sábado, 19 de diciembre de 2009

El movimiento se demuestra andando

Y el amor se demuestra con actos.

Desperté, contenta de haber dormido bien y profundamente. Desperté con mucho frío, confusa por la situación, y comencé a llorar. No he podido parar.

Me entristece la actitud de las personas, la actitud vendida ante el placer, el blof de hacer o tener algo, o de pertenecer a algún grupo. Me ofende que se actúe como si no pasara nada, como si yo fuera la equivocada, como que estoy peleada con la vida cuando saben que no es así, que me he esforzado para estar donde estoy y ser lo que soy, y que he luchado mucho por mi paz espiritual y emocional.

Me entristece, me ofende, me hace llorar. Justo cuando siento que ya no puedo más, justo las bolas comienzan a llegar de donde no me lo espero, y aún cuando he tenido el bate listo para pegarles, ahora pasa que un bate no es suficiente.

Y ayer recibí la llamada de mi lector, que dice que mi Historia es maravillosa, que lo hice muy bien, que crecí muchísimo y que con mucha honra ahora debo llamarme historiadora. Me emocioné tanto que se me hizo un nudo en la garganta. A pesar del pesado tránsito que hubo en la Ciudad, ya no me importó pisar el freno y el clutch por tanto tiempo; sólo pensé en las palabras de mi jurado y en sus recomendaciones, y en sus buenos augurios, y en que por lo menos a una persona la Historia sí merece la pena.

El cine me llamó, y pasé a ver Avatar, no sabía de qué se trataba pero me sobrepasó, me inundó de colores y sensaciones, y me hizo reflexionar una vez más, qué es lo que sucede en una sociedad que está siendo conquistada. Qué es lo que está pasando por la mente de las personas que invaden, que intentan acordar, y que no entienden. Me gustó mucho. Salí del cine muerta de frío, pasada la media noche. Llegué a guardar a Hans que ya está de regreso conmigo, con un carburador que lo hace acelerar como si fuera joven, y entré a la casa a descansar.

Dormí muy bien, luego de tantos días de insomnio que quiere ser y no ser, dormí como bendita. Y en la mañana todo esto. ¿Qué pasa con el mundo? ¿Por qué ahora no puedo dejar de llorar?

Mi padre llamó para recordarme que me quiere, que está conmigo, que a pesar de la distancia siempre estamos juntos. Tiene razón. Me recordó que en los últimos años, lo que más le ha valido la pena son las mañanas que pasa conmigo, los cafés que compartimos, los periódicos que leemos al mismo tiempo, los libros que nos prestamos, las sonrisas que nos arrancamos y las carcajadas que nos hacen llorar. Mi papá es mi amigo. De ese hilo que me conecta con mi papá, ahora pende mi relación familiar. Y qué curioso, porque no recuerdo haber vivido con él, ni cuando era chiquita. Pero aquí está, ahora está conmigo, y tengo que tener claro que no necesito nada más.

El amor se demuestra con actos, con cariños, con buena actitud, con comprensión. Mi papá me ama, y yo lo amo a él.

Y en algún momento de la mañana, tengo que dejar de llorar, eso es un hecho.

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