lunes, 21 de febrero de 2011

Desperté dos años atrás.

He comprobado que hay cosas que verdaderamente se eliminan de nuestros recuerdos, si es que así lo deseamos. Me propuse olvidar, dejar de recordar o dejar de alimentar, o como queramos llamarle, los detalles de las noches que pasé contigo, de los desayunos que compartimos, y de los días de campo que organizabas para hacerme sonreír. El subconsciente, como los demonios, también hace trampa; y es entonces cuando parece que la Ciudad se pone de tu parte, como se puso hace muchos años para que estuviéramos juntos por primera vez.

Anoche nos disponíamos a dormir viendo una película en lo que agarrábamos sueño, y sirvió no para ponerle atención, sino para que la voz y la melodía de Enya me llevara a un lugar inimaginable. No estoy segura si fue por el agobiante calor que comenzó a hacer, o por el maravilloso orgasmo en el que todavía me encontraba, pero me quedé dormida sin darme cuenta.

Soñé, como todas las noches sueño. Autos, ciudad, avenidas ultrarrápidas. Comida, cigarrillos, pasteles de chocolate, helados de yogurt. Zapatos de tacón, minifaldas negras. Tu madre. El sillón del departamento del Periférico Sur. Los gatos, montones de gatos. Tú. Lléndote. Como siempre, te ibas. Sobresalto. Cinco de la mañana. Me desperté.

Es una pesadilla recurrente, es una rutina diaria, película, música, buen café; un cigarrillo que se apaga, los dientes que se lavan con pastita de menta, las manos que se lavan con vainilla líquida. Un orgasmo, quizá dos. Un par de pies calientes. Una cobija que alcanza para tapar al mundo entero. Mis sueños. ¡Demonios! Apareces tú.

Y entonces, como sucedió por muchas madrugadas durante cuatro años, justo a las cinco horas o a las cuatro 45, me despierto cuando siento que te vas, te veo salir por la puerta, con tu espalda ancha de libertador del sur y tus hombros de piel de jaguar. Me angustio. Despierto. Hace mucho frío. Ya no estás aquí, no has estado, y no quiero que estés.

Me siento de un brinco, estiro la pierna derecha, comienzo a sentir un halo de calor. Unas piernas delgadas y amorosas me reconocen. Lo siento junto a mi, y entonces vuelvo a acurrucarme, abrazando su cintura, tranquilizándome porque sólo fue un sueño, del que desperté dos años atrás.

Me molesta que vengas a invadirme como lo hizo la señora de pelo de maíz antes de navidad. Déjenme dormir. Ya no más cruzarás esa puerta, debo curarme de tus partidas en la madrugada como me curé de amor. Cómo me duele que ahora busques hacerte presente.

Debo encontrar la llave para guardarte de regreso en tu jaula.

sábado, 5 de febrero de 2011

Mientras las locomotoras bufan su impaciencia
las arañas tejen
su tela con hilos de música
para apresar la mariposa eléctrica.

Estación, Germán List Arzubide, 1924.

viernes, 4 de febrero de 2011

Un gran cambio.

Masaje en la espalda, crema para las caderas; día de manicura y de uñas de los pies. De peeling facial, y perfectas cejas delineadas. Es el último día oficial de vacaciones, y también mi última oportunidad para ponerme al día.

La semana que entra comienza la montaña rusa otra vez. De buen humor, de mal humor; sobrellevando el carácter -bueno o muy malo- de los demás. Y aprovechando que hoy cumplo ocho días de estar de buenas ininterrumpidamente, sin importar en qué zona de la Ciudad he visto amanecer, decidí aprovechar la mañana y media tarde para terminar de palomear los pendientes en mi lista del buen look de este año.

Cuando puse sobre la mesa la posibilidad de que mi mechón de canas se fuera para siempre, simplemente me sentí mareada. No me da miedo un cambio radical, quizá una despedida radical sí, pero el cambio no; sin embargo, este mechón de canas significa demasiado.

Y el 2011 seguirá significando demasiado. Lleno de planes, organización, escritos pendientes, amistades para siempre, nuevas personas que han llegado a cambiarlo todo.

Me siento feliz, y espero cumplir más de diez días de buen humor ininterrumpido. Ese sería un gran cambio.

martes, 1 de febrero de 2011

Las personas se apoderan de las aceras.

Me llegó, juro que sin querer -y ahora también quisiera tener párpados en las llemas de mis dedos-, uno de sus últimos trabajos. Sin saber que yo soy su ex mujer, me pidieron una opinión sobre la última edición de este ensayo, en fin, ya decía yo que el mundo es una gran rueda de la fortuna, y ahora con mucha alegría afirmo que arriba me toca estar a mi. También su chica se ha puesto en contacto conmigo, y bueno, él dice que es su chica, ella dice que es su mujer, ella no sabe que yo sé, que él no quiere saber nada, y que de hace ocho años que tengo de conocerlo, ya no queda nada.

Pero el gremio de los historiadores es cerrado, es pequeño, y todo se sabe de todos, en todas partes, de todos lados.

El trabajo, desde el primer párrafo, presenta errores garrafales, terribles, que nunca me imaginé que él, tan escrupuloso como era para criticar, los esté cometiendo. Y bueno... de hecho, ahora recuerdo que nunca tuve en mis manos un trabajo suyo terminado, siempre estaban en construcción, bajo corrección o en comentarios, pero digamos que el señor creía que podría escribir la mejor disertación con el mínimo esfuerzo, en el mínimo tiempo previsto, y con un cronograma inmutable. El señor no tomaba en cuenta que debía tener todo el empeño posible, y que debía dejar de aislarse a sí mismo en los jardines solitarios de la Ciudad, y en los rincones más remotos de su existencia.

Tal y como las contradicciones en las que caía, el trabajo que tuve en mis manos también está lleno de ellas. Los signos de puntuación no correspondían a la narrativa que se proponía desde el título, y él se creía ser el mejor investigador de todos los tiempos, o por lo menos, de la Ciudad de México.

Ahora que puedo leerlo, que puedo hacer un "resumen de actividades post-proyecto", me da gusto haber renunciado a tiempo. A la cima uno no llega solo -él debería saberlo-. Y llegar a la cima cuesta mucho trabajo, se necesita mucho esfuerzo; eso, estoy aprendiéndolo en carne propia.

Y en medio de toda la protesta, de toda la lectura, y de todo lo que conlleva un dictamen o digamos, un fallo a nuestro favor, tal parece que las personas ajenas se apoderan de las aceras.

La Ciudad ya no es la misma, y yo también he cambiado como ella.

Toda la semana pasada soñé con él y con su madre. Estaban apoderados de la Ciudad, y yo no podía dar un paso sin encontrármelos, sin estar envuelta en los juegos que siempre querían jugar. El tipo volvía de lejos, de algún viaje o de siempre (¿me explico?), y venía a decirme como siempre lo hacía, que yo era la mujer de su vida y que no podía vivir sin mi. Llegaba, como la última vez, a decirme que esto era para siempre, que me amaba, que no podía seguir si no lo intentábamos una vez más.

Sentí una angustia que hace mucho no sentía estando dormida, la misma angustia que curiosamente sentí cuando se fue, y que he sentido todas las veces que sueño con él, o que siento que está cerca. También sentí miedo. Tenía miedo de decirle cómo eran las cosas de verdad, y hacia dentro de mi pensaba que era una tranquilidad saber que mis Ojos Verdes estaban junto a mi. Tenía que encontrar el momento justo para decirle que esta es mi banqueta, es mi cuadra, mi manzana entera, toda mi Ciudad, que mis Ojos Verdes la compartían conmigo, y que él debía regresar al lugar de donde venía. Nada era igual.

La señora de pelo de maíz era, como siempre, exigente, falsa, actriz. Tan actriz, que ella no sabía que no era ella. También me daba miedo. Su rostro parecía una máscara rígida, con una dentadura protuberante color amarillo, de dientes animalescos, como de caballo. Esa imagen fue una rara mezcla de la realidad, caricaturizada. Exigente, repito. Había que hacer las cosas como ella decía, no queríamos que se mostrara su toxicidad.

Desperté, gracias, como siempre despierto. Tuve un mal sueño otra vez. Y al arreglarme para salir, y ponerme mis mejores zapatos de tacón, me di cuenta, ya pisando mi Ciudad, que las aceras siguen siendo arrebatadas por muchas personas que no tienen identidad, que sólo quieren pisotear y encima con unos zapatos nefastos -como los de la señora de pelo de maíz-, amorfos, insensibles e irreales.

Debo encontrar la forma de que todos los fantasmas de mi pasado se queden en un lugar. Pensé en un principio que sería en la zona Sur de la Ciudad, hasta que supe que también tengo que regresar a trabajar por allá. Pensé que podrían quedarse en su departamentito sin muebles, lleno de altares sin sentido, que rezan por que los análisis de laboratorio salgan limpios, para poder tener un lugar en la cama de alguien. Nunca imaginé que se llegara a tal nivel de desconfianza. Pedirme una constancia para tener una oportunidad para el amor, hubiera sido más que una de sus enormes ofensas.

Me da miedo pensar en ese espacio sin muebles, con altares y gatos cojos o sin cola rondando los coches de alrededor.

Me da miedo que mis demonios se hayan acostumbrado a pelearse unas cuantas aceras. Me da miedo que mis demonios ya no quieran regresar a su jaula. Sólo esta semana les queda, para seguir paséandose por toda la Ciudad.

JURAMENTO DE AUTOESTIMA

Venga, reconócelo Mariposa Tecknicolor, eres lo mejor que hay en la tierra. Es verdad que a veces te deprimes y no quieres hacer nada porque todo te da flojera, pero el resto de las veces eres muy optimista, perfeccionista y dedicada. Nadie sabe hacer investigación histórica como tu. Si ya lo dice tu madre: eres la mejor historiadora del mundo. Por eso, a partir de hoy vas a quererte por ser responsable, persistente e inteligente.