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domingo, 1 de febrero de 2015

Carta abierta al tiempo.



Buenos días,
Gracias por escribirme.

Me sorprende mucho lo que dices, y al mismo tiempo me sorprende tener el sentimiento de extrañarte.
También tengo lindos recuerdos de ti, pocos, me desespero porque no me puedo acordar más y eso no me gusta... Pero ahora te leo y me gusta saber que me encontraste y que como dices, estamos a una llamada de distancia. 
El año empezó y me han pasado muchas cosas, he estado ocupada pensando y resolviendo y reflexionando... De pronto me pongo triste. Pienso en esto que dices de que el tiempo pone todo en perspectiva, y me doy cuenta de que soy una mujer que va dejando a la gente atrás, y aunque entiendo que es normal, a veces quisiera que las circunstancias no cambiaran tanto o tan rápido. He sido muy feliz en distintos lugares y con distintas personas y de pronto me encuentro con que de eso ya no queda nada. No quedan mis amores, no quedan mis amistades, no quedan mis lugares, lo he dejado todo atrás.
Esas cualidades de las que hablas, parecen ser lo que más le molesta a la gente ver en mi: soy muy inteligente y nunca falsa, siempre auténtica. Nunca me propuse ser así, nunca quise esto, y sin embargo en esto me convertí.
He llorado mucho, a veces escribo, pero sobre todo trato de adaptarme al cambio de mi piel, acepto como mi piel se transforma, me amo así, transformándome, pero necesito tiempo para asimilar las cosas. 
Entonces el otro día me acordé de ti. Y anoche leí nuestras cartas y por eso te escribí. Te extraño. 
Quisiera saber como es eso de platicar horas y horas contigo, pero casi trece años después de conocerte... Que loco ¿no? Quizá pasen otros trece para volverte a ver. Pero sé que eres cercano, sé que escuchas, no sé sí me entiendes, pero sé que me lees y con eso basta.


Un abrazo y un beso fuerte,

sábado, 8 de febrero de 2014

¿Cuántos óvulos, desde hace tantos años, estarán ahí atorados?

¿Llegará algún día en el que quieran florecer?

Espero que sí, porque estaré aquí tranquila y paciente, esperando...

jueves, 26 de abril de 2012

Esta vez es primavera.

Me quedé dormida pensando en ti, y afortunadamente soñé contigo. Entonces de pronto es como si en el corazón se prendieran unas cuantas velas, como si encendieran el calefón. Como si le dieran algo de esperanza a un condenado a muerte. Y te acordaste de mi, fue maravilloso entrar al local, formarme como cualquier persona, y de pronto ver tu cara de sorpresa cuando me viste allí, ¿pensaste que no iba a volver? Pues volví, y mejor que nunca.

Fue hoy, al mediodía, cuando comencé a sentir el calor de los papeles de hace 75 años, que me acordé que este viaje es idéntico al anterior, lo único que es diferente es mi corazón.

Estoy en la misma ciudad, en el mismo departamento, voy al mismo café, he frecuentado los mismos lugares para comer. Llegué a conversar con la misma gente. También llegué a trabajar con la misma gente, al mismo lugar, con los mismos papeles viejos que me marchitan las manos y me resecan el cabello. De pronto es como si el tiempo no hubiera pasado, como si todo fuera exactamente igual; como si el autobús hubiera viajado de regreso conmigo adentro, con todo y maleta, con todo y soledad.

Y entonces la gente intuye y comienza a esbozar preguntas, intenta articular argumentos y más y más preguntas... y entonces es una  maravilla no tener historia, no tener memoria y hacerse como si no hubiera pasado. Como si lo pasado, en efecto estuviera pasado. Y sonrío, me alboroto el cabello plateado y me cubro con mis raybans. Ni siquiera ha sido necesario decir mentiras o negar algo, simplemente hago uso de mi derecho a reservar mi opinión y a comunicarme. ¡Zip! Me quedo callada.

No hay motivo entonces para recordar la angustia que me invadió cuando supe que venía por mi. ¿Te acuerdas que llegué con él al café, en la penúltima noche que me quedaba acá? ¿Recuerdas su aspecto? ¿Recuerdas mis palabras entrecortadas? Que bueno que no. Yo me acordaba de ti, pero no de tu pelo largo, ni de tu complexión, y tampoco me acordaba de tu nombre. Hasta hoy por el mediodía me acordé que me hizo llorar frente a mi plato de enchiladas mineras, que nada le satisfizo, que la experiencia no le fue suficiente para despertar su capacidad de asombro.

Es incoherente e inaceptable que mi madre se ponga de su parte.

Y si no era el dinero, era que yo externaba las cosas que me hacían feliz, que me causaban placer o que simplemente me gustaba elegir. No puedo creer que llegué al punto tal de olvidarme de mi misma. Me alegra que la vez pasada no me hubieras pedido mi número de teléfono para salir, porque hubiera sido doble la pena.

Al parecer todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Nada más pasaron nueve meses, viví trece días de juzgados, hice cinco mudanzas, perdi los muebles completos para poner una casa, olvidé un par de botas azules, me deshice de un vestido de novia, pasó un día biciesto, falleció mi mejor amiga; fui a la playa a revolcarme en las olas del mar, perdí ocho kilos, dejé de fumar, comencé a dormir de noche, tomé condición física, tuve un accidente, aprendí a vivir con el alma rota, me hice cargo de mi misma, le menté la madre al miedo, tuve el valor de seguir adelante. Tuvo que pasar todo esto, para que pudieras verme entrar  a la tienda con mi portafolios en el hombro y mi pelo alborotado, para que pudiéramos conversar una semana más, y pudiera yo ubicar mi domicilio conocido en el Jardín Unión.

Por eso me alegro muchísimo de haberme quedado dormida pensando en ti.

Todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Lo único que cambió es que esta vez es primavera.

lunes, 30 de enero de 2012

Un impulso que da lástima (y que me da vergüenza).

Como si fuera un cadáver dentro de una bolsa de plástico, colgado de un gancho en una habitación a la que no pertenece, yace el que iba a ser mi vestido de novia.

Durante mucho tiempo estuve posponiendo la situación, y ayer finalmente fui a recogerlo al taller de la diseñadora. Entré y lo vi allí colgado, en la pared del fondo. Ya no estaba puesto en el maniquí alto, como lo dejé cuando fui a verlo la última vez. Estaba dentro de la bolsa de plástico blanco, de cierre largo, y no quise revisarlo hasta que lo traje de vuelta a casa.

Es un vestido muy hermoso, strapless, con el talle salpicado de pedrería bordada y la falda ampona, llena de pliegues que me hacían ver como si flotara en una nube de raso color almendra. Es un vestido que compré inyectada por el impulso, tal y como acepté la propuesta de matrimonio en la acera de enfrente del antiguo edificio de la SCOP.

Así, he tenido el impulso de tirarlo a la basura.

Tuve el impulso de no ir a recogerlo nunca, pero mi mejor amiga me animó a hacerlo.

Tengo el impulso de echarme a llorar sobre él, para arruinarlo por completo, para limpiarme con él las lágrimas llenas de rímel waterproof que se derrite y del delineador color negro con el que llevo meses iluminándome los ojos. De limpiarme con él el pasado, de ponérmelo y meterme a bañar para sacarme todo lo malsano de adentro. Tengo el impulso de ponérmelo y subirme a mi coche, y manejar como loca por toda la ciudad, y mostrárselo a todo el mundo, para que las personas piensen "mira a esa pobre loca, manejando un Volkswagen vestida de novia, ha perdido la razón".

Quisiera ponérmelo y tirarme al mar, para perderme en la espuma como Alfonsina.

Quisiera tallarme los ojos hasta borrar mis pupilas, encender la radio para crear un mundo distinto, y entonces imaginar que traigo puesto el vestido de una reina, o que estoy esperando a mi hermana para que me lleve a una fiesta.

Tengo el impulso de arrancarlo de su percha, para que deje de ser parte de una farsa, para que me deje seguir adelante, y que de él sólo quede una fotografía en color sepia.


lunes, 14 de marzo de 2011

Siempre primeras veces

El lunes fue la primera vez que me pidió que le abriera la regadera en la mañana, el miércoles planché toda la ropa limpia como nunca lo había hecho en mi vida, y... anoche tuvimos una gran pelea.

Este último mes me ha quedado claro por qué la gente no se casa, por qué es que no se pueden poner de acuerdo, cómo es que se acostumbra que las cosas se hagan en contra de la voluntad de una pareja. Que si lo correcto es, o es incorrecto. Que si se debe tener hijos. Que si se debe firmar un acta. Que si, que no, que ya me vale madres.

Tengo que darle algún mérito a que la ansiedad se ha olvidado de mi, eso me pone feliz. Pero por otro lado, he tenido pesadillas, recurrentes, de esas que hacen que uno se sobresalte antes de las seis de la mañana. Es raro, pero no es ansiedad.

Hubo una gran crisis, fue una gran pelea, y debí saber que vendría una primera vez en la que una llega hecha un mar de lágrimas a un Starbucks, donde un Salvador siempre está con los oídos listos para escucharnos. Manejé, despacio, a poner gasolina y a tomar avenida Universidad. Di vuelta en Eje 5, envié varios mensajes. Hay planes que se cancelan, lágrimas que no dejan de salir, y sentimientos que por primera vez se dejan ver sobre la piel.

Dudé si debía bajarme del coche. No lo hice. Todavía había cosas qué cancelar. El chico de los ojos verdes no me llamó, sé que se inmutó, sé que también se le partió el corazón, pero por un lapso de cuatro horas guardamos silencio.

Siempre hay una primera vez para una gran pelea, y para preparar el baño en la mañana.

El frapuccino de té verde fue gratis, por fin pude dejar de llorar, creo que el hielo machacado me congeló las ideas, y el temor de presentarme al seminario del terror. Estacioné el auto y caminé, entré al seminario con el rímel y las sombras embarradas alrededor de los ojos. No me di cuenta. Y tampoco de que el recuerdo de cómo dejé a los ojos verdes, me estaba arañando por dentro.

Diecinueve y quince. Salí. Conduje. No pensé. Arrivé.

No me acuerdo en qué momento nos dieron las cuatro de la mañana. Día dos. Doble gran pelea. Doble mala noche. Primera pesadilla que me hace despertar, por el calor que siento en el pecho.

Siempre me dijeron que luego de una gran pelea existe una gran reconciliación. En este caso hubo un camino atropellado a Tecamachalco, Interlomas, dos pares de ojos hinchados, y algunos besos de amor, de pura y plena confianza.

¿Qué puedo hacer, si de veras amo? Mi lengua tararea tu voz, cuando me dices que quieres estar conmigo. Mi lengua recorre todas las ideas que pasan por mi cabeza, y luego las saborea. Entonces yo también quiero estar contigo. Me desespero, soy histérica, qué le vamos a hacer... Te amo, me amas, mi lengua lo sabe bien.

La primera vez de una gran pelea. Mi coche y la Ciudad lo supieron bien.

jueves, 6 de enero de 2011

Para que se queden en su jaula.

Cómo me acuerdo de ti cuando escribo sobre el materialismo histórico. No me acuerdo cuándo fue la última vez que escribí leyendo a Carlos Marx. Quizá fue en tu departamento, usando el ordenador color azul, viéndote de lejos en el estudio, mientras yo estiraba los pies sobre la silla de la mesa de cristal. Te extraño, maldita sea.

Me prometí a mi misma que no te dejaría de ver nunca, me prometí seguir prometiéndome que siempre estaríamos juntos. Tu me prometiste que no me dejarías sola, que no me dejarías de querer; que siempre estarías allí sosteniendo mi bate para pegarle a las peores curvas que me enviara la vida. Y todo cambió.

Ahora, cuando llega la mejor curva que me ha enviado la vida, la ansiedad hace su aparición, me esconde el bate, me confunde, me hace sentir mal.

El amor... carajo, aún cuando con certeza todavía no sé lo que es, llega y no se detiene. Me siento feliz, de eso estoy segura. Pero de pronto, hay cosas que me hacen falta...

Es muy común, que dentro de una vida llena de inestabilidad, uno se acostumbre a autosabotearse, a meterse el pie, a hacer de cuenta que nada está valiendo la pena. Y es entonces, estoy segura, cuando me acuerdo de ti, cuando me acuerdo de lo que teníamos y de cómo eras cuando estabas conmigo. Nada parecido a lo que eres hoy, cuando de lejos te vuelvo a ver. Entonces viene otra vez la ansiedad a estacionarse en mis muñecas, a ocasionar que mis puños se cierren, y que no pueda ponerme a escribir.

Son muchas cosas, tantas... que es un huracán.

Me da miedo comenzar a extrañarte tanto. Debo conformarme con verte descender del coche todas las tardes, por algunos cuantos días más. Y aunque suene a cliché, todo esto que siento no eres tú, es mi circunstancia.

Esta tristeza no soy yo, no es para mi, es la circunstancia. Esta nostalgia que quiere convertirse en sentimiento de soledad dentro de mi, no soy yo, no es para mi, es la etapa de inicio de año que toda la vida me ha costado tanto trabajo.

Mis demonios son felices en su jaula, viviendo todo el año unos con otros, a puerta cerrada. El problema es cuando me siento tan triste, tan mal, tan que nada vale la pena... que entonces debo cuidar que los demonios no se vayan lejos, se vuelvan a meter, para echarles llave otra vez.

Debo terminar todo de una vez, para entonces sí echarme a dormir días enteros.
Todo está bien. No debo sentir por eso, que algo anda mal.

sábado, 1 de enero de 2011

Veintidós de septiembre.

22/IX

En torno a un anillo de compromiso puede haber muchas cosas.

Hans estacionado en la esquina de uno de los ejes viales de esta Ciudad, que más han tenido que ver en mi vida.

El maravilloso significado que tiene para mi, el que dicho anillo haya tenido una dueña antes que yo.

Estar con mis Ojos Verdes frente a la mítica construcción de una de las Secretarías de Estado más importantes de la historia política de México del siglo XX. Mirar por el retrovisor de Hans sus paredes, un poco de la fachada, los colores de los muros exteriores. Terminar de crear en mi mente el mural que mis ojos no alcanzan a ver.

Lágrimas de felicidad.

Fiestas interminables con los amigos que son nuestra familia. Cerveza. Fotos. Calles de la colonia Condesa. Alcoholímetros que se burlan sólo una vez en la vida. Vueltas prohibidas que no pasan por la cabeza.

La libertad de responderle tus verdaderos anhelos, y tus sueños más profundos. La libertad de decirle que no importa que no hayas sido la primera, sino que importa que seas la última mujer en su vida.

El día en que entró el primer otoño que nos pertenece, que no me di cuenta, que estaba más preocupada resolviendo los cambios y las decisiones que vienen en nuestras vidas.

Maravillosas reconciliaciones.

Decir te amo a cualquier hora del día.

Pero lo más bonito, y lo que me llena de felicidad, es mirar todas las noches estas manos que escriben frenéticamente sobre el teclado del ordenador, y volver a mirar que ese anillo de compromiso se ha quedado desde ahora, eternamente sobre la piel de uno de mis dedos izquierdos. No importa cuánto trabajo tenga, cuántas palabras me falten por escribir, cuántos guantes de látex pasen por encima de mi piel; hay un hombre que me ama (y como rezaba todos los días y las noches un post-it sobre el espejo de mi habitación), tanto que quiere pasar el resto de su vida a mi lado.

Mi dedo, su tamaño, la cantidad de veces que se mueve sobre estas teclas a lo largo del día. Eso también está en torno a un anillo de compromiso. Dos días se tuvo que quedar en el taller para que lo ajustaran a la cintura exacta de mi dedo anular; dos días que sentí que algo me hacía falta.

En torno a mi anillo de compromiso, hay puro y simple amor. El símbolo de que no voy a dejar de luchar cada día para ser excelente, en todos los aspectos de mi vida.

Luego de mucho tiempo, esta es la primera vez que desde mi corazón siento que de verdad estoy tomando la decisión correcta. Soy muy feliz, tan feliz, como nunca me lo imaginé.

martes, 9 de noviembre de 2010

Viniste a mi vida a hacerme feliz

Eran las diecisiete con quince cuando tomé Periférico Norte a la altura de San Antonio. Sorprendentemente estaba muy fluido, me metí a carriles centrales en la primera oportunidad, y seguí manejando mientras escuchaba a Alizée a través del audífono izquierdo.

No sé qué es lo que tienen estos días, estos fríos, este calor que no se me quita de adentro. Todo me parece tan nostálgico, a veces todo me conmeve tanto... La música fue la gota que derramó el vaso, y haber visto el inicio de la puesta de sol sobre Periférico, terminó por darle el toque final.

Lloré sin darme cuenta, hasta que las lágrimas me empañaron los lentes de sol. Pensé que de todas formas, como sea, era un día muy bonito como para llegar a guardarme a la casa cuando todavía quedaba tiempo para disfrutarse. El congestionamiento de la lateral de Periférico a la altura de Echegaray me pudo volver loca. Luego, al estar llegando a la Facultad supe que debía entrar a llenarme otra vez de lo que me llenó la Universidad.

Le llamé a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel. Le dije que estaba buscándole un lugar a Hans en el estacionamiento, y que iba para su Colegio, a platicar. Se puso muy contento, me dio muchísimo gusto escucharlo y saber que lo iba a ver.

Entonces recordé que en estos momentos, justo hace un año, jamás me hubiera imaginado que mi vida fuera a cambiar como lo hizo. Yo era una chica triste, lo acepto. Sí, siempre he sido optimista ante el amor y ante la familia que he elegido, pero me sentía muy sola; date cuenta pues, que ahora podemos platicar, que de verdad estaba muy sola.

Pero el 9 de noviembre conocí a personas maravillosas. El último regalo que recibí de esas manos largas, fue un empleo que otra vez me mandó a las nubes, que me hizo dejarme llevar, que hizo que dejara de pensar en todo lo que me afligía, y que en el fondo me hizo olvidarme de tanta soledad.

El cenit de mis malas decisiones y de mi ansiedad por buscar una compañía que por lo menos me hiciera reír dos veces por semana, tuvo lugar a finales del 2009. Eso, como puedes ver, ya lo olvidé y ni siquiera me di cuenta. No recuerdo fechas exactas, ni historias encontradas en las calles de esta ciudad. Sólo me acuerdo de mi, de las pésimas fiestas decembrinas, y de que para mí el año nuevo sí trajo una vida nueva.

Personas maravillosas llegaron a mi vida el 9 de noviembre. Llegaron a mi vida amigos maravillosos, una nueva familia que se ha gestado desde esos días. Noches locas en la ciudad, días de cine, de escritos interminables que se logran sobre una mesa de cryztal. Sabios consejos, cafeteras rebosantes que no siempre saben bien, mamuts a las cinco de la tarde para el monchi vespertino, una copa de whisky con soda los jueves por la tarde, estrés inmesurable completamente controlable, noches de grúa porque Hans ya no quería andar.

Historias de noches estrelladas que se cuentan desde el piso de parquet. Frío, mucho frío. Calor que proviene de los calefones de gas. Un sillón azul, que pronto estará en nuestra casa.

Obtuve mi grado profesional. Concursé para una plaza de posgrado, la obtuve justo cuando pensé que no podría más.

Luego, dejé de recordar, y vi de lejos a mi amigo el Presidente. Caminé hacia él y nos dimos un abrazo fuerte y lleno de risas. Comenzamos a caminar. Fuimos por café, a platicar para ponernos al corriente.

La ansiedad de venir manejando con todo este cansancio encima, de pronto comenzó a disiparse. El Presidente me llenó de regalos, muchos que me hicieron sonreír. Y entonces me di cuenta, tanto que deseé, tanto que busqué, tanto que soñé con que nada más haría falta, y todo sucede, todo vuelve a empezar. Me siento muy bien. Es real.

Y tu, ojitos verdes, viniste a mi vida a hacerme feliz.

martes, 7 de septiembre de 2010

Puta crisis.

Ahorita ya empezó a llover. Ojalá ayer hubiera caído la mitad del agua que ahorita está mojando mi casa, la ropa, el pelo del gato, mis zapatos, mi abrigo.

Este verano que no termina... estas vacaciones que no se llamaron así. Este trabajo que no se paga, que no deja, que me desespera.

Tus palabras cuando discutimos, tus labios intentando besar mis manos en el coche. Eso, cuando dices que soy dependiente, que te da miedo que yo no pueda separarme de ti; y no sabes que yo sé, que aunque me cueste mucho trabajo, soy más fuerte de lo que te imaginas, soy más fuerte de lo que me imagino yo.

¿Y si me muero? ¿Qué va a pasar contigo si me muero? ¿Qué va a pasar con nuestro hijo si muero durante el parto? ¿Qué va a pasar con todo lo demás? ¿Huirás como han huido todos? ¿Querrás que te espere allá?

Y justo cuando se supone que las cosas no deben suceder, mi teléfono se pierde para siempre. Detrás de todo esto están dos noches sin dormir, un par de documentos que llegaron a mis manos, un pánico escénico que hizo que mi mente se pusiera en blanco, dos discusiones con mi madre porque no quise volver. El chico que trabaja como siempre. Yo, que intento volver a la soledad que ya se fue, que la extraño más que nunca, que quisiera que me acompañara como lo hizo los últimos meses.

De pronto todo se pierde. No es mi móvil, ni su cartera, ni mi coche ni la Ciudad. Es mi cabeza, es el cable que no quiere volver a tierra. Llueve, demonios ¡qué frío hace! Llego a desayunar, el chico sale a despedirse, a recibirme, a meterme a su casa otra vez. Luego lo propio de domingo, lo que no se puede evitar. Las risas, la chica que no acaba de regresar y que cree que nunca se fue.

Eje Central en contraflujo, dinero que no se ve más. Lluvia que llega, que no se va, que tampoco se siente, pero que me moja los pies. Banqueta de Eje Central, entre Tacuba y Cinco de Mayo, que huele a alcantarilla recién destapada, Cinco de Mayo que ahora resulta que está al revés, que se vuelve reversible como lo son mis medias sin liguero, como lo es mi piel cuando él dice "ya no quiero".

Y sucede. Camino de su mano y siento que ya no es su mano. Enciende un cigarro, entro al Sanborn's a buscar carteras de vinyl, de piel azul eléctrico o de rosa mexicano, de este plástico maravilloso que me hace sentir que todo es perenne, hasta la comezón que me da mi abrigo de lana gris. Entonces mi cabello se alborota, mi mechón de canas abre los ojos y estira las manos, recibe a todos.

Tengo ganas de llorar y no puedo. Tengo hambre, frío, ganas de estar con él. Tengo ganas de irme, no me quiero quedar, no quiero estar aquí, ni contigo. Como, todo es delicioso, las tortillas del comal, la harina que ya queda, que me hace babear, las quesadillas que el chico me prepara.

Y entonces lloro, comienzan a salírseme las lágrimas y a rodar por mis mejillas. Hace mucho que no me sentía tan sola, tan nada, tan así.

Intento dormir.

No puedo.

Al día siguiente todo se pone de cabeza. Todo sigue de cabeza. Confieso que me dan ganas de morirme para siempre, sin volver, sin preocuparme por ti o por cada una de tus cosas. Lloro más, el móvil se perdió y derramó mi vaso como si fuera una ligera gota que no va a caber nunca. Me pides tranquilidad, te grito por teléfono. No puedo más, ¿sabes? No puedo más.

Es la primera vez -dentro de todas estas primeras veces- que me sabes con una crisis de ansiedasd. Es la primera vez que sabes que puedo estallar, y que aún cuando no escuchaste que quería quedarme dormida por muchos meses, estás seguro de que puede ser que lo desee de verdad.

Luego otra vez suena el teléfono, me siento a comer sin ganas, me doy un baño que me hace tiritar de nuevo. Me pongo los jeans que son tus favoritos, mis botas de hule porque me da miedo mojarme los pies. El pelo se alborota por completo. Las muñecas me duelen, los dedos no se quedan quietos. Me siento mal y tengo miedo.

Duermo poco, bien pero poco. Luego vienen los seminarios que me hacen sentirme misionero. Las chicas que con su apoyo hacen que el sol salga detrás de la construcción de hierro.

Ya no me siento tan mal, pero las manos me siguen doliendo todavía para las cuatro de la tarde. Ni modo. No me dí cuenta que también me dolía la boca, y un poco el cuello. ¿Cómo voy a manejar así de regreso a casa? Pues así, como siempre, como si nada, como le haces de experta, haciendo que no pasa nada.

martes, 17 de agosto de 2010

¿Qué es una mentira?

No sé en qué momento pasaron siete meses. Mañana justo los cumplo de tener un poco de estabilidad. He conocido a personas maravillosas, de esas que nos hacen olvidar que hubo experiencias desafortunadas en la vida. He hecho nuevos amigos, he comenzado a confiar en la gente, y me di cuenta de que hay personas que no valen la pena.

Mi mejor amigo ya no fue más mi mejor amigo.
Tengo más deudas de las que tenía, y a veces me siento más sola de como estaba. Creo que me venía mejor la soledad, que sentirla estando acompañada.

Iba a escribir una carta de amor, pero la verdad es que ya se me olvidó cómo son esas.

Todavía no puedo entender que las personas mientan así como si se hablara de cualquier cosa. Digo todavía, porque quizá en algún momento pueda llegar a entenderlo. También me refiero no sólo a las mentiras, sino a las palabras, ¿qué pasa cuando una persona nos da su palabra y vuelve a faltar en ella? ¿Qué pasa cuando oculta las cosas porque teme que nos enojemos, cuando ni siquiera sabemos de qué se trata?

Me siento muy triste. El día comenzó gris, no pude dormir, tengo unas ojeras tamaño infierno y un nudo en la garganta que no se me quita para nada. Mi desempeño no es el mismo, mi concentración tampoco, hasta se me ha quitado el apetito.

Me da mucha tristeza que se me oculten las cosas. Lo hace mi madre, lo hacen las personas que no están interesadas en mi, y me da muchísmo miedo que lo haga el chico que me ha robado el aliento. No sé qué hacer, demonios. Ya estoy en el mismo punto en el que empecé, con las mismas lágrimas atoradas porque no sé siquiera si debería sacarlas. No sé qué hacer.

Una vez le pregunté al Rey Sol que cuál era el motivo para que un hombre siguiera siendo infiel, a lo que me respondió sin reparos: "¿que sea hombre?" No pues bonita la cosa me salió, digo, por ser mujer.

Entonces, ¿todos los hombres, de alguna u otra forma, hacen lo mismo?

martes, 29 de junio de 2010

No es normal.

¿Sabes como es esta sensación de querer dormir por horas o días enteros? Hace mucho que no me acordaba de ella, y creí que no volvería a acordarme nunca.

Tengo ganas de morirme, sí, ya sabes, de entrar en este estado de conciencia inconciente en el que no sabes que pasa alrededor tuyo; en el que ya no sabes si es día o noche, en el que no sabes si fue ayer u hoy cuando te dieron todas estas desilusiones y te escribieron todas estas estupideces.

Todo pasa, todo siempre se acaba, y esto también pasará.

Que alguien me diga por favor, que dentro de toda mi locura, esto no es normal.

sábado, 19 de junio de 2010

Descanse en paz Carlos Monsiváis.

Hoy termina una era de la intelectualidad de México. Hoy falleció Carlos Monsiváis.

El chico me lo avisó por teléfono hace unos minutos, y de inmediato encendí la radio y abrí El Universal, mi diario predilecto. Efectivamente, todas las noticias apuntan a que el escritor murió alrededor del mediodía, víctima de una fibrosis pulmonar que le aquejaba desde hacía muco tiempo.

Lo segundo que hice fue llamarle a mi padre. Lloré, ahora sí no lo pude evitar. Mi papá lo lamenta muchísimo, él lo leía con frecuencia, y me dijo que la fibrosis pulmonar es muy fea porque poco a poco el individuo va perdiendo sus facultades.

De lejos, varias veces, vi a Monsiváis en la Facultad de Filosofía y Letras de mi Universidad. Dos veces fui a escucharlo en algunos foros, en una de esas ocasiones me campechanée la asistencia, porque estaba también el coloquio del proyecto en el que yo participaba. En fin. Muchas otras cosas me acercaron a Monsiváis como persona, e infinitas como escritor y como intelectual.

Mi padre tiene razón, que uno de los mejores intelectuales de la segunda mitad del siglo pasado acaba de fallecer, y se lleva con él un rico y prolífico conocimiento intelectual. Creo que no ha habido mexicano más culto que él, más autodidacta, más coleccionista, amante de la cultura mexicana y del folclor como tal.

Estoy triste, caray. Si la muerte de Carlos Montemayor me agarró por sorpresa, este fallecimiento verdaderamente que me deja muda y con un nudo en la garganta.

Descansa en paz y gracias, Carlitos, por llevar muy lejos la cultura mexicana y el nombre de nuestro país, y por siempre traer de bandera el escudo de nuestra universidad, la mejor de Iberoamérica, la Universidad Nacional.

miércoles, 16 de junio de 2010

You've got the love.

Sometimes it seems the going is just too rough
And things go wrong no matter what I do
Now and the I feel like life is just too much
But you've the love I need to see me through.
Candi Station, You've got the love.

Sé que no soy mala persona, me consta, pero no puedo evitar sentirme un poquito culpable cuando la miseria, la soledad o la pobreza se han presentado frente a mi y no me han movido ni tantito. Ya no soy de esas chicas que lloran cuando miran una escena totalmente miserable y real frente a sus ojos, y no estoy segura si debería -o quisiera- seguirlo siendo.

Hay una realidad, y es que aún cuando me esmeré en convertirme en una piedra, no lo logré. Y sí, un tiempo fue difícil, prefería sentir la soledad como mi verdadera compañera, contar conmigo misma de neta aún cuando ahora lo sigo creyendo pero no soy tan áspera en mis opiniones, ni tan estricta hacia los sentimientos de los demás. Por decirlo en otras palabras: moderé mi indiferencia, y siempre me cuidé de no convertirme en una verdadera cínica.

Por el contrario, como lo he escrito muchas veces, me conmueven las escenas de verdadero amor, ¡caray! Ese sí me hace llorar. Me conmueven sobremanera las escenas de amistades verdaderas, de apoyo incondicional, de amor real de soulmates o de "medias naranjas emocionales".

Todavía no sé -y quizá nunca lo sepa-, si las medias naranjas existen. Sé que tengo a mis hermanas de sangre y a mis hermanas del alma. Sé -porque me propuse no olvidarlo nunca-, que han estado conmigo en los momentos que más he necesitado un apoyo, una compañía o simplemente que se queden conmigo cuando me siento a leer. Sé que soy afortunada porque me han querido mucho. Aún cuando las historias que he vivido no siempre han tenido final feliz, soy afortunada, y he contado con mis soulmates que han estado a mi lado.

A veces, luego de una crisis que no importa si fue pequeña o grave, me siento derrotada, me siento sumamente cansada, sin apetito, sin ganas de hacer nada; algunas veces ni siquiera puedo dormir, y extraño que mi hermana Cristina venga a quedarse en mi cama mientras intento conciliar el sueño. Extraño que las personas a las que me acostumbré, ya no estén acá o no vuelvan por un tiempo.

Algunas veces, cuando me estoy tronando los dedos porque no sé qué hacer, de pronto suena el teléfono y es Carmela -que no hablamos tan seguido como quisiera- para decirme que no pierda la paciencia, que en lo que ella me pueda ayudar aquí estará, y que me sugerirá algunas personas con quienes conversar para salir del problema. De pronto, de donde menos lo imaginé, viene la solución al enamoramiento que tiene el insomnio con Morfeo cuando no puedo dormir, de pronto no se aman más y Morfeo viene a abrazarme y es entonces cuando no sé más de mi hasta la mañana siguiente. Esas llamadas de Carmela, me conmueven sobremanera.

No lloro cuando veo la miserable miseria frente a mi, pero no puedo evitar que se me salgan las lágrimas cuando siento el amor sobre mi, cuando miro bellas escenas de amor en las calles, cuando miro cómo en el auto de al lado vienen dos chicas platicando y riendo a carcajadas, cuando viene una pareja que se da la mano, que se observa y sólo se besa, cuando se acompaña. No puedo evitar conmoverme cuando me acuerdo cómo son las salas de los aeropuertos cuando me he encontrado con mis hermanas, cómo son las despedidas con mi madre cuando sé que no la voy a ver en unos días, cómo son las cartas de Cristina en mis manos cuando llega el cartero a tirarlas por debajo de la puerta de la casa.

No puedo evitar mis lágrimas cuando me acuerdo de haber visto a María afuera de la sala de mi examen profesional. No puedo evitar llorar cuando me abrazo a ella, cuando le reclamo que no nos vemos mucho porque no tenemos tiempo, cuando le reitero que más que mi mejor amiga, es mi hermana del alma.

No puedo evitar las lágrimas cuando me acuerdo cómo me recibe la diseñadora de modas en su casa los domingos, cómo su mamá me ofrece los frijoles refritos que tanto me gustan y el huevo revuelto con jamón para el desayuno. No puedo evitar conmoverme, cuando me acuerdo que me ha tomado de la mano cuando más deprimida he estado, cuando he sentido que no puedo tocar más fondo.

No puedo evitar el llanto cuando caigo en la cuenta de que no estoy sola, de que sólo son estados emocionales e intelectuales que uno va superando.

Y qué demonios importa si el "hombre ideal", si el "gran partido" o la "media naranja" nunca llega. Qué más dá si no tenemos una boda con happy ending. Qué más da si el camino sigue de a uno. Qué nos importa si los planes no salen como contábamos, nos tenemos la una a la otra, todas a una, una a todas, somos compañeras y entonces sí tiene parte una historia de amor.


domingo, 6 de junio de 2010

Y después, se casan.

El señor Buendía y la señorita Jana insistieron en que me presentara a la boda, así, como si nada. Bueno, la mera verdad es que los tres fantaseamos con que me aventaba un zafarrancho increíble, con todo y eso de "tú dijiste que me amabas", y hasta Buendía sugirió que pidiéramos prestado un bebé, para darle más drama a la escena. En cambio Jana, decía que fingiera un embarazo como de seis meses, pretendiendo que eso causara suficiente remordimiento en el chico, que ahora se convertía en contrayente. Reíamos como estúpidos. ¡Pero qué par de locos!

Ninguna de las dos sugerencias rindió frutos. Sí me presenté a la boda, sin invitación por supuesto, pensando que todos tenemos acceso a la "casa de Dios", y ahí me quedé, como una invitada más, pensando que nada mejor podía pasarme en ese momento, o podía pasarnos a los dos.

No me dio tristeza, tampoco sentí nostalgia. Esas lágrimas absurdas que a veces se apoderan de mis ojos, porque todas las bodas me hacen llorar, esta vez no se hicieron presentes. Me quedé ahí, como estatua. Ni siquiera conocía a sus amigos, ni a sus compañeros de trabajo. Como nunca me presentó a su familia, ni a sus hijas, pues no había verdaderamente nadie que pudiera reconocerme. La única persona que podía hacerlo, quien me avisó que el Rey Sol se casaba, estaba a kilómetros de la Ciudad de México.

Estuvo bien no haber recibido invitación, estuvo bien. Ya me la sé, que los chicos una vez que terminan la relación que tienen conmigo, o se comprometen con alguna chica, o de plano se casan. Tampoco recibí invitación para la boda del soltero tóxico, y como tampoco conservamos los amigos en común, no tuve como enterarme, hasta que pocos meses después, él me lo platicó sentados en una mesa del Sanborn's de Satélite.

Se pudo haber dicho que pasé desapercibida entre los invitados de una y otra familia, de no ser por el vestido que elegí para la ocasión. No iba a ir de compras, ni me iba a poner mi vestido de fiesta porque es color blanco, y se supone que a las bodas uno no debe ir de ese color, así que opté por el vestido rojo estampado con flores azules, de chifón, casi envolvente, con un escote de vértigo; que está confeccionado de tal manera que al caminar, mi pierna izquierda se asoma como si ella también sonriera.

Estuvo bien no haber recibido invitación, estuvo bien que fuera. De otra manera, no hubiera creído que se celebraba una boda ese día. No estoy segura de cómo se conocieron, ni quién es la chica. Sólo sé que fue de esos amores repentinos, de esos que te hacen sentir que nada más importa, que si no te lías con ella -o con él-, podrías arrepentirte tiempo después. Me consta que él está feliz, porque lo vi. De ella no puedo opinar mucho, porque no la conozco, no sé cómo es cuando sonríe o cuando está enojada.

Esa sensación que se tiene, que de cualquier forma a uno lo están mirando, de pronto se me esfumó conforme la ceremonia religiosa transcurría. Ya no era la boda del Rey Sol, ya no era yo con mi vestidito de chifón, simplemente estuve allí, en una ceremonia cualquiera; estaba segura de que tenía que verlo con mis propios ojos, no hubiera bastado que alguien me lo platicara.

Y así, llega el momento de encallar para no navegar más, no sé cómo se siente eso pero supongo que debe ser agradable, que debe ser una emoción inmesa por tener estabilidad en la vida, en el corazón; por haber encontrado a la persona que te complemente y que vaya en el camino paralelo al tuyo.

Por mucho tiempo estuve renuente a una relación estable y duradera, siempre argumentando que mi generación había salido "reacia para el matrimonio", y tomando como ejemplo mis últimas relaciones y lo que los chicos habían dejado en mi. Por mucho tiempo me di cuenta que ellos no querían más estar conmigo, pero que después les llegaba el momento y lo aprovechaban con otras personas, en otros sitios, con otras mujeres. Comprendí que todos buscamos ser felices, pero que yo no estaba en sus planes.

Luego, tanto tiempo de soledad que no se le puede llamar así, llega para dejarnos cosas buenas, un poco de sabiduría y un tanto de experiencia.

Después vienen las cosas más claras, se renuncia al drama, y se necesitan hechos fehacientes para creerlo y para sacarnos tanto escepticismo.

Necesitaba ver con mis propios ojos ese día, el ocaso del sol, que el Rey Sol contrajo nupcias. No más salidas nocturnas, no más calles perdidas en esta Ciudad, no más coches que se siguen, no más almuerzos que no llegan -porque por fin ahora sé que nunca llegarán-. No más Sierra Nevada ni las obras literarias de Minería. No más zócalo capitalino lleno de gente. No más Ciudad Universitaria mientras yo investigaba en la Hemeroteca Nacional. No más copas los viernes por la noche, en este bar de Polanco que ahora no me acuerdo de cómo se llama. No más esquinas de Patriotismo y Eje 6. No más Starbucks a espaldas del Hotel Presidente. No más Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Necesitaba que un hecho externo me gritara a la cara que todos tenemos oportunidades, que la mía también se ha presentado, que mi suerte ha cambiado, que el éxito viene de la mano de nuevas experiencias y de personas maravillosas que se aparecen en nuestros caminos.

Necesitaba recordar que los domingos sí me gustan, y que también pueden estar llenos de un amor distinto y de convivencia que no sabía que podía existir.

Luego mi historia vendrá, y dejará memorias maravillosas. Luego sí podré hablar de vestidos de novia, de anillos en el dedo anular, de vestidos sencillos con zapatitos azules, de destinos que son el mismo, de futuros compartidos, de relaciones que no existen más. Después quizá, me casaré yo.

jueves, 22 de abril de 2010

Monsieur Madrid, Joaquín Sabina.

Él quería escribir la canción más hermosa del mundo,
y yo siempre he querido estar ahí para escucharla.


Luego de la catarsis de la noche de ayer, me quedé muda por un rato grande, traía la cabeza tan revuelta por tantas emociones, que preferí guardar silencio.

Llegué al Auditorio Nacional cuando se anunciaba la segunda llamada para el chou. Esta vez también me iba a encontrar con un chico, pero no frente a la pantalla electrónica de todas las veces, la que me ha visto los últimos ocho o nueve años encontrarme con distintas personas, con diferentes semblantes, de diferentes humores; la que me ha visto cuando me dejaron plantada, cuando se despidieron de mi, cuando le dije al soltero tóxico que no necesitaba más cargar con sus paquetes ni con sus recuerdos.

Esta vez, el chico me esperaba a un lado de la escultura, junto a las taquillas. Había mucha gente, de hecho yo no lo vi, no lo pude encontrar; y como nos ha pasado desde que nos conocimos, fue él quien me encontró a mi.

El primer sacudidón de emoción que tuve, fue cuando vi los lugares a los que correspondían nuestros boletos. Me emocioné mucho, estábamos verdaderamente cerca del escenario, y comencé a sentir que esta iba a ser una gran experiencia, y que la Ciudad nos estaba regalando otra maravillosa noche, en la que nos quería abrazar hasta que hoy amaneciera.

Unos quince minutos antes de las nueve de la noche, las luces se apagaron, se iluminó el escenario, y Joaquín Sabina se hizo presente, vistiendo unos pantalones color gris, una camiseta negra, una chaqueta de camuflaje verde, y su tan emblemático bombín color negro.

Grité, me levanté del asiento, aplaudí, casi pierdo los estribos; me quité el sombrero, y si hubiera traído un bombín como lo traía él, se lo hubiera lanzado al escenario. Me dio muchísima emoción mirarlo allí, con todos sus años, con las arrugas de su voz, con todo esto que todavía tiene para la gente, para quienes queremos escucharlo horas y horas, por años y años.

Abrió, como me lo esperaba, con la fabulosa Tiramisú de Limón; siguió con Viudita de Clicquot y luego se arrancó con muchísimas canciones, no todas las del último disco, pero sí muchas viejas, casi olvidadas, de esas que no te imaginas escuchar nunca en vivo, como Ganas de... y Medias negras. Cuando escuché esta última, entre todo el frenesí que estaba sintiendo por dentro, comencé a llorar conmovida por completo. Me acuerdo muy bien que siempre me pasa en los conciertos de Sabina, en el anterior, sin recordar ahora por qué fue, lloré muchísimo con la canción Mentiras piadosas. Anoche, no pude evitar acordarme de mi hermana Cristina, de cuando escuchábamos la canción mientras andábamos a toda velocidad en José María, recorriendo las calles de esta contaminada Ciudad.

Ayer, quizá no tan conmovida por el recuerdo de mi hermana, lloré de emoción y de felicidad, porque estaba escuchando una canción que nunca me esperé, y que ahora también está llena de lindos significados. Quizá deba darme cuenta de una vez, que "de estufa corazón, te tengo a ti" es una realidad, y que estoy más acompañada que nunca.

Joaquín Sabina ha declarado en muchas ocasiones, en diversos medios de comunicación, que él nunca se propuso llegar a donde está ahorita, que "sólo quería escribir la canción más hermosa del mundo". Y lo logró. A mi parecer, lo logró.

Creo que la maravilla radica en poder comunicarse con el mundo de afuera, con el que no sabemos a veces que nos está escuchando o nos está leyendo. Uno puede tener mucho qué dar, pero quizá no sepa cómo darlo.

Estoy muy contenta de haberlo escuchado anoche, de haberlo visto tan de cerca, de haber reído y llorado con él, de haber bailado con sus canciones, de haber gritado hasta donde pude. Es uno de los mejores regalos que he recibido en los últimos años, y eso me hace verdaderamente feliz.

Luego, el resto de la noche y un par de horas de la madrugada, nos esperaban. Un coche estacionado frente al Marriott, una cena improvisada, un café pasada la media noche, muchas palabras que no se habían dicho, algunas llamadas por teléfono; y estos ojos, que aún cuando se miran casi todos los días, a veces no encuentran el momento justo para hablar mientras se miran.

Si todos los instantes fueran como ayer en la noche, el amor se haría universal.

Ya pasó un día completo, y sigo muda. Todavía no tengo mucho qué decir.

La mañana fría, el sol que no salió por completo, un taxi, estos camiones que me gustan mucho, otro transbordo, mi casa más fría que cuando la dejé ayer, fuera ropa porque todo me lastimaba. Una llamada larga por teléfono. Una siesta que parecieron dos. Muchos libros, más hojas en blanco, las Reformas Borbónicas que ya no recordaba. Otra llamada a las 16:36 para decirme "Hola", y "te quiero mucho". "Yo también", le respondí con toda la seriedad que me llena cuando me pongo a estudiar. Tacos dorados para la cena. Coca-cola light muy fría. No más cigarros por hoy. Un gato que se duerme sobre mis piernas. Estos ojos que quieren verlo otra vez. Mi corazón, que late más fuerte que nunca. Los recuerdos de la música entrando por mis dedos, de su mano tomando la mía sobre mi rodilla, de sus besos sobre mis hombros, sobre mi pelo, luego del desayuno.

No me quiero olvidar, pero tampoco puedo obligarme a no hacerlo. Creo que lo dijo así: "Los sombreros sirven para camuflarse en los escenarios, y para quitárselos cuando la ocasión lo amerita".

Supongo que podré escribir mejor, cuando ya no esté tan muda.

Me siento tan contenta, que tengo ganas de ponerme a escribir en todas las páginas en blanco, en todas las paredes blancas, en toda la ropa apilada, y en la piel que cubre sus costillas.

lunes, 8 de marzo de 2010

Las ballerinas de JULIO

Hoy fue un día difícil, raro, peculiar, diferente a los demás. Con mis padres en el mismo coche, al mismo tiempo. Con una hermana mayor, que ya no sé si sí o si no. Con juicios absurdos -y extremos- que no tengo por qué escuchar.

Me sentí mal todo el día. De hecho, desde la cena de anoche me sentí muy mal. Tengo el estómago revuelto, tengo náuseas, me hormiguean las manos y estoy hinchada, los anillos no me entran más en los dedos de las manos. Todo me aprieta. Todo me sienta mal. Tengo esta sensación de que en cualquier momento me voy a vomitar. Donde me siento me quedo dormida, no sé qué me pasa. Hoy me he sentido muy mal.

Me encontré para tomar un café con la Diseñadora de Modas. Traía un bolso enorme, lleno de cosas, y unas sandalias de plataformas de tiras color negro, increíbles. Celebré, por supuesto, su buen gusto y le platiqué que me sentía muy mal físicamente, y que probablemente no fuera sólo eso, sino que me sintiera mal por dentro.

Intenté platicarle como había sido la mañana, cómo había sido el mal humor de mi padre por el móvil, la histeria colectiva que tanto me hace mal. Intenté explicarle que me sentía mal, fuera de lugar en ciertos aspectos, desesperada en otros, y triste sobre todo lo anterior. ¿Qué te digo?, comencé, que de entrada me desgastan los problemas de otros. Sí. Eso es. Me desgastan los problemas que no son míos, y que se empeñan en hacerlos ver así.

De pronto, mientras mirábamos la carta de los postres, escogíamos un café, hablábamos de mis malestares, de sus plataformas nuevas, y pedíamos un par de vasos con agua a la mesera, sacó de su enorme bolso un regalo para mi: un par de ballerinas color café. Las escogió justo de mi estilo, de mi talla, y me dijo que era un regalo pensado en que quizá deba dejar de usar tacones un tiempo, pensando siempre en que el estilo justifica todos los medios. Tiene razón, no tenía ningún par de zapatos sin tacón, y estos me cayeron de perlas.

Con mi cara de niña frente a un arbolito de navidad, las tomé, les saqué el empaque y comencé a llorar. Encima, además de sentirme mal, hoy fui la mujer más sensible del mundo. Mi amiga me abrazó, me dijo que me quería hacer sentir bien, y que por eso me regalaba justo lo que sabía que me iba a hacer feliz. Y lo logró.

Su regalo tiene muchos más significados en este momento, en este contexto, y en estas historias que recién comienzan que no se quiere que tengan punto final. El regalo es para mi, y también para el que está conmigo, que toma mi mano.

Luego, el resto llegó para cenar, otros para tomar café, pero todos para ponernos al corriente de la semana. Me sentí bien. Compartimos taxi de regreso a casa. Logré olvidarme un poco del malestar. Intento conciliar el sueño, espero poder dormir bien, y tener uno de esos sueños al aire libre para después verme en una habitación de paredes blancas.

Logré sentirme mejor, aún cuando ahorita todavía me duelen la cintura y el cuello. Supongo que todo pasará, como siempre digo, todo también pasará. Ellos pasarán, el chico pasará, y yo también pasaré. Si sigo pensando me voy a volver loca, así que ya me voy a dormir. Nada más por hoy, antes de que se me acaben las palabras. Ya mañana sabré qué es lo que sigue, y qué frases debo terminar de escribir.

domingo, 14 de febrero de 2010

Historia de una habitación.

Así como en el sueño anterior la habitación se hacía más pequeña conforme el tiempo pasaba, esta vez la habitación se hizo tan grande como mi asombro, tan grande como la noche, tan grande como la obscuridad que nos abrazó cuando sólo se quedó encendida la luz de la escalera.

No recuerdo bien cómo llegamos allí, no me acuerdo bien cómo empezó todo. Sólo estoy segura de mi vestidito negro, de su estatura, de mis botas hasta la rodilla, de los calcetines que no vi más. Me acuerdo que me hizo muy feliz ver todo desde el suelo, saber que las habitaciones giraban como giraban nuestros cuerpos. Desde abajo, todo parecía expandirse como se expandían mis emociones, sus latidos, mi sudor, el olor de su cabello y mi propio cabello.

Mi sueño de que los besos no estén vetados se hizo realidad. Nos besábamos tanto, que me hacía creer que esa era la última noche en este planeta, teníamos que aprovecharla por completo, sin importar mi edad, sin importar mi estado civil, sin importar la habitación que nos envolvía. Nos besábamos tanto, que me hacía creer que el amor podía existir, que el amor podía superar, que el amor podía estar en cualquier lugar, con cualquier persona, sin siquiera imaginar que pudiera suceder.

Me acuerdo que estaba sorprendida por el calor que pueden irradiar un par de cuerpos. Hacía mucho frío, lo sentía sobre todo en las plantas de los pies, pero nosotros manteníamos ese calor, lo hacíamos crecer, hacíamos que envolviera la casa misma, a través de las ventanas, de las escaleras, de los candados de las puertas que no querían seguir cerradas.

Como siempre, odiaba las despedidas, y odiaba saber que la luz del amanecer que nos recibía era de un maldito domingo; odiaba tener que decir adiós. Pero esta vez no me angustiaba tanto, no sentía que la Ciudad nos fuera a separar. El chico me llevaba a casa, en este sueño Hans no figuró más, y yo me bajaba de su auto color grafito mientras él no se movía del volante. Nos besamos, nos despedimos, nos dijimos hasta mañana aunque casi estaba por despertar.

No me angustió la despedida, pero me invadió una terrible ansiedad cuando pensaba que era posible que nos pudiéramos enamorar. No, no, me decía en voz alta mientras bajaba del coche y entraba a mi casa. No te puedes enamorar Mariposa, no puedes seguir adelante. ¿Por qué carajos no? ¿Quién dice que no? ¿Por qué mi mente me jugaba esta terrible trampa?

Me acostaba en mi cama todavía vestida, me envolvía en la gabardina color azul y apenas reparaba en quitarme las botas color café. Lloré, las lágrimas me salían de los ojos mientras mis oídos escuchaban a Norah Jones.

Y me desperté, luego de otro fabuloso sueño, limpiándome las lágrimas que de verdad salieron de mis ojos, y escuchando la vocecita chillona de la locutora que suplió a Jesús Martín Mendoza en las noticias de la mañana. No estaba vestida, por supuesto, las botas estaban en su lugar, la gabardina llena de polvo bajo ese guarda trajes color gris. El vestido me sigue esperando en el tubo del clóset y el chico, no sé si vuelva a verlo alguna vez.

miércoles, 20 de enero de 2010

Mi propia historiografía impresa.

Pero esta noche estrena libertad un preso
desde que no eres mi juez,
tu vudú ya pincha en hueso,
tu saque se enredó en mi red.
[...]
Dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
no mires atrás que ya no estoy.

Pero dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
si miras atrás mañana es hoy.

Dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
puede que quizás luego sea hoy.

Nena dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
no mires atrás que ya me voy.
Que sepas que el final no empieza hoy.

Tiramisú de limón, Joaquín Sabina.


A las 17:30 salí de la oficina, muy nerviosa porque iba a recoger la obra terminada. Tomé Cuauhtémoc, luego me desvié a la derecha para tomar avenida Universidad. Aprendí, que de ida o de vuelta, todas las avenidas llevan a Ciudad Universitaria.

Muchos semáforos me tocaron en verde, algunos pocos en rojo, y éstos últimos me sirvieron para acordarme de cuando fui estudiante -que no hace mucho tiempo de eso- y de mis días en la Facultad y de mis días de Macroproyecto, de investigación de bases de datos, mientras trabajé en Ciudad Universitaria. Me acordé del soltero tóxico, lo recordé con amor, con cariño; y mi cabeza, sin saber lo que hacía, de vez en vez pensaba, "ahh, te quise tanto, te quise tanto, te quiero un poco todavía, y me gustaría que estuvieras aquí para que compartiera esto contigo".

Hans se portó muy bien. Yo no me desubiqué, e hice honores del apodo que me puso San Román, eso de GPS se me da muy bien, quizá porque tengo buena memoria.

Seguí derecho y pretendía dar vuelta en U pasado el Superama que casi entronca con Insurgentes Sur, pero me atreví a gritarle de coche a coche a un taxista, para preguntarle cómo era mejor tomar avenida Copilco. Me dijo que lo siguiera, y lo seguí.

Llegué a mi destino justo cuando dije que llegaría, a las 18:00. Pedí permiso para estacionarme, y entré, todavía muy nerviosa, al local. Histeria como siempre, histeria colectiva, histeria por tener los trabajos listos, por atender a la gente, por ediciones que no quedaron como deberían quedar. Afortunadamente, con mi trabajo no hubo ningún inconveniente, salvo que debía esperarme cerca de 45 minutos, para que la edición digital estuviera lista. No me importó, ya no importaba nada. Yo estaba allí, esperando ver a mi hijo listo, al primero de los hijos que tendré, envuelto en pasta color azul, impreso con letras color dorado, como siempre quise que fuera, porque mi sangre es azul y mi piel es dorada.

De pronto el tiempo se detuvo, y sin darme cuenta comencé a fumar, ya eran las 19:30.

Me emocioné, pero esta vez no me salieron las lágrimas, más bien se me durmió el brazo derecho -como suele ser cuando estoy a punto de tener una crisis de ansiedad- y sentí un hormigueo en el centro del pecho. Los trajeron listos, todos apilados, todos bonitos, con esas letras que me tardé más de tres años en ordenar.

Ahora sé cómo sabe ver tu propia historiografía impresa.

Pagué, estos pesos que me costó mucho conseguir. Que era fácil, pero quizá no para mi. Este dinero que mucha falta me hace, pero que pronto llegará, que la rueda de la fortuna de la vida -y de la economía- estoy segura que en poco tiempo me regresará. Esta edición fue un presente, y aún cuando no estoy obligada a pagarla, la vida no me alcanzará para pagar el apoyo y la atención que mi mejor amigo ha tenido conmigo.

Subieron a los pequeños, guardados en dos cajitas de cartón, al coche, me despedí de los chicos editores, arranqué y me fui de regreso a avenida Universidad. Es oficial, iba de regreso a casa con la primera edición lista. Es oficial, mi Historia está impresa.

La mera verdad que no sabía cómo volver a casa, sin tomar por supuesto, Periférico Norte, que a esa hora siempre va a reventar. Le mandé un mensaje al Rey Sol para pedirle una ruta, pero no me respondió. Seguí mi camino, le llamé a la Diseñadora de Modas, y entonces sí comencé a llorar cuando la escuché.

No hablamos mucho, ella venía en Metro, y la llamada se cortó. Al escucharla se me quebró la voz. Pero le alcancé a decir que en ese momento nada me importaba más, estaba feliz porque lo había logrado, y por fin sentía dentro de mi corazón que todo había valido la pena.

Lo que sigue, un montonal de trámites burocráticos, mucho tiempo más de espera, me harán volver a la realidad. Pero en ese momento, y ahorita todavía, estoy tan feliz que nada más importa.

Seguí pues por Universidad, acordándome de la ruta que tomaba el soltero tóxico para ir a Santa Margarita. Era desviarse hacia Gabriel Mancera y dar vuelta en Matías Romero. Sí, así lo haría. ¿Pero después? ¿Qué haría después, si lo que quería era evitar Periférico? Ah pues seguí por Mancera acordándome si entroncaba con Xola, para tomar Monterrey como todos los días cuando vuelvo de la oficina, y así fue. Una vez más, de coche a coche, le grité al de mi lado derecho, y me dijo que si. Le pregunté, a grito pelado, si Sánchez Azcona estaba "para acá o para allá", me dijo que para "allá", así que me pasé al carril de la extrema derecha.

Di vuelta en Xola, dos más derecho, di vuelta a la izquierda, tomé Sánchez Azcona, y así, sin ningún congestionamiento, seguí derechito hasta Tiber. Canté. Canté otra vez a todo pulmón, con el ipod enchufado a mi oído izquierdo. ¿Habrá habido en el mundo, una mujer más contenta que yo en ese momento? Dudo que así haya sido.

Seguí hacia Marina Nacional, riéndome de los que iban para Río San Joaquín o Circuito Interior -ahora llamado Bicentenario- porque iban prácticamente detenidos. Seguí, seguí, y justo en la desviación para tomar México-Tacuba, leí el letrero de enfrente que decía: Invierno, Tezozomoc para adelante, Tacuba para la derecha. Sin dudarlo para la derecha, ¿quién quisiera ir, sin tener que hacerlo, hacia donde hay más invierno?

Llegué a casa. Vacié el coche, guardé a Hans. Me di un baño. Cené. Estoy bebiendo coca-cola light. Fumo, casi sin parar. No sé siquiera, si me dará sueño pronto.

Hoy, sin dudarlo, es el principio del fin de este ciclo.

2010. He prometido tener fe. Buena estrella está llegando con él.

lunes, 21 de diciembre de 2009

21 de diciembre

Creo que esta es la fecha a la que más le temía en el calendario. Y ahí estuvo, bum, bum, bum, todo el año latiendo y acercándose a mi.

Es oficial, el invierno ha llegado, yo tengo muchísimo frío y me duele el pecho de tan vacío.

No sé más qué hacer para sentirme bien. No sé dónde más esconder este frío que tengo por dentro, que me duele en los huesos, que me duele en los pies. Es oficial, te extraño. Qué más da si eres tóxico, qué más dá si no me quisiste, qué más dá si tu madre no quería lo nuestro. Te extraño, y nadie tiene que enterarse, Mauricio no lo tiene que saber, tu madre no lo debería imaginar, mi padre debería quererme con que te extraño.

Ya no me acuerdo cuántos años cumples hoy. No me acuerdo cuántos años cumple el invierno aquí, dentro de mi, apareciendo cada doce meses pero viviendo hablándome a la cara en el espejo.

Hace un año estaba contigo, en alma si no es que en cuerpo. Allí estuve, dejándome abrazar por las noches, acompañándote con todo y tus brebajes y hierbas e ideas irracionales. Te amaba, ¿sabes que te amaba? Y hoy te extraño. Te extraño en mi casa, sentado en mi coche, acostado en mi sillón viendo películas, sentado a mi lado los sábados por la mañana para el desayuno, parado afuera de la estación Barranca del Muerto esperando a que llegara.

Y diste conmigo. Muchos meses después de no verte más, diste con mi columna, con mi perfil, con mis letras y mis historias. Y te atreviste a presentarte otra vez, a reclamarme que salí con un chico de una camioneta azul cuando sabes que eso es ficción, que es la mezcla de vida y mito que me gusta escribir.

Y quisiera dar contigo, pero no me acuerdo de tu número de teléfono. Es increíble como la memoria bloquea cosas para que uno no cometa actos de pánico. Nunca me hubiera imaginado que mi memoria te borrara de mi vida, o que la vida que ahora tengo te borrara de mi memoria. El tiempo finalmente fue el mejor de los consejeros.

Qué poca madre de 21 de diciembre, entra el invierno, no siento los pies de tanto frío, es lunes y no puedo andar en Hans, y es tu cumpleaños y no te puedo ver. Y no sé si te quiero oler o escuchar, sentir o mirar, hablar o abrazar. Y no sé si podría besarte otra vez, compartir días enteros, compartirte lo que me hace feliz ahora, platicarte los éxitos que tuve este año, estos meses, este tiempo que no he sabido de ti, pero que tú sí supiste cuando leíste este espacio y te autodenominaste "soltero tóxico". Y qué fuerte, qué grave, haberlo hecho sin saber si hablaba de ti, porque solteros hay muchos, y tóxicos aún más.

Y hoy que estoy tan triste, tan deprimida, que nadie responde el móvil, que nadie me quiere mirar, que no quiero que ella se me acerque, que me siento vacía; hoy no me acuerdo de cómo eres, no me acuerdo de tu pelo, de tu estatura, no me acuerdo si eres guapo o más o menos; no me acuerdo de tu aroma, no me acuerdo de tu sonrisa, no me acuerdo de tu voz. ¿Cómo traes ahora la barba, corta? ¿Subiste de peso? ¿Sigues comiendo en el mercado de Tizapán? ¿Sigues yendo al cine al Centro Cultural? ¿Sigues teniendo el coche blanco?

Me hace llorar mucho saber que fui muy feliz, y que ahora ya no me acuerdo de como era. Me pone muy triste no acordarme de ti. Me siento mal de no haber tatuado en mi piel una de esas sonrisas que me dabas al despertar, una de tus firmas en los recados que me dejabas en la almohada, esas puestas de sol en la playa, la forma en la que me abrazabas cuando tomábamos el sol en la terraza.

Te quise tanto, que creo que ahora ya no podré querer más. Te amé, y si tu me amaste a mi, nunca me lo dijiste así, nunca escuché de tu boca decir "te amo". Y no me importaba, no me importaba nada, sólo me importabas tu. Hubiera renunciado a todo lo demás, si tu hubieras respondido como lo habíamos acordado.

Seguramente eres feliz con la chica que ahora tienes, seguramente te quiere y le dices que la amas. Seguramente yo no voy a cambiar, ni volveré a querer igual, y pasará mucho tiempo más para que un chico llegue acá. Todos tenemos lo que merecemos, y comienzo a pensar que merezco esto que ahora tengo. Ya no quiero nada. Quisiera, sólo un momento, acordarme de cómo eras.

sábado, 19 de diciembre de 2009

El movimiento se demuestra andando

Y el amor se demuestra con actos.

Desperté, contenta de haber dormido bien y profundamente. Desperté con mucho frío, confusa por la situación, y comencé a llorar. No he podido parar.

Me entristece la actitud de las personas, la actitud vendida ante el placer, el blof de hacer o tener algo, o de pertenecer a algún grupo. Me ofende que se actúe como si no pasara nada, como si yo fuera la equivocada, como que estoy peleada con la vida cuando saben que no es así, que me he esforzado para estar donde estoy y ser lo que soy, y que he luchado mucho por mi paz espiritual y emocional.

Me entristece, me ofende, me hace llorar. Justo cuando siento que ya no puedo más, justo las bolas comienzan a llegar de donde no me lo espero, y aún cuando he tenido el bate listo para pegarles, ahora pasa que un bate no es suficiente.

Y ayer recibí la llamada de mi lector, que dice que mi Historia es maravillosa, que lo hice muy bien, que crecí muchísimo y que con mucha honra ahora debo llamarme historiadora. Me emocioné tanto que se me hizo un nudo en la garganta. A pesar del pesado tránsito que hubo en la Ciudad, ya no me importó pisar el freno y el clutch por tanto tiempo; sólo pensé en las palabras de mi jurado y en sus recomendaciones, y en sus buenos augurios, y en que por lo menos a una persona la Historia sí merece la pena.

El cine me llamó, y pasé a ver Avatar, no sabía de qué se trataba pero me sobrepasó, me inundó de colores y sensaciones, y me hizo reflexionar una vez más, qué es lo que sucede en una sociedad que está siendo conquistada. Qué es lo que está pasando por la mente de las personas que invaden, que intentan acordar, y que no entienden. Me gustó mucho. Salí del cine muerta de frío, pasada la media noche. Llegué a guardar a Hans que ya está de regreso conmigo, con un carburador que lo hace acelerar como si fuera joven, y entré a la casa a descansar.

Dormí muy bien, luego de tantos días de insomnio que quiere ser y no ser, dormí como bendita. Y en la mañana todo esto. ¿Qué pasa con el mundo? ¿Por qué ahora no puedo dejar de llorar?

Mi padre llamó para recordarme que me quiere, que está conmigo, que a pesar de la distancia siempre estamos juntos. Tiene razón. Me recordó que en los últimos años, lo que más le ha valido la pena son las mañanas que pasa conmigo, los cafés que compartimos, los periódicos que leemos al mismo tiempo, los libros que nos prestamos, las sonrisas que nos arrancamos y las carcajadas que nos hacen llorar. Mi papá es mi amigo. De ese hilo que me conecta con mi papá, ahora pende mi relación familiar. Y qué curioso, porque no recuerdo haber vivido con él, ni cuando era chiquita. Pero aquí está, ahora está conmigo, y tengo que tener claro que no necesito nada más.

El amor se demuestra con actos, con cariños, con buena actitud, con comprensión. Mi papá me ama, y yo lo amo a él.

Y en algún momento de la mañana, tengo que dejar de llorar, eso es un hecho.