miércoles, 16 de junio de 2010

You've got the love.

Sometimes it seems the going is just too rough
And things go wrong no matter what I do
Now and the I feel like life is just too much
But you've the love I need to see me through.
Candi Station, You've got the love.

Sé que no soy mala persona, me consta, pero no puedo evitar sentirme un poquito culpable cuando la miseria, la soledad o la pobreza se han presentado frente a mi y no me han movido ni tantito. Ya no soy de esas chicas que lloran cuando miran una escena totalmente miserable y real frente a sus ojos, y no estoy segura si debería -o quisiera- seguirlo siendo.

Hay una realidad, y es que aún cuando me esmeré en convertirme en una piedra, no lo logré. Y sí, un tiempo fue difícil, prefería sentir la soledad como mi verdadera compañera, contar conmigo misma de neta aún cuando ahora lo sigo creyendo pero no soy tan áspera en mis opiniones, ni tan estricta hacia los sentimientos de los demás. Por decirlo en otras palabras: moderé mi indiferencia, y siempre me cuidé de no convertirme en una verdadera cínica.

Por el contrario, como lo he escrito muchas veces, me conmueven las escenas de verdadero amor, ¡caray! Ese sí me hace llorar. Me conmueven sobremanera las escenas de amistades verdaderas, de apoyo incondicional, de amor real de soulmates o de "medias naranjas emocionales".

Todavía no sé -y quizá nunca lo sepa-, si las medias naranjas existen. Sé que tengo a mis hermanas de sangre y a mis hermanas del alma. Sé -porque me propuse no olvidarlo nunca-, que han estado conmigo en los momentos que más he necesitado un apoyo, una compañía o simplemente que se queden conmigo cuando me siento a leer. Sé que soy afortunada porque me han querido mucho. Aún cuando las historias que he vivido no siempre han tenido final feliz, soy afortunada, y he contado con mis soulmates que han estado a mi lado.

A veces, luego de una crisis que no importa si fue pequeña o grave, me siento derrotada, me siento sumamente cansada, sin apetito, sin ganas de hacer nada; algunas veces ni siquiera puedo dormir, y extraño que mi hermana Cristina venga a quedarse en mi cama mientras intento conciliar el sueño. Extraño que las personas a las que me acostumbré, ya no estén acá o no vuelvan por un tiempo.

Algunas veces, cuando me estoy tronando los dedos porque no sé qué hacer, de pronto suena el teléfono y es Carmela -que no hablamos tan seguido como quisiera- para decirme que no pierda la paciencia, que en lo que ella me pueda ayudar aquí estará, y que me sugerirá algunas personas con quienes conversar para salir del problema. De pronto, de donde menos lo imaginé, viene la solución al enamoramiento que tiene el insomnio con Morfeo cuando no puedo dormir, de pronto no se aman más y Morfeo viene a abrazarme y es entonces cuando no sé más de mi hasta la mañana siguiente. Esas llamadas de Carmela, me conmueven sobremanera.

No lloro cuando veo la miserable miseria frente a mi, pero no puedo evitar que se me salgan las lágrimas cuando siento el amor sobre mi, cuando miro bellas escenas de amor en las calles, cuando miro cómo en el auto de al lado vienen dos chicas platicando y riendo a carcajadas, cuando viene una pareja que se da la mano, que se observa y sólo se besa, cuando se acompaña. No puedo evitar conmoverme cuando me acuerdo cómo son las salas de los aeropuertos cuando me he encontrado con mis hermanas, cómo son las despedidas con mi madre cuando sé que no la voy a ver en unos días, cómo son las cartas de Cristina en mis manos cuando llega el cartero a tirarlas por debajo de la puerta de la casa.

No puedo evitar mis lágrimas cuando me acuerdo de haber visto a María afuera de la sala de mi examen profesional. No puedo evitar llorar cuando me abrazo a ella, cuando le reclamo que no nos vemos mucho porque no tenemos tiempo, cuando le reitero que más que mi mejor amiga, es mi hermana del alma.

No puedo evitar las lágrimas cuando me acuerdo cómo me recibe la diseñadora de modas en su casa los domingos, cómo su mamá me ofrece los frijoles refritos que tanto me gustan y el huevo revuelto con jamón para el desayuno. No puedo evitar conmoverme, cuando me acuerdo que me ha tomado de la mano cuando más deprimida he estado, cuando he sentido que no puedo tocar más fondo.

No puedo evitar el llanto cuando caigo en la cuenta de que no estoy sola, de que sólo son estados emocionales e intelectuales que uno va superando.

Y qué demonios importa si el "hombre ideal", si el "gran partido" o la "media naranja" nunca llega. Qué más dá si no tenemos una boda con happy ending. Qué más da si el camino sigue de a uno. Qué nos importa si los planes no salen como contábamos, nos tenemos la una a la otra, todas a una, una a todas, somos compañeras y entonces sí tiene parte una historia de amor.


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