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viernes, 23 de diciembre de 2011

Con toda sinceridad se lo dije, el miércoles por la noche, caminando en el parque de la calle Dakota: "No necesito prozac, cuando uso estos zapatos de tacón".

viernes, 20 de mayo de 2011

El fin de una era.

No lloré, sorpresivamente no lloré; sólo sentí un nudo en el estómago y mariposas en la panza cerca de doce horas. Luego, una despedida muy breve, palabras que no se dicen, actitudes que se interpretan. Una vida que cabe en 34 cajas, una casa que cabe en un camión, una responsabilidad que cabe en una jaula, y un Starbucks que se pide para llevar.

Luego de la parada técnica, debido a una lavadora que me hará sentir como robotina, la Ciudad de México me dio la bienvenida por el Eje 3 Norte. Entre el volumen que cargábamos, la jaula sobre mis rodillas y la mano de mis ojos verdes que me apretaba muy fuerte, parece que el tiempo nunca pasó, y parece como si hubiera sido un sueño en el que de pronto se despierta para convertirse en lo que se vive.

Del café por la mañana, en el que solíamos hablar de Alfredo Domínguez Muro, sólo quedará escucharlo cada quien es su cada radio. De los aventones en el deportivo azul, sólo quedará el asiento vacío del copiloto, y seguiré manejando a Hans en solitario. La distancia y el congestionamiento, hacen más grande a esta ciudad; ahora sí se nota que yo vivía en el área metropolitana.

Ciudad de rímel pegado en las pestañas, de plantón sobre Bucareli que me hace pensar cada vez más en ti, en mi, en lo que teníamos. En esas partes de la Ciudad que sabemos que están ahí, pero que nunca las hemos recorrido juntos.

De pronto hoy me di cuenta, al verme reflejada en la puerta de este café entre Patriotismo y Revolución, con mis botas vaqueras, mis jeans anchos y mi camiseta que dice Rock! Fullfill the dream!, que eso con lo que tanto soñé de niña, lo veo tangible sobre mi cuerpo, debajo de mi cabello, detrás de mis ojos, a través de mis manos. Espero que tú te sientas tan feliz y orgulloso por mi, como yo lo estoy de mi y de ti, y de nosotros juntos.

Poco a poco fuimos comprendiendo que esto iba a pasar, que era inminente que nos separáramos. Esta despedida se alargó casi tres años, si no es que más. Y mírame ahora: estudiando en la institución que siempre soñé, valiéndome por mí misma, asumiendo mis responsabilidades y tomando mis decisiones. El tiempo pasa, las cosas tenían que fluir, todo siempre pasa.

Esta es una Ciudad nueva, vieja pero nueva, linda e iluminada para mi. Es el principio de muchas cosas, que de pronto son como bocados dulces sobre mi lengua. Un nuevo proceso, junto con un nuevo corte de cabello.

Es el fin de una era papá, de la era de mis depresiones y ansiedades, de mis tristezas y angustias, de mis pésimas decisiones; el fin de la era de los solteros tóxicos, de las vidas perdidas, de los coches que no sirven, de las familias que no están unidas. El fin de la era de los amantes que no llegan, de las personas que se van, de las pastillas que nunca se acaban, del cuerpo bajo de peso, de los zapatos que no me quedan más.

Es la era de la ciudad conmigo, ella en mi y yo en ella. Es el fin de nuestra era de confidentes y mejores amigos, pero ahora tu puedes vernos, y ser feliz con nosotros.

Es el momento en el que, aún con todo este cambio, me siento absolutamente feliz.

martes, 7 de diciembre de 2010

De regreso al punto de partida

Cuando el soltero tóxico se fue para nunca más volver, escribí en un post-it que pegué en mi espejo del tocador, la frase: "El hombre que se quiera casar conmigo sí existe".

Y heme aquí, justo en el lugar donde empecé, en mi habitación frente al sillón blanco, con el gato que se lame las patas y ronronea rozando suavemente mis pantorrillas. Mi pelo hecho un desastre, cada vez más blanco, cuando plata quisiera que se pusiera. Fumando otra vez mentolados lights, con un cenicero menos, unos kilos de más, mucho trabajo por delante, la ansiedad que regresó para pasar las fiestas de fin de año con nosotros, y esa gran diferencia: "nosotros".

Ahora ya no estoy sola, pero de veras que uno como está acostumbrado a vivir de cierta manera, y qué dificil es acostumbrarse a una vida en común, sin importar el domicilio que exista, los domicilios pendientes, los que compartimos todavía, después de muchos meses.

De regreso a pegar post-its por todos lados, porque todo se me olvida, porque los ojos verdes se desesperan -pero creen que yo no me doy cuenta- de que todo se me olvide, de que confunda las palabras; porque afortunadamente para mi, él ha sabido tenerme toda la paciencia del mundo. Y entonces sí, debería ponerme a escribir un libro sobre el estrés y su manejo en la vida moderna, contemporánea y real de mi generación; porque para escribir sobre eso, no necesito ningún posgrado que me avale.

Y regreso entonces. A correr como loca en esta podrida y sucia ciudad, que huele a alcantarilla, que llena de pelusa los cabellos y todo el cuerpo, que ensucia los autos más de lo que los autos la ensucian a ella. Regreso a correr con mis tacones de nueve centímetros, aunque Ro se ría de mi cuando le digo que no puedo seguir de pie, sólo caminando. Sólo caminando en las banquetas de la Ciudad.

Regreso a contar y anotar las comidas que hago al día, a intentar llevar la cuenta de las calorías por cada 24 horas, a no comer trigo, embutidos, hormonas, y a hacer mi mayor esfuerzo para volverme vegetariana. No sé cómo le voy a hacer, pero en ese vestidito corto de flores yo vuelvo a entrar a como dé lugar.

Regreso a manejar horas y horas en el congestionamiento, buscando un Starbucks para tomarme un puto Cherry Mocha antes de que se acabe la odiosa temporada navideña. Regreso a sentirme más sola que nunca, en medio de las filas de esta Ciudad, en el banco, en el supermercado, todo producto de las navidades que me hacen mal, que me ahuecan el corazón, que me hacen sentir que todo está mal cuando sorprendentemente todo marcha sobre ruedas.

Porque encima, la pinche temporada decembrina trajo consigo una carga inmensurable de trabajos, investigaciones cortas y disertaciones. Ahora sí, no sé ni por donde empezar.

¿Por qué nunca nadie confiesa que comenzar una relación o terminarla es difícil tanto cuanto sucede?

El hombre que se quiere casar conmigo sí existe. Duerme más de cuatro noches a la semana conmigo, quiere al gato tanto como lo quiero yo, el gato lo adoptó como parte de la manada, y se quiere quedar con nosotros para siempre.

Y Hans... bueno, se porta bien cuando alguien intercede, porque a veces se cansa de que yo -como siempre- le exija tanto como suelo exigirles a los demás.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Lo que cuesta sacarse un 9.0

No sabes lo desmoralizada que me siento desde la última semana. Es como si a un panadero le dijeran que su masa de bolillos está mal hecha, que así no es, porque no nutre ni alimenta. Yo, sinceramente, he comenzado a considerar dedicarme a otra cosa que no sea a escribir historia. Escribir las tarjetas de felicitación para Hallmark, por ejemplo, o poner una boutique de zapatos, con estantes para vender también lentes de sol, bolsos y pañoletas.

No sé. Tanto qué hacer y tan poco tiempo. Tanto qué hacer y sin saber cómo realizarlo.

No soy una persona a la que le gusten los problemas, no suelo tener problemas, suelo resolverlos cada que se presentan. Y ahora mírame, tengo muchos problemas, y algunos que no sé de dónde vinieron. De todos éstos, ninguno es historiográfico. Ése es el verdadero problema.

Nunca me imaginé que la gente fuera tan intransigente. En parte ahora entiendo que los estudios de posgrado tengan tanta mala fama, tantas plazas "vendidas", bien "recomendadas", cucharas grandes que de pronto sirven y sirven sólo para una persona. Nunca imaginé que la gente fuera tan falta de tacto, tan falta de valores, egoísta, soberbia... ha habido veces en que me recuerdan a la actitud de María, y creo que eso es lo que me da tanta tristeza.

¿La verdad? Me siento profundamente decepcionada, triste y desilusionada. Por más que trabajo y por más que me esfuerzo, no es suficiente. Las cosas no son suficientes cuando las hago a mi manera. Estoy muy cansada. Si siempre me he portado como una dama, no me merezco que me traten así.

Ahora viene lo más difícil. Si no tengo plan B, ¿qué es lo que voy a hacer?

lunes, 11 de octubre de 2010

¿Dónde estaban mis ojos verdes?

Hacía mucho tiempo que no tenía un sueño de terror, y esta noche lo tuve. Fue una pesadilla rara, quizá un sin sentido, pero me dio muchísimo miedo.

Soñé que me casaba con el soltero tóxico. Que pasaba todo lo que pasó, igualito, con todo y el hermano que a la mera hora sí quería ser hermano, y con la señora de cabello de maíz.

Yo venía sentada en el asiento de atrás de un coche negro, con un vestido blanco de fiesta, de muchos listones color lavanda, me acuerdo que me preocupaba que no trajera crinolina porque el vestido se me aplastaba.

Volteaba a la ventanilla, y veía venir al soltero tóxico vestido de traje, con la corbata desamarrada, y bebiendo, ¡qué raro! Venía con el dichoso hermano y otro hombre que no me acuerdo quién era. Caminaba junto al coche en el que yo venía y pasaba de largo, no me veía o no se quería detener; yo tenía la sensación de que no había querido detenerse.

Me daba mucho miedo que me fuera a dejar plantada en el altar, ah porque además, he de decirles que me iba a casar por la iglesia en una boda comunitaria. Algo me causaba ver a las otras novias alrededor mío, ellas acompañadas, muy felices e ilusionadas, y yo, sumamente angustiada, por mi lado, y el sotero tóxico por el suyo. Cuando yo lo veía pasar a un lado de mi auto, sentía cierto alivio porque ya había llegado, y entonces yo me bajaba del coche, me levantaba la falda de mi vestido, y me iba caminando a la entrada de la iglesia.

Me casaba, así, sin más. Me acuerdo de mi hermana y de mi papá, estaban también mis amigos y muchas personas de mi familia. Yo estaba triste, me sentía muy angustiada, y no había ninguna persona que lo fuera a acompañar a él.

Salíamos de la iglesia y él se iba, me dejaba ahí parada. Yo me levantaba otra vez la falda de mi vestido y comenzaba a caminar, y los listones color lavanda se comenzaban a arrastrar en el pavimento. Me veía mi anillo de casada y pensaba que todo había sido un error gravísimo, que me había equivocado otra vez, que cómo demonios había aceptado casarme con él si me había tratado tan mal y había faltado a sus promesas y se había burlado de mis planes. Comenzaba a llorar y me iba caminando por la calle.

Vestida de novia, llegaba a unos escaparates de unas tiendas de zapatos. Veía muchos zapatos, botas, sandalias, tacones de colores, y entonces me ponía feliz.

Llegaba a un departamento de alfombra color hueso, muy bonito, con elevador. Ahí tomaba yo mi móvil, que me acuerdo perfectamente que era una blackberry color negro, y le llamaba, marcaba su teléfono de memoria, y lo que más miedo me dio ¡es que me acordé del puto número! O sea, llevo meses perdiendo datos en mi cabeza, y en una noche todo regresó. Total que me respondía el afamado hermano, me decía que ese no era el número del chico tóxico, que él se había ido de la Ciudad, y que ni modo, pero no podía estar conmigo en esos momentos.

De pronto, el tóxico descolgaba la otra bocina del teléfono, me decía ¿hola, Mariposa? Y yo comenzaba a llorar, y en lugar de reclamarle nada, le decía que iba a estar en mi departamento, por si quería venir a verme. No me decía nada más. Yo pensaba que había sido todo un gran error porque el chico de pronto había vuelto para pedirme que me casara con él, pero yo ya no lo amaba, entonces ¿por qué le había dicho que sí, si yo tenía una pareja maravillosa y amorosa? ¡Y era cierto! ¿Dónde estaba mi novio?

Comenzaba una búsqueda desenfrenada para dar con mis ojos verdes, y no los podía encontrar, maldita sea, yo me acordaba de ellos, de que eramos muy felices, y de pronto no aparecían más y yo estaba haciendo puras estupideces. Hablaba con mis amigos, con mi hermana, con mi papá, y nadie me sabía dar razón de los ojos verdes, eran un hermoso recuerdo en mi cabeza, pero resultaba que ¡yo no los había conocido todavía!

Comencé a llorar y me desperté.

Fui a tomar un Starbucks donde la bebida caliente de otra persona me cayó encima, en lugar de hacer corajes, mi padre y yo nos reímos mucho. Regresé a casa. De pronto me acordé del sueño, y me dio mucha tristeza. Los ojos verdes están trabajando, muy ocupados como siempre, quiero hablar con ellos.

Pienso que el sueño sí sucedió, en el sentido de que cuando todo pasó, los ojos verdes todavía no llegaban a mi vida. Lo dramático de todo esto, es que yo me acordaba que estaban conmigo, pero nadie me sabía dar razón de ellos.

La vida nos tiene preparadas cosas maravillosas, personas maravillosas que vienen a hacernos el camino feliz, ameno, completamente pleno. La vida me tenía guardado a un hombre maravilloso, que vino a que el amor se hiciera.

No importa todo lo que sueñe o no sueñe, o si sigo viviendo en la misma Ciudad. Hay personas que se borran de la memoria para siempre, que sólo cuando está abierto mi subconsciente pueden aparecer; pero las reales, las que abrazo todas las noches para dormir, las que me llenan de besos por las manañas, las que me dicen que me aman tanto como las amo yo, no se irán a vivir al país de los sueños nunca.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El congestionamiento.

Debo recordar no usar mis botines de tacón de diez centímetros de alto, cuando salgo tarde de casa y tengo que correr las tres cuadras de donde se quedó Hans hacia el Instituto.

Me preocupo, una vez más, aún con todo lo que tengo para preocuparme, me preocupo por él. En otra circunstancia no hubiera cambiado la ruta de regreso a casa, pero verdaderamente que lo vi cansado y desganado, así que tomé Eje Central Lázaro Cárdenas hasta Av. Hidalgo, en lugar de hasta Viaducto Miguel Alemán para irme hacia Periférico Norte Manuel Ávila Camacho. ¡Pero qué bárbara! Estos nombres de mi Ciudad, me hacen sentir estar leyendo una plana de reseña de El Nacional de los años 1946-1948.

Todo lo que adoro Río San Joaquín en las mañanas, con sus seis carriles reversibles sólo para mi, de poniente a oriente, lo odio en las noches de regreso a casa.

Y así es vivir en esta Ciudad, un eterno congestionamiento que nunca se acaba, que no se para más. A veces el congestionamiento está en todos lados, en la fila del súper, del banco, del restaurante; en la fila del baño, para servirme un café o para salir de seminario. Es necesario que me lleve bien con Hans, porque paso dentro de él más horas de las que imaginé. A veces los ojos verdes y yo comenzamos en él las conversaciones, nunca las podemos terminar.

Eje Central hacia el Norte, completamente libre por las noches. Viaducto Miguel Alemán hasta el copete, hacia Periférico Norte, a todas horas, por todos lados, en cualquier coche. ¿Qué voy a hacer?

Botas de piso, sandalias de plástico para el desayuno; botines de agujetas con tacones de nueve centímetros que se usan con unos levi's twisted, se quedan enojados dentro de una bolsa en el coche, y los ojos verdes donan a la causa sus zapatillas azules para caminar, de Dr. Vértiz a Nápoles, de Insurgentes a Rodin sobre Porfirio Díaz, de regreso, sin escalas, hasta el Sanborn's de Eje Siete.

No es lo mismo en solitario. No es lo mismo fumar sin tu mano, sin tu periódico gris, tus ojos verdes y la camisa azul. No es lo mismo la Ciudad con veinte minutos por trayecto, que salir de casa tan temprano que se está entrando a Periférico antes de las siete y media.

Boinas que se quedan en el coche, abrigos que no se bajan más; no se sabe cuándo se puedan ofrecer, la próxima vez los autos detenidos no nos dejarán regresar.

domingo, 15 de agosto de 2010

Todo inicia, me haces falta.

Se acaba el fin de semana, yo regreso a mi casa, tu regresas a la tuya, como sea comenzamos un nuevo día el uno sin el otro, los ojos sin verse, la piel sin olerse, las ganas que se quedan allá, mi alma que sabe que anda con la tuya.

No está mal. A ti te espera la oficina, a mi me espera el Instituto. Todo vuelve a la marcha.

Mi vestido azul huele a tu cocina, y puedo identificar que al olorcillo maravilloso que se queda entre las cortinas. Mis botas de cordones se mojan por dentro, ¿por qué eso sucede justo cuando voy a verte, lo que te permite secarme los pies y ponerme otros calcetines?

Algunas de tus prendas se vienen conmigo, otras prefieren quedarse sobre mi piel como si siempre hubieran vivido ahí. Esos pantalones de mezclilla que ahora usaré con tacones de charol, y las zapatillas de lona que me encanta usar con tus pantalones deportivos y la sudadera color gris. Todo es tuyo, todo siento que es mío, ahora me hace sentir bien.

Y llego a discutir lo que verdaderamente no me compete. Llego a mi cama, perfectamente tendida, que parece como si fuera de cuarto de hotel, a inventarme cosas que hacer; a pensar qué me voy a poner mañana, cómo me voy a arreglar el pelo debajo de esta boina color púrpura que me regalaste hoy por la tarde.

Regreso a la maravillosa soledad de grillos que cantan detrás de las paredes, de un gato que me mira desde la esquina de mi tocador, o que camina y se echa a un lado de mi computadora. Vuelvo para revivir las líneas muertas que dejé, los textos a medias que tengo que terminar, los pendientes revueltos e interminables que siempre olvido cómo resolver.

Luego lunes, quizá martes, miércoles que vendrá, y jueves que me dará suerte para la Teoría de la Historia. El viernes, si tengo oportunidad, dormiré hasta tarde. Seguro el sábado, podré volverte a ver.

Carajo, es apenas el inicio, y ya me haces falta.

miércoles, 21 de abril de 2010

Voy a tratar de conseguir tiempo.

San Román me llamó, casi tan histérico como yo cuando suelo ser más histérica que histórica. Tiene que entregar un proyecto hoy, a más tardar a las diez de la noche, y no tiene ni idea de como continuarlo, ni de cómo se debe terminar de armar. "Voy a tratar de conseguir tiempo", me dijo antes de que termináramos la conversación.

Esta vez sí lo escuché muy preocupado, y entonces esto parece como una guerra de angustias, porque me pregunta cómo me va y cómo me siento, y de pronto le vomito todo lo que traigo atorado porque no tengo dinero para arreglar a Hans.

Chale. Bienvenidos al mundo moderno, a la vida real de un adulto joven.

San Román necesita tiempo. Yo también. Necesito poder quedarme despierta mucho tiempo, para terminar de leer todo lo que hace falta, todo lo que tengo que recordar o poder manejar en unos pocos días.

Necesito el tiempo suficiente, para terminar el borrador que tengo muerto, comenzarle con Edward Palmer Thompson, y ponerme monísima para irme en la noche al Auditorio Nacional. Shiiiiiiit. De veras que a mi me gusta chiflar y comer pinole.

En la quinta chilla, en la sexta angustia, en el séptimo cielo al que intento acostumbrarme pisar desde hace un par de meses, el chico me llamó para platicarme cómo iba su día y para preguntarme cómo iba yo. No me volqué como suelo hacerlo con San Román. Son personalidades distintas, es la misma confianza, pero manifestada de diferente forma. Pero con toda sinceridad le platiqué lo que está sucediendo. "Es sólo un coche, Mariposa, es sólo un coche" -me decía del otro lado del auricular; "¿ya estás lista, no tendrías que estar saliendo de casa ahorita?". Y si, el chico tiene razón. Son casi veinte para las seis, y yo sigo enfundada en mis mallones negros con la blusa de la suerte y mis botas vaqueras, no me he maquillado, por lo menos mi pelo no es un desastre, y no recuerdo dónde guardé el pantalón de lino que quiero usar esta noche.

Ya me voy, si no quiero llegar tarde a la cita.

Conversamos nada más unos instantes más. No tuve tiempo de decirle que tiene razón, que es sólo un coche, y que a veces no me doy cuenta de que todo alrededor está marchando en orden, aún cuando Hans se pone los moños para querer arrancar, aún cuando dejé temporalmente mi empleo y no tengo dinero, aún cuando las noches no nos son suficientes para decirnos todo lo que queremos decir, para compartir todo lo que estamos listos para compartir.

Ya me voy, ahora sí. Me pondré las ballerinas de JULIO, porque definitivamente también fueron un regalo para él, y a ver de dónde me saco ese fabuloso pantalón ancho, que quiero combinar con una blusita color gris.

"Es sólo un coche". Parece mentira que tenga la sensación de estarme escuchando a mi misma, cuando mi padre, mi hermana o San Román, se quejan de que sus autos no funcionan o algo les hace falta. Este chico parece que está del otro lado de mi espejo, o que vino también a conectarse directamente con mi pensamiento. Esa frase, de que sólo es un coche, se la dije ayer a mi padre, cuando me mostró el rayón que le hizo a su deportivo en la defensa trasera. Mi consejo fue, que no hay que aferrarse a los bienes materiales; y ahora el chico, sin saberlo, viene a decírmelo como me lo debí decir hoy por la mañana, cuando todo el jaleo por la reparación comenzó.

Ahora sí ya me voy. Una vez más, intentaré conseguir tiempo. Temo que se me haga tarde de verdad. Que el tránsito en Periférico y el transporte colectivo, se apiaden de mi.

domingo, 28 de marzo de 2010

Se rompió la rutina.

Cada noche hacíamos el amor en partes, poco a poco.

Cada noche que intentábamos compartir, comenzaban a fluir estas palabras, nuestras confesiones, nuestros deseos. Nuestros pasados se hacían protagonistas, a veces él, a veces yo. Nunca imaginé que él comenzara a platicarme cómo era, cómo fue, cómo quería seguir siendo.

Y estas horas... benditas horas que ya no son minutos, que dejan de ser instantes. Estas horas que me provocan, porque comenzaron a hacerse días. Que de pronto, cuando menos lo imaginamos, él o yo, ya era el otro día, ya brillaba el sol por la mañana, ya comenzaba a ser domingo sin que nos pesara.

Cada noche, yo seguía escribiendo, él seguía leyendo, los dos comenzamos a acompañarnos sin saber que eso podía suceder. Y comenzamos a conocernos, sin estas mierdas de "no te enamores de mi", ni de "todo puede ser eterno". Comencé, como me dijo Copo de Nieve, a tener confianza en él y en mi misma cuando estaba con él. La historia comenzó a contarse sin saber que podía tener lugar, sin siquiera imaginarnos que podía tener punto final.

Eran noches de intimidad, de silencios absolutos mientras intentaba revivir mi línea muerta. De frases que no se terminaban, mientras él decidía acostarse en el sillón que está a espaldas mías para intentar dormir un poco. No sé si yo trabajaba, no sé si sólo quería terminar los puntos suspensivos, no sé si él tenía que trabajar más, recibir llamadas por el móvil, responder los mensajes del contestador. Estaba cansado, yo parecía más muerta, pero estábamos juntos, y eso hacía especiales estas noches obscuras en la Ciudad.

El amor, como nunca se imagina y ahora intento comprender, puede hacernos sentir lo que nada más podrá. Puede convertirse en el detonante no sólo de amistad o de cariño; puede convertirse en el motor que hace que todo funcione, que uno vuelva de pronto a la realidad, cuando esa misma realidad es la que se está evadiendo.

Y se rompió mi rutina. Una noche, fue sólo una vez, que su visita hizo que me dieran un batazo en la cabeza. De pronto me vi del otro lado del espejo. Me vi sentada a aquí, vestida casi con nada, con el cabello hecho un desastre y mis libros apilados por todos lados, saltando obstáculos de periódicos apilados sobre la alfombra, de zapatos que no se sabe cuándo se estrenarán, apilados sobre los respaldos de los sillones. Me vi respirando una nube de pelos de gato, de polvo pasado, de papeles que ya no se pueden leer.

Y regresé. Intenté hacer lo que tenía que hacer desde hacía mucho tiempo. Tirar los polvos, levantar el papel, sacudir los libros, darle un lugar a cada par de zapatos, meter las cobijas en bolsas de plástico, y el chico no estuvo precisamente aquí para mirar todo esto. En cambio, sí estaba para verme sonreír, para mirarme mientras yo hacía gestos y observaba el techo. Sí estuvo aquí, para decirme que nuestras conversaciones le hacían bien, lo hacían sonreír.

Quizá debí decirle que fue el detonante que rompió mi rutina, quizá debí decirle que sus ojos fueron el motor de mis sonrisas, de algunas decisiones, de mis ganas de intentarlo otra vez. Quizá debí saber la respuesta que tenía para mi, esa contraparte que siempre me gustaba escuchar, que siempre esperé con muchas ganas.

Se rompió la rutina, pero se ordenó una enorme habitación de mi vida.

Se rompió la rutina, y entonces comenzaron a dejarme de caer mal los domingos.

Se rompió la rutina, y me dejó de importar que las personas hagan ruido cuando se quedan dormidas, cuando no pueden más, cuando caen rendidas en la lona de esta ennegrecida Ciudad.

Tuve que saber que quería hacerme suya, tenerme allí, sentir cómo sonreía. Tuve que saber cómo era que me hablara de usted, cómo era verlo mientras tomaba el café de las mañanas, tuve que saber que podía reflejarse el cielo en cada una de sus cosas, que nunca me interesó que dijera que lo suyo siempre iba a ser sólo suyo, pero que también quería que yo fuera suya mientras se hacía sólo mío, exclusivamente de usted, me dijo.

Tuve que saber, que el amor se puede hacer poco a poco, noche a noche, instante a minuto, minuto a hora, hora a día.

Tuve que saber, que el amor no se consuma de golpe, que puede hacerse poco a poco, lentamente, noche a noche.

sábado, 27 de marzo de 2010

Las consecuencias del amor.

Desempolvé mis zapatitos de cielo, porque desde este momento voy a caminar sobre las nubes.
Para mi amiga Madame Copo de Nieve.
Gracias.

Yo no lo sé, pero me han contado, que cuando el amor llega de repente, se tiene la misma sensación que cuando la música te entra a través de los dedos de las manos. Todo es diferente, se pueden ver atisbos de luz de colores, estrellas fugaces, colores inimaginables; se huelen aromas impensables, extraños, irreales.

Yo no lo sé, pero me han contado, que el amor parece una trampa del destino, de encontrarte con la persona que esperabas en el lugar menos preciso, en el tiempo menos imaginado, en la Ciudad que no existe, a través de la pantalla que no se enciende, junto al auto que no sirve. Todo se conjuga, y somos resultado de las decisiones que hemos tomado, de la vida que hemos vivido, de las experiencias que hemos guardado.

Y tampoco lo sé, pero un día esa conjugación de pasado y presente, de cielo y suelo, de tierra y mar, entonces llega y lo hace todo posible. Y esta maravilla de la química del amor, entonces se hace presente. Y dicen -no lo sé-, que se siente como si se flotara, como si se andara en arenas movedizas, como si siempre se tuviera un nudo en la garganta, como si de pronto la sangre se detuviera a mitad del tránsito por el cuerpo, y se dejaran unos momentos de respirar.

No me consta, no lo sé porque lo olvidé, y ahora he decidido no hacer memoria, más bien crear nuevos recuerdos y saber cómo el amor es.

Yo no lo sé, pero ahora quiero saber.

sábado, 13 de marzo de 2010

Tranquilidad absoluta.

Me siento bien, y la cabeza dejó de dolerme.

Estoy leyendo sobre Teoría de la Historia, de que no todos los datos acerca del pasado son hechos históricos. Según el criterio del historiador, se define la importancia del hecho. Al estudiar la Historia, es como recoger datos del pasado, "como los pescados sobre el mostrador de una pescadería" -dice Carr. Yo me imagino que voy de compras a una zapatería, luego escribiré sobre esos datos y me calzaré esos tacones, porque como dicen quienes me conocen, me he empeñado no sólo a escribir Historia, sino a vivirla.

Muchas personas no entienden de este oficio. Hoy he reflexionado que en las bibliotecas me siento bien. Desde que llegué hoy por la mañana a este Instituto, he sentido una tranquilidad absoluta.

Coger los libros con mis manos me hace sentir bien, segura, apoyada. Es como saber que ese libro me dará todas las respuestas del mundo, siempre.

Recordar lo que aprendí en la Universidad sobre Filosofía y Teoría de la Historia, me hace bien. Es saber ahora, que sé.

Los datos, el conocimiento y la historiografía, están allí esperándome.

Se me quitó la opresión del pecho casi desde que llegué, cuando me puse a leer. ¿Qué es Historia? ¿Qué es lo que convierte en Historia a un libro de historia? ¿Qué es la lógica de la Historia? ¿Qué es un hecho histórico?

Uno de todos, que leo con esta pasión que me caracteriza, me emociona desde el título: La Historia como hazaña de la libertad. ¿Cómo pude olvidar, que también la historia me haría libre?

lunes, 8 de marzo de 2010

Las ballerinas de JULIO

Hoy fue un día difícil, raro, peculiar, diferente a los demás. Con mis padres en el mismo coche, al mismo tiempo. Con una hermana mayor, que ya no sé si sí o si no. Con juicios absurdos -y extremos- que no tengo por qué escuchar.

Me sentí mal todo el día. De hecho, desde la cena de anoche me sentí muy mal. Tengo el estómago revuelto, tengo náuseas, me hormiguean las manos y estoy hinchada, los anillos no me entran más en los dedos de las manos. Todo me aprieta. Todo me sienta mal. Tengo esta sensación de que en cualquier momento me voy a vomitar. Donde me siento me quedo dormida, no sé qué me pasa. Hoy me he sentido muy mal.

Me encontré para tomar un café con la Diseñadora de Modas. Traía un bolso enorme, lleno de cosas, y unas sandalias de plataformas de tiras color negro, increíbles. Celebré, por supuesto, su buen gusto y le platiqué que me sentía muy mal físicamente, y que probablemente no fuera sólo eso, sino que me sintiera mal por dentro.

Intenté platicarle como había sido la mañana, cómo había sido el mal humor de mi padre por el móvil, la histeria colectiva que tanto me hace mal. Intenté explicarle que me sentía mal, fuera de lugar en ciertos aspectos, desesperada en otros, y triste sobre todo lo anterior. ¿Qué te digo?, comencé, que de entrada me desgastan los problemas de otros. Sí. Eso es. Me desgastan los problemas que no son míos, y que se empeñan en hacerlos ver así.

De pronto, mientras mirábamos la carta de los postres, escogíamos un café, hablábamos de mis malestares, de sus plataformas nuevas, y pedíamos un par de vasos con agua a la mesera, sacó de su enorme bolso un regalo para mi: un par de ballerinas color café. Las escogió justo de mi estilo, de mi talla, y me dijo que era un regalo pensado en que quizá deba dejar de usar tacones un tiempo, pensando siempre en que el estilo justifica todos los medios. Tiene razón, no tenía ningún par de zapatos sin tacón, y estos me cayeron de perlas.

Con mi cara de niña frente a un arbolito de navidad, las tomé, les saqué el empaque y comencé a llorar. Encima, además de sentirme mal, hoy fui la mujer más sensible del mundo. Mi amiga me abrazó, me dijo que me quería hacer sentir bien, y que por eso me regalaba justo lo que sabía que me iba a hacer feliz. Y lo logró.

Su regalo tiene muchos más significados en este momento, en este contexto, y en estas historias que recién comienzan que no se quiere que tengan punto final. El regalo es para mi, y también para el que está conmigo, que toma mi mano.

Luego, el resto llegó para cenar, otros para tomar café, pero todos para ponernos al corriente de la semana. Me sentí bien. Compartimos taxi de regreso a casa. Logré olvidarme un poco del malestar. Intento conciliar el sueño, espero poder dormir bien, y tener uno de esos sueños al aire libre para después verme en una habitación de paredes blancas.

Logré sentirme mejor, aún cuando ahorita todavía me duelen la cintura y el cuello. Supongo que todo pasará, como siempre digo, todo también pasará. Ellos pasarán, el chico pasará, y yo también pasaré. Si sigo pensando me voy a volver loca, así que ya me voy a dormir. Nada más por hoy, antes de que se me acaben las palabras. Ya mañana sabré qué es lo que sigue, y qué frases debo terminar de escribir.

lunes, 22 de febrero de 2010

Mis zapatos de siempre

No quise usar otros zapatos, me puse los míos negros, los de siempre, los de tacón con una trabita y hebillita justo a la altura de los dedos de mis pies. Tampoco quise usar pantalón, y hacía mucho frío para ponerme un vestido, intenté ponerme el rojo con flores azules, para terminar con el abrigo color camello; pero cuando escuché en la radio al salirme de bañar, que estábamos a seis grados centígrados, opté por el traje sastre de tweed color negro, y encima, el abrigo del mismo color. Me solté el pelo, me puse los aretes redondos, y mucho perfume, el que se hizo mi amigo, que se apellida Basi.

Me fui, lejísimos, casi sin saberme el camino de ida, porque era un hecho que no me sabía el camino de regreso. Estuvo bien no haber tomado tanto tiempo de anticipación. Río San Joaquín y Circuito interior -ahora llamado Circuito Bicentenario-, estaban vacíos. Y manejé, y manejé, y manejé, y no sé con certeza cuántas delegaciones de la Ciudad de México habré atravesado. Manejé y seguí manejando, hasta que viera la indicación para desviarme hacia la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Su bahía de ascenso y descenso de pasajeros, me serviría de retorno, para tomar Río Consulado, de regreso dirección La Raza.

Siempre he sido una chica del norte, aún cuando he adoptado al sur como casa provisional, como trabajo que no quiero dejar, como la Ciudad dentro de la Ciudad, que se hace llamar Universitaria. Pero nunca, o por lo menos que yo lo recuerde, había llegado tan al norte. O no sola, manejando a Hans.

Todo esto porque hoy fue la boda de Julia. Fue la primera vez que voy como si nada, como soy, sin sentirme mal por no ir acompañada. Y lo pensé, "no habrá donde me sienten, no sabrán donde acomodar a la soltera que no lleva pareja". Sin afán de tirarme pa'que me levanten, ya me ha pasado antes, que como uno va de single, pues ni como ayudarle al organizador, que no pensó en que habemos personas que llegamos solas. Fue la primera vez, y creo que no lo vuelvo a hacer. Y no por sentirme mal o sentirme sola, sino porque es una verdadera tristeza, no tener con quien bailar cuando se abre la pista de baile.

Fui extraña, muy extraña, hasta para el padre de la iglesia. No conocía a la familia de Julia ni a sus amistades, apenas me recordaba del novio, de cómo se habían conocido y de cómo era su historia. Sin embargo, no me intimidó esa situación, y me la pasé bien. Me presentaron con quien debían hacerlo, y finalmente me acomodaron en la mesa de las primas -con respectivos maridos-, y que afortunadamente resultaron muy simpáticas.

Fue extraño, ya lo dije, hasta para mí; pero me divertí, y el pastel fue lo mejor del mundo.

Ella, la chica que lloraba a mares cuando se peleaba con el novio, el novio con quien discutía por teléfono cuando ella no estaba disponible o no tenía señal en el celular, ellos que vivían al norte y al sur de la Ciudad, ellos que luego de tres años, ahora son marido y mujer. Y qué felicidad, pero qué fuerte. Sentí una opresión en el pecho y se me durmió la mano derecha cuando fue la ceremonia. Me he vuelto sumamente susceptible ante las uniones para toda la vida, e intento tener fe ante los happy endings.

No soy pesimista, lo sabes bien, pero me pasa que lo veo como algo lejano, como algo que según mis circunstancias familiar y personal pudiera no suceder, o que todavía falta para que suceda. Mis prioridades no han cambiado mucho, no soy tan distinta como dicen que parezco. Sigo caminando con los mismos zapatos, pero parece que lo que ha cambiado es el camino.

Esta actitud, esto que me sostiene, finalmente es lo que me hace pensar así. Hace ya muchos meses que no voy de compras, creo que la última vez fue casi en Semana Santa pasada cuando me regalé esas fabulosas plataformas con tacón ancho y de diferente color; y aún así no hace falta que los siga adquiriendo. Nunca son suficientes, lo sabemos bien, pero yo misma tengo mis límites. No importa el color que sean, no importa que traiga puesto un vestido o unos jeans, de hecho no importa si son botas o botines en vez de tacones, pero siempre el mismo par es el que me sostiene.

El camino que uno transita no es sencillo. Ya lo dijeron en una serie de televisión muy famosa, que se necesitan un par de cómodos zapatos para seguir el camino que elegimos. Yo todavía no sé exactamente qué es lo que viene, pero esta actitud, este aire que me cargo de hace un tiempo, se ha convertido en el par que permite que no me lastimen las piedras del pavimento.

El cómodo par de zapatos que he elegido es el punto final, y otra vez, me gusta que no haya puntos suspensivos.

jueves, 4 de febrero de 2010

El beso del elevador

Nos encontramos, como casi siempre sucede, en medio de la Ciudad, en medio de los coches, saltándonos avenidas, y mojados por la lluvia. La lluvia... más bien el frío, como casi siempre a esa hora, como casi siempre que hace frío. Este invierno, además de ensañarse, nos ha regalado maravillosas horas antes del amanecer. Aún cuando son días que no laboro, tengo que despertarme temprano, pero no importa, él tiene que hacer algunas cosas, despertarse igual temprano, librarse de otras, y llegar a la avenida en donde nuestros coches comienzan la misma marcha.

Y a la misma marcha, uno tras el otro, vamos siempre al mismo lugar, de regreso a mi casa, de regreso a la suya. A la misma ducha, a preparar el mismo desayuno, a jugar con las mismas cosas, a hablar de lo que hubo los pasados días, los pasados lindos, los tristes pasados futuros.

Y ahí vamos otra vez, a mirarnos de frente sin saber que lo hacemos, a que me abrace de lado sin saber que lo hace, a tomarme por la espalda, sin haber pensado siquiera hacérmelo una vez más. A hablar de las cosas que moría por contarle, a escucharme como sabe hacerlo, como me gusta que me escuchen, como me gusta escuchar las opiniones importantes. A tener esta magnífica imagen frente a los dos, de ambos cuerpos abrazados y enlazados, de lado, de frente, de perfil, de espaldas, de como sea. La imagen ahí está, y se congela.

Ahí vamos, a desayunar en una mesita ratona que movemos como la gana nos da, a hablar de los coches como si de verdad nos importara, a hacer que no ha pasado nada, aún cuando sabemos que han pasado muchas cosas.

Y miro como toma esa ducha, esa que debería tomar con él allí dentro, como me gustaba cuando lo hacíamos después. Y me mira mientras tomo la mía, y platicamos, y se enfoca, y pierde el hilo, y le gusta mirarme mientras lavo mi pelo, con la misma marca de champú que copié de la regadera de su mujer, y lo desenredo con ese peine enorme, que imagina que juego con él.

Y mi pelo, sobre su cintura, parece que hace maravillas. Y el tiempo, que transcurre sobre nosotros, sobre esa habitación que se hace más pequeña, parece que se detiene para siempre.

Luego, se pone la indumentaria. Y yo, sin saber lo que estoy haciendo, me enfundo en el par de medias negras, en la falda a la rodilla que le gusta imaginar que arranca de mis caderas, en los tacones que parece que están pegados a las plantas de mis pies. Cojo el bolso, toma su cartera. Todo pasa como un día cualquiera. Los dos volvemos, y los coches nos esperan.

Nos esperan, como lo hace mi casa o la suya, hasta la próxima semana, hasta la siguiente luna del lunes que entra, del sábado que pasó, del domingo que no quiero que llegue.

Las trampas del destino son como carreteras; el destino, este ambiente que nos envuelve. ¿El final del camino? Que yo ría como lo hago, mientras me mira desde abajo, sin parpadear. Que el tiempo se vuelva a detener, para que platiquemos como nos gusta hacerlo.

Vuelvo a donde partí, vuelvo a pensar que todo está bien, vuelvo a mi rutina con el sabor de sus labios todavía en mi.

Salimos, yo camino más aprisa que él, me da escalofríos pensar en mis vecinos, o en los suyos. Sigue tras de mí, llamo el elevador, lo tomamos. Se recarga en el fondo del cubo de acero, se cierran las puertas, doy un paso hacia él y comienzo a besarlo como si fuera la última vez, como si esa luna de ese lunes o domingo siguiente no fuera a llegar; como efectivamente es, que yo estoy volviendo a la guerra.

Nos besamos como no lo hicimos en todas las horas anteriores, en todos los meses que pasaron, en todos los años que no supimos que estuvimos allí. Es un maravilloso beso, que dura lo que tarda en bajar tres pisos el elevador, que hace que nos fundamos en ese instante, por unos segundos, entre el fluído y mi respiro. Y sentimos que es el último que nos vamos a dar.

Se abren las puertas, nos separamos, salgo yo primero, él me sigue -y puedo jurar que me mira el trasero, o intenta hacerlo cuando se dibujan en mi falda los sujetadores en mis muslos por detrás-, y volvemos a despedirnos. Como siempre, como nunca, como nada, como todo.

Me subí pues al coche, y cuando escuché el sonido del portazo de mi lado, me desperté. Aquí, en mi cama, sin ningún otro cuerpo en mi colchón. Y el corazón, no ha dejado de latirme. ¿Cuándo va a llegar? Ni me quejo, porque todavía sigo de buen humor.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Mientras tanto.

El Instituto Nacional, a pesar de que titubeó, me recibió con los brazos abiertos y me demostró que es de sabios cambiar de opinión. De cualquier forma, las medias tintas siguen sin dar conmigo.

Quizá fue la lluvia, o todo el frío que me llegó a los pies cuando salí de bañarme, lo que me hizo sentir que me daría pulmonía. No podía quedarme en ese lugar, mi pecho no podía llenarse más. Cogí un taxi, hice las compras necesarias, y luego no supe más que hacer. Aún cuando la Ciudad tiene infinitas maneras de hacerme feliz, esta vez no tuve motivo ni siquiera para pintarme la pestaña. Encontré dos opciones, entrar al salón a que me hicieran los pies y las uñas o entrar a una tienda de zapatos. Elegí la segunda opción.

Me probé unas alpargatas divinas, unas sandalias planas de tiras color dorado, unos tacones negros y así... casi me bajaron todo el aparador. No los necesito, reconocí, igual voy a estar sola y nada cambiará tener una caja más, o una caja menos, de zapatos en el clóset. Escribí un mensaje de texto rapidísimo, que decía que si era demasiado comprarme un par de sandalias más, Rey Sol nunca respondió. ¿Y cómo iba a responder si ya no somos de ese tipo de amigos? ¿Cómo le pido respuestas a mis preguntas bobas, a un chico en cuya vida no tengo ni cinco minutos de sus 24 horas al día?

Me vi reflejada en el aparador y me dije en voz alta, qué patética eres, ya sabes que no tienes con quién platicar, ¿por qué entonces te esfuerzas en tender lazos donde no los habrá más? Mis amigas si no está trabajando están con sus parejas, mis amigos igual. María trabaja casi 12 horas al día, Cristina no está acá. Mis problemas disminuyen pero no cesan. Mi pluma me comienza a identificar. Ya respetan mi estilo en la redacción, y mi historia ya tiene final.

San Román me hace llorar. Sigo sola, qué más da.

No compré ningún par de zapatos, no me hacen falta. No entré al salón, los pies me los hice regresando a casa. Fui al cine a ver una película malísima, tanto que parecía mexicana. Por lo menos me reí, comí palomitas y saliendo cené una hamburguesa con papas.

En la noche me puse a escuchar la Canción de amor mientras tanto. Mientras tanto, quise seguir escribiendo pero ni eso salió. Es oficial, trabajaré en un Instituto Nacional y mañana empiezo con otra faceta de hacer historia. Me pagarán bien, y conoceré una parte de la Ciudad que todavía no me ve caminar. Me da mucha emoción, pero también la ansiedad se apodera de los dedos de mis pies.

Lo grave, supongo, es que me empiezo a acostumbrar a esta soledad. La que a veces no me interesa, pero que otras me sorprende de lo cómoda que me hace sentir. Mientras llega la gran oportunidad, escribiré un poquito por encargo, a mano esta vez, seguiré ganando dinero, prepararé el siguiente proyecto. Mientras la lista de cosas por palomear no termine, supongo que no importa que siga habiendo soledad.

Tengo la sensación de que su aroma me ha seguido todo el tiempo, y esta vez siento que necesito llorar pero no puedo.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Bajo el mando de Mercurio

Yo creo y con eso basta.

Tengo la sensación de que su aroma me ha seguido todo el día, desde la noche de ayer. Y no me gusta no saber, si efectivamente es su aroma o algún perfume que está confundiendo mi nariz.

Muchos cumpleaños se festejaron en quince días, el último terminó el domingo pasado a las cuatro de la mañana. Desfilamos por el Mama Rumba en la colonia Roma, mi casa, el departamento de la chica, Zydeco de la Condesa, el insoportablemente kitsch barecito de la colonia Juárez, y cerramos con broche de oro en My Coffee Cup en Satélite. Esta vez sí tuvimos necesidad de circular del sur de la Ciudad, hasta Satélite.

En Mama Rumba las cosas sucedieron sin mayor novedad, salvo que un pisotón en la pista de baile me ocasionó un grave moretón en el pie izquierdo, lo que causará que se me caiga la uña del dedo gordo, sans commentaires. Llegamos re bien por Thiers hasta que se hizo Sevilla, y atravesando Insurgentes dimos vuelta a la derecha. Yo bailé toda la noche con un antropólogo con cara de oficinista, de pelo chino como el mío, y largo como el de la otra chica. Bailaba bien, no me puedo quejar, y la lluvia de las tres de la mañana nos intentó hacer pesado el resto de la noche.

Mis salones color piel quedaron color cemento. Cómo es divino que un par de zapatos me de tanta magia.

Las chicas se quedaron a dormir conmigo. Al día siguiente fuimos por barbacoa, y el día y la noche trascurrieron sin novedad pero con mucho ambiente, alrededor de la mesa de mi comedor. Bastaron unos tequilas derechos, como se deben tomar, y dos sixes de cerveza para convertir la comida en toda una fiesta. Y aprovechando que cumplí años, que la chica cumplía dos días después, que la otra cumplía el día 3 y así, seguimos brindando, y seguimos bailando.

Esa noche las sandalias altas de piel de pitón me sacaron una ampolla en diagonal, larga como de cuatro centímetros, justo en donde una tira de piel rozaba con el empeine de mi pie derecho. Sólo eso faltaba, porque ya el otro pie traía un enorme cardenal.

No he sido muy asidua a creer lo que los pronósticos del zodiaco nos deparan a cada uno de nosotros, sin embargo, de un tiempo a esta parte he comenzado a creer que los que nacimos bajo el mando de Mercurio tenemos un aire peculiar y también tenemos una manera particular de relacionarnos. Como un regalo del destino, desde hace un año he conocido a muchas personas que cumplen años en fechas muy cercanas a la mía, y he podido hacer una observación de la personalidad de quienes nacimos bajo este signo zodiacal.

El sábado en la noche, en el bar de la Condesa, conocí a Mateo. Tengo la sensación de que su aroma me ha acompañado todos estos días, todas estas horas. Ha sido una situación peculiar, porque a pesar de que tuvimos una química formidable desde que nos sentamos juntos en el mismo sofá, las famosas mariposas no han aparecido por mi panza, las chapitas no han iluminado mi cara, y los piropos no me hormiguean las manos. Ha sido distinto. Me he sentido bien, sin el arrebato pasional que hace que necesitemos estar con alguien.

Cada pareja de hermanos en su respectivo auto, volvimos por la ruta que escogió su hermano mientras llovía como llovió el sábado anterior; dimos un par de vueltas que mi hermana y yo hubiéramos evitado, pero resultó bien. De coche a coche persiguiéndonos y cantando a viva voz, ellos con canciones de amor y nosotras con Elvis Presley.

Al llegar al siguiente bar, donde acabaríamos la noche, nos cedieron el lugar de estacionamiento y ellos se fueron a buscar uno que quedó un tanto retirado. Nosotras nos alistamos y al bajarnos del coche, Mateo ya estaba esperándome junto a la portezuela de mi lado. Tan alto, con esa chamarra de cuero que me hizo sonreír, me ofreció el brazo y lo tomé, enfundado en mi abrigo de doble botonadura, y mi mano con mis guantes de piel bicolor. Caminamos hacia el lugar, y una vez más los tacones de 12 centímetros de mis botines negros me hicieron una buena jugada, me hicieron llegarle, por lo menos, unos centímetros arriba del hombro.

Ayer, que lo volví a ver y oficialmente tuvimos una cita, mis botas largas estilo cordobés delataron mi verdadera estatura. No está tan mal medir 1.60, me dijo. Te sienta bien porque tú mides casi 1.90, le contesté. Cuando me abraza el aroma se mezcla, las ramas de los árboles con todo y hojas dejan de moverse, mis 59 kilos y mi melena de leoncita entonan alegres, en la misma estampa que él.

El chico nació el 24 de agosto, algunos años antes que yo. No había conocido a un chico virgo tan agradable, tan elocuente como él. La cita de casi siete horas, pareció que duró sólo dos. El verano me regaló una de las mejores lluvias que han caído sobre mi pelo, del brazo suyo, enfundado en su chamarra de cuero y el mío en el abrigo de doble botonadura color negro.

Viene el fútbol, la Cineteca, el partido de rugby, la peli que queremos ver en el cine, la cita de la mañana del próximo sábado, los trámites que tengo que hacer yo. Las clases de francés, el entranamiento para la maratón, los viajes al Caribe, los cafés de prensa francesa. Vienen todas estas cosas que tenemos en común, que todavía no sé si tendrán parte, pero planearlas resulta divertido y prometedor y buena vibra.

Buena vibra que me tranquiliza, que me pone muy bien.

¿El destino se estará acordando de mi? ¿Habrá sabido que iríamos al mismo bar, acompañados de nuestros hermanos, a la misma hora, a ver el mismo partido de fútbol, que nosotros no queríamos ver pero nuestros hermanos sí? ¿Es aquí cuando se empieza a creer?


(Just remember please: fuck what others think, and do your own thing).

miércoles, 12 de agosto de 2009

Okey es oficial, estoy flaca

Estaba completamente inmersa, escribiendo unas conclusiones que parece que no tienen conclusión. No recuerdo por qué, de repente reparé en las puertas de mi clóset, en tanta ropa que a veces no le veo más fuera de él, y me levanté para corroborar que aquellos pantalones de cuero color negro seguían ahí y no habían cambiado de dueño.

Los encontré hasta atrás de los abrigos, volteados al revés, un poco empolvados, esperándome con ansias a que yo volviera a ponerles atención para gritarme a la cara una buena noticia.

Los descolgué y los examiné, como niña con juguetes en Navidad. Los fabulosos vaqueros de piel, de perfecto ajuste de la cintura a los talones, corte de bota, aquellos que son valiosos porque no tienen costuras, porque están hechos de una sola pieza, porque me han esperado muchos meses ahí, mis vaqueros que no volví a usar porque subí muchísimo de peso, me dijeron sonriendo que oficialmente soy flaca.

Los deslicé desde mis rodillas, sin ninguna dificultad rozaron mis caderas, y los abotoné como si me los hubieran mandado hacer. Como una segunda piel, tal como se deben usar los pantalones de cuero, mis vaqueros han salido del clóset. Los traje puestos un rato, saqué algunas sandalias, las de tiritas negras, las de tiras de pitón; los tacones de media plataforma de charol, los tacones grises. Me puse feliz de que otra vez estén en circulación.

Mucho esfuerzo ha dado resultado. Estoy muy contenta de que se note por fuera, lo excelentemente bien que estoy por dentro en estos momentos.

Mafka me llamó, me volví a poner mis jeans y salí para verla en el Sanborn's de la esquina. No hay nadie más feliz que yo en este día. Le compartí la noticia, es oficial, otra vez soy flaca.

lunes, 13 de julio de 2009

Una simple semana

Sábado de vintage, de mercadillo, de intercambio de tesorillos. De pruebas de jeans pegados, de plataformas que no sé cómo se calzan, de complicidades con mi hermana que ya no me acordaban que existían.

Domingo de dar noticias, de leche fría y de León sonriente. De compras rápidas, felices, de café recién filtrado y Metro vacío. De revista Vogue en el vagón mientras avanzo, y pido deseos. Domingo de sandalias doradas, domingo de lluviecita fría y de baños públicos, de coca-cola en vaso de cartón.

Miércoles depresivo donde no aparece mi nombre completo, donde no suena el móvil, día en el que se rompe el tacón del zapato. Que comí como loca un buffet para la cena, que guardé panecillos de chocolate en mi bolso, que hablé con mi amiga como si fuera el día después.

Entre semana de leer tus mails, justo antes de las diez horas, cuando llegas a investigar, cuando me respondes sin saber casi como soy. De ombligos de Ciudad, tal como tu lo has dicho; de salir a empaparnos, y regresar a saber quién soy.

Jueves de reencuentros, de Ciudad de noche, de sandwiches hechos rollos, y de echarme a perder mientras me compras frapuchinos para el camino a casa. Te extraño, a veces me haces falta. Otras veces me gusta como eres, tal cual, y que ríamos mientras la gente nos mira.

Sábado de piñas coladas, de taxis compartidos de regreso a casa, de amistad que no se ha roto a pesar de la distancia en la que se ha estirado. Sábado de mandar felicitaciones estúpidas por el móvil, de esperar su llamada, de tener en el corazón la sensación de que pronto ocurrirá.

Martes de comida china. De miradas furtivas con el chico del cristal, de deseos interrumpidos bajo su saco color verde, de mis tacones que quieren ir a donde él. De abrazos en la maquinita de coca-cola, de bombones rancios y cacahuate japonés. Martes que me hacen ser un poco más histérica, sentirme en la orilla de la Ciudad, saber que el chico tal vez no vendrá.

Viernes de secretos del León, que francamente no quería saber. Es un chico un tanto tímido, y todo indica que no sólo le caigo bien. Viernes de confesiones de fantasías no cumplidas, de fantasías que se desea cumplir, y de líbido atado a las patas de la cama. Trece horas y me confiesas las fantasías que te provoco, que se te entume el brazo, y que el domingo próximo no podrás dormir.

Y el lunes me echarás la culpa del insomnio.

El tiempo me vuelve un poco loca, necesito -como siempre lo dije- un día de 27 horas, y aún así me faltarían otras tres. Necesito poder escribir como antes, como siempre, como hoy. Llena de dolor en todo el cuerpo, con la pierna izquierda entumecida por el frío, con los huesitos filosos bajo mi camisón color mamey.

Viernes de confusión en la colonia Condesa, de risas a través de la vidriera, de viajes en Metrobús que me hacen reír. De taxis histéricos como yo, que también se equivocan. De lattes a las ocho de la mañana, de haber despertado a las cinco y veinte para meterme a bañar. De exámenes que respondo con mi simple memoria, de suerte que viaja en mi muñeca izquierda, de santos que me miran desde las ciudades que me rodean.

Viernes de la colonia Condesa. Viernes sin tí, con ella, sin mí, calzando mis botas negras.

lunes, 4 de mayo de 2009

A veinte cuartillas

La felicidad me espera a veinte cuartillas. Hoy elegí unas plataformas ácidas, color naranja fosforescente que me levantó desde los pies hasta las chapitas de la cara.

Todo va caminando bien, poco a poco con tranquilidad. Los cambios siguen llegando. La lista de pendientes y de deudas se empieza a hacer pequeñita.

Como hace tanto calor, San Román se ha hecho mi cómplice -más aún- de frapuccinos. Ayer fue por mi hasta el sur de la Ciudad. ¡Qué tipo más mono! Verdaderamente que hace mucho tiempo no iban por mi y me traían de vuelta nomás por el gusto de hacerlo. Me puso bien. Platicamos mucho como lo hemos venido haciendo las últimas semanas.

Cada día que pasa lo quiero más y se vuelve más imprescindible su compañía y su presencia. Afortunadamente el móvil siempre nos acerca. Rezo por él, y él no ha dejado de recordarme que debo terminar las cuartillas que tengo pendientes.

Le he dado mi palabra. La palabra vale, vale muchísimo, tanto como un papel firmado o un apretón de manos. Y sé que muchas cosas las puedo hacer a un lado, pero las que compartimos San Román y yo, se han quedado tatuadas en nuestros corazones.

Como todo ser humano, mis promesas no se pueden cumplir como con una varita mágica. He quedado con que escribiré una cuartilla diaria hasta terminar. Utilizaré mi histeria histórica para organizar las ideas de mi Historia inconclusa. Parece que estará bien.

Me duele un poco el pecho derecho, he fumado un poco más; es oficial que los huesitos del escote se me comienzan a notar y me han dicho que he logrado una estampa de vértigo. Me sube el ánimo. Es oficial que estoy más flaca. Con todo eso, no he dejado de comer, no he dejado de dormir y por fin estoy usando todos los pares de zapatos que ya no recordaba que guardaba en el clóset, entre ellos mis plataformas ácidas. Aún cuando la ropa me queda un poco floja y que los tacones me lastiman un poquitín los deditos de los pies luego de caminar largas cuadras, he podido hacer mis recorridos citadinos con todo y cubre bocas puesto.

Extraño el cine y los cafés abiertos. Extraño poder escuchar las conversaciones de la mesa de al lado. Espero que aún con todo esto, todavía pueda recibir miraditas de extraños comensales.
Tengo ganas de platicar mucho mucho y de seguir escribiendo.

Escuchar la radio me pone bien. He comenzado a hacer un filtro con las noticias que debo y no monitorear y procesar. Los motivos para seguir escribiendo se hacen presentes. Los motivos para escribir con mi voz me hacen afortunada. Me hace feliz darme cuenta que mi vocalización se puede convertir en palabras bien escritas. Bendita tecnología, feliz hallazgo, increíble Ciudad.

Si todo sale como lo he planeado, estaré terminando el capítulo a finales de mayo. Ya no fue para abril -no me da pena admitirlo-, será para mayo.

viernes, 24 de abril de 2009

Mother Monkey Collective

Mafka llegó a la casa cuando leía los pendientes y me disponía a ponerme a escribir. Era la primera vez en mucho tiempo que saldríamos a bailar, así que la ocasión ameritaba ponernos muy guapas, soltarnos el pelo y reír a carcajadas.

¿Quieres que te ponga super punk?
Escogimos unos atuendos lindos, de jeans pegados y chamarras cortas. Yo escogí las sandalias más altas con las que pude caminar y la camiseta color verde que dice Techno love que Maf escogió por mi.

Me alboroté el pelo. Ella lo usó alisado echado para atrás y para terminar necesitaba algo de gomina o spray para fijar los pelillos de la coronilla. Le ofrecí mi fabuloso super punk varias veces, a lo que me contestó con cara de espanto "no, gracias", seguí ofreciéndoselo y explicándole que, a pesar de ser un liquidito color azul eléctrico, es inofensivo y muy eficiente. Total que accedió al final de todo y le eché un rocío azulado que le dejó la cabellera justo como quería.

Llegamos a Cuatro caminos pasadas las nueve de la noche. El metro estaba particularmente feo y más aún cuando tuvimos que caminar un montón para entrar al andén. Llegamos a la estación zócalo muy alegres, muertas de risa, envueltas entre personas que bailaban danzas prehispánicas, policías, indigentes, turistas y también teníamos hambre.

No lo pensamos dos veces y caminamos al Super 7 que está a un costado de la Catedral Metropolitana. Compramos unos burritos y, a la hora de escoger qué tomar, el Super7 se convirtió en el bar Super7. Compramos dos indios de lata y caminamos rumbo a la calle Guatemala.

Mother Monkey Collective.
Mafka es una chica guapa, alegre, con una conversación magnífica y con un sentido del humor maravilloso. Veníamos muertas de risa por las cervezas en lata y al pasar el camión de granaderos, las destapamos. Brindamos en la calle, seguimos caminando y nos detuvimos en la esquina de Guatemala a espaldas de la Catedral. Eligimos un puesto de periódicos -lo único abierto- y nos pusimos a platicar.

Hablamos con Janis, quien nos esperaba en el Centro Cultural de España, bebimos y reímos. Me dijo que debíamos recordar ese momento tan fenomenal, ¿qué mas le podíamos pedir a la vida en ese instante? Nada, pensamos las dos.
"Estamos en la calle, a un lado de un puesto de periódicos que dice "Mother Monkey Collective", lo recordaremos siempre" -me dijo. Estabamos notablemente contentas. Terminamos las cervezas y nos metimos al centro cultural.

Lo pasamos muy bien, bailamos, circulamos por el lugar, platicamos mucho, esperamos a unos chicos que nunca aparecieron. Otros hicieron su aparición, entre ellos el chico financiero a quien no esperaba ver y de quien no recordaba el nombre. Algunas veces me da igual, sé que probablemente quede fea la cosa, pero hay encuentros que no deben tener parte.

La noche me regaló una vista increíble del Templo Mayor iluminado, de una excepcional arquitectura del siglo XVI, y de la compañía de mis amigas. Bailamos mucho, celebramos muchas cosas, brindamos por otras, por mi, por Mafka, por Janis, por los proyectos, por las tres... Hay noches que deberían durar por lo menos hasta la mañana siguiente.

A la hora del regreso, como siempre, no sabíamos cómo volveríamos a casa. La sorpresa fue que el chico financiero nos trajo sanas y salvas. Pasamos a cenar, y ¡salud! por los trabajos que no son de ensueño pero que permiten pagar las cervezas y los tacos de madrugada, ultimamente me han tocado chicos que no pagan mi cuenta, así que nos pusimos guapas para nosotras mismas y llegamos a casa a dormir.

Pasadas las cuatro de la mañana pusimos las alarmas y nos rendimos ante Morfeo.

La Ciudad ha seguido siendo noble conmigo. Me da grandes sorpresas, me hace sentir completa. Me da libertad.


Hoy recordé que la última vez que fui al Vive Latino tomé agua de la llave de los baños del Foro Sol. Confieso que me gusta visitar el bar Oxxo o el bar Super7 a menudo. Me gusta también tomar una cerveza relámpago antes de entrar a los lugares. Me gustan las banquetas de mi Ciudad. Me gusta la Ciudad de México. Confieso que fingí olvidar el nombre del chico financiero, que no me cae muy bien del todo y que no me interesa si quiere saber los pormenores de mi vida. Me gusta salir. Me gusta estar con mis amigas y platicar de revistas de moda con Mafka. La verdad es que también me quiero enamorar, me hace falta que me abracen y me hace falta sentir un cuerpecito a mi lado. Me gustan los tacos de guisado. Confieso que es mejor así.

Confieso que tengo muchas cosas que confesar.