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sábado, 20 de agosto de 2011

Por amor, por voluntad...

Mi madre dice que cuando a los once años me fui a mi propia recámara en la casa, y que desde ahí tomé la costumbre de dormir en una cama matrimonial para mi sola, me emancipé para siempre... así, sin más, aprendí a ser libre y a dormir en calzones si así me placía; a no dar cuentas si quería dormir hasta tarde; a despertarme a mitad de la noche a abrir la ventana, tocar el móvil que pendía de la esquina de la habitación, y mirar la luz amarilla de la farola, mientras vaciaba mis palabras en cuadernos cosidos, sin decirle nada a nadie...

Hoy mi madre me recordó que desde hace mucho he disfrutado la soledad, y que debo estar orgullosa de que en este momento de mi vida, estoy cosechando lo que sembré hace varios años con mucho esfuerzo, y que finalmente mis metas están llegando a buen término.

Mi familia es como cualquier otra, atropellada, con un padre ausente que años después vino a hacerse el lugar más importante de mi corazón; con unos hermanos músicospoetasylocos; con una sobreprotección absurda; con una infancia feliz. Somos una familia real, con conflictos, con verdades, con razones y con franquezas. Con decenas de solteros tóxicos que desfilaban en el sofá blanco de mi mamá. Con muchos volkswagens en los que todos aprendimos a manejar.

Quizá sea por esta franqueza y por esta inestabilidad, que nos obligamos -o nos obligaron- a hacernos estables. Estables en la mediocridad, en el oficio sin profesión, en el rockandroll que ya no corresponde. Estables en la ideología, en la personalidad, en el conseguirlo todo, por el todo, con el todo. Estables como sibaritas, como dormir cada noche en el lugar maravilloso que hubiéramos encontrado. Estables como lo es la depresión de invierno, la de soledad.

Estables como perenne es el verde de las hojas a partir de la primavera. Estables como crónica se vuelve la tristeza, luego de muchos veranos sin que deje de salir el sol; como luego de toda la lluvia que se agalopa sobre las ventanas.

Estables e independientes, como si hubiésemos sabido desde chicos que eso nos iba a traer felicidad.

Nunca imaginé que en el momento en el que llegara la vida en pareja de a deveras, esa independencia y estabilidad se convirtieran en un factor de complicación entre un par de personas. Cuando uno está solo, son sólo unos problemas, una sola decisión, una sola respuesta; es el estado de confort más maravilloso que existe, puesto que no hay más que la personalidad propia, las ganas, la voluntad...

Aprendimos a ser leales como la amistad verdadera.
La amistad, como el amor -y en general todas las relaciones humanas-, es resultado de pura y simple voluntad. Uno es amigo de una persona con quien siente empatía, solidaridad, y con quien se crean lazos de cariño simple sin conveniencias, sin obligaciones. Somos amigos y pareja por voluntad, porque queremos estar allí, porque queremos seguir alimentando y cuidando una relación que igualmente alimenta y sana nuestros sentimientos y nuestra alma.

Yo quisiera de verdad, que el corazón nunca más se me rompiera. Que las personas que me han dicho sus votos de amor y de confianza, de amistad y de lealtad, no los rompan y se queden conmigo para siempre. Yo quisiera de verdad, tener todo el tiempo del mundo, y unos recursos inagotables, para estar para siempre con mis amigos, con mi gente, con mis Ojos Verdes. Pero eso no es posible. No se puede andar en la procesión y tocar las campanas, o chiflar y comer pinole.

Le decía hace unos días a los Ojos Verdes que uno no se une a otra persona a través de amenazas, de transacciones, favores u obligación. Yo estoy contigo porque te amo, le dije. Y yo estoy contigo porque me enamoré de ti, me contestó él.

¿Qué pasa entonces entre dos amigos que no tienen más algún canal de comunicación? Estoy, por ejemplo, con la diseñadora de modas, por cariño y solidaridad, complicidad y lealtad, respeto y voluntad; en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad; más allá de los solteros tóxicos y de los empleos de ensueño que nos hacen sentir las mujeres más importantes del mundo, y aún más allá de los periodos de desempleo que nos hagan sentir miserables. Estamos juntas a pesar de más de diez años de relación. Estamos porque queremos estar, y punto.

Creo firmemente que no se puede basar una relación en obligación, en el a fuerzas tengo que dormir contigo, o a fuerzas tengo que ir a verte para tomarme una copa contigo, "...pues ya qué". Tampoco en pedir perdón. No se puede basar una relación en pedir favores, en poner una pistola en la cabeza, o a través del intercambio de tiempo por dinero.

¿Cuál es el límite? ¿Cuánto se tolera regularmente una actitud agresiva proveniente de una amistad? ¿Hasta cuánto, de verdad, se cede con una amistad?

Para bien o para mal, mis padres me dieron tres hermanos mayores con quien aprendí qué significa la amistad, la lealtad y el amor. Ahora pues, puedo decirles a algunas personas que juro solemnemente serles fiel, y puedo también decirle a un hombre que me voy a dormir con él todas las noches porque así es mi voluntad, porque lo siente mi corazón.

domingo, 23 de enero de 2011

Un domingo cualquiera.

En el mismo lugar que albergaba una interminable pelea de divorcio y a la chica más pesimista y desconfiada ante el compromiso amoroso, ahí, al fondo del taller, estaba puesto sobre un maniquí de terciopelo rojo, mi vestido de novia.

Cuando me enteré de que la chica en medio de la bronca del divorcio llegó con la mayor parte de sus pertenencias -o lo que creía que era de ella- metidas en un taxi, quise salir corriendo, porque me imagino que debe ser sumamente difícil ver cómo alguien planea una boda y hace ajustes a un maravilloso vestido, justo frente a una situación de separación.

Dicen que los vestidos de novia están listos sólo hasta unas cuantas horas antes de que ésta suceda. En mi caso, a veces me desespero tanto, que me dan ganas de casarme con el minivestido color obispo y mis botas de lápiz color café, o con el mítico vestidito negro y las mismas botas, y la gabardina azul que completa el outfit, para sentirme plenamente cómoda y darle a mis ojos verdes un motivo más para que sonría todo el día.

Un domingo cualquiera. En el taller de mi mejor amiga, la Diseñadora de Modas, con agua embotellada y sandalias de tacón, sobre una silla forrada de tapiz de flores. Tomando fotos. Riendo a carcajadas.

Un domingo cualquiera, que siendo sinceras, pensamos que nunca llegaría o que se tardaría muchos años más.

Un domingo cualquiera, de esos que ahora sí me gustan, y que me hace recordar que hubo una vez que yo también fui una soltera empedernida, con la coraza puesta y un cuerno bajo el corazón. Domingo que también me hace recordar que hubo una vez en que no me gustaban nada.


sábado, 13 de noviembre de 2010

De pronto me dieron unas ganas inmensas de que sea navidad.
Prometo que este año no seré tan grinch como los anteriores, just a little grumpy!!

martes, 9 de noviembre de 2010

Viniste a mi vida a hacerme feliz

Eran las diecisiete con quince cuando tomé Periférico Norte a la altura de San Antonio. Sorprendentemente estaba muy fluido, me metí a carriles centrales en la primera oportunidad, y seguí manejando mientras escuchaba a Alizée a través del audífono izquierdo.

No sé qué es lo que tienen estos días, estos fríos, este calor que no se me quita de adentro. Todo me parece tan nostálgico, a veces todo me conmeve tanto... La música fue la gota que derramó el vaso, y haber visto el inicio de la puesta de sol sobre Periférico, terminó por darle el toque final.

Lloré sin darme cuenta, hasta que las lágrimas me empañaron los lentes de sol. Pensé que de todas formas, como sea, era un día muy bonito como para llegar a guardarme a la casa cuando todavía quedaba tiempo para disfrutarse. El congestionamiento de la lateral de Periférico a la altura de Echegaray me pudo volver loca. Luego, al estar llegando a la Facultad supe que debía entrar a llenarme otra vez de lo que me llenó la Universidad.

Le llamé a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel. Le dije que estaba buscándole un lugar a Hans en el estacionamiento, y que iba para su Colegio, a platicar. Se puso muy contento, me dio muchísimo gusto escucharlo y saber que lo iba a ver.

Entonces recordé que en estos momentos, justo hace un año, jamás me hubiera imaginado que mi vida fuera a cambiar como lo hizo. Yo era una chica triste, lo acepto. Sí, siempre he sido optimista ante el amor y ante la familia que he elegido, pero me sentía muy sola; date cuenta pues, que ahora podemos platicar, que de verdad estaba muy sola.

Pero el 9 de noviembre conocí a personas maravillosas. El último regalo que recibí de esas manos largas, fue un empleo que otra vez me mandó a las nubes, que me hizo dejarme llevar, que hizo que dejara de pensar en todo lo que me afligía, y que en el fondo me hizo olvidarme de tanta soledad.

El cenit de mis malas decisiones y de mi ansiedad por buscar una compañía que por lo menos me hiciera reír dos veces por semana, tuvo lugar a finales del 2009. Eso, como puedes ver, ya lo olvidé y ni siquiera me di cuenta. No recuerdo fechas exactas, ni historias encontradas en las calles de esta ciudad. Sólo me acuerdo de mi, de las pésimas fiestas decembrinas, y de que para mí el año nuevo sí trajo una vida nueva.

Personas maravillosas llegaron a mi vida el 9 de noviembre. Llegaron a mi vida amigos maravillosos, una nueva familia que se ha gestado desde esos días. Noches locas en la ciudad, días de cine, de escritos interminables que se logran sobre una mesa de cryztal. Sabios consejos, cafeteras rebosantes que no siempre saben bien, mamuts a las cinco de la tarde para el monchi vespertino, una copa de whisky con soda los jueves por la tarde, estrés inmesurable completamente controlable, noches de grúa porque Hans ya no quería andar.

Historias de noches estrelladas que se cuentan desde el piso de parquet. Frío, mucho frío. Calor que proviene de los calefones de gas. Un sillón azul, que pronto estará en nuestra casa.

Obtuve mi grado profesional. Concursé para una plaza de posgrado, la obtuve justo cuando pensé que no podría más.

Luego, dejé de recordar, y vi de lejos a mi amigo el Presidente. Caminé hacia él y nos dimos un abrazo fuerte y lleno de risas. Comenzamos a caminar. Fuimos por café, a platicar para ponernos al corriente.

La ansiedad de venir manejando con todo este cansancio encima, de pronto comenzó a disiparse. El Presidente me llenó de regalos, muchos que me hicieron sonreír. Y entonces me di cuenta, tanto que deseé, tanto que busqué, tanto que soñé con que nada más haría falta, y todo sucede, todo vuelve a empezar. Me siento muy bien. Es real.

Y tu, ojitos verdes, viniste a mi vida a hacerme feliz.

domingo, 8 de agosto de 2010

Está conmigo.

Los ojos, ¿cómo son sus ojos? Los ojos de la Ciudad, me parece, que como los míos, son hundidos. Pero no, luego, de pronto, los miro como los suyos, claros, grisáceos, que a veces parecen profundos como el color del acero; duros como el color de la madera, esos marmoleados que no se deciden cómo ser, cómo sentirse, cómo mirarme desde lejos detrás de esos cristales ahumados.

Y así, la maravilla radica en que despierten junto a mi; en que de pronto estén mirándome mientras yo duermo, mientras no sé que están aquí.

Hoy, de repente, poco antes de meterme a bañar, se los vi de frente. Y aquí estaban, con esta maravillosa forma de almendra que cae hacia sus sienes, como si fueran una perla redonda, una canica de colores que quisiera atesorar tener.

Es cuando sucede. Me hago que no sé que me miran. Me transformo un poco altiva, sonriente, coqueta; disimulo que estoy mirándolo mientras me lavo el pelo, hago la cena y me tiro de los vellos.

Es cuando me doy cuenta que no sé qué forma tienen, pero que están conmigo.
Es entonces un maravilloso domingo.

martes, 27 de julio de 2010

Quizá extrañe mi larga cabellera.

Ahora entiendo cómo es que uno se puede enamorar de su mejor amigo. Ahora entiendo por qué hay amigos de toda la vida, que al llegar al punto en el que deciden compartir su vida, se deciden por hacerlo con el compañero o la compañera que ha estado a su lado por los últimos diez, quince o veinte años.

Ahora entiendo lo complicado que puede ser tener un cambio de vida radical, dejar de ser soltera para estar comprometida, dejar a tus amigos para conocer nuevas personas o a la familia política. Ahora entiendo por qué me siento así, porque siento como si no tuviera casa o no tuviera una mesa donde sentarme a comer; ahora me queda más clara esta sensación, de sentir como si el par de zapatos favorito no me quedara, como si mi café por las mañanas supiera diferente.

Creo que no había tenido antes conciencia de todo esto. Creo que es la primera vez que intento analizar la situación de convidar con otra persona.

Sigo -y seguiré- siendo la chica optimista ante el amor, ante los cambios y ante las cosas nuevas, supongo que eso no se me quitará. Aún cuando "la burra no era arisca, los palos así lo hicieron" es una realidad, todavía me aventuro a deshacerme de mi enorme melena para sentirme mejor, para mirarme desde otra perspectiva, como de pronto se comienza a mirar el camino de frente.

Quizá extrañe mi larga cabellera, quizá me sienta más feliz en unos días con el corto cabello que ahora adorna mi cabeza; y supongo que así también uno se aventura a enamorarse, a mirar la vida tomada desde la mano de alguien, a vivir acompañada a pesar de que la soledad se quede tan sola como ella misma.

El tiempo no se detiene, no regresa más. Los amigos aquí se quedan, somos los que estamos y con esto basta. Muchos cambios de estilo vendrán, muchas nuevas mañanas en diferentes camas, en distintas habitaciones, con sábanas nuevas o con las mismas de hace unos diez años, no importa. Se queda lo que se tiene que quedar, y en mi camino anda conmigo, quien poco a poco conoce mis pasos, mi ritmo, mi quehacer.

No importa si no es mi mejor amigo, quizá el tiempo mismo me lo sabrá decir. Tampoco importa si los caminos de pronto divergen y ya no podemos seguir el ritmo de otras personas, pero se sabe que allí estarán, que cerca o lejos seguirán al paso que llevaban, que teníamos, y que poco a poco otras personas se unen a la misma carrera.

Ahora entiendo cómo es que uno se puede enamorar de su mejor amigo, y entiendo por qué no pude enamorarme del mío.

sábado, 19 de junio de 2010

Bye bye, Andrés Calamaro.

¿Sabes Andrés? Ahora sí no hubo poder humano que me facilitara ir a verte al Teatro Metropólitan. Sólo un milagro hubiera hecho posible que yo asistiera a estos conciertos que diste ayer y antier en mi Ciudad.

Me puse triste, pero luego encontré el disco tuyo que creí perdido.

Me puse triste, pero luego me acordé de la ocasión en que te escuché en vivo y a todo volúmen, de por qué mi coche anterior se llamaba como tu, de por qué se me salen las lágrimas cada que escucho la canción Los Chicos, y entonces me puse feliz porque me acordé de Cristina y me acordé de las noches que hemos pasado escuchándote hasta el amanecer.

Y entonces pensé que quizá esta sea una trampa del destino, y yo no deba verte hasta que Cristina esté conmigo otra vez, ¿lo crees posible? Hace un año no pude ir al Foro Sol porque mis responsabilidades de "nuevo adulto nuevo joven" me lo impidieron. Este año, juro que lo intenté pero no me fue posible ir a verte.

Hablé con Cristina, le conté que perdí pero luego encontré el disco, nos reímos de acordarnos de la historia que hay alrededor de este disco, una tarjeta perdida, unas compras relámpago, Plaza Satélite y el nuevo centro comercial que siempre está inundado. Reímos a carcajadas. Me dijo que ella también hubiera querido verte, y que espera que tú puedas esperarnos a las dos, Victoria y Soledad, como nosotras te esperamos a ti.

Bye bye Andrés, te deseo el mejor de los éxitos.

Recibe muchos cariños,
Mariposa Tecknicolor.

miércoles, 16 de junio de 2010

Estimado Presidente de la Nueva República de Babel:

Me dirijo hacia sus más finas atenciones, para reiterarle mis más sinceras felicitaciones que tuve a bien gritarle a todo volúmen por el móvil esta mañana.

La mera verdá que yo también quisiera saber las efemérides del día; sin embargo, la única que me interesa por el momento es la de su cumpleaños.

Y como ya lo he escrito en diversas ocasiones, últimamente ando más sentimental que de costumbre. Por lo que le comento que su post de este día me ha conmovido hasta las lágrimas.

Efectivamente, como si fuese un pliego petitorio, todos deberíamos hacer lo que usted el día de nuestro cumpleaños. Yo suelo escribir una pequeña lista el día primero de cada año, pero ¿sabe qué? Que este año haré dos, una que quedó lista desde hace seis meses y dieciséis días y una que me propondré cumplir a partir del día 29 de agosto.

Deseo desde el fondo de mi alma, que usted recupere el corazón que dejó alguna vez en San Ángel. Creo que son cosas que le hacen bien al alma.

Si requiere usted de compañía femenina cuando decida tomarse el debido tiempo para recorrer las exposiciones de moda en los museos de la Ciudad, y si desea seguir escribiendo pequeñas historias de esta -reitero- histérica Ciudad, cuente con una servidora y hágamelo saber a la brevedad.

Confieso que no sé cuál es la edad de los nuncas. Para mí sí tiene un número, está guardado en mi corazón, pero sería muy agradable de su parte que explicara esa cuestión.

Una vez más, y sin afán de ponerme el traje de apología, le comparto mi más sincero orgullo por haberle conocido, por contarle entre mis amigos y aún mejor: por habernos convertido en incondicionales.

Enhorabuena pues, por esta gran fecha y que las campanas rompan al vuelo.

¡Abajo las mentalidades chatas y grises!
¡Abajo las columnas que sea caen, los campos que no florecen y los tatuajes que se borran!

¡Arriba las amistades duraderas!
¡Arriba los compromisos que se cumplen!
Y por qué no -nunca me imaginé estar escribiendo esto-: ¡Arriba los domingos!

Con mi más inmenso y sincero cariño,
Mariposa Tecknicolor.

P.d. ¿Sabes querido? Esa máxima tuya de Para ser una persona realista, hay que creer en los milagros me la he tatuado más de una vez en la frente, y en más de una ocasión, ha venido conmigo de bandera.

Una vez más felicidades y gracias por compartir todas estas cosas hermosas con las personas que te queremos mucho.

You've got the love.

Sometimes it seems the going is just too rough
And things go wrong no matter what I do
Now and the I feel like life is just too much
But you've the love I need to see me through.
Candi Station, You've got the love.

Sé que no soy mala persona, me consta, pero no puedo evitar sentirme un poquito culpable cuando la miseria, la soledad o la pobreza se han presentado frente a mi y no me han movido ni tantito. Ya no soy de esas chicas que lloran cuando miran una escena totalmente miserable y real frente a sus ojos, y no estoy segura si debería -o quisiera- seguirlo siendo.

Hay una realidad, y es que aún cuando me esmeré en convertirme en una piedra, no lo logré. Y sí, un tiempo fue difícil, prefería sentir la soledad como mi verdadera compañera, contar conmigo misma de neta aún cuando ahora lo sigo creyendo pero no soy tan áspera en mis opiniones, ni tan estricta hacia los sentimientos de los demás. Por decirlo en otras palabras: moderé mi indiferencia, y siempre me cuidé de no convertirme en una verdadera cínica.

Por el contrario, como lo he escrito muchas veces, me conmueven las escenas de verdadero amor, ¡caray! Ese sí me hace llorar. Me conmueven sobremanera las escenas de amistades verdaderas, de apoyo incondicional, de amor real de soulmates o de "medias naranjas emocionales".

Todavía no sé -y quizá nunca lo sepa-, si las medias naranjas existen. Sé que tengo a mis hermanas de sangre y a mis hermanas del alma. Sé -porque me propuse no olvidarlo nunca-, que han estado conmigo en los momentos que más he necesitado un apoyo, una compañía o simplemente que se queden conmigo cuando me siento a leer. Sé que soy afortunada porque me han querido mucho. Aún cuando las historias que he vivido no siempre han tenido final feliz, soy afortunada, y he contado con mis soulmates que han estado a mi lado.

A veces, luego de una crisis que no importa si fue pequeña o grave, me siento derrotada, me siento sumamente cansada, sin apetito, sin ganas de hacer nada; algunas veces ni siquiera puedo dormir, y extraño que mi hermana Cristina venga a quedarse en mi cama mientras intento conciliar el sueño. Extraño que las personas a las que me acostumbré, ya no estén acá o no vuelvan por un tiempo.

Algunas veces, cuando me estoy tronando los dedos porque no sé qué hacer, de pronto suena el teléfono y es Carmela -que no hablamos tan seguido como quisiera- para decirme que no pierda la paciencia, que en lo que ella me pueda ayudar aquí estará, y que me sugerirá algunas personas con quienes conversar para salir del problema. De pronto, de donde menos lo imaginé, viene la solución al enamoramiento que tiene el insomnio con Morfeo cuando no puedo dormir, de pronto no se aman más y Morfeo viene a abrazarme y es entonces cuando no sé más de mi hasta la mañana siguiente. Esas llamadas de Carmela, me conmueven sobremanera.

No lloro cuando veo la miserable miseria frente a mi, pero no puedo evitar que se me salgan las lágrimas cuando siento el amor sobre mi, cuando miro bellas escenas de amor en las calles, cuando miro cómo en el auto de al lado vienen dos chicas platicando y riendo a carcajadas, cuando viene una pareja que se da la mano, que se observa y sólo se besa, cuando se acompaña. No puedo evitar conmoverme cuando me acuerdo cómo son las salas de los aeropuertos cuando me he encontrado con mis hermanas, cómo son las despedidas con mi madre cuando sé que no la voy a ver en unos días, cómo son las cartas de Cristina en mis manos cuando llega el cartero a tirarlas por debajo de la puerta de la casa.

No puedo evitar mis lágrimas cuando me acuerdo de haber visto a María afuera de la sala de mi examen profesional. No puedo evitar llorar cuando me abrazo a ella, cuando le reclamo que no nos vemos mucho porque no tenemos tiempo, cuando le reitero que más que mi mejor amiga, es mi hermana del alma.

No puedo evitar las lágrimas cuando me acuerdo cómo me recibe la diseñadora de modas en su casa los domingos, cómo su mamá me ofrece los frijoles refritos que tanto me gustan y el huevo revuelto con jamón para el desayuno. No puedo evitar conmoverme, cuando me acuerdo que me ha tomado de la mano cuando más deprimida he estado, cuando he sentido que no puedo tocar más fondo.

No puedo evitar el llanto cuando caigo en la cuenta de que no estoy sola, de que sólo son estados emocionales e intelectuales que uno va superando.

Y qué demonios importa si el "hombre ideal", si el "gran partido" o la "media naranja" nunca llega. Qué más dá si no tenemos una boda con happy ending. Qué más da si el camino sigue de a uno. Qué nos importa si los planes no salen como contábamos, nos tenemos la una a la otra, todas a una, una a todas, somos compañeras y entonces sí tiene parte una historia de amor.


martes, 15 de junio de 2010

¡Gracias Lilith!


Acabo de leer en el blog de Lilith, que me dio un premio muy lindo, el cual agradezco de corazón y pues aquí voy, mencionando diez cosas que me hacen feliz:

1. Mis ojos verdes.
2. Escribir.
3. Mi coche.
4. Mi profesión.
5. Estar con mis amigos.
6. Mi hermana Cristina.
7. Leer el periódico.
8. Leer un libro que me atrape desde la primera página.
9. Tomar café con mi papá todas las mañanas.
10. Estar aprendiendo que es posible enamorarse con los pies sobre la tierra, que es posible caminar en líneas paralelas y tener un proyecto que llegue a feliz término en ambas partes de la historia.

Creo que me hace feliz sentirme feliz.

Gracias Lilith.

Yo lo paso a:
Sonrisa Miel
Karla Delgado
Yalo
Zaba
MAM

domingo, 18 de abril de 2010

La manicura francesa.

En realidad yo no sé cómo son las relaciones entre madre e hija. No lo sé, no porque no tenga a mi madre conmigo, sino porque quizá tenga que ser madre de otra mujer para saberlo.

Hace mucho que la relación entre mi madre y yo cambió. No sé si para bien, no sé siquiera si debo escribir sobre esto. Tampoco sé si para mal. No me consta si es normal. Simplemente mi madre y yo, de pronto pareció que hablábamos lenguajes diferentes.

Las cosas, de repente, como un huracán de emociones o como una avalancha de toma de decisiones, han llegado en los últimos meses a cambiar mis panoramas, a hacerme dejar de ver el horizonte vertical. También las cosas con mi madre han cambiado, y supongo que eso es lo que me hace tener un poco más de tranquilidad.

A veces la extraño mucho. Es una mujer con muchas cosas que hacer, es una buena compañía y por eso la extraño y por eso a pesar de tenerla cerca, a veces la siento muy lejos. Con María se lleva muy bien, platican por horas y horas y se entienden a la perfección. Conmigo es distinto. Solemos discutir, solemos tener puntos de vista dispares, vemos la vida desde diferentes filosofías y con diversas opciones. Poco a poco ha entendido que crecí, y yo voy entendiendo que ella se hace mayor.

Suele viajar mucho, a veces lejos, a veces cerca. A veces son viajes relámpago, a veces se va por tiempo indefinido pero después regresa. Otras, las más, yo no logro comprender que aún cuando su vida es sumamente dinámica, ella desee quedarse quieta. Para mi, lo que es es, lo que parece es, y simplemente es una toma de decisión -según nuestros intereses-, lo que hace que las cosas sucedan.

Trata de tender puentes hacia la vida que llevo, hacia la vida que tenemos juntas. Esos puentes nos han acercado, aún cuando nosotras ya no somos las mismas.

La semana pasada una sesión de manicura hizo que riéramos a carcajadas. Hacía mucho tiempo que no pasábamos un par de horas juntas, platicando de las noticias, de nuestras amistades, de nuestros proyectos o de cualquier cosa, sin discutir. Me preguntó que cómo tenía las uñas, le dije que como siempre, gachas, frágiles y los dedos agrietados y cansados. A ella también se le cansan. Son distintas las cosas que hacemos, nuestras manos reflejan mucho de nuestra personalidad, y me da mucha alegría que a pesar de eso, cuando miro ahora mis manos, parece que estoy mirando las de ella.

Me dijo que por su cuenta correría la manicura. Fuimos al primer salón, donde no nos pudieron atender. Fuimos al segundo, y encontramos nuestro lugar. Sentí, que a través de esa pequeña preocupación por los dedos de mis manos, mi madre volcó otra vez su cariño hacia mis intereses, mis cosas, mis historias, mis proyectos y mi salud.

Por fin me sentí otra vez en casa, hablándole como lo hacíamos antes de que estos últimos dieciséis meses comenzaran. Somos buenas amigas, ahora lo recuerdo. No todo es tan malo, no siempre nos llevamos mal, ni siempre discutimos por estas cosas. Fue muy agradable sentir esta conexión, que nos hizo estar contentas por las personas que han aparecido y nos han hecho pensar "qué sucederá si..."

Confieso, sí, una vez más, que no siempre entiende lo que significa escribir, que no sabe lo que siento cuando no logro identificar un dolor que se mueve por mi cuerpo y que no sé dónde va a parar. Pero de pronto algo ha ocurrido, confieso -y no me cansaré de hacerlo-, que esta avalancha de alegrías y de emociones que ha llegado a mi vida, me ha hecho tener paciencia para las cosas que creí que no se podían modificar.

Ella no va a cambiar, yo tampoco. Yo la amo tal como es, me hace mucha falta tenerla todas las noches, platicar con ella en las sobremesas, hablarle por el móvil para preguntarle como está; y de pronto, mirar otras relaciones de madres con hijos, me ha enseñado que siempre tengo otra oportunidad.

Paciencia, tolerancia. Qué más dá si no me entiende cuando sé perfectamente lo que tengo que decir o escribir, pero prefiero quedarme callada. Qué más dá si no sabe cómo es la angustia que uno siente cuando la página sigue en blanco, cuando la mente está cansada, cuando no se puede dormir de noche más que de día. Una manicura, o alguna salida de compras, o una plática de mujeres, ahora sé que nos puede acercar.

Confianza. Llegué a creer que no confiaba en mi. Y aunque no me siento lista para sacar ahora una conclusión, estoy segura de que puedo recuperar la imagen que tenía de mi. Me ha dicho que no le gusta verme sufrir, que no desea volver a verme llorar. Aún cuando no sabe qué es lo que se hace cuando esas cosas pasan, ahora me doy cuenta de que se esfuerza porque las cosas pasen.

Me gusta que volvamos a ser amigas, más que lo hija o lo mamá que somos, más allá de las preocupaciones que tengo de ella, por su salud, por su bienestar, por su patrimonio. Me gusta que una manicura francesa nos haya acercado, que hayamos decidido los diseños la una para la otra, el café que queríamos beber; me alegra que ella pueda hacer a un lado sus compromisos, para venir a comer conmigo a las tres de la tarde.

Deseo que las cosas se queden así. Deseo que se note que aprendo las mejores cosas de las personas, que tomo las experiencias que me hacen ser mejor, que no me canso de volverlo a intentar, de seguir adelante.

Me gusta ver cómo el chico, al borde de la pérdida de la paciencia absoluta, le responda a su madre: "si mamá, ahí voy". Me gusta saber que pongan de su parte, que lleven una buena relación en términos generales, que se tengan confianza entre ellos y se procuren. Me gusta que me hayan invitado a salir con ellos, a aprender de ellos, a convivir con ellos. Me siento contenta.

Es como si llenara mi libreta de notas, y viniera a aplicar todos esos conceptos a mi vida en casa, con la familia con quienes comparto mis venas.

Definitivamente, comienzan a caerme bien los domingos.

martes, 30 de marzo de 2010

41

Cuarenta y uno hasta donde nos quedamos, cuando sólo hay veintiún lugares. Así es. A competir se ha dicho, como todo, como siempre.

Y como si fuera un gran piano, la Historia también se escribe a cuatro manos. Madame Copo de Nieve no sólo es mi amiga, colega, compañera, también es mi asistente redactora, mi correctora de estilo, mi otro par de manos que a kilómetros de distancia, me ayuda a terminar un escrito casi perdido.

Pasé algún tiempo preparando el trabajo, no mucho, no poco, las noches necesarias, algunos red bulls, algunos cafés por las mañanas. Tenía mucho sueño, a veces me daba cierta desesperación porque no es lo mismo escribir cuando no se sabe quién será el lector.

Entonces, a través del mensajero, Madame Copo de Nieve me ayudó como si estuviera sentada a lado mío. Enviamos, recibimos, transcribimos, todo en archivos. Buscando el mejor sentido de las frases, los nombres de los funcionarios de la Administración Pública Federal que ya no quieren saber más de investigación histórica, traduciendo cartas que hace unos años ella escribió. En mi escritorio, en el suyo, en uno rentado de un cibercafé, unos minutos antes de entregar el escrito.

A cuatro manos, me dijo, como se toca el piano a cuatro manos, así terminamos el proyecto.

Y el folio resultó ser el número 41. A competir, repito, así será. No es un número exorbitante de aspirantes, pero tampoco es de risa. No es un concurso de selección para entrar a estudiar a la Universidad Nacional, pero tampoco es conseguir un trabajo de recepcionista.

Tres tomos de Historia de México. Tres libros sobre Teoría de la Historia. Recordar -volver a vivir-, cómo es el oficio del historiador, qué criterios se utilizan cuando se hace Historia, qué de todo el pasado, de todo el tiempo, de este mundo, es lo que vale la pena.

Delimitaciones temporales, contextuales, temáticas. Me gusta. Voy a hacerlo, aunque no sea suficiente recordarlo y tenga que volverlo a aprender.

Es maravilloso cuando se tiene compañía que, además, apoya. Copo y yo no estamos juntas por el momento, pero estas maravillas tecnológicas nos acercan; hacen que nos alegremos de las alegrías de la otra persona.

No me consta, no lo sé porque lo olvidé, y ahora he decidido no hacer memoria, más bien crear nuevos recuerdos y saber cómo la Historia es.

lunes, 8 de marzo de 2010

Las ballerinas de JULIO

Hoy fue un día difícil, raro, peculiar, diferente a los demás. Con mis padres en el mismo coche, al mismo tiempo. Con una hermana mayor, que ya no sé si sí o si no. Con juicios absurdos -y extremos- que no tengo por qué escuchar.

Me sentí mal todo el día. De hecho, desde la cena de anoche me sentí muy mal. Tengo el estómago revuelto, tengo náuseas, me hormiguean las manos y estoy hinchada, los anillos no me entran más en los dedos de las manos. Todo me aprieta. Todo me sienta mal. Tengo esta sensación de que en cualquier momento me voy a vomitar. Donde me siento me quedo dormida, no sé qué me pasa. Hoy me he sentido muy mal.

Me encontré para tomar un café con la Diseñadora de Modas. Traía un bolso enorme, lleno de cosas, y unas sandalias de plataformas de tiras color negro, increíbles. Celebré, por supuesto, su buen gusto y le platiqué que me sentía muy mal físicamente, y que probablemente no fuera sólo eso, sino que me sintiera mal por dentro.

Intenté platicarle como había sido la mañana, cómo había sido el mal humor de mi padre por el móvil, la histeria colectiva que tanto me hace mal. Intenté explicarle que me sentía mal, fuera de lugar en ciertos aspectos, desesperada en otros, y triste sobre todo lo anterior. ¿Qué te digo?, comencé, que de entrada me desgastan los problemas de otros. Sí. Eso es. Me desgastan los problemas que no son míos, y que se empeñan en hacerlos ver así.

De pronto, mientras mirábamos la carta de los postres, escogíamos un café, hablábamos de mis malestares, de sus plataformas nuevas, y pedíamos un par de vasos con agua a la mesera, sacó de su enorme bolso un regalo para mi: un par de ballerinas color café. Las escogió justo de mi estilo, de mi talla, y me dijo que era un regalo pensado en que quizá deba dejar de usar tacones un tiempo, pensando siempre en que el estilo justifica todos los medios. Tiene razón, no tenía ningún par de zapatos sin tacón, y estos me cayeron de perlas.

Con mi cara de niña frente a un arbolito de navidad, las tomé, les saqué el empaque y comencé a llorar. Encima, además de sentirme mal, hoy fui la mujer más sensible del mundo. Mi amiga me abrazó, me dijo que me quería hacer sentir bien, y que por eso me regalaba justo lo que sabía que me iba a hacer feliz. Y lo logró.

Su regalo tiene muchos más significados en este momento, en este contexto, y en estas historias que recién comienzan que no se quiere que tengan punto final. El regalo es para mi, y también para el que está conmigo, que toma mi mano.

Luego, el resto llegó para cenar, otros para tomar café, pero todos para ponernos al corriente de la semana. Me sentí bien. Compartimos taxi de regreso a casa. Logré olvidarme un poco del malestar. Intento conciliar el sueño, espero poder dormir bien, y tener uno de esos sueños al aire libre para después verme en una habitación de paredes blancas.

Logré sentirme mejor, aún cuando ahorita todavía me duelen la cintura y el cuello. Supongo que todo pasará, como siempre digo, todo también pasará. Ellos pasarán, el chico pasará, y yo también pasaré. Si sigo pensando me voy a volver loca, así que ya me voy a dormir. Nada más por hoy, antes de que se me acaben las palabras. Ya mañana sabré qué es lo que sigue, y qué frases debo terminar de escribir.

martes, 2 de marzo de 2010

La mirada desde la República de Babel

Más que agradecida, estoy encida de orgullo y de alegría, por las letras de un gran amigo, que se hace llamar Presidente de esta Nueva República de la que formo parte del Consejo de Gobierno.

Mucho he querido escribir sobre él, pero siempre se me olvida, y termino vomitándoselo todo en un corriente correo electrónico, en el que siempre termino con la misma frase: "tus palabras son como un oasis en el desierto de mis angustias y preocupaciones".

En diversas ocasiones se ha inspirado en mi para algunos de sus escritos. La mayor parte de las ocasiones, me dedica en manuscrita, casi todos sus poemas publicados.

¿Qué más le puedo pedir a la vida? Que me siga dando muchos buenos momentos de su compañía, de sus consejos, de la magnífica convivencia que tuvimos en el Programa de Investigación de la Facultad. A veces lo extraño tanto... que siento que va a venir a hacerme reír con sus pseudónimos de los lugares, de las oficinas, de las personas que nos rodean que no saben que están allí.

Lean pues, la magnífica relatoría que hizo del día que recién compartimos. Hace un par de semanas un chico me dijo que la noche en la que fuimos cómplices -que nos esforzamos para que siguiera siendo "ayer noche" al día siguiente por la mañana- era por mucho la mejor del año, y tuvo razón, y concordé con él. Sin embargo, son contextos diferentes, como los que me gusta manejar, y los que disfruto sobremanera vivir. El domingo anterior fue por mucho, el mejor de los últimos años. Las noches, se cuentan aparte. Gracias a ambos, por los elogios que hicieron de mi compañía.

Minería era una fiesta, dice el Presidente. Para mí fue una verbena, una bellísima romería. Hacía mucho que no se referían a mi, como "mi bellísima acompañante". Es un honor, y un gran piropo. Muchísimas gracias.

En Cuernavaca.

Los planes que mejor salen, son los que no se planean. San Román y yo habíamos planeado un viaje por más de tres años, y no se había dado la oportunidad; pero la semana pasada, sin pensarlo más, me dijo "¿cuando me vas a cocinar? ¿Cuando voy a probar esas cosas tan ricas que preparas?" Y yo, pidiéndole que no exagerara, le respondí que sin ningún pretexto, ni celebración en puerta, podíamos organizar una comida en donde el menú lo escogiera él solito. De inmediato dijo que enchiladas verdes, y que me invitaba en ese momento, a su casa de Cuernavaca.

"Ok, pero son casi la una de la mañana, ya estaba dormida, no fui al bar con los chicos de mi trabajo porque moría de sueño", le respondí, así que luego de una corta negociación, quedó de pasar por mi al día siguiente, en punto de las ocho de la mañana.

Todo fue una calamidad, como suele suceder cuando se sale conmigo, o cuando se sale con un par de distraídos como San Román y Yo. Que si el tanque de la gasolina, que si las casetas, que si nos faltó la factura, que si me iba a quedar dormida y lo iba a dejar hablando solo mientras manejaba, que si la calcomanía de la tarjeta IAVE no estaba bien pegada; que si estábamos seguros siquiera, de tener la maldita tarjeta contratada.

En fin, ¿qué te digo? Que fue una salida fabulosa, una carretera despejada luego de las arterias atascadas de esta contaminada Ciudad. Que Temixco nos recibió soleado, con un airecillo frío que me hizo usar un suéter, con un mercado de antojitos que nos hizo comer de más. Con una tiendita en la esquina de la casa, que nos permitió abastecernos para beber casi toda la noche.

Y hablamos mucho, de muchas cosas. Una de las cosas que más me gusta de la compañía de San Román, es que no se nos termina el tema de conversación. Podemos hablar de actitudes subversivas, de política, de las profesiones, de los tiempos pasados, de nuestras amistades, de las experiencias horribles, de los buenos momentos.

Me complació haciendo sonar los tres discos que llevé para ambientarnos, ¿qué mas podía ser si no El amor después del amor, La lengua popular y Vinagre y rosas? Y aún cuando las opciones eran infinitas, opté por los tres álbumes que mejor me han puesto los últimos meses, de mis autores predilectos.

Cociné, el arroz blanco que durante tantos meses se saboreó, las enchiladas verdes que no podía creer. Me ayudó con lo que pudo. Comimos helado de nuez y de café. Bebimos, reímos. Lo pasamos muy bien. Hablábamos sobre el ritmo de vida de intelectuales, de que si es posible que una pareja lo soporte. Y de pronto me vi allí, sola, pero muy bien acompañada. ¿Qué pasaría cuando el viaje terminara? A sacarle la lengua al domingo, como es ya costumbre, porque la maldita resaca que nos dio, también nos regaló material para no querer que fuera más domingo, ni bajo el sol, ni a un lado de la alberca, ni de noche de regreso.

Y nunca, a pesar de llevar mucho tiempo dedicándome a transmitir a través de palabras y frases, me había puesto a pensar tan concienzudamente cómo un par de pastillas pueden mejorar cualquiera de los estados. Que si es depresión, que si es una pérdida de las cuentas, que si es un dolor de cabeza, que si es una resaca marca diablo, que si es un dolor de rodillas, que si es que se quiere dormir más de dos días. No sólo me refería a las pastillas para ser feliz o para no llorar, también hablamos sobre las Pastillas para no soñar. Unas pastillas que te sacasen de una preocupación, que evitasen que llegaras al Hospital del amor.

Algunas pastillas sin orden farmacológica, que te regale una amiga cercana, o una chica que no sabe en qué contexto de la Historia las usarás.

Gran pregunta la que me hizo la Diseñadora de Modas, de que qué tanto tengo de música o de escritora. Pregunta que no supe responder. Quizá con conocernos baste, para saber el camino que se pudo escoger.

Y tampoco, a pesar de mis costumbres de años, había bebido escuchando a Los Beatles. Y bajo ese maravilloso contexto, también hablamos sobre los animales, sobre las plantas, sobre qué va a pasar cuando ya no estemos más. Si mi gato fuera planta, les decía, sería un bonsai, y cuando la luna cambia de fase, como todo lo que tiene vida, mi gato también se pone a maullar sin parar. Poco me falta, les decía una vez más, para que yo me suba también a los tejados, a buscar a ese par de ojos que ahora me está haciendo escribir de más.

Y de todas las familias que uno puede tener, o que se pueden crear, ésta familia me gusta tal como es. Aún cuando me falta leer el libro que se llama Mi familia y otros animales, ésta es la familia que no cambiaría por nada.

Y así terminaba la noche, y así nos llegó a cubrir la luz del sol. Pudiera ser que algunas palabras hubiesen estado de sobra, que algunas hubiesen faltado, pero ese par de días nos dieron suficiente combustible para volver a la realidad de la trincadez de la vida de la Ciudad.

San Román se cabeceó un par de veces manejando en la carretera. Yo venía completamente rendida en el asiento de adelante. El congestionamiento que provoca que los autos vayan a menos de 60 kilómetros por hora, definitivamente nos hace hacer cosas que no imaginamos.

Y se quedó con eso, con la respuesta que no le pude dar, cuando él me preguntó si alguna vez algún chico había tolerado que me sentara a escribir por horas y horas, concentrada en mi trabajo, en mi lectura, en mis periódicos de años, sin hacer más caso a lo que pasara a mi alrededor. Repito, no supe responder. En el fondo quisiera saber que sí, que han sabido comprenderlo. Pero vuelvo a lo mismo: cuando una investigación se termina, debería seguir los pasos que sigue un preso al salir de la cárcel para reinsertarse a la sociedad.

Quizá así no tendría estas reacciones un tanto sorpresivas, cuando alguien intenta curiosear frente al borrador eterno que siempre traigo en el bolso. Todo se puede leer, le argumentaba, el chiste es que no me acostumbro a que de pronto alguien sienta interés por lo que mi mente traza a través de mis dedos, y se queda fijado con tinta azul.

Días de cocinar, de volver a lo que aprendí desde niña. Domingo de resaca, que en el fondo no quise odiar, que intenté disfrutar mientras me asoleaba. Noches de juerga, de barajas hasta el amanecer, de canciones que me recuerdan a mi hermana, de confesiones que no nos atrevíamos a hacer. Mañanas de comer guisados que no son nuestros, de trabajo de San Román mientras lo espero en el centro comercial. Ciudad que me presta ciudades más pequeñas, que al regresar nos deja atravesarla por las vías libres, y de paso, darnos una escapada para cenar. Días de festejos, de que no se nos terminan los éxitos para celebrar.

lunes, 22 de febrero de 2010

Mis zapatos de siempre

No quise usar otros zapatos, me puse los míos negros, los de siempre, los de tacón con una trabita y hebillita justo a la altura de los dedos de mis pies. Tampoco quise usar pantalón, y hacía mucho frío para ponerme un vestido, intenté ponerme el rojo con flores azules, para terminar con el abrigo color camello; pero cuando escuché en la radio al salirme de bañar, que estábamos a seis grados centígrados, opté por el traje sastre de tweed color negro, y encima, el abrigo del mismo color. Me solté el pelo, me puse los aretes redondos, y mucho perfume, el que se hizo mi amigo, que se apellida Basi.

Me fui, lejísimos, casi sin saberme el camino de ida, porque era un hecho que no me sabía el camino de regreso. Estuvo bien no haber tomado tanto tiempo de anticipación. Río San Joaquín y Circuito interior -ahora llamado Circuito Bicentenario-, estaban vacíos. Y manejé, y manejé, y manejé, y no sé con certeza cuántas delegaciones de la Ciudad de México habré atravesado. Manejé y seguí manejando, hasta que viera la indicación para desviarme hacia la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Su bahía de ascenso y descenso de pasajeros, me serviría de retorno, para tomar Río Consulado, de regreso dirección La Raza.

Siempre he sido una chica del norte, aún cuando he adoptado al sur como casa provisional, como trabajo que no quiero dejar, como la Ciudad dentro de la Ciudad, que se hace llamar Universitaria. Pero nunca, o por lo menos que yo lo recuerde, había llegado tan al norte. O no sola, manejando a Hans.

Todo esto porque hoy fue la boda de Julia. Fue la primera vez que voy como si nada, como soy, sin sentirme mal por no ir acompañada. Y lo pensé, "no habrá donde me sienten, no sabrán donde acomodar a la soltera que no lleva pareja". Sin afán de tirarme pa'que me levanten, ya me ha pasado antes, que como uno va de single, pues ni como ayudarle al organizador, que no pensó en que habemos personas que llegamos solas. Fue la primera vez, y creo que no lo vuelvo a hacer. Y no por sentirme mal o sentirme sola, sino porque es una verdadera tristeza, no tener con quien bailar cuando se abre la pista de baile.

Fui extraña, muy extraña, hasta para el padre de la iglesia. No conocía a la familia de Julia ni a sus amistades, apenas me recordaba del novio, de cómo se habían conocido y de cómo era su historia. Sin embargo, no me intimidó esa situación, y me la pasé bien. Me presentaron con quien debían hacerlo, y finalmente me acomodaron en la mesa de las primas -con respectivos maridos-, y que afortunadamente resultaron muy simpáticas.

Fue extraño, ya lo dije, hasta para mí; pero me divertí, y el pastel fue lo mejor del mundo.

Ella, la chica que lloraba a mares cuando se peleaba con el novio, el novio con quien discutía por teléfono cuando ella no estaba disponible o no tenía señal en el celular, ellos que vivían al norte y al sur de la Ciudad, ellos que luego de tres años, ahora son marido y mujer. Y qué felicidad, pero qué fuerte. Sentí una opresión en el pecho y se me durmió la mano derecha cuando fue la ceremonia. Me he vuelto sumamente susceptible ante las uniones para toda la vida, e intento tener fe ante los happy endings.

No soy pesimista, lo sabes bien, pero me pasa que lo veo como algo lejano, como algo que según mis circunstancias familiar y personal pudiera no suceder, o que todavía falta para que suceda. Mis prioridades no han cambiado mucho, no soy tan distinta como dicen que parezco. Sigo caminando con los mismos zapatos, pero parece que lo que ha cambiado es el camino.

Esta actitud, esto que me sostiene, finalmente es lo que me hace pensar así. Hace ya muchos meses que no voy de compras, creo que la última vez fue casi en Semana Santa pasada cuando me regalé esas fabulosas plataformas con tacón ancho y de diferente color; y aún así no hace falta que los siga adquiriendo. Nunca son suficientes, lo sabemos bien, pero yo misma tengo mis límites. No importa el color que sean, no importa que traiga puesto un vestido o unos jeans, de hecho no importa si son botas o botines en vez de tacones, pero siempre el mismo par es el que me sostiene.

El camino que uno transita no es sencillo. Ya lo dijeron en una serie de televisión muy famosa, que se necesitan un par de cómodos zapatos para seguir el camino que elegimos. Yo todavía no sé exactamente qué es lo que viene, pero esta actitud, este aire que me cargo de hace un tiempo, se ha convertido en el par que permite que no me lastimen las piedras del pavimento.

El cómodo par de zapatos que he elegido es el punto final, y otra vez, me gusta que no haya puntos suspensivos.

domingo, 21 de febrero de 2010

Noches de juerga

Apenas terminé de escribir todo lo que hacía falta, recién lo leí y lo presenté, y ya estoy comenzando a querer escribir otra vez. La cabeza no me para, no me paran los dedos de las manos, y de unos diez días para acá, tampoco han parado de bailar mis pies, ni de temblar mis piernas.

Hace rato intenté hacer memoria de hacía cuánto tiempo que no me la pasaba tan bien, y aunque no estoy segura, me parece que esta ansiedad -buena y no tan buena- no la sentía desde que estudiaba en la Universidad. Esta Ciudad es maravillosa, tiene de todo, a veces me cae gorda, pero me he hecho el propósito de dejar de decirle groserías cuando me enojo o comienzo a tener una discusión por el móvil. La Ciudad ha estado de mi parte las últimas semanas, ha estado lluviosa, medio fría y a veces distante y algunos dirían que se parece un poco a mi, pero eso ya va de sobra.

La cabeza, como decía, no me ha parado. Siempre pensando lo que viene, las decisiones que hay que tomar, las frases que hay que escribir, los corazones que hay que conocer, que hay que abrir, y el mío mismo, que poco a poco se comienza a despertar. Hay momentos en que me duele todo. Me duele sobre todo esta cabeza que traigo acá arriba; hay veces en que me duele el pelo, me duelen las piernas, me duelen los pies y me duele mucho la espalda. Hay noches en que no puedo dormir, en que prefiero -de hecho- quedarme despierta; es maravilloso cuando se puede decidir, quedarse despierta, quedarse dormida, seguir caminando, pedir un taxi, quedarse callada, seguir escribiendo, seguir transmitiendo esto a pesar de los lectores que se tengan, y los que todavía no tengo.

Y como Hans no quiso arrancar el jueves por la noche, porque cometí el error de dejar las luces prendidas todo el día afuera de la oficina (siempre hay una primera vez), el hecho de volver a casa con Hans a cuestas en una grúa, hizo que me diera insomnio otra vez, que me doliera la cabeza, el cuello del lado derecho y que me diera un poco de ansiedad. Ni modo. Todo tiene un precio, y esta vez, aún cuando pareciera que fue alto, no fue tan desagradable esperar a que todo se resolviera. Las penas con pan son menos, y la espera de una grúa es menos tortuosa si se tiene compañía, que encima, te hace reír a carcajadas.

El día después, casi pierdo la cuenta de los analgésicos que me tomé. Creo que había sido uno por la mañana, dos a la hora de la comida, o al revés, un par con el latte de la mañana, uno a la hora de la comida y uno más a media tarde. Cuando a punto estuve de tomarme uno más porque el dolor no cesaba, caí en la cuenta de la pérdida de la cuenta, y me detuve. Así es. En diferentes situaciones, las cuentas se pierden, y es entonces cuando uno se detiene, o de plano se sigue adelante. Insisto, es maravilloso cuando se puede decidir qué es lo que se quiere hacer.

Me esperaba entonces, una maravillosa noche, un motivo especial para que mis pies no dejaran de bailar y para que mis piernas siguieran temblando. Una llegada a casa de madrugada, con un Curvoisier que me guiñaba el ojo desde que me bajé del taxi, que me supo magnífico en una de esas copitas redonditas, y que me hizo seguirle cantando y escribiendo, para dormir sólo hasta entrado el amanecer, pasadas las siete de la mañana.

Y valió la pena. De pronto resulta que todo vale la pena.

Una hora y media después, me desperté en calidad de zombie para ir a buscar al mecánico que me dijera qué era lo que tenía Hans, además de no tener ni una chispita de batería. En el camino me encontré a mi hermana, la otra María, quien venía desde temprano a visitarme. Fuimos por el guerrerense éste que me cae tan bien, que hizo que Hans volviera a andar. Desayunamos Mari y yo como debiera desayunar todos los días, pero que no siempre se puede. Se quedó todo el día conmigo, vino a limpiar mis ojos, a hacer que las lágrimas atoradas salieran, a que mi corazón latiera tranquilamente por platicar con ella.

Vino a tender mi cama mientras yo tomaba una ducha, a decirme que ya debo dejar de bajar de peso, a hacerme reír con las ideas del cambio de habitación, de entorno, de posición. Vino a recordarme que a pesar de la distancia, seguimos siendo hermanas, y nuestro amor ha prevalecido a pesar de muchas circunstancias.

Vino a llevarme por las arterias de la Ciudad. Vino a abrazarme. Vino a poner en orden lo que se podía ordenar.

De regreso, una Mafka con un novio encantador, y un chofer incluído, me esperaban en la puerta de la casa para volver a salir. Luego de pensarlo un poco, porque tenía muchísimo sueño, guardé a Hans, me arreglé rapidísimo, me puse esos botines de flecos que tanto me gusta usar, y me fui con ellos, y literalmente no supe más, hasta unos 40 minutos después.

Me quedé dormida apenas me subí al coche. Moríamos de risa cuando llegamos al bar que nos esperaba, se quedaron hablando solos cuando no les respondí, y Mafka me pidió perdón por haberme insistido tanto en salir, pero era una ocasión especial. Bebí un red bull, luego comencé a divertirme, a recibir llamadas que me hicieron reír, que me pusieron mejor de lo que ya estaba.

Nos cambiamos de bar, porque el primero era una reunión que no era nuestra. Luego, en el segundo fue una mezcla de todo, que me hizo bailar y me puso feliz: el whisky con soda, los recuerdos de la noche anterior, el cansancio que traía a cuestas, la plática con Mafka, las carcajadas por los chicos del rugby, el cigarro en la banqueta, el carrito de hot dogs que no paraba de vender, el chofer que no nos quitaba el ojo de encima, que luego tardó en regresar para dejarnos volver.

Y dormí, aún cuando no fue tanto como hubiera querido, dormí, por fin, lo logré. Luego, el domingo, cansado como son los domingos, también me trajo algunas sorpresas.

Domingo de comer bien, de dormir poco y de reír mucho. Ciudad de mercados sobre ruedas, de tianguis de pulgas que me hacen enloquecer. Domingo de dejar de odiarlos, de comenzar a aceptarlos, de plantear nuevas alegrías e ilusiones. Ciudad llena de coches, de volantes cubiertos con peluche de leopardo, de camiones y colectivos que casi te quitan la vida o te rebanan el trasero. Domingo de tomar té de manzana, de volverle al té verde, de probar otras opciones sin azúcar. Ciudad de deseo, Ciudad de sonrisas a través del móvil que creo que sabe que me provoca, domingos de comunicaciones casi sin palabras.

Ciudad de un tal vez que más que un quizá es un por supuesto.

Ciudad de noche, domingo de día. Ciudad de noche que me hace feliz, que entonces provoca un feliz domingo que antes no tenía.

Noches de juerga. Noches que me gritan que está bien si le pido que me provoque. Benditas noches, maldito insomnio, bendito deseo, maldito frío de invierno, bendita Ciudad. Buenos días, llegando de reversa, luego de cruzar toda la Ciudad.

Abre los brazos al mundo.

Domingo de dormir hasta las once de la mañana. Domingo de almuerzo con la Diseñadora de Modas, de frapuccinos con San Román. Domingo de hacer las compras, de hacer cuentas, de tirarme del pelo porque no me alcanza el dinero.

Domingo de reinventar planes, de inventar proyectos, de deshacer recuerdos. Domingos de darme cuenta que estoy bien acompañada. Domingo que me enseña a dejar de sacarle la lengua a los domingos.

Día de intentar dormir sin tener éxito. De cumplir promesas, de seguir costumbres, de alimentar a mi corazón a través de mi otra familia, de mis amistades, de buena comida, de reírme manejando el coche que ahora ya quiso andar.

Estoy contenta de que el domingo me haya recordado a la cara que una vez soñé con comerme el mundo a mordidas. Que cuando decidí la línea que quería vivir, para luego poder sobrevivir, tuve un sueño, o muchos, que pensaba en inundar las almas con optimismo, con amor, con buenas costumbres. Pensaba que sí era posible cambiar el curso de la Historia, dejar de permitir que los ciclos se repitieran, que los mismos errores se cometieran, que un acuerdo entre algunas partes era suficiente para darle felicidad a una población.

Soñaba con comerme el mundo a mordidas. Eso, con el tiempo y junto con otras experiencias, se me fue quitando. Me olvidé por un tiempo de Clío, me olvidé de hacerme reír, me olvidé de procurarme un corazón, de procurar al que latía bombeándome de sangre todo el cuerpo; me olvidé de comer bien, me olvidé de dejar de beber, me olvidé de las cosas buenas que me merecía.

Un día me olvidé que era posible que alguien pudiera llegar a quererme, pudiera llegar a amarme tal como soy, me olvidé de quererme a mi misma. Pero las cosas pasan, el tiempo se termina, los plazos se cumplen, la evolución sigue, los caminos se vuelven a abrir. Y entonces comencé a urgar entre mis recuerdos, comencé a lamerme la memoria, y comencé a recordar todo aquello que había bloqueado.

Sólo así me olvidé las pastillas en el buró, me olvidé de las malas compañías, me olvidé de los corazones rotos, me olvidé de los solteros tóxicos, me olvidé de las malas decisiones, me olvidé de engancharme como imbécil a lo primero que me pasara por enfrente, fuera lo que fuera. Me olvidé de comer mal, me olvidé de lo que opinan y hablan los demás.

Comencé a formarme una familia, comencé a tomar buenas decisiones, y hoy, que es como sucedió con el Homo Sapiens Sapiens -el que sabe que sabe-, me hice un pensadero y estoy intentando sacar con mis letras todas esas frases que son y que siempre han sido sordas, esas experiencias que no sirven más, esas personas que nunca fueron, y esas decisiones que alguna vez me resintió tener que tomar.

Hoy me dispuse a volver a creer que me puedo comer el mundo a mordidas. Hoy le tomé sentido a la frase que Cristina me dijo por teléfono, esa de que abra los brazos al mundo, de que está ahí, esperando a que lo tome; esperando como esperé yo misma, para poder conquistarme.

Love, i can believe in. Change, i can believe in. Yo creo y con eso basta. Y es oficial, vuelvo a tener confianza, y lo voy a volver a decir a menudo: quiero comerme el mundo a mordidas.

domingo, 14 de febrero de 2010

Gracias Zaba

Una amiga única, y que tiene un lugar muy especial en mi corazón, me escribió una historia fantástica sobre los exámenes profesionales.

Por sí mismos, éstos son una calamidad -ahora lo sé-, y causan un efímero sentimiento de frustración que no se puede controlar. Luego todo termina. Luego viene la copa, el día siguiente, el trabajo que está pendiente.

Los invito a que lo lean por ustedes mismos en Zabaland.

Gracias Zaba, neto que me hiciste la semana. Gracias por escribir la otra verdadera historia.

Te quiero un montón.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Me lo merezco

La última vez que todas las cosas comenzaron a transcurrir tal y como las planeaba, comencé a pensar que no me lo merecía, que todo era una trampa del destino que me haría pensar las cosas de distinta manera. No sabía el camino que debía tomar, la certeza de mis decisiones, ni las compañías que debían estar junto a mi.

Quizá por eso ahora me sienta un poco extraña, rara, distinta, como si mi mente algunas veces viajara a distinta velocidad de lo que lo hace mi cuerpo.

Pero hoy, después de una larga jornada de trabajo, que venía sumamente cansada, manejando de regreso a casa, la llamada que recibí de San Román, me hizo aterrizar en la realidad, y comenzar a pensar de verdad, que todo esto me lo merezco.

Venía yo sobre Florencia, me tocó el semáforo en rojo así que tenía de frente al Ángel de la Independencia sobre Paseo de La Reforma. El móvil sonó, y del otro lado, un San Román sumamente contento, comenzó a platicar conmigo.

Como siempre, hablamos de todo y de nada. Tomé Tiber, luego Río San Joaquín, luego Periférico Norte. Sin darnos cuenta, llegué a casa, y entonces nuestra conversación tuvo que terminar. Es muy agradable venir sola en el coche, pero sentirse acompañada. La mitad del camino de regreso a casa, lo hice de la mano de este chico.

¿Y sabes qué? Todas estas cosas buenas me las merezco. Comienzo a pensar que por fin, todo el esfuerzo valió la pena. Estamos maravillados de darnos cuenta, de que todo por lo que tanto he luchado se está comenzando a materializar, todo toma forma, todo se vuelve realidad. Es como si por fin la resaca se terminara, y pudiera ver claramente el día después.

Hace un par de años, cuando las cosas estaban bien, casi no podía creer que la buena fortuna llegara a mi vida. Hoy, que comienzan a borrarse los baches del año pasado, estoy segura de que me lo merezco, de que por fin llega mi momento.

Y a vivirlo, como dijo San Román. A disfrutar cada momento, a sentirlo, a llenar mis pulmones de estos nuevos aires que hacen que mi pelo se agite, como se agita mi corazón.