Mostrando entradas con la etiqueta estilo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta estilo. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de marzo de 2011

Entre los castings y la academia

Hace algunos meses, entre los castings y la academia, entre mi nuevo amor y mi cumpleaños número veintisiete, me dediqué a estudiar la biografía de Johnny Cash, uno de los personajes de la música estadounidense que más me apasiona, y que es también reflejo de la historia norteamericana en los años cincuenta y sesenta.

Y al mismo tiempo de que me dedico a leer mis intereses, también debería dedicarme a olvidarte por completo. Hoy L.A. parece que nos acerca cada vez más, y con ella, las bolsas del mandado impresas con sirenas de la lotería, o perfumes para mi, que venían guardados en tus bolsos color verde. Fotografías, muchas fotografías. L.A., la historia del Darién, Zapopan, Manzanillo, Anenecuilco, Villa de Ayala, mi memoria y mi mudanza, me están tendiendo una enorme trampa.

Y así como me prometí no empacar ningún recuerdo de ningún soltero tóxico -difícil cumplirlo-, también me prometí dejar de hablar mal de ti. Sólo te recordaré como lo mucho que fuiste, una persona que me hizo inmensamente feliz.

Me acosté frente a la televisión, y miré y miré todo el material que tengo de Johnny Cash. Luego también, me puse a esucharlo, y terminé enamorándome de él.

Los Ojos Verdes tenían trabajo a reventar, como casi siempre los miércoles sucede. Pero aún y cuando los autos nadaban sobre las avenidas encharcadas de esta Ciudad, manejé más de 40 minutos para ir a contarle que me había vuelto a enamorar. En el fondo traje tu recuerdo, tus olores, todos los regalos y los recuerdos que traías de Los Ángeles. Tus maletas, los reencuentros all night long.

Pero la maravilla de tener a alguien que te ame tal y como eres, es que no importa toda esa basurita del pasado y de los recuerdos que tengamos dentro. Somos y estamos, y por eso Ojos Verdes y yo hemos llegado hasta aquí.

Luego, un "i'm Johnny Cash" con rostro desencajado, algunas canas, y una mujer de voz chillona que lo adoraba, me hicieron llorar. El amor triunfa, y ella lo salvó muchas veces de muchas cosas. Yo, en cambio, no pude hacer que tú te quedaras conmigo, y apuesto que Cash fue tan tóxico -o un poco más- como tu, pero tenía diferentes talentos. El amor va tendiendo el camino.

Tarareando el Cash que traía en el corazón, recordando melodías, recorrí los mercadillos de pulgas buscando algo que me acercara a él o alguna cinta perdida, o ya de perdida, un radio antiguo para llevármelo a casa. No lo encontré. En cambio, algunos accesorios setenteros se me pegaron al bolso y tuve que pagarlos, y un par de gafas me dejaron sin aliento.

Después de una labor de regateo que duró más de media hora, el vendedor accedió a venderme los RayBan Wayfarer II vintage originales de 1962, en una módica cantidad que ascendió a poco más de trescientos pesos. La Ciudad me estaba regalando otro tesorito, y yo le dejaba a un tilichero buena parte de mi beca de investigación.

El sábado siguiente, en una mañana dedicada al amor, le enseñé a los Ojos Verdes mi pesquiza vintage y quedó encantado. ¿Los quieres?, le pregunté, y me dijo "corazón, los lentes obscuros no van conmigo". Y a punto del enojo le dije, "¿cómo no van a ir contigo unas gafas idénticas a las que usaba Johnny Cash, James Dean, Bob Dylan y John F. Kennedy?"

Se quedó las gafas. Se le ven divinas. Muchos recuerdos y Johnny Cash, vienen conmigo.

Entre los excesos, el mucho o poco estilo, la fama y la frivolidad, el amor tiró de él para sacarlo adelante. Yo he comenzado a dejar de creer en el amor, a veces flaqueo, a veces me siento atea de sentimientos, y de pronto me azota a la cara la idea de que esto se mueve con amor. Johnny y June lo lograron. Soltero tóxico y yo, no. En este momento tengo un gran reto por delante.

Entre castings y academia, noche de lluvia y recuerdos de tóxicas vacaciones; entre Folsom prison y Jackson, entre I walk the line, me volví a enamorar de Johnny Cash.


viernes, 4 de febrero de 2011

Un gran cambio.

Masaje en la espalda, crema para las caderas; día de manicura y de uñas de los pies. De peeling facial, y perfectas cejas delineadas. Es el último día oficial de vacaciones, y también mi última oportunidad para ponerme al día.

La semana que entra comienza la montaña rusa otra vez. De buen humor, de mal humor; sobrellevando el carácter -bueno o muy malo- de los demás. Y aprovechando que hoy cumplo ocho días de estar de buenas ininterrumpidamente, sin importar en qué zona de la Ciudad he visto amanecer, decidí aprovechar la mañana y media tarde para terminar de palomear los pendientes en mi lista del buen look de este año.

Cuando puse sobre la mesa la posibilidad de que mi mechón de canas se fuera para siempre, simplemente me sentí mareada. No me da miedo un cambio radical, quizá una despedida radical sí, pero el cambio no; sin embargo, este mechón de canas significa demasiado.

Y el 2011 seguirá significando demasiado. Lleno de planes, organización, escritos pendientes, amistades para siempre, nuevas personas que han llegado a cambiarlo todo.

Me siento feliz, y espero cumplir más de diez días de buen humor ininterrumpido. Ese sería un gran cambio.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Monterrey, Marina Nacional y el coche color plata.

Bien hubiera podido aceptar una cita con el chico del coche de al lado.

Acababa yo de tomar Monterrey, de regreso a casa, y sonaba en mi oído izquierdo la canción No se puede vivir del amor, cuando coincidimos un coche plateado y yo, casi todo el camino. Y ya sabes, ¿no? Sonrisas, radio encendido, ventanillas abajo. El chico -que no era tan chico-, tenía unas canitas que le iluminaban la frente, el dedo anular izquierdo desnudo, y bebía coca-cola light, ¿qué más se podía pedir en ese momento? Me muero de risa. De entrada, y acordándome de las técnicas de ligue que usábamos mis amigas y yo hace algún tiempo, el escaneo del chico del coche de al lado, fue suficiente para darme cuenta que quizá pude haber aceptado una cita para salir con él.

Luego, más adelante, cuando en mi oído sonaba una Lila Downs que me puso de buenas, con su canción Arenita azul y cantando a todo pulmón "soy maripoooooosa", el chico bajó la ventanilla para querer decirme algo, pero yo avancé. Se emparejó conmigo, e hizo ademán de querer decirme algo, y yo miré de frente. El siguiente semáforo me jugó una trampa, no me permitió avanzar, y el coche plata volvió a quedar parejo conmigo, "¿hacia donde vas?" Me preguntó, le respondí que a casa, sonreí, le dije también que estaba cansada. Todo en un segundo. Rápido. Muchas palabras para un sólo instante.

La luz roja todavía, apenas el ámbar del otro lado, ganándole al semáforo metí el clutch para meter la velocidad, le sonreí otra vez y seguí la marcha.

Por ahí por donde se decide ir hacia Tacuba o hacia donde hay más Invierno, me desvié a la derecha, con la direccional tintinéandome en la cara. El tablero también palpita como lo hace mi corazón. Seguí mi camino, pensando cómo le iba a hacer para terminar todos los pendientes, saldar las deudas y entablar una conversación con mi madre. Antes de la Glorieta de las Américas me detuve a comprar coca-cola light, encendí un cigarro, encendí el coche otra vez.

Cuando iba llegando a casa me dije, ¿pero qué te pasa? Porque digo, en otras circunstancias quizá hubiera terminado cenando o tomando un café con el chico del coche color plata, o compartiendo la coca-cola light en lugar de estarla bebiendo yo sola.

Y demonios, ¿qué me pasa? ¿Que qué me pasa? Pasa que me enamoré, que ahora las mariposas ya no las traigo en la panza, sino en la cabeza, a través de mi cabello, y también salen de mis dedos mientras hablo, mientras conduzco a Hans, y se la viven iluminando el camino que transito, que ya no necesita que nadie me venga a coquetear.

martes, 7 de diciembre de 2010

De regreso al punto de partida

Cuando el soltero tóxico se fue para nunca más volver, escribí en un post-it que pegué en mi espejo del tocador, la frase: "El hombre que se quiera casar conmigo sí existe".

Y heme aquí, justo en el lugar donde empecé, en mi habitación frente al sillón blanco, con el gato que se lame las patas y ronronea rozando suavemente mis pantorrillas. Mi pelo hecho un desastre, cada vez más blanco, cuando plata quisiera que se pusiera. Fumando otra vez mentolados lights, con un cenicero menos, unos kilos de más, mucho trabajo por delante, la ansiedad que regresó para pasar las fiestas de fin de año con nosotros, y esa gran diferencia: "nosotros".

Ahora ya no estoy sola, pero de veras que uno como está acostumbrado a vivir de cierta manera, y qué dificil es acostumbrarse a una vida en común, sin importar el domicilio que exista, los domicilios pendientes, los que compartimos todavía, después de muchos meses.

De regreso a pegar post-its por todos lados, porque todo se me olvida, porque los ojos verdes se desesperan -pero creen que yo no me doy cuenta- de que todo se me olvide, de que confunda las palabras; porque afortunadamente para mi, él ha sabido tenerme toda la paciencia del mundo. Y entonces sí, debería ponerme a escribir un libro sobre el estrés y su manejo en la vida moderna, contemporánea y real de mi generación; porque para escribir sobre eso, no necesito ningún posgrado que me avale.

Y regreso entonces. A correr como loca en esta podrida y sucia ciudad, que huele a alcantarilla, que llena de pelusa los cabellos y todo el cuerpo, que ensucia los autos más de lo que los autos la ensucian a ella. Regreso a correr con mis tacones de nueve centímetros, aunque Ro se ría de mi cuando le digo que no puedo seguir de pie, sólo caminando. Sólo caminando en las banquetas de la Ciudad.

Regreso a contar y anotar las comidas que hago al día, a intentar llevar la cuenta de las calorías por cada 24 horas, a no comer trigo, embutidos, hormonas, y a hacer mi mayor esfuerzo para volverme vegetariana. No sé cómo le voy a hacer, pero en ese vestidito corto de flores yo vuelvo a entrar a como dé lugar.

Regreso a manejar horas y horas en el congestionamiento, buscando un Starbucks para tomarme un puto Cherry Mocha antes de que se acabe la odiosa temporada navideña. Regreso a sentirme más sola que nunca, en medio de las filas de esta Ciudad, en el banco, en el supermercado, todo producto de las navidades que me hacen mal, que me ahuecan el corazón, que me hacen sentir que todo está mal cuando sorprendentemente todo marcha sobre ruedas.

Porque encima, la pinche temporada decembrina trajo consigo una carga inmensurable de trabajos, investigaciones cortas y disertaciones. Ahora sí, no sé ni por donde empezar.

¿Por qué nunca nadie confiesa que comenzar una relación o terminarla es difícil tanto cuanto sucede?

El hombre que se quiere casar conmigo sí existe. Duerme más de cuatro noches a la semana conmigo, quiere al gato tanto como lo quiero yo, el gato lo adoptó como parte de la manada, y se quiere quedar con nosotros para siempre.

Y Hans... bueno, se porta bien cuando alguien intercede, porque a veces se cansa de que yo -como siempre- le exija tanto como suelo exigirles a los demás.

lunes, 11 de octubre de 2010

¿Dónde estaban mis ojos verdes?

Hacía mucho tiempo que no tenía un sueño de terror, y esta noche lo tuve. Fue una pesadilla rara, quizá un sin sentido, pero me dio muchísimo miedo.

Soñé que me casaba con el soltero tóxico. Que pasaba todo lo que pasó, igualito, con todo y el hermano que a la mera hora sí quería ser hermano, y con la señora de cabello de maíz.

Yo venía sentada en el asiento de atrás de un coche negro, con un vestido blanco de fiesta, de muchos listones color lavanda, me acuerdo que me preocupaba que no trajera crinolina porque el vestido se me aplastaba.

Volteaba a la ventanilla, y veía venir al soltero tóxico vestido de traje, con la corbata desamarrada, y bebiendo, ¡qué raro! Venía con el dichoso hermano y otro hombre que no me acuerdo quién era. Caminaba junto al coche en el que yo venía y pasaba de largo, no me veía o no se quería detener; yo tenía la sensación de que no había querido detenerse.

Me daba mucho miedo que me fuera a dejar plantada en el altar, ah porque además, he de decirles que me iba a casar por la iglesia en una boda comunitaria. Algo me causaba ver a las otras novias alrededor mío, ellas acompañadas, muy felices e ilusionadas, y yo, sumamente angustiada, por mi lado, y el sotero tóxico por el suyo. Cuando yo lo veía pasar a un lado de mi auto, sentía cierto alivio porque ya había llegado, y entonces yo me bajaba del coche, me levantaba la falda de mi vestido, y me iba caminando a la entrada de la iglesia.

Me casaba, así, sin más. Me acuerdo de mi hermana y de mi papá, estaban también mis amigos y muchas personas de mi familia. Yo estaba triste, me sentía muy angustiada, y no había ninguna persona que lo fuera a acompañar a él.

Salíamos de la iglesia y él se iba, me dejaba ahí parada. Yo me levantaba otra vez la falda de mi vestido y comenzaba a caminar, y los listones color lavanda se comenzaban a arrastrar en el pavimento. Me veía mi anillo de casada y pensaba que todo había sido un error gravísimo, que me había equivocado otra vez, que cómo demonios había aceptado casarme con él si me había tratado tan mal y había faltado a sus promesas y se había burlado de mis planes. Comenzaba a llorar y me iba caminando por la calle.

Vestida de novia, llegaba a unos escaparates de unas tiendas de zapatos. Veía muchos zapatos, botas, sandalias, tacones de colores, y entonces me ponía feliz.

Llegaba a un departamento de alfombra color hueso, muy bonito, con elevador. Ahí tomaba yo mi móvil, que me acuerdo perfectamente que era una blackberry color negro, y le llamaba, marcaba su teléfono de memoria, y lo que más miedo me dio ¡es que me acordé del puto número! O sea, llevo meses perdiendo datos en mi cabeza, y en una noche todo regresó. Total que me respondía el afamado hermano, me decía que ese no era el número del chico tóxico, que él se había ido de la Ciudad, y que ni modo, pero no podía estar conmigo en esos momentos.

De pronto, el tóxico descolgaba la otra bocina del teléfono, me decía ¿hola, Mariposa? Y yo comenzaba a llorar, y en lugar de reclamarle nada, le decía que iba a estar en mi departamento, por si quería venir a verme. No me decía nada más. Yo pensaba que había sido todo un gran error porque el chico de pronto había vuelto para pedirme que me casara con él, pero yo ya no lo amaba, entonces ¿por qué le había dicho que sí, si yo tenía una pareja maravillosa y amorosa? ¡Y era cierto! ¿Dónde estaba mi novio?

Comenzaba una búsqueda desenfrenada para dar con mis ojos verdes, y no los podía encontrar, maldita sea, yo me acordaba de ellos, de que eramos muy felices, y de pronto no aparecían más y yo estaba haciendo puras estupideces. Hablaba con mis amigos, con mi hermana, con mi papá, y nadie me sabía dar razón de los ojos verdes, eran un hermoso recuerdo en mi cabeza, pero resultaba que ¡yo no los había conocido todavía!

Comencé a llorar y me desperté.

Fui a tomar un Starbucks donde la bebida caliente de otra persona me cayó encima, en lugar de hacer corajes, mi padre y yo nos reímos mucho. Regresé a casa. De pronto me acordé del sueño, y me dio mucha tristeza. Los ojos verdes están trabajando, muy ocupados como siempre, quiero hablar con ellos.

Pienso que el sueño sí sucedió, en el sentido de que cuando todo pasó, los ojos verdes todavía no llegaban a mi vida. Lo dramático de todo esto, es que yo me acordaba que estaban conmigo, pero nadie me sabía dar razón de ellos.

La vida nos tiene preparadas cosas maravillosas, personas maravillosas que vienen a hacernos el camino feliz, ameno, completamente pleno. La vida me tenía guardado a un hombre maravilloso, que vino a que el amor se hiciera.

No importa todo lo que sueñe o no sueñe, o si sigo viviendo en la misma Ciudad. Hay personas que se borran de la memoria para siempre, que sólo cuando está abierto mi subconsciente pueden aparecer; pero las reales, las que abrazo todas las noches para dormir, las que me llenan de besos por las manañas, las que me dicen que me aman tanto como las amo yo, no se irán a vivir al país de los sueños nunca.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Prefiere las calles rotas

Te amo, sabes que te amo. Te lo he dicho y me has visto convencida de ello.

La Ciudad, como las personas, cambia como las estaciones el año. A veces es gris, otras es totalmente obscura, y así yo suelo estar radiante o lluviosa cuando se trata de ti.

Las personas, como la Ciudad, cambian como lo hacen las estaciones del año. Parecen caprichosas, parecen sentir... a veces no quieren nada, y prefieren quedarse con sus calles rotas.

Caminamos de la mano la Avenida Cinco de Febrero, comíamos helado blanco, hacía mucho frío. De pronto lo supe: había entrado el otoño y yo no tuve tiempo de pararme a respirar y a observar el pasado veintidós de septiembre. Tengo miedo.

Estoy tan ocupada, que tengo miedo de olvidarme del saco gris. Tengo miedo de olvidar lo que iba a hacer mañana, lo que tenia que entregar escrito el pasado 29 de agosto. No tengo tiempo de nada. Tengo miedo de manejar de noche, de despertar de día, de estar sin mí, contigo, sin mí cuando estoy contigo.

Creo, ahora, que debo seguir a como dé lugar. Mis planes, mis metas, tu y yo como líneas paralelas.

Extraño el frío del otoño caminando sola por la calle. Es sensacional venir de tu mano, sentir cómo me tomas por la cintura, pero también era maravilloso hacerlo en solitario. Mi bolso al hombro, mi abrigo largo, las botas altas y mis guantes de piel.

Esta nostalgia en la garganta, guardada para los meses de invierno; esperando que llegue algún diciembre que me haga verdaderamente feliz.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Veinticuatro horas despierta.

A punta de letras, aprendí a expresarme escribiendo mejor que cuando lo hacía cuando me ponía a hablar o a debatir. En noches como estas, que parece que nunca terminan, y que yo tengo tres escritos pendientes que pintan para volverse malditos, es cuando pienso que quizá sea yo más literata que historiadora.

Nunca pensé usar ese vestido para tomar clase. Es uno de mis vestidos favoritos, y creo que es el favorito de él. Éste, el color obispo, con mis botas color negro y mi abrigo corto jaspeado que parece casi color gris.

Y lo logré. Un boost a las veinte 30 horas y heme aquí, casi diez horas después, sigo despierta.

Sólo me falta ya una reseña y un ensayo. ¿Qué más se acumulará?

Extraño a mis ojos verdes, aquí, acostados junto a mi. Ha sido maravilloso que aún con el ritmo de trabajo que tenemos los dos, hemos logrado pasar el mayor tiempo juntos. Cuando más me pongo a hacer historia, más pierdo la noción de la realidad, del tiempo y de mi vida personal. La crisis del extravío del móvil fue superada. Espero que la del fin de año y los nuevos planes que vienen, también lo sea.

Lo extraño. Debería de una vez decidirme a dedicarme sólo a escribir historias; o darme cuenta que investigar Historia también es lo mío, aunque tenga que comenzar a planear mi vida a partir de septiembre de 2012, antes es imposible.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Mañana dormirá aquí

Okey, es oficial, hoy por estar haciendo mil cosas a la vez, leyendo, bebiendo agua, un vaso con café, y hablando por teléfono, prendí un cigarro al revés. Oficialmente se me va el avión, o el aeropuerto entero...

Si no es un panic attack es cualquier otra cosa, pero a veces se me van los pensamientos.

Cuando era chiquita, me dije a mi misma que la vez que esto me sucediera me iba a reír mucho porque oficialmente iba a ser como mis tías grandes, o sea, vieja.

Hoy confirmo que me he reído mucho, yo sola, ahorita frente al espejo, pero que de grande vieja no tengo nada. Y aunque así fuese, y cuando así sea, recordaré que en estos días fue cuando un chico vino a decirme que me ama tal como soy y que encontró con quien querer compartir el resto de su vida.

Wow. Por algo se empieza. Yo, por ejemplo, acabo de prender un benson por el filtro jajajaja Luego, después, supongo que podré comenzar a tener la estabilidad de una "old lady" con todo el "retro style" que eso requiere.

Tengo frío. Estoy feliz. Hoy está lloviendo. Mañana dormirá aquí.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El congestionamiento.

Debo recordar no usar mis botines de tacón de diez centímetros de alto, cuando salgo tarde de casa y tengo que correr las tres cuadras de donde se quedó Hans hacia el Instituto.

Me preocupo, una vez más, aún con todo lo que tengo para preocuparme, me preocupo por él. En otra circunstancia no hubiera cambiado la ruta de regreso a casa, pero verdaderamente que lo vi cansado y desganado, así que tomé Eje Central Lázaro Cárdenas hasta Av. Hidalgo, en lugar de hasta Viaducto Miguel Alemán para irme hacia Periférico Norte Manuel Ávila Camacho. ¡Pero qué bárbara! Estos nombres de mi Ciudad, me hacen sentir estar leyendo una plana de reseña de El Nacional de los años 1946-1948.

Todo lo que adoro Río San Joaquín en las mañanas, con sus seis carriles reversibles sólo para mi, de poniente a oriente, lo odio en las noches de regreso a casa.

Y así es vivir en esta Ciudad, un eterno congestionamiento que nunca se acaba, que no se para más. A veces el congestionamiento está en todos lados, en la fila del súper, del banco, del restaurante; en la fila del baño, para servirme un café o para salir de seminario. Es necesario que me lleve bien con Hans, porque paso dentro de él más horas de las que imaginé. A veces los ojos verdes y yo comenzamos en él las conversaciones, nunca las podemos terminar.

Eje Central hacia el Norte, completamente libre por las noches. Viaducto Miguel Alemán hasta el copete, hacia Periférico Norte, a todas horas, por todos lados, en cualquier coche. ¿Qué voy a hacer?

Botas de piso, sandalias de plástico para el desayuno; botines de agujetas con tacones de nueve centímetros que se usan con unos levi's twisted, se quedan enojados dentro de una bolsa en el coche, y los ojos verdes donan a la causa sus zapatillas azules para caminar, de Dr. Vértiz a Nápoles, de Insurgentes a Rodin sobre Porfirio Díaz, de regreso, sin escalas, hasta el Sanborn's de Eje Siete.

No es lo mismo en solitario. No es lo mismo fumar sin tu mano, sin tu periódico gris, tus ojos verdes y la camisa azul. No es lo mismo la Ciudad con veinte minutos por trayecto, que salir de casa tan temprano que se está entrando a Periférico antes de las siete y media.

Boinas que se quedan en el coche, abrigos que no se bajan más; no se sabe cuándo se puedan ofrecer, la próxima vez los autos detenidos no nos dejarán regresar.

domingo, 29 de agosto de 2010

Veintisiete años, prácticamente 30.

Hay una broma en mi familia que dice: "27 años, prácticamente 30". Pues digamos entonces, que hoy cumplí "casi" 30 años muy felices.

Nací hace 27 años en la Ciudad de México, el lunes 29 de agosto de 1983, a las 13 horas, en la Clínica Londres que estaba en la calle de Londres 34 en la colonia Juárez. Los primeros meses de mi vida, mi familia vivió en la calle Rubén Darío en la colonia Moderna; poco tiempo después, regresó a vivir a la zona metropolitana de esta enorme Ciudad.

Y aquí sigo. Hoy, aún cuando casi me vuelvo loca ayer porque no me gusta que me feliciten, ni que me abracen, ni que me digan "que cumplas muchos más", me siento absolutamente feliz porque ha sido un día maravilloso.

Alguna vez escuché que el cumpleaños es raro en el sentido de que inconscientemente se hace una regresión al día en que nacimos, y sentimos algún malestar o enfermedad. Yo no sé si sea completamente cierto, pero sí estoy segura de que me abruman los festejos en casa, me desespera no tener el control de la situación, y me entristece que se malentiendan mis actitudes. En pocas palabras, me gustaría poder decir o hacer exactamente lo que mi cabeza piensa.

Bueno pues creo que por primera vez en muchos años, lo logré.

Desperté muy temprano, antes de las ocho de la mañana, me metí a bañar, me arreglé el pelo, me puse un minivestido negro similar a una enorme camiseta que se encarga de definirme el derrièrre y las botas vaqueras que los ojos verdes me regalaron hace algunos meses. Calenté el coche, me preparé para conducir, y entonces me fui. Manejé y manejé, dilucidando si debía pasar por un Starbucks para desayunar, o si debía seguir para compartir mis galletitas con él.

Tomé Periférico Sur a la altura de Echegaray, seguí hasta Río San Joaquín, quien me enamoró porque estaba completamente libre. Manejé hasta Circuito Interior, bajé los pasos a desnivel, esquivé las luces en rojo, le guiñé el ojo a los semáforos en verde, al auto que venía de mi lado izquierdo, al camión Optimus Prime rojo que venía a toda velocidad por la lateral, y salí justo en la avenida Ricardo Flores Magón.

Amor entre las sábanas, café negro para el desayuno.
Reí a carcajadas, y luego le llamé por teléfono. No estoy segura de que los ojos verdes hayan sabido que ya habían despertado, todavía titubearon si debían bajar a abrirme la puerta del edificio, o si debían seguir soñando entre las sábanas.

Y ahí estaba yo, con mi pelo alborotado, sin una pizca de maquillaje, con mi bolso negro cruzado a la altura de la cadera y mis botitas vaqueras. Nos besamos como si hubiéramos vuelto de la guerra. Te amo tanto... me dijo, le dije, nos repetimos y no paraba de abrazarme sobre mis hombros, en su cintura, dentro de mi boca, sobre su pecho.

Ahí estaba él, con un perro que también lo acompañaba, que me saludaba, que parecía que había venido de carretera. Nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto por mucho tiempo. Te extraño tanto... me dijo, le dije, nos repetimos, y no paraba de besarme sobre mis ojos, en sus orejas, en mi cadera, dentro de su boca, sobre la nariz.

Entramos, era lo que nos faltaba. Subimos y comenzamos a hablar, interminable como siempre, maravilloso como no lo recordaba. Con mi vestidito negro y sus ojos verdes. Con su pelo alborotado, y mi perfume recién rociado. Y ya sabes como es todo esto de los cumpleaños, de felicitaciones y de sorpresas, de galletitas con chocolate que se comen dentro de las sábanas, con café caliente, con sonrisas que recién despertaron, con miradas que no pudieron quedarse dormidas.

Luego el desayuno, compartir con personas que no se esperaban, que hacen reír, que tosen cuando sale destapado el vapor de la regadera. Los perros ya no ladran, el agua ya no hierve. Mis pestañas se rizan, mis labios se definen. El chico se termina el CKIN2U, termina suspirando el doble porque me provoca, y toma mi mano para salir de regreso a la calle.

Cumpleaños feliz, tinto sin soda para la comida.
Hans que ruge como si fuera un auto de carreras, mientras esquivamos los baches de este asfalto sin control, del concreto hidráulico que por fin está destrozado. Casi llegando a Paseo de la Reforma, los ojos verdes me preguntaron si quería El Universal, lo compraron y lo leímos en el trayecto de casa a Coyoacán.

Perdí la cuenta del tiempo que reí feliz. No perdí la cuenta del tinto que bebí, porque la que tiene que conducir soy yo, derecho, dando vuelta a la izquierda, en sentido contrario, cazando valet parkings para que acomoden a Hans en algún lugar. La mano sobre la suya, la otra sobre mi regazo. Los ojos de frente, sentados de lado como novios, como bromeáramos hace muchos años. Lo mejor fue la sobremesa, los planes que vienen para el futuro, el plan para el resto del día; las felicitaciones que aunque no me gustan, logran hacerme sonreír.

Nunca antes había perdido la cuenta del tiempo transcurrido, de las palabras dichas, del amor recibido. Es la primera vez que tengo conciencia que se me quita el miedo de realizar cosas, de vivir sin planearlo todo obsesivamente; y mis ojos verdes han logrado hacer que me deje llevar.

Jarocho mata Starbucks.
Después, su mano sobre la mía, sus brazos sobre mi cintura, mis botitas vaqueras reflejadas en una vidriera. Qué bueno que no pasé por café en la mañana, porque me compró un Jarocho para el postre, y en lugar de que fuera light latte para mi y soya chai latte para él, llegaron sorpresas maravillosas.

Me lleva por café de olla, me toma fotografías hermosas. Nos reímos mucho, nos besamos como si fuera la última tarde de Coyoacán. Habla con mi madre, bebemos café y fumamos mentolados rumbo al coche. Regresamos a casa, a compartir pastel de chocolate y coca-cola light; a recibir a la diseñadora de modas y a San Román, a pasarla bien como hacía muchos cumpleaños no pasaba.

Y todo transcurre como en una linda noche.

Veintisiete años. No sé si prácticamente son treinta, pero sí estoy segura de que en los últimos seis meses he aprendido más cosas de las que imaginé, me sucedieron más cosas de las que planée, y mi lista de propósitos de año nuevo prácticamente se cumplió toda. Obtuve una licenciatura, obtuve un lugar para estudiar un posgrado, me abrí al amor y a un compromiso real y estable, obtuve un empleo que me organizó los horarios... en fin. ¡Lo logré!

Un año nuevo comienza para mi, y los retos se hacen más difíciles, las decisiones más relevantes, y la compañía más placentera. Estoy enamorada... ¡Felices 27 Mariposa Tecknicolor!

domingo, 15 de agosto de 2010

Todo inicia, me haces falta.

Se acaba el fin de semana, yo regreso a mi casa, tu regresas a la tuya, como sea comenzamos un nuevo día el uno sin el otro, los ojos sin verse, la piel sin olerse, las ganas que se quedan allá, mi alma que sabe que anda con la tuya.

No está mal. A ti te espera la oficina, a mi me espera el Instituto. Todo vuelve a la marcha.

Mi vestido azul huele a tu cocina, y puedo identificar que al olorcillo maravilloso que se queda entre las cortinas. Mis botas de cordones se mojan por dentro, ¿por qué eso sucede justo cuando voy a verte, lo que te permite secarme los pies y ponerme otros calcetines?

Algunas de tus prendas se vienen conmigo, otras prefieren quedarse sobre mi piel como si siempre hubieran vivido ahí. Esos pantalones de mezclilla que ahora usaré con tacones de charol, y las zapatillas de lona que me encanta usar con tus pantalones deportivos y la sudadera color gris. Todo es tuyo, todo siento que es mío, ahora me hace sentir bien.

Y llego a discutir lo que verdaderamente no me compete. Llego a mi cama, perfectamente tendida, que parece como si fuera de cuarto de hotel, a inventarme cosas que hacer; a pensar qué me voy a poner mañana, cómo me voy a arreglar el pelo debajo de esta boina color púrpura que me regalaste hoy por la tarde.

Regreso a la maravillosa soledad de grillos que cantan detrás de las paredes, de un gato que me mira desde la esquina de mi tocador, o que camina y se echa a un lado de mi computadora. Vuelvo para revivir las líneas muertas que dejé, los textos a medias que tengo que terminar, los pendientes revueltos e interminables que siempre olvido cómo resolver.

Luego lunes, quizá martes, miércoles que vendrá, y jueves que me dará suerte para la Teoría de la Historia. El viernes, si tengo oportunidad, dormiré hasta tarde. Seguro el sábado, podré volverte a ver.

Carajo, es apenas el inicio, y ya me haces falta.

lunes, 2 de agosto de 2010

Se invade mi cuerpo.

Salí de casa a las 8:45 horas. Me subí a su coche azul eléctrico y fuimos por el Starbucks de siempre. Nos reímos mucho. Mis ojos verdes tuvieron razón, él estaba más nervioso que yo. Antes, mi madre y yo comentamos las noticia de la mañana, hablamos sobre las dietas de sopa de col, me dio la bendición y nos despedimos.

Hoy, sin ponerse de acuerdo, mis padres me escribieron una carta en la que me dicen lo orgullosos que están de mi.

Hoy, sin haber amanecido juntos, ni cerca, ni haber sido lo primero que nuestros ojos vieron, mis ojos verdes me dijeron que me aman, que están enamorados de mi; y entonces todo sucede: el pelo se me acomoda maravillosamente, las crisis de estilo no tienen parte, las botas de pronto están boleadas, y la Ciudad se pone siempre de mi parte.

Decidí no hablar mucho, sólo lo suficiente. Era obvio que la mañana me pertenecía completa, con la ruta que yo eligiera, con los vendedores ambulantes sobre la Ribera de San Cosme, pero con una maravillosa vista de Paseo de la Reforma mientras la cruzo sobre Insurgentes, y con una sonrisa enorme de David Alfaro Siqueiros, cuando me guiña el ojo al pasar frente al Poliforum.

Hace ya un mes que me regalaron flores. Hace un mes ya que las puse en un florero de vidrio, en mi mesa de trabajo, y puedo asegurar que no han querido marchitarse.

Me marée un poco, de pronto fue asumir muchas responsabilidades de golpe, saberme oficialmente historiadora que busca un conocimiento para ser mejores. Me marée un poco, abrí una coca-cola light, y aún cuando mis amigos me invitaron a visitarlos para comer con ellos, decidí regresar a casa. Tengo un poco de sueño, todavía tengo mucho qué hacer.

Estoy feliz. Y en esta ocasión me faltan palabras para describir la sensación de tranquilidad y emoción que invade mi cuerpo.


miércoles, 28 de julio de 2010

Ciudad espejo

Cada que llueve, la Ciudad se transforma casi como me transformo yo todas las mañanas luego de tomar la primera ducha del día. A veces voy de carrera, algunas otras termino por despertarme, por ponerme lo primero que encuentro, por organizar mis cosas y untarme lo que salga de las botellitas altas y largas que tengo en el tocador.

Con la lluvia la Ciudad despierta, se transforma, avisa que algo mejor viene para acá, algo que todos no esperamos pero que nos esforzamos porque suceda. La Ciudad cambia, se viste de colores, se llena de grises y de azules magníficos que nos obligan a entrecerrar los ojos.

A la Ciudad le aparecen imperfecciones, se desespera. Intenta organizar lo que ya no tiene remedio, lo que se esfuerza a acomodar aún cuando no tiene sentido, cuando sabe que hay cosas que no van a cambiar, porque la gente no cambia, las personas nunca cambian.

A esta Ciudad le cuelgan cosas, se unta de lo primero que sale de los bolsillos de los demás, de los autos de los que sí pueden, de los bolsos de las personas que automáticamente saben lo que tienen que hacer pero nunca atinan a hacerlo a tiempo. Intentan reparar los hoyos, los baches, cada pedazo de pavimento que se desmorona, cada letrero que se cae, cada coladera que ya no sirve más. No siempre tiene remedio.

Las cremas de mis frasquitos no son mágicas, ni los pefumes carísimos que me regaló mi padre pueden hacer que este olor característico se me salga de la piel, que este suero que sale por mis poros deje de salir. No logran hacer que deje de oler a cuando estoy con él, a cuando está conmigo, a su ropa sobre mi cuerpo cuando sólo lo que traigo puesto de mi propiedad, es mi corazón.

El aerosol de la botella plateada no logra domesticar a mis cabellos rebeldes. La pasta del tubo de aluminio no puede hacer que mis canas desaparezcan. La espuma blanca de la botella gorda, no doblega a los rizos que siempre se quieren emancipar. El chapopote con grava, sobre el asfalto de mi Ciudad, no siempre la puede callar.

Estas máquinas que le pasan por encima de sus ejes viales, de las avenidas sin curso, de los circuitos que no avanzan más, y que al transitar aprovechan para succionarle las venas, el torrente acuoso que dicen que no se podrá llenar más, no siempre logran su objetivo. No pueden hacer que la Ciudad respire distinto, que aprenda a hacer cosas que no está diseñada para hacer.

El gel del tarro de plástico, este chaparro que tiene una tapa blanca, y que huele a romero combinado con éter, plátano macho y alguna otra hierba que se supone hará que mis pantalones talla siete me vuelvan a entrar, no es "milagroso" como se lee en la etiqueta. Mi piel es como es, mi cuerpo se siente libre, suave, eterno y sustancioso como debe ser. Ningún producto hará que deje de ser redonda, y quizá ni cien líneas de Metrobús harán que la gente se organice para transitar, para llegar a donde vayan, no lograrán que la gente llegue a la Ciudad a establecerse, no controlarán su crecimiento desmedido, como el gel "maravilloso" no hará que mis medidas me conviertan en talla cero, o en talla dos.

Quiero bailar, y ella baila conmigo. Los estilos son únicos, y el de ella también lo es. No se le puede pedir a la rubia que se vuelva morena, a la morena que de pronto no sea rellenita, o al infiel que nos vuelva a querer.

Finalmente en ella vive quien le aguanta el ritmo, quien cuya histeria puede doblegar a la de ella. Y asimismo se queda acá quien sabe cómo es como vivo, cuando el insomnio llega y no se quiere ir, cuando la ansiedad hace su acto de presencia. No se le puede pedir que sea una ciudad modelo o de primer mundo, cuando no está diseñada para eso, cuando no se tiene la suficiente infraestructura para convertirse en algo que no estamos acostumbrados a ser.

No voy a caber en un vestido talla cero, ni en un negligé talla dos. No voy a dedicarme de pronto a superficialidades, ni voy a hablar como si hubiera nacido ayer. Quise hacer de mi misma lo que soy, y no de pronto seré algo que no estás acostumbrado a ver.

domingo, 6 de junio de 2010

Y después, se casan.

El señor Buendía y la señorita Jana insistieron en que me presentara a la boda, así, como si nada. Bueno, la mera verdad es que los tres fantaseamos con que me aventaba un zafarrancho increíble, con todo y eso de "tú dijiste que me amabas", y hasta Buendía sugirió que pidiéramos prestado un bebé, para darle más drama a la escena. En cambio Jana, decía que fingiera un embarazo como de seis meses, pretendiendo que eso causara suficiente remordimiento en el chico, que ahora se convertía en contrayente. Reíamos como estúpidos. ¡Pero qué par de locos!

Ninguna de las dos sugerencias rindió frutos. Sí me presenté a la boda, sin invitación por supuesto, pensando que todos tenemos acceso a la "casa de Dios", y ahí me quedé, como una invitada más, pensando que nada mejor podía pasarme en ese momento, o podía pasarnos a los dos.

No me dio tristeza, tampoco sentí nostalgia. Esas lágrimas absurdas que a veces se apoderan de mis ojos, porque todas las bodas me hacen llorar, esta vez no se hicieron presentes. Me quedé ahí, como estatua. Ni siquiera conocía a sus amigos, ni a sus compañeros de trabajo. Como nunca me presentó a su familia, ni a sus hijas, pues no había verdaderamente nadie que pudiera reconocerme. La única persona que podía hacerlo, quien me avisó que el Rey Sol se casaba, estaba a kilómetros de la Ciudad de México.

Estuvo bien no haber recibido invitación, estuvo bien. Ya me la sé, que los chicos una vez que terminan la relación que tienen conmigo, o se comprometen con alguna chica, o de plano se casan. Tampoco recibí invitación para la boda del soltero tóxico, y como tampoco conservamos los amigos en común, no tuve como enterarme, hasta que pocos meses después, él me lo platicó sentados en una mesa del Sanborn's de Satélite.

Se pudo haber dicho que pasé desapercibida entre los invitados de una y otra familia, de no ser por el vestido que elegí para la ocasión. No iba a ir de compras, ni me iba a poner mi vestido de fiesta porque es color blanco, y se supone que a las bodas uno no debe ir de ese color, así que opté por el vestido rojo estampado con flores azules, de chifón, casi envolvente, con un escote de vértigo; que está confeccionado de tal manera que al caminar, mi pierna izquierda se asoma como si ella también sonriera.

Estuvo bien no haber recibido invitación, estuvo bien que fuera. De otra manera, no hubiera creído que se celebraba una boda ese día. No estoy segura de cómo se conocieron, ni quién es la chica. Sólo sé que fue de esos amores repentinos, de esos que te hacen sentir que nada más importa, que si no te lías con ella -o con él-, podrías arrepentirte tiempo después. Me consta que él está feliz, porque lo vi. De ella no puedo opinar mucho, porque no la conozco, no sé cómo es cuando sonríe o cuando está enojada.

Esa sensación que se tiene, que de cualquier forma a uno lo están mirando, de pronto se me esfumó conforme la ceremonia religiosa transcurría. Ya no era la boda del Rey Sol, ya no era yo con mi vestidito de chifón, simplemente estuve allí, en una ceremonia cualquiera; estaba segura de que tenía que verlo con mis propios ojos, no hubiera bastado que alguien me lo platicara.

Y así, llega el momento de encallar para no navegar más, no sé cómo se siente eso pero supongo que debe ser agradable, que debe ser una emoción inmesa por tener estabilidad en la vida, en el corazón; por haber encontrado a la persona que te complemente y que vaya en el camino paralelo al tuyo.

Por mucho tiempo estuve renuente a una relación estable y duradera, siempre argumentando que mi generación había salido "reacia para el matrimonio", y tomando como ejemplo mis últimas relaciones y lo que los chicos habían dejado en mi. Por mucho tiempo me di cuenta que ellos no querían más estar conmigo, pero que después les llegaba el momento y lo aprovechaban con otras personas, en otros sitios, con otras mujeres. Comprendí que todos buscamos ser felices, pero que yo no estaba en sus planes.

Luego, tanto tiempo de soledad que no se le puede llamar así, llega para dejarnos cosas buenas, un poco de sabiduría y un tanto de experiencia.

Después vienen las cosas más claras, se renuncia al drama, y se necesitan hechos fehacientes para creerlo y para sacarnos tanto escepticismo.

Necesitaba ver con mis propios ojos ese día, el ocaso del sol, que el Rey Sol contrajo nupcias. No más salidas nocturnas, no más calles perdidas en esta Ciudad, no más coches que se siguen, no más almuerzos que no llegan -porque por fin ahora sé que nunca llegarán-. No más Sierra Nevada ni las obras literarias de Minería. No más zócalo capitalino lleno de gente. No más Ciudad Universitaria mientras yo investigaba en la Hemeroteca Nacional. No más copas los viernes por la noche, en este bar de Polanco que ahora no me acuerdo de cómo se llama. No más esquinas de Patriotismo y Eje 6. No más Starbucks a espaldas del Hotel Presidente. No más Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Necesitaba que un hecho externo me gritara a la cara que todos tenemos oportunidades, que la mía también se ha presentado, que mi suerte ha cambiado, que el éxito viene de la mano de nuevas experiencias y de personas maravillosas que se aparecen en nuestros caminos.

Necesitaba recordar que los domingos sí me gustan, y que también pueden estar llenos de un amor distinto y de convivencia que no sabía que podía existir.

Luego mi historia vendrá, y dejará memorias maravillosas. Luego sí podré hablar de vestidos de novia, de anillos en el dedo anular, de vestidos sencillos con zapatitos azules, de destinos que son el mismo, de futuros compartidos, de relaciones que no existen más. Después quizá, me casaré yo.

viernes, 28 de mayo de 2010

When real people fall down in life, they get right back up, and keep on walking.
Carrie Bradshaw, Sex and The City.

miércoles, 21 de abril de 2010

Voy a tratar de conseguir tiempo.

San Román me llamó, casi tan histérico como yo cuando suelo ser más histérica que histórica. Tiene que entregar un proyecto hoy, a más tardar a las diez de la noche, y no tiene ni idea de como continuarlo, ni de cómo se debe terminar de armar. "Voy a tratar de conseguir tiempo", me dijo antes de que termináramos la conversación.

Esta vez sí lo escuché muy preocupado, y entonces esto parece como una guerra de angustias, porque me pregunta cómo me va y cómo me siento, y de pronto le vomito todo lo que traigo atorado porque no tengo dinero para arreglar a Hans.

Chale. Bienvenidos al mundo moderno, a la vida real de un adulto joven.

San Román necesita tiempo. Yo también. Necesito poder quedarme despierta mucho tiempo, para terminar de leer todo lo que hace falta, todo lo que tengo que recordar o poder manejar en unos pocos días.

Necesito el tiempo suficiente, para terminar el borrador que tengo muerto, comenzarle con Edward Palmer Thompson, y ponerme monísima para irme en la noche al Auditorio Nacional. Shiiiiiiit. De veras que a mi me gusta chiflar y comer pinole.

En la quinta chilla, en la sexta angustia, en el séptimo cielo al que intento acostumbrarme pisar desde hace un par de meses, el chico me llamó para platicarme cómo iba su día y para preguntarme cómo iba yo. No me volqué como suelo hacerlo con San Román. Son personalidades distintas, es la misma confianza, pero manifestada de diferente forma. Pero con toda sinceridad le platiqué lo que está sucediendo. "Es sólo un coche, Mariposa, es sólo un coche" -me decía del otro lado del auricular; "¿ya estás lista, no tendrías que estar saliendo de casa ahorita?". Y si, el chico tiene razón. Son casi veinte para las seis, y yo sigo enfundada en mis mallones negros con la blusa de la suerte y mis botas vaqueras, no me he maquillado, por lo menos mi pelo no es un desastre, y no recuerdo dónde guardé el pantalón de lino que quiero usar esta noche.

Ya me voy, si no quiero llegar tarde a la cita.

Conversamos nada más unos instantes más. No tuve tiempo de decirle que tiene razón, que es sólo un coche, y que a veces no me doy cuenta de que todo alrededor está marchando en orden, aún cuando Hans se pone los moños para querer arrancar, aún cuando dejé temporalmente mi empleo y no tengo dinero, aún cuando las noches no nos son suficientes para decirnos todo lo que queremos decir, para compartir todo lo que estamos listos para compartir.

Ya me voy, ahora sí. Me pondré las ballerinas de JULIO, porque definitivamente también fueron un regalo para él, y a ver de dónde me saco ese fabuloso pantalón ancho, que quiero combinar con una blusita color gris.

"Es sólo un coche". Parece mentira que tenga la sensación de estarme escuchando a mi misma, cuando mi padre, mi hermana o San Román, se quejan de que sus autos no funcionan o algo les hace falta. Este chico parece que está del otro lado de mi espejo, o que vino también a conectarse directamente con mi pensamiento. Esa frase, de que sólo es un coche, se la dije ayer a mi padre, cuando me mostró el rayón que le hizo a su deportivo en la defensa trasera. Mi consejo fue, que no hay que aferrarse a los bienes materiales; y ahora el chico, sin saberlo, viene a decírmelo como me lo debí decir hoy por la mañana, cuando todo el jaleo por la reparación comenzó.

Ahora sí ya me voy. Una vez más, intentaré conseguir tiempo. Temo que se me haga tarde de verdad. Que el tránsito en Periférico y el transporte colectivo, se apiaden de mi.

lunes, 8 de marzo de 2010

Las ballerinas de JULIO

Hoy fue un día difícil, raro, peculiar, diferente a los demás. Con mis padres en el mismo coche, al mismo tiempo. Con una hermana mayor, que ya no sé si sí o si no. Con juicios absurdos -y extremos- que no tengo por qué escuchar.

Me sentí mal todo el día. De hecho, desde la cena de anoche me sentí muy mal. Tengo el estómago revuelto, tengo náuseas, me hormiguean las manos y estoy hinchada, los anillos no me entran más en los dedos de las manos. Todo me aprieta. Todo me sienta mal. Tengo esta sensación de que en cualquier momento me voy a vomitar. Donde me siento me quedo dormida, no sé qué me pasa. Hoy me he sentido muy mal.

Me encontré para tomar un café con la Diseñadora de Modas. Traía un bolso enorme, lleno de cosas, y unas sandalias de plataformas de tiras color negro, increíbles. Celebré, por supuesto, su buen gusto y le platiqué que me sentía muy mal físicamente, y que probablemente no fuera sólo eso, sino que me sintiera mal por dentro.

Intenté platicarle como había sido la mañana, cómo había sido el mal humor de mi padre por el móvil, la histeria colectiva que tanto me hace mal. Intenté explicarle que me sentía mal, fuera de lugar en ciertos aspectos, desesperada en otros, y triste sobre todo lo anterior. ¿Qué te digo?, comencé, que de entrada me desgastan los problemas de otros. Sí. Eso es. Me desgastan los problemas que no son míos, y que se empeñan en hacerlos ver así.

De pronto, mientras mirábamos la carta de los postres, escogíamos un café, hablábamos de mis malestares, de sus plataformas nuevas, y pedíamos un par de vasos con agua a la mesera, sacó de su enorme bolso un regalo para mi: un par de ballerinas color café. Las escogió justo de mi estilo, de mi talla, y me dijo que era un regalo pensado en que quizá deba dejar de usar tacones un tiempo, pensando siempre en que el estilo justifica todos los medios. Tiene razón, no tenía ningún par de zapatos sin tacón, y estos me cayeron de perlas.

Con mi cara de niña frente a un arbolito de navidad, las tomé, les saqué el empaque y comencé a llorar. Encima, además de sentirme mal, hoy fui la mujer más sensible del mundo. Mi amiga me abrazó, me dijo que me quería hacer sentir bien, y que por eso me regalaba justo lo que sabía que me iba a hacer feliz. Y lo logró.

Su regalo tiene muchos más significados en este momento, en este contexto, y en estas historias que recién comienzan que no se quiere que tengan punto final. El regalo es para mi, y también para el que está conmigo, que toma mi mano.

Luego, el resto llegó para cenar, otros para tomar café, pero todos para ponernos al corriente de la semana. Me sentí bien. Compartimos taxi de regreso a casa. Logré olvidarme un poco del malestar. Intento conciliar el sueño, espero poder dormir bien, y tener uno de esos sueños al aire libre para después verme en una habitación de paredes blancas.

Logré sentirme mejor, aún cuando ahorita todavía me duelen la cintura y el cuello. Supongo que todo pasará, como siempre digo, todo también pasará. Ellos pasarán, el chico pasará, y yo también pasaré. Si sigo pensando me voy a volver loca, así que ya me voy a dormir. Nada más por hoy, antes de que se me acaben las palabras. Ya mañana sabré qué es lo que sigue, y qué frases debo terminar de escribir.

lunes, 22 de febrero de 2010

Mis zapatos de siempre

No quise usar otros zapatos, me puse los míos negros, los de siempre, los de tacón con una trabita y hebillita justo a la altura de los dedos de mis pies. Tampoco quise usar pantalón, y hacía mucho frío para ponerme un vestido, intenté ponerme el rojo con flores azules, para terminar con el abrigo color camello; pero cuando escuché en la radio al salirme de bañar, que estábamos a seis grados centígrados, opté por el traje sastre de tweed color negro, y encima, el abrigo del mismo color. Me solté el pelo, me puse los aretes redondos, y mucho perfume, el que se hizo mi amigo, que se apellida Basi.

Me fui, lejísimos, casi sin saberme el camino de ida, porque era un hecho que no me sabía el camino de regreso. Estuvo bien no haber tomado tanto tiempo de anticipación. Río San Joaquín y Circuito interior -ahora llamado Circuito Bicentenario-, estaban vacíos. Y manejé, y manejé, y manejé, y no sé con certeza cuántas delegaciones de la Ciudad de México habré atravesado. Manejé y seguí manejando, hasta que viera la indicación para desviarme hacia la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Su bahía de ascenso y descenso de pasajeros, me serviría de retorno, para tomar Río Consulado, de regreso dirección La Raza.

Siempre he sido una chica del norte, aún cuando he adoptado al sur como casa provisional, como trabajo que no quiero dejar, como la Ciudad dentro de la Ciudad, que se hace llamar Universitaria. Pero nunca, o por lo menos que yo lo recuerde, había llegado tan al norte. O no sola, manejando a Hans.

Todo esto porque hoy fue la boda de Julia. Fue la primera vez que voy como si nada, como soy, sin sentirme mal por no ir acompañada. Y lo pensé, "no habrá donde me sienten, no sabrán donde acomodar a la soltera que no lleva pareja". Sin afán de tirarme pa'que me levanten, ya me ha pasado antes, que como uno va de single, pues ni como ayudarle al organizador, que no pensó en que habemos personas que llegamos solas. Fue la primera vez, y creo que no lo vuelvo a hacer. Y no por sentirme mal o sentirme sola, sino porque es una verdadera tristeza, no tener con quien bailar cuando se abre la pista de baile.

Fui extraña, muy extraña, hasta para el padre de la iglesia. No conocía a la familia de Julia ni a sus amistades, apenas me recordaba del novio, de cómo se habían conocido y de cómo era su historia. Sin embargo, no me intimidó esa situación, y me la pasé bien. Me presentaron con quien debían hacerlo, y finalmente me acomodaron en la mesa de las primas -con respectivos maridos-, y que afortunadamente resultaron muy simpáticas.

Fue extraño, ya lo dije, hasta para mí; pero me divertí, y el pastel fue lo mejor del mundo.

Ella, la chica que lloraba a mares cuando se peleaba con el novio, el novio con quien discutía por teléfono cuando ella no estaba disponible o no tenía señal en el celular, ellos que vivían al norte y al sur de la Ciudad, ellos que luego de tres años, ahora son marido y mujer. Y qué felicidad, pero qué fuerte. Sentí una opresión en el pecho y se me durmió la mano derecha cuando fue la ceremonia. Me he vuelto sumamente susceptible ante las uniones para toda la vida, e intento tener fe ante los happy endings.

No soy pesimista, lo sabes bien, pero me pasa que lo veo como algo lejano, como algo que según mis circunstancias familiar y personal pudiera no suceder, o que todavía falta para que suceda. Mis prioridades no han cambiado mucho, no soy tan distinta como dicen que parezco. Sigo caminando con los mismos zapatos, pero parece que lo que ha cambiado es el camino.

Esta actitud, esto que me sostiene, finalmente es lo que me hace pensar así. Hace ya muchos meses que no voy de compras, creo que la última vez fue casi en Semana Santa pasada cuando me regalé esas fabulosas plataformas con tacón ancho y de diferente color; y aún así no hace falta que los siga adquiriendo. Nunca son suficientes, lo sabemos bien, pero yo misma tengo mis límites. No importa el color que sean, no importa que traiga puesto un vestido o unos jeans, de hecho no importa si son botas o botines en vez de tacones, pero siempre el mismo par es el que me sostiene.

El camino que uno transita no es sencillo. Ya lo dijeron en una serie de televisión muy famosa, que se necesitan un par de cómodos zapatos para seguir el camino que elegimos. Yo todavía no sé exactamente qué es lo que viene, pero esta actitud, este aire que me cargo de hace un tiempo, se ha convertido en el par que permite que no me lastimen las piedras del pavimento.

El cómodo par de zapatos que he elegido es el punto final, y otra vez, me gusta que no haya puntos suspensivos.

lunes, 8 de febrero de 2010

Aprendí a amar.

Que es un milagro despertar,
saber que nada es para siempre y hoy,
desafiar a las leyes de la gravedad
solo reírme hasta verme flotar.
No me creo que todo haya ido tan mal,
prueba el efecto de resucitar.

Cuando el mundo se pone obscuro, se pone lento, todo mal,
por el mundo yo no me dejo desanimar.
Lo que el viento nunca se llevó, Fito Páez.

Me acuerdo cuando estudiaba la guía para hacer el examen para entrar a la Universidad. Me acuerdo cuando era un sueño maravilloso, saber que podía ser universitaria, estudiar en el mismo lugar donde mi padre lo había hecho, donde mucho tiempo lo había soñado.

Y lo logré. Entré a la Universidad y me llené de experiencias maravillosas, de personas que nunca olvidaré, de conocimientos que a veces se me olvidan pero que allí están.

Me llené de mi misma, como nunca imaginé.

Hoy parece que ha pasado mucho tiempo. Creo que de eso ya pasaron ocho años, quizá más, ya no lo recuerdo y ahorita no quiero ponerme a hacer cuentas. Pero hoy, esta noche que será muy larga, que parece muy corta, todo está listo, todo está preparado. En mi mente, sólo cabe lo que puedo manejar, lo que está a mi alcance, y me siento bien.

El abrigo salió de la tintorería, el vestido por fin lo podré estrenar, las botas me han esperado mucho tiempo, y el par de medias están desesperadas por ser sacadas de esa bolsita de celofán. ¿Y el pelo? Todavía no lo sé. Sigue medio rebelde, con este mechón que me hace tener un aire de desenfado, de introspección, como dice mi padre: de solemnidad.

Todo está escrito, la historia por fin tuvo punto final, y esta vez, ya no le siguen ningunos puntos suspensivos.

Ahí está todo, listo para que yo lo tome, listo para que me unte en él, para que me harte de buenos momentos, de satisfacciones que por fin han llegado.

"Todo esto es un sueño, qué más da,
el paraíso es un lugar,
el paraíso es un lugar.
Preferiría amarte y no pensar
siempre entre tus piernas quiero más
amar, amar, amar."

A amar, sobre todo, eso fue lo que aprendí.

jueves, 21 de enero de 2010

A las 19:30 en el Ivoire.

Llegué tarde. Los apagones que ha tenido la Ciudad, hacen que nos hagamos más locos. Jugué carreritas con unos tráilers sobre Baja California, tomé Patriotismo sin problema y sin luz todavía, pero cruzar para Reforma fue una odisea. No fue suficiente con que fuera viernes de quincena, encima se tenía que ir la luz en una de las zonas más transitadas de la Ciudad de México.

En una oreja el auricular del móvil, en la otra, el audífono del ipod porque Hans todavía no tiene radio. Como pude, y en un tiempo récord -tomando en cuenta el caos citadino- tomé Reforma a 80 kilómetros por hora. Tuve que parar, por supuesto, casi enfrente del Museo de Antropología, porque ahí comenzó la línea de coches que siempre se hace frente al Auditorio Nacional. Justo cuando crucé la esquina de Gandhi, el ipod me sorprendió con "Victoria y Soledad" de Andrés Calamaro. Me puse como verdadera eufórica. Me hizo tanto bien escucharla a todo volúmen, que comencé a bailar, a manotear, y a cantar a todo pulmón. Los chicos de los coches a mi lado, morían de risa y me volteaban a ver.

Justo frente al Hard Rock Café, a punto de girar a la derecha para tomar Julio Verne, mi euforia por venir cantando y bailando a Calamaro, hizo que mis pies bailaran perdiendo el ritmo de Hans, y se me apagó el coche. Me muero de risa de acordarme todavía. Pero rápido, esos reflejos que me hacen parecer una gatita, prendieron las intermiententes, pusieron neutral, cerraron la marcha y encendieron el coche otra vez, casi ipso facto.

Me encontré con María casi a las 20 horas. Me esperaba en el lounge, muerta de frío, en un silloncito que estaba junto a una de esas antorchas para mitigarse, y con una coca light en la mano. Traía puesto un vestidito corto, cortísimo para su parecer, perfecto para mi. Medias negras y botas. El abrigo casi como piel. Yo, antes de salir de la oficina, me puse el vestido verde, un par de medias negras gruesas, casi mallas, y mis botas negras. Saqué del bolso la pañoleta de leopardo que Copo me trajo de Toronto, y me la até al cuello. Me reí. La etiqueta que no le he querido quitar, para que quede constancia de que fue un regalo de mi amiga viajera, se asomaba detrás de mi oreja. No hubo tijeras para cortala, aún cuando uno de mis jefes las buscó en tres oficinas. Ni modo. La escondí bajo mi pelo suelto, me puse el abrigo negro, y me fui. Y le atiné, porque no hubo discrepancias ni con el estilo del lugar, ni con el de mi acompañante.

En el Ivoire impera la presencia de judíos, dado que Polanco sigue siendo el barrio judío de la Ciudad de México por excelencia; pero también se pueden encontrar chicos de todos los credos y todos los oficios.

María invitó también a Guso, quien siempre está ocupado y le dice que no cuando se le hace una invitación, pero esta vez, cuando ella le dijo que quería que me conociera a mi, el chico accedió. Y nos sorprendió, que antes de las 21 horas, Guso apareciera, enfundado en un abrigo negro también, con una bufanda atada al cuello.

Hacía mucho frío, el chico prefería que tuviéramos una mesa en el restaurante, pero nosotras insistimos en quedarnos en el lounge, a pesar del aire, a pesar del frío, a pesar de que los abrigos no nos dejaban mover.

Platicamos de muchas cosas. Guso pidió una bebida que yo no conocía, ron con miel, caliente, servida en una "copita coñaquera" (qué risa me da llamarla así), con el pretexto de que le dolía la garganta. No hay pretextos, pensé sin decirlo, para pedir la bebida que se nos antoje. Yo, que ahora resulta que me he vuelto abstemia, a raíz de la adquisición de Hans, no bebí más que coca-cola light con hielo.

Guso no estuvo mucho tiempo con nosotras, sólo el suficiente para beber dos copas, y reír sin parar con nosotras. Para conocernos, porque yo nunca lo había visto, a pesar de que María habla mucho de él. Se despidió, y como todo un caballero, pagó la cuenta.

Nosotros hicimos -literal- como si nada pasara, o como si nunca hubiera aparecido. Seguimos con nuestra conversación sobre chicos, sobre nuestras familias, sobre nuestra hermana Cristina. Seguimos platicando sobre las actitudes que ahora se tiene ante las relaciones amorosas. Dilucidamos si quedarnos allí otro rato, o irnos a otro lugar para bailar, o a otro lugar para cenar. No sabíamos qué hacer, pero seguimos la conversación como si hiciera mucho tiempo que no nos veíamos.

Y en realidad, hacía mucho tiempo que no nos veíamos así. La mera verdad es que hacía mucho tiempo que no platicábamos, ni siquiera por el móvil.

La relación con esta amiga es muy especial. Y no digo especial en la acepción de la palabra que significa "singular o fuera de lo particular". Y lo siento mucho, pero lo que es, es. Y la relación que tenemos es de cuando ella tiene ganas: ganas de verme, ganas de hablar conmigo, ganas de compartirme algunas cosas, ganas de que le ayude en otras, o ganas de quererme un poquito. Hay veces en las que me canso de buscarla, de llamarle y de que no me responda, de pedirle ayuda y no obtener una respuesta, aunque sea negativa. Pero así es, y no la podré cambiar.

Este día en particular, lo pasamos muy bien. Reímos tanto, que un chico sentado en un par de mesas al lado, se levantó y se acercó a decirnos que nosotras eramos las chicas que mejor se la estaban pasando en ese lugar, que quería saber por qué nos reíamos tanto. Y le platicamos lo que se podía contar, le contamos el resumen gerencial de nuestra noche allí, de nuestra amistad, y de nuestros chistes que a veces sólo a nosotras nos hacen reír.

Luego hablamos de lo que estábamos evitando. Hablamos de su chico y del que yo todavía no tengo. Me dijo que casi no podía comprender cómo puede existir un hombre, cuya relación es casi rayando en la indiferencia. Yo, sin decir nombres propios ni revelar identidades, le dije que la entendía, que yo también he conocido hombres que rayan en la indiferencia, y que yo misma, a veces proponiéndomelo y algunas otras sin hacerlo, me comporto de la misma manera.

Ese hombre que es tan frío, tanto como la región de donde viene. Ese que María ha escogido para pasar los veranos y los inviernos, para incluirlo en sus planes sin que él lo sepa, sin que él la tome en cuenta. Ella no se puede explicar qué es lo que lo hace ser de acero, lo que lo hace no tener nada, pero tener mucho al mismo tiempo. No sabe qué es lo que lo hace venir al Pacífico mexicano, con ella, a compartir los días y las horas como si se hubieran visto ayer, o como si ya fueran las últimas.

Me abstuve -además de beber-, de dar mis sinceras opiniones, porque probablemente le resultaran duras, más frías, o incomprensibles. Pero la mera verdad, es que a mi modo de ver es una pérdida de tiempo, y una tristeza, que María se preocupe por alguien a quien no le consta que piense en ella. María necesita alguien como ella, parecidos, alguien que la quiera como es, que la quiera de a de veras, caliente, como el trópico candente que ella escogió para comprar otra casa.

María, como todos nosotros, merece ser feliz. Y este chico, dudo que pueda compartir esta felicidad, o ser un complemento de ella.

Con poco apetito, pasadas las 22, decidimos irnos derechito a las hamburguesas al carbón de Fuentes de Satélite. Pedir los coches en el valet parking fue una calamidad. No me intimidé ni tantito al entregarlo, aún cuando en la fila para que me lo recibieran, Hans -mi Volskwagen negro- iba después de un Ferrari color rojo, y antes de un Mercedes Benz plateado. Pero a la hora de pedirlo, les dije bien clarito cómo debían abrir mi coche, y nadie tuvo la cortesía de decirme que no podían con sus sistema de seguridad, lo que por un lado me encanta, porque hace de Hans un pequeño búnker.

Así pues, terminé yendo por él en el coche de María, y por supuesto, con mis propios medios, porque el valet se dio por vencido.

Nos seguimos, hablándonos por el móvil de coche a coche, hasta llegar a Plaza Satélite y dar vuelta a la derecha, para tomar, más adelante, Circuito Oradores. Llegamos a las hamburguesas, pedimos tres grandes para llevar y nos fuimos a su casa. ¿Tienes todavía cerveza? Le pregunté, me dijo que sí, que el sueco había dejado algunas todavía más frías que él, así que me dio chance de beberlas todas si así lo quería.

Cenamos sentadas en la barrita de la cocina, recordando las anécdotas de antiguos chicos, novios, amantes, maridos, o como se les quiera llamar. Todavía teníamos fuerzas para reír.

Una noche particular, especial en el sentido propio de la palabra, que me hizo pasarlo muy bien con María. Me sentí bien, y me puse alegre. Me tomé dos Indio bien frías, llegué a casa casi durmiéndome porque estaba verdaderamente cansada. Y me acordé que así es cuando se sale. Aún cuando se tiene un plan, las personas llegan o no llegan, el plan se modifica, se termina bebiendo cuando se supone que no se debe porque se va a conducir, y se lo pasa uno muy bien.

De mi oficina al Ivoire. A reír a carcajadas. Recoger a Hans del otro lado del Parque Lincoln. Directo a las hamburguesas. Terminar la noche en la barra de la cocina de una amiga.

Noches como esta deben ser comunes en la vida de la Ciudad. Pero para María y para mí dejaron de serlo hace algún tiempo. Por eso valió la pena.