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martes, 2 de abril de 2013

Entre la sed y el silencio.

Regresé a casa sintiéndome tan feliz, que olvidé de dónde venía.


Conduje mi auto a través de los Ejes y del Circuito Interior, que me jode que se llame Bicentenario. Yo, chica del Norte, sé cómo moverme por las arterias de esta Ciudad, como si de la palma de mi mano se tratara. No duró mucho tiempo mi trayecto de regreso, no tanto como duró la charla que me mantuvo al borde del asiento la tarde entera.

Muchas cosas se amontonaron en mi cabeza. El último café, las cartas de la semana pasada, los temas pendientes, la labor de investigación... No nos dimos cuenta, pasó el día, pasaron las palabras, y pasamos nosotros por ahí. Atiné a pensar con certeza, que estuvimos por espacio de seis horas, creando un lazo mágico... y no nos dimos cuenta.

Tampoco tiene televisión.
Comenzamos saludándonos como si no nos hubiéramos visto en años, yo moría de sed, y quizá él de silencio. Tomamos una mesa, elijo yo, elige él, eso no causa problema. Con pocos hombres se pueden hacer tratos de esa forma: rápidos, fáciles, plausibles. Hasta esta mañana comprendí que con él se pueden hacer acuerdos justos.

Me preguntó sobre mi último viaje, hicimos bromas sobre la carta del café. Vienes muy contenta, me dijo. Vengo en la relajación total, le respondí; aunque honestamente lo que sucedió fue que reflejé sentirme contenta de verlo. Con el pretexto que siempre me pongo a mi misma, de disfrutar de una buena charla, siempre consigo que todo sea posible. Anécdotas, comenzamos a sumar anécdotas. La del mapa mal dibujado en un papel, la del teléfono en el panteón... "te sugiero" y comenzamos a reír. Reímos como nunca.

Después de la risa y de que llegara el primer café, empezamos a hablar sobre las personas que fuman y cómo lograr dejar de fumar, y tomó esa linda pose que toma cuando me pone atención: recarga su barbilla sobre las manos que se apoyan en los codos sobre la mesa, guarda silencio, me mira y escucha. Hablé y hablé, como hacía mucho no lo hacía. Me reí. Reí a carcajadas, al extremo de que tuvimos que pedir disculpas a los comensales de la mesa de al lado.

Después lo escuché. Tomé esa pose que me encanta que nadie se dé cuenta cuando lo hago: subí la pierna izquierda a la silla de enfrente, y mi codo izquierdo se recargó sobre el respaldo de mi silla. No hice más que poner mis ojos fijos sobre los de él, le escuché como cuando era mi profesor.

Luego los libros abrieron los corazones, abrieron las anécdotas y abrieron las puertas de los departamentos. Hablamos entonces de las historias de mudanzas que traemos cada uno con nosotros, de nuestras cajas de libros, de nuestras repisas vacías. Le hablé del baúl de muertos que siempre traigo conmigo. Luego hablamos de nuestro trabajo, de los muebles con los que escribimos, de las personas con las que conversamos. Le pregunté muchas cosas, me respondió todo lo que quise.

De sus hijos a sus padres, de mi silla de escritor a que no tiene televisión. Sonreí. No dije nada. Pensé que yo tampoco tengo, luego de la última mudanza. De mi departamento a mi última casa, de mi postura sobre el feminismo y la politización de lo términos "empoderamiento" y "tolerancia"; hablamos casi seis horas seguidas. De mi padre a mi trastorno de ansiedad, de los gatos que son suyos y que no quiere, a la historia del perico que se suicidó... La tarde pasó.

Yo llegué teniendo sed, él llegó teniendo silencio.
Cuando habló de su frustración por tener empacados los libros que necesita para trabajar, me vi reflejada en él. No lo sabe, y posiblemente no se lo diré nunca, pero me vi en él. Hablé sobre mis autores favoritos, poco a poco comenzó a entender por qué me gusta escribir lo que me gusta escribir, y me dijo que entendió por qué es que escribo como escribo. Con mucho gusto y mucha sorpresa, pude hablar de Javier Marías porque él también lo lee. Poco a poco comencé a registrar los datos que necesito para trabajar, que se supone que eran el objeto de toda la charla, pero que no sucedió así.

La maravilla de la charla, permeó hasta nuestra labor de investigación histórica. No hizo falta que yo hiciera preguntas concretas; la mayor parte de las cosas las fui deduciendo. Lo que necesito, como es mi costumbre, lo pedí. Concluimos sin querer hacerlo, afuera del café, caminando por la acera, riendo a carcajadas recargados en mi auto. "Anotaré los pendientes que tengo contigo", me dijo y sacó su agenda para anotar todo lo que no quiso olvidar.

Me reí más de lo que escuché. Escuché mucho más de lo que hablé. Yo iba muerta de sed, pero él venía muerto de silencio.


Poco a poco, la maravilla de la labor histórica, permeó hacia nuestra charla y hacia mi auto, hasta la música que elegí como soundtrack.

Conduje Av. Camarones pasadas las once de la noche, y entonces se convirtió en Eje 3 Norte. Llegué a los suburbios de la Ciudad. Le hice de acomodadora de autos, no me importó, porque seguía riéndome de nuestros chistes. Entré a casa. Me acomodé. Seguí bebiendo agua. Soy una chica, y como tal, mi deber es avisar cuando llego sana y salva a descansar. Lo hice, le escribí, ya no quise llamar, iba a ser la media noche. Me respondío una frase, seis palabras, un punto y seguido...

Fue el domingo, que ya comienza a hacerse fecha pendiente. Fue la zona, y fue él. Fue estar casi seis horas entre la sed y el silencio. Se ata entonces, el primer nudo de un lazo mágico que no sabíamos que iba a existir.

Fue la estación y fue que vivimos la pascua. Fue la forma maravillosa de cerrar una semana y de iniciar un mes. Fue el piropo que no me esperaba.

jueves, 26 de abril de 2012

Esta vez es primavera.

Me quedé dormida pensando en ti, y afortunadamente soñé contigo. Entonces de pronto es como si en el corazón se prendieran unas cuantas velas, como si encendieran el calefón. Como si le dieran algo de esperanza a un condenado a muerte. Y te acordaste de mi, fue maravilloso entrar al local, formarme como cualquier persona, y de pronto ver tu cara de sorpresa cuando me viste allí, ¿pensaste que no iba a volver? Pues volví, y mejor que nunca.

Fue hoy, al mediodía, cuando comencé a sentir el calor de los papeles de hace 75 años, que me acordé que este viaje es idéntico al anterior, lo único que es diferente es mi corazón.

Estoy en la misma ciudad, en el mismo departamento, voy al mismo café, he frecuentado los mismos lugares para comer. Llegué a conversar con la misma gente. También llegué a trabajar con la misma gente, al mismo lugar, con los mismos papeles viejos que me marchitan las manos y me resecan el cabello. De pronto es como si el tiempo no hubiera pasado, como si todo fuera exactamente igual; como si el autobús hubiera viajado de regreso conmigo adentro, con todo y maleta, con todo y soledad.

Y entonces la gente intuye y comienza a esbozar preguntas, intenta articular argumentos y más y más preguntas... y entonces es una  maravilla no tener historia, no tener memoria y hacerse como si no hubiera pasado. Como si lo pasado, en efecto estuviera pasado. Y sonrío, me alboroto el cabello plateado y me cubro con mis raybans. Ni siquiera ha sido necesario decir mentiras o negar algo, simplemente hago uso de mi derecho a reservar mi opinión y a comunicarme. ¡Zip! Me quedo callada.

No hay motivo entonces para recordar la angustia que me invadió cuando supe que venía por mi. ¿Te acuerdas que llegué con él al café, en la penúltima noche que me quedaba acá? ¿Recuerdas su aspecto? ¿Recuerdas mis palabras entrecortadas? Que bueno que no. Yo me acordaba de ti, pero no de tu pelo largo, ni de tu complexión, y tampoco me acordaba de tu nombre. Hasta hoy por el mediodía me acordé que me hizo llorar frente a mi plato de enchiladas mineras, que nada le satisfizo, que la experiencia no le fue suficiente para despertar su capacidad de asombro.

Es incoherente e inaceptable que mi madre se ponga de su parte.

Y si no era el dinero, era que yo externaba las cosas que me hacían feliz, que me causaban placer o que simplemente me gustaba elegir. No puedo creer que llegué al punto tal de olvidarme de mi misma. Me alegra que la vez pasada no me hubieras pedido mi número de teléfono para salir, porque hubiera sido doble la pena.

Al parecer todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Nada más pasaron nueve meses, viví trece días de juzgados, hice cinco mudanzas, perdi los muebles completos para poner una casa, olvidé un par de botas azules, me deshice de un vestido de novia, pasó un día biciesto, falleció mi mejor amiga; fui a la playa a revolcarme en las olas del mar, perdí ocho kilos, dejé de fumar, comencé a dormir de noche, tomé condición física, tuve un accidente, aprendí a vivir con el alma rota, me hice cargo de mi misma, le menté la madre al miedo, tuve el valor de seguir adelante. Tuvo que pasar todo esto, para que pudieras verme entrar  a la tienda con mi portafolios en el hombro y mi pelo alborotado, para que pudiéramos conversar una semana más, y pudiera yo ubicar mi domicilio conocido en el Jardín Unión.

Por eso me alegro muchísimo de haberme quedado dormida pensando en ti.

Todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Lo único que cambió es que esta vez es primavera.

martes, 31 de enero de 2012

¿Quién te crees?

Yo voy a desafinar, es mi bien desafinar.
Pero es que me ofende tanta, tanta vulgaridad.
Fito Páez, Música para camaleones.

No tengo ni la menor idea de qué es lo que mueve a una persona para comenzar a escribir un blog; para leerlos, seguirlos y comentar, o simplemente para ser lectores anónimos. Conocí el mundo del blogger leyendo a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel y a mi amiga Copo, que se decía ser una víctima casi perfecta. De ahí conocí a personas maravillosas. A un lobo que era hermano de un monstruo. A una chica con un nombre pequeñito. A Lilith, cuyo relato de los preparativos de su boda me arrancaban de puritita emoción algunas cuantas lágrimas. Y entonces me puse de nombre Mariposa Tecknicolor, y empecé a escribir en este espacio para mitigar mi ansiedad, e iniciar un nuevo camino.

Tuve que haber hecho algo, que en realidad ahora no me acuerdo, para que personas gratas y no gratas de mi pasado, me hayan encontrado en la blogósfera y en el mar de información que emana de la internet. No estuvo mal, de hecho, que comenzaran a leerme. Pero tiempo después, mensajes anónimos comenzaron a llenar la bandeja de comentarios de este espacio.

No estaban mal. Algunos comentarios eran constructivos, otros hacían peticiones sobre temas para escribir, hubo algunos que hacían propuestas... Pero entre ellos, también dejaron comentarios ofensivos y agresivos; hubo personas que me pedían que de inmediato eliminara mi blog o que eliminara algunas entradas porque mi escritura estaba "llena de ficción, fuera de la realidad". Así también llegaron burlas, y descrédito para mis letras. Hubo tres personas que escribieron diciéndose llamar soltero tóxico, pidiéndome cuentas, preguntando quién me creía yo para haberles robado la identidad.

Me cansé de dar explicaciones. Llegó un momento en que me cansé. Quizá eso explique un poco el que me encuentre viviendo otra vez en el mismo lugar, escribiendo sobre mis rodillas, tratando de terminar un trabajo que pareciera que he estado escribiendo durante toda mi vida.

Nunca le di la importancia a esos comentarios de lectores nongratos. Nunca me senté a considerar que tal vez debería dejar de escribir en este blog, con este nombre y con esa foto en mi perfil.

Hubo muchos otros comentarios, muchas personas que construyeron estos relatos con su presencia y con su ausencia. Que con los paseos que me regalaban por la Ciudad, con sus días o con sus noches, llenaron mis ojos de dramas que me permitieron seguir escribiendo. Hubo personas, más de las que puedo mencionar aquí, que alimentaron el otoño para que yo pudiera seguir escribiendo en primavera.

Las calles siempre se ponían de mi parte. ¡Qué me importa si no querían que yo mencionara el lugar exacto de nuestros encuentros! Siempre había una esquina, algún semáforo que se ponía a mi favor con su luz color verde, u otro que jugaba a ser necio con su color rojo, que estaba de mi parte. No me importa que no hayas estado de acuerdo, tú o cualquier otro lector que por morbo, afición o simple ocio, se acercó a esta columna escrita con tanta agua entre las manos.

Hubo un lector, sólo uno, que me escribió diciéndome que era el Rey Sol. Imposible, ese al que tú llamas Rey Sol no existe, le respondí. De hecho lo sabrías, si realmente fueras el Rey Sol que protagoniza mis relatos; a menos que te digas ser Luis XIV de Francia, no hay ninguna posibilidad de que seas mi Rey Sol. Cerré el diálogo.

Durante algunas noches le di vuelta al asunto. El tiempo ya no me alcanzaba para serguir escribiendo como lo había hecho los años pasados, ahora mis prioridades habían cambiado, y de entrada había dejado de fumar y de dormir de día. La Ciudad se convirtió en mi domicilio, en lugar de ser una añorada utopía. El amor se convirtió en una cosa que desconocí, que me asustó y que me hizo correr más de una vez, por conveniencia.

¿Por qué entonces me habían pedido una explicación sobre un post del mes de agosto del 2009? ¿Por qué se atrevía a ponerse el nombre de uno de mis personajes, pidiéndome que eliminara el nombre de su mujer de mi relato? Comencé a enojarme. ¡¿Quién carajos te crees para decirme de qué puedo y no escribir?! -No se lo dije, pero lo pensé.

Tendrías que saber, mi estimado lector ignorante de la sociedad moral mexicana de la primera mitad del siglo XX, que Dolores García Téllez fue la organizadora del Movimiento Familiar Cristiano en Monterrey, y fundadora asimismo de la Unión Neoleonesa de Padres de Familia. De ahí viene el sarcarsmo con el que escribí ese texto. De ahí la burla que hice, a las amigas de mi madre, cuando me criticaron por continuar mi amistad con un maravilloso Rey Sol que nunca existió. También deberás saber, que Andrés Neuman es un escritor argentino, de padres músicos y criado en la península ibérica, con el que no me ha unido nada más que la afición y deleite que he encontrado en su novela. Y que mi amigo el Presidente, me ha llenado de más momentos memorables y felices que ninguna otra persona en esta demarcación, haciendo de sus charlas simplemente, un oasis en mi desierto.

Así, también deberás saber que la mayor parte del tiempo me he sentido marchita. Que hay veces en que estoy segura de que no me voy a volver a enamorar, y que entonces no podré volver a escribir del idílico romance que existía entre el Rey Sol y yo, y entre mi y los ojos azules, y entre un chico que vestía un traje casi perfecto que combinaba a la perfección con sus armoniosas manos. No podré volver a escribir de los solteros tóxicos, porque no pretendo volver a conocer a ninguno jamás.

Tendrás que saber que estoy enojada, molesta, y a veces llena de rabia, porque no podré volver a escribir de todas las cosas que me satisfacían, que me hacían feliz y que me llenaban de maravillosos recuerdos.

Hay veces en las que estoy cansada de seguir aprendiendo día a día, mes con mes. Ya no quiero seguir siendo punto de referencia, ni ninguna histérica histórica que se recuerda cada cosa que sucede como si de eso dependiera su propia vida. De nada significó, es verdad, que yo memorizara cada uno de los detalles que inundaron mis romances, mis relatos y mis encuentros.

Quise hacer de mi misma una escritora, y con mucha satisfacción afirmo que lo intenté. Y que hice de mi misma una mujer con un hábito maravilloso.

No te ofendas, pues, de que haya hecho o no aclaraciones pertinentes. Puedes, por supuesto, seguir acercándote a este espacio para reírte, entretenerte, o simplemente para mitigar tu ansiedad, como yo lo hice cuando decidí adoptar mi maravilloso nombre.

sábado, 20 de agosto de 2011

Por amor, por voluntad...

Mi madre dice que cuando a los once años me fui a mi propia recámara en la casa, y que desde ahí tomé la costumbre de dormir en una cama matrimonial para mi sola, me emancipé para siempre... así, sin más, aprendí a ser libre y a dormir en calzones si así me placía; a no dar cuentas si quería dormir hasta tarde; a despertarme a mitad de la noche a abrir la ventana, tocar el móvil que pendía de la esquina de la habitación, y mirar la luz amarilla de la farola, mientras vaciaba mis palabras en cuadernos cosidos, sin decirle nada a nadie...

Hoy mi madre me recordó que desde hace mucho he disfrutado la soledad, y que debo estar orgullosa de que en este momento de mi vida, estoy cosechando lo que sembré hace varios años con mucho esfuerzo, y que finalmente mis metas están llegando a buen término.

Mi familia es como cualquier otra, atropellada, con un padre ausente que años después vino a hacerse el lugar más importante de mi corazón; con unos hermanos músicospoetasylocos; con una sobreprotección absurda; con una infancia feliz. Somos una familia real, con conflictos, con verdades, con razones y con franquezas. Con decenas de solteros tóxicos que desfilaban en el sofá blanco de mi mamá. Con muchos volkswagens en los que todos aprendimos a manejar.

Quizá sea por esta franqueza y por esta inestabilidad, que nos obligamos -o nos obligaron- a hacernos estables. Estables en la mediocridad, en el oficio sin profesión, en el rockandroll que ya no corresponde. Estables en la ideología, en la personalidad, en el conseguirlo todo, por el todo, con el todo. Estables como sibaritas, como dormir cada noche en el lugar maravilloso que hubiéramos encontrado. Estables como lo es la depresión de invierno, la de soledad.

Estables como perenne es el verde de las hojas a partir de la primavera. Estables como crónica se vuelve la tristeza, luego de muchos veranos sin que deje de salir el sol; como luego de toda la lluvia que se agalopa sobre las ventanas.

Estables e independientes, como si hubiésemos sabido desde chicos que eso nos iba a traer felicidad.

Nunca imaginé que en el momento en el que llegara la vida en pareja de a deveras, esa independencia y estabilidad se convirtieran en un factor de complicación entre un par de personas. Cuando uno está solo, son sólo unos problemas, una sola decisión, una sola respuesta; es el estado de confort más maravilloso que existe, puesto que no hay más que la personalidad propia, las ganas, la voluntad...

Aprendimos a ser leales como la amistad verdadera.
La amistad, como el amor -y en general todas las relaciones humanas-, es resultado de pura y simple voluntad. Uno es amigo de una persona con quien siente empatía, solidaridad, y con quien se crean lazos de cariño simple sin conveniencias, sin obligaciones. Somos amigos y pareja por voluntad, porque queremos estar allí, porque queremos seguir alimentando y cuidando una relación que igualmente alimenta y sana nuestros sentimientos y nuestra alma.

Yo quisiera de verdad, que el corazón nunca más se me rompiera. Que las personas que me han dicho sus votos de amor y de confianza, de amistad y de lealtad, no los rompan y se queden conmigo para siempre. Yo quisiera de verdad, tener todo el tiempo del mundo, y unos recursos inagotables, para estar para siempre con mis amigos, con mi gente, con mis Ojos Verdes. Pero eso no es posible. No se puede andar en la procesión y tocar las campanas, o chiflar y comer pinole.

Le decía hace unos días a los Ojos Verdes que uno no se une a otra persona a través de amenazas, de transacciones, favores u obligación. Yo estoy contigo porque te amo, le dije. Y yo estoy contigo porque me enamoré de ti, me contestó él.

¿Qué pasa entonces entre dos amigos que no tienen más algún canal de comunicación? Estoy, por ejemplo, con la diseñadora de modas, por cariño y solidaridad, complicidad y lealtad, respeto y voluntad; en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad; más allá de los solteros tóxicos y de los empleos de ensueño que nos hacen sentir las mujeres más importantes del mundo, y aún más allá de los periodos de desempleo que nos hagan sentir miserables. Estamos juntas a pesar de más de diez años de relación. Estamos porque queremos estar, y punto.

Creo firmemente que no se puede basar una relación en obligación, en el a fuerzas tengo que dormir contigo, o a fuerzas tengo que ir a verte para tomarme una copa contigo, "...pues ya qué". Tampoco en pedir perdón. No se puede basar una relación en pedir favores, en poner una pistola en la cabeza, o a través del intercambio de tiempo por dinero.

¿Cuál es el límite? ¿Cuánto se tolera regularmente una actitud agresiva proveniente de una amistad? ¿Hasta cuánto, de verdad, se cede con una amistad?

Para bien o para mal, mis padres me dieron tres hermanos mayores con quien aprendí qué significa la amistad, la lealtad y el amor. Ahora pues, puedo decirles a algunas personas que juro solemnemente serles fiel, y puedo también decirle a un hombre que me voy a dormir con él todas las noches porque así es mi voluntad, porque lo siente mi corazón.

miércoles, 15 de junio de 2011

De hombres, calores y minifaldas.

Ciudad de México. 32° C, sensación de 34° C. Primavera a punto de que llegue el verano. No sé por qué causa tanto revuelo una minifalda.
Ni siquiera es tan corta. No lo pensé dos veces, y esta mañana al salir de la ducha pensé "calor, tengo tanto calor", que me decidí por usar una mini de mezclilla con botas largas y una camiseta color gris.
No sé por qué tanto alboroto por una falda corta. Los gritos y chiflidos de los hombres, las palabrotas, las miradas, los piropos (por qué no), que más que ofenderme me hacen pensar cosa raras y deprimentes sobre su género. Que son animales, no racionales, absolutamente maleables y presas fáciles de mujeres que tienen el poder, como yo.
Son dos cosas, solo pienso dos cosas. O efectivamente son animales, o ya no hay buen sexo en esta ciudad.

jueves, 7 de abril de 2011

En plena primavera...

Ya sabes, de esas cosas que nunca pasan, o que tienen años sin suceder. Los ojos verdes se van hoy de viaje, raro, además porque es la primera semana que compartimos código postal, domicilio, baño con regadera y hasta cafetera por las mañanas.

Es un poco raro, distinto, es tener motivos para ser feliz todo el día, todos los días, todas las noches.

Hoy dormiré sola. Sola, sola.

Tengo mucho que escribir, ya se me quitó el sueño. Tengo dos entregas pendientes, un seminario que dar el martes que entra, y una entrega que literal, era para hace ocho días.

Entre la mudanza, una boda que se sigue planeando, un gato que no deja de maullar porque no está acostumbrado a los ruidos de un departamento, y un amor que se hace más y más grande cada día, se me olvidó que estamos en plena primavera.

Siempre me propuse una boda en invierno, y ya me alcanzó la primavera.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Entre ruinas

Si en los escombros de la revolución
creciera el árbol verde del placer,
y las catedrales se cansaran de ser
ruinas del fracaso de dios.
Sabina y Páez, Si volvieran los dragones.


La Ciudad tiene un aire distinto para quien de pronto se da cuenta que vive en ella.

La gente se apodera de las aceras, de los parques, de los botes de basura, pero es buena; en general no hay malicia en los corazones, salvo por las circunstancias de la subida y la caída de los precios.

Las heladerías están siempre abiertas, los cafés de chinos sirven toda la noche, los semáforos no dejan de parpadear. Ciudad de movimiento en bicicleta, Ciudad de trolebús en contrasentido. Autos que se estacionan en cualquier lugar, Hans que de pronto ocupa todas las banquetas. Ciudad de ruinas urbanas, de miseria intelectual, de amor de paga y de unidad habitacional.

Saliendo camino hacia el andador hacia la izquierda hacia el norte, y hacia el final del edificio llego a una plaza de forma cuadrada, donde hay más y más autos. El paso Antonio Caso me permite atravesar el Eje Central Lázaro Cárdenas a pie. Entonces, que es cuando mis ojos se tornan de color verde, tengo frente a mi las ruinas de una civilización derrotada; donde combinadas, se reúnen todas las ruinas que seguimos habitando, en las que seguimos creyendo.

Caigo en la cuenta entonces, de que Joaquín Sabina tenía razón, esta sería otra historia si "las catedrales se cansaran de ser ruinas del fracaso de dios".

Hay una chica del área metropolitana más grande del mundo, que sigue nadando en las mieles de la ciudad. Esa soy yo.

martes, 22 de marzo de 2011

Llegó la primavera

El domingo pasado, a las cinco de la tarde, entró la primavera; y con ella, vino otra gran pelea.

Nunca me hubiera imagiando que conseguir un departamento de precio justo en esta Ciudad, fuera tan complicado. Y menos, que aún cuando el departamento ya estuviera listo, fuera tan complicado llevar a cabo una mudanza decente y a tiempo.

Yo, le dije, me obligué a acostumbrarme a no pedir ayuda, a hacer todo por mi misma, bajo mis propios medios. Me obligué a que la única llamada de terror que hiciere, fuera para mi padre, en el caso de que mis cuentas se quedaran otra vez en ceros. Entiéndeme, por favor -continué-, que es mu difícil para mi pedir ayuda, tomar decisiones en conjunto, dejar que otras personas hagan lo que yo tengo que hacer. No estoy ya acostumbrada a que me tiendan la mano, o me ofrezcan ayuda desinteresadamente.

Él, sin mayor aspaviento, dejó sobre la mesa el vaso con hielos, volteó sus ojos verdes hacia mi, y me dijo: "pues ahora ya no estás sola".

El sábado y el domingo me dediqué a hacer cosas en equipo, acompañada del chico que ha venido a romper con mis rutinas; y me acordé cómo es hacer las cosas acompañada. De compras, haciendo limpieza, teniendo paciencia, y metiendo mis miles de papeles en unas cuantas cajas.

No estoy segura si las reconciliaciones vengan a ser tan felices como eran antes. No porque no conciliemos sino porque es un diálogo constante, conciliatorio, un acuerdo, un apoyo.

Viene la primavera con una nueva casa, con la Ciudad para mi sola, con una zona postal que por fin me hace habitante del Distrito Federal.

Viene la primavera con muchas verdades que me azotan en la cara, y se tapa la nariz, y me lloran los ojos, y la puta polinización me hace estornudar. Viene con todo el amor que alguna vez me imaginé.

martes, 27 de julio de 2010

Primeras veces.

Pocas veces hemos hablado de lo que él siente cuando está conmigo, lo que no significa que yo no lo sepa. Tiene sus maneras de hablar, de hacerse escuchar, de hacerme sentir lo que siente, aún cuando no habla mucho de eso. Yo en cambio, que poco me falta para hablar con mi pie -lo cual me hace muy feliz-, hablo todo el tiempo, río cuando no puedo sostener más la alegría en mi pecho, y escribo hasta en las servilletas de papel. Me he ido llenando, poco a poco, de hermosas primeras veces.

No sé a ciencia cierta cómo son las primeras veces que él ha tenido, y menos aún, cómo son las que ha tenido conmigo. No lo sé, porque no me lo ha dicho, pero he intentado saberlo.

Puedo darme cuenta de los ojos que me hace cuando le pido que me preste sus zapatos, cuando sin que se dé cuenta, ya me enrosqué a un lado de su cuerpo porque tengo frío; fue maravilloso mirarlo de reojo mientras me levantaba en la mañana y me ponía sus jeans para ir a desayunar; vestirme con su ropa, por ejemplo, lo hice casi inconcientemente y a él le sorprendió y le hizo bien llegar a ese punto de complicidad.

Esas noches, caray, benditas noches de tanto calor, las mismas que me hacen tiritar cuando muero de frío, pero que poco a poco hemos ido compartiendo. No sé cuántos días, tampoco llevo la cuenta de las noches, pero cada una ha sido una maravillosa primera vez.

Mirarme cómo sonrío cuando me miro en el espejo al salir de la ducha, cómo se me enredan las cuerdas vocales cuando me despido de él; otras veces, cómo mis ojos se han llenado de lágrimas cuando sé que no lo voy a ver pronto, cuando un viaje se aproxima, o cuando sabemos que nuestras profesiones tampoco se ponen de nuestra parte.

Me siento como niña en Día de Reyes. Me siento como cuando miro el mar luego de mucho tiempo. Uno puede no acostumbrarse a muchas cosas, o al revés, decidir acostumbrarse a todo de un jalón. Yo decidí jugarle a la filósofa, para poder seguirme sorprendiendo todas las noches, todos los días, cada que sale el sol, cada que toma mi mano mientras meto las velocidades del coche, cada que recorremos la misma ruta que ya sabemos a donde nos va a llevar, que sin importar que siempre sea la misma una y otra vez, quizá el destino cambie como cambiamos nosotros conforme pasa el tiempo.

También he aprendido que las primeras veces llegarán siempre que yo quiero que lleguen. Que el chico, aún cuando no me dice con exactas palabras lo que siente, también decidió llenarse de primeras veces porque junto con eso, decidimos también ser los últimos para muchas cosas.

Así, me parece que es como una infinita primera vez, que nunca termina, que está ahí, perenne, esperando que llegue a vivirla, a llenarme de ella, como me espera la primavera cada mes de marzo, como espero a la primera lluvia de la temporada para ponerme mis botas de hule y mi gabardina azul. Siempre es una primera vez, esperándome, como el amor que decidió no olvidarse de mi, me esperó a que llegara para llenarme de él.

Luego el otoño supongo que vendrá, con sus hojitas amarillas y color café a rodar por el pavimento; con mis botas de agua vueltas al clóset hasta el año que entra, con ese abrigo enorme en donde ahora sé por qué era tan grande, ese año por primera vez lo compartiré con él.


lunes, 7 de junio de 2010

¿Es que pido demasiado?

Nunca nada es suficiente, ya lo había escrito en algún momento. No se es suficientemente mujer, suficientemente lista, guapa, delgada; suficientemente suficiente, eficiente, ágil, acomedida; suficientemente sexy, sensual, amorosa; nunca se es suficientemente perfecta, inteligente, trabajadora, profesionista, profesional. Siempre algo falta, siempre en algo se queda mal, siempre se espera más de uno, siempre algo faltó que se hiciera o que se dijera. Nunca se es suficientemente comprensiva, echadora, luchona, soltera, comprometida, nunca es suficiente.

¿Acaso es que pido demasiado? Por Dios, la gente se da cuenta de que no soy exigente, ¿entonces por qué demonios me exigen tanto a mi? ¿Por qué esperan que haga cosas o que reaccione de manera que no voy a reaccionar?

Estoy muy cansada, tengo la cabeza agotada, me duele la pierna derecha, creo que debería dejar de usar tacones para siempre, dejar de ponerme esos vestiditos que ahora pienso no valen la pena. Me siento mal. No es ansiedad -cosa que agradezco-, no es dolor físico, simplemente estoy agotada.

Me siento -una vez más-, como si estuviera con las alas pegadas, como si algo me impidiera volar.

¿Qué es lo que te ata? La pregunta me da mil vueltas en la cabeza y no la sé responder. Según yo no me ata nada, o no me ataba nada, o nada me quiere atar. No lo sé. Ahora ni siquiera sé si quiero quedarme quieta, si quiero dejar de hacer las cosas que hacía antes, si quiero seguir haciendo lo que hago ahora.

Ya no hay aire. Maldita Ciudad, no se puede respirar aquí. Somos muchas personas en tan poco espacio... ya no se puede más. Me falta el aire, me falta el aire, necesito que venga a llenar este huequito que tengo en la garganta y en el pecho.

Necesito aire en mi rostro, que me agite el pelo, que me entuma las manos. Necesito sentir que el aire viene a levantarme un poquito del suelo. Necesito la necesidad de entrecerrar los ojos debido al aire que me roce la cara.

Necesito salirme un poco de aquí. Maldita primavera que hace puta a esta Ciudad. Por Dios, ahora sí necesito respirar.

domingo, 6 de junio de 2010

Le pedí y él me prometió.

Me da mucho miedo volverme loca.

Le hice prometerme un par de veces, que no permitirá que me vuelva loca.

Le pedí que si un día dejo de bañarme o me quedo tirada en la cama por muchos días, irá a mi casa a tender mi cama, a meterme a bañar, a darme de comer y a correr a la bola de gatos o perros o animales que se hayan hecho un lugar allí sin que yo me diera cuenta.

Le hice prometerme, que me aterrizará a tierra. Que si un día no respondo el teléfono o no me comunico con él, irá a buscarme para saber si todo sigue bien.

Le pedí que si me da un terrible cansancio mental, de esos en los que ya no se sabe qué es lo que se tiene que hacer o qué es lo que sigue, que si ya no puedo escribir más, que si ya todo lo olvidé, o de plano me da surmenage, que irá a visitarme para recordarme quién soy, quién fui y qué es lo que quería hacer.

Quizá tenga que ofrecerme mi comida favorita, o ponerme a Fito Páez quedito para que me quede dormida. No importa. El chico me dijo que no me volveré loca, que no tengo por qué hacerlo, y que de así suceder, él estará conmigo porque nunca me dejará sola.

Me da miedo. No puedo vivir con este miedo otra vez. Su respuesta me hizo llorar, me hace sentir bien, y espero verdaderamente que me crea, que este miedo a perder la razón es real y que me preocupa terminar como el escritor aquel que sólo hablaba con la señora de la verdulería en el mercado y sus ganas eran simplemente por realizar un estudio sobre el silencio -o en su defecto el ruido- en la Ciudad de México.

Le pedí, también -pobre chico y adorable que me dice que sí-, que si un día ya no puedo aprender más o ya no puedo retener más algún acontecimiento en mi memoria, y le sugiero entonces que quiero hacer realidad mi sueño frustrado de elaborar diseños o confecciones de ropa, o poner un puesto en un mercado de cabecera municipal, me va a yudar a hacerlo. El chico me respondió que entonces buscaremos un buen local, un distribuidor de chiles secos y semillas -o de lo que me haga feliz vender- y seré la mejor tendera del mercado.

El chico me prometió que seguirá a mi lado.

Pero bueno, vaya que las cosas así son, no le digas que te dije, porque prometí no hacerlo oficial hasta que por fin tenga parte.

Prometió, entre líneas, hacerme feliz todos los domingos. Y yo, en cambio, prometí que sostendría su mano y que seguiría mandando a la fregada todo lo que cause esta fatiga que ya no puedo cargar en mis hombros.

Prometí visitar a su madre todos los sábados, y le confesé que quiero compartir las puestas de sol a su lado.

A mi también me sucedió, y justo en primavera. Yo no sé (¡¡carajos!!), en qué momento le abrí la puerta de adelante para que entrara de par en par. Sé que estoy feliz, que me fascinan ahora los días -y particularmente los domingos- que tengo con él y que añoro y deseo vivir a su lado también todos los amaneceres que nos quedan.

Lo extraño más de lo que pensé cuando no duermo con él. Le pienso sin darme cuenta cuando voy a hacer las compras.

Habrá cualquier cosa, y coincido contigo en lo que dices de tus ojos verdes. Que vivamos a través de los nuestros de par en par.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Un par de mapas.

Tus ojos cambian de color casi como lo hace el cielo mientras las estaciones no deciden si -valga la redundancia- estacionarse o seguir su curso.

Tus ojos cambian, se hacen grandes, logran llenarme toda, y también llenarnos a los dos.

Tus ojos son dos gatos por los tejados, ya lo dice una canción.

Tus ojos a veces no tienen color, a veces son como tu sonrisa, a veces sólo tienen tu humor. Y es ahí cuando se ven distintos, y parecen almendras o un par de aceitunas verdes.

Tus ojos son un par de mapas, y me gusta verlos cuando tengo de frente la luz de la ventana; tú estás de lado, la luz no te llega directamente, y entonces los atraviesa, se ven transparentes, y esas minúsculas manchas son como mapas que me guían, que me provocan, que me dicen en dónde voy a parar.

Mirarlos de frente, es como mirar las pupilas de un felino; con la luz se contraen, de noche se ven enormes. ¿Cómo serán los míos cuando te miro fijamente? ¿Podrías decírmelo, la próxima vez que me mires?

De niña tuve los ojos muy obscuros, casi negros, así como mi pelo. Con el paso del tiempo han ido cambiando, como cambió mi melena, que ahora tiene unas canas de lado. Dice mi madre que los ojos de Carmela y los míos parecían capulines, ahora son distintos, ahora somos diferentes.

Sé que vamos a seguir transformándonos, haciéndole al camaleón. Sólo espero que tus ojos sigan siendo este par de mapas que me encuentran, que me siguen; y que después de guiarme, provocan perderme.

domingo, 2 de mayo de 2010

Un problema nacional.

Me despertó un dolor en la mandíbula, un hormigueo en la espina dorsal, un "rechinido" en las muelas del juicio, y el dolor de siempre sobre los hombros y en la cintura. Me despertó, como hacía mucho no lo hacía, una crisis de ansiedad. Ni modo. Prendí la radio. Estaba el comentario de Domínguez Muro. Intenté levantarme lo más rápido que pude, pero no pude. Quería, pero no podía. Me dí vueltas. Olvidé que anoche sí alcancé a vestirme.

Y de pronto, ahí estaba. Mi cara de malestar general, mi cara de "no quiero nada", mi cara de "no sé qué es lo que tengo que hacer". La llanta rota, el examen resuelto, el ensayo que no termino, la carta que no sé cómo concluir, la mensajería que tengo que pagar, mi lista de pendientes -y de deudas-, que poco a poco comienza a ser interminable. Mi madre enferma, las noches que no me dejan dormir, este cansancio que se me acumula detrás de los hombros, este calor que no sé qué es lo que me provoca; la nariz tapada, las ronchitas alrededor de los labios y los ojos, la maldita primavera que con sus pajaritos y toda su cosa verde viene a hacerme estornudar.

Ya me había olvidado que podía alterárseme el pulso de la mano derecha, pero en la tarde lo recordé. Me dio un tanto de pena, un poco de "no me interesa", y como pude terminé de comer. Son cosas que no se pueden ocultar. Puedo llegar como si nada, sin que nadie sepa que tuve una crisis al despertar, pero si el pulso me traiciona, como lo hizo haciendo que el bocado casi se me callera del tenedor, no puedo hacer como si no pasara nada.

Después, este apetito incontenible. Ganas de comer, de comer todo, de todo, a todas horas, en todo momento, en todo lugar. De pronto me da un hambre terrible, que la única manera que se me ocurre para controlarla, es saliendo a caminar. Debe ser ansiedad manifestada de otra forma, de otra manera, no le encuentro motivo. Si empiezo a comer, de pronto no puedo parar, ¿qué me pasa? Debería intentar comer otras cosas, probar otros sabores, hacer como si siempre fuera sed, y no parar de beber agua nunca.

Siento que estamos llenos de epidemias, de enfermedades, de otras epidemias que ni siquiera se preocupan por contener. Todo el mundo anda con el cuerpo cortado, con infección en los oídos o conjuntivitis. Ya van varias personas que sé, que como yo, también tuvieron dolores en los riñones. Me parece que los virus andan por todos lados, sin saber siquiera su propósito en el ambiente. Me parece que la ansiedad, debería ser un gran problema nacional.

martes, 13 de abril de 2010

Mediodía del número dos.

Es el mediodía del día número dos. Ayer lo pasé entre hospital y análisis, compra de medicamentos, toma de fotografías que no salen a la primera -que debí ir al estudio anterior aunque el fotógrafo me pidiera que me pintara los labios más rojos-, con dolor de espalda, con una fiebrecilla que iba y venía. Lo pasé, como pude, y terminó.

Hoy, me desperté como pude, tarde, para tomarme un té con leche porque todavía no debo tomar café. Fui a la facultad, a seguir con los trámites, a preguntar cómo demonios se llena una forma E5 o como se llame; cómo se debe redactar la carta de petición para la acreditación del idioma.

Y mientras tanto, el sol comenzó a salir. Comenzó a ser el segundo de día de quince, que debo aprovechar, que debo utilizar para leer. Mientras tanto, él me llamó, siempre preguntando cómo me siento, cómo sigo, cómo va esto de los tratamientos con pastillas que saben horribles cuando me las pongo en la lengua para intentar pasarlas de un sólo golpe.

De lejos, de cerca, como sea, los dos nos quedamos dormidos. A veces pasa. Uno no despierta al otro, el otro no sabe que tiene que llamar, el que logra despertar de pronto olvida que le tiene que llamar al otro, y es una gran anécdota que nos hace reír, que ahora sé que no debe preocuparme, que todo se resuelve, como él dice, mientras haya solución no todo está perdido.

Así, ya es mediodía.

Ya sé dónde voy a comer, con quién y cuál será el menú. Ya está tendida la cama, a trabajar en ella con mi mesita ratona sobre las rodillas; debo descansar, pero también tengo que leer, tengo que seguir escribiendo. No está mal. Es como cuando una flebitis marca diablo se estacionó en mis piernas, hace algunos años, y trabajar en cama con muchos cojines en la espalda, me tiró un cable a tierra.

Sigue siendo primavera. El sol me quema la cabeza y hace que mis ojos lloren por tanta luz. Las plantas se ven magníficas con este verde encendido, con estas enredaderas que suben por doquier, como lo hacen los sentimientos en mi cuerpo, como lo hace el amor que de pronto me ha entrado por los dedos de las manos.

Ya es el día numero dos, que viene con esta primavera; que me siento un poco mejor, pero que no estaré del todo bien hasta que termine el tratamiento. Mañana, día tres, saldré a terminar los pendientes, a esperar que sea el día cuatro, en el que mi cuerpo se haya deshecho del 80 por ciento de la enfermedad.

No sé si será hasta el día cinco, o seis, cuando vuelva a estar con él. Me da emoción. Parezco niña en navidad. Me emociona lo que me cuenta por teléfono, me emociona estar con él, aún cuando estos días no me permitan verlo a diario. Me emociona saber, que nos veremos con más gusto que otras veces.

La primavera me envuelve, y los domingos comienzan a caerme bien.

lunes, 22 de marzo de 2010

Domingo y primavera

Era muy temprano. El frío me despertó. A pesar de haberme quedado dormida vestida -otra vez-, ahora el frío se me metió por las plantas de los pies. Desconocí el lugar, desconocí la cama, a pesar de que había sido la cama de siempre, las sábanas blancas con flores azules, las cobijas amarilla y roja, la lámpara encendida en el buró del fondo.

Muerta de frío, me desperté y fui a buscarte. Y allí estabas, en el sillón que a veces olvido que ahí está. Estabas dormido, aún más de lo que estaba yo. Estabas respirando muy fuerte, con tu menudo cuerpo enroscado como si fueras un gato pequeño. Te miré, empujé tus piernas, me senté en el huequito que se hizo detrás de tus rodillas. Te miré, otra vez.

Intenté despertarte, pero no supe como. Seguí mirándote, comencé a olerte como si la que fuera un gato, ahora sea yo. Voltée hacia la ventana, miré el sol a través de la persiana, caí en la cuenta de que era domingo, y de que por fin había llegado la primavera.

Y te empujé, salió un quejido de tu garganta aún enronquecida, te hiciste a un lado, giraste, hiciste espacio, y me acosté junto a ti.

No importaba nada. Es primavera, era domingo, eras tu y era yo.

Era el sol a través de la persiana. Era de mañana, que por fin un domingo me puso feliz. Comencé a besarte, como debiera hacerlo cada que estoy contigo, como debiera ser todo el momento que pasa sin saberlo. Me sorprendí. Seguías dormido, pero querías estar despierto. Tenías los ojitos todavía cerrados, las pestañas pegadas, las manos giradas hacia el centro de tu pecho.

Desistí. Me fui. Me senté en la mesita de trabajo y prendí esta computadora. Comencé a leer, a escuchar la música que me arrulla, a escribir lo que en ese momento pasaba por mi cabeza. Y el gato que es de a de veras ocupó mi lugar en el sillón, volviste a girarte, volviste a respirar fuerte a través de esa garganta que a veces quiere albergarme.

Y lo volví a intentar. Me levanté y fui a donde la ventana, quité la persiana, me bañé de árboles atravesados por rayos de sol; de luz que a veces no quiero que llegue, de primavera que creo que ahora sí añoraba que viniera. Luego fui a donde tu. Volví a mirarte, y comencé a desabrochar los botones de tu camisa de rayitas negras.

No sé si despertaste. No sé si volví a dormir yo. Todo pasó, como pasa lentamente cuando estoy contigo. Olvidé la noche anterior, lo que habíamos hablado, lo que tu voz susurró junto a mi cuello. Olvidé mis letras, las canciones y mi pasado. Olvidé que estabas allí. Olvidé que quería seguir dormida.

Y algunas horas después, entonces sí desperté por completo. Sólo fue otra mañana de domingo. El invierno -y espero que el infierno también- por fin terminó, la primavera llegó con ese friecito a través de las palmas de mis manos, y otra estación comenzó en mi cuerpo.

Domingo de café por la mañana en un vaso de plástico. Domingo de manejar con el sol en todo su esplendor, con este calor que hace que Hans sea no sólo un auto de valores, sino de agradable sudor que también es insoportable. Domingo de chicas, como todos los del año que acaba de transcurrir. Domingo de mercadillo de Marruecos, de sonrisas con lentes de sol.

Domingo que me hizo feliz, quizá porque soñé contigo.

sábado, 13 de marzo de 2010

El ciruelo por fin floreció.

Hace apenas un par de horas que regresé a casa. Manejé, como tantas ganas tenía, por las avenidas de la Ciudad que más feliz me hacen. Son nobles, enseñan muchas cosas. Aclaran las mentes, hacen sonreír. Hacen sentir que los semáforos en verde, son ojos que me atraen, que me incitan a seguir adelante, son el par de ojos que me provocan, son las luces en verde que me excitan.

Me encontré, con que el ciruelo rojo que compró el soltero tóxico, y que aún conservo plantado en un macetón de barro, comenzó a florecer. La maldita primavera ya no se detiene, y tal parece que durará más que un segundo, que cada semana seguirá muriéndose un verano, hasta que estos tres meses se terminen.

Si el delgado árbol de ramas largas ha logrado florecer, supongo que la que sigue soy yo, son las otras mecetas, es mi pensamiento que cada vez vuela más alto.

Siento que las alas se van a desenrollar.

Es el mar. Necesito ver el mar. Necesito ver azul; tanto verde mirándolo fijamente, me provoca vértigos, me enchina la piel.

El mar. Necesito ver el mar.

Es oficial, el invierno se está acabando. El ciruelo por fin floreció. La primavera no tarda en llegar.

jueves, 11 de marzo de 2010

Estaciones en mi cuerpo

Tenía los pies diminutos, y unos ojos color verde mariguana.
Barbie Superestar, Joaquín Sabina.


No sólo hay estaciones de autobús, de tren, de Metro, de transporte público. No sólo hay estaciones del año, estaciones del tiempo, estaciones espaciales. También hay estaciones en mi cuerpo.

El lunes por la noche, luego de muchos meses si no es que años, tuve una crisis de ansiedad. No es nada grato, pero tampoco es grave. Lo mejor -si es que existe algo bueno en esto-, es que ahora sé manejarlas, sé identificarlas, y sé recuperarme en las seis u ocho horas siguientes. Y una cosa muy importante, es que ahora puedo hablar de ello abiertamente, sin sentirme mal por tener un tanto de TA. Somos muchas personas las que lo padecemos, pero pocas lo podemos asimilar, identificar, y hablar sobre ello.

Y aquí vengo, como siempre, buscándole el lado optimista a las circunstancias que me rodean.

Llevo ya casi ocho días sintiéndome mal, sigo mareada, sigo con náuseas, con cara de fuchi sin de veras sentirme fuchi, con unas ojeras terribles aún cuando he procurado dormir bien. O quizá sea que, una vez más, comienzo a acostumbrarme a este insomnio que de pronto regresa como regresan las estaciones del año.

Y es justo en primavera, cuando me pica la nariz, cuando no paro de estornudar, cuando me lloran los ojos por tanta flor, tanto verde y tanto polen; tanto "love is in the air" que se levanta cuando lo hace el sol. Justo con el calor, es cuando comienzo a quejarme del dolor de piernas, cuando los padecimientos de hace un par de años hacen su aparición. Y es como todo lo que me pasa, que me recupero pero no me curo al cien por ciento, todo es tratamiento, control, manejo de síntomas -como dice Mauricio-, para que no regrese la enfermedad.

Hoy, manejando sobre Thiers, me di cuenta que la primavera está sacando a patadas a este invierno de la Ciudad. Los árboles comienzan a verse todos verdes, luego de que en otoño las hojitas amarillas, rodaban por el pavimento. Los rayos del sol atravesaban las copas de los árboles, obligándome a entrecerrar los ojos, aún con las gafas puestas. Qué linda escena, pero qué puto calor.

Y lo que nunca me hubiera imaginado, ahora pasa que tengo la presión alta. ¿Por qué? No lo sé. Se supone que por estrés, por angustia, por este TA que hace su aparición de repente, aún cuando yo había ya echado las campanas al vuelo. Qué más dá. Así soy, ni modo. Y aún cuando intento no darle importancia, debo hacerlo. Pareciera que no me interesa, que ni siquiera me preocupo por mi propio cuerpo, por dormir o comer bien, por procurarme una buena compañía, un entorno que me sea viable. Pero no es así, sí me preocupo, sí me interesa, y entonces me angustio. Qué de la shit está la cosa.

El chico tendría que saber que no sé pedir ayuda, que soy medio bruta para esas cosas. Hace ya tanto tiempo que me concibo así, que a veces no comprendo que puedo pedir que me tiren un lazo. "¿Por qué no me llamaste a mi?", me preguntó el día después de la crisis. "Por que no se me ocurrió, porque pensé que estarías dormido, porque pensé que te molestaría al llamarte", le respondí, o le quise responder, o me imaginé que le respondí. A veces (lo reconozco), no digo todo lo que pienso, porque me da miedo hablar de más. Todavía este absurdo miedo de no decir lo que esperan escuchar.

Pero el chico tiene razón, y debería ponerle más atención. No es que no lo haga, pero tiene razón cuando dice que puedo llamarle a la hora que necesite, que puedo pedirle un consejo o compañía, que puedo mandarle un recado o escribirle una carta pidiéndole que venga a hacerme casito un rato. Todo se vale, el chiste es que yo me de cuenta que se vale. Y me cuesta, porque casi no recuerdo cómo es cuando uno comienza a salir con alguien.

Pero qué estupidez estoy pensando, si todo vuelve a comenzar siempre. Todo es una gran primera vez. Y este chico está viniendo a llenarme de primeras veces.

Mi memoria, como si fuera un gran monstruo, de pronto comienza a despertar, y a veces no sabe qué hacer. Y eso no importa, porque entonces comienza a llenar las paredes de su guarida, con nuevos colores, nuevos recuerdos, nuevas sonrisas, nuevos ojos que miran a los míos, aún cuando sostengo más de un instante la mirada.

Qué maravilla.

Por otro lado, el corazón, con su enorme coraza, comienza a hacerse blando. Y es entonces cuando me doy cuenta que los latidos de este corazón, que hacen que la presión arterial se altere, quizá no sean causados sólo por una ansiedad mala, sino por una emoción exorbitante. El cariño y los sentimientos también alteran, también matan, de buena y de mala manera. ¿Qué pasa cuando uno, sin reconocer las sensaciones del cuerpo, de pronto cae en la cuenta de que todo está bien? ¿Por qué la convivencia siempre es sorpresiva?

¿Por qué la mente me juega esta trampa, queriendo siempre planearlo todo, palomear todas las listas y tener el control de todo? ¿Por qué cuando me dejo llevar, casualmente se me sube la presión arterial?

De una cosa sí estoy segura: las cosas que mejor saben, o que mejor resultan, son las que no se planean; aún con este mareo, con el dolor de cabeza, y con las náuseas que me quitan el hambre, comienzo a disfrutar de cada una de las sensaciones de este monstruo que se despierta, de esta coraza que se cae, de este cariño que me toma por sorpresa.

La última vez que se me subió la presión, mi hermana Cristina me cuidó, y me llevó con ella a través de las avenidas de esta Ciudad; a comer a un restaurante de la colonia Condesa, a visitas de obra en las que ni siquiera me pude bajar del auto por la pesadez de mi cuerpo, por el dolor de mis piernas.

Ahora Cristina no me puede cuidar, y si no comienzo a cuidarme yo, nada valdrá la pena.

Y termino en donde partí, pidiéndole a Clío que regrese para que me haga escribir, para que pueda terminar lo que me hará arrancar una nueva Historia. San Antonio sigue de cabeza, el pobre ya no ve su hora, le falta poquito porque la mayoría de los milagros -que se confunden con primeras veces-, a comenzado a concedérmelos.

Es normal, que el vaso gota a gota de pronto se derrame. Es normal que la convivencia cree lazos maravillosos de afecto y compañía. Es normal que alguien venga a preocuparse por mi, e intente hacerme entender que debo hacerle caso a los síntomas de mi cuerpo.

Es normal querer seguir escribiendo. Es normal, que de pronto me lleguen unas ganas bárbaras por llenar las paredes de letras, de frases, de su nombre escrito en muchos idiomas, con muchas claves, con mi letra retorcida que a veces no pueden leer. Es normal que el sol y el polen me hagan estornudar, porque entonces es cuando sigo sintiendo, cuando ya no soy indiferente a las estaciones de mi cuerpo.

viernes, 5 de marzo de 2010

Todo sabrá bien.

Saber que se convirtió en una realidad que mis cientos de listas pendientes se están acabando, me hace la mujer más feliz del mundo.

Todavía quedan algunas listas por pagar, cuentas que saldar, líneas que escribir y párrafos que firmar. Sin embargo, lo más importante y lo que era más urgente, ha quedado saldado.

Me falta perfilar algunas rutas en la Ciudad, mirar algunas obras de arte, besarle los labios por horas y horas al chico que vive en la calle que lleva mi profesión por nombre, terminar un proyecto posfechado, para terminar los pendientes de los estudios que van a continuar; extender mi CV según mis últimas actualizaciones y las últimas páginas escritas.

Me falta buscar la revista Proceso del 27 de abril de 1997. De hecho, ya casi no puedo recordar para qué. No sabía que la primavera puede durar sólo un segundo, y que esta que viene pinta para durar un poquito más.

Me falta leer los libros que recién me regalaron, el libro del que pidieron mi opinión, buscar en mis archivos los textos de cuando escribí poesía, y quisiera seguir leyendo a Andrés Neuman. Me falta arreglarle unas cuantas cosas a Hans. Me falta creerme un rato, que en muy poco tiempo, por fin todo sabrá bien.

lunes, 20 de abril de 2009

Y me estarás llamando cada veinte de abril

Cada que escucho esta canción, esta de José José que canta "y me estarás llamando cada veinte de abril..." me acuerdo de mi mamá y de mi hermana Cristina porque siempre la cantábamos juntas.
Abril es un mes que, en general, ha sido feliz para nosotras y el día veinte me cae bien.

Me acordé de la canción, de mi madre, de Cristina y del chico de la cámara. Hoy cumple años, no me acuerdo cuantos -creo que 35- y justo el viernes pasado por ahí de las trece y veinte horas recibí un mensaje de móvil que era de él.

Primero, como siempre me pasa, no supe quien era porque suelo borrar los contactos que estorban. Aquellos cuyos nombres no quiero leer más, no pretendo llamar o los que se han olvidado de que existo. El chico de la cámara suele olvidarse de mi. Las últimas dos veces me olvidé yo también de él.

Luego, por su pésima ortografía lo reconocí. Intenté hacer memoria del número e intuí acertadamente que se trataba de él.
No pude responder. Estuve especialmente ocupada escribiendo sobre la V Cumbre de las Américas y siguiendo a Jesús Martín Mendoza.

Una hora más tarde, le respondí que estaba muy ocupada y que por favor me llamara a las dieciséis cuarenta y cinco, hora a la que salgo por una palanqueta y hora en la que la persona que me quiera contactar seguro lo hará.

Nunca respondió.

Prometí llamarle cada veinte de abril y él me prometió llamarme al día siguiente de nuestra última cita...

Escribí muchas veces, y en diferentes formatos, la fecha de hoy.
Hoy me acordé de él y me dio gusto que el día estuviera nublado, que hiciera airecillo frío yq ue me haya visto obligada a usar una blusa de punto fino de cachemira color gris. Traje los ojos ahumados y el pelo alborotado. Cuando caminé Patricio Sanz y el sol salió extrañé al frío.

Ahora pienso que cada uno de nosotros cultivamos las felicitaciones, las llamadas, las buenas noticias, las buenas compañías... Mejor que no le llamé al chico de la cámara, mejor así.

martes, 14 de abril de 2009

No tiene fondos

Estoy completamente mojada.

Anduve en la calle desde las siete de la mañana. Dormí otra vez con pesadez de calor y de soledad, así que como zombie me metí a bañar y me arreglé.

Hace rato, luego de la jornada cotidiana, venía para mi casa y pasé al super mercado a comprar algo para comer, coca-cola light, agua purificada y unos cigarros. Llegué a la caja, le di mi tarjeta a la señorita y me contestó: "Marca que su tarjeta no tiene fondos". "¿Qué? Ok, pase esta por favor" -le respondí dándole la segunda tarjeta que TAMPOCO TUVO FONDOS. "Bueno pues, permisito y gracias". Me di la vuelta y me fui.

Hice lo que odio hacer: llamarle a mi papá para decirle que me quedé sin fondos. "¿Tu?, ¿sin fondos?" - me dijo. Pues sí, yo, la histérica histórica que guarda los vouchers para hacer las cuentas y que no gasta de más si no es necesario... yo merita sin fondos, muerta de sed y de calor y con alguito de hambre.
Y ni modo. Esta onda de los papeles del coche me desfalcó y todavía no se acaba, aún falta pagar la diferencia de la póliza de seguro y ahora ya no sé con qué.

Sin perder la razón me vine para la casa. Justo comenzó a llover.
Apenas cerré la puerta y comencé a sacarme todo y me puse bajo la lluvia a sentir cómo caía sobre mi piel gota por gota.

Sentía que me estaba derritiendo. Cuando venía de regreso, también sentí por un momento las medias, los tacones y la ropa interior pegadas a mi cuerpo como si fueran de látex. Ahora ya me siento mejor, ya comprobé que no tenía nada pintado en el cuerpo y se me quitó el calor.

Sigo sin fondos. Y lo que más risa me da es que hacía mucho tiempo que no me pasaba.
Ni modo. Como dijera Janis: "Con la cabeza en alto Mariposa, con la cabeza en alto".

Feliz semana.
Felices y frescos sueños para ustedes.