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miércoles, 20 de noviembre de 2013

Así se escribe el año once.


For you I bleed myself dry.


Volver a verlo era lo que necesitaba para sentarme a escribir. Fingí no querer verlo, y durante un tiempo me escabullí, hui y me desaparecí como humo.

No fue un tiempo cualquiera, fueron diez semanas después de que cumplí treinta y de que él cumpliera cuarenta y tres. Empecé el doctorado, volví a la academia y regresé a dedicarme de lleno a la investigación y a escribir. Sin darme cuenta se agregó un año más a la lista, menos ceros a las deudas y un gato más a la familia. Seguí creyendo en el amor y creí haberme enamorado. Rompí mi propio esquema y me volví a estructurar. Decidí irme de ahí. Comencé a vivir en dos casas, con gasto doble y un gato menos. El metro de la Ciudad se convirtió en mi brioso corcel.

Mientras tanto, él hizo un mal negocio. Resolvió cuestiones de salud, se fue su salvador. No viajó, pero lo hará. No me amó, no lo hará, pero me extrañó. Once años después, estamos viviendo en la misma Ciudad, en la misma zona y casi se podría decir que llegamos a pie al domicilio del otro. No lo puedo creer. ¿En qué momento crecí?

Un mensaje que recordó el viejo programa de televisión, que él no había visto, en el que di mi testimonio sobre violencia intrafamiliar, fue el que nos hizo compartir el desayuno. Vino enorme, con el peinado que me gusta que use y con su coche gris. Como si no hubiera pasado el tiempo, le mostré a mi gato a través del balcón y se cambió de asiento para que yo condujera su auto. Te lo encargo mucho, me dijo. Manejé con cuidado, suave, despacio, como si se tratara del amor. Tomé el eje vial de ida y vuelta, después fuimos a desayunar.

En el camino noticias, risas y obituarios. Me estacioné como pude, y se bajó a abrirme la puerta del auto. Desayunamos. Ella se fue, tal parece que para nunca más volver; tan fue así, que pensé que había muerto. No lo sé él, pero yo no la volveré a ver ni por accidente. Y no me alegro, honestamente. Pasa que es de esas noticias que sabes que nunca vas a escuchar, que necesitas un trago para digerirlas, de esas que ni siquiera sabes si son verdad.

Luego el amor y la regadera y una lavandería. La lavandería en casa, la regadera fría y la cama vacía. Una pizza delgada, tres libros sin leer, un par de gatos que se entretienen rompiendo cosas en el salón. Como siempre, como si nada. Pero entonces hubo un pequeño paseo, su mano que tomó la mía en la banqueta, y dos cepillos de dientes que compramos en la esquina. Como nunca, como todo.

Antes otro paseo, uno que no había habido antes. En cuatro ruedas, dos grandes y dos chiquitas, pasó por mi mientras meditaba descalza sobre el concreto de la azotea. Reí como hacía mucho no reía. Nos divertimos como locos. Conté el tiempo, le dije que eran ya once años, y no volví a mencionar un tema serio en todo el día, ni en toda la noche, ni lo haré en todo el año que nos queda.

Todo este tiempo me he resistido a escribir el año once, sin darme cuenta de que al mismo tiempo no he dejado de escribirlo. Diciembre me arrollará, enero me sonreirá, y entonces febrero tendrá una cara de año doce que no sé si podré con ella.

Por lo pronto le dije una mentira, que no sabía qué día nos habíamos conocido, que había dejado de recordarlo. No es verdad. Lo conocí un lunes, el 5 de febrero. Asueto. Yo no había ido a la Universidad, él venía de comer en casa de su mamá. Muchas cosas he perdido mientras me encontré a mi misma. La fecha de cuando nos conocimos, no es una de ellas.

¿Y ahora? Se acabó el verano, intenté escribir una mierda de otoño, me mudé de casa y reestructuré mi vida. Viene el invierno, se acabará el año once y yo tengo que seguir escribiendo.


Cosas nuevas. Temas nuevos. Una teoría. Un doce me sonríe y no puedo dejar de guiñarle el ojo.

martes, 2 de abril de 2013

Entre la sed y el silencio.

Regresé a casa sintiéndome tan feliz, que olvidé de dónde venía.


Conduje mi auto a través de los Ejes y del Circuito Interior, que me jode que se llame Bicentenario. Yo, chica del Norte, sé cómo moverme por las arterias de esta Ciudad, como si de la palma de mi mano se tratara. No duró mucho tiempo mi trayecto de regreso, no tanto como duró la charla que me mantuvo al borde del asiento la tarde entera.

Muchas cosas se amontonaron en mi cabeza. El último café, las cartas de la semana pasada, los temas pendientes, la labor de investigación... No nos dimos cuenta, pasó el día, pasaron las palabras, y pasamos nosotros por ahí. Atiné a pensar con certeza, que estuvimos por espacio de seis horas, creando un lazo mágico... y no nos dimos cuenta.

Tampoco tiene televisión.
Comenzamos saludándonos como si no nos hubiéramos visto en años, yo moría de sed, y quizá él de silencio. Tomamos una mesa, elijo yo, elige él, eso no causa problema. Con pocos hombres se pueden hacer tratos de esa forma: rápidos, fáciles, plausibles. Hasta esta mañana comprendí que con él se pueden hacer acuerdos justos.

Me preguntó sobre mi último viaje, hicimos bromas sobre la carta del café. Vienes muy contenta, me dijo. Vengo en la relajación total, le respondí; aunque honestamente lo que sucedió fue que reflejé sentirme contenta de verlo. Con el pretexto que siempre me pongo a mi misma, de disfrutar de una buena charla, siempre consigo que todo sea posible. Anécdotas, comenzamos a sumar anécdotas. La del mapa mal dibujado en un papel, la del teléfono en el panteón... "te sugiero" y comenzamos a reír. Reímos como nunca.

Después de la risa y de que llegara el primer café, empezamos a hablar sobre las personas que fuman y cómo lograr dejar de fumar, y tomó esa linda pose que toma cuando me pone atención: recarga su barbilla sobre las manos que se apoyan en los codos sobre la mesa, guarda silencio, me mira y escucha. Hablé y hablé, como hacía mucho no lo hacía. Me reí. Reí a carcajadas, al extremo de que tuvimos que pedir disculpas a los comensales de la mesa de al lado.

Después lo escuché. Tomé esa pose que me encanta que nadie se dé cuenta cuando lo hago: subí la pierna izquierda a la silla de enfrente, y mi codo izquierdo se recargó sobre el respaldo de mi silla. No hice más que poner mis ojos fijos sobre los de él, le escuché como cuando era mi profesor.

Luego los libros abrieron los corazones, abrieron las anécdotas y abrieron las puertas de los departamentos. Hablamos entonces de las historias de mudanzas que traemos cada uno con nosotros, de nuestras cajas de libros, de nuestras repisas vacías. Le hablé del baúl de muertos que siempre traigo conmigo. Luego hablamos de nuestro trabajo, de los muebles con los que escribimos, de las personas con las que conversamos. Le pregunté muchas cosas, me respondió todo lo que quise.

De sus hijos a sus padres, de mi silla de escritor a que no tiene televisión. Sonreí. No dije nada. Pensé que yo tampoco tengo, luego de la última mudanza. De mi departamento a mi última casa, de mi postura sobre el feminismo y la politización de lo términos "empoderamiento" y "tolerancia"; hablamos casi seis horas seguidas. De mi padre a mi trastorno de ansiedad, de los gatos que son suyos y que no quiere, a la historia del perico que se suicidó... La tarde pasó.

Yo llegué teniendo sed, él llegó teniendo silencio.
Cuando habló de su frustración por tener empacados los libros que necesita para trabajar, me vi reflejada en él. No lo sabe, y posiblemente no se lo diré nunca, pero me vi en él. Hablé sobre mis autores favoritos, poco a poco comenzó a entender por qué me gusta escribir lo que me gusta escribir, y me dijo que entendió por qué es que escribo como escribo. Con mucho gusto y mucha sorpresa, pude hablar de Javier Marías porque él también lo lee. Poco a poco comencé a registrar los datos que necesito para trabajar, que se supone que eran el objeto de toda la charla, pero que no sucedió así.

La maravilla de la charla, permeó hasta nuestra labor de investigación histórica. No hizo falta que yo hiciera preguntas concretas; la mayor parte de las cosas las fui deduciendo. Lo que necesito, como es mi costumbre, lo pedí. Concluimos sin querer hacerlo, afuera del café, caminando por la acera, riendo a carcajadas recargados en mi auto. "Anotaré los pendientes que tengo contigo", me dijo y sacó su agenda para anotar todo lo que no quiso olvidar.

Me reí más de lo que escuché. Escuché mucho más de lo que hablé. Yo iba muerta de sed, pero él venía muerto de silencio.


Poco a poco, la maravilla de la labor histórica, permeó hacia nuestra charla y hacia mi auto, hasta la música que elegí como soundtrack.

Conduje Av. Camarones pasadas las once de la noche, y entonces se convirtió en Eje 3 Norte. Llegué a los suburbios de la Ciudad. Le hice de acomodadora de autos, no me importó, porque seguía riéndome de nuestros chistes. Entré a casa. Me acomodé. Seguí bebiendo agua. Soy una chica, y como tal, mi deber es avisar cuando llego sana y salva a descansar. Lo hice, le escribí, ya no quise llamar, iba a ser la media noche. Me respondío una frase, seis palabras, un punto y seguido...

Fue el domingo, que ya comienza a hacerse fecha pendiente. Fue la zona, y fue él. Fue estar casi seis horas entre la sed y el silencio. Se ata entonces, el primer nudo de un lazo mágico que no sabíamos que iba a existir.

Fue la estación y fue que vivimos la pascua. Fue la forma maravillosa de cerrar una semana y de iniciar un mes. Fue el piropo que no me esperaba.

miércoles, 20 de junio de 2012

Con fecha de caducidad.


Es como estar jugando a brincar la cuerda en la orilla del precipicio.
Tarde o temprano me voy a caer hacia el vacío.

¿Qué es el amor? Nadie está seguro de eso.
Y aquí vengo yo, a enamorarme hombre que tiene un encanto maravilloso, que me ha hecho entenderme a mi misma como nunca imaginé. Y todo está en nuestra contra: los estados civiles, los estados políticos, las fronteras geográficas, las delimitaciones religiosas e ideológicas… y aun así esto sucedió.

Destino, ahora realmente no creo en el destino. Mírame, me senté a tomar una copa de tinto en ese restaurante que se encuentra sobre un puente, y me encontró, literalmente el chico me encontró. Como dice la canción de Fito Páez, él no buscaba a nadie y me vio, buscando margaritas del mantel… Y toda una historia ha venido detrás de nosotros. Hemos dejado maravillosos recuerdos en cada una de las ciudades en las que hemos estado; hemos aprendido más en 25 días que en años de estar viviendo en las grandes capitales del mundo.

Y así, como si nada, se fue a un país del cono sur. Y yo, con todo y mis recuerdos, me quedé en la Ciudad de México, a donde pertenezco.

De pronto me veo envuelta en papeles viejos de 75 años de antigüedad, en periódicos que casi ni siquiera se pueden leer. Me veo metida en textos que tengo que terminar de escribir, pero que no quiero. Me veo metida en unos jeans talla 5, sin saber que bajé 3 tallas. Me veo frente a este espejo, escribiendo en el teclado como si me pagaran por ello… bueno, de hecho me pagan por ello; escribiendo en el teclado con todo el ánimo del mundo, por primera vez sé como acaba la historia, sé cómo debo de escribir, pero esta vez no quiero hacerlo.

Así pasan los días, y me lleno de buenas noticias. Las cosas se han puesto mucho mejor desde que me mudé de casa. Mis amigos se han convertido en mi verdadera familia. Ayer recibí el número del Boletín en el que me publicaron un artículo. Vine de regreso al lugar en donde toda la historia comenzó…

Y la mensajería llegó para dejarme regalos que el chico no puede venir a entregarme. Y su guardarropa se dispersa entre mis manos, dejándome camisetas de rayas azules que huelen a Old Spice, y que envuelven cartas de amor con letras de canciones en un idioma que no puedo comprender... ¿Cuál es el punto? Esto nació con fecha de caducidad. El plazo ya se cumplió, y todavía no llega la verdadera despedida.

Taxis, muchos taxis; Metrobús, Metro, camiones, Terminales de Autobuses, aviones, dos aeropuertos; un Autobús que te abraza mientras viajas, un coche que me sostiene al manejar. En la gran ciudad, todos los medios se han puesto de nuestra parte.
 

jueves, 17 de mayo de 2012

Bueno, es del 79.
Por lo menos ya salí de mi propio vicio del año 1977.

Esto es cada vez más interesante.
Gracias a Dios, que la Ciudad ha venido a ser mi telón de fondo.
Esto sólo podía suceder aquí, yo sabía que no podía serle infiel a mi Ciudad...

jueves, 15 de marzo de 2012

Una mañana cualquiera

Sólo fue una mañana simple, cualquiera.
Una mañana como siempre, en la que me desperté muy temprano, me alisté para salir de casa. Sin desayunar y sin un café en la panza, tomé mis libros, mi bolso de tela color morado que trae dentro años y años de documentos históricos. Tomé mi radio portátil, que no sirve, pero que viene conmigo para poder escribir con él. Me colgué en el hombro mi bolso color turquesa, tomé las llaves, y manejé directo al Instituto.

En el camino escuché las noticias, todas, comenzó la transmisión desde las 5:45, la música de Fito Páez no dejó de sonar porque en la estación de radio celebraron su cumpleaños. Fue una mañana cualquiera, en la que escuché a Fito mientras dilucidaba sobre qué poner en mi lista de prioridades del día. Fito sonó, yo soñé, la radio me entretuvo.

Llegué a la biblioteca pensando que debía regresarme para tomar el desayuno, y justo cuando me decidía para ordenar en el comedor, el Rey Sol, como si atravesara el éter de mi radio portátil a la silla que estaba junto a mi, se puso en contacto conmigo. Y después de hablar los minutos necesarios, y de tratar de convercernos el uno al otro de que debíamos quedarnos haciendo lo que cada quien estaba haciendo, nos decidimos a vernos.

Y entonces fue una mañana cualquiera, en la que caminamos pasillos de centros comerciales que todavía estaban cerrados y en la que hablamos sobre lo mucho que pueden alejarnos nuestros celulares con tanta tecnología a la mano. No es que no te quiera ver, le dije, sólo pasa que no lo tenía planeado. Tomé todas mis cosas de sobre la mesa de la biblioteca, empaqué literalmente mis historias y unas memorias usb; corrí hacia el coche, conduje, me estacioné junto a él. Fui a desayunar a un restaurante amarillo, justo antes de la persona que viera todo el horizonte color turquesa fuera yo misma, al acostarme junto a él.

Pedimos una mesa con dos sillas, me dejé el bolso en el auto y él se dejó puesta la camisa azul, que lo hacía verse muy guapo. No estamos seguros de cuánto tiempo pasó desde la última vez que compartimos el desayuno. Años, muchos años. ¿Te acuerdas cuando te ibas de pinta en la Universidad? Me dijo. Sí, me acuerdo. Generalmente eran los lunes, cuando yo tenía uno de esos seminarios que no se quieren cursar, porque definitivamente no se sabe para qué van a servir; entonces yo decía que iba a clase, y en realidad me subía al Metro para hacer un transbordo, y llegar a donde estaba él. ¿Y dónde estaba él? Esperándome, en pijama, metido entre las sábanas, a punto del segundo rato de sueño reparador, después de las siete de la mañana.

El tiempo pasó. Mucho tiempo, dejando pocas huellas. El tiempo pasó, y casi no nos dimos cuenta. Semestres que se terminan, autos que se destruyen, viajes que no regresan... Personas, otras personas que tampoco dejaron huella. Y entonces las mañanas seguían siendo como cualquiera. Yo bebiendo mucho café, él con un hambre atorada que a veces no quería salir. Periódicos, muchos periódicos de media página, color gris y color melón, siempre venían conmigo y yo se los leía en voz alta.

La Ciudad se ha encargado de regresarnos a los mismos sitios y de darnos algunos nuevos. El restaurante amarillo está en una zona que antes no hubiéramos frecuentado jamás, pero definitivamente los tiempos han cambiado.

Casi todo sigue como siempre, pero muchas otras cosas son nuevas para mi. En las noches a veces hace su presencia, se retoca, se acaricia la cabeza; no es que pueda verlo pero casi siempre puedo sentir su olor.

Y después de todas esas noches, y de cada uno de esos sueños, al día siguiente siempre es una mañana cualquiera. Café sin cigarrillo, radio sin despertador. Coche con gasolina, Ciudad congestionada. Periódicos, libros. Coches que se siguen hasta que encuentran el destino. Él y yo dejando a un lado lo deberes matutinos.

martes, 31 de enero de 2012

¿Quién te crees?

Yo voy a desafinar, es mi bien desafinar.
Pero es que me ofende tanta, tanta vulgaridad.
Fito Páez, Música para camaleones.

No tengo ni la menor idea de qué es lo que mueve a una persona para comenzar a escribir un blog; para leerlos, seguirlos y comentar, o simplemente para ser lectores anónimos. Conocí el mundo del blogger leyendo a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel y a mi amiga Copo, que se decía ser una víctima casi perfecta. De ahí conocí a personas maravillosas. A un lobo que era hermano de un monstruo. A una chica con un nombre pequeñito. A Lilith, cuyo relato de los preparativos de su boda me arrancaban de puritita emoción algunas cuantas lágrimas. Y entonces me puse de nombre Mariposa Tecknicolor, y empecé a escribir en este espacio para mitigar mi ansiedad, e iniciar un nuevo camino.

Tuve que haber hecho algo, que en realidad ahora no me acuerdo, para que personas gratas y no gratas de mi pasado, me hayan encontrado en la blogósfera y en el mar de información que emana de la internet. No estuvo mal, de hecho, que comenzaran a leerme. Pero tiempo después, mensajes anónimos comenzaron a llenar la bandeja de comentarios de este espacio.

No estaban mal. Algunos comentarios eran constructivos, otros hacían peticiones sobre temas para escribir, hubo algunos que hacían propuestas... Pero entre ellos, también dejaron comentarios ofensivos y agresivos; hubo personas que me pedían que de inmediato eliminara mi blog o que eliminara algunas entradas porque mi escritura estaba "llena de ficción, fuera de la realidad". Así también llegaron burlas, y descrédito para mis letras. Hubo tres personas que escribieron diciéndose llamar soltero tóxico, pidiéndome cuentas, preguntando quién me creía yo para haberles robado la identidad.

Me cansé de dar explicaciones. Llegó un momento en que me cansé. Quizá eso explique un poco el que me encuentre viviendo otra vez en el mismo lugar, escribiendo sobre mis rodillas, tratando de terminar un trabajo que pareciera que he estado escribiendo durante toda mi vida.

Nunca le di la importancia a esos comentarios de lectores nongratos. Nunca me senté a considerar que tal vez debería dejar de escribir en este blog, con este nombre y con esa foto en mi perfil.

Hubo muchos otros comentarios, muchas personas que construyeron estos relatos con su presencia y con su ausencia. Que con los paseos que me regalaban por la Ciudad, con sus días o con sus noches, llenaron mis ojos de dramas que me permitieron seguir escribiendo. Hubo personas, más de las que puedo mencionar aquí, que alimentaron el otoño para que yo pudiera seguir escribiendo en primavera.

Las calles siempre se ponían de mi parte. ¡Qué me importa si no querían que yo mencionara el lugar exacto de nuestros encuentros! Siempre había una esquina, algún semáforo que se ponía a mi favor con su luz color verde, u otro que jugaba a ser necio con su color rojo, que estaba de mi parte. No me importa que no hayas estado de acuerdo, tú o cualquier otro lector que por morbo, afición o simple ocio, se acercó a esta columna escrita con tanta agua entre las manos.

Hubo un lector, sólo uno, que me escribió diciéndome que era el Rey Sol. Imposible, ese al que tú llamas Rey Sol no existe, le respondí. De hecho lo sabrías, si realmente fueras el Rey Sol que protagoniza mis relatos; a menos que te digas ser Luis XIV de Francia, no hay ninguna posibilidad de que seas mi Rey Sol. Cerré el diálogo.

Durante algunas noches le di vuelta al asunto. El tiempo ya no me alcanzaba para serguir escribiendo como lo había hecho los años pasados, ahora mis prioridades habían cambiado, y de entrada había dejado de fumar y de dormir de día. La Ciudad se convirtió en mi domicilio, en lugar de ser una añorada utopía. El amor se convirtió en una cosa que desconocí, que me asustó y que me hizo correr más de una vez, por conveniencia.

¿Por qué entonces me habían pedido una explicación sobre un post del mes de agosto del 2009? ¿Por qué se atrevía a ponerse el nombre de uno de mis personajes, pidiéndome que eliminara el nombre de su mujer de mi relato? Comencé a enojarme. ¡¿Quién carajos te crees para decirme de qué puedo y no escribir?! -No se lo dije, pero lo pensé.

Tendrías que saber, mi estimado lector ignorante de la sociedad moral mexicana de la primera mitad del siglo XX, que Dolores García Téllez fue la organizadora del Movimiento Familiar Cristiano en Monterrey, y fundadora asimismo de la Unión Neoleonesa de Padres de Familia. De ahí viene el sarcarsmo con el que escribí ese texto. De ahí la burla que hice, a las amigas de mi madre, cuando me criticaron por continuar mi amistad con un maravilloso Rey Sol que nunca existió. También deberás saber, que Andrés Neuman es un escritor argentino, de padres músicos y criado en la península ibérica, con el que no me ha unido nada más que la afición y deleite que he encontrado en su novela. Y que mi amigo el Presidente, me ha llenado de más momentos memorables y felices que ninguna otra persona en esta demarcación, haciendo de sus charlas simplemente, un oasis en mi desierto.

Así, también deberás saber que la mayor parte del tiempo me he sentido marchita. Que hay veces en que estoy segura de que no me voy a volver a enamorar, y que entonces no podré volver a escribir del idílico romance que existía entre el Rey Sol y yo, y entre mi y los ojos azules, y entre un chico que vestía un traje casi perfecto que combinaba a la perfección con sus armoniosas manos. No podré volver a escribir de los solteros tóxicos, porque no pretendo volver a conocer a ninguno jamás.

Tendrás que saber que estoy enojada, molesta, y a veces llena de rabia, porque no podré volver a escribir de todas las cosas que me satisfacían, que me hacían feliz y que me llenaban de maravillosos recuerdos.

Hay veces en las que estoy cansada de seguir aprendiendo día a día, mes con mes. Ya no quiero seguir siendo punto de referencia, ni ninguna histérica histórica que se recuerda cada cosa que sucede como si de eso dependiera su propia vida. De nada significó, es verdad, que yo memorizara cada uno de los detalles que inundaron mis romances, mis relatos y mis encuentros.

Quise hacer de mi misma una escritora, y con mucha satisfacción afirmo que lo intenté. Y que hice de mi misma una mujer con un hábito maravilloso.

No te ofendas, pues, de que haya hecho o no aclaraciones pertinentes. Puedes, por supuesto, seguir acercándote a este espacio para reírte, entretenerte, o simplemente para mitigar tu ansiedad, como yo lo hice cuando decidí adoptar mi maravilloso nombre.

Café 24 horas.

Estoy en un café, sobre avenida Juárez, que abre las 24 horas. De hecho vengo del Starbucks que está sobre Ignacio Ramírez, entre Reforma y Antonio Caso, del que me acaban de correr porque ya pasan de las 23 horas.

Este lugar, que encontré abierto, con café fresco, cena saludable, y que abre las 24 horas, parece sacado de una película de ciencia ficción. Es muy común que en la Ciudad de México, la realidad supere a la ficción.

Está frente a mi, en la mesa a mi mano derecha, un travesti sin peluca, con uñas largas y pechos crecidos debajo de una sudadera color gris, leyéndole las cartas del tarot a un señor que al contrario del travesti, parece que no se ha lavado el cabello como en cuatro días. Es un tipo como cualquier otro, en un lugar peculiar.

Al fondo del salón, en una mesa entre los gabinetes y la ventana hacia la calle,  está un señor vestido de color azul, que se quedó profundamente dormido sobre un periódico doblado, frente a una taza de café y un vaso con agua.

El santaclós de pelo blanco, laaargo, descuidado, de piel tan rosada que me hace recordar a un lechón recién nacido, y cuyo aliento huele a alcohol de caña, se pasea por todo el lugar, entre las mesas.

Y yo, que tengo mi computadora abierta y pedí un café americano con crema, estoy intentando poner en marcha un plan de trabajo que me quitará de estos gustos de sentarme en los cafés por los próximos seis meses. Se supone que no debo decir que viene un "camino difícil" por recorrer, porque no hay caminos difíciles sino circunstancias distintas. Tengo mucho trabajo, y muchas cosas que olvidar.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Soy yo

No sé que es peor
que me des consejos o me des razones.
Entonces no hables por mi,
yo solo hago música para camaleones.
Fito Páez, Música para camaleones.

¿En qué me he convertido? ¿Quién se supone que soy? El último año y medio me la he pasado haciendo todo lo que se supone que debo hacer, sin sentarme a pensar si era realmente lo que yo quería hacer.
He descuidado mi carrera, me he descuidado a mi misma, y metida en una obsesión frenética por sacar adelante mi relación, también me he olvidado de ella.
Sin un desempeño prometedor, sin marido, sin trabajo, sólo con un sueldo que llega mes a mes y que ni siquiera me he empeñado a desquitarlo... ya no sé exactamente quien soy.
Y me deprimo, ¿eh? Me deprimo muchísimo. De golpe y porrazo me he dado cuenta de que no he conseguido las cosas que me había propuesto. Me vi enfrascada de pronto en un juego de matrimonio, cuando nunca me propuse casarme; yo sólo quería un espacio para mi misma, poder compartir con el otro, seguir dedicándome a lo que por tantos años me dediqué... ¿Y ahora qué? ¿Cómo chingados voy a reparar todo el daño que me he hecho y que le he hecho a los que me rodean? ¿Cómo voy a recuperar o tratar de resarcir el tiempo perdido? ¿Cómo voy a enmendar tantas decisiones erradas?

Soy yo, carajo. La que me habla del otro lado del espejo, soy yo. Soy la que maneja a toda velocidad sobre un volkswagen negro, habitando la ciudad más histérica y más grande del mundo. Soy yo la que disfrutaba escuchar a Fito Páez por horas y horas, la que no dejaba de escribir aunque el sol se ocultara por mucho tiempo, la que no dejaba de vivir. Esa soy yo. Más vale que lo recuerde todos los días.

jueves, 21 de julio de 2011

Jardín de la Unión s/n

Estoy en mi estudio provisional del Jardín de la Unión s/n, donde además de que me puedo tomar un venti light sin espuma latte y comer un sandwich de pavo, puedo trabajar en silencio y ponerme a escribir con tranquilidad, de vez en vez se escuchan los mariachis que tocan en el jardín. Las campanadas de la catedral también se escuchan hasta acá, y entonces me siento fuera, aún cuando estoy en una de las tiendas más bonitas que he conocido de esta cadena, que me hace sentir como si estuviera en la de mi casa, la de las Embassy Suites del Hilton de la Glorieta Colón en la Ciudad de México.

En Guanajuato no se venden revistas de moda en los puestos de periódicos. No hay Vogue, ni Glamour, Elle, y ni pensar en la edición española de bolsillo de la Glamour. Guanajuato no tiene Sanborn's, Walmart, ni restaurantes de sushi. En Guanajuato no llueve, y las calles son tan irregulares, llenas de callejones empedrados y de escalerillas que vienen y van, que no se puede usar zapatos de tacón. En Guanajuato no está bien visto salir con minifalda, shorts o sandalias de tacón que enseñan los dedos de los pies.

En todos los restaurantes de Guanajuato sirven una salsa que se llama "chimichurri", que tiene de chimichurri lo que yo tengo de modelo AAA; de hecho no tiene ni siquiera un poco de perejil, ya no digamos aceite de olivo y ni pensar en que le agreguen un poco de albahaca. Este "chimi made in guanajuato" es a base de mayonesa, chile de árbol, ajo, cebolla y vinagre. Mmm no voy a decir "argh" porque en realidad no sabe nada mal, en los sándwiches o en las hamburguesas cae muy bien, sobre la pizza también; pero no tiene ni siquiera la "ch" del chimichurri original.

En Guanajuato el transporte colectivo funciona perfectamente, con horarios y todo, con asientos vacíos y los choferes ceden el paso a los pateones. En Guanajuato no hay basura en las calles. Guanajuato tiene el 70% de sus edificios en una clasificación que se llama "inmueble catalogado", lo que le permite seguir siendo Patrimonio Cultural de la Humanidad ante la Unesco.

Guanajuato no tiene McDonald's en la zona turística, pero todas, absolutamente todas las farolas de la ciudad funcionan y la iluminan maravillosamente todas las noches.

Guanajuato no tiene smog, no tiene caos vial, estrés del conductor, manifestaciones, marchas, zócalo con campamentos del SME, y afortunadamente no hay bloqueo de calles. Ayer salí de un café en la plazuela del Baratillo y me espanté al ver a un grupo de personas de pie, atentas, escuchando a una persona que les hablaba de frente, todos serios, levantando la mano, eran muchos, cerca de 35 personas, pensé que quizá algo reclamarían... pero no, era un grupo de turistas mexicanos escuchando a su guía de turistas. En la Ciudad de México un grupo de 35 personas ya puede desquiciar un tramo del Circuito Interior Bicentenario, o un grupo de 35 vecinos de la colonia El Periodista ya puede cerrar la lateral del Periférico Norte. Aquí no, aquí un grupo de personas en una plaza, generalmente es turista.

Guanajuato es una Ciudad que se recorre a pie en su totalidad. Ni siquiera se necesita una bicicleta, por aquello de las escalerillas que suben y bajan de los callejones. Aquí existe una cultura extraordinaria del peatón, porque calculo fácilmente que más del 50% de su población debe ser peatón.

Guanajuato tiene un encanto maravilloso, un halo mágico, que no le pide nada a la megalópolis de la que vengo. Le faltan algunas cosas que yo considero vitales para vivir en una ciudad, pero le sobran muchas otras cosas que no hubiera considerado usuales en una vida cotidiana.

Alberga un corredor estatal de museos que tiene de todo, arte sacro, arte contemporáneo, arte del siglo XIX, arquitectura, fotografía, arte mesoamericano. Y entre todos ellos, tiene a la Alhóndiga de Granaditas, la que resguarda uno de los archivos más secretos y maravillosos que da cuenta de cincuenta años de historia política de México del siglo XX, vista a través de la vida de un servidor público guanajuatense.

Por eso estoy aquí, porque unos papeles de más de ochenta años me llamaron, por eso he estado obligada a eliminar mi estrés citadino en un 70%, y a aclarar mi mente en un cien.

Y como dicen, quien viene a trabajar a un Starbucks es porque no tiene oficina, porque tuvo una pelea en casa, o porque no encuentra un lugar más tranquilo para hacerlo. En este caso no tengo oficina, ni casa, mi cuarto de hotel tiene más cocina que mesa de trabajo, y en todos lados suenan más fuerte los mariachis que aquí.

miércoles, 6 de julio de 2011

Yo gané

Sólo tenías que darme tiempo y tenerme paciencia, yo iba a crecer sola, a mi ritmo, e iba a llegar a ser quien ahora soy.

Te extraño, te extraño mucho más de lo que me imaginé. Pero en días como hoy, en los que pendientes estúpidos que mi memoria no se dio el lujo de albergar, y que por necesidad hacen que tengamos que entablar conversación, me acuerdo de por qué no pudimos ser pareja. Y se me hace un nudo en la garganta de escuchar cómo me hablas y lo descortés que te has vuelto cuando hablas conmigo.

Eramos un buen equipo, pero siempre me exigiste mucho. Y no me quejo, fui muy feliz, siempre intenté hacer lo que se necesitaba hacer para salir contigo, aunque nunca me hubieras presentado a tus amigos, aunque sólo haya visto a tu madre una vez, aunque fuera la noviecita escondida, la muñequita en una caja de cristal que se cuida, para que nadie la vea, para que nadie sepa que ahí está.

Pero a cambio, fuiste todo lo que se puede esperar de una cita, de un chico, aunque no te hayas comprometido conmigo. Me apoyaste como nadie nunca me apoyó. Me ayudaste hasta las últimas consecuencias. Y ahora, cada que coincidimos en la misma banqueta, o que por necesidad tenemos que hablar sobre los pendientes que quedaron, me hablas como si fuéramos una de esas parejas que luego de un monstruoso divorcio tienen que coincidir sentados en la misma mesa. Te diriges peor que si yo fuera una persona desconocida.

Mi vida ha cambiado tanto, que de no ser por estos recuerdos que tengo contigo casi no creería los últimos ocho años. No puedo decir si mi vida es más fácil o más difícil, porque creo que eso es relativo. Pero estoy tranquila. A veces quisiera tomar arrebatadamente el móvil como lo hice por mucho tiempo, para llamarte y contarte las cosas maravillosas que ahora sé, que estoy segura de que sólo tu valorarías. A veces quisiera enviarte un mensaje para decirte que necesito ir a tomar el desayuno contigo, o a irme a dormir contigo en las mañanas, porque necesito platicar con alguien como lo hacíamos en la mesa de algún restaurante con tu computadora y mis periódicos color de rosa.

Pero entonces recuerdo que tu corazón otra vez está cerrado por completo, vamos de vuelta a la hielera. Entonces soy yo la que pincha en hueso.

Ya no soy la chica de diecinueve años que quería comerse el mundo a mordidas. Necesitaban pasar ocho largos años para que yo pudiera tomar las decisiones que ahora tomo, y afrontar mi vida como ahora la afronto. No siempre iba a ser insegura y sentimental. Ojalá hubiéramos pensado en esa posibilidad, y más aun, ojalá la hubiéramos considerado.

Ahora duermo todas las noches con un chico que así como me hace reír y me hace sentir querida, algunas veces me hace explotar porque pierdo la paciencia. Cocino y bebo café con alguien que nunca imaginé. Hoy no lo espero, porque él me llama antes de que yo vaya a tomar la segunda taza de café en el Instituto. Hoy  no batallo por que me diga que me ama. No reniego porque me deja escoger el menú, y porque soy yo la que elige qué se comerá el resto de la semana. Hoy no lavo los trastes, porque él lo hace luego de que yo cocino durante toda la tarde.

Hoy te sigo extrañando, sí. Pero me doy cuenta de que no debía esperarte.

Yo gané querido, te extraño con todas mis fuerzas, pero yo gané.

miércoles, 15 de junio de 2011

De hombres, calores y minifaldas.

Ciudad de México. 32° C, sensación de 34° C. Primavera a punto de que llegue el verano. No sé por qué causa tanto revuelo una minifalda.
Ni siquiera es tan corta. No lo pensé dos veces, y esta mañana al salir de la ducha pensé "calor, tengo tanto calor", que me decidí por usar una mini de mezclilla con botas largas y una camiseta color gris.
No sé por qué tanto alboroto por una falda corta. Los gritos y chiflidos de los hombres, las palabrotas, las miradas, los piropos (por qué no), que más que ofenderme me hacen pensar cosa raras y deprimentes sobre su género. Que son animales, no racionales, absolutamente maleables y presas fáciles de mujeres que tienen el poder, como yo.
Son dos cosas, solo pienso dos cosas. O efectivamente son animales, o ya no hay buen sexo en esta ciudad.

miércoles, 8 de junio de 2011

Con soda, por favor

Nunca antes una copa de whisky me había sabido tan bien.
Una charla amable, mucho trabajo que se viene. Cosas por tomar en cuenta, escritos pendientes.
Manejé de Patriotismo hasta Eje 6, tomé Gabriel Mancera, después Concepción. Diagonal de San Antonio me llevó al Eje Central y pude llegar a mi departamento directa a quitarme la ropa, las botas, a ponerme completamente cómoda.
La Ciudad vuelve a guiñarme un ojo, a ser lo que éramos juntas sin la gran pelea, sin los ojos con lágrimas, sin las noches en vela.
Hoy me puse un tankdress completamente veraniego. La sonrisa no la pude esconder. Es imposible no sonreír cuando se trae puesto uno de estos. La sonrisa es parte del outfit.
Nunca antes había sido tan importante que felicitaran mi prosa. Estoy muy contenta.
Esta vez el whisky va con soda, por favor.

viernes, 20 de mayo de 2011

El fin de una era.

No lloré, sorpresivamente no lloré; sólo sentí un nudo en el estómago y mariposas en la panza cerca de doce horas. Luego, una despedida muy breve, palabras que no se dicen, actitudes que se interpretan. Una vida que cabe en 34 cajas, una casa que cabe en un camión, una responsabilidad que cabe en una jaula, y un Starbucks que se pide para llevar.

Luego de la parada técnica, debido a una lavadora que me hará sentir como robotina, la Ciudad de México me dio la bienvenida por el Eje 3 Norte. Entre el volumen que cargábamos, la jaula sobre mis rodillas y la mano de mis ojos verdes que me apretaba muy fuerte, parece que el tiempo nunca pasó, y parece como si hubiera sido un sueño en el que de pronto se despierta para convertirse en lo que se vive.

Del café por la mañana, en el que solíamos hablar de Alfredo Domínguez Muro, sólo quedará escucharlo cada quien es su cada radio. De los aventones en el deportivo azul, sólo quedará el asiento vacío del copiloto, y seguiré manejando a Hans en solitario. La distancia y el congestionamiento, hacen más grande a esta ciudad; ahora sí se nota que yo vivía en el área metropolitana.

Ciudad de rímel pegado en las pestañas, de plantón sobre Bucareli que me hace pensar cada vez más en ti, en mi, en lo que teníamos. En esas partes de la Ciudad que sabemos que están ahí, pero que nunca las hemos recorrido juntos.

De pronto hoy me di cuenta, al verme reflejada en la puerta de este café entre Patriotismo y Revolución, con mis botas vaqueras, mis jeans anchos y mi camiseta que dice Rock! Fullfill the dream!, que eso con lo que tanto soñé de niña, lo veo tangible sobre mi cuerpo, debajo de mi cabello, detrás de mis ojos, a través de mis manos. Espero que tú te sientas tan feliz y orgulloso por mi, como yo lo estoy de mi y de ti, y de nosotros juntos.

Poco a poco fuimos comprendiendo que esto iba a pasar, que era inminente que nos separáramos. Esta despedida se alargó casi tres años, si no es que más. Y mírame ahora: estudiando en la institución que siempre soñé, valiéndome por mí misma, asumiendo mis responsabilidades y tomando mis decisiones. El tiempo pasa, las cosas tenían que fluir, todo siempre pasa.

Esta es una Ciudad nueva, vieja pero nueva, linda e iluminada para mi. Es el principio de muchas cosas, que de pronto son como bocados dulces sobre mi lengua. Un nuevo proceso, junto con un nuevo corte de cabello.

Es el fin de una era papá, de la era de mis depresiones y ansiedades, de mis tristezas y angustias, de mis pésimas decisiones; el fin de la era de los solteros tóxicos, de las vidas perdidas, de los coches que no sirven, de las familias que no están unidas. El fin de la era de los amantes que no llegan, de las personas que se van, de las pastillas que nunca se acaban, del cuerpo bajo de peso, de los zapatos que no me quedan más.

Es la era de la ciudad conmigo, ella en mi y yo en ella. Es el fin de nuestra era de confidentes y mejores amigos, pero ahora tu puedes vernos, y ser feliz con nosotros.

Es el momento en el que, aún con todo este cambio, me siento absolutamente feliz.

martes, 26 de abril de 2011

Ciudad ajena

Estoy viendo cómo agentes encapuchados de la Policía Federal, catean a una persona que maneja un auto de lujo.

Al mismo tiempo, estoy escuchando la conversación que un colega sostuvo con un sacerdote de la orden libanesa maronita, que está hablando sobre que la paz sólo la tiene uno don Dios, sólo Dios la otorga, porque "los reyes de este mundo, en nombre de la paz hacen guerra, guerras que matan al ser humano".

En mi ciudad, no es común mirar agentes encapuchados en un centro comercial. En mi ciudad, no es común mirar convoyes de militares, soldados activos, en las vías de alta velocidad. Ahora no estoy en mi ciudad, y tengo miedo.

De política y de religión, sé lo que he leído, sé lo que aprendo todos los días, y un tanto de la educación que tuve en mi casa, con mi familia, con mi mamá, leyendo los periódicos frenéticamente y comentándolos hasta más no poder. El año pasado escuché que el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México dijo que no permitiría que el ejército anduviera por las calles, para no infundir ni meido, ni terror. Yo no sé de eso, ni de partidos políticos, pero creo que tuvo razón y ahora, en una ciudad ajena, intentando vivir una vacación, se lo agradezco.

Y ahora, que escucho a este monje maronita hablar así sobre la paz del Señor, creo que mi madre no estaba tan equivocada, cuando nos enseñó muchas cosas de esas. Me da miedo esto que mis ojos miran.

En una ciudad desconocida, reconciliándome con una religión, estoy viviendo lo que causa una guerra contra no sé quién, a causa de un poder que no me interesa, que a mi parecer, no tiene fundamento; y aunque lo tuviera, nosotros, los mortales, los de a pie, no tenemos por qué padecerla.

Estoy en una ciudad ajena, y me da sentimiento saber que ésta no me cuida.

viernes, 25 de marzo de 2011

Entre los castings y la academia

Hace algunos meses, entre los castings y la academia, entre mi nuevo amor y mi cumpleaños número veintisiete, me dediqué a estudiar la biografía de Johnny Cash, uno de los personajes de la música estadounidense que más me apasiona, y que es también reflejo de la historia norteamericana en los años cincuenta y sesenta.

Y al mismo tiempo de que me dedico a leer mis intereses, también debería dedicarme a olvidarte por completo. Hoy L.A. parece que nos acerca cada vez más, y con ella, las bolsas del mandado impresas con sirenas de la lotería, o perfumes para mi, que venían guardados en tus bolsos color verde. Fotografías, muchas fotografías. L.A., la historia del Darién, Zapopan, Manzanillo, Anenecuilco, Villa de Ayala, mi memoria y mi mudanza, me están tendiendo una enorme trampa.

Y así como me prometí no empacar ningún recuerdo de ningún soltero tóxico -difícil cumplirlo-, también me prometí dejar de hablar mal de ti. Sólo te recordaré como lo mucho que fuiste, una persona que me hizo inmensamente feliz.

Me acosté frente a la televisión, y miré y miré todo el material que tengo de Johnny Cash. Luego también, me puse a esucharlo, y terminé enamorándome de él.

Los Ojos Verdes tenían trabajo a reventar, como casi siempre los miércoles sucede. Pero aún y cuando los autos nadaban sobre las avenidas encharcadas de esta Ciudad, manejé más de 40 minutos para ir a contarle que me había vuelto a enamorar. En el fondo traje tu recuerdo, tus olores, todos los regalos y los recuerdos que traías de Los Ángeles. Tus maletas, los reencuentros all night long.

Pero la maravilla de tener a alguien que te ame tal y como eres, es que no importa toda esa basurita del pasado y de los recuerdos que tengamos dentro. Somos y estamos, y por eso Ojos Verdes y yo hemos llegado hasta aquí.

Luego, un "i'm Johnny Cash" con rostro desencajado, algunas canas, y una mujer de voz chillona que lo adoraba, me hicieron llorar. El amor triunfa, y ella lo salvó muchas veces de muchas cosas. Yo, en cambio, no pude hacer que tú te quedaras conmigo, y apuesto que Cash fue tan tóxico -o un poco más- como tu, pero tenía diferentes talentos. El amor va tendiendo el camino.

Tarareando el Cash que traía en el corazón, recordando melodías, recorrí los mercadillos de pulgas buscando algo que me acercara a él o alguna cinta perdida, o ya de perdida, un radio antiguo para llevármelo a casa. No lo encontré. En cambio, algunos accesorios setenteros se me pegaron al bolso y tuve que pagarlos, y un par de gafas me dejaron sin aliento.

Después de una labor de regateo que duró más de media hora, el vendedor accedió a venderme los RayBan Wayfarer II vintage originales de 1962, en una módica cantidad que ascendió a poco más de trescientos pesos. La Ciudad me estaba regalando otro tesorito, y yo le dejaba a un tilichero buena parte de mi beca de investigación.

El sábado siguiente, en una mañana dedicada al amor, le enseñé a los Ojos Verdes mi pesquiza vintage y quedó encantado. ¿Los quieres?, le pregunté, y me dijo "corazón, los lentes obscuros no van conmigo". Y a punto del enojo le dije, "¿cómo no van a ir contigo unas gafas idénticas a las que usaba Johnny Cash, James Dean, Bob Dylan y John F. Kennedy?"

Se quedó las gafas. Se le ven divinas. Muchos recuerdos y Johnny Cash, vienen conmigo.

Entre los excesos, el mucho o poco estilo, la fama y la frivolidad, el amor tiró de él para sacarlo adelante. Yo he comenzado a dejar de creer en el amor, a veces flaqueo, a veces me siento atea de sentimientos, y de pronto me azota a la cara la idea de que esto se mueve con amor. Johnny y June lo lograron. Soltero tóxico y yo, no. En este momento tengo un gran reto por delante.

Entre castings y academia, noche de lluvia y recuerdos de tóxicas vacaciones; entre Folsom prison y Jackson, entre I walk the line, me volví a enamorar de Johnny Cash.


miércoles, 23 de marzo de 2011

Entre ruinas

Si en los escombros de la revolución
creciera el árbol verde del placer,
y las catedrales se cansaran de ser
ruinas del fracaso de dios.
Sabina y Páez, Si volvieran los dragones.


La Ciudad tiene un aire distinto para quien de pronto se da cuenta que vive en ella.

La gente se apodera de las aceras, de los parques, de los botes de basura, pero es buena; en general no hay malicia en los corazones, salvo por las circunstancias de la subida y la caída de los precios.

Las heladerías están siempre abiertas, los cafés de chinos sirven toda la noche, los semáforos no dejan de parpadear. Ciudad de movimiento en bicicleta, Ciudad de trolebús en contrasentido. Autos que se estacionan en cualquier lugar, Hans que de pronto ocupa todas las banquetas. Ciudad de ruinas urbanas, de miseria intelectual, de amor de paga y de unidad habitacional.

Saliendo camino hacia el andador hacia la izquierda hacia el norte, y hacia el final del edificio llego a una plaza de forma cuadrada, donde hay más y más autos. El paso Antonio Caso me permite atravesar el Eje Central Lázaro Cárdenas a pie. Entonces, que es cuando mis ojos se tornan de color verde, tengo frente a mi las ruinas de una civilización derrotada; donde combinadas, se reúnen todas las ruinas que seguimos habitando, en las que seguimos creyendo.

Caigo en la cuenta entonces, de que Joaquín Sabina tenía razón, esta sería otra historia si "las catedrales se cansaran de ser ruinas del fracaso de dios".

Hay una chica del área metropolitana más grande del mundo, que sigue nadando en las mieles de la ciudad. Esa soy yo.

martes, 22 de marzo de 2011

Llegó la primavera

El domingo pasado, a las cinco de la tarde, entró la primavera; y con ella, vino otra gran pelea.

Nunca me hubiera imagiando que conseguir un departamento de precio justo en esta Ciudad, fuera tan complicado. Y menos, que aún cuando el departamento ya estuviera listo, fuera tan complicado llevar a cabo una mudanza decente y a tiempo.

Yo, le dije, me obligué a acostumbrarme a no pedir ayuda, a hacer todo por mi misma, bajo mis propios medios. Me obligué a que la única llamada de terror que hiciere, fuera para mi padre, en el caso de que mis cuentas se quedaran otra vez en ceros. Entiéndeme, por favor -continué-, que es mu difícil para mi pedir ayuda, tomar decisiones en conjunto, dejar que otras personas hagan lo que yo tengo que hacer. No estoy ya acostumbrada a que me tiendan la mano, o me ofrezcan ayuda desinteresadamente.

Él, sin mayor aspaviento, dejó sobre la mesa el vaso con hielos, volteó sus ojos verdes hacia mi, y me dijo: "pues ahora ya no estás sola".

El sábado y el domingo me dediqué a hacer cosas en equipo, acompañada del chico que ha venido a romper con mis rutinas; y me acordé cómo es hacer las cosas acompañada. De compras, haciendo limpieza, teniendo paciencia, y metiendo mis miles de papeles en unas cuantas cajas.

No estoy segura si las reconciliaciones vengan a ser tan felices como eran antes. No porque no conciliemos sino porque es un diálogo constante, conciliatorio, un acuerdo, un apoyo.

Viene la primavera con una nueva casa, con la Ciudad para mi sola, con una zona postal que por fin me hace habitante del Distrito Federal.

Viene la primavera con muchas verdades que me azotan en la cara, y se tapa la nariz, y me lloran los ojos, y la puta polinización me hace estornudar. Viene con todo el amor que alguna vez me imaginé.

lunes, 14 de marzo de 2011

Siempre primeras veces

El lunes fue la primera vez que me pidió que le abriera la regadera en la mañana, el miércoles planché toda la ropa limpia como nunca lo había hecho en mi vida, y... anoche tuvimos una gran pelea.

Este último mes me ha quedado claro por qué la gente no se casa, por qué es que no se pueden poner de acuerdo, cómo es que se acostumbra que las cosas se hagan en contra de la voluntad de una pareja. Que si lo correcto es, o es incorrecto. Que si se debe tener hijos. Que si se debe firmar un acta. Que si, que no, que ya me vale madres.

Tengo que darle algún mérito a que la ansiedad se ha olvidado de mi, eso me pone feliz. Pero por otro lado, he tenido pesadillas, recurrentes, de esas que hacen que uno se sobresalte antes de las seis de la mañana. Es raro, pero no es ansiedad.

Hubo una gran crisis, fue una gran pelea, y debí saber que vendría una primera vez en la que una llega hecha un mar de lágrimas a un Starbucks, donde un Salvador siempre está con los oídos listos para escucharnos. Manejé, despacio, a poner gasolina y a tomar avenida Universidad. Di vuelta en Eje 5, envié varios mensajes. Hay planes que se cancelan, lágrimas que no dejan de salir, y sentimientos que por primera vez se dejan ver sobre la piel.

Dudé si debía bajarme del coche. No lo hice. Todavía había cosas qué cancelar. El chico de los ojos verdes no me llamó, sé que se inmutó, sé que también se le partió el corazón, pero por un lapso de cuatro horas guardamos silencio.

Siempre hay una primera vez para una gran pelea, y para preparar el baño en la mañana.

El frapuccino de té verde fue gratis, por fin pude dejar de llorar, creo que el hielo machacado me congeló las ideas, y el temor de presentarme al seminario del terror. Estacioné el auto y caminé, entré al seminario con el rímel y las sombras embarradas alrededor de los ojos. No me di cuenta. Y tampoco de que el recuerdo de cómo dejé a los ojos verdes, me estaba arañando por dentro.

Diecinueve y quince. Salí. Conduje. No pensé. Arrivé.

No me acuerdo en qué momento nos dieron las cuatro de la mañana. Día dos. Doble gran pelea. Doble mala noche. Primera pesadilla que me hace despertar, por el calor que siento en el pecho.

Siempre me dijeron que luego de una gran pelea existe una gran reconciliación. En este caso hubo un camino atropellado a Tecamachalco, Interlomas, dos pares de ojos hinchados, y algunos besos de amor, de pura y plena confianza.

¿Qué puedo hacer, si de veras amo? Mi lengua tararea tu voz, cuando me dices que quieres estar conmigo. Mi lengua recorre todas las ideas que pasan por mi cabeza, y luego las saborea. Entonces yo también quiero estar contigo. Me desespero, soy histérica, qué le vamos a hacer... Te amo, me amas, mi lengua lo sabe bien.

La primera vez de una gran pelea. Mi coche y la Ciudad lo supieron bien.

sábado, 5 de febrero de 2011

Mientras las locomotoras bufan su impaciencia
las arañas tejen
su tela con hilos de música
para apresar la mariposa eléctrica.

Estación, Germán List Arzubide, 1924.

viernes, 4 de febrero de 2011

Un gran cambio.

Masaje en la espalda, crema para las caderas; día de manicura y de uñas de los pies. De peeling facial, y perfectas cejas delineadas. Es el último día oficial de vacaciones, y también mi última oportunidad para ponerme al día.

La semana que entra comienza la montaña rusa otra vez. De buen humor, de mal humor; sobrellevando el carácter -bueno o muy malo- de los demás. Y aprovechando que hoy cumplo ocho días de estar de buenas ininterrumpidamente, sin importar en qué zona de la Ciudad he visto amanecer, decidí aprovechar la mañana y media tarde para terminar de palomear los pendientes en mi lista del buen look de este año.

Cuando puse sobre la mesa la posibilidad de que mi mechón de canas se fuera para siempre, simplemente me sentí mareada. No me da miedo un cambio radical, quizá una despedida radical sí, pero el cambio no; sin embargo, este mechón de canas significa demasiado.

Y el 2011 seguirá significando demasiado. Lleno de planes, organización, escritos pendientes, amistades para siempre, nuevas personas que han llegado a cambiarlo todo.

Me siento feliz, y espero cumplir más de diez días de buen humor ininterrumpido. Ese sería un gran cambio.