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jueves, 5 de febrero de 2015

Hace doce años, en el Sanborns de Los Azulejos, conocí al Rey Sol.
Doce años de historia que sólo yo me he dedicado a escribir.

(Histérica histórica, en tu honor.)

viernes, 21 de noviembre de 2014

Doce de madera mojada, a la que le ha nacido musgo color gris.

Will you still love me when I'm no longer young and beautiful? I think you will.

¿Te molesta si me maquillo en la mesa? Le pregunté. No, acuérdate que tú puedes hacer lo que quieras, me respondió. Entonces saqué una bolsita preciosa de mi bolso, blanca, chiquita, de flores color púrpura; de ahí saqué un espejo de mano que parece polvera y un pincel largo de cerdas rasas, tomé el pincel con firmeza, levanté la cara y con la otra mano enfoqué mi rostro en el reflejo de mi palma, dibujé un largo y brillante mechón de canas en mi melena, sobre mi frente, de lado derecho de mi cabeza. Le di un largo sorbo a mi taza de café, él bebía plácidamente un jugo de naranja, tal y como al amanecer bebió de mi cintura. No me miró, no tenía que hacerlo, estaba enfrascado en una discusión que no tengo por qué entender, pero nuestros pies no dejaban de hablar entre ellos.

Hace un año cambiamos de automóviles para ir a desayunar, pero esta vez no fue así. De hecho no estaba segura de estar escribiendo el año doce, pero para mi sorpresa ahora me doy cuenta de que la estructura la puso él, no he escrito sola en estos meses. Llovía, y una vez más mi auto nos hizo una jugada, no se perdieron los planes, no nos tardamos más que un ratito en lo que todo se normalizaba. Condujimos, uno para el poniente, el otro para el sur. La lluvia se puso de nuestra parte y cesó, pero no cesaron las palabras, las risas y la cena en el lugar donde todo sucede.

Volvimos a vernos un par de horas después, y fue entonces cuando llegó el amanecer. Después una taza de café americano, mi computadora y mi desesperación. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si nos hubiéramos visto ayer. Vinieron con nosotros mis remedios en botellitas de vidrio, los calcetines blancos y el camisón color azul. No hubo cepillo de dientes, y la tinta en él fue el color de mi piel morena. Reconocí el olor de madera mojada a la cual le nació pasto fresco o un tanto de musgo gris, recordé la primera vez que lo tuve así de cerca mientras mis manos fueron una especie de bálsamo para su cuello y para sus hombros.

Después todo sucedió: la lluvia, las flores, la noche... la humedad de nuestras carcajadas, el olor de nuestras palabras. Pasó la medianoche y yo no supe si era miércoles o jueves, si era hábil o asueto, si era él o era yo, no supe si era yo como otra o mi misma como la que hacía mucho no era. Traté de escribir. Seguimos riendo. Contó muchas de sus historias y platicamos de nuestras ideologías, me prometió y yo le cumplí. Por eso la conversación de política es antes de la lluvia, le dije, él rió y seguimos así hasta que nos atrapó el sueño.

Me conoce antes del mechón de canas, después de la luna de mi espalda y antes de las flores de mi muñeca. Hemos estado juntos desde antes de los patines, antes del coche azul y cuando perdí el clásico 75. Hemos hablado muchas veces de noticias, de las pandemias, de sus historias y de la Historia que todavía no me sé. Ahora el coche es rojo, la bicicleta se triplicó y suelo equivocarme de número de departamento.

¿Por qué tú y yo ya no peleamos? Le pregunté. Soltó una carcajada, dijo que porque ahora sabemos que hay cosas más importantes que eso, ahora sé que las cosas importantes son algo así como saber que nos seguiremos queriendo cuando ya no seamos jóvenes ni hermosos, estoy segura que serán más de doce años en la lista, estoy segura de que así será.

Un par de días después deshice la maleta. Volví a mi estudio y traté de poner mis cosas en orden, separar el brandy de las flores y los perfumes mágicos de mis botellitas de vidrio con remedios. Puse en su lugar los cepillos de dientes y los pares de calcetines, la camiseta, y entonces salió del bolso el camisón azul. Huele a madera mojada con musgo fresco, huele a risas antes de dormir cuando ya se ha apagado la luz, huele a su cuello untado con el bálsamo de mis manos.

viernes, 17 de mayo de 2013

"El propósito mismo de "hacer historia" exige el paso hacia atrás del futuro hacia el pasado: la humanidad, hemos dicho con Marx, no hace su historia más que en circunstancias que ella no ha creado. La noción de circunstancia se convierte así en el indicio de una relación inversa respecto a la historia: somos agentes de la historia sólo en la medida en que somos sus pacientes. Las víctimas de la historia y las innumerables multitudes que, aún hoy, la sufren mucho más de lo que la hacen, son los testigos por excelencia de esta estructura fundamental de la condición histórica; y los que son -o creen ser- los agentes más activos de la historia no sufren la historia menos que las víctimas, aunque sólo sea a través de los efectos no deseados de sus iniciativas mejor calculadas."

--Paul Ricoer, Tiempo y narración III.

viernes, 26 de abril de 2013

"¿Estamos ante un pasado olvidado o más bien un pasado recordado en demasía?, ¿ante un futuro que prácticamente ha desaparecido en el horizonte o ante un porvenir más bien amenazador?"

--François Hartog.

martes, 2 de abril de 2013

Entre la sed y el silencio.

Regresé a casa sintiéndome tan feliz, que olvidé de dónde venía.


Conduje mi auto a través de los Ejes y del Circuito Interior, que me jode que se llame Bicentenario. Yo, chica del Norte, sé cómo moverme por las arterias de esta Ciudad, como si de la palma de mi mano se tratara. No duró mucho tiempo mi trayecto de regreso, no tanto como duró la charla que me mantuvo al borde del asiento la tarde entera.

Muchas cosas se amontonaron en mi cabeza. El último café, las cartas de la semana pasada, los temas pendientes, la labor de investigación... No nos dimos cuenta, pasó el día, pasaron las palabras, y pasamos nosotros por ahí. Atiné a pensar con certeza, que estuvimos por espacio de seis horas, creando un lazo mágico... y no nos dimos cuenta.

Tampoco tiene televisión.
Comenzamos saludándonos como si no nos hubiéramos visto en años, yo moría de sed, y quizá él de silencio. Tomamos una mesa, elijo yo, elige él, eso no causa problema. Con pocos hombres se pueden hacer tratos de esa forma: rápidos, fáciles, plausibles. Hasta esta mañana comprendí que con él se pueden hacer acuerdos justos.

Me preguntó sobre mi último viaje, hicimos bromas sobre la carta del café. Vienes muy contenta, me dijo. Vengo en la relajación total, le respondí; aunque honestamente lo que sucedió fue que reflejé sentirme contenta de verlo. Con el pretexto que siempre me pongo a mi misma, de disfrutar de una buena charla, siempre consigo que todo sea posible. Anécdotas, comenzamos a sumar anécdotas. La del mapa mal dibujado en un papel, la del teléfono en el panteón... "te sugiero" y comenzamos a reír. Reímos como nunca.

Después de la risa y de que llegara el primer café, empezamos a hablar sobre las personas que fuman y cómo lograr dejar de fumar, y tomó esa linda pose que toma cuando me pone atención: recarga su barbilla sobre las manos que se apoyan en los codos sobre la mesa, guarda silencio, me mira y escucha. Hablé y hablé, como hacía mucho no lo hacía. Me reí. Reí a carcajadas, al extremo de que tuvimos que pedir disculpas a los comensales de la mesa de al lado.

Después lo escuché. Tomé esa pose que me encanta que nadie se dé cuenta cuando lo hago: subí la pierna izquierda a la silla de enfrente, y mi codo izquierdo se recargó sobre el respaldo de mi silla. No hice más que poner mis ojos fijos sobre los de él, le escuché como cuando era mi profesor.

Luego los libros abrieron los corazones, abrieron las anécdotas y abrieron las puertas de los departamentos. Hablamos entonces de las historias de mudanzas que traemos cada uno con nosotros, de nuestras cajas de libros, de nuestras repisas vacías. Le hablé del baúl de muertos que siempre traigo conmigo. Luego hablamos de nuestro trabajo, de los muebles con los que escribimos, de las personas con las que conversamos. Le pregunté muchas cosas, me respondió todo lo que quise.

De sus hijos a sus padres, de mi silla de escritor a que no tiene televisión. Sonreí. No dije nada. Pensé que yo tampoco tengo, luego de la última mudanza. De mi departamento a mi última casa, de mi postura sobre el feminismo y la politización de lo términos "empoderamiento" y "tolerancia"; hablamos casi seis horas seguidas. De mi padre a mi trastorno de ansiedad, de los gatos que son suyos y que no quiere, a la historia del perico que se suicidó... La tarde pasó.

Yo llegué teniendo sed, él llegó teniendo silencio.
Cuando habló de su frustración por tener empacados los libros que necesita para trabajar, me vi reflejada en él. No lo sabe, y posiblemente no se lo diré nunca, pero me vi en él. Hablé sobre mis autores favoritos, poco a poco comenzó a entender por qué me gusta escribir lo que me gusta escribir, y me dijo que entendió por qué es que escribo como escribo. Con mucho gusto y mucha sorpresa, pude hablar de Javier Marías porque él también lo lee. Poco a poco comencé a registrar los datos que necesito para trabajar, que se supone que eran el objeto de toda la charla, pero que no sucedió así.

La maravilla de la charla, permeó hasta nuestra labor de investigación histórica. No hizo falta que yo hiciera preguntas concretas; la mayor parte de las cosas las fui deduciendo. Lo que necesito, como es mi costumbre, lo pedí. Concluimos sin querer hacerlo, afuera del café, caminando por la acera, riendo a carcajadas recargados en mi auto. "Anotaré los pendientes que tengo contigo", me dijo y sacó su agenda para anotar todo lo que no quiso olvidar.

Me reí más de lo que escuché. Escuché mucho más de lo que hablé. Yo iba muerta de sed, pero él venía muerto de silencio.


Poco a poco, la maravilla de la labor histórica, permeó hacia nuestra charla y hacia mi auto, hasta la música que elegí como soundtrack.

Conduje Av. Camarones pasadas las once de la noche, y entonces se convirtió en Eje 3 Norte. Llegué a los suburbios de la Ciudad. Le hice de acomodadora de autos, no me importó, porque seguía riéndome de nuestros chistes. Entré a casa. Me acomodé. Seguí bebiendo agua. Soy una chica, y como tal, mi deber es avisar cuando llego sana y salva a descansar. Lo hice, le escribí, ya no quise llamar, iba a ser la media noche. Me respondío una frase, seis palabras, un punto y seguido...

Fue el domingo, que ya comienza a hacerse fecha pendiente. Fue la zona, y fue él. Fue estar casi seis horas entre la sed y el silencio. Se ata entonces, el primer nudo de un lazo mágico que no sabíamos que iba a existir.

Fue la estación y fue que vivimos la pascua. Fue la forma maravillosa de cerrar una semana y de iniciar un mes. Fue el piropo que no me esperaba.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Tesis pasadas, tesis presentes.

Después de mi examen profesional, comencé a demeritar en cierta forma, a mi trabajo de titulación. Mi tesis de pronto se mostraba ajena y lejana a mi. Hablar mal de mi tesis profesional era al mismo tiempo estar demeritándome a mi misma, siempre creyendo en el fondo que alguien iba a llegar "salvarme" o a decirme que yo y mi carrera sí valíamos la pena.

Casi tres años después, estoy terminando mi segunda investigación académica, una tesis de maestría que me ha costado muchísimo trabajo, pero que también ha sido satisfactoria.

Y de pronto, he tenido la necesidad de regresar a leer mi tesis profesional, y me he dado cuenta de que es un trabajo muy bien hecho, muy bien escrito y dirigido de manera excepcional. Ahorita, por ejemplo, me siento más perdida en el tema que cuando escribí esa tesis.

Y la tengo que acabar. Las tesis se terminan, caray, no pueden ser tesis eternamente presentes. Tienen un destino como todos nosotros, y ese es convertirse en objeto del pasado, en el mismo instante en el que se terminan de escribir.

miércoles, 20 de junio de 2012

Con fecha de caducidad.


Es como estar jugando a brincar la cuerda en la orilla del precipicio.
Tarde o temprano me voy a caer hacia el vacío.

¿Qué es el amor? Nadie está seguro de eso.
Y aquí vengo yo, a enamorarme hombre que tiene un encanto maravilloso, que me ha hecho entenderme a mi misma como nunca imaginé. Y todo está en nuestra contra: los estados civiles, los estados políticos, las fronteras geográficas, las delimitaciones religiosas e ideológicas… y aun así esto sucedió.

Destino, ahora realmente no creo en el destino. Mírame, me senté a tomar una copa de tinto en ese restaurante que se encuentra sobre un puente, y me encontró, literalmente el chico me encontró. Como dice la canción de Fito Páez, él no buscaba a nadie y me vio, buscando margaritas del mantel… Y toda una historia ha venido detrás de nosotros. Hemos dejado maravillosos recuerdos en cada una de las ciudades en las que hemos estado; hemos aprendido más en 25 días que en años de estar viviendo en las grandes capitales del mundo.

Y así, como si nada, se fue a un país del cono sur. Y yo, con todo y mis recuerdos, me quedé en la Ciudad de México, a donde pertenezco.

De pronto me veo envuelta en papeles viejos de 75 años de antigüedad, en periódicos que casi ni siquiera se pueden leer. Me veo metida en textos que tengo que terminar de escribir, pero que no quiero. Me veo metida en unos jeans talla 5, sin saber que bajé 3 tallas. Me veo frente a este espejo, escribiendo en el teclado como si me pagaran por ello… bueno, de hecho me pagan por ello; escribiendo en el teclado con todo el ánimo del mundo, por primera vez sé como acaba la historia, sé cómo debo de escribir, pero esta vez no quiero hacerlo.

Así pasan los días, y me lleno de buenas noticias. Las cosas se han puesto mucho mejor desde que me mudé de casa. Mis amigos se han convertido en mi verdadera familia. Ayer recibí el número del Boletín en el que me publicaron un artículo. Vine de regreso al lugar en donde toda la historia comenzó…

Y la mensajería llegó para dejarme regalos que el chico no puede venir a entregarme. Y su guardarropa se dispersa entre mis manos, dejándome camisetas de rayas azules que huelen a Old Spice, y que envuelven cartas de amor con letras de canciones en un idioma que no puedo comprender... ¿Cuál es el punto? Esto nació con fecha de caducidad. El plazo ya se cumplió, y todavía no llega la verdadera despedida.

Taxis, muchos taxis; Metrobús, Metro, camiones, Terminales de Autobuses, aviones, dos aeropuertos; un Autobús que te abraza mientras viajas, un coche que me sostiene al manejar. En la gran ciudad, todos los medios se han puesto de nuestra parte.
 

jueves, 15 de marzo de 2012

Una mañana cualquiera

Sólo fue una mañana simple, cualquiera.
Una mañana como siempre, en la que me desperté muy temprano, me alisté para salir de casa. Sin desayunar y sin un café en la panza, tomé mis libros, mi bolso de tela color morado que trae dentro años y años de documentos históricos. Tomé mi radio portátil, que no sirve, pero que viene conmigo para poder escribir con él. Me colgué en el hombro mi bolso color turquesa, tomé las llaves, y manejé directo al Instituto.

En el camino escuché las noticias, todas, comenzó la transmisión desde las 5:45, la música de Fito Páez no dejó de sonar porque en la estación de radio celebraron su cumpleaños. Fue una mañana cualquiera, en la que escuché a Fito mientras dilucidaba sobre qué poner en mi lista de prioridades del día. Fito sonó, yo soñé, la radio me entretuvo.

Llegué a la biblioteca pensando que debía regresarme para tomar el desayuno, y justo cuando me decidía para ordenar en el comedor, el Rey Sol, como si atravesara el éter de mi radio portátil a la silla que estaba junto a mi, se puso en contacto conmigo. Y después de hablar los minutos necesarios, y de tratar de convercernos el uno al otro de que debíamos quedarnos haciendo lo que cada quien estaba haciendo, nos decidimos a vernos.

Y entonces fue una mañana cualquiera, en la que caminamos pasillos de centros comerciales que todavía estaban cerrados y en la que hablamos sobre lo mucho que pueden alejarnos nuestros celulares con tanta tecnología a la mano. No es que no te quiera ver, le dije, sólo pasa que no lo tenía planeado. Tomé todas mis cosas de sobre la mesa de la biblioteca, empaqué literalmente mis historias y unas memorias usb; corrí hacia el coche, conduje, me estacioné junto a él. Fui a desayunar a un restaurante amarillo, justo antes de la persona que viera todo el horizonte color turquesa fuera yo misma, al acostarme junto a él.

Pedimos una mesa con dos sillas, me dejé el bolso en el auto y él se dejó puesta la camisa azul, que lo hacía verse muy guapo. No estamos seguros de cuánto tiempo pasó desde la última vez que compartimos el desayuno. Años, muchos años. ¿Te acuerdas cuando te ibas de pinta en la Universidad? Me dijo. Sí, me acuerdo. Generalmente eran los lunes, cuando yo tenía uno de esos seminarios que no se quieren cursar, porque definitivamente no se sabe para qué van a servir; entonces yo decía que iba a clase, y en realidad me subía al Metro para hacer un transbordo, y llegar a donde estaba él. ¿Y dónde estaba él? Esperándome, en pijama, metido entre las sábanas, a punto del segundo rato de sueño reparador, después de las siete de la mañana.

El tiempo pasó. Mucho tiempo, dejando pocas huellas. El tiempo pasó, y casi no nos dimos cuenta. Semestres que se terminan, autos que se destruyen, viajes que no regresan... Personas, otras personas que tampoco dejaron huella. Y entonces las mañanas seguían siendo como cualquiera. Yo bebiendo mucho café, él con un hambre atorada que a veces no quería salir. Periódicos, muchos periódicos de media página, color gris y color melón, siempre venían conmigo y yo se los leía en voz alta.

La Ciudad se ha encargado de regresarnos a los mismos sitios y de darnos algunos nuevos. El restaurante amarillo está en una zona que antes no hubiéramos frecuentado jamás, pero definitivamente los tiempos han cambiado.

Casi todo sigue como siempre, pero muchas otras cosas son nuevas para mi. En las noches a veces hace su presencia, se retoca, se acaricia la cabeza; no es que pueda verlo pero casi siempre puedo sentir su olor.

Y después de todas esas noches, y de cada uno de esos sueños, al día siguiente siempre es una mañana cualquiera. Café sin cigarrillo, radio sin despertador. Coche con gasolina, Ciudad congestionada. Periódicos, libros. Coches que se siguen hasta que encuentran el destino. Él y yo dejando a un lado lo deberes matutinos.

jueves, 21 de julio de 2011

Jardín de la Unión s/n

Estoy en mi estudio provisional del Jardín de la Unión s/n, donde además de que me puedo tomar un venti light sin espuma latte y comer un sandwich de pavo, puedo trabajar en silencio y ponerme a escribir con tranquilidad, de vez en vez se escuchan los mariachis que tocan en el jardín. Las campanadas de la catedral también se escuchan hasta acá, y entonces me siento fuera, aún cuando estoy en una de las tiendas más bonitas que he conocido de esta cadena, que me hace sentir como si estuviera en la de mi casa, la de las Embassy Suites del Hilton de la Glorieta Colón en la Ciudad de México.

En Guanajuato no se venden revistas de moda en los puestos de periódicos. No hay Vogue, ni Glamour, Elle, y ni pensar en la edición española de bolsillo de la Glamour. Guanajuato no tiene Sanborn's, Walmart, ni restaurantes de sushi. En Guanajuato no llueve, y las calles son tan irregulares, llenas de callejones empedrados y de escalerillas que vienen y van, que no se puede usar zapatos de tacón. En Guanajuato no está bien visto salir con minifalda, shorts o sandalias de tacón que enseñan los dedos de los pies.

En todos los restaurantes de Guanajuato sirven una salsa que se llama "chimichurri", que tiene de chimichurri lo que yo tengo de modelo AAA; de hecho no tiene ni siquiera un poco de perejil, ya no digamos aceite de olivo y ni pensar en que le agreguen un poco de albahaca. Este "chimi made in guanajuato" es a base de mayonesa, chile de árbol, ajo, cebolla y vinagre. Mmm no voy a decir "argh" porque en realidad no sabe nada mal, en los sándwiches o en las hamburguesas cae muy bien, sobre la pizza también; pero no tiene ni siquiera la "ch" del chimichurri original.

En Guanajuato el transporte colectivo funciona perfectamente, con horarios y todo, con asientos vacíos y los choferes ceden el paso a los pateones. En Guanajuato no hay basura en las calles. Guanajuato tiene el 70% de sus edificios en una clasificación que se llama "inmueble catalogado", lo que le permite seguir siendo Patrimonio Cultural de la Humanidad ante la Unesco.

Guanajuato no tiene McDonald's en la zona turística, pero todas, absolutamente todas las farolas de la ciudad funcionan y la iluminan maravillosamente todas las noches.

Guanajuato no tiene smog, no tiene caos vial, estrés del conductor, manifestaciones, marchas, zócalo con campamentos del SME, y afortunadamente no hay bloqueo de calles. Ayer salí de un café en la plazuela del Baratillo y me espanté al ver a un grupo de personas de pie, atentas, escuchando a una persona que les hablaba de frente, todos serios, levantando la mano, eran muchos, cerca de 35 personas, pensé que quizá algo reclamarían... pero no, era un grupo de turistas mexicanos escuchando a su guía de turistas. En la Ciudad de México un grupo de 35 personas ya puede desquiciar un tramo del Circuito Interior Bicentenario, o un grupo de 35 vecinos de la colonia El Periodista ya puede cerrar la lateral del Periférico Norte. Aquí no, aquí un grupo de personas en una plaza, generalmente es turista.

Guanajuato es una Ciudad que se recorre a pie en su totalidad. Ni siquiera se necesita una bicicleta, por aquello de las escalerillas que suben y bajan de los callejones. Aquí existe una cultura extraordinaria del peatón, porque calculo fácilmente que más del 50% de su población debe ser peatón.

Guanajuato tiene un encanto maravilloso, un halo mágico, que no le pide nada a la megalópolis de la que vengo. Le faltan algunas cosas que yo considero vitales para vivir en una ciudad, pero le sobran muchas otras cosas que no hubiera considerado usuales en una vida cotidiana.

Alberga un corredor estatal de museos que tiene de todo, arte sacro, arte contemporáneo, arte del siglo XIX, arquitectura, fotografía, arte mesoamericano. Y entre todos ellos, tiene a la Alhóndiga de Granaditas, la que resguarda uno de los archivos más secretos y maravillosos que da cuenta de cincuenta años de historia política de México del siglo XX, vista a través de la vida de un servidor público guanajuatense.

Por eso estoy aquí, porque unos papeles de más de ochenta años me llamaron, por eso he estado obligada a eliminar mi estrés citadino en un 70%, y a aclarar mi mente en un cien.

Y como dicen, quien viene a trabajar a un Starbucks es porque no tiene oficina, porque tuvo una pelea en casa, o porque no encuentra un lugar más tranquilo para hacerlo. En este caso no tengo oficina, ni casa, mi cuarto de hotel tiene más cocina que mesa de trabajo, y en todos lados suenan más fuerte los mariachis que aquí.

lunes, 20 de junio de 2011

The dragon lady

All you need is love.
The Beatles.
Se sentó a mi lado, y pude observar detenidamente su manos, el reloj en la muñeca izquierda que nunca aparece, y los lunares que intenta ocultar bajo los gruesos vellos de sus brazos. Definitivamente hoy venía de buenas, sonrió varias veces, hizo bromas, nos permitió hablar, a mi y a mis colegas.

Es una mujer extraña, nada fea, nada desagradable a la vista, pero con una actitud tan fuera de lugar, que algunas veces resulta atemorizante.

La primera de todas, me quedé seria frente a la blancura de su piel, los labios que las más de las veces aparecen muy rojos, las cejas pobladas, el cabello fino y ondulado color café. Me sorprendió que una mujer de su edad pudiera saber tanto, y al mismo tiempo, tener un carácter muy parecido al de un viejo: fuerte, claridoso, ácido, tajante. No es común saber mujeres como ella, no es desagradable, hasta que, claro, te arrolla con una de sus frases cínicas, irónicas, sarcásticas, con un desprecio que podría derretir hasta el más frío de los témpanos de hielo.

No había conocido a alguien como ella. No me había enfrentado nunca, a alguien como ella. Y nunca imaginé, ni en el más pesimista de mis pensamientos, que alguna vez tuviera que coincidir con alguien que poseyera esa personalidad.

En este momento estoy intentando continuar un trabajo que tiene que estar listo en tres días y unas horas. Un trabajo que aunque es corto, ha implicado mucho más esfuerzo que el de mi propia investigación personal. No es el contenido, no es la metodología, es el hecho de que esta vez el lector será imposible, como una roca, dificil de convencer. Es como si quisiera estar vendiendo un producto a alguien que ni siquiera comprende para qué sirve. Once hojas nada más, y estaré del otro lado.

No sé qué clase de karma se está pagando, o estoy pagando yo, para haberme encontrado a una persona como ella en mi camino. Pienso que en las circunstancias en las que se encuentra el mundo, y específicamente mi país, el hecho de que una persona tenga una vida encaminada a la educación profesional, con un trabajo seguro, bien pagado, que se supone es lo que desea hacer para el resto de su vida, y que le apasiona, es un lujo que no tiene precio. Si esta persona tiene eso, un grado académico mayor al de la población promedio, un trabajo bien pagado, seguro y apasionante, una casa propia, un pareja, y además, personas que le reconocen el trabajo que realiza, ¿por qué no puede ser feliz?

The dragon lady es hermosa, tiene la piel color marfil, no tiene canas pese a sus casi 50 años de vida, escribe maravillosamente, tiene una trayectoria envidiable... ¿por qué no puede amar a los unos y a los otros? ¿Por qué no respeta las posturas ideológicas distintas a la suya? ¿Por qué no respeta [y punto]?

Y claro, ¿en qué cabeza pudo caber que yo con mis tacones de 13 centímetros, mis vestidos de vuelo y mi anillito de compromiso iba a encajar con una mujer como ella? Por dios, ¡yo uso foulard! Mi vudú pinchó en hueso. The lady debe tener una función estratégica y niveladora en la academia, en mi trayectoria, o por lo menos, en la forma de hacer historia.

Y yo, debo tener un as bajo la manga.

sábado, 5 de febrero de 2011

Mientras las locomotoras bufan su impaciencia
las arañas tejen
su tela con hilos de música
para apresar la mariposa eléctrica.

Estación, Germán List Arzubide, 1924.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Lo que cuesta sacarse un 9.0

No sabes lo desmoralizada que me siento desde la última semana. Es como si a un panadero le dijeran que su masa de bolillos está mal hecha, que así no es, porque no nutre ni alimenta. Yo, sinceramente, he comenzado a considerar dedicarme a otra cosa que no sea a escribir historia. Escribir las tarjetas de felicitación para Hallmark, por ejemplo, o poner una boutique de zapatos, con estantes para vender también lentes de sol, bolsos y pañoletas.

No sé. Tanto qué hacer y tan poco tiempo. Tanto qué hacer y sin saber cómo realizarlo.

No soy una persona a la que le gusten los problemas, no suelo tener problemas, suelo resolverlos cada que se presentan. Y ahora mírame, tengo muchos problemas, y algunos que no sé de dónde vinieron. De todos éstos, ninguno es historiográfico. Ése es el verdadero problema.

Nunca me imaginé que la gente fuera tan intransigente. En parte ahora entiendo que los estudios de posgrado tengan tanta mala fama, tantas plazas "vendidas", bien "recomendadas", cucharas grandes que de pronto sirven y sirven sólo para una persona. Nunca imaginé que la gente fuera tan falta de tacto, tan falta de valores, egoísta, soberbia... ha habido veces en que me recuerdan a la actitud de María, y creo que eso es lo que me da tanta tristeza.

¿La verdad? Me siento profundamente decepcionada, triste y desilusionada. Por más que trabajo y por más que me esfuerzo, no es suficiente. Las cosas no son suficientes cuando las hago a mi manera. Estoy muy cansada. Si siempre me he portado como una dama, no me merezco que me traten así.

Ahora viene lo más difícil. Si no tengo plan B, ¿qué es lo que voy a hacer?

viernes, 22 de octubre de 2010

Definiendo, descubriendo, comprobando.

Hans no anda bien. Estoy preocupada. No se está sintiendo igual subirse a él, y dejarse llevar por las venas de asfalto de esta Ciudad.

Desperté lo más temprano que pude, fui a tomar un café que no estuvo nada bueno, y luego fui a la gasolinera. Tira aceite. Gasta mucha gasolina. Se le atora el chicote del acelerador. Le suena el clutch. Tiene bajísimos los frenos. En fin. A un año de estar viviendo con él, Hans comienza a ser una calamidad. Y creo que no es su culpa, mejor dicho: tengo que tenerle paciencia, tengo que comprender que no todo va a andar tan acelerado como ando yo.

La crisis vino a estarcionarse en mi, y a estacionar mi vida. No he podido reponerme todavía, pero pronto lo haré. Y entonces el carburador de Hans volverá a rugir como auto de carreras. No es divertido que me deje tirada pasadas las 21 horas sobre Conscripto, sola, cuando todavía no llego a mi destino. Esta vez no fue sólo una, no hubo grúa que viniera a rescatarme, ni maxi bolso de charol donde él estuviera escondido hasta el fondo. No fue una sola noche, fueron dos; pero la siguiente, los ojos verdes ya estaban conmigo.

Luego de la factura de la gasolinera, tomé Periférico sur y me subí al segundo piso. Me puse contenta. De hecho, hasta me dio frío todo el aire que se metió por la ventanilla. Traía puesto mi vestido de gráficos rojos y naranjas, y mis botas color café.

Cuando llegué al entronque con Eje 10, me puse más contenta de ver que los circuitos de Ciudad Universitaria ya no tienen los hoyos que tenían hace dos años, cuando la manejaba con Andrés. El Centro Cultural Universitario ha cambiado tanto... que me sentí como si fuera mi primera vez allí.

El nuevo desarrollo arquitectónico hace que la Sala Nezahualcóyotl se vea pequeña; pero basta recordar la acústica en su interior, y la distribución que tiene por dentro, para saber que sigue siendo enorme, y que lo será por mucho tiempo.

Ya no hay lugar de estacionamiento en la Hemeroteca Nacional, ni siquiera en la banqueta, ni para meterse furtivamente como lo hacía casi siempre. Ahora me mandaron al Estacionamiento 3 que cuesta quince pesos. Estaba abarrotado, cómo no, si eran horas de trabajo. Lo bonito de todo eso, aún cuando uno se estaciona muy lejos, es que nos obligan a atravesar el Centro Cultural Universitario, con sus fuentes, sus explanadas y sus foros, la Neza, los cines, el nuevo museo de Arte Contemporáneo.

La gente camina. Ya no me siento familiarizada con la gente de por allí. La terraza del restaurante Azul y Oro se veía bellísima, con sus sombrillitas blancas y la fuente que salpica. Me dio tanto gusto y ternura saberme de regreso en Ciudad Universitaria, que me llené de ganas porque los ojos verdes me acompañen la próxima vez. Quisiera que pudiera ver, todo lo que mis ojos pueden ver.

Así es cuando uno se pone a investigar, o llega a los archivos o a la Hemeroteca, para comenzar a empaparse de la Historia del pasado. Porque sí, bienvenidos ahora que sabemos que puede haber historia también del presente y del futuro.

La Hemeroteca Nacional, con sus personas que todavía se acuerdan de mi y de mi computadora portátil, es majestuosa e imponente. Se me había olvidado el olor de los periódicos viejos, la base de datos Nautilo, y las conexiones de luz que están pegadas en el techo.

Me acomodé en una mesa de enmedio, ¿por qué no? Para que todo mundo me viera. Me instalé. Abrí mis archivos. Preparé mi mesa. Acomodé mis cosas. Caminé hacia el Nautilo para registrarme y solicitar el primero de varios ejemplares: diciembre de 1936.

Ya se me había olvidado lo que pesan esos ejemplares, y que los atriles nunca los soportan. Lo cargué, como pude, y me instalé para comenzar a revisarlo. Me dijo muchas cosas, primero me habló al oído, pero en enero de 1937 me habló de frente.

Yo no sé si siempre se tiene esta suerte de investigador, pero me dijo lo que quería escuchar, lo que necesitaba en ese momento, y lo que me hacía falta. El tiempo pasó muy rápido. Mi regreso a la fuente primaria fue en ese orden: definir, descubrir, comprobar. Me hizo sentir bien, los ojos verdes supieron de eso.

Ciudad Universitaria, con sus jardines imponentes, siempre tan verde, siempre tan llena de gente, siempre tan acogedora... tan que nunca me siento sola.

De regreso en la mesa, de golpe me acordé de muchas cosas. Ese olor a periódicos viejos me hace mucho bien, pero también me da tristeza. No cabe duda que uno guarda en la memoria las primeras impresiones, y los amores están hechos de primeras veces, de primeras sensaciones, tal vez por eso ahora esté más enamorada que nunca.

El frío de estar sentada allí leyéndo los periódicos viejos, me hizo acordarme cuando yo me sentía tan polvorienta como esos papeles. Me hizo recordar aquella soledad tan penetrante, tan aguda, como el frío que sentía en el pecho. Es inevitable no sentir nostalgia al estar allí. Y ahora pienso que no siempre es nostalgia por buenos tiempos, sino por tiempos tristes y amargos, obscuros y grises, que nunca fueron amarillos.

De pronto el móvil suena, me llena de risas y de alegría. La voz del otro lado comparte conmigo esta experiencia y me sabe feliz, me sabe contenta por estar en ese lugar otra vez.

Hay tantas cosas que quisiera que hiciera conmigo... pero la búsqueda hemerográfica creo que siempre será mejor en solitario.

De regreso a Mixcoac por Insurgentes, vuelta en Eje 10 para tomar Revolución. Toreando coches que vienen rapidísimo, hoyos en el pavimento, carriles sin definir, sin rayas, sin semáforos. Con microbuses espantosos que se te echan encima. Con señoras feas en camionetas enormes que no te dan el paso. Con mi Hans que se defiende, que me protege... que poco a poco me define, mientras yo descubro a mis ojos verdes, y ellos vienen a comprobarme.

Esta es la novedad, que el amor impera, que ahora no se quiere ir, y que en ese caso me quiere llevar. No es nueva la rutina, no es nueva la actividad, es mi circunstancia que me hace creer que todo esto es de verdad.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

El amor llegó para quedarse

Crecí escuchando a mi madre decir que las mariposas le traían a uno mala suerte en el amor. Mi hermana mayor pensaba lo mismo que mi madre, lo que no es de extrañarse. Yo, en cambio, me aferré a pensar que las mariposas me traerían suerte y buen augurio siempre que las trajera conmigo.

Siempre que vinieran conmigo.

Siempre que quisiera convertirme en una de ellas.

Ahora sé que mi madre no tenía razón. Ahora sé que soy muy afortunada. Hoy estoy segura de que lo que uno desea verdaderamente, se hace realidad. Sé que puedo cumplir todo lo que me propongo, que lucho por mis sueños, que logro hacer lo que siempre soñé. Las metas están allí para alcanzarse.

Y escúchenme bien: el amor llegó para quedarse.

miércoles, 25 de agosto de 2010

La cereza del pastel.

Él dijo "Bloch", y mi cabeza pensó: "Los Reyes Taumaturgos". Me sorprendí de acordarme de mis clases de Historiografía General II. El Premio Edmundo O'Gorman estaría orgulloso de mi si me hubiera escuchado.

Hoy aprendí que la frase de Joaquín Sabina que dice "vamos a estar juntos los próximos 30 años", tiene sentido sólo cuando pasan los 30 años. También comprendí que la historia de los movimientos indígenas cobró sentido luego del movimiento zapatista de 1994, esto se cuenta pre Marcos y post Marcos.

Hoy es realidad que soy resultado del contexto histórico en que me he desarrollado.

Por fin tengo "los pelos de la burra en la mano" para decir que Fidel Castro como figura, sólo tiene sentido cuando pensamos en el bloqueo económico -que instauró Estados Unidos- en el que ha vivido Cuba desde su revolución.

Hoy, luego de conocer a las personas que serán mis guías por los siguientes seis meses, comprendo que se guarda lo mejor para el final. Que la Teoría de la Historia no tiene mucha relevancia si la persona que la imparte no es excepcional por sí mismo, que para ser el último día de la semana, literalmente nos guardaron la cereza del pastel para el final.

Y si tenía duda de no tener tiempo ni para dormir, ahora basta leer mi lista de pendientes la cual incluye dos reseñas para entregar martes y miércoles, una exposición sobre el Imperio Británico y sus colonias, un avance de investigación particular, comentarios a la obra de la ilustración reflejada en las colonias españolas, Paul Ricœur y la pregunta de ¿qué es un texto?, y por supuesto, mi esfuerzo para tener el próximo domingo un cumpleaños feliz.

martes, 22 de junio de 2010

Los gatos y la libertad.

Por Pablo Ordaz, 20/06/2010
Publicado en El País.

Su casa olía a gato y su escritura, a libertad. Nunca se casó con nadie, salvo con esas dos pasiones suyas. Hace ya muchos años llegó a confesar: "Sin mis libros me sería imposible vivir y sin mis gatos, también. Los libros no aúllan ni los gatos proporcionan sabiduría, por eso no podría elegir. Preferiría entonces vivir sin mí". Y así fue: el día que los médicos le quisieron apartar de sus muchos gatos para preservar sus pulmones, sus amigos supieron que también lo estaban condenando a muerte.

Lo mismo hubiese pasado si a algún incauto se le hubiese ocurrido alejar a Carlos Monsiváis de la libertad. Nunca la traicionó. Y cuando tuvo que elegir entre la libertad y los suyos, siempre la eligió a ella. No tuvo empacho en criticar a Cuba por su homofobia o a López Obrador cuando el candidato de la izquierda a la presidencia de México en 2006 decidió ocupar la calle para protestar por su derrota. Siempre huyó del abrazo de los poderosos, pero supo estar junto a sus viejas amistades, como la cantante Chavela Vargas, cuando su voz se fue apagando y los famosos amigos de ocasión la abandonaron. Jamás fue bien peinado o con corbata, pero su pelo blanco y su sonrisa eran lo más elegante de cualquier reunión. Y, sobre todo, lo más querido...

Porque los mexicanos amaban a Carlos Monsiváis. Lo leían en los libros y en los periódicos, lo escuchaban en conferencias y en la radio, lo veían en la televisión, pero su omnipresencia en la vida pública o su sabiduría total no lo convirtieron en un escritor famoso, sino en un escritor querido. Es difícil explicar fuera de México la pasión que Carlos Monsiváis o José Emilio Pacheco despiertan. El pasado diciembre, durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, uno y otro vivieron un momento que los hizo inmensamente felices. Junto a Sergio Pitol se hicieron una foto muy parecida a la que, justo 50 años antes, les habían tomado en la ciudad de México. A Pacheco, emocionado, se le atravesó un presagio: "Esta será la última vez que...". Ayer, desgraciadamente, la muerte le completó la frase.


sábado, 19 de junio de 2010

Descanse en paz Carlos Monsiváis.

Hoy termina una era de la intelectualidad de México. Hoy falleció Carlos Monsiváis.

El chico me lo avisó por teléfono hace unos minutos, y de inmediato encendí la radio y abrí El Universal, mi diario predilecto. Efectivamente, todas las noticias apuntan a que el escritor murió alrededor del mediodía, víctima de una fibrosis pulmonar que le aquejaba desde hacía muco tiempo.

Lo segundo que hice fue llamarle a mi padre. Lloré, ahora sí no lo pude evitar. Mi papá lo lamenta muchísimo, él lo leía con frecuencia, y me dijo que la fibrosis pulmonar es muy fea porque poco a poco el individuo va perdiendo sus facultades.

De lejos, varias veces, vi a Monsiváis en la Facultad de Filosofía y Letras de mi Universidad. Dos veces fui a escucharlo en algunos foros, en una de esas ocasiones me campechanée la asistencia, porque estaba también el coloquio del proyecto en el que yo participaba. En fin. Muchas otras cosas me acercaron a Monsiváis como persona, e infinitas como escritor y como intelectual.

Mi padre tiene razón, que uno de los mejores intelectuales de la segunda mitad del siglo pasado acaba de fallecer, y se lleva con él un rico y prolífico conocimiento intelectual. Creo que no ha habido mexicano más culto que él, más autodidacta, más coleccionista, amante de la cultura mexicana y del folclor como tal.

Estoy triste, caray. Si la muerte de Carlos Montemayor me agarró por sorpresa, este fallecimiento verdaderamente que me deja muda y con un nudo en la garganta.

Descansa en paz y gracias, Carlitos, por llevar muy lejos la cultura mexicana y el nombre de nuestro país, y por siempre traer de bandera el escudo de nuestra universidad, la mejor de Iberoamérica, la Universidad Nacional.

viernes, 11 de junio de 2010

Día de fútbol.

Desperté cuando estaban dando la noticia de que Zenani Mandela, bisnieta de Nelson Mandela, falleció. Vi al "presidente" haciéndole de presidente. Vi el inicio del partido y justo en eso me metí a bañar. Se me hizo tarde, por supuesto. Me vestí con lo primero que encontré, tomé mis cosas, me hice un café relámpago y salí rumbo a la oficina. Al pasar por la Facultad, antes de tomar Periférico, me sorprendieron los altavoces que el gobierno municipal tuvo a bien poner en las colonias aledañas al Ayuntamiento, para que la gente pudiera escuchar por lo menos cómo iba el partido.

Fue asombroso y un tanto mágico. Me sentí en los años 30, como en esta historia que tantos años me costó escribir, en la que el gobierno cardenista puso altoparlantes para el adiestramiento higiénico y social del pueblo. Todo a través de la radio nacional. Caray, ¡cómo me gusta la historia de la radio de mi país!

Lo mejor de los días de fútbol, y sobre todo de cuando juega la selección de mi país, es que la Ciudad está desierta. Son 90 minutos mágicos en los que nadie sabe nada, más que la alineación del equipo y en las jugadas que llevan a cabo. La gente está en sus casas, en los bares o restaurantes, y la Ciudad... vacía.

Crucé la Ciudad, de la zona metropolitana a la colonia Narvarte, en aproximadamente 25 minutos. ¡Veinticinco minutos! ¿Puedes creerlo? Amo el fútbol. Aún cuando me desperté tarde, me bañé a mis anchas, pero me apuré en arreglarme y hacerme un café, llegué a tiempo a la oficina. Amo el fútbol, me encanta que provoque que la Ciudad se detenga por unos minutos y que la gente no salga con sus coches a hacer congestionamientos.

Espero que los días que le siguen a este mes de Copa Mundial, sigan igual. Y sobre todo, los días en los que juegue la selección nacional.

Ahora bien, no puedo evitar sentirme un poquitín culpable porque en mi círculo soy a la única persona a la que no le preocupa mucho si ganan o pierden, si la alineación es la adecuada o si el entrenador está haciendo lo correcto. Chale. Creo que lo siento un poco por mi papá, porque cuando hablamos de fútbol, sólo comento lo que Alfredo Domínguez Muro me susurra en las mañanas mientras él me cuenta toda la historia de la squadra italiana tetracampeona, y cómo fueron los entrenamientos en el Mundial del 70. Shit.

Por lo demás (y lo siento por mi padre), sólo me resta reiterar que soy feliz los días de fútbol porque la Ciudad está tranquila, se calla un rato y luego... de regreso al huracán de festejos (que no se sabe si tienen razón o no) sobre Reforma y frente a Palacio Nacional.

lunes, 31 de mayo de 2010

Estimado Jorge F. Hernández:

No hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedió.
Joaquín Sabina, Con la frente marchita.


El 28 de febrero pasado, fui a la Feria del Libro del Palacio de Minería con uno de mis amigos más entrañables, el Presidente de la Nueva República de Babel. Recorrimos todo el recinto, toda la fiesta en su esplendor, escuchamos a algunos autores, participamos en lo que más pudimos, y entre todo eso, mi amigo -que te conoce de hace algún tiempo- nos presentó.

La presentación de tu libro Réquiem por un Ángel fue maravillosa. Al terminar, nos acercamos a saludarte, donde nos introdujo y me firmaste tu libro La Emperatriz de Lavapiés -que mi amigo acababa de regalarme- con la dedicatoria: "Para Mariposa Tecknicolor, Emperatriz de Satélite".

Y así, al ponerme al corriente de las lecturas que tengo pendientes, hace un par de días comencé a leerte. Estoy maravillada con la narración que haces en primera y en tercera persona. Estoy contenta de leer una historia que va y viene en una línea del tiempo que para mi es transparente, es efímera, pero también es la más real y tangible.

Ha habido frases que me han dejado muda, y otras que casi me han hecho llorar. Hasta el momento, tu libro me ha gustado mucho; y me siento ahorita a escribirte, para decirte que estoy contenta de haberte conocido y de que mi amigo me haya acercado a tu escritura.

Ya estaré aquí, en unos días o en algunas semanas, escribiendo de las emociones que me provoque esta historia maravillosa entre la Ciudad de México y Madrid.

No estoy segura si la historia verdaderamente será de amor o sólo de añoranza, de encuentros o desencuentros; no estoy segura si Pedro encontrará a Carmen, o sólo será feliz encontrándola a través de los recuerdos de su memoria, de repasar lo que no fue y de intentar vivirlo en un viaje interminable, infinito, perenne. Le deseo la mejor de las suertes. Le deseo que sea feliz.

Ya lo sabré, ya vendré a platicártelo.

Te saludo, desde la Ciudad de México,
Mariposa Tecknicolor.

viernes, 28 de mayo de 2010

Ensayo.

Autor: Benedetto Croce.
Obra: La historia como hazaña de la libertad.

Hace algunos años, cuando leí la obra de Benedetto Croce por primera vez, durante los cursos de Filosofía y Teoría de la Historia en la Universidad, se quedó en mi memoria como referencia para una buena escritura de la Historia. Ahora, en estas últimas semanas que volví a leerlo, la obra de Croce me parece valiosa en el sentido de que propone escribir una historia que no esté separada de los sentimientos del historiador; que si bien no sea fruto de ellos, sí vaya de la mano de lo que el historiador vive, siente e interpreta según el lugar social de enunciación que le corresponde.

Me parece una manera un tanto romántica de mirar la escritura de la Historia; como si se enamorara uno de una época o de un acontecimiento, el historiador intenta llevarlo a su presente, para reescribir el momento que vive. Hombre inteligente, Benedetto Croce.

Me imagino que esta precepción que ahora me he hecho del autor, toma parte al comprender que en la obra que escibe el historiador va plasmada su experiencia, sus lugares, sus momentos, y las corrientes que ha adoptado como propias. Definitivamente sus lecturas y costumbres, quedan implícitas en su obra, que posteriormente lo identifica.

El autor piensa que para historiar, la interpretación del documento -que refiere al hecho histórico-, se debe llevar a la realidad. Pero esto, ¿qué tan plausible es? Así como uno se maneja a lo largo de determinadas líneas del tiempo -de la obra que lee, en la que se escribe y a la que se refiere la obra que se escribe-, así también pienso que es resultado del mismo tránsito por esos lugares. ¿Qué tanto, entonces, se peude separar el criterio de un historiador, de la experiencia que ha adquirido, para que logre escribir una historia objetiva?

Pienso que la historia será objetiva si así se lo propone el investigador. Croce le ha dado carácter de documentos al lenguaje y las costumbres, al razonamiento y a los recuerdos propios, a la experiencia personal.

A mi modo de ver, dota de maravillosas facultades al historiador, para que sea posible -y probable- que escriba la Historia de la mano del conocimeinto histórico que adquiere y que ya posee. Es como si la memoria fuera el motor que le da vida a los acontecimientos; así como el papel es el soporte para la tinta, la mente del historiador alberga los recuerdos y sentimientos que le darán movimiento a la documentación histórica. Uno a otor se motivan, y entonces es posible que la interpretación del historiador fluya.

No se puede escribir como se habla, y no se puede historiar como se vive. Es aquí cuando el criterio del historiador, haciendo a un lado esos juicios que le ayudaron para la interpretación histórica, guarda los demonios de su pensamiento en una jaula, para que la Historia escrita pueda tener parte.

Mariposa Tecknicolor.