miércoles, 16 de septiembre de 2009

Mientras tanto.

El Instituto Nacional, a pesar de que titubeó, me recibió con los brazos abiertos y me demostró que es de sabios cambiar de opinión. De cualquier forma, las medias tintas siguen sin dar conmigo.

Quizá fue la lluvia, o todo el frío que me llegó a los pies cuando salí de bañarme, lo que me hizo sentir que me daría pulmonía. No podía quedarme en ese lugar, mi pecho no podía llenarse más. Cogí un taxi, hice las compras necesarias, y luego no supe más que hacer. Aún cuando la Ciudad tiene infinitas maneras de hacerme feliz, esta vez no tuve motivo ni siquiera para pintarme la pestaña. Encontré dos opciones, entrar al salón a que me hicieran los pies y las uñas o entrar a una tienda de zapatos. Elegí la segunda opción.

Me probé unas alpargatas divinas, unas sandalias planas de tiras color dorado, unos tacones negros y así... casi me bajaron todo el aparador. No los necesito, reconocí, igual voy a estar sola y nada cambiará tener una caja más, o una caja menos, de zapatos en el clóset. Escribí un mensaje de texto rapidísimo, que decía que si era demasiado comprarme un par de sandalias más, Rey Sol nunca respondió. ¿Y cómo iba a responder si ya no somos de ese tipo de amigos? ¿Cómo le pido respuestas a mis preguntas bobas, a un chico en cuya vida no tengo ni cinco minutos de sus 24 horas al día?

Me vi reflejada en el aparador y me dije en voz alta, qué patética eres, ya sabes que no tienes con quién platicar, ¿por qué entonces te esfuerzas en tender lazos donde no los habrá más? Mis amigas si no está trabajando están con sus parejas, mis amigos igual. María trabaja casi 12 horas al día, Cristina no está acá. Mis problemas disminuyen pero no cesan. Mi pluma me comienza a identificar. Ya respetan mi estilo en la redacción, y mi historia ya tiene final.

San Román me hace llorar. Sigo sola, qué más da.

No compré ningún par de zapatos, no me hacen falta. No entré al salón, los pies me los hice regresando a casa. Fui al cine a ver una película malísima, tanto que parecía mexicana. Por lo menos me reí, comí palomitas y saliendo cené una hamburguesa con papas.

En la noche me puse a escuchar la Canción de amor mientras tanto. Mientras tanto, quise seguir escribiendo pero ni eso salió. Es oficial, trabajaré en un Instituto Nacional y mañana empiezo con otra faceta de hacer historia. Me pagarán bien, y conoceré una parte de la Ciudad que todavía no me ve caminar. Me da mucha emoción, pero también la ansiedad se apodera de los dedos de mis pies.

Lo grave, supongo, es que me empiezo a acostumbrar a esta soledad. La que a veces no me interesa, pero que otras me sorprende de lo cómoda que me hace sentir. Mientras llega la gran oportunidad, escribiré un poquito por encargo, a mano esta vez, seguiré ganando dinero, prepararé el siguiente proyecto. Mientras la lista de cosas por palomear no termine, supongo que no importa que siga habiendo soledad.

Tengo la sensación de que su aroma me ha seguido todo el tiempo, y esta vez siento que necesito llorar pero no puedo.

No hay comentarios: