domingo, 14 de febrero de 2010

Historia de una habitación.

Así como en el sueño anterior la habitación se hacía más pequeña conforme el tiempo pasaba, esta vez la habitación se hizo tan grande como mi asombro, tan grande como la noche, tan grande como la obscuridad que nos abrazó cuando sólo se quedó encendida la luz de la escalera.

No recuerdo bien cómo llegamos allí, no me acuerdo bien cómo empezó todo. Sólo estoy segura de mi vestidito negro, de su estatura, de mis botas hasta la rodilla, de los calcetines que no vi más. Me acuerdo que me hizo muy feliz ver todo desde el suelo, saber que las habitaciones giraban como giraban nuestros cuerpos. Desde abajo, todo parecía expandirse como se expandían mis emociones, sus latidos, mi sudor, el olor de su cabello y mi propio cabello.

Mi sueño de que los besos no estén vetados se hizo realidad. Nos besábamos tanto, que me hacía creer que esa era la última noche en este planeta, teníamos que aprovecharla por completo, sin importar mi edad, sin importar mi estado civil, sin importar la habitación que nos envolvía. Nos besábamos tanto, que me hacía creer que el amor podía existir, que el amor podía superar, que el amor podía estar en cualquier lugar, con cualquier persona, sin siquiera imaginar que pudiera suceder.

Me acuerdo que estaba sorprendida por el calor que pueden irradiar un par de cuerpos. Hacía mucho frío, lo sentía sobre todo en las plantas de los pies, pero nosotros manteníamos ese calor, lo hacíamos crecer, hacíamos que envolviera la casa misma, a través de las ventanas, de las escaleras, de los candados de las puertas que no querían seguir cerradas.

Como siempre, odiaba las despedidas, y odiaba saber que la luz del amanecer que nos recibía era de un maldito domingo; odiaba tener que decir adiós. Pero esta vez no me angustiaba tanto, no sentía que la Ciudad nos fuera a separar. El chico me llevaba a casa, en este sueño Hans no figuró más, y yo me bajaba de su auto color grafito mientras él no se movía del volante. Nos besamos, nos despedimos, nos dijimos hasta mañana aunque casi estaba por despertar.

No me angustió la despedida, pero me invadió una terrible ansiedad cuando pensaba que era posible que nos pudiéramos enamorar. No, no, me decía en voz alta mientras bajaba del coche y entraba a mi casa. No te puedes enamorar Mariposa, no puedes seguir adelante. ¿Por qué carajos no? ¿Quién dice que no? ¿Por qué mi mente me jugaba esta terrible trampa?

Me acostaba en mi cama todavía vestida, me envolvía en la gabardina color azul y apenas reparaba en quitarme las botas color café. Lloré, las lágrimas me salían de los ojos mientras mis oídos escuchaban a Norah Jones.

Y me desperté, luego de otro fabuloso sueño, limpiándome las lágrimas que de verdad salieron de mis ojos, y escuchando la vocecita chillona de la locutora que suplió a Jesús Martín Mendoza en las noticias de la mañana. No estaba vestida, por supuesto, las botas estaban en su lugar, la gabardina llena de polvo bajo ese guarda trajes color gris. El vestido me sigue esperando en el tubo del clóset y el chico, no sé si vuelva a verlo alguna vez.

2 comentarios:

copo dijo...

Mariposa, me gusta que el amor te visite en sueños y que la pasión haga su parte. A mi tampoco me gustan las despedidas, pero me gusta pensar que ese chico estará esperandote, ansioso, detrás de tus parpados.
Un beso,
Copo

Lilith dijo...

Que ganas de seguir soñando corazón. Esperemos que pronto salga de tus sueños y se traslade a tu realidad. Te dejo un gran abrazo ya casi gripa free, lo bueno es que este tipo de virus no se transmiten por la red. =0P