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martes, 9 de octubre de 2012

Martes nueve de octubre de 2012.
Apenas hace un día me ha caído el veinte de que el otoño me está enfriando las piernas todas las mañanas. Apenas me está cayendo el veinte de que el año está por terminarse, y el resto de los ciclos que quedan, están por cerrarse.

Me siento muy feliz por tener en mis manos las decisiones venideras. No puedo creer que por fin, dos años después, estoy terminando mi tesis de maestría. Tengo muchas preocupaciones encima, estoy muy cansada de todo esto y del jaleo del posgrado, de toda la competencia... pero ya nada importa porque estoy por terminar.

Es otoño y el viento revuelve mi cabello como si fuera las olas del mar.
Es otoño y estoy feliz, porque todo esto pronto va a acabar.

viernes, 4 de febrero de 2011

Un gran cambio.

Masaje en la espalda, crema para las caderas; día de manicura y de uñas de los pies. De peeling facial, y perfectas cejas delineadas. Es el último día oficial de vacaciones, y también mi última oportunidad para ponerme al día.

La semana que entra comienza la montaña rusa otra vez. De buen humor, de mal humor; sobrellevando el carácter -bueno o muy malo- de los demás. Y aprovechando que hoy cumplo ocho días de estar de buenas ininterrumpidamente, sin importar en qué zona de la Ciudad he visto amanecer, decidí aprovechar la mañana y media tarde para terminar de palomear los pendientes en mi lista del buen look de este año.

Cuando puse sobre la mesa la posibilidad de que mi mechón de canas se fuera para siempre, simplemente me sentí mareada. No me da miedo un cambio radical, quizá una despedida radical sí, pero el cambio no; sin embargo, este mechón de canas significa demasiado.

Y el 2011 seguirá significando demasiado. Lleno de planes, organización, escritos pendientes, amistades para siempre, nuevas personas que han llegado a cambiarlo todo.

Me siento feliz, y espero cumplir más de diez días de buen humor ininterrumpido. Ese sería un gran cambio.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Monterrey, Marina Nacional y el coche color plata.

Bien hubiera podido aceptar una cita con el chico del coche de al lado.

Acababa yo de tomar Monterrey, de regreso a casa, y sonaba en mi oído izquierdo la canción No se puede vivir del amor, cuando coincidimos un coche plateado y yo, casi todo el camino. Y ya sabes, ¿no? Sonrisas, radio encendido, ventanillas abajo. El chico -que no era tan chico-, tenía unas canitas que le iluminaban la frente, el dedo anular izquierdo desnudo, y bebía coca-cola light, ¿qué más se podía pedir en ese momento? Me muero de risa. De entrada, y acordándome de las técnicas de ligue que usábamos mis amigas y yo hace algún tiempo, el escaneo del chico del coche de al lado, fue suficiente para darme cuenta que quizá pude haber aceptado una cita para salir con él.

Luego, más adelante, cuando en mi oído sonaba una Lila Downs que me puso de buenas, con su canción Arenita azul y cantando a todo pulmón "soy maripoooooosa", el chico bajó la ventanilla para querer decirme algo, pero yo avancé. Se emparejó conmigo, e hizo ademán de querer decirme algo, y yo miré de frente. El siguiente semáforo me jugó una trampa, no me permitió avanzar, y el coche plata volvió a quedar parejo conmigo, "¿hacia donde vas?" Me preguntó, le respondí que a casa, sonreí, le dije también que estaba cansada. Todo en un segundo. Rápido. Muchas palabras para un sólo instante.

La luz roja todavía, apenas el ámbar del otro lado, ganándole al semáforo metí el clutch para meter la velocidad, le sonreí otra vez y seguí la marcha.

Por ahí por donde se decide ir hacia Tacuba o hacia donde hay más Invierno, me desvié a la derecha, con la direccional tintinéandome en la cara. El tablero también palpita como lo hace mi corazón. Seguí mi camino, pensando cómo le iba a hacer para terminar todos los pendientes, saldar las deudas y entablar una conversación con mi madre. Antes de la Glorieta de las Américas me detuve a comprar coca-cola light, encendí un cigarro, encendí el coche otra vez.

Cuando iba llegando a casa me dije, ¿pero qué te pasa? Porque digo, en otras circunstancias quizá hubiera terminado cenando o tomando un café con el chico del coche color plata, o compartiendo la coca-cola light en lugar de estarla bebiendo yo sola.

Y demonios, ¿qué me pasa? ¿Que qué me pasa? Pasa que me enamoré, que ahora las mariposas ya no las traigo en la panza, sino en la cabeza, a través de mi cabello, y también salen de mis dedos mientras hablo, mientras conduzco a Hans, y se la viven iluminando el camino que transito, que ya no necesita que nadie me venga a coquetear.

martes, 7 de diciembre de 2010

De regreso al punto de partida

Cuando el soltero tóxico se fue para nunca más volver, escribí en un post-it que pegué en mi espejo del tocador, la frase: "El hombre que se quiera casar conmigo sí existe".

Y heme aquí, justo en el lugar donde empecé, en mi habitación frente al sillón blanco, con el gato que se lame las patas y ronronea rozando suavemente mis pantorrillas. Mi pelo hecho un desastre, cada vez más blanco, cuando plata quisiera que se pusiera. Fumando otra vez mentolados lights, con un cenicero menos, unos kilos de más, mucho trabajo por delante, la ansiedad que regresó para pasar las fiestas de fin de año con nosotros, y esa gran diferencia: "nosotros".

Ahora ya no estoy sola, pero de veras que uno como está acostumbrado a vivir de cierta manera, y qué dificil es acostumbrarse a una vida en común, sin importar el domicilio que exista, los domicilios pendientes, los que compartimos todavía, después de muchos meses.

De regreso a pegar post-its por todos lados, porque todo se me olvida, porque los ojos verdes se desesperan -pero creen que yo no me doy cuenta- de que todo se me olvide, de que confunda las palabras; porque afortunadamente para mi, él ha sabido tenerme toda la paciencia del mundo. Y entonces sí, debería ponerme a escribir un libro sobre el estrés y su manejo en la vida moderna, contemporánea y real de mi generación; porque para escribir sobre eso, no necesito ningún posgrado que me avale.

Y regreso entonces. A correr como loca en esta podrida y sucia ciudad, que huele a alcantarilla, que llena de pelusa los cabellos y todo el cuerpo, que ensucia los autos más de lo que los autos la ensucian a ella. Regreso a correr con mis tacones de nueve centímetros, aunque Ro se ría de mi cuando le digo que no puedo seguir de pie, sólo caminando. Sólo caminando en las banquetas de la Ciudad.

Regreso a contar y anotar las comidas que hago al día, a intentar llevar la cuenta de las calorías por cada 24 horas, a no comer trigo, embutidos, hormonas, y a hacer mi mayor esfuerzo para volverme vegetariana. No sé cómo le voy a hacer, pero en ese vestidito corto de flores yo vuelvo a entrar a como dé lugar.

Regreso a manejar horas y horas en el congestionamiento, buscando un Starbucks para tomarme un puto Cherry Mocha antes de que se acabe la odiosa temporada navideña. Regreso a sentirme más sola que nunca, en medio de las filas de esta Ciudad, en el banco, en el supermercado, todo producto de las navidades que me hacen mal, que me ahuecan el corazón, que me hacen sentir que todo está mal cuando sorprendentemente todo marcha sobre ruedas.

Porque encima, la pinche temporada decembrina trajo consigo una carga inmensurable de trabajos, investigaciones cortas y disertaciones. Ahora sí, no sé ni por donde empezar.

¿Por qué nunca nadie confiesa que comenzar una relación o terminarla es difícil tanto cuanto sucede?

El hombre que se quiere casar conmigo sí existe. Duerme más de cuatro noches a la semana conmigo, quiere al gato tanto como lo quiero yo, el gato lo adoptó como parte de la manada, y se quiere quedar con nosotros para siempre.

Y Hans... bueno, se porta bien cuando alguien intercede, porque a veces se cansa de que yo -como siempre- le exija tanto como suelo exigirles a los demás.

domingo, 29 de agosto de 2010

Veintisiete años, prácticamente 30.

Hay una broma en mi familia que dice: "27 años, prácticamente 30". Pues digamos entonces, que hoy cumplí "casi" 30 años muy felices.

Nací hace 27 años en la Ciudad de México, el lunes 29 de agosto de 1983, a las 13 horas, en la Clínica Londres que estaba en la calle de Londres 34 en la colonia Juárez. Los primeros meses de mi vida, mi familia vivió en la calle Rubén Darío en la colonia Moderna; poco tiempo después, regresó a vivir a la zona metropolitana de esta enorme Ciudad.

Y aquí sigo. Hoy, aún cuando casi me vuelvo loca ayer porque no me gusta que me feliciten, ni que me abracen, ni que me digan "que cumplas muchos más", me siento absolutamente feliz porque ha sido un día maravilloso.

Alguna vez escuché que el cumpleaños es raro en el sentido de que inconscientemente se hace una regresión al día en que nacimos, y sentimos algún malestar o enfermedad. Yo no sé si sea completamente cierto, pero sí estoy segura de que me abruman los festejos en casa, me desespera no tener el control de la situación, y me entristece que se malentiendan mis actitudes. En pocas palabras, me gustaría poder decir o hacer exactamente lo que mi cabeza piensa.

Bueno pues creo que por primera vez en muchos años, lo logré.

Desperté muy temprano, antes de las ocho de la mañana, me metí a bañar, me arreglé el pelo, me puse un minivestido negro similar a una enorme camiseta que se encarga de definirme el derrièrre y las botas vaqueras que los ojos verdes me regalaron hace algunos meses. Calenté el coche, me preparé para conducir, y entonces me fui. Manejé y manejé, dilucidando si debía pasar por un Starbucks para desayunar, o si debía seguir para compartir mis galletitas con él.

Tomé Periférico Sur a la altura de Echegaray, seguí hasta Río San Joaquín, quien me enamoró porque estaba completamente libre. Manejé hasta Circuito Interior, bajé los pasos a desnivel, esquivé las luces en rojo, le guiñé el ojo a los semáforos en verde, al auto que venía de mi lado izquierdo, al camión Optimus Prime rojo que venía a toda velocidad por la lateral, y salí justo en la avenida Ricardo Flores Magón.

Amor entre las sábanas, café negro para el desayuno.
Reí a carcajadas, y luego le llamé por teléfono. No estoy segura de que los ojos verdes hayan sabido que ya habían despertado, todavía titubearon si debían bajar a abrirme la puerta del edificio, o si debían seguir soñando entre las sábanas.

Y ahí estaba yo, con mi pelo alborotado, sin una pizca de maquillaje, con mi bolso negro cruzado a la altura de la cadera y mis botitas vaqueras. Nos besamos como si hubiéramos vuelto de la guerra. Te amo tanto... me dijo, le dije, nos repetimos y no paraba de abrazarme sobre mis hombros, en su cintura, dentro de mi boca, sobre su pecho.

Ahí estaba él, con un perro que también lo acompañaba, que me saludaba, que parecía que había venido de carretera. Nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto por mucho tiempo. Te extraño tanto... me dijo, le dije, nos repetimos, y no paraba de besarme sobre mis ojos, en sus orejas, en mi cadera, dentro de su boca, sobre la nariz.

Entramos, era lo que nos faltaba. Subimos y comenzamos a hablar, interminable como siempre, maravilloso como no lo recordaba. Con mi vestidito negro y sus ojos verdes. Con su pelo alborotado, y mi perfume recién rociado. Y ya sabes como es todo esto de los cumpleaños, de felicitaciones y de sorpresas, de galletitas con chocolate que se comen dentro de las sábanas, con café caliente, con sonrisas que recién despertaron, con miradas que no pudieron quedarse dormidas.

Luego el desayuno, compartir con personas que no se esperaban, que hacen reír, que tosen cuando sale destapado el vapor de la regadera. Los perros ya no ladran, el agua ya no hierve. Mis pestañas se rizan, mis labios se definen. El chico se termina el CKIN2U, termina suspirando el doble porque me provoca, y toma mi mano para salir de regreso a la calle.

Cumpleaños feliz, tinto sin soda para la comida.
Hans que ruge como si fuera un auto de carreras, mientras esquivamos los baches de este asfalto sin control, del concreto hidráulico que por fin está destrozado. Casi llegando a Paseo de la Reforma, los ojos verdes me preguntaron si quería El Universal, lo compraron y lo leímos en el trayecto de casa a Coyoacán.

Perdí la cuenta del tiempo que reí feliz. No perdí la cuenta del tinto que bebí, porque la que tiene que conducir soy yo, derecho, dando vuelta a la izquierda, en sentido contrario, cazando valet parkings para que acomoden a Hans en algún lugar. La mano sobre la suya, la otra sobre mi regazo. Los ojos de frente, sentados de lado como novios, como bromeáramos hace muchos años. Lo mejor fue la sobremesa, los planes que vienen para el futuro, el plan para el resto del día; las felicitaciones que aunque no me gustan, logran hacerme sonreír.

Nunca antes había perdido la cuenta del tiempo transcurrido, de las palabras dichas, del amor recibido. Es la primera vez que tengo conciencia que se me quita el miedo de realizar cosas, de vivir sin planearlo todo obsesivamente; y mis ojos verdes han logrado hacer que me deje llevar.

Jarocho mata Starbucks.
Después, su mano sobre la mía, sus brazos sobre mi cintura, mis botitas vaqueras reflejadas en una vidriera. Qué bueno que no pasé por café en la mañana, porque me compró un Jarocho para el postre, y en lugar de que fuera light latte para mi y soya chai latte para él, llegaron sorpresas maravillosas.

Me lleva por café de olla, me toma fotografías hermosas. Nos reímos mucho, nos besamos como si fuera la última tarde de Coyoacán. Habla con mi madre, bebemos café y fumamos mentolados rumbo al coche. Regresamos a casa, a compartir pastel de chocolate y coca-cola light; a recibir a la diseñadora de modas y a San Román, a pasarla bien como hacía muchos cumpleaños no pasaba.

Y todo transcurre como en una linda noche.

Veintisiete años. No sé si prácticamente son treinta, pero sí estoy segura de que en los últimos seis meses he aprendido más cosas de las que imaginé, me sucedieron más cosas de las que planée, y mi lista de propósitos de año nuevo prácticamente se cumplió toda. Obtuve una licenciatura, obtuve un lugar para estudiar un posgrado, me abrí al amor y a un compromiso real y estable, obtuve un empleo que me organizó los horarios... en fin. ¡Lo logré!

Un año nuevo comienza para mi, y los retos se hacen más difíciles, las decisiones más relevantes, y la compañía más placentera. Estoy enamorada... ¡Felices 27 Mariposa Tecknicolor!

domingo, 8 de agosto de 2010

Está conmigo.

Los ojos, ¿cómo son sus ojos? Los ojos de la Ciudad, me parece, que como los míos, son hundidos. Pero no, luego, de pronto, los miro como los suyos, claros, grisáceos, que a veces parecen profundos como el color del acero; duros como el color de la madera, esos marmoleados que no se deciden cómo ser, cómo sentirse, cómo mirarme desde lejos detrás de esos cristales ahumados.

Y así, la maravilla radica en que despierten junto a mi; en que de pronto estén mirándome mientras yo duermo, mientras no sé que están aquí.

Hoy, de repente, poco antes de meterme a bañar, se los vi de frente. Y aquí estaban, con esta maravillosa forma de almendra que cae hacia sus sienes, como si fueran una perla redonda, una canica de colores que quisiera atesorar tener.

Es cuando sucede. Me hago que no sé que me miran. Me transformo un poco altiva, sonriente, coqueta; disimulo que estoy mirándolo mientras me lavo el pelo, hago la cena y me tiro de los vellos.

Es cuando me doy cuenta que no sé qué forma tienen, pero que están conmigo.
Es entonces un maravilloso domingo.

lunes, 2 de agosto de 2010

Se invade mi cuerpo.

Salí de casa a las 8:45 horas. Me subí a su coche azul eléctrico y fuimos por el Starbucks de siempre. Nos reímos mucho. Mis ojos verdes tuvieron razón, él estaba más nervioso que yo. Antes, mi madre y yo comentamos las noticia de la mañana, hablamos sobre las dietas de sopa de col, me dio la bendición y nos despedimos.

Hoy, sin ponerse de acuerdo, mis padres me escribieron una carta en la que me dicen lo orgullosos que están de mi.

Hoy, sin haber amanecido juntos, ni cerca, ni haber sido lo primero que nuestros ojos vieron, mis ojos verdes me dijeron que me aman, que están enamorados de mi; y entonces todo sucede: el pelo se me acomoda maravillosamente, las crisis de estilo no tienen parte, las botas de pronto están boleadas, y la Ciudad se pone siempre de mi parte.

Decidí no hablar mucho, sólo lo suficiente. Era obvio que la mañana me pertenecía completa, con la ruta que yo eligiera, con los vendedores ambulantes sobre la Ribera de San Cosme, pero con una maravillosa vista de Paseo de la Reforma mientras la cruzo sobre Insurgentes, y con una sonrisa enorme de David Alfaro Siqueiros, cuando me guiña el ojo al pasar frente al Poliforum.

Hace ya un mes que me regalaron flores. Hace un mes ya que las puse en un florero de vidrio, en mi mesa de trabajo, y puedo asegurar que no han querido marchitarse.

Me marée un poco, de pronto fue asumir muchas responsabilidades de golpe, saberme oficialmente historiadora que busca un conocimiento para ser mejores. Me marée un poco, abrí una coca-cola light, y aún cuando mis amigos me invitaron a visitarlos para comer con ellos, decidí regresar a casa. Tengo un poco de sueño, todavía tengo mucho qué hacer.

Estoy feliz. Y en esta ocasión me faltan palabras para describir la sensación de tranquilidad y emoción que invade mi cuerpo.


martes, 27 de julio de 2010

Quizá extrañe mi larga cabellera.

Ahora entiendo cómo es que uno se puede enamorar de su mejor amigo. Ahora entiendo por qué hay amigos de toda la vida, que al llegar al punto en el que deciden compartir su vida, se deciden por hacerlo con el compañero o la compañera que ha estado a su lado por los últimos diez, quince o veinte años.

Ahora entiendo lo complicado que puede ser tener un cambio de vida radical, dejar de ser soltera para estar comprometida, dejar a tus amigos para conocer nuevas personas o a la familia política. Ahora entiendo por qué me siento así, porque siento como si no tuviera casa o no tuviera una mesa donde sentarme a comer; ahora me queda más clara esta sensación, de sentir como si el par de zapatos favorito no me quedara, como si mi café por las mañanas supiera diferente.

Creo que no había tenido antes conciencia de todo esto. Creo que es la primera vez que intento analizar la situación de convidar con otra persona.

Sigo -y seguiré- siendo la chica optimista ante el amor, ante los cambios y ante las cosas nuevas, supongo que eso no se me quitará. Aún cuando "la burra no era arisca, los palos así lo hicieron" es una realidad, todavía me aventuro a deshacerme de mi enorme melena para sentirme mejor, para mirarme desde otra perspectiva, como de pronto se comienza a mirar el camino de frente.

Quizá extrañe mi larga cabellera, quizá me sienta más feliz en unos días con el corto cabello que ahora adorna mi cabeza; y supongo que así también uno se aventura a enamorarse, a mirar la vida tomada desde la mano de alguien, a vivir acompañada a pesar de que la soledad se quede tan sola como ella misma.

El tiempo no se detiene, no regresa más. Los amigos aquí se quedan, somos los que estamos y con esto basta. Muchos cambios de estilo vendrán, muchas nuevas mañanas en diferentes camas, en distintas habitaciones, con sábanas nuevas o con las mismas de hace unos diez años, no importa. Se queda lo que se tiene que quedar, y en mi camino anda conmigo, quien poco a poco conoce mis pasos, mi ritmo, mi quehacer.

No importa si no es mi mejor amigo, quizá el tiempo mismo me lo sabrá decir. Tampoco importa si los caminos de pronto divergen y ya no podemos seguir el ritmo de otras personas, pero se sabe que allí estarán, que cerca o lejos seguirán al paso que llevaban, que teníamos, y que poco a poco otras personas se unen a la misma carrera.

Ahora entiendo cómo es que uno se puede enamorar de su mejor amigo, y entiendo por qué no pude enamorarme del mío.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Un par de mapas.

Tus ojos cambian de color casi como lo hace el cielo mientras las estaciones no deciden si -valga la redundancia- estacionarse o seguir su curso.

Tus ojos cambian, se hacen grandes, logran llenarme toda, y también llenarnos a los dos.

Tus ojos son dos gatos por los tejados, ya lo dice una canción.

Tus ojos a veces no tienen color, a veces son como tu sonrisa, a veces sólo tienen tu humor. Y es ahí cuando se ven distintos, y parecen almendras o un par de aceitunas verdes.

Tus ojos son un par de mapas, y me gusta verlos cuando tengo de frente la luz de la ventana; tú estás de lado, la luz no te llega directamente, y entonces los atraviesa, se ven transparentes, y esas minúsculas manchas son como mapas que me guían, que me provocan, que me dicen en dónde voy a parar.

Mirarlos de frente, es como mirar las pupilas de un felino; con la luz se contraen, de noche se ven enormes. ¿Cómo serán los míos cuando te miro fijamente? ¿Podrías decírmelo, la próxima vez que me mires?

De niña tuve los ojos muy obscuros, casi negros, así como mi pelo. Con el paso del tiempo han ido cambiando, como cambió mi melena, que ahora tiene unas canas de lado. Dice mi madre que los ojos de Carmela y los míos parecían capulines, ahora son distintos, ahora somos diferentes.

Sé que vamos a seguir transformándonos, haciéndole al camaleón. Sólo espero que tus ojos sigan siendo este par de mapas que me encuentran, que me siguen; y que después de guiarme, provocan perderme.

jueves, 22 de abril de 2010

Monsieur Madrid, Joaquín Sabina.

Él quería escribir la canción más hermosa del mundo,
y yo siempre he querido estar ahí para escucharla.


Luego de la catarsis de la noche de ayer, me quedé muda por un rato grande, traía la cabeza tan revuelta por tantas emociones, que preferí guardar silencio.

Llegué al Auditorio Nacional cuando se anunciaba la segunda llamada para el chou. Esta vez también me iba a encontrar con un chico, pero no frente a la pantalla electrónica de todas las veces, la que me ha visto los últimos ocho o nueve años encontrarme con distintas personas, con diferentes semblantes, de diferentes humores; la que me ha visto cuando me dejaron plantada, cuando se despidieron de mi, cuando le dije al soltero tóxico que no necesitaba más cargar con sus paquetes ni con sus recuerdos.

Esta vez, el chico me esperaba a un lado de la escultura, junto a las taquillas. Había mucha gente, de hecho yo no lo vi, no lo pude encontrar; y como nos ha pasado desde que nos conocimos, fue él quien me encontró a mi.

El primer sacudidón de emoción que tuve, fue cuando vi los lugares a los que correspondían nuestros boletos. Me emocioné mucho, estábamos verdaderamente cerca del escenario, y comencé a sentir que esta iba a ser una gran experiencia, y que la Ciudad nos estaba regalando otra maravillosa noche, en la que nos quería abrazar hasta que hoy amaneciera.

Unos quince minutos antes de las nueve de la noche, las luces se apagaron, se iluminó el escenario, y Joaquín Sabina se hizo presente, vistiendo unos pantalones color gris, una camiseta negra, una chaqueta de camuflaje verde, y su tan emblemático bombín color negro.

Grité, me levanté del asiento, aplaudí, casi pierdo los estribos; me quité el sombrero, y si hubiera traído un bombín como lo traía él, se lo hubiera lanzado al escenario. Me dio muchísima emoción mirarlo allí, con todos sus años, con las arrugas de su voz, con todo esto que todavía tiene para la gente, para quienes queremos escucharlo horas y horas, por años y años.

Abrió, como me lo esperaba, con la fabulosa Tiramisú de Limón; siguió con Viudita de Clicquot y luego se arrancó con muchísimas canciones, no todas las del último disco, pero sí muchas viejas, casi olvidadas, de esas que no te imaginas escuchar nunca en vivo, como Ganas de... y Medias negras. Cuando escuché esta última, entre todo el frenesí que estaba sintiendo por dentro, comencé a llorar conmovida por completo. Me acuerdo muy bien que siempre me pasa en los conciertos de Sabina, en el anterior, sin recordar ahora por qué fue, lloré muchísimo con la canción Mentiras piadosas. Anoche, no pude evitar acordarme de mi hermana Cristina, de cuando escuchábamos la canción mientras andábamos a toda velocidad en José María, recorriendo las calles de esta contaminada Ciudad.

Ayer, quizá no tan conmovida por el recuerdo de mi hermana, lloré de emoción y de felicidad, porque estaba escuchando una canción que nunca me esperé, y que ahora también está llena de lindos significados. Quizá deba darme cuenta de una vez, que "de estufa corazón, te tengo a ti" es una realidad, y que estoy más acompañada que nunca.

Joaquín Sabina ha declarado en muchas ocasiones, en diversos medios de comunicación, que él nunca se propuso llegar a donde está ahorita, que "sólo quería escribir la canción más hermosa del mundo". Y lo logró. A mi parecer, lo logró.

Creo que la maravilla radica en poder comunicarse con el mundo de afuera, con el que no sabemos a veces que nos está escuchando o nos está leyendo. Uno puede tener mucho qué dar, pero quizá no sepa cómo darlo.

Estoy muy contenta de haberlo escuchado anoche, de haberlo visto tan de cerca, de haber reído y llorado con él, de haber bailado con sus canciones, de haber gritado hasta donde pude. Es uno de los mejores regalos que he recibido en los últimos años, y eso me hace verdaderamente feliz.

Luego, el resto de la noche y un par de horas de la madrugada, nos esperaban. Un coche estacionado frente al Marriott, una cena improvisada, un café pasada la media noche, muchas palabras que no se habían dicho, algunas llamadas por teléfono; y estos ojos, que aún cuando se miran casi todos los días, a veces no encuentran el momento justo para hablar mientras se miran.

Si todos los instantes fueran como ayer en la noche, el amor se haría universal.

Ya pasó un día completo, y sigo muda. Todavía no tengo mucho qué decir.

La mañana fría, el sol que no salió por completo, un taxi, estos camiones que me gustan mucho, otro transbordo, mi casa más fría que cuando la dejé ayer, fuera ropa porque todo me lastimaba. Una llamada larga por teléfono. Una siesta que parecieron dos. Muchos libros, más hojas en blanco, las Reformas Borbónicas que ya no recordaba. Otra llamada a las 16:36 para decirme "Hola", y "te quiero mucho". "Yo también", le respondí con toda la seriedad que me llena cuando me pongo a estudiar. Tacos dorados para la cena. Coca-cola light muy fría. No más cigarros por hoy. Un gato que se duerme sobre mis piernas. Estos ojos que quieren verlo otra vez. Mi corazón, que late más fuerte que nunca. Los recuerdos de la música entrando por mis dedos, de su mano tomando la mía sobre mi rodilla, de sus besos sobre mis hombros, sobre mi pelo, luego del desayuno.

No me quiero olvidar, pero tampoco puedo obligarme a no hacerlo. Creo que lo dijo así: "Los sombreros sirven para camuflarse en los escenarios, y para quitárselos cuando la ocasión lo amerita".

Supongo que podré escribir mejor, cuando ya no esté tan muda.

Me siento tan contenta, que tengo ganas de ponerme a escribir en todas las páginas en blanco, en todas las paredes blancas, en toda la ropa apilada, y en la piel que cubre sus costillas.

domingo, 21 de febrero de 2010

Abre los brazos al mundo.

Domingo de dormir hasta las once de la mañana. Domingo de almuerzo con la Diseñadora de Modas, de frapuccinos con San Román. Domingo de hacer las compras, de hacer cuentas, de tirarme del pelo porque no me alcanza el dinero.

Domingo de reinventar planes, de inventar proyectos, de deshacer recuerdos. Domingos de darme cuenta que estoy bien acompañada. Domingo que me enseña a dejar de sacarle la lengua a los domingos.

Día de intentar dormir sin tener éxito. De cumplir promesas, de seguir costumbres, de alimentar a mi corazón a través de mi otra familia, de mis amistades, de buena comida, de reírme manejando el coche que ahora ya quiso andar.

Estoy contenta de que el domingo me haya recordado a la cara que una vez soñé con comerme el mundo a mordidas. Que cuando decidí la línea que quería vivir, para luego poder sobrevivir, tuve un sueño, o muchos, que pensaba en inundar las almas con optimismo, con amor, con buenas costumbres. Pensaba que sí era posible cambiar el curso de la Historia, dejar de permitir que los ciclos se repitieran, que los mismos errores se cometieran, que un acuerdo entre algunas partes era suficiente para darle felicidad a una población.

Soñaba con comerme el mundo a mordidas. Eso, con el tiempo y junto con otras experiencias, se me fue quitando. Me olvidé por un tiempo de Clío, me olvidé de hacerme reír, me olvidé de procurarme un corazón, de procurar al que latía bombeándome de sangre todo el cuerpo; me olvidé de comer bien, me olvidé de dejar de beber, me olvidé de las cosas buenas que me merecía.

Un día me olvidé que era posible que alguien pudiera llegar a quererme, pudiera llegar a amarme tal como soy, me olvidé de quererme a mi misma. Pero las cosas pasan, el tiempo se termina, los plazos se cumplen, la evolución sigue, los caminos se vuelven a abrir. Y entonces comencé a urgar entre mis recuerdos, comencé a lamerme la memoria, y comencé a recordar todo aquello que había bloqueado.

Sólo así me olvidé las pastillas en el buró, me olvidé de las malas compañías, me olvidé de los corazones rotos, me olvidé de los solteros tóxicos, me olvidé de las malas decisiones, me olvidé de engancharme como imbécil a lo primero que me pasara por enfrente, fuera lo que fuera. Me olvidé de comer mal, me olvidé de lo que opinan y hablan los demás.

Comencé a formarme una familia, comencé a tomar buenas decisiones, y hoy, que es como sucedió con el Homo Sapiens Sapiens -el que sabe que sabe-, me hice un pensadero y estoy intentando sacar con mis letras todas esas frases que son y que siempre han sido sordas, esas experiencias que no sirven más, esas personas que nunca fueron, y esas decisiones que alguna vez me resintió tener que tomar.

Hoy me dispuse a volver a creer que me puedo comer el mundo a mordidas. Hoy le tomé sentido a la frase que Cristina me dijo por teléfono, esa de que abra los brazos al mundo, de que está ahí, esperando a que lo tome; esperando como esperé yo misma, para poder conquistarme.

Love, i can believe in. Change, i can believe in. Yo creo y con eso basta. Y es oficial, vuelvo a tener confianza, y lo voy a volver a decir a menudo: quiero comerme el mundo a mordidas.

lunes, 8 de febrero de 2010

Aprendí a amar.

Que es un milagro despertar,
saber que nada es para siempre y hoy,
desafiar a las leyes de la gravedad
solo reírme hasta verme flotar.
No me creo que todo haya ido tan mal,
prueba el efecto de resucitar.

Cuando el mundo se pone obscuro, se pone lento, todo mal,
por el mundo yo no me dejo desanimar.
Lo que el viento nunca se llevó, Fito Páez.

Me acuerdo cuando estudiaba la guía para hacer el examen para entrar a la Universidad. Me acuerdo cuando era un sueño maravilloso, saber que podía ser universitaria, estudiar en el mismo lugar donde mi padre lo había hecho, donde mucho tiempo lo había soñado.

Y lo logré. Entré a la Universidad y me llené de experiencias maravillosas, de personas que nunca olvidaré, de conocimientos que a veces se me olvidan pero que allí están.

Me llené de mi misma, como nunca imaginé.

Hoy parece que ha pasado mucho tiempo. Creo que de eso ya pasaron ocho años, quizá más, ya no lo recuerdo y ahorita no quiero ponerme a hacer cuentas. Pero hoy, esta noche que será muy larga, que parece muy corta, todo está listo, todo está preparado. En mi mente, sólo cabe lo que puedo manejar, lo que está a mi alcance, y me siento bien.

El abrigo salió de la tintorería, el vestido por fin lo podré estrenar, las botas me han esperado mucho tiempo, y el par de medias están desesperadas por ser sacadas de esa bolsita de celofán. ¿Y el pelo? Todavía no lo sé. Sigue medio rebelde, con este mechón que me hace tener un aire de desenfado, de introspección, como dice mi padre: de solemnidad.

Todo está escrito, la historia por fin tuvo punto final, y esta vez, ya no le siguen ningunos puntos suspensivos.

Ahí está todo, listo para que yo lo tome, listo para que me unte en él, para que me harte de buenos momentos, de satisfacciones que por fin han llegado.

"Todo esto es un sueño, qué más da,
el paraíso es un lugar,
el paraíso es un lugar.
Preferiría amarte y no pensar
siempre entre tus piernas quiero más
amar, amar, amar."

A amar, sobre todo, eso fue lo que aprendí.

jueves, 4 de febrero de 2010

El beso del elevador

Nos encontramos, como casi siempre sucede, en medio de la Ciudad, en medio de los coches, saltándonos avenidas, y mojados por la lluvia. La lluvia... más bien el frío, como casi siempre a esa hora, como casi siempre que hace frío. Este invierno, además de ensañarse, nos ha regalado maravillosas horas antes del amanecer. Aún cuando son días que no laboro, tengo que despertarme temprano, pero no importa, él tiene que hacer algunas cosas, despertarse igual temprano, librarse de otras, y llegar a la avenida en donde nuestros coches comienzan la misma marcha.

Y a la misma marcha, uno tras el otro, vamos siempre al mismo lugar, de regreso a mi casa, de regreso a la suya. A la misma ducha, a preparar el mismo desayuno, a jugar con las mismas cosas, a hablar de lo que hubo los pasados días, los pasados lindos, los tristes pasados futuros.

Y ahí vamos otra vez, a mirarnos de frente sin saber que lo hacemos, a que me abrace de lado sin saber que lo hace, a tomarme por la espalda, sin haber pensado siquiera hacérmelo una vez más. A hablar de las cosas que moría por contarle, a escucharme como sabe hacerlo, como me gusta que me escuchen, como me gusta escuchar las opiniones importantes. A tener esta magnífica imagen frente a los dos, de ambos cuerpos abrazados y enlazados, de lado, de frente, de perfil, de espaldas, de como sea. La imagen ahí está, y se congela.

Ahí vamos, a desayunar en una mesita ratona que movemos como la gana nos da, a hablar de los coches como si de verdad nos importara, a hacer que no ha pasado nada, aún cuando sabemos que han pasado muchas cosas.

Y miro como toma esa ducha, esa que debería tomar con él allí dentro, como me gustaba cuando lo hacíamos después. Y me mira mientras tomo la mía, y platicamos, y se enfoca, y pierde el hilo, y le gusta mirarme mientras lavo mi pelo, con la misma marca de champú que copié de la regadera de su mujer, y lo desenredo con ese peine enorme, que imagina que juego con él.

Y mi pelo, sobre su cintura, parece que hace maravillas. Y el tiempo, que transcurre sobre nosotros, sobre esa habitación que se hace más pequeña, parece que se detiene para siempre.

Luego, se pone la indumentaria. Y yo, sin saber lo que estoy haciendo, me enfundo en el par de medias negras, en la falda a la rodilla que le gusta imaginar que arranca de mis caderas, en los tacones que parece que están pegados a las plantas de mis pies. Cojo el bolso, toma su cartera. Todo pasa como un día cualquiera. Los dos volvemos, y los coches nos esperan.

Nos esperan, como lo hace mi casa o la suya, hasta la próxima semana, hasta la siguiente luna del lunes que entra, del sábado que pasó, del domingo que no quiero que llegue.

Las trampas del destino son como carreteras; el destino, este ambiente que nos envuelve. ¿El final del camino? Que yo ría como lo hago, mientras me mira desde abajo, sin parpadear. Que el tiempo se vuelva a detener, para que platiquemos como nos gusta hacerlo.

Vuelvo a donde partí, vuelvo a pensar que todo está bien, vuelvo a mi rutina con el sabor de sus labios todavía en mi.

Salimos, yo camino más aprisa que él, me da escalofríos pensar en mis vecinos, o en los suyos. Sigue tras de mí, llamo el elevador, lo tomamos. Se recarga en el fondo del cubo de acero, se cierran las puertas, doy un paso hacia él y comienzo a besarlo como si fuera la última vez, como si esa luna de ese lunes o domingo siguiente no fuera a llegar; como efectivamente es, que yo estoy volviendo a la guerra.

Nos besamos como no lo hicimos en todas las horas anteriores, en todos los meses que pasaron, en todos los años que no supimos que estuvimos allí. Es un maravilloso beso, que dura lo que tarda en bajar tres pisos el elevador, que hace que nos fundamos en ese instante, por unos segundos, entre el fluído y mi respiro. Y sentimos que es el último que nos vamos a dar.

Se abren las puertas, nos separamos, salgo yo primero, él me sigue -y puedo jurar que me mira el trasero, o intenta hacerlo cuando se dibujan en mi falda los sujetadores en mis muslos por detrás-, y volvemos a despedirnos. Como siempre, como nunca, como nada, como todo.

Me subí pues al coche, y cuando escuché el sonido del portazo de mi lado, me desperté. Aquí, en mi cama, sin ningún otro cuerpo en mi colchón. Y el corazón, no ha dejado de latirme. ¿Cuándo va a llegar? Ni me quejo, porque todavía sigo de buen humor.

lunes, 25 de enero de 2010

Sin mechón de canas

Hacía mucho tiempo que no me paraba en un estudio fotográfico, y tuve que hacerlo, porque como sabrás, tenía que tomarme unas fotos oficiales.

Los lunes son peculiares, ni feos ni bonitos, obligatoriamente felices, pues preceden a los domingos que tanto me caen mal, pero son diferentes. De entrada, desde hace un tiempo que me he vuelto a acostumbrar a andar a pie, porque Hans no circula los lunes, entonces hoy anduve hecha una loca desde muy temprano.

De mi casa al café con papá, luego a la Facultad, al estudio fotográfico, al escritorio público donde finalmente pagué un dineral por unas cuantas líneas mecanografiadas, a la Facultad de regreso, a lidiar y poner a prueba mi paciencia en el departamento de "automatización" de la Biblioteca, luego a la coordinación de la carrera. Hice muchas cosas, y aún así, con todo lo que corrí, con los transbordos que hice, con que me dio muchísimo calor y luego un tanto de frío, pude llegar a la oficina a las 13:05, cinco minutos después de la hora que acordamos el viernes pasado.

Con todo y carreras, las cosas salieron bien, y me parece que ya no habrá ningún otro contratiempo. Pero mi paciencia, comencé a ponerla a prueba desde muy temprano en el estudio fotográfico. Que si mi pelo estaba muy alborotado, que si el chongo estaba muy arriba, que si se me abultaba en la coronilla, que si tenía poco rímel en las pestañas, que mis labios necesitaban estar más rojos. Pero si ya me los pinté, le dije al fotógrafo, pues pínteselos más, me dijo con una sonrisota, porque como las fotos son con retoque, en blanco y negro y completamente mate, usted va a salir como muerto si no le damos color.

Total que le hice caso, y además de las uñas que intento pintarme de carmesí, ahora mis labios fueron de un brillante escarlata, como ese color tan magnífico de la capa de un emperador. Me convencieron para usar una de esas camisas que están allí de emergencia, que no nos consta cuánto tiempo tienen sin haber tocado el agua y el jabón, que están un tanto amarillentas por tanta planchada de cuello y delanteros. Me sentaba fatal. Con una camisota que parecía sábana, y mi saquito pegado encima, parecía que "el muerto estaba más grande", o que traía puesto un "abriguito".

La primera toma salió mal. Y cómo no, con tantas indicaciones que llegaban como bolas de béisbol: saque el pecho, enderécese, menos sonrisa, no, no, un poco más, gire a la derecha, no tanto, mejor a la izquierda, levante el mentón, haga que los ojos brillen, sonría, no tanto, mejor sonría con los ojos, pero sin los labios, que se note que está alegre pero sólo con la mirada. Me cansé, ¡demonios que sí! Pero fue divertido, muy divertido.

La repetimos, ya con los labios súper rojos, mi alborotado cabello que se abultaba, aplastado con un pasador, atado detrás de mi cabeza en un chongo que yo le llamo "de cacahuate", pero que según mi madre se llama "de barquillo", y sin la camisa esa que tiene siglos colgada en el mismo perchero. Quedó bien. Re bien, es oficial.

Pero siempre hay un "pero", y este pero se llama así: photoshopearon mi mechón de canas. Y es oficial, ahora puedo comprobar que sin él, me veo unos cuatro o cinco años menor, pero que no me gusta que todo mi cabello brille de azabache.

Así que, aún cuando tengo esperanzas de que no haya algún contratiempo más en la Facultad, a ver si no hay un problema de que en las fotos el pelo me salga completamente negro, y en la realidad me brille el lado derecho de la frente color plata.

Ahora entiendo por que uno se hace fan de los retoques: sin ojeras, sin barritos, sin este sexy bozo al estilo de Frida Kahlo, con los labios perfectamente delineados, las pestañas levantadas, los ojitos -que a veces son enormes- bien abiertos, pero sin canas. Y por cierto, es oficial, no salgo con cara de reo.

¿Acaso el fotógrafo se puso de acuerdo con mi madre? ¿Y por fin, entre los dos, y sin que yo me diera cuenta, lograron que quede para la posteridad, en un documento oficial, mi melena completamente de color negro?

Una vez más, la Ciudad necesita una limpia. Ahora pues, a seguir vibrando que no haya problemas con que me retocaron hasta el color del pelo, porque pues se supone que en la foto debo salir yo, y no yo, irreconocible en unos años, cuando intente acordarme cómo fue ese estudio fotográfico.

lunes, 4 de enero de 2010

Espejo diferente

Sorprendentemente me tocó un asiento libre en la estación Centro Médico, así que lo tomé y esperé mi transbordo en Hidalgo. Fue horrible. No sé qué es lo que hace la policía pública, que guía a las personas de manera que se enreden entre ellas, que choquen, que se rocen, que se topen frente a frente. Así que intenté entrar en trance, y busqué la salida hacia la línea dos, dirección Cuatro Caminos.

Al subirme al vagón, otra vez me tocó un asiento libre, y como en esa línea los asientos forman dos líneas paralelas, pude observar mi reflejo en el vidrio de enfrente.

Venía leyendo, pero hubo algo en mi reflejo que me impidió seguir haciéndolo. Varias veces la gente subió y bajó del vagón, se acomodó, tomó lugares y luego los desocupó, cubrió mi vista, apretó mi bolso contra mi, me volvió a dejar el reflejo libre.

Como sea, conforme pasó el tiempo, no logré dejar de verme.

Hace mucho que no me pasaba algo así. Bueno, fue algo similar a lo que me pasó cuando vi las últimas fotos que San Román me tomó, pero no las pude ver mucho tiempo porque todavía no me las envía. En cambio, ahora en el Metro pude observarme, y logré sorprenderme de notarme tan diferente.

El pelo por fin comienza a crecerme tanto como siempre lo usé, pero este mechón cano que tengo de frente de lado derecho, me da otro aire, uno distinto. Estoy notablemente delgada. Los huesos de mis clavículas y mi cuello, los alcancé a notar aún cuando traía puesto un enorme suéter y mi abrigo negro. Sentí el pelo tan alborotado en un momento, que me lo até en la coronilla y se volvió a dispersar. Esos pelillos sueltos eran alegres, suaves, ensortijados pero libres.

Caigo de pronto en la cuenta de que no soy yo, quizá sea la circunstancia de este año que está empezando, el contexto que estoy ocupando, y que me miré en un cristal que resultó ser un espejo diferente.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Bajo el mando de Mercurio

Yo creo y con eso basta.

Tengo la sensación de que su aroma me ha seguido todo el día, desde la noche de ayer. Y no me gusta no saber, si efectivamente es su aroma o algún perfume que está confundiendo mi nariz.

Muchos cumpleaños se festejaron en quince días, el último terminó el domingo pasado a las cuatro de la mañana. Desfilamos por el Mama Rumba en la colonia Roma, mi casa, el departamento de la chica, Zydeco de la Condesa, el insoportablemente kitsch barecito de la colonia Juárez, y cerramos con broche de oro en My Coffee Cup en Satélite. Esta vez sí tuvimos necesidad de circular del sur de la Ciudad, hasta Satélite.

En Mama Rumba las cosas sucedieron sin mayor novedad, salvo que un pisotón en la pista de baile me ocasionó un grave moretón en el pie izquierdo, lo que causará que se me caiga la uña del dedo gordo, sans commentaires. Llegamos re bien por Thiers hasta que se hizo Sevilla, y atravesando Insurgentes dimos vuelta a la derecha. Yo bailé toda la noche con un antropólogo con cara de oficinista, de pelo chino como el mío, y largo como el de la otra chica. Bailaba bien, no me puedo quejar, y la lluvia de las tres de la mañana nos intentó hacer pesado el resto de la noche.

Mis salones color piel quedaron color cemento. Cómo es divino que un par de zapatos me de tanta magia.

Las chicas se quedaron a dormir conmigo. Al día siguiente fuimos por barbacoa, y el día y la noche trascurrieron sin novedad pero con mucho ambiente, alrededor de la mesa de mi comedor. Bastaron unos tequilas derechos, como se deben tomar, y dos sixes de cerveza para convertir la comida en toda una fiesta. Y aprovechando que cumplí años, que la chica cumplía dos días después, que la otra cumplía el día 3 y así, seguimos brindando, y seguimos bailando.

Esa noche las sandalias altas de piel de pitón me sacaron una ampolla en diagonal, larga como de cuatro centímetros, justo en donde una tira de piel rozaba con el empeine de mi pie derecho. Sólo eso faltaba, porque ya el otro pie traía un enorme cardenal.

No he sido muy asidua a creer lo que los pronósticos del zodiaco nos deparan a cada uno de nosotros, sin embargo, de un tiempo a esta parte he comenzado a creer que los que nacimos bajo el mando de Mercurio tenemos un aire peculiar y también tenemos una manera particular de relacionarnos. Como un regalo del destino, desde hace un año he conocido a muchas personas que cumplen años en fechas muy cercanas a la mía, y he podido hacer una observación de la personalidad de quienes nacimos bajo este signo zodiacal.

El sábado en la noche, en el bar de la Condesa, conocí a Mateo. Tengo la sensación de que su aroma me ha acompañado todos estos días, todas estas horas. Ha sido una situación peculiar, porque a pesar de que tuvimos una química formidable desde que nos sentamos juntos en el mismo sofá, las famosas mariposas no han aparecido por mi panza, las chapitas no han iluminado mi cara, y los piropos no me hormiguean las manos. Ha sido distinto. Me he sentido bien, sin el arrebato pasional que hace que necesitemos estar con alguien.

Cada pareja de hermanos en su respectivo auto, volvimos por la ruta que escogió su hermano mientras llovía como llovió el sábado anterior; dimos un par de vueltas que mi hermana y yo hubiéramos evitado, pero resultó bien. De coche a coche persiguiéndonos y cantando a viva voz, ellos con canciones de amor y nosotras con Elvis Presley.

Al llegar al siguiente bar, donde acabaríamos la noche, nos cedieron el lugar de estacionamiento y ellos se fueron a buscar uno que quedó un tanto retirado. Nosotras nos alistamos y al bajarnos del coche, Mateo ya estaba esperándome junto a la portezuela de mi lado. Tan alto, con esa chamarra de cuero que me hizo sonreír, me ofreció el brazo y lo tomé, enfundado en mi abrigo de doble botonadura, y mi mano con mis guantes de piel bicolor. Caminamos hacia el lugar, y una vez más los tacones de 12 centímetros de mis botines negros me hicieron una buena jugada, me hicieron llegarle, por lo menos, unos centímetros arriba del hombro.

Ayer, que lo volví a ver y oficialmente tuvimos una cita, mis botas largas estilo cordobés delataron mi verdadera estatura. No está tan mal medir 1.60, me dijo. Te sienta bien porque tú mides casi 1.90, le contesté. Cuando me abraza el aroma se mezcla, las ramas de los árboles con todo y hojas dejan de moverse, mis 59 kilos y mi melena de leoncita entonan alegres, en la misma estampa que él.

El chico nació el 24 de agosto, algunos años antes que yo. No había conocido a un chico virgo tan agradable, tan elocuente como él. La cita de casi siete horas, pareció que duró sólo dos. El verano me regaló una de las mejores lluvias que han caído sobre mi pelo, del brazo suyo, enfundado en su chamarra de cuero y el mío en el abrigo de doble botonadura color negro.

Viene el fútbol, la Cineteca, el partido de rugby, la peli que queremos ver en el cine, la cita de la mañana del próximo sábado, los trámites que tengo que hacer yo. Las clases de francés, el entranamiento para la maratón, los viajes al Caribe, los cafés de prensa francesa. Vienen todas estas cosas que tenemos en común, que todavía no sé si tendrán parte, pero planearlas resulta divertido y prometedor y buena vibra.

Buena vibra que me tranquiliza, que me pone muy bien.

¿El destino se estará acordando de mi? ¿Habrá sabido que iríamos al mismo bar, acompañados de nuestros hermanos, a la misma hora, a ver el mismo partido de fútbol, que nosotros no queríamos ver pero nuestros hermanos sí? ¿Es aquí cuando se empieza a creer?


(Just remember please: fuck what others think, and do your own thing).

lunes, 20 de julio de 2009

Entre Bolívar y Antonio Plaza

He dormido muy poco los últimos días. Sigo pensando que este trabajo me va a matar, que pronto bajaré los ocho kilos que me hacen falta, y que espero que entonces el pelo no se me vea tan lacio.

Los días se vuelven semanas, las semanas meses, un año pasa rápido, y en unas cuantas semanas cumpliré veintiséis. Las palabras terminan de ordenarse, San Román se fue a Guadalajara, yo muero por ver el mar, y poco a poco los ciclos comienzan a cerrarse. El cognac debe saber mejor, luego de tanto tiempo que esa botella nos ha estado esperando.

En Bellas Artes, bajo el reloj, a las 14:02
Me encontré con mi jefa pasadas las nueve de la mañana. En mucho tiempo no había sido tan provechoso haberme levantado tan temprano, en sábado. Luego de la yarda obscura de barril del viernes por la noche, caí muerta en los brazos de Morfeo. Seis horas después de eso, yo abordaba un taxi camino a la calle de Arrallanes. El premio Edmundo O'Gorman me esperaba en su casa, con plátanos y yogurth.

Como en los viejos tiempos, platicamos de muchos temas a la vez; a ella también la había visto un día antes, y pronto le dimos punto final a la línea que llevaba muchos meses muerta. Nos vimos como amigas, nos vimos como maestra y pupila, nos vimos como madre e hija. Nos vimos bien. Después de tantas semanas de silencio, pudimos romper el hielo.

Salí de ahí feliz, rumbo al Sanborn's de los Azulejos. Desayuné con una grata compañía, comí chilaquiles verdes y bebí mucho café. Después de un rato el móvil sonó para avisarme que el chico me esperaba en Bellas Artes a las 13:40. La plática era muy buena, yo no podía estar más feliz, así que negocié con él y quedamos para las 14:02.

Llegué puntual a las 14:01, nos dió risa jugar con las horas, eso nos pone bien, nos entendemos bien de por sí. Tomamos el segundo tren, y fuimos para su casa. Yo hablé mucho rato por el móvil, como cualquier sábado, entre las 14 y las 14:30 mi padre acapara los momentos. El chico quedó con sus amigos, mientras necesitábamos hacer tiempo.

La nieve de mango y de queso con zarzamora.
"¿Y si vamos por un helado?" -le pregunté. Dijo que sí, y comenzamos a caminar de la Ribera en dirección al kiosco Morisco. Siempre hace bromas con que soy una Guía Roji, y puedo estallar en carcajadas cuando platica de memoria, una y otra vez, que soy la chica con mejor ubicación que conoce.

Hablamos de mis ojos, de la nieve de mango, de mi nieve de queso en barquillo sabor nuez. Atravesamos calles, vimos vidrieras, pregunté todo lo que quise en la tienda de antigüedades. El chico sólo me miraba, me miraba los ojos, me miraba el pelo, e intentaba ver hacia dentro a través de mis gafas de carey.

Mis ojos otra vez, me preguntó por ellos, por lo que miran, y preguntó qué siento cuando lo veo a él. El paseo fue muy ameno, todo encajaba perfectamente junto con su camisa blanca recién planchada y su pelo color café. La nieve se derrite, mis botas se manchan de zarzamora líquida, y cada minuto que pasa lo conozco un poco más. Es agradable que él tampoco se jacte de conocerme, y que cada que tiene la oportunidad me diga que quiere seguir haciéndolo; así, justo así, de mi mano, por las banquetas, con el Chopo e Insurgentes alrededor. Con el PRI que nos mira de costado, y su calle, la más linda de todas, que nos espera ensanchándose cada vez más.

A seis cuadras de Chabacano.
Nos encontramos con los chicos, fuimos a su casa. Siempre es lo mismo, y ya comienza a fastidiarme hacerme siempre la misma pregunta a esa hora del día: "¿cómo regresaré a casa?", y afortunadamente Mafka siempre llega a mi rescate. Ella también se lo pregunta, pero es un gran alisiente saber que como sea, siempre regresamos juntas.

La reunión fue en la colonia Algarín, que mi memoria de histérica histórica y de GPS -como me dice San Román- ubicaron perfectamente. Nos subimos al coche, él quedó de mi lado derecho, y a pesar de todo el sueño que nos embargaba por el desvelo que tuvimos la noche anterior, no pensamos en otra cosa más que en seguir mirándonos por el retrovisor. Nos instalamos, sus amigos fueron atentos conmigo y lo pasamos re bien.

Radio Taxi a la 1:47
Estuvimos entre Bolívar y Antonio Plaza, a seis cuadras de Calzada de Tlalpan, a dos del Metro Lázaro Cárdenas, a tres de Eje 3 poniente, a otras tres o cuatro de Viaducto. Maf llegó casi a las 19, ambas nos fuimos casi a las dos.

Hacía mucho tiempo que no iba a esa zona de la Ciudad, hacía mucho también que no me llenaban de cumplidos y que no me sacaban a bailar. Todavía no sé qué fue lo más memorable de la tarde, quizá que no haya pensado tanto en San Román, o que pude estar con el chico más de doce horas guiñándonos el ojo, riendo y conociéndonos cada vez más.

Nadie tiene el trabajo perfecto, nadie está del todo satisfecho, qué gran aprendizaje es compartir con diferentes personas que no creerías que tienen cosas en común. Quizá la Universidad haya sido el factor sorpresa, y entonces la atracción, el gusto por estar con los amigos y por conocer a otros nuevos, sean la cereza del pastel en la madrugada del domingo.

Nadie pasa de los treinta, todos buscamos pero todavía no sabemos qué, ni dónde se encontrará. No tiene importancia que sigamos viviendo con nuestros padres, cada uno sabe lo que tiene que hacer. Las carreras finalmente dan bases, el camino lo hacemos nosotros solos.

Caminamos de la mano hasta la puerta del coche, no quedamos en nada, no teníamos que quedar.

Ayer llegué a trabajar en calidad de zombie, y sin darme cuenta muy quedito comencé a tararear. Mi programa de las doce ya me esperaba, del viaje a la Luna afortunadamente, y por siete horas seguidas no hice más que pensar en él. Pasadas las cuatro ya no tarareaba, y comencé verdaderamente a cantar. La chica de Imágenes del Turismo notó de inmediato que algo me pasaba, era evidente que el día anterior me había hecho lo que muchas noches no habían podido.

La vida me regala alas, la Ciudad me abre las puertas. Ahora sé que no debo titubear cuando de aventura se trata, qué más da si no tengo cómo regresar.

viernes, 30 de enero de 2009

Un tigre en la ciudad

Hoy fue la última vez que fui a la sede del partido político; no tengo a nada más que ir, oficialmente no tengo trabajo.
De regreso venía caminando muy pensativa y mirando mi alrededor: indigentes, prostitutas aún borrachas desde la noche anterior, loquitos, policías, hombres que creen que porque caminé por la misma banqueta de las prostis yo también lo soy... cuando de pronto ví un enorme tigre color anaranjado jugando con su entrenador. Wow, qué lindo espectáculo. No me quedé más tiempo mirando porque tenía pendiente de los documentos que traía en mi bolso.

Total, que seguí caminando muy pensativa y sonriente. Pensé en mi corazón que se está reestructurando, en mi intelecto, pensé en la nueva vida que quiero llevar. Imaginé las transiciones. Imaginé tambien lo que me espera por vivir. Me sentí feliz por mi toma de decisiones (Mauricio estará orgulloso de mi cuando se entere).
Me acordé de ti y de que me estás monitoreando. Respiré muy hondo y lo acepté: te amo desde siempre.

Luego el viaje en Metrobús me puso bien. Caminé algunas cuadras más y tomé la ruta de regreso. El Metro venía a reventar, hasta el cuarto tren me pude subir. No regresé a casa, fui a la peluquería (de lo que me arrepentí gracias al pesimismo de la peluquera) a hacerme los pies y el pelo después de casi un año de no habérmelos hecho. Depresión con pedicure se combate.

Regresé. Pude caminar. Creo que es el primer día que Andrés no me hace falta.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Nunca nada es suficiente

La Ciudad es cruel con las solteras. Me duele pero así es. La mayoría de las personas que ven a una chica sola, la subestiman. Se cree que no va a poder ni siquiera defenderse por sí misma. Estoy enojada pero ya se me pasará.

Me chocaron el coche, a mi no me pasó nada más que me enojé como demonio. No sabía qué hacer, le llamé al Rey Sol y me ayudó; me tranquilizó por teléfono y luego fue al lugar. Caray, qué bien se veía, casi ya no me acordaba de las facciones de su rostro, ni siquiera lo vi llegar. Luego sólo se estacionó y camino hacia donde yo estaba. Gracias al cielo que llegó. Afortunadamente todo se arregló y esa misma tarde Andrés entró al taller. Luego me llevó a comer, platicamos muchísimo y me hizo reír también. Dimos la vuelta y ya de regreso, cuando creímos que todo el shock había pasado, rompí a llorar. La solución fue un six de Victoria y vámonos a dormir. Antes hablé con Madame Copo.

Nada es suficiente, mucho menos el tiempo.
Perdí la cuenta de los encuentros que he tenido. Sin duda el de hace un par de días se llevó de calle a mis microhistorias de la Ciudad. La presión, el trabajo, el amor, el bienestar y la felicidad: nunca son suficientes.
No se es ni demasiado bonita ni sexy. A veces está de más ser guapa, no se es muy inteligente o muy flaca. Nunca es too much el style. Ahora me doy cuenta que han sido crueles conmigo. O he tenido el pelo muy ensortijado o muy lacio: sin comentarios. Hace unos meses me pasó que un chico no se animó a invitarme a salir porque le parecí "muy": lista y guapa. ¿Qué es lo que quieren entonces? Madame Copo me dijo la vez pasada que soy muy sexy para un sólo chico, pero no lo suficiente para todos.

¿Por qué mi ciudad tiene que ser de extremos?
Y ni al caso con la pregunta, porque a veces yo soy de extremos también. Espero, en una de esas, no perder la proporción. Los tacones nunca son medios: o usas un plano o de siete centímetros para arriba, medias tintas ni para calzar. Como ya lo dije antes: si pudiera mataría por cinco minutos más.
Por otro lado, la felicidad es efímera. Y cuando crees ser totalmente feliz, algo sucede y no es suficiente. No se está ni muy enamorado ni demasiado desilusionado. Y si le demuestras a tu pareja un gramo de indiferencia resulta que no la quieres, ah pero si llamas todos los días se siente agobiada... Entonces en ese caso el término medio tampoco sirve para nada.
La ciudad es cruel con las solteras.

El invierno me adormece cada vez más.


Bienvenida al mundo real de la vida de adultos Mariposa Tecknicolor.

viernes, 31 de octubre de 2008

Si pudiera mataría por cinco minutos más

La historia comenzó. Lo que más me interesa es poder tener una buena amistad y saber complementerme con alguien completamente diferente a mi. De entrada me gusta que podamos platicar como si nos conociéramos de toda la vida. Reímos como niños y nos caemos bien. Es buen apoyo. Quiero que se convierta en un buen amigo y quizá en un futuro, que se convierta en un complemento. Como hombre que es, no niega la cruz de su parroquia: bien sabe que los pies femeninos son una de las cosas más lindas que hay en el mundo. Los míos le volvieron loco. Ni siquiera los vio desnudos, sólo los reconoció a través de mis sandalias de tacón.

Después de muchos meses, comí el salmón a la parrilla que tanto se me antojaba, tomé tinto con soda, y luego café negro. El restaurante lucía de maravilla, más ahora que cuando solía visitarlo años atrás. Todo me resultó novedoso: la compañía, el aroma, el estilo, mi persona, los besos en la boca... lo pasé increíble. Me sentí muy bien.

La ciudad se apiadó de nosotros. Después de la utópica comida llevada a la realidad, un bar estilo irlandés nos esperaba. Tomé otra copa de tinto (una nada más), mucha soda y fumé un par de cigarros. Mi pelo se veía bien, la gente nos volteaba a ver. Creo que les da envidia cuando ven a un par de personas que lo pueden pasar entre risa y buena plática. No me interesa. Que bueno que se note el desenfado. Que bueno que traía tacones, me hacen ver las piernas estilizadas. Que bueno que soy así. Me pongo bien.

Que bueno que mi corazón ya sabe cuando estar cerrado y cuando abrirse. Mientras tengo abierto el minibar.
Al paso del tiempo he desarrollado una especie de párpados en mis oídos y en mi alma... la clave estuvo en saber quién hablaría bonito y quien no. Quién lo usaría para bien y quien para mal. Mi corazón ya no pierde el tiempo.

Te extraño y luego pienso que será imposible que nos podamos ver... quisiera que tuvieramos el tiempo suficiente para platicar por horas como lo hago con otras personas. Si pudiera mataría por cinco minutos más.

Quiero que sea domingo dentro de una semana. Quiero que sean las seis de la tarde del día miércoles, saber que nos podemos ver y volver a complementarnos en nuestra Ciudad. Tengo ganas de que me digas "voy para allá". No me importa más nada. Nada.


Si pudiera mataría por cinco minutos más.