Sorprendentemente me tocó un asiento libre en la estación Centro Médico, así que lo tomé y esperé mi transbordo en Hidalgo. Fue horrible. No sé qué es lo que hace la policía pública, que guía a las personas de manera que se enreden entre ellas, que choquen, que se rocen, que se topen frente a frente. Así que intenté entrar en trance, y busqué la salida hacia la línea dos, dirección Cuatro Caminos.
Al subirme al vagón, otra vez me tocó un asiento libre, y como en esa línea los asientos forman dos líneas paralelas, pude observar mi reflejo en el vidrio de enfrente.
Venía leyendo, pero hubo algo en mi reflejo que me impidió seguir haciéndolo. Varias veces la gente subió y bajó del vagón, se acomodó, tomó lugares y luego los desocupó, cubrió mi vista, apretó mi bolso contra mi, me volvió a dejar el reflejo libre.
Como sea, conforme pasó el tiempo, no logré dejar de verme.
Hace mucho que no me pasaba algo así. Bueno, fue algo similar a lo que me pasó cuando vi las últimas fotos que San Román me tomó, pero no las pude ver mucho tiempo porque todavía no me las envía. En cambio, ahora en el Metro pude observarme, y logré sorprenderme de notarme tan diferente.
El pelo por fin comienza a crecerme tanto como siempre lo usé, pero este mechón cano que tengo de frente de lado derecho, me da otro aire, uno distinto. Estoy notablemente delgada. Los huesos de mis clavículas y mi cuello, los alcancé a notar aún cuando traía puesto un enorme suéter y mi abrigo negro. Sentí el pelo tan alborotado en un momento, que me lo até en la coronilla y se volvió a dispersar. Esos pelillos sueltos eran alegres, suaves, ensortijados pero libres.
Caigo de pronto en la cuenta de que no soy yo, quizá sea la circunstancia de este año que está empezando, el contexto que estoy ocupando, y que me miré en un cristal que resultó ser un espejo diferente.
Al subirme al vagón, otra vez me tocó un asiento libre, y como en esa línea los asientos forman dos líneas paralelas, pude observar mi reflejo en el vidrio de enfrente.
Venía leyendo, pero hubo algo en mi reflejo que me impidió seguir haciéndolo. Varias veces la gente subió y bajó del vagón, se acomodó, tomó lugares y luego los desocupó, cubrió mi vista, apretó mi bolso contra mi, me volvió a dejar el reflejo libre.
Como sea, conforme pasó el tiempo, no logré dejar de verme.
Hace mucho que no me pasaba algo así. Bueno, fue algo similar a lo que me pasó cuando vi las últimas fotos que San Román me tomó, pero no las pude ver mucho tiempo porque todavía no me las envía. En cambio, ahora en el Metro pude observarme, y logré sorprenderme de notarme tan diferente.
El pelo por fin comienza a crecerme tanto como siempre lo usé, pero este mechón cano que tengo de frente de lado derecho, me da otro aire, uno distinto. Estoy notablemente delgada. Los huesos de mis clavículas y mi cuello, los alcancé a notar aún cuando traía puesto un enorme suéter y mi abrigo negro. Sentí el pelo tan alborotado en un momento, que me lo até en la coronilla y se volvió a dispersar. Esos pelillos sueltos eran alegres, suaves, ensortijados pero libres.
Caigo de pronto en la cuenta de que no soy yo, quizá sea la circunstancia de este año que está empezando, el contexto que estoy ocupando, y que me miré en un cristal que resultó ser un espejo diferente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario