sábado, 25 de febrero de 2012

"La felicidad fue un lugar hermoso que hicimos juntos".

Era soltero el inventor del cinematógrafo.
--Cinemática, Germán List Arzubide.

Era soltero, y supongo que siempre lo fue, lo continuó siendo por voluntad propia. Yo era soltera y así me mantuve, me mantengo, y así seguiré por voluntad propia. Estoy hecha un capullo, enroscada en mi misma y sobre mi espalda, tengo que desenrollarme, y no tengo la menor idea de cómo se hace eso. Debo aprender, así como aprendí a comer todos los días.

Quiero acordarme cómo fue el día exacto en que lo conocí, justo allí, sentada en esa mesa raquítica de cuatro patas con cuatro sillas enormes. Pero entonces recuerdo solo eso, el lugar, la silla, el salón lleno de mesas, la gente caminando entre ellas, y nada más.

Ahora entiendo que no tiene sentido recordar los detalles, y que no tuvo sentido guardar en mi memoria cada una de las cosas que creí que me iban a poder servir en un futuro próximo. No fue así. Debí desechar todo, como finalmente sucedió, terminé perdiéndolo todo... hasta los recuerdos.

Es por eso que ahora quiero nuevas fotografías, quiero nuevos recuerdos y nuevos viajes. Es por eso que te vuelvo a ver, es por mi, es por nosotros, por lo que siempre hubo y por lo que ahora sé que habrá. No creas por favor que estás siendo sujeto de una artimaña maravillosa para sacarme a flote, no. Eres ahora lo que siempre has sido, que paro de llorar porque está saliendo el sol.

"No debí intentar, no debí pensar, no debí olvidarme, que el pasado irrumpe sin protección y sin presentarse"... Y sucedió, el lazo mágico que hemos creado volvió a brillar, y entonces los horarios se ponen de nuestra parte, y el 25 de febrero viene con recuerdos maravillosos. La salida del instituto que tiene sentido, unos estacionamientos que de pronto saben dónde encontrarnos, lugares silenciosos, mi música, la tuya, el disco que antes no podía escuchar porque le molestaba a mi compañero, la música... que nos ha permitido ser quienes somos, entre cuatro paredes con mesa o sin mesa, con mesero o sin mesero, con un par de cosmopolitans que me saben super bien.

Y pasan los días. No sé cuántos van, no me importa. Es mi amor, mi cariño, son mis sentimientos, te dije la última vez; que no me importa si no los quieren tomar en cuenta, pero son míos ¡carajo! Eso lo sé, y no me corresponde averiguar si las otras personas lo consideran o lo tiran a la basura. Eres tu y soy yo, y no me importa nada más en este momento. No sé qué es lo que va a pasar mañana, ni la semana entrante, ni siquiera si va a existir una próxima vez. Me importo yo, y me importas tu, pero nada más.

El pasado fue duro conmigo. El tiempo transcurrido me dejó moretones, y una enorme cicatriz en el alma que por fortuna no se ve. Sólo sé que me gustas más ahora que hace nueve años, y que me hiciste reír hoy más que la vez anterior. Sé que estoy contenta, que me alegra todo lo que está pasando, y que me da fuerza para seguir hacia la vida, y no en retrospectiva.

"No debí intentar, no debí pensar, no debí marcharme. Que el pasado irrumpe sin protección y sin presentarse". Tal y como lo hicimos tu y yo.

Me he propuesto muchas cosas, algunas no sé cómo le voy a hacer para llevarlas a cabo. Entre ellas, me propuse hacerme responsable de mis sentimientos. Por eso no quiero volver a desamarrar este lazo, porque es importante, y porque quizá no esté en mis manos determinar qué es lo que viene en el tiempo futuro. No es mi responsabilidad determinar si hemos de seguir o hemos de parar. Pero hoy, demonios eso sí lo sé, me siento muy feliz.

jueves, 9 de febrero de 2012

¡Gracias a Dios, a la vida...!
¡Gracias a mi y a ti!
¡Gracias a nosotros mismos que hemos zafado y anudado este lazo mágico que nos une, sin cortarlo!
Gracias que estás aquí, haciéndome reír.

viernes, 3 de febrero de 2012

La gente que no tiene afanes de dominio está en lo suyo, está resolviendo su vida material o afectiva y esta gente es mucha, siempre, en todos los tiempos. Los pueblos brincan, se rebelan, se van a la guerra, cuando hay que tirarr a un dictador o poner otro, pero luego quieren tratar de trabajar en lo que les gusta, buscan ser reconocidos en su comunidad, desean hacer el amor, distraerse con la televisión y comer sabroso.
Fátima Fernández Christlieb, La radio mexicana. Centro y regiones.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Sólo un televisor en casa.

La llamada de San Román me despertó. No me acuerdo muy bien qué día era, pero estaba muy cansada; seguía vestida como desde en la mañana, y al regresar a casa había ido derechito a dejarme caer boca abajo sobre mi cama.

San Román quería que lo acompañara a hacer unas compras y a tomar un café, le dije que sí pero le quería decir que no, estaba muy cansada. Luego me acordé que estaba vigente la campaña número uno del año de ofertas en un supermercado, y que bien podía aprovechar a hacer las compras de la semana. Así que me levanté, en lugar de ponerme otra vez los tacones me puse mis botas azules, me pinté los labios, y esperé que San Román pasara por mi.

Las compras fueron como todas las compras semanales, dar una visita rápida a las frutas y legumbres, pasar por queso panela, galletas integrales, un cuarto de jamón york, yogurt bajo en grasa, coca-cola light, quizá un par de red bulls para ponerme de buenas, y entonces pasar a dos de los departamentos que más me gustan en un supermercado: las revistas y la perfumería.

Tomé la revista Glamour edición española, la Vogue de México y el Hola para ir chismorreando mientras empujaba el carrito, e intenté investigar dónde estaba San Román, a quien le perdí los pasos justo cuando yo terminé de meter las espinacas y los jitomates en una bolsa de plástico. No tuve éxito.

El supermercado estaba hasta el tope de ofertas que abarrotan a la gente como en un lugar que regala alimentos o medicinas. Pero no, acá ofrecían unas promociones para enloquecer. Ese día estaban arrebatándose los dvd's y los cd's, y después supe que San Román entró en una discusión con un tipo que se estaba llevando el BluRay que él había sostenido por la última media hora. Yo una vez me peleé por la bota izquierda de un único par en toda la zapatería, yo tenía la derecha y una señora no quería soltar la izquierda. San Román lo hizo por una película, y yo me moría de risa.

Llegué al área donde estaban las ofertas de televisiones de pantalla plana, de lcd o de plasma, que hasta ese momento supe cuál era la diferencia entre una y otra; también observé, entre un mar de gente, las televisiones en 3D maravillosas, que hacían que me mareara más la pantalla por mirar los objetos fuera de ella, que los tacones que traje puestos esa mañana.

En uno de los pasillos, frente a una de esas televisiones, me idioticé frente al vídeo que allí estaba. Era una guapísima mujer cantando mientras caminaba y bailaba sobre una pasarela. Traía puesto un hermoso vestido de tafeta color verde botella, un corset completo, y un ensamble de cola, que propiamente hacía forma de vestido, por detrás. Los zapatos plateados de plataforma, me volvieron loca; no podían ser menos que unos Christian Louboutin.

San Román fue y vino entre los Bluray's y los televisores varias veces. Me veía de lejos. Pasó frente a mi, y yo recargada en mi carrito del super como si fuera toda una señora en miniatura, no le hice caso por estar mirando el vídeo de la chica rubia en la pasarela. Y cómo no me iba a quedar ahí, si la chica que cantaba se veía mucho más linda, atractiva y real, que el resto de las modelos para quienes estaba hecho ese desfile. Puede que no pueda dar una opinión exacta sobre estética, pero creéanme que de moda sí puedo hablar.

Dejé las compras, me acomodé el bolso en el espacio pequeño del carrito, perdí la cuenta de las veces que miré a la chica cantar en la televisión. San Román no pudo hacer más, que acercarse a donde yo estaba y ponerse a mirar a la chica en la pantalla gigante mientras cantaba y recorría el escenario con su vestido de cola color verde. A las quinientas, cuando los ojos comenzaron a llorarme, le dije "ya vámonos, que tengo sed". Nos reímos. Le dije que estaba fascinada con el tamaño en el que se veían las figuras humanas en esa pantalla. Los muslos de la chica se veían tán nítidos, que no era necesario adivinar que eran reales.

San Román y yo avanzamos a las cajas, pagamos nuestras compras, y abandonamos el lugar.

Más tarde me acordé entonces de por qué sólo tengo una televisión en casa, y por qué no está dentro de mi habitación. Crecí entre el periódico Novedades, El Día y la revista Vanidades, crecí escuchando la radio de mis abuelos y la de mi madre al despertar y mientras manejaba en el coche. Crecí creyendo que en las casas de las personas, sólo había un televisor que toda la familia veía al mismo tiempo, en la misma habitación, mientras compartían ese rato... tal y como sucedía en mi casa.

Me acordé también de cuando fuimos todos los chicos de la oficina a comer comida china, y volví a idiotizarme con la televisión que mostraba el noticiero de la tarde. Y no pude más que analizar, que en la casa del Rey Sol siempre había una reina que me miraba encendida, apagada, desnuda o vestida, dormida o de malas, de buenas o en ropa interior. Esa reina se llamaba televisión.

Podía yo idiotizarme con mis periódicos grises y de doble página, color melón o de letras color azul. Pero el Rey Sol veía su televisor con tal detenimiento, como yo miré repetirse el vídeo de la cantante rubia en la televisión del supermercado.

Primer día del mes.

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