El invierno oficialmente ha llegado. Yo cada vez soy más grinch que el año anterior, así que mi hermana Maricarmen me regaló una pulsera de cristales austriacos que tiene dijecitos brillantes en forma de arbolitos de navidad.
Mi cabeza cada vez es menos mía y tengo que seguir escribiendo por encargo. A veces no sé qué hacer.
El fin de año me ha escupido a la cara que los "happy endings" no existen. Desde el mes de octubre me ha ido como no lo esperaba. Bendito octubre, maldita ciudad. Todavía no me convencen los domingos.
Hoy desperté a las doce del día. Creí que no tenía internet y afortunadamente sí tengo servicio, que bueno que me pude poner a leer unos pendientes, algunas felicitaciones que me hicieron sonreír y me puse a preparar esta entrada. Tengo un hueco en el pecho y todavía no sé por qué es. Creo que se debe a que algunos se fueron y otros regresaron. Por donde lo vea son problemas, serios problemas. Ya no sé qué hacer y quiero tener a mi coche de vuelta. Necesito poner en venta muchas cosas y algunos muebles para pagar las deudas de una tercera que me afectan muchísimo. Mi mechón de canas se hace cada vez más grande y el frío no me ha dejado dormir.
Por otro lado, me ha puesto feliz que haya llegado el invierno de a devis. Sigue siendo un invierno solitario y muy a mi manera pero me siento bien. Extraño mi coche, otra vez. He salido a dar la vuelta por la ciudad y se ve bien, yo me vi bien: por fin pude estrenar los zapatos de tacón color azul marino que mandé a arreglar la semana pasada. Esa piel me llamó la atención: semeja a un cocodrilo que se camufla entre colores oscuros, de paso se lleva de corbata a mis filosos pies.
Me ha sorprendido la actitud de mi padre, ya no tengo nada que esperar de la gente. Pareciera que "carpetazo" es su palabra favorita. Me siento algo sola.
Algunas veces (como hoy), quisiera que la navidad dejara de figurar en mi calendario como han dejado de figurar algunos domingos.
Feliz Navidad.