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martes, 25 de abril de 2017

Doce meses de vida, doce meses de felicidad.


Se dice que la vida cambia radicalmente cuando nos convertimos en padres, y es verdad. Lo que nunca se advierte es de qué forma la vida va a cambiar. En nuestro caso, el nacimiento de nuestro hijo nos colmó de alegría frente a la adversidad de la enfermedad terminal del papá de mi pareja, y nuestro hogar se inundó del sentimiento de haber vivido la experiencia más sobrecogedora de nuestras vidas. Días después experimenté un profundo dolor físico y emocional, que los médicos adjudicaron al descenso hormonal en mi sistema; y al paso de los días a mi pareja a mi nos llegó un fuerte cansancio que se alargó por varios meses. Mientras eso sucedía, vimos a nuestro hijo crecer, mi pareja vio a su padre morir; y cuando creíamos que todo el maremágnum que significa el nacimiento de un primogénito había pasado, al cumplir tres meses de edad nuestro hijo enfermó de gravedad.

Hay cosas que no recuerdo bien, estuvimos atentos a los procesos médicos en los hospitales en los que el bebé estuvo internado, tuvimos que hacer muchos trámites burocráticos porque tuvimos la fortuna de ingresar a una institución de tercer nivel de la Secretaría de Salud, y no recuerdo con certeza cuántos días pasé sin dormir velando por mi bebé en la sala del hospital, mientras mi pareja iba y venía a casa para descansar un poco y poder irse a trabajar. Fueron momentos muy difíciles que desearía que nadie viviera jamás, y sin embargo fueron también momentos de plena felicidad y de reflexión acerca de haberme convertido en madre.

De ese tiempo a esta parte han pasado nueve meses, el bebé se convirtió en niño y lo declararon completamente sano. Durante este tiempo, mi pareja y yo hemos tenido la oportunidad de compartir nuestra experiencia, y sobre todo, hemos comprendido que a pesar de los tiempos tan difíciles que vivimos cuando el bebé nació, hemos sido completamente felices. Durante los procesos hospitalarios conocimos a familias que pasaban por situaciones aun más complejas que la nuestra, y a pesar de ello nos enseñaron que todo estaba bien y que la felicidad se cuenta más allá de las circunstancias que la vida nos pone enfrente.

Mi hijo ha cumplido un año ya. Con todo lo bueno y a pesar de todo lo malo, yo he cumplido doce meses de vivir en plena felicidad.

jueves, 5 de febrero de 2015

Hace doce años, en el Sanborns de Los Azulejos, conocí al Rey Sol.
Doce años de historia que sólo yo me he dedicado a escribir.

(Histérica histórica, en tu honor.)

domingo, 1 de febrero de 2015

Carta abierta al tiempo.



Buenos días,
Gracias por escribirme.

Me sorprende mucho lo que dices, y al mismo tiempo me sorprende tener el sentimiento de extrañarte.
También tengo lindos recuerdos de ti, pocos, me desespero porque no me puedo acordar más y eso no me gusta... Pero ahora te leo y me gusta saber que me encontraste y que como dices, estamos a una llamada de distancia. 
El año empezó y me han pasado muchas cosas, he estado ocupada pensando y resolviendo y reflexionando... De pronto me pongo triste. Pienso en esto que dices de que el tiempo pone todo en perspectiva, y me doy cuenta de que soy una mujer que va dejando a la gente atrás, y aunque entiendo que es normal, a veces quisiera que las circunstancias no cambiaran tanto o tan rápido. He sido muy feliz en distintos lugares y con distintas personas y de pronto me encuentro con que de eso ya no queda nada. No quedan mis amores, no quedan mis amistades, no quedan mis lugares, lo he dejado todo atrás.
Esas cualidades de las que hablas, parecen ser lo que más le molesta a la gente ver en mi: soy muy inteligente y nunca falsa, siempre auténtica. Nunca me propuse ser así, nunca quise esto, y sin embargo en esto me convertí.
He llorado mucho, a veces escribo, pero sobre todo trato de adaptarme al cambio de mi piel, acepto como mi piel se transforma, me amo así, transformándome, pero necesito tiempo para asimilar las cosas. 
Entonces el otro día me acordé de ti. Y anoche leí nuestras cartas y por eso te escribí. Te extraño. 
Quisiera saber como es eso de platicar horas y horas contigo, pero casi trece años después de conocerte... Que loco ¿no? Quizá pasen otros trece para volverte a ver. Pero sé que eres cercano, sé que escuchas, no sé sí me entiendes, pero sé que me lees y con eso basta.


Un abrazo y un beso fuerte,

martes, 9 de noviembre de 2010

Viniste a mi vida a hacerme feliz

Eran las diecisiete con quince cuando tomé Periférico Norte a la altura de San Antonio. Sorprendentemente estaba muy fluido, me metí a carriles centrales en la primera oportunidad, y seguí manejando mientras escuchaba a Alizée a través del audífono izquierdo.

No sé qué es lo que tienen estos días, estos fríos, este calor que no se me quita de adentro. Todo me parece tan nostálgico, a veces todo me conmeve tanto... La música fue la gota que derramó el vaso, y haber visto el inicio de la puesta de sol sobre Periférico, terminó por darle el toque final.

Lloré sin darme cuenta, hasta que las lágrimas me empañaron los lentes de sol. Pensé que de todas formas, como sea, era un día muy bonito como para llegar a guardarme a la casa cuando todavía quedaba tiempo para disfrutarse. El congestionamiento de la lateral de Periférico a la altura de Echegaray me pudo volver loca. Luego, al estar llegando a la Facultad supe que debía entrar a llenarme otra vez de lo que me llenó la Universidad.

Le llamé a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel. Le dije que estaba buscándole un lugar a Hans en el estacionamiento, y que iba para su Colegio, a platicar. Se puso muy contento, me dio muchísimo gusto escucharlo y saber que lo iba a ver.

Entonces recordé que en estos momentos, justo hace un año, jamás me hubiera imaginado que mi vida fuera a cambiar como lo hizo. Yo era una chica triste, lo acepto. Sí, siempre he sido optimista ante el amor y ante la familia que he elegido, pero me sentía muy sola; date cuenta pues, que ahora podemos platicar, que de verdad estaba muy sola.

Pero el 9 de noviembre conocí a personas maravillosas. El último regalo que recibí de esas manos largas, fue un empleo que otra vez me mandó a las nubes, que me hizo dejarme llevar, que hizo que dejara de pensar en todo lo que me afligía, y que en el fondo me hizo olvidarme de tanta soledad.

El cenit de mis malas decisiones y de mi ansiedad por buscar una compañía que por lo menos me hiciera reír dos veces por semana, tuvo lugar a finales del 2009. Eso, como puedes ver, ya lo olvidé y ni siquiera me di cuenta. No recuerdo fechas exactas, ni historias encontradas en las calles de esta ciudad. Sólo me acuerdo de mi, de las pésimas fiestas decembrinas, y de que para mí el año nuevo sí trajo una vida nueva.

Personas maravillosas llegaron a mi vida el 9 de noviembre. Llegaron a mi vida amigos maravillosos, una nueva familia que se ha gestado desde esos días. Noches locas en la ciudad, días de cine, de escritos interminables que se logran sobre una mesa de cryztal. Sabios consejos, cafeteras rebosantes que no siempre saben bien, mamuts a las cinco de la tarde para el monchi vespertino, una copa de whisky con soda los jueves por la tarde, estrés inmesurable completamente controlable, noches de grúa porque Hans ya no quería andar.

Historias de noches estrelladas que se cuentan desde el piso de parquet. Frío, mucho frío. Calor que proviene de los calefones de gas. Un sillón azul, que pronto estará en nuestra casa.

Obtuve mi grado profesional. Concursé para una plaza de posgrado, la obtuve justo cuando pensé que no podría más.

Luego, dejé de recordar, y vi de lejos a mi amigo el Presidente. Caminé hacia él y nos dimos un abrazo fuerte y lleno de risas. Comenzamos a caminar. Fuimos por café, a platicar para ponernos al corriente.

La ansiedad de venir manejando con todo este cansancio encima, de pronto comenzó a disiparse. El Presidente me llenó de regalos, muchos que me hicieron sonreír. Y entonces me di cuenta, tanto que deseé, tanto que busqué, tanto que soñé con que nada más haría falta, y todo sucede, todo vuelve a empezar. Me siento muy bien. Es real.

Y tu, ojitos verdes, viniste a mi vida a hacerme feliz.

viernes, 8 de octubre de 2010

Juntos por la mañana

Suena el despertador, nunca puedo abrir los ojos. Estás a un lado mío, cama pequeña, cama grande, como sea, estás a un lado mío.

Encender la radio, volver a escuchar el despertador, apagarlo para siempre, o por lo menos hasta la mañana siguiente. Encender la estufa, calentar el agua para tu primer café del día. Despertar contigo, salir juntos por la mañana.

Si el tiempo lo permite, un baño con agua caliente. Si la chicharra se hace larga y lenta, lejada y ajena... entonces un regaderazo de prisa, como todo lo que hago antes del penúltimo seminario de la semana. Primero yo, luego tu, así te gusta, así estoy organizada. Si el azar se pone de tu lado, la ducha puede ser nuestra aún cuando durmamos como separados.

Mi pelo que se enreda, el tuyo que no cede. Lo primero que saco del clóset, es tu rastrillo que me espera en el primero de los cajones. Todo parece mío cuando completamente es tuyo. No sé a qué se deba, que de pronto la gente ya no opine nada, y eso me gusta y entonces no te importa nada.

El otoño entonces hace su primera aparción, y el cielo se comporta como si todo el tiempo fuera media tarde. Los coches se arremolinan, yo no tengo hacia donde hacerme. Siempre me desespera pasar tanto tiempo sentada en mi coche, moviendo los pies acorde con mis manos, con las mirada de frente, girando la cabeza hacia todos lados.

De un tiempo a esta parte, me he dado cuenta de que no me da miedo acostumbrarme a volcar mi rutina hacia donde tu, volcarla sobre lo que tú haces. No me importa tener que despertarme más temprano, quizá porque estoy segura de que no te causa problema dormir menos horas, o despertarme a las cinco, o que yo te llame a las cuatro treinta.

Primera parada: Benjamín Franklin. Y aún cuando el Circuito Interior nunca cede, el semáforo donde te bajas para que yo siga hacia mi trabajo, siempre nos espera en rojo, se pone de nuestra parte, nos damos un beso en la mañana, y entonces ahí te ves hasta dos noches siguientes.

La Ciudad necesita más otoño, menos rojo, más verde, y muchos de estos besos en cada crucero que tiene.

Curiosamente, las imágenes de vestidos blancos que revisé la noche del sábado ya no aparecen más. Fue muy emocionante hacer esa búsqueda, averiguar cómo se siente escoger vestidos para una ocasión especial. No discernimos mucho en nuestros gustos, en realidad casi siempre queremos las mismas cosas, y casualmente ahora, que es en serio esto de elegir un vestido y de ponernos de acuerdo, mi memoria visual se esfumó. puf!

sábado, 18 de septiembre de 2010

Veinticuatro horas despierta.

A punta de letras, aprendí a expresarme escribiendo mejor que cuando lo hacía cuando me ponía a hablar o a debatir. En noches como estas, que parece que nunca terminan, y que yo tengo tres escritos pendientes que pintan para volverse malditos, es cuando pienso que quizá sea yo más literata que historiadora.

Nunca pensé usar ese vestido para tomar clase. Es uno de mis vestidos favoritos, y creo que es el favorito de él. Éste, el color obispo, con mis botas color negro y mi abrigo corto jaspeado que parece casi color gris.

Y lo logré. Un boost a las veinte 30 horas y heme aquí, casi diez horas después, sigo despierta.

Sólo me falta ya una reseña y un ensayo. ¿Qué más se acumulará?

Extraño a mis ojos verdes, aquí, acostados junto a mi. Ha sido maravilloso que aún con el ritmo de trabajo que tenemos los dos, hemos logrado pasar el mayor tiempo juntos. Cuando más me pongo a hacer historia, más pierdo la noción de la realidad, del tiempo y de mi vida personal. La crisis del extravío del móvil fue superada. Espero que la del fin de año y los nuevos planes que vienen, también lo sea.

Lo extraño. Debería de una vez decidirme a dedicarme sólo a escribir historias; o darme cuenta que investigar Historia también es lo mío, aunque tenga que comenzar a planear mi vida a partir de septiembre de 2012, antes es imposible.

domingo, 15 de agosto de 2010

Todo inicia, me haces falta.

Se acaba el fin de semana, yo regreso a mi casa, tu regresas a la tuya, como sea comenzamos un nuevo día el uno sin el otro, los ojos sin verse, la piel sin olerse, las ganas que se quedan allá, mi alma que sabe que anda con la tuya.

No está mal. A ti te espera la oficina, a mi me espera el Instituto. Todo vuelve a la marcha.

Mi vestido azul huele a tu cocina, y puedo identificar que al olorcillo maravilloso que se queda entre las cortinas. Mis botas de cordones se mojan por dentro, ¿por qué eso sucede justo cuando voy a verte, lo que te permite secarme los pies y ponerme otros calcetines?

Algunas de tus prendas se vienen conmigo, otras prefieren quedarse sobre mi piel como si siempre hubieran vivido ahí. Esos pantalones de mezclilla que ahora usaré con tacones de charol, y las zapatillas de lona que me encanta usar con tus pantalones deportivos y la sudadera color gris. Todo es tuyo, todo siento que es mío, ahora me hace sentir bien.

Y llego a discutir lo que verdaderamente no me compete. Llego a mi cama, perfectamente tendida, que parece como si fuera de cuarto de hotel, a inventarme cosas que hacer; a pensar qué me voy a poner mañana, cómo me voy a arreglar el pelo debajo de esta boina color púrpura que me regalaste hoy por la tarde.

Regreso a la maravillosa soledad de grillos que cantan detrás de las paredes, de un gato que me mira desde la esquina de mi tocador, o que camina y se echa a un lado de mi computadora. Vuelvo para revivir las líneas muertas que dejé, los textos a medias que tengo que terminar, los pendientes revueltos e interminables que siempre olvido cómo resolver.

Luego lunes, quizá martes, miércoles que vendrá, y jueves que me dará suerte para la Teoría de la Historia. El viernes, si tengo oportunidad, dormiré hasta tarde. Seguro el sábado, podré volverte a ver.

Carajo, es apenas el inicio, y ya me haces falta.

martes, 27 de julio de 2010

Quizá extrañe mi larga cabellera.

Ahora entiendo cómo es que uno se puede enamorar de su mejor amigo. Ahora entiendo por qué hay amigos de toda la vida, que al llegar al punto en el que deciden compartir su vida, se deciden por hacerlo con el compañero o la compañera que ha estado a su lado por los últimos diez, quince o veinte años.

Ahora entiendo lo complicado que puede ser tener un cambio de vida radical, dejar de ser soltera para estar comprometida, dejar a tus amigos para conocer nuevas personas o a la familia política. Ahora entiendo por qué me siento así, porque siento como si no tuviera casa o no tuviera una mesa donde sentarme a comer; ahora me queda más clara esta sensación, de sentir como si el par de zapatos favorito no me quedara, como si mi café por las mañanas supiera diferente.

Creo que no había tenido antes conciencia de todo esto. Creo que es la primera vez que intento analizar la situación de convidar con otra persona.

Sigo -y seguiré- siendo la chica optimista ante el amor, ante los cambios y ante las cosas nuevas, supongo que eso no se me quitará. Aún cuando "la burra no era arisca, los palos así lo hicieron" es una realidad, todavía me aventuro a deshacerme de mi enorme melena para sentirme mejor, para mirarme desde otra perspectiva, como de pronto se comienza a mirar el camino de frente.

Quizá extrañe mi larga cabellera, quizá me sienta más feliz en unos días con el corto cabello que ahora adorna mi cabeza; y supongo que así también uno se aventura a enamorarse, a mirar la vida tomada desde la mano de alguien, a vivir acompañada a pesar de que la soledad se quede tan sola como ella misma.

El tiempo no se detiene, no regresa más. Los amigos aquí se quedan, somos los que estamos y con esto basta. Muchos cambios de estilo vendrán, muchas nuevas mañanas en diferentes camas, en distintas habitaciones, con sábanas nuevas o con las mismas de hace unos diez años, no importa. Se queda lo que se tiene que quedar, y en mi camino anda conmigo, quien poco a poco conoce mis pasos, mi ritmo, mi quehacer.

No importa si no es mi mejor amigo, quizá el tiempo mismo me lo sabrá decir. Tampoco importa si los caminos de pronto divergen y ya no podemos seguir el ritmo de otras personas, pero se sabe que allí estarán, que cerca o lejos seguirán al paso que llevaban, que teníamos, y que poco a poco otras personas se unen a la misma carrera.

Ahora entiendo cómo es que uno se puede enamorar de su mejor amigo, y entiendo por qué no pude enamorarme del mío.

domingo, 6 de junio de 2010

Le pedí y él me prometió.

Me da mucho miedo volverme loca.

Le hice prometerme un par de veces, que no permitirá que me vuelva loca.

Le pedí que si un día dejo de bañarme o me quedo tirada en la cama por muchos días, irá a mi casa a tender mi cama, a meterme a bañar, a darme de comer y a correr a la bola de gatos o perros o animales que se hayan hecho un lugar allí sin que yo me diera cuenta.

Le hice prometerme, que me aterrizará a tierra. Que si un día no respondo el teléfono o no me comunico con él, irá a buscarme para saber si todo sigue bien.

Le pedí que si me da un terrible cansancio mental, de esos en los que ya no se sabe qué es lo que se tiene que hacer o qué es lo que sigue, que si ya no puedo escribir más, que si ya todo lo olvidé, o de plano me da surmenage, que irá a visitarme para recordarme quién soy, quién fui y qué es lo que quería hacer.

Quizá tenga que ofrecerme mi comida favorita, o ponerme a Fito Páez quedito para que me quede dormida. No importa. El chico me dijo que no me volveré loca, que no tengo por qué hacerlo, y que de así suceder, él estará conmigo porque nunca me dejará sola.

Me da miedo. No puedo vivir con este miedo otra vez. Su respuesta me hizo llorar, me hace sentir bien, y espero verdaderamente que me crea, que este miedo a perder la razón es real y que me preocupa terminar como el escritor aquel que sólo hablaba con la señora de la verdulería en el mercado y sus ganas eran simplemente por realizar un estudio sobre el silencio -o en su defecto el ruido- en la Ciudad de México.

Le pedí, también -pobre chico y adorable que me dice que sí-, que si un día ya no puedo aprender más o ya no puedo retener más algún acontecimiento en mi memoria, y le sugiero entonces que quiero hacer realidad mi sueño frustrado de elaborar diseños o confecciones de ropa, o poner un puesto en un mercado de cabecera municipal, me va a yudar a hacerlo. El chico me respondió que entonces buscaremos un buen local, un distribuidor de chiles secos y semillas -o de lo que me haga feliz vender- y seré la mejor tendera del mercado.

El chico me prometió que seguirá a mi lado.

Pero bueno, vaya que las cosas así son, no le digas que te dije, porque prometí no hacerlo oficial hasta que por fin tenga parte.

Prometió, entre líneas, hacerme feliz todos los domingos. Y yo, en cambio, prometí que sostendría su mano y que seguiría mandando a la fregada todo lo que cause esta fatiga que ya no puedo cargar en mis hombros.

Prometí visitar a su madre todos los sábados, y le confesé que quiero compartir las puestas de sol a su lado.

A mi también me sucedió, y justo en primavera. Yo no sé (¡¡carajos!!), en qué momento le abrí la puerta de adelante para que entrara de par en par. Sé que estoy feliz, que me fascinan ahora los días -y particularmente los domingos- que tengo con él y que añoro y deseo vivir a su lado también todos los amaneceres que nos quedan.

Lo extraño más de lo que pensé cuando no duermo con él. Le pienso sin darme cuenta cuando voy a hacer las compras.

Habrá cualquier cosa, y coincido contigo en lo que dices de tus ojos verdes. Que vivamos a través de los nuestros de par en par.

Debí saber

Hay canciones o momentos, que nos recuerdan cosas que en cierta situación nos pueden ser muy incómodas, nos pueden parecer extrañas, nos pueden parecer lejanas o inexistentes. A veces esos recuerdos que nos transportan también nos hacen llorar o nos hacen sentir cosas que no recordábamos que podíamos sentir.

Llevo ya un rato escuchando la misma canción, la que veníamos escuchando en su coche sobre la carretera, en nuestro último -pero que también sería el primero de muchos nuevos- viaje de novios. Me acuerdo perfectamente que cuando la escuché, justo en esa curva que te lleva a la entrada del pueblo mágico que visitábamos por segunda vez -pero que era el parteaguas fantástico que después no fue-, y entonces pensaba fuertemente con todos los latidos de mi corazón: "pero qué feliz soy, pero qué fácil es tenerlo todo a la mano, de repente, volver a sentir lo que sentíamos hace muchos meses. Debí saber que debíamos estar juntos, que este era el futuro del que hablábamos, el que siempre imaginé".

Era feliz. Luego me dio mucha tristeza que la columna se cayera, que la epifanía se desvaneciera, que el tatuaje se borrara y que no hubiera más tostadas para el desayuno. Me sentí completamente vacía, pensaba que de haberlo tenido todo, ahora no tenía nada, ahora mis manos estaban vacías.

El tiempo, maravilloso como casi siempre, vino a regresarme las ganas de hacer cosas. Me trajo un nuevo empleo, trajo que los ciclos se cerraran, que volviera a comenzar, que pudiera talar el viejo campo para poder volver a sembrar.

Ya pasó mucho tiempo de eso. Hoy puse el disco, comenzó la canción número cuatro y me acordé de todo esto. Me acordé de su pelo sobre sus cejas, de sus manos enormes sobre el volante, de esos hombros filosos que también tienen piel de leopardo, rostros de libertadores y pelillos de terciopelo. Me acordé de nuestros paisajes, de la vista maravillosa de aquel pueblo, de mis botines de flecos, de su mano tomando la mía, de la iglesia en las mañanas y de todo el cariño que sentía por él.

Hoy, la canción me recordó por qué no había futuro en esa situación, en esa relación, con esa persona y sin importar las circunstancias; buenas o malas, no hubiera habido futuro de ninguna forma.

Debí saber en ese momento, con esa canción en el coche sobre la carretera, que de hecho no ibamos hacia ningún lugar, que no había punto de regreso y que tampoco había lugar de destino.

Debí saber que el tiempo también se pierde soñando y esforzándose para que las cosas funcionen.

Copo me lo dijo una vez, que no odiara haber vivido todo eso porque si no no hubiera aprendido. Tiene mucha razón, ah pero cómo dolió.

Debí saber que todo empieza siempre una vez más, y que las oportunidades no son sólo una, sino muchas que uno permite que sucedan. Debí saber que el amor no siempre se siente de la misma manera, que no todo lo que brilla es oro, que era mejor no tener nada pero tenerme a mi misma.

Debí saber que no debía volverlo a ver.

Ella dijo que tuvo problemas, y le dije que esté preparada para mucho menos.
Ella quiso saberlo todo de mi, pero no hubo palabras.
Dijo que era mala, que no arriesgue ese momento junto a ella,
era lo mejor olvidar todo como si nada hubiera sido.

Ella dijo que te vaya bien, y le dije buena suerte y hasta luego,
y nunca más la volveré a ver o tal vez en algún tiempo.

Ese manicomio estaba lleno de problemas de fronteras.
Se hizo de día y los varones lentamente caminan.
Dicen que todo se sabe pero tal vez no quieras saberlo.
Era lo mejor olvidar todo por un tiempo.

Ella dijo que te vaya bien, y le dije buena suerte y hasta luego,
y nunca más la volveré a ver o tal vez en algún tiempo.
Yo pensaba que estaba todo bien,
que sería sin problemas como un juego.
Y nunca más la volveré a ver o tal vez en algún tiempo.

Ella dijo que te vaya bien, y le dije buena suerte y hasta luego,
y nunca más la volveré a ver o tal vez en algún tiempo.
Yo pensaba que estaba todo bien,
que sería sin problemas todo un juego.

Andrés Calamaro.

viernes, 28 de mayo de 2010

Ensayo.

Autor: Benedetto Croce.
Obra: La historia como hazaña de la libertad.

Hace algunos años, cuando leí la obra de Benedetto Croce por primera vez, durante los cursos de Filosofía y Teoría de la Historia en la Universidad, se quedó en mi memoria como referencia para una buena escritura de la Historia. Ahora, en estas últimas semanas que volví a leerlo, la obra de Croce me parece valiosa en el sentido de que propone escribir una historia que no esté separada de los sentimientos del historiador; que si bien no sea fruto de ellos, sí vaya de la mano de lo que el historiador vive, siente e interpreta según el lugar social de enunciación que le corresponde.

Me parece una manera un tanto romántica de mirar la escritura de la Historia; como si se enamorara uno de una época o de un acontecimiento, el historiador intenta llevarlo a su presente, para reescribir el momento que vive. Hombre inteligente, Benedetto Croce.

Me imagino que esta precepción que ahora me he hecho del autor, toma parte al comprender que en la obra que escibe el historiador va plasmada su experiencia, sus lugares, sus momentos, y las corrientes que ha adoptado como propias. Definitivamente sus lecturas y costumbres, quedan implícitas en su obra, que posteriormente lo identifica.

El autor piensa que para historiar, la interpretación del documento -que refiere al hecho histórico-, se debe llevar a la realidad. Pero esto, ¿qué tan plausible es? Así como uno se maneja a lo largo de determinadas líneas del tiempo -de la obra que lee, en la que se escribe y a la que se refiere la obra que se escribe-, así también pienso que es resultado del mismo tránsito por esos lugares. ¿Qué tanto, entonces, se peude separar el criterio de un historiador, de la experiencia que ha adquirido, para que logre escribir una historia objetiva?

Pienso que la historia será objetiva si así se lo propone el investigador. Croce le ha dado carácter de documentos al lenguaje y las costumbres, al razonamiento y a los recuerdos propios, a la experiencia personal.

A mi modo de ver, dota de maravillosas facultades al historiador, para que sea posible -y probable- que escriba la Historia de la mano del conocimeinto histórico que adquiere y que ya posee. Es como si la memoria fuera el motor que le da vida a los acontecimientos; así como el papel es el soporte para la tinta, la mente del historiador alberga los recuerdos y sentimientos que le darán movimiento a la documentación histórica. Uno a otor se motivan, y entonces es posible que la interpretación del historiador fluya.

No se puede escribir como se habla, y no se puede historiar como se vive. Es aquí cuando el criterio del historiador, haciendo a un lado esos juicios que le ayudaron para la interpretación histórica, guarda los demonios de su pensamiento en una jaula, para que la Historia escrita pueda tener parte.

Mariposa Tecknicolor.

miércoles, 21 de abril de 2010

Voy a tratar de conseguir tiempo.

San Román me llamó, casi tan histérico como yo cuando suelo ser más histérica que histórica. Tiene que entregar un proyecto hoy, a más tardar a las diez de la noche, y no tiene ni idea de como continuarlo, ni de cómo se debe terminar de armar. "Voy a tratar de conseguir tiempo", me dijo antes de que termináramos la conversación.

Esta vez sí lo escuché muy preocupado, y entonces esto parece como una guerra de angustias, porque me pregunta cómo me va y cómo me siento, y de pronto le vomito todo lo que traigo atorado porque no tengo dinero para arreglar a Hans.

Chale. Bienvenidos al mundo moderno, a la vida real de un adulto joven.

San Román necesita tiempo. Yo también. Necesito poder quedarme despierta mucho tiempo, para terminar de leer todo lo que hace falta, todo lo que tengo que recordar o poder manejar en unos pocos días.

Necesito el tiempo suficiente, para terminar el borrador que tengo muerto, comenzarle con Edward Palmer Thompson, y ponerme monísima para irme en la noche al Auditorio Nacional. Shiiiiiiit. De veras que a mi me gusta chiflar y comer pinole.

En la quinta chilla, en la sexta angustia, en el séptimo cielo al que intento acostumbrarme pisar desde hace un par de meses, el chico me llamó para platicarme cómo iba su día y para preguntarme cómo iba yo. No me volqué como suelo hacerlo con San Román. Son personalidades distintas, es la misma confianza, pero manifestada de diferente forma. Pero con toda sinceridad le platiqué lo que está sucediendo. "Es sólo un coche, Mariposa, es sólo un coche" -me decía del otro lado del auricular; "¿ya estás lista, no tendrías que estar saliendo de casa ahorita?". Y si, el chico tiene razón. Son casi veinte para las seis, y yo sigo enfundada en mis mallones negros con la blusa de la suerte y mis botas vaqueras, no me he maquillado, por lo menos mi pelo no es un desastre, y no recuerdo dónde guardé el pantalón de lino que quiero usar esta noche.

Ya me voy, si no quiero llegar tarde a la cita.

Conversamos nada más unos instantes más. No tuve tiempo de decirle que tiene razón, que es sólo un coche, y que a veces no me doy cuenta de que todo alrededor está marchando en orden, aún cuando Hans se pone los moños para querer arrancar, aún cuando dejé temporalmente mi empleo y no tengo dinero, aún cuando las noches no nos son suficientes para decirnos todo lo que queremos decir, para compartir todo lo que estamos listos para compartir.

Ya me voy, ahora sí. Me pondré las ballerinas de JULIO, porque definitivamente también fueron un regalo para él, y a ver de dónde me saco ese fabuloso pantalón ancho, que quiero combinar con una blusita color gris.

"Es sólo un coche". Parece mentira que tenga la sensación de estarme escuchando a mi misma, cuando mi padre, mi hermana o San Román, se quejan de que sus autos no funcionan o algo les hace falta. Este chico parece que está del otro lado de mi espejo, o que vino también a conectarse directamente con mi pensamiento. Esa frase, de que sólo es un coche, se la dije ayer a mi padre, cuando me mostró el rayón que le hizo a su deportivo en la defensa trasera. Mi consejo fue, que no hay que aferrarse a los bienes materiales; y ahora el chico, sin saberlo, viene a decírmelo como me lo debí decir hoy por la mañana, cuando todo el jaleo por la reparación comenzó.

Ahora sí ya me voy. Una vez más, intentaré conseguir tiempo. Temo que se me haga tarde de verdad. Que el tránsito en Periférico y el transporte colectivo, se apiaden de mi.

lunes, 19 de abril de 2010

Dos mil diez

Harto de malvivir el siglo veinte
muere de mal de amores.


Y la mentira vale más que la verdad
y la verdad es un castillo de arena.

Y por las autopistas de la libertad,
nadie se atreve a conducir sin cadenas.

Ganas de..., Joaquín Sabina.

Estamos cayendo en la cuenta de que el 2010 es el peor año para ponerse a escribir una disertación sobre la Revolución Mexicana.

Tantos escritos, tantas miradas, tantas cosas que se quieren decir, tantas historias que ahora resulta que estuvieron "olvidadas", tanto que se pudo decir antes pero que hasta ahora se ha tomado en cuenta.

Todo agobia, se te viene encima.

De repente, resulta que todo mundo tiene la última palabra, la verdad absoluta; la mejor intepretación de lo que sucedió o de lo que debió haber sido. La mejor conclusión, el fechamiento correcto, lo que en verdad se supone que fue que pasó. Y la verdad, es que todavía no se sabe nada.

2010, a un siglo de que estalló la Revolución Mexicana. Año en el que cumpliré 27 años de vida. Año en el que por fin me puedo llamar licenciada. Buen año para iniciar un posgrado, para pensar en cambiar de Ciudad, de país o de color de piel. Pero no tan buen año para escribir sobre el movimiento social que traspasó fronteras, que ni siquiera el "gobierno federal" se atreve a fechar correctamente.

Año de buenas decisiones, de mejores hábitos, de buenaventura en los 365 días que lo llenan.

Meses de amor, de volverlo a intentar, de dejarme llevar, de llenar a otra persona, y de sentir como gota a gota está viniendo a llenarme a mi.

Año de pensar seriamente si hace falta o no, romper con todo lo anterior y volver a comenzar. Quizá -definitivamente-, sea tiempo para una nueva protesta que se vuelva revolucionaria.

domingo, 18 de abril de 2010

La manicura francesa.

En realidad yo no sé cómo son las relaciones entre madre e hija. No lo sé, no porque no tenga a mi madre conmigo, sino porque quizá tenga que ser madre de otra mujer para saberlo.

Hace mucho que la relación entre mi madre y yo cambió. No sé si para bien, no sé siquiera si debo escribir sobre esto. Tampoco sé si para mal. No me consta si es normal. Simplemente mi madre y yo, de pronto pareció que hablábamos lenguajes diferentes.

Las cosas, de repente, como un huracán de emociones o como una avalancha de toma de decisiones, han llegado en los últimos meses a cambiar mis panoramas, a hacerme dejar de ver el horizonte vertical. También las cosas con mi madre han cambiado, y supongo que eso es lo que me hace tener un poco más de tranquilidad.

A veces la extraño mucho. Es una mujer con muchas cosas que hacer, es una buena compañía y por eso la extraño y por eso a pesar de tenerla cerca, a veces la siento muy lejos. Con María se lleva muy bien, platican por horas y horas y se entienden a la perfección. Conmigo es distinto. Solemos discutir, solemos tener puntos de vista dispares, vemos la vida desde diferentes filosofías y con diversas opciones. Poco a poco ha entendido que crecí, y yo voy entendiendo que ella se hace mayor.

Suele viajar mucho, a veces lejos, a veces cerca. A veces son viajes relámpago, a veces se va por tiempo indefinido pero después regresa. Otras, las más, yo no logro comprender que aún cuando su vida es sumamente dinámica, ella desee quedarse quieta. Para mi, lo que es es, lo que parece es, y simplemente es una toma de decisión -según nuestros intereses-, lo que hace que las cosas sucedan.

Trata de tender puentes hacia la vida que llevo, hacia la vida que tenemos juntas. Esos puentes nos han acercado, aún cuando nosotras ya no somos las mismas.

La semana pasada una sesión de manicura hizo que riéramos a carcajadas. Hacía mucho tiempo que no pasábamos un par de horas juntas, platicando de las noticias, de nuestras amistades, de nuestros proyectos o de cualquier cosa, sin discutir. Me preguntó que cómo tenía las uñas, le dije que como siempre, gachas, frágiles y los dedos agrietados y cansados. A ella también se le cansan. Son distintas las cosas que hacemos, nuestras manos reflejan mucho de nuestra personalidad, y me da mucha alegría que a pesar de eso, cuando miro ahora mis manos, parece que estoy mirando las de ella.

Me dijo que por su cuenta correría la manicura. Fuimos al primer salón, donde no nos pudieron atender. Fuimos al segundo, y encontramos nuestro lugar. Sentí, que a través de esa pequeña preocupación por los dedos de mis manos, mi madre volcó otra vez su cariño hacia mis intereses, mis cosas, mis historias, mis proyectos y mi salud.

Por fin me sentí otra vez en casa, hablándole como lo hacíamos antes de que estos últimos dieciséis meses comenzaran. Somos buenas amigas, ahora lo recuerdo. No todo es tan malo, no siempre nos llevamos mal, ni siempre discutimos por estas cosas. Fue muy agradable sentir esta conexión, que nos hizo estar contentas por las personas que han aparecido y nos han hecho pensar "qué sucederá si..."

Confieso, sí, una vez más, que no siempre entiende lo que significa escribir, que no sabe lo que siento cuando no logro identificar un dolor que se mueve por mi cuerpo y que no sé dónde va a parar. Pero de pronto algo ha ocurrido, confieso -y no me cansaré de hacerlo-, que esta avalancha de alegrías y de emociones que ha llegado a mi vida, me ha hecho tener paciencia para las cosas que creí que no se podían modificar.

Ella no va a cambiar, yo tampoco. Yo la amo tal como es, me hace mucha falta tenerla todas las noches, platicar con ella en las sobremesas, hablarle por el móvil para preguntarle como está; y de pronto, mirar otras relaciones de madres con hijos, me ha enseñado que siempre tengo otra oportunidad.

Paciencia, tolerancia. Qué más dá si no me entiende cuando sé perfectamente lo que tengo que decir o escribir, pero prefiero quedarme callada. Qué más dá si no sabe cómo es la angustia que uno siente cuando la página sigue en blanco, cuando la mente está cansada, cuando no se puede dormir de noche más que de día. Una manicura, o alguna salida de compras, o una plática de mujeres, ahora sé que nos puede acercar.

Confianza. Llegué a creer que no confiaba en mi. Y aunque no me siento lista para sacar ahora una conclusión, estoy segura de que puedo recuperar la imagen que tenía de mi. Me ha dicho que no le gusta verme sufrir, que no desea volver a verme llorar. Aún cuando no sabe qué es lo que se hace cuando esas cosas pasan, ahora me doy cuenta de que se esfuerza porque las cosas pasen.

Me gusta que volvamos a ser amigas, más que lo hija o lo mamá que somos, más allá de las preocupaciones que tengo de ella, por su salud, por su bienestar, por su patrimonio. Me gusta que una manicura francesa nos haya acercado, que hayamos decidido los diseños la una para la otra, el café que queríamos beber; me alegra que ella pueda hacer a un lado sus compromisos, para venir a comer conmigo a las tres de la tarde.

Deseo que las cosas se queden así. Deseo que se note que aprendo las mejores cosas de las personas, que tomo las experiencias que me hacen ser mejor, que no me canso de volverlo a intentar, de seguir adelante.

Me gusta ver cómo el chico, al borde de la pérdida de la paciencia absoluta, le responda a su madre: "si mamá, ahí voy". Me gusta saber que pongan de su parte, que lleven una buena relación en términos generales, que se tengan confianza entre ellos y se procuren. Me gusta que me hayan invitado a salir con ellos, a aprender de ellos, a convivir con ellos. Me siento contenta.

Es como si llenara mi libreta de notas, y viniera a aplicar todos esos conceptos a mi vida en casa, con la familia con quienes comparto mis venas.

Definitivamente, comienzan a caerme bien los domingos.

martes, 6 de abril de 2010

Urge.

En Comala comprendí, que al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver.
Peces de Ciudad, Joaquín Sabina.

Urge decirle que todas las veces, siguen siendo primeras aún cuando han sido ya segundas, terceras y hasta quintas. Urge decirle que aún cuando no quiero olvidar, sus recuerdos comienzan a perderse en mi memoria. Me urge que sepa, que no importa cuántas malas experiencias o memorias amargas haya en mi haber, ahora va bien cuando se lo platico a media noche, con una taza de café y una concha de vainilla que comemos juntos.

Urge que sea viernes, que deje de ser sábado, que (¡por fin!) quiero que sea domingo.

Urge que me escuchen, que me crean, que me consuele. Urge que se sepa, que ahora sé, que me saben, que lo sé. Urge que se crean que es real, que nos miren, que nos tomen vídeo, que nos dejen fríos en una foto gris. Urge que me abrace, cuando ríe, cuando se enoja, cuando sabe que los papelitos perdidos en su portafolios van firmados por mi.

Urge que me mire, que lo sepan, que no hagan preguntas, que sólo acepten que es así.

Urge que me lea, que me entienda, que me escuche todas las noches, todos los días, todos los amaneceres, cuando caigo rendida sobre la mancha que hace su cabello en las almohadas de mi cama.

Urge que nos hablen, que comenten, que se corra la voz de que las gentes saben, de que quieren saber más, de que no tienen el valor de preguntar.

Urge que no pase el tiempo, o qué demonios, que pase completo. Que no sean sólo tres meses, ni cuatro ni seis. Urge que me mire cuando sea cuarto de siglo, cuando sea cuarto de siglo más dos, más un lustro, más otro siglo.

Urge que venga tras de mi, en esta tarde sin luz, con este aroma de pavimento mojado por la lluvia que acaba de acalorar a mi Ciudad. Que no me mire, sólo que llegue, que me tome por la cintura como lo hizo el día anterior, que me sorprenda, que me bese el pelo por detrás, mientras le tomo la mano por delante.

Urge que me ponga a leer.

Urge que me ponga a escribir.

Urge hacer esa inversión que he estado evadiendo, que me da miedo, que me hace tambalear.

Urge que llegue el 27 de abril.

Urge que por fin sepa, que ya sé qué es lo que siento cuando le digo que no sabía.

Urge leer Pedro Páramo de Juan Rulfo.

domingo, 28 de marzo de 2010

Se rompió la rutina.

Cada noche hacíamos el amor en partes, poco a poco.

Cada noche que intentábamos compartir, comenzaban a fluir estas palabras, nuestras confesiones, nuestros deseos. Nuestros pasados se hacían protagonistas, a veces él, a veces yo. Nunca imaginé que él comenzara a platicarme cómo era, cómo fue, cómo quería seguir siendo.

Y estas horas... benditas horas que ya no son minutos, que dejan de ser instantes. Estas horas que me provocan, porque comenzaron a hacerse días. Que de pronto, cuando menos lo imaginamos, él o yo, ya era el otro día, ya brillaba el sol por la mañana, ya comenzaba a ser domingo sin que nos pesara.

Cada noche, yo seguía escribiendo, él seguía leyendo, los dos comenzamos a acompañarnos sin saber que eso podía suceder. Y comenzamos a conocernos, sin estas mierdas de "no te enamores de mi", ni de "todo puede ser eterno". Comencé, como me dijo Copo de Nieve, a tener confianza en él y en mi misma cuando estaba con él. La historia comenzó a contarse sin saber que podía tener lugar, sin siquiera imaginarnos que podía tener punto final.

Eran noches de intimidad, de silencios absolutos mientras intentaba revivir mi línea muerta. De frases que no se terminaban, mientras él decidía acostarse en el sillón que está a espaldas mías para intentar dormir un poco. No sé si yo trabajaba, no sé si sólo quería terminar los puntos suspensivos, no sé si él tenía que trabajar más, recibir llamadas por el móvil, responder los mensajes del contestador. Estaba cansado, yo parecía más muerta, pero estábamos juntos, y eso hacía especiales estas noches obscuras en la Ciudad.

El amor, como nunca se imagina y ahora intento comprender, puede hacernos sentir lo que nada más podrá. Puede convertirse en el detonante no sólo de amistad o de cariño; puede convertirse en el motor que hace que todo funcione, que uno vuelva de pronto a la realidad, cuando esa misma realidad es la que se está evadiendo.

Y se rompió mi rutina. Una noche, fue sólo una vez, que su visita hizo que me dieran un batazo en la cabeza. De pronto me vi del otro lado del espejo. Me vi sentada a aquí, vestida casi con nada, con el cabello hecho un desastre y mis libros apilados por todos lados, saltando obstáculos de periódicos apilados sobre la alfombra, de zapatos que no se sabe cuándo se estrenarán, apilados sobre los respaldos de los sillones. Me vi respirando una nube de pelos de gato, de polvo pasado, de papeles que ya no se pueden leer.

Y regresé. Intenté hacer lo que tenía que hacer desde hacía mucho tiempo. Tirar los polvos, levantar el papel, sacudir los libros, darle un lugar a cada par de zapatos, meter las cobijas en bolsas de plástico, y el chico no estuvo precisamente aquí para mirar todo esto. En cambio, sí estaba para verme sonreír, para mirarme mientras yo hacía gestos y observaba el techo. Sí estuvo aquí, para decirme que nuestras conversaciones le hacían bien, lo hacían sonreír.

Quizá debí decirle que fue el detonante que rompió mi rutina, quizá debí decirle que sus ojos fueron el motor de mis sonrisas, de algunas decisiones, de mis ganas de intentarlo otra vez. Quizá debí saber la respuesta que tenía para mi, esa contraparte que siempre me gustaba escuchar, que siempre esperé con muchas ganas.

Se rompió la rutina, pero se ordenó una enorme habitación de mi vida.

Se rompió la rutina, y entonces comenzaron a dejarme de caer mal los domingos.

Se rompió la rutina, y me dejó de importar que las personas hagan ruido cuando se quedan dormidas, cuando no pueden más, cuando caen rendidas en la lona de esta ennegrecida Ciudad.

Tuve que saber que quería hacerme suya, tenerme allí, sentir cómo sonreía. Tuve que saber cómo era que me hablara de usted, cómo era verlo mientras tomaba el café de las mañanas, tuve que saber que podía reflejarse el cielo en cada una de sus cosas, que nunca me interesó que dijera que lo suyo siempre iba a ser sólo suyo, pero que también quería que yo fuera suya mientras se hacía sólo mío, exclusivamente de usted, me dijo.

Tuve que saber, que el amor se puede hacer poco a poco, noche a noche, instante a minuto, minuto a hora, hora a día.

Tuve que saber, que el amor no se consuma de golpe, que puede hacerse poco a poco, lentamente, noche a noche.

jueves, 25 de marzo de 2010

Y si resulta que se fue el tren, las corridas de los camiones salen durante toda la noche.

No tuve hijos, me lo perdí.
Soledad, tendré una vida sin ti.
Sofi fue una nena de papá, Fito Páez.

Estoy tan cansada, que ya no sé dónde tengo la cabeza o los pies. Tengo mucho que escribir. Todo se resume en tres oportunidades. Tres, tres, tres. Tres fechas, tres escritos, tres horas que por lo menos debería dormir de corridito.

"¿Cuándo planeas tener un hijo?" La pregunta de mi doctora lleva taladrándome los oídos los últimos tres años. De plano, ayer cuando insistió con esta cuestión de ser madre, le dije que mi respuesta no había cambiado y que no cambiaría por lo menos, en los próximos diez años, y que agradecía que ahora no hubiera sido tan directa, así como agradecería que dejara de preguntarme lo mismo cada que nos vemos en su consultorio para la cita de rigor.

Al mismo tiempo, me he encontrado rodeada de bebés, niñitos que recién caminan, o niñitos de unos cuatro o seis años. "No estaría mal", de pronto mi subconsciente me traiciona pensando que no estaría nada mal tener un hijo antes de los 30; pero la realidad siempre dice una cosa diferente.

Me acordé de San Román, y de cómo se ríe -si no es que hasta se indigna- cuando digo que una de las cosas buenas de no tener bebés es que uno no huele a pañal. A mi me causa mucha risa, y él sabe que no lo digo en serio, pero de todas formas a veces me hace esa carita suya de desaprobación, cuando quiere decirme que no debo juzgar a todos los bebés o a todas las jóvenes madres de igual manera.

No, no debo. Y sí, tiene razón. Y no, no lo digo en mala onda. Con o sin querer, supongo que toda madre termina oliendo un poco a pañal. Y también estoy consciente, de que quizá en unos años, yo también huela igual.

El tiempo siempre apremia. Tic-tac, tic-tac. No importa si es por un escrito que se tiene que entregar, si es por una cita a la que se tiene que acudir, si es para tomar un café por la mañana, si es para tomar una ducha en la noche, si es para decidir tener un hijo, si es para decidir enamorarte de algún chico, si es para regresar a la escuela a estudiar. No importa. Siempre nos alcanza. Siempre apremia. No hay plazo que no se cumpla.

Hablábamos la otra noche, de esta decisión de continuar con la evolución profesional, de actualizarse, de hacerse especialista en un área. Decíamos que está bien planear el futuro en el sentido profesional, pero que generalmente cuando eso sucede, la cuestión personal no avanza. ¿Qué va a a pasar -le decía-, si me dedico sólo a investigar sin importarme nada más, y luego me doy cuenta de que no formé una familia? Él me miró, me dijo que dejara de pensar, y que de cualquier forma, ya eramos todos una familia, sin importar que nuevos miembros vinieran o no a agregarse.

"Lo que sigue, Mariposa -el chico me decía mientras trataba de tranquilizarme-, es que no te presiones por lo que ni siquiera sabes si puede suceder. Y debes dejar de hacerle caso a las recomendaciones de tu doctora, de a ver cuándo viene el primer hijo". Y tiene razón. En el fondo el chico me conoce bien.

Creo que es normal sentir un poco de cosquilleo en las manos, al pensar que quizá el tren se puede ir, el tiempo puede seguir pasando, y uno sólo puede elegir una opción.

Pero como dice mi carnala Diseñadora de Modas, si el tren se fue, se puede tomar un avión o un autobús. Total, las corridas salen cada dos horas y durante toda la noche.

La freaky age llegará -ahora lo estoy comprendiendo-, cuando yo permita que llegue.

domingo, 7 de marzo de 2010

Brillante, casi amarillo.

Luego, en la habitación, todo parecía ser tan brillante como siempre. Tu, yo, nuestros pies desnudos sobre el piso de madera. Tu respiración que marca los latidos de mi corazón. Mi corazón, que recoge a tu cabeza, y te lleva poco a poco a que te quedes dormido.

Todo es como siempre, como debería ser, brillante, casi amarillo. Tu piel se ve del color de mi piel, bajo el agua la mía siempre es más obscura. Tus dedos se entrelazan con los míos; cuando están mojados prefieren hacer sonrisas de otra manera.

El tiempo, esta maravilla que a veces me vuelve loca, por fin se detiene. Y se detuvo, puedo asegurar que así fue. Se detuvo, una vez más, sobre ti y sobre mi, sobre esta mancuerna perfecta que se crea bajo el cielo estrellado, bajo el cielo que se pierde cuando comienza el mar.

Intento dormir, y lo voy a lograr. La luz de pronto me va a despertar, y (por favor) espero que todo siga siendo tan brillante como siempre. Que si no viene de pronto el color amarillo a mi mente, a que tiemblen mis piernas, espero que sea color azul, de este magnífico azul que a veces me contagian tus labios y tu sonrisa.

lunes, 1 de marzo de 2010

Me subo a este tren.

En algún momento de mi existencia tengo que barrer la alfombra, tengo que terminar lo que empecé a escribir, tengo que enviar la correspondencia que hace falta, tengo que terminar de lavar la ropa, tengo que ir a hacerme las uñas, tengo que dormir bien.

Las dos entradas que me gané para la premiere de la película Precious, se perdieron. No tuve tiempo de ir a recogerlas a la estación de radio. Ni modo.

Y me da un poco de pendiente, que así como esas entradas, se me vayan algunas otras cosas por no tener tiempo de hacerlas o de terminarlas. Digo, como sea, el gato seguirá viviendo si se me olvida limpiarle la caja de arena una vez, ¿no? No está en peligro de muerte. Pero una buena oportunidad, un buen latido de mi corazón, un levantón de autoestima y de optimismo, me preocupa que se me vayan si no estoy atenta a que puedo tomarlos.

La vida en esta Ciudad sucede muy aprisa. Todo es para ayer, todo tiene que salir pronto, todo tiene que estar escrito, se deben tener conclusiones, no deben existir los puntos suspensivos. Cuando menos me doy cuenta, son las 21 horas, ya no me alcanza el tiempo, estoy cansada aún cuando quiero salir, me siento feliz aún cuando sigo sola, quiero escribir aún cuando a veces se me olvida el tema del que debo hablar.

Y entonces ya es viernes, luego el fin de semana no sirve para nada. El lunes me recuerda que hay que caminar, que la semana se tiene que aprovechar, que los siete días me tienen que dar abasto para las cosas que se tienen que hacer.

Al mismo tiempo, todo lo que se tiene que decidir. Quedarse en la oficina o irse a otro lugar. Quedarse en ese café, o terminar de beberlo en el coche. Manejar o andar en Metro. Dejarme llevar, o reprimir este sentimiento. Subirme a este tren, o hacer como que nunca llegará a mi estación.

Todo sigue siendo maravilloso. A veces siento que voy a explotar, que mi cabeza no puede pensar más, que mis piernas no dejarán de temblar, que el tiempo por fin me va a alcanzar, que las cosas no se me van a olvidar, que el chico ya no se va a ir, que la mudanza pronto llegará, que el siguiente ciclo está por arrancar. La maravilla radica en decidirlo o no. En tomar la decisión de llevar las cosas a cabo, en tener la confianza de que por fin sucederán.

Y en esta ocasión, como el año pasado, también he decidido tener fe.

Me voy a subir a este tren.

domingo, 21 de febrero de 2010

Abre los brazos al mundo.

Domingo de dormir hasta las once de la mañana. Domingo de almuerzo con la Diseñadora de Modas, de frapuccinos con San Román. Domingo de hacer las compras, de hacer cuentas, de tirarme del pelo porque no me alcanza el dinero.

Domingo de reinventar planes, de inventar proyectos, de deshacer recuerdos. Domingos de darme cuenta que estoy bien acompañada. Domingo que me enseña a dejar de sacarle la lengua a los domingos.

Día de intentar dormir sin tener éxito. De cumplir promesas, de seguir costumbres, de alimentar a mi corazón a través de mi otra familia, de mis amistades, de buena comida, de reírme manejando el coche que ahora ya quiso andar.

Estoy contenta de que el domingo me haya recordado a la cara que una vez soñé con comerme el mundo a mordidas. Que cuando decidí la línea que quería vivir, para luego poder sobrevivir, tuve un sueño, o muchos, que pensaba en inundar las almas con optimismo, con amor, con buenas costumbres. Pensaba que sí era posible cambiar el curso de la Historia, dejar de permitir que los ciclos se repitieran, que los mismos errores se cometieran, que un acuerdo entre algunas partes era suficiente para darle felicidad a una población.

Soñaba con comerme el mundo a mordidas. Eso, con el tiempo y junto con otras experiencias, se me fue quitando. Me olvidé por un tiempo de Clío, me olvidé de hacerme reír, me olvidé de procurarme un corazón, de procurar al que latía bombeándome de sangre todo el cuerpo; me olvidé de comer bien, me olvidé de dejar de beber, me olvidé de las cosas buenas que me merecía.

Un día me olvidé que era posible que alguien pudiera llegar a quererme, pudiera llegar a amarme tal como soy, me olvidé de quererme a mi misma. Pero las cosas pasan, el tiempo se termina, los plazos se cumplen, la evolución sigue, los caminos se vuelven a abrir. Y entonces comencé a urgar entre mis recuerdos, comencé a lamerme la memoria, y comencé a recordar todo aquello que había bloqueado.

Sólo así me olvidé las pastillas en el buró, me olvidé de las malas compañías, me olvidé de los corazones rotos, me olvidé de los solteros tóxicos, me olvidé de las malas decisiones, me olvidé de engancharme como imbécil a lo primero que me pasara por enfrente, fuera lo que fuera. Me olvidé de comer mal, me olvidé de lo que opinan y hablan los demás.

Comencé a formarme una familia, comencé a tomar buenas decisiones, y hoy, que es como sucedió con el Homo Sapiens Sapiens -el que sabe que sabe-, me hice un pensadero y estoy intentando sacar con mis letras todas esas frases que son y que siempre han sido sordas, esas experiencias que no sirven más, esas personas que nunca fueron, y esas decisiones que alguna vez me resintió tener que tomar.

Hoy me dispuse a volver a creer que me puedo comer el mundo a mordidas. Hoy le tomé sentido a la frase que Cristina me dijo por teléfono, esa de que abra los brazos al mundo, de que está ahí, esperando a que lo tome; esperando como esperé yo misma, para poder conquistarme.

Love, i can believe in. Change, i can believe in. Yo creo y con eso basta. Y es oficial, vuelvo a tener confianza, y lo voy a volver a decir a menudo: quiero comerme el mundo a mordidas.