jueves, 28 de enero de 2010

Contigo como siempre

Todos estos días han sido un maremágnum de emociones. Algunas contradictorias, otras muy felices, otras de ansiedad. Así soy, ni modo. Muchas cosas se acercan, unas aprisa, otras lentamente, otras ya me alcanzaron. Hay que tomar algunas decisiones, hay que actuar, y debo dejar de pensar tanto, como generalmente lo hago.

No importa de lo que hablemos, si son noticias, si son tus problemas, si son los míos, si es sobre la laringoscopía que te harán mañana, si es de mi trabajo, si es de mis planes a futuro. Siempre, a la hora de despedirnos, la mejor parte de la mañana, es cuando me subo al coche con tu aroma pegado a mi abrigo o a mi chamarra. Abro la portezuela del coche, lo enciendo, giro mi brazo izquierdo hacia atrás para alcanzar el cinturón de seguridad, y entonces lo siento. Y vas allí, conmigo, sentado a mi lado en el coche, aún cuando nos despedimos con la mano mientras manejamos en direcciones contrarias.

Tu deportivo azul siempre se ve más lindo estacionado junto a mi Volkswagen negro. Tu aroma huele mejor, cuando lo traigo impregnado por el abrazo que te acabo de dar. Hablamos mucho, nunca nos falta conversación. A veces estás cansado, a veces yo estoy harta y enojada, pero hablamos. Me haces bien.

Y ahora, con todo esto que viene, no sé cómo le voy a hacer para platicarte los planes que tengo. Confieso que temo romperte el corazón. Confieso que me da mucho miedo hacerte daño, aún cuando sé perfectamente lo que tengo que hacer; y aún cuando quizá no te haga daño, y termines entendiéndome como siempre lo haces.

Nunca imaginé, que me acostumbraría tanto a compartir las mañanas contigo.

Nunca imaginé, que al paso de los años nos hiciéramos amigos.

Nunca imaginé que me quisieras como me quieres.

Tienes la maravillosa capacidad de sorprenderme, de decirme lo que quiero oír pero que nadie me dice, que no espero que me digan, que algunas veces tampoco espero escuchar. Tienes la magia de hacerme reír con un sarcasmo, una mala cara o uno de esos chistes que se decían en los años sesenta. Tienes el corazón más grande de lo que imaginé.

Tienes las manos tan suavecitas, que cuando nos las tomamos, te es posible hacerme sentir que mi soledad se disuelve.

Cuando estoy contigo, no importa lo sola que me haya sentido la noche anterior, o todo el día. Cuando no me ves, dices que tu día no vale la pena, que el café no sabe igual, que las noticias no significan lo mismo. Cuando hablamos por teléfono, puedo olvidar lo que te iba a decir, puedo olvidar que afuera hay tristeza, o que burlamos muchos obstáculos para estar juntos casi media hora, todas las mañanas.

Lo que sigue es el día nueve. Luego, entonces, una cosa a la vez, y podré platicar contigo como siempre.

martes, 26 de enero de 2010

De por sí, todo siempre se acaba

Conocí una vez a una chica, que curiosamente era muy parecida físicamente -pero nada más- a mi. Tiene 29 años, una hijita de once años, un hijito de cuatro y un bebé de año y medio. La chica se separó del primer esposo, él se fue a vivir a los states, ella se quedó a vivir la vida que tenían, sin mayor planificación o tristeza. Pasó el tiempo. Conoció, luego de un tiempo, al chico que es el padre de los dos niños siguientes. Se enamoraron tórridamente, pero aún así nunca hicieron por tener un lugar propio, siempre vivieron con la abuela y la madre de la chica; que fue una de las cosas que yo nunca me expliqué, porque no era del tipo "juntos pero no revueltos", al contrario, estában más revueltos que juntos, y siempre tenían problemas.

Una de las veces que coincidimos, ella estaba embarazada del tercer bebé y me llamó mucho la atención que siempre tuviera cara de fuchi. Me cae gordo que las embarazadas piensen que todo se lo merecen, o que nada está bien para ellas. Me molesta, me fastidia más de lo que podía creer. Y esta chica, con su cara de guacala, sus dos niños, y el guapo y fornido hombre que se cargaba, era feliz, sumamente feliz.

La siguiente vez que coincidí con ella, el bebito ya había nacido, ella ya no tenía cara de fuchi, de hecho se veía muy guapa y en proceso de recuperar su antigua figura, y con el chico estaba feliz, bebiendo Torres 10 a escondidas y preparando biberones al mismo tiempo. Ese día, cargué a su bebé un largo rato. El chamaquito habrá tenido unos seis o siete meses, era tranquilo y tenía los ojos muy pero muy verdes. Lo cargué y lo cargué, hasta que literalmente me cansé.

Ese día, me shockeó que la gente le aplaudiera a la chica por el simple hecho de traer un bebé en brazos. Y yo pensaba, a mi, que me ha costado un huevo ser lo que soy, estudiar lo que he estudiado, leer lo que he leído, no me han aplaudido. Y para que conste en actas, siguen sin cederme el asiento en el autobús.

Y sabes como soy, sabes que no estoy sedienta de esa aprobación, o de que me hagan caso, pero hay veces en que me sigue poniendo de malas que me traten diferente por el simple hecho de ser soltera y de no tener hijos. Por lo menos, ese día, mi madre fue feliz y me tomó fotos hasta cansarse, porque tuve un bebé en brazos por mucho rato.

En un momento, la chica y yo nos quedamos solas en la cocina. Yo le decía que su bebé estaba hermoso, y bromeaba diciéndole que me lo regalara, que ella ya tenía dos, así que yo bien podría hacerme cargo del tercero. Nos reímos mucho. Me decía que no, que era su bebé, que los hijos son "la neta", que estaba feliz, y que además, ya había cerrado la fábrica.

Me quedé de a seis, ignorando los impulsos que ella intentaba despertar en mi, animándome a que tuviera un bebé aún sin estar casada o tener una pareja. Me parecía mucho más grave, el hecho de decidir no tener más hijos siendo tan joven, y viviendo una vida no estable, más que en el terreno emocional. Porque todo se ve de maravilla por fuera, pero todos sabemos, que no se puede vivir del amor.

Me atreví y se lo dije, que me parecía súper valiente que hubiera decidido no tener más hijos, aún con su corta edad, y con que la vida siempre es un albur. Ella decía que no querían más hijos, y que aún sin estar casada con su chico, estaba segura de que iban a estar juntos para siempre. Para siempre.

Hasta que hace quince días, su chico murió. Así, sin más, de un infarto fulminante. Me quedé, una vez más, atónita frente a su historia.

Confieso que no me gustan los velorios, ni los entierros, ni nada que tenga que ver con eso, aún cuando soy optimista ante la partida de un ser querido. Con todo eso, fui al velorio, luego al entierro. Estuve con ella el tiempo que más pude, y mientras éste transcurría, lo que más se atoraba en mi garganta, haciendo el nudo de mi corazón más denso, era pensar que había enviudado con tres niños atrás.

Quizá deba de dejar de pensar en tanta realidad, dejar de pensar las cosas tanto antes de hacerlas, y pensar, que si se hacen a la "viva México", se sufre y duele menos. No lo sé. No puedo ser así, pero quizá deba intentar.

Aunque suene a pleonasmo, a fin de cuentas, el amor acaba. Siempre se acaba, todo termina, y todo vuelve a empezar. Ella sabía que iban a estar juntos para siempre, y así será, pero algo se terminó, el amor se terminó, de una parte se terminó.

Y una nueva vida empezará para ella, quizá difícil, quizá triste; comenzará desde el instante en que el chico se le fue. A apechugar, y a darle que es mole de olla.

Yo, por lo pronto, dejaré de pensar que las cosas duelen. Un gran avance es que ya se, que de por sí, todo siempre se acaba.

lunes, 25 de enero de 2010

Sin mechón de canas

Hacía mucho tiempo que no me paraba en un estudio fotográfico, y tuve que hacerlo, porque como sabrás, tenía que tomarme unas fotos oficiales.

Los lunes son peculiares, ni feos ni bonitos, obligatoriamente felices, pues preceden a los domingos que tanto me caen mal, pero son diferentes. De entrada, desde hace un tiempo que me he vuelto a acostumbrar a andar a pie, porque Hans no circula los lunes, entonces hoy anduve hecha una loca desde muy temprano.

De mi casa al café con papá, luego a la Facultad, al estudio fotográfico, al escritorio público donde finalmente pagué un dineral por unas cuantas líneas mecanografiadas, a la Facultad de regreso, a lidiar y poner a prueba mi paciencia en el departamento de "automatización" de la Biblioteca, luego a la coordinación de la carrera. Hice muchas cosas, y aún así, con todo lo que corrí, con los transbordos que hice, con que me dio muchísimo calor y luego un tanto de frío, pude llegar a la oficina a las 13:05, cinco minutos después de la hora que acordamos el viernes pasado.

Con todo y carreras, las cosas salieron bien, y me parece que ya no habrá ningún otro contratiempo. Pero mi paciencia, comencé a ponerla a prueba desde muy temprano en el estudio fotográfico. Que si mi pelo estaba muy alborotado, que si el chongo estaba muy arriba, que si se me abultaba en la coronilla, que si tenía poco rímel en las pestañas, que mis labios necesitaban estar más rojos. Pero si ya me los pinté, le dije al fotógrafo, pues pínteselos más, me dijo con una sonrisota, porque como las fotos son con retoque, en blanco y negro y completamente mate, usted va a salir como muerto si no le damos color.

Total que le hice caso, y además de las uñas que intento pintarme de carmesí, ahora mis labios fueron de un brillante escarlata, como ese color tan magnífico de la capa de un emperador. Me convencieron para usar una de esas camisas que están allí de emergencia, que no nos consta cuánto tiempo tienen sin haber tocado el agua y el jabón, que están un tanto amarillentas por tanta planchada de cuello y delanteros. Me sentaba fatal. Con una camisota que parecía sábana, y mi saquito pegado encima, parecía que "el muerto estaba más grande", o que traía puesto un "abriguito".

La primera toma salió mal. Y cómo no, con tantas indicaciones que llegaban como bolas de béisbol: saque el pecho, enderécese, menos sonrisa, no, no, un poco más, gire a la derecha, no tanto, mejor a la izquierda, levante el mentón, haga que los ojos brillen, sonría, no tanto, mejor sonría con los ojos, pero sin los labios, que se note que está alegre pero sólo con la mirada. Me cansé, ¡demonios que sí! Pero fue divertido, muy divertido.

La repetimos, ya con los labios súper rojos, mi alborotado cabello que se abultaba, aplastado con un pasador, atado detrás de mi cabeza en un chongo que yo le llamo "de cacahuate", pero que según mi madre se llama "de barquillo", y sin la camisa esa que tiene siglos colgada en el mismo perchero. Quedó bien. Re bien, es oficial.

Pero siempre hay un "pero", y este pero se llama así: photoshopearon mi mechón de canas. Y es oficial, ahora puedo comprobar que sin él, me veo unos cuatro o cinco años menor, pero que no me gusta que todo mi cabello brille de azabache.

Así que, aún cuando tengo esperanzas de que no haya algún contratiempo más en la Facultad, a ver si no hay un problema de que en las fotos el pelo me salga completamente negro, y en la realidad me brille el lado derecho de la frente color plata.

Ahora entiendo por que uno se hace fan de los retoques: sin ojeras, sin barritos, sin este sexy bozo al estilo de Frida Kahlo, con los labios perfectamente delineados, las pestañas levantadas, los ojitos -que a veces son enormes- bien abiertos, pero sin canas. Y por cierto, es oficial, no salgo con cara de reo.

¿Acaso el fotógrafo se puso de acuerdo con mi madre? ¿Y por fin, entre los dos, y sin que yo me diera cuenta, lograron que quede para la posteridad, en un documento oficial, mi melena completamente de color negro?

Una vez más, la Ciudad necesita una limpia. Ahora pues, a seguir vibrando que no haya problemas con que me retocaron hasta el color del pelo, porque pues se supone que en la foto debo salir yo, y no yo, irreconocible en unos años, cuando intente acordarme cómo fue ese estudio fotográfico.

Mirá, mirá, mirá


Pocas cosas valen la pena. Pocas cosas vale la pena voltear a mirarlas, o muchas... sin darnos cuenta. Ojalá tuviera más tiempo -eso es lo que digo siempre-, para ver todas las cosas que se me escapan. Aún así, me siento afortunada, porque puedo sentir o respirar, la maravilla y el amor de mi alrededor.
Gracias.

viernes, 22 de enero de 2010

Escritorio público del terror

Y que armamos la Expedición Máquina de Escribir, y Zaba y yo nos lanzamos a buscar algún local donde nos rentaran una, o nos llenaran la forma que tengo que entregar en la Facultad.

Y lo encontramos, en la esquina de Petén y Cumbres de Maltrata. Afuera decía: "Formas Fiscales, Escritorio Público", pero no nos quisieron atender. Nosotras con cara de "¿qué no quiere trabajar?" Nos quedamos mirándonos la una a la otra, sin comprender que la señora no quisiera atenderme aún cuando eso implicara un costo, digo, ese es su negocio, ¿no? Y salimos del local, de regreso a la oficina.

Ni modo. Zaba me propuso ir a Centro Médico, a donde una oficina del gobierno, donde afuera generalmente hay escritorios públicos móviles, pero le dije que no, mejor esperarme a que la señorita secretaria de la coordinación de Humanidades de mi Facultad, me echara la mano.

Compramos cigarros, M&m's y coca cola, regresamos a la oficina a contar nuestra experiencia con el escritorio público del terror. Ni modo. Ninguno de nosotros comprendimos, que la señora no haya querido trabajar, mecanografiando la forma que tengo que entregar en la Facultad.

Síganme deseando suerte...

Mi máquina de escribir.

La herramienta por excelencia del escritor, la mía, la que tengo desde hace un chorro de años de cuando estudié mecanografía, mi maquinita de escribir, olivetti lettera del año del caldo, me gritó de frente, ayer por la noche, que está descompuesta.

Y no es el hecho de que se descomponga, digo, cualquiera puede enfermarse, sino la urgencia que tengo por llenar unas formas para la Facultad. Ya lo había escrito yo aquí, que los trámites me traerían de regreso a la realidad.

Hoy por la mañana le llamé a todas las personas que pensé, podrían tener una máquina de escribir para que me la prestaran, pero ninguna me pudo ayudar. O no tienen una máquina, o de plano no saben lo que eso es. Digo, sí saben, pero nunca han tenido una en su casa o nunca han usado una.

Híjole, ya no sé si es ventaja o desventaja, haber nacido en el 83 y haber tenido una educación de esas casi de monjitas -sin haber estudiado en colegio católico-, donde me enseñaron a hacer de todo.

Si no consigo una máquina pronto, terminaré con algún escribano de la Plaza de Santo Domingo. Por lo menos, no he parado de reír, esto de conseguir una máquina me ha traido comentarios muy amenos. San Román me dijo que si terminaba en la Plaza de Santo Domingo, que de una vez le sacara un título, jaja, de esos de doctor en Medicina Biomédica, o en Fisico matemático. En fin. No hemos parado de reír. Aquí en la oficina, me sugirieron algo similar a lo de San Román, que si ya me lanzaba a Santo Domingo, pues de una vez pidiera que me hicieran el título, pa' no seguir pasando penurias.

En fin, ya pasa del mediodía y aún ni una noticia de una máquina de escribir.

El formato lo tengo que entregar hoy en la tarde.

Deséenme suerte.

jueves, 21 de enero de 2010

A las 19:30 en el Ivoire.

Llegué tarde. Los apagones que ha tenido la Ciudad, hacen que nos hagamos más locos. Jugué carreritas con unos tráilers sobre Baja California, tomé Patriotismo sin problema y sin luz todavía, pero cruzar para Reforma fue una odisea. No fue suficiente con que fuera viernes de quincena, encima se tenía que ir la luz en una de las zonas más transitadas de la Ciudad de México.

En una oreja el auricular del móvil, en la otra, el audífono del ipod porque Hans todavía no tiene radio. Como pude, y en un tiempo récord -tomando en cuenta el caos citadino- tomé Reforma a 80 kilómetros por hora. Tuve que parar, por supuesto, casi enfrente del Museo de Antropología, porque ahí comenzó la línea de coches que siempre se hace frente al Auditorio Nacional. Justo cuando crucé la esquina de Gandhi, el ipod me sorprendió con "Victoria y Soledad" de Andrés Calamaro. Me puse como verdadera eufórica. Me hizo tanto bien escucharla a todo volúmen, que comencé a bailar, a manotear, y a cantar a todo pulmón. Los chicos de los coches a mi lado, morían de risa y me volteaban a ver.

Justo frente al Hard Rock Café, a punto de girar a la derecha para tomar Julio Verne, mi euforia por venir cantando y bailando a Calamaro, hizo que mis pies bailaran perdiendo el ritmo de Hans, y se me apagó el coche. Me muero de risa de acordarme todavía. Pero rápido, esos reflejos que me hacen parecer una gatita, prendieron las intermiententes, pusieron neutral, cerraron la marcha y encendieron el coche otra vez, casi ipso facto.

Me encontré con María casi a las 20 horas. Me esperaba en el lounge, muerta de frío, en un silloncito que estaba junto a una de esas antorchas para mitigarse, y con una coca light en la mano. Traía puesto un vestidito corto, cortísimo para su parecer, perfecto para mi. Medias negras y botas. El abrigo casi como piel. Yo, antes de salir de la oficina, me puse el vestido verde, un par de medias negras gruesas, casi mallas, y mis botas negras. Saqué del bolso la pañoleta de leopardo que Copo me trajo de Toronto, y me la até al cuello. Me reí. La etiqueta que no le he querido quitar, para que quede constancia de que fue un regalo de mi amiga viajera, se asomaba detrás de mi oreja. No hubo tijeras para cortala, aún cuando uno de mis jefes las buscó en tres oficinas. Ni modo. La escondí bajo mi pelo suelto, me puse el abrigo negro, y me fui. Y le atiné, porque no hubo discrepancias ni con el estilo del lugar, ni con el de mi acompañante.

En el Ivoire impera la presencia de judíos, dado que Polanco sigue siendo el barrio judío de la Ciudad de México por excelencia; pero también se pueden encontrar chicos de todos los credos y todos los oficios.

María invitó también a Guso, quien siempre está ocupado y le dice que no cuando se le hace una invitación, pero esta vez, cuando ella le dijo que quería que me conociera a mi, el chico accedió. Y nos sorprendió, que antes de las 21 horas, Guso apareciera, enfundado en un abrigo negro también, con una bufanda atada al cuello.

Hacía mucho frío, el chico prefería que tuviéramos una mesa en el restaurante, pero nosotras insistimos en quedarnos en el lounge, a pesar del aire, a pesar del frío, a pesar de que los abrigos no nos dejaban mover.

Platicamos de muchas cosas. Guso pidió una bebida que yo no conocía, ron con miel, caliente, servida en una "copita coñaquera" (qué risa me da llamarla así), con el pretexto de que le dolía la garganta. No hay pretextos, pensé sin decirlo, para pedir la bebida que se nos antoje. Yo, que ahora resulta que me he vuelto abstemia, a raíz de la adquisición de Hans, no bebí más que coca-cola light con hielo.

Guso no estuvo mucho tiempo con nosotras, sólo el suficiente para beber dos copas, y reír sin parar con nosotras. Para conocernos, porque yo nunca lo había visto, a pesar de que María habla mucho de él. Se despidió, y como todo un caballero, pagó la cuenta.

Nosotros hicimos -literal- como si nada pasara, o como si nunca hubiera aparecido. Seguimos con nuestra conversación sobre chicos, sobre nuestras familias, sobre nuestra hermana Cristina. Seguimos platicando sobre las actitudes que ahora se tiene ante las relaciones amorosas. Dilucidamos si quedarnos allí otro rato, o irnos a otro lugar para bailar, o a otro lugar para cenar. No sabíamos qué hacer, pero seguimos la conversación como si hiciera mucho tiempo que no nos veíamos.

Y en realidad, hacía mucho tiempo que no nos veíamos así. La mera verdad es que hacía mucho tiempo que no platicábamos, ni siquiera por el móvil.

La relación con esta amiga es muy especial. Y no digo especial en la acepción de la palabra que significa "singular o fuera de lo particular". Y lo siento mucho, pero lo que es, es. Y la relación que tenemos es de cuando ella tiene ganas: ganas de verme, ganas de hablar conmigo, ganas de compartirme algunas cosas, ganas de que le ayude en otras, o ganas de quererme un poquito. Hay veces en las que me canso de buscarla, de llamarle y de que no me responda, de pedirle ayuda y no obtener una respuesta, aunque sea negativa. Pero así es, y no la podré cambiar.

Este día en particular, lo pasamos muy bien. Reímos tanto, que un chico sentado en un par de mesas al lado, se levantó y se acercó a decirnos que nosotras eramos las chicas que mejor se la estaban pasando en ese lugar, que quería saber por qué nos reíamos tanto. Y le platicamos lo que se podía contar, le contamos el resumen gerencial de nuestra noche allí, de nuestra amistad, y de nuestros chistes que a veces sólo a nosotras nos hacen reír.

Luego hablamos de lo que estábamos evitando. Hablamos de su chico y del que yo todavía no tengo. Me dijo que casi no podía comprender cómo puede existir un hombre, cuya relación es casi rayando en la indiferencia. Yo, sin decir nombres propios ni revelar identidades, le dije que la entendía, que yo también he conocido hombres que rayan en la indiferencia, y que yo misma, a veces proponiéndomelo y algunas otras sin hacerlo, me comporto de la misma manera.

Ese hombre que es tan frío, tanto como la región de donde viene. Ese que María ha escogido para pasar los veranos y los inviernos, para incluirlo en sus planes sin que él lo sepa, sin que él la tome en cuenta. Ella no se puede explicar qué es lo que lo hace ser de acero, lo que lo hace no tener nada, pero tener mucho al mismo tiempo. No sabe qué es lo que lo hace venir al Pacífico mexicano, con ella, a compartir los días y las horas como si se hubieran visto ayer, o como si ya fueran las últimas.

Me abstuve -además de beber-, de dar mis sinceras opiniones, porque probablemente le resultaran duras, más frías, o incomprensibles. Pero la mera verdad, es que a mi modo de ver es una pérdida de tiempo, y una tristeza, que María se preocupe por alguien a quien no le consta que piense en ella. María necesita alguien como ella, parecidos, alguien que la quiera como es, que la quiera de a de veras, caliente, como el trópico candente que ella escogió para comprar otra casa.

María, como todos nosotros, merece ser feliz. Y este chico, dudo que pueda compartir esta felicidad, o ser un complemento de ella.

Con poco apetito, pasadas las 22, decidimos irnos derechito a las hamburguesas al carbón de Fuentes de Satélite. Pedir los coches en el valet parking fue una calamidad. No me intimidé ni tantito al entregarlo, aún cuando en la fila para que me lo recibieran, Hans -mi Volskwagen negro- iba después de un Ferrari color rojo, y antes de un Mercedes Benz plateado. Pero a la hora de pedirlo, les dije bien clarito cómo debían abrir mi coche, y nadie tuvo la cortesía de decirme que no podían con sus sistema de seguridad, lo que por un lado me encanta, porque hace de Hans un pequeño búnker.

Así pues, terminé yendo por él en el coche de María, y por supuesto, con mis propios medios, porque el valet se dio por vencido.

Nos seguimos, hablándonos por el móvil de coche a coche, hasta llegar a Plaza Satélite y dar vuelta a la derecha, para tomar, más adelante, Circuito Oradores. Llegamos a las hamburguesas, pedimos tres grandes para llevar y nos fuimos a su casa. ¿Tienes todavía cerveza? Le pregunté, me dijo que sí, que el sueco había dejado algunas todavía más frías que él, así que me dio chance de beberlas todas si así lo quería.

Cenamos sentadas en la barrita de la cocina, recordando las anécdotas de antiguos chicos, novios, amantes, maridos, o como se les quiera llamar. Todavía teníamos fuerzas para reír.

Una noche particular, especial en el sentido propio de la palabra, que me hizo pasarlo muy bien con María. Me sentí bien, y me puse alegre. Me tomé dos Indio bien frías, llegué a casa casi durmiéndome porque estaba verdaderamente cansada. Y me acordé que así es cuando se sale. Aún cuando se tiene un plan, las personas llegan o no llegan, el plan se modifica, se termina bebiendo cuando se supone que no se debe porque se va a conducir, y se lo pasa uno muy bien.

De mi oficina al Ivoire. A reír a carcajadas. Recoger a Hans del otro lado del Parque Lincoln. Directo a las hamburguesas. Terminar la noche en la barra de la cocina de una amiga.

Noches como esta deben ser comunes en la vida de la Ciudad. Pero para María y para mí dejaron de serlo hace algún tiempo. Por eso valió la pena.

miércoles, 20 de enero de 2010

Mi propia historiografía impresa.

Pero esta noche estrena libertad un preso
desde que no eres mi juez,
tu vudú ya pincha en hueso,
tu saque se enredó en mi red.
[...]
Dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
no mires atrás que ya no estoy.

Pero dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
si miras atrás mañana es hoy.

Dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
puede que quizás luego sea hoy.

Nena dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
no mires atrás que ya me voy.
Que sepas que el final no empieza hoy.

Tiramisú de limón, Joaquín Sabina.


A las 17:30 salí de la oficina, muy nerviosa porque iba a recoger la obra terminada. Tomé Cuauhtémoc, luego me desvié a la derecha para tomar avenida Universidad. Aprendí, que de ida o de vuelta, todas las avenidas llevan a Ciudad Universitaria.

Muchos semáforos me tocaron en verde, algunos pocos en rojo, y éstos últimos me sirvieron para acordarme de cuando fui estudiante -que no hace mucho tiempo de eso- y de mis días en la Facultad y de mis días de Macroproyecto, de investigación de bases de datos, mientras trabajé en Ciudad Universitaria. Me acordé del soltero tóxico, lo recordé con amor, con cariño; y mi cabeza, sin saber lo que hacía, de vez en vez pensaba, "ahh, te quise tanto, te quise tanto, te quiero un poco todavía, y me gustaría que estuvieras aquí para que compartiera esto contigo".

Hans se portó muy bien. Yo no me desubiqué, e hice honores del apodo que me puso San Román, eso de GPS se me da muy bien, quizá porque tengo buena memoria.

Seguí derecho y pretendía dar vuelta en U pasado el Superama que casi entronca con Insurgentes Sur, pero me atreví a gritarle de coche a coche a un taxista, para preguntarle cómo era mejor tomar avenida Copilco. Me dijo que lo siguiera, y lo seguí.

Llegué a mi destino justo cuando dije que llegaría, a las 18:00. Pedí permiso para estacionarme, y entré, todavía muy nerviosa, al local. Histeria como siempre, histeria colectiva, histeria por tener los trabajos listos, por atender a la gente, por ediciones que no quedaron como deberían quedar. Afortunadamente, con mi trabajo no hubo ningún inconveniente, salvo que debía esperarme cerca de 45 minutos, para que la edición digital estuviera lista. No me importó, ya no importaba nada. Yo estaba allí, esperando ver a mi hijo listo, al primero de los hijos que tendré, envuelto en pasta color azul, impreso con letras color dorado, como siempre quise que fuera, porque mi sangre es azul y mi piel es dorada.

De pronto el tiempo se detuvo, y sin darme cuenta comencé a fumar, ya eran las 19:30.

Me emocioné, pero esta vez no me salieron las lágrimas, más bien se me durmió el brazo derecho -como suele ser cuando estoy a punto de tener una crisis de ansiedad- y sentí un hormigueo en el centro del pecho. Los trajeron listos, todos apilados, todos bonitos, con esas letras que me tardé más de tres años en ordenar.

Ahora sé cómo sabe ver tu propia historiografía impresa.

Pagué, estos pesos que me costó mucho conseguir. Que era fácil, pero quizá no para mi. Este dinero que mucha falta me hace, pero que pronto llegará, que la rueda de la fortuna de la vida -y de la economía- estoy segura que en poco tiempo me regresará. Esta edición fue un presente, y aún cuando no estoy obligada a pagarla, la vida no me alcanzará para pagar el apoyo y la atención que mi mejor amigo ha tenido conmigo.

Subieron a los pequeños, guardados en dos cajitas de cartón, al coche, me despedí de los chicos editores, arranqué y me fui de regreso a avenida Universidad. Es oficial, iba de regreso a casa con la primera edición lista. Es oficial, mi Historia está impresa.

La mera verdad que no sabía cómo volver a casa, sin tomar por supuesto, Periférico Norte, que a esa hora siempre va a reventar. Le mandé un mensaje al Rey Sol para pedirle una ruta, pero no me respondió. Seguí mi camino, le llamé a la Diseñadora de Modas, y entonces sí comencé a llorar cuando la escuché.

No hablamos mucho, ella venía en Metro, y la llamada se cortó. Al escucharla se me quebró la voz. Pero le alcancé a decir que en ese momento nada me importaba más, estaba feliz porque lo había logrado, y por fin sentía dentro de mi corazón que todo había valido la pena.

Lo que sigue, un montonal de trámites burocráticos, mucho tiempo más de espera, me harán volver a la realidad. Pero en ese momento, y ahorita todavía, estoy tan feliz que nada más importa.

Seguí pues por Universidad, acordándome de la ruta que tomaba el soltero tóxico para ir a Santa Margarita. Era desviarse hacia Gabriel Mancera y dar vuelta en Matías Romero. Sí, así lo haría. ¿Pero después? ¿Qué haría después, si lo que quería era evitar Periférico? Ah pues seguí por Mancera acordándome si entroncaba con Xola, para tomar Monterrey como todos los días cuando vuelvo de la oficina, y así fue. Una vez más, de coche a coche, le grité al de mi lado derecho, y me dijo que si. Le pregunté, a grito pelado, si Sánchez Azcona estaba "para acá o para allá", me dijo que para "allá", así que me pasé al carril de la extrema derecha.

Di vuelta en Xola, dos más derecho, di vuelta a la izquierda, tomé Sánchez Azcona, y así, sin ningún congestionamiento, seguí derechito hasta Tiber. Canté. Canté otra vez a todo pulmón, con el ipod enchufado a mi oído izquierdo. ¿Habrá habido en el mundo, una mujer más contenta que yo en ese momento? Dudo que así haya sido.

Seguí hacia Marina Nacional, riéndome de los que iban para Río San Joaquín o Circuito Interior -ahora llamado Bicentenario- porque iban prácticamente detenidos. Seguí, seguí, y justo en la desviación para tomar México-Tacuba, leí el letrero de enfrente que decía: Invierno, Tezozomoc para adelante, Tacuba para la derecha. Sin dudarlo para la derecha, ¿quién quisiera ir, sin tener que hacerlo, hacia donde hay más invierno?

Llegué a casa. Vacié el coche, guardé a Hans. Me di un baño. Cené. Estoy bebiendo coca-cola light. Fumo, casi sin parar. No sé siquiera, si me dará sueño pronto.

Hoy, sin dudarlo, es el principio del fin de este ciclo.

2010. He prometido tener fe. Buena estrella está llegando con él.

martes, 19 de enero de 2010

El vídeo que Liqs me dejó.



Gracias Liqs.
Un beso desde la Ciudad de México,
Mariposa Tecknicolor.

Necesito un despertador.

Luego del ajetreado día de ayer, del poco sueño que tuve, y del relajante baño que me di por ahí de las 22 horas, me quedé profundamente dormida.

Nada me despertó, ni la llamada de mi padre para el café de las mañanas, ni las mordidas que el gato me dio en la muñeca para abrirle la puerta. Nada lo hizo, más que la musiquita de la radio que avisa que el noticiero ya se acabó, y obviamente significa que son las diez de la mañana.

Las diez, ¡mierda! En media hora tenía que estar en la colonia Narvarte. Por supuesto que no lo logré, pero sí a las once y diez. Me vestí hecha una loca, ni siquiera me acomodé el pelo, cogí el coche sin calentarlo otra vez -el Rey Sol me va a matar si se entera-, y manejé lo más atenta que pude, a pesar de que todavía me pesaban los párpados. Lo bueno que no hubo gente. Lo bueno que Thiers y luego Medellín iban vacías, y los semáforos se pusieron de mi parte, todos en verde. Lo bueno que pude despertar por fin, y dejar de bostezar, cuando di vuelta en Xola.

No es posible que nada me haya despertado. O vuelvo a dormir como antes, o me urge un despertador. Ya de menos que alguien me venga a azotar la puerta o a recordarme que tengo que ir a trabajar.

Ojalá hubiera podido dormir así de profundo hace un mes, cuando el puto insomnio vino a dormir conmigo mientras me quedaba despierta. A ver si no vuelve a hacer su aparición el mes que entra. Así es esto. La rueda de la fortuna de mi desorden de sueño.

Necesito un despertador. Y si es de carne y hueso -y se queda conmigo-, mejor.

lunes, 18 de enero de 2010

Valió la pena.

Hacía mucho tiempo que no pasaba toda la noche escribiendo. Mucho tiempo. Cuando menos me di cuenta, estaba tan atenta en mi trabajo, que sonó la alarma de las cinco de la mañana. Ya voy, ya voy, pensé, pero no pude parar de inmediato. Me acosté a las cinco y 45, y me desperté a las siete y veinte.

Fue un día muy provechoso.

El domingo fue la primera vez que un red bull me hizo efecto. Luego de beberlo, me di un baño y me dispuse a escribir cuando San Román me llamó para que fuéramos a cenar. Vino con mi tocayo y fuimos por hamburguesas. Platicamos hasta la media noche. Regresé a casa a ordenar papeles, buscar libros, interpretar anotaciones, transcribir programaciones de 1937 hasta 1947.

Todo valió la pena.

Hace rato, de regreso en el camión, me quedé tan dormida que la cabeza se me azotó contra la ventana en donde venía recargada. Me despertó el golpe, y no pude más que reir y sobarme el chipote que se me hizo en la frente. Ni modo. Estoy verdaderamente muerta, pero no llegué al punto de sentirme mal durante el día. Digamos que el café que me bebí de un hilo, y el par de cafiaspirinas que me tomé luego de la comida, me mantuvieron en pie.

Y pienso que este, y todos los desvelos de los últimos cuatro años, que han tenido que ver con mi investigación, valieron mucho la pena.

Ya no me acordaba lo que era irse "en vivo" a trabajar. Ya no me acordaba que es posible pasar toda la noche escribiendo de un jalón lo que se pudo haber escrito en el lapso de una semana, pero que en la noche sabe mejor.

Ni un bostezo, ni un escalofrío por el clima. El gato en el sillón, los cigarros en el cenicero, el móvil que a las cinco me avisó que era hora de despertar... sin haber dormido.

A las siete y 20 directa al sur, a explicar por fin de qué se trata la historiografía. A las once llegada a la oficina. A las catorce en World Trade Center, porque una llamada que no esperaba recibir me invitó a comer. A las dieciséis de regreso a la oficina para firma de contratos, para resolver pendientes. A las dieciocho de regreso a casa. Se me azotó la cabeza en el camión, pero bueno, un precio se debe pagar por un sueño tan profundo de 45 minutos.

El tiempo nunca alcanza. No importa que uno no duerma, el día de 27 horas dudo que si llega, me pueda ser suficiente.

viernes, 15 de enero de 2010

Cielo de invierno

Como era de esperarse en viernes de quincena, el periférico y Río San Joaquín venían a reventar. Casi no se avanzaba. Y hoy, el café que me tomé con mi papá duró más de lo que esperábamos, así que se me hizo un poco tarde.

Cuando tomé Río San Joaquín, le llamé a San Román para contarle como va el asunto del presupuesto. Mal, mal. Pero él siempre me alienta, me da ánimos, me hace reír con que va a venir a salvarnos una "ballena mística" de esta crisis mundial y crisis de valores. En fin. Reímos como niños, y comenzó a quitárseme el estrés.

Con un grande light latte entre las piernas -como siempre-, mis guantes de piel, un cigarro en la mano derecha que me hace hacer malabares para meter las velocidades del coche, y mi manos libres en la oreja para hablar con San Román, de pronto miré de frente pero hacia arriba, arriba de los coches y arriba de los edificios. Un cielo de invierno, color azul celeste brillante, comenzaba a asomarse entre las nubes redondas que se empezaban a deshacer.

Le dije, "me acabo de dar cuenta, que enfrente tengo un bellísimo cielo azul que se está asomando, ¿ya lo viste?". No, me respondió, no me he asomado a la ventana, pero ahorita lo hago para verlo también. Seguimos hablando. Nos despedimos.

Me quedé mirando el cielo mientras mis pies hacían danza, al alternar clutch, freno y acelerador. Tomé Thiers por donde no debía, le marqué a la Diseñadora de Modas pero no me respondió. Seguí mi camino a la oficina.

Llegué diez minutos tarde, pero no me importó. Hace mucho frío todavía, pero hoy hay sol. Hace mucho viento, que es lo que hace que el cielo brille detrás de las nubes gordas, y eso me hizo sonreír.

Un atisbo de luz detrás de la neblina. Y un correo electrónico en mi bandeja de entrada, atisbo de que el problema del presupuesto está por resolverse.

Me gusta el cielo de invierno.

miércoles, 13 de enero de 2010

Sin respuestas.

¿Cuándo fue que aprendí a no hacer el amor? Porque sé perfectamente cuando aprendí a hacerlo, a entregarme, a amar con los ojos cerrados, a respirar a través del otro, a leer mentes que no sabía qué decían, a detener el tiempo a través de otros corazones.

¿Pero cuándo aprendí a querer sin querer? ¿Cuándo aprendí que no siempre se debe amar? ¿Cuándo fue que aprendí que hay veces en que no se debe dejar el corazón latir? ¿Cuándo me acostumbré a no querer más? ¿En qué momento me creí que esto es normal?

¿Cuándo me creí que el milagro del amor no es milagro, sino pesar?

¿Por qué creí que amar era también recibir? ¿Por qué no me quedé sólo con que yo podía dar y dar y dar y dar amor hasta que me doliera, sin importar que mi pareja no amara igual?

¿Por qué escogí entrar a la Universidad en lugar de irme a comenzar una familia en las faldas del volcán Tacaná? ¿Por qué no le creí que con eso bastaba? ¿Por qué no me quedé con que no era necesario estudiar, y que el sueño de ser escritora desaparecería conforme viniera la nueva madera de compañera sentimental?

¿Por qué mi intelecto siempre ha tenido libertad? ¿Por qué mi corazón ha querido ser atado, y no ha logrado serlo?

¿Por qué ahora me doy cuenta, de que me ofende que me hagas aclaraciones que no vienen al caso? ¿Por qué carajos piensas que me estoy enamorando de ti, cuando sabes que no es así contigo? ¿Por qué no te das cuenta de que me ofendes, cuando me dices que tengo que buscar mi propio camino e ir resolviendo mis problemas de la mejor manera y pedir ayuda hasta que yo agote las opciones? ¿Por qué no te das cuenta que me esfuerzo hasta que me duele?

¿Por qué no puedes entender que mi bandera siempre es el amor, y que amo de manera que no comprendes?

¿Por qué la puta Ciudad se empeña en hacerme sentir que nada de lo que hago vale la pena?

Sin ganas.

Me estoy comiendo una manzana, casi sin ganas de comérmela. Tengo los cigarros a un lado, y me voy a fumar uno sin ganas. Hay muchas cosas que hago sin ganas, pero pues así es. Sé que así no debe ser, pero ahora no tengo ganas de nada. Es oficial: de nada.

Las cosas que quiero hacer, aún no son factibles, pero me sigo esforzando, aún cuando no tengo ganas de hacer lo que debo para llegar a ellas. Tengo ganas de que todo este listo de una vez, pero si ya esperé tanto tiempo, tantas lecturas, tantas aprobaciones, tantas noches, tanta incertidumbre, me parece que no tiene nada de malo esperar un poco más. Una semana más no va a hacer las cosas peores.

Y me esfuerzo, espero que te des cuenta. Pero ya no te voy a escribir, ya no te voy a llamar, ya no te voy a mirar, aunque te intentaré ver. Y sabes que cuando me lo propongo lo cumplo, sabes que cuando prometo algo hago un esfuerzo para lograrlo. Y me he estado esforzando mucho los últimos meses, y no me voy a dar por vencida. Hoy me propuse no escribirte más, aún cuando aquí me estoy poniendo a escribir de ti; no es lo mismo, porque no me leerás, o si llegas a dar con esta columna, no me leerás como tu, y yo no estoy escribiendo para que me leas.

Hay tanta contradicción en lo que me escribiste, que ya no sé qué pensar. Me acuerdo perfectamente de lo que hablamos la vez anterior, de lo que me decías que querías seguir, de lo que querías que hiciéramos. Pero serás hombre, eres hombre, y siempre cambian. Y quizá no es que cambien, sino que no se dan cuenta del significado literal que pueden tener sus palabras. No se dan cuenta que para mi, lo que se dice es, y lo que es, es. No hay medias tintas. No te preocupes, que no quiero ponerte en riesgo, no quiero causarte un malentendido, antes de que esto empezara te lo dije, pero ahora parece que ya no sabes lo que pienso. Ni modo. No vale la pena que me desgaste, si ya se como eres, si ya sabes como soy yo, si no eres de muchas palabras, y haces más de lo que dices.

Y eso es bueno. Es bueno ser moderado, es bueno actuar y no decir. Pero finalmente hay alguien que siempre paga un precio más alto, y esta vez no quiero ser yo.

Mi panorama a veces es tan gris, que cada que te veo es como si fuera un día festivo. Y eso también va a cambiar, debe cambiar, y hoy en la mañana me propuse que cambiará. Ya te darás cuenta de que no me importará si nos miramos o sólo nos vemos, si nos hablamos sin escucharnos, si nos escribimos sin leernos. Nuestras circunstancias son muy distintas, pero finalmente sabemos entendernos. Y te seguiré entendiendo, y lograrás entenderme a mi.

Las palabras son tan palabras, son tan mágicas, son tan como son, que a veces dicen más de lo que significan. Muchas veces pasa eso con lo que escribo, con lo que digo, por eso me he vuelto mesurada, por eso sé que puedo herir, por eso sé que puedo amar, por eso sé que puedo estar con alguien a través de mi texto aún sin conocerlo, por eso sabes que nunca dejarás de ser lo duro que eres, o que eres conmigo.

Por eso el otro día, cuando te escribí por última vez, releí más de tres veces la carta que te enviaría. Pensé más de dos veces las letras que ordenaría, que formaría en palabras, que alinearía en frases para que lograras entenderme. Y no es que no puedas hacerlo, no es que yo sea imposible, pero no quería que mis palabras dijeran una cosa que no significaban.

Intenté escribir una carta de conciliación, y creo que lo logré. Pero no logré que entendieras que también me esfuerzo por estar bien, que no quiero problemas, y que te quiero tal como eres. ¿Te has dado cuenta que no tengo el valor de decirte que te quiero? ¿Te has dado cuenta de que me da miedo que sepas que todavía mi corazón te ve tan como eras, tan como has seguido siendo conmigo? ¿Te das cuenta que la coraza de mi corazón no sirve contigo?

Ya si lo sabes o no, no me corresponde. Ya si te das cuenta o no, no me interesa.

No tengo ganas de levantarme de la cama, pero tengo que hacerlo. No tengo ganas de comer, pero ya me terminé esta manzana roja, casi como mis labios. No tengo ganas de fumar, y ya me terminé dos marlboritos que me supieron re bien. No tengo ganas de noticias, y me he enterado sin querer. No tengo ganas de manejar, pero tenía que volver a casa en Hans. No tengo ganas de caminar, y por eso manejé. No tengo ganas de usar abrigo, pero muero de frío. No tengo ganas de quitarme los guantes de piel, pero se me calentaron muchísimo las manos.

Y así es, y así sabes que soy. Y todo se voltea, porque sabes -y a mi nunca se me olvida- que una de los mayores tesoros que tengo, es mi fuerza de voluntad.

No tengo ganas de quererte, pero te quiero.

lunes, 11 de enero de 2010

Aquí vamos otra vez.

Aquí vamos, con que nos quedamos mirando sin decir nada, con que te molestan las reacciones que tengo algunas veces, con que no sé qué hacer cuando no puedo resolver mis propios problemas.

Aquí vamos otra vez, con que me dices lo que ya sé que me vas a decir. Con que me dices que no siempre se tienen las soluciones para todas las situaciones, con que si no las puedo resolver, para eso estás tú, para ayudarme a pasarlas de largo si no es que a resolverlas por completo.

Aquí vamos otra vez, con que comienzo a pedirte perdón compulsivamente, como si en verdad hubiera hecho algo muy malo, como hace unos siete años cuando nos conocimos, que me esforzaba de sobremanera en entender lo que tu cabeza pensaba. Aquí vamos, con que ahora no me interesa lo que piensas, sólo lo que pienses cuando estás conmigo.

Y todo es como siempre, como tal vez debimos evitar que fuera. Siempre seré mucho menor que tu, siempre serás mucho mayor, siempre habrá esta brecha generacional que nos hace ser lo que somos, que nos hace tener la amistad que tenemos, que nos hace que el tiempo nos pase como nos pasa. Siempre me verás pequeña, siempre querrás sobre protegerme, siempre me verás linda y joven y querrás ayudarme en lo que puedas. Siempre te veré grande, siempre te veré un poco viejo, siempre correré a pedirte una opinión o a pedirte que me ayudes a buscar una solución. Siempre te veré como un apoyo, siempre te veré como escultura, siempre te veré como si los años no nos pasaran encima.

Pero repito, el destino nos ha llevado hasta aquí, y lo dije bien clarito hoy en la mañana: no sabíamos que la vida iba a dar este giro y que ibamos a terminar como estamos ahorita. No está mal, supongo. Si estuviera, ya nos habríamos separado (otra vez, como sucede cuando algo no nos parece) para intentar volvernos a juntar unos meses -o algún tiempo- después.

Y ahora no sé qué es lo que va a pasar. No sé qué sucederá en la entrevista que tengo mañana. No sé cuándo estarán listos los ejemplares. No sé cuando tendré listas escritas, las últimas opiniones recibidas. No sé si el frío me dejará dormir. No sé si podré verte otra vez, o verte, por lo menos, como te vi hoy por la mañana. No sé qué voy a hacer en la casa, que ya no quiero que sea mía. No sé cuando va a dejar de matarme esta incertidumbre.

Y Mauricio tenía razón: no estoy deprimida porque tengo la cabeza lo suficientemente clara para comprender la situación; lo que sucede es que me angustia no saber cómo hacer lo que tengo que hacer. No quiero llegar al punto de la desesperación, que se quede en ansiedad o angustia, pero que no llegue la desesperación que siempre trae de la mano a la depresión.

Para que vaya a conquistarla

Tal vez sea una generalidad en la sociedad, o sea que las circunstancias actuales nos hacen actuar de igual manera en ciudades distintas, pero casualmente muchas personas al mismo tiempo estamos pensando en las relaciones de los amantes.

Desayuné, y realmente pasé todo el día, con la diseñadora de modas. Estuvo de lo lindo. Hablamos de muchas cosas, pero al final -como siempre- terminamos platicando sobre las historias de amantes. Y justo María, un día antes, me decía que necesitaba algo así como un amante pero no con ese nombre. No te entiendo, le dije, lo que es, es, y punto. Pero ella insiste en pensar que un amante no es nuestro, sino una es de un amante. ¿Por qué pensar en pertenencia? ¿Por qué pensar que alguien debe seguir las reglas o llevar la batuta?

Es triste, de repente, como no se logra salir con alguien por las noches, así como así, sin compromisos como nunca antes me hubiera imaginado que lo pensaría. Le llamé a Mateo para ir a bailar, le llamé a San Román para ir al cine, le llamé a otras amigas para tomar café, nadie quiso salir. Le llamé al coleguita aquel de manos armoniosas, y no podía salir porque al día siguiente tendría un compromiso muy temprano. Ahora ya ni se sabe qué es lo que se tiene que hacer para conseguir salir un sábado por la noche, o un lunes al mediodía, o un miércoles al cine con palomitas y refresco. Bueno, lo del miércoles queda clarito: tener la cita en el cine, con las palomitas y la coca-cola light.

Las respuestas, como casi siempre, me llegan conforme estoy escribiendo. Lo que se tiene que hacer es salir sola, como la mayoría de las veces. Sin rencores, sin remordimientos, sin vergüenzas, y sin pesares en el corazón.

Me hace sentir bien pensar que la Ciudad está ahí, aquí, esperándome para que vaya a conquistarla como ya me conquisté a mi misma.

Y me quedo con lo que mi amiga me dijo "el orgasmo es de quien lo trabaja". No he podido parar de reír desde que lo escuché. Tiene tanta razón...

domingo, 10 de enero de 2010

Me gustan las historias de amantes

Luego de las lecturas del año pasado, y de todo lo ocurrido, ahora confieso que me gustan las historias de amantes. Estas prohibidas, furtivas, estas que son secretos a voces. Estas en las que las tensiones en las habitaciones en las que los amantes se encuentran, hacen que los demás intenten adivinar qué ocurre en el ambiente, suponiendo que alguien se atrae o que algo se esconde, alguna pasión se esconde en dos corazones, o se esconde en la piel.

Me gustan las historias de amantes, pero no he vivido alguna. De hecho, ni siquiera me es posible imaginar cómo sería, necesitaría saber cómo es el prospecto para intentar escribir -o vivir- una pequeña historia. Porque bueno, aún cuando al hacer historiografía lo que más se hace es inferir, en el caso de una historia propia, cuesta trabajo inferir qué es lo que sucedería.

No sé si el susodicho sería mucho mayor que yo, y tuviera una gran profesión, de esas en las que se salvan vidas, o es imprescindible su presencia para tomar una decisión. No sé si me vería con él una vez por semana, o cuando tuviéramos la necesidad de platicar el uno con el otro. No sé si serían los miércoles, por ejemplo, día de cine o de latte por las mañanas. No sé si pasaría por mí en un deportivo color plata, o en un deportivo descapotable color rojo, lo que causaría mucha curiosidad, porque sería un hombre mayor; lo que entonces significaría que andaría en un segundo o tercer aire, y yo sería la persona con quien desearía pasarlo.

No sé si tendría química con él, con eso de que me llevo bien con los chicos que me llevan un poco más de seis años. No sé si reiríamos mucho, si platicaríamos hasta el amanecer, o hasta que el tiempo se nos terminara, justo para que cada quien volviera a su rutina. No sé si me invitaría a comer o a cenar. No sé siquiera, si me resultaría atractivo, o me diera emoción estar con él.

Pudiera ser que otro prospecto tuviera ojos verdes, fuera extranjero, y viniera a mi Ciudad sólo por alguna temporada. Entonces los encuentros no serían tan furtivos, no tendría que existir el silencio o un ocultamiento. Supongo que tendría un departamento lindo, de esos acogedores y pequeños, de esos de temporada. Quizá viviría algunos días en un hotel de Paseo de la Reforma, o de la colonia Condesa. O quizá también, compartiría las habitaciones con algún colega, lo que haría de la situación algo no tan serio, porque podríamos salir en grupo, y tampoco sería necesario ocultarlo de mi lado, con mis amistades o mi familia.

Sería un amante de temporada, de acento extranjero, de castellano que no parece que hable español. Sería un chico que me transportaría a sus ciudades, a sus pasados, que no importaría lo que yo tuviera acá, o lo que él hubiera dejado allá. No existiría mayor involucramiento, sólo lo necesario. ¿Y si ni siquiera supiera sus apellidos? Me muero de risa, eso sería fantástico y podría dar pie a una gran historia.

Pudiera ser, que mi amante fuera un colega, un historiador igual que yo, mayor unos cuantos años, para que tuviera experiencia, historiográfica y con las mujeres. Que me hiciera reír a carcajadas sin que se lo pidiera. Que casi casi leyera mi mente, porque como tenemos las mismas ideas en la cabeza, nuestros puntos de vista no serían tan dispares. Que él supiera que los amantes son eso, amores ocasionales, y que no tuviera problema con que yo no tuviera tiempo para verlo. Y que a mi no me molestara que tuviera mil pendientes encima, que no tuviera tiempo para verme porque urge entregar un texto, una corrección, un artículo para alguna revista.

Que supiera que sin café por las mañanas no se puede trabajar. Y que también supiera que es posible trabajar acompañado, escribir en silencio, dándome espacio a mi y a mi ordenador, dándose espacio a él mismo en la misma habitación. Que supiera -como yo- que es posible terminar de escribir un texto acostado en una cama, con los pies metidos en las cobijas y las laptops y los móviles sobre mesitas de desayuno o mesitas ratonas. Que supiera que también se ocultan ideas, que no siempre se sabe lo que se debe escribir, porque aún cuando nuestras ideas nos harían cómplices, no se querría tener alguna discrepancia.

Quizá este colega sepa que un historiador está medio loco. Que los frentes fríos nos hacen bi-polares. Que se sabe, pero no se dice, que una investigación es capaz de cambiar una tendencia o una vanguardia. Quizá este amante sabría -como lo sé yo-, que es emocionante encontrar el pequeño hilo historiográfico de una madeja, lo que entonces haría nuestros encuentros casi sesiones de seminarios para compartir investigaciones.

Compartir profesión, además de intimidad, nos daría una partida doble, sería como cambiar de partenaire con la misma persona. Y entonces vendría otra situación: que lo supieran o no los demás colegas. Porque la reputación de un historiador se debe cuidar desde muchos flancos. Quizá entonces, la mantendríamos en secreto, para que fuera sólo nuestra complicidad. Y entonces aparecería un minus: al hacernos amigos, las cosas cambiarían.

Porque generalmente un colega, que comparte ideas con otro, termina haciendo una amistad. Y yo no estoy segura, porque no tengo la experiencia, de que sea ideal hacerse amigo de un amante.

Aunque por el otro lado, si el amante resultara ser un antiguo amigo, o mejor aún (ya me estoy emocionando escribiendo esto ¡yupi!) resultara ser un antiguo amor, la perspectiva daría un cambio de 180 grados. Porque es de dominio público, que cuando he terminado mis noviazgos, resulta después que termino siendo amiga del ex en cuestión. Así que, ¿qué sucedería, si el amante resultara ser un antiguo amor? Sería un plus no tener que hacer un nuevo espacio en la memoria, al revés, nada más se tendrían que repasar algunos expedientes u algunos recuerdos.

Pero en el fondo espero, que si llegara a ser un antiguo amigo o un antiguo amor, las cosas fueran diferentes. Porque todos sabemos que si se termina una relación con alguien, la situación que te llevó a terminarla, ahí quedará para siempre. Las cosas que lo hacían insoportable, seguirán haciéndolo insoportable.

Por lo que, si el amante fuera viejo conocido, tendría que haber mucha comunicación y se tendrían que dejar las cosas en claro, para que no sucediera lo que cuando hubo una relación. Pero se ahorrarían muchas cuestiones, se evitarían problemas que antes no pudieron evitarse, se evitaría hablar de lo que le molesta, cifraría el empeño uno a lo que es tener un amante, simple y mera convivencia, mitigar soledades, ser felices por un momento sin pensar en nada más. Los problemas se quedarían fuera, al cerrar la puerta.

Le veo muchas ventajas, aún cuando el mayor contra es saber hacerlo y no involucrarse demasiado. Pienso que es otro tipo de amor y de cariño. Los amantes también se quieren, y se procuran, y se preocupan el uno por el otro, o uno más por otro.

Los amantes casi siempre piensan por el otro, porque de no ser así, no podrían serlo y los dos saldrían perdiendo.

Pienso que un amante, nos haría mitigar el frío de otra manera. El frío físico, el frío del corazón, el frío de la esperanza y del alma.

Los amantes se llevan bien, porque como no tienen mucho tiempo para pasarlo, el tiempo que tienen para estar juntos es como vivir de vacaciones, como estar de festejo, o como si fuera día festivo. Los amantes celebran cada que se encuentran, y pienso que eso debe ser divertido, pienso que eso es lo que los hace felices. Porque, estoy segura, hay amantes felices.

El amor y el drama no se llevarían bien. Si imperara el drama, se llevaría de calle a la relación amorosa. Pero amor y drama casi nunca se pueden separar. Por eso esto de tener buena comunicación, y de decir exactamente lo que se espera de la relación, o lo que se espera de la otra persona.

Pasa, ahora lo entiendo, que nos han educado pensando que las historias de amantes no deben tener parte. Por eso es difícil que le veamos buen futuro a un amor ocasional, a un amigo que hace feliz un par de veces a la semana.

Pienso que la realidad no sería muy diferente a las historias que me estoy inventando.

Pienso que tener un amante en la realidad, rebasaría la ficción de la vida que vivimos en esta Ciudad. Nos harían sonreír, o nos darían un poquito más de felicidad.

sábado, 9 de enero de 2010

(creo que) Necesito un amante

Ya había dicho yo que el frío no tiene remedio, y Calamaro lo explicó muy bien en una canción, que si el invierno hace frío baja al infierno un poco. Me siento en las mismas. Y en este instante me iría derechito al infierno con tal de no sentir este frío que hace que me duelan los huesos, o me iría derechito por estos malos pensamientos.

Me prometí a mi misma no hacer llamadas de pánico, ni volver a usar este calefactor que el soltero tóxico me regaló hace algunos inviernos; pero el frío, este maldito frío, me hace olvidarme hasta de las promesas especiales.

Anoche, sin darme más explicaciones, busqué el calefactor, lo saqué de su caja y lo encendí a un lado de mi cama. Eché encima dos cobijas más, y me acosté haciéndome rosca. Lo mejor de todo es que pude conciliar el sueño muy rápido, y cuando sentí que eso sucedía, apagué el calefactor para quedarme con el calorcito que logró mi cuerpo.

Hoy quedé para salir con mi mamá y con María. No estuvo nada mal, salvo por la lluvia que no cesó en todo el día.

Es sábado en la noche, me animé a llamarle a Mateo, me dijo que no podía salir porque tiene gripa y no tiene dinero. Saqué la cobija que también el soltero tóxico me regaló, esta que es color amarillo casi dorado, y me la eché encima. San Román tampoco quiso salir, que estaba demasiado cansado y tenía mucho frío. Yo, con todo y frío, hubiera salido, con Mateo, con María, con Abundis, con San Román, con quien me hubiera dicho que sí.

Estoy a un palmo de creer lo que mi lectora me dijo, que necesito un amante para los ratos en los que no estoy escribiendo. Es cierto. Pero, como me dijo el Rey Sol hace un tiempo, igualmente los amantes no resuelven ni todos los problemas ni todas las soledades. Supongo que por lo menos, mi amante me haría reír.

Tengo tanto frío, que seriamente estoy pensando en dormirme vestida. Tengo las piernas pegadas al calefactor, y las botas ya me están quemando de todo lo que se han calentado. Si tuviera un amante, estaría pensando seriamente en dormir desvestida.

Mira nomás lo que el frío me hace pensar. (Creo que sí necesito un amante).

martes, 5 de enero de 2010

De mil amores

No debería, pero te escribo en las noches cuando no puedo dormir.

No deberías, pero me lees, y te gusta. Y aunque no me respondes inmediatamente ni al día después, me respondes de otra manera. Y no deberías.

No debería, pero te escribo como hace mucho no lo hacía. Escribo diferente a como lo he hecho los últimos años, escribo cosas que siento desde la flama interna que se me enciende algunas veces más de la cuenta. Te escribo lo que quisiera que nadie más pudiera leer.

Pero son palabras, son letras ordenadas de manera que se hacen especiales. Son palabras escritas de manera tan estratégica, que nos siguen haciendo ser lo que somos.

No debería, pero el destino nos sigue manteniendo cerca, nos une, no permite que a pesar de los años y las despedidas nos separemos.

Y no deberías decirme que de mil amores estarías aquí. No deberías, pero lo haces. ¿Y sabes qué? Te creo. No deberías decirme que de mil amores me quitarías ese vestido blanco que tanto te gusta, para dejarme sólo con mis botas color piel puestas hasta la rodilla.

No deberías mencionar la palabra "amores". No deberías, pero lo haces.

No debería ponerte atención. Y estos párpados que he puesto en mis oídos, deberían hacer pareja con la coraza que está puesta en mi corazón. Y no debería saber que así debe ser. No debería seguir manteniéndome como roca.

Y de mil amores, yo dejaría las cosas tal y como están, no intentaría más nada, sólo seguiría escribiéndote como te escribo, a veces una carta, a veces al móvil, a veces por el mensajero. No debería aceptar mirarte, en cambio sólo debería seguir viéndote.

No deberíamos confesarnos como lo hacemos. No deberíamos aceptar este deseo. No deberíamos darnos parte, ni tu a mi, ni yo a ti. Ya no, no más de una vez.

Quizá no debimos continuar la historia. No debimos haberle dado segunda parte, ni tercera, ni cuarta. Pero insisto, el destino -y esta Ciudad- se ha encargado del resto.

lunes, 4 de enero de 2010

Espejo diferente

Sorprendentemente me tocó un asiento libre en la estación Centro Médico, así que lo tomé y esperé mi transbordo en Hidalgo. Fue horrible. No sé qué es lo que hace la policía pública, que guía a las personas de manera que se enreden entre ellas, que choquen, que se rocen, que se topen frente a frente. Así que intenté entrar en trance, y busqué la salida hacia la línea dos, dirección Cuatro Caminos.

Al subirme al vagón, otra vez me tocó un asiento libre, y como en esa línea los asientos forman dos líneas paralelas, pude observar mi reflejo en el vidrio de enfrente.

Venía leyendo, pero hubo algo en mi reflejo que me impidió seguir haciéndolo. Varias veces la gente subió y bajó del vagón, se acomodó, tomó lugares y luego los desocupó, cubrió mi vista, apretó mi bolso contra mi, me volvió a dejar el reflejo libre.

Como sea, conforme pasó el tiempo, no logré dejar de verme.

Hace mucho que no me pasaba algo así. Bueno, fue algo similar a lo que me pasó cuando vi las últimas fotos que San Román me tomó, pero no las pude ver mucho tiempo porque todavía no me las envía. En cambio, ahora en el Metro pude observarme, y logré sorprenderme de notarme tan diferente.

El pelo por fin comienza a crecerme tanto como siempre lo usé, pero este mechón cano que tengo de frente de lado derecho, me da otro aire, uno distinto. Estoy notablemente delgada. Los huesos de mis clavículas y mi cuello, los alcancé a notar aún cuando traía puesto un enorme suéter y mi abrigo negro. Sentí el pelo tan alborotado en un momento, que me lo até en la coronilla y se volvió a dispersar. Esos pelillos sueltos eran alegres, suaves, ensortijados pero libres.

Caigo de pronto en la cuenta de que no soy yo, quizá sea la circunstancia de este año que está empezando, el contexto que estoy ocupando, y que me miré en un cristal que resultó ser un espejo diferente.

"Amo mi trabajo, amo mi trabajo, amo mi trabajo".

"Amo mi trabajo", no importa cuántas veces tenga que repetírmelo a mi misma para creérmelo. Algunas veces ocasiona que sea más histérica que de costumbre; y aunque gano muy poco, estoy muy lejos de casa, pero no me importa, me mantiene ocupada, con la mente en otras cosas, y fuera de casa. Y aquí hace muchísimo frío, parece que el otoño se instaló para siempre, aún cuando este invierno amenaza con que hará llover. Y muero de frío, pero amo mi trabajo.

Cuando llego aquí, todo se me olvida, todo lo que no quiero saber o lo que no quiero pensar. Todo es como si no existiera, como si Hans me transportara a un lugar de silencio -a pesar que la gente no deja de hablar y a veces gritan mucho-, a un lugar donde nada importa más que responder el teléfono, recitar pendientes, servir café, resolver problemas que no son míos -yuuuuupi-, platicar de cosas que a veces no me incumben pero que me hacen reír.

A veces no me gusta, pero "amo mi trabajo" por eso. Es lo que hay, ni modo. No me voy a quedar de brazos cruzados, no me voy a quedar en casa pensando en las cosas que no me competen y que no puedo resolver. No me voy a quedar en casa sumida en esta ansiedad -que llegando aquí también se me olvida-, que me hace tirarme en la cama por muchas horas, hasta que me duela la espalda, aunque duerma cuando dejo de soñar.

"Si la vida te da limones, haz limonada". Y "si la vida te da la espalda, agárrale el trasero", aunque no tenga ganas de hacerlo. Es lo que hay, ni modo.

Me resisto a sonar conformista, a hacer cosas que no quiero hacer, pero es lo que hay. Y me mantiene ocupada, aunque lo que más quiera en el mundo sea investigar y escribir, e irme lejos por supuesto.

Mientras eso sucede hay esta otra cosa, y tengo trabajo que ahora resulta muy difícil por la situación de mi país, y amo mi trabajo, así debe ser. ¿Si no, qué?

sábado, 2 de enero de 2010

La soledad y mi libertad

"Sola, como una maleta", así me debería quedar. Y concuerdo con Mauricio, "más vale sola que mal acompañada", y dejaré de desear para estar segura de que sucederá. Y dejaré de hablar, para estar segura de que las cosas no se "salarán".

Las cosas ahora son tan diferentes, que son más las ocasiones en que me siento tranquila que desesperada. No quiero pensar que es normal. No me quiero acostumbrar. No me voy a creer que así debe ser.

Y este nuevo año también tendré fe, y esa será mi bandera. Y seguiré creyendo en el amor y en que las cosas pueden suceder.

El año nuevo dura hasta que algo sucede, hasta que algo rompe con la dinámica, hasta que algo te jala a la realidad. Y hasta que eso suceda, no dejaré de enlistar los propósitos que quiero llevar a cabo.

No señor, y tampoco me daré por vencida.

No será difícil dejar de hablar, de hecho se me terminan las cosas que tengo que decir, y hay muchas otras que no valen la pena. La práctica historiográfica me ha introvertido, y me hace tener la cabeza llena cuando de mi boca no salen más que suspiros. (Que deberían ser gemidos, para que fuera más divertido).

¿Por qué, entonces, no se puede comprender que simplemente este es el camino que elegí?

Y ahora resulta que se creen con el derecho de desahogarse con mi mejor amiga, y encima, de anunciar que una de las soluciones es deshacerse de la casa que compartimos, lo que me deja fuera de los planes. Total, ya sabré qué hacer en su momento. Algo me inventaré. No haré locuras, ni mucho menos llamadas de pánico.

Por eso pienso que de una vez la soledad se debería instalar acá, y terminar casándose con mi libertad. Serían felices, por lo menos.

(uno más) Para mi amiga la Diseñadora de modas

Y yo sólo espero, que igual empujes mi silla de ruedas en el supermercado, que sigamos hablando de nuestras vidas de película francesa, que enchufes mi tanque de oxígeno si es que llego a tener enfisema pulmonar por tanta fumadera.

Espero que aún me ofrezcas ese escondite secreto de tu casa, si es que es necesario cuando mi protesta la lleve a la colectividad.

Espero que nuestras navidades nunca cambien.

Espero que me sigas llenando de realidad cuando un outfit me queda horrible, cuando en un mercadillo escojo un vestido que no tiene futuro, o un abrigo que parece cobija de indigente. Espero que me obligues a rechazar un par de zapatos vintage que no tienen remedio. Espero que me festejes cuando mires mis Christian Dior originales, vueltos a la vida.

Espero que sigas tomándome la mano.

Espero que estés conmigo en mis tristezas y mis alegrías, mis triunfos y mis fracasos. Espero que brindes conmigo -y luego nos emborrachemos hasta el amanecer- cuando por fin se publiquen mis Historias. Espero que Hans nos siga llevando por muchos años. Espero que me sigas incluyendo en tu mesa para los desayunos -eso querida, es una de las cosas de mi vida que más me hacen feliz-.

Espero que me sigas haciendo reír. Deseo con toda mi alma que rías a carcajadas conmigo.

Anhelo que nuestra amistad dure para siempre.

Para mi amiga la Diseñadora de Modas

En el 2009 cumplimos. Feliz navidad y feliz año nuevo, éste que comienza para nosotras dos. Feliz X aniversario. Y renovando mis votos de amistad, así como tú los renovaste conmigo el día de mi cumpleaños, te digo que no sé qué haría sin ti, y que no sé qué haría en las navidades sin tu compañía, sin tus benditos sarcasmos que me sacan de la monotonía, sin tu sonsonete feliz que a veces me desespera, aquel que dice "navidad, navidad, ya va a ser navidad".

Me enfundé en mis botas vaqueras, me propongo ir a hacerme una manicura si es que todavía me reciben en el salón, pero de pronto me acordé que este año pasado fue nuestro aniversario, ¿no te hace eso feliz? A mi sí. Y aunque ya es muy tarde, y quizá sólo salga a no hacer nada por las calles de la Ciudad -esta que no es mía, pero que los findes tomo prestada-, preferí tomarme estos minutos para escribirte.

Prometo ser mejor amiga, seguir estando allí cada que lo necesites, sostenerte mientras lloras de alegría o de tristeza. Prometo estar allí cuando te rompan el corazón. Prometo no dejarte sola. Prometo no morirme antes que tú. Prometo que cuando estemos viejas, empujaré el carrito del supermercado como lo hacemos ahora, aún con andadera o bastón. Prometo que si es necesario, empujaré tu silla de ruedas cuando ya no nos acordemos de nuestros nombres. Prometo estar contigo en las buenas y en las malas. Prometo conseguirte nuestras deliciosas y lícitas drogas, ya sea por donación, por descuento de farmacia o por recetas que tengan mi nombre.

Prometo que no me olvidaré de ti.

Prometo agradecerte hasta siempre, que hayas estado conmigo todo este tiempo, que me quieras, y que me sigas queriendo a pesar de mi misma.

Prometo que te seguiré a donde vayas. Prometo que te haré lugar en mi maleta o en mi cama de albergue si es que no tengo para pagar el alquiler. Prometo que festejaremos juntas cuando seamos famosas.

Prometo que sostendré tu mano, y que te llamaré cuando tenga insomnio para que me acompañes.

Prometo que no más estaremos solas.

Afirmo -y te lo escribo- que esto querida, es amor del bueno. Los chicos vienen, se quedan a veces, algunas otras se van, a veces nos cambian por otras o cambian a otras por nosotras, nos hacen llorar, nos abandonan y desaparecen para siempre, pero luego vuelven, y piden un lugar. Los chicos a veces nos olvidan. Pero esos no son medias naranjas, y nuestra amistad parece que sí. Las amigas del alma, permanecemos para siempre.

Dos mil diez, nuestro año once. Mi amor sigue siendo para ti.

viernes, 1 de enero de 2010

Bienvenido 2010


Para mi hermana Ana Cristina:

Feliz año nuevo hermanita.

Hay una leyenda china que dice que
entre dos personas que están destinadas a tener un lazo afectivo existe un hilo rojo, que viene con ellas desde su nacimiento. El hilo existe independientemente del momento de sus vidas en el que las personas vayan a conocerse y no puede romperse en ningún caso, aunque a veces pueda estar más o menos tenso, pero es, siempre, una muestra del vínculo que existe entre ellas.

El texto literal viene a decir que un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper.

A pesar de toda la distancia que nos separa, mi querida hermana, nuestro hilo nunca se va a romper, nuestra piel no dejará de tener el mismo color, nuestro corazón no dejará de latir al mismo ritmo. Y en nuestra cultura, es el hilo color bermejo que tomaremos del lomo de nuestros perros -Polet, Tequila, Leia, Indiana y Fidel- para cruzar al otro lado del río, e irnos para siempre a descansar con ellos, al tan añorado Mictlan.

Mi corazón hermana, a veces se acelera porque no sé cómo estás, pero él sigue adelante, mostrándome que todo va a estar bien, y que llegará el momento en el que nos encontremos para no separarnos más.

Nuestro hilo rojo nos acerca, nunca nos aleja. ¿Te acuerdas de las pinturas de Frida Kahlo? ¿Recuerdas las venas rojas que salen de su corazón hacia el corazón de su otra Frida, o de su amado Diego? Tú eres mi otra Frida, tú compartes mis venas. Te amo con todo mi corazón.

Buena estrella Cristina, buena estrella viene con el 2010, buena estrella para todos.

JURAMENTO DE AUTOESTIMA

Venga, reconócelo Mariposa Tecknicolor, sin contar con tu hombre ideal, eres lo mejor que hay en la tierra. Es verdad que a veces te deprimes y no quieres hacer nada porque nada vale la pena, pero también hay que reconocer que el resto de las veces eres muy optimista, perfeccionista y dedicada. Nadie sabe investigar Historia como tu. Si ya lo dicen tus amigos, eres ejemplo de constancia y de buenos sentimientos. Y también lo dicen tus lectores: la Historia que escribes vale toda la pena. Por eso, a partir de hoy vas a dejar de torturarte por no tener pareja ni el trabajo de tus sueños, y comenzarás a quererte por ser responsable, persistente, inteligente y por tener la capacidad de amar. Y si alguien llega y te dice que eres una persona equivocada, dile que puede coger y largarse a la fregada.