lunes, 30 de noviembre de 2009

Mienten facilmente

Personas que no saben lo que es una cámara, otros que llegan a pedir informes. Psicólogos que posan y que ofrecen sus servicios a la asistente general, médicos que han decidido cambiar su profesión por cambios de ropa y tomas de tres cuartos. Un ortodoncista me chuleó los dientes, luego lo bizarro fue que aún cuando todo había terminado, él no se quería ir; me platicó de sus pacientes y su profesión, preguntó la mía y celebró que haya tomado decisiones versátiles pero que a fin de cuentas lo que yo quiera hacer sea escribir.

No sé si haya querido platicar o se haya sentido solo, no sé si sólo quiso platicar conmigo, tampoco sé por qué la chica de Monterrey me contó que es madre soltera y que vino a la capital a seguirle con la modelada; ni por qué la gente me cuenta las cosas que no se atreven a contárselas a nadie más.

En un día común, recibo aproximadamente a cien o 150 personas. En un día movido, he llegado a recibir 300. Todos distintos, todos diciendo mentiras, todos ocultando años, ocultando estados civiles, inventándose nombres, experiencias o virtudes. Todos falsos, o la gran mayoría. Todos humanos, todos vulnerables.

Zapatos altos, botas cortas, chanclas, peluquines, abrigos de colores, tubos para la cabeza, almohadones que no quedan, viejitos en pantuflas, mariachis que quieren serlo, y personas que viven de esto. Extranjeros, locos, perdidos que no saben qué hacen aquí. Olvidados, queridos, mujeres que no saben que son bellas por el siemple hecho de ser mujeres, que inventan competencia unas con otras, que demuestran inseguridades que no vienen al caso. Niños que no saben que por esto se gana dinero, madres que los explotan sin tentarse el corazón, padres que pierden la paciencia porque no se lo toman en serio, abuelitas que no saben usar el contestador.

Todos tienen una particularidad: mienten facilmente.

Pero al final del día, la mejor recompensa me la llevo cuando tomo Monterrey hasta atravesar Av. Chapultepec, luego sigo en Florencia, y rodeo la glorieta del Ángel de la Independencia; sigo por Tiber y ya casi me siento en casa porque sólo me restan veinte minutos de trayecto. En la mañana, rodeo la glorieta de la fuente de la Diana Cazadora, pero la mayor sorpresa es la columna de la Independencia de regreso por las noches, que me regala imágenes que no espero mirar. Alguna novia retratándose en traje de bodas, manifestantes haciéndose escuchar, colores rosas que luchan contra el cáncer, espectáculos con los que el jefe de gobierno nos hace rabiar.

Mi ciudad me llena de recuerdos.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Me doy por bien servida

Luego de la primera vez, me senté a pensar la situación y a tratar de entender qué es lo que nos hace ser lo que somos. Tu y yo nos llevamos bien y muchas veces hemos dicho que somos eternos, pero ¿en qué momento comenzamos a hacernos eternos? No sé los motivos que tienes para hacer lo que haces o lo que disfrutas hacerme. Lo más elemental te lo pregunté y ya me lo has respondido varias veces. Lo otro, lo que sigue ocupando mi cabeza por las noches, no me he atrevido a preguntártelo. Creo que no hace falta.

Tengo que acostumbrarme a que contigo no siempre existe un motivo para hacer las cosas, simplemente se hacen, simplemente son. ¿Ella sabe lo que haces en las mañanas? Y la otra chica, ¿por qué no siente nada?

Hablábamos de como nos sentíamos, de tus preocupaciones, y no supe contestarte por qué estoy tan deprimida, simplemente no me siento bien, siento que las cosas se me vienen encima y que no hago nada bien. No hallo un lugar. Me siento sorprendida de verme tan sola, y de no estar intentando algo para remediarlo. Me siento sin aire, "en una playa sin mar".

Tú, me has dicho que cuento contigo y que necesitas estar conmigo. Tampoco lo tienes simple, ni sencillo, y se nota que te sienta bien estar acá. Ayer, que fue la primera vez que hablaste seriamente de tus problemas, no pude evitar sorprenderme de tu sinceridad y de la confianza que me tienes. ¿Qué voy a hacer si tú no estás bien?, me dijiste a media calle. Te respondí que se suponía que era yo quien se sostenía en ti, quien buscaba tu apoyo; y ahora resulta que es al revés. ¿En qué momento llegamos a este punto?

Me has ofrecido toda la ayuda que nadie más ha ofrecido, te has esforzado en darme lo que me hace falta, me has hecho llevaderos los problemas, las lágrimas y las tristezas. Has celebrado mis alegrías, preparas mis triunfos como si fueran tuyos, sonríes conmigo cuando me urge explotar a carcajadas. ¿Cómo podré pagarte esto? En el futuro, más adelante, ya verás que un día tú podrás ayudarme, me dijiste.

Por el momento no necesito nada más. En general, ya nada me hace falta. Supongo que mis broncas del corazón, ya sabré remediarlas cuando tenga que hacerlo, pero hoy me doy por bien servida.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Día de acción de gracias

Hace unos años tu y yo popularizamos celebrar este día, a pesar de que en nuestra cultura no se acostumbra. Un menú tradicional en uno de nuestros restaurantes favoritos, nos hizo animarnos a esta aventura. Hoy, que no estás más conmigo, que ahora ya lo celebras de a de veras porque vives en los states, celebrarlo para mi ha perdido su chiste.

Te extraño muchísimo. Más de lo que imaginé que podía soportar.

Quienes me conocen bien, que ahora se reduce a un pequeño grupo de personas, saben que comencé a creer en ciertas cosas cuando comencé a estudiar Historia; una de ellas fue creer en las cosas buenas que nos deja la cultura estadounidense. No es cosa fácil, pero me aventé a comprender y a empaparme del significado de celebrar el día de gracias.

Esta noche intenté sentarme a cenar para recordar y para sentir que estás conmigo. Allá, en la Florida, tú cocinaste un pavo con la receta de nuestra abuela, y preparaste cranberry gravy y puré de camote dulce con malvaviscos. Aún cuando es difícil, tu vida ahora debe estar llena de sorpresas fascinantes.

No sé como le haces tú para estar sin mi, porque yo confieso no puedo más si no estás conmigo.

Sabes que la navidad no me gusta, que me parece que todo lo complica, cuando obliga a las familias a sentarse en una mesa a fingir que no pasa nada. No puedo con los arbolitos y los foquitos y los regalos alrededor que no son más que hipocresía.

Y como mis dictámenes todavía no salen, tal parece que aún menos habrá "feliz navidad" para mi. Ni modo. No sé donde lo pasaré. Espero que no como esta noche, sola, con una cenita que antes me gustaba mucho, pero que ahora no me sabe bien. Me urge que el 2009 se acabe, fue muy duro conmigo, y aún cuando pensé que las pérdidas habían terminado, el 11 de octubre me mataron al perro. Eso estuvo muy canijo. Todo se iba acomodando, compré otro coche, los dictámenes comenzaron a llegar, me estabilicé en mis deudas, sólo me faltaba conseguir algún empleo, y ¡chin! que me matan al Fidel.

Pero todo sigue su curso, las cosas malas tardan en irse pero se van -me lo han dicho acá varias veces-, y creo en ello. Y las cosas buenas llegan para quien sabe esperar, lo bueno tarda.

Así que supongo que tardará en llegar una feliz navidad, pero aunque así sea, esperaré a que llegue.

lunes, 23 de noviembre de 2009

De como el amor duele (de como el amor a veces mata)

El viernes fui al cine a ver la película Luna Nueva. No soy fan de la saga ni de las historias de vampiros, pero la anterior, Crepúsculo, me gustó mucho así que esperé ansiosa la siguiente entrega. Me gustó, qué puedo decir si me gustan las historias de amor aunque no sean siempre lo que esperamos. Pero esta, en particular, me dejó un poco fría porque retrata justamente lo que pasa en los corazones cuando el amor se acaba.

Al día siguiente, platicaba que me pareció un tanto exagerado que Bella intentara volverse suicida por el simple motivo de ver a Edward algunas veces más, ya que cada que pone en peligro su vida, Edward se le aparece con la advertencia de que se detenga para que no corra peligro. Su razón de morir fue más allá de terminar con un sufrimiento, más bien quería sufrir para poder verlo. Me pareció demasiado, y que dejaba como boba a Tita la de Como agua para chocolate. Contrario a todos los pronósticos, el amor ya no me parece sufrimiento aún cuando a veces lloro por mi corazón roto.

Después recordé como era tener dieciocho y diecinueve años, como era enamorarse así, como era llorar cuando un chico se alejaba. Y de todas esas buenas y malas experiencias, aprendí a ponerle una coracita a mi corazón y párpados a mis oídos, y entendí entonces lo que es sentir indiferencia.

Ahora, esa famosa indiferencia no se quiere ir, y en lugar de despertarme sintiéndome como si estuviera enamorada -que es lo que deseo la mayoría de las veces-, me he despertado sintiéndome con el corazón roto. Qué de la chingada está mi situación.

Yo pensé que cuando terminara la investigación, el sufrimiento y la angustia también terminarían, pero sorprendentemente se han alargado. Ahora, esta aletargada espera en lo que terminan los trámites burocráticos y en lo que los lectores dan su opinión, me están volviendo verdaderamente loca, ciertamente indiferente. Me está trayendo unos días de ociocidad mental que me está poniendo de cabeza.

Y es entonces cuando pienso que debería enamorarme, aún cuando no valiera la pena.

¿Por qué al paso de los años, cuando uno aprende más cosas, se pierde el sentido del amor? ¿Por qué no puedo enamorarme otra vez hasta que me duela? Pues porque "la burra no era arisca, los palos así la hicieron", y en mi mente todavía queda una pizca de supervivencia.

Como ya lo he escrito aquí, soy resultado de las experiencias buenas y malas que he vivido, de lo que he aprendido, de lo que ahora compruebo que sí funciona, que me hace sentir bien y que me hace sentir mal. El amor, así como así, me ha hecho mal, me dolió mucho, me sentí muy desdichada. Pero aún así, le he seguido apostando, si no, ¿qué sería de mi?

Yo pensé que estar más cerca de mi sostén emocional me haría bien, pero por el contrario, pensar en lo que todo esto conlleva, hace que me hormigueen las manos. Y es una maldita ironía, porque aún con eso, estar con él me hace sentir muy bien, me pone contenta, me hace sentir que existe alguien que me hace casito.

¿En qué radica que uno decida estar con alguien? ¿En el bienestar que brinda la otra persona? O, por el contrario, ¿en lo que puede recibir de nosotros?

Antes pensaba que era importante que recibieran mi amor, que tomaran en cuenta lo que podía dar. Ahora pienso que lo que llega es ganancia, que los 60 minutos o los 60 días que dure, si te hicieron feliz, valieron la pena.

¿Y qué más da si no es para siempre? De cualquier forma el amor me va a doler, y quizá me vaya a matar.

Qué más da si no dura para siempre.

De por qué se me va el sueño

Otra noche que la paso mal. Me sorprende porque el sábado dormí como bendita, tanto que debería anotarlo en el calendario. No sé si es el frío, si es el colchón, si son los calcetines que me acaloran pero que luego me hacen falta. No sé si soy yo o mi ansiedad que insiste en regresar. No sé si son las noticias que estoy esperando, pero que todavía no quieren llegar.

Hay momentos en los que siento que ya no tengo motivos para escribir, que se me están acabando las historias que contar. No sé por qué me pasa esto. Hace un momento creí creer que es un poco de inseguridad, lo que me hace dudar de mi misma y de mi capacidad. ¿Es eso normal?

Quiero hablar con Mauricio y no tengo tiempo. Quiero ir al cine a ver la película que quedamos, y no coincidimos para ello. Quiero escribir hasta sentirme satisfecha, pero siento que se me revuelven las ideas. Cómo estaré, que me puse a leer la biografía de Pablo Escobar, y por ende, me acordé del soltero tóxico. Con ese cuate sí que se podía platicar de estas cosas. Él fue quien me resumió la historia de los cárteles colombianos, quien defendía el valor de Escobar por cometer suicidio y no dejarse asesinar. En fin. Cuestión de enfoques. Yo no me clavaba tanto así, pero sí disfrutaba esas conversaciones.

Y ahora, que mi vida ha dado otro vuelco, y que Mafka y la diseñadora de modas insisten en que este año he abusado del traje de camaleón, todavía hay detalles mínimos que me hacen reír. Que cuando transfiero una llamada, me respondan haciendo bromas con acento cubano, me mata de risa. A pesar de todo el estrés que manejamos mientras trabajamos, todavía existen atisbos de optimismo y buen humor.

De todo uno aprende, todo es cultura, y todavía no sé qué es exactamente lo que debo aprender de esto, supongo que será el hecho de que cualquier cosa es mejor que quedarme dormida todo el día en mi casa.

Las convocatorias están abiertas. Mi texto sigue en manos de los lectores. Sólo faltan tres de los cinco resultados. El tiempo sigue corriendo.

Todo esto entonces resume que yo no pueda dormir. En fin. ¿Qué puedo hacer? Supongo que nada. Seguir esperando, seguir recordándoles que deben leerme, que todavía me deben tres aprobaciones.

De los chicos... nada. Cri-cri. Cri-cri. Se fueron, no vienen más, y me alegra el hecho de que cuando no hay chico con quien salir o de quien hablar, tampoco nacen problemas.

Mafka me decía por teléfono que extraña el tiempo que tenía consigo misma antes de tener pareja, que a veces le resulta estresante el hecho de coincidir tiempos u opiniones con su novio. Me dijo también que envidiaba un poco que yo pudiera seguir yendo al cine sola, disfrutando de mi compañía, hacer las cosas sola, manejar mi propio horario, salir a donde quisiera con quien quisiera. Quizá tenga razón, pero para mi ya no es novedad. Más bien le aconsejé que valorara lo que ella tiene, que aprovecharan la comunicación que ha nacido entre ellos, y que lo pasaran bien. Es muy lindo tener tiempo para uno mismo, siempre y cuando no nos acostumbremos a estar así para siempre.

Ya se empiezan a planear las fiestas de fin de año. Confieso que me chocan pero tampoco debo continuar con esta actitud pesimista frente a la navidad. Hoy me invitaron a la primera, es una paella pre navideña en la casa de mi jefe, a la que por supuesto no voy a ir, porque no tengo los ánimos para compartir con una persona que no me interesa compartir, que irónicamente ni trabaja aquí, pero forma parte del equipo. Así es. Al haber aceptado algunas propuestas, resulta obvio que tenga que renunciar a otras. Ni modo. Ya será en la comida de fin de año, cuando pueda compartir con los chicos de la oficina.

Ahora ya intenté hacer un panorama de por qué no puedo dormir. En fin. A ver si esta noche sí pego pestaña. Tengo mucho frío. Espero que Morfeo se acuerde de mi.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Eso me hace sonreír

Hoy fue la primera vez que me maquillé mientras manejaba en el congestionamiento de Río San Joaquín, Thiers y luego sobre Medellín. Muchas chicas hacemos eso, pero no todas con la misma pericia, ya sabes lo que dicen: sólo las mujeres podemos hacer varias cosas a la vez, pero se necesita práctica. Sin haberlo hecho antes, y aún cuando manejo un volkswagen, no he cometido alguna imprudencia parecida a la de la mujer que manejaba la camioneta que venía tras de mí, y que me golpeó por no pisar suficientemente fuerte el freno. Otra de esas camionetas que me fastidian, y que parecen tortas de cumpleaños que nadie se quiso comer.

No me lleno de tantas sorpresas, tiene un rato ya que no me interesan. Pero fue muy agradable notar las hojitas amarillas de los árboles, que se caen por la fuerza del viento, rodando sobre el pavimento de Thiers. Me sentí en un verdadero otoño, de sol pero con aire frío, de humedad que no llueve y que permite ser a la angosta media luna de gato risón.

Hace mucho frío. Creo que extraño despertar sintiéndome como si estuviera enamorada. Ya no pido tanto. Antes me esforzaba por enamorarme, ahora sólo quisiera sentirme como si lo estuviera, eso sería suficiente.

Las hojitas amarillas que bailan con el viento, me hacen cosquillas, me hacen feliz. No hay mariposas y algunas capullos se esfuerzan en florecer. Eso me hace sonreír. Eso me da esperanza.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Un capullo que de vez en cuando florece

En cierto momento, me llega un hormigueo que va de la nuca a la parte baja de mi espalda, que me advierte que parece que estoy firmando mi sentencia de muerte. Y sí, quizá esté firmando mi sentencia de muerte, pero todavía no me importa.

Llegué a Minería y José Martí aproximadamente a las siete y media de la mañana. Mi cita era a las ocho, pero una mala jugada del periférico sur me hizo llegar media hora temprano. Con certeza todavía no sé lo que hacía ahí. Supongo que el sentido de esta situación es que de antemano se sabe el final, por lo que los demonios de mi cabeza siguen dormidos, tranquilos, soñando un sueño profundo del que no pretenden despertar.

En el desayuno intentó hacer la cuenta de los años que pasaron para que nos volviéramos a encontrar. Y todo volvió a ser un flashback, mi memoria de histérica histórica regresó, y pude confesarle que me obligué a recordarlo todo y para no volverlo a olvidar, lo escribí y convertí en un apuntador de mi memoria. Intenté contarle las cosas tal como pasaron, lo de los pantalones rotos y lo de que cenamos a la luz de las velas; pero como me sucede de repente, omití algunas cosas.

El tiempo otra vez se detuvo. Aunque estuvimos escasas dos horas juntos, pareció que hubiéramos compartido toda la mañana. Luego, al despedirnos, pasó como si no pasara nada. Cada quien a su coche, las llamadas por el móvil, la guía para que yo tomara Xola otra vez, y pudiera llegar a la oficina.

Tuve muchas preguntas en la cabeza. La mayoría no me atreví a hacérselas, sin embargo las que más me inquietaban, me las respondió. "Supongo que así soy, y no se lo cuento a todo el mundo" -me dijo. Que bueno que así es, le respondí. Me cogí el pelo, abracé mis rodillas, le pedí lo que simpre le pedía, que me tratara bien y que continuara haciédome feliz con los detalles que antes me hacían. Le confesé que no puedo asegurar sanidad mental, la locura me ha llevado a ser más cuerda que antes (todos la necesitamos de vez en cuando), pero que puedo estar segura de que seguiré tranquila con las cosas mínimas que hacen mi vida más fácil.

No te voy a pedir nada, volví a confesarle. Si verte en medio de hileras sin fin de automóviles, de luces en rojo que no me permiten avanzar, atrapada entre cambios de velocidades que me llevan más rápido a mi lugar, me hace la vida más fácil, no tengo nada que objetar. A fin de cuentas ya se sabe que esto no va a cambiar. La diferencia radica en que no se espera nada, por lo que cuando sucede, resulta una grata experiencia.

Y no sé si serán trampas o sorpresas del destino, estos encuentros en la Ciudad. Los días me han llevado a pensar que mi destino está cambiando, pero contrariamente, haberlo vuelto a ver me recuerda que el destino se escribió hace mucho tiempo. Me iba a convertir en esto, en una piedra que de vez en cuando se ablanda, en un capullo que de vez en cuando florece.

Estoy segura de que nos volveremos a ver, pero no sé cuando sucederá. Creo que tampoco me importa mucho, salvo cuando el hormigueo aparece en mi nuca y se arrastra hasta la parte baja de mi espalda, y también se bifurca para seguir su camino hasta la punta de los dedos de mis manos. Que es entonces cuando resulta increíble cómo me atraviesa el corazón, la flecha de la indiferencia. Este hormigueo me avisa que antes no era así, que me esforzaba porque las cosas sucedieran, por ser la mejor chica, la compañía más agradable, la conversación más culta y más amena. Ahora todo eso no me importa, o no me importa con él, aún cuando pasarlo juntos es como polvo de estrellas.

Como el principio es el fin, y la historia se supo cuando se escribió en el presente pasado de este alterno futuro, el hilo conductor es el mismo y el final deja de importar. Es como si no fuera necesario leer el libro de principio a fin, o la nota del periódico completa: con el abstract de la trama basta.

Supongo que seguiré escribiéndola en las solapas de la Ciudad, y que volveré a ser quien mira el estéril amanecer a través de los filosos edificios, que rasgan los párpados y los obligan a despertar.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Es suficiente

Uno de esos impulsos que nos hacen hacer estupideces, me hizo ir a buscar a Mateo a su casa. Venía yo de regreso de la oficina, en sábado a las veinte casi llegando a las veintiuna horas. Quería ir al cine. Estaba cansadísima y quería irme a dormir. Quería saber de él. Quería muchas cosas, e hice la más torpe de todas.

Llegué a su calle y no vi su coche, pero me animé a buscarlo porque se veía luz en la ventana de la cocina de su departamento. Cogí mis llaves, una libretita y una pluma. Entré al edificio, subí al tercer piso y llamé a su puerta. Nada. Anoté en el papelito "14/nov/09 Hola. Pasé a saludar. Mariposa. Son las 20:40 h." Lo metí en el marco de la puerta a la altura de la chapa. Volví a llamar a la puerta y nada. Me fui.

Fui al cine, a ver la última de Almodóvar que me fascinó. Comí palomitas, mis favoritas, y saliendo me fui a mi casa. Dormí. Dormí como bendita, más bien.

Desperté en un domingo que no me hizo gracia. Casi al mediodía. Con un dolor de cabeza de locos, que me recordó que habían pasado ya casi 12 horas desde que hice el último alimento fuerte. Revisé el móvil y ahí estaban, dos mensajes y una llamada perdida. Uno de los mensajes era de Mateo, en el que me decía algo así como que agradecía mi visita pero prefería que la próxima vez le avisara antes de pasar, ya que en estos días iba a salir mucho de casa.

No me acuerdo bien qué respondí. Me dolía mucho la cabeza y todavía estaba muy adormilada. Pero intenté explicarle con pocas palabras, que no habrá próxima vez porque fue espontáneo, y mi móvil no me permitía llamarle. Una disculpa, le escribí. No respondió. Intenté dormir otra vez. No pude. Recordé el cine de la noche anterior, y que también mi intención era invitarle a que viniera de compras conmigo. Cogí el móvil y escribí un segundo mensaje, intentando explicar esto último. Me respondió inmediatamente, que me buscaría en la semana. Le llamé. Dos veces. No respondió.

Escribí un tercer mensaje. Le escribí que ahora me resultaba obvio que no quería hablar conmigo, ni hablar entonces. Que intentaba platicarle, sin éxito, mi nuevo horario extenuante de entre semana. No respondió.

Es suficiente.

¿Qué más se tiene que hacer para que un chico sepa que le interesa a una chica? Tengo 26 años y todavía no lo sé.

Mateo, tal como es, con defectos y virtudes, me gustó. El chico me gustó. Y lo intenté. Me esforcé en que las cosas sucedieran, pero no fue suficiente. Ahora, lo que resulta suficiente son los esfuerzos que he hecho para volverlo a ver. Lo que estaba en mis manos lo hice, y me siento torpe porque quizá fue un error llamar a su puerta. A mi no me hubiera parecido así, pero supongo que así fue.

Admito mi parte. Y confieso que no le pude llamar porque borré de mi móvil sus números, y de mi corazón el olor de su cuerpo y la sensación que me provoca recargarme en su pecho.

Luego, que las avenidas de la Ciudad me adviertan con sus semáforos en rojo que no debería llegar tan pronto a casa, me hace sentir desdichada. Y es cuando uno hace estupideces, y entonces se agradece que no haya números indeseables en el móvil, para no hacer llamadas de pánico. Pero Hans se sabe de memoria el camino a su departamento, los topes, los baches que se tienen que esquivar del pavimento, el tiempo que tiene que llevar para encontrar las luces en verde, la hora a la que tiene que llegar para tener lugar de estacionamiento enfrente.

Sin embargo soy yo la que maneja a Hans, soy yo la que vive en esta Ciudad. Soy yo la que lo jode convirtiéndolo en una película de terror, obligando a que haya un siguiente encuentro. El que no debe suceder.

Es suficiente.

Somos cómplices

Tu y yo somos cómplices. Porque nadie más sabe lo que hacemos cuando nos vemos en la calle Ayuntamiento, y jugamos a hacer experimentos, a vivir otras vidas, a mirar sin que se den cuenta aún cuando saben que hay quienes los miran.

Tu y yo somos cómplices porque sin darte cuenta, me has contado cosas que no sabías que podías contar, has traído realidades que te viven en el extranjero, has recordado conmigo aquellas donaciones de sangre, las familias que ya no están más, los médicos que fueron obsesivos contigo y con la madre de tus hijos.

Somos cómplices porque tu mujer no sabe que soy quien soy. Porque aún cuando nos saludamos con un sincero saludo de amistad, no sabe lo que pasa detrás de mi escritorio, frente a mi ordenador, del otro lado de tu móvil; somos cómplices porque nadie sabe lo que pasa cuando nuestros coches se encuentran en la calle.

Me hiciste tu cómplice cuando me miraste de espaldas, cuando aceptaste que disfrutas hacerlo mientras no sepa que lo haces y cuando finges un saludo al vecino, quien se imagina que jugamos a los locos dentro de tu departamento. Te hice mi cómplice cuando me viste llorar por primera vez, cuando supiste cómo murió mi perro, cuando supiste que ocultaba que te extrañé y que me hacía falta verte.

Y ahora, que supuestamente todo es normal y que es de dominio público cómo surgió nuestra amistad, aún cuando no quisiera que supieran que te veo fuera de horario, que todo supuestamente es como debe ser; ahora es cuando me sudan las manos mientras manejo de regreso a casa, porque me acuerdo de que sobaste los dedos de mi pie derecho e intentaste curarme el pecho izquierdo.

Siempre hemos sido cómplices, me lo has dicho. Y esta situación se parece mucho a la que teníamos hace unos cuatro años, jugando a los locos sin revolvernos aún, pero cuando ninguno de los dos tenía pareja. Los años pasan, el tiempo no se detiene, la tecnología nos alcanza siempre y los perfiles de pareja se cumplen.

En contra de lo que se pronosticaba, sigo sola. Tal como lo dijiste, tú no estás solo, y mucho menos cuando me tienes así. ¿Qué nos falta? Contigo me llevo a pensar que no hace falta que nos consumemos porque ese humor que nos envuelve cuando estamos juntos y caminamos por la calle, lo hace todo. Esta tensión que aparece cuando no quiero pero necesito tomarte de la mano, porque cruzar la calle me da miedo, cuando busco tu brazo porque atravesar una multitud me quita el aliento. El mismo humor que te lleva a tomarme por la cintura cuando la luz está en rojo, y después en el coche me tomas por el muslo cuando necesito sentir el aire en la cara.

Esta tensión, este humor, es lo que me lleva a provocarte sin querer hacerlo. Y es lo que te resulta indiferente, cuando me esfuerzo para que me mires. No hace falta que le eche muchas ganas, porque reparas en mis labios cuando no espero que lo hagas, y de todas formas revisas el tirante del sujetador cuando mi blusa descubre mis hombros.

Por eso somos lo que somos. Por eso nos estamos volviendo eternos. Por eso me gusta estar contigo, porque contigo no hay imposibles. Somos cómplices y me gusta darme cuenta de ello; y no quisiera, por el contrario, que todos supieran de nuestra complicidad. Será mejor que nadie sepa que he llegado a tu casa antes de las ocho de la mañana, que mi coche te quiere más que a mi, que tu gato se restriega en mi trasero, y que me pides que te vea algunos lunes antes del amanecer. (Pinches domingos, a ti también te hacen mirar diferente).

Somos cómplices, y me gusta que sólo hablemos de ello por correspondencia.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Mis uñas color carmín

Lo intenté. Tengo fe en que mínimo te puedes dar cuenta de que lo intenté. Me esforcé porque las cosas sucedieran y llegáramos a buen puerto. No lo logré. Ni hablar.

Esta noche he tenido mucho frío, que me provocó para pintarme las cortitas uñas de mis manos color carmín. Encima, preferías que fueran pálidas, que algunos días tu coche no saliera, que mis pies quedaran al frío, intentar hacerme chantajes sentimentales por no comerme una pera.

Lo siento, de verdad lo siento. Si es que debo sentirlo. Mis uñas son color carmín porque así quiero, así me gustan. Y quizá debí decirte que hace algún tiempo me prometí no hacer cosas que no quisiera; así las que deseé las hice, aún cuando dejé atrás alguna promesa rota.

La ansiedad puede ir y venir, así aprendí a manejarla. Pero mi libertad no se puede coartar. Ni siquiera cuando no te parezca mi sabor a cigarro recién fumado cuando termino de escribir, mis uñas obscuras, mi pelo suelto ensortijado o que algún día decida no llevar medias negras.

Tanto me pediste que no me enamorara, tanto me advertiste que no debía estar allí, que no debía esperar más de ti. Bueno pues funcionó. Qué increíble que se atrevan a meterle el pie a mi corazón, aún cuando eso implique meterle el pie a sus propios sentimientos o a sus propios deseos.

El móvil no suena más. El programa ya no avisa si me escribirás alguna vez. Pero a la Ciudad no la puedo engañar, y en algún momento la plaza nos hará cruzar.

Y cuando eso suceda, habrá que ver si sigue imperando mi soledad.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

En la misma frecuencia

No es el coche, no es el ordenador, ni mi gato o mis medias negras, ni los años que tenemos de conocernos. Es el. Soy yo. Somos ambos que seguimos en esta frecuencia.

Esta vez no me di cuenta cuándo comenzó a coquetear (¿coquetear? ¿Te das cuenta de lo que dices?). No lo registro (no, no me doy cuenta). Luego, se atreve aún a hacer comentarios sobre las barreras físicas, los datos del corazón, el estado de mis sentimientos y los de él. Me pongo nerviosa con el simple hecho de recordar cómo es cuando me llama sin razón, para saber cómo he amanecido. ¿Qué pasa con nosotros?

Lo he pasado pensando si las últimas invitaciones que me ha hecho han tenido motivos. Ya debería dejar de pensar. El domingo por la noche cerró con una invitación para desayunar, la semana pasada preparó las cosas para cobrar su deuda entera, para llenar mi rostro de sonrisas, de unos dedos en su mano derecha que por fin alcanzan mi mejilla izquierda. Me bajé y me chifló. ¿Me miraste el trasero? Sí, y le chiflé, me dijo. Está bien, tienes permiso para hacerlo, y de una vez por todas cerré el coche de un portazo. Crucé Colima, mis tacones sufrieron cuando se alejaron, y la pañoleta aleopardada me hizo verme con ojos de gata. Los ojos que a veces quisiera que viera él.

Sintonizamos hace algunos años, no sé cuántos porque no quiero contar, pero me ha enseñado a andar por la Ciudad, me la enseñó de noche, usando de mapa los restaurantes, los cafés, las últimas funciones de los estrenos de las películas famosas. Me enseñó los caminos al hospital, al taller mecánico, a un nuevo empleo.

Me la enseñó de mañana, cargando un enorme ramo de gladiolas en los andenes del metro, respondiendo preguntas rosas de los porteros del edificio, diciendo mentiras piadosas a los profesores de la Facultad.

Me enseñó la Ciudad con mucho sol, muertos de calor, tomando coca cola fría mientras yo bebía una Victoria más fría que su corazón. Me la enseñó muertos de frío, mientras cruzaba Reforma para encontrarlo frente a la pantalla del Auditorio Nacional. Con mi abrigo enorme, esperándolo en el valet parking del centro comercial de Molière, cuando venía de carretera y las ganas de vernos superaba su cansancio y mi ansiedad.

Me enseñó la libertad, cuando mi ansiedad superó la relación. Me enseñó que no estuve rota, que no hacía falta que vinieran a repararme, que no me merecía el tiempo con un soltero tóxico; mientras le comprobé que me hacían daño los tatuajes falsos, las columnas que se caen, las bocas que no sonríen, los besos que no se dan.

Ahora soy una niña grande, dejó de ser mi profesor.

Alguna vez extrañé tus manos largas... Ahora, las vi diferente cuando intentaron alcanzarme, y llegaron más lejos, haciéndome brincar.

Hans necesita una radio. Él y yo necesitamos migrar nuestra frecuencia a otro cuadrante. Yo necesito menos radio y más realidad, historiar el tiempo real aún cuando mi Historia empezó hace 78 años, y yo comencé a contarla hace tres y diez meses. Los ejercicios de historiografía real, aún cuando se esconden en unas conversaciones por correo electrónico, me han hecho bien. Hace bien no vernos tan seguido, así tenemos muchas cosas que escribirnos.

Me urge una radio. No puedo regresar siempre tarareando la misma vieja soledad.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Por correspondencia.

Hace frío. No pretendo que me pretenda. Sin saberlo, hacemos historiografía pura mientras me enseña a imaginar los sonidos que creaban, la atmósfera que no existía pero que hacían que existiera.

Lo bueno de la correspondencia es que no miro cuando me lee, y no sé como se siente cuando espera mi respuesta.
Lo bueno de la correspondencia, es que no estoy segura de cuándo llegará. Simplemente aparece en el buzón.

No sé si soy yo la que debe escribir luego de esta mañana. Tampoco sé si será él quien -como ha sido- dará el siguiente paso, enviará la siguiente carta, pedirá mi opinión, esperará mi respuesta, o me hará otra sugerencia.

Lo bueno de hoy, además de que no me quité el abrigo en todo el día, es que tengo sueño. Siento que por fin, hoy podré dormir.

Del frío, y de que no tiene remedio

Llegué a perder la cuenta del número de ramos de rosas que tuve en la mesa del comedor, en la sala, en mi mesa de trabajo y en mi mesita ratona. No eran rosas felices, eran rosas de perdón. No me hacían sonreír como el resto de las flores. Hay cuestiones que no se pueden remediar, aunque debo aceptar que los ramos eran la única forma que tenía para darse a entender. Así es. Para algunas personas no hay remedio.

Para mí, el frío no tiene remedio. Hoy saqué los guantes de piel, piel sobre piel, como me gusta, y volví a manejar el coche, consciente de que el frío a veces arrecia, el tiempo apremia, y las cosas no dejan de cambiar, no se detienen.

Este otoño que me huele a invierno, que viene muy frío, me hace pensar que tendré que bajar al infierno un poco. Se escuchan las cancioncitas en todos lados, el supermercado me recibe con la diamantina de colores que antes me hacía sonreír y me hacía hacer adornos para las puertas. Luego, la navidad sangrienta comenzó a serlo cuando me fastidié de tanta sonrisa falsa, tanto tatuaje que no debía estar allí. ¿Qué va a pasar si no hay más lugar para la depresión estacional?

Además de aprender a reconocer cuando unas flores eran de perdón, también aprendí a no engalanarme con los pinos navideños.

Pero una cosa va bien: hoy mi cafetería de todos los días se vistió de copos de nieve y de vasos de cartón color rojo, adornados con colgantes navideños que dicen "wish". También de música de fondo sonaba un álbum navideño, y escuché la voz de Norah Jones, que me hizo sonreír.

Espero que siga habiendo motivos que me hagan sonreír, aún cuando el invierno amenaza con venir muy frío.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Estimado Andrés Neuman:

Espero que estés muy bien. Me he sentado a escribirte otra vez, porque acabo de terminar de leer la segunda parte de tu libro El viajero del siglo. De entrada, los títulos de los capítulos me han dado mucho qué pensar, y algunas veces me han dado material para escribir. Disfruté "Aquí la luz es vieja", "Casi un corazón", y no quise empezar de inmediato a leer "La gran manivela" porque hay cosas que tuve que digerir. Hubo escenas de la lectura que no debían pasarme desapercibidas.

Es obvio que en este momento estoy sentada aquí, escribiendo unas palabras para ti, para el autor del que se ha convertido en mi libro favorito. Pero debo confesar -como usualmente lo hago cuando necesito hacerlo-, que traigo tantas cosas en la cabeza y que los últimos días me han llenado de tantas ideas, que ahorita no puedo escribir sólo de las impresiones que me ha dejado leer la segunda parte de tu libro.

Sigo pensando en cómo el amor puede ser el gran viaje, y como uno, sin saber algunas veces que tiene que tomar la decisión, se resiste a hacerlo, pensando que el viaje es el que se vive, que se tiene que continuar. Y no sé por qué me decidí a tomarte por lector. Y mira que todavía le tengo miedo a conocer quiénes son mis lectores. Quizá ni sepas que existo. Qué más dá. Todos los pretextos son buenos, supongo.

Me conmueve mucho saber que una persona que decide aprender a escribir y a leer, lo haga por ganas y no porque la enviaron a la escuela como me enviaron a mi. Aprendí a escribir antes que a leer, cuando veía a mis hermanos hacer la tarea. Antes del preescolar, mi abuela me cuidó y me enseñó a cocinar, lo que ahorita me viene a la mente es que quizá aprendí a escribir y a cocinar al mismo tiempo. Luego, con el periódico me enseñaron a leer sílabas y cómo era el sonido de las letras. Años más adelante, pude comenzar a hacer la comida yo sola, y supe que quería dedicarme a esto aproximadamente a los catorce años, antes de la gran depresión.

Esta escena magnífica, en la que Lisa forcejea con Hans el cesto de la ropa sucia, y él sin darse casi cuenta le dice que debería estar en la escuela, a lo que ella respode "¿Y entonces por qué no me enseña? Que me enseñe, a leer esos libros que usted lee, y no creo que sea tan difícil, conozco a gente estúpida que lee", quizá haya sido la parte que más leí y releí, antes de continuar. Me conmovió sobremanera.

Gran motivo, gran razón. Yo también conozco a gente estúpida que lee. Y de alguna forma, aún cuando no fui analfabeta, al desarrollar mi sentido común me llamó la atención lo mismo que a Lisa: la gente que lee, que mete la nariz en los libros, tiene otro semblante, mira diferente y también yo quise ser como ellos.

Y no he intercambiado billetes con amores platónicos, ni con amores imposibles, ni prohibidos, ni con posibles, ni con correspondidos. Alguna vez intercambié correspondencia, que venía de muy lejos, que yo escribía con mucha esperanza. Y las más, he intercambiado correos electrónicos. Los últimos, desde el mes de julio. Cada correo electrónico ha dicho mucho más de lo que hemos querido contar. Y los tres que me envió ayer, me platicaron que me ha leído muchas veces, de ida y vuelta; y me confesó, en el tercero, que mi carta es muy bonita, casi coleccionable, y que sentía horror al pensar que tenía que borrar el mensaje. Le dije que no lo hiciera, después habrá tiempo para eso.

Es grato saber como todos los días, hay personas que tienen la oportunidad de vivir pequeños fragmentos de una novela, escondidos en los encuentros que -la mayor parte de las veces- tampoco saben que existen.

Deberíamos sabernos viviendo magia, polvo de estrellas, ¿o qué tu crees?, ¿que el polvo de estrellas lo propiciamos o simplemente nos toca? Yo pienso que es como los encuentros, se pueden propiciar y orillar a que sucedan, aún cuando se sepa que de allí no pasará, que no habrá un segundo, ni bronca ni despedida.

Hoy, cuando me invitó al primer encuentro en persona, quise saberme viviendo polvo de estrellas. No pretendo que me pretenda. No espero un segundo encuentro, es más, ni que suceda. Quizá no nos encontremos entre la gente, quizá su tren se demore más que el mío. Quizá es una trampa que me haya citado a las diez en medio de la calle Ayuntamiento.

Pudiera ser, que en medio de toda la gente, sigamos sintiéndonos solos.

Me gusta leer a un Hans que trabaja, que transforma su habitación en estudio, con esa lámpara de aceite que quisiera tener acá conmigo. Por fin abrió el arcón, y miré todos los muertos que carga. Los míos, como los demonios, siguen encerrados en unas cajas de cartón, guardados en unas bolsas de mandado, y algunos mirándome a mi lado derecho. Porque sí, algunos de mis demonios, como mis muertos, me miran mientras escribo, mientras hablo sola, acaricio al gato o me saco la ropa.

El beso de Sophie me dejó sin aliento. Y la primera vez que hacen el amor, me quedé como cuando se queda uno después del amor, con pocas palabras, con muchos gestos, sintiendo que se dejan atrás algunas promesas rotas.

El amor que los funde, junto con el aceite de la lámpara, y se dan cuenta a través de las sombras de la pared que son uno mismo, fundidos en el ir y venir, del amor, del aliento, del aire que se quiere mover aún estancado en una habitación. Después de ese amor por fin se sabe, entonces, que siempre se fue el uno del otro, que aún antes fueron uno mismo.

Gracias, otra vez.

Saludos cordiales,
Mariposa Tecknicolor.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Otra vez el huracán

Mirando pasar el pasado, no me estoy quedando mirando.
Andrés Calamaro.

Cuando se acaba una investigación, se deberían seguir los pasos de reinserción a la sociedad que sigue un preso al salir de prisión. Ahora, al igual que cuando el amor se acaba, hay que saber en qué se empleará el tiempo que antes se le dedicaba a la investigación. Iniciar otra, supongo que es la opción.

Paso mucho tiempo sola, le dije, a veces no tengo con quien platicar todas estas cosas, y te pido una disculpa por mostrarme un tanto irascible cuando no tiene que ver. Es de llamar la atención que me haya sucedido con el Rey Sol, hacía mucho tiempo que el chico no me decía que me nota diferente, se preocupa, y yo me preocupo más cuando lo veo preocupado.

No puedo hacerme que no pasa nada, no es mi estilo, no me va. Y tampoco es verdad que no me importa nada. Pero como él me lo dijo hace mucho tiempo, la vida te envía la peor de las curvas y hay que tener listo el bate para pegarle a la bola. Una cosa a la vez, porque si no corro el riesgo de volverme loca.

Una camioneta se me echó encima, estoy segura que ni me vió, fastidió el lado derecho de mi coche. Y si pensaba que, aún con todo lo que ha pasado no podría venir nada más, una camioneta que parecía torta de cumpleaños, se me echó encima. Hans camina, es fuerte, me gusta que haya tenido un pasado bucanero aún cuando la gente piensa que eso demerita su valor. Yo lo quise aún con ese pasado bucanero que lo hizo andar de color verde. Lo quiero, y aunque sólo es un coche... es mi coche.

Y es como el resto de la Historia, todo sigue, hay que saber seguir escribiéndolo. Se tiene que tener la capacidad de darse cuenta cuando la situación cambia, se debe tener conciencia de saberse como es, como ahora se es. Me cuesta trabajo saberme como quise ser, como ahora lo soy. Otra vez, el huracán. ¿Cuándo va a parar?

También tuve un pasado bucanero, le dije. Se sobresaltó al mirar cómo mis reflejos reaccionan cuando intenta alcanzar mi brazo derecho, o la orilla de mi espalda. Me desacostumbré a comer de la mano, a tomar el brazo, a entrelazar mis dedos con los de otra mano. No tuvo nada que agregar. Es en esos momentos cuando las palabras sobran, y el chico conoce muy bien mi lenguaje corporal.

Él me sabe que cambié, me sabe como ahora soy. Se da cuenta del trabajo que me costó llegar acá, y de lo que todavía me cuesta mantenerme así. Me siento feliz de saberme -aún cuando muchos años han pasado- de su lado, empujando hacia el mismo lado. Hay personas que llegan a nuestras vidas por una sola razón, y quizá el Rey Sol no vino a ser mi pareja, ni mi chico, ni mi "felices por siempre"; quizá vino simple y sencillamente a hacerme feliz, a haceme sonreír y darme un poco de tranquilidad.

Mateo, por otro lado, ya se supo como un ave de paso. Y yo, ya entendí que no tiene nada de malo que haya comenzado por el final, que se haya sabido el final cuando se escribió el principio. Debo reconocer que tampoco quise invertirle mucho, ni apostarle todo al 38. No, mejor no. Y si no me vibra bien, mejor que no vibre más.

domingo, 1 de noviembre de 2009

JURAMENTO DE AUTOESTIMA

Venga, reconócelo Mariposa Tecknicolor, sin contar con tu hombre ideal, eres lo mejor que hay en la tierra. Es verdad que a veces te deprimes y no quieres hacer nada porque piensas que nada vale la pena, pero también hay que reconocer que el resto de las veces eres muy optimista, perfeccionista y dedicada. Nadie sabe hacer investigación histórica como tu. Si ya lo dice tu madre: eres la mejor historiadora del mundo. Por eso, a partir de hoy vas a dejar de torturarte por no tener pareja ni el empleo de tus sueños y comenzarás a quererte por ser responsable, inteligente y constante. Y si alguien llega y te dice que eres una persona equivocada, dile que puede coger largarse a la fregada.