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lunes, 3 de noviembre de 2014

Hace un otoño.

Esta vez no nos encontramos entre pantalones vaqueros y camisetas a cuadros, esta vez fue nada más bajo el cielo lleno de nubes que nos hicieron sentir un penetrante frío por todo el cuerpo. Casi idéntico, con la barba un poco cana y el semblante relajado, con la sonrisa torcida y los dientes de lado, así llegó después de preguntar qué le tenía que decir al taxi para que lo trajera hasta acá. ¿Taxi?, le pregunté, ¿te has vuelto loco? Bueno, pues es que hace mucho frío, me respondió. Los dos hemos enloquecido un poco.

Después las sonrisas y la alegría, un poco de ponche y medio pan de muerto para compartir. Como si nada, como hace un otoño. Y entonces vino la verdad y otro gato que se agregó a la familia. Parece que todo está igual. La ropa en el mismo cajón, el cepillo de dientes en el baño. El mismo jabón, la crema de cuerpo en los envases que elegí hace doce meses. La cocina idéntica, la misma mancha sobre la estufa, la misma servilleta sobre el horno de microondas.

Hay personas que también significan temporadas, épocas de vida, estaciones del año, estaciones del corazón. Como el clima, como el tiempo, como los meses, esas personas no volverán, aun cuando volvamos a estar con ellas. Aquellas miradas entre Levi's y los besos frente a la botella de Rioja no volverán, ni las conversaciones en la mesa de lámina, ni los abrazos en la silla en medio del salón. Él dice que es la misma persona, que es el mismo hombre, yo estoy absolutamente segura de que  cambié, soy otra, jamás seré la mujer de hace un otoño.

...Y él tampoco, la diferencia es que no atina a darse cuenta.


martes, 2 de abril de 2013

Entre la sed y el silencio.

Regresé a casa sintiéndome tan feliz, que olvidé de dónde venía.


Conduje mi auto a través de los Ejes y del Circuito Interior, que me jode que se llame Bicentenario. Yo, chica del Norte, sé cómo moverme por las arterias de esta Ciudad, como si de la palma de mi mano se tratara. No duró mucho tiempo mi trayecto de regreso, no tanto como duró la charla que me mantuvo al borde del asiento la tarde entera.

Muchas cosas se amontonaron en mi cabeza. El último café, las cartas de la semana pasada, los temas pendientes, la labor de investigación... No nos dimos cuenta, pasó el día, pasaron las palabras, y pasamos nosotros por ahí. Atiné a pensar con certeza, que estuvimos por espacio de seis horas, creando un lazo mágico... y no nos dimos cuenta.

Tampoco tiene televisión.
Comenzamos saludándonos como si no nos hubiéramos visto en años, yo moría de sed, y quizá él de silencio. Tomamos una mesa, elijo yo, elige él, eso no causa problema. Con pocos hombres se pueden hacer tratos de esa forma: rápidos, fáciles, plausibles. Hasta esta mañana comprendí que con él se pueden hacer acuerdos justos.

Me preguntó sobre mi último viaje, hicimos bromas sobre la carta del café. Vienes muy contenta, me dijo. Vengo en la relajación total, le respondí; aunque honestamente lo que sucedió fue que reflejé sentirme contenta de verlo. Con el pretexto que siempre me pongo a mi misma, de disfrutar de una buena charla, siempre consigo que todo sea posible. Anécdotas, comenzamos a sumar anécdotas. La del mapa mal dibujado en un papel, la del teléfono en el panteón... "te sugiero" y comenzamos a reír. Reímos como nunca.

Después de la risa y de que llegara el primer café, empezamos a hablar sobre las personas que fuman y cómo lograr dejar de fumar, y tomó esa linda pose que toma cuando me pone atención: recarga su barbilla sobre las manos que se apoyan en los codos sobre la mesa, guarda silencio, me mira y escucha. Hablé y hablé, como hacía mucho no lo hacía. Me reí. Reí a carcajadas, al extremo de que tuvimos que pedir disculpas a los comensales de la mesa de al lado.

Después lo escuché. Tomé esa pose que me encanta que nadie se dé cuenta cuando lo hago: subí la pierna izquierda a la silla de enfrente, y mi codo izquierdo se recargó sobre el respaldo de mi silla. No hice más que poner mis ojos fijos sobre los de él, le escuché como cuando era mi profesor.

Luego los libros abrieron los corazones, abrieron las anécdotas y abrieron las puertas de los departamentos. Hablamos entonces de las historias de mudanzas que traemos cada uno con nosotros, de nuestras cajas de libros, de nuestras repisas vacías. Le hablé del baúl de muertos que siempre traigo conmigo. Luego hablamos de nuestro trabajo, de los muebles con los que escribimos, de las personas con las que conversamos. Le pregunté muchas cosas, me respondió todo lo que quise.

De sus hijos a sus padres, de mi silla de escritor a que no tiene televisión. Sonreí. No dije nada. Pensé que yo tampoco tengo, luego de la última mudanza. De mi departamento a mi última casa, de mi postura sobre el feminismo y la politización de lo términos "empoderamiento" y "tolerancia"; hablamos casi seis horas seguidas. De mi padre a mi trastorno de ansiedad, de los gatos que son suyos y que no quiere, a la historia del perico que se suicidó... La tarde pasó.

Yo llegué teniendo sed, él llegó teniendo silencio.
Cuando habló de su frustración por tener empacados los libros que necesita para trabajar, me vi reflejada en él. No lo sabe, y posiblemente no se lo diré nunca, pero me vi en él. Hablé sobre mis autores favoritos, poco a poco comenzó a entender por qué me gusta escribir lo que me gusta escribir, y me dijo que entendió por qué es que escribo como escribo. Con mucho gusto y mucha sorpresa, pude hablar de Javier Marías porque él también lo lee. Poco a poco comencé a registrar los datos que necesito para trabajar, que se supone que eran el objeto de toda la charla, pero que no sucedió así.

La maravilla de la charla, permeó hasta nuestra labor de investigación histórica. No hizo falta que yo hiciera preguntas concretas; la mayor parte de las cosas las fui deduciendo. Lo que necesito, como es mi costumbre, lo pedí. Concluimos sin querer hacerlo, afuera del café, caminando por la acera, riendo a carcajadas recargados en mi auto. "Anotaré los pendientes que tengo contigo", me dijo y sacó su agenda para anotar todo lo que no quiso olvidar.

Me reí más de lo que escuché. Escuché mucho más de lo que hablé. Yo iba muerta de sed, pero él venía muerto de silencio.


Poco a poco, la maravilla de la labor histórica, permeó hacia nuestra charla y hacia mi auto, hasta la música que elegí como soundtrack.

Conduje Av. Camarones pasadas las once de la noche, y entonces se convirtió en Eje 3 Norte. Llegué a los suburbios de la Ciudad. Le hice de acomodadora de autos, no me importó, porque seguía riéndome de nuestros chistes. Entré a casa. Me acomodé. Seguí bebiendo agua. Soy una chica, y como tal, mi deber es avisar cuando llego sana y salva a descansar. Lo hice, le escribí, ya no quise llamar, iba a ser la media noche. Me respondío una frase, seis palabras, un punto y seguido...

Fue el domingo, que ya comienza a hacerse fecha pendiente. Fue la zona, y fue él. Fue estar casi seis horas entre la sed y el silencio. Se ata entonces, el primer nudo de un lazo mágico que no sabíamos que iba a existir.

Fue la estación y fue que vivimos la pascua. Fue la forma maravillosa de cerrar una semana y de iniciar un mes. Fue el piropo que no me esperaba.

martes, 22 de marzo de 2011

Llegó la primavera

El domingo pasado, a las cinco de la tarde, entró la primavera; y con ella, vino otra gran pelea.

Nunca me hubiera imagiando que conseguir un departamento de precio justo en esta Ciudad, fuera tan complicado. Y menos, que aún cuando el departamento ya estuviera listo, fuera tan complicado llevar a cabo una mudanza decente y a tiempo.

Yo, le dije, me obligué a acostumbrarme a no pedir ayuda, a hacer todo por mi misma, bajo mis propios medios. Me obligué a que la única llamada de terror que hiciere, fuera para mi padre, en el caso de que mis cuentas se quedaran otra vez en ceros. Entiéndeme, por favor -continué-, que es mu difícil para mi pedir ayuda, tomar decisiones en conjunto, dejar que otras personas hagan lo que yo tengo que hacer. No estoy ya acostumbrada a que me tiendan la mano, o me ofrezcan ayuda desinteresadamente.

Él, sin mayor aspaviento, dejó sobre la mesa el vaso con hielos, volteó sus ojos verdes hacia mi, y me dijo: "pues ahora ya no estás sola".

El sábado y el domingo me dediqué a hacer cosas en equipo, acompañada del chico que ha venido a romper con mis rutinas; y me acordé cómo es hacer las cosas acompañada. De compras, haciendo limpieza, teniendo paciencia, y metiendo mis miles de papeles en unas cuantas cajas.

No estoy segura si las reconciliaciones vengan a ser tan felices como eran antes. No porque no conciliemos sino porque es un diálogo constante, conciliatorio, un acuerdo, un apoyo.

Viene la primavera con una nueva casa, con la Ciudad para mi sola, con una zona postal que por fin me hace habitante del Distrito Federal.

Viene la primavera con muchas verdades que me azotan en la cara, y se tapa la nariz, y me lloran los ojos, y la puta polinización me hace estornudar. Viene con todo el amor que alguna vez me imaginé.

lunes, 24 de enero de 2011

Es lunes... te extraño.

Ya he dicho varias veces que no sé a ciencia cierta lo que el amor es. No estoy segura de cómo surge, no sé tampoco cómo se ve o qué se tiene que hacer cuando llega, o cuando uno cree que está llegando o que va a llegar.

No estoy segura, pero puedo suponer que el amor huele a lo que huelen mis sábanas luego de haber estado contigo todo el fin de semana. Este dulce olor que me revuelve las tripas los lunes en la noche, cuando las distancias en esta ciudad, tu trabajo, mi instituto, tus hermosos edificios y mi casa entre neblina, no nos dejan pasar la cuarta noche que seguimos deseando.

Es entonces cuando las sábanas me envuelven y me hacen recordar. Y aquí vienes, aunque no estés conmigo. Y entonces a esto debe oler el amor, esto que tanto me vuelve loca, tanto que me da vida, que me hace seguir adelante. Es una mezcla de tu loción con mi perfume, el de la coronita rosa que me trajeron de Miami, y la tuya fresca como las mañanas en las que me propongo exprimir naranjas para llenar una jarra completa de jugo para el desayuno. Y todo eso, cítrico, suave, mascabado, cafeína, tabaco, feromona, risas... toda esa maravillosa mezcla vive en nuestras sábanas, y muy seguramente se llama amor.

Te extraño. Y así es. Ahora entiendo eso de que nunca es suficiente.

domingo, 23 de enero de 2011

Un domingo cualquiera.

En el mismo lugar que albergaba una interminable pelea de divorcio y a la chica más pesimista y desconfiada ante el compromiso amoroso, ahí, al fondo del taller, estaba puesto sobre un maniquí de terciopelo rojo, mi vestido de novia.

Cuando me enteré de que la chica en medio de la bronca del divorcio llegó con la mayor parte de sus pertenencias -o lo que creía que era de ella- metidas en un taxi, quise salir corriendo, porque me imagino que debe ser sumamente difícil ver cómo alguien planea una boda y hace ajustes a un maravilloso vestido, justo frente a una situación de separación.

Dicen que los vestidos de novia están listos sólo hasta unas cuantas horas antes de que ésta suceda. En mi caso, a veces me desespero tanto, que me dan ganas de casarme con el minivestido color obispo y mis botas de lápiz color café, o con el mítico vestidito negro y las mismas botas, y la gabardina azul que completa el outfit, para sentirme plenamente cómoda y darle a mis ojos verdes un motivo más para que sonría todo el día.

Un domingo cualquiera. En el taller de mi mejor amiga, la Diseñadora de Modas, con agua embotellada y sandalias de tacón, sobre una silla forrada de tapiz de flores. Tomando fotos. Riendo a carcajadas.

Un domingo cualquiera, que siendo sinceras, pensamos que nunca llegaría o que se tardaría muchos años más.

Un domingo cualquiera, de esos que ahora sí me gustan, y que me hace recordar que hubo una vez que yo también fui una soltera empedernida, con la coraza puesta y un cuerno bajo el corazón. Domingo que también me hace recordar que hubo una vez en que no me gustaban nada.


domingo, 9 de enero de 2011

Y entonces me encontré como ella

A menudo se me olvida cuál fue el motivo fundamental por el cual me hice de esta columna. Tenía el corazón roto, me sentía muy sola, con pocas cosas qué hacer, qué escribir formalmente y qué visitar. Me refugié en mi Ciudad como muchas otras personas lo han hecho. Me refugié en mis ideas y en mi escritura, como muchos escritores lo han hecho. Me refugié en mi misma, como las mujeres más valientes me lo enseñaron a hacer.

Hoy, que mi vida ha cambiado tanto como nunca me lo imaginé, a veces pierdo el sentido de esta columna, de este espacio que me abrí a mi misma.

Conocí a lectores entrañables, hice verdaderas amistades y contactos virtuales que no quiero perder nunca. Entonces comencé a sentirme muy acompañada. A lo largo de mis relatos, de mis nostalgias y tristezas, de los recuerdos de un soltero que intentó hacerme tóxica sin éxito, he nutrido este espacio de mis más profundos deseos, de ficción combinada con toda la realidad que mis ojos han alcanzado a ver.

Algunas noches, como hoy, en que estoy acostada escribiendo en mi cama, con un gato echado en mis piernas, y los Ojos Verdes trabajando en la mesa redonda del fondo; y que escuchamos la misma música, y me interrumpe para preguntarme cuál es nuestra canción, entonces me doy cuenta -y me da miedo- que este espacio quizá ya perdió su objetivo.

He estado tentada a abrir otro espacio para construirme unos relatos que cuenten lo que ahora estoy viviendo. Pero mi Mariposa Tecknicolor es entrañable. No puedo dejarla. La extraño. Soy yo. Me convertí, me transformé, y entonces me encontré como ella, como una Mariposa Tecknicolor.

Tengo razón para buscar otro espacio, pero también tengo razón para quedarme aquí. Finalmente, las cosas que vivo en la Ciudad seguirán esperándome en el mismo sitio. Las personas que me hacen sonreír o que me hacen enojar en estas calles, seguirán en este sitio. Y si todo sale como lo planeamos, pronto compartiremos código postal.

La vida está llena de encrucijadas, y de decisiones que tomar. Hay oportunidades que no se dejan pasar. Hay amores que se deben tener cerca para siempre, y personas que se debe obligar a jamás volver. Hay páginas en blanco, que aunque me cueste trabajo completar, las ganas, mi instinto y mis dedos, siempre las terminan con punto final.

Prometo -lo hago a mi misma- no dejar esta columna en blanco.

martes, 23 de noviembre de 2010

No todavía.

Literal, tengo la página en blanco.

Supongo que eso no representa un gran problema, pero me causa mucho estrés.

Me quedé pensando en la forma en la que la chica hablaba de su antigua pareja, es forma que tenemos las mujeres de expresar que "nada está pasando" cuando en realidad ha pasado de todo... ¿También yo fui así cuando hablaba del soltero tóxico? ¿También me hacía que no pasaba nada? La verdad ya no me quiero acordar, pero ahora sé que puedo hacer que no pasaba nada mientras recorro cada una de las calles que recorría con él.

Cada vez que tengo que atravesar la Calzada México-Xochimilco, o que tengo que dar vuelta en Arenal para tomar Insurgentes sur cuando vamos a punto de tomar carretera hacia Cuernavaca. El fantasma de su auto blanco, o de la señora de pelo de maíz, siempre ronda por esos lares.

Me encontré de frente al embajador, cuando ambos salíamos de la conferencia de Carlos Fuentes. Creo que el chico tóxico no volvió a verlo, lo que creo que representa una enorme falta de atención y lo hace ser un malagradecido aunque no lo haya sido. Las relaciones nunca se pierden, eso hasta yo lo sé. No estoy segura de si me reconoció, en realidad se veía muy diferente a la última vez que estuve cenando en su casa, pero se me erizó la piel, y me acordé también de los sillones de su casa que se iluminaban siempre a través de la cortina de la ventana.

Cuando paso cerca de esa casa, el soltero tóxico se sube a mi auto, y a veces me acaricia la pierna mientras conduzco. Y ahí vamos otra vez. A desayunar en la mesita de jardín, bajo la sombrilla con el gato sobre las rodillas. A recoger el periódico mojado por la lluvia, a que la bolsa de plástico que lo recubre nos moje los dedos, y comentemos en el garage las noticias mientras nos metemos a la casa. Ahí vamos a arrebatarnos la Proceso todos los domingos en la mañana, domingos que adoraba, pero que luego de él aborrecí, que no me daban lugar, no tenía un espacio, y me hacían sentir asfixia pura.

Luego, como siempre los domingos, caminábamos Santa Margarita hasta Tlacoquemécatl, él con la ropa del día antes, yo con la ropa de él. Los dos con el aroma de la noche que acababa de pasar, los guantes de piel y los lentes obscuros, sandalias de plástico, al más estilo layer cake. De regreso, siempre, bebíamos porque parecía que no podíamos hacer nada mejor. A veces no ibamos a mi casa, y pasaba mucho tiempo hasta que yo regresara para allá.

Uno se puede hacer que nada está pasando, en eso nos hacemos expertos. El problema es cuando nos acostumbramos a vivir así. Como salía por un café por las noches, o pasaba a la San Borja a comprar cualquier cosa que no me hacía falta, pero que en ese momento me hacía falta.

No sé si lo extraño. Es una cosa rara. A veces siento que anda por ahí, cuando camino Cuicuilco viendo escaparates. Viendo, otra vez, todas las cosas que no me hacen falta, y que ya no compro, porque en verdad, de lo que me hacía falta ahora estoy llena.

Las placas, los números, la combinación de las letras, se han de seguir paseando alrededor de los campos de béisbol; junto con utópicos días de campo, comidas al aire libre, siestas debajo de la puesta de sol. ¿Hace cuánto que no veo una puesta de sol? ¿Cuántas puestas de sol vimos juntos? ¿Te acuerdas las que tenían de telón de fondo tus lentes YSL y mi bikini de crochet tejido color negro?

Fui muy feliz. Y espero no estar contándolo como si no pasara nada... pasó mucho, de todo, más de lo que mi historia podría contar. Pero no lo extraño, no [todavía].

domingo, 15 de agosto de 2010

Todo inicia, me haces falta.

Se acaba el fin de semana, yo regreso a mi casa, tu regresas a la tuya, como sea comenzamos un nuevo día el uno sin el otro, los ojos sin verse, la piel sin olerse, las ganas que se quedan allá, mi alma que sabe que anda con la tuya.

No está mal. A ti te espera la oficina, a mi me espera el Instituto. Todo vuelve a la marcha.

Mi vestido azul huele a tu cocina, y puedo identificar que al olorcillo maravilloso que se queda entre las cortinas. Mis botas de cordones se mojan por dentro, ¿por qué eso sucede justo cuando voy a verte, lo que te permite secarme los pies y ponerme otros calcetines?

Algunas de tus prendas se vienen conmigo, otras prefieren quedarse sobre mi piel como si siempre hubieran vivido ahí. Esos pantalones de mezclilla que ahora usaré con tacones de charol, y las zapatillas de lona que me encanta usar con tus pantalones deportivos y la sudadera color gris. Todo es tuyo, todo siento que es mío, ahora me hace sentir bien.

Y llego a discutir lo que verdaderamente no me compete. Llego a mi cama, perfectamente tendida, que parece como si fuera de cuarto de hotel, a inventarme cosas que hacer; a pensar qué me voy a poner mañana, cómo me voy a arreglar el pelo debajo de esta boina color púrpura que me regalaste hoy por la tarde.

Regreso a la maravillosa soledad de grillos que cantan detrás de las paredes, de un gato que me mira desde la esquina de mi tocador, o que camina y se echa a un lado de mi computadora. Vuelvo para revivir las líneas muertas que dejé, los textos a medias que tengo que terminar, los pendientes revueltos e interminables que siempre olvido cómo resolver.

Luego lunes, quizá martes, miércoles que vendrá, y jueves que me dará suerte para la Teoría de la Historia. El viernes, si tengo oportunidad, dormiré hasta tarde. Seguro el sábado, podré volverte a ver.

Carajo, es apenas el inicio, y ya me haces falta.

domingo, 8 de agosto de 2010

Está conmigo.

Los ojos, ¿cómo son sus ojos? Los ojos de la Ciudad, me parece, que como los míos, son hundidos. Pero no, luego, de pronto, los miro como los suyos, claros, grisáceos, que a veces parecen profundos como el color del acero; duros como el color de la madera, esos marmoleados que no se deciden cómo ser, cómo sentirse, cómo mirarme desde lejos detrás de esos cristales ahumados.

Y así, la maravilla radica en que despierten junto a mi; en que de pronto estén mirándome mientras yo duermo, mientras no sé que están aquí.

Hoy, de repente, poco antes de meterme a bañar, se los vi de frente. Y aquí estaban, con esta maravillosa forma de almendra que cae hacia sus sienes, como si fueran una perla redonda, una canica de colores que quisiera atesorar tener.

Es cuando sucede. Me hago que no sé que me miran. Me transformo un poco altiva, sonriente, coqueta; disimulo que estoy mirándolo mientras me lavo el pelo, hago la cena y me tiro de los vellos.

Es cuando me doy cuenta que no sé qué forma tienen, pero que están conmigo.
Es entonces un maravilloso domingo.

domingo, 11 de julio de 2010

Cuando se deja atrás el trópico candente

Dudé si había sido un sueño... hasta que me desperté y vi el ramo de rosas sobre mi buró a un lado mío.

Hace mucho tiempo que no me regalaban flores, pero eso no importa. Hace tiempo que no me regalaban flores de felicitación, y creo que las circunstancias hacen que este ramo increíble de rosas de colores, sea muy especial.

Oficialmente he andado como zombie los últimos diez días, he caminado como si estuviera en una duermevela que no termina, que ni me hace quedarme dormida, pero que tampoco me puedo despertar del todo.

Un poco planeado, un poco por el azar, me dediqué a hacer las cosas que no pude hacer los últimos meses. Para eso también fue necesario estar un tanto desconectada de lo que pasaba en el Distrito Federal y de lo que pasaba en los periódicos, de las noticias, de la radio que siempre me acompaña. Me olvidé de todo unos días, unos muchos, unos pocos, como sea me dediqué el tiempo que me hacía falta, y que me permitió ver las cosas desde una óptica diferente.

Los triunfos no llegan solos, y uno tampoco llega solo a la cima. Aún cuando hubiera querido estar cerca de muchas personas, no fue posible y no era tampoco el momento para hablar, para hacer llamadas por teléfono o para mantener el contacto postal. Simplemente hay días en que uno sólo debe estar en silencio.

Luego, de regreso, cuando me di cuenta que se me olvidaron muchos detalles, que no hay fotos ni imágenes que den cuenta de lo que sucedió, me sentí bien y me gustó no tener registro de las cosas que pasaron.

Es oficial, otra etapa viene en camino, otra puerta que se abrió, otro mundo que hay que explorar y que me permitirá seguir con las conquistas que me hacen falta, con las exploraciones que inundarán mi panorama, y con el conocimiento que enriquecerá mi alma.

No llegué sola, la puerta no se abrió sólo porque giré la perilla, ya lo he dicho, y me hace sentir completamente feliz el hecho de que las cosas se pueden compartir.

Me parece que todavía no tengo muy claras las ideas. Me siento todavía como si estuviera viviendo dormida. Sé que esto es real, que la maravilla no sólo ocurre detrás de la ventana, con las cortinas cerradas, y cuando en el cielo sólo se miran las estrellas.

No me acuerdo muy bien cuál es el nombre de la tesis que propuse, cuándo es el día que todo empezará, cómo fue que me enamoré de él, y quién me enseñó a nadar. La memoria también necesita vacaciones, y como si fuera el auto que guardo en el garage, necesita del tiempo suficiente para calentarse y poder arrancar.

Estoy feliz, es oficial.

miércoles, 16 de junio de 2010

Estimado Presidente de la Nueva República de Babel:

Me dirijo hacia sus más finas atenciones, para reiterarle mis más sinceras felicitaciones que tuve a bien gritarle a todo volúmen por el móvil esta mañana.

La mera verdá que yo también quisiera saber las efemérides del día; sin embargo, la única que me interesa por el momento es la de su cumpleaños.

Y como ya lo he escrito en diversas ocasiones, últimamente ando más sentimental que de costumbre. Por lo que le comento que su post de este día me ha conmovido hasta las lágrimas.

Efectivamente, como si fuese un pliego petitorio, todos deberíamos hacer lo que usted el día de nuestro cumpleaños. Yo suelo escribir una pequeña lista el día primero de cada año, pero ¿sabe qué? Que este año haré dos, una que quedó lista desde hace seis meses y dieciséis días y una que me propondré cumplir a partir del día 29 de agosto.

Deseo desde el fondo de mi alma, que usted recupere el corazón que dejó alguna vez en San Ángel. Creo que son cosas que le hacen bien al alma.

Si requiere usted de compañía femenina cuando decida tomarse el debido tiempo para recorrer las exposiciones de moda en los museos de la Ciudad, y si desea seguir escribiendo pequeñas historias de esta -reitero- histérica Ciudad, cuente con una servidora y hágamelo saber a la brevedad.

Confieso que no sé cuál es la edad de los nuncas. Para mí sí tiene un número, está guardado en mi corazón, pero sería muy agradable de su parte que explicara esa cuestión.

Una vez más, y sin afán de ponerme el traje de apología, le comparto mi más sincero orgullo por haberle conocido, por contarle entre mis amigos y aún mejor: por habernos convertido en incondicionales.

Enhorabuena pues, por esta gran fecha y que las campanas rompan al vuelo.

¡Abajo las mentalidades chatas y grises!
¡Abajo las columnas que sea caen, los campos que no florecen y los tatuajes que se borran!

¡Arriba las amistades duraderas!
¡Arriba los compromisos que se cumplen!
Y por qué no -nunca me imaginé estar escribiendo esto-: ¡Arriba los domingos!

Con mi más inmenso y sincero cariño,
Mariposa Tecknicolor.

P.d. ¿Sabes querido? Esa máxima tuya de Para ser una persona realista, hay que creer en los milagros me la he tatuado más de una vez en la frente, y en más de una ocasión, ha venido conmigo de bandera.

Una vez más felicidades y gracias por compartir todas estas cosas hermosas con las personas que te queremos mucho.

domingo, 6 de junio de 2010

La primera llamada del domingo

Me desperté para despertarlo a él, luego Jana me llamó para cerciorarse de que ya estuviera despierta para poder levantarnos ambas. Par de bobas. Que si teníamos que desayunar o lavar la ropa, que si vendrá con nosotros más tarde, que si sí, que si no.

Me levanté, atendí al gato, puse la lavadora. Me estaba haciendo un licuado de papaya, algo ligero que no me llenara la panza porque al rato desayunaré con él, cuando el teléfono sonó. Era la señora argentina, madre del gringo, con quien he estado en estrecho contacto las últimas semanas. Es amable, y aún cuando es muy mayor, tiene todavía estas ideas revolucionarias en la cabeza, que más traemos los que rondamos los treina o menos. Me cae bien.

Llamó para preguntar por mi madre, por el último viaje y por el que quizá haga Carmela para la Florida. Llamó para felicitarme por estar enamorada, ¿cómo? Así, por estar enamorada. Dice que es maravilloso ver que personas jóvenes aún insistan en aventurarse para el amor, para la convivencia y sobre todo, para procurarse. Se permitió darme un consejo, no me molestó, al contrario, me pidió que tuviera paciencia, que le tuviera paciencia a él y a mi misma; que el amor no es sencillo, no es cosa de un día o unas horas, y coincidimos en esta idea de que uno tiene que hacerle de jardinera.

El sábado pasado nos vimos para comer, y platicamos de Cristina, de mi madre, de nuestras cosas con las amigas, de mis proyectos, de los suyos y de sus viajes. Hace rato me dijo que con razón me vio radiante: que el pelo me brillaba de una manera muy especial y natural, y que los ojos se me miran diferentes. Me dijo que ahora sabe porqué me veo tan diferente, tan bien y contenta. Dice que el amor se me nota como una nueva actitud que se viste como un par de zapatos nuevos.

Me dio tanta emoción, que casi se me salen las lágrimas. Eso ya no es nuevo en mi, ahora estoy tan sensible y susceptible a las cosas emocionales, que la emotiva he sido yo. Afortunadamente me han felicitado por muchas cosas a lo largo de mi vida, pero nunca antes me habían felicitado por haberme enamorado. Es muy lindo y me dejó sin palabras y con un nudo en la garganta que esta señora lo hubiera hecho.

A veces quisiera que este tipo de cosas vinieran de personas más cercanas a mi círculo. A veces quisiera que las personas que me miran a diario también se dieran cuenta de las cosas buenas que me pasan y de las buenas decisiones que tomo.

No se puede todo en la vida. Una cosa a la vez, un día a la vez. Cuando una parte de la vida se estabiliza, las otras tienden a entrar en caos. Pero ahora sé que no importa. Siempre que una parte de la vida se estabiliza, es más fácil sobrellevar el caos que surge del otro lado.

Le pedí y él me prometió.

Me da mucho miedo volverme loca.

Le hice prometerme un par de veces, que no permitirá que me vuelva loca.

Le pedí que si un día dejo de bañarme o me quedo tirada en la cama por muchos días, irá a mi casa a tender mi cama, a meterme a bañar, a darme de comer y a correr a la bola de gatos o perros o animales que se hayan hecho un lugar allí sin que yo me diera cuenta.

Le hice prometerme, que me aterrizará a tierra. Que si un día no respondo el teléfono o no me comunico con él, irá a buscarme para saber si todo sigue bien.

Le pedí que si me da un terrible cansancio mental, de esos en los que ya no se sabe qué es lo que se tiene que hacer o qué es lo que sigue, que si ya no puedo escribir más, que si ya todo lo olvidé, o de plano me da surmenage, que irá a visitarme para recordarme quién soy, quién fui y qué es lo que quería hacer.

Quizá tenga que ofrecerme mi comida favorita, o ponerme a Fito Páez quedito para que me quede dormida. No importa. El chico me dijo que no me volveré loca, que no tengo por qué hacerlo, y que de así suceder, él estará conmigo porque nunca me dejará sola.

Me da miedo. No puedo vivir con este miedo otra vez. Su respuesta me hizo llorar, me hace sentir bien, y espero verdaderamente que me crea, que este miedo a perder la razón es real y que me preocupa terminar como el escritor aquel que sólo hablaba con la señora de la verdulería en el mercado y sus ganas eran simplemente por realizar un estudio sobre el silencio -o en su defecto el ruido- en la Ciudad de México.

Le pedí, también -pobre chico y adorable que me dice que sí-, que si un día ya no puedo aprender más o ya no puedo retener más algún acontecimiento en mi memoria, y le sugiero entonces que quiero hacer realidad mi sueño frustrado de elaborar diseños o confecciones de ropa, o poner un puesto en un mercado de cabecera municipal, me va a yudar a hacerlo. El chico me respondió que entonces buscaremos un buen local, un distribuidor de chiles secos y semillas -o de lo que me haga feliz vender- y seré la mejor tendera del mercado.

El chico me prometió que seguirá a mi lado.

Pero bueno, vaya que las cosas así son, no le digas que te dije, porque prometí no hacerlo oficial hasta que por fin tenga parte.

Prometió, entre líneas, hacerme feliz todos los domingos. Y yo, en cambio, prometí que sostendría su mano y que seguiría mandando a la fregada todo lo que cause esta fatiga que ya no puedo cargar en mis hombros.

Prometí visitar a su madre todos los sábados, y le confesé que quiero compartir las puestas de sol a su lado.

A mi también me sucedió, y justo en primavera. Yo no sé (¡¡carajos!!), en qué momento le abrí la puerta de adelante para que entrara de par en par. Sé que estoy feliz, que me fascinan ahora los días -y particularmente los domingos- que tengo con él y que añoro y deseo vivir a su lado también todos los amaneceres que nos quedan.

Lo extraño más de lo que pensé cuando no duermo con él. Le pienso sin darme cuenta cuando voy a hacer las compras.

Habrá cualquier cosa, y coincido contigo en lo que dices de tus ojos verdes. Que vivamos a través de los nuestros de par en par.

Y después, se casan.

El señor Buendía y la señorita Jana insistieron en que me presentara a la boda, así, como si nada. Bueno, la mera verdad es que los tres fantaseamos con que me aventaba un zafarrancho increíble, con todo y eso de "tú dijiste que me amabas", y hasta Buendía sugirió que pidiéramos prestado un bebé, para darle más drama a la escena. En cambio Jana, decía que fingiera un embarazo como de seis meses, pretendiendo que eso causara suficiente remordimiento en el chico, que ahora se convertía en contrayente. Reíamos como estúpidos. ¡Pero qué par de locos!

Ninguna de las dos sugerencias rindió frutos. Sí me presenté a la boda, sin invitación por supuesto, pensando que todos tenemos acceso a la "casa de Dios", y ahí me quedé, como una invitada más, pensando que nada mejor podía pasarme en ese momento, o podía pasarnos a los dos.

No me dio tristeza, tampoco sentí nostalgia. Esas lágrimas absurdas que a veces se apoderan de mis ojos, porque todas las bodas me hacen llorar, esta vez no se hicieron presentes. Me quedé ahí, como estatua. Ni siquiera conocía a sus amigos, ni a sus compañeros de trabajo. Como nunca me presentó a su familia, ni a sus hijas, pues no había verdaderamente nadie que pudiera reconocerme. La única persona que podía hacerlo, quien me avisó que el Rey Sol se casaba, estaba a kilómetros de la Ciudad de México.

Estuvo bien no haber recibido invitación, estuvo bien. Ya me la sé, que los chicos una vez que terminan la relación que tienen conmigo, o se comprometen con alguna chica, o de plano se casan. Tampoco recibí invitación para la boda del soltero tóxico, y como tampoco conservamos los amigos en común, no tuve como enterarme, hasta que pocos meses después, él me lo platicó sentados en una mesa del Sanborn's de Satélite.

Se pudo haber dicho que pasé desapercibida entre los invitados de una y otra familia, de no ser por el vestido que elegí para la ocasión. No iba a ir de compras, ni me iba a poner mi vestido de fiesta porque es color blanco, y se supone que a las bodas uno no debe ir de ese color, así que opté por el vestido rojo estampado con flores azules, de chifón, casi envolvente, con un escote de vértigo; que está confeccionado de tal manera que al caminar, mi pierna izquierda se asoma como si ella también sonriera.

Estuvo bien no haber recibido invitación, estuvo bien que fuera. De otra manera, no hubiera creído que se celebraba una boda ese día. No estoy segura de cómo se conocieron, ni quién es la chica. Sólo sé que fue de esos amores repentinos, de esos que te hacen sentir que nada más importa, que si no te lías con ella -o con él-, podrías arrepentirte tiempo después. Me consta que él está feliz, porque lo vi. De ella no puedo opinar mucho, porque no la conozco, no sé cómo es cuando sonríe o cuando está enojada.

Esa sensación que se tiene, que de cualquier forma a uno lo están mirando, de pronto se me esfumó conforme la ceremonia religiosa transcurría. Ya no era la boda del Rey Sol, ya no era yo con mi vestidito de chifón, simplemente estuve allí, en una ceremonia cualquiera; estaba segura de que tenía que verlo con mis propios ojos, no hubiera bastado que alguien me lo platicara.

Y así, llega el momento de encallar para no navegar más, no sé cómo se siente eso pero supongo que debe ser agradable, que debe ser una emoción inmesa por tener estabilidad en la vida, en el corazón; por haber encontrado a la persona que te complemente y que vaya en el camino paralelo al tuyo.

Por mucho tiempo estuve renuente a una relación estable y duradera, siempre argumentando que mi generación había salido "reacia para el matrimonio", y tomando como ejemplo mis últimas relaciones y lo que los chicos habían dejado en mi. Por mucho tiempo me di cuenta que ellos no querían más estar conmigo, pero que después les llegaba el momento y lo aprovechaban con otras personas, en otros sitios, con otras mujeres. Comprendí que todos buscamos ser felices, pero que yo no estaba en sus planes.

Luego, tanto tiempo de soledad que no se le puede llamar así, llega para dejarnos cosas buenas, un poco de sabiduría y un tanto de experiencia.

Después vienen las cosas más claras, se renuncia al drama, y se necesitan hechos fehacientes para creerlo y para sacarnos tanto escepticismo.

Necesitaba ver con mis propios ojos ese día, el ocaso del sol, que el Rey Sol contrajo nupcias. No más salidas nocturnas, no más calles perdidas en esta Ciudad, no más coches que se siguen, no más almuerzos que no llegan -porque por fin ahora sé que nunca llegarán-. No más Sierra Nevada ni las obras literarias de Minería. No más zócalo capitalino lleno de gente. No más Ciudad Universitaria mientras yo investigaba en la Hemeroteca Nacional. No más copas los viernes por la noche, en este bar de Polanco que ahora no me acuerdo de cómo se llama. No más esquinas de Patriotismo y Eje 6. No más Starbucks a espaldas del Hotel Presidente. No más Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Necesitaba que un hecho externo me gritara a la cara que todos tenemos oportunidades, que la mía también se ha presentado, que mi suerte ha cambiado, que el éxito viene de la mano de nuevas experiencias y de personas maravillosas que se aparecen en nuestros caminos.

Necesitaba recordar que los domingos sí me gustan, y que también pueden estar llenos de un amor distinto y de convivencia que no sabía que podía existir.

Luego mi historia vendrá, y dejará memorias maravillosas. Luego sí podré hablar de vestidos de novia, de anillos en el dedo anular, de vestidos sencillos con zapatitos azules, de destinos que son el mismo, de futuros compartidos, de relaciones que no existen más. Después quizá, me casaré yo.

Debí saber

Hay canciones o momentos, que nos recuerdan cosas que en cierta situación nos pueden ser muy incómodas, nos pueden parecer extrañas, nos pueden parecer lejanas o inexistentes. A veces esos recuerdos que nos transportan también nos hacen llorar o nos hacen sentir cosas que no recordábamos que podíamos sentir.

Llevo ya un rato escuchando la misma canción, la que veníamos escuchando en su coche sobre la carretera, en nuestro último -pero que también sería el primero de muchos nuevos- viaje de novios. Me acuerdo perfectamente que cuando la escuché, justo en esa curva que te lleva a la entrada del pueblo mágico que visitábamos por segunda vez -pero que era el parteaguas fantástico que después no fue-, y entonces pensaba fuertemente con todos los latidos de mi corazón: "pero qué feliz soy, pero qué fácil es tenerlo todo a la mano, de repente, volver a sentir lo que sentíamos hace muchos meses. Debí saber que debíamos estar juntos, que este era el futuro del que hablábamos, el que siempre imaginé".

Era feliz. Luego me dio mucha tristeza que la columna se cayera, que la epifanía se desvaneciera, que el tatuaje se borrara y que no hubiera más tostadas para el desayuno. Me sentí completamente vacía, pensaba que de haberlo tenido todo, ahora no tenía nada, ahora mis manos estaban vacías.

El tiempo, maravilloso como casi siempre, vino a regresarme las ganas de hacer cosas. Me trajo un nuevo empleo, trajo que los ciclos se cerraran, que volviera a comenzar, que pudiera talar el viejo campo para poder volver a sembrar.

Ya pasó mucho tiempo de eso. Hoy puse el disco, comenzó la canción número cuatro y me acordé de todo esto. Me acordé de su pelo sobre sus cejas, de sus manos enormes sobre el volante, de esos hombros filosos que también tienen piel de leopardo, rostros de libertadores y pelillos de terciopelo. Me acordé de nuestros paisajes, de la vista maravillosa de aquel pueblo, de mis botines de flecos, de su mano tomando la mía, de la iglesia en las mañanas y de todo el cariño que sentía por él.

Hoy, la canción me recordó por qué no había futuro en esa situación, en esa relación, con esa persona y sin importar las circunstancias; buenas o malas, no hubiera habido futuro de ninguna forma.

Debí saber en ese momento, con esa canción en el coche sobre la carretera, que de hecho no ibamos hacia ningún lugar, que no había punto de regreso y que tampoco había lugar de destino.

Debí saber que el tiempo también se pierde soñando y esforzándose para que las cosas funcionen.

Copo me lo dijo una vez, que no odiara haber vivido todo eso porque si no no hubiera aprendido. Tiene mucha razón, ah pero cómo dolió.

Debí saber que todo empieza siempre una vez más, y que las oportunidades no son sólo una, sino muchas que uno permite que sucedan. Debí saber que el amor no siempre se siente de la misma manera, que no todo lo que brilla es oro, que era mejor no tener nada pero tenerme a mi misma.

Debí saber que no debía volverlo a ver.

Ella dijo que tuvo problemas, y le dije que esté preparada para mucho menos.
Ella quiso saberlo todo de mi, pero no hubo palabras.
Dijo que era mala, que no arriesgue ese momento junto a ella,
era lo mejor olvidar todo como si nada hubiera sido.

Ella dijo que te vaya bien, y le dije buena suerte y hasta luego,
y nunca más la volveré a ver o tal vez en algún tiempo.

Ese manicomio estaba lleno de problemas de fronteras.
Se hizo de día y los varones lentamente caminan.
Dicen que todo se sabe pero tal vez no quieras saberlo.
Era lo mejor olvidar todo por un tiempo.

Ella dijo que te vaya bien, y le dije buena suerte y hasta luego,
y nunca más la volveré a ver o tal vez en algún tiempo.
Yo pensaba que estaba todo bien,
que sería sin problemas como un juego.
Y nunca más la volveré a ver o tal vez en algún tiempo.

Ella dijo que te vaya bien, y le dije buena suerte y hasta luego,
y nunca más la volveré a ver o tal vez en algún tiempo.
Yo pensaba que estaba todo bien,
que sería sin problemas todo un juego.

Andrés Calamaro.

domingo, 2 de mayo de 2010

Un problema nacional.

Me despertó un dolor en la mandíbula, un hormigueo en la espina dorsal, un "rechinido" en las muelas del juicio, y el dolor de siempre sobre los hombros y en la cintura. Me despertó, como hacía mucho no lo hacía, una crisis de ansiedad. Ni modo. Prendí la radio. Estaba el comentario de Domínguez Muro. Intenté levantarme lo más rápido que pude, pero no pude. Quería, pero no podía. Me dí vueltas. Olvidé que anoche sí alcancé a vestirme.

Y de pronto, ahí estaba. Mi cara de malestar general, mi cara de "no quiero nada", mi cara de "no sé qué es lo que tengo que hacer". La llanta rota, el examen resuelto, el ensayo que no termino, la carta que no sé cómo concluir, la mensajería que tengo que pagar, mi lista de pendientes -y de deudas-, que poco a poco comienza a ser interminable. Mi madre enferma, las noches que no me dejan dormir, este cansancio que se me acumula detrás de los hombros, este calor que no sé qué es lo que me provoca; la nariz tapada, las ronchitas alrededor de los labios y los ojos, la maldita primavera que con sus pajaritos y toda su cosa verde viene a hacerme estornudar.

Ya me había olvidado que podía alterárseme el pulso de la mano derecha, pero en la tarde lo recordé. Me dio un tanto de pena, un poco de "no me interesa", y como pude terminé de comer. Son cosas que no se pueden ocultar. Puedo llegar como si nada, sin que nadie sepa que tuve una crisis al despertar, pero si el pulso me traiciona, como lo hizo haciendo que el bocado casi se me callera del tenedor, no puedo hacer como si no pasara nada.

Después, este apetito incontenible. Ganas de comer, de comer todo, de todo, a todas horas, en todo momento, en todo lugar. De pronto me da un hambre terrible, que la única manera que se me ocurre para controlarla, es saliendo a caminar. Debe ser ansiedad manifestada de otra forma, de otra manera, no le encuentro motivo. Si empiezo a comer, de pronto no puedo parar, ¿qué me pasa? Debería intentar comer otras cosas, probar otros sabores, hacer como si siempre fuera sed, y no parar de beber agua nunca.

Siento que estamos llenos de epidemias, de enfermedades, de otras epidemias que ni siquiera se preocupan por contener. Todo el mundo anda con el cuerpo cortado, con infección en los oídos o conjuntivitis. Ya van varias personas que sé, que como yo, también tuvieron dolores en los riñones. Me parece que los virus andan por todos lados, sin saber siquiera su propósito en el ambiente. Me parece que la ansiedad, debería ser un gran problema nacional.

domingo, 18 de abril de 2010

La manicura francesa.

En realidad yo no sé cómo son las relaciones entre madre e hija. No lo sé, no porque no tenga a mi madre conmigo, sino porque quizá tenga que ser madre de otra mujer para saberlo.

Hace mucho que la relación entre mi madre y yo cambió. No sé si para bien, no sé siquiera si debo escribir sobre esto. Tampoco sé si para mal. No me consta si es normal. Simplemente mi madre y yo, de pronto pareció que hablábamos lenguajes diferentes.

Las cosas, de repente, como un huracán de emociones o como una avalancha de toma de decisiones, han llegado en los últimos meses a cambiar mis panoramas, a hacerme dejar de ver el horizonte vertical. También las cosas con mi madre han cambiado, y supongo que eso es lo que me hace tener un poco más de tranquilidad.

A veces la extraño mucho. Es una mujer con muchas cosas que hacer, es una buena compañía y por eso la extraño y por eso a pesar de tenerla cerca, a veces la siento muy lejos. Con María se lleva muy bien, platican por horas y horas y se entienden a la perfección. Conmigo es distinto. Solemos discutir, solemos tener puntos de vista dispares, vemos la vida desde diferentes filosofías y con diversas opciones. Poco a poco ha entendido que crecí, y yo voy entendiendo que ella se hace mayor.

Suele viajar mucho, a veces lejos, a veces cerca. A veces son viajes relámpago, a veces se va por tiempo indefinido pero después regresa. Otras, las más, yo no logro comprender que aún cuando su vida es sumamente dinámica, ella desee quedarse quieta. Para mi, lo que es es, lo que parece es, y simplemente es una toma de decisión -según nuestros intereses-, lo que hace que las cosas sucedan.

Trata de tender puentes hacia la vida que llevo, hacia la vida que tenemos juntas. Esos puentes nos han acercado, aún cuando nosotras ya no somos las mismas.

La semana pasada una sesión de manicura hizo que riéramos a carcajadas. Hacía mucho tiempo que no pasábamos un par de horas juntas, platicando de las noticias, de nuestras amistades, de nuestros proyectos o de cualquier cosa, sin discutir. Me preguntó que cómo tenía las uñas, le dije que como siempre, gachas, frágiles y los dedos agrietados y cansados. A ella también se le cansan. Son distintas las cosas que hacemos, nuestras manos reflejan mucho de nuestra personalidad, y me da mucha alegría que a pesar de eso, cuando miro ahora mis manos, parece que estoy mirando las de ella.

Me dijo que por su cuenta correría la manicura. Fuimos al primer salón, donde no nos pudieron atender. Fuimos al segundo, y encontramos nuestro lugar. Sentí, que a través de esa pequeña preocupación por los dedos de mis manos, mi madre volcó otra vez su cariño hacia mis intereses, mis cosas, mis historias, mis proyectos y mi salud.

Por fin me sentí otra vez en casa, hablándole como lo hacíamos antes de que estos últimos dieciséis meses comenzaran. Somos buenas amigas, ahora lo recuerdo. No todo es tan malo, no siempre nos llevamos mal, ni siempre discutimos por estas cosas. Fue muy agradable sentir esta conexión, que nos hizo estar contentas por las personas que han aparecido y nos han hecho pensar "qué sucederá si..."

Confieso, sí, una vez más, que no siempre entiende lo que significa escribir, que no sabe lo que siento cuando no logro identificar un dolor que se mueve por mi cuerpo y que no sé dónde va a parar. Pero de pronto algo ha ocurrido, confieso -y no me cansaré de hacerlo-, que esta avalancha de alegrías y de emociones que ha llegado a mi vida, me ha hecho tener paciencia para las cosas que creí que no se podían modificar.

Ella no va a cambiar, yo tampoco. Yo la amo tal como es, me hace mucha falta tenerla todas las noches, platicar con ella en las sobremesas, hablarle por el móvil para preguntarle como está; y de pronto, mirar otras relaciones de madres con hijos, me ha enseñado que siempre tengo otra oportunidad.

Paciencia, tolerancia. Qué más dá si no me entiende cuando sé perfectamente lo que tengo que decir o escribir, pero prefiero quedarme callada. Qué más dá si no sabe cómo es la angustia que uno siente cuando la página sigue en blanco, cuando la mente está cansada, cuando no se puede dormir de noche más que de día. Una manicura, o alguna salida de compras, o una plática de mujeres, ahora sé que nos puede acercar.

Confianza. Llegué a creer que no confiaba en mi. Y aunque no me siento lista para sacar ahora una conclusión, estoy segura de que puedo recuperar la imagen que tenía de mi. Me ha dicho que no le gusta verme sufrir, que no desea volver a verme llorar. Aún cuando no sabe qué es lo que se hace cuando esas cosas pasan, ahora me doy cuenta de que se esfuerza porque las cosas pasen.

Me gusta que volvamos a ser amigas, más que lo hija o lo mamá que somos, más allá de las preocupaciones que tengo de ella, por su salud, por su bienestar, por su patrimonio. Me gusta que una manicura francesa nos haya acercado, que hayamos decidido los diseños la una para la otra, el café que queríamos beber; me alegra que ella pueda hacer a un lado sus compromisos, para venir a comer conmigo a las tres de la tarde.

Deseo que las cosas se queden así. Deseo que se note que aprendo las mejores cosas de las personas, que tomo las experiencias que me hacen ser mejor, que no me canso de volverlo a intentar, de seguir adelante.

Me gusta ver cómo el chico, al borde de la pérdida de la paciencia absoluta, le responda a su madre: "si mamá, ahí voy". Me gusta saber que pongan de su parte, que lleven una buena relación en términos generales, que se tengan confianza entre ellos y se procuren. Me gusta que me hayan invitado a salir con ellos, a aprender de ellos, a convivir con ellos. Me siento contenta.

Es como si llenara mi libreta de notas, y viniera a aplicar todos esos conceptos a mi vida en casa, con la familia con quienes comparto mis venas.

Definitivamente, comienzan a caerme bien los domingos.

Estimado Andrés Neuman:

Supongo que más que sentarme a felicitarte en este momento, lo estoy haciendo como una lectora orgullosa de haber formado parte de una generación de escritores. Así es. Así lo sigo creyendo. Para que la Historia tenga lugar, debe tener un propósito; para que un escritor sea merecedor a un reconocimiento, debe tener lectores.

Así, yo me hice una de tus lectoras más fieles. No sé si se deba al destino, a mi gusto por las historias de amor, de esas situadas en un punto de la historia que nos permite conocerla a fondo; o sencillamente no sé si debérselo a uno de mis mejores amigos, que me regaló tu libro en mi cumpleaños, pero te conocí, conocí tu obra y fui inmensamente feliz.

Ayer me encontraba leyendo, escribiendo a mano otro tanto más que el resto de la semana pasada, acompañando a este chico que me ha alegrado las mañanas, cuando San Román me llamó para decirme que había escuchado en la radio que fuiste merecedor del Premio de la Crítica por la obra El viajero del siglo. Me emocioné casi hasta las lágrimas. San Román y yo hablamos, en partes, unos quince minutos; de todo y de nada, de él y de sus exámenes, de ti y de mi y de cómo ahora yo hablo de tu libro.

Él no sabía todos los datos tuyos que guardo en mi memoria. Se los repasé, en el menor tiempo posible, para que también él pueda transmitirlos después. Quiere leerte, no estoy segura de si así será, pero por lo pronto es muy agradable que se acuerde de mi cuando escucha tu nombre, y te identifique cuando yo hablo de uno de mis libros favoritos.

Casi no escribo sobre mi escritor predilecto, el consentido, el que no me canso de leer. Ese es Javier Marías. Si pudiera, releería sus libros una y otra vez, me perdería en su biografía, en su quehacer, en la labor que ha tenido su padre, en sus traducciones, en sus columnas semanales. A la par, haber dado con tu novela me ha enseñado muchas otras cosas, me ha llenado de distinta forma a como Marías lo hizo cuando lo conocí.

Intento pensar como escritora, y si yo fuera reconocida en uno y otro continente, estaría feliz por tener lectores a quienes mi obra les hubiera servido mucho más que para pasar el rato o estar entretenidos. Sería uno de los mayores premios que yo pudiera recibir.

Enhorabuena, mi estimado Andrés, por este último premio, que espero no sea el último, y al contrario, impulse tu tránsito en el camino de la narrativa hispanoamericana.

El premio que recibiste el año pasado me hizo conocerte, y el de este año me ha hecho no dejar de escribir de ti.

Un saludo desde la Ciudad de México,
Mariposa Tecknicolor.

***
Luego de con San Román, me enteré en El País, "Andrés Neuman gana el Premio de la Crítica".

Historia como libertad.

Cada mañana salto de la cama
pisando arenas movedizas.
Cuesta vivir cuando lo que se ama,
se llena de cenizas.

Y por las calles vaga solo el corazón,
sin un mal beso que llevarse a la boca.
Y sopla el viento frío de la humillación
envileciendo cada cuerpo que toca.
Ganas de..., Joaquín Sabina.

Anoche mientras cenábamos, salió al tema la violencia de pareja, de ella hacia él y de él hacia ella; como sea, violencia, pues. Tuve un flashback inmediato, serio, que me recorrió la piel y hasta la última punta de mi cabello. Quizá lo notó, porque me dijo que no habláramos más de eso, que yo era su "mechuda favorita", y me hizo reír.

Lo olvidé. Son cosas que no se guardan en mi cofre de deseos, en mi arcón de recuerdos, ni en mi selección de hechos relevantes. Son cosas que de pronto se recuerdan, para preservar el instinto de supervivencia.

Pero de pronto, el subconsciente entreabre esa habitación de mi pasado. Nunca me maltrató físicamente, o no que yo ahora lo recuerde como tal, pero su maltarto podía traspasar muchas barreras y algunos de mis límites.

A mi también alguna vez me bajó del coche, en medio de uno de sus síndromes de abstinencia o en un estado de absoluta alcoholemia. Los golpes iban hacia mis efectos personales, mis maletas, mi bolso, mis libros. Sus palabras parecían cuchilladas. Él es un drogadicto, y yo fui adicta a él.

No sé de dónde saqué fuerzas para sobrellevar todo esto, para recuperarme y para darle vuelta a la hoja. Escribir me ha aterrizado y me ha hecho libre; y el corazón lo vuelve a intentar.

Pasa el tiempo. Los recuerdos se hacen viejos. Desde hace algunos años, en mi lista de propósitos de año nuevo siempre figura la frase "no hagas nada que no quieras hacer, no te sientas obligada a hacer lo que la otra persona desea". Pronto lo comencé a creer.

El amor se vive, sólo así tiene parte. La Historia, según algunos estudiosos, también debe llevarse a la vida práctica para que exista, si no, no sirve de nada. Los fantasmas y las sombras del pasado de los hechos históricos, de los acontecimientos, deben estar perfectamente identificados para que la Historia tenga lugar. Y los demonios deben estar dormidos, dentro de mi cabeza, felices en su jaula, para que mi corazón pueda volver a creer.

Nunca imaginé, que volver a estudiar Teoría de la Historia le hiciera tanto bien a mi corazón. Es como cuando uno lee -o leyó- filosofía, y de pronto el mundo se mira como si se desfragmentara el monitor de la computadora: nítido y brillante.

Así, de pronto la reinterpretación le da nuevas oportunidades a los hechos históricos. Y exorcizar mis recuerdos, sanar mi pasado, no sacar del subconsciente lo que allí debe quedarse, le da nuevas oportunidades a mi corazón.

Qué diferentes son las cosas cuando uno decide hacerlas, cuando uno decide su curso, cuando uno toma decisiones maduras, de líneas paralelas, sin estar encima del otro, sin estar pendiente a las decisiones del otro; respetando siempre las prioridades, caminando de la mano, sin dejarse arrastrar ni estarse empujando.

Qué maravilla esto: de haber decidido tomar el tratamiento de desintoxicación.

Y si. Supongo que la Historia y seguir escribiendo, me harán libre.

martes, 13 de abril de 2010

Mediodía del número dos.

Es el mediodía del día número dos. Ayer lo pasé entre hospital y análisis, compra de medicamentos, toma de fotografías que no salen a la primera -que debí ir al estudio anterior aunque el fotógrafo me pidiera que me pintara los labios más rojos-, con dolor de espalda, con una fiebrecilla que iba y venía. Lo pasé, como pude, y terminó.

Hoy, me desperté como pude, tarde, para tomarme un té con leche porque todavía no debo tomar café. Fui a la facultad, a seguir con los trámites, a preguntar cómo demonios se llena una forma E5 o como se llame; cómo se debe redactar la carta de petición para la acreditación del idioma.

Y mientras tanto, el sol comenzó a salir. Comenzó a ser el segundo de día de quince, que debo aprovechar, que debo utilizar para leer. Mientras tanto, él me llamó, siempre preguntando cómo me siento, cómo sigo, cómo va esto de los tratamientos con pastillas que saben horribles cuando me las pongo en la lengua para intentar pasarlas de un sólo golpe.

De lejos, de cerca, como sea, los dos nos quedamos dormidos. A veces pasa. Uno no despierta al otro, el otro no sabe que tiene que llamar, el que logra despertar de pronto olvida que le tiene que llamar al otro, y es una gran anécdota que nos hace reír, que ahora sé que no debe preocuparme, que todo se resuelve, como él dice, mientras haya solución no todo está perdido.

Así, ya es mediodía.

Ya sé dónde voy a comer, con quién y cuál será el menú. Ya está tendida la cama, a trabajar en ella con mi mesita ratona sobre las rodillas; debo descansar, pero también tengo que leer, tengo que seguir escribiendo. No está mal. Es como cuando una flebitis marca diablo se estacionó en mis piernas, hace algunos años, y trabajar en cama con muchos cojines en la espalda, me tiró un cable a tierra.

Sigue siendo primavera. El sol me quema la cabeza y hace que mis ojos lloren por tanta luz. Las plantas se ven magníficas con este verde encendido, con estas enredaderas que suben por doquier, como lo hacen los sentimientos en mi cuerpo, como lo hace el amor que de pronto me ha entrado por los dedos de las manos.

Ya es el día numero dos, que viene con esta primavera; que me siento un poco mejor, pero que no estaré del todo bien hasta que termine el tratamiento. Mañana, día tres, saldré a terminar los pendientes, a esperar que sea el día cuatro, en el que mi cuerpo se haya deshecho del 80 por ciento de la enfermedad.

No sé si será hasta el día cinco, o seis, cuando vuelva a estar con él. Me da emoción. Parezco niña en navidad. Me emociona lo que me cuenta por teléfono, me emociona estar con él, aún cuando estos días no me permitan verlo a diario. Me emociona saber, que nos veremos con más gusto que otras veces.

La primavera me envuelve, y los domingos comienzan a caerme bien.