunas cuantas lágrimas. Y entonces me puse de nombre Mariposa Tecknicolor, y empecé a escribir en este espacio para mitigar mi ansiedad, e iniciar un nuevo camino.

Tuve que haber hecho algo, que en realidad ahora no me acuerdo, para que personas gratas y no gratas de mi pasado, me hayan encontrado en la blogósfera y en el mar de información que emana de la internet. No estuvo mal, de hecho, que comenzaran a leerme. Pero tiempo después, mensajes anónimos comenzaron a llenar la bandeja de comentarios de este espacio.

No estaban mal. Algunos comentarios eran constructivos, otros hacían peticiones sobre temas para escribir, hubo algunos que hacían propuestas... Pero entre ellos, también dejaron comentarios ofensivos y agresivos; hubo personas que me pedían que de inmediato eliminara mi blog o que eliminara algunas entradas porque mi escritura estaba "llena de ficción, fuera de la realidad". Así también llegaron burlas, y descrédito para mis letras. Hubo tres personas que escribieron diciéndose llamar soltero tóxico, pidiéndome cuentas, preguntando quién me creía yo para haberles robado la identidad.

Me cansé de dar explicaciones. Llegó un momento en que me cansé. Quizá eso explique un poco el que me encuentre viviendo otra vez en el mismo lugar, escribiendo sobre mis rodillas, tratando de terminar un trabajo que pareciera que he estado escribiendo durante toda mi vida.

Nunca le di la importancia a esos comentarios de lectores nongratos. Nunca me senté a considerar que tal vez debería dejar de escribir en este blog, con este nombre y con esa foto en mi perfil.

Hubo muchos otros comentarios, muchas personas que construyeron estos relatos con su presencia y con su ausencia. Que con los paseos que me regalaban por la Ciudad, con sus días o con sus noches, llenaron mis ojos de dramas que me permitieron seguir escribiendo. Hubo personas, más de las que puedo mencionar aquí, que alimentaron el otoño para que yo pudiera seguir escribiendo en primavera.

Las calles siempre se ponían de mi parte. ¡Qué me importa si no querían que yo mencionara el lugar exacto de nuestros encuentros! Siempre había una esquina, algún semáforo que se ponía a mi favor con su luz color verde, u otro que jugaba a ser necio con su color rojo, que estaba de mi parte. No me importa que no hayas estado de acuerdo, tú o cualquier otro lector que por morbo, afición o simple ocio, se acercó a esta columna escrita con tanta agua entre las manos.

Hubo un lector, sólo uno, que me escribió diciéndome que era el Rey Sol. Imposible, ese al que tú llamas Rey Sol no existe, le respondí. De hecho lo sabrías, si realmente fueras el Rey Sol que protagoniza mis relatos; a menos que te digas ser Luis XIV de Francia, no hay ninguna posibilidad de que seas mi Rey Sol. Cerré el diálogo.

Durante algunas noches le di vuelta al asunto. El tiempo ya no me alcanzaba para serguir escribiendo como lo había hecho los años pasados, ahora mis prioridades habían cambiado, y de entrada había dejado de fumar y de dormir de día. La Ciudad se convirtió en mi domicilio, en lugar de ser una añorada utopía. El amor se convirtió en una cosa que desconocí, que me asustó y que me hizo correr más de una vez, por conveniencia.

¿Por qué entonces me habían pedido una explicación sobre un post del mes de agosto del 2009? ¿Por qué se atrevía a ponerse el nombre de uno de mis personajes, pidiéndome que eliminara el nombre de su mujer de mi relato? Comencé a enojarme. ¡¿Quién carajos te crees para decirme de qué puedo y no escribir?! -No se lo dije, pero lo pensé.

Tendrías que saber, mi estimado lector ignorante de la sociedad moral mexicana de la primera mitad del siglo XX, que Dolores García Téllez fue la organizadora del Movimiento Familiar Cristiano en Monterrey, y fundadora asimismo de la Unión Neoleonesa de Padres de Familia. De ahí viene el sarcarsmo con el que escribí ese texto. De ahí la burla que hice, a las amigas de mi madre, cuando me criticaron por continuar mi amistad con un maravilloso Rey Sol que nunca existió. También deberás saber, que Andrés Neuman es un escritor argentino, de padres músicos y criado en la península ibérica, con el que no me ha unido nada más que la afición y deleite que he encontrado en su novela. Y que mi amigo el Presidente, me ha llenado de más momentos memorables y felices que ninguna otra persona en esta demarcación, haciendo de sus charlas simplemente, un oasis en mi desierto.

Así, también deberás saber que la mayor parte del tiempo me he sentido marchita. Que hay veces en que estoy segura de que no me voy a volver a enamorar, y que entonces no podré volver a escribir del idílico romance que existía entre el Rey Sol y yo, y entre mi y los ojos azules, y entre un chico que vestía un traje casi perfecto que combinaba a la perfección con sus armoniosas manos. No podré volver a escribir de los solteros tóxicos, porque no pretendo volver a conocer a ninguno jamás.

Tendrás que saber que estoy enojada, molesta, y a veces llena de rabia, porque no podré volver a escribir de todas las cosas que me satisfacían, que me hacían feliz y que me llenaban de maravillosos recuerdos.

Hay veces en las que estoy cansada de seguir aprendiendo día a día, mes con mes. Ya no quiero seguir siendo punto de referencia, ni ninguna histérica histórica que se recuerda cada cosa que sucede como si de eso dependiera su propia vida. De nada significó, es verdad, que yo memorizara cada uno de los detalles que inundaron mis romances, mis relatos y mis encuentros.

Quise hacer de mi misma una escritora, y con mucha satisfacción afirmo que lo intenté. Y que hice de mi misma una mujer con un hábito maravilloso.

No te ofendas, pues, de que haya hecho o no aclaraciones pertinentes. Puedes, por supuesto, seguir acercándote a este espacio para reírte, entretenerte, o simplemente para mitigar tu ansiedad, como yo lo hice cuando decidí adoptar mi maravilloso nombre.

sábado, 20 de agosto de 2011

Por amor, por voluntad...

Mi madre dice que cuando a los once años me fui a mi propia recámara en la casa, y que desde ahí tomé la costumbre de dormir en una cama matrimonial para mi sola, me emancipé para siempre... así, sin más, aprendí a ser libre y a dormir en calzones si así me placía; a no dar cuentas si quería dormir hasta tarde; a despertarme a mitad de la noche a abrir la ventana, tocar el móvil que pendía de la esquina de la habitación, y mirar la luz amarilla de la farola, mientras vaciaba mis palabras en cuadernos cosidos, sin decirle nada a nadie...

Hoy mi madre me recordó que desde hace mucho he disfrutado la soledad, y que debo estar orgullosa de que en este momento de mi vida, estoy cosechando lo que sembré hace varios años con mucho esfuerzo, y que finalmente mis metas están llegando a buen término.

Mi familia es como cualquier otra, atropellada, con un padre ausente que años después vino a hacerse el lugar más importante de mi corazón; con unos hermanos músicospoetasylocos; con una sobreprotección absurda; con una infancia feliz. Somos una familia real, con conflictos, con verdades, con razones y con franquezas. Con decenas de solteros tóxicos que desfilaban en el sofá blanco de mi mamá. Con muchos volkswagens en los que todos aprendimos a manejar.

Quizá sea por esta franqueza y por esta inestabilidad, que nos obligamos -o nos obligaron- a hacernos estables. Estables en la mediocridad, en el oficio sin profesión, en el rockandroll que ya no corresponde. Estables en la ideología, en la personalidad, en el conseguirlo todo, por el todo, con el todo. Estables como sibaritas, como dormir cada noche en el lugar maravilloso que hubiéramos encontrado. Estables como lo es la depresión de invierno, la de soledad.

Estables como perenne es el verde de las hojas a partir de la primavera. Estables como crónica se vuelve la tristeza, luego de muchos veranos sin que deje de salir el sol; como luego de toda la lluvia que se agalopa sobre las ventanas.

Estables e independientes, como si hubiésemos sabido desde chicos que eso nos iba a traer felicidad.

Nunca imaginé que en el momento en el que llegara la vida en pareja de a deveras, esa independencia y estabilidad se convirtieran en un factor de complicación entre un par de personas. Cuando uno está solo, son sólo unos problemas, una sola decisión, una sola respuesta; es el estado de confort más maravilloso que existe, puesto que no hay más que la personalidad propia, las ganas, la voluntad...

Aprendimos a ser leales como la amistad verdadera.
La amistad, como el amor -y en general todas las relaciones humanas-, es resultado de pura y simple voluntad. Uno es amigo de una persona con quien siente empatía, solidaridad, y con quien se crean lazos de cariño simple sin conveniencias, sin obligaciones. Somos amigos y pareja por voluntad, porque queremos estar allí, porque queremos seguir alimentando y cuidando una relación que igualmente alimenta y sana nuestros sentimientos y nuestra alma.

Yo quisiera de verdad, que el corazón nunca más se me rompiera. Que las personas que me han dicho sus votos de amor y de confianza, de amistad y de lealtad, no los rompan y se queden conmigo para siempre. Yo quisiera de verdad, tener todo el tiempo del mundo, y unos recursos inagotables, para estar para siempre con mis amigos, con mi gente, con mis Ojos Verdes. Pero eso no es posible. No se puede andar en la procesión y tocar las campanas, o chiflar y comer pinole.

Le decía hace unos días a los Ojos Verdes que uno no se une a otra persona a través de amenazas, de transacciones, favores u obligación. Yo estoy contigo porque te amo, le dije. Y yo estoy contigo porque me enamoré de ti, me contestó él.

¿Qué pasa entonces entre dos amigos que no tienen más algún canal de comunicación? Estoy, por ejemplo, con la diseñadora de modas, por cariño y solidaridad, complicidad y lealtad, respeto y voluntad; en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad; más allá de los solteros tóxicos y de los empleos de ensueño que nos hacen sentir las mujeres más importantes del mundo, y aún más allá de los periodos de desempleo que nos hagan sentir miserables. Estamos juntas a pesar de más de diez años de relación. Estamos porque queremos estar, y punto.

Creo firmemente que no se puede basar una relación en obligación, en el a fuerzas tengo que dormir contigo, o a fuerzas tengo que ir a verte para tomarme una copa contigo, "...pues ya qué". Tampoco en pedir perdón. No se puede basar una relación en pedir favores, en poner una pistola en la cabeza, o a través del intercambio de tiempo por dinero.

¿Cuál es el límite? ¿Cuánto se tolera regularmente una actitud agresiva proveniente de una amistad? ¿Hasta cuánto, de verdad, se cede con una amistad?

Para bien o para mal, mis padres me dieron tres hermanos mayores con quien aprendí qué significa la amistad, la lealtad y el amor. Ahora pues, puedo decirles a algunas personas que juro solemnemente serles fiel, y puedo también decirle a un hombre que me voy a dormir con él todas las noches porque así es mi voluntad, porque lo siente mi corazón.

viernes, 20 de mayo de 2011

El fin de una era.

No lloré, sorpresivamente no lloré; sólo sentí un nudo en el estómago y mariposas en la panza cerca de doce horas. Luego, una despedida muy breve, palabras que no se dicen, actitudes que se interpretan. Una vida que cabe en 34 cajas, una casa que cabe en un camión, una responsabilidad que cabe en una jaula, y un Starbucks que se pide para llevar.

Luego de la parada técnica, debido a una lavadora que me hará sentir como robotina, la Ciudad de México me dio la bienvenida por el Eje 3 Norte. Entre el volumen que cargábamos, la jaula sobre mis rodillas y la mano de mis ojos verdes que me apretaba muy fuerte, parece que el tiempo nunca pasó, y parece como si hubiera sido un sueño en el que de pronto se despierta para convertirse en lo que se vive.

Del café por la mañana, en el que solíamos hablar de Alfredo Domínguez Muro, sólo quedará escucharlo cada quien es su cada radio. De los aventones en el deportivo azul, sólo quedará el asiento vacío del copiloto, y seguiré manejando a Hans en solitario. La distancia y el congestionamiento, hacen más grande a esta ciudad; ahora sí se nota que yo vivía en el área metropolitana.

Ciudad de rímel pegado en las pestañas, de plantón sobre Bucareli que me hace pensar cada vez más en ti, en mi, en lo que teníamos. En esas partes de la Ciudad que sabemos que están ahí, pero que nunca las hemos recorrido juntos.

De pronto hoy me di cuenta, al verme reflejada en la puerta de este café entre Patriotismo y Revolución, con mis botas vaqueras, mis jeans anchos y mi camiseta que dice Rock! Fullfill the dream!, que eso con lo que tanto soñé de niña, lo veo tangible sobre mi cuerpo, debajo de mi cabello, detrás de mis ojos, a través de mis manos. Espero que tú te sientas tan feliz y orgulloso por mi, como yo lo estoy de mi y de ti, y de nosotros juntos.

Poco a poco fuimos comprendiendo que esto iba a pasar, que era inminente que nos separáramos. Esta despedida se alargó casi tres años, si no es que más. Y mírame ahora: estudiando en la institución que siempre soñé, valiéndome por mí misma, asumiendo mis responsabilidades y tomando mis decisiones. El tiempo pasa, las cosas tenían que fluir, todo siempre pasa.

Esta es una Ciudad nueva, vieja pero nueva, linda e iluminada para mi. Es el principio de muchas cosas, que de pronto son como bocados dulces sobre mi lengua. Un nuevo proceso, junto con un nuevo corte de cabello.

Es el fin de una era papá, de la era de mis depresiones y ansiedades, de mis tristezas y angustias, de mis pésimas decisiones; el fin de la era de los solteros tóxicos, de las vidas perdidas, de los coches que no sirven, de las familias que no están unidas. El fin de la era de los amantes que no llegan, de las personas que se van, de las pastillas que nunca se acaban, del cuerpo bajo de peso, de los zapatos que no me quedan más.

Es la era de la ciudad conmigo, ella en mi y yo en ella. Es el fin de nuestra era de confidentes y mejores amigos, pero ahora tu puedes vernos, y ser feliz con nosotros.

Es el momento en el que, aún con todo este cambio, me siento absolutamente feliz.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Entre ruinas

Si en los escombros de la revolución
creciera el árbol verde del placer,
y las catedrales se cansaran de ser
ruinas del fracaso de dios.
Sabina y Páez, Si volvieran los dragones.


La Ciudad tiene un aire distinto para quien de pronto se da cuenta que vive en ella.

La gente se apodera de las aceras, de los parques, de los botes de basura, pero es buena; en general no hay malicia en los corazones, salvo por las circunstancias de la subida y la caída de los precios.

Las heladerías están siempre abiertas, los cafés de chinos sirven toda la noche, los semáforos no dejan de parpadear. Ciudad de movimiento en bicicleta, Ciudad de trolebús en contrasentido. Autos que se estacionan en cualquier lugar, Hans que de pronto ocupa todas las banquetas. Ciudad de ruinas urbanas, de miseria intelectual, de amor de paga y de unidad habitacional.

Saliendo camino hacia el andador hacia la izquierda hacia el norte, y hacia el final del edificio llego a una plaza de forma cuadrada, donde hay más y más autos. El paso Antonio Caso me permite atravesar el Eje Central Lázaro Cárdenas a pie. Entonces, que es cuando mis ojos se tornan de color verde, tengo frente a mi las ruinas de una civilización derrotada; donde combinadas, se reúnen todas las ruinas que seguimos habitando, en las que seguimos creyendo.

Caigo en la cuenta entonces, de que Joaquín Sabina tenía razón, esta sería otra historia si "las catedrales se cansaran de ser ruinas del fracaso de dios".

Hay una chica del área metropolitana más grande del mundo, que sigue nadando en las mieles de la ciudad. Esa soy yo.

martes, 1 de febrero de 2011

Las personas se apoderan de las aceras.

Me llegó, juro que sin querer -y ahora también quisiera tener párpados en las llemas de mis dedos-, uno de sus últimos trabajos. Sin saber que yo soy su ex mujer, me pidieron una opinión sobre la última edición de este ensayo, en fin, ya decía yo que el mundo es una gran rueda de la fortuna, y ahora con mucha alegría afirmo que arriba me toca estar a mi. También su chica se ha puesto en contacto conmigo, y bueno, él dice que es su chica, ella dice que es su mujer, ella no sabe que yo sé, que él no quiere saber nada, y que de hace ocho años que tengo de conocerlo, ya no queda nada.

Pero el gremio de los historiadores es cerrado, es pequeño, y todo se sabe de todos, en todas partes, de todos lados.

El trabajo, desde el primer párrafo, presenta errores garrafales, terribles, que nunca me imaginé que él, tan escrupuloso como era para criticar, los esté cometiendo. Y bueno... de hecho, ahora recuerdo que nunca tuve en mis manos un trabajo suyo terminado, siempre estaban en construcción, bajo corrección o en comentarios, pero digamos que el señor creía que podría escribir la mejor disertación con el mínimo esfuerzo, en el mínimo tiempo previsto, y con un cronograma inmutable. El señor no tomaba en cuenta que debía tener todo el empeño posible, y que debía dejar de aislarse a sí mismo en los jardines solitarios de la Ciudad, y en los rincones más remotos de su existencia.

Tal y como las contradicciones en las que caía, el trabajo que tuve en mis manos también está lleno de ellas. Los signos de puntuación no correspondían a la narrativa que se proponía desde el título, y él se creía ser el mejor investigador de todos los tiempos, o por lo menos, de la Ciudad de México.

Ahora que puedo leerlo, que puedo hacer un "resumen de actividades post-proyecto", me da gusto haber renunciado a tiempo. A la cima uno no llega solo -él debería saberlo-. Y llegar a la cima cuesta mucho trabajo, se necesita mucho esfuerzo; eso, estoy aprendiéndolo en carne propia.

Y en medio de toda la protesta, de toda la lectura, y de todo lo que conlleva un dictamen o digamos, un fallo a nuestro favor, tal parece que las personas ajenas se apoderan de las aceras.

La Ciudad ya no es la misma, y yo también he cambiado como ella.

Toda la semana pasada soñé con él y con su madre. Estaban apoderados de la Ciudad, y yo no podía dar un paso sin encontrármelos, sin estar envuelta en los juegos que siempre querían jugar. El tipo volvía de lejos, de algún viaje o de siempre (¿me explico?), y venía a decirme como siempre lo hacía, que yo era la mujer de su vida y que no podía vivir sin mi. Llegaba, como la última vez, a decirme que esto era para siempre, que me amaba, que no podía seguir si no lo intentábamos una vez más.

Sentí una angustia que hace mucho no sentía estando dormida, la misma angustia que curiosamente sentí cuando se fue, y que he sentido todas las veces que sueño con él, o que siento que está cerca. También sentí miedo. Tenía miedo de decirle cómo eran las cosas de verdad, y hacia dentro de mi pensaba que era una tranquilidad saber que mis Ojos Verdes estaban junto a mi. Tenía que encontrar el momento justo para decirle que esta es mi banqueta, es mi cuadra, mi manzana entera, toda mi Ciudad, que mis Ojos Verdes la compartían conmigo, y que él debía regresar al lugar de donde venía. Nada era igual.

La señora de pelo de maíz era, como siempre, exigente, falsa, actriz. Tan actriz, que ella no sabía que no era ella. También me daba miedo. Su rostro parecía una máscara rígida, con una dentadura protuberante color amarillo, de dientes animalescos, como de caballo. Esa imagen fue una rara mezcla de la realidad, caricaturizada. Exigente, repito. Había que hacer las cosas como ella decía, no queríamos que se mostrara su toxicidad.

Desperté, gracias, como siempre despierto. Tuve un mal sueño otra vez. Y al arreglarme para salir, y ponerme mis mejores zapatos de tacón, me di cuenta, ya pisando mi Ciudad, que las aceras siguen siendo arrebatadas por muchas personas que no tienen identidad, que sólo quieren pisotear y encima con unos zapatos nefastos -como los de la señora de pelo de maíz-, amorfos, insensibles e irreales.

Debo encontrar la forma de que todos los fantasmas de mi pasado se queden en un lugar. Pensé en un principio que sería en la zona Sur de la Ciudad, hasta que supe que también tengo que regresar a trabajar por allá. Pensé que podrían quedarse en su departamentito sin muebles, lleno de altares sin sentido, que rezan por que los análisis de laboratorio salgan limpios, para poder tener un lugar en la cama de alguien. Nunca imaginé que se llegara a tal nivel de desconfianza. Pedirme una constancia para tener una oportunidad para el amor, hubiera sido más que una de sus enormes ofensas.

Me da miedo pensar en ese espacio sin muebles, con altares y gatos cojos o sin cola rondando los coches de alrededor.

Me da miedo que mis demonios se hayan acostumbrado a pelearse unas cuantas aceras. Me da miedo que mis demonios ya no quieran regresar a su jaula. Sólo esta semana les queda, para seguir paséandose por toda la Ciudad.

jueves, 23 de diciembre de 2010

En torno a un vestido de novia.

Lo mejor de elegir vestidos de novia, es que uno puede sorprenderse hasta de lo que nunca se imaginó: juro que eso que vi en el maniquí, era un vestido de tin-tán.

Lo mejor de elegir vestidos de novia, es que no lo estoy haciendo sola como pensé que sería, sino que los ojos verdes están junto a mi. Hay muchas cosas con las que quiero sorprenderlo, pero no con un vestido que me haga ver como piñata, o como barril, y que la sorpresa no sea agradable. En fin, son muchas cosas, y algunas pueden parecer vanales.

No es fácil. De todos los vestidos que una se puede probar, nunca uno será suficiente, ni será el indicado, ni es el que imaginamos. Falta que termine poniéndome uno como el de mi madre, enorme, largo, con un ensamble encima que despierte muchas tentaciones. O terminaría por comprar aquel antiguo, de quién sabe qué marca, o quién sabe qué estilo, de muchos años atrás.

Planear una boda y elegir un vestido blanco, no ha sido como lo imaginé. No tiene ningún parecido a mi realidad, ni a los planes que tenía en mente.

Me he llenado de sorpresas, y también me he llenado de amor. Ni siquiera el hecho de hacerlo oficial ha sido como me lo esperaba; la reacción de la gente, las lágrimas de algunos, las risas de otros, el nerviosismo de todos. Todo está de cabeza, uno nunca está listo para comprometerse, ni para comenzar una nueva vida, o siquiera estamos listos para terminar todos los pendientes.

No estoy segura de que en otras circunstancias esto hubiera sido distinto.

Estas mierdas de "qué hubiera pasado si" ahora resulta que están de moda. Resulta que es válido inferir qué hubiera pasado con algún hecho histórico, si las circunstancias hubieran sido distintas.

Lo mejor de elegir un vestido de novia, son las opciones que existen de tener varios vestidos para un sólo día, el que será mi día.

En torno a un vestido de novia, está lo maravilloso de haber visto la cara de las chicas cuando me lo vieron puesto. Un ejemplar que no me esperaba. La cara de la vendedora, la emoción de la chica que sostenía el espejo para que me lo viera por detrás.

Cuando lo recibí, envuelto en una bolsa de plástico, me hice como si nada, no, ya sabes... uno que es una piedra, que no importa que sólo en ese local se crea todavía en el amor. Salí, di la vuelta, caminé hacia Hans. En torno a un vestido de novia, están también las lágrimas que no pude contener más.

Yo te prometo que no sabía como era, pero para mi así fue.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Día a día

Todos los días libro una batalla conmigo misma. Todos los días intento ser mejor persona. Al paso del tiempo me volví una guerrera; aprendí a ganar y a veces a perder esas batallas con mi pasado, con lo vivido, con los recuerdos.

Todos los días libro una batalla con la ansiedad. A veces acepto y comprendo que vino para quedarse, que vive en mi. Ella es amable la mayor parte del tiempo, me deja pensar, me deja escribir, me deja tener una vida. A veces no me deja dormir, y entonces odio estar muerta de frío en la noche, o me gusta quedarme despierta mientras los ojos verdes me miran escribir.

Pero como todas las batallas, a veces se pierde.

Hace dos días que no le pude ganar. Luego de tantas cosas que hay que solucionar, que hay que decidir, dilucidar, reflexionar, dar para sí, para mi, y para todos... me di por vencida. No fue como las últimas veces había sido, ahora estuve batallando mucho tiempo, la estuve reprimiendo, la semana pasada quiso hacerme explotar y me negué, preferí reportarme enferma y ganar un poco de horas de sueño, comer mejor, comenzar con una dieta más decente. Pero hay veces en que me canso de luchar.

Y aquí voy otra vez, al remedio dentro de un mini frasquito de vidrio, que nadie puede ver, que nadie puede oler, pero que yo sé que viene dentro de mi, y dentro de mi bolso de charol color negro. Y aquí voy otra vez, a llorar y llorar y llorar parada en una banqueta, a perder la ubicación de donde estoy, a no saber qué es lo que tengo que escribir para mañana. A llorar mientras manejo mi coche sin saber a donde voy, sobre una vía rápida, o esperando semáforos en verde.

Aquí voy. A quedar al descubierto frente a las personas que más amo, frente a las personas que no me conocen, frente al médico que no puede creer que haya ganado seis kilos en nueve meses.

Todos los días lucho por ser una mejor persona, no importa no saber qué es lo que tengo que escribir mañana, porque una vez más lo intentaré.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

JURAMENTO DE AUTOESTIMA

Hey, psst, cht chtt, Mariposa, ¿por qué te deprimes? ¡Si por primera vez en muchos años, esta navidad vendrá con las mejores cosas del mundo, un hombre que te ama y un proyecto para el futuro!
Sí, tu familia es sumamente difícil, pero... ¿qué familia no lo es? Tus amigos, por el contrario, cada que lo necesitas te sacan a flote, y a ellos les debes mucho, por eso no te debes dejar caer.
Y bueno, es verdad que a veces no quieres levantarte de la cama, no te bañas en varios días, y comes como troglodita... pero aún con eso, los lazos que creas siempre son de amor, con tus amigas te une el amor, y el chico al que amas está dispuesto a recibirlo todo.
Eres muy inteligente, prueba de ello es la plaza de posgrado que estás ocupando ahora, y no debes dudar ni titubear al dar a conocer tu opinión, y al defender tu punto de vista.
Nadie dijo que sería fácil, pero por eso no estás sola. Quieres, te quieres, y te quieren.
¡A vivir la vida! Que es una sola, y aún con eso, todo empieza siempre una vez más...

Sacúdete la ansiedad, y grita ¡Feliz Navidad y próspero año nuevo!

lunes, 22 de noviembre de 2010

Soy lo que quise ser.

Ahí estaba la Barbie novia, la modelo, la corredora de coches, la veterinaria de la selva que cura pandas y koalas, la que vive en la playa y se llama algo así como Malibú, Hawaii o Bora Bora. Pero de pronto, mis ojos siguieron explorando el anaquel de la juguetería, y ya no vieron muñequitas rubias, sino al mismísimo Jesucristo dentro de una cajita de cartón.

Ya sabes, al borde de la quinta chilla, a punto de mandar a la fregada la frase de "sé lo que quieras ser" o "¿qué quieres ser hoy?", Jesucristo vestido como la iconografía lo ha descrito, me hizo darle un giro a toda esta interpretación de capitalismo del siglo veintiuno, en mi visita más bizarra a un supermercado.

Yo fui una niña Barbie y algunas veces lo sigo siendo, como cuando moría por tener en mi colección la réplica que Mattel sacó el año pasado de la Barbie original de 1959. O como cuando moría por tener la Barbie con su colección de zapatos que el Rey Sol me regaló una vez. Sigo siendo una niña Barbie, porque dentro de la más dura exigencia académica, me sigo presentando al posgrado con mi montón de libros, la disertación más confusa que nunca en mi vida había hecho, mis botines de tacón, y un starbucks en la mano izquierda.

No ha sido fácil defender mis propuestas ni mis calificaciones. No ha sido fácil mostrar de una sola vez cuál es mi personalidad. Muchas cosas que nos hacen sentir como en un gran big brother, cuando menos te das cuenta te intimidan. No es sencillo presentarse frente a gente que no te conoce, con una nueva propuesta de investigación que nadie se hubiera imaginado, que ahora resulta que revolucionaría hasta a la más radical vieja guardia de cualquier institución.

Fui una niña Barbie, y a veces quisiera que eso imperara en mi estilo de vida, más que la historiografía misma.

Si, según la filosofía Barbie, uno puede "ser lo que quiere ser", ¿por qué shit la Barbie nunca quiso ser escritora, doctora en Humanidades o historiadora? ¿En qué momento se me movió el switch? ¿Cuándo vi en algún fotocuento la historia de una Barbie al estilo Indiana Jones? Que yo me acuerde, nunca. El argumento de esas historietas era la fiesta en el club, o la despedida de soltera de una amiga de Barbie, o una fiesta en el salón de juegos de un kinder, ahhh por que eso sí, la Barbie siempre ha tenido tiempo de hacer obras de caridad, beneficiencia pública, y vestir al último grito de la moda.

La semana pasada, que me encontré al editor de la revista en la biblioteca, que alguna vez me invitó a salir, me dijo muy serio: "Mariposa, acuérdate que no se puede hacer todo al mismo tiempo". Y nada más porque estábamos en un recinto en silencio no le grité "¡y por qué carajos hay mujeres que han podido ser todo y hacer todo al mismo tiempo!" No se lo grité, pero lo pensé, y seamos sinceros, es verdad. Hay mujeres que lo siguen haciendo.

Dilucidar entre escribir las tarjetas Hallmark o seguir con la carrera de Historia, es cosa seria. Quizá no se entienda a la primera, pero de veras que causa mucho conflicto.

Ayer Cristina me decía que el destino no estaba escrito, que nosotras lo ibamos escribiendo. Y bueno, la Barbie tiene un destino escrito a través del márketing que registra un publicista, y se ve muy feliz, y sigue siendo espectacular, y tiene un gran clóset. ¿Y yo? ¿Te acuerdas cuando salías con el publicista, que te decía que escribieras y escribieras y que él se encargaría de llevarte a la cima en las obras de divulgación? Bueno pues elegiste otro destino Mariposa Tecknicolor, siempre más complicado que venir calzada con tacones en una cajita de cartón.

martes, 9 de noviembre de 2010

Viniste a mi vida a hacerme feliz

Eran las diecisiete con quince cuando tomé Periférico Norte a la altura de San Antonio. Sorprendentemente estaba muy fluido, me metí a carriles centrales en la primera oportunidad, y seguí manejando mientras escuchaba a Alizée a través del audífono izquierdo.

No sé qué es lo que tienen estos días, estos fríos, este calor que no se me quita de adentro. Todo me parece tan nostálgico, a veces todo me conmeve tanto... La música fue la gota que derramó el vaso, y haber visto el inicio de la puesta de sol sobre Periférico, terminó por darle el toque final.

Lloré sin darme cuenta, hasta que las lágrimas me empañaron los lentes de sol. Pensé que de todas formas, como sea, era un día muy bonito como para llegar a guardarme a la casa cuando todavía quedaba tiempo para disfrutarse. El congestionamiento de la lateral de Periférico a la altura de Echegaray me pudo volver loca. Luego, al estar llegando a la Facultad supe que debía entrar a llenarme otra vez de lo que me llenó la Universidad.

Le llamé a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel. Le dije que estaba buscándole un lugar a Hans en el estacionamiento, y que iba para su Colegio, a platicar. Se puso muy contento, me dio muchísimo gusto escucharlo y saber que lo iba a ver.

Entonces recordé que en estos momentos, justo hace un año, jamás me hubiera imaginado que mi vida fuera a cambiar como lo hizo. Yo era una chica triste, lo acepto. Sí, siempre he sido optimista ante el amor y ante la familia que he elegido, pero me sentía muy sola; date cuenta pues, que ahora podemos platicar, que de verdad estaba muy sola.

Pero el 9 de noviembre conocí a personas maravillosas. El último regalo que recibí de esas manos largas, fue un empleo que otra vez me mandó a las nubes, que me hizo dejarme llevar, que hizo que dejara de pensar en todo lo que me afligía, y que en el fondo me hizo olvidarme de tanta soledad.

El cenit de mis malas decisiones y de mi ansiedad por buscar una compañía que por lo menos me hiciera reír dos veces por semana, tuvo lugar a finales del 2009. Eso, como puedes ver, ya lo olvidé y ni siquiera me di cuenta. No recuerdo fechas exactas, ni historias encontradas en las calles de esta ciudad. Sólo me acuerdo de mi, de las pésimas fiestas decembrinas, y de que para mí el año nuevo sí trajo una vida nueva.

Personas maravillosas llegaron a mi vida el 9 de noviembre. Llegaron a mi vida amigos maravillosos, una nueva familia que se ha gestado desde esos días. Noches locas en la ciudad, días de cine, de escritos interminables que se logran sobre una mesa de cryztal. Sabios consejos, cafeteras rebosantes que no siempre saben bien, mamuts a las cinco de la tarde para el monchi vespertino, una copa de whisky con soda los jueves por la tarde, estrés inmesurable completamente controlable, noches de grúa porque Hans ya no quería andar.

Historias de noches estrelladas que se cuentan desde el piso de parquet. Frío, mucho frío. Calor que proviene de los calefones de gas. Un sillón azul, que pronto estará en nuestra casa.

Obtuve mi grado profesional. Concursé para una plaza de posgrado, la obtuve justo cuando pensé que no podría más.

Luego, dejé de recordar, y vi de lejos a mi amigo el Presidente. Caminé hacia él y nos dimos un abrazo fuerte y lleno de risas. Comenzamos a caminar. Fuimos por café, a platicar para ponernos al corriente.

La ansiedad de venir manejando con todo este cansancio encima, de pronto comenzó a disiparse. El Presidente me llenó de regalos, muchos que me hicieron sonreír. Y entonces me di cuenta, tanto que deseé, tanto que busqué, tanto que soñé con que nada más haría falta, y todo sucede, todo vuelve a empezar. Me siento muy bien. Es real.

Y tu, ojitos verdes, viniste a mi vida a hacerme feliz.

martes, 12 de octubre de 2010

Saldo: una espalda contracturada.

Ya no tengo a quién platicarle ciertos secretos que a veces urgen salir de mi garganta, de la jaula de mis demonios, de mi corazón.

Antes, sin pensarlo mucho, otros chicos o el mismo Rey Sol, me decían que bebiera lo que fuera suficiente, lo que yo necesitara, que tomara lo que quisiera tomar, que probara todo lo que se me antojara... ahora mis ojos verdes insisten en que debo dejar de tomar cualquier tipo de medicamentos que a veces ni siquiera sé para qué son.

De esta contractura muscular que tengo ahorita, que tuve ayer muy fuerte, no tengo a quien contarle la verdadera razón de mi mejoría, el remedio que tengo siempre bajo la manga, o guardado dentro de un frasco de cristal.

A veces mi vida cambia tan rápido, que me cuesta trabajo darme cuenta de hacia dónde va este camino, estas vías de tren y nuestros caminos paralelos.

Compromiso. Commitment.
Nunca me imaginé que conocer a mi familia política me hiciera tan feliz. En algún momento pensé -debo confesarlo-, que la experiencia iba a ser como las anteriores, que mi familia política no tenía por qué venir a donde vivo, a conocer a mi gato, o a compartir conmigo. Pero la vida, con todas estas sorpresas fabulosas que nos tiene preparadas, me ha hecho cambiar de opinión.

Luego de las pésimas experiencias que tuve al convivir con las familias de los chicos con los que salí, ¿qué podía esperar? ¿De plano fue tan malo tirarme al drama y pensar que otra vez sería una película de terror? Pero a ver, intentemos ser objetivos y pensemos, cómo demonios no me iba a sentir tan insegura, si alguna vez me sucedió que el padre más tóxico de un soltero tóxico habló mal de mi en mi entorno profesional, y me negó rotundamente llenándome de malas referencias, a lo que mi jefa sólo respondió: "la vida nos pone a cada uno en nuestro lugar, y nos da lo que nos merecemos".

Y además, cómo shit no me iba a estresar, si otra vez, la toxicgranma de otro soltero tóxico, se atrevió a decirme en el living de su casa: "niña, tienes que saber que siempre será mejor opción un aborto a tiempo, que un error del que te arrepientas toda tu vida".

Wow. Shit. Pero yo no sé cómo pude seguir respirando luego de tanta presión.

Ay pero aquí les va la mejor, tan soez y tan falta de clase, que risa me da acordarme de cómo fue. La señora de pelo de maiz se atrevió a decirme que seguramente yo quería formalizar con su hijo no por amor, sino porque no tenía donde vivir, no tenía dinero o estaba esperando un bebé que no le constaba que fuera de su pichoncito. Re shiiiiit. Y ya no voy a seguir redactando, porque verdaderamente que he tenido experiencias mierdas en esto de las familias políticas.

Pero el amor es la verdad. El amor es real. El amor da muchas oportunidades. El amor vino a inundarme, me hizo feliz, me hizo querer vivir otra vez, y me rebasó con sus demostraciones maravillosas. Esta vez, el amor es oficial.

Los ojos verdes me han llenado de primeras veces, me han enseñado a mirar la vida diferente. Me han enseñado a mitigar dolores con otras fórmulas, a conciliar el sueño llena de besos, sólo con la luz de su computadora encendida.

Mi familia política es hermosa, y poco a poco se ha comenzado a convertir en mi verdadera familia. Estoy muy contenta, pero debo confesar que la entrega de avance de trabajo final, el ensayo semanal, las lecturas diarias, y la búsqueda de la perfección en una comida sabatina, me dejaron el saldo de: una espalda contracturada, dos noches maravillosas que implicaron dormir con los pies calientitos, un primer rastreo de vestidos lindos, desayuno, comida y merienda en la misma casa (¡yupi!), y haber caído en cuenta de golpe -y mientras nos comíamos un helado de yogurt-, que el otoño ya llegó a nuestro año 2010.

El remedio que utilicé para combatir mi enfermedad es inconfesable. Muchos tés, muchas horas de sueño, algunos robaxifenes, las llamadas de los ojos verdes...

Ya no tengo a quién contarle los secretos de las pastillas que tomaba sin necesitarlas, porque estoy haciendo el intento por dejarlas, porque ahora tengo una razón de peso para hacerlo, porque no importa qué tan severa sea la contractura muscular o la crisis de ansiedad, el chico está conmigo y yo quiero saber qué se siente vivir sin tantos analgésicos.

lunes, 11 de octubre de 2010

¿Dónde estaban mis ojos verdes?

Hacía mucho tiempo que no tenía un sueño de terror, y esta noche lo tuve. Fue una pesadilla rara, quizá un sin sentido, pero me dio muchísimo miedo.

Soñé que me casaba con el soltero tóxico. Que pasaba todo lo que pasó, igualito, con todo y el hermano que a la mera hora sí quería ser hermano, y con la señora de cabello de maíz.

Yo venía sentada en el asiento de atrás de un coche negro, con un vestido blanco de fiesta, de muchos listones color lavanda, me acuerdo que me preocupaba que no trajera crinolina porque el vestido se me aplastaba.

Volteaba a la ventanilla, y veía venir al soltero tóxico vestido de traje, con la corbata desamarrada, y bebiendo, ¡qué raro! Venía con el dichoso hermano y otro hombre que no me acuerdo quién era. Caminaba junto al coche en el que yo venía y pasaba de largo, no me veía o no se quería detener; yo tenía la sensación de que no había querido detenerse.

Me daba mucho miedo que me fuera a dejar plantada en el altar, ah porque además, he de decirles que me iba a casar por la iglesia en una boda comunitaria. Algo me causaba ver a las otras novias alrededor mío, ellas acompañadas, muy felices e ilusionadas, y yo, sumamente angustiada, por mi lado, y el sotero tóxico por el suyo. Cuando yo lo veía pasar a un lado de mi auto, sentía cierto alivio porque ya había llegado, y entonces yo me bajaba del coche, me levantaba la falda de mi vestido, y me iba caminando a la entrada de la iglesia.

Me casaba, así, sin más. Me acuerdo de mi hermana y de mi papá, estaban también mis amigos y muchas personas de mi familia. Yo estaba triste, me sentía muy angustiada, y no había ninguna persona que lo fuera a acompañar a él.

Salíamos de la iglesia y él se iba, me dejaba ahí parada. Yo me levantaba otra vez la falda de mi vestido y comenzaba a caminar, y los listones color lavanda se comenzaban a arrastrar en el pavimento. Me veía mi anillo de casada y pensaba que todo había sido un error gravísimo, que me había equivocado otra vez, que cómo demonios había aceptado casarme con él si me había tratado tan mal y había faltado a sus promesas y se había burlado de mis planes. Comenzaba a llorar y me iba caminando por la calle.

Vestida de novia, llegaba a unos escaparates de unas tiendas de zapatos. Veía muchos zapatos, botas, sandalias, tacones de colores, y entonces me ponía feliz.

Llegaba a un departamento de alfombra color hueso, muy bonito, con elevador. Ahí tomaba yo mi móvil, que me acuerdo perfectamente que era una blackberry color negro, y le llamaba, marcaba su teléfono de memoria, y lo que más miedo me dio ¡es que me acordé del puto número! O sea, llevo meses perdiendo datos en mi cabeza, y en una noche todo regresó. Total que me respondía el afamado hermano, me decía que ese no era el número del chico tóxico, que él se había ido de la Ciudad, y que ni modo, pero no podía estar conmigo en esos momentos.

De pronto, el tóxico descolgaba la otra bocina del teléfono, me decía ¿hola, Mariposa? Y yo comenzaba a llorar, y en lugar de reclamarle nada, le decía que iba a estar en mi departamento, por si quería venir a verme. No me decía nada más. Yo pensaba que había sido todo un gran error porque el chico de pronto había vuelto para pedirme que me casara con él, pero yo ya no lo amaba, entonces ¿por qué le había dicho que sí, si yo tenía una pareja maravillosa y amorosa? ¡Y era cierto! ¿Dónde estaba mi novio?

Comenzaba una búsqueda desenfrenada para dar con mis ojos verdes, y no los podía encontrar, maldita sea, yo me acordaba de ellos, de que eramos muy felices, y de pronto no aparecían más y yo estaba haciendo puras estupideces. Hablaba con mis amigos, con mi hermana, con mi papá, y nadie me sabía dar razón de los ojos verdes, eran un hermoso recuerdo en mi cabeza, pero resultaba que ¡yo no los había conocido todavía!

Comencé a llorar y me desperté.

Fui a tomar un Starbucks donde la bebida caliente de otra persona me cayó encima, en lugar de hacer corajes, mi padre y yo nos reímos mucho. Regresé a casa. De pronto me acordé del sueño, y me dio mucha tristeza. Los ojos verdes están trabajando, muy ocupados como siempre, quiero hablar con ellos.

Pienso que el sueño sí sucedió, en el sentido de que cuando todo pasó, los ojos verdes todavía no llegaban a mi vida. Lo dramático de todo esto, es que yo me acordaba que estaban conmigo, pero nadie me sabía dar razón de ellos.

La vida nos tiene preparadas cosas maravillosas, personas maravillosas que vienen a hacernos el camino feliz, ameno, completamente pleno. La vida me tenía guardado a un hombre maravilloso, que vino a que el amor se hiciera.

No importa todo lo que sueñe o no sueñe, o si sigo viviendo en la misma Ciudad. Hay personas que se borran de la memoria para siempre, que sólo cuando está abierto mi subconsciente pueden aparecer; pero las reales, las que abrazo todas las noches para dormir, las que me llenan de besos por las manañas, las que me dicen que me aman tanto como las amo yo, no se irán a vivir al país de los sueños nunca.

martes, 17 de agosto de 2010

¿Qué es una mentira?

No sé en qué momento pasaron siete meses. Mañana justo los cumplo de tener un poco de estabilidad. He conocido a personas maravillosas, de esas que nos hacen olvidar que hubo experiencias desafortunadas en la vida. He hecho nuevos amigos, he comenzado a confiar en la gente, y me di cuenta de que hay personas que no valen la pena.

Mi mejor amigo ya no fue más mi mejor amigo.
Tengo más deudas de las que tenía, y a veces me siento más sola de como estaba. Creo que me venía mejor la soledad, que sentirla estando acompañada.

Iba a escribir una carta de amor, pero la verdad es que ya se me olvidó cómo son esas.

Todavía no puedo entender que las personas mientan así como si se hablara de cualquier cosa. Digo todavía, porque quizá en algún momento pueda llegar a entenderlo. También me refiero no sólo a las mentiras, sino a las palabras, ¿qué pasa cuando una persona nos da su palabra y vuelve a faltar en ella? ¿Qué pasa cuando oculta las cosas porque teme que nos enojemos, cuando ni siquiera sabemos de qué se trata?

Me siento muy triste. El día comenzó gris, no pude dormir, tengo unas ojeras tamaño infierno y un nudo en la garganta que no se me quita para nada. Mi desempeño no es el mismo, mi concentración tampoco, hasta se me ha quitado el apetito.

Me da mucha tristeza que se me oculten las cosas. Lo hace mi madre, lo hacen las personas que no están interesadas en mi, y me da muchísmo miedo que lo haga el chico que me ha robado el aliento. No sé qué hacer, demonios. Ya estoy en el mismo punto en el que empecé, con las mismas lágrimas atoradas porque no sé siquiera si debería sacarlas. No sé qué hacer.

Una vez le pregunté al Rey Sol que cuál era el motivo para que un hombre siguiera siendo infiel, a lo que me respondió sin reparos: "¿que sea hombre?" No pues bonita la cosa me salió, digo, por ser mujer.

Entonces, ¿todos los hombres, de alguna u otra forma, hacen lo mismo?

domingo, 15 de agosto de 2010

Todo inicia, me haces falta.

Se acaba el fin de semana, yo regreso a mi casa, tu regresas a la tuya, como sea comenzamos un nuevo día el uno sin el otro, los ojos sin verse, la piel sin olerse, las ganas que se quedan allá, mi alma que sabe que anda con la tuya.

No está mal. A ti te espera la oficina, a mi me espera el Instituto. Todo vuelve a la marcha.

Mi vestido azul huele a tu cocina, y puedo identificar que al olorcillo maravilloso que se queda entre las cortinas. Mis botas de cordones se mojan por dentro, ¿por qué eso sucede justo cuando voy a verte, lo que te permite secarme los pies y ponerme otros calcetines?

Algunas de tus prendas se vienen conmigo, otras prefieren quedarse sobre mi piel como si siempre hubieran vivido ahí. Esos pantalones de mezclilla que ahora usaré con tacones de charol, y las zapatillas de lona que me encanta usar con tus pantalones deportivos y la sudadera color gris. Todo es tuyo, todo siento que es mío, ahora me hace sentir bien.

Y llego a discutir lo que verdaderamente no me compete. Llego a mi cama, perfectamente tendida, que parece como si fuera de cuarto de hotel, a inventarme cosas que hacer; a pensar qué me voy a poner mañana, cómo me voy a arreglar el pelo debajo de esta boina color púrpura que me regalaste hoy por la tarde.

Regreso a la maravillosa soledad de grillos que cantan detrás de las paredes, de un gato que me mira desde la esquina de mi tocador, o que camina y se echa a un lado de mi computadora. Vuelvo para revivir las líneas muertas que dejé, los textos a medias que tengo que terminar, los pendientes revueltos e interminables que siempre olvido cómo resolver.

Luego lunes, quizá martes, miércoles que vendrá, y jueves que me dará suerte para la Teoría de la Historia. El viernes, si tengo oportunidad, dormiré hasta tarde. Seguro el sábado, podré volverte a ver.

Carajo, es apenas el inicio, y ya me haces falta.

jueves, 6 de mayo de 2010

(Oficialmente) Un problema nacional.

Cuando estás destinado a tomar una pastilla diaria por el resto de tu vida, supongo que las cosas se ven más fáciles o están un poco aseguradas; aún más, si de esa pastilla depende un bienestar físico o emocional.

El problema viene cuando esas pastillas se terminan, se vence la receta, no se puede conseguir dicha receta, o las pastillas están agotadas.

Problema mayúsculo resulta si pasado el tiempo, ya no es necesario tomar la aspirinita o dicha medicina, pero uno ya está acostumbrado a vivir con ella. ¡Pero qué va! ¿Qué estoy diciendo? Entonces sí sigue siendo necesario tomarla, y así nos vamos... de por vida, con una pastilla que asegure un bienestar.

No debe ser fácil, pero tampoco muy difícil. Es como cuando se dice que "contigo soy mejor persona", me parece que tiene el mismo significado "con las pastillas funciono diferente".

Y ahora, curiosamente, la epidemia se ha hecho oficial, y entonces los medicamentos se agotan, en las farmacias no aceptan más las recetas, hay lista de espera para adquirirlos, y las personas se presionan mutuamente para dejar de consumirlas. No lo entiendo. "Espero que sea el último frasco que consumes, Mariposa". Como si uno fuera un drogadicto, como si nos dieran permiso para serlo; como si oficialmente, ante la sociedad o ante la ley, se nos colgara esa etiqueta, como muchas otras se nos cuelgan sin darnos cuenta.

Vaya tema este, el de los medicamentos.

¿Y si encima, quien las consume, luego no puede mantener esa prescripción? Problema doblemente mayúsculo, y sería entonces cuando se convierta en un problema nacional.

domingo, 18 de abril de 2010

La manicura francesa.

En realidad yo no sé cómo son las relaciones entre madre e hija. No lo sé, no porque no tenga a mi madre conmigo, sino porque quizá tenga que ser madre de otra mujer para saberlo.

Hace mucho que la relación entre mi madre y yo cambió. No sé si para bien, no sé siquiera si debo escribir sobre esto. Tampoco sé si para mal. No me consta si es normal. Simplemente mi madre y yo, de pronto pareció que hablábamos lenguajes diferentes.

Las cosas, de repente, como un huracán de emociones o como una avalancha de toma de decisiones, han llegado en los últimos meses a cambiar mis panoramas, a hacerme dejar de ver el horizonte vertical. También las cosas con mi madre han cambiado, y supongo que eso es lo que me hace tener un poco más de tranquilidad.

A veces la extraño mucho. Es una mujer con muchas cosas que hacer, es una buena compañía y por eso la extraño y por eso a pesar de tenerla cerca, a veces la siento muy lejos. Con María se lleva muy bien, platican por horas y horas y se entienden a la perfección. Conmigo es distinto. Solemos discutir, solemos tener puntos de vista dispares, vemos la vida desde diferentes filosofías y con diversas opciones. Poco a poco ha entendido que crecí, y yo voy entendiendo que ella se hace mayor.

Suele viajar mucho, a veces lejos, a veces cerca. A veces son viajes relámpago, a veces se va por tiempo indefinido pero después regresa. Otras, las más, yo no logro comprender que aún cuando su vida es sumamente dinámica, ella desee quedarse quieta. Para mi, lo que es es, lo que parece es, y simplemente es una toma de decisión -según nuestros intereses-, lo que hace que las cosas sucedan.

Trata de tender puentes hacia la vida que llevo, hacia la vida que tenemos juntas. Esos puentes nos han acercado, aún cuando nosotras ya no somos las mismas.

La semana pasada una sesión de manicura hizo que riéramos a carcajadas. Hacía mucho tiempo que no pasábamos un par de horas juntas, platicando de las noticias, de nuestras amistades, de nuestros proyectos o de cualquier cosa, sin discutir. Me preguntó que cómo tenía las uñas, le dije que como siempre, gachas, frágiles y los dedos agrietados y cansados. A ella también se le cansan. Son distintas las cosas que hacemos, nuestras manos reflejan mucho de nuestra personalidad, y me da mucha alegría que a pesar de eso, cuando miro ahora mis manos, parece que estoy mirando las de ella.

Me dijo que por su cuenta correría la manicura. Fuimos al primer salón, donde no nos pudieron atender. Fuimos al segundo, y encontramos nuestro lugar. Sentí, que a través de esa pequeña preocupación por los dedos de mis manos, mi madre volcó otra vez su cariño hacia mis intereses, mis cosas, mis historias, mis proyectos y mi salud.

Por fin me sentí otra vez en casa, hablándole como lo hacíamos antes de que estos últimos dieciséis meses comenzaran. Somos buenas amigas, ahora lo recuerdo. No todo es tan malo, no siempre nos llevamos mal, ni siempre discutimos por estas cosas. Fue muy agradable sentir esta conexión, que nos hizo estar contentas por las personas que han aparecido y nos han hecho pensar "qué sucederá si..."

Confieso, sí, una vez más, que no siempre entiende lo que significa escribir, que no sabe lo que siento cuando no logro identificar un dolor que se mueve por mi cuerpo y que no sé dónde va a parar. Pero de pronto algo ha ocurrido, confieso -y no me cansaré de hacerlo-, que esta avalancha de alegrías y de emociones que ha llegado a mi vida, me ha hecho tener paciencia para las cosas que creí que no se podían modificar.

Ella no va a cambiar, yo tampoco. Yo la amo tal como es, me hace mucha falta tenerla todas las noches, platicar con ella en las sobremesas, hablarle por el móvil para preguntarle como está; y de pronto, mirar otras relaciones de madres con hijos, me ha enseñado que siempre tengo otra oportunidad.

Paciencia, tolerancia. Qué más dá si no me entiende cuando sé perfectamente lo que tengo que decir o escribir, pero prefiero quedarme callada. Qué más dá si no sabe cómo es la angustia que uno siente cuando la página sigue en blanco, cuando la mente está cansada, cuando no se puede dormir de noche más que de día. Una manicura, o alguna salida de compras, o una plática de mujeres, ahora sé que nos puede acercar.

Confianza. Llegué a creer que no confiaba en mi. Y aunque no me siento lista para sacar ahora una conclusión, estoy segura de que puedo recuperar la imagen que tenía de mi. Me ha dicho que no le gusta verme sufrir, que no desea volver a verme llorar. Aún cuando no sabe qué es lo que se hace cuando esas cosas pasan, ahora me doy cuenta de que se esfuerza porque las cosas pasen.

Me gusta que volvamos a ser amigas, más que lo hija o lo mamá que somos, más allá de las preocupaciones que tengo de ella, por su salud, por su bienestar, por su patrimonio. Me gusta que una manicura francesa nos haya acercado, que hayamos decidido los diseños la una para la otra, el café que queríamos beber; me alegra que ella pueda hacer a un lado sus compromisos, para venir a comer conmigo a las tres de la tarde.

Deseo que las cosas se queden así. Deseo que se note que aprendo las mejores cosas de las personas, que tomo las experiencias que me hacen ser mejor, que no me canso de volverlo a intentar, de seguir adelante.

Me gusta ver cómo el chico, al borde de la pérdida de la paciencia absoluta, le responda a su madre: "si mamá, ahí voy". Me gusta saber que pongan de su parte, que lleven una buena relación en términos generales, que se tengan confianza entre ellos y se procuren. Me gusta que me hayan invitado a salir con ellos, a aprender de ellos, a convivir con ellos. Me siento contenta.

Es como si llenara mi libreta de notas, y viniera a aplicar todos esos conceptos a mi vida en casa, con la familia con quienes comparto mis venas.

Definitivamente, comienzan a caerme bien los domingos.

viernes, 9 de abril de 2010

Es un Alfa Romeo

El lunes por la mañana, me salí de bañar justo cuando comenzaba en la radio el comentario de deportes con mi periodista favorito: Alfredo Domínguez Muro. Debo confesar que de deportes sé muy poco, sé lo que mi papá me cuenta, lo que me comparte y lo que hace que ríamos por horas y horas. A mi padre también le gusta escuchar a Domínguez Muro, pero en otra frecuencia y como veinte minutos más tarde.

Total que entre que le ponía atención, y escogía los zapatos que me debía poner con el vestidito de flores que ahora me queda fabuloso, escuché que comentó la noticia de que Fernando Alonso ganó la Fórmula 1 con Ferrari. Decía que era un sueño hecho realidad para este chico, que siendo tan joven, haya participado por primera vez con esta scuderia y que era de mucha alegría que ganara el primer lugar, la primera vez, de las primeras veces.

Una vez más, una historia de primeras veces.

Cuando estudiaba en la Universidad, y las chicas y yo hablábamos de los chicos tóxicos, de los no tan tóxicos y de los que eran nuestras parejas, deduje que había una clase de chico que se definía tal como Alfa Romeo. "¿Por qué?" -me preguntaba una muy insistentemente, a lo que yo siempre le respondía: "porque es un chico que no existe". Un Alfa Romeo es un coche tan exquisito, que no existe; es un coche que se creó para el que disfruta, para quien quiere correr pero quiere lujo, para quienes saben lo que significa lo que un Alfa Romeo es.

Los solteros tóxicos son una rara especie, difícil de poner en peligro de extinción. Ilusa yo, que creí que con una buena actitud, todos ellos desaparecerían de mi vida. Pero no fue así. Y a cambio, como la vida es dulce y te pone siempre enfrente un caramelo para devorar, han llegado varios tipos de Alfa Romeos para que yo escriba sobre ellos.

Un Alfa Romeo puede ser completamente guapo, perfecto, casi hecho a mano. Ahh, pero a cambio quizá no tenga conversación, ni siquiera hace falta que hable, porque es tan perfecto, que no importa que de su boca salgan sandeces o sinsentidos.

Por el contrario, un Alfa Romeo puede ser completamente culto, exquisito en sus modales, en su trato, puede ser todo un caballero. (Ejem, ejem) pero a cambio quizá no sea tan guapo, quizá sea más bajito que yo, o mucho mayor, o a pesar de tener muchas cosas en común, no tengamos química.

Así pues, el Alfa Romeo que todas queremos conducir, el que verdaderamente es el que no existe -o que pensamos que no existe hasta que aparece-, es el que te quita el aliento, el que no importa de qué hable o a qué se dedique; que no importa si te saca más de 30 centímetros de estatura o es calvo, o es divorciado, o viene simplemente a hacerte reír.

Así como Fernando Alonso soñaba con correr un Ferrari, y ganar la Fórmula 1, así todas soñamos con tener un Alfa Romeo en nuestras vidas. Y cuando aparece, hay que estar atentas a que no siempre es como imaginábamos que podía ser. Simplemente es tu Alfa Romeo, y simplemente con él ganarás la Fórmula 1, la que no existe, con el chico que no existe, que por fin es tuyo, y tendrás un eterno festejo, bañada en cerveza o en espumoso; de día o de noche, entre semana o un domingo por la mañana.

Todos sueñan con manejar un Alfa Romeo. Yo también, pero sobre todo, sueño con que me enamoro de él.