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lunes, 30 de enero de 2012

Un impulso que da lástima (y que me da vergüenza).

Como si fuera un cadáver dentro de una bolsa de plástico, colgado de un gancho en una habitación a la que no pertenece, yace el que iba a ser mi vestido de novia.

Durante mucho tiempo estuve posponiendo la situación, y ayer finalmente fui a recogerlo al taller de la diseñadora. Entré y lo vi allí colgado, en la pared del fondo. Ya no estaba puesto en el maniquí alto, como lo dejé cuando fui a verlo la última vez. Estaba dentro de la bolsa de plástico blanco, de cierre largo, y no quise revisarlo hasta que lo traje de vuelta a casa.

Es un vestido muy hermoso, strapless, con el talle salpicado de pedrería bordada y la falda ampona, llena de pliegues que me hacían ver como si flotara en una nube de raso color almendra. Es un vestido que compré inyectada por el impulso, tal y como acepté la propuesta de matrimonio en la acera de enfrente del antiguo edificio de la SCOP.

Así, he tenido el impulso de tirarlo a la basura.

Tuve el impulso de no ir a recogerlo nunca, pero mi mejor amiga me animó a hacerlo.

Tengo el impulso de echarme a llorar sobre él, para arruinarlo por completo, para limpiarme con él las lágrimas llenas de rímel waterproof que se derrite y del delineador color negro con el que llevo meses iluminándome los ojos. De limpiarme con él el pasado, de ponérmelo y meterme a bañar para sacarme todo lo malsano de adentro. Tengo el impulso de ponérmelo y subirme a mi coche, y manejar como loca por toda la ciudad, y mostrárselo a todo el mundo, para que las personas piensen "mira a esa pobre loca, manejando un Volkswagen vestida de novia, ha perdido la razón".

Quisiera ponérmelo y tirarme al mar, para perderme en la espuma como Alfonsina.

Quisiera tallarme los ojos hasta borrar mis pupilas, encender la radio para crear un mundo distinto, y entonces imaginar que traigo puesto el vestido de una reina, o que estoy esperando a mi hermana para que me lleve a una fiesta.

Tengo el impulso de arrancarlo de su percha, para que deje de ser parte de una farsa, para que me deje seguir adelante, y que de él sólo quede una fotografía en color sepia.


lunes, 14 de marzo de 2011

Siempre primeras veces

El lunes fue la primera vez que me pidió que le abriera la regadera en la mañana, el miércoles planché toda la ropa limpia como nunca lo había hecho en mi vida, y... anoche tuvimos una gran pelea.

Este último mes me ha quedado claro por qué la gente no se casa, por qué es que no se pueden poner de acuerdo, cómo es que se acostumbra que las cosas se hagan en contra de la voluntad de una pareja. Que si lo correcto es, o es incorrecto. Que si se debe tener hijos. Que si se debe firmar un acta. Que si, que no, que ya me vale madres.

Tengo que darle algún mérito a que la ansiedad se ha olvidado de mi, eso me pone feliz. Pero por otro lado, he tenido pesadillas, recurrentes, de esas que hacen que uno se sobresalte antes de las seis de la mañana. Es raro, pero no es ansiedad.

Hubo una gran crisis, fue una gran pelea, y debí saber que vendría una primera vez en la que una llega hecha un mar de lágrimas a un Starbucks, donde un Salvador siempre está con los oídos listos para escucharnos. Manejé, despacio, a poner gasolina y a tomar avenida Universidad. Di vuelta en Eje 5, envié varios mensajes. Hay planes que se cancelan, lágrimas que no dejan de salir, y sentimientos que por primera vez se dejan ver sobre la piel.

Dudé si debía bajarme del coche. No lo hice. Todavía había cosas qué cancelar. El chico de los ojos verdes no me llamó, sé que se inmutó, sé que también se le partió el corazón, pero por un lapso de cuatro horas guardamos silencio.

Siempre hay una primera vez para una gran pelea, y para preparar el baño en la mañana.

El frapuccino de té verde fue gratis, por fin pude dejar de llorar, creo que el hielo machacado me congeló las ideas, y el temor de presentarme al seminario del terror. Estacioné el auto y caminé, entré al seminario con el rímel y las sombras embarradas alrededor de los ojos. No me di cuenta. Y tampoco de que el recuerdo de cómo dejé a los ojos verdes, me estaba arañando por dentro.

Diecinueve y quince. Salí. Conduje. No pensé. Arrivé.

No me acuerdo en qué momento nos dieron las cuatro de la mañana. Día dos. Doble gran pelea. Doble mala noche. Primera pesadilla que me hace despertar, por el calor que siento en el pecho.

Siempre me dijeron que luego de una gran pelea existe una gran reconciliación. En este caso hubo un camino atropellado a Tecamachalco, Interlomas, dos pares de ojos hinchados, y algunos besos de amor, de pura y plena confianza.

¿Qué puedo hacer, si de veras amo? Mi lengua tararea tu voz, cuando me dices que quieres estar conmigo. Mi lengua recorre todas las ideas que pasan por mi cabeza, y luego las saborea. Entonces yo también quiero estar contigo. Me desespero, soy histérica, qué le vamos a hacer... Te amo, me amas, mi lengua lo sabe bien.

La primera vez de una gran pelea. Mi coche y la Ciudad lo supieron bien.

martes, 1 de febrero de 2011

Las personas se apoderan de las aceras.

Me llegó, juro que sin querer -y ahora también quisiera tener párpados en las llemas de mis dedos-, uno de sus últimos trabajos. Sin saber que yo soy su ex mujer, me pidieron una opinión sobre la última edición de este ensayo, en fin, ya decía yo que el mundo es una gran rueda de la fortuna, y ahora con mucha alegría afirmo que arriba me toca estar a mi. También su chica se ha puesto en contacto conmigo, y bueno, él dice que es su chica, ella dice que es su mujer, ella no sabe que yo sé, que él no quiere saber nada, y que de hace ocho años que tengo de conocerlo, ya no queda nada.

Pero el gremio de los historiadores es cerrado, es pequeño, y todo se sabe de todos, en todas partes, de todos lados.

El trabajo, desde el primer párrafo, presenta errores garrafales, terribles, que nunca me imaginé que él, tan escrupuloso como era para criticar, los esté cometiendo. Y bueno... de hecho, ahora recuerdo que nunca tuve en mis manos un trabajo suyo terminado, siempre estaban en construcción, bajo corrección o en comentarios, pero digamos que el señor creía que podría escribir la mejor disertación con el mínimo esfuerzo, en el mínimo tiempo previsto, y con un cronograma inmutable. El señor no tomaba en cuenta que debía tener todo el empeño posible, y que debía dejar de aislarse a sí mismo en los jardines solitarios de la Ciudad, y en los rincones más remotos de su existencia.

Tal y como las contradicciones en las que caía, el trabajo que tuve en mis manos también está lleno de ellas. Los signos de puntuación no correspondían a la narrativa que se proponía desde el título, y él se creía ser el mejor investigador de todos los tiempos, o por lo menos, de la Ciudad de México.

Ahora que puedo leerlo, que puedo hacer un "resumen de actividades post-proyecto", me da gusto haber renunciado a tiempo. A la cima uno no llega solo -él debería saberlo-. Y llegar a la cima cuesta mucho trabajo, se necesita mucho esfuerzo; eso, estoy aprendiéndolo en carne propia.

Y en medio de toda la protesta, de toda la lectura, y de todo lo que conlleva un dictamen o digamos, un fallo a nuestro favor, tal parece que las personas ajenas se apoderan de las aceras.

La Ciudad ya no es la misma, y yo también he cambiado como ella.

Toda la semana pasada soñé con él y con su madre. Estaban apoderados de la Ciudad, y yo no podía dar un paso sin encontrármelos, sin estar envuelta en los juegos que siempre querían jugar. El tipo volvía de lejos, de algún viaje o de siempre (¿me explico?), y venía a decirme como siempre lo hacía, que yo era la mujer de su vida y que no podía vivir sin mi. Llegaba, como la última vez, a decirme que esto era para siempre, que me amaba, que no podía seguir si no lo intentábamos una vez más.

Sentí una angustia que hace mucho no sentía estando dormida, la misma angustia que curiosamente sentí cuando se fue, y que he sentido todas las veces que sueño con él, o que siento que está cerca. También sentí miedo. Tenía miedo de decirle cómo eran las cosas de verdad, y hacia dentro de mi pensaba que era una tranquilidad saber que mis Ojos Verdes estaban junto a mi. Tenía que encontrar el momento justo para decirle que esta es mi banqueta, es mi cuadra, mi manzana entera, toda mi Ciudad, que mis Ojos Verdes la compartían conmigo, y que él debía regresar al lugar de donde venía. Nada era igual.

La señora de pelo de maíz era, como siempre, exigente, falsa, actriz. Tan actriz, que ella no sabía que no era ella. También me daba miedo. Su rostro parecía una máscara rígida, con una dentadura protuberante color amarillo, de dientes animalescos, como de caballo. Esa imagen fue una rara mezcla de la realidad, caricaturizada. Exigente, repito. Había que hacer las cosas como ella decía, no queríamos que se mostrara su toxicidad.

Desperté, gracias, como siempre despierto. Tuve un mal sueño otra vez. Y al arreglarme para salir, y ponerme mis mejores zapatos de tacón, me di cuenta, ya pisando mi Ciudad, que las aceras siguen siendo arrebatadas por muchas personas que no tienen identidad, que sólo quieren pisotear y encima con unos zapatos nefastos -como los de la señora de pelo de maíz-, amorfos, insensibles e irreales.

Debo encontrar la forma de que todos los fantasmas de mi pasado se queden en un lugar. Pensé en un principio que sería en la zona Sur de la Ciudad, hasta que supe que también tengo que regresar a trabajar por allá. Pensé que podrían quedarse en su departamentito sin muebles, lleno de altares sin sentido, que rezan por que los análisis de laboratorio salgan limpios, para poder tener un lugar en la cama de alguien. Nunca imaginé que se llegara a tal nivel de desconfianza. Pedirme una constancia para tener una oportunidad para el amor, hubiera sido más que una de sus enormes ofensas.

Me da miedo pensar en ese espacio sin muebles, con altares y gatos cojos o sin cola rondando los coches de alrededor.

Me da miedo que mis demonios se hayan acostumbrado a pelearse unas cuantas aceras. Me da miedo que mis demonios ya no quieran regresar a su jaula. Sólo esta semana les queda, para seguir paséandose por toda la Ciudad.

martes, 7 de diciembre de 2010

De regreso al punto de partida

Cuando el soltero tóxico se fue para nunca más volver, escribí en un post-it que pegué en mi espejo del tocador, la frase: "El hombre que se quiera casar conmigo sí existe".

Y heme aquí, justo en el lugar donde empecé, en mi habitación frente al sillón blanco, con el gato que se lame las patas y ronronea rozando suavemente mis pantorrillas. Mi pelo hecho un desastre, cada vez más blanco, cuando plata quisiera que se pusiera. Fumando otra vez mentolados lights, con un cenicero menos, unos kilos de más, mucho trabajo por delante, la ansiedad que regresó para pasar las fiestas de fin de año con nosotros, y esa gran diferencia: "nosotros".

Ahora ya no estoy sola, pero de veras que uno como está acostumbrado a vivir de cierta manera, y qué dificil es acostumbrarse a una vida en común, sin importar el domicilio que exista, los domicilios pendientes, los que compartimos todavía, después de muchos meses.

De regreso a pegar post-its por todos lados, porque todo se me olvida, porque los ojos verdes se desesperan -pero creen que yo no me doy cuenta- de que todo se me olvide, de que confunda las palabras; porque afortunadamente para mi, él ha sabido tenerme toda la paciencia del mundo. Y entonces sí, debería ponerme a escribir un libro sobre el estrés y su manejo en la vida moderna, contemporánea y real de mi generación; porque para escribir sobre eso, no necesito ningún posgrado que me avale.

Y regreso entonces. A correr como loca en esta podrida y sucia ciudad, que huele a alcantarilla, que llena de pelusa los cabellos y todo el cuerpo, que ensucia los autos más de lo que los autos la ensucian a ella. Regreso a correr con mis tacones de nueve centímetros, aunque Ro se ría de mi cuando le digo que no puedo seguir de pie, sólo caminando. Sólo caminando en las banquetas de la Ciudad.

Regreso a contar y anotar las comidas que hago al día, a intentar llevar la cuenta de las calorías por cada 24 horas, a no comer trigo, embutidos, hormonas, y a hacer mi mayor esfuerzo para volverme vegetariana. No sé cómo le voy a hacer, pero en ese vestidito corto de flores yo vuelvo a entrar a como dé lugar.

Regreso a manejar horas y horas en el congestionamiento, buscando un Starbucks para tomarme un puto Cherry Mocha antes de que se acabe la odiosa temporada navideña. Regreso a sentirme más sola que nunca, en medio de las filas de esta Ciudad, en el banco, en el supermercado, todo producto de las navidades que me hacen mal, que me ahuecan el corazón, que me hacen sentir que todo está mal cuando sorprendentemente todo marcha sobre ruedas.

Porque encima, la pinche temporada decembrina trajo consigo una carga inmensurable de trabajos, investigaciones cortas y disertaciones. Ahora sí, no sé ni por donde empezar.

¿Por qué nunca nadie confiesa que comenzar una relación o terminarla es difícil tanto cuanto sucede?

El hombre que se quiere casar conmigo sí existe. Duerme más de cuatro noches a la semana conmigo, quiere al gato tanto como lo quiero yo, el gato lo adoptó como parte de la manada, y se quiere quedar con nosotros para siempre.

Y Hans... bueno, se porta bien cuando alguien intercede, porque a veces se cansa de que yo -como siempre- le exija tanto como suelo exigirles a los demás.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Circuito Interior, Flores Magón y el coche azul.

En esta deslumbrante y soleada ciudad, llena de gente, llena de coches, llena de obras viales que no nos consta que vayan a funcionar, pocas veces se encuentran gestos de gentileza; o peor aún, pocas veces se encuentran cuando en medio de un congestionamiento terrible, los cláxons suenan al mismo tiempo, peleando por ganar cinco centímetros más de espacio.

Salí de casa de los ojos verdes en la mañana, era jueves, y como siempre, se me estaba haciendo tarde para llegar al primer seminario del día. Tomé Flores Magón rumbo a Eje 2 Norte Eulalia Guzmán, y por fin di vuelta a la izquierda en el Circuito Interior.

Ahí uno hace malabares, y un poco de magia, para poder incorporarse a carriles centrales, pero esta mañana, de marchas de protesta, de ipod cantando en mi oído izquierdo, de llamadas por el móvil que a veces ya no puedo responder, todo comenzó a complicarse un poquito más. De hecho es una vueltota la que se tiene que dar, para entroncar nuevamente en Flores Magón, la misma avenida de la que salí en la mañana, pero donde inicia, en sentido opuesto.

Así que justo cuando en la lateral del Circuito me estaba peleando mis cinco centímetros para no obstruir un paso de autos, cuando el semáforo se puso en rojo en el entronque (¡por fin!) con Flores Magón, los autos comenzaron a esquivarme con todo y refrescadas de madre y lo que ustedes se puedan imaginar, una mujer que manejaba un Jetta color azul marino, con placas del Distrito Federal 369MJS, se hizo para atrás, y con sus luces altas me hizo señas para que la siguiera en reversa, todo por ganar unos cuantos centímetros.

La mujer, insistentemente avanzó en reversa lo más que pudo, para que yo en mi Hans protector la siguiera, hasta dejar libre el paso. Me hizo la seña de pulgar hacia arriba. Dejé libre el paso el resto del tiempo en que el semáforo estuvo en rojo. Después, cuando fue nuestro turno de avanzar, ella, más hábil que yo, se adelantó entre los autos y la perdí de vista.

En la siguiente entrada a carriles centrales, como pude me metí. Les sonreí, chiflé y les aplaudí a las sobrecargos de Mexicana de Aviación que hacían protesta en los puentes peatonales. Los ojos verdes me llamaron por teléfono un par de veces más. Seguí el camino por Circuito Interior.

Luego de Calle 10 todo se mejora. La circulación va como siempre debe ir, fluida y constante. Metí cuarta como si Hans fuera un auto de carreras. Me quité el ipod. Sonreí. Llegué al seminario en punto, justo cuando el ponente comenzaba a charlar.

Más tarde, cuando todo el morning rush había pasado, me acordé de la mujer del coche azul. Y yo, siempre tan solidaria con mi género, pero pocas veces correspondida por mi mismo género, me puse feliz de acordarme que una chica en un coche azul, me ayudó en medio del pinche tránsito de esta histérica ciudad.

miércoles, 28 de julio de 2010

Ciudad espejo

Cada que llueve, la Ciudad se transforma casi como me transformo yo todas las mañanas luego de tomar la primera ducha del día. A veces voy de carrera, algunas otras termino por despertarme, por ponerme lo primero que encuentro, por organizar mis cosas y untarme lo que salga de las botellitas altas y largas que tengo en el tocador.

Con la lluvia la Ciudad despierta, se transforma, avisa que algo mejor viene para acá, algo que todos no esperamos pero que nos esforzamos porque suceda. La Ciudad cambia, se viste de colores, se llena de grises y de azules magníficos que nos obligan a entrecerrar los ojos.

A la Ciudad le aparecen imperfecciones, se desespera. Intenta organizar lo que ya no tiene remedio, lo que se esfuerza a acomodar aún cuando no tiene sentido, cuando sabe que hay cosas que no van a cambiar, porque la gente no cambia, las personas nunca cambian.

A esta Ciudad le cuelgan cosas, se unta de lo primero que sale de los bolsillos de los demás, de los autos de los que sí pueden, de los bolsos de las personas que automáticamente saben lo que tienen que hacer pero nunca atinan a hacerlo a tiempo. Intentan reparar los hoyos, los baches, cada pedazo de pavimento que se desmorona, cada letrero que se cae, cada coladera que ya no sirve más. No siempre tiene remedio.

Las cremas de mis frasquitos no son mágicas, ni los pefumes carísimos que me regaló mi padre pueden hacer que este olor característico se me salga de la piel, que este suero que sale por mis poros deje de salir. No logran hacer que deje de oler a cuando estoy con él, a cuando está conmigo, a su ropa sobre mi cuerpo cuando sólo lo que traigo puesto de mi propiedad, es mi corazón.

El aerosol de la botella plateada no logra domesticar a mis cabellos rebeldes. La pasta del tubo de aluminio no puede hacer que mis canas desaparezcan. La espuma blanca de la botella gorda, no doblega a los rizos que siempre se quieren emancipar. El chapopote con grava, sobre el asfalto de mi Ciudad, no siempre la puede callar.

Estas máquinas que le pasan por encima de sus ejes viales, de las avenidas sin curso, de los circuitos que no avanzan más, y que al transitar aprovechan para succionarle las venas, el torrente acuoso que dicen que no se podrá llenar más, no siempre logran su objetivo. No pueden hacer que la Ciudad respire distinto, que aprenda a hacer cosas que no está diseñada para hacer.

El gel del tarro de plástico, este chaparro que tiene una tapa blanca, y que huele a romero combinado con éter, plátano macho y alguna otra hierba que se supone hará que mis pantalones talla siete me vuelvan a entrar, no es "milagroso" como se lee en la etiqueta. Mi piel es como es, mi cuerpo se siente libre, suave, eterno y sustancioso como debe ser. Ningún producto hará que deje de ser redonda, y quizá ni cien líneas de Metrobús harán que la gente se organice para transitar, para llegar a donde vayan, no lograrán que la gente llegue a la Ciudad a establecerse, no controlarán su crecimiento desmedido, como el gel "maravilloso" no hará que mis medidas me conviertan en talla cero, o en talla dos.

Quiero bailar, y ella baila conmigo. Los estilos son únicos, y el de ella también lo es. No se le puede pedir a la rubia que se vuelva morena, a la morena que de pronto no sea rellenita, o al infiel que nos vuelva a querer.

Finalmente en ella vive quien le aguanta el ritmo, quien cuya histeria puede doblegar a la de ella. Y asimismo se queda acá quien sabe cómo es como vivo, cuando el insomnio llega y no se quiere ir, cuando la ansiedad hace su acto de presencia. No se le puede pedir que sea una ciudad modelo o de primer mundo, cuando no está diseñada para eso, cuando no se tiene la suficiente infraestructura para convertirse en algo que no estamos acostumbrados a ser.

No voy a caber en un vestido talla cero, ni en un negligé talla dos. No voy a dedicarme de pronto a superficialidades, ni voy a hablar como si hubiera nacido ayer. Quise hacer de mi misma lo que soy, y no de pronto seré algo que no estás acostumbrado a ver.

miércoles, 21 de abril de 2010

Voy a tratar de conseguir tiempo.

San Román me llamó, casi tan histérico como yo cuando suelo ser más histérica que histórica. Tiene que entregar un proyecto hoy, a más tardar a las diez de la noche, y no tiene ni idea de como continuarlo, ni de cómo se debe terminar de armar. "Voy a tratar de conseguir tiempo", me dijo antes de que termináramos la conversación.

Esta vez sí lo escuché muy preocupado, y entonces esto parece como una guerra de angustias, porque me pregunta cómo me va y cómo me siento, y de pronto le vomito todo lo que traigo atorado porque no tengo dinero para arreglar a Hans.

Chale. Bienvenidos al mundo moderno, a la vida real de un adulto joven.

San Román necesita tiempo. Yo también. Necesito poder quedarme despierta mucho tiempo, para terminar de leer todo lo que hace falta, todo lo que tengo que recordar o poder manejar en unos pocos días.

Necesito el tiempo suficiente, para terminar el borrador que tengo muerto, comenzarle con Edward Palmer Thompson, y ponerme monísima para irme en la noche al Auditorio Nacional. Shiiiiiiit. De veras que a mi me gusta chiflar y comer pinole.

En la quinta chilla, en la sexta angustia, en el séptimo cielo al que intento acostumbrarme pisar desde hace un par de meses, el chico me llamó para platicarme cómo iba su día y para preguntarme cómo iba yo. No me volqué como suelo hacerlo con San Román. Son personalidades distintas, es la misma confianza, pero manifestada de diferente forma. Pero con toda sinceridad le platiqué lo que está sucediendo. "Es sólo un coche, Mariposa, es sólo un coche" -me decía del otro lado del auricular; "¿ya estás lista, no tendrías que estar saliendo de casa ahorita?". Y si, el chico tiene razón. Son casi veinte para las seis, y yo sigo enfundada en mis mallones negros con la blusa de la suerte y mis botas vaqueras, no me he maquillado, por lo menos mi pelo no es un desastre, y no recuerdo dónde guardé el pantalón de lino que quiero usar esta noche.

Ya me voy, si no quiero llegar tarde a la cita.

Conversamos nada más unos instantes más. No tuve tiempo de decirle que tiene razón, que es sólo un coche, y que a veces no me doy cuenta de que todo alrededor está marchando en orden, aún cuando Hans se pone los moños para querer arrancar, aún cuando dejé temporalmente mi empleo y no tengo dinero, aún cuando las noches no nos son suficientes para decirnos todo lo que queremos decir, para compartir todo lo que estamos listos para compartir.

Ya me voy, ahora sí. Me pondré las ballerinas de JULIO, porque definitivamente también fueron un regalo para él, y a ver de dónde me saco ese fabuloso pantalón ancho, que quiero combinar con una blusita color gris.

"Es sólo un coche". Parece mentira que tenga la sensación de estarme escuchando a mi misma, cuando mi padre, mi hermana o San Román, se quejan de que sus autos no funcionan o algo les hace falta. Este chico parece que está del otro lado de mi espejo, o que vino también a conectarse directamente con mi pensamiento. Esa frase, de que sólo es un coche, se la dije ayer a mi padre, cuando me mostró el rayón que le hizo a su deportivo en la defensa trasera. Mi consejo fue, que no hay que aferrarse a los bienes materiales; y ahora el chico, sin saberlo, viene a decírmelo como me lo debí decir hoy por la mañana, cuando todo el jaleo por la reparación comenzó.

Ahora sí ya me voy. Una vez más, intentaré conseguir tiempo. Temo que se me haga tarde de verdad. Que el tránsito en Periférico y el transporte colectivo, se apiaden de mi.

viernes, 5 de febrero de 2010

Pavimento mojado.

Hoy la Ciudad de México amaneció totalmente despejada, sin nubes, y con un sol que me obliga a entrecerrar los ojos al caminar. Me gusta, me gusta. El aire sigue frío, pero ya me siento más en mi Ciudad.

Pero antier, cuando la lluvia se apoderó de todos los que vivimos aquí, y nos hizo sacar los paraguas, gabardinas e impermeables, la Ciudad se volvió completamente loca.

Venía yo con mi felicidad desde los hombros hasta los tobillos, vestida toda de negro porque a media tarde tendría una reunión, manejando tranquilamente bajo la lluvia, sobre Xola justo pasando Cuauhtémoc, cuando un coche color rojo salió sin mirar y muy rápido de un estacionamiento que está frente a la estación Etiopía del Metrobús. Frené de inmediato, y debido al pavimento mojado, mi coche se patinó hacia la izquierda.

Controlé sin mucho éxito el volante, me espanté horrores, casi me subo a la banqueta, por supuesto que me quedé a centímetros del maldito coche rojo cuyo conductor no volteó a la derecha para mirar que yo venía muy cerca. Luego de la patinada, metí primera y seguí mi camino. No tuve cabeza para mentarle la madre o gritarle algo al conductor, estaba verdaderamente espantada.

Llegué a la oficina, todavía pálida por el susto, con la boca seca y un punzante dolor en el hombro izquierdo. No sé si fue por la impresión o por mover el volante, total que para en la tarde, me dolían también las pantorrillas y las muñecas.

No paró de llover en todo el día, ni en el siguiente.

Manejé de regreso a casa, como abuelita. Sigo espantada, no voy a decir mentiras, pero tenía que volver a casa y tengo que perder el miedo a manejar bajo la lluvia.

¿Qué pasa con los conductores, que cuando llueve se vuelven imbéciles? Mil veces mejor es bajar la velocidad durante la lluvia, que provocar accidentes por seguir manejando a la misma velocidad.

Y hoy, que ya no llueve, y que está el sol en el cielo en todo su esplendor, la gente sigue con esta agresividad que no sé qué demonios le sucede. Todo mundo avienta el coche, no ponen la direccional, te gritan de coche a coche, tocan el cláxon como si les pagaran por ello. Digamos, pues, que sigo viviendo en una histérica ciudad.

Debo perderle el miedo a manejar bajo la lluvia.

miércoles, 20 de enero de 2010

Mi propia historiografía impresa.

Pero esta noche estrena libertad un preso
desde que no eres mi juez,
tu vudú ya pincha en hueso,
tu saque se enredó en mi red.
[...]
Dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
no mires atrás que ya no estoy.

Pero dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
si miras atrás mañana es hoy.

Dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
puede que quizás luego sea hoy.

Nena dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
no mires atrás que ya me voy.
Que sepas que el final no empieza hoy.

Tiramisú de limón, Joaquín Sabina.


A las 17:30 salí de la oficina, muy nerviosa porque iba a recoger la obra terminada. Tomé Cuauhtémoc, luego me desvié a la derecha para tomar avenida Universidad. Aprendí, que de ida o de vuelta, todas las avenidas llevan a Ciudad Universitaria.

Muchos semáforos me tocaron en verde, algunos pocos en rojo, y éstos últimos me sirvieron para acordarme de cuando fui estudiante -que no hace mucho tiempo de eso- y de mis días en la Facultad y de mis días de Macroproyecto, de investigación de bases de datos, mientras trabajé en Ciudad Universitaria. Me acordé del soltero tóxico, lo recordé con amor, con cariño; y mi cabeza, sin saber lo que hacía, de vez en vez pensaba, "ahh, te quise tanto, te quise tanto, te quiero un poco todavía, y me gustaría que estuvieras aquí para que compartiera esto contigo".

Hans se portó muy bien. Yo no me desubiqué, e hice honores del apodo que me puso San Román, eso de GPS se me da muy bien, quizá porque tengo buena memoria.

Seguí derecho y pretendía dar vuelta en U pasado el Superama que casi entronca con Insurgentes Sur, pero me atreví a gritarle de coche a coche a un taxista, para preguntarle cómo era mejor tomar avenida Copilco. Me dijo que lo siguiera, y lo seguí.

Llegué a mi destino justo cuando dije que llegaría, a las 18:00. Pedí permiso para estacionarme, y entré, todavía muy nerviosa, al local. Histeria como siempre, histeria colectiva, histeria por tener los trabajos listos, por atender a la gente, por ediciones que no quedaron como deberían quedar. Afortunadamente, con mi trabajo no hubo ningún inconveniente, salvo que debía esperarme cerca de 45 minutos, para que la edición digital estuviera lista. No me importó, ya no importaba nada. Yo estaba allí, esperando ver a mi hijo listo, al primero de los hijos que tendré, envuelto en pasta color azul, impreso con letras color dorado, como siempre quise que fuera, porque mi sangre es azul y mi piel es dorada.

De pronto el tiempo se detuvo, y sin darme cuenta comencé a fumar, ya eran las 19:30.

Me emocioné, pero esta vez no me salieron las lágrimas, más bien se me durmió el brazo derecho -como suele ser cuando estoy a punto de tener una crisis de ansiedad- y sentí un hormigueo en el centro del pecho. Los trajeron listos, todos apilados, todos bonitos, con esas letras que me tardé más de tres años en ordenar.

Ahora sé cómo sabe ver tu propia historiografía impresa.

Pagué, estos pesos que me costó mucho conseguir. Que era fácil, pero quizá no para mi. Este dinero que mucha falta me hace, pero que pronto llegará, que la rueda de la fortuna de la vida -y de la economía- estoy segura que en poco tiempo me regresará. Esta edición fue un presente, y aún cuando no estoy obligada a pagarla, la vida no me alcanzará para pagar el apoyo y la atención que mi mejor amigo ha tenido conmigo.

Subieron a los pequeños, guardados en dos cajitas de cartón, al coche, me despedí de los chicos editores, arranqué y me fui de regreso a avenida Universidad. Es oficial, iba de regreso a casa con la primera edición lista. Es oficial, mi Historia está impresa.

La mera verdad que no sabía cómo volver a casa, sin tomar por supuesto, Periférico Norte, que a esa hora siempre va a reventar. Le mandé un mensaje al Rey Sol para pedirle una ruta, pero no me respondió. Seguí mi camino, le llamé a la Diseñadora de Modas, y entonces sí comencé a llorar cuando la escuché.

No hablamos mucho, ella venía en Metro, y la llamada se cortó. Al escucharla se me quebró la voz. Pero le alcancé a decir que en ese momento nada me importaba más, estaba feliz porque lo había logrado, y por fin sentía dentro de mi corazón que todo había valido la pena.

Lo que sigue, un montonal de trámites burocráticos, mucho tiempo más de espera, me harán volver a la realidad. Pero en ese momento, y ahorita todavía, estoy tan feliz que nada más importa.

Seguí pues por Universidad, acordándome de la ruta que tomaba el soltero tóxico para ir a Santa Margarita. Era desviarse hacia Gabriel Mancera y dar vuelta en Matías Romero. Sí, así lo haría. ¿Pero después? ¿Qué haría después, si lo que quería era evitar Periférico? Ah pues seguí por Mancera acordándome si entroncaba con Xola, para tomar Monterrey como todos los días cuando vuelvo de la oficina, y así fue. Una vez más, de coche a coche, le grité al de mi lado derecho, y me dijo que si. Le pregunté, a grito pelado, si Sánchez Azcona estaba "para acá o para allá", me dijo que para "allá", así que me pasé al carril de la extrema derecha.

Di vuelta en Xola, dos más derecho, di vuelta a la izquierda, tomé Sánchez Azcona, y así, sin ningún congestionamiento, seguí derechito hasta Tiber. Canté. Canté otra vez a todo pulmón, con el ipod enchufado a mi oído izquierdo. ¿Habrá habido en el mundo, una mujer más contenta que yo en ese momento? Dudo que así haya sido.

Seguí hacia Marina Nacional, riéndome de los que iban para Río San Joaquín o Circuito Interior -ahora llamado Bicentenario- porque iban prácticamente detenidos. Seguí, seguí, y justo en la desviación para tomar México-Tacuba, leí el letrero de enfrente que decía: Invierno, Tezozomoc para adelante, Tacuba para la derecha. Sin dudarlo para la derecha, ¿quién quisiera ir, sin tener que hacerlo, hacia donde hay más invierno?

Llegué a casa. Vacié el coche, guardé a Hans. Me di un baño. Cené. Estoy bebiendo coca-cola light. Fumo, casi sin parar. No sé siquiera, si me dará sueño pronto.

Hoy, sin dudarlo, es el principio del fin de este ciclo.

2010. He prometido tener fe. Buena estrella está llegando con él.

martes, 19 de enero de 2010

Necesito un despertador.

Luego del ajetreado día de ayer, del poco sueño que tuve, y del relajante baño que me di por ahí de las 22 horas, me quedé profundamente dormida.

Nada me despertó, ni la llamada de mi padre para el café de las mañanas, ni las mordidas que el gato me dio en la muñeca para abrirle la puerta. Nada lo hizo, más que la musiquita de la radio que avisa que el noticiero ya se acabó, y obviamente significa que son las diez de la mañana.

Las diez, ¡mierda! En media hora tenía que estar en la colonia Narvarte. Por supuesto que no lo logré, pero sí a las once y diez. Me vestí hecha una loca, ni siquiera me acomodé el pelo, cogí el coche sin calentarlo otra vez -el Rey Sol me va a matar si se entera-, y manejé lo más atenta que pude, a pesar de que todavía me pesaban los párpados. Lo bueno que no hubo gente. Lo bueno que Thiers y luego Medellín iban vacías, y los semáforos se pusieron de mi parte, todos en verde. Lo bueno que pude despertar por fin, y dejar de bostezar, cuando di vuelta en Xola.

No es posible que nada me haya despertado. O vuelvo a dormir como antes, o me urge un despertador. Ya de menos que alguien me venga a azotar la puerta o a recordarme que tengo que ir a trabajar.

Ojalá hubiera podido dormir así de profundo hace un mes, cuando el puto insomnio vino a dormir conmigo mientras me quedaba despierta. A ver si no vuelve a hacer su aparición el mes que entra. Así es esto. La rueda de la fortuna de mi desorden de sueño.

Necesito un despertador. Y si es de carne y hueso -y se queda conmigo-, mejor.

lunes, 4 de enero de 2010

"Amo mi trabajo, amo mi trabajo, amo mi trabajo".

"Amo mi trabajo", no importa cuántas veces tenga que repetírmelo a mi misma para creérmelo. Algunas veces ocasiona que sea más histérica que de costumbre; y aunque gano muy poco, estoy muy lejos de casa, pero no me importa, me mantiene ocupada, con la mente en otras cosas, y fuera de casa. Y aquí hace muchísimo frío, parece que el otoño se instaló para siempre, aún cuando este invierno amenaza con que hará llover. Y muero de frío, pero amo mi trabajo.

Cuando llego aquí, todo se me olvida, todo lo que no quiero saber o lo que no quiero pensar. Todo es como si no existiera, como si Hans me transportara a un lugar de silencio -a pesar que la gente no deja de hablar y a veces gritan mucho-, a un lugar donde nada importa más que responder el teléfono, recitar pendientes, servir café, resolver problemas que no son míos -yuuuuupi-, platicar de cosas que a veces no me incumben pero que me hacen reír.

A veces no me gusta, pero "amo mi trabajo" por eso. Es lo que hay, ni modo. No me voy a quedar de brazos cruzados, no me voy a quedar en casa pensando en las cosas que no me competen y que no puedo resolver. No me voy a quedar en casa sumida en esta ansiedad -que llegando aquí también se me olvida-, que me hace tirarme en la cama por muchas horas, hasta que me duela la espalda, aunque duerma cuando dejo de soñar.

"Si la vida te da limones, haz limonada". Y "si la vida te da la espalda, agárrale el trasero", aunque no tenga ganas de hacerlo. Es lo que hay, ni modo.

Me resisto a sonar conformista, a hacer cosas que no quiero hacer, pero es lo que hay. Y me mantiene ocupada, aunque lo que más quiera en el mundo sea investigar y escribir, e irme lejos por supuesto.

Mientras eso sucede hay esta otra cosa, y tengo trabajo que ahora resulta muy difícil por la situación de mi país, y amo mi trabajo, así debe ser. ¿Si no, qué?

domingo, 6 de septiembre de 2009

En Insurgentes y Eje 6

Empecé escribiendo estas líneas con mucho empeño y de una manera diferente, pero finalmente no ha habido motivo para hablar de los encuentros que tuve en Insurgentes y Eje 6. A veces me canso de afirmar que la gente no cambia, que los chicos tóxicos, tóxicos serán hasta el final de los tiempos, que las chicas que nos tienen envidia no dejarán de demostrarlo, y que si de uno no depende nunca nada cambiará.

La Ciudad me dejó encontrarme con él, y no permitirá que tengamos otro encuentro. Tenía tan revueltas las ideas ayer en la noche, que no estuve segura de si lo que quería era llorar o reír, ya hace algunos días que la ansiedad me ha sorprendido con ganas de vomitar, y supongo también tiene que ver que la persona se tarde en definir conmigo y me contagie su nerviosismo.

Respondí el último correo electrónico que me envió a las 10:20 horas, veinte minutos después yo iba camino a la Fuente de Petróleos. Luego de las citas que tuve en Reforma y Gandhi, salí despavorida hacia la calle de Córdoba en la colonia Roma. Me fui hacia Insurgentes, en Reforma222 me bajé del autobús, atravesé el centro comercial para salir a la estación Hamburgo del Metrobús y de ahí caminé y caminé hasta atravesar Avenida Chapultepec y llegar a Córdoba 32.

Al salir de allí caminé hacia la calle Durango, y luego derechito a Insurgentes. Atravesé el parque de la fuente del David, y en Durango y Jalapa me detuve a comprar un licuado de papaya y una empanada de atún en la panería de la esquina. Continué caminando hasta la estación Durango del Metrobús y lo abordé dirección Indios Verdes, para bajarme en la estación Hamburgo. Caminé Reforma para ir de regreso hacia el Auditorio Nacional para por fin encontrarme con él, pero me llamó para pedirme que fuera como la vez anterior, hacia Insurgentes y Eje 6. La línea 7 del Metro fue la mejor opción, porque sólo son cuatro estaciones en dirección Barranca del Muerto.

Y en este momento no sé de qué encuentro valdría más la pena escribir. Quizá del primero, porque una vez que sucede corro el riesgo de que pierda la cuenta de los encuentros que he tenido. Después fuimos de regreso a la Glorieta de Insurgentes, justo donde anduve en la mañana, atravesando Avenida Chapultepec. Hasta recordarlo me da un poco de flojera, pero como le dije a Jazmín, un intento más y ya no vuelvo a apostar.

Y los días han pasado, y su tiempo se ha terminado, y las cosas así son. Es evidente que el chico es casado, aún cuando se niega a afirmarlo. El estado civil de un chico hasta se puede oler. Para los chicos tóxicos lo más sencillo es suponer que uno es débil mental o que vamos a caer por simples ganas. Se necesita más que eso para que yo ponga atención. Quizá lo que más me molesta es el intento de verme la cara, cuando es evidente que no me la van a ver.

A veces sería más sencillo si supieran que el mismo error no lo cometo dos veces.

Los domingos sirven para muchas cosas, para reponerse del desvelo de ayer, para ver lo que faltaba de la serie de tv, para cocinar con mi madre como si toda la vida hubiera sido así, para lavar la ropa. Este domingo sirvió para borrarlo del móvil, del correo electrónico, para borrar de mis pies los pasos di para encontrarlo esta semana, un par de veces, en la colonia Del Valle. No hay medias tintas, lo he dicho muchas veces, los tacones te matan las pantorrillas o te ves horrible con zapatos bajos, o viceversa. Y cuando dije que me perdería al dejarme plantada, debió estar seguro de que así sería.

La Ciudad es mi mejor aliada, me cuida procurándome o negándome los encuentros que tienen la intención de suceder.

Y las malditas mentiras nunca tienen lugar, no caben, no van conmigo. El sol no se puede tapar con el puto dedo, eso hasta yo lo sé.

martes, 21 de abril de 2009

Taxis de mis amores

De unos meses para acá los taxis se han convertido en mis grandes aliados. Hoy me pongo a escribir contenta porque, a pesar de que no todos los choferes son muy amables que digamos, lo que importa es que han sido respetuosos y eficientes.

Me confundí de eje vial hoy por la mañana. De hecho, cuando el primer taxi del día me vino a encontrar, tuvimos que ir a dar la vuelta hasta Altavista para regresar por Mixcoac. Lo bueno fue que llegué temprano a la cita y que me encontré. En general es que me confundo, pero afortunadamente no pierdo la orientación.

El siguiente taxi no tenía cambio. Sólo debía llevarme unas cuantas cuadras más adelante y, como ya casi se me hacía tarde, le hice la parada. Al abordarlo le pedí que me dijera si traía cambio del billete con el que le iba a pagar, no me contestó y aceleró. Cuando llegamos a cercano mi destino me dijo que la tarifa era la mínima y que no tenía cambio. Le expliqué que por eso debía saberlo antes de que arrancara pero, en fin... Me dijo que si a donde iba no me podían pagar el servicio, "¿cómo?" -le pregunté. Cuando vio mi rostro previo a desesperarme me dijo "está bien, es gratis". Sonreí, me despedí y me bajé.
Quizá el que ya se había desesperado era él pero qué más da, agradezco infintamente que haya sido un viajecito gratis.

Por la tarde, me encontraba en Echegaray rumbo a la Florida. Pasé por un frapuccino de té verde y comencé a "cazar" un taxi en la banqueta. Había un congestionamiento brutal por las obras del segundo piso del periférico norte y por las obras de un puente vehicular en Gustavo Baz. Todos los taxis que pasaban venían abordados.

Un chico en un coche color arena me vio de lejos, de no haber sido por el congestionamiento no hubiera habido tiempo de intercambiar miradas, pero todo salió re bien porque detrás de él en la fila interminable para tomar Lomas Verdes venía un taxi vacío. Agité la mano y sin pensarlo ni un instante, me llevé los dedos de la mano derecha a la boca y chiflé durísimo; el taxista me escuchó, luego me vió y me hizo la seña de que venía para acá.

Bajé la mano, lo esperé y todavía tuve tiempo para volver a ver al chico del coche quién movía la cabeza en señal desaprobatoria y luego, al ver que yo reventé en carcajadas, sonrió conmigo. El tránsito vehicular avanzó y el chico grito palabras que no comprendí, sonrió y me dijo adiós con la mano. Justo el taxi se detuvo frente a mi y lo abordé.

El taxista aplaudió mi chiflido y me dijo que era bueno que una chica no se quedara sólo esperando de pie. Me sonrojé. Le dije que no toda la gente piensa así, para algunos -incluyendo mi madre- no se debe chiflar como arriero cuando no es necesario. Total que me rescató y llegué, una vez más, a tiempo para mi cita.

Ese último viaje me puso de buenas. Quizá mi histeria está saliendo a flote cuando no debe, menos mal que no le chiflé a quien no debo.

Hay un taxi en el que me quiero volver a subir y no he vuelto a coincidir con él. La última vez que vi al chofer de ensueño me dijo su nombre y me preguntó cómo me había ido. Ese chico tiene buen corazón y cuando me subo a su coche me contagia de su buena estrella.

A ver si esta semana se me hace tomar el coche 38 una vez más.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Todos vuelven

...

...

estoy muy enojada porque escribí esta entrada completita, hubo una bronca con el módem y perdí conexión... perdí también todo mi escrito.

Debí ponerle de subtítulo "Película de terror".

Sans commentaires

(por lo menos ahora puedo escoger las etiquetas)

viernes, 17 de octubre de 2008

Una vez, en la gran Ciudad...

Finalmente él dio con la manera de encantarla a ella. Treinta y seis años se fueron a la basura. Cuando el destino llama, nada se puede hacer.
"Quiero que me conquistes, yo sólo quiero que me consientan". Ella no tenía más que decir. En el fondo sabía que lo que buscaba era eso, estar con alguien que la pudiera hacer sentir bonita aunque sólo fuera dos veces por semana.

Una vez más la distancia de la gran Ciudad los separó. Pero qué va, más allá de la distancia física, las distancias intelectual, temporal y moral los podían hacer pedazos. Afortunadamente se compadecieron de ellos.

Veinte minutos si viajas por el segundo piso del periférico; siete ejes viales los cruzarás en nueve minutos en promedio. Y lo logró. Pudieron estar juntos.

Y nada. Qué más da si tienes compromiso. Me lo paso bien -pensó-. Él le contestó que le gusta la plata en sus manos, en sus dedos y en sus pies. Muere de ganas por verla, por estar con ella por primera vez. Una vez más el destino les hará una: no se podrán ver, no hay tiempo. La semana que entra si se portan bien...

Que lindas palabras. Pero todavía dudo que lo logren bien. Se necesita mucho más que "ganas" para estar con alguien en esta histérica Ciudad. (Quizá por eso me lleve bien con ella, yo soy una histérica también).