miércoles, 11 de noviembre de 2009

En la misma frecuencia

No es el coche, no es el ordenador, ni mi gato o mis medias negras, ni los años que tenemos de conocernos. Es el. Soy yo. Somos ambos que seguimos en esta frecuencia.

Esta vez no me di cuenta cuándo comenzó a coquetear (¿coquetear? ¿Te das cuenta de lo que dices?). No lo registro (no, no me doy cuenta). Luego, se atreve aún a hacer comentarios sobre las barreras físicas, los datos del corazón, el estado de mis sentimientos y los de él. Me pongo nerviosa con el simple hecho de recordar cómo es cuando me llama sin razón, para saber cómo he amanecido. ¿Qué pasa con nosotros?

Lo he pasado pensando si las últimas invitaciones que me ha hecho han tenido motivos. Ya debería dejar de pensar. El domingo por la noche cerró con una invitación para desayunar, la semana pasada preparó las cosas para cobrar su deuda entera, para llenar mi rostro de sonrisas, de unos dedos en su mano derecha que por fin alcanzan mi mejilla izquierda. Me bajé y me chifló. ¿Me miraste el trasero? Sí, y le chiflé, me dijo. Está bien, tienes permiso para hacerlo, y de una vez por todas cerré el coche de un portazo. Crucé Colima, mis tacones sufrieron cuando se alejaron, y la pañoleta aleopardada me hizo verme con ojos de gata. Los ojos que a veces quisiera que viera él.

Sintonizamos hace algunos años, no sé cuántos porque no quiero contar, pero me ha enseñado a andar por la Ciudad, me la enseñó de noche, usando de mapa los restaurantes, los cafés, las últimas funciones de los estrenos de las películas famosas. Me enseñó los caminos al hospital, al taller mecánico, a un nuevo empleo.

Me la enseñó de mañana, cargando un enorme ramo de gladiolas en los andenes del metro, respondiendo preguntas rosas de los porteros del edificio, diciendo mentiras piadosas a los profesores de la Facultad.

Me enseñó la Ciudad con mucho sol, muertos de calor, tomando coca cola fría mientras yo bebía una Victoria más fría que su corazón. Me la enseñó muertos de frío, mientras cruzaba Reforma para encontrarlo frente a la pantalla del Auditorio Nacional. Con mi abrigo enorme, esperándolo en el valet parking del centro comercial de Molière, cuando venía de carretera y las ganas de vernos superaba su cansancio y mi ansiedad.

Me enseñó la libertad, cuando mi ansiedad superó la relación. Me enseñó que no estuve rota, que no hacía falta que vinieran a repararme, que no me merecía el tiempo con un soltero tóxico; mientras le comprobé que me hacían daño los tatuajes falsos, las columnas que se caen, las bocas que no sonríen, los besos que no se dan.

Ahora soy una niña grande, dejó de ser mi profesor.

Alguna vez extrañé tus manos largas... Ahora, las vi diferente cuando intentaron alcanzarme, y llegaron más lejos, haciéndome brincar.

Hans necesita una radio. Él y yo necesitamos migrar nuestra frecuencia a otro cuadrante. Yo necesito menos radio y más realidad, historiar el tiempo real aún cuando mi Historia empezó hace 78 años, y yo comencé a contarla hace tres y diez meses. Los ejercicios de historiografía real, aún cuando se esconden en unas conversaciones por correo electrónico, me han hecho bien. Hace bien no vernos tan seguido, así tenemos muchas cosas que escribirnos.

Me urge una radio. No puedo regresar siempre tarareando la misma vieja soledad.

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