domingo, 28 de febrero de 2010

All exclusive

Tus ojos son dos gatos por los tejados.
Besos con sal, Joaquín Sabina.

Ciudad de chicos monéandose en el Metro mientras van a la iglesia de San Hipólito, llevando en brazos a San Judas Tadeo. Ciudad que me permite llegar en menos de treinta minutos al Centro Histórico. Ciudad de basura en las banquetas, de barrenderos que no quieren salir a hacer su trabajo en domingo. Ciudad de sol, de chamarra de piel porque me duele un poco el pecho. Ciudad de invierno que quema, que me reseca las manos y los dorsos de mis pies.

Ciudad de historias. Ciudad de Encuentros. Ciudad de escritores que quieren seguir escribiendo. Ciudad de personas que no se quejan, y que pagan el alto precio por vivir acá. Ciudad de escritores que sacan material de las esquinas, de las estaciones, de las paradas de autobús. Ciudad de historias de colonias populares que adoptan nombres propios. Ciudad de personajes que de pronto se convierten en mis mejores amigos.

Ciudad de pseudónimos, de vidas que se quieren vivir. Ciudad de cambio. Ciudad mágica que te permite ser lo que quieras ser. Ciudad de noche, que no importa que te tome la madrugada en medio de un Eje vial que no conoces. Ciudad horrible, de bolseo en los camiones. Ciudad de amor, de intercambio de miradas cuando el semáforo se pone en rojo. Ciudad de coches, de ligues mientras metes el clutch y haces el cambio de velocidad.

Ciudad que me da miedo cruzar en las avenidas. Ciudad de correr, porque no vi que el semáforo del Eje Central ya estaba en rojo. Ciudad que me permite decidir ser otra persona, que me permite vivir en otros lugares, sentirme vistiendo otras ropas.

Ciudad Emperatriz. Ciudad de campanas al vuelo. Ciudad que a veces me da miedo. La Ciudad donde nací, que deseo que siga siendo la Ciudad de los Palacios.

Me encontré con el Presidente de la Nueva República de Babel, en punto de las doce y 30 en la explanada del Palacio de Bellas Artes. Un abarrotado Palacio de Minería nos esperaba, con libros por doquier, y con encuentros que nunca imaginé. El Presidente me puso un distintivo que decía "participante XXXI FILPM", lo que me dio acceso all exclusive a todos los eventos.

Si hay un momento en el que uno tiene que disfrutar las cosas que de pronto han llegado al camino que se transita, es este. Y estoy muy agradecida por las últimas experiencias que he tenido, que me han llenado, y que he vivido a través del ritmo de esta difícil -pero encantadora- Ciudad. A veces la odio, a veces la amo. Me parece que es mi pareja ideal, que somos un par ejemplar, y no sé cómo le voy a hacer -ni cómo vaya a ser- cuando pronto tenga que desplazarme un poco más, para llegar a los lugares que suelo frecuentar.

Una lista interminable de nombres y de títulos, desfilaron frente mis ojos, me dieron la mano, me pidieron opiniones, me firmaron algunos de los libros que hoy me regalaron.

Ahora entiendo por qué me gusta tanto ese ambiente. Es sencillo. Simplemente uno es, por lo que se puede crear a través de un conjunto de frases ordenadas de tal manera, que la vida de quienes nos leen, se vuelve diferente. Y nunca somos los mismos, ni las obras, ni los escritores, ni los lectores. No importa que las hojas hayan pasado por nuestros ojos hace mucho tiempo, siempre tendrán otro significado, uno mejor, otro especial, aquel distinto que esperábamos.

Llena de regalos por parte de mi amigo el Presidente, pasadas las dieciocho horas, nos fuimos a comer a donde el pequeño Barrio Chino que el Centro Histórico le permite existir. Compré la coca-cola light más cara que he pagado en mi vida, pero coincidimos que es mejor eso, a meterse a un callejón desconocido y sin salida, para pagarla unos diez pesos más barata. Con todo, fue fenomenal. La comida valió la pena. Las farolas encendidas nos regalaron dos fotos para la posteridad.

Hacía mucho tiempo que no me tocaba un evento con una trato all exclusive. A disfrutarlo, porque como dice Madame Copo de Nieve, nos lo merecemos.

Y ahora, que el destino me pone estas trampas para de pronto enamorarme de los domingos, creo que me siento mejor, a dedicarme sólo a sacarles la lengua cuando despierto. Y eso es, unas pequeñas trampas que me hacen sonreír, que hacen que mi pelo brille, porque además se cierra con broche de oro -y se abre semana por la noche del domingo- con una fabulosa charla con San Román.

Insisto, estas trampas, y esta familia intelectual, me dan tranquilidad. Espero que por algún tiempo no cambie, y que las trampas se hagan costumbres, y que el Presidente de la Nueva República de Babel y yo coincidamos en la segunda semana de marzo para comer; que terminemos los pendientes del registro de obra y autor, que comencemos a escribir lo que se supone se publicará en septiembre. Espero que la costumbre de cenar con San Román dos veces por semana no termine, que la reanudemos luego de sus exámenes, luego de mis histerias, luego de los obstáculos para llegar a tiempo al restaurante. Tengo fe. Y todo de pronto comienza a salir bien.

Y esos ojos que caminan por los tejados, vendrán otra vez a verme de frente, como lo hicieron la primera vez.

lunes, 22 de febrero de 2010

Quiero regarte las plantas de los pies

Quiero llenar las paredes con tu nombre, quiero que sepan que voy a escribir de ti y que voy a escribirte a ti. Voy a llenarte la piel de mis frases, voy a iluminarte como una vez llegaron a iluminarme a mi.

Voy a escribirte que a veces no me dejas dormir, voy a llamarte cuando logre despertarme. Voy a intentar tirarme en el sillón para soñar de ti, voy a creer que estás a un lado para poder besarte.

Y con cada una de las lenguas, escribiré tu nombre. Y usaré la mía, para que lo sepas de una vez. Voy a llenar las paredes con tu nombre, y quiero por fin regarte las plantas de los pies.

Cuando eso suceda, espero poder llegar para cosecharte, para abrazarte cuando no puedas dormir. Voy a llenar las paredes con tu nombre, y vas a saber por fin, por qué te llamo así.

Siento unas ganas bárbaras de regarte las plantas de los pies, y de paso pasaré mi lengua por tu cuello y por detrás de tus orejas. Y con ese finísimo oído que tienes -que se parece a mis felinas miradas-, por fin entonces sabrás, que los sonidos de mi garganta ahora son para ti.

Mis zapatos de siempre

No quise usar otros zapatos, me puse los míos negros, los de siempre, los de tacón con una trabita y hebillita justo a la altura de los dedos de mis pies. Tampoco quise usar pantalón, y hacía mucho frío para ponerme un vestido, intenté ponerme el rojo con flores azules, para terminar con el abrigo color camello; pero cuando escuché en la radio al salirme de bañar, que estábamos a seis grados centígrados, opté por el traje sastre de tweed color negro, y encima, el abrigo del mismo color. Me solté el pelo, me puse los aretes redondos, y mucho perfume, el que se hizo mi amigo, que se apellida Basi.

Me fui, lejísimos, casi sin saberme el camino de ida, porque era un hecho que no me sabía el camino de regreso. Estuvo bien no haber tomado tanto tiempo de anticipación. Río San Joaquín y Circuito interior -ahora llamado Circuito Bicentenario-, estaban vacíos. Y manejé, y manejé, y manejé, y no sé con certeza cuántas delegaciones de la Ciudad de México habré atravesado. Manejé y seguí manejando, hasta que viera la indicación para desviarme hacia la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Su bahía de ascenso y descenso de pasajeros, me serviría de retorno, para tomar Río Consulado, de regreso dirección La Raza.

Siempre he sido una chica del norte, aún cuando he adoptado al sur como casa provisional, como trabajo que no quiero dejar, como la Ciudad dentro de la Ciudad, que se hace llamar Universitaria. Pero nunca, o por lo menos que yo lo recuerde, había llegado tan al norte. O no sola, manejando a Hans.

Todo esto porque hoy fue la boda de Julia. Fue la primera vez que voy como si nada, como soy, sin sentirme mal por no ir acompañada. Y lo pensé, "no habrá donde me sienten, no sabrán donde acomodar a la soltera que no lleva pareja". Sin afán de tirarme pa'que me levanten, ya me ha pasado antes, que como uno va de single, pues ni como ayudarle al organizador, que no pensó en que habemos personas que llegamos solas. Fue la primera vez, y creo que no lo vuelvo a hacer. Y no por sentirme mal o sentirme sola, sino porque es una verdadera tristeza, no tener con quien bailar cuando se abre la pista de baile.

Fui extraña, muy extraña, hasta para el padre de la iglesia. No conocía a la familia de Julia ni a sus amistades, apenas me recordaba del novio, de cómo se habían conocido y de cómo era su historia. Sin embargo, no me intimidó esa situación, y me la pasé bien. Me presentaron con quien debían hacerlo, y finalmente me acomodaron en la mesa de las primas -con respectivos maridos-, y que afortunadamente resultaron muy simpáticas.

Fue extraño, ya lo dije, hasta para mí; pero me divertí, y el pastel fue lo mejor del mundo.

Ella, la chica que lloraba a mares cuando se peleaba con el novio, el novio con quien discutía por teléfono cuando ella no estaba disponible o no tenía señal en el celular, ellos que vivían al norte y al sur de la Ciudad, ellos que luego de tres años, ahora son marido y mujer. Y qué felicidad, pero qué fuerte. Sentí una opresión en el pecho y se me durmió la mano derecha cuando fue la ceremonia. Me he vuelto sumamente susceptible ante las uniones para toda la vida, e intento tener fe ante los happy endings.

No soy pesimista, lo sabes bien, pero me pasa que lo veo como algo lejano, como algo que según mis circunstancias familiar y personal pudiera no suceder, o que todavía falta para que suceda. Mis prioridades no han cambiado mucho, no soy tan distinta como dicen que parezco. Sigo caminando con los mismos zapatos, pero parece que lo que ha cambiado es el camino.

Esta actitud, esto que me sostiene, finalmente es lo que me hace pensar así. Hace ya muchos meses que no voy de compras, creo que la última vez fue casi en Semana Santa pasada cuando me regalé esas fabulosas plataformas con tacón ancho y de diferente color; y aún así no hace falta que los siga adquiriendo. Nunca son suficientes, lo sabemos bien, pero yo misma tengo mis límites. No importa el color que sean, no importa que traiga puesto un vestido o unos jeans, de hecho no importa si son botas o botines en vez de tacones, pero siempre el mismo par es el que me sostiene.

El camino que uno transita no es sencillo. Ya lo dijeron en una serie de televisión muy famosa, que se necesitan un par de cómodos zapatos para seguir el camino que elegimos. Yo todavía no sé exactamente qué es lo que viene, pero esta actitud, este aire que me cargo de hace un tiempo, se ha convertido en el par que permite que no me lastimen las piedras del pavimento.

El cómodo par de zapatos que he elegido es el punto final, y otra vez, me gusta que no haya puntos suspensivos.

Con todo y mi inocencia.

Contaminan la decencia, secuestran la fantasía.
Cuando clama la inocencia, llaman a la policía.
Violetas para Violeta, Joaquín Sabina.


¿Pensaste alguna vez hacer, decir o escribir algo que causara polémica? ¿Pensaste alguna vez que la columna tuviera suficientes lectores? ¿Pensaste alguna vez que una persona dejara mensajes para anunciarse, muy singulares a mi parecer, porque se autodenominaba "soltero tóxico"? ¿Pensaste alguna vez que tus frases llegarían a personas inimaginables, ausentes o no sabientes?

¿Pensaste alguna vez que tendría audiencia la película que hiciste? ¿Pensaste alguna vez, que a alguien le valiera la pena tu Historia? ¿Alguna vez te imaginaste, que la gente pudiera vestir la ropa que inventaste?

¿Pensaste alguna vez que una persona no analfabeta, se diera cuenta a través de tus palabras que no sabe leer?

¿Pensaste alguna vez, que a través de tus frases, una persona fuera capaz de comprender que aunque lo intente nunca sabrá escuchar?

Estoy segura de que nunca has planteado la posibilidad de dejar de hacer lo que haces, con todo y que los debates que provocabas en el instituto eran maravillosos y algunas veces nos hacían enojar. No creo que el hecho de que la gente pensara diferente a ti, o se imaginara historias que no existían, te hiciera cambiar de opinión.

¿Pensaste alguna vez, que bailarían la música que ponías en los altavoces? ¿Pensaste alguna vez, que podrías salvarle la vida a una persona? ¿Pensaste alguna vez, que tu diagnóstico trascendería las generaciones, que cambiaría hábitos, que haría que las personas fueran diferentes?

¿Pensaste alguna vez, que tu palabra sería escuchada?

domingo, 21 de febrero de 2010

Noches de juerga

Apenas terminé de escribir todo lo que hacía falta, recién lo leí y lo presenté, y ya estoy comenzando a querer escribir otra vez. La cabeza no me para, no me paran los dedos de las manos, y de unos diez días para acá, tampoco han parado de bailar mis pies, ni de temblar mis piernas.

Hace rato intenté hacer memoria de hacía cuánto tiempo que no me la pasaba tan bien, y aunque no estoy segura, me parece que esta ansiedad -buena y no tan buena- no la sentía desde que estudiaba en la Universidad. Esta Ciudad es maravillosa, tiene de todo, a veces me cae gorda, pero me he hecho el propósito de dejar de decirle groserías cuando me enojo o comienzo a tener una discusión por el móvil. La Ciudad ha estado de mi parte las últimas semanas, ha estado lluviosa, medio fría y a veces distante y algunos dirían que se parece un poco a mi, pero eso ya va de sobra.

La cabeza, como decía, no me ha parado. Siempre pensando lo que viene, las decisiones que hay que tomar, las frases que hay que escribir, los corazones que hay que conocer, que hay que abrir, y el mío mismo, que poco a poco se comienza a despertar. Hay momentos en que me duele todo. Me duele sobre todo esta cabeza que traigo acá arriba; hay veces en que me duele el pelo, me duelen las piernas, me duelen los pies y me duele mucho la espalda. Hay noches en que no puedo dormir, en que prefiero -de hecho- quedarme despierta; es maravilloso cuando se puede decidir, quedarse despierta, quedarse dormida, seguir caminando, pedir un taxi, quedarse callada, seguir escribiendo, seguir transmitiendo esto a pesar de los lectores que se tengan, y los que todavía no tengo.

Y como Hans no quiso arrancar el jueves por la noche, porque cometí el error de dejar las luces prendidas todo el día afuera de la oficina (siempre hay una primera vez), el hecho de volver a casa con Hans a cuestas en una grúa, hizo que me diera insomnio otra vez, que me doliera la cabeza, el cuello del lado derecho y que me diera un poco de ansiedad. Ni modo. Todo tiene un precio, y esta vez, aún cuando pareciera que fue alto, no fue tan desagradable esperar a que todo se resolviera. Las penas con pan son menos, y la espera de una grúa es menos tortuosa si se tiene compañía, que encima, te hace reír a carcajadas.

El día después, casi pierdo la cuenta de los analgésicos que me tomé. Creo que había sido uno por la mañana, dos a la hora de la comida, o al revés, un par con el latte de la mañana, uno a la hora de la comida y uno más a media tarde. Cuando a punto estuve de tomarme uno más porque el dolor no cesaba, caí en la cuenta de la pérdida de la cuenta, y me detuve. Así es. En diferentes situaciones, las cuentas se pierden, y es entonces cuando uno se detiene, o de plano se sigue adelante. Insisto, es maravilloso cuando se puede decidir qué es lo que se quiere hacer.

Me esperaba entonces, una maravillosa noche, un motivo especial para que mis pies no dejaran de bailar y para que mis piernas siguieran temblando. Una llegada a casa de madrugada, con un Curvoisier que me guiñaba el ojo desde que me bajé del taxi, que me supo magnífico en una de esas copitas redonditas, y que me hizo seguirle cantando y escribiendo, para dormir sólo hasta entrado el amanecer, pasadas las siete de la mañana.

Y valió la pena. De pronto resulta que todo vale la pena.

Una hora y media después, me desperté en calidad de zombie para ir a buscar al mecánico que me dijera qué era lo que tenía Hans, además de no tener ni una chispita de batería. En el camino me encontré a mi hermana, la otra María, quien venía desde temprano a visitarme. Fuimos por el guerrerense éste que me cae tan bien, que hizo que Hans volviera a andar. Desayunamos Mari y yo como debiera desayunar todos los días, pero que no siempre se puede. Se quedó todo el día conmigo, vino a limpiar mis ojos, a hacer que las lágrimas atoradas salieran, a que mi corazón latiera tranquilamente por platicar con ella.

Vino a tender mi cama mientras yo tomaba una ducha, a decirme que ya debo dejar de bajar de peso, a hacerme reír con las ideas del cambio de habitación, de entorno, de posición. Vino a recordarme que a pesar de la distancia, seguimos siendo hermanas, y nuestro amor ha prevalecido a pesar de muchas circunstancias.

Vino a llevarme por las arterias de la Ciudad. Vino a abrazarme. Vino a poner en orden lo que se podía ordenar.

De regreso, una Mafka con un novio encantador, y un chofer incluído, me esperaban en la puerta de la casa para volver a salir. Luego de pensarlo un poco, porque tenía muchísimo sueño, guardé a Hans, me arreglé rapidísimo, me puse esos botines de flecos que tanto me gusta usar, y me fui con ellos, y literalmente no supe más, hasta unos 40 minutos después.

Me quedé dormida apenas me subí al coche. Moríamos de risa cuando llegamos al bar que nos esperaba, se quedaron hablando solos cuando no les respondí, y Mafka me pidió perdón por haberme insistido tanto en salir, pero era una ocasión especial. Bebí un red bull, luego comencé a divertirme, a recibir llamadas que me hicieron reír, que me pusieron mejor de lo que ya estaba.

Nos cambiamos de bar, porque el primero era una reunión que no era nuestra. Luego, en el segundo fue una mezcla de todo, que me hizo bailar y me puso feliz: el whisky con soda, los recuerdos de la noche anterior, el cansancio que traía a cuestas, la plática con Mafka, las carcajadas por los chicos del rugby, el cigarro en la banqueta, el carrito de hot dogs que no paraba de vender, el chofer que no nos quitaba el ojo de encima, que luego tardó en regresar para dejarnos volver.

Y dormí, aún cuando no fue tanto como hubiera querido, dormí, por fin, lo logré. Luego, el domingo, cansado como son los domingos, también me trajo algunas sorpresas.

Domingo de comer bien, de dormir poco y de reír mucho. Ciudad de mercados sobre ruedas, de tianguis de pulgas que me hacen enloquecer. Domingo de dejar de odiarlos, de comenzar a aceptarlos, de plantear nuevas alegrías e ilusiones. Ciudad llena de coches, de volantes cubiertos con peluche de leopardo, de camiones y colectivos que casi te quitan la vida o te rebanan el trasero. Domingo de tomar té de manzana, de volverle al té verde, de probar otras opciones sin azúcar. Ciudad de deseo, Ciudad de sonrisas a través del móvil que creo que sabe que me provoca, domingos de comunicaciones casi sin palabras.

Ciudad de un tal vez que más que un quizá es un por supuesto.

Ciudad de noche, domingo de día. Ciudad de noche que me hace feliz, que entonces provoca un feliz domingo que antes no tenía.

Noches de juerga. Noches que me gritan que está bien si le pido que me provoque. Benditas noches, maldito insomnio, bendito deseo, maldito frío de invierno, bendita Ciudad. Buenos días, llegando de reversa, luego de cruzar toda la Ciudad.

Abre los brazos al mundo.

Domingo de dormir hasta las once de la mañana. Domingo de almuerzo con la Diseñadora de Modas, de frapuccinos con San Román. Domingo de hacer las compras, de hacer cuentas, de tirarme del pelo porque no me alcanza el dinero.

Domingo de reinventar planes, de inventar proyectos, de deshacer recuerdos. Domingos de darme cuenta que estoy bien acompañada. Domingo que me enseña a dejar de sacarle la lengua a los domingos.

Día de intentar dormir sin tener éxito. De cumplir promesas, de seguir costumbres, de alimentar a mi corazón a través de mi otra familia, de mis amistades, de buena comida, de reírme manejando el coche que ahora ya quiso andar.

Estoy contenta de que el domingo me haya recordado a la cara que una vez soñé con comerme el mundo a mordidas. Que cuando decidí la línea que quería vivir, para luego poder sobrevivir, tuve un sueño, o muchos, que pensaba en inundar las almas con optimismo, con amor, con buenas costumbres. Pensaba que sí era posible cambiar el curso de la Historia, dejar de permitir que los ciclos se repitieran, que los mismos errores se cometieran, que un acuerdo entre algunas partes era suficiente para darle felicidad a una población.

Soñaba con comerme el mundo a mordidas. Eso, con el tiempo y junto con otras experiencias, se me fue quitando. Me olvidé por un tiempo de Clío, me olvidé de hacerme reír, me olvidé de procurarme un corazón, de procurar al que latía bombeándome de sangre todo el cuerpo; me olvidé de comer bien, me olvidé de dejar de beber, me olvidé de las cosas buenas que me merecía.

Un día me olvidé que era posible que alguien pudiera llegar a quererme, pudiera llegar a amarme tal como soy, me olvidé de quererme a mi misma. Pero las cosas pasan, el tiempo se termina, los plazos se cumplen, la evolución sigue, los caminos se vuelven a abrir. Y entonces comencé a urgar entre mis recuerdos, comencé a lamerme la memoria, y comencé a recordar todo aquello que había bloqueado.

Sólo así me olvidé las pastillas en el buró, me olvidé de las malas compañías, me olvidé de los corazones rotos, me olvidé de los solteros tóxicos, me olvidé de las malas decisiones, me olvidé de engancharme como imbécil a lo primero que me pasara por enfrente, fuera lo que fuera. Me olvidé de comer mal, me olvidé de lo que opinan y hablan los demás.

Comencé a formarme una familia, comencé a tomar buenas decisiones, y hoy, que es como sucedió con el Homo Sapiens Sapiens -el que sabe que sabe-, me hice un pensadero y estoy intentando sacar con mis letras todas esas frases que son y que siempre han sido sordas, esas experiencias que no sirven más, esas personas que nunca fueron, y esas decisiones que alguna vez me resintió tener que tomar.

Hoy me dispuse a volver a creer que me puedo comer el mundo a mordidas. Hoy le tomé sentido a la frase que Cristina me dijo por teléfono, esa de que abra los brazos al mundo, de que está ahí, esperando a que lo tome; esperando como esperé yo misma, para poder conquistarme.

Love, i can believe in. Change, i can believe in. Yo creo y con eso basta. Y es oficial, vuelvo a tener confianza, y lo voy a volver a decir a menudo: quiero comerme el mundo a mordidas.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Un buen samaritano.

Hay una persona, que no sé quien es, que ha estado hablando de mi o de mi trabajo en algunas oficinas de la administración pública federal. Repito, no sé quien es, y no he indagado mucho por averiguarlo, no estoy segura de quién, que trabaje para el Estado, pueda estarme haciendo promoción a mi, o a la historia que escribí.

No es desagradable, no me molestaría tener por ahí una oportunidad, me quitaría algunos problemas y me daría estabilidad. Pero por lo pronto todavía no sé quién sigue hablando de mi. Supongo que eso es bueno, porque es bien sabido que cuando dejan de hablar de uno, comienzan a perderse los recuerdos en las memorias.

Y todo es un poco extraño, no sólo porque hay por ahí un buen samaritano anónimo que me está haciendo promoción, sino porque asistir a esas oficinas o llamar a esos conmutadores, es diferente. No es como llamar a un partido político, a algunas oficinas académicas, no; acá hay que torearse -y no lo digo en mal sentido- a los conmutadores electrónicos, a las musiquitas horribles que hay de llamada en espera, a las recepcionistas que algunas veces no saben bien para quien trabajan o en qué departamento se encuentran, a los secretarios particulares que la mayor parte de las veces se empeñan por ser amables, pero que dejan un hilo en su voz que me hace darme cuenta que atienden las llamadas por compromiso y por mera y fastidiosa obligación.

Y seguimos esperando respuestas, llamadas de vuelta, entrevistas terceras o cuartas, lecturas de proyectos, propuestas que van y vienen, aprobaciones de propuestas económicas -porque pudiera hacer de todo, pero no vuelvo a trabajar gratis-, aprobaciones de propuestas de cambio de residencia y otras cosas más.

Hoy en la mañana, que la lluvia se ha apoderado de mi Ciudad otra vez, casi me voy para atrás al mirar al servicio de bacheo del departamento de mantenimiento del municipio, haciendo sus labores precisamente bajo la lluvia. Así es el gobierno, así son los burócratas. Sin ser una experta en ingeniería civil, hidráulica o topográfica, es obvio que un bacheo bajo la lluvia no va a tener la misma resistencia que uno que se hace sobre el pavimento seco.

Así es el Estado, así son también las oficinas de la administración pública. Algunas veces hacen las cosas como no deben hacerse, al revés, siguiendo diferentes métodos, pero lo hacen, aún cuando ese bache no durará mucho en buen estado, aún cuando las recomendaciones no fructifiquen más o no se consiga una plaza o un contrato indefinido de labores.

Finalmente el Estado trabaja, y creo que en estos momentos, cuando manejo atravesando la Ciudad sobre los ejes viales, sobre los anillos de circulación, que escucho las canciones que escuchaba tomada de la mano de mi hermana, y casi las lágrimas me salen de los ojos por esta situación; me parece que no está tan mal tener otra velita encendida, una que ha prendido una buena alma que ni siquiera sé quién es, aún cuando se tenga que corretear a personas inalcanzables, que alguna vez fueron mortales como yo.

¡Ay Cristina! No sé si me sigas en esta columna, no sé si me leas a menudo, pero no sabes cuánto, ¡cuánto carajamente! Te extraño. Me haces mucha falta.

domingo, 14 de febrero de 2010

Gracias Zaba

Una amiga única, y que tiene un lugar muy especial en mi corazón, me escribió una historia fantástica sobre los exámenes profesionales.

Por sí mismos, éstos son una calamidad -ahora lo sé-, y causan un efímero sentimiento de frustración que no se puede controlar. Luego todo termina. Luego viene la copa, el día siguiente, el trabajo que está pendiente.

Los invito a que lo lean por ustedes mismos en Zabaland.

Gracias Zaba, neto que me hiciste la semana. Gracias por escribir la otra verdadera historia.

Te quiero un montón.

Historia de una habitación.

Así como en el sueño anterior la habitación se hacía más pequeña conforme el tiempo pasaba, esta vez la habitación se hizo tan grande como mi asombro, tan grande como la noche, tan grande como la obscuridad que nos abrazó cuando sólo se quedó encendida la luz de la escalera.

No recuerdo bien cómo llegamos allí, no me acuerdo bien cómo empezó todo. Sólo estoy segura de mi vestidito negro, de su estatura, de mis botas hasta la rodilla, de los calcetines que no vi más. Me acuerdo que me hizo muy feliz ver todo desde el suelo, saber que las habitaciones giraban como giraban nuestros cuerpos. Desde abajo, todo parecía expandirse como se expandían mis emociones, sus latidos, mi sudor, el olor de su cabello y mi propio cabello.

Mi sueño de que los besos no estén vetados se hizo realidad. Nos besábamos tanto, que me hacía creer que esa era la última noche en este planeta, teníamos que aprovecharla por completo, sin importar mi edad, sin importar mi estado civil, sin importar la habitación que nos envolvía. Nos besábamos tanto, que me hacía creer que el amor podía existir, que el amor podía superar, que el amor podía estar en cualquier lugar, con cualquier persona, sin siquiera imaginar que pudiera suceder.

Me acuerdo que estaba sorprendida por el calor que pueden irradiar un par de cuerpos. Hacía mucho frío, lo sentía sobre todo en las plantas de los pies, pero nosotros manteníamos ese calor, lo hacíamos crecer, hacíamos que envolviera la casa misma, a través de las ventanas, de las escaleras, de los candados de las puertas que no querían seguir cerradas.

Como siempre, odiaba las despedidas, y odiaba saber que la luz del amanecer que nos recibía era de un maldito domingo; odiaba tener que decir adiós. Pero esta vez no me angustiaba tanto, no sentía que la Ciudad nos fuera a separar. El chico me llevaba a casa, en este sueño Hans no figuró más, y yo me bajaba de su auto color grafito mientras él no se movía del volante. Nos besamos, nos despedimos, nos dijimos hasta mañana aunque casi estaba por despertar.

No me angustió la despedida, pero me invadió una terrible ansiedad cuando pensaba que era posible que nos pudiéramos enamorar. No, no, me decía en voz alta mientras bajaba del coche y entraba a mi casa. No te puedes enamorar Mariposa, no puedes seguir adelante. ¿Por qué carajos no? ¿Quién dice que no? ¿Por qué mi mente me jugaba esta terrible trampa?

Me acostaba en mi cama todavía vestida, me envolvía en la gabardina color azul y apenas reparaba en quitarme las botas color café. Lloré, las lágrimas me salían de los ojos mientras mis oídos escuchaban a Norah Jones.

Y me desperté, luego de otro fabuloso sueño, limpiándome las lágrimas que de verdad salieron de mis ojos, y escuchando la vocecita chillona de la locutora que suplió a Jesús Martín Mendoza en las noticias de la mañana. No estaba vestida, por supuesto, las botas estaban en su lugar, la gabardina llena de polvo bajo ese guarda trajes color gris. El vestido me sigue esperando en el tubo del clóset y el chico, no sé si vuelva a verlo alguna vez.

miércoles, 10 de febrero de 2010

En busca de respuestas.

Me resisto a creer que la Historia es un gran espiral que hace que todo se repita; que sea una línea ondulada que siempre lleve al mismo punto: arriba o abajo; que sean ciclos que no se terminan, haciéndolos infinitos. Me resisto a creerlo, y confieso, que me da terror darme cuenta que en la historia de mi familia, en mi herencia emocional, haya una especie de condena en la que se nos repiten las historias de las generaciones pasadas.

No es fácil de concebir. Algo similar sucedería en historiografía, cuando se habla de ciclos que se repiten sin fin, de procesos históricos que continúan por determinado tiempo, movimientos sociales que se repiten luego de transcurrido un lapso, o de historia política que no tiene remedio.

Yo, en busca de respuestas, y le llamé. Y así soy, ni modo, no me puedo resistir a un encuentro que yo misma puedo provocar. No me pude resistir al letargo y la tristeza que me traen todos los días domingos. Y nos vimos, allí está siempre disponible, pocas veces me ha dicho que no. Fue agradable volver a verlo, que pasara por mi a mi casa, que fueramos a tomar café y a cenar mientras él pagara la cuenta; hace muchos años, todo era al revés, y mi cartera se vaciaba la mayor parte de las veces.

Pero esta vez, me sorprendió verlo tan cambiado y con tantos proyectos a futuro. Yo le sorprendí como ultimamente sorprendo a las personas, por el cambio físico que he tenido y por los pensamientos tan rectos que a partir de unos años para acá, he adoptado.

No sabemos con exactitud hacía cuánto que no nos veíamos, intentamos hacer cuentas pero no nos salieron. El chico se enamoró, luego se enamoraron de él, a punto estuvo de formar una familia pero no lo intentó más, a punto estuvo de ser padre pero no lo logró, a punto está de tener una profesión, a pesar de que me lleva seis años y de que hace diez no pintaba más que para vivir otra terrible depresión.

Y se lo dije, que la última vez que lo había visto tenía una listita de personas en la que se incluía mi nombre, a quienes nos tendrían que avisar cuando él muriera. Porque se quería morir, y estaba seguro de que no viviría mucho tiempo.

Ahora, ha cambiado de oficios y giros muchas veces, y parece que se ha hallado. Tiene una maravillosa relación con su familia, todo lo contrario a lo que tenía cuando lo conocí y cuando estuvimos en mayor contacto. Ahora se sabe que sí puede ser padre, contrario a lo que se suponía cuando fue mi pareja. Ahora, su vida está en completo orden, y tal y como pasa con mis ex parejas, parece que todo fluye fabulosamente y sin complicaciones.

Tu, me decía, en cambio cada vez eres más diferente, distante, distinta, distorsionada. Hacía mucho que no usaban esa palabra para referirse a mi. Prefiero que me llamen constancia, vanguardia, avanzada, pero no ruptura ni distorsión. Se maravilló de mis ojos hundidos y de mi cabello alborotado, de mi delgadez, de lo largo de los dedos de mis manos. Casi no pudo creer que yo no me hubiera casado, que no lo hubiera intentado, o que no me hubiera enamorado.

Lo intenté, le explicaba, me enamoré hasta que me dolió, intenté formar una familia, pero me pagaron con diferente moneda. Y ahora, como se dice -"la burra no era arisca, los palos así la hicieron"-, no tengo muchas ganas de intentarlo otra vez, y es muy respetable, y espero que alguien me lo pueda entender.

Cogí el teléfono en busca de respuestas y lo logré. Me volví a encontrar con el chico que me ofrecía una nueva vida en las faldas del volcán Tacaná. Y me siento un poco como el Rey Midas pero al revés, que todo lo que toco se rompe.

Me resisto a creer que esta soledad que se ha heredado a lo largo de varias generaciones, ahora me toque a mi. Me resisto a aceptar que llegan los éxitos profesionales, pero no los emocionales. Casi no puedo comprender como ex parejas siguen como si nada, como si nada costara trabajo, como si nada doliera, como si no significara nada una inversión o un compromiso. Todos la hacen, todos la intentan, pero a mi me cuesta mucho trabajo que se realice.

Estoy contenta, lo sabes, un logro más, otra conquista más. ¿Pero después? Una cosa a la vez, me diría el Rey Sol -casi puedo escucharlo-. La vida sigue, las horas pasan, los días se vuelven semanas. ¿Y después? ¿Qué voy a hacer si llega mi freaky age y no logré mi objetivo? ¿Qué voy a hacer si no cumplo con lo que me hace feliz? ¿Cuándo el destino me mostrará lo que me tiene guardado, sin seguirme haciendo pasar por todo esto? ¿Cuándo me dejará de doler el cuerpo?

Una cosa es un hecho: estoy feliz porque con todo y el esfuerzo que conlleva, logré obtener uno de los requisitos más importantes de mi carrera profesional. En el fondo quisiera que alguien estuviera aquí, llegara, y ya no se fuera nunca. ¿Por qué todo mundo se va? ¿Por qué tienen hechas las maletas y vuelven a elevar anclas? ¿Por qué por fin no se deciden y se quedan acá? ¿Por qué, aún cuando se lo pedí, el latinoamericanista no se decidió a llevarme de equipaje?

martes, 9 de febrero de 2010

Okey es oficial, soy licenciada.

Empecé a investigar un extenuante tema dentro del mar que significa la historia de la Radiodifusión Mexicana en enero del 2006. Terminé la carrera de licenciatura en Historia en junio de 2006. Mi proyecto de titulación, tesis y examen profesional, quedó registrado en octubre de 2006. Y sólo entonces, oficialmente se pudo decir que yo trabajaba como asistente de investigación, pasante tesista, en un proyecto muy importante de la Universidad Nacional. Pasó el tiempo y mi investigación avanzó conforme el proyecto lo hizo. En enero del 2008 me invitaron a participar en otra investigación sobre la Radio en México. En junio del 2008 el proyecto de la Universidad terminó, y con él terminaron también muchas otras cosas. Oficialmente mi chico me partió el corazón, y tuve una fuerte recaída de depresión con un poco de trastorno de ansiedad. Pero siempre hay un "pero", y entonces la última partida de corazón -y de madre- oficial, que me dio mi ex pareja, fue en febrero de 2009. Siguió la depresión. Me alejé del camino, Clío se hartó de mí y yo me harté de ella. Y sinceramente no estoy segura de que haya querido regresar. Estuve aproximadamente ocho meses en el purgatorio, hasta que dar noticias me echó un cable a tierra. Luego la inspiración siguió fluyendo, y haber escrito por encargo me dio mucha experiencia para trabajos futuros y para mi propio trabajo. El 17 de julio de 2009 el premio Edmundo O'Gorman aprobó mi trabajo de tesis, completito y sin errores. Luego de casi seis tortuosos meses de trámites burocráticos, hoy hice mi examen profesional, oficialmente me gradué y oficialmente soy licenciada.

La metamorfosis duró más de tres años -cuatro si contamos de enero 2006 a enero 2010-, y puedo asegurar que valió la pena. Soy catorce kilos más flaca, duermo cuatro horas más cada noche, compré dos coches en el espacio de un año, uno se perdió para siempre y el segundo duerme todas las noches encadenado al poste de la esquina de esta, que quizá ya no sea más mi casa. Los chicos siguen yéndose y siguen volviendo. Algunos decidieron no irse jamás. Otros decidieron, afortunadamente, no volver nunca. Cristina sigue lejos de mi. María no quiere saber más de estos triunfos y de mis propias conquistas. Mis padres, mis padres...

Los empleos no dejaron de llegar, las buenas oportunidades tampoco. Luego del período de película de terror que viví en los inicios del 2009, la vida se puso a mano conmigo. Soy feliz. Hay cosas que no cambiarán, y otras que no quiero que sigan cambiando. Me falta mucho por aprender, me dan un poco de ansiedad los estudios de posgrado, pero para reír no me hace falta mirar atrás.

Ya nada me podrá detener.

lunes, 8 de febrero de 2010

Aprendí a amar.

Que es un milagro despertar,
saber que nada es para siempre y hoy,
desafiar a las leyes de la gravedad
solo reírme hasta verme flotar.
No me creo que todo haya ido tan mal,
prueba el efecto de resucitar.

Cuando el mundo se pone obscuro, se pone lento, todo mal,
por el mundo yo no me dejo desanimar.
Lo que el viento nunca se llevó, Fito Páez.

Me acuerdo cuando estudiaba la guía para hacer el examen para entrar a la Universidad. Me acuerdo cuando era un sueño maravilloso, saber que podía ser universitaria, estudiar en el mismo lugar donde mi padre lo había hecho, donde mucho tiempo lo había soñado.

Y lo logré. Entré a la Universidad y me llené de experiencias maravillosas, de personas que nunca olvidaré, de conocimientos que a veces se me olvidan pero que allí están.

Me llené de mi misma, como nunca imaginé.

Hoy parece que ha pasado mucho tiempo. Creo que de eso ya pasaron ocho años, quizá más, ya no lo recuerdo y ahorita no quiero ponerme a hacer cuentas. Pero hoy, esta noche que será muy larga, que parece muy corta, todo está listo, todo está preparado. En mi mente, sólo cabe lo que puedo manejar, lo que está a mi alcance, y me siento bien.

El abrigo salió de la tintorería, el vestido por fin lo podré estrenar, las botas me han esperado mucho tiempo, y el par de medias están desesperadas por ser sacadas de esa bolsita de celofán. ¿Y el pelo? Todavía no lo sé. Sigue medio rebelde, con este mechón que me hace tener un aire de desenfado, de introspección, como dice mi padre: de solemnidad.

Todo está escrito, la historia por fin tuvo punto final, y esta vez, ya no le siguen ningunos puntos suspensivos.

Ahí está todo, listo para que yo lo tome, listo para que me unte en él, para que me harte de buenos momentos, de satisfacciones que por fin han llegado.

"Todo esto es un sueño, qué más da,
el paraíso es un lugar,
el paraíso es un lugar.
Preferiría amarte y no pensar
siempre entre tus piernas quiero más
amar, amar, amar."

A amar, sobre todo, eso fue lo que aprendí.

domingo, 7 de febrero de 2010

Puras pesadillas.

Dormí poco y mal. De hecho, seriamente me he dado cuenta de que estoy abusando de las pastillas para el dolor, de las aciditas de colores, de las que son para la nariz, para la alergia, para dormir, para la garganta, para despertar, para mantenerme de buenas, de las de menta y de las que todavía no se me ocurre que me puedo tomar.

Hay distintos tipos de analgésicos, unos comunes, otros muy específicos. Con ninguno, y también con cada uno de ellos, tengo una relación estrecha, y cierta disposición a traerlos en el bolso o a guardarlos en el cajón del otro buró que casi no uso. A veces me da miedo. Se supone que ya confían en mi, que ya puedo guardar todo tipo de substancias en mis pertenencias, que ya puedo cargar con ellas, que ya no es necesario que algún pariente o persona de confianza sepa que las compro o que estoy en manejo con ellas.

Algunas veces, me doy miedo a mi misma.

Desperté, exaltada por no poder respirar, con un gato que pesa cerca de siete kilos encima de mi, y con el pelo echado todo en la cara. Soñé horrible. Soñé que la cita que tengo el martes no llegaba, que yo estaba confundida, que no sabía donde había pasado la noche y que todo en mi memoria era mi Universidad con cuartos de baño y lujosas zonas de comida, y que en un cóctel de pastillas me había perdido hasta el mediodía, justo cuando mi jefa me dejaba un mensaje en el móvil que decía "te esperamos a las diez, y tu nunca llegaste".

Ni lloré, ni me desmayé, y ni pensé en vomitarme. Comencé a quejarme como si me estuvieran dando un golpe en el pecho, y a lo lejos escuché un ronroneo, luego abrí el ojo y vi la luz del mediodía metida en mi habitación. Intenté liberarme de las pesadas cobijas, luché en contra de los brazos de Morfeo, y me senté de un brinco en la cama. Le saqué la lengua al puto domingo que empezaba para mi.

Todavía un coqueto gato ronroneaba en mi panza, mi nariz estaba completamente tapada, por eso no podía respirar, por eso sentía esa pesadez en el pecho de que me faltaba el aire. Sólo fue un mal sueño. Sólo fue la pesadilla de terror más terrible que he tenido en los últimos meses, y que justo mi subconsciente pudo elucubrar para mostrarme de frente el mayor de mis temores: no estar presente en la reunión por la que tanto he esperado.

Dieron las trece horas y yo seguía en la cama. Ahorita sigo cansada. He tenido dolor de cabeza todo el día. Tengo muchas cosas para quejarme, pero no lo voy a hacer. Tengo muchos dolores que mitigar, y tendría muchas razones para tomar todas las pastillas del mundo, pero no lo voy a hacer. Todavía me duele el cuello y el brazo izquierdo, no aguanto la espalda, y la cabeza siento que me va a estallar.

Debe ser ansiedad. Debe ser cansancio. Me voy a dar un baño, y no voy a tomar nada más.

Nada más, aún cuando ese frasquito me está haciendo ojitos desde el tocador. Aún cuando ahora recuerdo que tengo unas deliciosas pastillitas en forma de diamante que la Diseñadora de Modas me regaló, y que de hecho no estoy segura de que sepa qué fue lo que en realidad me dio.

Dos veces en mi vida he sido infiel, pero hoy no me voy a ser infiel a mi misma, ni por unas aspirinas para el desamor lo haría. Lo prometo.

viernes, 5 de febrero de 2010

Pavimento mojado.

Hoy la Ciudad de México amaneció totalmente despejada, sin nubes, y con un sol que me obliga a entrecerrar los ojos al caminar. Me gusta, me gusta. El aire sigue frío, pero ya me siento más en mi Ciudad.

Pero antier, cuando la lluvia se apoderó de todos los que vivimos aquí, y nos hizo sacar los paraguas, gabardinas e impermeables, la Ciudad se volvió completamente loca.

Venía yo con mi felicidad desde los hombros hasta los tobillos, vestida toda de negro porque a media tarde tendría una reunión, manejando tranquilamente bajo la lluvia, sobre Xola justo pasando Cuauhtémoc, cuando un coche color rojo salió sin mirar y muy rápido de un estacionamiento que está frente a la estación Etiopía del Metrobús. Frené de inmediato, y debido al pavimento mojado, mi coche se patinó hacia la izquierda.

Controlé sin mucho éxito el volante, me espanté horrores, casi me subo a la banqueta, por supuesto que me quedé a centímetros del maldito coche rojo cuyo conductor no volteó a la derecha para mirar que yo venía muy cerca. Luego de la patinada, metí primera y seguí mi camino. No tuve cabeza para mentarle la madre o gritarle algo al conductor, estaba verdaderamente espantada.

Llegué a la oficina, todavía pálida por el susto, con la boca seca y un punzante dolor en el hombro izquierdo. No sé si fue por la impresión o por mover el volante, total que para en la tarde, me dolían también las pantorrillas y las muñecas.

No paró de llover en todo el día, ni en el siguiente.

Manejé de regreso a casa, como abuelita. Sigo espantada, no voy a decir mentiras, pero tenía que volver a casa y tengo que perder el miedo a manejar bajo la lluvia.

¿Qué pasa con los conductores, que cuando llueve se vuelven imbéciles? Mil veces mejor es bajar la velocidad durante la lluvia, que provocar accidentes por seguir manejando a la misma velocidad.

Y hoy, que ya no llueve, y que está el sol en el cielo en todo su esplendor, la gente sigue con esta agresividad que no sé qué demonios le sucede. Todo mundo avienta el coche, no ponen la direccional, te gritan de coche a coche, tocan el cláxon como si les pagaran por ello. Digamos, pues, que sigo viviendo en una histérica ciudad.

Debo perderle el miedo a manejar bajo la lluvia.

jueves, 4 de febrero de 2010

De besos y ansiedades

E insisto: ¿por qué los besos siguen vetados? ¿Por qué no nos podemos besar cada que se nos antoje?

Hace mucho que no escribía sobre esto, pero ahorita al releerme, me doy cuenta de que esta situación con los labios, mis labios y los tuyos, o los suyos y los míos, ha seguido igual.

Los besos no deberían estar vetados.

Si besáramos más, estaríamos más tiempo de buenas, sonreiríamos más, y el corazón haría chispas en mis caderas.

Wow. Qué maravilla. Verdaderamente que esa situación en mis caderas, me haría completamente feliz.

El beso del elevador

Nos encontramos, como casi siempre sucede, en medio de la Ciudad, en medio de los coches, saltándonos avenidas, y mojados por la lluvia. La lluvia... más bien el frío, como casi siempre a esa hora, como casi siempre que hace frío. Este invierno, además de ensañarse, nos ha regalado maravillosas horas antes del amanecer. Aún cuando son días que no laboro, tengo que despertarme temprano, pero no importa, él tiene que hacer algunas cosas, despertarse igual temprano, librarse de otras, y llegar a la avenida en donde nuestros coches comienzan la misma marcha.

Y a la misma marcha, uno tras el otro, vamos siempre al mismo lugar, de regreso a mi casa, de regreso a la suya. A la misma ducha, a preparar el mismo desayuno, a jugar con las mismas cosas, a hablar de lo que hubo los pasados días, los pasados lindos, los tristes pasados futuros.

Y ahí vamos otra vez, a mirarnos de frente sin saber que lo hacemos, a que me abrace de lado sin saber que lo hace, a tomarme por la espalda, sin haber pensado siquiera hacérmelo una vez más. A hablar de las cosas que moría por contarle, a escucharme como sabe hacerlo, como me gusta que me escuchen, como me gusta escuchar las opiniones importantes. A tener esta magnífica imagen frente a los dos, de ambos cuerpos abrazados y enlazados, de lado, de frente, de perfil, de espaldas, de como sea. La imagen ahí está, y se congela.

Ahí vamos, a desayunar en una mesita ratona que movemos como la gana nos da, a hablar de los coches como si de verdad nos importara, a hacer que no ha pasado nada, aún cuando sabemos que han pasado muchas cosas.

Y miro como toma esa ducha, esa que debería tomar con él allí dentro, como me gustaba cuando lo hacíamos después. Y me mira mientras tomo la mía, y platicamos, y se enfoca, y pierde el hilo, y le gusta mirarme mientras lavo mi pelo, con la misma marca de champú que copié de la regadera de su mujer, y lo desenredo con ese peine enorme, que imagina que juego con él.

Y mi pelo, sobre su cintura, parece que hace maravillas. Y el tiempo, que transcurre sobre nosotros, sobre esa habitación que se hace más pequeña, parece que se detiene para siempre.

Luego, se pone la indumentaria. Y yo, sin saber lo que estoy haciendo, me enfundo en el par de medias negras, en la falda a la rodilla que le gusta imaginar que arranca de mis caderas, en los tacones que parece que están pegados a las plantas de mis pies. Cojo el bolso, toma su cartera. Todo pasa como un día cualquiera. Los dos volvemos, y los coches nos esperan.

Nos esperan, como lo hace mi casa o la suya, hasta la próxima semana, hasta la siguiente luna del lunes que entra, del sábado que pasó, del domingo que no quiero que llegue.

Las trampas del destino son como carreteras; el destino, este ambiente que nos envuelve. ¿El final del camino? Que yo ría como lo hago, mientras me mira desde abajo, sin parpadear. Que el tiempo se vuelva a detener, para que platiquemos como nos gusta hacerlo.

Vuelvo a donde partí, vuelvo a pensar que todo está bien, vuelvo a mi rutina con el sabor de sus labios todavía en mi.

Salimos, yo camino más aprisa que él, me da escalofríos pensar en mis vecinos, o en los suyos. Sigue tras de mí, llamo el elevador, lo tomamos. Se recarga en el fondo del cubo de acero, se cierran las puertas, doy un paso hacia él y comienzo a besarlo como si fuera la última vez, como si esa luna de ese lunes o domingo siguiente no fuera a llegar; como efectivamente es, que yo estoy volviendo a la guerra.

Nos besamos como no lo hicimos en todas las horas anteriores, en todos los meses que pasaron, en todos los años que no supimos que estuvimos allí. Es un maravilloso beso, que dura lo que tarda en bajar tres pisos el elevador, que hace que nos fundamos en ese instante, por unos segundos, entre el fluído y mi respiro. Y sentimos que es el último que nos vamos a dar.

Se abren las puertas, nos separamos, salgo yo primero, él me sigue -y puedo jurar que me mira el trasero, o intenta hacerlo cuando se dibujan en mi falda los sujetadores en mis muslos por detrás-, y volvemos a despedirnos. Como siempre, como nunca, como nada, como todo.

Me subí pues al coche, y cuando escuché el sonido del portazo de mi lado, me desperté. Aquí, en mi cama, sin ningún otro cuerpo en mi colchón. Y el corazón, no ha dejado de latirme. ¿Cuándo va a llegar? Ni me quejo, porque todavía sigo de buen humor.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Me lo merezco

La última vez que todas las cosas comenzaron a transcurrir tal y como las planeaba, comencé a pensar que no me lo merecía, que todo era una trampa del destino que me haría pensar las cosas de distinta manera. No sabía el camino que debía tomar, la certeza de mis decisiones, ni las compañías que debían estar junto a mi.

Quizá por eso ahora me sienta un poco extraña, rara, distinta, como si mi mente algunas veces viajara a distinta velocidad de lo que lo hace mi cuerpo.

Pero hoy, después de una larga jornada de trabajo, que venía sumamente cansada, manejando de regreso a casa, la llamada que recibí de San Román, me hizo aterrizar en la realidad, y comenzar a pensar de verdad, que todo esto me lo merezco.

Venía yo sobre Florencia, me tocó el semáforo en rojo así que tenía de frente al Ángel de la Independencia sobre Paseo de La Reforma. El móvil sonó, y del otro lado, un San Román sumamente contento, comenzó a platicar conmigo.

Como siempre, hablamos de todo y de nada. Tomé Tiber, luego Río San Joaquín, luego Periférico Norte. Sin darnos cuenta, llegué a casa, y entonces nuestra conversación tuvo que terminar. Es muy agradable venir sola en el coche, pero sentirse acompañada. La mitad del camino de regreso a casa, lo hice de la mano de este chico.

¿Y sabes qué? Todas estas cosas buenas me las merezco. Comienzo a pensar que por fin, todo el esfuerzo valió la pena. Estamos maravillados de darnos cuenta, de que todo por lo que tanto he luchado se está comenzando a materializar, todo toma forma, todo se vuelve realidad. Es como si por fin la resaca se terminara, y pudiera ver claramente el día después.

Hace un par de años, cuando las cosas estaban bien, casi no podía creer que la buena fortuna llegara a mi vida. Hoy, que comienzan a borrarse los baches del año pasado, estoy segura de que me lo merezco, de que por fin llega mi momento.

Y a vivirlo, como dijo San Román. A disfrutar cada momento, a sentirlo, a llenar mis pulmones de estos nuevos aires que hacen que mi pelo se agite, como se agita mi corazón.

lunes, 1 de febrero de 2010

Tan inalcanzable.

Y empieza la lucha por encontrarlo, por dar con él. Ahora no es tan sencillo como fue la primera vez. No siempre se corre con la misma suerte, pero ahora tengo herramientas que hace dos años no tuve. De entrada, San Antonio está otra vez de cabeza, ya prendí el cirio pascual, y a las trece horas de mañana ya me verás rezando el angelus o algo por el estilo. Y ni sé por qué digo que a las trece, me cae que desde tempranito voy a empezar a hacer labor de fe.

Ahora, de ese tiempo a esta parte, he aprendido que hay que valerse por todos los medios posibles para dar con una persona que representa a una institución, frente a la tribuna del pueblo. Y de verdad que a veces no sé ni cómo le hice, para dar con él la primera vez. Una cosa es que me hayan recomendado, que haya hecho la lucha por tener una cita con él, pero otra muy diferente, es que haya aceptado recibirme y que yo trabajara con él. Hice muy bien el trabajo de que se enamorara de mi investigación, ojalá pudiera ser tan fácil -o bajo una circunstancia similar-, hacer que un chico se enamorara de mi.

Como sea, lo perdí de vista. Perdí el contacto. La investigación ya terminó. Ahora él está en una dependencia que es inalcanzable, que no es para los mortales como yo, para los apolíticos, para los "sin tendencia". Y aún así -lo escribo bien clarito-, estoy segura de que voy a dar con él. Verás que si.

Tengo fe, y el 2010 se está llenando de sorpresas.

JURAMENTO DE AUTOESTIMA

Venga, reconócelo Mariposa Tecknicolor, sin contar con tu hombre ideal, eres lo mejor que hay en la tierra. Es verdad que a veces te deprimes y no quieres hacer nada porque nada vale la pena, pero también hay que reconocer que el resto de las veces eres muy optimista, perfeccionista y dedicada. Nadie sabe investigar Historia como tu. Si ya lo dicen tus amigos, eres ejemplo de constancia y de buenos sentimientos. Y también lo dicen tus lectores: la Historia que escribes vale toda la pena. Por eso, a partir de hoy vas a dejar de torturarte por no tener pareja ni el trabajo de tus sueños, y comenzarás a quererte por ser responsable, persistente, inteligente y por tener la capacidad de amar. Y si alguien llega y te dice que eres una persona equivocada, dile que puede coger y largarse a la fregada.