He comprobado que hay cosas que verdaderamente se eliminan de nuestros recuerdos, si es que así lo deseamos. Me propuse olvidar, dejar de recordar o dejar de alimentar, o como queramos llamarle, los detalles de las noches que pasé contigo, de los desayunos que compartimos, y de los días de campo que organizabas para hacerme sonreír. El subconsciente, como los demonios, también hace trampa; y es entonces cuando parece que la Ciudad se pone de tu parte, como se puso hace muchos años para que estuviéramos juntos por primera vez.
Anoche nos disponíamos a dormir viendo una película en lo que agarrábamos sueño, y sirvió no para ponerle atención, sino para que la voz y la melodía de Enya me llevara a un lugar inimaginable. No estoy segura si fue por el agobiante calor que comenzó a hacer, o por el maravilloso orgasmo en el que todavía me encontraba, pero me quedé dormida sin darme cuenta.
Soñé, como todas las noches sueño. Autos, ciudad, avenidas ultrarrápidas. Comida, cigarrillos, pasteles de chocolate, helados de yogurt. Zapatos de tacón, minifaldas negras. Tu madre. El sillón del departamento del Periférico Sur. Los gatos, montones de gatos. Tú. Lléndote. Como siempre, te ibas. Sobresalto. Cinco de la mañana. Me desperté.
Es una pesadilla recurrente, es una rutina diaria, película, música, buen café; un cigarrillo que se apaga, los dientes que se lavan con pastita de menta, las manos que se lavan con vainilla líquida. Un orgasmo, quizá dos. Un par de pies calientes. Una cobija que alcanza para tapar al mundo entero. Mis sueños. ¡Demonios! Apareces tú.
Y entonces, como sucedió por muchas madrugadas durante cuatro años, justo a las cinco horas o a las cuatro 45, me despierto cuando siento que te vas, te veo salir por la puerta, con tu espalda ancha de libertador del sur y tus hombros de piel de jaguar. Me angustio. Despierto. Hace mucho frío. Ya no estás aquí, no has estado, y no quiero que estés.
Me siento de un brinco, estiro la pierna derecha, comienzo a sentir un halo de calor. Unas piernas delgadas y amorosas me reconocen. Lo siento junto a mi, y entonces vuelvo a acurrucarme, abrazando su cintura, tranquilizándome porque sólo fue un sueño, del que desperté dos años atrás.
Me molesta que vengas a invadirme como lo hizo la señora de pelo de maíz antes de navidad. Déjenme dormir. Ya no más cruzarás esa puerta, debo curarme de tus partidas en la madrugada como me curé de amor. Cómo me duele que ahora busques hacerte presente.
Debo encontrar la llave para guardarte de regreso en tu jaula.
Anoche nos disponíamos a dormir viendo una película en lo que agarrábamos sueño, y sirvió no para ponerle atención, sino para que la voz y la melodía de Enya me llevara a un lugar inimaginable. No estoy segura si fue por el agobiante calor que comenzó a hacer, o por el maravilloso orgasmo en el que todavía me encontraba, pero me quedé dormida sin darme cuenta.
Soñé, como todas las noches sueño. Autos, ciudad, avenidas ultrarrápidas. Comida, cigarrillos, pasteles de chocolate, helados de yogurt. Zapatos de tacón, minifaldas negras. Tu madre. El sillón del departamento del Periférico Sur. Los gatos, montones de gatos. Tú. Lléndote. Como siempre, te ibas. Sobresalto. Cinco de la mañana. Me desperté.
Es una pesadilla recurrente, es una rutina diaria, película, música, buen café; un cigarrillo que se apaga, los dientes que se lavan con pastita de menta, las manos que se lavan con vainilla líquida. Un orgasmo, quizá dos. Un par de pies calientes. Una cobija que alcanza para tapar al mundo entero. Mis sueños. ¡Demonios! Apareces tú.
Y entonces, como sucedió por muchas madrugadas durante cuatro años, justo a las cinco horas o a las cuatro 45, me despierto cuando siento que te vas, te veo salir por la puerta, con tu espalda ancha de libertador del sur y tus hombros de piel de jaguar. Me angustio. Despierto. Hace mucho frío. Ya no estás aquí, no has estado, y no quiero que estés.
Me siento de un brinco, estiro la pierna derecha, comienzo a sentir un halo de calor. Unas piernas delgadas y amorosas me reconocen. Lo siento junto a mi, y entonces vuelvo a acurrucarme, abrazando su cintura, tranquilizándome porque sólo fue un sueño, del que desperté dos años atrás.
Me molesta que vengas a invadirme como lo hizo la señora de pelo de maíz antes de navidad. Déjenme dormir. Ya no más cruzarás esa puerta, debo curarme de tus partidas en la madrugada como me curé de amor. Cómo me duele que ahora busques hacerte presente.
Debo encontrar la llave para guardarte de regreso en tu jaula.