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lunes, 6 de diciembre de 2010

Día a día

Todos los días libro una batalla conmigo misma. Todos los días intento ser mejor persona. Al paso del tiempo me volví una guerrera; aprendí a ganar y a veces a perder esas batallas con mi pasado, con lo vivido, con los recuerdos.

Todos los días libro una batalla con la ansiedad. A veces acepto y comprendo que vino para quedarse, que vive en mi. Ella es amable la mayor parte del tiempo, me deja pensar, me deja escribir, me deja tener una vida. A veces no me deja dormir, y entonces odio estar muerta de frío en la noche, o me gusta quedarme despierta mientras los ojos verdes me miran escribir.

Pero como todas las batallas, a veces se pierde.

Hace dos días que no le pude ganar. Luego de tantas cosas que hay que solucionar, que hay que decidir, dilucidar, reflexionar, dar para sí, para mi, y para todos... me di por vencida. No fue como las últimas veces había sido, ahora estuve batallando mucho tiempo, la estuve reprimiendo, la semana pasada quiso hacerme explotar y me negué, preferí reportarme enferma y ganar un poco de horas de sueño, comer mejor, comenzar con una dieta más decente. Pero hay veces en que me canso de luchar.

Y aquí voy otra vez, al remedio dentro de un mini frasquito de vidrio, que nadie puede ver, que nadie puede oler, pero que yo sé que viene dentro de mi, y dentro de mi bolso de charol color negro. Y aquí voy otra vez, a llorar y llorar y llorar parada en una banqueta, a perder la ubicación de donde estoy, a no saber qué es lo que tengo que escribir para mañana. A llorar mientras manejo mi coche sin saber a donde voy, sobre una vía rápida, o esperando semáforos en verde.

Aquí voy. A quedar al descubierto frente a las personas que más amo, frente a las personas que no me conocen, frente al médico que no puede creer que haya ganado seis kilos en nueve meses.

Todos los días lucho por ser una mejor persona, no importa no saber qué es lo que tengo que escribir mañana, porque una vez más lo intentaré.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Último ensayo.

Último ensayo de esta materia, de todo el semestre.
Último mes del semestre. Resta sólo la investigación de trabajos finales.

Haber vuelto a la investigación de tiempo completo ocasionará que me quede calva.

Ayer comencé a tomar vitaminas para la concentración, el estrés y el cansancio extremo. En el fondo, lo que me gustaría tomar es una pastilla para dormir porque ya me cansé de que aún con tanto cansancio, me cueste mucho trabajo conciliar el sueño.

A pesar de contar como seis, todos sabemos que sólo han sido tres.
Y esto, señores, parece que por fin se acaba.

miércoles, 16 de junio de 2010

Las horas después.

Pensé que esta ocasión sería diferente. Cuando una crisis de ansiedad me sorprende, es mayúsculo mi malestar y por obvias razones se incrementa mi desgano. Generalmente se me quita el apetito, mas en contadas ocasiones, me ha venido un hambre voraz, no puedo dormir la noche siguiente a la crisis, y para acabarla de amolar, me duele el cuerpo y la cabeza.

Hoy, que dormí como pude, que al despertar me dolía todo comenzando por el cuello y la cintura, que me he sentido como barco en altamar todo el día, y que no he tenido el hambre que suelo tener, estoy cayendo en la cuenta de que soñé con él y con el cumpleaños de su madre.

Siempre jugaban a que era bruja, porque su nacimiento tuvo lugar el 31 de octubre. Tiempo después me habría de enterar yo que no era un juego, y que la mujer tenía de dama lo que yo de modelo AAA. En mi sueño había mesas redondas y un hermoso baño completo alfombrado con mobiliario color gris.

La zona de la casa (porque estábamos en su casa) no era linda como donde vivían cuando los conocí, pero era la misma casa. El señor de barba, las puertas para entrar a la cocina, la alacena grande donde el gato se quedaba dormido, el calentador de agua saliendo para el jardín, la mesa del comedor enorme, color natural, las esculturas y las obras de arte, el sillón frente a la ventana en el que me quedaba dormida debajo del sol por las tardes, el cuadro redondo que estaba hecho en su mayoría por laminilla de oro que brillaba mucho por las mañanas. La chimenea en el centro del salón, las escaleras de madera que hacían ruido cuando subíamos, el sillón de piel que nos abrazaba cuando nos quedábamos dormidos, y que lo albergaba a él cuando yo elegía dormir sola.

Todo estaba en su lugar, todo era bonito por dentro, pero por fuera estaba horrible. No había pavimento en las calles, llovía a mares, no había escaleras y en su lugar sólo eran rampas de cemento a medio terminar. Personas que me miraban extrañamente, envoltijadas en harapos que se veían casi podridos. En fin. No era un lugar agradable, no era como yo recuerdo que era.

Había una fiesta, yo estaba compartiendo con unas chicas, estaban las amistades que compartimos, y él estaba allí, sentado frente a mi, con su piel de terciopelo de jaguar en celo, y sus rostros de libertadores que más parecían ajenos que mis favoritos. Tenía el pelo justo como cuando lo conocí, se veía bastante bien y su madre también, eran radiantes, la casa era bonita y me gustaba estar hasta en la cocina.

Todo era como siempre quise que fuera. No existían toxicidades, ni hermanos olvidados que después resultaban más tóxicos que el benjamín. No había malos tratos ni tampoco gatos, mucho menos perros, y estaban allí todos esos posters color gris.

Desperté, sintiéndome muy mal físicamente, pero en el fondo pensé que todo estaba en orden.

Hace ya muchos meses que se murieron en mis sueños, en mi memoria, en mi cuerpo, y que sólo falta que me confirmen que se murieron de verdad o que se mudaron de Ciudad.

Soy malísima para la interpretación de los sueños. No sé qué querrá decir haber soñado con ellos justo la noche del día en el que tuve una de las crisis más fuertes del año; ni tampoco sé qué querrá decir haberlos soñado tan perfectos.

Tengo que aceptar que en el fondo deseo que el chico tóxico no tenga más malestares y que sea feliz; que la vida no se le complique más de lo que él se la estaba complicando. Debo confesar que deseo que todo esté perfecto tal y como lo soñé.

No todo lo que brilla es oro, y esta ansiedad no se quiere ir lejos, se quiere quedar dándome vueltas como lo hace ahorita el gato alrededor de mi mesa de trabajo. Ni modo. Cada quien lo que le toca, y supongo que tendré que aprender otra vez -o acostumbrarme- a vivir con ella poco más de tres días cada seis meses.

jueves, 11 de marzo de 2010

Estaciones en mi cuerpo

Tenía los pies diminutos, y unos ojos color verde mariguana.
Barbie Superestar, Joaquín Sabina.


No sólo hay estaciones de autobús, de tren, de Metro, de transporte público. No sólo hay estaciones del año, estaciones del tiempo, estaciones espaciales. También hay estaciones en mi cuerpo.

El lunes por la noche, luego de muchos meses si no es que años, tuve una crisis de ansiedad. No es nada grato, pero tampoco es grave. Lo mejor -si es que existe algo bueno en esto-, es que ahora sé manejarlas, sé identificarlas, y sé recuperarme en las seis u ocho horas siguientes. Y una cosa muy importante, es que ahora puedo hablar de ello abiertamente, sin sentirme mal por tener un tanto de TA. Somos muchas personas las que lo padecemos, pero pocas lo podemos asimilar, identificar, y hablar sobre ello.

Y aquí vengo, como siempre, buscándole el lado optimista a las circunstancias que me rodean.

Llevo ya casi ocho días sintiéndome mal, sigo mareada, sigo con náuseas, con cara de fuchi sin de veras sentirme fuchi, con unas ojeras terribles aún cuando he procurado dormir bien. O quizá sea que, una vez más, comienzo a acostumbrarme a este insomnio que de pronto regresa como regresan las estaciones del año.

Y es justo en primavera, cuando me pica la nariz, cuando no paro de estornudar, cuando me lloran los ojos por tanta flor, tanto verde y tanto polen; tanto "love is in the air" que se levanta cuando lo hace el sol. Justo con el calor, es cuando comienzo a quejarme del dolor de piernas, cuando los padecimientos de hace un par de años hacen su aparición. Y es como todo lo que me pasa, que me recupero pero no me curo al cien por ciento, todo es tratamiento, control, manejo de síntomas -como dice Mauricio-, para que no regrese la enfermedad.

Hoy, manejando sobre Thiers, me di cuenta que la primavera está sacando a patadas a este invierno de la Ciudad. Los árboles comienzan a verse todos verdes, luego de que en otoño las hojitas amarillas, rodaban por el pavimento. Los rayos del sol atravesaban las copas de los árboles, obligándome a entrecerrar los ojos, aún con las gafas puestas. Qué linda escena, pero qué puto calor.

Y lo que nunca me hubiera imaginado, ahora pasa que tengo la presión alta. ¿Por qué? No lo sé. Se supone que por estrés, por angustia, por este TA que hace su aparición de repente, aún cuando yo había ya echado las campanas al vuelo. Qué más dá. Así soy, ni modo. Y aún cuando intento no darle importancia, debo hacerlo. Pareciera que no me interesa, que ni siquiera me preocupo por mi propio cuerpo, por dormir o comer bien, por procurarme una buena compañía, un entorno que me sea viable. Pero no es así, sí me preocupo, sí me interesa, y entonces me angustio. Qué de la shit está la cosa.

El chico tendría que saber que no sé pedir ayuda, que soy medio bruta para esas cosas. Hace ya tanto tiempo que me concibo así, que a veces no comprendo que puedo pedir que me tiren un lazo. "¿Por qué no me llamaste a mi?", me preguntó el día después de la crisis. "Por que no se me ocurrió, porque pensé que estarías dormido, porque pensé que te molestaría al llamarte", le respondí, o le quise responder, o me imaginé que le respondí. A veces (lo reconozco), no digo todo lo que pienso, porque me da miedo hablar de más. Todavía este absurdo miedo de no decir lo que esperan escuchar.

Pero el chico tiene razón, y debería ponerle más atención. No es que no lo haga, pero tiene razón cuando dice que puedo llamarle a la hora que necesite, que puedo pedirle un consejo o compañía, que puedo mandarle un recado o escribirle una carta pidiéndole que venga a hacerme casito un rato. Todo se vale, el chiste es que yo me de cuenta que se vale. Y me cuesta, porque casi no recuerdo cómo es cuando uno comienza a salir con alguien.

Pero qué estupidez estoy pensando, si todo vuelve a comenzar siempre. Todo es una gran primera vez. Y este chico está viniendo a llenarme de primeras veces.

Mi memoria, como si fuera un gran monstruo, de pronto comienza a despertar, y a veces no sabe qué hacer. Y eso no importa, porque entonces comienza a llenar las paredes de su guarida, con nuevos colores, nuevos recuerdos, nuevas sonrisas, nuevos ojos que miran a los míos, aún cuando sostengo más de un instante la mirada.

Qué maravilla.

Por otro lado, el corazón, con su enorme coraza, comienza a hacerse blando. Y es entonces cuando me doy cuenta que los latidos de este corazón, que hacen que la presión arterial se altere, quizá no sean causados sólo por una ansiedad mala, sino por una emoción exorbitante. El cariño y los sentimientos también alteran, también matan, de buena y de mala manera. ¿Qué pasa cuando uno, sin reconocer las sensaciones del cuerpo, de pronto cae en la cuenta de que todo está bien? ¿Por qué la convivencia siempre es sorpresiva?

¿Por qué la mente me juega esta trampa, queriendo siempre planearlo todo, palomear todas las listas y tener el control de todo? ¿Por qué cuando me dejo llevar, casualmente se me sube la presión arterial?

De una cosa sí estoy segura: las cosas que mejor saben, o que mejor resultan, son las que no se planean; aún con este mareo, con el dolor de cabeza, y con las náuseas que me quitan el hambre, comienzo a disfrutar de cada una de las sensaciones de este monstruo que se despierta, de esta coraza que se cae, de este cariño que me toma por sorpresa.

La última vez que se me subió la presión, mi hermana Cristina me cuidó, y me llevó con ella a través de las avenidas de esta Ciudad; a comer a un restaurante de la colonia Condesa, a visitas de obra en las que ni siquiera me pude bajar del auto por la pesadez de mi cuerpo, por el dolor de mis piernas.

Ahora Cristina no me puede cuidar, y si no comienzo a cuidarme yo, nada valdrá la pena.

Y termino en donde partí, pidiéndole a Clío que regrese para que me haga escribir, para que pueda terminar lo que me hará arrancar una nueva Historia. San Antonio sigue de cabeza, el pobre ya no ve su hora, le falta poquito porque la mayoría de los milagros -que se confunden con primeras veces-, a comenzado a concedérmelos.

Es normal, que el vaso gota a gota de pronto se derrame. Es normal que la convivencia cree lazos maravillosos de afecto y compañía. Es normal que alguien venga a preocuparse por mi, e intente hacerme entender que debo hacerle caso a los síntomas de mi cuerpo.

Es normal querer seguir escribiendo. Es normal, que de pronto me lleguen unas ganas bárbaras por llenar las paredes de letras, de frases, de su nombre escrito en muchos idiomas, con muchas claves, con mi letra retorcida que a veces no pueden leer. Es normal que el sol y el polen me hagan estornudar, porque entonces es cuando sigo sintiendo, cuando ya no soy indiferente a las estaciones de mi cuerpo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Noches de juerga

Apenas terminé de escribir todo lo que hacía falta, recién lo leí y lo presenté, y ya estoy comenzando a querer escribir otra vez. La cabeza no me para, no me paran los dedos de las manos, y de unos diez días para acá, tampoco han parado de bailar mis pies, ni de temblar mis piernas.

Hace rato intenté hacer memoria de hacía cuánto tiempo que no me la pasaba tan bien, y aunque no estoy segura, me parece que esta ansiedad -buena y no tan buena- no la sentía desde que estudiaba en la Universidad. Esta Ciudad es maravillosa, tiene de todo, a veces me cae gorda, pero me he hecho el propósito de dejar de decirle groserías cuando me enojo o comienzo a tener una discusión por el móvil. La Ciudad ha estado de mi parte las últimas semanas, ha estado lluviosa, medio fría y a veces distante y algunos dirían que se parece un poco a mi, pero eso ya va de sobra.

La cabeza, como decía, no me ha parado. Siempre pensando lo que viene, las decisiones que hay que tomar, las frases que hay que escribir, los corazones que hay que conocer, que hay que abrir, y el mío mismo, que poco a poco se comienza a despertar. Hay momentos en que me duele todo. Me duele sobre todo esta cabeza que traigo acá arriba; hay veces en que me duele el pelo, me duelen las piernas, me duelen los pies y me duele mucho la espalda. Hay noches en que no puedo dormir, en que prefiero -de hecho- quedarme despierta; es maravilloso cuando se puede decidir, quedarse despierta, quedarse dormida, seguir caminando, pedir un taxi, quedarse callada, seguir escribiendo, seguir transmitiendo esto a pesar de los lectores que se tengan, y los que todavía no tengo.

Y como Hans no quiso arrancar el jueves por la noche, porque cometí el error de dejar las luces prendidas todo el día afuera de la oficina (siempre hay una primera vez), el hecho de volver a casa con Hans a cuestas en una grúa, hizo que me diera insomnio otra vez, que me doliera la cabeza, el cuello del lado derecho y que me diera un poco de ansiedad. Ni modo. Todo tiene un precio, y esta vez, aún cuando pareciera que fue alto, no fue tan desagradable esperar a que todo se resolviera. Las penas con pan son menos, y la espera de una grúa es menos tortuosa si se tiene compañía, que encima, te hace reír a carcajadas.

El día después, casi pierdo la cuenta de los analgésicos que me tomé. Creo que había sido uno por la mañana, dos a la hora de la comida, o al revés, un par con el latte de la mañana, uno a la hora de la comida y uno más a media tarde. Cuando a punto estuve de tomarme uno más porque el dolor no cesaba, caí en la cuenta de la pérdida de la cuenta, y me detuve. Así es. En diferentes situaciones, las cuentas se pierden, y es entonces cuando uno se detiene, o de plano se sigue adelante. Insisto, es maravilloso cuando se puede decidir qué es lo que se quiere hacer.

Me esperaba entonces, una maravillosa noche, un motivo especial para que mis pies no dejaran de bailar y para que mis piernas siguieran temblando. Una llegada a casa de madrugada, con un Curvoisier que me guiñaba el ojo desde que me bajé del taxi, que me supo magnífico en una de esas copitas redonditas, y que me hizo seguirle cantando y escribiendo, para dormir sólo hasta entrado el amanecer, pasadas las siete de la mañana.

Y valió la pena. De pronto resulta que todo vale la pena.

Una hora y media después, me desperté en calidad de zombie para ir a buscar al mecánico que me dijera qué era lo que tenía Hans, además de no tener ni una chispita de batería. En el camino me encontré a mi hermana, la otra María, quien venía desde temprano a visitarme. Fuimos por el guerrerense éste que me cae tan bien, que hizo que Hans volviera a andar. Desayunamos Mari y yo como debiera desayunar todos los días, pero que no siempre se puede. Se quedó todo el día conmigo, vino a limpiar mis ojos, a hacer que las lágrimas atoradas salieran, a que mi corazón latiera tranquilamente por platicar con ella.

Vino a tender mi cama mientras yo tomaba una ducha, a decirme que ya debo dejar de bajar de peso, a hacerme reír con las ideas del cambio de habitación, de entorno, de posición. Vino a recordarme que a pesar de la distancia, seguimos siendo hermanas, y nuestro amor ha prevalecido a pesar de muchas circunstancias.

Vino a llevarme por las arterias de la Ciudad. Vino a abrazarme. Vino a poner en orden lo que se podía ordenar.

De regreso, una Mafka con un novio encantador, y un chofer incluído, me esperaban en la puerta de la casa para volver a salir. Luego de pensarlo un poco, porque tenía muchísimo sueño, guardé a Hans, me arreglé rapidísimo, me puse esos botines de flecos que tanto me gusta usar, y me fui con ellos, y literalmente no supe más, hasta unos 40 minutos después.

Me quedé dormida apenas me subí al coche. Moríamos de risa cuando llegamos al bar que nos esperaba, se quedaron hablando solos cuando no les respondí, y Mafka me pidió perdón por haberme insistido tanto en salir, pero era una ocasión especial. Bebí un red bull, luego comencé a divertirme, a recibir llamadas que me hicieron reír, que me pusieron mejor de lo que ya estaba.

Nos cambiamos de bar, porque el primero era una reunión que no era nuestra. Luego, en el segundo fue una mezcla de todo, que me hizo bailar y me puso feliz: el whisky con soda, los recuerdos de la noche anterior, el cansancio que traía a cuestas, la plática con Mafka, las carcajadas por los chicos del rugby, el cigarro en la banqueta, el carrito de hot dogs que no paraba de vender, el chofer que no nos quitaba el ojo de encima, que luego tardó en regresar para dejarnos volver.

Y dormí, aún cuando no fue tanto como hubiera querido, dormí, por fin, lo logré. Luego, el domingo, cansado como son los domingos, también me trajo algunas sorpresas.

Domingo de comer bien, de dormir poco y de reír mucho. Ciudad de mercados sobre ruedas, de tianguis de pulgas que me hacen enloquecer. Domingo de dejar de odiarlos, de comenzar a aceptarlos, de plantear nuevas alegrías e ilusiones. Ciudad llena de coches, de volantes cubiertos con peluche de leopardo, de camiones y colectivos que casi te quitan la vida o te rebanan el trasero. Domingo de tomar té de manzana, de volverle al té verde, de probar otras opciones sin azúcar. Ciudad de deseo, Ciudad de sonrisas a través del móvil que creo que sabe que me provoca, domingos de comunicaciones casi sin palabras.

Ciudad de un tal vez que más que un quizá es un por supuesto.

Ciudad de noche, domingo de día. Ciudad de noche que me hace feliz, que entonces provoca un feliz domingo que antes no tenía.

Noches de juerga. Noches que me gritan que está bien si le pido que me provoque. Benditas noches, maldito insomnio, bendito deseo, maldito frío de invierno, bendita Ciudad. Buenos días, llegando de reversa, luego de cruzar toda la Ciudad.

domingo, 7 de febrero de 2010

Puras pesadillas.

Dormí poco y mal. De hecho, seriamente me he dado cuenta de que estoy abusando de las pastillas para el dolor, de las aciditas de colores, de las que son para la nariz, para la alergia, para dormir, para la garganta, para despertar, para mantenerme de buenas, de las de menta y de las que todavía no se me ocurre que me puedo tomar.

Hay distintos tipos de analgésicos, unos comunes, otros muy específicos. Con ninguno, y también con cada uno de ellos, tengo una relación estrecha, y cierta disposición a traerlos en el bolso o a guardarlos en el cajón del otro buró que casi no uso. A veces me da miedo. Se supone que ya confían en mi, que ya puedo guardar todo tipo de substancias en mis pertenencias, que ya puedo cargar con ellas, que ya no es necesario que algún pariente o persona de confianza sepa que las compro o que estoy en manejo con ellas.

Algunas veces, me doy miedo a mi misma.

Desperté, exaltada por no poder respirar, con un gato que pesa cerca de siete kilos encima de mi, y con el pelo echado todo en la cara. Soñé horrible. Soñé que la cita que tengo el martes no llegaba, que yo estaba confundida, que no sabía donde había pasado la noche y que todo en mi memoria era mi Universidad con cuartos de baño y lujosas zonas de comida, y que en un cóctel de pastillas me había perdido hasta el mediodía, justo cuando mi jefa me dejaba un mensaje en el móvil que decía "te esperamos a las diez, y tu nunca llegaste".

Ni lloré, ni me desmayé, y ni pensé en vomitarme. Comencé a quejarme como si me estuvieran dando un golpe en el pecho, y a lo lejos escuché un ronroneo, luego abrí el ojo y vi la luz del mediodía metida en mi habitación. Intenté liberarme de las pesadas cobijas, luché en contra de los brazos de Morfeo, y me senté de un brinco en la cama. Le saqué la lengua al puto domingo que empezaba para mi.

Todavía un coqueto gato ronroneaba en mi panza, mi nariz estaba completamente tapada, por eso no podía respirar, por eso sentía esa pesadez en el pecho de que me faltaba el aire. Sólo fue un mal sueño. Sólo fue la pesadilla de terror más terrible que he tenido en los últimos meses, y que justo mi subconsciente pudo elucubrar para mostrarme de frente el mayor de mis temores: no estar presente en la reunión por la que tanto he esperado.

Dieron las trece horas y yo seguía en la cama. Ahorita sigo cansada. He tenido dolor de cabeza todo el día. Tengo muchas cosas para quejarme, pero no lo voy a hacer. Tengo muchos dolores que mitigar, y tendría muchas razones para tomar todas las pastillas del mundo, pero no lo voy a hacer. Todavía me duele el cuello y el brazo izquierdo, no aguanto la espalda, y la cabeza siento que me va a estallar.

Debe ser ansiedad. Debe ser cansancio. Me voy a dar un baño, y no voy a tomar nada más.

Nada más, aún cuando ese frasquito me está haciendo ojitos desde el tocador. Aún cuando ahora recuerdo que tengo unas deliciosas pastillitas en forma de diamante que la Diseñadora de Modas me regaló, y que de hecho no estoy segura de que sepa qué fue lo que en realidad me dio.

Dos veces en mi vida he sido infiel, pero hoy no me voy a ser infiel a mi misma, ni por unas aspirinas para el desamor lo haría. Lo prometo.

martes, 19 de enero de 2010

Necesito un despertador.

Luego del ajetreado día de ayer, del poco sueño que tuve, y del relajante baño que me di por ahí de las 22 horas, me quedé profundamente dormida.

Nada me despertó, ni la llamada de mi padre para el café de las mañanas, ni las mordidas que el gato me dio en la muñeca para abrirle la puerta. Nada lo hizo, más que la musiquita de la radio que avisa que el noticiero ya se acabó, y obviamente significa que son las diez de la mañana.

Las diez, ¡mierda! En media hora tenía que estar en la colonia Narvarte. Por supuesto que no lo logré, pero sí a las once y diez. Me vestí hecha una loca, ni siquiera me acomodé el pelo, cogí el coche sin calentarlo otra vez -el Rey Sol me va a matar si se entera-, y manejé lo más atenta que pude, a pesar de que todavía me pesaban los párpados. Lo bueno que no hubo gente. Lo bueno que Thiers y luego Medellín iban vacías, y los semáforos se pusieron de mi parte, todos en verde. Lo bueno que pude despertar por fin, y dejar de bostezar, cuando di vuelta en Xola.

No es posible que nada me haya despertado. O vuelvo a dormir como antes, o me urge un despertador. Ya de menos que alguien me venga a azotar la puerta o a recordarme que tengo que ir a trabajar.

Ojalá hubiera podido dormir así de profundo hace un mes, cuando el puto insomnio vino a dormir conmigo mientras me quedaba despierta. A ver si no vuelve a hacer su aparición el mes que entra. Así es esto. La rueda de la fortuna de mi desorden de sueño.

Necesito un despertador. Y si es de carne y hueso -y se queda conmigo-, mejor.

martes, 5 de enero de 2010

De mil amores

No debería, pero te escribo en las noches cuando no puedo dormir.

No deberías, pero me lees, y te gusta. Y aunque no me respondes inmediatamente ni al día después, me respondes de otra manera. Y no deberías.

No debería, pero te escribo como hace mucho no lo hacía. Escribo diferente a como lo he hecho los últimos años, escribo cosas que siento desde la flama interna que se me enciende algunas veces más de la cuenta. Te escribo lo que quisiera que nadie más pudiera leer.

Pero son palabras, son letras ordenadas de manera que se hacen especiales. Son palabras escritas de manera tan estratégica, que nos siguen haciendo ser lo que somos.

No debería, pero el destino nos sigue manteniendo cerca, nos une, no permite que a pesar de los años y las despedidas nos separemos.

Y no deberías decirme que de mil amores estarías aquí. No deberías, pero lo haces. ¿Y sabes qué? Te creo. No deberías decirme que de mil amores me quitarías ese vestido blanco que tanto te gusta, para dejarme sólo con mis botas color piel puestas hasta la rodilla.

No deberías mencionar la palabra "amores". No deberías, pero lo haces.

No debería ponerte atención. Y estos párpados que he puesto en mis oídos, deberían hacer pareja con la coraza que está puesta en mi corazón. Y no debería saber que así debe ser. No debería seguir manteniéndome como roca.

Y de mil amores, yo dejaría las cosas tal y como están, no intentaría más nada, sólo seguiría escribiéndote como te escribo, a veces una carta, a veces al móvil, a veces por el mensajero. No debería aceptar mirarte, en cambio sólo debería seguir viéndote.

No deberíamos confesarnos como lo hacemos. No deberíamos aceptar este deseo. No deberíamos darnos parte, ni tu a mi, ni yo a ti. Ya no, no más de una vez.

Quizá no debimos continuar la historia. No debimos haberle dado segunda parte, ni tercera, ni cuarta. Pero insisto, el destino -y esta Ciudad- se ha encargado del resto.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Un amante que me haga feliz

De veras que si me pongo a escribir lo que ha pasado la última semana, va a parecer que ahora me dedico a escribir novelas. Hay veces en que quisiera no pensar tanto, o no vivir tanto, o que no me tocara vivir estas cosas que pasan, que me desfilan frente a los ojos.

Hoy salí en la noche a tomar café con San Román. Sacamos la lista de propósitos que hicimos juntos hace un año. Lo que estuvo directamente en mis manos lo cumplí, salvo lo de entrenar el maratón, y lo más estúpido es que volví a fumar. Bajé más de diez kilos, conseguí varios empleos, terminé de escribir el libro, logré cierta estabilidad, y mis ahorros se fueron en comprar a Hans.

Tuve una reunión con una de mis lectoras, una que está feliz por haber leído mi Historia. Abiertamente me dijo que crecí como escritora, que ahora me pueden llamar historiadora. Que aprendí a escribir, y a dejar de escribir como si platicara. No se puede platicar en el texto, más bien se escribe, se ordenan las ideas.

Nos acordamos de que cuando fui su alumna, me daba tanta emoción leer una fuente bruta que rompía en llanto. Ahora ya no lloras, me dijo, ahora infieres y escribes, analizas mientras investigas, y eso tu lector lo puede sentir.

Me sentí muy orgullosa. Y creo que esa es de las mejores recompensas que me pudo haber traído el batallar con la investigación mientras batallé todo el 2009.

El año fue muy duro, pero me dejó muchas experiencias y otras tantas enseñanzas. De entrada que puedo salir adelante, y que sólo me tengo a mi misma. Y que a pesar de que sólo me tengo a mi misma, tengo a mis amigos, a mi familia de corazón que no me han dejado sola. Finalmente las cosas comenzaron a acomodarse.

Está orgullosa de mi. Hay una lectora orgullosa de una exalumna, que ahora es profesional. Eso me hace feliz.

Hablamos de muchas otras cosas. De nuestras familias, del futuro que viene, de los posgrados, los proyectos, las oportunidades que hay en el extranjero. Hablamos de las cuestiones personales y de las listas que tenemos cada una para palomear. Que quizá el matrimonio ya no sea opción, que los hijos luego de los 30 tampoco, que mejor vivir a como una decida y tener un amante que nos haga feliz.

Un amante que nos haga feliz. Habráse visto insolencia, cinismo y alevosía. Habráse visto que por fin pude tener una conversación de éstas. Otra chica, que pudiera ser mi madre, pero que no lo es, que sin involucrarse da un consejo por el bien de otra chica. Y cuesta trabajo, y no es de un día cualquiera, pero basta ver mis fotografías.

¿Y el amante? No lo sé, y quizá nunca lo sepa. Mientras tengo algunos que me acompañan cuando duermo, en mis sueños, junto a mi en mis libros, que están en mis personajes, en mis cd's, que caminan conmigo susurrándome a través de los audífonos que traigo en los oídos. La libertad cierra el pico, pero no se calla. La libertad supera, nos alcanza, la libertad y la tecnología siempre llegan acá.

La libertad se ha enamorado de mi soledad.

Las fotos que San Román me tomó esta noche no me dejarán mentir. No soy la misma, pero soy igual. Estos kilos de menos me hacen parecer otra persona. La chamarra de cuero me envuelve, piel sobre piel, como me fascina cuando sucede. Mis manos enfundadas en más piel, toman mis escritos, toman mis sueños, abrazan esas oportunidades que no quiero que se me vayan. Mi pelo casi siempre va atado. Mi mechón cano hace que todo brille, aún más que las luces de esta fría Ciudad.

Y ahora que ya sé escribir, creo que ya podré dormir.


lunes, 21 de diciembre de 2009

Experiencia AA

El otro día, a petición de una vieja conocida, acudí de oyente a una sesión de Alcóholicos Anónimos. La experiencia no fue desagradable, debo admitir que llegué temerosa porque no sabía qué era lo que iba a ver y a escuchar. De todos los testimonios, el de un chico fue el que me conmovió. Tendrá unos 34 años y lleva un año y nueve meses sobrio. Platicó, entre muchas cosas, las razones que lo llevaron a dejar el alcohol; porque más que decisión, también se debe haber tocado fondo para no querer volver a vivir el alcoholismo.

Evité, sin éxito, acordarme de por qué le llamaba tóxico a quien fue mi última pareja. No es mentira cuando digo que le hubiera dado mis pulmones para que volviera a respirar. Y también estuve dispuesta a ayudarlo de cualquier forma que necesitara, pero eso no fue suficiente, no quiso aceptar mi ayuda.

Y con el paso del tiempo, tuve que aprender a entender que la ruptura no fue mi culpa, que no fue que no hubiera amor entre los dos, que no porque no hubiera funcionado con el chico significaba que no funcionará con nadie más. Aprendí que las adicciones son una enfermedad, que las personas enfermas deben poner de su parte, aceptando desde el principio, que existe un problema en sus vidas. Mi ex nunca lo aceptó.

En contra parte, yo sí podía hablar abiertamente de la depresión, de la rehabilitación emocional que vive el enfermo y la familia luego de una crisis depresiva; podía hablar del TOC, de las crisis de ansiedad, de dejar de dormir por semanas, de sentir que los dolores caminan por el cuerpo sin saber dónde van a parar. No fue cosa fácil. Hay algunas personas que piensan que, de entrada, haberme preocupado por mi salud ha sido el más importante de los logros, y uno de los más difíciles.

Y ahora, en retrospectiva, me doy cuenta que la adicción la viví con él, y que también tenía que rehabilitarme a través del sabio consejo del tiempo.

Y hoy, que dormí por mucho tres horas y medias, que me puse a escribir aquí antes de las tres de la mañana, que ya no sé qué hacer con este insomnio y con este frío que me camina por dentro, decidí volver donde siempre encuentro alivio. El venti light latte para mi, el grande para él, sin azúcar para ambos, una hora después me pasó al consultorio.

Y hablamos como si nos viéramos cada semana. Como si nada. Como si todo. Como que tengo que dar el gran paso, y como que ya me sé de memoria lo que me dirá, que me viene diciendo desde hace cinco años, desde hace muchos ciclos, muchas recuperaciones, muchos síndromes de abstinencia.

Y esto no fue como una reunión de AA, pero siempre es una rehabilitación. Es una constante recuperación que a veces olvido cómo es y cómo se siente. Que la mayor parte de las veces se acostumbra tanto a mi, que se me olvida luchar todos los días.

Y para no olvidar, mi padre me lo ha escrito:

Amadísima hija Mariposa Tecknicolor:
Ojalá estas palabras penetren tu corazón, las tomes en cuenta y sean una referencia en tu vida:
Nunca te quejes del ambiente o de los que te rodean, hay quienes en tu mismo ambiente supieron vencer. Las circunstancias son buenas o malas según la voluntad o fortaleza de tu corazón.
Pablo Neruda.
Con todo el inmenso amor de tu papá.


Y yo lo amo a él. Y así es volver a rehabilitar el corazón, con mucho orgullo y sin causar vergüenzas. Así es un día a la vez, el día a día. Ayer estaba por los suelos, hoy ahí la llevo, mañana no sé.

sábado, 19 de diciembre de 2009

El movimiento se demuestra andando

Y el amor se demuestra con actos.

Desperté, contenta de haber dormido bien y profundamente. Desperté con mucho frío, confusa por la situación, y comencé a llorar. No he podido parar.

Me entristece la actitud de las personas, la actitud vendida ante el placer, el blof de hacer o tener algo, o de pertenecer a algún grupo. Me ofende que se actúe como si no pasara nada, como si yo fuera la equivocada, como que estoy peleada con la vida cuando saben que no es así, que me he esforzado para estar donde estoy y ser lo que soy, y que he luchado mucho por mi paz espiritual y emocional.

Me entristece, me ofende, me hace llorar. Justo cuando siento que ya no puedo más, justo las bolas comienzan a llegar de donde no me lo espero, y aún cuando he tenido el bate listo para pegarles, ahora pasa que un bate no es suficiente.

Y ayer recibí la llamada de mi lector, que dice que mi Historia es maravillosa, que lo hice muy bien, que crecí muchísimo y que con mucha honra ahora debo llamarme historiadora. Me emocioné tanto que se me hizo un nudo en la garganta. A pesar del pesado tránsito que hubo en la Ciudad, ya no me importó pisar el freno y el clutch por tanto tiempo; sólo pensé en las palabras de mi jurado y en sus recomendaciones, y en sus buenos augurios, y en que por lo menos a una persona la Historia sí merece la pena.

El cine me llamó, y pasé a ver Avatar, no sabía de qué se trataba pero me sobrepasó, me inundó de colores y sensaciones, y me hizo reflexionar una vez más, qué es lo que sucede en una sociedad que está siendo conquistada. Qué es lo que está pasando por la mente de las personas que invaden, que intentan acordar, y que no entienden. Me gustó mucho. Salí del cine muerta de frío, pasada la media noche. Llegué a guardar a Hans que ya está de regreso conmigo, con un carburador que lo hace acelerar como si fuera joven, y entré a la casa a descansar.

Dormí muy bien, luego de tantos días de insomnio que quiere ser y no ser, dormí como bendita. Y en la mañana todo esto. ¿Qué pasa con el mundo? ¿Por qué ahora no puedo dejar de llorar?

Mi padre llamó para recordarme que me quiere, que está conmigo, que a pesar de la distancia siempre estamos juntos. Tiene razón. Me recordó que en los últimos años, lo que más le ha valido la pena son las mañanas que pasa conmigo, los cafés que compartimos, los periódicos que leemos al mismo tiempo, los libros que nos prestamos, las sonrisas que nos arrancamos y las carcajadas que nos hacen llorar. Mi papá es mi amigo. De ese hilo que me conecta con mi papá, ahora pende mi relación familiar. Y qué curioso, porque no recuerdo haber vivido con él, ni cuando era chiquita. Pero aquí está, ahora está conmigo, y tengo que tener claro que no necesito nada más.

El amor se demuestra con actos, con cariños, con buena actitud, con comprensión. Mi papá me ama, y yo lo amo a él.

Y en algún momento de la mañana, tengo que dejar de llorar, eso es un hecho.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Todo también pasará

Esperé una hora la grúa que me llevaría de regreso a casa. Hans no quiso seguir más, tal parece que a veces no le gusta estar conmigo o algo me quiere comunicar. Cuando el mecánico lo revisa se porta bien, no se acelera, mantiene el motor como si fuera de carreras... pero si no se le da la gana, ni siquiera se le apetece que el asiento se recorra a mi altura.

No lo tomo personal, simplemente Hans me da lecciones que de otro modo yo no podría aprender. Tengo que valerme por mí misma al cien por ciento, tengo que seguir con esta metamorfosis y llegar hasta el final. Sólo entonces, ya nada me podrá detener.

Al salir de la oficina de camino a casa, el edificio de Intercam, que se encuentra sobre Tíber, entre Río Pánuco y Río Nazas, me gritó de frente que pronto será navidad. En su explanada, un árbol navideño adornado con esferas azules, y foquitos plateados que tintinean rápidamente, me hizo asimilar que en diez días es nochebuena. Chale. ¿En qué momento no me di cuenta? Luego, que Hans no haya querido seguir caminando, me catapultó del pasado hacia mi presente.

Y me vi. Sentada en mi coche, esperando una grúa cuyo tiempo era de dos horas -finalmente sólo fue una-, hablando por el móvil con el chico de la aseguradora como si fuera mi pariente, escuchando a Fito Páez con los audífonos, bebiendo mi cherry moka más frío que este invierno, fumándome el último cigarro de la cajetilla; y mirando de frente la realidad de que en mi lista de contactos del móvil, no figuraba ningún nombre para llamar.

Los números de las personas que podrían haberme acompañado ya se habían marcado, y sólo de uno tuve respuesta. San Román llegó, tarde pero llegó, justo cuando subían a Hans a la plataforma de la grúa. Me acompañó en el trayecto, y me ayudó a meterlo en el garage. Luego fuimos a cenar, platicamos mucho, y terminé por desahogarme. Estaba sorprendido de verme tan tranquila y con un nivel de histeria del uno ó 1.5. Se había imaginado que me encontraría llorando o muy enojada, pero todo fue al revés.

Me preocupé mucho, eso sí, pero lo demás lo pude controlar. Me parece que es un punto a mi favor estar consciente de la vida moderna que se vive. Hace un año, cuando me chocaron a Andrés, que me tocó llevarlo todo sola, comencé a asimilarlo. Y debo agradecer que esta noche nadie vino a recordarme que soy soltera, que no podía venir mi papá, un hermano o un novio a ayudarme con los trámites de la grúa. San Román vino, para sujetar mi bolso mientras yo descendía de la plataforma, luego para acompañarnos mientras tomamos café y cenamos club sándwich. Eso fue lo que esperaba. A eso se debía mi tranquilidad.

Ahora, a averiguar qué le pasó a Hans, cómo lo arreglaré, qué onda con el dinero que gasto mucho y gano poco, y como me irá mañana en el trayecto en Metro a la oficina.

Estoy cansada. Tengo sueño. No puedo quedarme dormida, simplemente no he podido, por eso me senté a escribir.

Con esto intentaré conciliar el sueño. Tengo fe, voy a creer, hoy voy a creer. Todo esto pasará y las cosas cambiarán. Yo seguiré metamorfoseando y seré feliz, por fin dejaré de preocuparme. Todo también pasará. Entonces ya nada me podrá detener.

lunes, 26 de octubre de 2009

Lo que viene

Entre el cambio de horario y la crisis de estructura que tuve con mi texto la semana pasada, no he podido dormir. Tengo unas ojeras que dan un poquitín de miedo, basta decir que ni siquiera me he querido maquillar los ojos.

Confieso que lo que viene me da un poquitín de miedo. Me causa ansiedad que me lean de frente y que hagan comentarios sobre las modificaciones que debo hacer. ¿Por qué el texto no se puede quedar tal y como lo deseo? En el fondo es mi trabajo, si no les gusta pues que no les guste, ahhhh pero siempre hay que modificarlo según les interese leerlo o no.

Ya ni siquiera tengo sueño. Si me echo en el sillón, no podré conciliar el sueño aún cuando mi Neuman todavía me acompaña. Debo terminar, por pronto hoy antes de las 16 horas, porque tengo una cita con uno de los lectores y luego a entregar a los demás.

Lo que viene me causa ansiedad. Pffff, si no les gusta... bueno pues espero que no sean tan duros con mis palabras.

sábado, 21 de marzo de 2009

Primavera, sólo primavera

Oficialmente la primavera entró ayer por la mañana.
Oficialmente me siento diferente, no te quiero ver y quizá desde hace mucho que no he querido. No sé porqué no me he acostumbrado a que las cosas sean así, insisto. Yo me histerizo, sabes que lo hago, sabes que algunas veces me pasa que pierdo el control (a todos nos pasa) y que comienzo a llorar (eso ya no tan seguido) y que no confío en nadie y entonces es cuando te llamo por teléfono y te quiero decir que no te quiero ver más y no me atrevo, que no soporto escuchar la voz de tu mujer detrás de tu propia voz (diciendo que me cuelgues de una vez) y que es injusto que no estemos juntos.

La primavera llegó. Así como el otoño me recordó que hacía un tiempo habían luchado por mi, la primavera me susurra que es mejor estar así. La gente no cambia, nunca cambia. Y yo, por el contrario, me esforcé porque las cosas funcionaran. Las personas a lado mío supieron valorar mi esfuerzo, mi carácter, pero comenzó a hacerse todo un tatuaje falso que se cae. Con lo mucho que odio los tatuajes falsos. Con lo mucho que odio los domingos. Con lo mucho que odio que te guste el drama. Con lo mucho que odio que me llames a escondidas y que creas que puedo confiar en ti, que me das tu palabra, que me juegas al revés, que no hablas de mi y que me haces creer que me quieres. Y no sé si me quieres. Y no sé si podrás estar sin mi.

Y en el fondo siento que no me conoces, que no me sabes nada pero ah qué bien te salía jugar al moralista. Y todos se hacen moralistas y hablan de ética y formación cívica y de buenas costumbres y de excelentes relaciones y de conocer maridos y de familias ideales... Encima tu mujer cree tener la familia del siglo, la que no se equivoca, la que toma buenas decisiones, la que no se emborracha ni tiene deslices, la que no fuma, la que tiene buenos oficios y profesiones... la que debió haber sido sin tener que haberte tenido casado.

La maldita primavera me hace escupirlo todo de una vez. Porque me da calor, porque me arde la piel de la cara, porque no puedo usar mis guantes de piel, porque mi liguero no aparece, porque las medias color piel me pican los muslos, porque se me hinchan los tobillos, porque necesitaba este exorcismo.
Porque tus gritos por una estupidez me taladraron los oídos. Porque no soporto que no me crean que no eres un santo.
Porque la puta Ciudad me pone bien tal como es, y no entienden que así me queda.

Un frapuchino de té verde me reconcilió con la cafetería. Los hotpants de mezclilla van bien con las botas altas, y los ojos del chico sobre mi piel ámbar.
Quizá nada cambie. Quizá me deba acostumbrar. Pero me acabo de dar cuenta que es lindo comprender que no estoy del todo acostumbrada. Sería darme por vencida. Y estoy lista para muchas cosas, pero no para tirar la toalla.

lunes, 23 de febrero de 2009

Duermevela



Poco a poco aquí vengo de regreso, a las mismas, al mismo infierno porque ya hizo mucho frío.

Poco a poco me han dado ganas de ponerme a escribir como lo hacía antes, hace muchos años, antes de decidir convertirme en historiadora y antes de decidir no estudiar letras clásicas.

Poco a poco vuelvo a las andadas, de donde soy y de donde -ahora me doy cuenta- no me quiero ir.

Todavía tengo algo de insominio. Los encuentros en la Ciudad han estado a la orden del día. Me llevaron de la mano a conocer otros rostros y otra música. Lo vi, pero no con mis ojos y sin querer me ha gustado tocarle el pelo, verle la nariz y tomar café con mis guantes de piel puestos.

La noche me ha dejado de dar miedo. Después de esos nuevos rumbos, caí rendida en mi cama, en los brazos de Morfeo como hacía meses que no me recibía. Todavía no tengo mucha hambre pero imagino que será lo próximo que me regresará, el buen apetito.

¿Te acuerdas de los sopes de la Portales? Yo no me acordaba, mi memoria de histérica histórica no fue suficiente. El sábado me acordé de ti y luego de los sopes y luego fui a la Portales. También me acordé de Madame Copo y del chico más ocupado de la Ciudad.

Los días me han pasado a duermevela.

Me reencontré con el dueño de la firma de mi muñeca. Su Naturaleza Sangre hizo que me levantara a respirar. Muchos recuerdos regresaron (debes creer que ya no guardo tantas cosas en mi cabeza), no en vano la escuché en la regadera, hacía frío y sonaba fuerte; fui a otros conciertos después de ese pero ninguno fue igual.

No creo en casi nada que no salga del corazón.

Nueva es esta casa, es nueva para mi
tampoco es tan nuevo, vivir ya sin ti.
De nuevo aquí en el barrio y los muchachos me ven,
vuelvo nuevo y empiezo otra vez,
vuelvo nuevo y me pierdo otra vez,
vuelvo nuevo y te quiero otra vez.

Y pasa lo mismo de antes "todo empieza siempre una vez más" y generalmente me gusta lo mismo. A veces no me reconozco cuando me veo en el espejo: estoy notablemente más flaca y el pelo a veces se me alisa. Hoy estuve en la Facultad desde temprano y la vi igual y a ratos diferente, creo que soy yo la que ha cambiado: ya no soy alumna, me comencé a dedicar a lo que más me gusta y tengo nuevas resposabilidades.

Poco a poco he ido tomando decisiones firmes y quizá eso también me sorprende: los impulsos me siguen, me llaman, cuando de pronto me doy cuenta que no debería ser así. Supongo que no tiene nada de malo, me pasa sobre todo cuando mi alergia a la estupidez se hace presente y ¡zim zam zum! digo lo que estoy pensando. Muchas veces va bien, otras... debería pensarlo dos veces.
Y cuando lo pienso dos veces me tardo mucho, se me olvidan las cosas y mis dedos no responden a lo que mi cabeza quiere que escriban. ¿Te pasa a ti también?

Hoy ya llevo un cafesote enorme y dos cocas light. Supongo que si sigo así tampoco podré dormir.
La canción del Teatro Metropólitan me llena, la siento en todo el cuerpo.

jueves, 15 de enero de 2009

Llueve

Son casi las tres de la madrugada y acaba de empezar a llover. A mi me urge terminar mi escrito, por eso sigo levantada. No tengo nadita de sueño, supongo que es por la preocupación o porque mi mente sabe que, si termina, tendrá un enorme regalo que será dormir más de seis horas seguidas.

Hace mucho frío. Traigo puesto todo lo vestible, hasta una chamarra que me hace ver como michelín. Risas. Todavía tengo ganas de reírme.

De repente me llegan algunas ideas sin pies ni cabeza; de pronto pienso que quisiera que el próximo domingo sea el día en el que nos podamos ver, también pienso que no me vería tan mal si me corto el pelo. Tengo que bañar al gato, pero siento feo porque tiene frío ¿los gatos pueden usar suéter? El perro trae puesto el suyo desde la semana pasada. Tengo un poquitín de hambre, pero me da frío bajar a la cocina, que bueno que no tengo galletas aquí arriba.

Que bueno que puedo escribir y que, aunque sea por mensajero, podemos platicar un ratito. Me caes bien, muy bien. (Bendito encuentro en Bellas Artes; qué obscura estaba la Ciudad). Ojalá podamos ir al cine juntos muy pronto.

Tengo frío. La lluvia ya se hizo más fuerte. La humedad me esponja el pelo, me da risa pensar que traigo peinado de leona.
Me faltan unas veinte cuartillas nada más. Nada más. ¿Y si las llenara de palabras rosas?

martes, 13 de enero de 2009

Estreno de año (insomnes reflexiones)

El otro día leí que el año sigue siendo nuevo hasta que pasa algo malo o hasta que se logran los propósitos. Yo no sé muy bien qué opinar, sólo sé que me ha comenzado a ir bien otra vez.

Tuve una reunión en la mañana que me trajo buenas noticias y nuevas ofertas de trabajo. Me puse muy contenta y es por eso que estoy a estas horas de la madrugada todavía perfilando cuestiones historiográficas.
Por la tarde, por ahí de las 17 entré a otra reunión de un proyecto de investigación diferente, y afortunadamente las cosas también van viento en popa. Me encomendaron unas revisiones y un análisis y me pareció bien. Pasada esta semana me pondré a hacerlo porque, el tiempo para entregar el capítulo restante apremia.

Por otro lado, no puedo seguir de dieta tan estricta porque luego me empiezo a sentir mal y me duele la cabeza y siento que me desmayo, así que justo como me lo recomendaron, dejaré pasar unos días para volver a hacer el régimen completo. De igual manera no me quiero descuidar, no sabes el esfuerzo que estoy haciendo para llegar al peso que el médico me ordenó; luego luego me comencé a sentir mejor y las molestias desaparecieron. No quiero dejar de poner de mi parte, quizá así hasta pueda evitar la próxima biopsia.

Mientras fue la hora de la comida, me senté a comerme la sopa y la ensalada frente al monitor. Me puse a leer muchísimas cosas que he escrito a lo largo del último año y me puse de buenas. A veces hacer ciertos balances resultan buenos ejercicios. No todo ha sido tan malo y pude comprender que mi desconfianza y temor han estado justificados por una serie de malas experiencias que tuve a partir del año 2006. En fin, esto no es como ponerse a dieta, de decir: "voy a cambiar" y uno cambie, pero prometo que lo voy a intentar y me comenzaré a sentir mejor poco a poco.

Cuando tenga tiempo, tengo toda la decisión de sentarme a hacer un balance de los encuentros que tuve desde hace un año. Más o menos puedo saber cuál será el resultado, sin embargo, hay algunos rankings que deben modificarse y, sobre todo, mi memoria necesita una desfragmentación.

Todavía no me voy a dormir. Si algo se me ocurre regresaré a escribirlo. En este momento una lista de programas radiofónicos, musicales y de campañas de salud, me está esperando.
Sólo una cosa más: deseo con todas mis fuerzas que este último tramo del camino me ponga a soñar en color sepia, de 1931, como lo hizo dos años atrás.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Ninguna mujer se salva

Un día lo voy a confesar todo y voy a decir por qué ninguna mujer se salva. Voy a decir tu nombre, uno por uno, te voy a describir para que toda la gente que me lea sepa quien eres y te pueda encontrar a donde vayan. También me voy a quedar dormida por fin, sin tener miedo de que nunca me veas despertar, traeré mis santos en mis muñecas y la firma en la mano izquierda, nada más me importará. El insomnio ser irá para siempre y Clío regresará.

Se supone que la que debe ser la voluble, la indecisa y la frágil soy yo. No sé por qué a veces cambias tanto y por qué eres tan irregular. ¿Por qué simplemente no me puedes decir que no me quieres? ¿Por qué, al otro extremo, no me puedes decir que quieres estar conmigo? Odio las medias tintas, estoy harta de tanto "bla bla bla" y poco "glu glu glu". Quiero reír hasta reventar y quiero que se me quite el frío. Quiero dejar de pensar si la quiere mucho y si ella es más exitosa que yo (quizá lo sea, pero dudo que sea fabulosa). Quiero que se me caiga el tatuaje falso.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Ya son las cuatro (Carnaval de Brasil)

Tanto pensar me ha quitado el sueño.

Comienzo a creer que es verdad esa frase de que "el escritor a cualquier hora del día se puede poner a trabajar". Hacía mucho que el insomnio no me llamaba para estar con él, Morfeo no me quiere más y Clío está haciendo sus maletas porque muere de frío (me lo ha dicho, no es invento mío). Ya le dije que el calentador estará prendido toda la noche...

La musa es una sola musa
o es una serpiente de muchas cabezas,
los buscadores de promesas
la tientan con cerveza.
Si se va puede volver, el día menos pensado,
para darle su consuelo, al poeta mal hablado.

No son mujeres ausentes, no son cuchillos en los dientes,
no son martes de carnaval de Brasil,
no son canciones urgentes,
no son asuntos pendientes,
no son martes de carnaval de Brasil,
(Tristeza nao tein fim)

Habrá que desenvainar las espadas del texto,
y escribir una canción aunque no haya algún pretexto,
y dedicársela al primero que pase caminando,
al que se quedó pensando, al que no quiere pensar,
al olvido selectivo, a la memoria perdida,
a los pedazos de vida que no vamos a perder... jamás.

No son mujeres ausentes, no son cuchillos en los dientes,
no son martes de carnaval de Brasil,
no son canciones urgentes,
no son asuntos pendientes,
no son martes de carnaval de Brasil.

Las musas no son
canciones urgentes,
no son asuntos pendientes,
no son martes de carnaval de Brasil.

Para mí, para mí,
no son mujeres ausentes,
no son cuchillos en los dientes,
no son martes de carnaval de Brasil.
(Tristeza nao tein fim)

Quiero ser la primera que pase caminando para que me dediquen una canción escrita sin pretexto...
Cuando me dé sueño, pondré las Grabaciones encontradas. Tu deberías estar escuchando La lengua popular.

Te mando todos los besos que todavía no te he podido dar.
Tengo frío.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Quiero vivir una peli de terror

...así tal vez sería normal tener insomnio para siempre.
Ya comencé a fumar como antes, ayer me dijeron que traía ojeras muy marcadas. Hoy desperté temprano, después de tomarme un té con leche caliente me volví a acostar y comencé a soñar despierta. Sin darme cuenta me quedé dormida y me dieron las tres de la tarde. Otra vez me dieron las tres. Ahora ya es otro día y sigo soñando despierta.
Las sensaciones son increíbles. Las siento subir por los dedos de las manos. Mis manos. Benditas manos. Escriben, enamoran, aman. Transmiten y también llaman por teléfono. A veces se sienten mal. Duelen y hormiguean. Se quejan ellas también.
No he podido llorar, pero ahora sí me empiezo a acordar de él y pienso qué estará haciendo. Qué será de él. Eso me da miedo. No tengo por qué hacerlo. No debo, más bien.
Tampoco tengo por qué estar ilusionada por un tipo al que sólo conozco a través de una fotografía, un vídeo de youtube y una llamada telefónica. Es verdad que es encantador, y más encantador resulta cuando yo le parezco encantadora. Es en estos casos cuando la tecnología viene a ser un minus o un plus en las relaciones humanas. No todo es teléfono y ordenador. La maldita (o bendita) tecnología lo viene a hacer todo circunstancial o frío. Yo que tanto me quejé de que tenías el corazón en la hielera y mírame ahora, esperando un e-mail o un mensaje de celular. Ah y también me estoy convirtiendo en una experta en los malditos buzones de voz. Esas maquinitas en las que hablo y verdaderamente no sé qué decir porque no sé siquiera si me va a escuchar él o cualquier otra persona. Al final, pierdo el miedo y me tiembla la voz, hablo como si él estuviera ahí pero no quisiera responder. No estoy segura de que no pueda responder, así que todo se tuerce. No hay conversación sin interlocutor. (Espero que ahora alguien me lea, porque si no estaría frita).
Antier me preguntaste a quien buscaba. No quise contestarte que te busqué a ti. Te dije que buscaba a cualquiera, a cualquiera para estar. Pero fue mentira. La verdad es que a ti te busqué por mucho tiempo pero cansada de no encontrarte, desistí. Hoy busco al chico de la cámara. Un chico que parece que es muy importante. Yo no sé si es importante pero sí me consta que es interesante. No se me hará verlo frente a frente ni una vez. El viernes creí verlo en la televisión. Su nombre ha aparecido en varios periódicos. En el vídeo se muestra muy desenvuelto y seguro. Con todo eso, las cosas que me dijo fueron muy sinceras y muy personales. Es otro hombre que no aparecerá por aquí.
Según el noticiario, lo que pasó fue muy importante y el difuntito no era cualquier hijo de vecino. Según mis inferencias, él debió asistir a los homenajes, por eso creí verlo en la televisión. (Por cierto que se veía bien). Y ahora resulta que a ese tipo de personas sólo se les ve a través de los medios de comunicación. Que desconsuelo.
¿Qué pasa cuando se quiere que las cosas tengan un motivo y entonces no funcionan? ¿Qué pasa cuando quiero un vestido pero también quiero tener un motivo para comprarlo? ¡Quiero que me sobren los motivos!
Ahora pasa que no puedo dormir. Ahora pasa que tengo las entregas encima y que el red bull nunca es suficiente. Las horas no alcanzan y todavía me faltan tres. Pasa que me veo más flaca. Pasa que me despierto a las tres o que de plano no consigo dormir. También sucede que pienso en tres al mismo tiempo: en el que me dejó, en el que se va pero sigue presente y en el que quiero que esté conmigo. La construcción del conocimiento me está volviendo loca. Tres versiones, tres escritos, tres interpretaciones. Menos mal que no son seis.
Tal vez sea que la peli ya comenzó, y yo todavía no me doy cuenta.