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martes, 18 de noviembre de 2014

Calcetines, cepillos y humedad.

Anoche caí en la cuenta de que me volví una coleccionista de calcetines y de cepillos de dientes. Si pudiéramos trazar un mapa de objetos olvidados o perdidos, habría un punto iluminado en cada uno de los lugares donde dejé un cepillo de dientes, un par de calcetines, una botella de loción o un frasco de crema para el cuerpo.

He recogido muchas cosas que guardé en mi corazón, entre mi espina dorsal y mi pecho, pero también perdí muchas cosas y me olvidé de otras.

Un cepillo de dientes en tu maleta, otro cepillo de dientes -que acompañaba al tuyo- en la casa de Reforma, y que finalmente se fue buscándolo para pedirle que volviera y que no se fuera a ir, no los volví a ver, los perdí a ambos; el primero se fue sin avisar, el segundo no avisó que no volvería más. Un cepillo de dientes que ya había llegado a Mártires de Tacubaya abrasó mis encías y me hizo llorar, pero ahí me esperó más de un otoño y nunca se quiso ir. Un cepillo de dientes en Ermita y La Viga me estaba esperando junto con un montón de cervezas, dos libreros, el sillón de los primeros besos y dos botellas de mi Reservado favorito; ahí se quedó, según entiendo ahí sigue, junto al tubo de crema humectante de rosa mosqueta, y junto a la botella de alcohol del 96.

En la contra esquina de Bajío y Monterrey, compramos un cepillo de dientes rosa que hacía juego con uno verde que se fue a vivir a mi mochila; ese cepillo rosa se cambió de casa junto con sillas de ruedas y cápsulas de café, se fue a vivir cruzando el Río Becerra y trató de esperarme metido en una caja de plástico color azul, se perdió y por temor a terminar en otra boca, prefirió irse.

Un cepillo de dientes con tapa verde no me quiso ver más, aun cuando sé dónde está y de vez en cuando lo veo, dejó de ser mi cepillo de dientes de visita, para convertirse en el cepillo que no volví a usar jamás.

De Bajío y Monterrey me traje un par de calcetines que todavía uso para correr, de hecho no sé qué pasará cuando tengan un agujero en los talones o en la punta de los dedos, amo esos calcetines y estoy segura de que todavía te acuerdas de que me los traje en medio de una tormenta dentro de las alpargatas doradas. De Mártires de Tacubaya me traje más que unos calcetines, y dejé más que una botella de loción; vinieron a vivir conmigo una pijama color café y unos pantalones cortos para el calor, ellos quisieron venir pero yo me harté de ellos y se despidieron desde el camión de la basura de San Borja y Bonampak.

Junto al sillón de los primeros besos dejé más que algunos rizos de mi cabello, dejé medio par de botines y media capa de encaje rojizo. Olvidé también media pared de ladrillos rojos y la lluvia de un amanecer.

No sólo tiene significado el objeto ni la apariencia, pues cada uno de los lugares tenían un olor característico. A pesar de lo que pude haber imaginado, a pesar de la botella de alcohol del 96, el estudio de Ermita y La Viga no olía nada mal. Ahí se quedó el olor de la lluvia que cayó sobre la pared de ladrillos rojos, ahí huele a tierra mojada.

Bajío y Monterrey huele a lluvia que cae, huele a musgo fresco sobre un trozo de madera, sobre terciopelo rojo, humedad sobre humedad que todavía siento en las plantas de los pies. De todas tus casas, esa ha sido la más vacía, la más dividida, en la que más he escuchado ruido. Ahí se quedó lo húmedo de tu cabello y lo que sientes cuando mi melena se queda sobre tu piel. Huele a humedad sobre humedad, diferente a Xola, diferente a todas las demás.

Las ocho paredes de Tacubaya tienen vacío, aunque están llenas de cosas que no saben de quién son, cosas sin dueño, sentimientos olvidados, nombres sacrificados. Esas paredes huelen seco, huelen a nada, huelen a algo que nunca va a ser. No me gusta, me pica la nariz, y por eso la ropa dijo adiós desde un camión de esquina. Ahí permanece lo no querido, lo olvidado, lo vacío. Esas paredes son de imposibilidad, de frío.

Los cepillos de dientes, los calcetines, los objetos y los recuerdos a veces se asoman en las maletas y tratan de hacer entradas triunfales en circunstancias desconocidas. A veces quieren que los recuerde, aun cuando la verdad es que muchas veces no caben ni en los respiros de mi ansiedad.

lunes, 20 de octubre de 2014

...con papel de colores en vez de periódico, y brandy y flores en vez de sangre y semillas.

Extraño ir y venir en la línea del tiempo como lo hacía antes.
Extraño mucho de lo que hacía, pero poco a poco he dejado de extrañar la ansiedad que me muerde los dedos de los pies. Ha vuelto, aquí anda como aura rondando mis codos y lamiendo las yemas de mis dedos. Se lleva mis dientes, rechina mi quijada por las noches... ya no la extraño, aquí la tengo.

No puedo recorrer la línea del tiempo porque no existe. No puedo recorrer mi línea del tiempo porque me duele, me duele muchísimo.

No he podido parar de llorar, y según entiendo eso es bueno. No sé todavía qué es lo que voy a hacer, porque casi para todo tengo una estrategia, menos para un desbordante trastorno de ansiedad. Lo único que he decidido es dejar de obligar a mis demonios a estar dormidos, de alguna forma tienen que apaciguarse, pero ahora he decidido que estén despiertos; me gustaría ponerles la jaula más linda, con papel de china de colores en vez de periódico, y con brandy y flores en vez de sangre y semillas. Estos demonios también son míos, aunque me caigan mal y estén medio feos, pero son míos y los acepto. No puedo meterlos a un cajón y pretender que no existen, no puedo meterlos de regreso a su jaula para obligarlos a dormir, eso será siempre una farsa. Pero tendré que hacer las paces con ellos, pedirles que no me lastimen cuando quiera yo caminar por mi línea del tiempo como antes, como si nada.

Los demonios siguen en su jaula pero están sueltos, ya no fui capaz de seguir manteniéndolos amarrados ni encadenados. ¿Ahora qué voy a hacer?

sábado, 8 de febrero de 2014

¿Cuántos óvulos, desde hace tantos años, estarán ahí atorados?

¿Llegará algún día en el que quieran florecer?

Espero que sí, porque estaré aquí tranquila y paciente, esperando...

jueves, 26 de abril de 2012

Esta vez es primavera.

Me quedé dormida pensando en ti, y afortunadamente soñé contigo. Entonces de pronto es como si en el corazón se prendieran unas cuantas velas, como si encendieran el calefón. Como si le dieran algo de esperanza a un condenado a muerte. Y te acordaste de mi, fue maravilloso entrar al local, formarme como cualquier persona, y de pronto ver tu cara de sorpresa cuando me viste allí, ¿pensaste que no iba a volver? Pues volví, y mejor que nunca.

Fue hoy, al mediodía, cuando comencé a sentir el calor de los papeles de hace 75 años, que me acordé que este viaje es idéntico al anterior, lo único que es diferente es mi corazón.

Estoy en la misma ciudad, en el mismo departamento, voy al mismo café, he frecuentado los mismos lugares para comer. Llegué a conversar con la misma gente. También llegué a trabajar con la misma gente, al mismo lugar, con los mismos papeles viejos que me marchitan las manos y me resecan el cabello. De pronto es como si el tiempo no hubiera pasado, como si todo fuera exactamente igual; como si el autobús hubiera viajado de regreso conmigo adentro, con todo y maleta, con todo y soledad.

Y entonces la gente intuye y comienza a esbozar preguntas, intenta articular argumentos y más y más preguntas... y entonces es una  maravilla no tener historia, no tener memoria y hacerse como si no hubiera pasado. Como si lo pasado, en efecto estuviera pasado. Y sonrío, me alboroto el cabello plateado y me cubro con mis raybans. Ni siquiera ha sido necesario decir mentiras o negar algo, simplemente hago uso de mi derecho a reservar mi opinión y a comunicarme. ¡Zip! Me quedo callada.

No hay motivo entonces para recordar la angustia que me invadió cuando supe que venía por mi. ¿Te acuerdas que llegué con él al café, en la penúltima noche que me quedaba acá? ¿Recuerdas su aspecto? ¿Recuerdas mis palabras entrecortadas? Que bueno que no. Yo me acordaba de ti, pero no de tu pelo largo, ni de tu complexión, y tampoco me acordaba de tu nombre. Hasta hoy por el mediodía me acordé que me hizo llorar frente a mi plato de enchiladas mineras, que nada le satisfizo, que la experiencia no le fue suficiente para despertar su capacidad de asombro.

Es incoherente e inaceptable que mi madre se ponga de su parte.

Y si no era el dinero, era que yo externaba las cosas que me hacían feliz, que me causaban placer o que simplemente me gustaba elegir. No puedo creer que llegué al punto tal de olvidarme de mi misma. Me alegra que la vez pasada no me hubieras pedido mi número de teléfono para salir, porque hubiera sido doble la pena.

Al parecer todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Nada más pasaron nueve meses, viví trece días de juzgados, hice cinco mudanzas, perdi los muebles completos para poner una casa, olvidé un par de botas azules, me deshice de un vestido de novia, pasó un día biciesto, falleció mi mejor amiga; fui a la playa a revolcarme en las olas del mar, perdí ocho kilos, dejé de fumar, comencé a dormir de noche, tomé condición física, tuve un accidente, aprendí a vivir con el alma rota, me hice cargo de mi misma, le menté la madre al miedo, tuve el valor de seguir adelante. Tuvo que pasar todo esto, para que pudieras verme entrar  a la tienda con mi portafolios en el hombro y mi pelo alborotado, para que pudiéramos conversar una semana más, y pudiera yo ubicar mi domicilio conocido en el Jardín Unión.

Por eso me alegro muchísimo de haberme quedado dormida pensando en ti.

Todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Lo único que cambió es que esta vez es primavera.

martes, 9 de noviembre de 2010

Viniste a mi vida a hacerme feliz

Eran las diecisiete con quince cuando tomé Periférico Norte a la altura de San Antonio. Sorprendentemente estaba muy fluido, me metí a carriles centrales en la primera oportunidad, y seguí manejando mientras escuchaba a Alizée a través del audífono izquierdo.

No sé qué es lo que tienen estos días, estos fríos, este calor que no se me quita de adentro. Todo me parece tan nostálgico, a veces todo me conmeve tanto... La música fue la gota que derramó el vaso, y haber visto el inicio de la puesta de sol sobre Periférico, terminó por darle el toque final.

Lloré sin darme cuenta, hasta que las lágrimas me empañaron los lentes de sol. Pensé que de todas formas, como sea, era un día muy bonito como para llegar a guardarme a la casa cuando todavía quedaba tiempo para disfrutarse. El congestionamiento de la lateral de Periférico a la altura de Echegaray me pudo volver loca. Luego, al estar llegando a la Facultad supe que debía entrar a llenarme otra vez de lo que me llenó la Universidad.

Le llamé a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel. Le dije que estaba buscándole un lugar a Hans en el estacionamiento, y que iba para su Colegio, a platicar. Se puso muy contento, me dio muchísimo gusto escucharlo y saber que lo iba a ver.

Entonces recordé que en estos momentos, justo hace un año, jamás me hubiera imaginado que mi vida fuera a cambiar como lo hizo. Yo era una chica triste, lo acepto. Sí, siempre he sido optimista ante el amor y ante la familia que he elegido, pero me sentía muy sola; date cuenta pues, que ahora podemos platicar, que de verdad estaba muy sola.

Pero el 9 de noviembre conocí a personas maravillosas. El último regalo que recibí de esas manos largas, fue un empleo que otra vez me mandó a las nubes, que me hizo dejarme llevar, que hizo que dejara de pensar en todo lo que me afligía, y que en el fondo me hizo olvidarme de tanta soledad.

El cenit de mis malas decisiones y de mi ansiedad por buscar una compañía que por lo menos me hiciera reír dos veces por semana, tuvo lugar a finales del 2009. Eso, como puedes ver, ya lo olvidé y ni siquiera me di cuenta. No recuerdo fechas exactas, ni historias encontradas en las calles de esta ciudad. Sólo me acuerdo de mi, de las pésimas fiestas decembrinas, y de que para mí el año nuevo sí trajo una vida nueva.

Personas maravillosas llegaron a mi vida el 9 de noviembre. Llegaron a mi vida amigos maravillosos, una nueva familia que se ha gestado desde esos días. Noches locas en la ciudad, días de cine, de escritos interminables que se logran sobre una mesa de cryztal. Sabios consejos, cafeteras rebosantes que no siempre saben bien, mamuts a las cinco de la tarde para el monchi vespertino, una copa de whisky con soda los jueves por la tarde, estrés inmesurable completamente controlable, noches de grúa porque Hans ya no quería andar.

Historias de noches estrelladas que se cuentan desde el piso de parquet. Frío, mucho frío. Calor que proviene de los calefones de gas. Un sillón azul, que pronto estará en nuestra casa.

Obtuve mi grado profesional. Concursé para una plaza de posgrado, la obtuve justo cuando pensé que no podría más.

Luego, dejé de recordar, y vi de lejos a mi amigo el Presidente. Caminé hacia él y nos dimos un abrazo fuerte y lleno de risas. Comenzamos a caminar. Fuimos por café, a platicar para ponernos al corriente.

La ansiedad de venir manejando con todo este cansancio encima, de pronto comenzó a disiparse. El Presidente me llenó de regalos, muchos que me hicieron sonreír. Y entonces me di cuenta, tanto que deseé, tanto que busqué, tanto que soñé con que nada más haría falta, y todo sucede, todo vuelve a empezar. Me siento muy bien. Es real.

Y tu, ojitos verdes, viniste a mi vida a hacerme feliz.

lunes, 22 de marzo de 2010

Sin ti, mientras me sostengo las muñecas.

No sé qué voy a hacer cuando te mueras. Y no quiero ser fatalista, ni pesimista, pero no sé qué voy a hacer cuando no estés conmigo. Y no digo cerca, o lejos, digo de acá, de este mundo, porque de otra manera, siempre un avión, un tren o un camión nos podrá acercar.

Hace algunos años, llegué a ver a Mauricio para pedirle que por favor me ayudara a sobrellevar que mis padres se hacían viejos. La mera verdad es que no sé qué fue lo que me respondió, pero seguramente me ayudó, porque ya pasó mucho tiempo de eso, y hasta ahorita me está volviendo a brincar esa idea en la cabeza.

El sábado, momentos antes de la crisis, lo único que pensé fue en llamarte. De pronto, en mi lista de contactos para llamar, sólo figura tu teléfono. Sé, en el fondo, que no debo hacerlo, que tu mujer se enoja, que dice que tus hijos "grandes" dan sólo problemas, que te va a dar un infarto cardíaco. Y tu, haciendo tus bromas ácidas que me hacen torcer la boca en forma de sonrisa, respondes que todo indica que tienes coronarias de acero, porque de otra forma, ya te hubiera dado un infarto hace mucho tiempo.

Y te llamé, justo cuando la crisis comenzaba a transitar por mis muñecas. Así es. Mientras, intenté sostener el móvil, sostener mis tobillos, acariciar mi rodilla pelada por la noche anterior, sobar mis piernas que a veces se cansan de tanto tacón. Y me respondiste, y no supe qué hacer.

Porque así me pasa. No sé qué es lo que voy a decir, justo cuando la persona a la que quiero localizar me responde del otro lado de la línea. Te dije que quería que me escucharas, quería sentir que alguien me ponía atención. Y lo hiciste. Lo lograste. Me sentí bien. No detuviste la crisis -eso ni yo lo puedo hacer-, pero me hiciste sentir bien.

Y yo, con mis remordimientos por llamarte en ese estado, terminé de desvestirme, no supe si lloré o no porque todo se confunde con esta conjuntivitis del demonio que traigo en los ojos desde hace unas tres semanas; y me quedé dormida.

Recibí muchas llamadas, más de las que puedo recordar. Me llamaste más de un par de veces, el chico también lo hizo, luego pasaron las horas. Finalmente San Román me despertó casi a las veinte horas. Ya tenía que despertarme. Tenía que salir a hacer unas compras, a seguir haciendo anotaciones, a seguir haciendo cuentas mientras intento sostenerme las muñecas.

Sabía que debía ir a algún otro lugar, cargué todo, la máquina, la otra máquina, mis libros, mi tratamiento completo. Y me fui, a donde sabes que voy cuando me siento mal. Cuando quiero sentirme acompañada, a pesar de mi soledad.

Y no sé qué va a pasar con mis muñecas cuando no puedas responderme más el teléfono, cuando no podamos vernos para que me hagas tener sonrisas torcidas. No sé qué voy a hacer con el revés de mis manos cuando ella vuelva a estar conmigo, cuando tu ya no estés con nosotras, cuando yo me vaya para siempre, cuando ella no quiera volver más.

Dices que debo poner la mente en blanco, dejar de hacer planes, dejar de pensar "qué es lo que sucederá cuando..." porque eso me agobia, me esfuerzo en tener el control de las cosas, aún cuando no sé cuál será el cauce que tome mi barco.

Sé que en algún momento no estarás más acá, ni yo, ni ella, ni el chico que ahora me hace sonreír con ganas. Sé que somos efímeros, que somos eternos, que no nos sabemos más. Pero hoy de pronto me invadió esta sensación, esta que llega cuando creemos que no podemos más, que nos vamos a morir, que todo terminará en un instante. Por eso ya no me voy sin decirte que te quiero. Por eso ya no me despido de ella sin decirle que la amo, que me hace falta. Por eso me agobia no encontrar la manera de decirle al chico que me hace feliz, que lo quiero mucho, que los instantes que paso con él parecieran horas cuando son simples minutos.

Antes de salir de casa, con la cabeza en los pies porque me dolía mucho, regresé, para ponerme los santos en las muñecas. De algo servirán. De algo sirve traerlo de cabeza junto a mi cartera.

Hoy escribo que no sé qué voy a hacer cuando no estés más conmigo. Mañana quizá debería escribir qué es lo que voy a hacer si es que yo decido no estar más acá, ni contigo ni con nadie.

sábado, 13 de marzo de 2010

Ciudad de papel

Subí a la habitación más alta, esa que está junto a la cocina. Estaba esperando que estuviera listo el té de hierbabuena. Comencé a mirar las paredes como si fueran piezas de una galería. La ventana estaba abierta, hace calor y por eso no me di cuenta, (¡hace tanto calor!). Me recargué en el marco de la ventana, intenté sacar la cabeza como acostumbraba hace muchísimos años, luego de la gran depresión.

Sólo saqué las manos y me llené de ella, de mi Ciudad, de la noche que vivo en ella. Sentí bonito, fue casi como alcanzarla con la punta de mis dedos. Me acordé de cómo eran los ruidos de la Ciudad de noche, cómo era dejar de escuchar a los grillos que se cuelan en mi habitación, y el asombro que me causaba cambiarlos por sonidos de ejes viales, de sirenas, de coches a toda velocidad.

Me acordé de cómo era vivir en Santa Margarita, en medio de Ángel Urraza y Eugenia, a una cuadra de Insurgentes. Me acordé de cómo era vivir con él. Me acordé de los cafés del Sanborn's que salía a comprar antes de dormir, de la farmacia San Borja; de salir a caminar hacia la barbacoa de Tlacoquemécatl, que comíamos para el desayuno, intercambiando nuestras prendas de ropa, usando sólo sus jeans, sus chanclas que me quedaban enormes, y una camiseta rinbros. Eso sucedía comúnmente, cuando se acababa la ropa limpia que yo tenía en donde él.

Me acordé de cuando él usaba mis camisetas camioneras, e intentaba ponerse mis calcetines. Volví a ver las alas en mi piel, su piel de leopardo, el libertador que carga en la espalda. Lo vi, y me sentí bien.

Me acordé de la mudanza hacia el Periférico Sur, a Tlalpan rozando Xochimilco. Me acordé de los gatos del departamento. Me acordé, y me puse feliz.

Recordé también que cuando se iba la luz, era suficiente correr el trozo de tela que usábamos como cortina, para iluminar la habitación completa. Era agradable saberse acompañado, con todo ese ruido y esas luces brillantes que venían del Periférico, aún cuando yo sabía que estando él conmigo, en esa situación estaba más sola que nunca.

Por mucho tiempo el departamento no tuvo cortinas, sólo las paredes blancas, un tapete peludo y dos sillones. No hacía falta nada más, aún cuando siempre me quejé de no tener base en la cama, ni mesa para sentarnos a cenar.

Era su casa, no la mía. Meses después esa realidad me abofeteó la cara.

Pero fue linda la Ciudad conmigo, y lo es ahora.

Extraño escuchar pasar los tráilers sobre Eje 6, los que hacían que los vidrios de la casa sonaran. Extraño que la luz del espectacular de frente al departamento no me dejara dormir, con sus luces brillantes prendidas toda la noche.

A veces extraño todo eso que tuvimos, que es también todo esto que tengo ahora, cuando saco la cabeza y las manos por la ventana de la casa.

Creo que no lo extraño a él, quizá extraño lo que la Ciudad nos regaló cuando estuvimos juntos.

Necesito manejar un poco más. A veces hasta extraño el Pedregal y sus alrededores, y comienzo a entender a mi hermana Cristina, cuando decía que extrañaba manejar de CU a Barranca del Muerto. Extraño Ciudad Universitaria de noche, atravesada por Insurgentes que se engalana por el edificio mural encendido y el estadio en forma de sombrero de charro, que parece que tiene lumbre por dentro.

Ciudad de locos, de los que se quieren hacer cuerdos pero no les sale. Ciudad de locos, de los que deberían poblar todo el mundo. Ciudad de dementes, como yo, de los que piensan con el corazón haciendo a un lado la razón. Ciudad de histeria colectiva, que ahora yo le llamo histeria histórica, cuando tuvieron a bien cambiarme el nombre a histérica histórica.

Ciudad de fantasmas, de esqueletos que vienen de noche a tentarme para regresar al mercado de Tizapán de San Ángel a comer tacos de cecina y tomar jugo de toronja recién exprimido; que me tientan para provocar un encuentro que no deberá suceder. Malditos fantasmas de muertos recuerdos.

Ciudad que debería tener más manicomios que cárceles. Por lo menos tendríamos más áreas de recreo, y quizá nos entenderíamos mejor.

Ciudad de especialistas, de investigadores, de científicos que saben todo pero que a veces no quieren a nadie.

Ciudad de realidad, de surrealismo, de ciencia ficción.

Ciudad de ti y de mi, cuando te miro sin que te des cuenta, mientras le das vuelta a esas páginas del libro que no puedes terminar, y te pasas los dedos por el pelo.

Ciudad tuya, que a veces me das permiso de que sea mía, de que seas mío, que quieres que yo sea tuya.

Ciudad que hizo encontrarnos, y que aún cuando me lo pediste "porque quieres que esté bien", me hará no mandarte nunca a la fregada.

Ciudad de besos. Ciudad de enfermedad. Ciudad de celos, con vestidos cortos y medias largas. Ciudad de noche, cuando tengo que llamarle a un taxi porque me siento mal. Ciudad de pantalones que no se planean, que no se deslizan, que no se encuentran más; que se usan con botas de agujetas.

Ciudad de papel. Mi Ciudad, que me permite escribir en ella.

lunes, 8 de marzo de 2010

El día de la mujer mundial.

Que me doy mi lugar porque yo soy mujer,
que todo lo que me pasa no me lo puedo creer.
Tanto tu y la mentira y los cholos me ven,
si lo quiero o no quiero, es mi gusto querer.

De tu carne a mi carne, dame taco de res,
los prefiero y los quiero, al que me dé de comer.

Ya probé al que es ajeno, a ese pa' que lo quiero
que la voluntad del cielo me mande al primero
que me quiera como soy, a ese sí que lo quiero.
Dignificada (La balada de Digna Ochoa), Lila Downs.

Hoy es el Día Internacional de la Mujer. No sé si haya o no qué celebrar. No sé siquiera si tenga mucho sentido tener un día al año, que se dedique a la mujer. ¿Como para qué, si no se le respeta los 364 días restantes? No lo sé. Cosas que suceden, cosas que hacen las naciones, los Estados, los gobiernos, las ONG's. No lo sé.

Hace unas semanas, esperé a San Román en un Liverpool mientras él fue a hacer unas cosas. Como estábamos en Cuernavaca, y eso de cambiar de altura de la Ciudad hace estragos en mi organismo, me dispuse a tomar un café en el bistrot cuando vi al lado la librería. Preferí pajarear hojeando libros y revistas, y me encontré uno que se llamaba algo así como "la vida después de ese imbécil", o "cuando le dije adiós a ese imbécil", algo por el estilo, refiriéndose al maltrato físico y psicológico que viven muchas mujeres al lado de una pareja.

Lo tomé del estante, luego de hojear varios sobre superación personal, cómo conseguir marido, cómo ser una exitosa empresaria y otro sobre cómo hacerse millonario de la noche a la mañana. Debo admitir que lo tomé por un poco de morbo gracias al título que se carga, y comencé a hojearlo y a darme cuenta de que se trata de un libro nutrido de las experiencias de rehabilitación emocional -y físico- de algunas mujeres, luego de separarse de su violentas parejas.

Me quedé de a seis. No porque no sepa cómo es vivir con violencia, o porque no sepa que eso existe, que es real que las mujeres viven así; y digo las mujeres, las familias, los niños, y en general las personas en diversas situaciones sociales o con distintas ideologías. El libro tiene relatos explícitos sobre las vivencias de estas mujeres, uno en especial me hizo un nudo en la garganta. El marido alcohólico abusaba de ella constantemente, hasta que ella comenzó a bloquear todo lo que viniera de parte suya; un día volvió completamente alcoholizado, comenzó a agredirla como era costumbre y ella lo ignoró, lo que causó que él perdiera los cabales -si es que todavía le quedaban algunos-, la arrastrara hasta la habitación, le rasgara la ropa y comenzara a golpearla hasta dejarla inconsciente.

Ella despertó algunas horas después, cuando sus hijos llamaron a una ambulancia y se la llevaron, con las costillas rotas, el maxilar roto, y severos daños debido a que el tipo abusó de ella con una violencia superior a las veces anteriores.

Me quedé con el ojo cuadrado. Me dio mucha tristeza. Todas somos vulnerables a vivir una experiencia así, con un delincuente, con cualquier hombre conocido o desconocido, pero el hecho de que la propia pareja sea el maltratador, me parte el corazón. ¿Qué tienen las mujeres que viven con ellos y no los pueden dejar? ¿Por qué se crea un lazo de codependencia absoluta, que te impide comenzar una nueva vida por tu cuenta?

Por eso hoy, que se supone que es un día que se celebra a la mujer como tal, yo quisiera expresar mi indignación por esta situación, por la pésima vida que tiene una mujer en el trabajo cuando se le paga menos que a un varón, cuando se le acosa porque tiene mayor preparación que el jefe o el superior inmediato, cuando se le critica por tener una ideología de vanguardia, cuando se le critica por vestir la ropa que viste, usar el coche que usa, pensar como piensa, elegir a la pareja que ella deseó.

Expreso también mi indignación, por las mujeres que han sido asesinadas en el trabajo de la defensa de los Derechos Humanos, en el ejercicio del periodismo; que han perdido la vida por una causa política, por la defensa de algún testigo o intermediario entre la mafia y el gobierno, por las mujeres que han sido silenciadas a fuerza, por conveniencia de alguna facción política o ideológica.

Expreso mi tristeza e indignación, por las chicas que han muerto en manos de sus parejas sentimentales, de sus padres o de sus hermanos. Por las mujeres que han sido mutiladas por creencias religiosas o que han sido vendidas o intercambiadas para beneficio de las familias o de una comunidad.

Les externo mis condolencias y mi solidaridad, a las familias y amistades de las mujeres que han muerto de forma violenta, que han sido raptadas, amenazadas de muerte o agredidas.

De muy chica, viví de cerca la experiencia del homicidio de la mamá una de mis compañeras de la secundaria, el esposo la amenazó de muerte porque ella ya no quería estar con él, ella hizo caso omiso de esa amenaza, hasta que un par de semanas después el señor fue y la mató. Él fue juzgado, procesado, y hasta donde me quedé seguía en la cárcel. A mi compañera no la vi más, alguna vez me la encontré en el centro comercial o algo por el estilo. Ella había perdonado a su padre, y quería comenzar una nueva vida cuando él saliera de la cárcel. Con todo, yo no lo veía mal. Como fuere, era su padre, y de ella dependía ese rencor o ese perdón. A ella también, donde quiera que esté, le envío mis más profundas condolencias y toda mi solidaridad.

Deseo que este día sea el motor para recordar todos los días del año, lo maravillosa que es la vida de una mujer, lo maravilloso que es ser mujer; lo lindo, mágico y fabuloso que es ser mujer por el simple hecho de haber nacido.

Alcen la voz, mujeres. No se queden calladas. Cualquier burla, mala palabra, mal apodo o crítica para tu persona o tu forma de pensar, no la debes dejar pasar por alto. El amor no es sufrir. El amor no es dolor. El amor es vivir, es sentir, es empujar para el mismo lado con la persona que amas y que te ama. Es formar un hogar, formar un equipo para competir por las mismas cosas.

Amar es tenerte a ti misma, sobre todas las cosas. Amar es que te quieran tal como eres, gordita, alta, chaparrita, flaca, histérica, querendona, cursi, apapachadora, trabajadora, idealista, creadora de sueños, intérprete de pasiones, conquistadora de tu propia vida.

No te abandones. Di no al machismo. Di no al chico que no te quiera tal y como eres. Di sí a tus propios proyectos, y siempre apuéstale a lo que dicte tu corazón.

Mis mejores deseos, a ti, compañera mía, guerrera de la vida.


Las ballerinas de JULIO

Hoy fue un día difícil, raro, peculiar, diferente a los demás. Con mis padres en el mismo coche, al mismo tiempo. Con una hermana mayor, que ya no sé si sí o si no. Con juicios absurdos -y extremos- que no tengo por qué escuchar.

Me sentí mal todo el día. De hecho, desde la cena de anoche me sentí muy mal. Tengo el estómago revuelto, tengo náuseas, me hormiguean las manos y estoy hinchada, los anillos no me entran más en los dedos de las manos. Todo me aprieta. Todo me sienta mal. Tengo esta sensación de que en cualquier momento me voy a vomitar. Donde me siento me quedo dormida, no sé qué me pasa. Hoy me he sentido muy mal.

Me encontré para tomar un café con la Diseñadora de Modas. Traía un bolso enorme, lleno de cosas, y unas sandalias de plataformas de tiras color negro, increíbles. Celebré, por supuesto, su buen gusto y le platiqué que me sentía muy mal físicamente, y que probablemente no fuera sólo eso, sino que me sintiera mal por dentro.

Intenté platicarle como había sido la mañana, cómo había sido el mal humor de mi padre por el móvil, la histeria colectiva que tanto me hace mal. Intenté explicarle que me sentía mal, fuera de lugar en ciertos aspectos, desesperada en otros, y triste sobre todo lo anterior. ¿Qué te digo?, comencé, que de entrada me desgastan los problemas de otros. Sí. Eso es. Me desgastan los problemas que no son míos, y que se empeñan en hacerlos ver así.

De pronto, mientras mirábamos la carta de los postres, escogíamos un café, hablábamos de mis malestares, de sus plataformas nuevas, y pedíamos un par de vasos con agua a la mesera, sacó de su enorme bolso un regalo para mi: un par de ballerinas color café. Las escogió justo de mi estilo, de mi talla, y me dijo que era un regalo pensado en que quizá deba dejar de usar tacones un tiempo, pensando siempre en que el estilo justifica todos los medios. Tiene razón, no tenía ningún par de zapatos sin tacón, y estos me cayeron de perlas.

Con mi cara de niña frente a un arbolito de navidad, las tomé, les saqué el empaque y comencé a llorar. Encima, además de sentirme mal, hoy fui la mujer más sensible del mundo. Mi amiga me abrazó, me dijo que me quería hacer sentir bien, y que por eso me regalaba justo lo que sabía que me iba a hacer feliz. Y lo logró.

Su regalo tiene muchos más significados en este momento, en este contexto, y en estas historias que recién comienzan que no se quiere que tengan punto final. El regalo es para mi, y también para el que está conmigo, que toma mi mano.

Luego, el resto llegó para cenar, otros para tomar café, pero todos para ponernos al corriente de la semana. Me sentí bien. Compartimos taxi de regreso a casa. Logré olvidarme un poco del malestar. Intento conciliar el sueño, espero poder dormir bien, y tener uno de esos sueños al aire libre para después verme en una habitación de paredes blancas.

Logré sentirme mejor, aún cuando ahorita todavía me duelen la cintura y el cuello. Supongo que todo pasará, como siempre digo, todo también pasará. Ellos pasarán, el chico pasará, y yo también pasaré. Si sigo pensando me voy a volver loca, así que ya me voy a dormir. Nada más por hoy, antes de que se me acaben las palabras. Ya mañana sabré qué es lo que sigue, y qué frases debo terminar de escribir.

domingo, 7 de marzo de 2010

57 kilos

De regreso a la Facultad de Filosofía y Letras, a empujones en el Metrobús, al calor insoportable. De regreso con el sol en la cara, tomando un taxi que me llevó increíblemente rápido a la puerta de la Biblioteca Central, con otro de regreso que me llevó toreando semáforos en rojo, a la puerta de la oficina.

De regreso a perderme por las escaleras y por los pasillos que ya no me acordaba como eran. Con ese olor característico a libros, a gente caminando por todos lados, a perfumes e inciensos, a aromas lejanos, ajenos, de la Ciudad, de tierra adentro. De regreso a leer en el pizarrón del salón 304, que me esperaban en la sala de maestros o en el cubículo de frente. A seguir corriendo. A seguirle con esta guerra en contra del tiempo.

De regreso a no querer encontrármelo de frente. A este miedo que creí que ya se había ido, pero que regresa cuando es real la posibilidad de volver a ver al soltero tóxico cuando no quiero hacerlo. De pronto, entre mis prisas y toda esta corretiza, me acuerdo que estoy vestida con un traje que él no conoce. Que hace mucho que no me mira. Que por más que pueda acordarse de mi, o yo de él, quizá no podamos reconocernos más. Este, mi traje de 57 kilos, incluye también una sonrisa diferente y un desenfado de estreno, que se mira luego luego al andar.

Todo salió bien. Logré reunirme en el siguiente salón, luego de que no se pudo en el cubículo de siempre. Platicamos. Nos reímos. Nos pusimos al corriente en la documentación y en la vida de la Academia que poco a poco me coquetea para regresar a ella.

A correr, otra vez. Recordando que no siempre reciben de mis decisiones lo que esperan. Recordando la tristeza o el desencanto que me llevo al ver la cara de las personas que no me comprenden. La histeria de mi padre, las incongruencias en las opiniones de mi madre, las presiones de ambos. Que consiga otro empleo, que sea otra persona, la que ellos quieren que sea. Que viva la vida que ellos hubieran querido. Que no vaya o no haga lo que ellos no hubieran hecho.

Que si el pelo está bien largo, que si debería ser mejor completamente negro. Que si se maneja de un modo, que si se bebe de otro. Que si duermo mucho, que si tengo ojeras por no dormir nada. Que si me estoy desperdiciando, que si mi carrera no ha servido para otra cosa. Que por qué sigo soltera, que por qué no logro salir con el chico que ellos quieren, que por qué no salgo digamos que con cualquiera, que por qué no regreso con el ex novio de la preparatoria. Que por qué intenté formar un hogar hace unos veinte meses, que por qué no pudo fructificar.

Que porque no entienden cómo es cuando me enamoro, que porque no saben cómo es cuando tomo una decisión.

Y es bien simple, o para mi parece que lo es. Las respuestas están visibles en mi persona, en la manera en la que hago las cosas. Basta un poco de atención. Mi vida no es una extensión de la suya, mis decisiones no son suyas, mi carrera no es la que ellos hicieron, mi familia no es la que ellos me dieron, y me parece que deberían preocuparse en vivir sus vidas, en lugar de las vidas de los demás.

Así soy, les guste o no. Con todo y mis 57 kilos, y lo que eso conlleva, voy a seguir adelante con mis decisiones, con mis planes, con mis proyectos.

No me gusta tener estas reacciones, a veces me desconozco, me siento mal por decir algo que pienso que no debo decir. Pero las cosas son como son, y lo que parece es, como decía mi maestra de Historia del Arte. No se puede tapar el sol con un dedo, eso hasta yo lo sé.

Brillante, casi amarillo.

Luego, en la habitación, todo parecía ser tan brillante como siempre. Tu, yo, nuestros pies desnudos sobre el piso de madera. Tu respiración que marca los latidos de mi corazón. Mi corazón, que recoge a tu cabeza, y te lleva poco a poco a que te quedes dormido.

Todo es como siempre, como debería ser, brillante, casi amarillo. Tu piel se ve del color de mi piel, bajo el agua la mía siempre es más obscura. Tus dedos se entrelazan con los míos; cuando están mojados prefieren hacer sonrisas de otra manera.

El tiempo, esta maravilla que a veces me vuelve loca, por fin se detiene. Y se detuvo, puedo asegurar que así fue. Se detuvo, una vez más, sobre ti y sobre mi, sobre esta mancuerna perfecta que se crea bajo el cielo estrellado, bajo el cielo que se pierde cuando comienza el mar.

Intento dormir, y lo voy a lograr. La luz de pronto me va a despertar, y (por favor) espero que todo siga siendo tan brillante como siempre. Que si no viene de pronto el color amarillo a mi mente, a que tiemblen mis piernas, espero que sea color azul, de este magnífico azul que a veces me contagian tus labios y tu sonrisa.

domingo, 21 de febrero de 2010

Abre los brazos al mundo.

Domingo de dormir hasta las once de la mañana. Domingo de almuerzo con la Diseñadora de Modas, de frapuccinos con San Román. Domingo de hacer las compras, de hacer cuentas, de tirarme del pelo porque no me alcanza el dinero.

Domingo de reinventar planes, de inventar proyectos, de deshacer recuerdos. Domingos de darme cuenta que estoy bien acompañada. Domingo que me enseña a dejar de sacarle la lengua a los domingos.

Día de intentar dormir sin tener éxito. De cumplir promesas, de seguir costumbres, de alimentar a mi corazón a través de mi otra familia, de mis amistades, de buena comida, de reírme manejando el coche que ahora ya quiso andar.

Estoy contenta de que el domingo me haya recordado a la cara que una vez soñé con comerme el mundo a mordidas. Que cuando decidí la línea que quería vivir, para luego poder sobrevivir, tuve un sueño, o muchos, que pensaba en inundar las almas con optimismo, con amor, con buenas costumbres. Pensaba que sí era posible cambiar el curso de la Historia, dejar de permitir que los ciclos se repitieran, que los mismos errores se cometieran, que un acuerdo entre algunas partes era suficiente para darle felicidad a una población.

Soñaba con comerme el mundo a mordidas. Eso, con el tiempo y junto con otras experiencias, se me fue quitando. Me olvidé por un tiempo de Clío, me olvidé de hacerme reír, me olvidé de procurarme un corazón, de procurar al que latía bombeándome de sangre todo el cuerpo; me olvidé de comer bien, me olvidé de dejar de beber, me olvidé de las cosas buenas que me merecía.

Un día me olvidé que era posible que alguien pudiera llegar a quererme, pudiera llegar a amarme tal como soy, me olvidé de quererme a mi misma. Pero las cosas pasan, el tiempo se termina, los plazos se cumplen, la evolución sigue, los caminos se vuelven a abrir. Y entonces comencé a urgar entre mis recuerdos, comencé a lamerme la memoria, y comencé a recordar todo aquello que había bloqueado.

Sólo así me olvidé las pastillas en el buró, me olvidé de las malas compañías, me olvidé de los corazones rotos, me olvidé de los solteros tóxicos, me olvidé de las malas decisiones, me olvidé de engancharme como imbécil a lo primero que me pasara por enfrente, fuera lo que fuera. Me olvidé de comer mal, me olvidé de lo que opinan y hablan los demás.

Comencé a formarme una familia, comencé a tomar buenas decisiones, y hoy, que es como sucedió con el Homo Sapiens Sapiens -el que sabe que sabe-, me hice un pensadero y estoy intentando sacar con mis letras todas esas frases que son y que siempre han sido sordas, esas experiencias que no sirven más, esas personas que nunca fueron, y esas decisiones que alguna vez me resintió tener que tomar.

Hoy me dispuse a volver a creer que me puedo comer el mundo a mordidas. Hoy le tomé sentido a la frase que Cristina me dijo por teléfono, esa de que abra los brazos al mundo, de que está ahí, esperando a que lo tome; esperando como esperé yo misma, para poder conquistarme.

Love, i can believe in. Change, i can believe in. Yo creo y con eso basta. Y es oficial, vuelvo a tener confianza, y lo voy a volver a decir a menudo: quiero comerme el mundo a mordidas.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Un buen samaritano.

Hay una persona, que no sé quien es, que ha estado hablando de mi o de mi trabajo en algunas oficinas de la administración pública federal. Repito, no sé quien es, y no he indagado mucho por averiguarlo, no estoy segura de quién, que trabaje para el Estado, pueda estarme haciendo promoción a mi, o a la historia que escribí.

No es desagradable, no me molestaría tener por ahí una oportunidad, me quitaría algunos problemas y me daría estabilidad. Pero por lo pronto todavía no sé quién sigue hablando de mi. Supongo que eso es bueno, porque es bien sabido que cuando dejan de hablar de uno, comienzan a perderse los recuerdos en las memorias.

Y todo es un poco extraño, no sólo porque hay por ahí un buen samaritano anónimo que me está haciendo promoción, sino porque asistir a esas oficinas o llamar a esos conmutadores, es diferente. No es como llamar a un partido político, a algunas oficinas académicas, no; acá hay que torearse -y no lo digo en mal sentido- a los conmutadores electrónicos, a las musiquitas horribles que hay de llamada en espera, a las recepcionistas que algunas veces no saben bien para quien trabajan o en qué departamento se encuentran, a los secretarios particulares que la mayor parte de las veces se empeñan por ser amables, pero que dejan un hilo en su voz que me hace darme cuenta que atienden las llamadas por compromiso y por mera y fastidiosa obligación.

Y seguimos esperando respuestas, llamadas de vuelta, entrevistas terceras o cuartas, lecturas de proyectos, propuestas que van y vienen, aprobaciones de propuestas económicas -porque pudiera hacer de todo, pero no vuelvo a trabajar gratis-, aprobaciones de propuestas de cambio de residencia y otras cosas más.

Hoy en la mañana, que la lluvia se ha apoderado de mi Ciudad otra vez, casi me voy para atrás al mirar al servicio de bacheo del departamento de mantenimiento del municipio, haciendo sus labores precisamente bajo la lluvia. Así es el gobierno, así son los burócratas. Sin ser una experta en ingeniería civil, hidráulica o topográfica, es obvio que un bacheo bajo la lluvia no va a tener la misma resistencia que uno que se hace sobre el pavimento seco.

Así es el Estado, así son también las oficinas de la administración pública. Algunas veces hacen las cosas como no deben hacerse, al revés, siguiendo diferentes métodos, pero lo hacen, aún cuando ese bache no durará mucho en buen estado, aún cuando las recomendaciones no fructifiquen más o no se consiga una plaza o un contrato indefinido de labores.

Finalmente el Estado trabaja, y creo que en estos momentos, cuando manejo atravesando la Ciudad sobre los ejes viales, sobre los anillos de circulación, que escucho las canciones que escuchaba tomada de la mano de mi hermana, y casi las lágrimas me salen de los ojos por esta situación; me parece que no está tan mal tener otra velita encendida, una que ha prendido una buena alma que ni siquiera sé quién es, aún cuando se tenga que corretear a personas inalcanzables, que alguna vez fueron mortales como yo.

¡Ay Cristina! No sé si me sigas en esta columna, no sé si me leas a menudo, pero no sabes cuánto, ¡cuánto carajamente! Te extraño. Me haces mucha falta.

miércoles, 10 de febrero de 2010

En busca de respuestas.

Me resisto a creer que la Historia es un gran espiral que hace que todo se repita; que sea una línea ondulada que siempre lleve al mismo punto: arriba o abajo; que sean ciclos que no se terminan, haciéndolos infinitos. Me resisto a creerlo, y confieso, que me da terror darme cuenta que en la historia de mi familia, en mi herencia emocional, haya una especie de condena en la que se nos repiten las historias de las generaciones pasadas.

No es fácil de concebir. Algo similar sucedería en historiografía, cuando se habla de ciclos que se repiten sin fin, de procesos históricos que continúan por determinado tiempo, movimientos sociales que se repiten luego de transcurrido un lapso, o de historia política que no tiene remedio.

Yo, en busca de respuestas, y le llamé. Y así soy, ni modo, no me puedo resistir a un encuentro que yo misma puedo provocar. No me pude resistir al letargo y la tristeza que me traen todos los días domingos. Y nos vimos, allí está siempre disponible, pocas veces me ha dicho que no. Fue agradable volver a verlo, que pasara por mi a mi casa, que fueramos a tomar café y a cenar mientras él pagara la cuenta; hace muchos años, todo era al revés, y mi cartera se vaciaba la mayor parte de las veces.

Pero esta vez, me sorprendió verlo tan cambiado y con tantos proyectos a futuro. Yo le sorprendí como ultimamente sorprendo a las personas, por el cambio físico que he tenido y por los pensamientos tan rectos que a partir de unos años para acá, he adoptado.

No sabemos con exactitud hacía cuánto que no nos veíamos, intentamos hacer cuentas pero no nos salieron. El chico se enamoró, luego se enamoraron de él, a punto estuvo de formar una familia pero no lo intentó más, a punto estuvo de ser padre pero no lo logró, a punto está de tener una profesión, a pesar de que me lleva seis años y de que hace diez no pintaba más que para vivir otra terrible depresión.

Y se lo dije, que la última vez que lo había visto tenía una listita de personas en la que se incluía mi nombre, a quienes nos tendrían que avisar cuando él muriera. Porque se quería morir, y estaba seguro de que no viviría mucho tiempo.

Ahora, ha cambiado de oficios y giros muchas veces, y parece que se ha hallado. Tiene una maravillosa relación con su familia, todo lo contrario a lo que tenía cuando lo conocí y cuando estuvimos en mayor contacto. Ahora se sabe que sí puede ser padre, contrario a lo que se suponía cuando fue mi pareja. Ahora, su vida está en completo orden, y tal y como pasa con mis ex parejas, parece que todo fluye fabulosamente y sin complicaciones.

Tu, me decía, en cambio cada vez eres más diferente, distante, distinta, distorsionada. Hacía mucho que no usaban esa palabra para referirse a mi. Prefiero que me llamen constancia, vanguardia, avanzada, pero no ruptura ni distorsión. Se maravilló de mis ojos hundidos y de mi cabello alborotado, de mi delgadez, de lo largo de los dedos de mis manos. Casi no pudo creer que yo no me hubiera casado, que no lo hubiera intentado, o que no me hubiera enamorado.

Lo intenté, le explicaba, me enamoré hasta que me dolió, intenté formar una familia, pero me pagaron con diferente moneda. Y ahora, como se dice -"la burra no era arisca, los palos así la hicieron"-, no tengo muchas ganas de intentarlo otra vez, y es muy respetable, y espero que alguien me lo pueda entender.

Cogí el teléfono en busca de respuestas y lo logré. Me volví a encontrar con el chico que me ofrecía una nueva vida en las faldas del volcán Tacaná. Y me siento un poco como el Rey Midas pero al revés, que todo lo que toco se rompe.

Me resisto a creer que esta soledad que se ha heredado a lo largo de varias generaciones, ahora me toque a mi. Me resisto a aceptar que llegan los éxitos profesionales, pero no los emocionales. Casi no puedo comprender como ex parejas siguen como si nada, como si nada costara trabajo, como si nada doliera, como si no significara nada una inversión o un compromiso. Todos la hacen, todos la intentan, pero a mi me cuesta mucho trabajo que se realice.

Estoy contenta, lo sabes, un logro más, otra conquista más. ¿Pero después? Una cosa a la vez, me diría el Rey Sol -casi puedo escucharlo-. La vida sigue, las horas pasan, los días se vuelven semanas. ¿Y después? ¿Qué voy a hacer si llega mi freaky age y no logré mi objetivo? ¿Qué voy a hacer si no cumplo con lo que me hace feliz? ¿Cuándo el destino me mostrará lo que me tiene guardado, sin seguirme haciendo pasar por todo esto? ¿Cuándo me dejará de doler el cuerpo?

Una cosa es un hecho: estoy feliz porque con todo y el esfuerzo que conlleva, logré obtener uno de los requisitos más importantes de mi carrera profesional. En el fondo quisiera que alguien estuviera aquí, llegara, y ya no se fuera nunca. ¿Por qué todo mundo se va? ¿Por qué tienen hechas las maletas y vuelven a elevar anclas? ¿Por qué por fin no se deciden y se quedan acá? ¿Por qué, aún cuando se lo pedí, el latinoamericanista no se decidió a llevarme de equipaje?

martes, 9 de febrero de 2010

Okey es oficial, soy licenciada.

Empecé a investigar un extenuante tema dentro del mar que significa la historia de la Radiodifusión Mexicana en enero del 2006. Terminé la carrera de licenciatura en Historia en junio de 2006. Mi proyecto de titulación, tesis y examen profesional, quedó registrado en octubre de 2006. Y sólo entonces, oficialmente se pudo decir que yo trabajaba como asistente de investigación, pasante tesista, en un proyecto muy importante de la Universidad Nacional. Pasó el tiempo y mi investigación avanzó conforme el proyecto lo hizo. En enero del 2008 me invitaron a participar en otra investigación sobre la Radio en México. En junio del 2008 el proyecto de la Universidad terminó, y con él terminaron también muchas otras cosas. Oficialmente mi chico me partió el corazón, y tuve una fuerte recaída de depresión con un poco de trastorno de ansiedad. Pero siempre hay un "pero", y entonces la última partida de corazón -y de madre- oficial, que me dio mi ex pareja, fue en febrero de 2009. Siguió la depresión. Me alejé del camino, Clío se hartó de mí y yo me harté de ella. Y sinceramente no estoy segura de que haya querido regresar. Estuve aproximadamente ocho meses en el purgatorio, hasta que dar noticias me echó un cable a tierra. Luego la inspiración siguió fluyendo, y haber escrito por encargo me dio mucha experiencia para trabajos futuros y para mi propio trabajo. El 17 de julio de 2009 el premio Edmundo O'Gorman aprobó mi trabajo de tesis, completito y sin errores. Luego de casi seis tortuosos meses de trámites burocráticos, hoy hice mi examen profesional, oficialmente me gradué y oficialmente soy licenciada.

La metamorfosis duró más de tres años -cuatro si contamos de enero 2006 a enero 2010-, y puedo asegurar que valió la pena. Soy catorce kilos más flaca, duermo cuatro horas más cada noche, compré dos coches en el espacio de un año, uno se perdió para siempre y el segundo duerme todas las noches encadenado al poste de la esquina de esta, que quizá ya no sea más mi casa. Los chicos siguen yéndose y siguen volviendo. Algunos decidieron no irse jamás. Otros decidieron, afortunadamente, no volver nunca. Cristina sigue lejos de mi. María no quiere saber más de estos triunfos y de mis propias conquistas. Mis padres, mis padres...

Los empleos no dejaron de llegar, las buenas oportunidades tampoco. Luego del período de película de terror que viví en los inicios del 2009, la vida se puso a mano conmigo. Soy feliz. Hay cosas que no cambiarán, y otras que no quiero que sigan cambiando. Me falta mucho por aprender, me dan un poco de ansiedad los estudios de posgrado, pero para reír no me hace falta mirar atrás.

Ya nada me podrá detener.

domingo, 7 de febrero de 2010

Puras pesadillas.

Dormí poco y mal. De hecho, seriamente me he dado cuenta de que estoy abusando de las pastillas para el dolor, de las aciditas de colores, de las que son para la nariz, para la alergia, para dormir, para la garganta, para despertar, para mantenerme de buenas, de las de menta y de las que todavía no se me ocurre que me puedo tomar.

Hay distintos tipos de analgésicos, unos comunes, otros muy específicos. Con ninguno, y también con cada uno de ellos, tengo una relación estrecha, y cierta disposición a traerlos en el bolso o a guardarlos en el cajón del otro buró que casi no uso. A veces me da miedo. Se supone que ya confían en mi, que ya puedo guardar todo tipo de substancias en mis pertenencias, que ya puedo cargar con ellas, que ya no es necesario que algún pariente o persona de confianza sepa que las compro o que estoy en manejo con ellas.

Algunas veces, me doy miedo a mi misma.

Desperté, exaltada por no poder respirar, con un gato que pesa cerca de siete kilos encima de mi, y con el pelo echado todo en la cara. Soñé horrible. Soñé que la cita que tengo el martes no llegaba, que yo estaba confundida, que no sabía donde había pasado la noche y que todo en mi memoria era mi Universidad con cuartos de baño y lujosas zonas de comida, y que en un cóctel de pastillas me había perdido hasta el mediodía, justo cuando mi jefa me dejaba un mensaje en el móvil que decía "te esperamos a las diez, y tu nunca llegaste".

Ni lloré, ni me desmayé, y ni pensé en vomitarme. Comencé a quejarme como si me estuvieran dando un golpe en el pecho, y a lo lejos escuché un ronroneo, luego abrí el ojo y vi la luz del mediodía metida en mi habitación. Intenté liberarme de las pesadas cobijas, luché en contra de los brazos de Morfeo, y me senté de un brinco en la cama. Le saqué la lengua al puto domingo que empezaba para mi.

Todavía un coqueto gato ronroneaba en mi panza, mi nariz estaba completamente tapada, por eso no podía respirar, por eso sentía esa pesadez en el pecho de que me faltaba el aire. Sólo fue un mal sueño. Sólo fue la pesadilla de terror más terrible que he tenido en los últimos meses, y que justo mi subconsciente pudo elucubrar para mostrarme de frente el mayor de mis temores: no estar presente en la reunión por la que tanto he esperado.

Dieron las trece horas y yo seguía en la cama. Ahorita sigo cansada. He tenido dolor de cabeza todo el día. Tengo muchas cosas para quejarme, pero no lo voy a hacer. Tengo muchos dolores que mitigar, y tendría muchas razones para tomar todas las pastillas del mundo, pero no lo voy a hacer. Todavía me duele el cuello y el brazo izquierdo, no aguanto la espalda, y la cabeza siento que me va a estallar.

Debe ser ansiedad. Debe ser cansancio. Me voy a dar un baño, y no voy a tomar nada más.

Nada más, aún cuando ese frasquito me está haciendo ojitos desde el tocador. Aún cuando ahora recuerdo que tengo unas deliciosas pastillitas en forma de diamante que la Diseñadora de Modas me regaló, y que de hecho no estoy segura de que sepa qué fue lo que en realidad me dio.

Dos veces en mi vida he sido infiel, pero hoy no me voy a ser infiel a mi misma, ni por unas aspirinas para el desamor lo haría. Lo prometo.

jueves, 4 de febrero de 2010

De besos y ansiedades

E insisto: ¿por qué los besos siguen vetados? ¿Por qué no nos podemos besar cada que se nos antoje?

Hace mucho que no escribía sobre esto, pero ahorita al releerme, me doy cuenta de que esta situación con los labios, mis labios y los tuyos, o los suyos y los míos, ha seguido igual.

Los besos no deberían estar vetados.

Si besáramos más, estaríamos más tiempo de buenas, sonreiríamos más, y el corazón haría chispas en mis caderas.

Wow. Qué maravilla. Verdaderamente que esa situación en mis caderas, me haría completamente feliz.

miércoles, 20 de enero de 2010

Mi propia historiografía impresa.

Pero esta noche estrena libertad un preso
desde que no eres mi juez,
tu vudú ya pincha en hueso,
tu saque se enredó en mi red.
[...]
Dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
no mires atrás que ya no estoy.

Pero dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
si miras atrás mañana es hoy.

Dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
puede que quizás luego sea hoy.

Nena dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
no mires atrás que ya me voy.
Que sepas que el final no empieza hoy.

Tiramisú de limón, Joaquín Sabina.


A las 17:30 salí de la oficina, muy nerviosa porque iba a recoger la obra terminada. Tomé Cuauhtémoc, luego me desvié a la derecha para tomar avenida Universidad. Aprendí, que de ida o de vuelta, todas las avenidas llevan a Ciudad Universitaria.

Muchos semáforos me tocaron en verde, algunos pocos en rojo, y éstos últimos me sirvieron para acordarme de cuando fui estudiante -que no hace mucho tiempo de eso- y de mis días en la Facultad y de mis días de Macroproyecto, de investigación de bases de datos, mientras trabajé en Ciudad Universitaria. Me acordé del soltero tóxico, lo recordé con amor, con cariño; y mi cabeza, sin saber lo que hacía, de vez en vez pensaba, "ahh, te quise tanto, te quise tanto, te quiero un poco todavía, y me gustaría que estuvieras aquí para que compartiera esto contigo".

Hans se portó muy bien. Yo no me desubiqué, e hice honores del apodo que me puso San Román, eso de GPS se me da muy bien, quizá porque tengo buena memoria.

Seguí derecho y pretendía dar vuelta en U pasado el Superama que casi entronca con Insurgentes Sur, pero me atreví a gritarle de coche a coche a un taxista, para preguntarle cómo era mejor tomar avenida Copilco. Me dijo que lo siguiera, y lo seguí.

Llegué a mi destino justo cuando dije que llegaría, a las 18:00. Pedí permiso para estacionarme, y entré, todavía muy nerviosa, al local. Histeria como siempre, histeria colectiva, histeria por tener los trabajos listos, por atender a la gente, por ediciones que no quedaron como deberían quedar. Afortunadamente, con mi trabajo no hubo ningún inconveniente, salvo que debía esperarme cerca de 45 minutos, para que la edición digital estuviera lista. No me importó, ya no importaba nada. Yo estaba allí, esperando ver a mi hijo listo, al primero de los hijos que tendré, envuelto en pasta color azul, impreso con letras color dorado, como siempre quise que fuera, porque mi sangre es azul y mi piel es dorada.

De pronto el tiempo se detuvo, y sin darme cuenta comencé a fumar, ya eran las 19:30.

Me emocioné, pero esta vez no me salieron las lágrimas, más bien se me durmió el brazo derecho -como suele ser cuando estoy a punto de tener una crisis de ansiedad- y sentí un hormigueo en el centro del pecho. Los trajeron listos, todos apilados, todos bonitos, con esas letras que me tardé más de tres años en ordenar.

Ahora sé cómo sabe ver tu propia historiografía impresa.

Pagué, estos pesos que me costó mucho conseguir. Que era fácil, pero quizá no para mi. Este dinero que mucha falta me hace, pero que pronto llegará, que la rueda de la fortuna de la vida -y de la economía- estoy segura que en poco tiempo me regresará. Esta edición fue un presente, y aún cuando no estoy obligada a pagarla, la vida no me alcanzará para pagar el apoyo y la atención que mi mejor amigo ha tenido conmigo.

Subieron a los pequeños, guardados en dos cajitas de cartón, al coche, me despedí de los chicos editores, arranqué y me fui de regreso a avenida Universidad. Es oficial, iba de regreso a casa con la primera edición lista. Es oficial, mi Historia está impresa.

La mera verdad que no sabía cómo volver a casa, sin tomar por supuesto, Periférico Norte, que a esa hora siempre va a reventar. Le mandé un mensaje al Rey Sol para pedirle una ruta, pero no me respondió. Seguí mi camino, le llamé a la Diseñadora de Modas, y entonces sí comencé a llorar cuando la escuché.

No hablamos mucho, ella venía en Metro, y la llamada se cortó. Al escucharla se me quebró la voz. Pero le alcancé a decir que en ese momento nada me importaba más, estaba feliz porque lo había logrado, y por fin sentía dentro de mi corazón que todo había valido la pena.

Lo que sigue, un montonal de trámites burocráticos, mucho tiempo más de espera, me harán volver a la realidad. Pero en ese momento, y ahorita todavía, estoy tan feliz que nada más importa.

Seguí pues por Universidad, acordándome de la ruta que tomaba el soltero tóxico para ir a Santa Margarita. Era desviarse hacia Gabriel Mancera y dar vuelta en Matías Romero. Sí, así lo haría. ¿Pero después? ¿Qué haría después, si lo que quería era evitar Periférico? Ah pues seguí por Mancera acordándome si entroncaba con Xola, para tomar Monterrey como todos los días cuando vuelvo de la oficina, y así fue. Una vez más, de coche a coche, le grité al de mi lado derecho, y me dijo que si. Le pregunté, a grito pelado, si Sánchez Azcona estaba "para acá o para allá", me dijo que para "allá", así que me pasé al carril de la extrema derecha.

Di vuelta en Xola, dos más derecho, di vuelta a la izquierda, tomé Sánchez Azcona, y así, sin ningún congestionamiento, seguí derechito hasta Tiber. Canté. Canté otra vez a todo pulmón, con el ipod enchufado a mi oído izquierdo. ¿Habrá habido en el mundo, una mujer más contenta que yo en ese momento? Dudo que así haya sido.

Seguí hacia Marina Nacional, riéndome de los que iban para Río San Joaquín o Circuito Interior -ahora llamado Bicentenario- porque iban prácticamente detenidos. Seguí, seguí, y justo en la desviación para tomar México-Tacuba, leí el letrero de enfrente que decía: Invierno, Tezozomoc para adelante, Tacuba para la derecha. Sin dudarlo para la derecha, ¿quién quisiera ir, sin tener que hacerlo, hacia donde hay más invierno?

Llegué a casa. Vacié el coche, guardé a Hans. Me di un baño. Cené. Estoy bebiendo coca-cola light. Fumo, casi sin parar. No sé siquiera, si me dará sueño pronto.

Hoy, sin dudarlo, es el principio del fin de este ciclo.

2010. He prometido tener fe. Buena estrella está llegando con él.

miércoles, 13 de enero de 2010

Sin respuestas.

¿Cuándo fue que aprendí a no hacer el amor? Porque sé perfectamente cuando aprendí a hacerlo, a entregarme, a amar con los ojos cerrados, a respirar a través del otro, a leer mentes que no sabía qué decían, a detener el tiempo a través de otros corazones.

¿Pero cuándo aprendí a querer sin querer? ¿Cuándo aprendí que no siempre se debe amar? ¿Cuándo fue que aprendí que hay veces en que no se debe dejar el corazón latir? ¿Cuándo me acostumbré a no querer más? ¿En qué momento me creí que esto es normal?

¿Cuándo me creí que el milagro del amor no es milagro, sino pesar?

¿Por qué creí que amar era también recibir? ¿Por qué no me quedé sólo con que yo podía dar y dar y dar y dar amor hasta que me doliera, sin importar que mi pareja no amara igual?

¿Por qué escogí entrar a la Universidad en lugar de irme a comenzar una familia en las faldas del volcán Tacaná? ¿Por qué no le creí que con eso bastaba? ¿Por qué no me quedé con que no era necesario estudiar, y que el sueño de ser escritora desaparecería conforme viniera la nueva madera de compañera sentimental?

¿Por qué mi intelecto siempre ha tenido libertad? ¿Por qué mi corazón ha querido ser atado, y no ha logrado serlo?

¿Por qué ahora me doy cuenta, de que me ofende que me hagas aclaraciones que no vienen al caso? ¿Por qué carajos piensas que me estoy enamorando de ti, cuando sabes que no es así contigo? ¿Por qué no te das cuenta de que me ofendes, cuando me dices que tengo que buscar mi propio camino e ir resolviendo mis problemas de la mejor manera y pedir ayuda hasta que yo agote las opciones? ¿Por qué no te das cuenta que me esfuerzo hasta que me duele?

¿Por qué no puedes entender que mi bandera siempre es el amor, y que amo de manera que no comprendes?

¿Por qué la puta Ciudad se empeña en hacerme sentir que nada de lo que hago vale la pena?

sábado, 9 de enero de 2010

(creo que) Necesito un amante

Ya había dicho yo que el frío no tiene remedio, y Calamaro lo explicó muy bien en una canción, que si el invierno hace frío baja al infierno un poco. Me siento en las mismas. Y en este instante me iría derechito al infierno con tal de no sentir este frío que hace que me duelan los huesos, o me iría derechito por estos malos pensamientos.

Me prometí a mi misma no hacer llamadas de pánico, ni volver a usar este calefactor que el soltero tóxico me regaló hace algunos inviernos; pero el frío, este maldito frío, me hace olvidarme hasta de las promesas especiales.

Anoche, sin darme más explicaciones, busqué el calefactor, lo saqué de su caja y lo encendí a un lado de mi cama. Eché encima dos cobijas más, y me acosté haciéndome rosca. Lo mejor de todo es que pude conciliar el sueño muy rápido, y cuando sentí que eso sucedía, apagué el calefactor para quedarme con el calorcito que logró mi cuerpo.

Hoy quedé para salir con mi mamá y con María. No estuvo nada mal, salvo por la lluvia que no cesó en todo el día.

Es sábado en la noche, me animé a llamarle a Mateo, me dijo que no podía salir porque tiene gripa y no tiene dinero. Saqué la cobija que también el soltero tóxico me regaló, esta que es color amarillo casi dorado, y me la eché encima. San Román tampoco quiso salir, que estaba demasiado cansado y tenía mucho frío. Yo, con todo y frío, hubiera salido, con Mateo, con María, con Abundis, con San Román, con quien me hubiera dicho que sí.

Estoy a un palmo de creer lo que mi lectora me dijo, que necesito un amante para los ratos en los que no estoy escribiendo. Es cierto. Pero, como me dijo el Rey Sol hace un tiempo, igualmente los amantes no resuelven ni todos los problemas ni todas las soledades. Supongo que por lo menos, mi amante me haría reír.

Tengo tanto frío, que seriamente estoy pensando en dormirme vestida. Tengo las piernas pegadas al calefactor, y las botas ya me están quemando de todo lo que se han calentado. Si tuviera un amante, estaría pensando seriamente en dormir desvestida.

Mira nomás lo que el frío me hace pensar. (Creo que sí necesito un amante).