jueves, 31 de diciembre de 2009

Esto, que me cuesta tanto trabajo

Estas fechas, que me cuestan tanto trabajo, y que me esfuerzo por ignorar, están por terminar. No fueron tan malas al fin y al cabo, aunque del frío siempre me quejaré, en mi corazón poco a poco se comienza a sentir calor.

Al principio de la temporada, cuando en el supermercado me obligaron a oler los pinos navideños y a entrecerrar los ojos por tantos foquitos de colores encendidos, sólo lograba pensar que aquí veníamos de nuevo, que el año estaba por terminar y que pronto debía comenzar a hacer otras listas para palomear. No todo ha sidoto tan malo. No todas han sido malas experiencias. No todas las lágrimas fueron de desilusión.

Y mi corazón en venta volvió a desear una navidad sangrienta. Pero antes, salí de fiesta, y me alboroté el pelo y me puse mis botas altas, me subí a Hans y conduje hacia donde mis amigos me esperaban. Fui a reirme a carcajadas al Xiva pre-party club, a comer un antipasto muy british al King's Pub. A compartir con los chicos de la oficina que me hacen feliz, que me contagian su histeria -lo que no es muy difícil- y me hacen estar despierta más de la cuenta.

Fui con Mafka a conocer al compadre de su pareja, a beber cerveza obscura en tarros enormes mientras nos bizarreábamos por los gritos de las chicas de la barra. A platicar sobre los procesos históricos y las pésimas decisiones de nuestro país. Fui a deambular por la línea dos del Metrobús, a la estación Dr. Vértiz, a la estación Escandón a conocer a un chico trajeado, muy guapo, que no hizo falta que se acercara a hablarme, a la estación La Salle para perderme en la San Miguel Chapultepec.

Anduve muerta de frío, envuelta en dos abrigos y con una gran pañoleta en el cuello. Salí a caminar por la Ciudad. Salí a fumar por las calles de mi Ciudad. Salí a caminar por Paseo de la Reforma cuando la hicieron peatonal, a dejarme caer frente a un inmeso árbol de navidad color azul con ángeles que parecen disecados, que recuerdan la Independencia que ya no se sabe que fue.

Salí, y mientras pensaba en los resultados del año, me di cuenta que en general las cosas valieron la pena; conocí a algunos chicos, Matías, mi chico favorito de la Santa María la Ribera, Mateo, los Ojos redondos, mi tocayo, el chico del segundo encuentro en Bellas Artes, el fantástico mimo que me regaló una noche azul. Y los chicos que siempre están aquí, el Rey Sol y San Román. Hubo momentos que quedaron congelados en graciosísimas fotografías, saliendo del mar luego de un intento de surf, la foto de una graduación con tacones y a lo loco, y la buenísima imagen bajo una luz azul cuando tuve una noche de copas sin beber ni una gota de alcohol.

Salí, pero ahora me até el pelo en la coronilla, me envolví el cuello de color magenta y me dejé abrazar por el maxiabrigo gris. Mis manos tuvieron siempre piel sobre la mía, lo que llega a excitarme de vez en cuando, y sólo así me fui al cine, a ver las que me hacían falta, a angustiarme con los thrillers que no me esperaba.

Es agradable salir de la oficina. Es agradable salir con la oficina. Es agradable salir en la oficina cuando la risa no se puede contener. Es agradable reír de lo que no te imaginas que te pudo haber dado risa.

A veces quisiera quedarme callada, y justo cuando creo que voy a lograrlo, los presentes que no imaginé recibir en esta navidad sangrienta, provocan en mi garganta una serie de reacciones que van desde gritos hasta gemidos. Me emocioné. No todos los días -ni todas las navidades- se recibe de regalo la edición de coleccionistas de la muñeca Barbie de 1959, ni el disco que ganó doble platino de Joaquín Sabina, ni una chamarra roja de parte de la diseñadora de modas, ni un bellísimo llavero que adorne el volante de Hans mientras ando con él de parte de Mafka, ni unos botines de fábula para usar con minivestido y un par de camisetas por la paz y el green planet de parte de Toya, ni un libro con una dedicatoria amorosísima por parte de mi padre.

Recibí el cariño de cada uno de ellos, y el que me recuerdan que la soledad todavía no se ha logrado instalar en esta Historia.

¿Mi familia? Prefiero escribirles de mi familia del corazón, la misma que me recibe en su mesa para los desayunos de los domingos, y los findes enteros en donde nacieron los árboles de la vida. Estos chicos con quien cenaré hoy asado de brochetas, costillas adobadas, ensalada de zanahoria y pastel de queso.

Y que los demás lean el juramento los días primero de cada mes, y que si logran conectar con su sentido común por mera casualidad, intenten aceptarme como soy. Me vale madres que opinen que cambio lo bonito por lo feo. Finalmente, quien persigue ser feliz soy yo y no ellos.

Feliz año nuevo.
Nos vemos en el 2010, una buena estrella también viene con él.

martes, 29 de diciembre de 2009

Condenar a galeras los archivos

¿Qué pasa con los hombres? Y hace ya mucho que no me sentaba a escribir de esto, ni que me hacía esta pregunta.

¿Ahora qué se tiene qué hacer para que te inviten a salir? ¿Para que no te dejen plantada? ¿Qué se supone que se debe responder cuando es obvio que se resisten a salir con una? Nada, supongo que nada. Mi madre dice que lo que más llega es la indiferencia. Y verdaderamente que no he querido ser indiferente, aún cuando Mateo insistía en decirme que cuando me conoció, mi corazón sólo proyectaba indiferencia.

Ya no quiero pensar, y estoy logrando que no me importe. Si es un médico quien me tiene que hablar porque él no logra hacerlo, si se inventa que chocó el coche, si me quiere hacer creer que tiene mil pendientes que valen más la pena que pasar una tarde conmigo. El chico es especial, o lo era hasta ayer en la noche, cuando acordamos pasar toda la tarde juntos. Ahora, ya no importa nada, "peor es no saber quien eres, agua pasada, tierra quemada, que da igual esperarte o que me esperes; que la cuenta esté saldada", como dice Joaquín Sabina.

Mafka me llamó y quedamos para comer, para caminar por las plazas de la zona, para compartir con su pareja, beber té negro con leche muy al british style, al cine a ver la peli que vi hace diez días, a comer palomitas, y a intentar olvidar lo que creo que ya me olvidé.

Me gusta que lleguen mensajes inesperados al móvil. No sé quién fue quien me mandó besos y me dijo "guapa" casi a las 23 horas. Le respondí. Me puso de buenas. No hace falta saber algunos remitentes.

Con los chicos ya no se sabe, tóxicos o locos, cuerdos o intelectuales, ejecutivos chupasangre o solteros empedernidos. Igual harán su ronda. Y estoy segura de que habrá otros encuentros con ellos.

El mismo que me ha dejado plantada desde hace casi un año, que durante la cuaresma me declaró su amor y luego se retractó, que no se ha ido pero que tampoco se quiere quedar; anoche me dijo que es capaz de dirigir un archivo histórico completo, pero que no puede conmigo. Debería entender -para que todo funcionara y para evitar sentimientos de frustración- que no necesita ni dirigirme ni poder conmigo, simplemente aventarse a la "viva México" como se hace cuando se quiere estar con alguien. Y aunque suene trillado, no necesito que me entiendan, sólo que quieran estar conmigo tal y como soy, "just the way i am", y si quieren un plus, podrían entonces intentar quererme.

¿Sabes? Mejor deberías condenar a una galera el archivo que tiene mi nombre, aquel en cuya pestaña dice "Mariposa Tecknicolor", y comenzar a dirigir, investigar, analizar o lo que más prefieras, otro que no lleve mi nombre. No es muy caballeroso que digamos, abandonar de un día para otro una investigación, o un archivo con el nombre de una dama, sin otra motivación.

Hagamos historiografía de otro tema, querido, no más de nosotros dos. Ya debería estar acostumbrada a que me dejen plantada, a que cierren mi cajón, a que no abran más mi puerta, pero insisto: todavía tengo esperanza.

Yo todavía no me doy por vencida, aunque por momentos pienso que ya nada vale la pena. De cualquier manera cuando el 2009 empezó me prometí tener fe, y este puto año todavía no se termina, así que hasta el último segundo seguiré teniendo fe.

Tan poco tiempo

Tanto que hacer y tan poco tiempo.
Frase que se la adjudico a El Guasón, en la primera película Batman que dirigió Tim Burton.

Y ahora sí el tiempo me alcanzó, y faltan sólo tres días para que la película de terror termine. Para que todo se vaya. Para que vuelva a comenzar. Para que esta rueda de la fortuna se ponga en marcha, y me deje un buen rato arriba, para que pueda mirar el panorama.

Se está acabando, se acaba, ya se acabó. Y yo todavía tengo muchas cosas que hacer, un montón de ideas que escribir, unas correcciones que hacer, unas reconciliaciones que impulsar, una manicura que no quiere quedar, muchas horas para dormir, y el famoso día de 27 horas que todavía no he podido vivir.

Tanto que hacer, y tan poco tiempo.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Un amante que me haga feliz

De veras que si me pongo a escribir lo que ha pasado la última semana, va a parecer que ahora me dedico a escribir novelas. Hay veces en que quisiera no pensar tanto, o no vivir tanto, o que no me tocara vivir estas cosas que pasan, que me desfilan frente a los ojos.

Hoy salí en la noche a tomar café con San Román. Sacamos la lista de propósitos que hicimos juntos hace un año. Lo que estuvo directamente en mis manos lo cumplí, salvo lo de entrenar el maratón, y lo más estúpido es que volví a fumar. Bajé más de diez kilos, conseguí varios empleos, terminé de escribir el libro, logré cierta estabilidad, y mis ahorros se fueron en comprar a Hans.

Tuve una reunión con una de mis lectoras, una que está feliz por haber leído mi Historia. Abiertamente me dijo que crecí como escritora, que ahora me pueden llamar historiadora. Que aprendí a escribir, y a dejar de escribir como si platicara. No se puede platicar en el texto, más bien se escribe, se ordenan las ideas.

Nos acordamos de que cuando fui su alumna, me daba tanta emoción leer una fuente bruta que rompía en llanto. Ahora ya no lloras, me dijo, ahora infieres y escribes, analizas mientras investigas, y eso tu lector lo puede sentir.

Me sentí muy orgullosa. Y creo que esa es de las mejores recompensas que me pudo haber traído el batallar con la investigación mientras batallé todo el 2009.

El año fue muy duro, pero me dejó muchas experiencias y otras tantas enseñanzas. De entrada que puedo salir adelante, y que sólo me tengo a mi misma. Y que a pesar de que sólo me tengo a mi misma, tengo a mis amigos, a mi familia de corazón que no me han dejado sola. Finalmente las cosas comenzaron a acomodarse.

Está orgullosa de mi. Hay una lectora orgullosa de una exalumna, que ahora es profesional. Eso me hace feliz.

Hablamos de muchas otras cosas. De nuestras familias, del futuro que viene, de los posgrados, los proyectos, las oportunidades que hay en el extranjero. Hablamos de las cuestiones personales y de las listas que tenemos cada una para palomear. Que quizá el matrimonio ya no sea opción, que los hijos luego de los 30 tampoco, que mejor vivir a como una decida y tener un amante que nos haga feliz.

Un amante que nos haga feliz. Habráse visto insolencia, cinismo y alevosía. Habráse visto que por fin pude tener una conversación de éstas. Otra chica, que pudiera ser mi madre, pero que no lo es, que sin involucrarse da un consejo por el bien de otra chica. Y cuesta trabajo, y no es de un día cualquiera, pero basta ver mis fotografías.

¿Y el amante? No lo sé, y quizá nunca lo sepa. Mientras tengo algunos que me acompañan cuando duermo, en mis sueños, junto a mi en mis libros, que están en mis personajes, en mis cd's, que caminan conmigo susurrándome a través de los audífonos que traigo en los oídos. La libertad cierra el pico, pero no se calla. La libertad supera, nos alcanza, la libertad y la tecnología siempre llegan acá.

La libertad se ha enamorado de mi soledad.

Las fotos que San Román me tomó esta noche no me dejarán mentir. No soy la misma, pero soy igual. Estos kilos de menos me hacen parecer otra persona. La chamarra de cuero me envuelve, piel sobre piel, como me fascina cuando sucede. Mis manos enfundadas en más piel, toman mis escritos, toman mis sueños, abrazan esas oportunidades que no quiero que se me vayan. Mi pelo casi siempre va atado. Mi mechón cano hace que todo brille, aún más que las luces de esta fría Ciudad.

Y ahora que ya sé escribir, creo que ya podré dormir.


lunes, 21 de diciembre de 2009

Experiencia AA

El otro día, a petición de una vieja conocida, acudí de oyente a una sesión de Alcóholicos Anónimos. La experiencia no fue desagradable, debo admitir que llegué temerosa porque no sabía qué era lo que iba a ver y a escuchar. De todos los testimonios, el de un chico fue el que me conmovió. Tendrá unos 34 años y lleva un año y nueve meses sobrio. Platicó, entre muchas cosas, las razones que lo llevaron a dejar el alcohol; porque más que decisión, también se debe haber tocado fondo para no querer volver a vivir el alcoholismo.

Evité, sin éxito, acordarme de por qué le llamaba tóxico a quien fue mi última pareja. No es mentira cuando digo que le hubiera dado mis pulmones para que volviera a respirar. Y también estuve dispuesta a ayudarlo de cualquier forma que necesitara, pero eso no fue suficiente, no quiso aceptar mi ayuda.

Y con el paso del tiempo, tuve que aprender a entender que la ruptura no fue mi culpa, que no fue que no hubiera amor entre los dos, que no porque no hubiera funcionado con el chico significaba que no funcionará con nadie más. Aprendí que las adicciones son una enfermedad, que las personas enfermas deben poner de su parte, aceptando desde el principio, que existe un problema en sus vidas. Mi ex nunca lo aceptó.

En contra parte, yo sí podía hablar abiertamente de la depresión, de la rehabilitación emocional que vive el enfermo y la familia luego de una crisis depresiva; podía hablar del TOC, de las crisis de ansiedad, de dejar de dormir por semanas, de sentir que los dolores caminan por el cuerpo sin saber dónde van a parar. No fue cosa fácil. Hay algunas personas que piensan que, de entrada, haberme preocupado por mi salud ha sido el más importante de los logros, y uno de los más difíciles.

Y ahora, en retrospectiva, me doy cuenta que la adicción la viví con él, y que también tenía que rehabilitarme a través del sabio consejo del tiempo.

Y hoy, que dormí por mucho tres horas y medias, que me puse a escribir aquí antes de las tres de la mañana, que ya no sé qué hacer con este insomnio y con este frío que me camina por dentro, decidí volver donde siempre encuentro alivio. El venti light latte para mi, el grande para él, sin azúcar para ambos, una hora después me pasó al consultorio.

Y hablamos como si nos viéramos cada semana. Como si nada. Como si todo. Como que tengo que dar el gran paso, y como que ya me sé de memoria lo que me dirá, que me viene diciendo desde hace cinco años, desde hace muchos ciclos, muchas recuperaciones, muchos síndromes de abstinencia.

Y esto no fue como una reunión de AA, pero siempre es una rehabilitación. Es una constante recuperación que a veces olvido cómo es y cómo se siente. Que la mayor parte de las veces se acostumbra tanto a mi, que se me olvida luchar todos los días.

Y para no olvidar, mi padre me lo ha escrito:

Amadísima hija Mariposa Tecknicolor:
Ojalá estas palabras penetren tu corazón, las tomes en cuenta y sean una referencia en tu vida:
Nunca te quejes del ambiente o de los que te rodean, hay quienes en tu mismo ambiente supieron vencer. Las circunstancias son buenas o malas según la voluntad o fortaleza de tu corazón.
Pablo Neruda.
Con todo el inmenso amor de tu papá.


Y yo lo amo a él. Y así es volver a rehabilitar el corazón, con mucho orgullo y sin causar vergüenzas. Así es un día a la vez, el día a día. Ayer estaba por los suelos, hoy ahí la llevo, mañana no sé.

21 de diciembre

Creo que esta es la fecha a la que más le temía en el calendario. Y ahí estuvo, bum, bum, bum, todo el año latiendo y acercándose a mi.

Es oficial, el invierno ha llegado, yo tengo muchísimo frío y me duele el pecho de tan vacío.

No sé más qué hacer para sentirme bien. No sé dónde más esconder este frío que tengo por dentro, que me duele en los huesos, que me duele en los pies. Es oficial, te extraño. Qué más da si eres tóxico, qué más dá si no me quisiste, qué más dá si tu madre no quería lo nuestro. Te extraño, y nadie tiene que enterarse, Mauricio no lo tiene que saber, tu madre no lo debería imaginar, mi padre debería quererme con que te extraño.

Ya no me acuerdo cuántos años cumples hoy. No me acuerdo cuántos años cumple el invierno aquí, dentro de mi, apareciendo cada doce meses pero viviendo hablándome a la cara en el espejo.

Hace un año estaba contigo, en alma si no es que en cuerpo. Allí estuve, dejándome abrazar por las noches, acompañándote con todo y tus brebajes y hierbas e ideas irracionales. Te amaba, ¿sabes que te amaba? Y hoy te extraño. Te extraño en mi casa, sentado en mi coche, acostado en mi sillón viendo películas, sentado a mi lado los sábados por la mañana para el desayuno, parado afuera de la estación Barranca del Muerto esperando a que llegara.

Y diste conmigo. Muchos meses después de no verte más, diste con mi columna, con mi perfil, con mis letras y mis historias. Y te atreviste a presentarte otra vez, a reclamarme que salí con un chico de una camioneta azul cuando sabes que eso es ficción, que es la mezcla de vida y mito que me gusta escribir.

Y quisiera dar contigo, pero no me acuerdo de tu número de teléfono. Es increíble como la memoria bloquea cosas para que uno no cometa actos de pánico. Nunca me hubiera imaginado que mi memoria te borrara de mi vida, o que la vida que ahora tengo te borrara de mi memoria. El tiempo finalmente fue el mejor de los consejeros.

Qué poca madre de 21 de diciembre, entra el invierno, no siento los pies de tanto frío, es lunes y no puedo andar en Hans, y es tu cumpleaños y no te puedo ver. Y no sé si te quiero oler o escuchar, sentir o mirar, hablar o abrazar. Y no sé si podría besarte otra vez, compartir días enteros, compartirte lo que me hace feliz ahora, platicarte los éxitos que tuve este año, estos meses, este tiempo que no he sabido de ti, pero que tú sí supiste cuando leíste este espacio y te autodenominaste "soltero tóxico". Y qué fuerte, qué grave, haberlo hecho sin saber si hablaba de ti, porque solteros hay muchos, y tóxicos aún más.

Y hoy que estoy tan triste, tan deprimida, que nadie responde el móvil, que nadie me quiere mirar, que no quiero que ella se me acerque, que me siento vacía; hoy no me acuerdo de cómo eres, no me acuerdo de tu pelo, de tu estatura, no me acuerdo si eres guapo o más o menos; no me acuerdo de tu aroma, no me acuerdo de tu sonrisa, no me acuerdo de tu voz. ¿Cómo traes ahora la barba, corta? ¿Subiste de peso? ¿Sigues comiendo en el mercado de Tizapán? ¿Sigues yendo al cine al Centro Cultural? ¿Sigues teniendo el coche blanco?

Me hace llorar mucho saber que fui muy feliz, y que ahora ya no me acuerdo de como era. Me pone muy triste no acordarme de ti. Me siento mal de no haber tatuado en mi piel una de esas sonrisas que me dabas al despertar, una de tus firmas en los recados que me dejabas en la almohada, esas puestas de sol en la playa, la forma en la que me abrazabas cuando tomábamos el sol en la terraza.

Te quise tanto, que creo que ahora ya no podré querer más. Te amé, y si tu me amaste a mi, nunca me lo dijiste así, nunca escuché de tu boca decir "te amo". Y no me importaba, no me importaba nada, sólo me importabas tu. Hubiera renunciado a todo lo demás, si tu hubieras respondido como lo habíamos acordado.

Seguramente eres feliz con la chica que ahora tienes, seguramente te quiere y le dices que la amas. Seguramente yo no voy a cambiar, ni volveré a querer igual, y pasará mucho tiempo más para que un chico llegue acá. Todos tenemos lo que merecemos, y comienzo a pensar que merezco esto que ahora tengo. Ya no quiero nada. Quisiera, sólo un momento, acordarme de cómo eras.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Me pesa la memoria, me pesan los recuerdos.

Me siento como si supiera donde debo nadar, y no pueda hacerlo. En un mar de información y de recuerdos, no sé por donde comenzar.

No puedo recordar dónde tengo guardadas las fotos de mis años de Universidad, de mi graduación, de mis años de preparatoria, de mi primer novio, de mis amigas entrañables. No puedo recordar dónde dejé mis libros de radio y eso me preocupa mucho; la mayoría de ellos no son míos, son prestados, y me preocupa no saber dónde están por no poder devolverlos cuando todo esto termine.

No recuerdo mis navidades felices.

No recuerdo mis noches de copas.

No recuerdo mis años nuevos de antes.

Estoy a punto de olvidar a mi hermana que me deja vivir a través de ella, y eso me pone mal.

No recuerdo que los inviernos hayan sido así.

Pienso que la razón es porque todo es nuevo, los inviernos diferentes, la gente que llega y se va, la que no viene más, las fotos que no debo mirar.

No puedo dejar de angustiarme porque no puedo recordar. Mi memoria ya no es la de antes.

Estimado Andrés Neuman:

El domingo pasado terminé de leer tu libro, y me quedé, como suele pasar cuando termino una novela, muda y con la mente en blanco.

Hubo muchas cosas que no esperé que sucedieran, así que me emocioné por sentirme sorprendida. No imaginé que la agonía del organillero durara más de un par de días, que Rudi arremetiera en contra de Hans (lo que es comprensible porque son, como dice Álvaro, cuestiones de honor), que Sophie confesara sus sentimientos hacia el viajero -y no me refiero a que "confesara su infidelidad" porque a mi manera de ver, le hubiera sido infiel a Hans- y cancelara la boda.

Me causó algo de ansiedad no saber qué decía la carta que Lisa tiró al Nulte, ¿habría hecho que Sophie lo acompañara en el viaje? O al revés, ¿habría hecho que Sophie se quedara en Wandernburgo? Y el mejor final fue ese: que Sophie toma la decisión de partir, ahora la ciudad le quedaría pequeña, luchando por apretarle el pecho, sacarle el aire y presionarle más allá de la dignidad.

No me gustan las despedidas. Y debes saber que cuando es necesario que viva una despedida, me hago como si no pasara nada, así las cosas no se sienten como generalmente ocurre en el corazón.

Así, mi querido Andrés, no quisiera despedirme de ti, pero los motivos que tenía para escribirte se han terminado. Leer El viajero del siglo fue como un oasis en el desierto de mi esterilidad emocional, y fue como un transporte a lugares que no pude haber imaginado antes.

Me quedo con muchas cosas. Me quedo con todo el amor -por supuesto-, con las historias que se cuentan a través de las estaciones del año, con el tiempo que no transcurre, con el tiempo que se cuenta a mares, con el tiempo que nos sobrepasa, y con las cosas que se van terminando conforme avanza. Me quedo con el erotismo que me hizo despertar.

Me quedo con haberte conocido, que ha sido todo un placer.

Hasta pronto.

Un cariño,
Mariposa Tecknicolor.


sábado, 19 de diciembre de 2009

El movimiento se demuestra andando

Y el amor se demuestra con actos.

Desperté, contenta de haber dormido bien y profundamente. Desperté con mucho frío, confusa por la situación, y comencé a llorar. No he podido parar.

Me entristece la actitud de las personas, la actitud vendida ante el placer, el blof de hacer o tener algo, o de pertenecer a algún grupo. Me ofende que se actúe como si no pasara nada, como si yo fuera la equivocada, como que estoy peleada con la vida cuando saben que no es así, que me he esforzado para estar donde estoy y ser lo que soy, y que he luchado mucho por mi paz espiritual y emocional.

Me entristece, me ofende, me hace llorar. Justo cuando siento que ya no puedo más, justo las bolas comienzan a llegar de donde no me lo espero, y aún cuando he tenido el bate listo para pegarles, ahora pasa que un bate no es suficiente.

Y ayer recibí la llamada de mi lector, que dice que mi Historia es maravillosa, que lo hice muy bien, que crecí muchísimo y que con mucha honra ahora debo llamarme historiadora. Me emocioné tanto que se me hizo un nudo en la garganta. A pesar del pesado tránsito que hubo en la Ciudad, ya no me importó pisar el freno y el clutch por tanto tiempo; sólo pensé en las palabras de mi jurado y en sus recomendaciones, y en sus buenos augurios, y en que por lo menos a una persona la Historia sí merece la pena.

El cine me llamó, y pasé a ver Avatar, no sabía de qué se trataba pero me sobrepasó, me inundó de colores y sensaciones, y me hizo reflexionar una vez más, qué es lo que sucede en una sociedad que está siendo conquistada. Qué es lo que está pasando por la mente de las personas que invaden, que intentan acordar, y que no entienden. Me gustó mucho. Salí del cine muerta de frío, pasada la media noche. Llegué a guardar a Hans que ya está de regreso conmigo, con un carburador que lo hace acelerar como si fuera joven, y entré a la casa a descansar.

Dormí muy bien, luego de tantos días de insomnio que quiere ser y no ser, dormí como bendita. Y en la mañana todo esto. ¿Qué pasa con el mundo? ¿Por qué ahora no puedo dejar de llorar?

Mi padre llamó para recordarme que me quiere, que está conmigo, que a pesar de la distancia siempre estamos juntos. Tiene razón. Me recordó que en los últimos años, lo que más le ha valido la pena son las mañanas que pasa conmigo, los cafés que compartimos, los periódicos que leemos al mismo tiempo, los libros que nos prestamos, las sonrisas que nos arrancamos y las carcajadas que nos hacen llorar. Mi papá es mi amigo. De ese hilo que me conecta con mi papá, ahora pende mi relación familiar. Y qué curioso, porque no recuerdo haber vivido con él, ni cuando era chiquita. Pero aquí está, ahora está conmigo, y tengo que tener claro que no necesito nada más.

El amor se demuestra con actos, con cariños, con buena actitud, con comprensión. Mi papá me ama, y yo lo amo a él.

Y en algún momento de la mañana, tengo que dejar de llorar, eso es un hecho.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Todo también pasará

Esperé una hora la grúa que me llevaría de regreso a casa. Hans no quiso seguir más, tal parece que a veces no le gusta estar conmigo o algo me quiere comunicar. Cuando el mecánico lo revisa se porta bien, no se acelera, mantiene el motor como si fuera de carreras... pero si no se le da la gana, ni siquiera se le apetece que el asiento se recorra a mi altura.

No lo tomo personal, simplemente Hans me da lecciones que de otro modo yo no podría aprender. Tengo que valerme por mí misma al cien por ciento, tengo que seguir con esta metamorfosis y llegar hasta el final. Sólo entonces, ya nada me podrá detener.

Al salir de la oficina de camino a casa, el edificio de Intercam, que se encuentra sobre Tíber, entre Río Pánuco y Río Nazas, me gritó de frente que pronto será navidad. En su explanada, un árbol navideño adornado con esferas azules, y foquitos plateados que tintinean rápidamente, me hizo asimilar que en diez días es nochebuena. Chale. ¿En qué momento no me di cuenta? Luego, que Hans no haya querido seguir caminando, me catapultó del pasado hacia mi presente.

Y me vi. Sentada en mi coche, esperando una grúa cuyo tiempo era de dos horas -finalmente sólo fue una-, hablando por el móvil con el chico de la aseguradora como si fuera mi pariente, escuchando a Fito Páez con los audífonos, bebiendo mi cherry moka más frío que este invierno, fumándome el último cigarro de la cajetilla; y mirando de frente la realidad de que en mi lista de contactos del móvil, no figuraba ningún nombre para llamar.

Los números de las personas que podrían haberme acompañado ya se habían marcado, y sólo de uno tuve respuesta. San Román llegó, tarde pero llegó, justo cuando subían a Hans a la plataforma de la grúa. Me acompañó en el trayecto, y me ayudó a meterlo en el garage. Luego fuimos a cenar, platicamos mucho, y terminé por desahogarme. Estaba sorprendido de verme tan tranquila y con un nivel de histeria del uno ó 1.5. Se había imaginado que me encontraría llorando o muy enojada, pero todo fue al revés.

Me preocupé mucho, eso sí, pero lo demás lo pude controlar. Me parece que es un punto a mi favor estar consciente de la vida moderna que se vive. Hace un año, cuando me chocaron a Andrés, que me tocó llevarlo todo sola, comencé a asimilarlo. Y debo agradecer que esta noche nadie vino a recordarme que soy soltera, que no podía venir mi papá, un hermano o un novio a ayudarme con los trámites de la grúa. San Román vino, para sujetar mi bolso mientras yo descendía de la plataforma, luego para acompañarnos mientras tomamos café y cenamos club sándwich. Eso fue lo que esperaba. A eso se debía mi tranquilidad.

Ahora, a averiguar qué le pasó a Hans, cómo lo arreglaré, qué onda con el dinero que gasto mucho y gano poco, y como me irá mañana en el trayecto en Metro a la oficina.

Estoy cansada. Tengo sueño. No puedo quedarme dormida, simplemente no he podido, por eso me senté a escribir.

Con esto intentaré conciliar el sueño. Tengo fe, voy a creer, hoy voy a creer. Todo esto pasará y las cosas cambiarán. Yo seguiré metamorfoseando y seré feliz, por fin dejaré de preocuparme. Todo también pasará. Entonces ya nada me podrá detener.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Hubo una epidemia de tristeza en la ciudad.

Así como un adicto se rehabilita, ¿cómo le hace una persona que quiere rehabilitarse de la tristeza? Obviamente que con alguna terapia, un psicoanalista, medicamentos contra la depresión, algún ansiolítico quizá para poder dormir, y mucha disposición del paciente para salir adelante. También una persona triste necesita seguir los pasos de reinserción a la sociedad.
No sé por qué me siento tan mal, simplemente es una sensación que no puedo controlar. Quizá sea esta epidemia, que se está apoderando de mi Ciudad.

martes, 8 de diciembre de 2009

El mimo y yo

Se mató la calle con aquel detalle de dejarnos solos.
El rocanrol de los idiotas,
Joaquín Sabina.



La camiseta rayada.


Me llamó por ahí de las 16:30 para preguntarme los detalles de su vestuario. Pues de mimo, le respondí. No, me dijo, lo que pasa es que tengo varios personajes. Bueno pues traelos todos, le dije. Y llegó, casi una hora después, arrastrando dos maletas y cargando un portafolios en el hombro, con la cara a medio maquillar, de la nariz para abajo color blanco, y, efectivamente, vestido de mimo, con una camiseta rayada y un pantalón color negro.

Luego de presentarse, abrió la maleta grande para mostrarme todos sus personajes, y me hizo sonreír la sorpresa que me llevé al mirar que traía allí dentro dos sombreros, tres trajes, un esmoquin, su maquillaje y un violín. Aún con la cara a medias, me explicó cada uno de las figuras mientras intentaba decirle que la última plabra la tiene el director, y que yo sólo puedo hacer una que otra sugerencia.

Así, me parece que deberías desmaquillarte por completo, quedarte con lo de mimo e intentar una rutina de estatua viviente, me atreví a decirle. El director entonces le pidió el personaje color rojo, se fue de regreso al foro, y el mimo directo al baño para salir, de la manera más abstracta, vestido de escarlata.

Y me gusta mucho tu camiseta, sonreí mientras confesaba, yo quiero una igual. Si me dan el papel, sonrió igual que yo, te la regalo y te invito a comer, esto es un trato. Sonreí otra vez, y él arrastró su indumentaria hasta la salita, donde se preparó para terminar de pintarse el rostro completamente de blanco.

El chico tiene unos 30 y tantos años, mide poco más de 1.60 y es sorprendentemente simpático. Soy actor, me dijo, y fisicoterapeuta; pues yo no te digo cual es mi profesión, le respondí, porque no creerías qué es lo que hago aquí. Hice caso de mi propio consejo de no revelar que soy historiadora así como así, porque las personas no lo entienden o lo toman a mal. Y también porque a fin de cuentas, lo que menos me interesa es escuchar que no tengo nada que hacer trabajando con unos publicistas de televisión.

Al mismo tiempo de que todo esto sucedió, llegaron algunos personajes más, por lo que ya sumaban cinco. Se presentaron igualmente, y comenzaron a pasar en orden de arribo, para efectuar su rutina y buscar una oportunidad. Mientras, atendí a las chicas en bikini, a los chicos que venían a hacerle de bomberos, y a las mamás de los niños que por fin venían a celebrar.

¿Me regalas una mariposa?

Una amena reunión de repente se hizo en mi lugar. Vinieron conmigo dos directoras más, el chico de sistemas y el ingeniero. Nos reímos tanto, que tuvieron que pedirnos que guardáramos silencio. Hay ocasiones en que tenemos momentos muy amenos, y que no podemos hacer más que reír. Definitivamente las últimas semanas compartiendo con estos chicos, me han hecho mucho bien.

De lejos, sin tener éxito, intenté mirar al personaje color rojo que terminaba de ultimarse en la salita de estar. A punto de perder la paciencia, rota por mi curiosidad, me alejé de la reunión de mi escritorio y me acerqué a él. La diamantina me gusta mucho, me hace reír, le dije. Sonrió, igual que yo, y le dije que siempre quise que me pintaran una mariposa en el rostro. Pues la mariposa irá incluida, si me dan el papel, no sólo te regalo la camiseta rayada y te invito a comer, también te iluminaré la cara de mariposa. Y volvió a cerrar el trato. Reí, me sonrojé, le dije que me parecía maravilloso, y no pude hacer nada más que regresar a mi lugar, nerviosa justo como cuando le dicen a alguien un piropo que no se espera escuchar.

Al llegar su turno, me dejó encargadas las maletas y el portafolios. Por último, volvió a abrir aquella que era enorme, y sacó una chaqueta, el sombrero color negro y el violín blanco -magnífico violín, por cierto- y entró al foro. Al salir se fue directo al baño, con todo y maletas, para salir como si nada hubiera ocurrido, sin una gota de maquillaje y vestido nuevamente con la camiseta de rayas.

A doble o nada.

Y entonces, como si se hablara de las noticias en el desayuno, comenzó a conversar conmigo y me preguntó si tenía hijos, si tenía novio, y qué iba a hacer saliendo de la oficina. Volví a sonrojarme. Me dijo que tenía que ir a la inauguración de una exposición a Cuernavaca, y que se preguntaba si me gustaría acompañarlo. De entrada no supe qué responder, luego disimulé, y le dije que no era mala idea, pero que no sabía a qué hora saldría.

Oye, continuó, y el día ocho me voy al Caribe a hacer unas presentaciones, ¿de casualidad también quisieras acompañarme? Y no, bueno, allí verdaderamente que me quedé muda. No tengo ningún plan, deberás saber, de hecho no sé en dónde pasaré las fiestas, ¿y tu? Y fue cuando poco a poco comence a girar la conversación hacia su lado, para que él también contestara mis preguntas. Llegó su turno de decir que es soltero, que no tiene hijos y que el único plan, del día ocho hasta el próximo año, era estar trabajando en el Caribe. Pues no tengo nada, insistí, y tampoco tengo hijos que cuidar, ni novio que atender. Rió, y comenzó a gustarme mirarlo mientras me hablaba de frente.

Inténtalo, vamos, insistió, mira que si sales temprano podemos ir y venir a Cuernavaca sin problemas; me iré al coche a terminar de cambiarme, y avísame si puedes salir temprano. No lo sé, fue lo primero que se me ocurrió, será cosa de 40 minutos por muy pronto, tengo todavía que recibir a algunas personas y no sé si se le ofrecerá algo a mi jefe, terminé de decirle con un rotundo quizás. Avísame, vamos, toma mi teléfono y dime si sales temprano, te espero afuera, en mi coche, me insistió una vez más. Anoté, sin saber qué hacía, su número en un papel, y nos despedimos con la mano mientras él arrastraba sus maletas hacia la salida.

Me reí, nerviosa, y me hice la misma pregunta que me hago siempre en esta situación: ¿qué puedo perder? Por supuesto que no voy a salir a carretera con un perfecto desconocido, que encima, entró con la cara mitad blanca y mitad color piel, sin saber siquiera qué debía representar. Pero lo intenté, hablé con mis jefes y salí veinte minutos después.

Tu ibas camino de cualquier lugar.

Caminé a mi coche y quedamos de vernos en la gasolinera de Dr. Vértiz. Manejé, pedí el tanque lleno y una factura, y mientras ahí se hacía lo propio, el chico se orilló junto a mi coche para decirme que ya no daba tiempo de llegar a su exposición, lo que celebré porque yo no quería salir a carretera. Entonces me dijo que era mejor que se fuera a la reunión que tenía pendiente, porque le daba cargo de conciencia no asistir.

Salió la indiferencia que traigo dentro, y aunque no quise sonar así, le dije que estaba bien, que se fuera a su reunión y que entonces sería otra ocasión en la que continuaríamos nuestra charla. El señor de la gasolinera se acercó para darme mi cambio y la factura, hice cuentas, le agradecí, guardé todo en el bolso y me puse los guantes de piel.

El mimo, ahora vestido de jeans y con camisa negra, me dijo que mejor fuéramos a cenar a unos buenísimos tacos al carbón, que están en la glorieta donde convergen Dr. Vértiz y Cumbres de Maltrata. Me parece bien, te sigo, le dije mientras Hans sonrió haciendo ruido con el motor.

Nos estacionamos en fila, pasando Xola sobre Vértiz. Descendí envuelta en mi saco, la pañoleta y el maxiabrigo color gris. ¡Qué bárbara!, se sorprendió, ¿es que tienes mucho frío? Y si, le respondí, muero de frío casi siempre, todo el tiempo a todas horas, por eso tomo mis precauciones; y sólo así crucé las avenidas del brazo de un chico que parece no tenerle miedo a nada, o por lo menos no a los coches. Yo, aterrada como suelo estar al cruzar una calle, me enrosqué detrás de su menudo cuerpo, intentando creer que su camisa color negro lo hacía ser inmortal. Reímos, y celebré su audacia, mientras confesaba que atravesar avenidas a pie me pone mal.

La luna llena me iluminó el mechón cano como si quisiera deslumbrar al mimo. Nuestros dientes delataban el hambre que ocultábamos, y mis ojos comenzaron a brillar de más.

A mi se me moría una ciudad.

Llegamos a cenar unos tacos que me animaron a mantener una de las conversaciones más amenas e interesantes que he tenido en los últimos meses. Fue un poco de todo, de mi profesión, de la suya. Quiso saber mucho de mi, tanto que en un momento se me olvidó lo cansada que estaba. Verdaderamente cansada, y eso salió a relucir, justo cuando creí que nadie podía darse cuenta.

No me dejó pagar mi cena, la charla continuó, regresamos a su coche para que buscara la chamarra de piel. Piel sobre piel, como algunos saben que me fascina, pero en ese momento convenía no saber. Y nos vibramos bien, y el chico confesó que tampoco es fácil, y que le gusta sorprenderse con los encuentros que no espera vivir. Entonces llegó mi turno de platicarle esto que hago, esto que escribo que me hace sentirme feliz y tranquila, que me desahoga y que hace que mi pluma ensaye y vuele, y sueñe tanto como lo hacen mis pestañas debajo del cielo que casi se pone morado.

Para darle un ejemplo, le platiqué de las historias que escribo de mi Ciudad, y de que hay ocasiones en que una simple charla con un taxista, o ver un tigre en una banqueta de Insurgentes, me dan suficiente sustancia para continuar con mi labor. Me dijo entonces, que él sentía que esa noche veríamos a un chango, que todavía nos faltaba más por saber, que la noche aún no acababa, y que era momento de buscar un café.

Que disparate de partida de ajedrez.

Reímos más cuando mi móvil sonó con la canción Suspicious minds de Elvis Presley, lo que nos regalaría una feliz casualidad, cuando al pasar por el bar de la esquina, escuchamos la misma canción a todo volumen. ¿Ves lo que nos están regalando?, me preguntó. Y pensé, que dentro de todo el huracán en el que se han convertido mis últimas decisiones, la Ciudad me estaba regalando felicidad.

Encontramos, luego de caminar un rato platicando sobre su pasado, un café de chinos que no sabíamos que se encontraba allí. El café era tan bizarro como la misma noche que estábamos viviendo. Una casualidad nos llevó a otra, a cruzar avenidas, a escuchar a Elvis cuando no se espera hacerlo. A comer pan con nata cuando no se sabe que puede suceder, a que un chico viniera a regalarme una situación memorable que nunca imaginé.

Vimos al chango. Sorprendentemente un señor, con cara de primate, nos hizo gestos de estarnos escuchando desde el fondo del local. Yo perdí la noción del tiempo. A la hora del noticiero, los dueños del lugar subieron el volumen del televisor, y no tuvimos otra alternativa más que comenzar a hablar de las imágenes, no tan agradables, que nos obligaron a escuchar.

Algunas veces me da miedo tener noción del destino. De alguna forma creo en él, pero también sé que de uno depende el camino que comencemos a andar. Teníamos que conocernos, estoy segura y quiero pensar que así debió ser. El chico cuyo nombre de pila también corresponde a un personaje, se mareó, dijo que no podía verme fijamente porque mis ojos lo sobrepasaban. Tus ojazos no se pueden ver mucho tiempo, confesó. Le pedí que no fuera exagerado, y que siguiera contándome cómo es que uno puede llegar a una situación donde no existe punto de regreso. Siguió hablándome de frente, intentando mirar mis ojos mientras controlaba el giro del local. Intenté escucharle, pero mi mente ya había regresado al mes de julio del 2008.

De ti no se acordaba el verbo amar.

No cabía otra cosa, más que ser sincera. Confesé -y me liberó hacerlo- que su conversación me estaba haciendo comprender a mi última pareja; yo lo amé, continué casi sin aliento, tanto que le hubiera dado mi vida o por lo menos mis pulmones, y mis ojos para que pudiera volver a mirar como lo hacía cuando lo conocí.

Lo más extraño de todo, aún más que estar compartiendo con un mimo -cuya particularidad es que regularmente no hacen ningún ruido-, fue que nos entendimos como si nos conociéramos de años. Escuchó una a una todas las palabras que tenía que decir. Me sentí tan bien, que llegué al punto en el que deseé dejar de referirme al soltero tóxico como tal. Mi corazón y mi memoria, mi pasado sobre todo, se merecen ponerle otro nombre.

Esa noche nuestros pasados se desnudaron un poco, dejaron entrever lo bucaneros que fueron, lo fantásticos que hacen ahora a nuestras vidas, y los milagros que podemos hacer que sucedan.

Tuve que mirar el reloj, y reparé en que eran las 23 horas. Hubo más despedida de la que pude imaginar. Volvió a pagar la cuenta, nos reimos con los chicos del lugar, caminamos de regreso, sobre Cumbres de Maltrata hasta Vértiz. Nos dimos un abrazo, quise desearle feliz año nuevo pero no me dejó, prefirió decirme que estaba dispuesto a aplazar su viaje e invitarme a comer aún si no le daban el papel. Me debes una mariposa, le dije soltándole la mano, y caminé hacia Hans.

Tu no besabas para no soñar.

Mi coche color negro siguió al suyo color blanco, hasta que di vuelta en Uxmal para girar a la izquierda en La Morena. Luego, tomé Sánchez Azcona, la que algunos kilómetros después me llevarían directo a Río San Joaquín, para poder seguir por la ruta de Periférico Norte.

Llegué a casa arañando la media noche. Mi madre disfrutó inverntarse que seguramente soy amante del Rey Sol. No quise responder. Tampoco tuve fuerzas para volver a llorar. Y ella ya no puede asimilar, la ofensa que me provoca cuando me dice esas cosas. Ni se imagina con quién compartí la noche. No se merece saber.

De todos los encuentros que he tenido, por mucho este ha sido uno de los mejores. Gran personaje, buen chico, buena charla, bien el frío, mejor mis carcajadas. Verdaderamente que me sentí feliz. Nunca antes había conocido a un mimo, nunca antes habían confiado tanto en mi, en tan poco tiempo de conocerme. Fue una gran cita, y otra vez fue casualidad.

Y mi futuro con pan duro en el cajón.

Dormí mejor de lo que pensé que podía dormir. Soñé con él, con su pelo negro y su sonrisa blanca. Soñé que lo volvía a ver, y que lo acompañaba a una fiesta donde él vestía de Peter Pan y yo de Mariposa. Y hoy, que por fin pude hilar esta historia, y que no sé si es factible que la Ciudad nos regale un segundo encuentro, prefiero quedarme con la certeza de que de vez en cuando es lindo creer que la química existe, que se puede convertir en deseo; que los corazones todavía buscan tener parte.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Estimado Andrés Neuman:

No es que haya sido predecible, pero pude adivinar que Hans instaría a Sophie a publicar y que la invitaría a traducir con él. Me gusta adivinar historias.

Ahora entiendo lo de la gran manivela, me gusta el término, me gusta el sentido de la palabra "manivela". Además, le he dado mis propias connotaciones aún cuando esto de la manivela maestra de los sueños me parece perfecta.

Mi estimado Andrés, me senté aquí a escribir con tantas ideas sobre tu libro, y ahora mi mente se ha quedado en blanco. Me gustaría ser capaz de explicarte lo útil que me ha sido leerte en esta etapa de mi vida. Me gustaría poder tener las palabras exactas para hacerme entender, para decirte por qué me gustan ahora las historias de amantes, de los amores infinitos que siguen viviendo aunque se sepa que van a tener fin, de los amores adúlteros en vez de los platónicos.

De todo lo que quisiera rescatar de la novela, me quedo por el momento con el erotismo que envuelve a la historia y a los personajes. De un tiempo a esta parte, se han comenzado a escribir historias íntimas, porque antes las figuras no tenían puertas cerradas, no se sabía qué era lo que hacían cuando se iban de los lugares o dejaban de ser públicas; o a propósito, se evitaba hablar de ello para que el lector pudiera imaginarlo. Pero los personajes de tu novela sienten y aman, y me han retratado maravillosamente la vida cotidiana de la mayoría de los lugares de la Europa del siglo XIX.

¿Sabes qué descubrí ayer? Que el lugar social de enunciación de El viajero del siglo no es constante. Y si no fue tu intención, pues ahora debes saber que existe una lectora que se hace llamar Mariposa Tecknicolor, que encontró tiempos que no se cuentan en años, estaciones del año que no duran sólo tres meses, y meses que pudieran parecer años.

Me di cuenta que el tiempo que parece haber transcurrido en la novela, por lo menos hasta la mitad del capítulo "La gran manivela", no es real. No se mide como los personajes lo viven, me parece que el tiempo que los rodea es mucho más largo. Me llevó a pensar, esta conversación que tienen en el café Álvaro y Hans, cuando el primero regresó de Londres, que aún cuando la historia en Wandernburgo va en el verano, a punto de que se cumpla un año de que Hans llegó a la ciudad, en realidad han sido muchos. El tiempo histórico que ha transcurrido en el resto del mundo, es el real, no el que ellos viven.

Quizá por eso la preocupación de Álvaro al regresar, para saber si Hans sigue allí, si las cosas siguen transcurriendo como suelen hacerlo, y si las personas siguen siendo las mismas. La ciudad sabemos que no, que ella cambia, que ella los pierde y los vuelve a encontrar. Los abraza y los detiene, y después les insiste en partir.

Mi querido Andrés, ojalá alguien pudiera verme devorar la novela mientras viajo en Metro, mientras revivo los tiempos muertos en mi oficina, mientras llego a leerla tirada en el sillón blanco de mi habitación.

Hoy en la mañana, pasé la parte en la que Sophie se encuentra con Hans cuando tiene el período. Aún cuando no me consta que las cosas hayan sido así para las chicas de esa época, me deleité sabiendo que esta historia está escrita por un varón, y pareciera que es una mujer quien la explica. La mayor parte de las veces que se hace alusión a este tema, suelen ser opiniones un tanto machistas las que imperan. En cambio, me sentí identificada un poco con las reflexiones de Sophie, con que es una lucha entre la conciencia y la ley de la naturaleza; con que no se puede rechazar lo que de entrada nos hace ser lo que somos.

Y luego la escena en la que ella confiesa que no siente tener madera de madre, qué maravilla. No sé si todos los hombres pensarían lo que Hans piensa de ella, pero al identificarse el uno con el otro de esa manera, es lo que los hace ser eternos, inmutables y profundamente sinceros.

Por mucho, y como te darás cuenta, he estado muy feliz de seguirte leyendo estas últimas semanas.

"Al principio nada lo atrajo tanto ni lo impresionó tan poderosamente", leyó Sophie en voz alta, "como la percepción de que Lucinde era de similar o igual carácter y espíritu que él; ahora cada día descubría nuevas diferencias. Pero incluso estas diferencias se basaban en una igualdad más profunda, y cuanto más ricamente se desarrollaba la personalidad de ambos, más polifacética y emocionante se volvía su unión". ¿Ves?, para mí este es uno de los pasajes más importantes de la novela. Y qué lejos de eso estamos todavía, ¿te imaginas una legión de narradores pensando en sus propios cambios porque las mujeres que aman han cambiado? ¿Y qué me dices de esto?, dijo Hans, mira, aquí, cuando él se compara con los amantes que se sienten ajenos al mundo, separados de todo porque se aman, y dice: "No así nosotros. Todo lo que amábamos antes, lo amamos más. El sentido del mundo se nos ha abierto", para mí esa visión es admirable, el amor no como huida sino como llegada al mundo, como forma de conocerlo. Eso quiere decir que una sociedad nueva empezaría por reinventar el amor. Muy cierto, dijo Sophie, aunque Schlegel también tiene sus contradicciones, acuérdate del capítulo que leímos hace un rato, ¿a ver?, creo que en este, hubo algo, espera, que me chocó bastante, y no me refiero a las tonterías de la mujer como el más puro de los seres y esas cosas, eso ya ni lo menciono, ah, aquí: "Cuanto más elevado es alguien, más semejante se vuelve a una planta, la más moral y hermosa de todas las formas de la naturaleza", eso. Más bien se trataría de todo lo contrario, ¿no?, de cuestionar las raíces, de oponernos a la supuesta naturaleza de las cosas, a veces por ejemplo, una mujer necesita desobedecer a la naturaleza para crecer. Además las plantas también evolucionan, se adaptan al terreno, cambian de necesidades, como las personas.
p. 376, Neuman, Andrés, El viajero del siglo, México, Santillana Ediciones Generales, 2009, 533 p.
Por fin he logrado saber el amor de otra forma.

Gracias.

Hasta pronto,
Mariposa Tecknicolor.


El amor sirvió de algo

Tras la separación, luego de muchos meses, sigo deshaciéndome de las cosas que no me interesan más. Hoy vi muchas fotos de él, fotos que no buscaba pero me encontraron. No se ve tan mal, los besos que nos dábamos parecen reales, nos veíamos bien. Sorprendentemente no sentí nada.

Hay cosas que por automático he tirado o regalado, vendí unas monedas la semana pasada, esas sí me estorbaban y me sacaron de algunos apuros, y confieso que hay cosas que no pienso regalar jamás. Un regalo de ellos, que me hace feliz todos los días y se ha vuelto la mejor de mis compañías, es mi gato. A él no lo voy a regalar por supuesto, no me puedo deshacer de él, y es irónico que haya sido un regalo del soltero tóxico. Ya lo había olvidado, y hace rato que llegué al sillón a leer y que vino a echarse en mi barriga para acompañarme, comprendí que sin mi pasado él no estaría conmigo.

Vaya ironía. Vaya vueltas que da la vida.

Olvidé el perfume Armand Basi y lo acabo de encontrar. Olvidé que debí olvidar, y entonces todo ha ido apareciendo. El espejo de su abuela todavía decora mi tocador, y no tengo intención alguna de deshacerme de él, me lo dio la señora y lo conservo con cariño. Pobres abuelas. No es la primera vez que sé que en la abuela de la familia, recae la razón de todos los integrantes. Una vez la señora me llamó por teléfono para pedirme que lo disculpara, que él me quería muchísimo, y que también disculpara a su hija, la madre de él, porque no sabía lo que hacía. Siendo sincera no sé si los disculpé, pero aquella noche el chico tóxico llegó a cenar a mi casa, con mi familia, a sentarse en un lugar de mi mesa. Puros errores cometidos una sola vez, porque como siempre eran nuevos, ni siquiera se podía tener la precaución de no volverlos a cometer.

Antes me daba mucha vergüenza platicar de estas cosas, recordar mis lágrimas sin razón, su llanto -fingido o no, no lo sabré nunca- pidiéndome disculpas, los desplantes y la mala educación de su madre. Más que tristeza, lo que sentía era una enorme cruda moral que con el paso del tiempo y con el ejercicio de deshacerme de los recuerdos que me estorbaban la memoria, se me ha ido quitando.

Y el viernes hice un gran ejercicio: al platicar con un perfecto extraño de las cosas que no platico con nadie más, me di cuenta de que no todo es pecado, y que de alguna forma el amor sí sirvió de algo.

Ahora, en retrospectiva, me doy cuenta de que las personas no cambian, que es increíble que a pesar de tener un gran intelecto, muchas veces no se esfuerzan por ser mejores aún. Y es difícil, porque entonces me pregunto también si yo he cambiado, si se nota el esfuerzo que hago para ser mejor chica, para tener mejor preparación, para conversar con ganas cuando cambia el tema mi interlocutor. No lo sé, quizá alguien tenga que venir a decírmelo.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Regresas para recordarme

Y vuelves, apareces, justo cuando te he borrado de todas mis memorias, de todos mis recuerdos; justo cuando pienso que no puedes volver más, que no regresarás de tus lugares, de tu tierra adentro, de tus papeles y oficios, de tus polvos occisos. Vuelves, y lo haces cuando me he sentido bien, cuando he tenido noticias tuyas a través de la tercera que compartimos, a través del periódico que me contó que hiciste tu presentación, a través del cartel de la Facultad que me explicó tu próxima investigación.

Y regresas, para escribirme magníficas cartas, para decirme cosas sorprendentes, para desearme feliz mañana a las 11:59, a punto de que entre el mediodía.

No sé si lo sepas, pero esta época me cuesta mucho trabajo. Y pinta para que no ocurran cambios. El invierno viene muy frío, y quizá tenga que bajar al infierno un poco. Me pregunté, luego de leerte y de escucharte por el móvil, si todavía sentía algo. No lo sé, no sé si me mueves, no sé si mi corazón late por tus palabras. Pero estoy segura de que me hiciste el día, de que estoy contenta, y de que no he parado de sonreír.

Regresas para recordarme que valgo la pena. Gracias.

martes, 1 de diciembre de 2009

El principio del fin

Hoy es primero de diciembre y desperté envuelta en las cobijas, con la sábana entre las piernas, muerta de frío y con mucha flojera. Me arreglé y tomé café con el Rey Sol. Hacía casi un mes que no nos veíamos, así que intentamos ponernos al corriente en el poquito tiempo que tuvimos para el desayuno.

Parece que en general le va bien, con algunos problemillas como es normal, pero el año pinta para terminarse normalmente. Yo, en cambio, al leer el titular del periódico que traíamos en las manos, le dije "primero de diciembre, por fin, es el principio del fin". ¿Del fin de año?, preguntó, no, el principio del fin de la pesadilla de terror, le respondí.

El 2009 fue verdaderamente cruel conmigo. Desde enero, las presiones y las desventuras no dejaron de llegar. Por ahí de mayo-julio, se detuvieron y me llegaron buenas noticias, buenos dictámenes y propuestas. Me dediqué a terminar mi texto, a pulirlo, a comenzar trámites para que todo fluyera como debía ser, y todo continuó sorprendentemente fácil.

Luego, septiembre, me recordó que seguía siendo 2009. Hice otra inversión que me ha dado estabilidad, pero eso de los movimientos de dineros todavía no se me da, porque en todo el año no logré los ingresos ni la liquidez que tuve en el 2008. Mateo vino a hacerme reír como loca y a llevarme al cine todas las veces que quise, pasamos maravillosas tardes en su departamento, y compartimos muchos desayunos en los que no era ni siquiera necesario que nos dirigiéramos la palabra, nos entendimos muy bien, hasta que se acabó la felicidad de los dos meses.

Así, todo se acaba, todo vuelve a empezar, y mi Fidel se fue llevándose un pedazo de mi corazón, a esperarme en la orilla del río, para cruzarlo juntos, camino al Mictlan. Y aunque sé que nos vamos a encontrar en algún tiempo, en lo que eso sucede, yo todavía no me repongo a que haya muerto como murió. La vergüenza y la tristeza, ahora me estan llenando de indiferencia. Sigo muy deprimida, e intentando averiguar por qué; creo que la razón es que Fidel haya muerto debido a una agresión física, dentro de mi propia casa. Nunca antes había estado en una situación similar, y supongo que es por eso que no lo sé manejar.

Que el año se acabe ya, por favor. Nuevas cosas vienen en camino, próximos encuentros vienen para mi; trámites que se terminan, personas que se quedarán acá y otras, espero que no vuelvan más. Recuerdos que se me olvidarán, calles que no volveré a caminar, espaldas que no volveré a mirar, besos que no tendré que dar.

Amor que viene a mi vida, compañías para desayunar que no me quieren abandonar, cuentas que se comienzan a saldar, amigas mías que no quiero extrañar.

La cuenta regresiva comienza, es oficial. Sólo faltan 31 días y aún me faltan dos. Hay tres de cinco, y los últimos dos me quieren matar. Venga, venga, que el 2010 me trae buena estrella.

JURAMENTO DE AUTOESTIMA

Venga, reconócelo Mariposa Tecknicolor, sin contar con tu hombre ideal, eres lo mejor que hay en la tierra. Es verdad que a veces te deprimes y no quieres hacer nada porque nada vale la pena, pero también hay que reconocer que el resto de las veces eres muy optimista, perfeccionista y dedicada. Nadie sabe investigar Historia como tu. Si ya lo dicen tus amigos, eres ejemplo de constancia y de buenos sentimientos. Por eso, a partir de hoy vas a dejar de torturarte por no tener pareja ni el trabajo de tus sueños, y comenzarás a quererte por ser responsable, persistente e inteligente. Y si alguien llega y te dice que eres una persona equivocada, dile que puede coger y largarse a la chingada.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Mienten facilmente

Personas que no saben lo que es una cámara, otros que llegan a pedir informes. Psicólogos que posan y que ofrecen sus servicios a la asistente general, médicos que han decidido cambiar su profesión por cambios de ropa y tomas de tres cuartos. Un ortodoncista me chuleó los dientes, luego lo bizarro fue que aún cuando todo había terminado, él no se quería ir; me platicó de sus pacientes y su profesión, preguntó la mía y celebró que haya tomado decisiones versátiles pero que a fin de cuentas lo que yo quiera hacer sea escribir.

No sé si haya querido platicar o se haya sentido solo, no sé si sólo quiso platicar conmigo, tampoco sé por qué la chica de Monterrey me contó que es madre soltera y que vino a la capital a seguirle con la modelada; ni por qué la gente me cuenta las cosas que no se atreven a contárselas a nadie más.

En un día común, recibo aproximadamente a cien o 150 personas. En un día movido, he llegado a recibir 300. Todos distintos, todos diciendo mentiras, todos ocultando años, ocultando estados civiles, inventándose nombres, experiencias o virtudes. Todos falsos, o la gran mayoría. Todos humanos, todos vulnerables.

Zapatos altos, botas cortas, chanclas, peluquines, abrigos de colores, tubos para la cabeza, almohadones que no quedan, viejitos en pantuflas, mariachis que quieren serlo, y personas que viven de esto. Extranjeros, locos, perdidos que no saben qué hacen aquí. Olvidados, queridos, mujeres que no saben que son bellas por el siemple hecho de ser mujeres, que inventan competencia unas con otras, que demuestran inseguridades que no vienen al caso. Niños que no saben que por esto se gana dinero, madres que los explotan sin tentarse el corazón, padres que pierden la paciencia porque no se lo toman en serio, abuelitas que no saben usar el contestador.

Todos tienen una particularidad: mienten facilmente.

Pero al final del día, la mejor recompensa me la llevo cuando tomo Monterrey hasta atravesar Av. Chapultepec, luego sigo en Florencia, y rodeo la glorieta del Ángel de la Independencia; sigo por Tiber y ya casi me siento en casa porque sólo me restan veinte minutos de trayecto. En la mañana, rodeo la glorieta de la fuente de la Diana Cazadora, pero la mayor sorpresa es la columna de la Independencia de regreso por las noches, que me regala imágenes que no espero mirar. Alguna novia retratándose en traje de bodas, manifestantes haciéndose escuchar, colores rosas que luchan contra el cáncer, espectáculos con los que el jefe de gobierno nos hace rabiar.

Mi ciudad me llena de recuerdos.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Me doy por bien servida

Luego de la primera vez, me senté a pensar la situación y a tratar de entender qué es lo que nos hace ser lo que somos. Tu y yo nos llevamos bien y muchas veces hemos dicho que somos eternos, pero ¿en qué momento comenzamos a hacernos eternos? No sé los motivos que tienes para hacer lo que haces o lo que disfrutas hacerme. Lo más elemental te lo pregunté y ya me lo has respondido varias veces. Lo otro, lo que sigue ocupando mi cabeza por las noches, no me he atrevido a preguntártelo. Creo que no hace falta.

Tengo que acostumbrarme a que contigo no siempre existe un motivo para hacer las cosas, simplemente se hacen, simplemente son. ¿Ella sabe lo que haces en las mañanas? Y la otra chica, ¿por qué no siente nada?

Hablábamos de como nos sentíamos, de tus preocupaciones, y no supe contestarte por qué estoy tan deprimida, simplemente no me siento bien, siento que las cosas se me vienen encima y que no hago nada bien. No hallo un lugar. Me siento sorprendida de verme tan sola, y de no estar intentando algo para remediarlo. Me siento sin aire, "en una playa sin mar".

Tú, me has dicho que cuento contigo y que necesitas estar conmigo. Tampoco lo tienes simple, ni sencillo, y se nota que te sienta bien estar acá. Ayer, que fue la primera vez que hablaste seriamente de tus problemas, no pude evitar sorprenderme de tu sinceridad y de la confianza que me tienes. ¿Qué voy a hacer si tú no estás bien?, me dijiste a media calle. Te respondí que se suponía que era yo quien se sostenía en ti, quien buscaba tu apoyo; y ahora resulta que es al revés. ¿En qué momento llegamos a este punto?

Me has ofrecido toda la ayuda que nadie más ha ofrecido, te has esforzado en darme lo que me hace falta, me has hecho llevaderos los problemas, las lágrimas y las tristezas. Has celebrado mis alegrías, preparas mis triunfos como si fueran tuyos, sonríes conmigo cuando me urge explotar a carcajadas. ¿Cómo podré pagarte esto? En el futuro, más adelante, ya verás que un día tú podrás ayudarme, me dijiste.

Por el momento no necesito nada más. En general, ya nada me hace falta. Supongo que mis broncas del corazón, ya sabré remediarlas cuando tenga que hacerlo, pero hoy me doy por bien servida.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Día de acción de gracias

Hace unos años tu y yo popularizamos celebrar este día, a pesar de que en nuestra cultura no se acostumbra. Un menú tradicional en uno de nuestros restaurantes favoritos, nos hizo animarnos a esta aventura. Hoy, que no estás más conmigo, que ahora ya lo celebras de a de veras porque vives en los states, celebrarlo para mi ha perdido su chiste.

Te extraño muchísimo. Más de lo que imaginé que podía soportar.

Quienes me conocen bien, que ahora se reduce a un pequeño grupo de personas, saben que comencé a creer en ciertas cosas cuando comencé a estudiar Historia; una de ellas fue creer en las cosas buenas que nos deja la cultura estadounidense. No es cosa fácil, pero me aventé a comprender y a empaparme del significado de celebrar el día de gracias.

Esta noche intenté sentarme a cenar para recordar y para sentir que estás conmigo. Allá, en la Florida, tú cocinaste un pavo con la receta de nuestra abuela, y preparaste cranberry gravy y puré de camote dulce con malvaviscos. Aún cuando es difícil, tu vida ahora debe estar llena de sorpresas fascinantes.

No sé como le haces tú para estar sin mi, porque yo confieso no puedo más si no estás conmigo.

Sabes que la navidad no me gusta, que me parece que todo lo complica, cuando obliga a las familias a sentarse en una mesa a fingir que no pasa nada. No puedo con los arbolitos y los foquitos y los regalos alrededor que no son más que hipocresía.

Y como mis dictámenes todavía no salen, tal parece que aún menos habrá "feliz navidad" para mi. Ni modo. No sé donde lo pasaré. Espero que no como esta noche, sola, con una cenita que antes me gustaba mucho, pero que ahora no me sabe bien. Me urge que el 2009 se acabe, fue muy duro conmigo, y aún cuando pensé que las pérdidas habían terminado, el 11 de octubre me mataron al perro. Eso estuvo muy canijo. Todo se iba acomodando, compré otro coche, los dictámenes comenzaron a llegar, me estabilicé en mis deudas, sólo me faltaba conseguir algún empleo, y ¡chin! que me matan al Fidel.

Pero todo sigue su curso, las cosas malas tardan en irse pero se van -me lo han dicho acá varias veces-, y creo en ello. Y las cosas buenas llegan para quien sabe esperar, lo bueno tarda.

Así que supongo que tardará en llegar una feliz navidad, pero aunque así sea, esperaré a que llegue.

lunes, 23 de noviembre de 2009

De como el amor duele (de como el amor a veces mata)

El viernes fui al cine a ver la película Luna Nueva. No soy fan de la saga ni de las historias de vampiros, pero la anterior, Crepúsculo, me gustó mucho así que esperé ansiosa la siguiente entrega. Me gustó, qué puedo decir si me gustan las historias de amor aunque no sean siempre lo que esperamos. Pero esta, en particular, me dejó un poco fría porque retrata justamente lo que pasa en los corazones cuando el amor se acaba.

Al día siguiente, platicaba que me pareció un tanto exagerado que Bella intentara volverse suicida por el simple motivo de ver a Edward algunas veces más, ya que cada que pone en peligro su vida, Edward se le aparece con la advertencia de que se detenga para que no corra peligro. Su razón de morir fue más allá de terminar con un sufrimiento, más bien quería sufrir para poder verlo. Me pareció demasiado, y que dejaba como boba a Tita la de Como agua para chocolate. Contrario a todos los pronósticos, el amor ya no me parece sufrimiento aún cuando a veces lloro por mi corazón roto.

Después recordé como era tener dieciocho y diecinueve años, como era enamorarse así, como era llorar cuando un chico se alejaba. Y de todas esas buenas y malas experiencias, aprendí a ponerle una coracita a mi corazón y párpados a mis oídos, y entendí entonces lo que es sentir indiferencia.

Ahora, esa famosa indiferencia no se quiere ir, y en lugar de despertarme sintiéndome como si estuviera enamorada -que es lo que deseo la mayoría de las veces-, me he despertado sintiéndome con el corazón roto. Qué de la chingada está mi situación.

Yo pensé que cuando terminara la investigación, el sufrimiento y la angustia también terminarían, pero sorprendentemente se han alargado. Ahora, esta aletargada espera en lo que terminan los trámites burocráticos y en lo que los lectores dan su opinión, me están volviendo verdaderamente loca, ciertamente indiferente. Me está trayendo unos días de ociocidad mental que me está poniendo de cabeza.

Y es entonces cuando pienso que debería enamorarme, aún cuando no valiera la pena.

¿Por qué al paso de los años, cuando uno aprende más cosas, se pierde el sentido del amor? ¿Por qué no puedo enamorarme otra vez hasta que me duela? Pues porque "la burra no era arisca, los palos así la hicieron", y en mi mente todavía queda una pizca de supervivencia.

Como ya lo he escrito aquí, soy resultado de las experiencias buenas y malas que he vivido, de lo que he aprendido, de lo que ahora compruebo que sí funciona, que me hace sentir bien y que me hace sentir mal. El amor, así como así, me ha hecho mal, me dolió mucho, me sentí muy desdichada. Pero aún así, le he seguido apostando, si no, ¿qué sería de mi?

Yo pensé que estar más cerca de mi sostén emocional me haría bien, pero por el contrario, pensar en lo que todo esto conlleva, hace que me hormigueen las manos. Y es una maldita ironía, porque aún con eso, estar con él me hace sentir muy bien, me pone contenta, me hace sentir que existe alguien que me hace casito.

¿En qué radica que uno decida estar con alguien? ¿En el bienestar que brinda la otra persona? O, por el contrario, ¿en lo que puede recibir de nosotros?

Antes pensaba que era importante que recibieran mi amor, que tomaran en cuenta lo que podía dar. Ahora pienso que lo que llega es ganancia, que los 60 minutos o los 60 días que dure, si te hicieron feliz, valieron la pena.

¿Y qué más da si no es para siempre? De cualquier forma el amor me va a doler, y quizá me vaya a matar.

Qué más da si no dura para siempre.

De por qué se me va el sueño

Otra noche que la paso mal. Me sorprende porque el sábado dormí como bendita, tanto que debería anotarlo en el calendario. No sé si es el frío, si es el colchón, si son los calcetines que me acaloran pero que luego me hacen falta. No sé si soy yo o mi ansiedad que insiste en regresar. No sé si son las noticias que estoy esperando, pero que todavía no quieren llegar.

Hay momentos en los que siento que ya no tengo motivos para escribir, que se me están acabando las historias que contar. No sé por qué me pasa esto. Hace un momento creí creer que es un poco de inseguridad, lo que me hace dudar de mi misma y de mi capacidad. ¿Es eso normal?

Quiero hablar con Mauricio y no tengo tiempo. Quiero ir al cine a ver la película que quedamos, y no coincidimos para ello. Quiero escribir hasta sentirme satisfecha, pero siento que se me revuelven las ideas. Cómo estaré, que me puse a leer la biografía de Pablo Escobar, y por ende, me acordé del soltero tóxico. Con ese cuate sí que se podía platicar de estas cosas. Él fue quien me resumió la historia de los cárteles colombianos, quien defendía el valor de Escobar por cometer suicidio y no dejarse asesinar. En fin. Cuestión de enfoques. Yo no me clavaba tanto así, pero sí disfrutaba esas conversaciones.

Y ahora, que mi vida ha dado otro vuelco, y que Mafka y la diseñadora de modas insisten en que este año he abusado del traje de camaleón, todavía hay detalles mínimos que me hacen reír. Que cuando transfiero una llamada, me respondan haciendo bromas con acento cubano, me mata de risa. A pesar de todo el estrés que manejamos mientras trabajamos, todavía existen atisbos de optimismo y buen humor.

De todo uno aprende, todo es cultura, y todavía no sé qué es exactamente lo que debo aprender de esto, supongo que será el hecho de que cualquier cosa es mejor que quedarme dormida todo el día en mi casa.

Las convocatorias están abiertas. Mi texto sigue en manos de los lectores. Sólo faltan tres de los cinco resultados. El tiempo sigue corriendo.

Todo esto entonces resume que yo no pueda dormir. En fin. ¿Qué puedo hacer? Supongo que nada. Seguir esperando, seguir recordándoles que deben leerme, que todavía me deben tres aprobaciones.

De los chicos... nada. Cri-cri. Cri-cri. Se fueron, no vienen más, y me alegra el hecho de que cuando no hay chico con quien salir o de quien hablar, tampoco nacen problemas.

Mafka me decía por teléfono que extraña el tiempo que tenía consigo misma antes de tener pareja, que a veces le resulta estresante el hecho de coincidir tiempos u opiniones con su novio. Me dijo también que envidiaba un poco que yo pudiera seguir yendo al cine sola, disfrutando de mi compañía, hacer las cosas sola, manejar mi propio horario, salir a donde quisiera con quien quisiera. Quizá tenga razón, pero para mi ya no es novedad. Más bien le aconsejé que valorara lo que ella tiene, que aprovecharan la comunicación que ha nacido entre ellos, y que lo pasaran bien. Es muy lindo tener tiempo para uno mismo, siempre y cuando no nos acostumbremos a estar así para siempre.

Ya se empiezan a planear las fiestas de fin de año. Confieso que me chocan pero tampoco debo continuar con esta actitud pesimista frente a la navidad. Hoy me invitaron a la primera, es una paella pre navideña en la casa de mi jefe, a la que por supuesto no voy a ir, porque no tengo los ánimos para compartir con una persona que no me interesa compartir, que irónicamente ni trabaja aquí, pero forma parte del equipo. Así es. Al haber aceptado algunas propuestas, resulta obvio que tenga que renunciar a otras. Ni modo. Ya será en la comida de fin de año, cuando pueda compartir con los chicos de la oficina.

Ahora ya intenté hacer un panorama de por qué no puedo dormir. En fin. A ver si esta noche sí pego pestaña. Tengo mucho frío. Espero que Morfeo se acuerde de mi.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Eso me hace sonreír

Hoy fue la primera vez que me maquillé mientras manejaba en el congestionamiento de Río San Joaquín, Thiers y luego sobre Medellín. Muchas chicas hacemos eso, pero no todas con la misma pericia, ya sabes lo que dicen: sólo las mujeres podemos hacer varias cosas a la vez, pero se necesita práctica. Sin haberlo hecho antes, y aún cuando manejo un volkswagen, no he cometido alguna imprudencia parecida a la de la mujer que manejaba la camioneta que venía tras de mí, y que me golpeó por no pisar suficientemente fuerte el freno. Otra de esas camionetas que me fastidian, y que parecen tortas de cumpleaños que nadie se quiso comer.

No me lleno de tantas sorpresas, tiene un rato ya que no me interesan. Pero fue muy agradable notar las hojitas amarillas de los árboles, que se caen por la fuerza del viento, rodando sobre el pavimento de Thiers. Me sentí en un verdadero otoño, de sol pero con aire frío, de humedad que no llueve y que permite ser a la angosta media luna de gato risón.

Hace mucho frío. Creo que extraño despertar sintiéndome como si estuviera enamorada. Ya no pido tanto. Antes me esforzaba por enamorarme, ahora sólo quisiera sentirme como si lo estuviera, eso sería suficiente.

Las hojitas amarillas que bailan con el viento, me hacen cosquillas, me hacen feliz. No hay mariposas y algunas capullos se esfuerzan en florecer. Eso me hace sonreír. Eso me da esperanza.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Un capullo que de vez en cuando florece

En cierto momento, me llega un hormigueo que va de la nuca a la parte baja de mi espalda, que me advierte que parece que estoy firmando mi sentencia de muerte. Y sí, quizá esté firmando mi sentencia de muerte, pero todavía no me importa.

Llegué a Minería y José Martí aproximadamente a las siete y media de la mañana. Mi cita era a las ocho, pero una mala jugada del periférico sur me hizo llegar media hora temprano. Con certeza todavía no sé lo que hacía ahí. Supongo que el sentido de esta situación es que de antemano se sabe el final, por lo que los demonios de mi cabeza siguen dormidos, tranquilos, soñando un sueño profundo del que no pretenden despertar.

En el desayuno intentó hacer la cuenta de los años que pasaron para que nos volviéramos a encontrar. Y todo volvió a ser un flashback, mi memoria de histérica histórica regresó, y pude confesarle que me obligué a recordarlo todo y para no volverlo a olvidar, lo escribí y convertí en un apuntador de mi memoria. Intenté contarle las cosas tal como pasaron, lo de los pantalones rotos y lo de que cenamos a la luz de las velas; pero como me sucede de repente, omití algunas cosas.

El tiempo otra vez se detuvo. Aunque estuvimos escasas dos horas juntos, pareció que hubiéramos compartido toda la mañana. Luego, al despedirnos, pasó como si no pasara nada. Cada quien a su coche, las llamadas por el móvil, la guía para que yo tomara Xola otra vez, y pudiera llegar a la oficina.

Tuve muchas preguntas en la cabeza. La mayoría no me atreví a hacérselas, sin embargo las que más me inquietaban, me las respondió. "Supongo que así soy, y no se lo cuento a todo el mundo" -me dijo. Que bueno que así es, le respondí. Me cogí el pelo, abracé mis rodillas, le pedí lo que simpre le pedía, que me tratara bien y que continuara haciédome feliz con los detalles que antes me hacían. Le confesé que no puedo asegurar sanidad mental, la locura me ha llevado a ser más cuerda que antes (todos la necesitamos de vez en cuando), pero que puedo estar segura de que seguiré tranquila con las cosas mínimas que hacen mi vida más fácil.

No te voy a pedir nada, volví a confesarle. Si verte en medio de hileras sin fin de automóviles, de luces en rojo que no me permiten avanzar, atrapada entre cambios de velocidades que me llevan más rápido a mi lugar, me hace la vida más fácil, no tengo nada que objetar. A fin de cuentas ya se sabe que esto no va a cambiar. La diferencia radica en que no se espera nada, por lo que cuando sucede, resulta una grata experiencia.

Y no sé si serán trampas o sorpresas del destino, estos encuentros en la Ciudad. Los días me han llevado a pensar que mi destino está cambiando, pero contrariamente, haberlo vuelto a ver me recuerda que el destino se escribió hace mucho tiempo. Me iba a convertir en esto, en una piedra que de vez en cuando se ablanda, en un capullo que de vez en cuando florece.

Estoy segura de que nos volveremos a ver, pero no sé cuando sucederá. Creo que tampoco me importa mucho, salvo cuando el hormigueo aparece en mi nuca y se arrastra hasta la parte baja de mi espalda, y también se bifurca para seguir su camino hasta la punta de los dedos de mis manos. Que es entonces cuando resulta increíble cómo me atraviesa el corazón, la flecha de la indiferencia. Este hormigueo me avisa que antes no era así, que me esforzaba porque las cosas sucedieran, por ser la mejor chica, la compañía más agradable, la conversación más culta y más amena. Ahora todo eso no me importa, o no me importa con él, aún cuando pasarlo juntos es como polvo de estrellas.

Como el principio es el fin, y la historia se supo cuando se escribió en el presente pasado de este alterno futuro, el hilo conductor es el mismo y el final deja de importar. Es como si no fuera necesario leer el libro de principio a fin, o la nota del periódico completa: con el abstract de la trama basta.

Supongo que seguiré escribiéndola en las solapas de la Ciudad, y que volveré a ser quien mira el estéril amanecer a través de los filosos edificios, que rasgan los párpados y los obligan a despertar.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Es suficiente

Uno de esos impulsos que nos hacen hacer estupideces, me hizo ir a buscar a Mateo a su casa. Venía yo de regreso de la oficina, en sábado a las veinte casi llegando a las veintiuna horas. Quería ir al cine. Estaba cansadísima y quería irme a dormir. Quería saber de él. Quería muchas cosas, e hice la más torpe de todas.

Llegué a su calle y no vi su coche, pero me animé a buscarlo porque se veía luz en la ventana de la cocina de su departamento. Cogí mis llaves, una libretita y una pluma. Entré al edificio, subí al tercer piso y llamé a su puerta. Nada. Anoté en el papelito "14/nov/09 Hola. Pasé a saludar. Mariposa. Son las 20:40 h." Lo metí en el marco de la puerta a la altura de la chapa. Volví a llamar a la puerta y nada. Me fui.

Fui al cine, a ver la última de Almodóvar que me fascinó. Comí palomitas, mis favoritas, y saliendo me fui a mi casa. Dormí. Dormí como bendita, más bien.

Desperté en un domingo que no me hizo gracia. Casi al mediodía. Con un dolor de cabeza de locos, que me recordó que habían pasado ya casi 12 horas desde que hice el último alimento fuerte. Revisé el móvil y ahí estaban, dos mensajes y una llamada perdida. Uno de los mensajes era de Mateo, en el que me decía algo así como que agradecía mi visita pero prefería que la próxima vez le avisara antes de pasar, ya que en estos días iba a salir mucho de casa.

No me acuerdo bien qué respondí. Me dolía mucho la cabeza y todavía estaba muy adormilada. Pero intenté explicarle con pocas palabras, que no habrá próxima vez porque fue espontáneo, y mi móvil no me permitía llamarle. Una disculpa, le escribí. No respondió. Intenté dormir otra vez. No pude. Recordé el cine de la noche anterior, y que también mi intención era invitarle a que viniera de compras conmigo. Cogí el móvil y escribí un segundo mensaje, intentando explicar esto último. Me respondió inmediatamente, que me buscaría en la semana. Le llamé. Dos veces. No respondió.

Escribí un tercer mensaje. Le escribí que ahora me resultaba obvio que no quería hablar conmigo, ni hablar entonces. Que intentaba platicarle, sin éxito, mi nuevo horario extenuante de entre semana. No respondió.

Es suficiente.

¿Qué más se tiene que hacer para que un chico sepa que le interesa a una chica? Tengo 26 años y todavía no lo sé.

Mateo, tal como es, con defectos y virtudes, me gustó. El chico me gustó. Y lo intenté. Me esforcé en que las cosas sucedieran, pero no fue suficiente. Ahora, lo que resulta suficiente son los esfuerzos que he hecho para volverlo a ver. Lo que estaba en mis manos lo hice, y me siento torpe porque quizá fue un error llamar a su puerta. A mi no me hubiera parecido así, pero supongo que así fue.

Admito mi parte. Y confieso que no le pude llamar porque borré de mi móvil sus números, y de mi corazón el olor de su cuerpo y la sensación que me provoca recargarme en su pecho.

Luego, que las avenidas de la Ciudad me adviertan con sus semáforos en rojo que no debería llegar tan pronto a casa, me hace sentir desdichada. Y es cuando uno hace estupideces, y entonces se agradece que no haya números indeseables en el móvil, para no hacer llamadas de pánico. Pero Hans se sabe de memoria el camino a su departamento, los topes, los baches que se tienen que esquivar del pavimento, el tiempo que tiene que llevar para encontrar las luces en verde, la hora a la que tiene que llegar para tener lugar de estacionamiento enfrente.

Sin embargo soy yo la que maneja a Hans, soy yo la que vive en esta Ciudad. Soy yo la que lo jode convirtiéndolo en una película de terror, obligando a que haya un siguiente encuentro. El que no debe suceder.

Es suficiente.

Somos cómplices

Tu y yo somos cómplices. Porque nadie más sabe lo que hacemos cuando nos vemos en la calle Ayuntamiento, y jugamos a hacer experimentos, a vivir otras vidas, a mirar sin que se den cuenta aún cuando saben que hay quienes los miran.

Tu y yo somos cómplices porque sin darte cuenta, me has contado cosas que no sabías que podías contar, has traído realidades que te viven en el extranjero, has recordado conmigo aquellas donaciones de sangre, las familias que ya no están más, los médicos que fueron obsesivos contigo y con la madre de tus hijos.

Somos cómplices porque tu mujer no sabe que soy quien soy. Porque aún cuando nos saludamos con un sincero saludo de amistad, no sabe lo que pasa detrás de mi escritorio, frente a mi ordenador, del otro lado de tu móvil; somos cómplices porque nadie sabe lo que pasa cuando nuestros coches se encuentran en la calle.

Me hiciste tu cómplice cuando me miraste de espaldas, cuando aceptaste que disfrutas hacerlo mientras no sepa que lo haces y cuando finges un saludo al vecino, quien se imagina que jugamos a los locos dentro de tu departamento. Te hice mi cómplice cuando me viste llorar por primera vez, cuando supiste cómo murió mi perro, cuando supiste que ocultaba que te extrañé y que me hacía falta verte.

Y ahora, que supuestamente todo es normal y que es de dominio público cómo surgió nuestra amistad, aún cuando no quisiera que supieran que te veo fuera de horario, que todo supuestamente es como debe ser; ahora es cuando me sudan las manos mientras manejo de regreso a casa, porque me acuerdo de que sobaste los dedos de mi pie derecho e intentaste curarme el pecho izquierdo.

Siempre hemos sido cómplices, me lo has dicho. Y esta situación se parece mucho a la que teníamos hace unos cuatro años, jugando a los locos sin revolvernos aún, pero cuando ninguno de los dos tenía pareja. Los años pasan, el tiempo no se detiene, la tecnología nos alcanza siempre y los perfiles de pareja se cumplen.

En contra de lo que se pronosticaba, sigo sola. Tal como lo dijiste, tú no estás solo, y mucho menos cuando me tienes así. ¿Qué nos falta? Contigo me llevo a pensar que no hace falta que nos consumemos porque ese humor que nos envuelve cuando estamos juntos y caminamos por la calle, lo hace todo. Esta tensión que aparece cuando no quiero pero necesito tomarte de la mano, porque cruzar la calle me da miedo, cuando busco tu brazo porque atravesar una multitud me quita el aliento. El mismo humor que te lleva a tomarme por la cintura cuando la luz está en rojo, y después en el coche me tomas por el muslo cuando necesito sentir el aire en la cara.

Esta tensión, este humor, es lo que me lleva a provocarte sin querer hacerlo. Y es lo que te resulta indiferente, cuando me esfuerzo para que me mires. No hace falta que le eche muchas ganas, porque reparas en mis labios cuando no espero que lo hagas, y de todas formas revisas el tirante del sujetador cuando mi blusa descubre mis hombros.

Por eso somos lo que somos. Por eso nos estamos volviendo eternos. Por eso me gusta estar contigo, porque contigo no hay imposibles. Somos cómplices y me gusta darme cuenta de ello; y no quisiera, por el contrario, que todos supieran de nuestra complicidad. Será mejor que nadie sepa que he llegado a tu casa antes de las ocho de la mañana, que mi coche te quiere más que a mi, que tu gato se restriega en mi trasero, y que me pides que te vea algunos lunes antes del amanecer. (Pinches domingos, a ti también te hacen mirar diferente).

Somos cómplices, y me gusta que sólo hablemos de ello por correspondencia.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Mis uñas color carmín

Lo intenté. Tengo fe en que mínimo te puedes dar cuenta de que lo intenté. Me esforcé porque las cosas sucedieran y llegáramos a buen puerto. No lo logré. Ni hablar.

Esta noche he tenido mucho frío, que me provocó para pintarme las cortitas uñas de mis manos color carmín. Encima, preferías que fueran pálidas, que algunos días tu coche no saliera, que mis pies quedaran al frío, intentar hacerme chantajes sentimentales por no comerme una pera.

Lo siento, de verdad lo siento. Si es que debo sentirlo. Mis uñas son color carmín porque así quiero, así me gustan. Y quizá debí decirte que hace algún tiempo me prometí no hacer cosas que no quisiera; así las que deseé las hice, aún cuando dejé atrás alguna promesa rota.

La ansiedad puede ir y venir, así aprendí a manejarla. Pero mi libertad no se puede coartar. Ni siquiera cuando no te parezca mi sabor a cigarro recién fumado cuando termino de escribir, mis uñas obscuras, mi pelo suelto ensortijado o que algún día decida no llevar medias negras.

Tanto me pediste que no me enamorara, tanto me advertiste que no debía estar allí, que no debía esperar más de ti. Bueno pues funcionó. Qué increíble que se atrevan a meterle el pie a mi corazón, aún cuando eso implique meterle el pie a sus propios sentimientos o a sus propios deseos.

El móvil no suena más. El programa ya no avisa si me escribirás alguna vez. Pero a la Ciudad no la puedo engañar, y en algún momento la plaza nos hará cruzar.

Y cuando eso suceda, habrá que ver si sigue imperando mi soledad.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

En la misma frecuencia

No es el coche, no es el ordenador, ni mi gato o mis medias negras, ni los años que tenemos de conocernos. Es el. Soy yo. Somos ambos que seguimos en esta frecuencia.

Esta vez no me di cuenta cuándo comenzó a coquetear (¿coquetear? ¿Te das cuenta de lo que dices?). No lo registro (no, no me doy cuenta). Luego, se atreve aún a hacer comentarios sobre las barreras físicas, los datos del corazón, el estado de mis sentimientos y los de él. Me pongo nerviosa con el simple hecho de recordar cómo es cuando me llama sin razón, para saber cómo he amanecido. ¿Qué pasa con nosotros?

Lo he pasado pensando si las últimas invitaciones que me ha hecho han tenido motivos. Ya debería dejar de pensar. El domingo por la noche cerró con una invitación para desayunar, la semana pasada preparó las cosas para cobrar su deuda entera, para llenar mi rostro de sonrisas, de unos dedos en su mano derecha que por fin alcanzan mi mejilla izquierda. Me bajé y me chifló. ¿Me miraste el trasero? Sí, y le chiflé, me dijo. Está bien, tienes permiso para hacerlo, y de una vez por todas cerré el coche de un portazo. Crucé Colima, mis tacones sufrieron cuando se alejaron, y la pañoleta aleopardada me hizo verme con ojos de gata. Los ojos que a veces quisiera que viera él.

Sintonizamos hace algunos años, no sé cuántos porque no quiero contar, pero me ha enseñado a andar por la Ciudad, me la enseñó de noche, usando de mapa los restaurantes, los cafés, las últimas funciones de los estrenos de las películas famosas. Me enseñó los caminos al hospital, al taller mecánico, a un nuevo empleo.

Me la enseñó de mañana, cargando un enorme ramo de gladiolas en los andenes del metro, respondiendo preguntas rosas de los porteros del edificio, diciendo mentiras piadosas a los profesores de la Facultad.

Me enseñó la Ciudad con mucho sol, muertos de calor, tomando coca cola fría mientras yo bebía una Victoria más fría que su corazón. Me la enseñó muertos de frío, mientras cruzaba Reforma para encontrarlo frente a la pantalla del Auditorio Nacional. Con mi abrigo enorme, esperándolo en el valet parking del centro comercial de Molière, cuando venía de carretera y las ganas de vernos superaba su cansancio y mi ansiedad.

Me enseñó la libertad, cuando mi ansiedad superó la relación. Me enseñó que no estuve rota, que no hacía falta que vinieran a repararme, que no me merecía el tiempo con un soltero tóxico; mientras le comprobé que me hacían daño los tatuajes falsos, las columnas que se caen, las bocas que no sonríen, los besos que no se dan.

Ahora soy una niña grande, dejó de ser mi profesor.

Alguna vez extrañé tus manos largas... Ahora, las vi diferente cuando intentaron alcanzarme, y llegaron más lejos, haciéndome brincar.

Hans necesita una radio. Él y yo necesitamos migrar nuestra frecuencia a otro cuadrante. Yo necesito menos radio y más realidad, historiar el tiempo real aún cuando mi Historia empezó hace 78 años, y yo comencé a contarla hace tres y diez meses. Los ejercicios de historiografía real, aún cuando se esconden en unas conversaciones por correo electrónico, me han hecho bien. Hace bien no vernos tan seguido, así tenemos muchas cosas que escribirnos.

Me urge una radio. No puedo regresar siempre tarareando la misma vieja soledad.