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viernes, 21 de noviembre de 2014

Doce de madera mojada, a la que le ha nacido musgo color gris.

Will you still love me when I'm no longer young and beautiful? I think you will.

¿Te molesta si me maquillo en la mesa? Le pregunté. No, acuérdate que tú puedes hacer lo que quieras, me respondió. Entonces saqué una bolsita preciosa de mi bolso, blanca, chiquita, de flores color púrpura; de ahí saqué un espejo de mano que parece polvera y un pincel largo de cerdas rasas, tomé el pincel con firmeza, levanté la cara y con la otra mano enfoqué mi rostro en el reflejo de mi palma, dibujé un largo y brillante mechón de canas en mi melena, sobre mi frente, de lado derecho de mi cabeza. Le di un largo sorbo a mi taza de café, él bebía plácidamente un jugo de naranja, tal y como al amanecer bebió de mi cintura. No me miró, no tenía que hacerlo, estaba enfrascado en una discusión que no tengo por qué entender, pero nuestros pies no dejaban de hablar entre ellos.

Hace un año cambiamos de automóviles para ir a desayunar, pero esta vez no fue así. De hecho no estaba segura de estar escribiendo el año doce, pero para mi sorpresa ahora me doy cuenta de que la estructura la puso él, no he escrito sola en estos meses. Llovía, y una vez más mi auto nos hizo una jugada, no se perdieron los planes, no nos tardamos más que un ratito en lo que todo se normalizaba. Condujimos, uno para el poniente, el otro para el sur. La lluvia se puso de nuestra parte y cesó, pero no cesaron las palabras, las risas y la cena en el lugar donde todo sucede.

Volvimos a vernos un par de horas después, y fue entonces cuando llegó el amanecer. Después una taza de café americano, mi computadora y mi desesperación. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si nos hubiéramos visto ayer. Vinieron con nosotros mis remedios en botellitas de vidrio, los calcetines blancos y el camisón color azul. No hubo cepillo de dientes, y la tinta en él fue el color de mi piel morena. Reconocí el olor de madera mojada a la cual le nació pasto fresco o un tanto de musgo gris, recordé la primera vez que lo tuve así de cerca mientras mis manos fueron una especie de bálsamo para su cuello y para sus hombros.

Después todo sucedió: la lluvia, las flores, la noche... la humedad de nuestras carcajadas, el olor de nuestras palabras. Pasó la medianoche y yo no supe si era miércoles o jueves, si era hábil o asueto, si era él o era yo, no supe si era yo como otra o mi misma como la que hacía mucho no era. Traté de escribir. Seguimos riendo. Contó muchas de sus historias y platicamos de nuestras ideologías, me prometió y yo le cumplí. Por eso la conversación de política es antes de la lluvia, le dije, él rió y seguimos así hasta que nos atrapó el sueño.

Me conoce antes del mechón de canas, después de la luna de mi espalda y antes de las flores de mi muñeca. Hemos estado juntos desde antes de los patines, antes del coche azul y cuando perdí el clásico 75. Hemos hablado muchas veces de noticias, de las pandemias, de sus historias y de la Historia que todavía no me sé. Ahora el coche es rojo, la bicicleta se triplicó y suelo equivocarme de número de departamento.

¿Por qué tú y yo ya no peleamos? Le pregunté. Soltó una carcajada, dijo que porque ahora sabemos que hay cosas más importantes que eso, ahora sé que las cosas importantes son algo así como saber que nos seguiremos queriendo cuando ya no seamos jóvenes ni hermosos, estoy segura que serán más de doce años en la lista, estoy segura de que así será.

Un par de días después deshice la maleta. Volví a mi estudio y traté de poner mis cosas en orden, separar el brandy de las flores y los perfumes mágicos de mis botellitas de vidrio con remedios. Puse en su lugar los cepillos de dientes y los pares de calcetines, la camiseta, y entonces salió del bolso el camisón azul. Huele a madera mojada con musgo fresco, huele a risas antes de dormir cuando ya se ha apagado la luz, huele a su cuello untado con el bálsamo de mis manos.

lunes, 20 de octubre de 2014

...con papel de colores en vez de periódico, y brandy y flores en vez de sangre y semillas.

Extraño ir y venir en la línea del tiempo como lo hacía antes.
Extraño mucho de lo que hacía, pero poco a poco he dejado de extrañar la ansiedad que me muerde los dedos de los pies. Ha vuelto, aquí anda como aura rondando mis codos y lamiendo las yemas de mis dedos. Se lleva mis dientes, rechina mi quijada por las noches... ya no la extraño, aquí la tengo.

No puedo recorrer la línea del tiempo porque no existe. No puedo recorrer mi línea del tiempo porque me duele, me duele muchísimo.

No he podido parar de llorar, y según entiendo eso es bueno. No sé todavía qué es lo que voy a hacer, porque casi para todo tengo una estrategia, menos para un desbordante trastorno de ansiedad. Lo único que he decidido es dejar de obligar a mis demonios a estar dormidos, de alguna forma tienen que apaciguarse, pero ahora he decidido que estén despiertos; me gustaría ponerles la jaula más linda, con papel de china de colores en vez de periódico, y con brandy y flores en vez de sangre y semillas. Estos demonios también son míos, aunque me caigan mal y estén medio feos, pero son míos y los acepto. No puedo meterlos a un cajón y pretender que no existen, no puedo meterlos de regreso a su jaula para obligarlos a dormir, eso será siempre una farsa. Pero tendré que hacer las paces con ellos, pedirles que no me lastimen cuando quiera yo caminar por mi línea del tiempo como antes, como si nada.

Los demonios siguen en su jaula pero están sueltos, ya no fui capaz de seguir manteniéndolos amarrados ni encadenados. ¿Ahora qué voy a hacer?

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Así se escribe el año once.


For you I bleed myself dry.


Volver a verlo era lo que necesitaba para sentarme a escribir. Fingí no querer verlo, y durante un tiempo me escabullí, hui y me desaparecí como humo.

No fue un tiempo cualquiera, fueron diez semanas después de que cumplí treinta y de que él cumpliera cuarenta y tres. Empecé el doctorado, volví a la academia y regresé a dedicarme de lleno a la investigación y a escribir. Sin darme cuenta se agregó un año más a la lista, menos ceros a las deudas y un gato más a la familia. Seguí creyendo en el amor y creí haberme enamorado. Rompí mi propio esquema y me volví a estructurar. Decidí irme de ahí. Comencé a vivir en dos casas, con gasto doble y un gato menos. El metro de la Ciudad se convirtió en mi brioso corcel.

Mientras tanto, él hizo un mal negocio. Resolvió cuestiones de salud, se fue su salvador. No viajó, pero lo hará. No me amó, no lo hará, pero me extrañó. Once años después, estamos viviendo en la misma Ciudad, en la misma zona y casi se podría decir que llegamos a pie al domicilio del otro. No lo puedo creer. ¿En qué momento crecí?

Un mensaje que recordó el viejo programa de televisión, que él no había visto, en el que di mi testimonio sobre violencia intrafamiliar, fue el que nos hizo compartir el desayuno. Vino enorme, con el peinado que me gusta que use y con su coche gris. Como si no hubiera pasado el tiempo, le mostré a mi gato a través del balcón y se cambió de asiento para que yo condujera su auto. Te lo encargo mucho, me dijo. Manejé con cuidado, suave, despacio, como si se tratara del amor. Tomé el eje vial de ida y vuelta, después fuimos a desayunar.

En el camino noticias, risas y obituarios. Me estacioné como pude, y se bajó a abrirme la puerta del auto. Desayunamos. Ella se fue, tal parece que para nunca más volver; tan fue así, que pensé que había muerto. No lo sé él, pero yo no la volveré a ver ni por accidente. Y no me alegro, honestamente. Pasa que es de esas noticias que sabes que nunca vas a escuchar, que necesitas un trago para digerirlas, de esas que ni siquiera sabes si son verdad.

Luego el amor y la regadera y una lavandería. La lavandería en casa, la regadera fría y la cama vacía. Una pizza delgada, tres libros sin leer, un par de gatos que se entretienen rompiendo cosas en el salón. Como siempre, como si nada. Pero entonces hubo un pequeño paseo, su mano que tomó la mía en la banqueta, y dos cepillos de dientes que compramos en la esquina. Como nunca, como todo.

Antes otro paseo, uno que no había habido antes. En cuatro ruedas, dos grandes y dos chiquitas, pasó por mi mientras meditaba descalza sobre el concreto de la azotea. Reí como hacía mucho no reía. Nos divertimos como locos. Conté el tiempo, le dije que eran ya once años, y no volví a mencionar un tema serio en todo el día, ni en toda la noche, ni lo haré en todo el año que nos queda.

Todo este tiempo me he resistido a escribir el año once, sin darme cuenta de que al mismo tiempo no he dejado de escribirlo. Diciembre me arrollará, enero me sonreirá, y entonces febrero tendrá una cara de año doce que no sé si podré con ella.

Por lo pronto le dije una mentira, que no sabía qué día nos habíamos conocido, que había dejado de recordarlo. No es verdad. Lo conocí un lunes, el 5 de febrero. Asueto. Yo no había ido a la Universidad, él venía de comer en casa de su mamá. Muchas cosas he perdido mientras me encontré a mi misma. La fecha de cuando nos conocimos, no es una de ellas.

¿Y ahora? Se acabó el verano, intenté escribir una mierda de otoño, me mudé de casa y reestructuré mi vida. Viene el invierno, se acabará el año once y yo tengo que seguir escribiendo.


Cosas nuevas. Temas nuevos. Una teoría. Un doce me sonríe y no puedo dejar de guiñarle el ojo.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Actualidad es cuando el faro está oscuro entre los destellos; es el instante entre el tic y el tac del reloj; es un intervalo vacío que se desliza para siempre en el tiempo; la ruptura entre pasado y futuro; la interrupción en los polos de un campo magnético giratorio, infinitesimalmente pequeño pero en suma real. Es la pausa, entre el tic y el tac, cuando nada sucede. Es el vacío entre conocimientos.
George Kubler, La configuración del tiempo.

martes, 2 de abril de 2013

Entre la sed y el silencio.

Regresé a casa sintiéndome tan feliz, que olvidé de dónde venía.


Conduje mi auto a través de los Ejes y del Circuito Interior, que me jode que se llame Bicentenario. Yo, chica del Norte, sé cómo moverme por las arterias de esta Ciudad, como si de la palma de mi mano se tratara. No duró mucho tiempo mi trayecto de regreso, no tanto como duró la charla que me mantuvo al borde del asiento la tarde entera.

Muchas cosas se amontonaron en mi cabeza. El último café, las cartas de la semana pasada, los temas pendientes, la labor de investigación... No nos dimos cuenta, pasó el día, pasaron las palabras, y pasamos nosotros por ahí. Atiné a pensar con certeza, que estuvimos por espacio de seis horas, creando un lazo mágico... y no nos dimos cuenta.

Tampoco tiene televisión.
Comenzamos saludándonos como si no nos hubiéramos visto en años, yo moría de sed, y quizá él de silencio. Tomamos una mesa, elijo yo, elige él, eso no causa problema. Con pocos hombres se pueden hacer tratos de esa forma: rápidos, fáciles, plausibles. Hasta esta mañana comprendí que con él se pueden hacer acuerdos justos.

Me preguntó sobre mi último viaje, hicimos bromas sobre la carta del café. Vienes muy contenta, me dijo. Vengo en la relajación total, le respondí; aunque honestamente lo que sucedió fue que reflejé sentirme contenta de verlo. Con el pretexto que siempre me pongo a mi misma, de disfrutar de una buena charla, siempre consigo que todo sea posible. Anécdotas, comenzamos a sumar anécdotas. La del mapa mal dibujado en un papel, la del teléfono en el panteón... "te sugiero" y comenzamos a reír. Reímos como nunca.

Después de la risa y de que llegara el primer café, empezamos a hablar sobre las personas que fuman y cómo lograr dejar de fumar, y tomó esa linda pose que toma cuando me pone atención: recarga su barbilla sobre las manos que se apoyan en los codos sobre la mesa, guarda silencio, me mira y escucha. Hablé y hablé, como hacía mucho no lo hacía. Me reí. Reí a carcajadas, al extremo de que tuvimos que pedir disculpas a los comensales de la mesa de al lado.

Después lo escuché. Tomé esa pose que me encanta que nadie se dé cuenta cuando lo hago: subí la pierna izquierda a la silla de enfrente, y mi codo izquierdo se recargó sobre el respaldo de mi silla. No hice más que poner mis ojos fijos sobre los de él, le escuché como cuando era mi profesor.

Luego los libros abrieron los corazones, abrieron las anécdotas y abrieron las puertas de los departamentos. Hablamos entonces de las historias de mudanzas que traemos cada uno con nosotros, de nuestras cajas de libros, de nuestras repisas vacías. Le hablé del baúl de muertos que siempre traigo conmigo. Luego hablamos de nuestro trabajo, de los muebles con los que escribimos, de las personas con las que conversamos. Le pregunté muchas cosas, me respondió todo lo que quise.

De sus hijos a sus padres, de mi silla de escritor a que no tiene televisión. Sonreí. No dije nada. Pensé que yo tampoco tengo, luego de la última mudanza. De mi departamento a mi última casa, de mi postura sobre el feminismo y la politización de lo términos "empoderamiento" y "tolerancia"; hablamos casi seis horas seguidas. De mi padre a mi trastorno de ansiedad, de los gatos que son suyos y que no quiere, a la historia del perico que se suicidó... La tarde pasó.

Yo llegué teniendo sed, él llegó teniendo silencio.
Cuando habló de su frustración por tener empacados los libros que necesita para trabajar, me vi reflejada en él. No lo sabe, y posiblemente no se lo diré nunca, pero me vi en él. Hablé sobre mis autores favoritos, poco a poco comenzó a entender por qué me gusta escribir lo que me gusta escribir, y me dijo que entendió por qué es que escribo como escribo. Con mucho gusto y mucha sorpresa, pude hablar de Javier Marías porque él también lo lee. Poco a poco comencé a registrar los datos que necesito para trabajar, que se supone que eran el objeto de toda la charla, pero que no sucedió así.

La maravilla de la charla, permeó hasta nuestra labor de investigación histórica. No hizo falta que yo hiciera preguntas concretas; la mayor parte de las cosas las fui deduciendo. Lo que necesito, como es mi costumbre, lo pedí. Concluimos sin querer hacerlo, afuera del café, caminando por la acera, riendo a carcajadas recargados en mi auto. "Anotaré los pendientes que tengo contigo", me dijo y sacó su agenda para anotar todo lo que no quiso olvidar.

Me reí más de lo que escuché. Escuché mucho más de lo que hablé. Yo iba muerta de sed, pero él venía muerto de silencio.


Poco a poco, la maravilla de la labor histórica, permeó hacia nuestra charla y hacia mi auto, hasta la música que elegí como soundtrack.

Conduje Av. Camarones pasadas las once de la noche, y entonces se convirtió en Eje 3 Norte. Llegué a los suburbios de la Ciudad. Le hice de acomodadora de autos, no me importó, porque seguía riéndome de nuestros chistes. Entré a casa. Me acomodé. Seguí bebiendo agua. Soy una chica, y como tal, mi deber es avisar cuando llego sana y salva a descansar. Lo hice, le escribí, ya no quise llamar, iba a ser la media noche. Me respondío una frase, seis palabras, un punto y seguido...

Fue el domingo, que ya comienza a hacerse fecha pendiente. Fue la zona, y fue él. Fue estar casi seis horas entre la sed y el silencio. Se ata entonces, el primer nudo de un lazo mágico que no sabíamos que iba a existir.

Fue la estación y fue que vivimos la pascua. Fue la forma maravillosa de cerrar una semana y de iniciar un mes. Fue el piropo que no me esperaba.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Tesis pasadas, tesis presentes.

Después de mi examen profesional, comencé a demeritar en cierta forma, a mi trabajo de titulación. Mi tesis de pronto se mostraba ajena y lejana a mi. Hablar mal de mi tesis profesional era al mismo tiempo estar demeritándome a mi misma, siempre creyendo en el fondo que alguien iba a llegar "salvarme" o a decirme que yo y mi carrera sí valíamos la pena.

Casi tres años después, estoy terminando mi segunda investigación académica, una tesis de maestría que me ha costado muchísimo trabajo, pero que también ha sido satisfactoria.

Y de pronto, he tenido la necesidad de regresar a leer mi tesis profesional, y me he dado cuenta de que es un trabajo muy bien hecho, muy bien escrito y dirigido de manera excepcional. Ahorita, por ejemplo, me siento más perdida en el tema que cuando escribí esa tesis.

Y la tengo que acabar. Las tesis se terminan, caray, no pueden ser tesis eternamente presentes. Tienen un destino como todos nosotros, y ese es convertirse en objeto del pasado, en el mismo instante en el que se terminan de escribir.

martes, 9 de octubre de 2012

Martes nueve de octubre de 2012.
Apenas hace un día me ha caído el veinte de que el otoño me está enfriando las piernas todas las mañanas. Apenas me está cayendo el veinte de que el año está por terminarse, y el resto de los ciclos que quedan, están por cerrarse.

Me siento muy feliz por tener en mis manos las decisiones venideras. No puedo creer que por fin, dos años después, estoy terminando mi tesis de maestría. Tengo muchas preocupaciones encima, estoy muy cansada de todo esto y del jaleo del posgrado, de toda la competencia... pero ya nada importa porque estoy por terminar.

Es otoño y el viento revuelve mi cabello como si fuera las olas del mar.
Es otoño y estoy feliz, porque todo esto pronto va a acabar.

miércoles, 20 de junio de 2012

Con fecha de caducidad.


Es como estar jugando a brincar la cuerda en la orilla del precipicio.
Tarde o temprano me voy a caer hacia el vacío.

¿Qué es el amor? Nadie está seguro de eso.
Y aquí vengo yo, a enamorarme hombre que tiene un encanto maravilloso, que me ha hecho entenderme a mi misma como nunca imaginé. Y todo está en nuestra contra: los estados civiles, los estados políticos, las fronteras geográficas, las delimitaciones religiosas e ideológicas… y aun así esto sucedió.

Destino, ahora realmente no creo en el destino. Mírame, me senté a tomar una copa de tinto en ese restaurante que se encuentra sobre un puente, y me encontró, literalmente el chico me encontró. Como dice la canción de Fito Páez, él no buscaba a nadie y me vio, buscando margaritas del mantel… Y toda una historia ha venido detrás de nosotros. Hemos dejado maravillosos recuerdos en cada una de las ciudades en las que hemos estado; hemos aprendido más en 25 días que en años de estar viviendo en las grandes capitales del mundo.

Y así, como si nada, se fue a un país del cono sur. Y yo, con todo y mis recuerdos, me quedé en la Ciudad de México, a donde pertenezco.

De pronto me veo envuelta en papeles viejos de 75 años de antigüedad, en periódicos que casi ni siquiera se pueden leer. Me veo metida en textos que tengo que terminar de escribir, pero que no quiero. Me veo metida en unos jeans talla 5, sin saber que bajé 3 tallas. Me veo frente a este espejo, escribiendo en el teclado como si me pagaran por ello… bueno, de hecho me pagan por ello; escribiendo en el teclado con todo el ánimo del mundo, por primera vez sé como acaba la historia, sé cómo debo de escribir, pero esta vez no quiero hacerlo.

Así pasan los días, y me lleno de buenas noticias. Las cosas se han puesto mucho mejor desde que me mudé de casa. Mis amigos se han convertido en mi verdadera familia. Ayer recibí el número del Boletín en el que me publicaron un artículo. Vine de regreso al lugar en donde toda la historia comenzó…

Y la mensajería llegó para dejarme regalos que el chico no puede venir a entregarme. Y su guardarropa se dispersa entre mis manos, dejándome camisetas de rayas azules que huelen a Old Spice, y que envuelven cartas de amor con letras de canciones en un idioma que no puedo comprender... ¿Cuál es el punto? Esto nació con fecha de caducidad. El plazo ya se cumplió, y todavía no llega la verdadera despedida.

Taxis, muchos taxis; Metrobús, Metro, camiones, Terminales de Autobuses, aviones, dos aeropuertos; un Autobús que te abraza mientras viajas, un coche que me sostiene al manejar. En la gran ciudad, todos los medios se han puesto de nuestra parte.
 

jueves, 26 de abril de 2012

Esta vez es primavera.

Me quedé dormida pensando en ti, y afortunadamente soñé contigo. Entonces de pronto es como si en el corazón se prendieran unas cuantas velas, como si encendieran el calefón. Como si le dieran algo de esperanza a un condenado a muerte. Y te acordaste de mi, fue maravilloso entrar al local, formarme como cualquier persona, y de pronto ver tu cara de sorpresa cuando me viste allí, ¿pensaste que no iba a volver? Pues volví, y mejor que nunca.

Fue hoy, al mediodía, cuando comencé a sentir el calor de los papeles de hace 75 años, que me acordé que este viaje es idéntico al anterior, lo único que es diferente es mi corazón.

Estoy en la misma ciudad, en el mismo departamento, voy al mismo café, he frecuentado los mismos lugares para comer. Llegué a conversar con la misma gente. También llegué a trabajar con la misma gente, al mismo lugar, con los mismos papeles viejos que me marchitan las manos y me resecan el cabello. De pronto es como si el tiempo no hubiera pasado, como si todo fuera exactamente igual; como si el autobús hubiera viajado de regreso conmigo adentro, con todo y maleta, con todo y soledad.

Y entonces la gente intuye y comienza a esbozar preguntas, intenta articular argumentos y más y más preguntas... y entonces es una  maravilla no tener historia, no tener memoria y hacerse como si no hubiera pasado. Como si lo pasado, en efecto estuviera pasado. Y sonrío, me alboroto el cabello plateado y me cubro con mis raybans. Ni siquiera ha sido necesario decir mentiras o negar algo, simplemente hago uso de mi derecho a reservar mi opinión y a comunicarme. ¡Zip! Me quedo callada.

No hay motivo entonces para recordar la angustia que me invadió cuando supe que venía por mi. ¿Te acuerdas que llegué con él al café, en la penúltima noche que me quedaba acá? ¿Recuerdas su aspecto? ¿Recuerdas mis palabras entrecortadas? Que bueno que no. Yo me acordaba de ti, pero no de tu pelo largo, ni de tu complexión, y tampoco me acordaba de tu nombre. Hasta hoy por el mediodía me acordé que me hizo llorar frente a mi plato de enchiladas mineras, que nada le satisfizo, que la experiencia no le fue suficiente para despertar su capacidad de asombro.

Es incoherente e inaceptable que mi madre se ponga de su parte.

Y si no era el dinero, era que yo externaba las cosas que me hacían feliz, que me causaban placer o que simplemente me gustaba elegir. No puedo creer que llegué al punto tal de olvidarme de mi misma. Me alegra que la vez pasada no me hubieras pedido mi número de teléfono para salir, porque hubiera sido doble la pena.

Al parecer todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Nada más pasaron nueve meses, viví trece días de juzgados, hice cinco mudanzas, perdi los muebles completos para poner una casa, olvidé un par de botas azules, me deshice de un vestido de novia, pasó un día biciesto, falleció mi mejor amiga; fui a la playa a revolcarme en las olas del mar, perdí ocho kilos, dejé de fumar, comencé a dormir de noche, tomé condición física, tuve un accidente, aprendí a vivir con el alma rota, me hice cargo de mi misma, le menté la madre al miedo, tuve el valor de seguir adelante. Tuvo que pasar todo esto, para que pudieras verme entrar  a la tienda con mi portafolios en el hombro y mi pelo alborotado, para que pudiéramos conversar una semana más, y pudiera yo ubicar mi domicilio conocido en el Jardín Unión.

Por eso me alegro muchísimo de haberme quedado dormida pensando en ti.

Todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Lo único que cambió es que esta vez es primavera.

martes, 31 de enero de 2012

¿Quién te crees?

Yo voy a desafinar, es mi bien desafinar.
Pero es que me ofende tanta, tanta vulgaridad.
Fito Páez, Música para camaleones.

No tengo ni la menor idea de qué es lo que mueve a una persona para comenzar a escribir un blog; para leerlos, seguirlos y comentar, o simplemente para ser lectores anónimos. Conocí el mundo del blogger leyendo a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel y a mi amiga Copo, que se decía ser una víctima casi perfecta. De ahí conocí a personas maravillosas. A un lobo que era hermano de un monstruo. A una chica con un nombre pequeñito. A Lilith, cuyo relato de los preparativos de su boda me arrancaban de puritita emoción algunas cuantas lágrimas. Y entonces me puse de nombre Mariposa Tecknicolor, y empecé a escribir en este espacio para mitigar mi ansiedad, e iniciar un nuevo camino.

Tuve que haber hecho algo, que en realidad ahora no me acuerdo, para que personas gratas y no gratas de mi pasado, me hayan encontrado en la blogósfera y en el mar de información que emana de la internet. No estuvo mal, de hecho, que comenzaran a leerme. Pero tiempo después, mensajes anónimos comenzaron a llenar la bandeja de comentarios de este espacio.

No estaban mal. Algunos comentarios eran constructivos, otros hacían peticiones sobre temas para escribir, hubo algunos que hacían propuestas... Pero entre ellos, también dejaron comentarios ofensivos y agresivos; hubo personas que me pedían que de inmediato eliminara mi blog o que eliminara algunas entradas porque mi escritura estaba "llena de ficción, fuera de la realidad". Así también llegaron burlas, y descrédito para mis letras. Hubo tres personas que escribieron diciéndose llamar soltero tóxico, pidiéndome cuentas, preguntando quién me creía yo para haberles robado la identidad.

Me cansé de dar explicaciones. Llegó un momento en que me cansé. Quizá eso explique un poco el que me encuentre viviendo otra vez en el mismo lugar, escribiendo sobre mis rodillas, tratando de terminar un trabajo que pareciera que he estado escribiendo durante toda mi vida.

Nunca le di la importancia a esos comentarios de lectores nongratos. Nunca me senté a considerar que tal vez debería dejar de escribir en este blog, con este nombre y con esa foto en mi perfil.

Hubo muchos otros comentarios, muchas personas que construyeron estos relatos con su presencia y con su ausencia. Que con los paseos que me regalaban por la Ciudad, con sus días o con sus noches, llenaron mis ojos de dramas que me permitieron seguir escribiendo. Hubo personas, más de las que puedo mencionar aquí, que alimentaron el otoño para que yo pudiera seguir escribiendo en primavera.

Las calles siempre se ponían de mi parte. ¡Qué me importa si no querían que yo mencionara el lugar exacto de nuestros encuentros! Siempre había una esquina, algún semáforo que se ponía a mi favor con su luz color verde, u otro que jugaba a ser necio con su color rojo, que estaba de mi parte. No me importa que no hayas estado de acuerdo, tú o cualquier otro lector que por morbo, afición o simple ocio, se acercó a esta columna escrita con tanta agua entre las manos.

Hubo un lector, sólo uno, que me escribió diciéndome que era el Rey Sol. Imposible, ese al que tú llamas Rey Sol no existe, le respondí. De hecho lo sabrías, si realmente fueras el Rey Sol que protagoniza mis relatos; a menos que te digas ser Luis XIV de Francia, no hay ninguna posibilidad de que seas mi Rey Sol. Cerré el diálogo.

Durante algunas noches le di vuelta al asunto. El tiempo ya no me alcanzaba para serguir escribiendo como lo había hecho los años pasados, ahora mis prioridades habían cambiado, y de entrada había dejado de fumar y de dormir de día. La Ciudad se convirtió en mi domicilio, en lugar de ser una añorada utopía. El amor se convirtió en una cosa que desconocí, que me asustó y que me hizo correr más de una vez, por conveniencia.

¿Por qué entonces me habían pedido una explicación sobre un post del mes de agosto del 2009? ¿Por qué se atrevía a ponerse el nombre de uno de mis personajes, pidiéndome que eliminara el nombre de su mujer de mi relato? Comencé a enojarme. ¡¿Quién carajos te crees para decirme de qué puedo y no escribir?! -No se lo dije, pero lo pensé.

Tendrías que saber, mi estimado lector ignorante de la sociedad moral mexicana de la primera mitad del siglo XX, que Dolores García Téllez fue la organizadora del Movimiento Familiar Cristiano en Monterrey, y fundadora asimismo de la Unión Neoleonesa de Padres de Familia. De ahí viene el sarcarsmo con el que escribí ese texto. De ahí la burla que hice, a las amigas de mi madre, cuando me criticaron por continuar mi amistad con un maravilloso Rey Sol que nunca existió. También deberás saber, que Andrés Neuman es un escritor argentino, de padres músicos y criado en la península ibérica, con el que no me ha unido nada más que la afición y deleite que he encontrado en su novela. Y que mi amigo el Presidente, me ha llenado de más momentos memorables y felices que ninguna otra persona en esta demarcación, haciendo de sus charlas simplemente, un oasis en mi desierto.

Así, también deberás saber que la mayor parte del tiempo me he sentido marchita. Que hay veces en que estoy segura de que no me voy a volver a enamorar, y que entonces no podré volver a escribir del idílico romance que existía entre el Rey Sol y yo, y entre mi y los ojos azules, y entre un chico que vestía un traje casi perfecto que combinaba a la perfección con sus armoniosas manos. No podré volver a escribir de los solteros tóxicos, porque no pretendo volver a conocer a ninguno jamás.

Tendrás que saber que estoy enojada, molesta, y a veces llena de rabia, porque no podré volver a escribir de todas las cosas que me satisfacían, que me hacían feliz y que me llenaban de maravillosos recuerdos.

Hay veces en las que estoy cansada de seguir aprendiendo día a día, mes con mes. Ya no quiero seguir siendo punto de referencia, ni ninguna histérica histórica que se recuerda cada cosa que sucede como si de eso dependiera su propia vida. De nada significó, es verdad, que yo memorizara cada uno de los detalles que inundaron mis romances, mis relatos y mis encuentros.

Quise hacer de mi misma una escritora, y con mucha satisfacción afirmo que lo intenté. Y que hice de mi misma una mujer con un hábito maravilloso.

No te ofendas, pues, de que haya hecho o no aclaraciones pertinentes. Puedes, por supuesto, seguir acercándote a este espacio para reírte, entretenerte, o simplemente para mitigar tu ansiedad, como yo lo hice cuando decidí adoptar mi maravilloso nombre.

miércoles, 8 de junio de 2011

Con soda, por favor

Nunca antes una copa de whisky me había sabido tan bien.
Una charla amable, mucho trabajo que se viene. Cosas por tomar en cuenta, escritos pendientes.
Manejé de Patriotismo hasta Eje 6, tomé Gabriel Mancera, después Concepción. Diagonal de San Antonio me llevó al Eje Central y pude llegar a mi departamento directa a quitarme la ropa, las botas, a ponerme completamente cómoda.
La Ciudad vuelve a guiñarme un ojo, a ser lo que éramos juntas sin la gran pelea, sin los ojos con lágrimas, sin las noches en vela.
Hoy me puse un tankdress completamente veraniego. La sonrisa no la pude esconder. Es imposible no sonreír cuando se trae puesto uno de estos. La sonrisa es parte del outfit.
Nunca antes había sido tan importante que felicitaran mi prosa. Estoy muy contenta.
Esta vez el whisky va con soda, por favor.

sábado, 1 de enero de 2011

Veintidós de septiembre.

22/IX

En torno a un anillo de compromiso puede haber muchas cosas.

Hans estacionado en la esquina de uno de los ejes viales de esta Ciudad, que más han tenido que ver en mi vida.

El maravilloso significado que tiene para mi, el que dicho anillo haya tenido una dueña antes que yo.

Estar con mis Ojos Verdes frente a la mítica construcción de una de las Secretarías de Estado más importantes de la historia política de México del siglo XX. Mirar por el retrovisor de Hans sus paredes, un poco de la fachada, los colores de los muros exteriores. Terminar de crear en mi mente el mural que mis ojos no alcanzan a ver.

Lágrimas de felicidad.

Fiestas interminables con los amigos que son nuestra familia. Cerveza. Fotos. Calles de la colonia Condesa. Alcoholímetros que se burlan sólo una vez en la vida. Vueltas prohibidas que no pasan por la cabeza.

La libertad de responderle tus verdaderos anhelos, y tus sueños más profundos. La libertad de decirle que no importa que no hayas sido la primera, sino que importa que seas la última mujer en su vida.

El día en que entró el primer otoño que nos pertenece, que no me di cuenta, que estaba más preocupada resolviendo los cambios y las decisiones que vienen en nuestras vidas.

Maravillosas reconciliaciones.

Decir te amo a cualquier hora del día.

Pero lo más bonito, y lo que me llena de felicidad, es mirar todas las noches estas manos que escriben frenéticamente sobre el teclado del ordenador, y volver a mirar que ese anillo de compromiso se ha quedado desde ahora, eternamente sobre la piel de uno de mis dedos izquierdos. No importa cuánto trabajo tenga, cuántas palabras me falten por escribir, cuántos guantes de látex pasen por encima de mi piel; hay un hombre que me ama (y como rezaba todos los días y las noches un post-it sobre el espejo de mi habitación), tanto que quiere pasar el resto de su vida a mi lado.

Mi dedo, su tamaño, la cantidad de veces que se mueve sobre estas teclas a lo largo del día. Eso también está en torno a un anillo de compromiso. Dos días se tuvo que quedar en el taller para que lo ajustaran a la cintura exacta de mi dedo anular; dos días que sentí que algo me hacía falta.

En torno a mi anillo de compromiso, hay puro y simple amor. El símbolo de que no voy a dejar de luchar cada día para ser excelente, en todos los aspectos de mi vida.

Luego de mucho tiempo, esta es la primera vez que desde mi corazón siento que de verdad estoy tomando la decisión correcta. Soy muy feliz, tan feliz, como nunca me lo imaginé.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Lo que cuesta sacarse un 9.0

No sabes lo desmoralizada que me siento desde la última semana. Es como si a un panadero le dijeran que su masa de bolillos está mal hecha, que así no es, porque no nutre ni alimenta. Yo, sinceramente, he comenzado a considerar dedicarme a otra cosa que no sea a escribir historia. Escribir las tarjetas de felicitación para Hallmark, por ejemplo, o poner una boutique de zapatos, con estantes para vender también lentes de sol, bolsos y pañoletas.

No sé. Tanto qué hacer y tan poco tiempo. Tanto qué hacer y sin saber cómo realizarlo.

No soy una persona a la que le gusten los problemas, no suelo tener problemas, suelo resolverlos cada que se presentan. Y ahora mírame, tengo muchos problemas, y algunos que no sé de dónde vinieron. De todos éstos, ninguno es historiográfico. Ése es el verdadero problema.

Nunca me imaginé que la gente fuera tan intransigente. En parte ahora entiendo que los estudios de posgrado tengan tanta mala fama, tantas plazas "vendidas", bien "recomendadas", cucharas grandes que de pronto sirven y sirven sólo para una persona. Nunca imaginé que la gente fuera tan falta de tacto, tan falta de valores, egoísta, soberbia... ha habido veces en que me recuerdan a la actitud de María, y creo que eso es lo que me da tanta tristeza.

¿La verdad? Me siento profundamente decepcionada, triste y desilusionada. Por más que trabajo y por más que me esfuerzo, no es suficiente. Las cosas no son suficientes cuando las hago a mi manera. Estoy muy cansada. Si siempre me he portado como una dama, no me merezco que me traten así.

Ahora viene lo más difícil. Si no tengo plan B, ¿qué es lo que voy a hacer?

lunes, 8 de noviembre de 2010

Mantener viva la especie en extinción llamada lectores equivale a conservar el sentido de la escritura: lograrlo dependerá de un ingenio mayor que el necesario simplemente para escribir. La pregunta "¿para qué escribir?", que significa "¿para quién escribir?", se ha transformado en la grosera pregunta "¿cómo escribir para ser leído?".
Esta miseria es la que está en el fondo del desánimo que nos lleva a preguntar ¿para qué escribir? Es una pregunta vulgar, ruin, utilitaria, pero antes que nada es una imposición de nuestro tiempo, y el escritor, como cualquier otra persona, nunca elige su tiempo.
Uno, a lo más, decide qué hacer con lo que le ha tocado.
Óscar de la Borbolla.

martes, 12 de octubre de 2010

De caligrafías

Y como dice mi papá:

Cuando empieza a escribir mi hijo, sólo Dios y mi hijo.
Cuando termina de escribir mi hijo, sólo dios, porque ni mi hijo.

Busqué desesperadamente mis apuntes de Historia de Estados Unidos de mis clases en la Universidad. Encontré las carpetas empolvadas, busqué los papeles, mis hojitas y todas mis anotaciones. No pude leer nada, porque no me entendí nada.

Ni modo. Escribo tan rápido, que... ejem ejem, debería dejar de escribir tan rápido para poder leerme algunos años después.

viernes, 8 de octubre de 2010

La maravilla de escribir historia

Lo maravilloso de mi profesión no va a llegar, no lo estoy esperando.
Me dí cuenta hace unos días, de que lo maravilloso de mi profesión ya llegó, lo estoy viviendo.

Ahora sólo espero que el que mi cuerpo se acostumbre a trabajar desde las cinco de la mañana, en completa paz, calma, y el silencio de mi habitación con mi mesita de trabajo, o con la mesa ratona sobre los pies de mi cama, sea una realidad.

Y también espero que el que mi cuerpo se acostumber a trabajar con pocas horas de sueño, despertando radiante antes de que amanezca, echando mano de estas maravillosas fórmulas para la piel de mi rostro, sea una realidad.

Esto es real. Soy historiadora y es real.

Bienvenida al mundo de la investigación histórica formal, Mariposa Tecknicolor.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

El amor llegó para quedarse

Crecí escuchando a mi madre decir que las mariposas le traían a uno mala suerte en el amor. Mi hermana mayor pensaba lo mismo que mi madre, lo que no es de extrañarse. Yo, en cambio, me aferré a pensar que las mariposas me traerían suerte y buen augurio siempre que las trajera conmigo.

Siempre que vinieran conmigo.

Siempre que quisiera convertirme en una de ellas.

Ahora sé que mi madre no tenía razón. Ahora sé que soy muy afortunada. Hoy estoy segura de que lo que uno desea verdaderamente, se hace realidad. Sé que puedo cumplir todo lo que me propongo, que lucho por mis sueños, que logro hacer lo que siempre soñé. Las metas están allí para alcanzarse.

Y escúchenme bien: el amor llegó para quedarse.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Veinticuatro horas despierta.

A punta de letras, aprendí a expresarme escribiendo mejor que cuando lo hacía cuando me ponía a hablar o a debatir. En noches como estas, que parece que nunca terminan, y que yo tengo tres escritos pendientes que pintan para volverse malditos, es cuando pienso que quizá sea yo más literata que historiadora.

Nunca pensé usar ese vestido para tomar clase. Es uno de mis vestidos favoritos, y creo que es el favorito de él. Éste, el color obispo, con mis botas color negro y mi abrigo corto jaspeado que parece casi color gris.

Y lo logré. Un boost a las veinte 30 horas y heme aquí, casi diez horas después, sigo despierta.

Sólo me falta ya una reseña y un ensayo. ¿Qué más se acumulará?

Extraño a mis ojos verdes, aquí, acostados junto a mi. Ha sido maravilloso que aún con el ritmo de trabajo que tenemos los dos, hemos logrado pasar el mayor tiempo juntos. Cuando más me pongo a hacer historia, más pierdo la noción de la realidad, del tiempo y de mi vida personal. La crisis del extravío del móvil fue superada. Espero que la del fin de año y los nuevos planes que vienen, también lo sea.

Lo extraño. Debería de una vez decidirme a dedicarme sólo a escribir historias; o darme cuenta que investigar Historia también es lo mío, aunque tenga que comenzar a planear mi vida a partir de septiembre de 2012, antes es imposible.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Estoy hecha para estar en silencio.

Un científico mira puntitos a través de un microscopio, disecciona ranas o bichos, despanzurra moscas. Un historiador descubre documentos y compara elementos. Todos los hechos históricos son iguales o parecidos, se necesita saber cuáles interesan según la relevancia que tuvieron. Creo que así es, o podría ser...

A veces pienso que quizá sería muy agradable dedicarme a lo mismo que los ojos verdes, o que ellos se dedicaran a lo mismo que yo. A veces pienso que sería más fácil escribir todo lo que tengo que escribir si estuviéramos juntos, o que sería más ameno leer juntos; o que compartiríamos de distinta forma el tiempo si yo estuviera junto a él mientras se pone a editar el vídeo o se queda trabajando en la oficina.

A veces me pregunto si estoy consciente de lo solitario que puede llegar a ser el trabajo de un historiador. Debo cuestionarme si estoy lista para llevarlo a cabo, si manejo los elementos, si comprendo las generalidades.

Luego me acuerdo de los celos profesionales de los de mi mismo ámbito. Luego recuerdo los debates sin sentido que teníamos el soltero tóxico y yo. Me acuerdo de cómo intentaba ayudarme, que verdaderamente no me acuerdo que lo haya hecho de verdad, porque se enojaba, se desesperaba, o cuando tenía que trabajar en casa o tirada en la cama porque tenía que guardar reposo, prefería no visitarme después de algunos días.

Entonces caigo en la cuenta de que me gusta mi profesión, de que no me importa que los ojos verdes no analicen contextos como lo hago, no me importa no saber la edición de QT como lo sabe él, la negociación, la asignación de presupuestos, el manejo de la gente, la mesura del carácter.

Él está hecho para eso, yo estoy hecha para estar en silencio.

Discúlpame por favor, si a veces no me río de los chistes que dices o que dicen tus amigos; debes estar seguro de que siempre me río luego.

miércoles, 23 de junio de 2010

Otro cable a tierra.

Anoche, luego de escribir el (pen-) último post y antes de quedarme dormida, me acordé que sí tengo un pendiente todavía por escribir: Las fantasías en Carrusel que le prometí a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel.

Me adelanté y se me fue el avión por un momento. Supongo que es un poco de estrés y cansancio acumulado.

Así que no es oficial, o lo fue por unas horas, pero bueno, digamos que todavía tengo un escrito pendiente, tengo un ultimátum y tengo una línea muerta que tengo que terminar.

Todavía tengo un cable a tierra.