Tu y yo somos cómplices. Porque nadie más sabe lo que hacemos cuando nos vemos en la calle Ayuntamiento, y jugamos a hacer experimentos, a vivir otras vidas, a mirar sin que se den cuenta aún cuando saben que hay quienes los miran.
Tu y yo somos cómplices porque sin darte cuenta, me has contado cosas que no sabías que podías contar, has traído realidades que te viven en el extranjero, has recordado conmigo aquellas donaciones de sangre, las familias que ya no están más, los médicos que fueron obsesivos contigo y con la madre de tus hijos.
Somos cómplices porque tu mujer no sabe que soy quien soy. Porque aún cuando nos saludamos con un sincero saludo de amistad, no sabe lo que pasa detrás de mi escritorio, frente a mi ordenador, del otro lado de tu móvil; somos cómplices porque nadie sabe lo que pasa cuando nuestros coches se encuentran en la calle.
Me hiciste tu cómplice cuando me miraste de espaldas, cuando aceptaste que disfrutas hacerlo mientras no sepa que lo haces y cuando finges un saludo al vecino, quien se imagina que jugamos a los locos dentro de tu departamento. Te hice mi cómplice cuando me viste llorar por primera vez, cuando supiste cómo murió mi perro, cuando supiste que ocultaba que te extrañé y que me hacía falta verte.
Y ahora, que supuestamente todo es normal y que es de dominio público cómo surgió nuestra amistad, aún cuando no quisiera que supieran que te veo fuera de horario, que todo supuestamente es como debe ser; ahora es cuando me sudan las manos mientras manejo de regreso a casa, porque me acuerdo de que sobaste los dedos de mi pie derecho e intentaste curarme el pecho izquierdo.
Siempre hemos sido cómplices, me lo has dicho. Y esta situación se parece mucho a la que teníamos hace unos cuatro años, jugando a los locos sin revolvernos aún, pero cuando ninguno de los dos tenía pareja. Los años pasan, el tiempo no se detiene, la tecnología nos alcanza siempre y los perfiles de pareja se cumplen.
En contra de lo que se pronosticaba, sigo sola. Tal como lo dijiste, tú no estás solo, y mucho menos cuando me tienes así. ¿Qué nos falta? Contigo me llevo a pensar que no hace falta que nos consumemos porque ese humor que nos envuelve cuando estamos juntos y caminamos por la calle, lo hace todo. Esta tensión que aparece cuando no quiero pero necesito tomarte de la mano, porque cruzar la calle me da miedo, cuando busco tu brazo porque atravesar una multitud me quita el aliento. El mismo humor que te lleva a tomarme por la cintura cuando la luz está en rojo, y después en el coche me tomas por el muslo cuando necesito sentir el aire en la cara.
Esta tensión, este humor, es lo que me lleva a provocarte sin querer hacerlo. Y es lo que te resulta indiferente, cuando me esfuerzo para que me mires. No hace falta que le eche muchas ganas, porque reparas en mis labios cuando no espero que lo hagas, y de todas formas revisas el tirante del sujetador cuando mi blusa descubre mis hombros.
Por eso somos lo que somos. Por eso nos estamos volviendo eternos. Por eso me gusta estar contigo, porque contigo no hay imposibles. Somos cómplices y me gusta darme cuenta de ello; y no quisiera, por el contrario, que todos supieran de nuestra complicidad. Será mejor que nadie sepa que he llegado a tu casa antes de las ocho de la mañana, que mi coche te quiere más que a mi, que tu gato se restriega en mi trasero, y que me pides que te vea algunos lunes antes del amanecer. (Pinches domingos, a ti también te hacen mirar diferente).
Somos cómplices, y me gusta que sólo hablemos de ello por correspondencia.
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