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lunes, 3 de noviembre de 2014

Hace un otoño.

Esta vez no nos encontramos entre pantalones vaqueros y camisetas a cuadros, esta vez fue nada más bajo el cielo lleno de nubes que nos hicieron sentir un penetrante frío por todo el cuerpo. Casi idéntico, con la barba un poco cana y el semblante relajado, con la sonrisa torcida y los dientes de lado, así llegó después de preguntar qué le tenía que decir al taxi para que lo trajera hasta acá. ¿Taxi?, le pregunté, ¿te has vuelto loco? Bueno, pues es que hace mucho frío, me respondió. Los dos hemos enloquecido un poco.

Después las sonrisas y la alegría, un poco de ponche y medio pan de muerto para compartir. Como si nada, como hace un otoño. Y entonces vino la verdad y otro gato que se agregó a la familia. Parece que todo está igual. La ropa en el mismo cajón, el cepillo de dientes en el baño. El mismo jabón, la crema de cuerpo en los envases que elegí hace doce meses. La cocina idéntica, la misma mancha sobre la estufa, la misma servilleta sobre el horno de microondas.

Hay personas que también significan temporadas, épocas de vida, estaciones del año, estaciones del corazón. Como el clima, como el tiempo, como los meses, esas personas no volverán, aun cuando volvamos a estar con ellas. Aquellas miradas entre Levi's y los besos frente a la botella de Rioja no volverán, ni las conversaciones en la mesa de lámina, ni los abrazos en la silla en medio del salón. Él dice que es la misma persona, que es el mismo hombre, yo estoy absolutamente segura de que  cambié, soy otra, jamás seré la mujer de hace un otoño.

...Y él tampoco, la diferencia es que no atina a darse cuenta.


martes, 9 de noviembre de 2010

Viniste a mi vida a hacerme feliz

Eran las diecisiete con quince cuando tomé Periférico Norte a la altura de San Antonio. Sorprendentemente estaba muy fluido, me metí a carriles centrales en la primera oportunidad, y seguí manejando mientras escuchaba a Alizée a través del audífono izquierdo.

No sé qué es lo que tienen estos días, estos fríos, este calor que no se me quita de adentro. Todo me parece tan nostálgico, a veces todo me conmeve tanto... La música fue la gota que derramó el vaso, y haber visto el inicio de la puesta de sol sobre Periférico, terminó por darle el toque final.

Lloré sin darme cuenta, hasta que las lágrimas me empañaron los lentes de sol. Pensé que de todas formas, como sea, era un día muy bonito como para llegar a guardarme a la casa cuando todavía quedaba tiempo para disfrutarse. El congestionamiento de la lateral de Periférico a la altura de Echegaray me pudo volver loca. Luego, al estar llegando a la Facultad supe que debía entrar a llenarme otra vez de lo que me llenó la Universidad.

Le llamé a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel. Le dije que estaba buscándole un lugar a Hans en el estacionamiento, y que iba para su Colegio, a platicar. Se puso muy contento, me dio muchísimo gusto escucharlo y saber que lo iba a ver.

Entonces recordé que en estos momentos, justo hace un año, jamás me hubiera imaginado que mi vida fuera a cambiar como lo hizo. Yo era una chica triste, lo acepto. Sí, siempre he sido optimista ante el amor y ante la familia que he elegido, pero me sentía muy sola; date cuenta pues, que ahora podemos platicar, que de verdad estaba muy sola.

Pero el 9 de noviembre conocí a personas maravillosas. El último regalo que recibí de esas manos largas, fue un empleo que otra vez me mandó a las nubes, que me hizo dejarme llevar, que hizo que dejara de pensar en todo lo que me afligía, y que en el fondo me hizo olvidarme de tanta soledad.

El cenit de mis malas decisiones y de mi ansiedad por buscar una compañía que por lo menos me hiciera reír dos veces por semana, tuvo lugar a finales del 2009. Eso, como puedes ver, ya lo olvidé y ni siquiera me di cuenta. No recuerdo fechas exactas, ni historias encontradas en las calles de esta ciudad. Sólo me acuerdo de mi, de las pésimas fiestas decembrinas, y de que para mí el año nuevo sí trajo una vida nueva.

Personas maravillosas llegaron a mi vida el 9 de noviembre. Llegaron a mi vida amigos maravillosos, una nueva familia que se ha gestado desde esos días. Noches locas en la ciudad, días de cine, de escritos interminables que se logran sobre una mesa de cryztal. Sabios consejos, cafeteras rebosantes que no siempre saben bien, mamuts a las cinco de la tarde para el monchi vespertino, una copa de whisky con soda los jueves por la tarde, estrés inmesurable completamente controlable, noches de grúa porque Hans ya no quería andar.

Historias de noches estrelladas que se cuentan desde el piso de parquet. Frío, mucho frío. Calor que proviene de los calefones de gas. Un sillón azul, que pronto estará en nuestra casa.

Obtuve mi grado profesional. Concursé para una plaza de posgrado, la obtuve justo cuando pensé que no podría más.

Luego, dejé de recordar, y vi de lejos a mi amigo el Presidente. Caminé hacia él y nos dimos un abrazo fuerte y lleno de risas. Comenzamos a caminar. Fuimos por café, a platicar para ponernos al corriente.

La ansiedad de venir manejando con todo este cansancio encima, de pronto comenzó a disiparse. El Presidente me llenó de regalos, muchos que me hicieron sonreír. Y entonces me di cuenta, tanto que deseé, tanto que busqué, tanto que soñé con que nada más haría falta, y todo sucede, todo vuelve a empezar. Me siento muy bien. Es real.

Y tu, ojitos verdes, viniste a mi vida a hacerme feliz.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Cada noche a la misma casa.

Hoy manejé sobre Pilares desde Insurgentes hasta Gabriel Mancera. Hacía mucho que no tomaba esa ruta para llegar, o para irme, o para ir a donde sea. Creo que fue más o menos hace un año, cuando iba a por mi a González de Cossío a la hora de mi salida, que era a las 20. Era divertido. Su cochesote estacionado en la banqueta de enfrente, las papitas fritas escondidas detrás de su chamarra gris, sólo para hacerme reír. Quiero muchos chocolates, le decía en días como hoy... en días en los que hacía mucho frío.

Hoy fue la primera vez que me metí a una boutique a buscar un vestido de novia, y no tuve éxito. Las mujeres, chicas o grandes, medianas o pequeñas, jóvenes o mayores, que nieguen sentir emoción ante los planes de una boda, que tiren la primera piedra.

Mi hermana Cristina regresó. Tal parece que la vida nos está llenado de regalos a todos. Tal parece que se sabía que no debía vivir yo esto sola, que necesitaba a alguien con quien compartirlo para sentir que todo es de verdad.

Estoy muy contenta. Hace mucho frío.

No importa qué divertido era ver un auto esperándome en la banqueta de enfrente, ahora el carro que se estaciona es el mío, como será siempre, como me hace feliz, como ahora que conduzco cada noche a la misma casa.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Mañana dormirá aquí

Okey, es oficial, hoy por estar haciendo mil cosas a la vez, leyendo, bebiendo agua, un vaso con café, y hablando por teléfono, prendí un cigarro al revés. Oficialmente se me va el avión, o el aeropuerto entero...

Si no es un panic attack es cualquier otra cosa, pero a veces se me van los pensamientos.

Cuando era chiquita, me dije a mi misma que la vez que esto me sucediera me iba a reír mucho porque oficialmente iba a ser como mis tías grandes, o sea, vieja.

Hoy confirmo que me he reído mucho, yo sola, ahorita frente al espejo, pero que de grande vieja no tengo nada. Y aunque así fuese, y cuando así sea, recordaré que en estos días fue cuando un chico vino a decirme que me ama tal como soy y que encontró con quien querer compartir el resto de su vida.

Wow. Por algo se empieza. Yo, por ejemplo, acabo de prender un benson por el filtro jajajaja Luego, después, supongo que podré comenzar a tener la estabilidad de una "old lady" con todo el "retro style" que eso requiere.

Tengo frío. Estoy feliz. Hoy está lloviendo. Mañana dormirá aquí.

lunes, 22 de marzo de 2010

Domingo y primavera

Era muy temprano. El frío me despertó. A pesar de haberme quedado dormida vestida -otra vez-, ahora el frío se me metió por las plantas de los pies. Desconocí el lugar, desconocí la cama, a pesar de que había sido la cama de siempre, las sábanas blancas con flores azules, las cobijas amarilla y roja, la lámpara encendida en el buró del fondo.

Muerta de frío, me desperté y fui a buscarte. Y allí estabas, en el sillón que a veces olvido que ahí está. Estabas dormido, aún más de lo que estaba yo. Estabas respirando muy fuerte, con tu menudo cuerpo enroscado como si fueras un gato pequeño. Te miré, empujé tus piernas, me senté en el huequito que se hizo detrás de tus rodillas. Te miré, otra vez.

Intenté despertarte, pero no supe como. Seguí mirándote, comencé a olerte como si la que fuera un gato, ahora sea yo. Voltée hacia la ventana, miré el sol a través de la persiana, caí en la cuenta de que era domingo, y de que por fin había llegado la primavera.

Y te empujé, salió un quejido de tu garganta aún enronquecida, te hiciste a un lado, giraste, hiciste espacio, y me acosté junto a ti.

No importaba nada. Es primavera, era domingo, eras tu y era yo.

Era el sol a través de la persiana. Era de mañana, que por fin un domingo me puso feliz. Comencé a besarte, como debiera hacerlo cada que estoy contigo, como debiera ser todo el momento que pasa sin saberlo. Me sorprendí. Seguías dormido, pero querías estar despierto. Tenías los ojitos todavía cerrados, las pestañas pegadas, las manos giradas hacia el centro de tu pecho.

Desistí. Me fui. Me senté en la mesita de trabajo y prendí esta computadora. Comencé a leer, a escuchar la música que me arrulla, a escribir lo que en ese momento pasaba por mi cabeza. Y el gato que es de a de veras ocupó mi lugar en el sillón, volviste a girarte, volviste a respirar fuerte a través de esa garganta que a veces quiere albergarme.

Y lo volví a intentar. Me levanté y fui a donde la ventana, quité la persiana, me bañé de árboles atravesados por rayos de sol; de luz que a veces no quiero que llegue, de primavera que creo que ahora sí añoraba que viniera. Luego fui a donde tu. Volví a mirarte, y comencé a desabrochar los botones de tu camisa de rayitas negras.

No sé si despertaste. No sé si volví a dormir yo. Todo pasó, como pasa lentamente cuando estoy contigo. Olvidé la noche anterior, lo que habíamos hablado, lo que tu voz susurró junto a mi cuello. Olvidé mis letras, las canciones y mi pasado. Olvidé que estabas allí. Olvidé que quería seguir dormida.

Y algunas horas después, entonces sí desperté por completo. Sólo fue otra mañana de domingo. El invierno -y espero que el infierno también- por fin terminó, la primavera llegó con ese friecito a través de las palmas de mis manos, y otra estación comenzó en mi cuerpo.

Domingo de café por la mañana en un vaso de plástico. Domingo de manejar con el sol en todo su esplendor, con este calor que hace que Hans sea no sólo un auto de valores, sino de agradable sudor que también es insoportable. Domingo de chicas, como todos los del año que acaba de transcurrir. Domingo de mercadillo de Marruecos, de sonrisas con lentes de sol.

Domingo que me hizo feliz, quizá porque soñé contigo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Noches de juerga

Apenas terminé de escribir todo lo que hacía falta, recién lo leí y lo presenté, y ya estoy comenzando a querer escribir otra vez. La cabeza no me para, no me paran los dedos de las manos, y de unos diez días para acá, tampoco han parado de bailar mis pies, ni de temblar mis piernas.

Hace rato intenté hacer memoria de hacía cuánto tiempo que no me la pasaba tan bien, y aunque no estoy segura, me parece que esta ansiedad -buena y no tan buena- no la sentía desde que estudiaba en la Universidad. Esta Ciudad es maravillosa, tiene de todo, a veces me cae gorda, pero me he hecho el propósito de dejar de decirle groserías cuando me enojo o comienzo a tener una discusión por el móvil. La Ciudad ha estado de mi parte las últimas semanas, ha estado lluviosa, medio fría y a veces distante y algunos dirían que se parece un poco a mi, pero eso ya va de sobra.

La cabeza, como decía, no me ha parado. Siempre pensando lo que viene, las decisiones que hay que tomar, las frases que hay que escribir, los corazones que hay que conocer, que hay que abrir, y el mío mismo, que poco a poco se comienza a despertar. Hay momentos en que me duele todo. Me duele sobre todo esta cabeza que traigo acá arriba; hay veces en que me duele el pelo, me duelen las piernas, me duelen los pies y me duele mucho la espalda. Hay noches en que no puedo dormir, en que prefiero -de hecho- quedarme despierta; es maravilloso cuando se puede decidir, quedarse despierta, quedarse dormida, seguir caminando, pedir un taxi, quedarse callada, seguir escribiendo, seguir transmitiendo esto a pesar de los lectores que se tengan, y los que todavía no tengo.

Y como Hans no quiso arrancar el jueves por la noche, porque cometí el error de dejar las luces prendidas todo el día afuera de la oficina (siempre hay una primera vez), el hecho de volver a casa con Hans a cuestas en una grúa, hizo que me diera insomnio otra vez, que me doliera la cabeza, el cuello del lado derecho y que me diera un poco de ansiedad. Ni modo. Todo tiene un precio, y esta vez, aún cuando pareciera que fue alto, no fue tan desagradable esperar a que todo se resolviera. Las penas con pan son menos, y la espera de una grúa es menos tortuosa si se tiene compañía, que encima, te hace reír a carcajadas.

El día después, casi pierdo la cuenta de los analgésicos que me tomé. Creo que había sido uno por la mañana, dos a la hora de la comida, o al revés, un par con el latte de la mañana, uno a la hora de la comida y uno más a media tarde. Cuando a punto estuve de tomarme uno más porque el dolor no cesaba, caí en la cuenta de la pérdida de la cuenta, y me detuve. Así es. En diferentes situaciones, las cuentas se pierden, y es entonces cuando uno se detiene, o de plano se sigue adelante. Insisto, es maravilloso cuando se puede decidir qué es lo que se quiere hacer.

Me esperaba entonces, una maravillosa noche, un motivo especial para que mis pies no dejaran de bailar y para que mis piernas siguieran temblando. Una llegada a casa de madrugada, con un Curvoisier que me guiñaba el ojo desde que me bajé del taxi, que me supo magnífico en una de esas copitas redonditas, y que me hizo seguirle cantando y escribiendo, para dormir sólo hasta entrado el amanecer, pasadas las siete de la mañana.

Y valió la pena. De pronto resulta que todo vale la pena.

Una hora y media después, me desperté en calidad de zombie para ir a buscar al mecánico que me dijera qué era lo que tenía Hans, además de no tener ni una chispita de batería. En el camino me encontré a mi hermana, la otra María, quien venía desde temprano a visitarme. Fuimos por el guerrerense éste que me cae tan bien, que hizo que Hans volviera a andar. Desayunamos Mari y yo como debiera desayunar todos los días, pero que no siempre se puede. Se quedó todo el día conmigo, vino a limpiar mis ojos, a hacer que las lágrimas atoradas salieran, a que mi corazón latiera tranquilamente por platicar con ella.

Vino a tender mi cama mientras yo tomaba una ducha, a decirme que ya debo dejar de bajar de peso, a hacerme reír con las ideas del cambio de habitación, de entorno, de posición. Vino a recordarme que a pesar de la distancia, seguimos siendo hermanas, y nuestro amor ha prevalecido a pesar de muchas circunstancias.

Vino a llevarme por las arterias de la Ciudad. Vino a abrazarme. Vino a poner en orden lo que se podía ordenar.

De regreso, una Mafka con un novio encantador, y un chofer incluído, me esperaban en la puerta de la casa para volver a salir. Luego de pensarlo un poco, porque tenía muchísimo sueño, guardé a Hans, me arreglé rapidísimo, me puse esos botines de flecos que tanto me gusta usar, y me fui con ellos, y literalmente no supe más, hasta unos 40 minutos después.

Me quedé dormida apenas me subí al coche. Moríamos de risa cuando llegamos al bar que nos esperaba, se quedaron hablando solos cuando no les respondí, y Mafka me pidió perdón por haberme insistido tanto en salir, pero era una ocasión especial. Bebí un red bull, luego comencé a divertirme, a recibir llamadas que me hicieron reír, que me pusieron mejor de lo que ya estaba.

Nos cambiamos de bar, porque el primero era una reunión que no era nuestra. Luego, en el segundo fue una mezcla de todo, que me hizo bailar y me puso feliz: el whisky con soda, los recuerdos de la noche anterior, el cansancio que traía a cuestas, la plática con Mafka, las carcajadas por los chicos del rugby, el cigarro en la banqueta, el carrito de hot dogs que no paraba de vender, el chofer que no nos quitaba el ojo de encima, que luego tardó en regresar para dejarnos volver.

Y dormí, aún cuando no fue tanto como hubiera querido, dormí, por fin, lo logré. Luego, el domingo, cansado como son los domingos, también me trajo algunas sorpresas.

Domingo de comer bien, de dormir poco y de reír mucho. Ciudad de mercados sobre ruedas, de tianguis de pulgas que me hacen enloquecer. Domingo de dejar de odiarlos, de comenzar a aceptarlos, de plantear nuevas alegrías e ilusiones. Ciudad llena de coches, de volantes cubiertos con peluche de leopardo, de camiones y colectivos que casi te quitan la vida o te rebanan el trasero. Domingo de tomar té de manzana, de volverle al té verde, de probar otras opciones sin azúcar. Ciudad de deseo, Ciudad de sonrisas a través del móvil que creo que sabe que me provoca, domingos de comunicaciones casi sin palabras.

Ciudad de un tal vez que más que un quizá es un por supuesto.

Ciudad de noche, domingo de día. Ciudad de noche que me hace feliz, que entonces provoca un feliz domingo que antes no tenía.

Noches de juerga. Noches que me gritan que está bien si le pido que me provoque. Benditas noches, maldito insomnio, bendito deseo, maldito frío de invierno, bendita Ciudad. Buenos días, llegando de reversa, luego de cruzar toda la Ciudad.

domingo, 14 de febrero de 2010

Historia de una habitación.

Así como en el sueño anterior la habitación se hacía más pequeña conforme el tiempo pasaba, esta vez la habitación se hizo tan grande como mi asombro, tan grande como la noche, tan grande como la obscuridad que nos abrazó cuando sólo se quedó encendida la luz de la escalera.

No recuerdo bien cómo llegamos allí, no me acuerdo bien cómo empezó todo. Sólo estoy segura de mi vestidito negro, de su estatura, de mis botas hasta la rodilla, de los calcetines que no vi más. Me acuerdo que me hizo muy feliz ver todo desde el suelo, saber que las habitaciones giraban como giraban nuestros cuerpos. Desde abajo, todo parecía expandirse como se expandían mis emociones, sus latidos, mi sudor, el olor de su cabello y mi propio cabello.

Mi sueño de que los besos no estén vetados se hizo realidad. Nos besábamos tanto, que me hacía creer que esa era la última noche en este planeta, teníamos que aprovecharla por completo, sin importar mi edad, sin importar mi estado civil, sin importar la habitación que nos envolvía. Nos besábamos tanto, que me hacía creer que el amor podía existir, que el amor podía superar, que el amor podía estar en cualquier lugar, con cualquier persona, sin siquiera imaginar que pudiera suceder.

Me acuerdo que estaba sorprendida por el calor que pueden irradiar un par de cuerpos. Hacía mucho frío, lo sentía sobre todo en las plantas de los pies, pero nosotros manteníamos ese calor, lo hacíamos crecer, hacíamos que envolviera la casa misma, a través de las ventanas, de las escaleras, de los candados de las puertas que no querían seguir cerradas.

Como siempre, odiaba las despedidas, y odiaba saber que la luz del amanecer que nos recibía era de un maldito domingo; odiaba tener que decir adiós. Pero esta vez no me angustiaba tanto, no sentía que la Ciudad nos fuera a separar. El chico me llevaba a casa, en este sueño Hans no figuró más, y yo me bajaba de su auto color grafito mientras él no se movía del volante. Nos besamos, nos despedimos, nos dijimos hasta mañana aunque casi estaba por despertar.

No me angustió la despedida, pero me invadió una terrible ansiedad cuando pensaba que era posible que nos pudiéramos enamorar. No, no, me decía en voz alta mientras bajaba del coche y entraba a mi casa. No te puedes enamorar Mariposa, no puedes seguir adelante. ¿Por qué carajos no? ¿Quién dice que no? ¿Por qué mi mente me jugaba esta terrible trampa?

Me acostaba en mi cama todavía vestida, me envolvía en la gabardina color azul y apenas reparaba en quitarme las botas color café. Lloré, las lágrimas me salían de los ojos mientras mis oídos escuchaban a Norah Jones.

Y me desperté, luego de otro fabuloso sueño, limpiándome las lágrimas que de verdad salieron de mis ojos, y escuchando la vocecita chillona de la locutora que suplió a Jesús Martín Mendoza en las noticias de la mañana. No estaba vestida, por supuesto, las botas estaban en su lugar, la gabardina llena de polvo bajo ese guarda trajes color gris. El vestido me sigue esperando en el tubo del clóset y el chico, no sé si vuelva a verlo alguna vez.

jueves, 4 de febrero de 2010

El beso del elevador

Nos encontramos, como casi siempre sucede, en medio de la Ciudad, en medio de los coches, saltándonos avenidas, y mojados por la lluvia. La lluvia... más bien el frío, como casi siempre a esa hora, como casi siempre que hace frío. Este invierno, además de ensañarse, nos ha regalado maravillosas horas antes del amanecer. Aún cuando son días que no laboro, tengo que despertarme temprano, pero no importa, él tiene que hacer algunas cosas, despertarse igual temprano, librarse de otras, y llegar a la avenida en donde nuestros coches comienzan la misma marcha.

Y a la misma marcha, uno tras el otro, vamos siempre al mismo lugar, de regreso a mi casa, de regreso a la suya. A la misma ducha, a preparar el mismo desayuno, a jugar con las mismas cosas, a hablar de lo que hubo los pasados días, los pasados lindos, los tristes pasados futuros.

Y ahí vamos otra vez, a mirarnos de frente sin saber que lo hacemos, a que me abrace de lado sin saber que lo hace, a tomarme por la espalda, sin haber pensado siquiera hacérmelo una vez más. A hablar de las cosas que moría por contarle, a escucharme como sabe hacerlo, como me gusta que me escuchen, como me gusta escuchar las opiniones importantes. A tener esta magnífica imagen frente a los dos, de ambos cuerpos abrazados y enlazados, de lado, de frente, de perfil, de espaldas, de como sea. La imagen ahí está, y se congela.

Ahí vamos, a desayunar en una mesita ratona que movemos como la gana nos da, a hablar de los coches como si de verdad nos importara, a hacer que no ha pasado nada, aún cuando sabemos que han pasado muchas cosas.

Y miro como toma esa ducha, esa que debería tomar con él allí dentro, como me gustaba cuando lo hacíamos después. Y me mira mientras tomo la mía, y platicamos, y se enfoca, y pierde el hilo, y le gusta mirarme mientras lavo mi pelo, con la misma marca de champú que copié de la regadera de su mujer, y lo desenredo con ese peine enorme, que imagina que juego con él.

Y mi pelo, sobre su cintura, parece que hace maravillas. Y el tiempo, que transcurre sobre nosotros, sobre esa habitación que se hace más pequeña, parece que se detiene para siempre.

Luego, se pone la indumentaria. Y yo, sin saber lo que estoy haciendo, me enfundo en el par de medias negras, en la falda a la rodilla que le gusta imaginar que arranca de mis caderas, en los tacones que parece que están pegados a las plantas de mis pies. Cojo el bolso, toma su cartera. Todo pasa como un día cualquiera. Los dos volvemos, y los coches nos esperan.

Nos esperan, como lo hace mi casa o la suya, hasta la próxima semana, hasta la siguiente luna del lunes que entra, del sábado que pasó, del domingo que no quiero que llegue.

Las trampas del destino son como carreteras; el destino, este ambiente que nos envuelve. ¿El final del camino? Que yo ría como lo hago, mientras me mira desde abajo, sin parpadear. Que el tiempo se vuelva a detener, para que platiquemos como nos gusta hacerlo.

Vuelvo a donde partí, vuelvo a pensar que todo está bien, vuelvo a mi rutina con el sabor de sus labios todavía en mi.

Salimos, yo camino más aprisa que él, me da escalofríos pensar en mis vecinos, o en los suyos. Sigue tras de mí, llamo el elevador, lo tomamos. Se recarga en el fondo del cubo de acero, se cierran las puertas, doy un paso hacia él y comienzo a besarlo como si fuera la última vez, como si esa luna de ese lunes o domingo siguiente no fuera a llegar; como efectivamente es, que yo estoy volviendo a la guerra.

Nos besamos como no lo hicimos en todas las horas anteriores, en todos los meses que pasaron, en todos los años que no supimos que estuvimos allí. Es un maravilloso beso, que dura lo que tarda en bajar tres pisos el elevador, que hace que nos fundamos en ese instante, por unos segundos, entre el fluído y mi respiro. Y sentimos que es el último que nos vamos a dar.

Se abren las puertas, nos separamos, salgo yo primero, él me sigue -y puedo jurar que me mira el trasero, o intenta hacerlo cuando se dibujan en mi falda los sujetadores en mis muslos por detrás-, y volvemos a despedirnos. Como siempre, como nunca, como nada, como todo.

Me subí pues al coche, y cuando escuché el sonido del portazo de mi lado, me desperté. Aquí, en mi cama, sin ningún otro cuerpo en mi colchón. Y el corazón, no ha dejado de latirme. ¿Cuándo va a llegar? Ni me quejo, porque todavía sigo de buen humor.

jueves, 21 de enero de 2010

A las 19:30 en el Ivoire.

Llegué tarde. Los apagones que ha tenido la Ciudad, hacen que nos hagamos más locos. Jugué carreritas con unos tráilers sobre Baja California, tomé Patriotismo sin problema y sin luz todavía, pero cruzar para Reforma fue una odisea. No fue suficiente con que fuera viernes de quincena, encima se tenía que ir la luz en una de las zonas más transitadas de la Ciudad de México.

En una oreja el auricular del móvil, en la otra, el audífono del ipod porque Hans todavía no tiene radio. Como pude, y en un tiempo récord -tomando en cuenta el caos citadino- tomé Reforma a 80 kilómetros por hora. Tuve que parar, por supuesto, casi enfrente del Museo de Antropología, porque ahí comenzó la línea de coches que siempre se hace frente al Auditorio Nacional. Justo cuando crucé la esquina de Gandhi, el ipod me sorprendió con "Victoria y Soledad" de Andrés Calamaro. Me puse como verdadera eufórica. Me hizo tanto bien escucharla a todo volúmen, que comencé a bailar, a manotear, y a cantar a todo pulmón. Los chicos de los coches a mi lado, morían de risa y me volteaban a ver.

Justo frente al Hard Rock Café, a punto de girar a la derecha para tomar Julio Verne, mi euforia por venir cantando y bailando a Calamaro, hizo que mis pies bailaran perdiendo el ritmo de Hans, y se me apagó el coche. Me muero de risa de acordarme todavía. Pero rápido, esos reflejos que me hacen parecer una gatita, prendieron las intermiententes, pusieron neutral, cerraron la marcha y encendieron el coche otra vez, casi ipso facto.

Me encontré con María casi a las 20 horas. Me esperaba en el lounge, muerta de frío, en un silloncito que estaba junto a una de esas antorchas para mitigarse, y con una coca light en la mano. Traía puesto un vestidito corto, cortísimo para su parecer, perfecto para mi. Medias negras y botas. El abrigo casi como piel. Yo, antes de salir de la oficina, me puse el vestido verde, un par de medias negras gruesas, casi mallas, y mis botas negras. Saqué del bolso la pañoleta de leopardo que Copo me trajo de Toronto, y me la até al cuello. Me reí. La etiqueta que no le he querido quitar, para que quede constancia de que fue un regalo de mi amiga viajera, se asomaba detrás de mi oreja. No hubo tijeras para cortala, aún cuando uno de mis jefes las buscó en tres oficinas. Ni modo. La escondí bajo mi pelo suelto, me puse el abrigo negro, y me fui. Y le atiné, porque no hubo discrepancias ni con el estilo del lugar, ni con el de mi acompañante.

En el Ivoire impera la presencia de judíos, dado que Polanco sigue siendo el barrio judío de la Ciudad de México por excelencia; pero también se pueden encontrar chicos de todos los credos y todos los oficios.

María invitó también a Guso, quien siempre está ocupado y le dice que no cuando se le hace una invitación, pero esta vez, cuando ella le dijo que quería que me conociera a mi, el chico accedió. Y nos sorprendió, que antes de las 21 horas, Guso apareciera, enfundado en un abrigo negro también, con una bufanda atada al cuello.

Hacía mucho frío, el chico prefería que tuviéramos una mesa en el restaurante, pero nosotras insistimos en quedarnos en el lounge, a pesar del aire, a pesar del frío, a pesar de que los abrigos no nos dejaban mover.

Platicamos de muchas cosas. Guso pidió una bebida que yo no conocía, ron con miel, caliente, servida en una "copita coñaquera" (qué risa me da llamarla así), con el pretexto de que le dolía la garganta. No hay pretextos, pensé sin decirlo, para pedir la bebida que se nos antoje. Yo, que ahora resulta que me he vuelto abstemia, a raíz de la adquisición de Hans, no bebí más que coca-cola light con hielo.

Guso no estuvo mucho tiempo con nosotras, sólo el suficiente para beber dos copas, y reír sin parar con nosotras. Para conocernos, porque yo nunca lo había visto, a pesar de que María habla mucho de él. Se despidió, y como todo un caballero, pagó la cuenta.

Nosotros hicimos -literal- como si nada pasara, o como si nunca hubiera aparecido. Seguimos con nuestra conversación sobre chicos, sobre nuestras familias, sobre nuestra hermana Cristina. Seguimos platicando sobre las actitudes que ahora se tiene ante las relaciones amorosas. Dilucidamos si quedarnos allí otro rato, o irnos a otro lugar para bailar, o a otro lugar para cenar. No sabíamos qué hacer, pero seguimos la conversación como si hiciera mucho tiempo que no nos veíamos.

Y en realidad, hacía mucho tiempo que no nos veíamos así. La mera verdad es que hacía mucho tiempo que no platicábamos, ni siquiera por el móvil.

La relación con esta amiga es muy especial. Y no digo especial en la acepción de la palabra que significa "singular o fuera de lo particular". Y lo siento mucho, pero lo que es, es. Y la relación que tenemos es de cuando ella tiene ganas: ganas de verme, ganas de hablar conmigo, ganas de compartirme algunas cosas, ganas de que le ayude en otras, o ganas de quererme un poquito. Hay veces en las que me canso de buscarla, de llamarle y de que no me responda, de pedirle ayuda y no obtener una respuesta, aunque sea negativa. Pero así es, y no la podré cambiar.

Este día en particular, lo pasamos muy bien. Reímos tanto, que un chico sentado en un par de mesas al lado, se levantó y se acercó a decirnos que nosotras eramos las chicas que mejor se la estaban pasando en ese lugar, que quería saber por qué nos reíamos tanto. Y le platicamos lo que se podía contar, le contamos el resumen gerencial de nuestra noche allí, de nuestra amistad, y de nuestros chistes que a veces sólo a nosotras nos hacen reír.

Luego hablamos de lo que estábamos evitando. Hablamos de su chico y del que yo todavía no tengo. Me dijo que casi no podía comprender cómo puede existir un hombre, cuya relación es casi rayando en la indiferencia. Yo, sin decir nombres propios ni revelar identidades, le dije que la entendía, que yo también he conocido hombres que rayan en la indiferencia, y que yo misma, a veces proponiéndomelo y algunas otras sin hacerlo, me comporto de la misma manera.

Ese hombre que es tan frío, tanto como la región de donde viene. Ese que María ha escogido para pasar los veranos y los inviernos, para incluirlo en sus planes sin que él lo sepa, sin que él la tome en cuenta. Ella no se puede explicar qué es lo que lo hace ser de acero, lo que lo hace no tener nada, pero tener mucho al mismo tiempo. No sabe qué es lo que lo hace venir al Pacífico mexicano, con ella, a compartir los días y las horas como si se hubieran visto ayer, o como si ya fueran las últimas.

Me abstuve -además de beber-, de dar mis sinceras opiniones, porque probablemente le resultaran duras, más frías, o incomprensibles. Pero la mera verdad, es que a mi modo de ver es una pérdida de tiempo, y una tristeza, que María se preocupe por alguien a quien no le consta que piense en ella. María necesita alguien como ella, parecidos, alguien que la quiera como es, que la quiera de a de veras, caliente, como el trópico candente que ella escogió para comprar otra casa.

María, como todos nosotros, merece ser feliz. Y este chico, dudo que pueda compartir esta felicidad, o ser un complemento de ella.

Con poco apetito, pasadas las 22, decidimos irnos derechito a las hamburguesas al carbón de Fuentes de Satélite. Pedir los coches en el valet parking fue una calamidad. No me intimidé ni tantito al entregarlo, aún cuando en la fila para que me lo recibieran, Hans -mi Volskwagen negro- iba después de un Ferrari color rojo, y antes de un Mercedes Benz plateado. Pero a la hora de pedirlo, les dije bien clarito cómo debían abrir mi coche, y nadie tuvo la cortesía de decirme que no podían con sus sistema de seguridad, lo que por un lado me encanta, porque hace de Hans un pequeño búnker.

Así pues, terminé yendo por él en el coche de María, y por supuesto, con mis propios medios, porque el valet se dio por vencido.

Nos seguimos, hablándonos por el móvil de coche a coche, hasta llegar a Plaza Satélite y dar vuelta a la derecha, para tomar, más adelante, Circuito Oradores. Llegamos a las hamburguesas, pedimos tres grandes para llevar y nos fuimos a su casa. ¿Tienes todavía cerveza? Le pregunté, me dijo que sí, que el sueco había dejado algunas todavía más frías que él, así que me dio chance de beberlas todas si así lo quería.

Cenamos sentadas en la barrita de la cocina, recordando las anécdotas de antiguos chicos, novios, amantes, maridos, o como se les quiera llamar. Todavía teníamos fuerzas para reír.

Una noche particular, especial en el sentido propio de la palabra, que me hizo pasarlo muy bien con María. Me sentí bien, y me puse alegre. Me tomé dos Indio bien frías, llegué a casa casi durmiéndome porque estaba verdaderamente cansada. Y me acordé que así es cuando se sale. Aún cuando se tiene un plan, las personas llegan o no llegan, el plan se modifica, se termina bebiendo cuando se supone que no se debe porque se va a conducir, y se lo pasa uno muy bien.

De mi oficina al Ivoire. A reír a carcajadas. Recoger a Hans del otro lado del Parque Lincoln. Directo a las hamburguesas. Terminar la noche en la barra de la cocina de una amiga.

Noches como esta deben ser comunes en la vida de la Ciudad. Pero para María y para mí dejaron de serlo hace algún tiempo. Por eso valió la pena.

viernes, 15 de enero de 2010

Cielo de invierno

Como era de esperarse en viernes de quincena, el periférico y Río San Joaquín venían a reventar. Casi no se avanzaba. Y hoy, el café que me tomé con mi papá duró más de lo que esperábamos, así que se me hizo un poco tarde.

Cuando tomé Río San Joaquín, le llamé a San Román para contarle como va el asunto del presupuesto. Mal, mal. Pero él siempre me alienta, me da ánimos, me hace reír con que va a venir a salvarnos una "ballena mística" de esta crisis mundial y crisis de valores. En fin. Reímos como niños, y comenzó a quitárseme el estrés.

Con un grande light latte entre las piernas -como siempre-, mis guantes de piel, un cigarro en la mano derecha que me hace hacer malabares para meter las velocidades del coche, y mi manos libres en la oreja para hablar con San Román, de pronto miré de frente pero hacia arriba, arriba de los coches y arriba de los edificios. Un cielo de invierno, color azul celeste brillante, comenzaba a asomarse entre las nubes redondas que se empezaban a deshacer.

Le dije, "me acabo de dar cuenta, que enfrente tengo un bellísimo cielo azul que se está asomando, ¿ya lo viste?". No, me respondió, no me he asomado a la ventana, pero ahorita lo hago para verlo también. Seguimos hablando. Nos despedimos.

Me quedé mirando el cielo mientras mis pies hacían danza, al alternar clutch, freno y acelerador. Tomé Thiers por donde no debía, le marqué a la Diseñadora de Modas pero no me respondió. Seguí mi camino a la oficina.

Llegué diez minutos tarde, pero no me importó. Hace mucho frío todavía, pero hoy hay sol. Hace mucho viento, que es lo que hace que el cielo brille detrás de las nubes gordas, y eso me hizo sonreír.

Un atisbo de luz detrás de la neblina. Y un correo electrónico en mi bandeja de entrada, atisbo de que el problema del presupuesto está por resolverse.

Me gusta el cielo de invierno.

domingo, 10 de enero de 2010

Me gustan las historias de amantes

Luego de las lecturas del año pasado, y de todo lo ocurrido, ahora confieso que me gustan las historias de amantes. Estas prohibidas, furtivas, estas que son secretos a voces. Estas en las que las tensiones en las habitaciones en las que los amantes se encuentran, hacen que los demás intenten adivinar qué ocurre en el ambiente, suponiendo que alguien se atrae o que algo se esconde, alguna pasión se esconde en dos corazones, o se esconde en la piel.

Me gustan las historias de amantes, pero no he vivido alguna. De hecho, ni siquiera me es posible imaginar cómo sería, necesitaría saber cómo es el prospecto para intentar escribir -o vivir- una pequeña historia. Porque bueno, aún cuando al hacer historiografía lo que más se hace es inferir, en el caso de una historia propia, cuesta trabajo inferir qué es lo que sucedería.

No sé si el susodicho sería mucho mayor que yo, y tuviera una gran profesión, de esas en las que se salvan vidas, o es imprescindible su presencia para tomar una decisión. No sé si me vería con él una vez por semana, o cuando tuviéramos la necesidad de platicar el uno con el otro. No sé si serían los miércoles, por ejemplo, día de cine o de latte por las mañanas. No sé si pasaría por mí en un deportivo color plata, o en un deportivo descapotable color rojo, lo que causaría mucha curiosidad, porque sería un hombre mayor; lo que entonces significaría que andaría en un segundo o tercer aire, y yo sería la persona con quien desearía pasarlo.

No sé si tendría química con él, con eso de que me llevo bien con los chicos que me llevan un poco más de seis años. No sé si reiríamos mucho, si platicaríamos hasta el amanecer, o hasta que el tiempo se nos terminara, justo para que cada quien volviera a su rutina. No sé si me invitaría a comer o a cenar. No sé siquiera, si me resultaría atractivo, o me diera emoción estar con él.

Pudiera ser que otro prospecto tuviera ojos verdes, fuera extranjero, y viniera a mi Ciudad sólo por alguna temporada. Entonces los encuentros no serían tan furtivos, no tendría que existir el silencio o un ocultamiento. Supongo que tendría un departamento lindo, de esos acogedores y pequeños, de esos de temporada. Quizá viviría algunos días en un hotel de Paseo de la Reforma, o de la colonia Condesa. O quizá también, compartiría las habitaciones con algún colega, lo que haría de la situación algo no tan serio, porque podríamos salir en grupo, y tampoco sería necesario ocultarlo de mi lado, con mis amistades o mi familia.

Sería un amante de temporada, de acento extranjero, de castellano que no parece que hable español. Sería un chico que me transportaría a sus ciudades, a sus pasados, que no importaría lo que yo tuviera acá, o lo que él hubiera dejado allá. No existiría mayor involucramiento, sólo lo necesario. ¿Y si ni siquiera supiera sus apellidos? Me muero de risa, eso sería fantástico y podría dar pie a una gran historia.

Pudiera ser, que mi amante fuera un colega, un historiador igual que yo, mayor unos cuantos años, para que tuviera experiencia, historiográfica y con las mujeres. Que me hiciera reír a carcajadas sin que se lo pidiera. Que casi casi leyera mi mente, porque como tenemos las mismas ideas en la cabeza, nuestros puntos de vista no serían tan dispares. Que él supiera que los amantes son eso, amores ocasionales, y que no tuviera problema con que yo no tuviera tiempo para verlo. Y que a mi no me molestara que tuviera mil pendientes encima, que no tuviera tiempo para verme porque urge entregar un texto, una corrección, un artículo para alguna revista.

Que supiera que sin café por las mañanas no se puede trabajar. Y que también supiera que es posible trabajar acompañado, escribir en silencio, dándome espacio a mi y a mi ordenador, dándose espacio a él mismo en la misma habitación. Que supiera -como yo- que es posible terminar de escribir un texto acostado en una cama, con los pies metidos en las cobijas y las laptops y los móviles sobre mesitas de desayuno o mesitas ratonas. Que supiera que también se ocultan ideas, que no siempre se sabe lo que se debe escribir, porque aún cuando nuestras ideas nos harían cómplices, no se querría tener alguna discrepancia.

Quizá este colega sepa que un historiador está medio loco. Que los frentes fríos nos hacen bi-polares. Que se sabe, pero no se dice, que una investigación es capaz de cambiar una tendencia o una vanguardia. Quizá este amante sabría -como lo sé yo-, que es emocionante encontrar el pequeño hilo historiográfico de una madeja, lo que entonces haría nuestros encuentros casi sesiones de seminarios para compartir investigaciones.

Compartir profesión, además de intimidad, nos daría una partida doble, sería como cambiar de partenaire con la misma persona. Y entonces vendría otra situación: que lo supieran o no los demás colegas. Porque la reputación de un historiador se debe cuidar desde muchos flancos. Quizá entonces, la mantendríamos en secreto, para que fuera sólo nuestra complicidad. Y entonces aparecería un minus: al hacernos amigos, las cosas cambiarían.

Porque generalmente un colega, que comparte ideas con otro, termina haciendo una amistad. Y yo no estoy segura, porque no tengo la experiencia, de que sea ideal hacerse amigo de un amante.

Aunque por el otro lado, si el amante resultara ser un antiguo amigo, o mejor aún (ya me estoy emocionando escribiendo esto ¡yupi!) resultara ser un antiguo amor, la perspectiva daría un cambio de 180 grados. Porque es de dominio público, que cuando he terminado mis noviazgos, resulta después que termino siendo amiga del ex en cuestión. Así que, ¿qué sucedería, si el amante resultara ser un antiguo amor? Sería un plus no tener que hacer un nuevo espacio en la memoria, al revés, nada más se tendrían que repasar algunos expedientes u algunos recuerdos.

Pero en el fondo espero, que si llegara a ser un antiguo amigo o un antiguo amor, las cosas fueran diferentes. Porque todos sabemos que si se termina una relación con alguien, la situación que te llevó a terminarla, ahí quedará para siempre. Las cosas que lo hacían insoportable, seguirán haciéndolo insoportable.

Por lo que, si el amante fuera viejo conocido, tendría que haber mucha comunicación y se tendrían que dejar las cosas en claro, para que no sucediera lo que cuando hubo una relación. Pero se ahorrarían muchas cuestiones, se evitarían problemas que antes no pudieron evitarse, se evitaría hablar de lo que le molesta, cifraría el empeño uno a lo que es tener un amante, simple y mera convivencia, mitigar soledades, ser felices por un momento sin pensar en nada más. Los problemas se quedarían fuera, al cerrar la puerta.

Le veo muchas ventajas, aún cuando el mayor contra es saber hacerlo y no involucrarse demasiado. Pienso que es otro tipo de amor y de cariño. Los amantes también se quieren, y se procuran, y se preocupan el uno por el otro, o uno más por otro.

Los amantes casi siempre piensan por el otro, porque de no ser así, no podrían serlo y los dos saldrían perdiendo.

Pienso que un amante, nos haría mitigar el frío de otra manera. El frío físico, el frío del corazón, el frío de la esperanza y del alma.

Los amantes se llevan bien, porque como no tienen mucho tiempo para pasarlo, el tiempo que tienen para estar juntos es como vivir de vacaciones, como estar de festejo, o como si fuera día festivo. Los amantes celebran cada que se encuentran, y pienso que eso debe ser divertido, pienso que eso es lo que los hace felices. Porque, estoy segura, hay amantes felices.

El amor y el drama no se llevarían bien. Si imperara el drama, se llevaría de calle a la relación amorosa. Pero amor y drama casi nunca se pueden separar. Por eso esto de tener buena comunicación, y de decir exactamente lo que se espera de la relación, o lo que se espera de la otra persona.

Pasa, ahora lo entiendo, que nos han educado pensando que las historias de amantes no deben tener parte. Por eso es difícil que le veamos buen futuro a un amor ocasional, a un amigo que hace feliz un par de veces a la semana.

Pienso que la realidad no sería muy diferente a las historias que me estoy inventando.

Pienso que tener un amante en la realidad, rebasaría la ficción de la vida que vivimos en esta Ciudad. Nos harían sonreír, o nos darían un poquito más de felicidad.

sábado, 9 de enero de 2010

(creo que) Necesito un amante

Ya había dicho yo que el frío no tiene remedio, y Calamaro lo explicó muy bien en una canción, que si el invierno hace frío baja al infierno un poco. Me siento en las mismas. Y en este instante me iría derechito al infierno con tal de no sentir este frío que hace que me duelan los huesos, o me iría derechito por estos malos pensamientos.

Me prometí a mi misma no hacer llamadas de pánico, ni volver a usar este calefactor que el soltero tóxico me regaló hace algunos inviernos; pero el frío, este maldito frío, me hace olvidarme hasta de las promesas especiales.

Anoche, sin darme más explicaciones, busqué el calefactor, lo saqué de su caja y lo encendí a un lado de mi cama. Eché encima dos cobijas más, y me acosté haciéndome rosca. Lo mejor de todo es que pude conciliar el sueño muy rápido, y cuando sentí que eso sucedía, apagué el calefactor para quedarme con el calorcito que logró mi cuerpo.

Hoy quedé para salir con mi mamá y con María. No estuvo nada mal, salvo por la lluvia que no cesó en todo el día.

Es sábado en la noche, me animé a llamarle a Mateo, me dijo que no podía salir porque tiene gripa y no tiene dinero. Saqué la cobija que también el soltero tóxico me regaló, esta que es color amarillo casi dorado, y me la eché encima. San Román tampoco quiso salir, que estaba demasiado cansado y tenía mucho frío. Yo, con todo y frío, hubiera salido, con Mateo, con María, con Abundis, con San Román, con quien me hubiera dicho que sí.

Estoy a un palmo de creer lo que mi lectora me dijo, que necesito un amante para los ratos en los que no estoy escribiendo. Es cierto. Pero, como me dijo el Rey Sol hace un tiempo, igualmente los amantes no resuelven ni todos los problemas ni todas las soledades. Supongo que por lo menos, mi amante me haría reír.

Tengo tanto frío, que seriamente estoy pensando en dormirme vestida. Tengo las piernas pegadas al calefactor, y las botas ya me están quemando de todo lo que se han calentado. Si tuviera un amante, estaría pensando seriamente en dormir desvestida.

Mira nomás lo que el frío me hace pensar. (Creo que sí necesito un amante).

lunes, 4 de enero de 2010

Espejo diferente

Sorprendentemente me tocó un asiento libre en la estación Centro Médico, así que lo tomé y esperé mi transbordo en Hidalgo. Fue horrible. No sé qué es lo que hace la policía pública, que guía a las personas de manera que se enreden entre ellas, que choquen, que se rocen, que se topen frente a frente. Así que intenté entrar en trance, y busqué la salida hacia la línea dos, dirección Cuatro Caminos.

Al subirme al vagón, otra vez me tocó un asiento libre, y como en esa línea los asientos forman dos líneas paralelas, pude observar mi reflejo en el vidrio de enfrente.

Venía leyendo, pero hubo algo en mi reflejo que me impidió seguir haciéndolo. Varias veces la gente subió y bajó del vagón, se acomodó, tomó lugares y luego los desocupó, cubrió mi vista, apretó mi bolso contra mi, me volvió a dejar el reflejo libre.

Como sea, conforme pasó el tiempo, no logré dejar de verme.

Hace mucho que no me pasaba algo así. Bueno, fue algo similar a lo que me pasó cuando vi las últimas fotos que San Román me tomó, pero no las pude ver mucho tiempo porque todavía no me las envía. En cambio, ahora en el Metro pude observarme, y logré sorprenderme de notarme tan diferente.

El pelo por fin comienza a crecerme tanto como siempre lo usé, pero este mechón cano que tengo de frente de lado derecho, me da otro aire, uno distinto. Estoy notablemente delgada. Los huesos de mis clavículas y mi cuello, los alcancé a notar aún cuando traía puesto un enorme suéter y mi abrigo negro. Sentí el pelo tan alborotado en un momento, que me lo até en la coronilla y se volvió a dispersar. Esos pelillos sueltos eran alegres, suaves, ensortijados pero libres.

Caigo de pronto en la cuenta de que no soy yo, quizá sea la circunstancia de este año que está empezando, el contexto que estoy ocupando, y que me miré en un cristal que resultó ser un espejo diferente.

"Amo mi trabajo, amo mi trabajo, amo mi trabajo".

"Amo mi trabajo", no importa cuántas veces tenga que repetírmelo a mi misma para creérmelo. Algunas veces ocasiona que sea más histérica que de costumbre; y aunque gano muy poco, estoy muy lejos de casa, pero no me importa, me mantiene ocupada, con la mente en otras cosas, y fuera de casa. Y aquí hace muchísimo frío, parece que el otoño se instaló para siempre, aún cuando este invierno amenaza con que hará llover. Y muero de frío, pero amo mi trabajo.

Cuando llego aquí, todo se me olvida, todo lo que no quiero saber o lo que no quiero pensar. Todo es como si no existiera, como si Hans me transportara a un lugar de silencio -a pesar que la gente no deja de hablar y a veces gritan mucho-, a un lugar donde nada importa más que responder el teléfono, recitar pendientes, servir café, resolver problemas que no son míos -yuuuuupi-, platicar de cosas que a veces no me incumben pero que me hacen reír.

A veces no me gusta, pero "amo mi trabajo" por eso. Es lo que hay, ni modo. No me voy a quedar de brazos cruzados, no me voy a quedar en casa pensando en las cosas que no me competen y que no puedo resolver. No me voy a quedar en casa sumida en esta ansiedad -que llegando aquí también se me olvida-, que me hace tirarme en la cama por muchas horas, hasta que me duela la espalda, aunque duerma cuando dejo de soñar.

"Si la vida te da limones, haz limonada". Y "si la vida te da la espalda, agárrale el trasero", aunque no tenga ganas de hacerlo. Es lo que hay, ni modo.

Me resisto a sonar conformista, a hacer cosas que no quiero hacer, pero es lo que hay. Y me mantiene ocupada, aunque lo que más quiera en el mundo sea investigar y escribir, e irme lejos por supuesto.

Mientras eso sucede hay esta otra cosa, y tengo trabajo que ahora resulta muy difícil por la situación de mi país, y amo mi trabajo, así debe ser. ¿Si no, qué?

jueves, 31 de diciembre de 2009

Esto, que me cuesta tanto trabajo

Estas fechas, que me cuestan tanto trabajo, y que me esfuerzo por ignorar, están por terminar. No fueron tan malas al fin y al cabo, aunque del frío siempre me quejaré, en mi corazón poco a poco se comienza a sentir calor.

Al principio de la temporada, cuando en el supermercado me obligaron a oler los pinos navideños y a entrecerrar los ojos por tantos foquitos de colores encendidos, sólo lograba pensar que aquí veníamos de nuevo, que el año estaba por terminar y que pronto debía comenzar a hacer otras listas para palomear. No todo ha sidoto tan malo. No todas han sido malas experiencias. No todas las lágrimas fueron de desilusión.

Y mi corazón en venta volvió a desear una navidad sangrienta. Pero antes, salí de fiesta, y me alboroté el pelo y me puse mis botas altas, me subí a Hans y conduje hacia donde mis amigos me esperaban. Fui a reirme a carcajadas al Xiva pre-party club, a comer un antipasto muy british al King's Pub. A compartir con los chicos de la oficina que me hacen feliz, que me contagian su histeria -lo que no es muy difícil- y me hacen estar despierta más de la cuenta.

Fui con Mafka a conocer al compadre de su pareja, a beber cerveza obscura en tarros enormes mientras nos bizarreábamos por los gritos de las chicas de la barra. A platicar sobre los procesos históricos y las pésimas decisiones de nuestro país. Fui a deambular por la línea dos del Metrobús, a la estación Dr. Vértiz, a la estación Escandón a conocer a un chico trajeado, muy guapo, que no hizo falta que se acercara a hablarme, a la estación La Salle para perderme en la San Miguel Chapultepec.

Anduve muerta de frío, envuelta en dos abrigos y con una gran pañoleta en el cuello. Salí a caminar por la Ciudad. Salí a fumar por las calles de mi Ciudad. Salí a caminar por Paseo de la Reforma cuando la hicieron peatonal, a dejarme caer frente a un inmeso árbol de navidad color azul con ángeles que parecen disecados, que recuerdan la Independencia que ya no se sabe que fue.

Salí, y mientras pensaba en los resultados del año, me di cuenta que en general las cosas valieron la pena; conocí a algunos chicos, Matías, mi chico favorito de la Santa María la Ribera, Mateo, los Ojos redondos, mi tocayo, el chico del segundo encuentro en Bellas Artes, el fantástico mimo que me regaló una noche azul. Y los chicos que siempre están aquí, el Rey Sol y San Román. Hubo momentos que quedaron congelados en graciosísimas fotografías, saliendo del mar luego de un intento de surf, la foto de una graduación con tacones y a lo loco, y la buenísima imagen bajo una luz azul cuando tuve una noche de copas sin beber ni una gota de alcohol.

Salí, pero ahora me até el pelo en la coronilla, me envolví el cuello de color magenta y me dejé abrazar por el maxiabrigo gris. Mis manos tuvieron siempre piel sobre la mía, lo que llega a excitarme de vez en cuando, y sólo así me fui al cine, a ver las que me hacían falta, a angustiarme con los thrillers que no me esperaba.

Es agradable salir de la oficina. Es agradable salir con la oficina. Es agradable salir en la oficina cuando la risa no se puede contener. Es agradable reír de lo que no te imaginas que te pudo haber dado risa.

A veces quisiera quedarme callada, y justo cuando creo que voy a lograrlo, los presentes que no imaginé recibir en esta navidad sangrienta, provocan en mi garganta una serie de reacciones que van desde gritos hasta gemidos. Me emocioné. No todos los días -ni todas las navidades- se recibe de regalo la edición de coleccionistas de la muñeca Barbie de 1959, ni el disco que ganó doble platino de Joaquín Sabina, ni una chamarra roja de parte de la diseñadora de modas, ni un bellísimo llavero que adorne el volante de Hans mientras ando con él de parte de Mafka, ni unos botines de fábula para usar con minivestido y un par de camisetas por la paz y el green planet de parte de Toya, ni un libro con una dedicatoria amorosísima por parte de mi padre.

Recibí el cariño de cada uno de ellos, y el que me recuerdan que la soledad todavía no se ha logrado instalar en esta Historia.

¿Mi familia? Prefiero escribirles de mi familia del corazón, la misma que me recibe en su mesa para los desayunos de los domingos, y los findes enteros en donde nacieron los árboles de la vida. Estos chicos con quien cenaré hoy asado de brochetas, costillas adobadas, ensalada de zanahoria y pastel de queso.

Y que los demás lean el juramento los días primero de cada mes, y que si logran conectar con su sentido común por mera casualidad, intenten aceptarme como soy. Me vale madres que opinen que cambio lo bonito por lo feo. Finalmente, quien persigue ser feliz soy yo y no ellos.

Feliz año nuevo.
Nos vemos en el 2010, una buena estrella también viene con él.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Un amante que me haga feliz

De veras que si me pongo a escribir lo que ha pasado la última semana, va a parecer que ahora me dedico a escribir novelas. Hay veces en que quisiera no pensar tanto, o no vivir tanto, o que no me tocara vivir estas cosas que pasan, que me desfilan frente a los ojos.

Hoy salí en la noche a tomar café con San Román. Sacamos la lista de propósitos que hicimos juntos hace un año. Lo que estuvo directamente en mis manos lo cumplí, salvo lo de entrenar el maratón, y lo más estúpido es que volví a fumar. Bajé más de diez kilos, conseguí varios empleos, terminé de escribir el libro, logré cierta estabilidad, y mis ahorros se fueron en comprar a Hans.

Tuve una reunión con una de mis lectoras, una que está feliz por haber leído mi Historia. Abiertamente me dijo que crecí como escritora, que ahora me pueden llamar historiadora. Que aprendí a escribir, y a dejar de escribir como si platicara. No se puede platicar en el texto, más bien se escribe, se ordenan las ideas.

Nos acordamos de que cuando fui su alumna, me daba tanta emoción leer una fuente bruta que rompía en llanto. Ahora ya no lloras, me dijo, ahora infieres y escribes, analizas mientras investigas, y eso tu lector lo puede sentir.

Me sentí muy orgullosa. Y creo que esa es de las mejores recompensas que me pudo haber traído el batallar con la investigación mientras batallé todo el 2009.

El año fue muy duro, pero me dejó muchas experiencias y otras tantas enseñanzas. De entrada que puedo salir adelante, y que sólo me tengo a mi misma. Y que a pesar de que sólo me tengo a mi misma, tengo a mis amigos, a mi familia de corazón que no me han dejado sola. Finalmente las cosas comenzaron a acomodarse.

Está orgullosa de mi. Hay una lectora orgullosa de una exalumna, que ahora es profesional. Eso me hace feliz.

Hablamos de muchas otras cosas. De nuestras familias, del futuro que viene, de los posgrados, los proyectos, las oportunidades que hay en el extranjero. Hablamos de las cuestiones personales y de las listas que tenemos cada una para palomear. Que quizá el matrimonio ya no sea opción, que los hijos luego de los 30 tampoco, que mejor vivir a como una decida y tener un amante que nos haga feliz.

Un amante que nos haga feliz. Habráse visto insolencia, cinismo y alevosía. Habráse visto que por fin pude tener una conversación de éstas. Otra chica, que pudiera ser mi madre, pero que no lo es, que sin involucrarse da un consejo por el bien de otra chica. Y cuesta trabajo, y no es de un día cualquiera, pero basta ver mis fotografías.

¿Y el amante? No lo sé, y quizá nunca lo sepa. Mientras tengo algunos que me acompañan cuando duermo, en mis sueños, junto a mi en mis libros, que están en mis personajes, en mis cd's, que caminan conmigo susurrándome a través de los audífonos que traigo en los oídos. La libertad cierra el pico, pero no se calla. La libertad supera, nos alcanza, la libertad y la tecnología siempre llegan acá.

La libertad se ha enamorado de mi soledad.

Las fotos que San Román me tomó esta noche no me dejarán mentir. No soy la misma, pero soy igual. Estos kilos de menos me hacen parecer otra persona. La chamarra de cuero me envuelve, piel sobre piel, como me fascina cuando sucede. Mis manos enfundadas en más piel, toman mis escritos, toman mis sueños, abrazan esas oportunidades que no quiero que se me vayan. Mi pelo casi siempre va atado. Mi mechón cano hace que todo brille, aún más que las luces de esta fría Ciudad.

Y ahora que ya sé escribir, creo que ya podré dormir.


lunes, 21 de diciembre de 2009

21 de diciembre

Creo que esta es la fecha a la que más le temía en el calendario. Y ahí estuvo, bum, bum, bum, todo el año latiendo y acercándose a mi.

Es oficial, el invierno ha llegado, yo tengo muchísimo frío y me duele el pecho de tan vacío.

No sé más qué hacer para sentirme bien. No sé dónde más esconder este frío que tengo por dentro, que me duele en los huesos, que me duele en los pies. Es oficial, te extraño. Qué más da si eres tóxico, qué más dá si no me quisiste, qué más dá si tu madre no quería lo nuestro. Te extraño, y nadie tiene que enterarse, Mauricio no lo tiene que saber, tu madre no lo debería imaginar, mi padre debería quererme con que te extraño.

Ya no me acuerdo cuántos años cumples hoy. No me acuerdo cuántos años cumple el invierno aquí, dentro de mi, apareciendo cada doce meses pero viviendo hablándome a la cara en el espejo.

Hace un año estaba contigo, en alma si no es que en cuerpo. Allí estuve, dejándome abrazar por las noches, acompañándote con todo y tus brebajes y hierbas e ideas irracionales. Te amaba, ¿sabes que te amaba? Y hoy te extraño. Te extraño en mi casa, sentado en mi coche, acostado en mi sillón viendo películas, sentado a mi lado los sábados por la mañana para el desayuno, parado afuera de la estación Barranca del Muerto esperando a que llegara.

Y diste conmigo. Muchos meses después de no verte más, diste con mi columna, con mi perfil, con mis letras y mis historias. Y te atreviste a presentarte otra vez, a reclamarme que salí con un chico de una camioneta azul cuando sabes que eso es ficción, que es la mezcla de vida y mito que me gusta escribir.

Y quisiera dar contigo, pero no me acuerdo de tu número de teléfono. Es increíble como la memoria bloquea cosas para que uno no cometa actos de pánico. Nunca me hubiera imaginado que mi memoria te borrara de mi vida, o que la vida que ahora tengo te borrara de mi memoria. El tiempo finalmente fue el mejor de los consejeros.

Qué poca madre de 21 de diciembre, entra el invierno, no siento los pies de tanto frío, es lunes y no puedo andar en Hans, y es tu cumpleaños y no te puedo ver. Y no sé si te quiero oler o escuchar, sentir o mirar, hablar o abrazar. Y no sé si podría besarte otra vez, compartir días enteros, compartirte lo que me hace feliz ahora, platicarte los éxitos que tuve este año, estos meses, este tiempo que no he sabido de ti, pero que tú sí supiste cuando leíste este espacio y te autodenominaste "soltero tóxico". Y qué fuerte, qué grave, haberlo hecho sin saber si hablaba de ti, porque solteros hay muchos, y tóxicos aún más.

Y hoy que estoy tan triste, tan deprimida, que nadie responde el móvil, que nadie me quiere mirar, que no quiero que ella se me acerque, que me siento vacía; hoy no me acuerdo de cómo eres, no me acuerdo de tu pelo, de tu estatura, no me acuerdo si eres guapo o más o menos; no me acuerdo de tu aroma, no me acuerdo de tu sonrisa, no me acuerdo de tu voz. ¿Cómo traes ahora la barba, corta? ¿Subiste de peso? ¿Sigues comiendo en el mercado de Tizapán? ¿Sigues yendo al cine al Centro Cultural? ¿Sigues teniendo el coche blanco?

Me hace llorar mucho saber que fui muy feliz, y que ahora ya no me acuerdo de como era. Me pone muy triste no acordarme de ti. Me siento mal de no haber tatuado en mi piel una de esas sonrisas que me dabas al despertar, una de tus firmas en los recados que me dejabas en la almohada, esas puestas de sol en la playa, la forma en la que me abrazabas cuando tomábamos el sol en la terraza.

Te quise tanto, que creo que ahora ya no podré querer más. Te amé, y si tu me amaste a mi, nunca me lo dijiste así, nunca escuché de tu boca decir "te amo". Y no me importaba, no me importaba nada, sólo me importabas tu. Hubiera renunciado a todo lo demás, si tu hubieras respondido como lo habíamos acordado.

Seguramente eres feliz con la chica que ahora tienes, seguramente te quiere y le dices que la amas. Seguramente yo no voy a cambiar, ni volveré a querer igual, y pasará mucho tiempo más para que un chico llegue acá. Todos tenemos lo que merecemos, y comienzo a pensar que merezco esto que ahora tengo. Ya no quiero nada. Quisiera, sólo un momento, acordarme de cómo eras.

sábado, 19 de diciembre de 2009

El movimiento se demuestra andando

Y el amor se demuestra con actos.

Desperté, contenta de haber dormido bien y profundamente. Desperté con mucho frío, confusa por la situación, y comencé a llorar. No he podido parar.

Me entristece la actitud de las personas, la actitud vendida ante el placer, el blof de hacer o tener algo, o de pertenecer a algún grupo. Me ofende que se actúe como si no pasara nada, como si yo fuera la equivocada, como que estoy peleada con la vida cuando saben que no es así, que me he esforzado para estar donde estoy y ser lo que soy, y que he luchado mucho por mi paz espiritual y emocional.

Me entristece, me ofende, me hace llorar. Justo cuando siento que ya no puedo más, justo las bolas comienzan a llegar de donde no me lo espero, y aún cuando he tenido el bate listo para pegarles, ahora pasa que un bate no es suficiente.

Y ayer recibí la llamada de mi lector, que dice que mi Historia es maravillosa, que lo hice muy bien, que crecí muchísimo y que con mucha honra ahora debo llamarme historiadora. Me emocioné tanto que se me hizo un nudo en la garganta. A pesar del pesado tránsito que hubo en la Ciudad, ya no me importó pisar el freno y el clutch por tanto tiempo; sólo pensé en las palabras de mi jurado y en sus recomendaciones, y en sus buenos augurios, y en que por lo menos a una persona la Historia sí merece la pena.

El cine me llamó, y pasé a ver Avatar, no sabía de qué se trataba pero me sobrepasó, me inundó de colores y sensaciones, y me hizo reflexionar una vez más, qué es lo que sucede en una sociedad que está siendo conquistada. Qué es lo que está pasando por la mente de las personas que invaden, que intentan acordar, y que no entienden. Me gustó mucho. Salí del cine muerta de frío, pasada la media noche. Llegué a guardar a Hans que ya está de regreso conmigo, con un carburador que lo hace acelerar como si fuera joven, y entré a la casa a descansar.

Dormí muy bien, luego de tantos días de insomnio que quiere ser y no ser, dormí como bendita. Y en la mañana todo esto. ¿Qué pasa con el mundo? ¿Por qué ahora no puedo dejar de llorar?

Mi padre llamó para recordarme que me quiere, que está conmigo, que a pesar de la distancia siempre estamos juntos. Tiene razón. Me recordó que en los últimos años, lo que más le ha valido la pena son las mañanas que pasa conmigo, los cafés que compartimos, los periódicos que leemos al mismo tiempo, los libros que nos prestamos, las sonrisas que nos arrancamos y las carcajadas que nos hacen llorar. Mi papá es mi amigo. De ese hilo que me conecta con mi papá, ahora pende mi relación familiar. Y qué curioso, porque no recuerdo haber vivido con él, ni cuando era chiquita. Pero aquí está, ahora está conmigo, y tengo que tener claro que no necesito nada más.

El amor se demuestra con actos, con cariños, con buena actitud, con comprensión. Mi papá me ama, y yo lo amo a él.

Y en algún momento de la mañana, tengo que dejar de llorar, eso es un hecho.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Todo también pasará

Esperé una hora la grúa que me llevaría de regreso a casa. Hans no quiso seguir más, tal parece que a veces no le gusta estar conmigo o algo me quiere comunicar. Cuando el mecánico lo revisa se porta bien, no se acelera, mantiene el motor como si fuera de carreras... pero si no se le da la gana, ni siquiera se le apetece que el asiento se recorra a mi altura.

No lo tomo personal, simplemente Hans me da lecciones que de otro modo yo no podría aprender. Tengo que valerme por mí misma al cien por ciento, tengo que seguir con esta metamorfosis y llegar hasta el final. Sólo entonces, ya nada me podrá detener.

Al salir de la oficina de camino a casa, el edificio de Intercam, que se encuentra sobre Tíber, entre Río Pánuco y Río Nazas, me gritó de frente que pronto será navidad. En su explanada, un árbol navideño adornado con esferas azules, y foquitos plateados que tintinean rápidamente, me hizo asimilar que en diez días es nochebuena. Chale. ¿En qué momento no me di cuenta? Luego, que Hans no haya querido seguir caminando, me catapultó del pasado hacia mi presente.

Y me vi. Sentada en mi coche, esperando una grúa cuyo tiempo era de dos horas -finalmente sólo fue una-, hablando por el móvil con el chico de la aseguradora como si fuera mi pariente, escuchando a Fito Páez con los audífonos, bebiendo mi cherry moka más frío que este invierno, fumándome el último cigarro de la cajetilla; y mirando de frente la realidad de que en mi lista de contactos del móvil, no figuraba ningún nombre para llamar.

Los números de las personas que podrían haberme acompañado ya se habían marcado, y sólo de uno tuve respuesta. San Román llegó, tarde pero llegó, justo cuando subían a Hans a la plataforma de la grúa. Me acompañó en el trayecto, y me ayudó a meterlo en el garage. Luego fuimos a cenar, platicamos mucho, y terminé por desahogarme. Estaba sorprendido de verme tan tranquila y con un nivel de histeria del uno ó 1.5. Se había imaginado que me encontraría llorando o muy enojada, pero todo fue al revés.

Me preocupé mucho, eso sí, pero lo demás lo pude controlar. Me parece que es un punto a mi favor estar consciente de la vida moderna que se vive. Hace un año, cuando me chocaron a Andrés, que me tocó llevarlo todo sola, comencé a asimilarlo. Y debo agradecer que esta noche nadie vino a recordarme que soy soltera, que no podía venir mi papá, un hermano o un novio a ayudarme con los trámites de la grúa. San Román vino, para sujetar mi bolso mientras yo descendía de la plataforma, luego para acompañarnos mientras tomamos café y cenamos club sándwich. Eso fue lo que esperaba. A eso se debía mi tranquilidad.

Ahora, a averiguar qué le pasó a Hans, cómo lo arreglaré, qué onda con el dinero que gasto mucho y gano poco, y como me irá mañana en el trayecto en Metro a la oficina.

Estoy cansada. Tengo sueño. No puedo quedarme dormida, simplemente no he podido, por eso me senté a escribir.

Con esto intentaré conciliar el sueño. Tengo fe, voy a creer, hoy voy a creer. Todo esto pasará y las cosas cambiarán. Yo seguiré metamorfoseando y seré feliz, por fin dejaré de preocuparme. Todo también pasará. Entonces ya nada me podrá detener.

martes, 8 de diciembre de 2009

El mimo y yo

Se mató la calle con aquel detalle de dejarnos solos.
El rocanrol de los idiotas,
Joaquín Sabina.



La camiseta rayada.


Me llamó por ahí de las 16:30 para preguntarme los detalles de su vestuario. Pues de mimo, le respondí. No, me dijo, lo que pasa es que tengo varios personajes. Bueno pues traelos todos, le dije. Y llegó, casi una hora después, arrastrando dos maletas y cargando un portafolios en el hombro, con la cara a medio maquillar, de la nariz para abajo color blanco, y, efectivamente, vestido de mimo, con una camiseta rayada y un pantalón color negro.

Luego de presentarse, abrió la maleta grande para mostrarme todos sus personajes, y me hizo sonreír la sorpresa que me llevé al mirar que traía allí dentro dos sombreros, tres trajes, un esmoquin, su maquillaje y un violín. Aún con la cara a medias, me explicó cada uno de las figuras mientras intentaba decirle que la última plabra la tiene el director, y que yo sólo puedo hacer una que otra sugerencia.

Así, me parece que deberías desmaquillarte por completo, quedarte con lo de mimo e intentar una rutina de estatua viviente, me atreví a decirle. El director entonces le pidió el personaje color rojo, se fue de regreso al foro, y el mimo directo al baño para salir, de la manera más abstracta, vestido de escarlata.

Y me gusta mucho tu camiseta, sonreí mientras confesaba, yo quiero una igual. Si me dan el papel, sonrió igual que yo, te la regalo y te invito a comer, esto es un trato. Sonreí otra vez, y él arrastró su indumentaria hasta la salita, donde se preparó para terminar de pintarse el rostro completamente de blanco.

El chico tiene unos 30 y tantos años, mide poco más de 1.60 y es sorprendentemente simpático. Soy actor, me dijo, y fisicoterapeuta; pues yo no te digo cual es mi profesión, le respondí, porque no creerías qué es lo que hago aquí. Hice caso de mi propio consejo de no revelar que soy historiadora así como así, porque las personas no lo entienden o lo toman a mal. Y también porque a fin de cuentas, lo que menos me interesa es escuchar que no tengo nada que hacer trabajando con unos publicistas de televisión.

Al mismo tiempo de que todo esto sucedió, llegaron algunos personajes más, por lo que ya sumaban cinco. Se presentaron igualmente, y comenzaron a pasar en orden de arribo, para efectuar su rutina y buscar una oportunidad. Mientras, atendí a las chicas en bikini, a los chicos que venían a hacerle de bomberos, y a las mamás de los niños que por fin venían a celebrar.

¿Me regalas una mariposa?

Una amena reunión de repente se hizo en mi lugar. Vinieron conmigo dos directoras más, el chico de sistemas y el ingeniero. Nos reímos tanto, que tuvieron que pedirnos que guardáramos silencio. Hay ocasiones en que tenemos momentos muy amenos, y que no podemos hacer más que reír. Definitivamente las últimas semanas compartiendo con estos chicos, me han hecho mucho bien.

De lejos, sin tener éxito, intenté mirar al personaje color rojo que terminaba de ultimarse en la salita de estar. A punto de perder la paciencia, rota por mi curiosidad, me alejé de la reunión de mi escritorio y me acerqué a él. La diamantina me gusta mucho, me hace reír, le dije. Sonrió, igual que yo, y le dije que siempre quise que me pintaran una mariposa en el rostro. Pues la mariposa irá incluida, si me dan el papel, no sólo te regalo la camiseta rayada y te invito a comer, también te iluminaré la cara de mariposa. Y volvió a cerrar el trato. Reí, me sonrojé, le dije que me parecía maravilloso, y no pude hacer nada más que regresar a mi lugar, nerviosa justo como cuando le dicen a alguien un piropo que no se espera escuchar.

Al llegar su turno, me dejó encargadas las maletas y el portafolios. Por último, volvió a abrir aquella que era enorme, y sacó una chaqueta, el sombrero color negro y el violín blanco -magnífico violín, por cierto- y entró al foro. Al salir se fue directo al baño, con todo y maletas, para salir como si nada hubiera ocurrido, sin una gota de maquillaje y vestido nuevamente con la camiseta de rayas.

A doble o nada.

Y entonces, como si se hablara de las noticias en el desayuno, comenzó a conversar conmigo y me preguntó si tenía hijos, si tenía novio, y qué iba a hacer saliendo de la oficina. Volví a sonrojarme. Me dijo que tenía que ir a la inauguración de una exposición a Cuernavaca, y que se preguntaba si me gustaría acompañarlo. De entrada no supe qué responder, luego disimulé, y le dije que no era mala idea, pero que no sabía a qué hora saldría.

Oye, continuó, y el día ocho me voy al Caribe a hacer unas presentaciones, ¿de casualidad también quisieras acompañarme? Y no, bueno, allí verdaderamente que me quedé muda. No tengo ningún plan, deberás saber, de hecho no sé en dónde pasaré las fiestas, ¿y tu? Y fue cuando poco a poco comence a girar la conversación hacia su lado, para que él también contestara mis preguntas. Llegó su turno de decir que es soltero, que no tiene hijos y que el único plan, del día ocho hasta el próximo año, era estar trabajando en el Caribe. Pues no tengo nada, insistí, y tampoco tengo hijos que cuidar, ni novio que atender. Rió, y comenzó a gustarme mirarlo mientras me hablaba de frente.

Inténtalo, vamos, insistió, mira que si sales temprano podemos ir y venir a Cuernavaca sin problemas; me iré al coche a terminar de cambiarme, y avísame si puedes salir temprano. No lo sé, fue lo primero que se me ocurrió, será cosa de 40 minutos por muy pronto, tengo todavía que recibir a algunas personas y no sé si se le ofrecerá algo a mi jefe, terminé de decirle con un rotundo quizás. Avísame, vamos, toma mi teléfono y dime si sales temprano, te espero afuera, en mi coche, me insistió una vez más. Anoté, sin saber qué hacía, su número en un papel, y nos despedimos con la mano mientras él arrastraba sus maletas hacia la salida.

Me reí, nerviosa, y me hice la misma pregunta que me hago siempre en esta situación: ¿qué puedo perder? Por supuesto que no voy a salir a carretera con un perfecto desconocido, que encima, entró con la cara mitad blanca y mitad color piel, sin saber siquiera qué debía representar. Pero lo intenté, hablé con mis jefes y salí veinte minutos después.

Tu ibas camino de cualquier lugar.

Caminé a mi coche y quedamos de vernos en la gasolinera de Dr. Vértiz. Manejé, pedí el tanque lleno y una factura, y mientras ahí se hacía lo propio, el chico se orilló junto a mi coche para decirme que ya no daba tiempo de llegar a su exposición, lo que celebré porque yo no quería salir a carretera. Entonces me dijo que era mejor que se fuera a la reunión que tenía pendiente, porque le daba cargo de conciencia no asistir.

Salió la indiferencia que traigo dentro, y aunque no quise sonar así, le dije que estaba bien, que se fuera a su reunión y que entonces sería otra ocasión en la que continuaríamos nuestra charla. El señor de la gasolinera se acercó para darme mi cambio y la factura, hice cuentas, le agradecí, guardé todo en el bolso y me puse los guantes de piel.

El mimo, ahora vestido de jeans y con camisa negra, me dijo que mejor fuéramos a cenar a unos buenísimos tacos al carbón, que están en la glorieta donde convergen Dr. Vértiz y Cumbres de Maltrata. Me parece bien, te sigo, le dije mientras Hans sonrió haciendo ruido con el motor.

Nos estacionamos en fila, pasando Xola sobre Vértiz. Descendí envuelta en mi saco, la pañoleta y el maxiabrigo color gris. ¡Qué bárbara!, se sorprendió, ¿es que tienes mucho frío? Y si, le respondí, muero de frío casi siempre, todo el tiempo a todas horas, por eso tomo mis precauciones; y sólo así crucé las avenidas del brazo de un chico que parece no tenerle miedo a nada, o por lo menos no a los coches. Yo, aterrada como suelo estar al cruzar una calle, me enrosqué detrás de su menudo cuerpo, intentando creer que su camisa color negro lo hacía ser inmortal. Reímos, y celebré su audacia, mientras confesaba que atravesar avenidas a pie me pone mal.

La luna llena me iluminó el mechón cano como si quisiera deslumbrar al mimo. Nuestros dientes delataban el hambre que ocultábamos, y mis ojos comenzaron a brillar de más.

A mi se me moría una ciudad.

Llegamos a cenar unos tacos que me animaron a mantener una de las conversaciones más amenas e interesantes que he tenido en los últimos meses. Fue un poco de todo, de mi profesión, de la suya. Quiso saber mucho de mi, tanto que en un momento se me olvidó lo cansada que estaba. Verdaderamente cansada, y eso salió a relucir, justo cuando creí que nadie podía darse cuenta.

No me dejó pagar mi cena, la charla continuó, regresamos a su coche para que buscara la chamarra de piel. Piel sobre piel, como algunos saben que me fascina, pero en ese momento convenía no saber. Y nos vibramos bien, y el chico confesó que tampoco es fácil, y que le gusta sorprenderse con los encuentros que no espera vivir. Entonces llegó mi turno de platicarle esto que hago, esto que escribo que me hace sentirme feliz y tranquila, que me desahoga y que hace que mi pluma ensaye y vuele, y sueñe tanto como lo hacen mis pestañas debajo del cielo que casi se pone morado.

Para darle un ejemplo, le platiqué de las historias que escribo de mi Ciudad, y de que hay ocasiones en que una simple charla con un taxista, o ver un tigre en una banqueta de Insurgentes, me dan suficiente sustancia para continuar con mi labor. Me dijo entonces, que él sentía que esa noche veríamos a un chango, que todavía nos faltaba más por saber, que la noche aún no acababa, y que era momento de buscar un café.

Que disparate de partida de ajedrez.

Reímos más cuando mi móvil sonó con la canción Suspicious minds de Elvis Presley, lo que nos regalaría una feliz casualidad, cuando al pasar por el bar de la esquina, escuchamos la misma canción a todo volumen. ¿Ves lo que nos están regalando?, me preguntó. Y pensé, que dentro de todo el huracán en el que se han convertido mis últimas decisiones, la Ciudad me estaba regalando felicidad.

Encontramos, luego de caminar un rato platicando sobre su pasado, un café de chinos que no sabíamos que se encontraba allí. El café era tan bizarro como la misma noche que estábamos viviendo. Una casualidad nos llevó a otra, a cruzar avenidas, a escuchar a Elvis cuando no se espera hacerlo. A comer pan con nata cuando no se sabe que puede suceder, a que un chico viniera a regalarme una situación memorable que nunca imaginé.

Vimos al chango. Sorprendentemente un señor, con cara de primate, nos hizo gestos de estarnos escuchando desde el fondo del local. Yo perdí la noción del tiempo. A la hora del noticiero, los dueños del lugar subieron el volumen del televisor, y no tuvimos otra alternativa más que comenzar a hablar de las imágenes, no tan agradables, que nos obligaron a escuchar.

Algunas veces me da miedo tener noción del destino. De alguna forma creo en él, pero también sé que de uno depende el camino que comencemos a andar. Teníamos que conocernos, estoy segura y quiero pensar que así debió ser. El chico cuyo nombre de pila también corresponde a un personaje, se mareó, dijo que no podía verme fijamente porque mis ojos lo sobrepasaban. Tus ojazos no se pueden ver mucho tiempo, confesó. Le pedí que no fuera exagerado, y que siguiera contándome cómo es que uno puede llegar a una situación donde no existe punto de regreso. Siguió hablándome de frente, intentando mirar mis ojos mientras controlaba el giro del local. Intenté escucharle, pero mi mente ya había regresado al mes de julio del 2008.

De ti no se acordaba el verbo amar.

No cabía otra cosa, más que ser sincera. Confesé -y me liberó hacerlo- que su conversación me estaba haciendo comprender a mi última pareja; yo lo amé, continué casi sin aliento, tanto que le hubiera dado mi vida o por lo menos mis pulmones, y mis ojos para que pudiera volver a mirar como lo hacía cuando lo conocí.

Lo más extraño de todo, aún más que estar compartiendo con un mimo -cuya particularidad es que regularmente no hacen ningún ruido-, fue que nos entendimos como si nos conociéramos de años. Escuchó una a una todas las palabras que tenía que decir. Me sentí tan bien, que llegué al punto en el que deseé dejar de referirme al soltero tóxico como tal. Mi corazón y mi memoria, mi pasado sobre todo, se merecen ponerle otro nombre.

Esa noche nuestros pasados se desnudaron un poco, dejaron entrever lo bucaneros que fueron, lo fantásticos que hacen ahora a nuestras vidas, y los milagros que podemos hacer que sucedan.

Tuve que mirar el reloj, y reparé en que eran las 23 horas. Hubo más despedida de la que pude imaginar. Volvió a pagar la cuenta, nos reimos con los chicos del lugar, caminamos de regreso, sobre Cumbres de Maltrata hasta Vértiz. Nos dimos un abrazo, quise desearle feliz año nuevo pero no me dejó, prefirió decirme que estaba dispuesto a aplazar su viaje e invitarme a comer aún si no le daban el papel. Me debes una mariposa, le dije soltándole la mano, y caminé hacia Hans.

Tu no besabas para no soñar.

Mi coche color negro siguió al suyo color blanco, hasta que di vuelta en Uxmal para girar a la izquierda en La Morena. Luego, tomé Sánchez Azcona, la que algunos kilómetros después me llevarían directo a Río San Joaquín, para poder seguir por la ruta de Periférico Norte.

Llegué a casa arañando la media noche. Mi madre disfrutó inverntarse que seguramente soy amante del Rey Sol. No quise responder. Tampoco tuve fuerzas para volver a llorar. Y ella ya no puede asimilar, la ofensa que me provoca cuando me dice esas cosas. Ni se imagina con quién compartí la noche. No se merece saber.

De todos los encuentros que he tenido, por mucho este ha sido uno de los mejores. Gran personaje, buen chico, buena charla, bien el frío, mejor mis carcajadas. Verdaderamente que me sentí feliz. Nunca antes había conocido a un mimo, nunca antes habían confiado tanto en mi, en tan poco tiempo de conocerme. Fue una gran cita, y otra vez fue casualidad.

Y mi futuro con pan duro en el cajón.

Dormí mejor de lo que pensé que podía dormir. Soñé con él, con su pelo negro y su sonrisa blanca. Soñé que lo volvía a ver, y que lo acompañaba a una fiesta donde él vestía de Peter Pan y yo de Mariposa. Y hoy, que por fin pude hilar esta historia, y que no sé si es factible que la Ciudad nos regale un segundo encuentro, prefiero quedarme con la certeza de que de vez en cuando es lindo creer que la química existe, que se puede convertir en deseo; que los corazones todavía buscan tener parte.