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jueves, 26 de abril de 2012

Esta vez es primavera.

Me quedé dormida pensando en ti, y afortunadamente soñé contigo. Entonces de pronto es como si en el corazón se prendieran unas cuantas velas, como si encendieran el calefón. Como si le dieran algo de esperanza a un condenado a muerte. Y te acordaste de mi, fue maravilloso entrar al local, formarme como cualquier persona, y de pronto ver tu cara de sorpresa cuando me viste allí, ¿pensaste que no iba a volver? Pues volví, y mejor que nunca.

Fue hoy, al mediodía, cuando comencé a sentir el calor de los papeles de hace 75 años, que me acordé que este viaje es idéntico al anterior, lo único que es diferente es mi corazón.

Estoy en la misma ciudad, en el mismo departamento, voy al mismo café, he frecuentado los mismos lugares para comer. Llegué a conversar con la misma gente. También llegué a trabajar con la misma gente, al mismo lugar, con los mismos papeles viejos que me marchitan las manos y me resecan el cabello. De pronto es como si el tiempo no hubiera pasado, como si todo fuera exactamente igual; como si el autobús hubiera viajado de regreso conmigo adentro, con todo y maleta, con todo y soledad.

Y entonces la gente intuye y comienza a esbozar preguntas, intenta articular argumentos y más y más preguntas... y entonces es una  maravilla no tener historia, no tener memoria y hacerse como si no hubiera pasado. Como si lo pasado, en efecto estuviera pasado. Y sonrío, me alboroto el cabello plateado y me cubro con mis raybans. Ni siquiera ha sido necesario decir mentiras o negar algo, simplemente hago uso de mi derecho a reservar mi opinión y a comunicarme. ¡Zip! Me quedo callada.

No hay motivo entonces para recordar la angustia que me invadió cuando supe que venía por mi. ¿Te acuerdas que llegué con él al café, en la penúltima noche que me quedaba acá? ¿Recuerdas su aspecto? ¿Recuerdas mis palabras entrecortadas? Que bueno que no. Yo me acordaba de ti, pero no de tu pelo largo, ni de tu complexión, y tampoco me acordaba de tu nombre. Hasta hoy por el mediodía me acordé que me hizo llorar frente a mi plato de enchiladas mineras, que nada le satisfizo, que la experiencia no le fue suficiente para despertar su capacidad de asombro.

Es incoherente e inaceptable que mi madre se ponga de su parte.

Y si no era el dinero, era que yo externaba las cosas que me hacían feliz, que me causaban placer o que simplemente me gustaba elegir. No puedo creer que llegué al punto tal de olvidarme de mi misma. Me alegra que la vez pasada no me hubieras pedido mi número de teléfono para salir, porque hubiera sido doble la pena.

Al parecer todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Nada más pasaron nueve meses, viví trece días de juzgados, hice cinco mudanzas, perdi los muebles completos para poner una casa, olvidé un par de botas azules, me deshice de un vestido de novia, pasó un día biciesto, falleció mi mejor amiga; fui a la playa a revolcarme en las olas del mar, perdí ocho kilos, dejé de fumar, comencé a dormir de noche, tomé condición física, tuve un accidente, aprendí a vivir con el alma rota, me hice cargo de mi misma, le menté la madre al miedo, tuve el valor de seguir adelante. Tuvo que pasar todo esto, para que pudieras verme entrar  a la tienda con mi portafolios en el hombro y mi pelo alborotado, para que pudiéramos conversar una semana más, y pudiera yo ubicar mi domicilio conocido en el Jardín Unión.

Por eso me alegro muchísimo de haberme quedado dormida pensando en ti.

Todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Lo único que cambió es que esta vez es primavera.

jueves, 15 de marzo de 2012

Una mañana cualquiera

Sólo fue una mañana simple, cualquiera.
Una mañana como siempre, en la que me desperté muy temprano, me alisté para salir de casa. Sin desayunar y sin un café en la panza, tomé mis libros, mi bolso de tela color morado que trae dentro años y años de documentos históricos. Tomé mi radio portátil, que no sirve, pero que viene conmigo para poder escribir con él. Me colgué en el hombro mi bolso color turquesa, tomé las llaves, y manejé directo al Instituto.

En el camino escuché las noticias, todas, comenzó la transmisión desde las 5:45, la música de Fito Páez no dejó de sonar porque en la estación de radio celebraron su cumpleaños. Fue una mañana cualquiera, en la que escuché a Fito mientras dilucidaba sobre qué poner en mi lista de prioridades del día. Fito sonó, yo soñé, la radio me entretuvo.

Llegué a la biblioteca pensando que debía regresarme para tomar el desayuno, y justo cuando me decidía para ordenar en el comedor, el Rey Sol, como si atravesara el éter de mi radio portátil a la silla que estaba junto a mi, se puso en contacto conmigo. Y después de hablar los minutos necesarios, y de tratar de convercernos el uno al otro de que debíamos quedarnos haciendo lo que cada quien estaba haciendo, nos decidimos a vernos.

Y entonces fue una mañana cualquiera, en la que caminamos pasillos de centros comerciales que todavía estaban cerrados y en la que hablamos sobre lo mucho que pueden alejarnos nuestros celulares con tanta tecnología a la mano. No es que no te quiera ver, le dije, sólo pasa que no lo tenía planeado. Tomé todas mis cosas de sobre la mesa de la biblioteca, empaqué literalmente mis historias y unas memorias usb; corrí hacia el coche, conduje, me estacioné junto a él. Fui a desayunar a un restaurante amarillo, justo antes de la persona que viera todo el horizonte color turquesa fuera yo misma, al acostarme junto a él.

Pedimos una mesa con dos sillas, me dejé el bolso en el auto y él se dejó puesta la camisa azul, que lo hacía verse muy guapo. No estamos seguros de cuánto tiempo pasó desde la última vez que compartimos el desayuno. Años, muchos años. ¿Te acuerdas cuando te ibas de pinta en la Universidad? Me dijo. Sí, me acuerdo. Generalmente eran los lunes, cuando yo tenía uno de esos seminarios que no se quieren cursar, porque definitivamente no se sabe para qué van a servir; entonces yo decía que iba a clase, y en realidad me subía al Metro para hacer un transbordo, y llegar a donde estaba él. ¿Y dónde estaba él? Esperándome, en pijama, metido entre las sábanas, a punto del segundo rato de sueño reparador, después de las siete de la mañana.

El tiempo pasó. Mucho tiempo, dejando pocas huellas. El tiempo pasó, y casi no nos dimos cuenta. Semestres que se terminan, autos que se destruyen, viajes que no regresan... Personas, otras personas que tampoco dejaron huella. Y entonces las mañanas seguían siendo como cualquiera. Yo bebiendo mucho café, él con un hambre atorada que a veces no quería salir. Periódicos, muchos periódicos de media página, color gris y color melón, siempre venían conmigo y yo se los leía en voz alta.

La Ciudad se ha encargado de regresarnos a los mismos sitios y de darnos algunos nuevos. El restaurante amarillo está en una zona que antes no hubiéramos frecuentado jamás, pero definitivamente los tiempos han cambiado.

Casi todo sigue como siempre, pero muchas otras cosas son nuevas para mi. En las noches a veces hace su presencia, se retoca, se acaricia la cabeza; no es que pueda verlo pero casi siempre puedo sentir su olor.

Y después de todas esas noches, y de cada uno de esos sueños, al día siguiente siempre es una mañana cualquiera. Café sin cigarrillo, radio sin despertador. Coche con gasolina, Ciudad congestionada. Periódicos, libros. Coches que se siguen hasta que encuentran el destino. Él y yo dejando a un lado lo deberes matutinos.

viernes, 3 de febrero de 2012

La gente que no tiene afanes de dominio está en lo suyo, está resolviendo su vida material o afectiva y esta gente es mucha, siempre, en todos los tiempos. Los pueblos brincan, se rebelan, se van a la guerra, cuando hay que tirarr a un dictador o poner otro, pero luego quieren tratar de trabajar en lo que les gusta, buscan ser reconocidos en su comunidad, desean hacer el amor, distraerse con la televisión y comer sabroso.
Fátima Fernández Christlieb, La radio mexicana. Centro y regiones.

lunes, 30 de enero de 2012

Un impulso que da lástima (y que me da vergüenza).

Como si fuera un cadáver dentro de una bolsa de plástico, colgado de un gancho en una habitación a la que no pertenece, yace el que iba a ser mi vestido de novia.

Durante mucho tiempo estuve posponiendo la situación, y ayer finalmente fui a recogerlo al taller de la diseñadora. Entré y lo vi allí colgado, en la pared del fondo. Ya no estaba puesto en el maniquí alto, como lo dejé cuando fui a verlo la última vez. Estaba dentro de la bolsa de plástico blanco, de cierre largo, y no quise revisarlo hasta que lo traje de vuelta a casa.

Es un vestido muy hermoso, strapless, con el talle salpicado de pedrería bordada y la falda ampona, llena de pliegues que me hacían ver como si flotara en una nube de raso color almendra. Es un vestido que compré inyectada por el impulso, tal y como acepté la propuesta de matrimonio en la acera de enfrente del antiguo edificio de la SCOP.

Así, he tenido el impulso de tirarlo a la basura.

Tuve el impulso de no ir a recogerlo nunca, pero mi mejor amiga me animó a hacerlo.

Tengo el impulso de echarme a llorar sobre él, para arruinarlo por completo, para limpiarme con él las lágrimas llenas de rímel waterproof que se derrite y del delineador color negro con el que llevo meses iluminándome los ojos. De limpiarme con él el pasado, de ponérmelo y meterme a bañar para sacarme todo lo malsano de adentro. Tengo el impulso de ponérmelo y subirme a mi coche, y manejar como loca por toda la ciudad, y mostrárselo a todo el mundo, para que las personas piensen "mira a esa pobre loca, manejando un Volkswagen vestida de novia, ha perdido la razón".

Quisiera ponérmelo y tirarme al mar, para perderme en la espuma como Alfonsina.

Quisiera tallarme los ojos hasta borrar mis pupilas, encender la radio para crear un mundo distinto, y entonces imaginar que traigo puesto el vestido de una reina, o que estoy esperando a mi hermana para que me lleve a una fiesta.

Tengo el impulso de arrancarlo de su percha, para que deje de ser parte de una farsa, para que me deje seguir adelante, y que de él sólo quede una fotografía en color sepia.


viernes, 23 de diciembre de 2011

La CYB, antes de ser la B grande de México.

“Las maravillas de las mil y una noches fueron cuentos de niños. Las maravillas de la ciencia moderna son realidades” --publicidad de la CYB de El Buen Tono, 29 de marzo de 1924.

Qué maravilla esto, de estudiar la publicidad de la radiodifusión mexicana.
Hoy me siento feliz.

viernes, 20 de mayo de 2011

El fin de una era.

No lloré, sorpresivamente no lloré; sólo sentí un nudo en el estómago y mariposas en la panza cerca de doce horas. Luego, una despedida muy breve, palabras que no se dicen, actitudes que se interpretan. Una vida que cabe en 34 cajas, una casa que cabe en un camión, una responsabilidad que cabe en una jaula, y un Starbucks que se pide para llevar.

Luego de la parada técnica, debido a una lavadora que me hará sentir como robotina, la Ciudad de México me dio la bienvenida por el Eje 3 Norte. Entre el volumen que cargábamos, la jaula sobre mis rodillas y la mano de mis ojos verdes que me apretaba muy fuerte, parece que el tiempo nunca pasó, y parece como si hubiera sido un sueño en el que de pronto se despierta para convertirse en lo que se vive.

Del café por la mañana, en el que solíamos hablar de Alfredo Domínguez Muro, sólo quedará escucharlo cada quien es su cada radio. De los aventones en el deportivo azul, sólo quedará el asiento vacío del copiloto, y seguiré manejando a Hans en solitario. La distancia y el congestionamiento, hacen más grande a esta ciudad; ahora sí se nota que yo vivía en el área metropolitana.

Ciudad de rímel pegado en las pestañas, de plantón sobre Bucareli que me hace pensar cada vez más en ti, en mi, en lo que teníamos. En esas partes de la Ciudad que sabemos que están ahí, pero que nunca las hemos recorrido juntos.

De pronto hoy me di cuenta, al verme reflejada en la puerta de este café entre Patriotismo y Revolución, con mis botas vaqueras, mis jeans anchos y mi camiseta que dice Rock! Fullfill the dream!, que eso con lo que tanto soñé de niña, lo veo tangible sobre mi cuerpo, debajo de mi cabello, detrás de mis ojos, a través de mis manos. Espero que tú te sientas tan feliz y orgulloso por mi, como yo lo estoy de mi y de ti, y de nosotros juntos.

Poco a poco fuimos comprendiendo que esto iba a pasar, que era inminente que nos separáramos. Esta despedida se alargó casi tres años, si no es que más. Y mírame ahora: estudiando en la institución que siempre soñé, valiéndome por mí misma, asumiendo mis responsabilidades y tomando mis decisiones. El tiempo pasa, las cosas tenían que fluir, todo siempre pasa.

Esta es una Ciudad nueva, vieja pero nueva, linda e iluminada para mi. Es el principio de muchas cosas, que de pronto son como bocados dulces sobre mi lengua. Un nuevo proceso, junto con un nuevo corte de cabello.

Es el fin de una era papá, de la era de mis depresiones y ansiedades, de mis tristezas y angustias, de mis pésimas decisiones; el fin de la era de los solteros tóxicos, de las vidas perdidas, de los coches que no sirven, de las familias que no están unidas. El fin de la era de los amantes que no llegan, de las personas que se van, de las pastillas que nunca se acaban, del cuerpo bajo de peso, de los zapatos que no me quedan más.

Es la era de la ciudad conmigo, ella en mi y yo en ella. Es el fin de nuestra era de confidentes y mejores amigos, pero ahora tu puedes vernos, y ser feliz con nosotros.

Es el momento en el que, aún con todo este cambio, me siento absolutamente feliz.

viernes, 11 de junio de 2010

Día de fútbol.

Desperté cuando estaban dando la noticia de que Zenani Mandela, bisnieta de Nelson Mandela, falleció. Vi al "presidente" haciéndole de presidente. Vi el inicio del partido y justo en eso me metí a bañar. Se me hizo tarde, por supuesto. Me vestí con lo primero que encontré, tomé mis cosas, me hice un café relámpago y salí rumbo a la oficina. Al pasar por la Facultad, antes de tomar Periférico, me sorprendieron los altavoces que el gobierno municipal tuvo a bien poner en las colonias aledañas al Ayuntamiento, para que la gente pudiera escuchar por lo menos cómo iba el partido.

Fue asombroso y un tanto mágico. Me sentí en los años 30, como en esta historia que tantos años me costó escribir, en la que el gobierno cardenista puso altoparlantes para el adiestramiento higiénico y social del pueblo. Todo a través de la radio nacional. Caray, ¡cómo me gusta la historia de la radio de mi país!

Lo mejor de los días de fútbol, y sobre todo de cuando juega la selección de mi país, es que la Ciudad está desierta. Son 90 minutos mágicos en los que nadie sabe nada, más que la alineación del equipo y en las jugadas que llevan a cabo. La gente está en sus casas, en los bares o restaurantes, y la Ciudad... vacía.

Crucé la Ciudad, de la zona metropolitana a la colonia Narvarte, en aproximadamente 25 minutos. ¡Veinticinco minutos! ¿Puedes creerlo? Amo el fútbol. Aún cuando me desperté tarde, me bañé a mis anchas, pero me apuré en arreglarme y hacerme un café, llegué a tiempo a la oficina. Amo el fútbol, me encanta que provoque que la Ciudad se detenga por unos minutos y que la gente no salga con sus coches a hacer congestionamientos.

Espero que los días que le siguen a este mes de Copa Mundial, sigan igual. Y sobre todo, los días en los que juegue la selección nacional.

Ahora bien, no puedo evitar sentirme un poquitín culpable porque en mi círculo soy a la única persona a la que no le preocupa mucho si ganan o pierden, si la alineación es la adecuada o si el entrenador está haciendo lo correcto. Chale. Creo que lo siento un poco por mi papá, porque cuando hablamos de fútbol, sólo comento lo que Alfredo Domínguez Muro me susurra en las mañanas mientras él me cuenta toda la historia de la squadra italiana tetracampeona, y cómo fueron los entrenamientos en el Mundial del 70. Shit.

Por lo demás (y lo siento por mi padre), sólo me resta reiterar que soy feliz los días de fútbol porque la Ciudad está tranquila, se calla un rato y luego... de regreso al huracán de festejos (que no se sabe si tienen razón o no) sobre Reforma y frente a Palacio Nacional.

viernes, 9 de abril de 2010

Es un Alfa Romeo

El lunes por la mañana, me salí de bañar justo cuando comenzaba en la radio el comentario de deportes con mi periodista favorito: Alfredo Domínguez Muro. Debo confesar que de deportes sé muy poco, sé lo que mi papá me cuenta, lo que me comparte y lo que hace que ríamos por horas y horas. A mi padre también le gusta escuchar a Domínguez Muro, pero en otra frecuencia y como veinte minutos más tarde.

Total que entre que le ponía atención, y escogía los zapatos que me debía poner con el vestidito de flores que ahora me queda fabuloso, escuché que comentó la noticia de que Fernando Alonso ganó la Fórmula 1 con Ferrari. Decía que era un sueño hecho realidad para este chico, que siendo tan joven, haya participado por primera vez con esta scuderia y que era de mucha alegría que ganara el primer lugar, la primera vez, de las primeras veces.

Una vez más, una historia de primeras veces.

Cuando estudiaba en la Universidad, y las chicas y yo hablábamos de los chicos tóxicos, de los no tan tóxicos y de los que eran nuestras parejas, deduje que había una clase de chico que se definía tal como Alfa Romeo. "¿Por qué?" -me preguntaba una muy insistentemente, a lo que yo siempre le respondía: "porque es un chico que no existe". Un Alfa Romeo es un coche tan exquisito, que no existe; es un coche que se creó para el que disfruta, para quien quiere correr pero quiere lujo, para quienes saben lo que significa lo que un Alfa Romeo es.

Los solteros tóxicos son una rara especie, difícil de poner en peligro de extinción. Ilusa yo, que creí que con una buena actitud, todos ellos desaparecerían de mi vida. Pero no fue así. Y a cambio, como la vida es dulce y te pone siempre enfrente un caramelo para devorar, han llegado varios tipos de Alfa Romeos para que yo escriba sobre ellos.

Un Alfa Romeo puede ser completamente guapo, perfecto, casi hecho a mano. Ahh, pero a cambio quizá no tenga conversación, ni siquiera hace falta que hable, porque es tan perfecto, que no importa que de su boca salgan sandeces o sinsentidos.

Por el contrario, un Alfa Romeo puede ser completamente culto, exquisito en sus modales, en su trato, puede ser todo un caballero. (Ejem, ejem) pero a cambio quizá no sea tan guapo, quizá sea más bajito que yo, o mucho mayor, o a pesar de tener muchas cosas en común, no tengamos química.

Así pues, el Alfa Romeo que todas queremos conducir, el que verdaderamente es el que no existe -o que pensamos que no existe hasta que aparece-, es el que te quita el aliento, el que no importa de qué hable o a qué se dedique; que no importa si te saca más de 30 centímetros de estatura o es calvo, o es divorciado, o viene simplemente a hacerte reír.

Así como Fernando Alonso soñaba con correr un Ferrari, y ganar la Fórmula 1, así todas soñamos con tener un Alfa Romeo en nuestras vidas. Y cuando aparece, hay que estar atentas a que no siempre es como imaginábamos que podía ser. Simplemente es tu Alfa Romeo, y simplemente con él ganarás la Fórmula 1, la que no existe, con el chico que no existe, que por fin es tuyo, y tendrás un eterno festejo, bañada en cerveza o en espumoso; de día o de noche, entre semana o un domingo por la mañana.

Todos sueñan con manejar un Alfa Romeo. Yo también, pero sobre todo, sueño con que me enamoro de él.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

En la misma frecuencia

No es el coche, no es el ordenador, ni mi gato o mis medias negras, ni los años que tenemos de conocernos. Es el. Soy yo. Somos ambos que seguimos en esta frecuencia.

Esta vez no me di cuenta cuándo comenzó a coquetear (¿coquetear? ¿Te das cuenta de lo que dices?). No lo registro (no, no me doy cuenta). Luego, se atreve aún a hacer comentarios sobre las barreras físicas, los datos del corazón, el estado de mis sentimientos y los de él. Me pongo nerviosa con el simple hecho de recordar cómo es cuando me llama sin razón, para saber cómo he amanecido. ¿Qué pasa con nosotros?

Lo he pasado pensando si las últimas invitaciones que me ha hecho han tenido motivos. Ya debería dejar de pensar. El domingo por la noche cerró con una invitación para desayunar, la semana pasada preparó las cosas para cobrar su deuda entera, para llenar mi rostro de sonrisas, de unos dedos en su mano derecha que por fin alcanzan mi mejilla izquierda. Me bajé y me chifló. ¿Me miraste el trasero? Sí, y le chiflé, me dijo. Está bien, tienes permiso para hacerlo, y de una vez por todas cerré el coche de un portazo. Crucé Colima, mis tacones sufrieron cuando se alejaron, y la pañoleta aleopardada me hizo verme con ojos de gata. Los ojos que a veces quisiera que viera él.

Sintonizamos hace algunos años, no sé cuántos porque no quiero contar, pero me ha enseñado a andar por la Ciudad, me la enseñó de noche, usando de mapa los restaurantes, los cafés, las últimas funciones de los estrenos de las películas famosas. Me enseñó los caminos al hospital, al taller mecánico, a un nuevo empleo.

Me la enseñó de mañana, cargando un enorme ramo de gladiolas en los andenes del metro, respondiendo preguntas rosas de los porteros del edificio, diciendo mentiras piadosas a los profesores de la Facultad.

Me enseñó la Ciudad con mucho sol, muertos de calor, tomando coca cola fría mientras yo bebía una Victoria más fría que su corazón. Me la enseñó muertos de frío, mientras cruzaba Reforma para encontrarlo frente a la pantalla del Auditorio Nacional. Con mi abrigo enorme, esperándolo en el valet parking del centro comercial de Molière, cuando venía de carretera y las ganas de vernos superaba su cansancio y mi ansiedad.

Me enseñó la libertad, cuando mi ansiedad superó la relación. Me enseñó que no estuve rota, que no hacía falta que vinieran a repararme, que no me merecía el tiempo con un soltero tóxico; mientras le comprobé que me hacían daño los tatuajes falsos, las columnas que se caen, las bocas que no sonríen, los besos que no se dan.

Ahora soy una niña grande, dejó de ser mi profesor.

Alguna vez extrañé tus manos largas... Ahora, las vi diferente cuando intentaron alcanzarme, y llegaron más lejos, haciéndome brincar.

Hans necesita una radio. Él y yo necesitamos migrar nuestra frecuencia a otro cuadrante. Yo necesito menos radio y más realidad, historiar el tiempo real aún cuando mi Historia empezó hace 78 años, y yo comencé a contarla hace tres y diez meses. Los ejercicios de historiografía real, aún cuando se esconden en unas conversaciones por correo electrónico, me han hecho bien. Hace bien no vernos tan seguido, así tenemos muchas cosas que escribirnos.

Me urge una radio. No puedo regresar siempre tarareando la misma vieja soledad.

jueves, 29 de octubre de 2009

Ya lo dije.

Hoy amor igual que ayer, como siempre, el diario no hablaba de ti ni de mi.
Joaquín Sabina.

Me estoy quedando ciega de releer las imágenes que tomé de las programaciones de la estación de radio cuya historia me propuse escribir. La radio no habló de ti, mi radio no se acordó de mi. Tantos periódicos que revisé, y ninguno me dijo nada de ti ni del final que debo escribir. Me da gusto que el final dependa de la disertación que haga, de la conclusión que ya está escrita.

Si no te veo, quizá no sepa más de ti. Cuando no estoy contigo, lo paso siempre escribiendo o leyendo el libro que tengo pendiente. Ayer me preguntaste si ya había empezado con Chesterton, que me regalaste el domingo anterior; no tengo tanto tiempo como quisiera, te respondí. No he podido estar contigo todo el tiempo que quisiera, debí responderte.

Es oficial, te extraño. Ya lo dije. Y no me importó el "qué dirán", te lo dije por teléfono ayer que hablamos en la noche. La semana ha estado muy apurada, con pendientes que dejan de serlo, con líneas muertas que vuelven a vivir. No hay plazo que no se cumpla, y poco a poco mi lista va a dejar de tener incisos para palomear.

Sigo leyendo el periódico como si me pagaran por ello. Literalmente que me han pagado por leerlo, pero de muchos años atrás. Estos días los diarios matutinos son los que me han tirado el cable a tierra. Dejo de tener temor de las modificaciones que se tendrán que hacer, poco a poco las juicios han llegado para bien y se me desvaneció la ansiedad a través de la confianza que no se quiere ir.

El domingo nos vimos un par de horas en la noche, porque yo sabía que no podría verte el resto de la semana. Sobre aviso no hay engaño. Ya es jueves y probablemente hoy podamos comer juntos. Probablemente no. No me imaginé que me importara tanto no recibir noticias tuyas. Te extraño. Ya lo dije.

Extrañaba manejar en la Ciudad de noche. Ya me di cuenta que no veo bien. Mi vista está más cansada que nunca estos días, y me parece que es momento para ir a revisar la graduación de mis lentes. Me cuesta trabajo creer que a mi edad se me dificulte leer de cerca, o de cerquita, y se me facilite a media distancia. Me parezco a mis papás, con la diferencia de que me llevan casi 40 años y que ellos no han leído imágenes de carteleras radiofónicas, en un monitorcito que se esfuerza por no hacerme llorar.

Ojalá el diario hubiera hablado de mi.
Ojalá pudiera seguir escribiendo de nosotros.

viernes, 23 de octubre de 2009

Todas las ciudades del mundo hablan


Radioescucha.- ¿No encontráis más simple aún mover el dial de un aparato de radio? No hay ni siquiera la fatiga de leer. Basta con tener oídos. Todas las ciudades del mundo hablan.
Armando de María y Campos, Periodismo en Micrófono.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Okey es oficial, somos amigos

Fue después del cinco de julio pasado, justo cuando fueron las elecciones intermedias, que comencé a comunicarme con él por el correo electrónico. El asunto del correo era "votaste en blanco?", y pronto le respondí y comenzamos a tener una conversación en correspondencia.

Nos conocimos hace poco más de un año, si mal no recuerdo, en un evento sobre la Historia de la Radio en México. El chico fue conferencista, y yo espectadora. Al finalizar la mesa redonda, me acerqué a presentarme y a intercambiar correos electrónicos. En todo el transcurso del año, nos habremos escrito unas tres veces. Y hace dos meses reavivamos el contacto.

Hemos escrito de política, de nuestras profesiones, del trabajo que yo tenía, de las investigaciones de él. Y poco a poco hemos comenzado a escribir sobre nuestra vida privada o nuestras decisiones personales.

Todos los lunes, o los domigos por la noche, nos enviamos los respectivos buenos deseos para los días venideros de cada uno. A mitad de la semana conversamos sobre cómo van los días, el clima, nuestros lugares, y es fascinante cuando intercambiamos las impresiones de la Ciudad, y como la vemos cada uno desde nuestros contextos.

Este finde el tema fue mi cumpleaños, el mole con arroz y el moretón que tengo en el pie izquierdo gracias al pisotón que me dieron en la pista de baile el viernes por la noche. El chico cree que la uña se me desprenderá del dedo debido al golpe, pero en el fondo no desea que eso me suceda. Le gusta el mole rojo o verde indistintamente, cuando yo prefiero mil veces el rojo. Y cuando le dije que soy buena en la cocina y que la comida me sale muy bien, me escribió que seguramente las cosas van bien en mi vida por eso, por que sé cocinar y que eso era todo, que ya me lo había ganado como amigo y que por favor después le cuente más sobre los guisos que sé cocinar.

Qué felicidad me trajo su último correo electrónico. Oficialmente tengo otro amigo, lo que me hace setirme muy afortunada aunque sea por correo electrónico. No estoy segura en qué zona de la Ciudad vive, ni si nos concederá vernos otra vez en alguna de sus plazas, facultades o ejes viales.

No estoy segura de su edad ni del proyecto en el que trabaja actualmente. Sé su nombre completo, conozco sus primeras obras, sus trabajos sobre la Radio, su visión de la Historia de mi país y su pluma de escritor. Ah, y que firma diciendo "qué viva el mole rojo o verde". Ya está, ¿necesito algo más? Me basta que la vida me haya dado este regalo, ¡tengo un amiguis más!

lunes, 10 de agosto de 2009

Dar noticias no es sólo eso

Muchos outfits, muchas revistas, muchas noticias, muchos audios que escuchar. Mis dedos que escriben con vida propia, voces que reconozco, viajes que realizo, tropiezos mentales que se convierten en palabras, cuando mi boca las articula frente al ordenador.

Dar noticias no es sólo eso, dar noticias también es enamorarme de los días poco a poco, de la Ciudad que a veces no me quiere, de los amores de los demás que a veces me desesperan. Dar noticias también es hacer amistad, encariñarme con la gente, seguir con mis proyectos hasta la una de la tarde, dormir si me va bien antes de las dos de la mañana.

La Academia es noble, lo he dicho muchas veces, pero a veces es exigente. Y ahora, como mujer caprichosa y demandante, pide a gritos mi regreso. Y la metamorfosis continúa, y mi traje de camaleón viaja en mi bolso, junto con las noticias de Fernando del Paso y junto con que Antonio Imbert debe seguir con vida, en algún rincón de la isla dominicana.

Dar noticias no es sólo eso, también es recibir las llamadas de los Ojos redondos siempre a las 17 horas; luego, si el cansancio no nos domina, las vuelvo a recibir a las 23 en mi habitación, en la tranquilidad, sentada en el banquito de frente a mi espejo de cuerpo entero. Él, desde el norte de la Ciudad -aún más al norte que yo-, habla quedito como si me susurrara detrás del cuello, me entiende, me escucha y se sorprende de las cosas que le digo. Me quedo callada intentando disimular la enorme sonrisa que provoca en mi rostro, finalmente tengo que confesar (como cada noche) y con pocas palabras, me vuelve a comprender.

Dar noticias es también sentirme acompañada de la radio todo el día. Desde las 5:45 que despierto, hasta las 22 que inicia la programación musical. Muchos locutores desfilan por mis oídos, se entregan a mis palabras, se transforman mediante mi voz en texto, en buenos, en malos, en poder. Dar noticias es estar informada, es tener unas ocho horas de poder al día.

A la mañana siguiente, la radio otra vez está prendida, me escucha, y probablemente me permita esta informada otra vez.
Y quizá me permita escribir de ella, aunque no sea de la última nota, pero sí de 70 años atrás, de programaciones que no se escuchan más.

Y esa historia que empecé hace tres años, que está nutrida de la Historia de todo lo que pasó al mismo tiempo, y de la Historia que vivo día con día, ahora ya tiene final. Por eso ahora tengo que hacer a un lado las noticias del día, por eso debo cifrar mi empeño en los próximos meses que el destino hace mucho que escribió para mi.

No es sencillo. Haber escrito por encargo estos últimos meses me dio cierta estabilidad, me hizo dormir a la hora que debo dormir, despertar cuando tengo que despertar, aprender cosas que no me imaginé que podría aprender. No llegué al punto de regularizar mi apetito, pero sí me quitó los kilos de encima que me estorbaban.

Hoy repasé los teasers que más feliz me hacen, dí el pronóstico del tiempo por última vez, compartí opiniones, me reí a carcajadas con Domínguez Muro y con Zabludovsky, y me despedí de las personas que de una u otra forma me sostuvieron. Y ahora, que no era mi intención pedir favores, le digo de frente a la amiga que dejé en González de Cosío, que por favor no desaproveche los golpes de suerte, las sorpresas del destino.

Estoy emocionada. Las segundas partes siempre me han gustado más que las primeras, me gusta el regreso, pero me chocan las despedidas. Y lo mejor está por venir, el tilín del corazón me lo dice. El tiempo apremia una vez más, todo indica que por fin podré dormir sin remordimientos.

Y por último espero, que la chica de González y los Ojos redondos, se vengan un poquito para acá, conmigo, a ver si así no es tan duro metamorfosear.

lunes, 4 de mayo de 2009

A veinte cuartillas

La felicidad me espera a veinte cuartillas. Hoy elegí unas plataformas ácidas, color naranja fosforescente que me levantó desde los pies hasta las chapitas de la cara.

Todo va caminando bien, poco a poco con tranquilidad. Los cambios siguen llegando. La lista de pendientes y de deudas se empieza a hacer pequeñita.

Como hace tanto calor, San Román se ha hecho mi cómplice -más aún- de frapuccinos. Ayer fue por mi hasta el sur de la Ciudad. ¡Qué tipo más mono! Verdaderamente que hace mucho tiempo no iban por mi y me traían de vuelta nomás por el gusto de hacerlo. Me puso bien. Platicamos mucho como lo hemos venido haciendo las últimas semanas.

Cada día que pasa lo quiero más y se vuelve más imprescindible su compañía y su presencia. Afortunadamente el móvil siempre nos acerca. Rezo por él, y él no ha dejado de recordarme que debo terminar las cuartillas que tengo pendientes.

Le he dado mi palabra. La palabra vale, vale muchísimo, tanto como un papel firmado o un apretón de manos. Y sé que muchas cosas las puedo hacer a un lado, pero las que compartimos San Román y yo, se han quedado tatuadas en nuestros corazones.

Como todo ser humano, mis promesas no se pueden cumplir como con una varita mágica. He quedado con que escribiré una cuartilla diaria hasta terminar. Utilizaré mi histeria histórica para organizar las ideas de mi Historia inconclusa. Parece que estará bien.

Me duele un poco el pecho derecho, he fumado un poco más; es oficial que los huesitos del escote se me comienzan a notar y me han dicho que he logrado una estampa de vértigo. Me sube el ánimo. Es oficial que estoy más flaca. Con todo eso, no he dejado de comer, no he dejado de dormir y por fin estoy usando todos los pares de zapatos que ya no recordaba que guardaba en el clóset, entre ellos mis plataformas ácidas. Aún cuando la ropa me queda un poco floja y que los tacones me lastiman un poquitín los deditos de los pies luego de caminar largas cuadras, he podido hacer mis recorridos citadinos con todo y cubre bocas puesto.

Extraño el cine y los cafés abiertos. Extraño poder escuchar las conversaciones de la mesa de al lado. Espero que aún con todo esto, todavía pueda recibir miraditas de extraños comensales.
Tengo ganas de platicar mucho mucho y de seguir escribiendo.

Escuchar la radio me pone bien. He comenzado a hacer un filtro con las noticias que debo y no monitorear y procesar. Los motivos para seguir escribiendo se hacen presentes. Los motivos para escribir con mi voz me hacen afortunada. Me hace feliz darme cuenta que mi vocalización se puede convertir en palabras bien escritas. Bendita tecnología, feliz hallazgo, increíble Ciudad.

Si todo sale como lo he planeado, estaré terminando el capítulo a finales de mayo. Ya no fue para abril -no me da pena admitirlo-, será para mayo.

martes, 28 de abril de 2009

El pronóstico del clima

De las cosas más romáticas que me corresponde hacer, y que disfruto muchísimo, es dar el reporte del clima. Generalmente sale casi a las 17:40, luego del teaser que siempre estoy cazando para ser yo quien lo firme.

La primera vez que lo hice me gustó mucho. Fue darle un significado a cada uno de los climas y las regiones del país, o fue intentar dárselos a mis estados de ánimo, a mis recuerdos o a las partes de mi cuerpo. Así sé que siempre hace calor en el centro de mi país, que el sur se congela de frío y que vienen fuertes precipitaciones con tormentas eléctricas, como hace muchos meses no se esperaba, al norte de Mariposa Tecknicolor.

La Ciudad se derrite, hay temperaturas altísimas en casi todo México y poco a poquito se espera que comience a llover, sobre todo al centro del país.
Es lindo hacer el reporte del clima. Es bonito hablar de los centímetros cúbicos de precipitación y de la nubosidad o del cielo despejado.

Qué lindo es tener el cielo despejado. Qué lindo es cuando se tiene con quién compartirlo.
Siempre tengo con qué sorprenderme. También hoy tuve fe.

sábado, 25 de abril de 2009

San Antonio Bendito

Después de despedirme de Matías en el metro Polanco, me fui hacia la estación San Antonio para llegar por eje 6 a la colonia Del Valle.

Traía en las manos mi bolso, un sobre manila lleno de documentos originales y muy importantes: historiales completos, certificados, papeles de la Universidad, certificados de Oxford, ¡qué va! La cita a la que asistí en la mañana, me obligaba a llevar casi todo mi archivo personal, incluído el único ejemplar de la única publicación electrónica que tengo. En fin. Traía una joya y además el bolso, mi chal color rosa y mi saco de mezclilla.

En la noche, por ahí de las 20:15, caminé por Insurgentes hasta llegar a Eugenia. Comenzó a llover. Me envolví en el chal y me cerré el saco; mal hecho cogí el sobre manila para cubrirme la cara de la lluvia y seguí caminando.

Tomé el microbús hacia el metro San Antonio. Tomé un asiento, puse mis documentos en el asiento libre de a lado, encima el chal y mi bolso. Siguió la ruta por Eugenia, llamada después de Insurgentes avenida San Antonio, y yo me tenía que bajar en la esquina que hace con Revolución. El chofer, como todos los de esta ciudad, hizo lo que la gana le dio y se fue por unas callecitas medio feas. Me puse alerta. Cogí el bolso. Cuando el cacharpo grito "Revolucióooooon", todos nos bajamos, todos los pasajeros nos bajamos.

Pensé unas cosas horribles del chofer mientras caminé hacia el Vip's de Revolución y me metí casi corriendo al metro San Antonio. Transbordé en Tacuba hacia Cuatro caminos. Llegando al andén K, para tomar la ruta hacia mi casa, sentí que se me durmió la mitad de la cara, el brazo izquierdo y no pude mover más la mano del mismo lado: perdí los documentos.

No hubo más. Los perdí. Punto. Ahora trataría de recordar dónde fue.

Mandé tres mensajes histéricos a los móviles de Toya, San Román y Mafka. Los tres me llamaron, los dos primeros se desesperaron y me regañaron y Maf me dijo que tuviera fe.

Fue en el camión, maldita sea. En el camión del que me bajé echa una loca en Revolución por miedo a que me llevara a un destino desconocido. Está bien. Al día siguiente le preguntaría amablemente a un chofer de la misma ruta si tienen un lugar de objetos perdidos. Eso haría.

Llegué a casa. Hablé como cuatro veces más con San Román. A mi madre no le quise decir nada.

Más tarde, al acostarme pensé -como todas las noches- "qué afortunada soy". Me acordé de Matías, de sus ojitos tras el armazón cuadrado, de mis botas, de la lluvia y de mis documentos... Recé como cada noche lo hago. Antes de dormir dije "San Antonio, tu encuentras todo, por favor encuentra mis documentos".

Necesito destacar que la noche anterior a la cita que me obligaría llevar mis documentos, mandé a cinco personas (incluídas Toya, San Román y Mafka) un correo electrónico pidiéndoles que hicieran una cadena de oración conmigo a la hora de mi cita. También les explicaba, que estoy encomendada a San Antonio de Padua y a la virgen de Guadalupe desde que me robaron el coche, y que finalmente el pleito con la aseguradora se había resuelto a mi favor. Les pedí que les rezáramos a ellos y que me acompañaran en espíritu.

Al día siguiente de esta de malas, me fui precisamente a la aseguradora por la misma ruta de la línea 7 del metro. Antes de llegar a Cuatro caminos, ligeramente la ansiedad me volvió a abordar por mi lado izquierdo porque me acordé de mis papeles. Abrí mi cartera y vi la estampita que traigo -por supuesto que de cabeza- de San Antonio de Padua. Una vez más se lo pedí, que por favor encontrara mis documentos.

Al transbordar en Tacuba, mi madre comenzó a llamarme una y otra vez al móvil. Me asusté. Cuando me fue posible le llamé. Me dijo: "llamó una chica que vive en Lomas de Sotelo. Dijo que su hermano encontró unos papeles tuyos que parecen muy importantes. Quiere regresártelos. Me quedé de ver con ella a las 19. Necesito saber, ¿perdiste unos papeles?"

Casi se me salieron las lágrimas. Se lo conté todo. Me puse feliz. Le conté también que le había pedido un milagro a San Antonio. Me dijo que le pagara, a lo que contesté que esta vez no le ofrecí nada, "entonces tienes que dar el testimonio hija, el testimonio de que te hizo el milagro".
Mi madre se encontró con la chica a la hora que quedaron. Mi archivo regresó a mis manos completito. La chica y su hermano no aceptaron la recompensa que mi madre les ofreció. Dijeron que estaban contentos de poderle hacer el bien a alguien.

Pleno siglo XXI, plena Ciudad de México. Todavía hay gente que quiere hacer el bien a otras personas y todavía existen los milagros.
Sin lugar a dudas, la Ciudad me quiere.

Por eso me puse a escribir este testimonio.
ES COMPLETAMENTE VERÍDICO todo lo que narro aquí, salvo el "Matías" cuyo verdadero nombre no tengo permiso para publicarlo.
A petición de mi madre doy fe de lo que sucedió y les comparto mi testimonio.
San Antonio no me abandonó.

sábado, 18 de abril de 2009

La Ciudad en mis oídos.

Comenzar de cero no es cosa fácil. Algunas veces las cosas salen mejor de lo que espero y otras, me cuesta un poco de trabajo.
Algo que es muy cierto es que no me dan miedo los cambios. En el fondo sé -como siempre me lo dijo Mauricio- que soy una chica optimista y que enfrento las situaciones con agallas.

Haber cambiado de giro me ha puesto bien. Le veo muchas más ventajas que desventajas, y aunque a veces me quejo de las cosas, en general estoy contenta de todos los cambios y las buenaventuras que han llegado a mi vidita.

Y hoy, una de las cosas por la que estoy muy satisfecha de todo esto, es que puedo seguir haciendo mis visitas por la Ciudad a pesar de que no camino mucho por ella; y que, sobre todo, no he dejado de escribir ni de dedicarme a mi profesión.

Estos días viajé desde el aeropuerto capitalino, fui a Campo Marte, compartí con Obama y hasta me reí del vestido de la primera dama. Estuve por el poniente de la Ciudad, vi las obras viales, me alegré de que los niños pasearan por Chapultepec sus últimos días de vacaciones y el transporte público me puso notablemente bien. Conocí la voz de muchos funcionarios, les creí a algunos políticos e intenté enamorarme otra vez del gobernador. Imaginé rostros y colores de traje, vi zapatos con medias, trajes de noche, shorts en bicicleta... Viajé con mi imaginación como desde chiquita me ha gustado hacerlo.

La Ciudad a veces da miedo y a veces tristeza. No es fácil enterarse de la escoria y verla frente a frente. Sin embargo, conmigo es amable. La Ciudad se porta bien. Otras veces me da la paranoia y comienzo a examinar los rostros y las voces, luego se me quita y me acuerdo que vivo un gran big brother. Por allí me encontraré con el chico del WTC y con la chica del bolso brillante.

Todo esto ha sido una novedad, una agradable novedad de estar informada y de tener alguito de poder. Lo llevo bien.
Sigo queriendo un masaje en las piernas, que si me doy tiempo yo misma me puedo dar, pero el abrazo que añoro todavía no me lo dan.

Así es. No todo se puede tener y absolutamente no se puede vivir del amor, aunque vale la pena intentarlo.

viernes, 10 de abril de 2009

Siempre llueve en viernes santo

Ayer llegué a Metepec. Me harán bien unos días de tranquilidad y de buena compañía. Mi corazón necesita restablecerse y mi estómago comer bien.
Estoy tranquila. Las cosas han pasado muy rápido. Una ventaja que le veo a vivir en la gran Ciudad es que apenas y me doy cuenta que sigo respirando.

La moneda cae siempre como tiene que caer; a todo el mundo le llega su recompensa y las mejores cosas llegan para el que sabe esperar.
Fe, paciencia, esperanza... Como te sientes eres, y en el fondo sabes que a pesar de tanta pérdida, no perdiste la seguridad en ti mismo. Ahora los trámites se hacen amenos, hay nuevas cosas que tengo que aprender y oficinas con las cuales familiarizarme. Estoy contenta. La paciencia es una virtud que da de las mejores recompensas.

Si la cinta se puede regresar varias veces no tengo por qué saturar a mi memoria.
Ojalá me lo hubieran dicho hace unos meses para dejar de tomarla como si ésta fuera la cinta misma... 3, 4 segundos en rwd automático y ya estuvo. Los chicos me han incluído tal como soy. Los chicos. Los chicos.

El soltero tóxico del bar irlandés sufrió un asalto con tintes de secuestro express. Nunca le he deseado mal, pero también pienso que las cosas suceden por una razón. La vida pasa factura.
Él me criticó mucho cuando me quedé sin proyectos y cuando Andrés fue robado. Ahora, está igual y todo adolorido por la golpiza que le dieron. Perdió el celular, el coche, el traje, el reloj, la cartera, la dignidad... y esta vez dudo mucho que la pueda volver a comprar en Sanborn's.
Cuando me dieron la noticia, me sentí mal. Recé por él. Luego pensé que a todos nos llega. Es karma, y él ya debería dejar de vivir una vida paralela. Yo me doy por bien servida.

Llovió.
Como cada viernes santo, llovió. Mi abuela decía que este día todos en el cielo estaban tristes y que era un milagro que lloviera cada viernes santo, año tras año.
Es casi increíble que el paso de los meses y las nuevas temporadas y estaciones del año trajeran cambios y buenaventura. Ése es el verdadero milagro.

Lo que he deseado con tantas fuerzas ha comenzado a tomar forma. Volví a dormir, otra vez tengo apetito... Las oportunidades, el trabajo y el asunto del coche tienen mejor porvenir.

"...y a no desanimar,
que ya vendrán tiempos mejores.
Y no olvidéis que el que ríe al último
ríe mejor..."

jueves, 5 de marzo de 2009

Sólo nos dijimos cosas al oído

En tres semanas tengo que entregar el artículo sobre Radionacional. No es que no sepa, pero he estado algo dispersa. Para situarme en el contexto, me puse a leer sobre cultura mexicana del siglo veinte. Lo he pasado bien, estos autores me quieren y me reciben bien, nada más tengo que ponerme a recordar, a recordar.

Sólo sé que no sé nada de tu vida, sólo me colgué una vez en el pasado.
Mi cabeza ha sido un maremagnum. Necesito ver el mar o por lo menos sentir otro clima. Nada más es cuestión de que el recuerdo se quede conmigo.

¿Cómo fue que me situé en la historia de la radio la primera vez? Seguramente me habló al oído, como cada noche lo hace, y me abraza, y me posee. Ese sonidito, esa interferencia, los cables, la frecuencia... Me habla tan fuerte y de tantas cosas al mismo tiempo, que es cuando no sé cómo debo hacerle las preguntas.
Ya no quisiera preguntarle más nada. Bueno, una última ¿como quieres que escriba de ti? Quisiera decirle también que no es justo que a veces se vaya, yo le he sido fiel y he intentado mantenerme al día, es necesario que siga respirando historia de la radio. Te lo voy a proponer una vez más ¿puedes venir, a que te acuestes en mi cintura y en mi pelo enredado, otra vez?

Y ahora, a empezar a ordenar lo que le rasqué a mi memoria. Las canciones que me acompañaron en esos días se convierten entonces en las embajadoras de Clío. Y si, es que las confundo con la gente.

Mi querida Radio y si un día te encontrare una mañana fue hoy, será posible, será dormido.

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martes, 10 de febrero de 2009

Mal presagio

Desperté hace como diez minutos. Me siento mal. Tengo frío, un poco de sueño, tengo miedo. Mucho miedo.

Soñé con él. No lo recuerdo todo completo. Resulta que me decían que siempre se "alquila dos putas", que no era lo que parecía. Todo estaba mal, desde hace unos cuatro años todo estaba mal. El corazón se me hacía una esponja seca. Todavía lo quería.

Nos subíamos al coche, a su coche blanco. Él conducía y yo iba a un lado. Íbamos al Pedregal, por donde su antigua casa, a visitar a Pacho. Como siempre no había lugar, Pacho siempre decía que buscáramos lugar desde una cuadra antes de la calle Colegio, y así lo hicimos. Me dijo "bájate Mariposa, nos vemos allá adelante". Lo hice, azoté la puerta y el coche avanzó y lo perdí al dar la vuelta.

Luego muchos gritos, gritos de verdadero terror. Nada más gritos. Corrí, ya no era la calle Colegio, era Ahuehuetes, mi calle de cuando niña y mi madre y mi hermano estaban en el jardín de adelante. Él estaba aplastado, así, aplastado. No lo puedo seguir diciendo, me da escalofríos. Se veía horrible, al dar la vuelta ne la calle le había caído un poste infinito encima, con todo y coche. Había muchos gritos, me tiré al suelo hincada, lloré y lloré. Luego estaba él solo, con mucha sangre y sin coche, sin pelo y a ratos se movía. Estoy segura de que estaba muerto, entonces ¿porqué se movía? Había mucha sangre.

Fueron mis gritos los que me despertaron.

El gato estaba sobre mi tocador a un lado del teléfono, pidiendo salir. Subió y bajó de mi cama varias veces. Me duele el pecho. Me siento como aquella noche de diciembre cuando sentí que me iba a morir y entonces cogí a los santos y me los puse en la muñeca. Hace rato todavía traía los santos en la muñeca y no sirvió de nada.

Si Mauricio me estuviera leyendo me llevaría consigo, no titubearía.

Quiero volver a dormir. Hace frío. El gato salió, no maullará hasta dentro de tres horas. Tengo miedo de prender la luz. Me quiero volver a dormir pero me da miedo.

La radio. Bendita radio. Dormiré con ella. Ya comenzaron las noticias con Sarmiento. Eso siempre cura, escuchar otras voces, otras risas, otras conversaciones. Eso me salva.