miércoles, 20 de noviembre de 2013

Así se escribe el año once.


For you I bleed myself dry.


Volver a verlo era lo que necesitaba para sentarme a escribir. Fingí no querer verlo, y durante un tiempo me escabullí, hui y me desaparecí como humo.

No fue un tiempo cualquiera, fueron diez semanas después de que cumplí treinta y de que él cumpliera cuarenta y tres. Empecé el doctorado, volví a la academia y regresé a dedicarme de lleno a la investigación y a escribir. Sin darme cuenta se agregó un año más a la lista, menos ceros a las deudas y un gato más a la familia. Seguí creyendo en el amor y creí haberme enamorado. Rompí mi propio esquema y me volví a estructurar. Decidí irme de ahí. Comencé a vivir en dos casas, con gasto doble y un gato menos. El metro de la Ciudad se convirtió en mi brioso corcel.

Mientras tanto, él hizo un mal negocio. Resolvió cuestiones de salud, se fue su salvador. No viajó, pero lo hará. No me amó, no lo hará, pero me extrañó. Once años después, estamos viviendo en la misma Ciudad, en la misma zona y casi se podría decir que llegamos a pie al domicilio del otro. No lo puedo creer. ¿En qué momento crecí?

Un mensaje que recordó el viejo programa de televisión, que él no había visto, en el que di mi testimonio sobre violencia intrafamiliar, fue el que nos hizo compartir el desayuno. Vino enorme, con el peinado que me gusta que use y con su coche gris. Como si no hubiera pasado el tiempo, le mostré a mi gato a través del balcón y se cambió de asiento para que yo condujera su auto. Te lo encargo mucho, me dijo. Manejé con cuidado, suave, despacio, como si se tratara del amor. Tomé el eje vial de ida y vuelta, después fuimos a desayunar.

En el camino noticias, risas y obituarios. Me estacioné como pude, y se bajó a abrirme la puerta del auto. Desayunamos. Ella se fue, tal parece que para nunca más volver; tan fue así, que pensé que había muerto. No lo sé él, pero yo no la volveré a ver ni por accidente. Y no me alegro, honestamente. Pasa que es de esas noticias que sabes que nunca vas a escuchar, que necesitas un trago para digerirlas, de esas que ni siquiera sabes si son verdad.

Luego el amor y la regadera y una lavandería. La lavandería en casa, la regadera fría y la cama vacía. Una pizza delgada, tres libros sin leer, un par de gatos que se entretienen rompiendo cosas en el salón. Como siempre, como si nada. Pero entonces hubo un pequeño paseo, su mano que tomó la mía en la banqueta, y dos cepillos de dientes que compramos en la esquina. Como nunca, como todo.

Antes otro paseo, uno que no había habido antes. En cuatro ruedas, dos grandes y dos chiquitas, pasó por mi mientras meditaba descalza sobre el concreto de la azotea. Reí como hacía mucho no reía. Nos divertimos como locos. Conté el tiempo, le dije que eran ya once años, y no volví a mencionar un tema serio en todo el día, ni en toda la noche, ni lo haré en todo el año que nos queda.

Todo este tiempo me he resistido a escribir el año once, sin darme cuenta de que al mismo tiempo no he dejado de escribirlo. Diciembre me arrollará, enero me sonreirá, y entonces febrero tendrá una cara de año doce que no sé si podré con ella.

Por lo pronto le dije una mentira, que no sabía qué día nos habíamos conocido, que había dejado de recordarlo. No es verdad. Lo conocí un lunes, el 5 de febrero. Asueto. Yo no había ido a la Universidad, él venía de comer en casa de su mamá. Muchas cosas he perdido mientras me encontré a mi misma. La fecha de cuando nos conocimos, no es una de ellas.

¿Y ahora? Se acabó el verano, intenté escribir una mierda de otoño, me mudé de casa y reestructuré mi vida. Viene el invierno, se acabará el año once y yo tengo que seguir escribiendo.


Cosas nuevas. Temas nuevos. Una teoría. Un doce me sonríe y no puedo dejar de guiñarle el ojo.