Hay una persona, que no sé quien es, que ha estado hablando de mi o de mi trabajo en algunas oficinas de la administración pública federal. Repito, no sé quien es, y no he indagado mucho por averiguarlo, no estoy segura de quién, que trabaje para el Estado, pueda estarme haciendo promoción a mi, o a la historia que escribí.
No es desagradable, no me molestaría tener por ahí una oportunidad, me quitaría algunos problemas y me daría estabilidad. Pero por lo pronto todavía no sé quién sigue hablando de mi. Supongo que eso es bueno, porque es bien sabido que cuando dejan de hablar de uno, comienzan a perderse los recuerdos en las memorias.
Y todo es un poco extraño, no sólo porque hay por ahí un buen samaritano anónimo que me está haciendo promoción, sino porque asistir a esas oficinas o llamar a esos conmutadores, es diferente. No es como llamar a un partido político, a algunas oficinas académicas, no; acá hay que torearse -y no lo digo en mal sentido- a los conmutadores electrónicos, a las musiquitas horribles que hay de llamada en espera, a las recepcionistas que algunas veces no saben bien para quien trabajan o en qué departamento se encuentran, a los secretarios particulares que la mayor parte de las veces se empeñan por ser amables, pero que dejan un hilo en su voz que me hace darme cuenta que atienden las llamadas por compromiso y por mera y fastidiosa obligación.
Y seguimos esperando respuestas, llamadas de vuelta, entrevistas terceras o cuartas, lecturas de proyectos, propuestas que van y vienen, aprobaciones de propuestas económicas -porque pudiera hacer de todo, pero no vuelvo a trabajar gratis-, aprobaciones de propuestas de cambio de residencia y otras cosas más.
Hoy en la mañana, que la lluvia se ha apoderado de mi Ciudad otra vez, casi me voy para atrás al mirar al servicio de bacheo del departamento de mantenimiento del municipio, haciendo sus labores precisamente bajo la lluvia. Así es el gobierno, así son los burócratas. Sin ser una experta en ingeniería civil, hidráulica o topográfica, es obvio que un bacheo bajo la lluvia no va a tener la misma resistencia que uno que se hace sobre el pavimento seco.
Así es el Estado, así son también las oficinas de la administración pública. Algunas veces hacen las cosas como no deben hacerse, al revés, siguiendo diferentes métodos, pero lo hacen, aún cuando ese bache no durará mucho en buen estado, aún cuando las recomendaciones no fructifiquen más o no se consiga una plaza o un contrato indefinido de labores.
Finalmente el Estado trabaja, y creo que en estos momentos, cuando manejo atravesando la Ciudad sobre los ejes viales, sobre los anillos de circulación, que escucho las canciones que escuchaba tomada de la mano de mi hermana, y casi las lágrimas me salen de los ojos por esta situación; me parece que no está tan mal tener otra velita encendida, una que ha prendido una buena alma que ni siquiera sé quién es, aún cuando se tenga que corretear a personas inalcanzables, que alguna vez fueron mortales como yo.
¡Ay Cristina! No sé si me sigas en esta columna, no sé si me leas a menudo, pero no sabes cuánto, ¡cuánto carajamente! Te extraño. Me haces mucha falta.
No es desagradable, no me molestaría tener por ahí una oportunidad, me quitaría algunos problemas y me daría estabilidad. Pero por lo pronto todavía no sé quién sigue hablando de mi. Supongo que eso es bueno, porque es bien sabido que cuando dejan de hablar de uno, comienzan a perderse los recuerdos en las memorias.
Y todo es un poco extraño, no sólo porque hay por ahí un buen samaritano anónimo que me está haciendo promoción, sino porque asistir a esas oficinas o llamar a esos conmutadores, es diferente. No es como llamar a un partido político, a algunas oficinas académicas, no; acá hay que torearse -y no lo digo en mal sentido- a los conmutadores electrónicos, a las musiquitas horribles que hay de llamada en espera, a las recepcionistas que algunas veces no saben bien para quien trabajan o en qué departamento se encuentran, a los secretarios particulares que la mayor parte de las veces se empeñan por ser amables, pero que dejan un hilo en su voz que me hace darme cuenta que atienden las llamadas por compromiso y por mera y fastidiosa obligación.
Y seguimos esperando respuestas, llamadas de vuelta, entrevistas terceras o cuartas, lecturas de proyectos, propuestas que van y vienen, aprobaciones de propuestas económicas -porque pudiera hacer de todo, pero no vuelvo a trabajar gratis-, aprobaciones de propuestas de cambio de residencia y otras cosas más.
Hoy en la mañana, que la lluvia se ha apoderado de mi Ciudad otra vez, casi me voy para atrás al mirar al servicio de bacheo del departamento de mantenimiento del municipio, haciendo sus labores precisamente bajo la lluvia. Así es el gobierno, así son los burócratas. Sin ser una experta en ingeniería civil, hidráulica o topográfica, es obvio que un bacheo bajo la lluvia no va a tener la misma resistencia que uno que se hace sobre el pavimento seco.
Así es el Estado, así son también las oficinas de la administración pública. Algunas veces hacen las cosas como no deben hacerse, al revés, siguiendo diferentes métodos, pero lo hacen, aún cuando ese bache no durará mucho en buen estado, aún cuando las recomendaciones no fructifiquen más o no se consiga una plaza o un contrato indefinido de labores.
Finalmente el Estado trabaja, y creo que en estos momentos, cuando manejo atravesando la Ciudad sobre los ejes viales, sobre los anillos de circulación, que escucho las canciones que escuchaba tomada de la mano de mi hermana, y casi las lágrimas me salen de los ojos por esta situación; me parece que no está tan mal tener otra velita encendida, una que ha prendido una buena alma que ni siquiera sé quién es, aún cuando se tenga que corretear a personas inalcanzables, que alguna vez fueron mortales como yo.
¡Ay Cristina! No sé si me sigas en esta columna, no sé si me leas a menudo, pero no sabes cuánto, ¡cuánto carajamente! Te extraño. Me haces mucha falta.
4 comentarios:
Creo que es bueno extrañar, lo malo de extrañar es llegar al punto en que no sabes si extrañas más de lo que quieres.
Tener a alguien que hable bien de ti es padrísimo, que te recomiende y demás, mejor.
Me alegro por eso Mariposa (:
Te mando besos y abrazos!
Pues yo le doy una palomita al buen samaritano. No te quedes con la tentación e investiga quien es...no? digo, estaría bonito.
Abusadísima con las lluvias! Me da un estrés! Y del gobierno ya ni hablar, me cae.
Un besito,
Copo
Que bueno es que tengas un fan (aparte de nosotras claro) ojalá de facilite un poco el camino. Cuidate de los estragos de las lluvias.
Un besote para ti (y para Cristina)
Con gusto lo habría hecho yo, pero, en Méjico el pie jamás he puesto.
Jejeje. Enhorabuena por el buen samaritano.
Saludos.
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