sábado, 13 de marzo de 2010

Ciudad de papel

Subí a la habitación más alta, esa que está junto a la cocina. Estaba esperando que estuviera listo el té de hierbabuena. Comencé a mirar las paredes como si fueran piezas de una galería. La ventana estaba abierta, hace calor y por eso no me di cuenta, (¡hace tanto calor!). Me recargué en el marco de la ventana, intenté sacar la cabeza como acostumbraba hace muchísimos años, luego de la gran depresión.

Sólo saqué las manos y me llené de ella, de mi Ciudad, de la noche que vivo en ella. Sentí bonito, fue casi como alcanzarla con la punta de mis dedos. Me acordé de cómo eran los ruidos de la Ciudad de noche, cómo era dejar de escuchar a los grillos que se cuelan en mi habitación, y el asombro que me causaba cambiarlos por sonidos de ejes viales, de sirenas, de coches a toda velocidad.

Me acordé de cómo era vivir en Santa Margarita, en medio de Ángel Urraza y Eugenia, a una cuadra de Insurgentes. Me acordé de cómo era vivir con él. Me acordé de los cafés del Sanborn's que salía a comprar antes de dormir, de la farmacia San Borja; de salir a caminar hacia la barbacoa de Tlacoquemécatl, que comíamos para el desayuno, intercambiando nuestras prendas de ropa, usando sólo sus jeans, sus chanclas que me quedaban enormes, y una camiseta rinbros. Eso sucedía comúnmente, cuando se acababa la ropa limpia que yo tenía en donde él.

Me acordé de cuando él usaba mis camisetas camioneras, e intentaba ponerse mis calcetines. Volví a ver las alas en mi piel, su piel de leopardo, el libertador que carga en la espalda. Lo vi, y me sentí bien.

Me acordé de la mudanza hacia el Periférico Sur, a Tlalpan rozando Xochimilco. Me acordé de los gatos del departamento. Me acordé, y me puse feliz.

Recordé también que cuando se iba la luz, era suficiente correr el trozo de tela que usábamos como cortina, para iluminar la habitación completa. Era agradable saberse acompañado, con todo ese ruido y esas luces brillantes que venían del Periférico, aún cuando yo sabía que estando él conmigo, en esa situación estaba más sola que nunca.

Por mucho tiempo el departamento no tuvo cortinas, sólo las paredes blancas, un tapete peludo y dos sillones. No hacía falta nada más, aún cuando siempre me quejé de no tener base en la cama, ni mesa para sentarnos a cenar.

Era su casa, no la mía. Meses después esa realidad me abofeteó la cara.

Pero fue linda la Ciudad conmigo, y lo es ahora.

Extraño escuchar pasar los tráilers sobre Eje 6, los que hacían que los vidrios de la casa sonaran. Extraño que la luz del espectacular de frente al departamento no me dejara dormir, con sus luces brillantes prendidas toda la noche.

A veces extraño todo eso que tuvimos, que es también todo esto que tengo ahora, cuando saco la cabeza y las manos por la ventana de la casa.

Creo que no lo extraño a él, quizá extraño lo que la Ciudad nos regaló cuando estuvimos juntos.

Necesito manejar un poco más. A veces hasta extraño el Pedregal y sus alrededores, y comienzo a entender a mi hermana Cristina, cuando decía que extrañaba manejar de CU a Barranca del Muerto. Extraño Ciudad Universitaria de noche, atravesada por Insurgentes que se engalana por el edificio mural encendido y el estadio en forma de sombrero de charro, que parece que tiene lumbre por dentro.

Ciudad de locos, de los que se quieren hacer cuerdos pero no les sale. Ciudad de locos, de los que deberían poblar todo el mundo. Ciudad de dementes, como yo, de los que piensan con el corazón haciendo a un lado la razón. Ciudad de histeria colectiva, que ahora yo le llamo histeria histórica, cuando tuvieron a bien cambiarme el nombre a histérica histórica.

Ciudad de fantasmas, de esqueletos que vienen de noche a tentarme para regresar al mercado de Tizapán de San Ángel a comer tacos de cecina y tomar jugo de toronja recién exprimido; que me tientan para provocar un encuentro que no deberá suceder. Malditos fantasmas de muertos recuerdos.

Ciudad que debería tener más manicomios que cárceles. Por lo menos tendríamos más áreas de recreo, y quizá nos entenderíamos mejor.

Ciudad de especialistas, de investigadores, de científicos que saben todo pero que a veces no quieren a nadie.

Ciudad de realidad, de surrealismo, de ciencia ficción.

Ciudad de ti y de mi, cuando te miro sin que te des cuenta, mientras le das vuelta a esas páginas del libro que no puedes terminar, y te pasas los dedos por el pelo.

Ciudad tuya, que a veces me das permiso de que sea mía, de que seas mío, que quieres que yo sea tuya.

Ciudad que hizo encontrarnos, y que aún cuando me lo pediste "porque quieres que esté bien", me hará no mandarte nunca a la fregada.

Ciudad de besos. Ciudad de enfermedad. Ciudad de celos, con vestidos cortos y medias largas. Ciudad de noche, cuando tengo que llamarle a un taxi porque me siento mal. Ciudad de pantalones que no se planean, que no se deslizan, que no se encuentran más; que se usan con botas de agujetas.

Ciudad de papel. Mi Ciudad, que me permite escribir en ella.

1 comentario:

copo dijo...

Te dejo un abrazo con los ojos llenos de lágrimas. Qué manera de describir la ciudad...no sabes cómo la he extrañado y tus crónicas llenas de fuerza, me hacen que la piense con muchas ganas. Tanta cotidianidad y tanta magia. Tanto de tanto, tanta ciudad. Yo también extraño Ciudad Universitaria de noche, Chabela y yo sobre Insurgentes éramos poderosas, así como tus letras.
Un beso admirado,
Copo