domingo, 6 de junio de 2010

Le pedí y él me prometió.

Me da mucho miedo volverme loca.

Le hice prometerme un par de veces, que no permitirá que me vuelva loca.

Le pedí que si un día dejo de bañarme o me quedo tirada en la cama por muchos días, irá a mi casa a tender mi cama, a meterme a bañar, a darme de comer y a correr a la bola de gatos o perros o animales que se hayan hecho un lugar allí sin que yo me diera cuenta.

Le hice prometerme, que me aterrizará a tierra. Que si un día no respondo el teléfono o no me comunico con él, irá a buscarme para saber si todo sigue bien.

Le pedí que si me da un terrible cansancio mental, de esos en los que ya no se sabe qué es lo que se tiene que hacer o qué es lo que sigue, que si ya no puedo escribir más, que si ya todo lo olvidé, o de plano me da surmenage, que irá a visitarme para recordarme quién soy, quién fui y qué es lo que quería hacer.

Quizá tenga que ofrecerme mi comida favorita, o ponerme a Fito Páez quedito para que me quede dormida. No importa. El chico me dijo que no me volveré loca, que no tengo por qué hacerlo, y que de así suceder, él estará conmigo porque nunca me dejará sola.

Me da miedo. No puedo vivir con este miedo otra vez. Su respuesta me hizo llorar, me hace sentir bien, y espero verdaderamente que me crea, que este miedo a perder la razón es real y que me preocupa terminar como el escritor aquel que sólo hablaba con la señora de la verdulería en el mercado y sus ganas eran simplemente por realizar un estudio sobre el silencio -o en su defecto el ruido- en la Ciudad de México.

Le pedí, también -pobre chico y adorable que me dice que sí-, que si un día ya no puedo aprender más o ya no puedo retener más algún acontecimiento en mi memoria, y le sugiero entonces que quiero hacer realidad mi sueño frustrado de elaborar diseños o confecciones de ropa, o poner un puesto en un mercado de cabecera municipal, me va a yudar a hacerlo. El chico me respondió que entonces buscaremos un buen local, un distribuidor de chiles secos y semillas -o de lo que me haga feliz vender- y seré la mejor tendera del mercado.

El chico me prometió que seguirá a mi lado.

Pero bueno, vaya que las cosas así son, no le digas que te dije, porque prometí no hacerlo oficial hasta que por fin tenga parte.

Prometió, entre líneas, hacerme feliz todos los domingos. Y yo, en cambio, prometí que sostendría su mano y que seguiría mandando a la fregada todo lo que cause esta fatiga que ya no puedo cargar en mis hombros.

Prometí visitar a su madre todos los sábados, y le confesé que quiero compartir las puestas de sol a su lado.

A mi también me sucedió, y justo en primavera. Yo no sé (¡¡carajos!!), en qué momento le abrí la puerta de adelante para que entrara de par en par. Sé que estoy feliz, que me fascinan ahora los días -y particularmente los domingos- que tengo con él y que añoro y deseo vivir a su lado también todos los amaneceres que nos quedan.

Lo extraño más de lo que pensé cuando no duermo con él. Le pienso sin darme cuenta cuando voy a hacer las compras.

Habrá cualquier cosa, y coincido contigo en lo que dices de tus ojos verdes. Que vivamos a través de los nuestros de par en par.

1 comentario:

MAM dijo...

A mí me da miedo perder la capacidad de controlar mi cabeza... que un día no sepa si es día o noche, que no pueda decidir, que no sepa dónde estoy... creo que eso es un poco perder la razón, quizá...

Es jueves y mañana viernes y -como dice Adela- toca. Toca tomarnos unos tragos... elige un lugar de la roma, condesa o el centro... avísame!

M.