Empecé escribiendo estas líneas con mucho empeño y de una manera diferente, pero finalmente no ha habido motivo para hablar de los encuentros que tuve en Insurgentes y Eje 6. A veces me canso de afirmar que la gente no cambia, que los chicos tóxicos, tóxicos serán hasta el final de los tiempos, que las chicas que nos tienen envidia no dejarán de demostrarlo, y que si de uno no depende nunca nada cambiará.
La Ciudad me dejó encontrarme con él, y no permitirá que tengamos otro encuentro. Tenía tan revueltas las ideas ayer en la noche, que no estuve segura de si lo que quería era llorar o reír, ya hace algunos días que la ansiedad me ha sorprendido con ganas de vomitar, y supongo también tiene que ver que la persona se tarde en definir conmigo y me contagie su nerviosismo.
Respondí el último correo electrónico que me envió a las 10:20 horas, veinte minutos después yo iba camino a la Fuente de Petróleos. Luego de las citas que tuve en Reforma y Gandhi, salí despavorida hacia la calle de Córdoba en la colonia Roma. Me fui hacia Insurgentes, en Reforma222 me bajé del autobús, atravesé el centro comercial para salir a la estación Hamburgo del Metrobús y de ahí caminé y caminé hasta atravesar Avenida Chapultepec y llegar a Córdoba 32.
Al salir de allí caminé hacia la calle Durango, y luego derechito a Insurgentes. Atravesé el parque de la fuente del David, y en Durango y Jalapa me detuve a comprar un licuado de papaya y una empanada de atún en la panería de la esquina. Continué caminando hasta la estación Durango del Metrobús y lo abordé dirección Indios Verdes, para bajarme en la estación Hamburgo. Caminé Reforma para ir de regreso hacia el Auditorio Nacional para por fin encontrarme con él, pero me llamó para pedirme que fuera como la vez anterior, hacia Insurgentes y Eje 6. La línea 7 del Metro fue la mejor opción, porque sólo son cuatro estaciones en dirección Barranca del Muerto.
Y en este momento no sé de qué encuentro valdría más la pena escribir. Quizá del primero, porque una vez que sucede corro el riesgo de que pierda la cuenta de los encuentros que he tenido. Después fuimos de regreso a la Glorieta de Insurgentes, justo donde anduve en la mañana, atravesando Avenida Chapultepec. Hasta recordarlo me da un poco de flojera, pero como le dije a Jazmín, un intento más y ya no vuelvo a apostar.
Y los días han pasado, y su tiempo se ha terminado, y las cosas así son. Es evidente que el chico es casado, aún cuando se niega a afirmarlo. El estado civil de un chico hasta se puede oler. Para los chicos tóxicos lo más sencillo es suponer que uno es débil mental o que vamos a caer por simples ganas. Se necesita más que eso para que yo ponga atención. Quizá lo que más me molesta es el intento de verme la cara, cuando es evidente que no me la van a ver.
A veces sería más sencillo si supieran que el mismo error no lo cometo dos veces.
Los domingos sirven para muchas cosas, para reponerse del desvelo de ayer, para ver lo que faltaba de la serie de tv, para cocinar con mi madre como si toda la vida hubiera sido así, para lavar la ropa. Este domingo sirvió para borrarlo del móvil, del correo electrónico, para borrar de mis pies los pasos di para encontrarlo esta semana, un par de veces, en la colonia Del Valle. No hay medias tintas, lo he dicho muchas veces, los tacones te matan las pantorrillas o te ves horrible con zapatos bajos, o viceversa. Y cuando dije que me perdería al dejarme plantada, debió estar seguro de que así sería.
La Ciudad es mi mejor aliada, me cuida procurándome o negándome los encuentros que tienen la intención de suceder.
Y las malditas mentiras nunca tienen lugar, no caben, no van conmigo. El sol no se puede tapar con el puto dedo, eso hasta yo lo sé.
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