En cierto momento, me llega un hormigueo que va de la nuca a la parte baja de mi espalda, que me advierte que parece que estoy firmando mi sentencia de muerte. Y sí, quizá esté firmando mi sentencia de muerte, pero todavía no me importa.
Llegué a Minería y José Martí aproximadamente a las siete y media de la mañana. Mi cita era a las ocho, pero una mala jugada del periférico sur me hizo llegar media hora temprano. Con certeza todavía no sé lo que hacía ahí. Supongo que el sentido de esta situación es que de antemano se sabe el final, por lo que los demonios de mi cabeza siguen dormidos, tranquilos, soñando un sueño profundo del que no pretenden despertar.
Llegué a Minería y José Martí aproximadamente a las siete y media de la mañana. Mi cita era a las ocho, pero una mala jugada del periférico sur me hizo llegar media hora temprano. Con certeza todavía no sé lo que hacía ahí. Supongo que el sentido de esta situación es que de antemano se sabe el final, por lo que los demonios de mi cabeza siguen dormidos, tranquilos, soñando un sueño profundo del que no pretenden despertar.
En el desayuno intentó hacer la cuenta de los años que pasaron para que nos volviéramos a encontrar. Y todo volvió a ser un flashback, mi memoria de histérica histórica regresó, y pude confesarle que me obligué a recordarlo todo y para no volverlo a olvidar, lo escribí y convertí en un apuntador de mi memoria. Intenté contarle las cosas tal como pasaron, lo de los pantalones rotos y lo de que cenamos a la luz de las velas; pero como me sucede de repente, omití algunas cosas.
El tiempo otra vez se detuvo. Aunque estuvimos escasas dos horas juntos, pareció que hubiéramos compartido toda la mañana. Luego, al despedirnos, pasó como si no pasara nada. Cada quien a su coche, las llamadas por el móvil, la guía para que yo tomara Xola otra vez, y pudiera llegar a la oficina.
Tuve muchas preguntas en la cabeza. La mayoría no me atreví a hacérselas, sin embargo las que más me inquietaban, me las respondió. "Supongo que así soy, y no se lo cuento a todo el mundo" -me dijo. Que bueno que así es, le respondí. Me cogí el pelo, abracé mis rodillas, le pedí lo que simpre le pedía, que me tratara bien y que continuara haciédome feliz con los detalles que antes me hacían. Le confesé que no puedo asegurar sanidad mental, la locura me ha llevado a ser más cuerda que antes (todos la necesitamos de vez en cuando), pero que puedo estar segura de que seguiré tranquila con las cosas mínimas que hacen mi vida más fácil.
No te voy a pedir nada, volví a confesarle. Si verte en medio de hileras sin fin de automóviles, de luces en rojo que no me permiten avanzar, atrapada entre cambios de velocidades que me llevan más rápido a mi lugar, me hace la vida más fácil, no tengo nada que objetar. A fin de cuentas ya se sabe que esto no va a cambiar. La diferencia radica en que no se espera nada, por lo que cuando sucede, resulta una grata experiencia.
Y no sé si serán trampas o sorpresas del destino, estos encuentros en la Ciudad. Los días me han llevado a pensar que mi destino está cambiando, pero contrariamente, haberlo vuelto a ver me recuerda que el destino se escribió hace mucho tiempo. Me iba a convertir en esto, en una piedra que de vez en cuando se ablanda, en un capullo que de vez en cuando florece.
Estoy segura de que nos volveremos a ver, pero no sé cuando sucederá. Creo que tampoco me importa mucho, salvo cuando el hormigueo aparece en mi nuca y se arrastra hasta la parte baja de mi espalda, y también se bifurca para seguir su camino hasta la punta de los dedos de mis manos. Que es entonces cuando resulta increíble cómo me atraviesa el corazón, la flecha de la indiferencia. Este hormigueo me avisa que antes no era así, que me esforzaba porque las cosas sucedieran, por ser la mejor chica, la compañía más agradable, la conversación más culta y más amena. Ahora todo eso no me importa, o no me importa con él, aún cuando pasarlo juntos es como polvo de estrellas.
Como el principio es el fin, y la historia se supo cuando se escribió en el presente pasado de este alterno futuro, el hilo conductor es el mismo y el final deja de importar. Es como si no fuera necesario leer el libro de principio a fin, o la nota del periódico completa: con el abstract de la trama basta.
Supongo que seguiré escribiéndola en las solapas de la Ciudad, y que volveré a ser quien mira el estéril amanecer a través de los filosos edificios, que rasgan los párpados y los obligan a despertar.
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