martes, 31 de enero de 2012

¿Quién te crees?

Yo voy a desafinar, es mi bien desafinar.
Pero es que me ofende tanta, tanta vulgaridad.
Fito Páez, Música para camaleones.

No tengo ni la menor idea de qué es lo que mueve a una persona para comenzar a escribir un blog; para leerlos, seguirlos y comentar, o simplemente para ser lectores anónimos. Conocí el mundo del blogger leyendo a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel y a mi amiga Copo, que se decía ser una víctima casi perfecta. De ahí conocí a personas maravillosas. A un lobo que era hermano de un monstruo. A una chica con un nombre pequeñito. A Lilith, cuyo relato de los preparativos de su boda me arrancaban de puritita emoción algunas cuantas lágrimas. Y entonces me puse de nombre Mariposa Tecknicolor, y empecé a escribir en este espacio para mitigar mi ansiedad, e iniciar un nuevo camino.

Tuve que haber hecho algo, que en realidad ahora no me acuerdo, para que personas gratas y no gratas de mi pasado, me hayan encontrado en la blogósfera y en el mar de información que emana de la internet. No estuvo mal, de hecho, que comenzaran a leerme. Pero tiempo después, mensajes anónimos comenzaron a llenar la bandeja de comentarios de este espacio.

No estaban mal. Algunos comentarios eran constructivos, otros hacían peticiones sobre temas para escribir, hubo algunos que hacían propuestas... Pero entre ellos, también dejaron comentarios ofensivos y agresivos; hubo personas que me pedían que de inmediato eliminara mi blog o que eliminara algunas entradas porque mi escritura estaba "llena de ficción, fuera de la realidad". Así también llegaron burlas, y descrédito para mis letras. Hubo tres personas que escribieron diciéndose llamar soltero tóxico, pidiéndome cuentas, preguntando quién me creía yo para haberles robado la identidad.

Me cansé de dar explicaciones. Llegó un momento en que me cansé. Quizá eso explique un poco el que me encuentre viviendo otra vez en el mismo lugar, escribiendo sobre mis rodillas, tratando de terminar un trabajo que pareciera que he estado escribiendo durante toda mi vida.

Nunca le di la importancia a esos comentarios de lectores nongratos. Nunca me senté a considerar que tal vez debería dejar de escribir en este blog, con este nombre y con esa foto en mi perfil.

Hubo muchos otros comentarios, muchas personas que construyeron estos relatos con su presencia y con su ausencia. Que con los paseos que me regalaban por la Ciudad, con sus días o con sus noches, llenaron mis ojos de dramas que me permitieron seguir escribiendo. Hubo personas, más de las que puedo mencionar aquí, que alimentaron el otoño para que yo pudiera seguir escribiendo en primavera.

Las calles siempre se ponían de mi parte. ¡Qué me importa si no querían que yo mencionara el lugar exacto de nuestros encuentros! Siempre había una esquina, algún semáforo que se ponía a mi favor con su luz color verde, u otro que jugaba a ser necio con su color rojo, que estaba de mi parte. No me importa que no hayas estado de acuerdo, tú o cualquier otro lector que por morbo, afición o simple ocio, se acercó a esta columna escrita con tanta agua entre las manos.

Hubo un lector, sólo uno, que me escribió diciéndome que era el Rey Sol. Imposible, ese al que tú llamas Rey Sol no existe, le respondí. De hecho lo sabrías, si realmente fueras el Rey Sol que protagoniza mis relatos; a menos que te digas ser Luis XIV de Francia, no hay ninguna posibilidad de que seas mi Rey Sol. Cerré el diálogo.

Durante algunas noches le di vuelta al asunto. El tiempo ya no me alcanzaba para serguir escribiendo como lo había hecho los años pasados, ahora mis prioridades habían cambiado, y de entrada había dejado de fumar y de dormir de día. La Ciudad se convirtió en mi domicilio, en lugar de ser una añorada utopía. El amor se convirtió en una cosa que desconocí, que me asustó y que me hizo correr más de una vez, por conveniencia.

¿Por qué entonces me habían pedido una explicación sobre un post del mes de agosto del 2009? ¿Por qué se atrevía a ponerse el nombre de uno de mis personajes, pidiéndome que eliminara el nombre de su mujer de mi relato? Comencé a enojarme. ¡¿Quién carajos te crees para decirme de qué puedo y no escribir?! -No se lo dije, pero lo pensé.

Tendrías que saber, mi estimado lector ignorante de la sociedad moral mexicana de la primera mitad del siglo XX, que Dolores García Téllez fue la organizadora del Movimiento Familiar Cristiano en Monterrey, y fundadora asimismo de la Unión Neoleonesa de Padres de Familia. De ahí viene el sarcarsmo con el que escribí ese texto. De ahí la burla que hice, a las amigas de mi madre, cuando me criticaron por continuar mi amistad con un maravilloso Rey Sol que nunca existió. También deberás saber, que Andrés Neuman es un escritor argentino, de padres músicos y criado en la península ibérica, con el que no me ha unido nada más que la afición y deleite que he encontrado en su novela. Y que mi amigo el Presidente, me ha llenado de más momentos memorables y felices que ninguna otra persona en esta demarcación, haciendo de sus charlas simplemente, un oasis en mi desierto.

Así, también deberás saber que la mayor parte del tiempo me he sentido marchita. Que hay veces en que estoy segura de que no me voy a volver a enamorar, y que entonces no podré volver a escribir del idílico romance que existía entre el Rey Sol y yo, y entre mi y los ojos azules, y entre un chico que vestía un traje casi perfecto que combinaba a la perfección con sus armoniosas manos. No podré volver a escribir de los solteros tóxicos, porque no pretendo volver a conocer a ninguno jamás.

Tendrás que saber que estoy enojada, molesta, y a veces llena de rabia, porque no podré volver a escribir de todas las cosas que me satisfacían, que me hacían feliz y que me llenaban de maravillosos recuerdos.

Hay veces en las que estoy cansada de seguir aprendiendo día a día, mes con mes. Ya no quiero seguir siendo punto de referencia, ni ninguna histérica histórica que se recuerda cada cosa que sucede como si de eso dependiera su propia vida. De nada significó, es verdad, que yo memorizara cada uno de los detalles que inundaron mis romances, mis relatos y mis encuentros.

Quise hacer de mi misma una escritora, y con mucha satisfacción afirmo que lo intenté. Y que hice de mi misma una mujer con un hábito maravilloso.

No te ofendas, pues, de que haya hecho o no aclaraciones pertinentes. Puedes, por supuesto, seguir acercándote a este espacio para reírte, entretenerte, o simplemente para mitigar tu ansiedad, como yo lo hice cuando decidí adoptar mi maravilloso nombre.

Café 24 horas.

Estoy en un café, sobre avenida Juárez, que abre las 24 horas. De hecho vengo del Starbucks que está sobre Ignacio Ramírez, entre Reforma y Antonio Caso, del que me acaban de correr porque ya pasan de las 23 horas.

Este lugar, que encontré abierto, con café fresco, cena saludable, y que abre las 24 horas, parece sacado de una película de ciencia ficción. Es muy común que en la Ciudad de México, la realidad supere a la ficción.

Está frente a mi, en la mesa a mi mano derecha, un travesti sin peluca, con uñas largas y pechos crecidos debajo de una sudadera color gris, leyéndole las cartas del tarot a un señor que al contrario del travesti, parece que no se ha lavado el cabello como en cuatro días. Es un tipo como cualquier otro, en un lugar peculiar.

Al fondo del salón, en una mesa entre los gabinetes y la ventana hacia la calle,  está un señor vestido de color azul, que se quedó profundamente dormido sobre un periódico doblado, frente a una taza de café y un vaso con agua.

El santaclós de pelo blanco, laaargo, descuidado, de piel tan rosada que me hace recordar a un lechón recién nacido, y cuyo aliento huele a alcohol de caña, se pasea por todo el lugar, entre las mesas.

Y yo, que tengo mi computadora abierta y pedí un café americano con crema, estoy intentando poner en marcha un plan de trabajo que me quitará de estos gustos de sentarme en los cafés por los próximos seis meses. Se supone que no debo decir que viene un "camino difícil" por recorrer, porque no hay caminos difíciles sino circunstancias distintas. Tengo mucho trabajo, y muchas cosas que olvidar.

lunes, 30 de enero de 2012

Un impulso que da lástima (y que me da vergüenza).

Como si fuera un cadáver dentro de una bolsa de plástico, colgado de un gancho en una habitación a la que no pertenece, yace el que iba a ser mi vestido de novia.

Durante mucho tiempo estuve posponiendo la situación, y ayer finalmente fui a recogerlo al taller de la diseñadora. Entré y lo vi allí colgado, en la pared del fondo. Ya no estaba puesto en el maniquí alto, como lo dejé cuando fui a verlo la última vez. Estaba dentro de la bolsa de plástico blanco, de cierre largo, y no quise revisarlo hasta que lo traje de vuelta a casa.

Es un vestido muy hermoso, strapless, con el talle salpicado de pedrería bordada y la falda ampona, llena de pliegues que me hacían ver como si flotara en una nube de raso color almendra. Es un vestido que compré inyectada por el impulso, tal y como acepté la propuesta de matrimonio en la acera de enfrente del antiguo edificio de la SCOP.

Así, he tenido el impulso de tirarlo a la basura.

Tuve el impulso de no ir a recogerlo nunca, pero mi mejor amiga me animó a hacerlo.

Tengo el impulso de echarme a llorar sobre él, para arruinarlo por completo, para limpiarme con él las lágrimas llenas de rímel waterproof que se derrite y del delineador color negro con el que llevo meses iluminándome los ojos. De limpiarme con él el pasado, de ponérmelo y meterme a bañar para sacarme todo lo malsano de adentro. Tengo el impulso de ponérmelo y subirme a mi coche, y manejar como loca por toda la ciudad, y mostrárselo a todo el mundo, para que las personas piensen "mira a esa pobre loca, manejando un Volkswagen vestida de novia, ha perdido la razón".

Quisiera ponérmelo y tirarme al mar, para perderme en la espuma como Alfonsina.

Quisiera tallarme los ojos hasta borrar mis pupilas, encender la radio para crear un mundo distinto, y entonces imaginar que traigo puesto el vestido de una reina, o que estoy esperando a mi hermana para que me lleve a una fiesta.

Tengo el impulso de arrancarlo de su percha, para que deje de ser parte de una farsa, para que me deje seguir adelante, y que de él sólo quede una fotografía en color sepia.


lunes, 23 de enero de 2012

Y de pronto sucedió lo inesperado: me vi en el espejo y me reconocí. Ahí estaba yo, justo en el lugar donde sabía que me iba a encontrar.

domingo, 15 de enero de 2012

Necesité de mucho valor para empacar mis cosas. Ahora no sé de donde sacar valor para desempacar.
Deshacer maletas significa haber llegado al destino, y yo estoy segura de que mi barco todavía no encuentra en donde encallar.
No me quiero establecer aquí, pero encontrar un departamento en esta ciudad es tan difícil como encontrar al amante perfecto.
¿Alguien tiene alguna sugerencia?

miércoles, 11 de enero de 2012

La semana pasada me robé una cuchara hermosa, redonda y brillante, de un restaurante al que fui a tomar una taza de ponche.
Creo que estoy regresando a ser yo misma, otra vez.