Espero que estés muy bien. Me he sentado a escribirte otra vez, porque acabo de terminar de leer la segunda parte de tu libro El viajero del siglo. De entrada, los títulos de los capítulos me han dado mucho qué pensar, y algunas veces me han dado material para escribir. Disfruté "Aquí la luz es vieja", "Casi un corazón", y no quise empezar de inmediato a leer "La gran manivela" porque hay cosas que tuve que digerir. Hubo escenas de la lectura que no debían pasarme desapercibidas.
Es obvio que en este momento estoy sentada aquí, escribiendo unas palabras para ti, para el autor del que se ha convertido en mi libro favorito. Pero debo confesar -como usualmente lo hago cuando necesito hacerlo-, que traigo tantas cosas en la cabeza y que los últimos días me han llenado de tantas ideas, que ahorita no puedo escribir sólo de las impresiones que me ha dejado leer la segunda parte de tu libro.
Sigo pensando en cómo el amor puede ser el gran viaje, y como uno, sin saber algunas veces que tiene que tomar la decisión, se resiste a hacerlo, pensando que el viaje es el que se vive, que se tiene que continuar. Y no sé por qué me decidí a tomarte por lector. Y mira que todavía le tengo miedo a conocer quiénes son mis lectores. Quizá ni sepas que existo. Qué más dá. Todos los pretextos son buenos, supongo.
Me conmueve mucho saber que una persona que decide aprender a escribir y a leer, lo haga por ganas y no porque la enviaron a la escuela como me enviaron a mi. Aprendí a escribir antes que a leer, cuando veía a mis hermanos hacer la tarea. Antes del preescolar, mi abuela me cuidó y me enseñó a cocinar, lo que ahorita me viene a la mente es que quizá aprendí a escribir y a cocinar al mismo tiempo. Luego, con el periódico me enseñaron a leer sílabas y cómo era el sonido de las letras. Años más adelante, pude comenzar a hacer la comida yo sola, y supe que quería dedicarme a esto aproximadamente a los catorce años, antes de la gran depresión.
Esta escena magnífica, en la que Lisa forcejea con Hans el cesto de la ropa sucia, y él sin darse casi cuenta le dice que debería estar en la escuela, a lo que ella respode "¿Y entonces por qué no me enseña? Que me enseñe, a leer esos libros que usted lee, y no creo que sea tan difícil, conozco a gente estúpida que lee", quizá haya sido la parte que más leí y releí, antes de continuar. Me conmovió sobremanera.
Gran motivo, gran razón. Yo también conozco a gente estúpida que lee. Y de alguna forma, aún cuando no fui analfabeta, al desarrollar mi sentido común me llamó la atención lo mismo que a Lisa: la gente que lee, que mete la nariz en los libros, tiene otro semblante, mira diferente y también yo quise ser como ellos.
Y no he intercambiado billetes con amores platónicos, ni con amores imposibles, ni prohibidos, ni con posibles, ni con correspondidos. Alguna vez intercambié correspondencia, que venía de muy lejos, que yo escribía con mucha esperanza. Y las más, he intercambiado correos electrónicos. Los últimos, desde el mes de julio. Cada correo electrónico ha dicho mucho más de lo que hemos querido contar. Y los tres que me envió ayer, me platicaron que me ha leído muchas veces, de ida y vuelta; y me confesó, en el tercero, que mi carta es muy bonita, casi coleccionable, y que sentía horror al pensar que tenía que borrar el mensaje. Le dije que no lo hiciera, después habrá tiempo para eso.
Es grato saber como todos los días, hay personas que tienen la oportunidad de vivir pequeños fragmentos de una novela, escondidos en los encuentros que -la mayor parte de las veces- tampoco saben que existen.
Deberíamos sabernos viviendo magia, polvo de estrellas, ¿o qué tu crees?, ¿que el polvo de estrellas lo propiciamos o simplemente nos toca? Yo pienso que es como los encuentros, se pueden propiciar y orillar a que sucedan, aún cuando se sepa que de allí no pasará, que no habrá un segundo, ni bronca ni despedida.
Hoy, cuando me invitó al primer encuentro en persona, quise saberme viviendo polvo de estrellas. No pretendo que me pretenda. No espero un segundo encuentro, es más, ni que suceda. Quizá no nos encontremos entre la gente, quizá su tren se demore más que el mío. Quizá es una trampa que me haya citado a las diez en medio de la calle Ayuntamiento.
Pudiera ser, que en medio de toda la gente, sigamos sintiéndonos solos.
Me gusta leer a un Hans que trabaja, que transforma su habitación en estudio, con esa lámpara de aceite que quisiera tener acá conmigo. Por fin abrió el arcón, y miré todos los muertos que carga. Los míos, como los demonios, siguen encerrados en unas cajas de cartón, guardados en unas bolsas de mandado, y algunos mirándome a mi lado derecho. Porque sí, algunos de mis demonios, como mis muertos, me miran mientras escribo, mientras hablo sola, acaricio al gato o me saco la ropa.
El beso de Sophie me dejó sin aliento. Y la primera vez que hacen el amor, me quedé como cuando se queda uno después del amor, con pocas palabras, con muchos gestos, sintiendo que se dejan atrás algunas promesas rotas.
El amor que los funde, junto con el aceite de la lámpara, y se dan cuenta a través de las sombras de la pared que son uno mismo, fundidos en el ir y venir, del amor, del aliento, del aire que se quiere mover aún estancado en una habitación. Después de ese amor por fin se sabe, entonces, que siempre se fue el uno del otro, que aún antes fueron uno mismo.
Gracias, otra vez.
Saludos cordiales,
Mariposa Tecknicolor.
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