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miércoles, 16 de octubre de 2013

Actualidad es cuando el faro está oscuro entre los destellos; es el instante entre el tic y el tac del reloj; es un intervalo vacío que se desliza para siempre en el tiempo; la ruptura entre pasado y futuro; la interrupción en los polos de un campo magnético giratorio, infinitesimalmente pequeño pero en suma real. Es la pausa, entre el tic y el tac, cuando nada sucede. Es el vacío entre conocimientos.
George Kubler, La configuración del tiempo.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Circuito Interior, Flores Magón y el coche azul.

En esta deslumbrante y soleada ciudad, llena de gente, llena de coches, llena de obras viales que no nos consta que vayan a funcionar, pocas veces se encuentran gestos de gentileza; o peor aún, pocas veces se encuentran cuando en medio de un congestionamiento terrible, los cláxons suenan al mismo tiempo, peleando por ganar cinco centímetros más de espacio.

Salí de casa de los ojos verdes en la mañana, era jueves, y como siempre, se me estaba haciendo tarde para llegar al primer seminario del día. Tomé Flores Magón rumbo a Eje 2 Norte Eulalia Guzmán, y por fin di vuelta a la izquierda en el Circuito Interior.

Ahí uno hace malabares, y un poco de magia, para poder incorporarse a carriles centrales, pero esta mañana, de marchas de protesta, de ipod cantando en mi oído izquierdo, de llamadas por el móvil que a veces ya no puedo responder, todo comenzó a complicarse un poquito más. De hecho es una vueltota la que se tiene que dar, para entroncar nuevamente en Flores Magón, la misma avenida de la que salí en la mañana, pero donde inicia, en sentido opuesto.

Así que justo cuando en la lateral del Circuito me estaba peleando mis cinco centímetros para no obstruir un paso de autos, cuando el semáforo se puso en rojo en el entronque (¡por fin!) con Flores Magón, los autos comenzaron a esquivarme con todo y refrescadas de madre y lo que ustedes se puedan imaginar, una mujer que manejaba un Jetta color azul marino, con placas del Distrito Federal 369MJS, se hizo para atrás, y con sus luces altas me hizo señas para que la siguiera en reversa, todo por ganar unos cuantos centímetros.

La mujer, insistentemente avanzó en reversa lo más que pudo, para que yo en mi Hans protector la siguiera, hasta dejar libre el paso. Me hizo la seña de pulgar hacia arriba. Dejé libre el paso el resto del tiempo en que el semáforo estuvo en rojo. Después, cuando fue nuestro turno de avanzar, ella, más hábil que yo, se adelantó entre los autos y la perdí de vista.

En la siguiente entrada a carriles centrales, como pude me metí. Les sonreí, chiflé y les aplaudí a las sobrecargos de Mexicana de Aviación que hacían protesta en los puentes peatonales. Los ojos verdes me llamaron por teléfono un par de veces más. Seguí el camino por Circuito Interior.

Luego de Calle 10 todo se mejora. La circulación va como siempre debe ir, fluida y constante. Metí cuarta como si Hans fuera un auto de carreras. Me quité el ipod. Sonreí. Llegué al seminario en punto, justo cuando el ponente comenzaba a charlar.

Más tarde, cuando todo el morning rush había pasado, me acordé de la mujer del coche azul. Y yo, siempre tan solidaria con mi género, pero pocas veces correspondida por mi mismo género, me puse feliz de acordarme que una chica en un coche azul, me ayudó en medio del pinche tránsito de esta histérica ciudad.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Llegó el correo

Hoy fue día de correo. Salí a toda prisa de casa, y pisé un sobre que llevaba mi nombre escrito, lo recogí, lo eché al bolso y corrí. Corrí a sacar el coche, a encenderlo y a arrancarlo sin calentarlo, mi padre me esperaba, se me hacía tarde, no recordaba si me había puesto la ropa interior o los zapatos en lugar de las sandalias. Iba de prisa, iba a intentar tener un desayuno decente, aunque eso no siempre puede ser posible.

En el café hablamos sobre las radiografías, sobre los diagnósticos adelantados que pueden tener resultados fatales; sobre la presión arterial, sobre las recetas de los médicos que se dan sin escrúpulos, sobre las citas con los especialistas que tendré esta semana, sobre los análisis clínicos. Hablamos también sobre los análisis clínicos que debieron hacerle al chico si es que a cirugía lo querían meter, sobre la falta de ética en los médicos jóvenes, sobre que sin saber, él sabe más que todos los que conozco.

Manejé, otra vez, cerca de 30 minutos. Y llegué, a hacer lo que tenía muchas ganas de hacer, a encontrarme con él a través del teléfono, a través de los correos electrónicos que me hacen enloquecer, con estas tremendas ganas que tengo de pasarle la lengua por detrás del cuello y de morderle la piel que no sé por qué me gusta tanto cómo huele. Llegué a escuchar preguntas que no pensé que me haría tan pronto, ¿qué va a pasar cuando tu gato esté con nosotros? ¿O qué va a pasar cuando yo esté allá contigo, tu gato me va a querer? No lo sé, le dije, supongo que te olerá y que también le caerás bien. Si me gusta como hueles, supongo que a él también. Intentará meterse a tu mochila, luego se echará en nuestros pies. Quizá duerma sobre tu chamarra, y yo intentaré cubrirme con la piel que no es precisamente de mi chamarra.

El día comenzó a transcurrir. La gente comenzó a llegar, a desfilar, a intentar permanecer aún cuando saben que son efímeros.

Abrí el bolso, pasaba ya del mediodía. Había hecho muchas llamadas, tenía la boca seca, me dolía la pierna derecha, seguía un poco mareada, y dilucidé entre tomarme un analgésico o beberme una coca cola light. Saqué del bolso los pendientes, los míos, no los que intento resolver. Saqué el sobre que pisé en la mañana, en la puerta de la casa.

El sobre venía de la Florida, era de Cristina. Abrí el sobre con todo cuidado, como quien desenvuelve un regalo de navidad. Y ahí estaba, mi hermana vuelta papel, vuelta recortes de revistas de moda, con consejos, con atrevimientos sobre mi nuevo look, con una carta de amor hermosa, de las mejores que me han escrito en toda mi vida, y la mejor de los últimos cinco años.

Me acordé de los recados que nos dejábamos sobre el tocador, sobre los alhajeros que compartíamos, que eran de cristal. Me acordé de los recaditos que nos escribíamos en las manteletas de papel, de los restaurantes vegetarianos que tanto nos gustaba frecuentar. Ahí estaba, mi hermana envuelta en un sobre de papel.

Lloré, ¿qué te puedo decir si lloré, si ahora resulta que soy más sensible que antes? Me hormigueó el brazo izquierdo, volví a leer, intenté leer los post-its pegados en los recortes, ver a las chicas estilosas que me envió, pero no pude más. Lloré de felicidad porque hay alguien en este mundo que me ama, que se acuerda de mi, y que intenta hacerme sonreír a larga distancia.

Me puse completamente feliz de recibir una carta suya. Es fantástico cuando tienes con quien escribirte, de timbre pegado con saliva en la esquina superior derecha, con remitentes desconocidos en el reverso de los sobres. Es magnífico saber que hay quien te va a leer, kilómetros más adelante o más atrás, tiempo adelante o tiempo atrasado.

Mi hermana me ama, me manda material para que me distraiga, para que siga haciendo collages de moda que tanto nos gustaba hacer.

La sangre es cabrona. La sangre llama. Hilo de sangre que se enreda, que sigue la madeja hasta hacerse interminable.

Y a pesar de que el chico se volvió a hacer presente a través de mi móvil, mientras fue la hora de la comida, y un poco más tarde, cuando intentaba lavarme los dientes, este incansable deseo de tomarlo a besos no se termina más. Si fuera posible, lo besaría todo el día, estaría con él hasta que por fin el tiempo se detuviera.

Tal parece que Cristina lo sabe, que mi sister morfina siente lo que siento ahora.

¡Cómo la extraño! Demonios.

Ojalá pudiéramos volver a hacer recortes juntas, a leer lo que nos gustaba leer, a ir al cine juntas. Ojalá pudiera conocer al chico que me llama a las dos de la mañana, a las once de la noche, a las nueve al despertar. Ojalá pudiera platicar con él, para que supiera ella decirme por qué me gusta cómo huele, cómo habla, cómo mueve las manos cuando intenta explicarme algo que a veces no entiendo, que no sé cómo es.

Mi hermana me daría un mapa, me haría escribir un guión de lo que sigue, de lo que desea mi corazón. Debería intentarlo yo, en lo que vuelvo a reunirme con ella. Y mientras, a insistir con esta lengua detrás de sus orejas, bajando por el cuello, lamiéndole la espalda y mordiéndole la cintura.

¡Caray! La Ciudad es tan grande, el amor tan pequeño, y el tiempo nunca alcanza.

Las ganas son ganas, y con todo y eso, ya me voy a dormir. Tengo mucho que escribir, pero debo aprovechar que el insomnio comienza a olvidarse de que puede venir a hacerme suya, porque mi mente ahora piensa en quien de verdad desea que esté con él.

Llegó el correo. Fui feliz. Ya no puedo con tantos besos a través del móvil, mañana se lo diré al chico, cuando me llame mientras manejo camino a la oficina.

martes, 2 de marzo de 2010

La mirada desde la República de Babel

Más que agradecida, estoy encida de orgullo y de alegría, por las letras de un gran amigo, que se hace llamar Presidente de esta Nueva República de la que formo parte del Consejo de Gobierno.

Mucho he querido escribir sobre él, pero siempre se me olvida, y termino vomitándoselo todo en un corriente correo electrónico, en el que siempre termino con la misma frase: "tus palabras son como un oasis en el desierto de mis angustias y preocupaciones".

En diversas ocasiones se ha inspirado en mi para algunos de sus escritos. La mayor parte de las ocasiones, me dedica en manuscrita, casi todos sus poemas publicados.

¿Qué más le puedo pedir a la vida? Que me siga dando muchos buenos momentos de su compañía, de sus consejos, de la magnífica convivencia que tuvimos en el Programa de Investigación de la Facultad. A veces lo extraño tanto... que siento que va a venir a hacerme reír con sus pseudónimos de los lugares, de las oficinas, de las personas que nos rodean que no saben que están allí.

Lean pues, la magnífica relatoría que hizo del día que recién compartimos. Hace un par de semanas un chico me dijo que la noche en la que fuimos cómplices -que nos esforzamos para que siguiera siendo "ayer noche" al día siguiente por la mañana- era por mucho la mejor del año, y tuvo razón, y concordé con él. Sin embargo, son contextos diferentes, como los que me gusta manejar, y los que disfruto sobremanera vivir. El domingo anterior fue por mucho, el mejor de los últimos años. Las noches, se cuentan aparte. Gracias a ambos, por los elogios que hicieron de mi compañía.

Minería era una fiesta, dice el Presidente. Para mí fue una verbena, una bellísima romería. Hacía mucho que no se referían a mi, como "mi bellísima acompañante". Es un honor, y un gran piropo. Muchísimas gracias.

En Cuernavaca.

Los planes que mejor salen, son los que no se planean. San Román y yo habíamos planeado un viaje por más de tres años, y no se había dado la oportunidad; pero la semana pasada, sin pensarlo más, me dijo "¿cuando me vas a cocinar? ¿Cuando voy a probar esas cosas tan ricas que preparas?" Y yo, pidiéndole que no exagerara, le respondí que sin ningún pretexto, ni celebración en puerta, podíamos organizar una comida en donde el menú lo escogiera él solito. De inmediato dijo que enchiladas verdes, y que me invitaba en ese momento, a su casa de Cuernavaca.

"Ok, pero son casi la una de la mañana, ya estaba dormida, no fui al bar con los chicos de mi trabajo porque moría de sueño", le respondí, así que luego de una corta negociación, quedó de pasar por mi al día siguiente, en punto de las ocho de la mañana.

Todo fue una calamidad, como suele suceder cuando se sale conmigo, o cuando se sale con un par de distraídos como San Román y Yo. Que si el tanque de la gasolina, que si las casetas, que si nos faltó la factura, que si me iba a quedar dormida y lo iba a dejar hablando solo mientras manejaba, que si la calcomanía de la tarjeta IAVE no estaba bien pegada; que si estábamos seguros siquiera, de tener la maldita tarjeta contratada.

En fin, ¿qué te digo? Que fue una salida fabulosa, una carretera despejada luego de las arterias atascadas de esta contaminada Ciudad. Que Temixco nos recibió soleado, con un airecillo frío que me hizo usar un suéter, con un mercado de antojitos que nos hizo comer de más. Con una tiendita en la esquina de la casa, que nos permitió abastecernos para beber casi toda la noche.

Y hablamos mucho, de muchas cosas. Una de las cosas que más me gusta de la compañía de San Román, es que no se nos termina el tema de conversación. Podemos hablar de actitudes subversivas, de política, de las profesiones, de los tiempos pasados, de nuestras amistades, de las experiencias horribles, de los buenos momentos.

Me complació haciendo sonar los tres discos que llevé para ambientarnos, ¿qué mas podía ser si no El amor después del amor, La lengua popular y Vinagre y rosas? Y aún cuando las opciones eran infinitas, opté por los tres álbumes que mejor me han puesto los últimos meses, de mis autores predilectos.

Cociné, el arroz blanco que durante tantos meses se saboreó, las enchiladas verdes que no podía creer. Me ayudó con lo que pudo. Comimos helado de nuez y de café. Bebimos, reímos. Lo pasamos muy bien. Hablábamos sobre el ritmo de vida de intelectuales, de que si es posible que una pareja lo soporte. Y de pronto me vi allí, sola, pero muy bien acompañada. ¿Qué pasaría cuando el viaje terminara? A sacarle la lengua al domingo, como es ya costumbre, porque la maldita resaca que nos dio, también nos regaló material para no querer que fuera más domingo, ni bajo el sol, ni a un lado de la alberca, ni de noche de regreso.

Y nunca, a pesar de llevar mucho tiempo dedicándome a transmitir a través de palabras y frases, me había puesto a pensar tan concienzudamente cómo un par de pastillas pueden mejorar cualquiera de los estados. Que si es depresión, que si es una pérdida de las cuentas, que si es un dolor de cabeza, que si es una resaca marca diablo, que si es un dolor de rodillas, que si es que se quiere dormir más de dos días. No sólo me refería a las pastillas para ser feliz o para no llorar, también hablamos sobre las Pastillas para no soñar. Unas pastillas que te sacasen de una preocupación, que evitasen que llegaras al Hospital del amor.

Algunas pastillas sin orden farmacológica, que te regale una amiga cercana, o una chica que no sabe en qué contexto de la Historia las usarás.

Gran pregunta la que me hizo la Diseñadora de Modas, de que qué tanto tengo de música o de escritora. Pregunta que no supe responder. Quizá con conocernos baste, para saber el camino que se pudo escoger.

Y tampoco, a pesar de mis costumbres de años, había bebido escuchando a Los Beatles. Y bajo ese maravilloso contexto, también hablamos sobre los animales, sobre las plantas, sobre qué va a pasar cuando ya no estemos más. Si mi gato fuera planta, les decía, sería un bonsai, y cuando la luna cambia de fase, como todo lo que tiene vida, mi gato también se pone a maullar sin parar. Poco me falta, les decía una vez más, para que yo me suba también a los tejados, a buscar a ese par de ojos que ahora me está haciendo escribir de más.

Y de todas las familias que uno puede tener, o que se pueden crear, ésta familia me gusta tal como es. Aún cuando me falta leer el libro que se llama Mi familia y otros animales, ésta es la familia que no cambiaría por nada.

Y así terminaba la noche, y así nos llegó a cubrir la luz del sol. Pudiera ser que algunas palabras hubiesen estado de sobra, que algunas hubiesen faltado, pero ese par de días nos dieron suficiente combustible para volver a la realidad de la trincadez de la vida de la Ciudad.

San Román se cabeceó un par de veces manejando en la carretera. Yo venía completamente rendida en el asiento de adelante. El congestionamiento que provoca que los autos vayan a menos de 60 kilómetros por hora, definitivamente nos hace hacer cosas que no imaginamos.

Y se quedó con eso, con la respuesta que no le pude dar, cuando él me preguntó si alguna vez algún chico había tolerado que me sentara a escribir por horas y horas, concentrada en mi trabajo, en mi lectura, en mis periódicos de años, sin hacer más caso a lo que pasara a mi alrededor. Repito, no supe responder. En el fondo quisiera saber que sí, que han sabido comprenderlo. Pero vuelvo a lo mismo: cuando una investigación se termina, debería seguir los pasos que sigue un preso al salir de la cárcel para reinsertarse a la sociedad.

Quizá así no tendría estas reacciones un tanto sorpresivas, cuando alguien intenta curiosear frente al borrador eterno que siempre traigo en el bolso. Todo se puede leer, le argumentaba, el chiste es que no me acostumbro a que de pronto alguien sienta interés por lo que mi mente traza a través de mis dedos, y se queda fijado con tinta azul.

Días de cocinar, de volver a lo que aprendí desde niña. Domingo de resaca, que en el fondo no quise odiar, que intenté disfrutar mientras me asoleaba. Noches de juerga, de barajas hasta el amanecer, de canciones que me recuerdan a mi hermana, de confesiones que no nos atrevíamos a hacer. Mañanas de comer guisados que no son nuestros, de trabajo de San Román mientras lo espero en el centro comercial. Ciudad que me presta ciudades más pequeñas, que al regresar nos deja atravesarla por las vías libres, y de paso, darnos una escapada para cenar. Días de festejos, de que no se nos terminan los éxitos para celebrar.

lunes, 22 de febrero de 2010

Con todo y mi inocencia.

Contaminan la decencia, secuestran la fantasía.
Cuando clama la inocencia, llaman a la policía.
Violetas para Violeta, Joaquín Sabina.


¿Pensaste alguna vez hacer, decir o escribir algo que causara polémica? ¿Pensaste alguna vez que la columna tuviera suficientes lectores? ¿Pensaste alguna vez que una persona dejara mensajes para anunciarse, muy singulares a mi parecer, porque se autodenominaba "soltero tóxico"? ¿Pensaste alguna vez que tus frases llegarían a personas inimaginables, ausentes o no sabientes?

¿Pensaste alguna vez que tendría audiencia la película que hiciste? ¿Pensaste alguna vez, que a alguien le valiera la pena tu Historia? ¿Alguna vez te imaginaste, que la gente pudiera vestir la ropa que inventaste?

¿Pensaste alguna vez que una persona no analfabeta, se diera cuenta a través de tus palabras que no sabe leer?

¿Pensaste alguna vez, que a través de tus frases, una persona fuera capaz de comprender que aunque lo intente nunca sabrá escuchar?

Estoy segura de que nunca has planteado la posibilidad de dejar de hacer lo que haces, con todo y que los debates que provocabas en el instituto eran maravillosos y algunas veces nos hacían enojar. No creo que el hecho de que la gente pensara diferente a ti, o se imaginara historias que no existían, te hiciera cambiar de opinión.

¿Pensaste alguna vez, que bailarían la música que ponías en los altavoces? ¿Pensaste alguna vez, que podrías salvarle la vida a una persona? ¿Pensaste alguna vez, que tu diagnóstico trascendería las generaciones, que cambiaría hábitos, que haría que las personas fueran diferentes?

¿Pensaste alguna vez, que tu palabra sería escuchada?

domingo, 21 de febrero de 2010

Noches de juerga

Apenas terminé de escribir todo lo que hacía falta, recién lo leí y lo presenté, y ya estoy comenzando a querer escribir otra vez. La cabeza no me para, no me paran los dedos de las manos, y de unos diez días para acá, tampoco han parado de bailar mis pies, ni de temblar mis piernas.

Hace rato intenté hacer memoria de hacía cuánto tiempo que no me la pasaba tan bien, y aunque no estoy segura, me parece que esta ansiedad -buena y no tan buena- no la sentía desde que estudiaba en la Universidad. Esta Ciudad es maravillosa, tiene de todo, a veces me cae gorda, pero me he hecho el propósito de dejar de decirle groserías cuando me enojo o comienzo a tener una discusión por el móvil. La Ciudad ha estado de mi parte las últimas semanas, ha estado lluviosa, medio fría y a veces distante y algunos dirían que se parece un poco a mi, pero eso ya va de sobra.

La cabeza, como decía, no me ha parado. Siempre pensando lo que viene, las decisiones que hay que tomar, las frases que hay que escribir, los corazones que hay que conocer, que hay que abrir, y el mío mismo, que poco a poco se comienza a despertar. Hay momentos en que me duele todo. Me duele sobre todo esta cabeza que traigo acá arriba; hay veces en que me duele el pelo, me duelen las piernas, me duelen los pies y me duele mucho la espalda. Hay noches en que no puedo dormir, en que prefiero -de hecho- quedarme despierta; es maravilloso cuando se puede decidir, quedarse despierta, quedarse dormida, seguir caminando, pedir un taxi, quedarse callada, seguir escribiendo, seguir transmitiendo esto a pesar de los lectores que se tengan, y los que todavía no tengo.

Y como Hans no quiso arrancar el jueves por la noche, porque cometí el error de dejar las luces prendidas todo el día afuera de la oficina (siempre hay una primera vez), el hecho de volver a casa con Hans a cuestas en una grúa, hizo que me diera insomnio otra vez, que me doliera la cabeza, el cuello del lado derecho y que me diera un poco de ansiedad. Ni modo. Todo tiene un precio, y esta vez, aún cuando pareciera que fue alto, no fue tan desagradable esperar a que todo se resolviera. Las penas con pan son menos, y la espera de una grúa es menos tortuosa si se tiene compañía, que encima, te hace reír a carcajadas.

El día después, casi pierdo la cuenta de los analgésicos que me tomé. Creo que había sido uno por la mañana, dos a la hora de la comida, o al revés, un par con el latte de la mañana, uno a la hora de la comida y uno más a media tarde. Cuando a punto estuve de tomarme uno más porque el dolor no cesaba, caí en la cuenta de la pérdida de la cuenta, y me detuve. Así es. En diferentes situaciones, las cuentas se pierden, y es entonces cuando uno se detiene, o de plano se sigue adelante. Insisto, es maravilloso cuando se puede decidir qué es lo que se quiere hacer.

Me esperaba entonces, una maravillosa noche, un motivo especial para que mis pies no dejaran de bailar y para que mis piernas siguieran temblando. Una llegada a casa de madrugada, con un Curvoisier que me guiñaba el ojo desde que me bajé del taxi, que me supo magnífico en una de esas copitas redonditas, y que me hizo seguirle cantando y escribiendo, para dormir sólo hasta entrado el amanecer, pasadas las siete de la mañana.

Y valió la pena. De pronto resulta que todo vale la pena.

Una hora y media después, me desperté en calidad de zombie para ir a buscar al mecánico que me dijera qué era lo que tenía Hans, además de no tener ni una chispita de batería. En el camino me encontré a mi hermana, la otra María, quien venía desde temprano a visitarme. Fuimos por el guerrerense éste que me cae tan bien, que hizo que Hans volviera a andar. Desayunamos Mari y yo como debiera desayunar todos los días, pero que no siempre se puede. Se quedó todo el día conmigo, vino a limpiar mis ojos, a hacer que las lágrimas atoradas salieran, a que mi corazón latiera tranquilamente por platicar con ella.

Vino a tender mi cama mientras yo tomaba una ducha, a decirme que ya debo dejar de bajar de peso, a hacerme reír con las ideas del cambio de habitación, de entorno, de posición. Vino a recordarme que a pesar de la distancia, seguimos siendo hermanas, y nuestro amor ha prevalecido a pesar de muchas circunstancias.

Vino a llevarme por las arterias de la Ciudad. Vino a abrazarme. Vino a poner en orden lo que se podía ordenar.

De regreso, una Mafka con un novio encantador, y un chofer incluído, me esperaban en la puerta de la casa para volver a salir. Luego de pensarlo un poco, porque tenía muchísimo sueño, guardé a Hans, me arreglé rapidísimo, me puse esos botines de flecos que tanto me gusta usar, y me fui con ellos, y literalmente no supe más, hasta unos 40 minutos después.

Me quedé dormida apenas me subí al coche. Moríamos de risa cuando llegamos al bar que nos esperaba, se quedaron hablando solos cuando no les respondí, y Mafka me pidió perdón por haberme insistido tanto en salir, pero era una ocasión especial. Bebí un red bull, luego comencé a divertirme, a recibir llamadas que me hicieron reír, que me pusieron mejor de lo que ya estaba.

Nos cambiamos de bar, porque el primero era una reunión que no era nuestra. Luego, en el segundo fue una mezcla de todo, que me hizo bailar y me puso feliz: el whisky con soda, los recuerdos de la noche anterior, el cansancio que traía a cuestas, la plática con Mafka, las carcajadas por los chicos del rugby, el cigarro en la banqueta, el carrito de hot dogs que no paraba de vender, el chofer que no nos quitaba el ojo de encima, que luego tardó en regresar para dejarnos volver.

Y dormí, aún cuando no fue tanto como hubiera querido, dormí, por fin, lo logré. Luego, el domingo, cansado como son los domingos, también me trajo algunas sorpresas.

Domingo de comer bien, de dormir poco y de reír mucho. Ciudad de mercados sobre ruedas, de tianguis de pulgas que me hacen enloquecer. Domingo de dejar de odiarlos, de comenzar a aceptarlos, de plantear nuevas alegrías e ilusiones. Ciudad llena de coches, de volantes cubiertos con peluche de leopardo, de camiones y colectivos que casi te quitan la vida o te rebanan el trasero. Domingo de tomar té de manzana, de volverle al té verde, de probar otras opciones sin azúcar. Ciudad de deseo, Ciudad de sonrisas a través del móvil que creo que sabe que me provoca, domingos de comunicaciones casi sin palabras.

Ciudad de un tal vez que más que un quizá es un por supuesto.

Ciudad de noche, domingo de día. Ciudad de noche que me hace feliz, que entonces provoca un feliz domingo que antes no tenía.

Noches de juerga. Noches que me gritan que está bien si le pido que me provoque. Benditas noches, maldito insomnio, bendito deseo, maldito frío de invierno, bendita Ciudad. Buenos días, llegando de reversa, luego de cruzar toda la Ciudad.

Abre los brazos al mundo.

Domingo de dormir hasta las once de la mañana. Domingo de almuerzo con la Diseñadora de Modas, de frapuccinos con San Román. Domingo de hacer las compras, de hacer cuentas, de tirarme del pelo porque no me alcanza el dinero.

Domingo de reinventar planes, de inventar proyectos, de deshacer recuerdos. Domingos de darme cuenta que estoy bien acompañada. Domingo que me enseña a dejar de sacarle la lengua a los domingos.

Día de intentar dormir sin tener éxito. De cumplir promesas, de seguir costumbres, de alimentar a mi corazón a través de mi otra familia, de mis amistades, de buena comida, de reírme manejando el coche que ahora ya quiso andar.

Estoy contenta de que el domingo me haya recordado a la cara que una vez soñé con comerme el mundo a mordidas. Que cuando decidí la línea que quería vivir, para luego poder sobrevivir, tuve un sueño, o muchos, que pensaba en inundar las almas con optimismo, con amor, con buenas costumbres. Pensaba que sí era posible cambiar el curso de la Historia, dejar de permitir que los ciclos se repitieran, que los mismos errores se cometieran, que un acuerdo entre algunas partes era suficiente para darle felicidad a una población.

Soñaba con comerme el mundo a mordidas. Eso, con el tiempo y junto con otras experiencias, se me fue quitando. Me olvidé por un tiempo de Clío, me olvidé de hacerme reír, me olvidé de procurarme un corazón, de procurar al que latía bombeándome de sangre todo el cuerpo; me olvidé de comer bien, me olvidé de dejar de beber, me olvidé de las cosas buenas que me merecía.

Un día me olvidé que era posible que alguien pudiera llegar a quererme, pudiera llegar a amarme tal como soy, me olvidé de quererme a mi misma. Pero las cosas pasan, el tiempo se termina, los plazos se cumplen, la evolución sigue, los caminos se vuelven a abrir. Y entonces comencé a urgar entre mis recuerdos, comencé a lamerme la memoria, y comencé a recordar todo aquello que había bloqueado.

Sólo así me olvidé las pastillas en el buró, me olvidé de las malas compañías, me olvidé de los corazones rotos, me olvidé de los solteros tóxicos, me olvidé de las malas decisiones, me olvidé de engancharme como imbécil a lo primero que me pasara por enfrente, fuera lo que fuera. Me olvidé de comer mal, me olvidé de lo que opinan y hablan los demás.

Comencé a formarme una familia, comencé a tomar buenas decisiones, y hoy, que es como sucedió con el Homo Sapiens Sapiens -el que sabe que sabe-, me hice un pensadero y estoy intentando sacar con mis letras todas esas frases que son y que siempre han sido sordas, esas experiencias que no sirven más, esas personas que nunca fueron, y esas decisiones que alguna vez me resintió tener que tomar.

Hoy me dispuse a volver a creer que me puedo comer el mundo a mordidas. Hoy le tomé sentido a la frase que Cristina me dijo por teléfono, esa de que abra los brazos al mundo, de que está ahí, esperando a que lo tome; esperando como esperé yo misma, para poder conquistarme.

Love, i can believe in. Change, i can believe in. Yo creo y con eso basta. Y es oficial, vuelvo a tener confianza, y lo voy a volver a decir a menudo: quiero comerme el mundo a mordidas.

lunes, 1 de febrero de 2010

Tan inalcanzable.

Y empieza la lucha por encontrarlo, por dar con él. Ahora no es tan sencillo como fue la primera vez. No siempre se corre con la misma suerte, pero ahora tengo herramientas que hace dos años no tuve. De entrada, San Antonio está otra vez de cabeza, ya prendí el cirio pascual, y a las trece horas de mañana ya me verás rezando el angelus o algo por el estilo. Y ni sé por qué digo que a las trece, me cae que desde tempranito voy a empezar a hacer labor de fe.

Ahora, de ese tiempo a esta parte, he aprendido que hay que valerse por todos los medios posibles para dar con una persona que representa a una institución, frente a la tribuna del pueblo. Y de verdad que a veces no sé ni cómo le hice, para dar con él la primera vez. Una cosa es que me hayan recomendado, que haya hecho la lucha por tener una cita con él, pero otra muy diferente, es que haya aceptado recibirme y que yo trabajara con él. Hice muy bien el trabajo de que se enamorara de mi investigación, ojalá pudiera ser tan fácil -o bajo una circunstancia similar-, hacer que un chico se enamorara de mi.

Como sea, lo perdí de vista. Perdí el contacto. La investigación ya terminó. Ahora él está en una dependencia que es inalcanzable, que no es para los mortales como yo, para los apolíticos, para los "sin tendencia". Y aún así -lo escribo bien clarito-, estoy segura de que voy a dar con él. Verás que si.

Tengo fe, y el 2010 se está llenando de sorpresas.

jueves, 28 de enero de 2010

Contigo como siempre

Todos estos días han sido un maremágnum de emociones. Algunas contradictorias, otras muy felices, otras de ansiedad. Así soy, ni modo. Muchas cosas se acercan, unas aprisa, otras lentamente, otras ya me alcanzaron. Hay que tomar algunas decisiones, hay que actuar, y debo dejar de pensar tanto, como generalmente lo hago.

No importa de lo que hablemos, si son noticias, si son tus problemas, si son los míos, si es sobre la laringoscopía que te harán mañana, si es de mi trabajo, si es de mis planes a futuro. Siempre, a la hora de despedirnos, la mejor parte de la mañana, es cuando me subo al coche con tu aroma pegado a mi abrigo o a mi chamarra. Abro la portezuela del coche, lo enciendo, giro mi brazo izquierdo hacia atrás para alcanzar el cinturón de seguridad, y entonces lo siento. Y vas allí, conmigo, sentado a mi lado en el coche, aún cuando nos despedimos con la mano mientras manejamos en direcciones contrarias.

Tu deportivo azul siempre se ve más lindo estacionado junto a mi Volkswagen negro. Tu aroma huele mejor, cuando lo traigo impregnado por el abrazo que te acabo de dar. Hablamos mucho, nunca nos falta conversación. A veces estás cansado, a veces yo estoy harta y enojada, pero hablamos. Me haces bien.

Y ahora, con todo esto que viene, no sé cómo le voy a hacer para platicarte los planes que tengo. Confieso que temo romperte el corazón. Confieso que me da mucho miedo hacerte daño, aún cuando sé perfectamente lo que tengo que hacer; y aún cuando quizá no te haga daño, y termines entendiéndome como siempre lo haces.

Nunca imaginé, que me acostumbraría tanto a compartir las mañanas contigo.

Nunca imaginé, que al paso de los años nos hiciéramos amigos.

Nunca imaginé que me quisieras como me quieres.

Tienes la maravillosa capacidad de sorprenderme, de decirme lo que quiero oír pero que nadie me dice, que no espero que me digan, que algunas veces tampoco espero escuchar. Tienes la magia de hacerme reír con un sarcasmo, una mala cara o uno de esos chistes que se decían en los años sesenta. Tienes el corazón más grande de lo que imaginé.

Tienes las manos tan suavecitas, que cuando nos las tomamos, te es posible hacerme sentir que mi soledad se disuelve.

Cuando estoy contigo, no importa lo sola que me haya sentido la noche anterior, o todo el día. Cuando no me ves, dices que tu día no vale la pena, que el café no sabe igual, que las noticias no significan lo mismo. Cuando hablamos por teléfono, puedo olvidar lo que te iba a decir, puedo olvidar que afuera hay tristeza, o que burlamos muchos obstáculos para estar juntos casi media hora, todas las mañanas.

Lo que sigue es el día nueve. Luego, entonces, una cosa a la vez, y podré platicar contigo como siempre.

lunes, 4 de enero de 2010

Espejo diferente

Sorprendentemente me tocó un asiento libre en la estación Centro Médico, así que lo tomé y esperé mi transbordo en Hidalgo. Fue horrible. No sé qué es lo que hace la policía pública, que guía a las personas de manera que se enreden entre ellas, que choquen, que se rocen, que se topen frente a frente. Así que intenté entrar en trance, y busqué la salida hacia la línea dos, dirección Cuatro Caminos.

Al subirme al vagón, otra vez me tocó un asiento libre, y como en esa línea los asientos forman dos líneas paralelas, pude observar mi reflejo en el vidrio de enfrente.

Venía leyendo, pero hubo algo en mi reflejo que me impidió seguir haciéndolo. Varias veces la gente subió y bajó del vagón, se acomodó, tomó lugares y luego los desocupó, cubrió mi vista, apretó mi bolso contra mi, me volvió a dejar el reflejo libre.

Como sea, conforme pasó el tiempo, no logré dejar de verme.

Hace mucho que no me pasaba algo así. Bueno, fue algo similar a lo que me pasó cuando vi las últimas fotos que San Román me tomó, pero no las pude ver mucho tiempo porque todavía no me las envía. En cambio, ahora en el Metro pude observarme, y logré sorprenderme de notarme tan diferente.

El pelo por fin comienza a crecerme tanto como siempre lo usé, pero este mechón cano que tengo de frente de lado derecho, me da otro aire, uno distinto. Estoy notablemente delgada. Los huesos de mis clavículas y mi cuello, los alcancé a notar aún cuando traía puesto un enorme suéter y mi abrigo negro. Sentí el pelo tan alborotado en un momento, que me lo até en la coronilla y se volvió a dispersar. Esos pelillos sueltos eran alegres, suaves, ensortijados pero libres.

Caigo de pronto en la cuenta de que no soy yo, quizá sea la circunstancia de este año que está empezando, el contexto que estoy ocupando, y que me miré en un cristal que resultó ser un espejo diferente.

martes, 8 de diciembre de 2009

El mimo y yo

Se mató la calle con aquel detalle de dejarnos solos.
El rocanrol de los idiotas,
Joaquín Sabina.



La camiseta rayada.


Me llamó por ahí de las 16:30 para preguntarme los detalles de su vestuario. Pues de mimo, le respondí. No, me dijo, lo que pasa es que tengo varios personajes. Bueno pues traelos todos, le dije. Y llegó, casi una hora después, arrastrando dos maletas y cargando un portafolios en el hombro, con la cara a medio maquillar, de la nariz para abajo color blanco, y, efectivamente, vestido de mimo, con una camiseta rayada y un pantalón color negro.

Luego de presentarse, abrió la maleta grande para mostrarme todos sus personajes, y me hizo sonreír la sorpresa que me llevé al mirar que traía allí dentro dos sombreros, tres trajes, un esmoquin, su maquillaje y un violín. Aún con la cara a medias, me explicó cada uno de las figuras mientras intentaba decirle que la última plabra la tiene el director, y que yo sólo puedo hacer una que otra sugerencia.

Así, me parece que deberías desmaquillarte por completo, quedarte con lo de mimo e intentar una rutina de estatua viviente, me atreví a decirle. El director entonces le pidió el personaje color rojo, se fue de regreso al foro, y el mimo directo al baño para salir, de la manera más abstracta, vestido de escarlata.

Y me gusta mucho tu camiseta, sonreí mientras confesaba, yo quiero una igual. Si me dan el papel, sonrió igual que yo, te la regalo y te invito a comer, esto es un trato. Sonreí otra vez, y él arrastró su indumentaria hasta la salita, donde se preparó para terminar de pintarse el rostro completamente de blanco.

El chico tiene unos 30 y tantos años, mide poco más de 1.60 y es sorprendentemente simpático. Soy actor, me dijo, y fisicoterapeuta; pues yo no te digo cual es mi profesión, le respondí, porque no creerías qué es lo que hago aquí. Hice caso de mi propio consejo de no revelar que soy historiadora así como así, porque las personas no lo entienden o lo toman a mal. Y también porque a fin de cuentas, lo que menos me interesa es escuchar que no tengo nada que hacer trabajando con unos publicistas de televisión.

Al mismo tiempo de que todo esto sucedió, llegaron algunos personajes más, por lo que ya sumaban cinco. Se presentaron igualmente, y comenzaron a pasar en orden de arribo, para efectuar su rutina y buscar una oportunidad. Mientras, atendí a las chicas en bikini, a los chicos que venían a hacerle de bomberos, y a las mamás de los niños que por fin venían a celebrar.

¿Me regalas una mariposa?

Una amena reunión de repente se hizo en mi lugar. Vinieron conmigo dos directoras más, el chico de sistemas y el ingeniero. Nos reímos tanto, que tuvieron que pedirnos que guardáramos silencio. Hay ocasiones en que tenemos momentos muy amenos, y que no podemos hacer más que reír. Definitivamente las últimas semanas compartiendo con estos chicos, me han hecho mucho bien.

De lejos, sin tener éxito, intenté mirar al personaje color rojo que terminaba de ultimarse en la salita de estar. A punto de perder la paciencia, rota por mi curiosidad, me alejé de la reunión de mi escritorio y me acerqué a él. La diamantina me gusta mucho, me hace reír, le dije. Sonrió, igual que yo, y le dije que siempre quise que me pintaran una mariposa en el rostro. Pues la mariposa irá incluida, si me dan el papel, no sólo te regalo la camiseta rayada y te invito a comer, también te iluminaré la cara de mariposa. Y volvió a cerrar el trato. Reí, me sonrojé, le dije que me parecía maravilloso, y no pude hacer nada más que regresar a mi lugar, nerviosa justo como cuando le dicen a alguien un piropo que no se espera escuchar.

Al llegar su turno, me dejó encargadas las maletas y el portafolios. Por último, volvió a abrir aquella que era enorme, y sacó una chaqueta, el sombrero color negro y el violín blanco -magnífico violín, por cierto- y entró al foro. Al salir se fue directo al baño, con todo y maletas, para salir como si nada hubiera ocurrido, sin una gota de maquillaje y vestido nuevamente con la camiseta de rayas.

A doble o nada.

Y entonces, como si se hablara de las noticias en el desayuno, comenzó a conversar conmigo y me preguntó si tenía hijos, si tenía novio, y qué iba a hacer saliendo de la oficina. Volví a sonrojarme. Me dijo que tenía que ir a la inauguración de una exposición a Cuernavaca, y que se preguntaba si me gustaría acompañarlo. De entrada no supe qué responder, luego disimulé, y le dije que no era mala idea, pero que no sabía a qué hora saldría.

Oye, continuó, y el día ocho me voy al Caribe a hacer unas presentaciones, ¿de casualidad también quisieras acompañarme? Y no, bueno, allí verdaderamente que me quedé muda. No tengo ningún plan, deberás saber, de hecho no sé en dónde pasaré las fiestas, ¿y tu? Y fue cuando poco a poco comence a girar la conversación hacia su lado, para que él también contestara mis preguntas. Llegó su turno de decir que es soltero, que no tiene hijos y que el único plan, del día ocho hasta el próximo año, era estar trabajando en el Caribe. Pues no tengo nada, insistí, y tampoco tengo hijos que cuidar, ni novio que atender. Rió, y comenzó a gustarme mirarlo mientras me hablaba de frente.

Inténtalo, vamos, insistió, mira que si sales temprano podemos ir y venir a Cuernavaca sin problemas; me iré al coche a terminar de cambiarme, y avísame si puedes salir temprano. No lo sé, fue lo primero que se me ocurrió, será cosa de 40 minutos por muy pronto, tengo todavía que recibir a algunas personas y no sé si se le ofrecerá algo a mi jefe, terminé de decirle con un rotundo quizás. Avísame, vamos, toma mi teléfono y dime si sales temprano, te espero afuera, en mi coche, me insistió una vez más. Anoté, sin saber qué hacía, su número en un papel, y nos despedimos con la mano mientras él arrastraba sus maletas hacia la salida.

Me reí, nerviosa, y me hice la misma pregunta que me hago siempre en esta situación: ¿qué puedo perder? Por supuesto que no voy a salir a carretera con un perfecto desconocido, que encima, entró con la cara mitad blanca y mitad color piel, sin saber siquiera qué debía representar. Pero lo intenté, hablé con mis jefes y salí veinte minutos después.

Tu ibas camino de cualquier lugar.

Caminé a mi coche y quedamos de vernos en la gasolinera de Dr. Vértiz. Manejé, pedí el tanque lleno y una factura, y mientras ahí se hacía lo propio, el chico se orilló junto a mi coche para decirme que ya no daba tiempo de llegar a su exposición, lo que celebré porque yo no quería salir a carretera. Entonces me dijo que era mejor que se fuera a la reunión que tenía pendiente, porque le daba cargo de conciencia no asistir.

Salió la indiferencia que traigo dentro, y aunque no quise sonar así, le dije que estaba bien, que se fuera a su reunión y que entonces sería otra ocasión en la que continuaríamos nuestra charla. El señor de la gasolinera se acercó para darme mi cambio y la factura, hice cuentas, le agradecí, guardé todo en el bolso y me puse los guantes de piel.

El mimo, ahora vestido de jeans y con camisa negra, me dijo que mejor fuéramos a cenar a unos buenísimos tacos al carbón, que están en la glorieta donde convergen Dr. Vértiz y Cumbres de Maltrata. Me parece bien, te sigo, le dije mientras Hans sonrió haciendo ruido con el motor.

Nos estacionamos en fila, pasando Xola sobre Vértiz. Descendí envuelta en mi saco, la pañoleta y el maxiabrigo color gris. ¡Qué bárbara!, se sorprendió, ¿es que tienes mucho frío? Y si, le respondí, muero de frío casi siempre, todo el tiempo a todas horas, por eso tomo mis precauciones; y sólo así crucé las avenidas del brazo de un chico que parece no tenerle miedo a nada, o por lo menos no a los coches. Yo, aterrada como suelo estar al cruzar una calle, me enrosqué detrás de su menudo cuerpo, intentando creer que su camisa color negro lo hacía ser inmortal. Reímos, y celebré su audacia, mientras confesaba que atravesar avenidas a pie me pone mal.

La luna llena me iluminó el mechón cano como si quisiera deslumbrar al mimo. Nuestros dientes delataban el hambre que ocultábamos, y mis ojos comenzaron a brillar de más.

A mi se me moría una ciudad.

Llegamos a cenar unos tacos que me animaron a mantener una de las conversaciones más amenas e interesantes que he tenido en los últimos meses. Fue un poco de todo, de mi profesión, de la suya. Quiso saber mucho de mi, tanto que en un momento se me olvidó lo cansada que estaba. Verdaderamente cansada, y eso salió a relucir, justo cuando creí que nadie podía darse cuenta.

No me dejó pagar mi cena, la charla continuó, regresamos a su coche para que buscara la chamarra de piel. Piel sobre piel, como algunos saben que me fascina, pero en ese momento convenía no saber. Y nos vibramos bien, y el chico confesó que tampoco es fácil, y que le gusta sorprenderse con los encuentros que no espera vivir. Entonces llegó mi turno de platicarle esto que hago, esto que escribo que me hace sentirme feliz y tranquila, que me desahoga y que hace que mi pluma ensaye y vuele, y sueñe tanto como lo hacen mis pestañas debajo del cielo que casi se pone morado.

Para darle un ejemplo, le platiqué de las historias que escribo de mi Ciudad, y de que hay ocasiones en que una simple charla con un taxista, o ver un tigre en una banqueta de Insurgentes, me dan suficiente sustancia para continuar con mi labor. Me dijo entonces, que él sentía que esa noche veríamos a un chango, que todavía nos faltaba más por saber, que la noche aún no acababa, y que era momento de buscar un café.

Que disparate de partida de ajedrez.

Reímos más cuando mi móvil sonó con la canción Suspicious minds de Elvis Presley, lo que nos regalaría una feliz casualidad, cuando al pasar por el bar de la esquina, escuchamos la misma canción a todo volumen. ¿Ves lo que nos están regalando?, me preguntó. Y pensé, que dentro de todo el huracán en el que se han convertido mis últimas decisiones, la Ciudad me estaba regalando felicidad.

Encontramos, luego de caminar un rato platicando sobre su pasado, un café de chinos que no sabíamos que se encontraba allí. El café era tan bizarro como la misma noche que estábamos viviendo. Una casualidad nos llevó a otra, a cruzar avenidas, a escuchar a Elvis cuando no se espera hacerlo. A comer pan con nata cuando no se sabe que puede suceder, a que un chico viniera a regalarme una situación memorable que nunca imaginé.

Vimos al chango. Sorprendentemente un señor, con cara de primate, nos hizo gestos de estarnos escuchando desde el fondo del local. Yo perdí la noción del tiempo. A la hora del noticiero, los dueños del lugar subieron el volumen del televisor, y no tuvimos otra alternativa más que comenzar a hablar de las imágenes, no tan agradables, que nos obligaron a escuchar.

Algunas veces me da miedo tener noción del destino. De alguna forma creo en él, pero también sé que de uno depende el camino que comencemos a andar. Teníamos que conocernos, estoy segura y quiero pensar que así debió ser. El chico cuyo nombre de pila también corresponde a un personaje, se mareó, dijo que no podía verme fijamente porque mis ojos lo sobrepasaban. Tus ojazos no se pueden ver mucho tiempo, confesó. Le pedí que no fuera exagerado, y que siguiera contándome cómo es que uno puede llegar a una situación donde no existe punto de regreso. Siguió hablándome de frente, intentando mirar mis ojos mientras controlaba el giro del local. Intenté escucharle, pero mi mente ya había regresado al mes de julio del 2008.

De ti no se acordaba el verbo amar.

No cabía otra cosa, más que ser sincera. Confesé -y me liberó hacerlo- que su conversación me estaba haciendo comprender a mi última pareja; yo lo amé, continué casi sin aliento, tanto que le hubiera dado mi vida o por lo menos mis pulmones, y mis ojos para que pudiera volver a mirar como lo hacía cuando lo conocí.

Lo más extraño de todo, aún más que estar compartiendo con un mimo -cuya particularidad es que regularmente no hacen ningún ruido-, fue que nos entendimos como si nos conociéramos de años. Escuchó una a una todas las palabras que tenía que decir. Me sentí tan bien, que llegué al punto en el que deseé dejar de referirme al soltero tóxico como tal. Mi corazón y mi memoria, mi pasado sobre todo, se merecen ponerle otro nombre.

Esa noche nuestros pasados se desnudaron un poco, dejaron entrever lo bucaneros que fueron, lo fantásticos que hacen ahora a nuestras vidas, y los milagros que podemos hacer que sucedan.

Tuve que mirar el reloj, y reparé en que eran las 23 horas. Hubo más despedida de la que pude imaginar. Volvió a pagar la cuenta, nos reimos con los chicos del lugar, caminamos de regreso, sobre Cumbres de Maltrata hasta Vértiz. Nos dimos un abrazo, quise desearle feliz año nuevo pero no me dejó, prefirió decirme que estaba dispuesto a aplazar su viaje e invitarme a comer aún si no le daban el papel. Me debes una mariposa, le dije soltándole la mano, y caminé hacia Hans.

Tu no besabas para no soñar.

Mi coche color negro siguió al suyo color blanco, hasta que di vuelta en Uxmal para girar a la izquierda en La Morena. Luego, tomé Sánchez Azcona, la que algunos kilómetros después me llevarían directo a Río San Joaquín, para poder seguir por la ruta de Periférico Norte.

Llegué a casa arañando la media noche. Mi madre disfrutó inverntarse que seguramente soy amante del Rey Sol. No quise responder. Tampoco tuve fuerzas para volver a llorar. Y ella ya no puede asimilar, la ofensa que me provoca cuando me dice esas cosas. Ni se imagina con quién compartí la noche. No se merece saber.

De todos los encuentros que he tenido, por mucho este ha sido uno de los mejores. Gran personaje, buen chico, buena charla, bien el frío, mejor mis carcajadas. Verdaderamente que me sentí feliz. Nunca antes había conocido a un mimo, nunca antes habían confiado tanto en mi, en tan poco tiempo de conocerme. Fue una gran cita, y otra vez fue casualidad.

Y mi futuro con pan duro en el cajón.

Dormí mejor de lo que pensé que podía dormir. Soñé con él, con su pelo negro y su sonrisa blanca. Soñé que lo volvía a ver, y que lo acompañaba a una fiesta donde él vestía de Peter Pan y yo de Mariposa. Y hoy, que por fin pude hilar esta historia, y que no sé si es factible que la Ciudad nos regale un segundo encuentro, prefiero quedarme con la certeza de que de vez en cuando es lindo creer que la química existe, que se puede convertir en deseo; que los corazones todavía buscan tener parte.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Bajo el mando de Mercurio

Yo creo y con eso basta.

Tengo la sensación de que su aroma me ha seguido todo el día, desde la noche de ayer. Y no me gusta no saber, si efectivamente es su aroma o algún perfume que está confundiendo mi nariz.

Muchos cumpleaños se festejaron en quince días, el último terminó el domingo pasado a las cuatro de la mañana. Desfilamos por el Mama Rumba en la colonia Roma, mi casa, el departamento de la chica, Zydeco de la Condesa, el insoportablemente kitsch barecito de la colonia Juárez, y cerramos con broche de oro en My Coffee Cup en Satélite. Esta vez sí tuvimos necesidad de circular del sur de la Ciudad, hasta Satélite.

En Mama Rumba las cosas sucedieron sin mayor novedad, salvo que un pisotón en la pista de baile me ocasionó un grave moretón en el pie izquierdo, lo que causará que se me caiga la uña del dedo gordo, sans commentaires. Llegamos re bien por Thiers hasta que se hizo Sevilla, y atravesando Insurgentes dimos vuelta a la derecha. Yo bailé toda la noche con un antropólogo con cara de oficinista, de pelo chino como el mío, y largo como el de la otra chica. Bailaba bien, no me puedo quejar, y la lluvia de las tres de la mañana nos intentó hacer pesado el resto de la noche.

Mis salones color piel quedaron color cemento. Cómo es divino que un par de zapatos me de tanta magia.

Las chicas se quedaron a dormir conmigo. Al día siguiente fuimos por barbacoa, y el día y la noche trascurrieron sin novedad pero con mucho ambiente, alrededor de la mesa de mi comedor. Bastaron unos tequilas derechos, como se deben tomar, y dos sixes de cerveza para convertir la comida en toda una fiesta. Y aprovechando que cumplí años, que la chica cumplía dos días después, que la otra cumplía el día 3 y así, seguimos brindando, y seguimos bailando.

Esa noche las sandalias altas de piel de pitón me sacaron una ampolla en diagonal, larga como de cuatro centímetros, justo en donde una tira de piel rozaba con el empeine de mi pie derecho. Sólo eso faltaba, porque ya el otro pie traía un enorme cardenal.

No he sido muy asidua a creer lo que los pronósticos del zodiaco nos deparan a cada uno de nosotros, sin embargo, de un tiempo a esta parte he comenzado a creer que los que nacimos bajo el mando de Mercurio tenemos un aire peculiar y también tenemos una manera particular de relacionarnos. Como un regalo del destino, desde hace un año he conocido a muchas personas que cumplen años en fechas muy cercanas a la mía, y he podido hacer una observación de la personalidad de quienes nacimos bajo este signo zodiacal.

El sábado en la noche, en el bar de la Condesa, conocí a Mateo. Tengo la sensación de que su aroma me ha acompañado todos estos días, todas estas horas. Ha sido una situación peculiar, porque a pesar de que tuvimos una química formidable desde que nos sentamos juntos en el mismo sofá, las famosas mariposas no han aparecido por mi panza, las chapitas no han iluminado mi cara, y los piropos no me hormiguean las manos. Ha sido distinto. Me he sentido bien, sin el arrebato pasional que hace que necesitemos estar con alguien.

Cada pareja de hermanos en su respectivo auto, volvimos por la ruta que escogió su hermano mientras llovía como llovió el sábado anterior; dimos un par de vueltas que mi hermana y yo hubiéramos evitado, pero resultó bien. De coche a coche persiguiéndonos y cantando a viva voz, ellos con canciones de amor y nosotras con Elvis Presley.

Al llegar al siguiente bar, donde acabaríamos la noche, nos cedieron el lugar de estacionamiento y ellos se fueron a buscar uno que quedó un tanto retirado. Nosotras nos alistamos y al bajarnos del coche, Mateo ya estaba esperándome junto a la portezuela de mi lado. Tan alto, con esa chamarra de cuero que me hizo sonreír, me ofreció el brazo y lo tomé, enfundado en mi abrigo de doble botonadura, y mi mano con mis guantes de piel bicolor. Caminamos hacia el lugar, y una vez más los tacones de 12 centímetros de mis botines negros me hicieron una buena jugada, me hicieron llegarle, por lo menos, unos centímetros arriba del hombro.

Ayer, que lo volví a ver y oficialmente tuvimos una cita, mis botas largas estilo cordobés delataron mi verdadera estatura. No está tan mal medir 1.60, me dijo. Te sienta bien porque tú mides casi 1.90, le contesté. Cuando me abraza el aroma se mezcla, las ramas de los árboles con todo y hojas dejan de moverse, mis 59 kilos y mi melena de leoncita entonan alegres, en la misma estampa que él.

El chico nació el 24 de agosto, algunos años antes que yo. No había conocido a un chico virgo tan agradable, tan elocuente como él. La cita de casi siete horas, pareció que duró sólo dos. El verano me regaló una de las mejores lluvias que han caído sobre mi pelo, del brazo suyo, enfundado en su chamarra de cuero y el mío en el abrigo de doble botonadura color negro.

Viene el fútbol, la Cineteca, el partido de rugby, la peli que queremos ver en el cine, la cita de la mañana del próximo sábado, los trámites que tengo que hacer yo. Las clases de francés, el entranamiento para la maratón, los viajes al Caribe, los cafés de prensa francesa. Vienen todas estas cosas que tenemos en común, que todavía no sé si tendrán parte, pero planearlas resulta divertido y prometedor y buena vibra.

Buena vibra que me tranquiliza, que me pone muy bien.

¿El destino se estará acordando de mi? ¿Habrá sabido que iríamos al mismo bar, acompañados de nuestros hermanos, a la misma hora, a ver el mismo partido de fútbol, que nosotros no queríamos ver pero nuestros hermanos sí? ¿Es aquí cuando se empieza a creer?


(Just remember please: fuck what others think, and do your own thing).

lunes, 7 de septiembre de 2009

Gran piropo

La mejor distancia es la mayor.

Y confieso que algunas veces sueño con que vienen a arrancarme el vestido. Con lo que me dan ganas de que vengas para acá, a sacarme todo lo que tengo encima, la ropa, la piel y los tacones con todo y medias. La distancia no ayuda, o quizá sí y las cosas tienen que ser tal cual son. Yo ya dejé de renegar del destino, nada nos asegura que si ahorita estuviéramos juntos las cosas serían diferentes. Los años no pasan en balde, y quizá la foto del mensajero no ayuda para refrescarte la memoria.

Pasaron muchos inviernos, veranos para ti, kilos para mí, ausencias en tu país. Y hoy que miras mi fotografía y yo miro la tuya, confiesas que lo primero que te vino a la mente fue que te hubiera encantado quitarme el vestido corto color blanco, que uso con mis botas color piel. Ni los viajes relámpago nos sacarían de este apuro. Ni siquiera sería apuro, si estuvieras acá otra vez. Los kilómetros que nos separan supongo que están bien, no creí que quisieras quitarme ese vestido, pero lo comenzaré a creer.

Gran piropo. Por eso te quiero tanto, por estos detalles siento mucho que no te hubieras venido conmigo. Hacía mucho tiempo que no me decían un piropo tan convincente, por estas pequeñas cosas es que fuimos lo que fuimos. Gracias por empezarme la semana con el pie derecho. Okey es oficial, todavía conservo el charme.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Okey es oficial, somos amigos

Fue después del cinco de julio pasado, justo cuando fueron las elecciones intermedias, que comencé a comunicarme con él por el correo electrónico. El asunto del correo era "votaste en blanco?", y pronto le respondí y comenzamos a tener una conversación en correspondencia.

Nos conocimos hace poco más de un año, si mal no recuerdo, en un evento sobre la Historia de la Radio en México. El chico fue conferencista, y yo espectadora. Al finalizar la mesa redonda, me acerqué a presentarme y a intercambiar correos electrónicos. En todo el transcurso del año, nos habremos escrito unas tres veces. Y hace dos meses reavivamos el contacto.

Hemos escrito de política, de nuestras profesiones, del trabajo que yo tenía, de las investigaciones de él. Y poco a poco hemos comenzado a escribir sobre nuestra vida privada o nuestras decisiones personales.

Todos los lunes, o los domigos por la noche, nos enviamos los respectivos buenos deseos para los días venideros de cada uno. A mitad de la semana conversamos sobre cómo van los días, el clima, nuestros lugares, y es fascinante cuando intercambiamos las impresiones de la Ciudad, y como la vemos cada uno desde nuestros contextos.

Este finde el tema fue mi cumpleaños, el mole con arroz y el moretón que tengo en el pie izquierdo gracias al pisotón que me dieron en la pista de baile el viernes por la noche. El chico cree que la uña se me desprenderá del dedo debido al golpe, pero en el fondo no desea que eso me suceda. Le gusta el mole rojo o verde indistintamente, cuando yo prefiero mil veces el rojo. Y cuando le dije que soy buena en la cocina y que la comida me sale muy bien, me escribió que seguramente las cosas van bien en mi vida por eso, por que sé cocinar y que eso era todo, que ya me lo había ganado como amigo y que por favor después le cuente más sobre los guisos que sé cocinar.

Qué felicidad me trajo su último correo electrónico. Oficialmente tengo otro amigo, lo que me hace setirme muy afortunada aunque sea por correo electrónico. No estoy segura en qué zona de la Ciudad vive, ni si nos concederá vernos otra vez en alguna de sus plazas, facultades o ejes viales.

No estoy segura de su edad ni del proyecto en el que trabaja actualmente. Sé su nombre completo, conozco sus primeras obras, sus trabajos sobre la Radio, su visión de la Historia de mi país y su pluma de escritor. Ah, y que firma diciendo "qué viva el mole rojo o verde". Ya está, ¿necesito algo más? Me basta que la vida me haya dado este regalo, ¡tengo un amiguis más!

miércoles, 12 de agosto de 2009

Okey es oficial, estoy flaca

Estaba completamente inmersa, escribiendo unas conclusiones que parece que no tienen conclusión. No recuerdo por qué, de repente reparé en las puertas de mi clóset, en tanta ropa que a veces no le veo más fuera de él, y me levanté para corroborar que aquellos pantalones de cuero color negro seguían ahí y no habían cambiado de dueño.

Los encontré hasta atrás de los abrigos, volteados al revés, un poco empolvados, esperándome con ansias a que yo volviera a ponerles atención para gritarme a la cara una buena noticia.

Los descolgué y los examiné, como niña con juguetes en Navidad. Los fabulosos vaqueros de piel, de perfecto ajuste de la cintura a los talones, corte de bota, aquellos que son valiosos porque no tienen costuras, porque están hechos de una sola pieza, porque me han esperado muchos meses ahí, mis vaqueros que no volví a usar porque subí muchísimo de peso, me dijeron sonriendo que oficialmente soy flaca.

Los deslicé desde mis rodillas, sin ninguna dificultad rozaron mis caderas, y los abotoné como si me los hubieran mandado hacer. Como una segunda piel, tal como se deben usar los pantalones de cuero, mis vaqueros han salido del clóset. Los traje puestos un rato, saqué algunas sandalias, las de tiritas negras, las de tiras de pitón; los tacones de media plataforma de charol, los tacones grises. Me puse feliz de que otra vez estén en circulación.

Mucho esfuerzo ha dado resultado. Estoy muy contenta de que se note por fuera, lo excelentemente bien que estoy por dentro en estos momentos.

Mafka me llamó, me volví a poner mis jeans y salí para verla en el Sanborn's de la esquina. No hay nadie más feliz que yo en este día. Le compartí la noticia, es oficial, otra vez soy flaca.

martes, 28 de julio de 2009

Dos noticias, un coche, todo sorpresa

El cumpleaños de San Román se acerca sigilosamente, y las sorpresas no se han hecho esperar. Creo entender que el cariño que nos tenemos San Román y yo depende mucho del modo en que nos decimos las cosas. Aún cuando el móvil nunca es suficiente para comunicarnos, y él esté de viaje, o sea yo la que tengo que tomar el autobús y transbordar un par de veces, intentamos acercarnos, siempre acercarnos.

Mis noticias pfff qué va, algunas veces pueden esperar cuando llega a la casa, toca el timbre, me espera mirándome a través de la ventanita de la puerta, reímos, abro la puerta y dice "ya llegué"; nos abrazamos y luego de mis instantes de distracción, reparo en el fabuloso deportivo color negro que está esperándome detrás de él.

¡Pero qué coche! Los deseos se cumplen, lo puedo ver. Y la buena fortuna -como nuestros sentimientos o nuestros estados de ánimo- siempre la contagiamos. Por eso no es raro que cuando nuestras crisis se acercan, también lo hacen en el mismo día o en la misma semana.

Él cambió de coche, cambiará de año, y sus ciclos se comenzarán a cerrar. Su coche rojo se quedó atrás, con mis malas decisiones, con las indecisiones de él. Mis ciclos poco a poco se están terminando, las malas rachas van dejando huellas que seguirán indicando mi pasado bucanero; pero la aventura se está haciendo presente.

Y en el nuevo coche -con nuevos planes, con otras llamadas que siempre nos unen por el móvil-, ahora me trae nuevos horizontes. Decisiones que se tienen que tomar, y cuanto antes de ser posible.

No he dejado de rezar por él, y él está orgulloso de mi. Mejor imposible.

El pequeño viaje con todo y moretón en el tobillo derecho, trajo buena fortuna, trajo tranquilidad, se la he podido contagiar. Y que él me siga contagiando de buen humor, de buenas decisiones, de café con leche antes de la media noche.

lunes, 6 de julio de 2009

Sorpresa: domingo.

El sábado fui al cine y ayer también. El tiempo nunca es suficiente, y mucho menos los últimos días. Ni siquiera llegamos a tiempo a la primera función, y el domingo, como día caprichoso que es, estuvo lleno de sorpresas y se terminó antes de que el reloj diera las cero horas.

Todos los días se aprende algo nuevo, pero me desespera no tener el tiempo suficiente para memorizar lo que necesito saber antes del viernes. A veces pienso que es una ley un tanto natural, de ironía, de que las cosas suceden cuando tienen que suceder. Y que la Ley Orgánica del Poder Judicial de la Federación, se quedará en mi cabeza sólo si me lo propongo, y si se ella se deja.

Sin planearlo, sin siquiera sospecharlo, ayer lo volvía a ver. No me acordaba que fuera alto, de hecho no me acordaba bien de su rostro, ni del calor de sus manos. La llamada de los Ojos Redondos y las conversaciones con el León, se fueron a la basura cuando me subí a su coche. Fuimos al cine, y por espacio de dos horas, pude sentir que el tiempo se detuvo. Sigo quedándome petrificada, sigo tartamudeando y sonrojándome cuando me da las palomitas en la boca.

Es maravilloso cuando nuestras manos tienen vida propia. A ellas no les interesa si la peli ya se terminó, o si no nos volveremos a ver. Se portan como si estuvieran acostumbradas a estar entrelazadas, sobre su regazo, sobre mi rodilla; con nuestros brazos de raíz, de copos, o de hojas de otoño.

Hoy lo busqué, así con todo y mi miedo de saber que puedo encontrarlo. Me sudaron las manos, otra vez. Nunca respondió. Por la noche, llamó de regreso. Me hizo sonreír, y pude olvidar todo lo indiferente que fue el día domingo conmigo, sobre todo en la noche. Se desbarató el nudo de mi garganta; y en su lugar, dejó un espacio tan estrecho, que la voz apenas puede salir. "Estoy ronquísima", le dije. Y no sé si sea resfriado, o ansiedad de mi corazón, que no se anima a hablar como lo hacía antes.

Me gusta que siempre esté de buen humor, haciendo bromas, y que sea ocurrente. Me gusta la sencillez de su corazón y lo desnudo de su alma. Me gusta él, pa' que me hago tonta. No quedamos en nada, y ya deja de extrañarme que pase esto cuando se llama por primera vez por teléfono. No lo sé, pero lo supongo.

Y también supongo que no todos los que nacimos bajo ese signo, nos parecemos. Nunca antes había tenido amistad con una persona que hubiera nacido en una fecha tan próxima a la mía. Aún así, nuestra química es fascinante. Tanto, que algunas veces chocamos, como ayer.

Quizá el hecho de haber crecido con hermanos mucho más grandes que yo, me ha hecho como soy: de caracter fuerte, pero sumamente tolerante. A pesar de eso, me identifican por tener mucha decisión y fuerza de voluntad. Fuerza de a como pueda, porque a veces no sé de dónde la saco. Así que cuando alguien pierde el control, me parece algo sumamente injusto que tienda a descargarse con las personas de alrededor.

Me ha pasado muchas veces con mi padre, y en general con las personas que más quiero. Pero me llama mucha la atención, que lo haya hecho otro virgo. ¿Yo también soy así? ¿Por qué pienso dos o tres veces antes de emitir un juicio, intentando inferir si lastimaré a quién está frente a mi? ¿Por qué me duele que no se actúe conforme se habla?

Me sale bien hacerle al camaleón, me gustan las metamorfosis y volver al primer lugar. Me sale, me queda, me va bien. Tantísimas horas de charla con Mauricio no fueron en vano, y aún cuando no todos pueden controlarse como yo lo hago, mi corazón -que no sabe de rencores- estará listo para llamar mañana por teléfono.

Nadie es perfecto. Mucho menos un domingo.
Hoy lo extrañé, y me imaginé qué estaría haciendo mientras yo caminaba Madero rumbo a Eje Central. Mi mano buscó la suya, en vano.

¿Por qué no estudié Derecho?

martes, 30 de junio de 2009

Del León, y los ojos redondos

El León se va justo cuando yo llego. Todos los días, nuestra oportunidad se limita a unos diez minutos, veinte si nos va bien.

El chico alto, de los ojos redondos, sólo hace sus apariciones esporádicamente. La Florida le absorbe las ocho horas al día.

Nuestra oportunidad, ¿para qué? ¿De qué se trata? Diez minutos pudieran ser una vida, y entonces no serían oportunidad, serían bendición. Me gusta que tenga los dientes parejitos y casi tan blancos como perlas. Me gusta su melena de león, la chamarra negra y los gadgets de última tecnología.

¿Oportunidad? Los ojos redondos no la dejaron escapar. Me puse tan nerviosa, que comencé a tartamudear. Soy el colmo, no es posible que me pase esto a mi. Ni siquiera pude anotar su número de teléfono; él cogió mi móvil y desde ahí se llamó al suyo. La llamada que venga de regreso no sé cuando sucederá, ni siquiera sé si tendrá parte. De cinco en cinco, el León está más tiempo presente.

Me inspira tantas preguntas, que no estoy segura de poder formulárselas todas de una vez. Hay cosas que son oficiales: su edad, su religión, su dificultad para despertarse temprano. Y supongo que sí le gustan los domingos, como le gustan al chico de los ojos redondos.

Todos hacemos guardias, y qué gran diferencia existe entre los que elegimos un domingo y los que no.

El León se limitó a darme una galletita de chocolate, y me da un poco de curiosidad que resulte ser gay. Todavía no los reconozco, todavía no me molesta que sean un poco vanidosos o que se arreglen el pelo más de lo que me lo arreglo yo. Tampoco sé qué tan normal es hablar de dietas, ejercicios y cuidados personales, con un hetero.

Pero qué va, ahora recuerdo que ya sé lo que es que un hetero se planche el pelo, se cuide la piel más que yo, o tenga menos vellos que yo. No me interesan muchas cosas del León, pero parezco gato con toda la curiosidad que me provoca.

Y entre los tres, la Ciudad se hace un polvo. Unos de cerca, una del norte, el otro del otro lado. Y yo hago bromas diciendo que vengo de Japón. Me río, se ríen. Me gusta cuando se ríe. Y guiñamos los ojos, y no puedo ver sin mis gafas, y los micrófonos nos hacen interesantes.

Dar noticias, entonces resulta divertido.

viernes, 12 de junio de 2009

No te acostumbres mucho a estar sola

Hoy comí con el Rey Sol. Nos encontramos a las once treinta en la esquina de Insurgentes y Filadelfia, a espaldas tenía al Poliforum Cultural Siqueiros. Me acompañó a ver un coche, luego fuimos a comer algo. Él desayunó y yo adelanté la comida.

Teníamos aproximadamente unos seis meses de no vernos. Platicamos mucho y nos reímos. Nos pusimos al corriente. Me hizo bien escucharlo, y en la noche me enteré de que a él le dio mucho gusto verme y verme bien.

Me ve bien. Pocas son las veces que me lo ha dicho. "Te ves bien", y al momento de articular esas tres palabras, los contextos y nuestras historias se combinan, se mezclan, se dividen y se vuelven a fusionar. El Rey Sol encuentra la manera de hacer que las historias se vuelvan a mezclar y que los fragmentos se iluminen. Por espacio de hora y media, tuvimos la fortuna de homogeneizarnos con la conversación. Otra vez lo pasamos bien.

Recordamos muchas cosas. Le platiqué de San Román y del chico que no sé cómo decirle que lo quiero tanto. Hablamos de las chicas que tuvo, y me reí mucho recordando que una de ellas cortó con él porque hablamos por teléfono. Aquella tarde estaba hecha un guiñapo en el Franz Mayer y le llamé, me dijo que estaba ocupado pero que me fuera a mi casa, que más tarde me llamaría. Como a los veinte minutos me volvió a llamar, "quédate donde estás, ya paso por ti" me dijo, y al subirme a su coche me contó que la chica al escuchar que hablaba conmigo, le pidió que arreglara nuestros asuntos (qué risa me da), y que cuando terminara le avisara. Pum, se fue, y lo terminó.

Luego entonces, pasó por mí, me invitó al cine, lo pasamos bien -como siempre-, y se escribió otra historietita en el viejo y gordo libro que comenzamos a compartir hace mucho tiempo.

Ya no tengo miedo, ya no me "da miedo" el Rey Sol, ni me da miedo contarle mis proyectos. Le dije que ya no tengo diecinueve años, y me respondió que eso le consta, pero que siempre me verá chiquita.

Hoy aprendí que la Ciudad todavía guarda Vip's que no conozco, que puedo beber mucho café de un hilo y que siempre es mejor comer acompañada que frente al monitor. Aprendí que los progresos personales también se cuentan con buena apariencia, con constancia y sin cosas materiales. Me sorprendí de lo bien que puede hacernos un encuentro espaciado, fugaz, al filo del mediodía. Él me sorprendió, y luego dijo que todavía yo lo puedo soprender a él.

Terminamos hablando del amor. Le confesé que en años sólo tuve un novio y que ya nada es como era en la Universidad.

Al despedirnos, me pidió tres cosas. Que no me acostumbrara demasiado a estar sola; piensa que se nota que estoy bien tal como estoy, pero que no debo acostumbrarme tanto a la soledad. También me llegará, y tendré que darle espacio para que funcione. Es el mejor consejo que me ha dado en años.

Me pidió que lo suelte, que no vale la pena, que las cosas se queden tal como están. Y que deje de exigirme tanto, que me porte bien conmigo misma.

Hoy le prometí muchas cosas. Ya terminaré de palomearlas todas.

Me prometí no escribir de chicos por un tiempo. No tiene caso sacar conjeturas e inventar reconciliaciones cuando no se les da parte. Aún puedo escribir del amor, de la Historia y de mi Ciudad. Y tal vez me invente una historia de amor en mi Ciudad. Mientras el chico no llegue, no tiene caso reinventarlo una vez más.