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lunes, 8 de noviembre de 2010

Último ensayo.

Último ensayo de esta materia, de todo el semestre.
Último mes del semestre. Resta sólo la investigación de trabajos finales.

Haber vuelto a la investigación de tiempo completo ocasionará que me quede calva.

Ayer comencé a tomar vitaminas para la concentración, el estrés y el cansancio extremo. En el fondo, lo que me gustaría tomar es una pastilla para dormir porque ya me cansé de que aún con tanto cansancio, me cueste mucho trabajo conciliar el sueño.

A pesar de contar como seis, todos sabemos que sólo han sido tres.
Y esto, señores, parece que por fin se acaba.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Veinticuatro horas despierta.

A punta de letras, aprendí a expresarme escribiendo mejor que cuando lo hacía cuando me ponía a hablar o a debatir. En noches como estas, que parece que nunca terminan, y que yo tengo tres escritos pendientes que pintan para volverse malditos, es cuando pienso que quizá sea yo más literata que historiadora.

Nunca pensé usar ese vestido para tomar clase. Es uno de mis vestidos favoritos, y creo que es el favorito de él. Éste, el color obispo, con mis botas color negro y mi abrigo corto jaspeado que parece casi color gris.

Y lo logré. Un boost a las veinte 30 horas y heme aquí, casi diez horas después, sigo despierta.

Sólo me falta ya una reseña y un ensayo. ¿Qué más se acumulará?

Extraño a mis ojos verdes, aquí, acostados junto a mi. Ha sido maravilloso que aún con el ritmo de trabajo que tenemos los dos, hemos logrado pasar el mayor tiempo juntos. Cuando más me pongo a hacer historia, más pierdo la noción de la realidad, del tiempo y de mi vida personal. La crisis del extravío del móvil fue superada. Espero que la del fin de año y los nuevos planes que vienen, también lo sea.

Lo extraño. Debería de una vez decidirme a dedicarme sólo a escribir historias; o darme cuenta que investigar Historia también es lo mío, aunque tenga que comenzar a planear mi vida a partir de septiembre de 2012, antes es imposible.

miércoles, 16 de junio de 2010

Las horas después.

Pensé que esta ocasión sería diferente. Cuando una crisis de ansiedad me sorprende, es mayúsculo mi malestar y por obvias razones se incrementa mi desgano. Generalmente se me quita el apetito, mas en contadas ocasiones, me ha venido un hambre voraz, no puedo dormir la noche siguiente a la crisis, y para acabarla de amolar, me duele el cuerpo y la cabeza.

Hoy, que dormí como pude, que al despertar me dolía todo comenzando por el cuello y la cintura, que me he sentido como barco en altamar todo el día, y que no he tenido el hambre que suelo tener, estoy cayendo en la cuenta de que soñé con él y con el cumpleaños de su madre.

Siempre jugaban a que era bruja, porque su nacimiento tuvo lugar el 31 de octubre. Tiempo después me habría de enterar yo que no era un juego, y que la mujer tenía de dama lo que yo de modelo AAA. En mi sueño había mesas redondas y un hermoso baño completo alfombrado con mobiliario color gris.

La zona de la casa (porque estábamos en su casa) no era linda como donde vivían cuando los conocí, pero era la misma casa. El señor de barba, las puertas para entrar a la cocina, la alacena grande donde el gato se quedaba dormido, el calentador de agua saliendo para el jardín, la mesa del comedor enorme, color natural, las esculturas y las obras de arte, el sillón frente a la ventana en el que me quedaba dormida debajo del sol por las tardes, el cuadro redondo que estaba hecho en su mayoría por laminilla de oro que brillaba mucho por las mañanas. La chimenea en el centro del salón, las escaleras de madera que hacían ruido cuando subíamos, el sillón de piel que nos abrazaba cuando nos quedábamos dormidos, y que lo albergaba a él cuando yo elegía dormir sola.

Todo estaba en su lugar, todo era bonito por dentro, pero por fuera estaba horrible. No había pavimento en las calles, llovía a mares, no había escaleras y en su lugar sólo eran rampas de cemento a medio terminar. Personas que me miraban extrañamente, envoltijadas en harapos que se veían casi podridos. En fin. No era un lugar agradable, no era como yo recuerdo que era.

Había una fiesta, yo estaba compartiendo con unas chicas, estaban las amistades que compartimos, y él estaba allí, sentado frente a mi, con su piel de terciopelo de jaguar en celo, y sus rostros de libertadores que más parecían ajenos que mis favoritos. Tenía el pelo justo como cuando lo conocí, se veía bastante bien y su madre también, eran radiantes, la casa era bonita y me gustaba estar hasta en la cocina.

Todo era como siempre quise que fuera. No existían toxicidades, ni hermanos olvidados que después resultaban más tóxicos que el benjamín. No había malos tratos ni tampoco gatos, mucho menos perros, y estaban allí todos esos posters color gris.

Desperté, sintiéndome muy mal físicamente, pero en el fondo pensé que todo estaba en orden.

Hace ya muchos meses que se murieron en mis sueños, en mi memoria, en mi cuerpo, y que sólo falta que me confirmen que se murieron de verdad o que se mudaron de Ciudad.

Soy malísima para la interpretación de los sueños. No sé qué querrá decir haber soñado con ellos justo la noche del día en el que tuve una de las crisis más fuertes del año; ni tampoco sé qué querrá decir haberlos soñado tan perfectos.

Tengo que aceptar que en el fondo deseo que el chico tóxico no tenga más malestares y que sea feliz; que la vida no se le complique más de lo que él se la estaba complicando. Debo confesar que deseo que todo esté perfecto tal y como lo soñé.

No todo lo que brilla es oro, y esta ansiedad no se quiere ir lejos, se quiere quedar dándome vueltas como lo hace ahorita el gato alrededor de mi mesa de trabajo. Ni modo. Cada quien lo que le toca, y supongo que tendré que aprender otra vez -o acostumbrarme- a vivir con ella poco más de tres días cada seis meses.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Tres meses, tus años, nuestra historia.

Ahora que...

Ahora que nos besamos tan despacio,
ahora que aprendo bailes de salón,
ahora... que una pensión es un palacio,
donde nunca falta espacio
para más de un corazón.

Ahora que las floristas me saludan,
ahora que me doctoro en lencería,
ahora... que te desnudo y me desnudas,
y en la estación de las dudas,
muere un tren de cercanías.

Ahora que nos quedamos en la cama,
lunes, martes y fiestas de guardar,
Ahora que no me acuerdo del pijama,
ni recorto el crucigrama,
ni me mato si te vas.

Ahora que tengo un alma
que no tenía.
Ahora que suenan palmas
por alegrías.
Ahora que nada es sagrado,
ni sobre mojado llueve todavía.

Ahora que hacemos olas
por incordiar.
Ahora que está tan sola
la soledad.
Ahora que todos los cuentos,
parecen el cuento
de nunca empezar.

Ahora que ponnos otra y qué se debe,
ahora que el mundo está recien pintado,
ahora... que las tormentas son tan breves
y los duelos no se atreven
a dolernos demasiado.

Ahora que está tan lejos el olvido,
ahora que me perfumo cada día.
ahora... que sin saber hemos sabido,
querernos, como es debido,
sin querernos todavía.

Ahora que se atropellan las semanas,
fugaces, como estrellas de Bagdad.
Ahora que, casi siempre, tengo ganas
de trepar a tu ventana
y quitarme el antifaz.

Ahora que los sentidos
sienten sin miedo.
Ahora que me despido
pero me quedo.
Ahora que tocan los ojos,
que miran las bocas,
que gritan los dedos.

Ahora que no hay vacunas
ni letanías.
Ahora que está en la luna
la policía.
Ahora que explotan los coches,
que sueño de noche,
que duermo de día.

Ahora que no te escribo
cuando me voy.
Ahora que estoy más vivo
de lo que estoy.
Ahora que nada es urgente,
que todo es presente,
que hay pan para hoy.

Ahora que no te pido
lo que me das.
Ahora que no me mido
con los demás.
Ahora que todos los cuentos
parecen el cuento de nunca empezar.

Joaquín Sabina.

***

Aquí está tu jardinera, que no deja de regar las plantas de tus pies, que no para de escribir de ti. Tu, que has venido a hacerle de Clío, cuando más le ha hecho falta.

Muchos días como estos.

martes, 13 de abril de 2010

Mediodía del número dos.

Es el mediodía del día número dos. Ayer lo pasé entre hospital y análisis, compra de medicamentos, toma de fotografías que no salen a la primera -que debí ir al estudio anterior aunque el fotógrafo me pidiera que me pintara los labios más rojos-, con dolor de espalda, con una fiebrecilla que iba y venía. Lo pasé, como pude, y terminó.

Hoy, me desperté como pude, tarde, para tomarme un té con leche porque todavía no debo tomar café. Fui a la facultad, a seguir con los trámites, a preguntar cómo demonios se llena una forma E5 o como se llame; cómo se debe redactar la carta de petición para la acreditación del idioma.

Y mientras tanto, el sol comenzó a salir. Comenzó a ser el segundo de día de quince, que debo aprovechar, que debo utilizar para leer. Mientras tanto, él me llamó, siempre preguntando cómo me siento, cómo sigo, cómo va esto de los tratamientos con pastillas que saben horribles cuando me las pongo en la lengua para intentar pasarlas de un sólo golpe.

De lejos, de cerca, como sea, los dos nos quedamos dormidos. A veces pasa. Uno no despierta al otro, el otro no sabe que tiene que llamar, el que logra despertar de pronto olvida que le tiene que llamar al otro, y es una gran anécdota que nos hace reír, que ahora sé que no debe preocuparme, que todo se resuelve, como él dice, mientras haya solución no todo está perdido.

Así, ya es mediodía.

Ya sé dónde voy a comer, con quién y cuál será el menú. Ya está tendida la cama, a trabajar en ella con mi mesita ratona sobre las rodillas; debo descansar, pero también tengo que leer, tengo que seguir escribiendo. No está mal. Es como cuando una flebitis marca diablo se estacionó en mis piernas, hace algunos años, y trabajar en cama con muchos cojines en la espalda, me tiró un cable a tierra.

Sigue siendo primavera. El sol me quema la cabeza y hace que mis ojos lloren por tanta luz. Las plantas se ven magníficas con este verde encendido, con estas enredaderas que suben por doquier, como lo hacen los sentimientos en mi cuerpo, como lo hace el amor que de pronto me ha entrado por los dedos de las manos.

Ya es el día numero dos, que viene con esta primavera; que me siento un poco mejor, pero que no estaré del todo bien hasta que termine el tratamiento. Mañana, día tres, saldré a terminar los pendientes, a esperar que sea el día cuatro, en el que mi cuerpo se haya deshecho del 80 por ciento de la enfermedad.

No sé si será hasta el día cinco, o seis, cuando vuelva a estar con él. Me da emoción. Parezco niña en navidad. Me emociona lo que me cuenta por teléfono, me emociona estar con él, aún cuando estos días no me permitan verlo a diario. Me emociona saber, que nos veremos con más gusto que otras veces.

La primavera me envuelve, y los domingos comienzan a caerme bien.

martes, 30 de marzo de 2010

41

Cuarenta y uno hasta donde nos quedamos, cuando sólo hay veintiún lugares. Así es. A competir se ha dicho, como todo, como siempre.

Y como si fuera un gran piano, la Historia también se escribe a cuatro manos. Madame Copo de Nieve no sólo es mi amiga, colega, compañera, también es mi asistente redactora, mi correctora de estilo, mi otro par de manos que a kilómetros de distancia, me ayuda a terminar un escrito casi perdido.

Pasé algún tiempo preparando el trabajo, no mucho, no poco, las noches necesarias, algunos red bulls, algunos cafés por las mañanas. Tenía mucho sueño, a veces me daba cierta desesperación porque no es lo mismo escribir cuando no se sabe quién será el lector.

Entonces, a través del mensajero, Madame Copo de Nieve me ayudó como si estuviera sentada a lado mío. Enviamos, recibimos, transcribimos, todo en archivos. Buscando el mejor sentido de las frases, los nombres de los funcionarios de la Administración Pública Federal que ya no quieren saber más de investigación histórica, traduciendo cartas que hace unos años ella escribió. En mi escritorio, en el suyo, en uno rentado de un cibercafé, unos minutos antes de entregar el escrito.

A cuatro manos, me dijo, como se toca el piano a cuatro manos, así terminamos el proyecto.

Y el folio resultó ser el número 41. A competir, repito, así será. No es un número exorbitante de aspirantes, pero tampoco es de risa. No es un concurso de selección para entrar a estudiar a la Universidad Nacional, pero tampoco es conseguir un trabajo de recepcionista.

Tres tomos de Historia de México. Tres libros sobre Teoría de la Historia. Recordar -volver a vivir-, cómo es el oficio del historiador, qué criterios se utilizan cuando se hace Historia, qué de todo el pasado, de todo el tiempo, de este mundo, es lo que vale la pena.

Delimitaciones temporales, contextuales, temáticas. Me gusta. Voy a hacerlo, aunque no sea suficiente recordarlo y tenga que volverlo a aprender.

Es maravilloso cuando se tiene compañía que, además, apoya. Copo y yo no estamos juntas por el momento, pero estas maravillas tecnológicas nos acercan; hacen que nos alegremos de las alegrías de la otra persona.

No me consta, no lo sé porque lo olvidé, y ahora he decidido no hacer memoria, más bien crear nuevos recuerdos y saber cómo la Historia es.

jueves, 25 de marzo de 2010

Y si resulta que se fue el tren, las corridas de los camiones salen durante toda la noche.

No tuve hijos, me lo perdí.
Soledad, tendré una vida sin ti.
Sofi fue una nena de papá, Fito Páez.

Estoy tan cansada, que ya no sé dónde tengo la cabeza o los pies. Tengo mucho que escribir. Todo se resume en tres oportunidades. Tres, tres, tres. Tres fechas, tres escritos, tres horas que por lo menos debería dormir de corridito.

"¿Cuándo planeas tener un hijo?" La pregunta de mi doctora lleva taladrándome los oídos los últimos tres años. De plano, ayer cuando insistió con esta cuestión de ser madre, le dije que mi respuesta no había cambiado y que no cambiaría por lo menos, en los próximos diez años, y que agradecía que ahora no hubiera sido tan directa, así como agradecería que dejara de preguntarme lo mismo cada que nos vemos en su consultorio para la cita de rigor.

Al mismo tiempo, me he encontrado rodeada de bebés, niñitos que recién caminan, o niñitos de unos cuatro o seis años. "No estaría mal", de pronto mi subconsciente me traiciona pensando que no estaría nada mal tener un hijo antes de los 30; pero la realidad siempre dice una cosa diferente.

Me acordé de San Román, y de cómo se ríe -si no es que hasta se indigna- cuando digo que una de las cosas buenas de no tener bebés es que uno no huele a pañal. A mi me causa mucha risa, y él sabe que no lo digo en serio, pero de todas formas a veces me hace esa carita suya de desaprobación, cuando quiere decirme que no debo juzgar a todos los bebés o a todas las jóvenes madres de igual manera.

No, no debo. Y sí, tiene razón. Y no, no lo digo en mala onda. Con o sin querer, supongo que toda madre termina oliendo un poco a pañal. Y también estoy consciente, de que quizá en unos años, yo también huela igual.

El tiempo siempre apremia. Tic-tac, tic-tac. No importa si es por un escrito que se tiene que entregar, si es por una cita a la que se tiene que acudir, si es para tomar un café por la mañana, si es para tomar una ducha en la noche, si es para decidir tener un hijo, si es para decidir enamorarte de algún chico, si es para regresar a la escuela a estudiar. No importa. Siempre nos alcanza. Siempre apremia. No hay plazo que no se cumpla.

Hablábamos la otra noche, de esta decisión de continuar con la evolución profesional, de actualizarse, de hacerse especialista en un área. Decíamos que está bien planear el futuro en el sentido profesional, pero que generalmente cuando eso sucede, la cuestión personal no avanza. ¿Qué va a a pasar -le decía-, si me dedico sólo a investigar sin importarme nada más, y luego me doy cuenta de que no formé una familia? Él me miró, me dijo que dejara de pensar, y que de cualquier forma, ya eramos todos una familia, sin importar que nuevos miembros vinieran o no a agregarse.

"Lo que sigue, Mariposa -el chico me decía mientras trataba de tranquilizarme-, es que no te presiones por lo que ni siquiera sabes si puede suceder. Y debes dejar de hacerle caso a las recomendaciones de tu doctora, de a ver cuándo viene el primer hijo". Y tiene razón. En el fondo el chico me conoce bien.

Creo que es normal sentir un poco de cosquilleo en las manos, al pensar que quizá el tren se puede ir, el tiempo puede seguir pasando, y uno sólo puede elegir una opción.

Pero como dice mi carnala Diseñadora de Modas, si el tren se fue, se puede tomar un avión o un autobús. Total, las corridas salen cada dos horas y durante toda la noche.

La freaky age llegará -ahora lo estoy comprendiendo-, cuando yo permita que llegue.

sábado, 13 de marzo de 2010

El ciruelo por fin floreció.

Hace apenas un par de horas que regresé a casa. Manejé, como tantas ganas tenía, por las avenidas de la Ciudad que más feliz me hacen. Son nobles, enseñan muchas cosas. Aclaran las mentes, hacen sonreír. Hacen sentir que los semáforos en verde, son ojos que me atraen, que me incitan a seguir adelante, son el par de ojos que me provocan, son las luces en verde que me excitan.

Me encontré, con que el ciruelo rojo que compró el soltero tóxico, y que aún conservo plantado en un macetón de barro, comenzó a florecer. La maldita primavera ya no se detiene, y tal parece que durará más que un segundo, que cada semana seguirá muriéndose un verano, hasta que estos tres meses se terminen.

Si el delgado árbol de ramas largas ha logrado florecer, supongo que la que sigue soy yo, son las otras mecetas, es mi pensamiento que cada vez vuela más alto.

Siento que las alas se van a desenrollar.

Es el mar. Necesito ver el mar. Necesito ver azul; tanto verde mirándolo fijamente, me provoca vértigos, me enchina la piel.

El mar. Necesito ver el mar.

Es oficial, el invierno se está acabando. El ciruelo por fin floreció. La primavera no tarda en llegar.

jueves, 4 de febrero de 2010

El beso del elevador

Nos encontramos, como casi siempre sucede, en medio de la Ciudad, en medio de los coches, saltándonos avenidas, y mojados por la lluvia. La lluvia... más bien el frío, como casi siempre a esa hora, como casi siempre que hace frío. Este invierno, además de ensañarse, nos ha regalado maravillosas horas antes del amanecer. Aún cuando son días que no laboro, tengo que despertarme temprano, pero no importa, él tiene que hacer algunas cosas, despertarse igual temprano, librarse de otras, y llegar a la avenida en donde nuestros coches comienzan la misma marcha.

Y a la misma marcha, uno tras el otro, vamos siempre al mismo lugar, de regreso a mi casa, de regreso a la suya. A la misma ducha, a preparar el mismo desayuno, a jugar con las mismas cosas, a hablar de lo que hubo los pasados días, los pasados lindos, los tristes pasados futuros.

Y ahí vamos otra vez, a mirarnos de frente sin saber que lo hacemos, a que me abrace de lado sin saber que lo hace, a tomarme por la espalda, sin haber pensado siquiera hacérmelo una vez más. A hablar de las cosas que moría por contarle, a escucharme como sabe hacerlo, como me gusta que me escuchen, como me gusta escuchar las opiniones importantes. A tener esta magnífica imagen frente a los dos, de ambos cuerpos abrazados y enlazados, de lado, de frente, de perfil, de espaldas, de como sea. La imagen ahí está, y se congela.

Ahí vamos, a desayunar en una mesita ratona que movemos como la gana nos da, a hablar de los coches como si de verdad nos importara, a hacer que no ha pasado nada, aún cuando sabemos que han pasado muchas cosas.

Y miro como toma esa ducha, esa que debería tomar con él allí dentro, como me gustaba cuando lo hacíamos después. Y me mira mientras tomo la mía, y platicamos, y se enfoca, y pierde el hilo, y le gusta mirarme mientras lavo mi pelo, con la misma marca de champú que copié de la regadera de su mujer, y lo desenredo con ese peine enorme, que imagina que juego con él.

Y mi pelo, sobre su cintura, parece que hace maravillas. Y el tiempo, que transcurre sobre nosotros, sobre esa habitación que se hace más pequeña, parece que se detiene para siempre.

Luego, se pone la indumentaria. Y yo, sin saber lo que estoy haciendo, me enfundo en el par de medias negras, en la falda a la rodilla que le gusta imaginar que arranca de mis caderas, en los tacones que parece que están pegados a las plantas de mis pies. Cojo el bolso, toma su cartera. Todo pasa como un día cualquiera. Los dos volvemos, y los coches nos esperan.

Nos esperan, como lo hace mi casa o la suya, hasta la próxima semana, hasta la siguiente luna del lunes que entra, del sábado que pasó, del domingo que no quiero que llegue.

Las trampas del destino son como carreteras; el destino, este ambiente que nos envuelve. ¿El final del camino? Que yo ría como lo hago, mientras me mira desde abajo, sin parpadear. Que el tiempo se vuelva a detener, para que platiquemos como nos gusta hacerlo.

Vuelvo a donde partí, vuelvo a pensar que todo está bien, vuelvo a mi rutina con el sabor de sus labios todavía en mi.

Salimos, yo camino más aprisa que él, me da escalofríos pensar en mis vecinos, o en los suyos. Sigue tras de mí, llamo el elevador, lo tomamos. Se recarga en el fondo del cubo de acero, se cierran las puertas, doy un paso hacia él y comienzo a besarlo como si fuera la última vez, como si esa luna de ese lunes o domingo siguiente no fuera a llegar; como efectivamente es, que yo estoy volviendo a la guerra.

Nos besamos como no lo hicimos en todas las horas anteriores, en todos los meses que pasaron, en todos los años que no supimos que estuvimos allí. Es un maravilloso beso, que dura lo que tarda en bajar tres pisos el elevador, que hace que nos fundamos en ese instante, por unos segundos, entre el fluído y mi respiro. Y sentimos que es el último que nos vamos a dar.

Se abren las puertas, nos separamos, salgo yo primero, él me sigue -y puedo jurar que me mira el trasero, o intenta hacerlo cuando se dibujan en mi falda los sujetadores en mis muslos por detrás-, y volvemos a despedirnos. Como siempre, como nunca, como nada, como todo.

Me subí pues al coche, y cuando escuché el sonido del portazo de mi lado, me desperté. Aquí, en mi cama, sin ningún otro cuerpo en mi colchón. Y el corazón, no ha dejado de latirme. ¿Cuándo va a llegar? Ni me quejo, porque todavía sigo de buen humor.

martes, 29 de diciembre de 2009

Tan poco tiempo

Tanto que hacer y tan poco tiempo.
Frase que se la adjudico a El Guasón, en la primera película Batman que dirigió Tim Burton.

Y ahora sí el tiempo me alcanzó, y faltan sólo tres días para que la película de terror termine. Para que todo se vaya. Para que vuelva a comenzar. Para que esta rueda de la fortuna se ponga en marcha, y me deje un buen rato arriba, para que pueda mirar el panorama.

Se está acabando, se acaba, ya se acabó. Y yo todavía tengo muchas cosas que hacer, un montón de ideas que escribir, unas correcciones que hacer, unas reconciliaciones que impulsar, una manicura que no quiere quedar, muchas horas para dormir, y el famoso día de 27 horas que todavía no he podido vivir.

Tanto que hacer, y tan poco tiempo.

martes, 1 de diciembre de 2009

El principio del fin

Hoy es primero de diciembre y desperté envuelta en las cobijas, con la sábana entre las piernas, muerta de frío y con mucha flojera. Me arreglé y tomé café con el Rey Sol. Hacía casi un mes que no nos veíamos, así que intentamos ponernos al corriente en el poquito tiempo que tuvimos para el desayuno.

Parece que en general le va bien, con algunos problemillas como es normal, pero el año pinta para terminarse normalmente. Yo, en cambio, al leer el titular del periódico que traíamos en las manos, le dije "primero de diciembre, por fin, es el principio del fin". ¿Del fin de año?, preguntó, no, el principio del fin de la pesadilla de terror, le respondí.

El 2009 fue verdaderamente cruel conmigo. Desde enero, las presiones y las desventuras no dejaron de llegar. Por ahí de mayo-julio, se detuvieron y me llegaron buenas noticias, buenos dictámenes y propuestas. Me dediqué a terminar mi texto, a pulirlo, a comenzar trámites para que todo fluyera como debía ser, y todo continuó sorprendentemente fácil.

Luego, septiembre, me recordó que seguía siendo 2009. Hice otra inversión que me ha dado estabilidad, pero eso de los movimientos de dineros todavía no se me da, porque en todo el año no logré los ingresos ni la liquidez que tuve en el 2008. Mateo vino a hacerme reír como loca y a llevarme al cine todas las veces que quise, pasamos maravillosas tardes en su departamento, y compartimos muchos desayunos en los que no era ni siquiera necesario que nos dirigiéramos la palabra, nos entendimos muy bien, hasta que se acabó la felicidad de los dos meses.

Así, todo se acaba, todo vuelve a empezar, y mi Fidel se fue llevándose un pedazo de mi corazón, a esperarme en la orilla del río, para cruzarlo juntos, camino al Mictlan. Y aunque sé que nos vamos a encontrar en algún tiempo, en lo que eso sucede, yo todavía no me repongo a que haya muerto como murió. La vergüenza y la tristeza, ahora me estan llenando de indiferencia. Sigo muy deprimida, e intentando averiguar por qué; creo que la razón es que Fidel haya muerto debido a una agresión física, dentro de mi propia casa. Nunca antes había estado en una situación similar, y supongo que es por eso que no lo sé manejar.

Que el año se acabe ya, por favor. Nuevas cosas vienen en camino, próximos encuentros vienen para mi; trámites que se terminan, personas que se quedarán acá y otras, espero que no vuelvan más. Recuerdos que se me olvidarán, calles que no volveré a caminar, espaldas que no volveré a mirar, besos que no tendré que dar.

Amor que viene a mi vida, compañías para desayunar que no me quieren abandonar, cuentas que se comienzan a saldar, amigas mías que no quiero extrañar.

La cuenta regresiva comienza, es oficial. Sólo faltan 31 días y aún me faltan dos. Hay tres de cinco, y los últimos dos me quieren matar. Venga, venga, que el 2010 me trae buena estrella.

lunes, 17 de agosto de 2009

Ya sólo faltan dos

Algunas noches me creo (porque siempre prefiero hacer como que no lo sé), que en la vida sólo se tienen tres grandes amores, y hay que tener cuidado de que no lleguen al mismo tiempo. Los grandes cuando se van, lo hacen de tres en tres. Las malas noticias llegan de tres en tres. Cuando el coche se te descompone, generalmente lo hace tres veces seguidas. Se cuenta del uno al tres para empezar a hacer alguna cosa, o para darle fin. Tres copas hacen una, y volvemos a empezar.

Me han dicho por ahí -aunque no me consta-, que son tres años máximo de noviazgo antes de dar el gran paso. Tres pares de zapatos son suficientes, aún cuando no sabemos por cuántos el clóset no cierra. Tres abrigos dan multiples opciones de outfits, cuatro son una exageración, dos no son suficientes. Y dice el refrán que "el muerto y el arrimado, a los tres días apestan".

Las noticias buenas no sólo me llegaron esta mañana, sino que vinieron tres al mismo tiempo. Ninguna de las tres hubiera sido posible sin mis amigos Madame Copo de Nieve, Rey Sol y Jazmín. Lucky me. Más que porque las buenas nuevas llegaron, soy afortunada porque los tengo a ellos tres. Tres de mis amigos, que se han preocupado por ponerme feliz.

Lo mejor de todo fue que llegaron prácticamente al mismo tiempo. Primero Copo, al mismo tiempo Jazmín y cinco minutos más tarde el Rey Sol. Para cuando hablé con el tercero, tenía la boca seca y me hormigueó un poco la muñeca izquierda. La ansiedad algunas veces no es mala, me impulsa a hacer cosas que no me imaginaba, a terminar cosas que tengo que terminar, y a empezar otras que no pensé que sería capaz. Estoy lista para muchas cosas, mis amigos me lo han dicho a la cara, al oído, en el abrazo o con un cariño.

Estoy lista para volver a invertir, y María insiste también en que no debo tener miedo.

Estoy lista para empezar en un nuevo empleo, finalmente he logrado liberar mi intelecto de los prejuicios que me han querido encasillar.

Estoy lista para intentar el amor, y Mafka se pondrá feliz cuando lo sepa. El día del café que tomamos en Reforma222 insistió en que todo venía diferente, que debía disfrutar y empaparme de lo que el destino me tuviera listo, estaba un poco afligida de verme tan desilusionada y con poca fe. Mañana también a ella le daré las buenas nuevas.

Y el resto de los días hasta que las tres cosas se consumen, agitaré tres veces las alas y le soplaré a esa vela que me mira desde el tocador, porque de los tres meses que venían de espera, ya sólo faltan dos.

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viernes, 13 de febrero de 2009

El taxista, el relojero y el hotel de paso

6/II/09
Lo único que me faltaba: perdí el móvil. Fue la gota que derramó el vaso, traspasé la delgada línea entre tristeza y depresión.

Una vez más, me tocó tomar un taxi cuyo chofer me cautivó. Ahora resulta que los choferes que me llevan y me traen son universitarios, solteros, bien parecidos, responsables y amables. Vaya lección que me ha dado la vida.

Me subí al coche número 38 a las 8:55 horas. Lo tomé afuera del Starbucks al que voy todos los días con mi padre. Yo tenía una cita en la calle Sinaloa -a dos cuadras de la Glorieta de Insurgentes- en la Colonia Roma, a las diez de la mañana. Todas las vialidades de salida hacia el periférico sur estaban hasta el copete, el chofer dudó varias veces antes de elegir una de ellas para salir.

Me venía tomando mi venti light latte de todos los días (que no fue light porque "se nos acabó la leche light y no la han surtido") y un sandwich de pavo con espinacas. Total que el chofer me deseó buen provecho y comencé a tener el desayuno. Comenzamos a platicar de las rutas para llegar a mi cita, de los taxistas, de los robos de autos, de las profesiones y las familias. Escuchamos la radio. Mientras, me enteré que vive muy cerca de mi casa, que su padre es contratista, que él estudia derecho y que colecciona coches. Hablamos de la Historia y de las profesiones. Me reí mucho, también me maquillé, hablé por teléfono un par de veces y me la pasé de maravilla. Cuando menos me di cuenta, eran las 9:50 y apenas íbamos pasando la Fuente de Petróleos. Me puse un poco nerviosa porque se me hacía tarde, así que le pedí que me dejara en el lugar exacto de mi cita, no importa cuánto más me cobraría. Nos despedimos muy cordial, nos dio gusto habernos conocido.
Me quedo con la cicatriz izquierda de su frente y su cabeza; con su Luis Miguel y su camisa planchada. Me quedo con sus "buenos días" y su "buen provecho". No supe cómo se llama.

Me bajé hecha una loca del taxi, justo ahí fue cuando perdí el móvil. Entré a mi cita, todo iba resultando bien hasta que la leche entera de mi venti NO LIGHT latte me pasó factura. Encima de todo, en la oficina a la que fui no se permite la entrada al baño. Ok ok. Al borde de gritar o de volverme loca, expliqué que tenía que salir pretextando haber perdido el móvil y corrí a buscar un lugar donde pudiera entrar al baño. Ubiqué un OXXO y un hotel de paso. Ni lo pensé, y entré fingiendo ecuanimidad a la recepción del Hotel El Conde.

Todavía me muero de risa al recordar la cara del dependiente: "Señorita, aquí no hay baños públicos, pero por esta ocasión le permitiré la entrada. Esta es la llave, está al fondo, entrando a la salita a mano izquierda". Hooray!! Literalmente corrí... Luego le regresé la llave al dependiente y me retiré feliz por haber optado por la opción "hotel de paso", enojada por la leche entera de mi café y triste por mi celular.
Me quedo con la buena fortuna, me quedo con su ubicación en mi Ciudad.

Al salir llamé a mi número sin tener éxito. Luego llamé al sitio de taxis, hablé con mi chofer de ensueño y le encargué lo buscara. Regresé a mi cita como si nada, contándole a la antipática recepcionista que no había encontrado el móvil.
Cuando la cita terminó, caminé a la Glorieta de Insurgentes a tomar el Metrobús. Lo mejor que podía hacer en esos momentos era tomar la ruta panorámica. Me bajé en la estación Revolución y caminé al Metro.

Recorrí el pasillo de puestitos hacia la entrada de la estación Revolución. Pasé por el puesto del relojero y me acordé que necesitaba cambiarle la correa al reloj que mi padre me regaló hace un tiempo, así que lo hice. Entablé una conversación con el relojero como dios manda. Ese señor siempre me ha dado mucha curiosidad: es más o menos joven y tiene una esposa amable, que me parece no es tan su esposa pero qué más da, se quieren, se nota. Me contó que tuvo un accidente y que se dislocó la muñeca derecha y que también le robaron dos coches y que no trabajó un tiempo. Yo le conté algunas cosas también y le pedí que permitiera dar de baja mi número en la compañía telefónica a través de su móvil.

Me prestó su celular y llamé y cancelé mi línea mientras él le hacía pruebas de extensibles a mi reloj y escogíamos la que mejor le quedaba. Vaya que es un tipo amable, de esos que ayudan sin pedir nada a cambio. Tengo muchos años de conocerlo y nunca había platicado con él.
Me cobró una módica cantidad por el reloj, me despedí de él agradecida por haberme hecho el favor del móvil y me fui.
Me quedo con las buenas intenciones, con las ganas de ayudar y con el buen carácter. Me quedo con el don de gente.

El metro no iba tan mal. Hice mucho tiempo para llegar a casa. Fue bueno ser no localizable un tiempo aunque debo aceptar que me causó un poco de ansiedad.
Llegando me quité los tacones y hablé a la aseguradora para preguntar qué procedía con mi coche: me dieron puras malas noticias y no quise saber más.
Le llamé al chico del sur -el más ocupado de la Ciudad-, para pedirle que me llamara a la casa. Quedó probable que nos viéramos en la tarde, pero no fue así.

Los días han pasado muy rápido. Ahora no recuerdo qué más sucedió. Quise escribir estas tres historias en una sola porque me parecieron singulares. La mayor parte de las veces me pasan cosas que no espero que pasen.

Ni el coche ni el móvil aparecieron. Han sido unos meses de muchas pérdidas.
Me quedo con los tres.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Palabras rosas

Los ultimátums llegan cuando menos uno los espera. Hay veces en las que el tiempo se me pasa como si estuviera dormida; así, todo lo veo como si lo soñara.

Afortunadamente, las motivaciones han llegado a mi vida en el momento preciso. He hecho nuevas amistades, he conocido personas, lo he pasado bien. No puedo quejarme. Desafortunadamente el tiempo siempre me apremia.

La historia a la que me he dedicado durante los últimos dos años y medio tiene que concluirse en menos de quince días, todavía no sé verdaderamente cómo debe terminar. Me sé el final pero no quiero que se acabe.

¿Cómo concluir cuando en este justo momento me fluyen las palabras rosas?
La lectura amena, como las charlas, me han llegado periódicamente. Me he sentido bien (o no me he sentido tan mal) y continúo escribiendo palabras rosas; en el fondo creo que es lo que sé hacer mejor.
Las palabras rosas son aquellas que sobresalen en mi texto. Las que pongo en color diferente para que sean leídas de modo alterno, en paralelo. Siempre me han gustado las líneas paralelas y continuamente me valgo de ellas para construir mis ideas.
Bajo otros parámetros, las palabras rosas serían el contexto o los lugares sociales de enunciación de las mismas ideas o de los hechos. Las palabras rosas pueden ser también, desde otro punto de vista, el complemento sentimental de la idea.

Últimamente, estas palabras rosas se han convertido en la columna vertebral de mi construcción del conocimiento. He dejado de tenerle miedo a la página en blanco. Las palabras rosas equilibran los colores en mi escrito.

Mi historia no está hecha propiamente de palabras rosas. Mi historia es diferente. Las palabras rosas son para mi y mi escrito es para mi lector. A través de las palabras rosas, me he dado cuenta de que puedo construir el conocimiento que me permite enamorar a las personas. Me fascina poder llevar a cabo mi tarea con el amor de bandera. Bendito amor. Queridas palabras rosas.

Las Fantasías en carrusel fueron cambiadas por Los orígenes del nacionalismo mexicano y eso me puso triste. Pita Amor está guardada junto a J.K. Rowling. Cristina Rivera Garza me sigue esperando en casa de Rosalía. Ellas también me están esperando. Ellas también están esperando que la construcción de este conocimiento termine.
Debo ser muy lista. Debo canalizar mi entusiasmo por las palabras rosas para un fin distinto. Siempre pienso en mi lector y también pienso en las personas que estoy segura de que me leerán. Pero absolutamente no soy como aquel que les platiqué, el que tenía pegadas las fotos de Cortázar, García Márquez, Borjes y Paz frente a su escritorio: lejos de inspirarlo, le intimidaban y a mi me molestaba en absoluto que me observaran mientras me quitaba la ropa. No puedo dormir mientras otra persona observa. Que ganas tenía este hombre de hacerse la vida pesada (suficiente tengo yo con los domingos).

Yo pienso en Fito Páez, en mi madre, en Itzamar, en Vicky, en Mauricio, en David... Pienso en quienes estoy segura me leerán y me darán comentarios y me pedirán explicaciones. Pienso en los que me aman y en los que -algunas veces- no me entienden. Pienso en los que no me dejarán de querer. También en los que siempre me acompañan. A veces las palabras rosas están escritas pensando en ellos.
Las palabras rosas no tienen que ser siempre leídas.

Las palabras rosas se quedan acá.
Las fechas pasan y pasan por mi cabeza como rollo de película. Día 17, día 22, día 26. Bendito Septiembre. Tres escritos, tres interpretaciones, tres.

Tres fechas y un millón de domingos.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Quiero vivir una peli de terror

...así tal vez sería normal tener insomnio para siempre.
Ya comencé a fumar como antes, ayer me dijeron que traía ojeras muy marcadas. Hoy desperté temprano, después de tomarme un té con leche caliente me volví a acostar y comencé a soñar despierta. Sin darme cuenta me quedé dormida y me dieron las tres de la tarde. Otra vez me dieron las tres. Ahora ya es otro día y sigo soñando despierta.
Las sensaciones son increíbles. Las siento subir por los dedos de las manos. Mis manos. Benditas manos. Escriben, enamoran, aman. Transmiten y también llaman por teléfono. A veces se sienten mal. Duelen y hormiguean. Se quejan ellas también.
No he podido llorar, pero ahora sí me empiezo a acordar de él y pienso qué estará haciendo. Qué será de él. Eso me da miedo. No tengo por qué hacerlo. No debo, más bien.
Tampoco tengo por qué estar ilusionada por un tipo al que sólo conozco a través de una fotografía, un vídeo de youtube y una llamada telefónica. Es verdad que es encantador, y más encantador resulta cuando yo le parezco encantadora. Es en estos casos cuando la tecnología viene a ser un minus o un plus en las relaciones humanas. No todo es teléfono y ordenador. La maldita (o bendita) tecnología lo viene a hacer todo circunstancial o frío. Yo que tanto me quejé de que tenías el corazón en la hielera y mírame ahora, esperando un e-mail o un mensaje de celular. Ah y también me estoy convirtiendo en una experta en los malditos buzones de voz. Esas maquinitas en las que hablo y verdaderamente no sé qué decir porque no sé siquiera si me va a escuchar él o cualquier otra persona. Al final, pierdo el miedo y me tiembla la voz, hablo como si él estuviera ahí pero no quisiera responder. No estoy segura de que no pueda responder, así que todo se tuerce. No hay conversación sin interlocutor. (Espero que ahora alguien me lea, porque si no estaría frita).
Antier me preguntaste a quien buscaba. No quise contestarte que te busqué a ti. Te dije que buscaba a cualquiera, a cualquiera para estar. Pero fue mentira. La verdad es que a ti te busqué por mucho tiempo pero cansada de no encontrarte, desistí. Hoy busco al chico de la cámara. Un chico que parece que es muy importante. Yo no sé si es importante pero sí me consta que es interesante. No se me hará verlo frente a frente ni una vez. El viernes creí verlo en la televisión. Su nombre ha aparecido en varios periódicos. En el vídeo se muestra muy desenvuelto y seguro. Con todo eso, las cosas que me dijo fueron muy sinceras y muy personales. Es otro hombre que no aparecerá por aquí.
Según el noticiario, lo que pasó fue muy importante y el difuntito no era cualquier hijo de vecino. Según mis inferencias, él debió asistir a los homenajes, por eso creí verlo en la televisión. (Por cierto que se veía bien). Y ahora resulta que a ese tipo de personas sólo se les ve a través de los medios de comunicación. Que desconsuelo.
¿Qué pasa cuando se quiere que las cosas tengan un motivo y entonces no funcionan? ¿Qué pasa cuando quiero un vestido pero también quiero tener un motivo para comprarlo? ¡Quiero que me sobren los motivos!
Ahora pasa que no puedo dormir. Ahora pasa que tengo las entregas encima y que el red bull nunca es suficiente. Las horas no alcanzan y todavía me faltan tres. Pasa que me veo más flaca. Pasa que me despierto a las tres o que de plano no consigo dormir. También sucede que pienso en tres al mismo tiempo: en el que me dejó, en el que se va pero sigue presente y en el que quiero que esté conmigo. La construcción del conocimiento me está volviendo loca. Tres versiones, tres escritos, tres interpretaciones. Menos mal que no son seis.
Tal vez sea que la peli ya comenzó, y yo todavía no me doy cuenta.