sábado 21 de noviembre de 2009

Eso me hace sonreír

Hoy fue la primera vez que me maquillé mientras manejaba en el congestionamiento de Río San Joaquín, Thiers y luego sobre Medellín. Muchas chicas hacemos eso, pero no todas con la misma pericia, ya sabes lo que dicen: sólo las mujeres podemos hacer varias cosas a la vez, pero se necesita práctica. Sin haberlo hecho antes, y aún cuando manejo un volkswagen, no he cometido alguna imprudencia parecida a la de la mujer que manejaba la camioneta que venía tras de mí, y que me golpeó por no pisar suficientemente fuerte el freno. Otra de esas camionetas que me fastidian, y que parecen tortas de cumpleaños que nadie se quiso comer.

No me lleno de tantas sorpresas, tiene un rato ya que no me interesan. Pero fue muy agradable notar las hojitas amarillas de los árboles, que se caen por la fuerza del viento, rodando sobre el pavimento de Thiers. Me sentí en un verdadero otoño, de sol pero con aire frío, de humedad que no llueve y que permite ser a la angosta media luna de gato risón.

Hace mucho frío. Creo que extraño despertar sintiéndome como si estuviera enamorada. Ya no pido tanto. Antes me esforzaba por enamorarme, ahora sólo quisiera sentirme como si lo estuviera, eso sería suficiente.

Las hojitas amarillas que bailan con el viento, me hacen cosquillas, me hacen feliz. No hay mariposas y algunas capullos se esfuerzan en florecer. Eso me hace sonreír. Eso me da esperanza.

viernes 20 de noviembre de 2009

Un capullo que de vez en cuando florece

En cierto momento, me llega un hormigueo que va de la nuca a la parte baja de mi espalda, que me advierte que parece que estoy firmando mi sentencia de muerte. Y sí, quizá esté firmando mi sentencia de muerte, pero todavía no me importa.

Llegué a Minería y José Martí aproximadamente a las siete y media de la mañana. Mi cita era a las ocho, pero una mala jugada del periférico sur me hizo llegar media hora temprano. Con certeza todavía no sé lo que hacía ahí. Supongo que el sentido de esta situación es que de antemano se sabe el final, por lo que los demonios de mi cabeza siguen dormidos, tranquilos, soñando un sueño profundo del que no pretenden despertar.

En el desayuno intentó hacer la cuenta de los años que pasaron para que nos volviéramos a encontrar. Y todo volvió a ser un flashback, mi memoria de histérica histórica regresó, y pude confesarle que me obligué a recordarlo todo y para no volverlo a olvidar, lo escribí y convertí en un apuntador de mi memoria. Intenté contarle las cosas tal como pasaron, lo de los pantalones rotos y lo de que cenamos a la luz de las velas; pero como me sucede de repente, omití algunas cosas.

El tiempo otra vez se detuvo. Aunque estuvimos escasas dos horas juntos, pareció que hubiéramos compartido toda la mañana. Luego, al despedirnos, pasó como si no pasara nada. Cada quien a su coche, las llamadas por el móvil, la guía para que yo tomara Xola otra vez, y pudiera llegar a la oficina.

Tuve muchas preguntas en la cabeza. La mayoría no me atreví a hacérselas, sin embargo las que más me inquietaban, me las respondió. "Supongo que así soy, y no se lo cuento a todo el mundo" -me dijo. Que bueno que así es, le respondí. Me cogí el pelo, abracé mis rodillas, le pedí lo que simpre le pedía, que me tratara bien y que continuara haciédome feliz con los detalles que antes me hacían. Le confesé que no puedo asegurar sanidad mental, la locura me ha llevado a ser más cuerda que antes (todos la necesitamos de vez en cuando), pero que puedo estar segura de que seguiré tranquila con las cosas mínimas que hacen mi vida más fácil.

No te voy a pedir nada, volví a confesarle. Si verte en medio de hileras sin fin de automóviles, de luces en rojo que no me permiten avanzar, atrapada entre cambios de velocidades que me llevan más rápido a mi lugar, me hace la vida más fácil, no tengo nada que objetar. A fin de cuentas ya se sabe que esto no va a cambiar. La diferencia radica en que no se espera nada, por lo que cuando sucede, resulta una grata experiencia.

Y no sé si serán trampas o sorpresas del destino, estos encuentros en la Ciudad. Los días me han llevado a pensar que mi destino está cambiando, pero contrariamente, haberlo vuelto a ver me recuerda que el destino se escribió hace mucho tiempo. Me iba a convertir en esto, en una piedra que de vez en cuando se ablanda, en un capullo que de vez en cuando florece.

Estoy segura de que nos volveremos a ver, pero no sé cuando sucederá. Creo que tampoco me importa mucho, salvo cuando el hormigueo aparece en mi nuca y se arrastra hasta la parte baja de mi espalda, y también se bifurca para seguir su camino hasta la punta de los dedos de mis manos. Que es entonces cuando resulta increíble cómo me atraviesa el corazón, la flecha de la indiferencia. Este hormigueo me avisa que antes no era así, que me esforzaba porque las cosas sucedieran, por ser la mejor chica, la compañía más agradable, la conversación más culta y más amena. Ahora todo eso no me importa, o no me importa con él, aún cuando pasarlo juntos es como polvo de estrellas.

Como el principio es el fin, y la historia se supo cuando se escribió en el presente pasado de este alterno futuro, el hilo conductor es el mismo y el final deja de importar. Es como si no fuera necesario leer el libro de principio a fin, o la nota del periódico completa: con el abstract de la trama basta.

Supongo que seguiré escribiéndola en las solapas de la Ciudad, y que volveré a ser quien mira el estéril amanecer a través de los filosos edificios, que rasgan los párpados y los obligan a despertar.

domingo 15 de noviembre de 2009

Es suficiente

Uno de esos impulsos que nos hacen hacer estupideces, me hizo ir a buscar a Mateo a su casa. Venía yo de regreso de la oficina, en sábado a las veinte casi llegando a las veintiuna horas. Quería ir al cine. Estaba cansadísima y quería irme a dormir. Quería saber de él. Quería muchas cosas, e hice la más torpe de todas.

Llegué a su calle y no vi su coche, pero me animé a buscarlo porque se veía luz en la ventana de la cocina de su departamento. Cogí mis llaves, una libretita y una pluma. Entré al edificio, subí al tercer piso y llamé a su puerta. Nada. Anoté en el papelito "14/nov/09 Hola. Pasé a saludar. Mariposa. Son las 20:40 h." Lo metí en el marco de la puerta a la altura de la chapa. Volví a llamar a la puerta y nada. Me fui.

Fui al cine, a ver la última de Almodóvar que me fascinó. Comí palomitas, mis favoritas, y saliendo me fui a mi casa. Dormí. Dormí como bendita, más bien.

Desperté en un domingo que no me hizo gracia. Casi al mediodía. Con un dolor de cabeza de locos, que me recordó que habían pasado ya casi 12 horas desde que hice el último alimento fuerte. Revisé el móvil y ahí estaban, dos mensajes y una llamada perdida. Uno de los mensajes era de Mateo, en el que me decía algo así como que agradecía mi visita pero prefería que la próxima vez le avisara antes de pasar, ya que en estos días iba a salir mucho de casa.

No me acuerdo bien qué respondí. Me dolía mucho la cabeza y todavía estaba muy adormilada. Pero intenté explicarle con pocas palabras, que no habrá próxima vez porque fue espontáneo, y mi móvil no me permitía llamarle. Una disculpa, le escribí. No respondió. Intenté dormir otra vez. No pude. Recordé el cine de la noche anterior, y que también mi intención era invitarle a que viniera de compras conmigo. Cogí el móvil y escribí un segundo mensaje, intentando explicar esto último. Me respondió inmediatamente, que me buscaría en la semana. Le llamé. Dos veces. No respondió.

Escribí un tercer mensaje. Le escribí que ahora me resultaba obvio que no quería hablar conmigo, ni hablar entonces. Que intentaba platicarle, sin éxito, mi nuevo horario extenuante de entre semana. No respondió.

Es suficiente.

¿Qué más se tiene que hacer para que un chico sepa que le interesa a una chica? Tengo 26 años y todavía no lo sé.

Mateo, tal como es, con defectos y virtudes, me gustó. El chico me gustó. Y lo intenté. Me esforcé en que las cosas sucedieran, pero no fue suficiente. Ahora, lo que resulta suficiente son los esfuerzos que he hecho para volverlo a ver. Lo que estaba en mis manos lo hice, y me siento torpe porque quizá fue un error llamar a su puerta. A mi no me hubiera parecido así, pero supongo que así fue.

Admito mi parte. Y confieso que no le pude llamar porque borré de mi móvil sus números, y de mi corazón el olor de su cuerpo y la sensación que me provoca recargarme en su pecho.

Luego, que las avenidas de la Ciudad me adviertan con sus semáforos en rojo que no debería llegar tan pronto a casa, me hace sentir desdichada. Y es cuando uno hace estupideces, y entonces se agradece que no haya números indeseables en el móvil, para no hacer llamadas de pánico. Pero Hans se sabe de memoria el camino a su departamento, los topes, los baches que se tienen que esquivar del pavimento, el tiempo que tiene que llevar para encontrar las luces en verde, la hora a la que tiene que llegar para tener lugar de estacionamiento enfrente.

Sin embargo soy yo la que maneja a Hans, soy yo la que vive en esta Ciudad. Soy yo la que lo jode convirtiéndolo en una película de terror, obligando a que haya un siguiente encuentro. El que no debe suceder.

Es suficiente.

Somos cómplices

Tu y yo somos cómplices. Porque nadie más sabe lo que hacemos cuando nos vemos en la calle Ayuntamiento, y jugamos a hacer experimentos, a vivir otras vidas, a mirar sin que se den cuenta aún cuando saben que hay quienes los miran.

Tu y yo somos cómplices porque sin darte cuenta, me has contado cosas que no sabías que podías contar, has traído realidades que te viven en el extranjero, has recordado conmigo aquellas donaciones de sangre, las familias que ya no están más, los médicos que fueron obsesivos contigo y con la madre de tus hijos.

Somos cómplices porque tu mujer no sabe que soy quien soy. Porque aún cuando nos saludamos con un sincero saludo de amistad, no sabe lo que pasa detrás de mi escritorio, frente a mi ordenador, del otro lado de tu móvil; somos cómplices porque nadie sabe lo que pasa cuando nuestros coches se encuentran en la calle.

Me hiciste tu cómplice cuando me miraste de espaldas, cuando aceptaste que disfrutas hacerlo mientras no sepa que lo haces y cuando finges un saludo al vecino, quien se imagina que jugamos a los locos dentro de tu departamento. Te hice mi cómplice cuando me viste llorar por primera vez, cuando supiste cómo murió mi perro, cuando supiste que ocultaba que te extrañé y que me hacía falta verte.

Y ahora, que supuestamente todo es normal y que es de dominio público cómo surgió nuestra amistad, aún cuando no quisiera que supieran que te veo fuera de horario, que todo supuestamente es como debe ser; ahora es cuando me sudan las manos mientras manejo de regreso a casa, porque me acuerdo de que sobaste los dedos de mi pie derecho e intentaste curarme el pecho izquierdo.

Siempre hemos sido cómplices, me lo has dicho. Y esta situación se parece mucho a la que teníamos hace unos cuatro años, jugando a los locos sin revolvernos aún, pero cuando ninguno de los dos tenía pareja. Los años pasan, el tiempo no se detiene, la tecnología nos alcanza siempre y los perfiles de pareja se cumplen.

En contra de lo que se pronosticaba, sigo sola. Tal como lo dijiste, tú no estás solo, y mucho menos cuando me tienes así. ¿Qué nos falta? Contigo me llevo a pensar que no hace falta que nos consumemos porque ese humor que nos envuelve cuando estamos juntos y caminamos por la calle, lo hace todo. Esta tensión que aparece cuando no quiero pero necesito tomarte de la mano, porque cruzar la calle me da miedo, cuando busco tu brazo porque atravesar una multitud me quita el aliento. El mismo humor que te lleva a tomarme por la cintura cuando la luz está en rojo, y después en el coche me tomas por el muslo cuando necesito sentir el aire en la cara.

Esta tensión, este humor, es lo que me lleva a provocarte sin querer hacerlo. Y es lo que te resulta indiferente, cuando me esfuerzo para que me mires. No hace falta que le eche muchas ganas, porque reparas en mis labios cuando no espero que lo hagas, y de todas formas revisas el tirante del sujetador cuando mi blusa descubre mis hombros.

Por eso somos lo que somos. Por eso nos estamos volviendo eternos. Por eso me gusta estar contigo, porque contigo no hay imposibles. Somos cómplices y me gusta darme cuenta de ello; y no quisiera, por el contrario, que todos supieran de nuestra complicidad. Será mejor que nadie sepa que he llegado a tu casa antes de las ocho de la mañana, que mi coche te quiere más que a mi, que tu gato se restriega en mi trasero, y que me pides que te vea algunos lunes antes del amanecer. (Pinches domingos, a ti también te hacen mirar diferente).

Somos cómplices, y me gusta que sólo hablemos de ello por correspondencia.

jueves 12 de noviembre de 2009

Mis uñas color carmín

Lo intenté. Tengo fe en que mínimo te puedes dar cuenta de que lo intenté. Me esforcé porque las cosas sucedieran y llegáramos a buen puerto. No lo logré. Ni hablar.

Esta noche he tenido mucho frío, que me provocó para pintarme las cortitas uñas de mis manos color carmín. Encima, preferías que fueran pálidas, que algunos días tu coche no saliera, que mis pies quedaran al frío, intentar hacerme chantajes sentimentales por no comerme una pera.

Lo siento, de verdad lo siento. Si es que debo sentirlo. Mis uñas son color carmín porque así quiero, así me gustan. Y quizá debí decirte que hace algún tiempo me prometí no hacer cosas que no quisiera; así las que deseé las hice, aún cuando dejé atrás alguna promesa rota.

La ansiedad puede ir y venir, así aprendí a manejarla. Pero mi libertad no se puede coartar. Ni siquiera cuando no te parezca mi sabor a cigarro recién fumado cuando termino de escribir, mis uñas obscuras, mi pelo suelto ensortijado o que algún día decida no llevar medias negras.

Tanto me pediste que no me enamorara, tanto me advertiste que no debía estar allí, que no debía esperar más de ti. Bueno pues funcionó. Qué increíble que se atrevan a meterle el pie a mi corazón, aún cuando eso implique meterle el pie a sus propios sentimientos o a sus propios deseos.

El móvil no suena más. El programa ya no avisa si me escribirás alguna vez. Pero a la Ciudad no la puedo engañar, y en algún momento la plaza nos hará cruzar.

Y cuando eso suceda, habrá que ver si sigue imperando mi soledad.

miércoles 11 de noviembre de 2009

En la misma frecuencia

No es el coche, no es el ordenador, ni mi gato o mis medias negras, ni los años que tenemos de conocernos. Es el. Soy yo. Somos ambos que seguimos en esta frecuencia.

Esta vez no me di cuenta cuándo comenzó a coquetear (¿coquetear? ¿Te das cuenta de lo que dices?). No lo registro (no, no me doy cuenta). Luego, se atreve aún a hacer comentarios sobre las barreras físicas, los datos del corazón, el estado de mis sentimientos y los de él. Me pongo nerviosa con el simple hecho de recordar cómo es cuando me llama sin razón, para saber cómo he amanecido. ¿Qué pasa con nosotros?

Lo he pasado pensando si las últimas invitaciones que me ha hecho han tenido motivos. Ya debería dejar de pensar. El domingo por la noche cerró con una invitación para desayunar, la semana pasada preparó las cosas para cobrar su deuda entera, para llenar mi rostro de sonrisas, de unos dedos en su mano derecha que por fin alcanzan mi mejilla izquierda. Me bajé y me chifló. ¿Me miraste el trasero? Sí, y le chiflé, me dijo. Está bien, tienes permiso para hacerlo, y de una vez por todas cerré el coche de un portazo. Crucé Colima, mis tacones sufrieron cuando se alejaron, y la pañoleta aleopardada me hizo verme con ojos de gata. Los ojos que a veces quisiera que viera él.

Sintonizamos hace algunos años, no sé cuántos porque no quiero contar, pero me ha enseñado a andar por la Ciudad, me la enseñó de noche, usando de mapa los restaurantes, los cafés, las últimas funciones de los estrenos de las películas famosas. Me enseñó los caminos al hospital, al taller mecánico, a un nuevo empleo.

Me la enseñó de mañana, cargando un enorme ramo de gladiolas en los andenes del metro, respondiendo preguntas rosas de los porteros del edificio, diciendo mentiras piadosas a los profesores de la Facultad.

Me enseñó la Ciudad con mucho sol, muertos de calor, tomando coca cola fría mientras yo bebía una Victoria más fría que su corazón. Me la enseñó muertos de frío, mientras cruzaba Reforma para encontrarlo frente a la pantalla del Auditorio Nacional. Con mi abrigo enorme, esperándolo en el valet parking del centro comercial de Molière, cuando venía de carretera y las ganas de vernos superaba su cansancio y mi ansiedad.

Me enseñó la libertad, cuando mi ansiedad superó la relación. Me enseñó que no estuve rota, que no hacía falta que vinieran a repararme, que no me merecía el tiempo con un soltero tóxico; mientras le comprobé que me hacían daño los tatuajes falsos, las columnas que se caen, las bocas que no sonríen, los besos que no se dan.

Ahora soy una niña grande, dejó de ser mi profesor.

Alguna vez extrañé tus manos largas... Ahora, las vi diferente cuando intentaron alcanzarme, y llegaron más lejos, haciéndome brincar.

Hans necesita una radio. Él y yo necesitamos migrar nuestra frecuencia a otro cuadrante. Yo necesito menos radio y más realidad, historiar el tiempo real aún cuando mi Historia empezó hace 78 años, y yo comencé a contarla hace tres y diez meses. Los ejercicios de historiografía real, aún cuando se esconden en unas conversaciones por correo electrónico, me han hecho bien. Hace bien no vernos tan seguido, así tenemos muchas cosas que escribirnos.

Me urge una radio. No puedo regresar siempre tarareando la misma vieja soledad.

viernes 6 de noviembre de 2009

Por correspondencia.

Hace frío. No pretendo que me pretenda. Sin saberlo, hacemos historiografía pura mientras me enseña a imaginar los sonidos que creaban, la atmósfera que no existía pero que hacían que existiera.

Lo bueno de la correspondencia es que no miro cuando me lee, y no sé como se siente cuando espera mi respuesta.
Lo bueno de la correspondencia, es que no estoy segura de cuándo llegará. Simplemente aparece en el buzón.

No sé si soy yo la que debe escribir luego de esta mañana. Tampoco sé si será él quien -como ha sido- dará el siguiente paso, enviará la siguiente carta, pedirá mi opinión, esperará mi respuesta, o me hará otra sugerencia.

Lo bueno de hoy, además de que no me quité el abrigo en todo el día, es que tengo sueño. Siento que por fin, hoy podré dormir.