Llegué tarde. Los apagones que ha tenido la Ciudad, hacen que nos hagamos más locos. Jugué carreritas con unos tráilers sobre Baja California, tomé Patriotismo sin problema y sin luz todavía, pero cruzar para Reforma fue una odisea. No fue suficiente con que fuera viernes de quincena, encima se tenía que ir la luz en una de las zonas más transitadas de la Ciudad de México.
En una oreja el auricular del móvil, en la otra, el audífono del ipod porque Hans todavía no tiene radio. Como pude, y en un tiempo récord -tomando en cuenta el caos citadino- tomé Reforma a 80 kilómetros por hora. Tuve que parar, por supuesto, casi enfrente del Museo de Antropología, porque ahí comenzó la línea de coches que siempre se hace frente al Auditorio Nacional. Justo cuando crucé la esquina de Gandhi, el ipod me sorprendió con "Victoria y Soledad" de Andrés Calamaro. Me puse como verdadera eufórica. Me hizo tanto bien escucharla a todo volúmen, que comencé a bailar, a manotear, y a cantar a todo pulmón. Los chicos de los coches a mi lado, morían de risa y me volteaban a ver.
Justo frente al Hard Rock Café, a punto de girar a la derecha para tomar Julio Verne, mi euforia por venir cantando y bailando a Calamaro, hizo que mis pies bailaran perdiendo el ritmo de Hans, y se me apagó el coche. Me muero de risa de acordarme todavía. Pero rápido, esos reflejos que me hacen parecer una gatita, prendieron las intermiententes, pusieron neutral, cerraron la marcha y encendieron el coche otra vez, casi ipso facto.
Me encontré con María casi a las 20 horas. Me esperaba en el lounge, muerta de frío, en un silloncito que estaba junto a una de esas antorchas para mitigarse, y con una coca light en la mano. Traía puesto un vestidito corto, cortísimo para su parecer, perfecto para mi. Medias negras y botas. El abrigo casi como piel. Yo, antes de salir de la oficina, me puse el vestido verde, un par de medias negras gruesas, casi mallas, y mis botas negras. Saqué del bolso la pañoleta de leopardo que Copo me trajo de Toronto, y me la até al cuello. Me reí. La etiqueta que no le he querido quitar, para que quede constancia de que fue un regalo de mi amiga viajera, se asomaba detrás de mi oreja. No hubo tijeras para cortala, aún cuando uno de mis jefes las buscó en tres oficinas. Ni modo. La escondí bajo mi pelo suelto, me puse el abrigo negro, y me fui. Y le atiné, porque no hubo discrepancias ni con el estilo del lugar, ni con el de mi acompañante.
En el Ivoire impera la presencia de judíos, dado que Polanco sigue siendo el barrio judío de la Ciudad de México por excelencia; pero también se pueden encontrar chicos de todos los credos y todos los oficios.
María invitó también a Guso, quien siempre está ocupado y le dice que no cuando se le hace una invitación, pero esta vez, cuando ella le dijo que quería que me conociera a mi, el chico accedió. Y nos sorprendió, que antes de las 21 horas, Guso apareciera, enfundado en un abrigo negro también, con una bufanda atada al cuello.
Hacía mucho frío, el chico prefería que tuviéramos una mesa en el restaurante, pero nosotras insistimos en quedarnos en el lounge, a pesar del aire, a pesar del frío, a pesar de que los abrigos no nos dejaban mover.
Platicamos de muchas cosas. Guso pidió una bebida que yo no conocía, ron con miel, caliente, servida en una "copita coñaquera" (qué risa me da llamarla así), con el pretexto de que le dolía la garganta. No hay pretextos, pensé sin decirlo, para pedir la bebida que se nos antoje. Yo, que ahora resulta que me he vuelto abstemia, a raíz de la adquisición de Hans, no bebí más que coca-cola light con hielo.
Guso no estuvo mucho tiempo con nosotras, sólo el suficiente para beber dos copas, y reír sin parar con nosotras. Para conocernos, porque yo nunca lo había visto, a pesar de que María habla mucho de él. Se despidió, y como todo un caballero, pagó la cuenta.
Nosotros hicimos -literal- como si nada pasara, o como si nunca hubiera aparecido. Seguimos con nuestra conversación sobre chicos, sobre nuestras familias, sobre nuestra hermana Cristina. Seguimos platicando sobre las actitudes que ahora se tiene ante las relaciones amorosas. Dilucidamos si quedarnos allí otro rato, o irnos a otro lugar para bailar, o a otro lugar para cenar. No sabíamos qué hacer, pero seguimos la conversación como si hiciera mucho tiempo que no nos veíamos.
Y en realidad, hacía mucho tiempo que no nos veíamos así. La mera verdad es que hacía mucho tiempo que no platicábamos, ni siquiera por el móvil.
La relación con esta amiga es muy especial. Y no digo especial en la acepción de la palabra que significa "singular o fuera de lo particular". Y lo siento mucho, pero lo que es, es. Y la relación que tenemos es de cuando ella tiene ganas: ganas de verme, ganas de hablar conmigo, ganas de compartirme algunas cosas, ganas de que le ayude en otras, o ganas de quererme un poquito. Hay veces en las que me canso de buscarla, de llamarle y de que no me responda, de pedirle ayuda y no obtener una respuesta, aunque sea negativa. Pero así es, y no la podré cambiar.
Este día en particular, lo pasamos muy bien. Reímos tanto, que un chico sentado en un par de mesas al lado, se levantó y se acercó a decirnos que nosotras eramos las chicas que mejor se la estaban pasando en ese lugar, que quería saber por qué nos reíamos tanto. Y le platicamos lo que se podía contar, le contamos el resumen gerencial de nuestra noche allí, de nuestra amistad, y de nuestros chistes que a veces sólo a nosotras nos hacen reír.
Luego hablamos de lo que estábamos evitando. Hablamos de su chico y del que yo todavía no tengo. Me dijo que casi no podía comprender cómo puede existir un hombre, cuya relación es casi rayando en la indiferencia. Yo, sin decir nombres propios ni revelar identidades, le dije que la entendía, que yo también he conocido hombres que rayan en la indiferencia, y que yo misma, a veces proponiéndomelo y algunas otras sin hacerlo, me comporto de la misma manera.
Ese hombre que es tan frío, tanto como la región de donde viene. Ese que María ha escogido para pasar los veranos y los inviernos, para incluirlo en sus planes sin que él lo sepa, sin que él la tome en cuenta. Ella no se puede explicar qué es lo que lo hace ser de acero, lo que lo hace no tener nada, pero tener mucho al mismo tiempo. No sabe qué es lo que lo hace venir al Pacífico mexicano, con ella, a compartir los días y las horas como si se hubieran visto ayer, o como si ya fueran las últimas.
Me abstuve -además de beber-, de dar mis sinceras opiniones, porque probablemente le resultaran duras, más frías, o incomprensibles. Pero la mera verdad, es que a mi modo de ver es una pérdida de tiempo, y una tristeza, que María se preocupe por alguien a quien no le consta que piense en ella. María necesita alguien como ella, parecidos, alguien que la quiera como es, que la quiera de a de veras, caliente, como el trópico candente que ella escogió para comprar otra casa.
María, como todos nosotros, merece ser feliz. Y este chico, dudo que pueda compartir esta felicidad, o ser un complemento de ella.
Con poco apetito, pasadas las 22, decidimos irnos derechito a las hamburguesas al carbón de Fuentes de Satélite. Pedir los coches en el valet parking fue una calamidad. No me intimidé ni tantito al entregarlo, aún cuando en la fila para que me lo recibieran, Hans -mi Volskwagen negro- iba después de un Ferrari color rojo, y antes de un Mercedes Benz plateado. Pero a la hora de pedirlo, les dije bien clarito cómo debían abrir mi coche, y nadie tuvo la cortesía de decirme que no podían con sus sistema de seguridad, lo que por un lado me encanta, porque hace de Hans un pequeño búnker.
Así pues, terminé yendo por él en el coche de María, y por supuesto, con mis propios medios, porque el valet se dio por vencido.
Nos seguimos, hablándonos por el móvil de coche a coche, hasta llegar a Plaza Satélite y dar vuelta a la derecha, para tomar, más adelante, Circuito Oradores. Llegamos a las hamburguesas, pedimos tres grandes para llevar y nos fuimos a su casa. ¿Tienes todavía cerveza? Le pregunté, me dijo que sí, que el sueco había dejado algunas todavía más frías que él, así que me dio chance de beberlas todas si así lo quería.
Cenamos sentadas en la barrita de la cocina, recordando las anécdotas de antiguos chicos, novios, amantes, maridos, o como se les quiera llamar. Todavía teníamos fuerzas para reír.
Una noche particular, especial en el sentido propio de la palabra, que me hizo pasarlo muy bien con María. Me sentí bien, y me puse alegre. Me tomé dos Indio bien frías, llegué a casa casi durmiéndome porque estaba verdaderamente cansada. Y me acordé que así es cuando se sale. Aún cuando se tiene un plan, las personas llegan o no llegan, el plan se modifica, se termina bebiendo cuando se supone que no se debe porque se va a conducir, y se lo pasa uno muy bien.
De mi oficina al Ivoire. A reír a carcajadas. Recoger a Hans del otro lado del Parque Lincoln. Directo a las hamburguesas. Terminar la noche en la barra de la cocina de una amiga.
Noches como esta deben ser comunes en la vida de la Ciudad. Pero para María y para mí dejaron de serlo hace algún tiempo. Por eso valió la pena.