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viernes, 20 de mayo de 2011

El fin de una era.

No lloré, sorpresivamente no lloré; sólo sentí un nudo en el estómago y mariposas en la panza cerca de doce horas. Luego, una despedida muy breve, palabras que no se dicen, actitudes que se interpretan. Una vida que cabe en 34 cajas, una casa que cabe en un camión, una responsabilidad que cabe en una jaula, y un Starbucks que se pide para llevar.

Luego de la parada técnica, debido a una lavadora que me hará sentir como robotina, la Ciudad de México me dio la bienvenida por el Eje 3 Norte. Entre el volumen que cargábamos, la jaula sobre mis rodillas y la mano de mis ojos verdes que me apretaba muy fuerte, parece que el tiempo nunca pasó, y parece como si hubiera sido un sueño en el que de pronto se despierta para convertirse en lo que se vive.

Del café por la mañana, en el que solíamos hablar de Alfredo Domínguez Muro, sólo quedará escucharlo cada quien es su cada radio. De los aventones en el deportivo azul, sólo quedará el asiento vacío del copiloto, y seguiré manejando a Hans en solitario. La distancia y el congestionamiento, hacen más grande a esta ciudad; ahora sí se nota que yo vivía en el área metropolitana.

Ciudad de rímel pegado en las pestañas, de plantón sobre Bucareli que me hace pensar cada vez más en ti, en mi, en lo que teníamos. En esas partes de la Ciudad que sabemos que están ahí, pero que nunca las hemos recorrido juntos.

De pronto hoy me di cuenta, al verme reflejada en la puerta de este café entre Patriotismo y Revolución, con mis botas vaqueras, mis jeans anchos y mi camiseta que dice Rock! Fullfill the dream!, que eso con lo que tanto soñé de niña, lo veo tangible sobre mi cuerpo, debajo de mi cabello, detrás de mis ojos, a través de mis manos. Espero que tú te sientas tan feliz y orgulloso por mi, como yo lo estoy de mi y de ti, y de nosotros juntos.

Poco a poco fuimos comprendiendo que esto iba a pasar, que era inminente que nos separáramos. Esta despedida se alargó casi tres años, si no es que más. Y mírame ahora: estudiando en la institución que siempre soñé, valiéndome por mí misma, asumiendo mis responsabilidades y tomando mis decisiones. El tiempo pasa, las cosas tenían que fluir, todo siempre pasa.

Esta es una Ciudad nueva, vieja pero nueva, linda e iluminada para mi. Es el principio de muchas cosas, que de pronto son como bocados dulces sobre mi lengua. Un nuevo proceso, junto con un nuevo corte de cabello.

Es el fin de una era papá, de la era de mis depresiones y ansiedades, de mis tristezas y angustias, de mis pésimas decisiones; el fin de la era de los solteros tóxicos, de las vidas perdidas, de los coches que no sirven, de las familias que no están unidas. El fin de la era de los amantes que no llegan, de las personas que se van, de las pastillas que nunca se acaban, del cuerpo bajo de peso, de los zapatos que no me quedan más.

Es la era de la ciudad conmigo, ella en mi y yo en ella. Es el fin de nuestra era de confidentes y mejores amigos, pero ahora tu puedes vernos, y ser feliz con nosotros.

Es el momento en el que, aún con todo este cambio, me siento absolutamente feliz.

viernes, 11 de junio de 2010

Día de fútbol.

Desperté cuando estaban dando la noticia de que Zenani Mandela, bisnieta de Nelson Mandela, falleció. Vi al "presidente" haciéndole de presidente. Vi el inicio del partido y justo en eso me metí a bañar. Se me hizo tarde, por supuesto. Me vestí con lo primero que encontré, tomé mis cosas, me hice un café relámpago y salí rumbo a la oficina. Al pasar por la Facultad, antes de tomar Periférico, me sorprendieron los altavoces que el gobierno municipal tuvo a bien poner en las colonias aledañas al Ayuntamiento, para que la gente pudiera escuchar por lo menos cómo iba el partido.

Fue asombroso y un tanto mágico. Me sentí en los años 30, como en esta historia que tantos años me costó escribir, en la que el gobierno cardenista puso altoparlantes para el adiestramiento higiénico y social del pueblo. Todo a través de la radio nacional. Caray, ¡cómo me gusta la historia de la radio de mi país!

Lo mejor de los días de fútbol, y sobre todo de cuando juega la selección de mi país, es que la Ciudad está desierta. Son 90 minutos mágicos en los que nadie sabe nada, más que la alineación del equipo y en las jugadas que llevan a cabo. La gente está en sus casas, en los bares o restaurantes, y la Ciudad... vacía.

Crucé la Ciudad, de la zona metropolitana a la colonia Narvarte, en aproximadamente 25 minutos. ¡Veinticinco minutos! ¿Puedes creerlo? Amo el fútbol. Aún cuando me desperté tarde, me bañé a mis anchas, pero me apuré en arreglarme y hacerme un café, llegué a tiempo a la oficina. Amo el fútbol, me encanta que provoque que la Ciudad se detenga por unos minutos y que la gente no salga con sus coches a hacer congestionamientos.

Espero que los días que le siguen a este mes de Copa Mundial, sigan igual. Y sobre todo, los días en los que juegue la selección nacional.

Ahora bien, no puedo evitar sentirme un poquitín culpable porque en mi círculo soy a la única persona a la que no le preocupa mucho si ganan o pierden, si la alineación es la adecuada o si el entrenador está haciendo lo correcto. Chale. Creo que lo siento un poco por mi papá, porque cuando hablamos de fútbol, sólo comento lo que Alfredo Domínguez Muro me susurra en las mañanas mientras él me cuenta toda la historia de la squadra italiana tetracampeona, y cómo fueron los entrenamientos en el Mundial del 70. Shit.

Por lo demás (y lo siento por mi padre), sólo me resta reiterar que soy feliz los días de fútbol porque la Ciudad está tranquila, se calla un rato y luego... de regreso al huracán de festejos (que no se sabe si tienen razón o no) sobre Reforma y frente a Palacio Nacional.

viernes, 9 de abril de 2010

Es un Alfa Romeo

El lunes por la mañana, me salí de bañar justo cuando comenzaba en la radio el comentario de deportes con mi periodista favorito: Alfredo Domínguez Muro. Debo confesar que de deportes sé muy poco, sé lo que mi papá me cuenta, lo que me comparte y lo que hace que ríamos por horas y horas. A mi padre también le gusta escuchar a Domínguez Muro, pero en otra frecuencia y como veinte minutos más tarde.

Total que entre que le ponía atención, y escogía los zapatos que me debía poner con el vestidito de flores que ahora me queda fabuloso, escuché que comentó la noticia de que Fernando Alonso ganó la Fórmula 1 con Ferrari. Decía que era un sueño hecho realidad para este chico, que siendo tan joven, haya participado por primera vez con esta scuderia y que era de mucha alegría que ganara el primer lugar, la primera vez, de las primeras veces.

Una vez más, una historia de primeras veces.

Cuando estudiaba en la Universidad, y las chicas y yo hablábamos de los chicos tóxicos, de los no tan tóxicos y de los que eran nuestras parejas, deduje que había una clase de chico que se definía tal como Alfa Romeo. "¿Por qué?" -me preguntaba una muy insistentemente, a lo que yo siempre le respondía: "porque es un chico que no existe". Un Alfa Romeo es un coche tan exquisito, que no existe; es un coche que se creó para el que disfruta, para quien quiere correr pero quiere lujo, para quienes saben lo que significa lo que un Alfa Romeo es.

Los solteros tóxicos son una rara especie, difícil de poner en peligro de extinción. Ilusa yo, que creí que con una buena actitud, todos ellos desaparecerían de mi vida. Pero no fue así. Y a cambio, como la vida es dulce y te pone siempre enfrente un caramelo para devorar, han llegado varios tipos de Alfa Romeos para que yo escriba sobre ellos.

Un Alfa Romeo puede ser completamente guapo, perfecto, casi hecho a mano. Ahh, pero a cambio quizá no tenga conversación, ni siquiera hace falta que hable, porque es tan perfecto, que no importa que de su boca salgan sandeces o sinsentidos.

Por el contrario, un Alfa Romeo puede ser completamente culto, exquisito en sus modales, en su trato, puede ser todo un caballero. (Ejem, ejem) pero a cambio quizá no sea tan guapo, quizá sea más bajito que yo, o mucho mayor, o a pesar de tener muchas cosas en común, no tengamos química.

Así pues, el Alfa Romeo que todas queremos conducir, el que verdaderamente es el que no existe -o que pensamos que no existe hasta que aparece-, es el que te quita el aliento, el que no importa de qué hable o a qué se dedique; que no importa si te saca más de 30 centímetros de estatura o es calvo, o es divorciado, o viene simplemente a hacerte reír.

Así como Fernando Alonso soñaba con correr un Ferrari, y ganar la Fórmula 1, así todas soñamos con tener un Alfa Romeo en nuestras vidas. Y cuando aparece, hay que estar atentas a que no siempre es como imaginábamos que podía ser. Simplemente es tu Alfa Romeo, y simplemente con él ganarás la Fórmula 1, la que no existe, con el chico que no existe, que por fin es tuyo, y tendrás un eterno festejo, bañada en cerveza o en espumoso; de día o de noche, entre semana o un domingo por la mañana.

Todos sueñan con manejar un Alfa Romeo. Yo también, pero sobre todo, sueño con que me enamoro de él.