viernes, 17 de octubre de 2008

Una vez, en la gran Ciudad...

Finalmente él dio con la manera de encantarla a ella. Treinta y seis años se fueron a la basura. Cuando el destino llama, nada se puede hacer.
"Quiero que me conquistes, yo sólo quiero que me consientan". Ella no tenía más que decir. En el fondo sabía que lo que buscaba era eso, estar con alguien que la pudiera hacer sentir bonita aunque sólo fuera dos veces por semana.

Una vez más la distancia de la gran Ciudad los separó. Pero qué va, más allá de la distancia física, las distancias intelectual, temporal y moral los podían hacer pedazos. Afortunadamente se compadecieron de ellos.

Veinte minutos si viajas por el segundo piso del periférico; siete ejes viales los cruzarás en nueve minutos en promedio. Y lo logró. Pudieron estar juntos.

Y nada. Qué más da si tienes compromiso. Me lo paso bien -pensó-. Él le contestó que le gusta la plata en sus manos, en sus dedos y en sus pies. Muere de ganas por verla, por estar con ella por primera vez. Una vez más el destino les hará una: no se podrán ver, no hay tiempo. La semana que entra si se portan bien...

Que lindas palabras. Pero todavía dudo que lo logren bien. Se necesita mucho más que "ganas" para estar con alguien en esta histérica Ciudad. (Quizá por eso me lleve bien con ella, yo soy una histérica también).

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