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miércoles, 20 de noviembre de 2013

Así se escribe el año once.


For you I bleed myself dry.


Volver a verlo era lo que necesitaba para sentarme a escribir. Fingí no querer verlo, y durante un tiempo me escabullí, hui y me desaparecí como humo.

No fue un tiempo cualquiera, fueron diez semanas después de que cumplí treinta y de que él cumpliera cuarenta y tres. Empecé el doctorado, volví a la academia y regresé a dedicarme de lleno a la investigación y a escribir. Sin darme cuenta se agregó un año más a la lista, menos ceros a las deudas y un gato más a la familia. Seguí creyendo en el amor y creí haberme enamorado. Rompí mi propio esquema y me volví a estructurar. Decidí irme de ahí. Comencé a vivir en dos casas, con gasto doble y un gato menos. El metro de la Ciudad se convirtió en mi brioso corcel.

Mientras tanto, él hizo un mal negocio. Resolvió cuestiones de salud, se fue su salvador. No viajó, pero lo hará. No me amó, no lo hará, pero me extrañó. Once años después, estamos viviendo en la misma Ciudad, en la misma zona y casi se podría decir que llegamos a pie al domicilio del otro. No lo puedo creer. ¿En qué momento crecí?

Un mensaje que recordó el viejo programa de televisión, que él no había visto, en el que di mi testimonio sobre violencia intrafamiliar, fue el que nos hizo compartir el desayuno. Vino enorme, con el peinado que me gusta que use y con su coche gris. Como si no hubiera pasado el tiempo, le mostré a mi gato a través del balcón y se cambió de asiento para que yo condujera su auto. Te lo encargo mucho, me dijo. Manejé con cuidado, suave, despacio, como si se tratara del amor. Tomé el eje vial de ida y vuelta, después fuimos a desayunar.

En el camino noticias, risas y obituarios. Me estacioné como pude, y se bajó a abrirme la puerta del auto. Desayunamos. Ella se fue, tal parece que para nunca más volver; tan fue así, que pensé que había muerto. No lo sé él, pero yo no la volveré a ver ni por accidente. Y no me alegro, honestamente. Pasa que es de esas noticias que sabes que nunca vas a escuchar, que necesitas un trago para digerirlas, de esas que ni siquiera sabes si son verdad.

Luego el amor y la regadera y una lavandería. La lavandería en casa, la regadera fría y la cama vacía. Una pizza delgada, tres libros sin leer, un par de gatos que se entretienen rompiendo cosas en el salón. Como siempre, como si nada. Pero entonces hubo un pequeño paseo, su mano que tomó la mía en la banqueta, y dos cepillos de dientes que compramos en la esquina. Como nunca, como todo.

Antes otro paseo, uno que no había habido antes. En cuatro ruedas, dos grandes y dos chiquitas, pasó por mi mientras meditaba descalza sobre el concreto de la azotea. Reí como hacía mucho no reía. Nos divertimos como locos. Conté el tiempo, le dije que eran ya once años, y no volví a mencionar un tema serio en todo el día, ni en toda la noche, ni lo haré en todo el año que nos queda.

Todo este tiempo me he resistido a escribir el año once, sin darme cuenta de que al mismo tiempo no he dejado de escribirlo. Diciembre me arrollará, enero me sonreirá, y entonces febrero tendrá una cara de año doce que no sé si podré con ella.

Por lo pronto le dije una mentira, que no sabía qué día nos habíamos conocido, que había dejado de recordarlo. No es verdad. Lo conocí un lunes, el 5 de febrero. Asueto. Yo no había ido a la Universidad, él venía de comer en casa de su mamá. Muchas cosas he perdido mientras me encontré a mi misma. La fecha de cuando nos conocimos, no es una de ellas.

¿Y ahora? Se acabó el verano, intenté escribir una mierda de otoño, me mudé de casa y reestructuré mi vida. Viene el invierno, se acabará el año once y yo tengo que seguir escribiendo.


Cosas nuevas. Temas nuevos. Una teoría. Un doce me sonríe y no puedo dejar de guiñarle el ojo.

sábado, 20 de agosto de 2011

Por amor, por voluntad...

Mi madre dice que cuando a los once años me fui a mi propia recámara en la casa, y que desde ahí tomé la costumbre de dormir en una cama matrimonial para mi sola, me emancipé para siempre... así, sin más, aprendí a ser libre y a dormir en calzones si así me placía; a no dar cuentas si quería dormir hasta tarde; a despertarme a mitad de la noche a abrir la ventana, tocar el móvil que pendía de la esquina de la habitación, y mirar la luz amarilla de la farola, mientras vaciaba mis palabras en cuadernos cosidos, sin decirle nada a nadie...

Hoy mi madre me recordó que desde hace mucho he disfrutado la soledad, y que debo estar orgullosa de que en este momento de mi vida, estoy cosechando lo que sembré hace varios años con mucho esfuerzo, y que finalmente mis metas están llegando a buen término.

Mi familia es como cualquier otra, atropellada, con un padre ausente que años después vino a hacerse el lugar más importante de mi corazón; con unos hermanos músicospoetasylocos; con una sobreprotección absurda; con una infancia feliz. Somos una familia real, con conflictos, con verdades, con razones y con franquezas. Con decenas de solteros tóxicos que desfilaban en el sofá blanco de mi mamá. Con muchos volkswagens en los que todos aprendimos a manejar.

Quizá sea por esta franqueza y por esta inestabilidad, que nos obligamos -o nos obligaron- a hacernos estables. Estables en la mediocridad, en el oficio sin profesión, en el rockandroll que ya no corresponde. Estables en la ideología, en la personalidad, en el conseguirlo todo, por el todo, con el todo. Estables como sibaritas, como dormir cada noche en el lugar maravilloso que hubiéramos encontrado. Estables como lo es la depresión de invierno, la de soledad.

Estables como perenne es el verde de las hojas a partir de la primavera. Estables como crónica se vuelve la tristeza, luego de muchos veranos sin que deje de salir el sol; como luego de toda la lluvia que se agalopa sobre las ventanas.

Estables e independientes, como si hubiésemos sabido desde chicos que eso nos iba a traer felicidad.

Nunca imaginé que en el momento en el que llegara la vida en pareja de a deveras, esa independencia y estabilidad se convirtieran en un factor de complicación entre un par de personas. Cuando uno está solo, son sólo unos problemas, una sola decisión, una sola respuesta; es el estado de confort más maravilloso que existe, puesto que no hay más que la personalidad propia, las ganas, la voluntad...

Aprendimos a ser leales como la amistad verdadera.
La amistad, como el amor -y en general todas las relaciones humanas-, es resultado de pura y simple voluntad. Uno es amigo de una persona con quien siente empatía, solidaridad, y con quien se crean lazos de cariño simple sin conveniencias, sin obligaciones. Somos amigos y pareja por voluntad, porque queremos estar allí, porque queremos seguir alimentando y cuidando una relación que igualmente alimenta y sana nuestros sentimientos y nuestra alma.

Yo quisiera de verdad, que el corazón nunca más se me rompiera. Que las personas que me han dicho sus votos de amor y de confianza, de amistad y de lealtad, no los rompan y se queden conmigo para siempre. Yo quisiera de verdad, tener todo el tiempo del mundo, y unos recursos inagotables, para estar para siempre con mis amigos, con mi gente, con mis Ojos Verdes. Pero eso no es posible. No se puede andar en la procesión y tocar las campanas, o chiflar y comer pinole.

Le decía hace unos días a los Ojos Verdes que uno no se une a otra persona a través de amenazas, de transacciones, favores u obligación. Yo estoy contigo porque te amo, le dije. Y yo estoy contigo porque me enamoré de ti, me contestó él.

¿Qué pasa entonces entre dos amigos que no tienen más algún canal de comunicación? Estoy, por ejemplo, con la diseñadora de modas, por cariño y solidaridad, complicidad y lealtad, respeto y voluntad; en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad; más allá de los solteros tóxicos y de los empleos de ensueño que nos hacen sentir las mujeres más importantes del mundo, y aún más allá de los periodos de desempleo que nos hagan sentir miserables. Estamos juntas a pesar de más de diez años de relación. Estamos porque queremos estar, y punto.

Creo firmemente que no se puede basar una relación en obligación, en el a fuerzas tengo que dormir contigo, o a fuerzas tengo que ir a verte para tomarme una copa contigo, "...pues ya qué". Tampoco en pedir perdón. No se puede basar una relación en pedir favores, en poner una pistola en la cabeza, o a través del intercambio de tiempo por dinero.

¿Cuál es el límite? ¿Cuánto se tolera regularmente una actitud agresiva proveniente de una amistad? ¿Hasta cuánto, de verdad, se cede con una amistad?

Para bien o para mal, mis padres me dieron tres hermanos mayores con quien aprendí qué significa la amistad, la lealtad y el amor. Ahora pues, puedo decirles a algunas personas que juro solemnemente serles fiel, y puedo también decirle a un hombre que me voy a dormir con él todas las noches porque así es mi voluntad, porque lo siente mi corazón.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Mañana dormirá aquí

Okey, es oficial, hoy por estar haciendo mil cosas a la vez, leyendo, bebiendo agua, un vaso con café, y hablando por teléfono, prendí un cigarro al revés. Oficialmente se me va el avión, o el aeropuerto entero...

Si no es un panic attack es cualquier otra cosa, pero a veces se me van los pensamientos.

Cuando era chiquita, me dije a mi misma que la vez que esto me sucediera me iba a reír mucho porque oficialmente iba a ser como mis tías grandes, o sea, vieja.

Hoy confirmo que me he reído mucho, yo sola, ahorita frente al espejo, pero que de grande vieja no tengo nada. Y aunque así fuese, y cuando así sea, recordaré que en estos días fue cuando un chico vino a decirme que me ama tal como soy y que encontró con quien querer compartir el resto de su vida.

Wow. Por algo se empieza. Yo, por ejemplo, acabo de prender un benson por el filtro jajajaja Luego, después, supongo que podré comenzar a tener la estabilidad de una "old lady" con todo el "retro style" que eso requiere.

Tengo frío. Estoy feliz. Hoy está lloviendo. Mañana dormirá aquí.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Hojas maravillas

Llueve, llueve, no se detiene. Quiero que ya venga el otoño a hacer con sus hojas amarillas, maravillas en mi cuerpo. Te extraño mucho. Te extraño más de lo que te imaginas. Te extraño más de lo que imaginé.

Puede ser que te hagas dependiente de mi, que yo me haga dependiente de ti, o que seamos completamente codependientes. Sin embargo, afortunadamente tenemos nuestras noches, las horas por la tarde que no compartimos con nadie más. Te extraño, demonios. Ayer fue la primera vez que me dijiste que estoy deprimida, que no quieres dejarme, que no sabes qué se debe hacer cuando no quiero hablar con nadie.

Gracias. Algo bueno debí haber hecho hace algún tiempo, para que ahorita tú estés llegando a estacionarte en mi vida.

Soy afortunada. No soporto tanto estrés, no puedo vivir bajo tanta presión, y sigo escribiendo hojas maravillas; y el puto verano no trae más que agua, y el otoño me promete hojas amarillas.

Te extraño mucho, no sé qué hacer para estar más sin ti.

martes, 7 de septiembre de 2010

Puta crisis.

Ahorita ya empezó a llover. Ojalá ayer hubiera caído la mitad del agua que ahorita está mojando mi casa, la ropa, el pelo del gato, mis zapatos, mi abrigo.

Este verano que no termina... estas vacaciones que no se llamaron así. Este trabajo que no se paga, que no deja, que me desespera.

Tus palabras cuando discutimos, tus labios intentando besar mis manos en el coche. Eso, cuando dices que soy dependiente, que te da miedo que yo no pueda separarme de ti; y no sabes que yo sé, que aunque me cueste mucho trabajo, soy más fuerte de lo que te imaginas, soy más fuerte de lo que me imagino yo.

¿Y si me muero? ¿Qué va a pasar contigo si me muero? ¿Qué va a pasar con nuestro hijo si muero durante el parto? ¿Qué va a pasar con todo lo demás? ¿Huirás como han huido todos? ¿Querrás que te espere allá?

Y justo cuando se supone que las cosas no deben suceder, mi teléfono se pierde para siempre. Detrás de todo esto están dos noches sin dormir, un par de documentos que llegaron a mis manos, un pánico escénico que hizo que mi mente se pusiera en blanco, dos discusiones con mi madre porque no quise volver. El chico que trabaja como siempre. Yo, que intento volver a la soledad que ya se fue, que la extraño más que nunca, que quisiera que me acompañara como lo hizo los últimos meses.

De pronto todo se pierde. No es mi móvil, ni su cartera, ni mi coche ni la Ciudad. Es mi cabeza, es el cable que no quiere volver a tierra. Llueve, demonios ¡qué frío hace! Llego a desayunar, el chico sale a despedirse, a recibirme, a meterme a su casa otra vez. Luego lo propio de domingo, lo que no se puede evitar. Las risas, la chica que no acaba de regresar y que cree que nunca se fue.

Eje Central en contraflujo, dinero que no se ve más. Lluvia que llega, que no se va, que tampoco se siente, pero que me moja los pies. Banqueta de Eje Central, entre Tacuba y Cinco de Mayo, que huele a alcantarilla recién destapada, Cinco de Mayo que ahora resulta que está al revés, que se vuelve reversible como lo son mis medias sin liguero, como lo es mi piel cuando él dice "ya no quiero".

Y sucede. Camino de su mano y siento que ya no es su mano. Enciende un cigarro, entro al Sanborn's a buscar carteras de vinyl, de piel azul eléctrico o de rosa mexicano, de este plástico maravilloso que me hace sentir que todo es perenne, hasta la comezón que me da mi abrigo de lana gris. Entonces mi cabello se alborota, mi mechón de canas abre los ojos y estira las manos, recibe a todos.

Tengo ganas de llorar y no puedo. Tengo hambre, frío, ganas de estar con él. Tengo ganas de irme, no me quiero quedar, no quiero estar aquí, ni contigo. Como, todo es delicioso, las tortillas del comal, la harina que ya queda, que me hace babear, las quesadillas que el chico me prepara.

Y entonces lloro, comienzan a salírseme las lágrimas y a rodar por mis mejillas. Hace mucho que no me sentía tan sola, tan nada, tan así.

Intento dormir.

No puedo.

Al día siguiente todo se pone de cabeza. Todo sigue de cabeza. Confieso que me dan ganas de morirme para siempre, sin volver, sin preocuparme por ti o por cada una de tus cosas. Lloro más, el móvil se perdió y derramó mi vaso como si fuera una ligera gota que no va a caber nunca. Me pides tranquilidad, te grito por teléfono. No puedo más, ¿sabes? No puedo más.

Es la primera vez -dentro de todas estas primeras veces- que me sabes con una crisis de ansiedasd. Es la primera vez que sabes que puedo estallar, y que aún cuando no escuchaste que quería quedarme dormida por muchos meses, estás seguro de que puede ser que lo desee de verdad.

Luego otra vez suena el teléfono, me siento a comer sin ganas, me doy un baño que me hace tiritar de nuevo. Me pongo los jeans que son tus favoritos, mis botas de hule porque me da miedo mojarme los pies. El pelo se alborota por completo. Las muñecas me duelen, los dedos no se quedan quietos. Me siento mal y tengo miedo.

Duermo poco, bien pero poco. Luego vienen los seminarios que me hacen sentirme misionero. Las chicas que con su apoyo hacen que el sol salga detrás de la construcción de hierro.

Ya no me siento tan mal, pero las manos me siguen doliendo todavía para las cuatro de la tarde. Ni modo. No me dí cuenta que también me dolía la boca, y un poco el cuello. ¿Cómo voy a manejar así de regreso a casa? Pues así, como siempre, como si nada, como le haces de experta, haciendo que no pasa nada.

lunes, 23 de agosto de 2010

Día 12. Hempel, tarde lluviosa y el restaurante argentino.

Ciertamente hay días en que siento que se me fríe el cerebro. Es más, que me lo fríen sin que me de cuenta.

Con tantas cosas nuevas que ahora tengo que aprender, me cuesta trabajo creer que todavía puedo darme tiempo para otras cosas. No todo es sencillo, pero me esfuerzo para no descuidar a mis ojos verdes, y mientras leo sobre Teoría de la Historia, intento hacer un símil de la escritura de ésta y el amor que se vive en una gran Ciudad. No siempre me sale, insisto en que no es sencillo, pero sigo intentándolo.

En medio de mi cabello revuelto, el café que se enfrió y una discusión que no termina, el verano me recordó que todavía está aquí, y comenzó a llover. Los ojos verdes llegaron empapados, fueron por mi al instituto y me llevaron una flor color rosa de regalo. Mis ojos fueron los que imitaron a la lluvia, casi tan tupida como la del cielo.

Era el día doce, carajo, otra vez casi lo olvidé. Quizá no tenga tiempo de una llamada a la hora de la comida, o al revés, no tengamos tiempo de comer juntos, pero siempre la noche nos cobija, es amable, y aún cuando todas las calles están encharcadas, Hans se empaña completamente, y los frenos amenazan con derraparse, la Ciudad me ayuda.

Entonces manejo sobre Porfirio Díaz hasta Pilares, y todo derecho hasta avenida Universidad. Ahí una mesa para dos nos espera, con soda -sin tinto- y coca cola light. Una cena también nos espera desde hace muchos meses, desde que a una primera cita no la supimos esperar.

Muchas conversaciones, su trabajo, el mío. Las horas que nunca alcanzan, el tiempo que siempre nos rebasa. Sus ojos que de pronto se miran rayados, casi color café. Mis ojos que ya están húmedos, pero que quedan brillantes. El tema del amor que siempre compartimos. La noche que se prolonga hasta la mañana siguiente.

Y entonces todo esto de soltería o de es complicado comienza a darnos risa. Me entiende cuando mis ideas se parecen a las de Walt Disney, y yo lo entiendo con la practicidad de una mente masculina. La pareja perfecta, se le sale opinar a mi madre.

Lo demás es lo de menos. Lo de menos es lo que nos hace feliz.

Demonios, me estoy enamorando...


martes, 27 de julio de 2010

Primeras veces.

Pocas veces hemos hablado de lo que él siente cuando está conmigo, lo que no significa que yo no lo sepa. Tiene sus maneras de hablar, de hacerse escuchar, de hacerme sentir lo que siente, aún cuando no habla mucho de eso. Yo en cambio, que poco me falta para hablar con mi pie -lo cual me hace muy feliz-, hablo todo el tiempo, río cuando no puedo sostener más la alegría en mi pecho, y escribo hasta en las servilletas de papel. Me he ido llenando, poco a poco, de hermosas primeras veces.

No sé a ciencia cierta cómo son las primeras veces que él ha tenido, y menos aún, cómo son las que ha tenido conmigo. No lo sé, porque no me lo ha dicho, pero he intentado saberlo.

Puedo darme cuenta de los ojos que me hace cuando le pido que me preste sus zapatos, cuando sin que se dé cuenta, ya me enrosqué a un lado de su cuerpo porque tengo frío; fue maravilloso mirarlo de reojo mientras me levantaba en la mañana y me ponía sus jeans para ir a desayunar; vestirme con su ropa, por ejemplo, lo hice casi inconcientemente y a él le sorprendió y le hizo bien llegar a ese punto de complicidad.

Esas noches, caray, benditas noches de tanto calor, las mismas que me hacen tiritar cuando muero de frío, pero que poco a poco hemos ido compartiendo. No sé cuántos días, tampoco llevo la cuenta de las noches, pero cada una ha sido una maravillosa primera vez.

Mirarme cómo sonrío cuando me miro en el espejo al salir de la ducha, cómo se me enredan las cuerdas vocales cuando me despido de él; otras veces, cómo mis ojos se han llenado de lágrimas cuando sé que no lo voy a ver pronto, cuando un viaje se aproxima, o cuando sabemos que nuestras profesiones tampoco se ponen de nuestra parte.

Me siento como niña en Día de Reyes. Me siento como cuando miro el mar luego de mucho tiempo. Uno puede no acostumbrarse a muchas cosas, o al revés, decidir acostumbrarse a todo de un jalón. Yo decidí jugarle a la filósofa, para poder seguirme sorprendiendo todas las noches, todos los días, cada que sale el sol, cada que toma mi mano mientras meto las velocidades del coche, cada que recorremos la misma ruta que ya sabemos a donde nos va a llevar, que sin importar que siempre sea la misma una y otra vez, quizá el destino cambie como cambiamos nosotros conforme pasa el tiempo.

También he aprendido que las primeras veces llegarán siempre que yo quiero que lleguen. Que el chico, aún cuando no me dice con exactas palabras lo que siente, también decidió llenarse de primeras veces porque junto con eso, decidimos también ser los últimos para muchas cosas.

Así, me parece que es como una infinita primera vez, que nunca termina, que está ahí, perenne, esperando que llegue a vivirla, a llenarme de ella, como me espera la primavera cada mes de marzo, como espero a la primera lluvia de la temporada para ponerme mis botas de hule y mi gabardina azul. Siempre es una primera vez, esperándome, como el amor que decidió no olvidarse de mi, me esperó a que llegara para llenarme de él.

Luego el otoño supongo que vendrá, con sus hojitas amarillas y color café a rodar por el pavimento; con mis botas de agua vueltas al clóset hasta el año que entra, con ese abrigo enorme en donde ahora sé por qué era tan grande, ese año por primera vez lo compartiré con él.


lunes, 21 de junio de 2010

Solsticio de Verano.

Lo mejor de regresar a casa luego de cuando estoy contigo, es ver cómo mi camino de regreso se va iluminando poco a poco. Es mirar cómo las avenidas se van haciendo más anchas, más largas, más rápidas. Es elegir una ruta, la rápida o la panorámica, según la hora a la que yo salga de tu departamento o según el estado de ánimo en el que me encuentre.

Lo mejor de regresar a casa luego de pasar todo el día juntos, es venir pensando en lo mucho que me hace falta que vengas en el coche conmigo, a mi lado, con tu mano sobre mi rodilla derecha, con tu mano sobre la mía mientras meto las velocidades del coche; con tu otra mano que fuma, que me convida, que abre la ventanilla y respira el aire de la Ciudad.

Me haces falta, ¡demonios! No me dí cuenta en qué momento me acostumbré tanto a ti. Tal parece que la primavera se puso de tu parte, que echó toda la carne al asador, y que me hizo enamorarme de ti tal cual eres, tal y como tú me aceptaste a mi, "just as she is".

Ahora, el verano me avisa que sigue abrazándome mientras tomo Avenida Guerrero y giro en Paseo de la Reforma hacia Chapultepec, y entre la glorieta de La Palma y el Ángel de la Independencia, decido si debo tomar Río San Joaquín o seguir hasta la Fuente de Petróleos. Antes, me quedo pensando en las protestas sociales frente al Monumento a la Madre y la glorieta del Cuauhtémoc; me gusta ver pasar los autos a toda velocidad sobre Avenida de los Insurgentes.

Me gusta que sea de noche, que el mismo señor que vende chicles en los semáforos ya me reconozca, que la gente que se toma fotografías en el Ángel ya se crea que por ahí vamos a pasar. Me alegra deslumbrarme con el Auditorio Nacional encendido, con todos esos focos que esperan a las personas que van a salir del recinto. Me hace sentir bien mirar desde fuera al Museo de Antropología, e intentar distinguir superando mi miopía, las imágenes de las rejas del Bosque de Chapultepec.

Lo mejor de regresar a casa luego de que estoy contigo, es que esa despedida me obliga a recorrer una de mis rutas favoritas de esta obscura Ciudad, de ésta llena de semáforos, de ésta llena protestas; de mi llena de ella, falta de ti, sedienta de primavera.

sábado, 13 de marzo de 2010

El ciruelo por fin floreció.

Hace apenas un par de horas que regresé a casa. Manejé, como tantas ganas tenía, por las avenidas de la Ciudad que más feliz me hacen. Son nobles, enseñan muchas cosas. Aclaran las mentes, hacen sonreír. Hacen sentir que los semáforos en verde, son ojos que me atraen, que me incitan a seguir adelante, son el par de ojos que me provocan, son las luces en verde que me excitan.

Me encontré, con que el ciruelo rojo que compró el soltero tóxico, y que aún conservo plantado en un macetón de barro, comenzó a florecer. La maldita primavera ya no se detiene, y tal parece que durará más que un segundo, que cada semana seguirá muriéndose un verano, hasta que estos tres meses se terminen.

Si el delgado árbol de ramas largas ha logrado florecer, supongo que la que sigue soy yo, son las otras mecetas, es mi pensamiento que cada vez vuela más alto.

Siento que las alas se van a desenrollar.

Es el mar. Necesito ver el mar. Necesito ver azul; tanto verde mirándolo fijamente, me provoca vértigos, me enchina la piel.

El mar. Necesito ver el mar.

Es oficial, el invierno se está acabando. El ciruelo por fin floreció. La primavera no tarda en llegar.

domingo, 18 de octubre de 2009

Los que se pelean, se casan.

Hoy me acordé de mi amiga que es chef. Y también comprendí que la razón por la que he aplazado ese café que nos estamos tomando desde hace unos tres meses, quizá sea porque me dio la noticia de que se va a casar. Me puse feliz, de corazón que me dio felicidad. Pero ahora me doy cuenta de que a lo mejor no estoy muy consciente de que una de mis amigas -por fin- se casa.

Uno de mis sueños era ser una de las primeras chicas en avisarle a las demás, que se iba a casar. Los años fueron pasando y los planes que tenía para mi futuro amoroso no fueron como los imaginé. Yo soñaba con ser esposa antes de los 25 para disfrutar de los años de pareja solos y aún así convertirme en una joven madre. Ahora, con la avalancha de decisiones sentimentales y profesionales que han venido desde hace algunos años, a veces no estoy segura de si quiero o no casarme, si quiero o no tener hijos, y si esta inapetencia social se me va a quitar.

Mis noviazgos, aún cuando fueron largos, no formalizaron en matrimonio. Sí tuvieron finales felices, otros no tanto, pero más allá de hacer planes a futuro y en común, hasta ahora no he recibido la propuesta formal de matrimonio. Otras propuestas han figurado en mi historia, algunas muy particulares, y otras que ahora pienso debí aceptar en lugar de hacerles la lista de pros y contras antes de tomar la decisión. Pienso, por ejemplo, que la historia hubiera sido otra si no hubiera ido a la Universidad y en lugar de eso, me hubiera ido a las faldas del volcán Tacaná a cultivar café. Quizá no escribiría como ahora, pero tendría una familia mía y una pareja a mi lado. Pienso, también, que quizá debí tener un hijo con el chico que fue mi novio durante la Universidad; ahorita sería una joven madre de un pelirrojito de pelo rizado.

La diseñadora de modas piensa, contrario a lo que pienso yo, que la estabilidad no depende de los bebés que decidí o no tener; ella piensa que ahorita estaría llena de pendientes por la nueva vidita, y que encima, olería a pañales. Viéndolo así me da un poco de cosita, y creo que las cosas son como deben ser.

Otras propuestas, las que sí acepté, fueron las que se escribieron en mi historia, y que cuyo resultado se nota apenas me encuentras por la calle.

Sigo siendo la chica optimista ante las bodas, las uniones y los nacimientos. Y me sigo poniendo triste con los corazones rotos y los finales feos. Es más, alguna vez una pelea entre mi amiga chef y su novio provocó que me preocupara por ella y luego me enojé; ellos se peleaban verdaderamente fuerte y ella lloraba sin parar cuando eso sucedía. Y en contra de todos los pronósticos, este verano me avisó que se casa a mediados del próximo invierno. Gran noticia. Gran acontecimiento.

Sé que mi madre no es la persona más indicada para dar consejos, pero uno que siempre nos decía a mis hermanas y a mi, es aquel de que "los que se pelan se casan". No sé que tan cierto sea. Yo tuve muchas peleas con mis novios largos, y qué decir con mis pretendientes. Nunca me casé. La diseñadora de modas, en cambio, nunca tuvo una discusión con el soltero re tóxico que la dejó por otra, y estaban en trámites de comprar una casa y dos coches, los que el soltero este ahora vive con la nueva mujer.

Amor, amor. ¿Qué decir del amor? Es una lotería, es un albur. La chica chef se casa en enero, eso es lo que hay que celebrar. Ya veré yo cómo le hago para quedar en el café con ella. Supongo que me caerá bien ver caras optimistas de felicidad.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Tres de agosto de 2005


Pero qué basura. Me encontré en una nota de una agenda electrónica el link anterior, y de inmediato pensé que quizá sería una sorpresa del destino, una información olvidada, o algún detalle que debía recordar. La nota es sobre el año del Quijote, me parece razonable. La fecha es la que es una basura.

Fue el tres de agosto de 2005, no sé por qué yo estaba tomando sola unas cervezas suecas, Cristina estaba conmigo como siempre, el nene de vacaciones con nosotras, y la Facultad se lee prometedora en las anotaciones que hice ese día, y los días alrededor de ese.

¿Por qué guardé ese link? ¿Por qué hice anotaciones? Pues porque mi locura no era suficiente, y tenía que estar sujeta a la vida del soltero tóxico, ciega de amor, ciega de pesares, sorda de malas decisiones. Gorda por tanto tinto y tantas fiambres. Gorda por floja, por desamor a mi misma. Me la pasaba escribiendo que el mundo se iba a acabar, pero que no importaba porque él y yo eramos eternos, y bla bla bla.

Me causa un poco de repulsión que una agenda me grite a la cara la realidad, lo dependiente que fui de un chico, que para todos los males no valía la pena. Algo debió haber tenido, supongo. Lo quise muchísimo, me dolió cuando se fue. Me dolió más cuando decidí no volver. Y así fue, no volví.

Si la locura no era suficiente, ¿qué tanto es tantito? ¿Por qué no encontraba yo el equilibrio? Y hoy me siento bien, las noticias buenas no han dejado de llegar, la buena ventura me llena hasta los oídos. El tiempo me ha sabido curar.

Las personas necesitan un poco de locura. De otro modo, nunca se atreven a cortar la soga y liberarse.
Nikos Kazantzakis.

Bajo el mando de Mercurio

Yo creo y con eso basta.

Tengo la sensación de que su aroma me ha seguido todo el día, desde la noche de ayer. Y no me gusta no saber, si efectivamente es su aroma o algún perfume que está confundiendo mi nariz.

Muchos cumpleaños se festejaron en quince días, el último terminó el domingo pasado a las cuatro de la mañana. Desfilamos por el Mama Rumba en la colonia Roma, mi casa, el departamento de la chica, Zydeco de la Condesa, el insoportablemente kitsch barecito de la colonia Juárez, y cerramos con broche de oro en My Coffee Cup en Satélite. Esta vez sí tuvimos necesidad de circular del sur de la Ciudad, hasta Satélite.

En Mama Rumba las cosas sucedieron sin mayor novedad, salvo que un pisotón en la pista de baile me ocasionó un grave moretón en el pie izquierdo, lo que causará que se me caiga la uña del dedo gordo, sans commentaires. Llegamos re bien por Thiers hasta que se hizo Sevilla, y atravesando Insurgentes dimos vuelta a la derecha. Yo bailé toda la noche con un antropólogo con cara de oficinista, de pelo chino como el mío, y largo como el de la otra chica. Bailaba bien, no me puedo quejar, y la lluvia de las tres de la mañana nos intentó hacer pesado el resto de la noche.

Mis salones color piel quedaron color cemento. Cómo es divino que un par de zapatos me de tanta magia.

Las chicas se quedaron a dormir conmigo. Al día siguiente fuimos por barbacoa, y el día y la noche trascurrieron sin novedad pero con mucho ambiente, alrededor de la mesa de mi comedor. Bastaron unos tequilas derechos, como se deben tomar, y dos sixes de cerveza para convertir la comida en toda una fiesta. Y aprovechando que cumplí años, que la chica cumplía dos días después, que la otra cumplía el día 3 y así, seguimos brindando, y seguimos bailando.

Esa noche las sandalias altas de piel de pitón me sacaron una ampolla en diagonal, larga como de cuatro centímetros, justo en donde una tira de piel rozaba con el empeine de mi pie derecho. Sólo eso faltaba, porque ya el otro pie traía un enorme cardenal.

No he sido muy asidua a creer lo que los pronósticos del zodiaco nos deparan a cada uno de nosotros, sin embargo, de un tiempo a esta parte he comenzado a creer que los que nacimos bajo el mando de Mercurio tenemos un aire peculiar y también tenemos una manera particular de relacionarnos. Como un regalo del destino, desde hace un año he conocido a muchas personas que cumplen años en fechas muy cercanas a la mía, y he podido hacer una observación de la personalidad de quienes nacimos bajo este signo zodiacal.

El sábado en la noche, en el bar de la Condesa, conocí a Mateo. Tengo la sensación de que su aroma me ha acompañado todos estos días, todas estas horas. Ha sido una situación peculiar, porque a pesar de que tuvimos una química formidable desde que nos sentamos juntos en el mismo sofá, las famosas mariposas no han aparecido por mi panza, las chapitas no han iluminado mi cara, y los piropos no me hormiguean las manos. Ha sido distinto. Me he sentido bien, sin el arrebato pasional que hace que necesitemos estar con alguien.

Cada pareja de hermanos en su respectivo auto, volvimos por la ruta que escogió su hermano mientras llovía como llovió el sábado anterior; dimos un par de vueltas que mi hermana y yo hubiéramos evitado, pero resultó bien. De coche a coche persiguiéndonos y cantando a viva voz, ellos con canciones de amor y nosotras con Elvis Presley.

Al llegar al siguiente bar, donde acabaríamos la noche, nos cedieron el lugar de estacionamiento y ellos se fueron a buscar uno que quedó un tanto retirado. Nosotras nos alistamos y al bajarnos del coche, Mateo ya estaba esperándome junto a la portezuela de mi lado. Tan alto, con esa chamarra de cuero que me hizo sonreír, me ofreció el brazo y lo tomé, enfundado en mi abrigo de doble botonadura, y mi mano con mis guantes de piel bicolor. Caminamos hacia el lugar, y una vez más los tacones de 12 centímetros de mis botines negros me hicieron una buena jugada, me hicieron llegarle, por lo menos, unos centímetros arriba del hombro.

Ayer, que lo volví a ver y oficialmente tuvimos una cita, mis botas largas estilo cordobés delataron mi verdadera estatura. No está tan mal medir 1.60, me dijo. Te sienta bien porque tú mides casi 1.90, le contesté. Cuando me abraza el aroma se mezcla, las ramas de los árboles con todo y hojas dejan de moverse, mis 59 kilos y mi melena de leoncita entonan alegres, en la misma estampa que él.

El chico nació el 24 de agosto, algunos años antes que yo. No había conocido a un chico virgo tan agradable, tan elocuente como él. La cita de casi siete horas, pareció que duró sólo dos. El verano me regaló una de las mejores lluvias que han caído sobre mi pelo, del brazo suyo, enfundado en su chamarra de cuero y el mío en el abrigo de doble botonadura color negro.

Viene el fútbol, la Cineteca, el partido de rugby, la peli que queremos ver en el cine, la cita de la mañana del próximo sábado, los trámites que tengo que hacer yo. Las clases de francés, el entranamiento para la maratón, los viajes al Caribe, los cafés de prensa francesa. Vienen todas estas cosas que tenemos en común, que todavía no sé si tendrán parte, pero planearlas resulta divertido y prometedor y buena vibra.

Buena vibra que me tranquiliza, que me pone muy bien.

¿El destino se estará acordando de mi? ¿Habrá sabido que iríamos al mismo bar, acompañados de nuestros hermanos, a la misma hora, a ver el mismo partido de fútbol, que nosotros no queríamos ver pero nuestros hermanos sí? ¿Es aquí cuando se empieza a creer?


(Just remember please: fuck what others think, and do your own thing).

sábado, 29 de agosto de 2009

Como el ave fénix

Hoy es mi cumpleaños número 26. Nací un 29 de agosto de 1983, a las 13 horas, en la Ciudad de México. Hoy, 26 años después, sigo viviendo en la zona metropolitana de la Ciudad de México. Lucho todos los días para convertirme en una historiadora de tiempo completo, y en lo que a mi respecta, también intento vivir en un mundo mejor. Estoy enamorada del amor aunque aún no se quede conmigo el amor de una pareja, pero en estos 26 años he vivido el amor de cerca de muchas maneras.

El 2009 cuando inició fue muy duro conmigo, ya que inició el segundo semestre del año parace que le ha bajado un poco. Muchas veces no sé de donde he sacado fuerza para superar los baches, que también se ensañaron conmigo hace algunos años. Sólo sé que soy resultado de las cosas no tan buenas, y de las excelentes que he tenido en la vida. Y con esa idea de bandera, me he preparado para hacerle de ave fénix y continuar el vuelo.

¿Karma? ¿Buena voluntad? ¿Buenos deseos? No sé cómo se le puede llamar, pero lo bueno que hacemos se nos regresa. Hace algunos cumpleaños, el presidente de la Nueva República de Babel escribió sobre mi que si en el diccionario hubiera un significado para mi nombre, ese sería constancia. Constancia y amistad, también lo dijo María. Amor, mucho amor diría yo. Entusiasmo, fuerza, optimismo. Como quiera que sea, habrá letras para rato.

De alguna u otra manera, todos hemos muerto o nos hemos ido, o hemos cambiado, o nuestras propias evoluciones nos han hecho mirarnos de otra forma. Por eso escogí los nombres que más me gustan, las cosas que más disfruto, las personas que me hacen bien. Mi nombre ha cambiado un par de veces, y también he renacido desde mis cenizas. (Del darkside, platico aparte).

Esta vez, las cenizas duraron un poco más de seis meses. Le hice de secretaria en un consultorio dermatológico y de analista de radio y televisión. Vaya que el camaleón a veces me queda corto. Lo perdí todo, y después, poco a poco, volví a sentir las manos llenas. Por algo quise ser mariposa, por algo me gustan las metamofosis. Vuelvo al escritorio de investigadora, vuelvo a hacerle de analista de radio de los años treinta, vuelvo al lugar que más me gusta visitar, a lo que más me gusta hacer. Los ciclos se cierran, pero hoy comienza un nuevo año para mi.

¿Y el amor? Aquí está, dentro de mi pecho, saliendo a cuenta gotas cada que mis dedos deletrean las palabras que se criban de mi cabeza. Ah, el otro amor... pues "las mejores cosas de la vida llegan para quien sabe esperar".

Y felicidades a mi madre, que hace 26 veranos me trajo acá.

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miércoles, 26 de agosto de 2009

¿Por qué el corazón no avanza?

Esta necesidad hace que no pueda dormir, hace que sienta el frío más frío, que me duelan los pies y se me reseque la garganta. Nada de esto pasaría si mi cama no estuviera tan grande, si el gato no fuera gato, si en mi casa hubiera más gente, si tú ya te hubieras dado una vuelta por acá. Esta necesidad es ansiedad. Nada de esto pasaría si el chico no tuviera novia, si el que comparte su nombre quisiera estar conmigo, si la chica no me hubiera dado una puñalada por la espalda, si la doctora no me hubiera exigido tanto.

La reunión fue muy peculiar, fuimos la diseñadora de modas, San Román, mi tocayo y yo. Magníficamente la conversación nos llevó hasta la una de la mañana. Todos teníamos que trabajar al día siguiente. Todos queríamos estar así, como siempre. Hay cartas que me fastidian, correspondencia que no debería recibir más, pero las cosas siguen como siempre, todo avanza, todo se mueve sobre mi.

De lejos vi el coche deportivo color rojo del soltero tóxico, luego lo vi subir a él. En otro tiempo, hubiera cogido el móvil frenéticamente, y le hubiera dicho que me esperara allí, que me salvara unos minutos de todo esto. ¿Salvarme? Es obvio que un año ya pasó, que las cosas han seguido avanzado, y que ya no es necesario que vengan a salvarme, ni él ni ningún otro soltero tóxico.

¿Cómo decirle a alguien que no se vaya, si no está acá? El papeleo va mejor que nunca, yo he dormido mejor, como casi como debo de comer, el pelo me está creciendo, tenemos planes para salir a bailar mañana, reuniones programadas, gente que viene para pasarlo conmigo. Con María todo es como antes, el switch se le ha puesto en su lugar. Los nenes me dicen que me quieren, el gato no deja de ronronear. Los días siguen su curso, como todo, como siempre.

¿Por qué el corazón no avanza? ¿Por qué por más que me esfuerzo todo se queda así? ¿Por qué me preocupan las cosas que no deben preocuparme? La incertidumbre se enamoró de la ansiedad (felicidades para ellas), y tomadas de la mano están planeando hospedarse en mi cabeza, en las plantas de mis pies, y en el hueco que están construyendo en el centro de mi pecho.

Todo esto va a terminar, no hay plazo que no se cumpla, pero mientras tengo que dejar de pensar tantas veces las cosas que vienen en camino. Desde hace mucho tiempo que no me daban ganas de llorar, en el café que tomé con Mafka ya no pude contener las lágrimas, y después me arrepiento porque siento que le aguo la fiesta; intento mantenerme en pie, como siempre, pero me hace falta que llueva aún cuando las gotas que caen de madrugada me hacen dejar de dormir.

Necesito que deje de ser verano. Necesito darte un beso. Necesito que mi cumpleaños traiga nuevos momentos, frescas sonrisas, buenas noticias. Necesito que me abraces por la cintura y me beses a escondidas, de todos, de nadie, de las llamadas de tu móvil. ¿Y si quedamos para comer? ¿Y si te llamo y no me contestas más? ¿Y si en la oficina se dieron cuenta de que quería bailar contigo? ¿Y si tienes tantas dudas, como yo?

jueves, 20 de agosto de 2009

De amor, con lluvia y tengo frío

Otra noche que empieza a llover con ganas, como no lo ha hecho en todo el verano. Otra noche que me vendrá el insomnio y un poquito de ansiedad, de falta de apetito, de sed y de pies fríos. No sé que tiene la lluvia conmigo. Los mosquitos se alborotan, tengo que poner el insecticida baygón eléctrico, el olor de éste me hace estornudar, se me revuelve la garganta si prendo un cigarro, y sigo teniendo fríos los pies aún cuando ya no están desnudos.

El tiempo pasa, nos vamos poniendo technos. El tiempo pasa, nos vamos poniendo menos. El tiempo pasa. El tiempo me pasa. Tuve mucho miedo de que me atropellara, él o cualquier otro.

Si el chico quiere verme, ¿por qué no darle la oportunidad de conocerme? "Me sigue dando miedo", respondí; "entonces ve dejando el caparazón poco a poco, te sientes lista, te mereces no vivir con la duda de qué hubiera pasado si..." Ahí está: la invitación a la primera cita. Qué más dá si no es como la imaginaba o si el chico no es el príncipe azul cuyos ojos brillan en mis sueños. La primera cita ahí está, como los plazos que no dejan de cumplirse, la mayor parte de las veces no sé desde donde salió.

Me gustaba ver llover a través de su ventana, y algunas veces cuando se iba la luz, sentir las gotas que caían entre las enredaderas de las paredes me hacían sentir bien. Podía dormir, a pesar de que llovía podía dormir. Ahora con tantas cosas en la cabeza, el ruido de la lluvia hace que no deje de pensar en ellas.

Y ahí está, la llamada de invitación, el tímido correo electrónico, el mensaje en el correo de voz. Qué más dá si la cita no sucede, la invitación ya llegó. Cuando es el momento de que tenga parte, la primera cita se hace lugar, aún cuando no esperaba que llegara en este tiempo. Entonces más vale que no me eche para atrás, que los encantos no duran para siempre, pero el recuerdo de que me hicieron sonreír sí se quedará ahí.

Quiero que la lluvia deje de hacer ruido, quiero que el frío me motive como lo hacía antes, quiero que la lluvia se vuelva susurro o que me cante otra vez la canción que me hacía dormir.

viernes, 14 de agosto de 2009

Lista para el amor

Hoy lo vi, y espero que no sea la última vez. Ahora, aún con que me pongo muy nerviosa porque el corazón me late a mil por hora cuando lo veo, los trámites que tenía que terminar me impidieron continuar la conversación que el chico inició conmigo.

Creo que era de esperarse, que al momento de saber que ya no trabajaría ahí, las cosas cambiarían; pero es una contradicción, porque si el hecho de que ya no seríamos compañeros de oficina, tiende una posibilidad para conocerlo, ¿cómo entonces se supone que sucederá si no lo veré más? Pude platicar de él, por fin pude contar que unos ojos vestidos con camisa azul de rayitas, me quitaban el aliento de lunes a viernes, a las 15:45 justo cuando iba a comer.

Hace mucho que no salgo con alguien, confesé, y a veces no siento todo el tiempo que va pasando en mi Ciudad, en mi corazón, en mi cuerpo. La memoria no es que me falle, sino que a veces no tengo manera de refrescarla como yo quisiera. Quizá entonces no sea tanto tiempo, sino que en mi antiguo contexto, eso no era común que sucediera.

Y todo es muy parecido a una cotidiana ironía, a una ley de murphy, contrario a lo que sucede en mis sueños. Todas las veces que he compartido con él, en ellos, sucede lo que tiene que suceder. Y mis ganas son inusuales, porque se limitan a la compañía masculina, a un mano que abraza la mía.

Hace unos días, la última vez que soñé con él, hubo un elevador, un departamento, mucha gente que nos miraba y un coche negro. Había más coches en movimiento, calles, un estacionamiento; y el chico vestía una camisa sin corbata con ese saco color verde que tanto me gusta en él. Estos sueños son justo como lo que veían mis ojos a través del cristal de su oficina, desde la mía, intentando alcanzar a los suyos, a sus pies, a su pelo negro peinado hacia atrás.

¿Cuántos años tendrá? ¿Cuál será su nombre completo? No es posible que si hoy tuve una pequeña charla con él, no pensé en aprovecharla para preguntarle lo básico, ¿cómo te llamas? ¿Es cierto que vives por el norte, como yo? Las respuestas a si sabe bailar y si le gusta el cine, vendrían después.

Ahorita, que me preparo para dormir y recuerdo que todo el día estuve contenta y alegre, caigo en la cuenta de que quizá las cosas con el chico se queden tal como están y simplemente haya sido que hoy también desperté sintiéndome como si estuviera enamorada. Aún cuando hay muchos lugares que no tengo con quien caminarlos de la mano, exposiciones que veré sola, palabras que no escucharán, letritas que no leerán, me doy cuenta que yo soy el motivo para sentirme enamorada.

Hace calor, y la caprichosa lluvia de verano me recibe mientras camino Paseo de la Reforma, por el momento no necesito nada más.

sábado, 1 de agosto de 2009

Nunca es la última oportunidad

Veintinueve días y me llegará un año más. Trescientos sesenta y cinco que pasaron, y hoy cumplo un año por acá.

¿Qué puedo decir? Afortunadamente todo lo he podido escribir, lo he seguido deseando y poco a poco se me está haciendo realidad.

Hay cosas que no deben cambiar, y quizá por eso no lo hacen. Yo, en cambio, continúo haciéndole de camaleón, probando nuevos sabores, conociendo nuevas personas. El ranking de solteros tóxicos algunas veces se modifica, uno que otro ha salido de allí, otros han entrado inmediatamente; las personas no cambian, aunque debo admitir que quizá la diferencia esté en la relevancia que le he dado a cada uno de ellos.

Mi Ciudad es la de siempre, pero ya no es la misma. Por mis meros rumbos han hecho aparecer pasos a desnivel, segundos pisos, mucho asfalto, enormes pilares de concreto; nuevos centros comerciales, rutas de transporte público. Todo pasa tan rápido, que me cuesta trabajo recordar qué había antes en esos lugares o como eran ciertas personas.

¿El tiempo? A veces me vuelve loca. Y no sólo porque llueve cuando no avisa, y me sofoca de calor cuando calzo mis botas cafés; también me pone mal que todo sea para ayer, que las noticias se deben dar en menos de cuatro minutos, que la gente no tenga en cuenta lo que hay detrás de cada palabra que mis dedos deletrean.

El tiempo, mi tiempo, la presión, la depresión que ya se fue. El amor que no llega. El amor que en el transcurso de este año no me abandonó, que se abrazó a mi columna vertebral sin avisarme; y que día tras día, le gritó a la gente a mi alrededor que sólo me tengo a mi misma.

El amor de las chicas que regresó, el amor a mi profesión, el amor a mis nuevos trabajos, el amor a mis compañías perennes; el amor que le tengo a mi regreso a los orígenes, de donde soy, de donde tenía que irme para poder volver.

A la cima no se llega sola, pero ya dejó de presionarme el tiempo y el amor que a veces no aprende a ser para siempre. Abrazada a la meta que me puse hace tres años, así me voy a quedar durante los próximos tres meses. No en vano me han dicho que soy ejemplo de constancia y amistad.

Seguir acá después de un año de haber comenzado esta columna en medio de una terrible depresión, es confirmarme a mi misma que aún cuando la presión y la tristeza, la muerte y mis lágrimas, los malditos domingos y las reconciliaciones, el estrés y la crisis, la desilusión y los corazones rotos, estuvieron rondándome queriendo quedarse para siempre, nunca perdí el ánimo ni el optimismo para darme otra oportunidad.

Comenzar de cero cuesta mucho trabajo, pero es posible. Sólo hasta estos días me he comenzado a dar cuenta, que quizá comienzo a estar completamente estable para darle una oportunidad más al amor de verdad. Reafirmo lo que he venido escribiendo, de que al encontrarme a mi misma -aún cuando he tenido las manos más vacías que nunca-, pude proyectar una luz fabulosa, que me ha abierto muchas puertas y poquito a poquito atrae a mi vida las cosas que he deseado con muchas fuerzas.

El amor es lo que sigue, nunca es la última oportunidad.

Feliz semana. Feliz domingo.
Arriba el amor, abajo los solteros tóxicos.
Arriba el amor, arriba los cambios venideros, arriba los aniversarios.
Arriba que el ciclo terminó, abajo que quizá no te vuelva a ver.
Arriba yo, abajo tu (hoy soñé que se me hacía realidad y por fin podíamos compartirlo).

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lunes, 27 de julio de 2009

En mis ojos el mar

Llegué a Acapulco a las dos de la mañana. La casa está tan cerca de la terminal, que para las 2:45 ya estaba a punto de dormir.

No hice muchas cosas, y tampoco pude descansar. Los mensajes frenéticos de San Román me obligaron a hacerlo. Dejé todas las cosas en la casa, e intenté olvidarme de todo lo que dejé en la Ciudad.

Fueron cuatro noches fuera de casa, dos en autobús, dos en cama individual. No hubo resaca, una margarita no la puede provocar. Me bronceé sólo lo necesario, y mi piel lo recibió como si me hubiera sacado la lotería. Me va bien, el sol y la brisa del mar me ponen bien. Mi pelo se rebeló un poco, y como fueron pocos días, no hubo oportunidad para que mis pies se hincharan como globos.

Antes Acapulco servía para enfiestarme de lo lindo, para no dormir, para estar literalmente en el agua mientras estuviera despierta. Esta vez, Acapulco sirvió para reflexionar, para meditar sobre la libertad que trae consigo la soledad, y la soledad que de repente sale a flote cuando sobra la libertad.

No puedo seguir así, hacía mucho que veía a la gente realmente preocupada por mi, eso me preocupa; San Román fue muy tajante en que debía relajarme "por el amor de Dios", y de plano mi hermana no me despertó más para ir a la playa, por lo que después de muchos meses pude dormir de día.

No hubo necesidad de llanto, ni de ansiedad, esta vez pude describir mis angustias y descontentos con la simple palabra. A pesar de que fueron pocos días, pocas horas, mucho autobús y muchos taxis, me doy cuenta de que puedo hacer que no me interese tanto el tiempo -que siempre me apremia-.

Por fin pude ver el mar, por fin me bañé en él como una loca.

El lunes, a las cinco de la mañana, de vuelta a la realidad, el golpe que me di con la tabla de surf me mostró una mancha morada en mi tobillo derecho. La oficina como si nada, sólo parece que las cosas cambian, más bien la que ha decidido que los ciclos deben terminar soy yo.

Y en esta cansada y larga metamorfosis, ya nada me podrá detener.

miércoles, 24 de junio de 2009

Cada semana muere un verano

Corre a escuchar "Números rojos".

Junio está por terminar, y yo casi no me di cuenta cómo fue que los días pasaron tan rápido. Es como cuando por las mañanas, me visto tan rápido que no recuerdo en qué momento que puse la ropa interior o los tacones, antes de salir corriendo de casa.

Todos tenemos prisa, a veces me olvido de vivir o de escribir, y eso es lo que más triste me pone. No he tenido tiempo de ver a algunas personas que extraño, que me han buscado y que me ponen bien. Extraño a mi hermana Cristina, la extraño mucho, y a veces los instantes van tan rápido que ni recuerdo cuándo fue la última vez que hablé con ella.

Las noticias llenan mis ocho horas al día, cada día escribo más rapido y es oficial: ahora sí escribo por encargo. Mi anterior jefa me llamó ayer, y digo mi anterior jefa, pero sigue siendo mi jefa. Me hizo reír, me hizo feliz que se acordara de mi. Se supone que las palabras rosas son las que ya deberían estar perfectamente ordenadas en 30 cuartillas... se supone, se supone.

Y mientras, mi programa de los domingos me gritó en los oídos -olvidó cómo susurrar-, que en mi agenda no figura el último orgasmo que tuve. Ya no me acuerdo. Las cosas se han acomodado de manera tal, que aún cuando me desespero por no tener compañía masculina, no me hace falta del todo. Me siento bien, pero entonces escucho el bolero de Ravel y recuerdo que -aún cuando pretenda olvidarlo- muero de ganas de hacer el amor escuchando el bolero de Ravel.

Qué maravilla... y todavía no lo he vivido. Todavía no me puedo morir, así que borraré ese punto de mi lista. Prioridad cero: hacer el amor con el bolero de Ravel, y mientras lo escucho también.

Ya llegó el verano. Me baño de lluvia de recuerdos, en mi Ciudad, de enormes edificios mirándome desde arriba. Este año no tengo por qué huir a refugiarme al Caribe, ni tengo por qué emborracharme, ni por qué llorar o celebrar. Creo que me estoy haciendo lenta o aburrida. La cosa es que, por lo menos, no tengo motivo para volver a caerme, como hace un año.

El día de San Juan Bautista no me hará llorar, quiero fumar, y quiero que ya se muera el verano de esta semana.

Mientras, esperaré el orgasmo, al chico, a mis Marlboro lights, mi ensalada verde, el beso de amor, la llamada de mi hermanita, el calor de mi gato. En ese orden, o en el que sea. Esperaré al empleo que me permita dejar de dar noticias, dejar de escribir por encargo, y dormir todas las noches en la misma cama que la Historia. ¿Qué pasaría si dejara en algún momento de desear, creer, esperar o de aspirar a?

Quizá sería un poquito más feliz, o menos, o dormiría menos mal. Quiero fumar, no es posible que no pueda estar quieta sin un cigarro. Tengo sed. No tengo sueño. Me quiero dormir.

Ya no me da miedo que me salga un cuerno bajo el corazón, pero desde ayer estoy pensando que no me di cuenta en qué momento se apagó mi fuego interno. Mi fuego interno, mi llamita, mis ganas de comer. Por lo menos todavía quiero ese orgasmo.

Quiero al bolero de Ravel.